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1 Orígenes de las (ideas sobre las) políticas de ciencia y tecnología en América Latina

1.1. Antecedentes de las políticas científicas modernas

Se suele aceptar que las políticas de ciencia y tecnología, propiamente hablando, nacieron durante la Segunda Guerra Mundial con Vannebar Bush y su famoso informe al presidente de Estados Unidos The endless Frontier (1945), aunque ya antes habían aparecido indicios de un interés de los gobiernos y sus políticas en la ciencia y la tecnología.

Los primeros antecedentes modernos de una política para la ciencia se encuentran en las sociedades científicas: la primera había aparecido en Berlín, la Sociedad Leopoldina (1652). Inmediatamente después se crea la Royal Society en el Reino Unido (1660), bajo la influencia de Newton: casi un siglo más tarde se crea la de Suecia (1739, con Linneus), y un siglo después las de Noruega (1857) y Estados Unidos (1863). Estas sociedades habían sido fundadas por científicos de renombre aunque con apoyo estatal; muchas de ellas devinieron después miembros asesores de los gobiernos. La primera Academia Nacional de Ciencias de Argentina se creó por el entonces presidente Domingo Faustino Sarmiento con sede en la ciudad de Córdoba en 1869 y dependiente del gobierno federal. La Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, la primera de origen privado en Argentina, fue creada en 1935.

Mucho más tarde que las primeras academias mencionadas, aparecieron los consejos de investigación, a impulsos de las comunidades científicas, pero ya desde sus principios obra de los gobiernos, que habían sido convencidos por aquellas para financiar sus actividades de investigación. Se puede decir entonces que son los primeros antecedentes directos de una política para la ciencia. Los primeros aparecen en el Reino Unido, el Medical Research Council en 1920[1] a partir de un Comité para la Investigación médica creado en 1913. En 1931 se creó, también en el Reino Unido, el Agricultural Research Council; en Francia se crea el Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS, por su sigla en francés) en 1939; les siguen el Consejo de Suecia en 1942 y el de Noruega en 1946. En Japón en 1948 se reemplaza un antiguo Science and Research Council por el Scientific and Technological Administration Council. En Israel se crea un Consejo en 1949, en Yugoslavia en 1950.

Los primeros consejos en América Latina fueron creados poco después: el CNPq de Brasil en 1951 y una Comisión de Ciencia y Tecnología en el mismo año en Argentina, en el marco del segundo Plan Quinquenal de Perón[2]. Estos dos consejos fueron pensados según el modelo de promoción, pero pronto asumieron funciones de política.

1.2. Orígenes de las políticas científicas propiamente dichas: el papel de Vannebar Bush[3]

Vannebar Bush (1890-1974), ingeniero y científico norteamericano de gran prestigio, precursor de la bomba atómica y se dice que también de la World Wide Web[4], había sido designado en 1938 al frente de un Comité Científico Asesor de la Aeronáutica (National Advisory Committee for Aeronautics) y después, en 1940, del Comité Nacional de Investigación para la Defensa (National Defense Research Committee, NDRC); pero preocupado por la escasa influencia que podría ejercer desde ese organismo, y dada la poca colaboración que observaba entre la investigación civil y la militar, propuso la creación de una Oficina de Investigación Científica y Desarrollo a nivel federal, logrando finalmente convencer de ello al presidente Roosevelt al comenzar la guerra. Así se creó, en 1941, la Oficina (Office of Scientific Research and Development, OSRD), que fue fundamental para el aporte científico al esfuerzo bélico, aunque también se abrió a la investigación médica (antibióticos y sulfamidas). De su esfuerzo surgió el Proyecto Manhattan, para el desarrollo de la bomba atómica[5].

Con la disolución de la OSRD después de la guerra, Bush promovió la idea de crear una agencia de I+D equivalente para el tiempo de paz. Pensaba que

la investigación básica era importante para la sobrevivencia nacional, tanto por razones militares como comerciales, lo que requería un apoyo continuado del gobierno a la ciencia y la tecnología; la superioridad técnica sería una fuerza disuasoria para una posible agresión enemiga futura.

En su informe al presidente, The Endless Frontier, de 1945, Bush sostenía que la investigación básica era “el marcapasos del progreso tecnológico”. “Nuevos productos y procesos no nacen plenamente desarrollados. Se fundan en nuevos principios y nuevas concepciones, que a su vez resultan de la investigación científica básica”[6]. Y para ello se requería un apoyo al más alto nivel, al nivel federal. Fue así como se creó la National Science Foundation en 1950, después de haber sido abortados varios intentos, uno de ellos por un veto presidencial, cuando ya la Ley de creación había sido aprobada por el Congreso en 1947 (entretanto el apoyo a la investigación para la recién inaugurada Guerra Fría provenía de un agencia en el ámbito militar, de la que el mismo Bush había sido nombrado presidente).

1.3. Vannebar Bush y el origen del ofertismo

Como aparece en las anteriores citas, la idea central de Vannebar Bush parece ser la de la importancia de la ciencia básica para el desarrollo (de productos militares o comerciales). De hecho, la National Science Foundation nace dedicada a la ciencia básica, aunque orientada según las prioridades nacionales. De ahí que se atribuye a Vannebar Bush el origen de la orientación que se dice predominó en los orígenes de la política científica, el ofertismo, después llamado (al aparecer la moda de la innovación, tema que se desarrolla más adelante) el modelo lineal de innovación, según el cual la oferta de buena ciencia genera por sí misma desarrollos tecnológicos. Sin embargo, nada más lejos de la realidad[7]. Bush era un ingeniero, decano del Departamento de Ingeniería del MIT desde 1932, y sus proyectos, tanto los propios como los desarrollados al frente de la OSDR, por ejemplo el proyecto Manhattan, están pensados mirando a aplicaciones e innovaciones; el hecho de que para estas innovaciones fuera necesario desarrollar ciencia básica de primer orden (“los ámbitos más puros de la ciencia”) no significa un modelo lineal de innovación, concepto que, como veremos, fue inventado mucho más tarde. Se trata de un clásico modelo de “demand pull”. Fue en Europa, y sobre todo en América Latina a impulsos de su naciente comunidad científica, donde al ponerse énfasis en la importancia de la ciencia para el desarrollo se estableció dicho modelo lineal, también llamado ofertista, o de “science (supply) push”.

1.4. Nace la política científica en Europa

La idea de la política científica, ya en Vannebar Bush, iba más allá del apoyo a la ciencia y a la investigación propio de los consejos de investigación, y surgió con el convencimiento de la importancia de la ciencia para el desarrollo de los países.

Es sólo después de la Segunda Guerra Mundial que las políticas de la ciencia, sin que esto quiera decir que hayan sido absolutamente inexistentes con anterioridad, han tomado forma deliberada en numerosos países. Ciencia y tecnología han aparecido a partir de ese momento cómo las fuerzas dominantes que modelan el desarrollo de la sociedad; las relaciones entre la ciencia y el Estado asumieron un carácter institucional; al influenciar la política gubernamental, ciencia y tecnología se convirtieron en un asunto de Estado[8].

En un primer momento es la gran ciencia, fundamentalmente la gran ciencia[9], la que domina el escenario (años 50): Ciencia física, ciencia espacial, física nuclear. Estamos en tiempos de la Guerra Fría y es evidente que, en ese momento, la constatación de la importancia de la ciencia en el mundo moderno hace referencia al poder militar y político. El poderío atómico, el poder espacial son los primeros efectos de la ciencia que se hacen sentir. Se hacen sentir primeramente como una promesa y en un nivel abstracto, como corresponde a la idea (idea por lo demás decimonónica) de progreso: la energía nuclear comienza a verse, ya desde el final de la Segunda Guerra, como la gran solución del futuro. Es como si se quisiera creer en lo imposible, cuando el espectro de la Guerra Fría y de una Tercera Guerra Mundial se cernían sobre Europa: “Átomos para la paz” se convierte en el eslógan del momento. Naciones Unidas celebró en 1958 una Conferencia con ese título. El símbolo de la Exposición Internacional de Bruselas (1950) había sido el Atomio[10].

Pero poco a poco, la confianza en los efectos de la ciencia en el progreso de la humanidad, una confianza todavía muy vaga y abstracta en los años 50, se convierte en una constatación concreta: los efectos de la ciencia en el crecimiento económico. El tema del crecimiento económico, así como el del “desarrollo-subdesarrollo”, es uno de los grandes temas económicos de la postguerra. Por un lado, la reconstrucción europea hace que la promesa lejana del progreso se convierta en una realidad concreta: el milagro económico. Por otro lado, la emergencia del Tercer Mundo y los procesos de descolonización plantean el problema del no crecimiento y del subdesarrollo.

Estados Unidos aparece en esos momentos como la primera potencia, no sólo militar, sino también económicamente. Los grandes esfuerzos de investigación militar y espacial, por los que el gobierno estadounidense inyectó ingentes sumas a la investigación, realizada en gran parte en empresas privadas, se ven como fuente de las grandes ventajas en productividad y nivel tecnológico de las grandes corporaciones de aquel país, y de su consiguiente penetración en los mercados de todo el mundo, no sólo por medio de las exportaciones, sino también a través de la instalación de subsidiarias o absorción de empresas o grupos locales, proceso que se consolida al final de la década del 50. Años después, en 1967, J. J. Servan Schreiber se hará eco en su libro El desafío americano de esa penetración y de las diferencias en productividad entre Norteamérica y Europa, fruto en gran parte de los esfuerzos en investigación y desarrollo de Estados Unidos. Incluso la mayor eficiencia en la gestión empresarial, una de las causas de las diferencias en productividad, es atribuida a la introducción de tecnologías organizativas (como investigación operativa, computación, etc.).

La Organización Europea para el Crecimiento Económico, que se convierte en 1960 en la OCDE (Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico), acogiendo en su seno a Estados Unidos y Japón, manifiesta esa misma preocupación en el documento Gaps in Technology[11].

En 1961 se constituye en la Comunidad Económica Europea la Comisión Piganiol, que publica su informe (La science et la politique des gouvernements [La ciencia y la política de los gobiernos]) en 1963: en él aparecen por primera vez la expresión y el concepto de política científica; se trataba en ese momento, como un informe de la OCDE posterior lo caracterizaba, de “política para la ciencia” (Science, croissance et société[12]). En el informe se recomendaba a los países miembros la creación de un organismo central para seguir el esfuerzo nacional total en ciencia y tecnología, su crecimiento, su pertinencia y al mismo tiempo su influencia sobre el amplio abanico de otros aspectos de la vida nacional[13]. A mitad de la década, tres cuartas partes de los países de la OCDE tenían ministros encargados de la ciencia (eran sólo 3 en 1963). En la Conferencia de Ministros de Asuntos científicos de 1968, según nota el Informe mencionado, muchos de los ministros se hicieron acompañar de sus colegas responsables de Economía.

La organización de la política científica en Europa y sobre todo de la tecnológica pasa del ámbito casi exclusivo de la comunidad científica (los consejos, con funciones de promoción de la investigación) al ámbito del poder político (ministerios, comisiones parlamentarías o interministeriales), con funciones de coordinación y priorización de los recursos e integración de políticas económicas con las tecnológicas y aun científicas. Ciencia y economía se vinculan, aunque también se da un movimiento paralelo, por el que ciencia y tecnología se escinden, quedando la ciencia más al nivel de los consejos o, en algunos casos, bajo responsabilidad de Ministerios de Educación y Ciencia, pasando la gestión tecnológica a vincularse a los ministerios productivos (Francia tenía por ejemplo en los años 70 y 80 un Ministerio de Industria y Tecnología), apareciendo al mismo tiempo comisiones gubernamentales y parlamentarias con funciones de coordinación global.

El tema de la fusión o separación entre las políticas de ciencia y las de tecnología (lo que actualmente incluye a la “innovación”) ha sido un tema de debate aun hasta la actualidad. Casi todos los países latinoamericanos tienen consejos o ministerios de ciencia y tecnología (el actual de Argentina se denomina “de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva”), Brasil también tiene un Ministerio de Ciencia y Tecnología y tiene bajo su jurisdicción a la Agencia de Financiamiento a la Innovación, FINEP, pero el Ministerio de Industria tiene el título amplio de Ministerio de Industria, Tecnología y Desarrollo.

Por esos años, Naciones Unidas organizó una Conferencia Internacional sobre “Aplicación de la Ciencia y la Tecnología para el Desarrollo”, que se celebró en 1963, en el marco de la que había sido designada la Década del Desarrollo.

1.5. Una digresión: las políticas para la productividad, precursoras de las políticas de ciencia y tecnología

Antes de la Segunda Guerra Mundial, cuando todavía no se había establecido una relación consistente entre investigación científica y producción, el factor fundamental al que se atribuía el progreso económico era el aumento de la productividad. Este estaría asociado al progreso técnico, pero no directamente a la investigación científica y a sus aplicaciones. Efectivamente, como se analizará en diversos momentos de esta historia, la investigación científica había estado en general, hasta bien entrado el siglo XX, apartada de sus aplicaciones. Es al acercarse la Segunda Guerra cuando ciencia y tecnología se integran, temporal y espacialmente, así como también ellas mismas, con sus aplicaciones directas, se integran en la producción.

En Estados Unidos, en 1899, se habían establecido, en el Bureau of Labor, los primeros índices de productividad industrial. Se había inaugurado la época de lo que sería después el fordismo.

Esta preocupación por la productividad empieza a entrar en Europa, por influencia de los Estados Unidos, en los años 30, y se empieza a asociar al concepto de progreso técnico[14]. Progreso técnico, cambio técnico, son los nombres que empezarán a aparecer y que asocian la tecnología con el aumento de la productividad y con el crecimiento y el desarrollo económico[15]. Es decir, en ese primer momento, las asociaciones son entre cambio técnico y economía. La ciencia está todavía muy lejos, confinada en el “puro ámbito” de la ciencia básica, de la república de la ciencia de Polanyi, en las universidades.

Antes de que comiencen a llegar a Europa las ideas promovidas por Vannebar Bush en Estados Unidos, a raíz de una reunión en París promovida por la OTAN, en abril de 1948, se crea la Organización Europea de Cooperación para el Desarrollo (OECE), con los objetivos de coordinar los esfuerzos de reconstrucción europea y promover la liberalización del comercio. La OECE funda a su vez en 1952 la Agencia Europea de Productividad (AEP), sobre la base de la Agencia de Productividad francesa, creada dos años antes. La AEP nace con la finalidad de “formar a los trabajadores europeos según las normas de productividad (fordismo) prevalecientes en los Estados Unidos”[16]. La AEP sería financiada esencialmente por Estados Unidos y su presupuesto alcanzaba hasta el 40% de la OECE[17]. La OECE dará finalmente lugar, en 1961, una vez cumplido lo esencial de los esfuerzos de reconstrucción europea, a la global Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), la que siguió interesándose en la productividad (a través de un grupo específico), pero pasó a ocuparse principalmente de la planificación económica en general.

Fue en ese mismo año, como vimos más arriba, cuando la Comisión Europea crea la Comisión Piganiol, que dará origen a las primeras políticas científicas y tecnológicas europeas.

Hasta el fin de la Segunda Guerra, pues, la relación entre tecnología y economía se centra en la contribución del cambio técnico al aumento de la productividad. Pero no hay mención, en los orígenes de la literatura sobre el tema, a relación alguna entre investigación científica y cambio técnico. Tampoco hay mención al concepto de innovación, que empezará a aparecer en la segunda mitad de los años 60, salvo en trabajos monográficos sobre innovaciones específicas[18]. Ninguna mención a Schumpeter, al que posteriormente se dará crédito, en las corrientes neoschumpeterianas, como el introductor del concepto de innovación en la literatura económica. El eje es el cambio técnico o progreso técnico (y sus efectos en la economía a través de la elevación de la productividad). Un documento de OCDE de 1980, todavía hablaba de “Technical change and economic policy[19].

La función de producción Cobb-Douglas, que se populariza por esos años a partir del artículo de Cobb y Douglas de 1928[20], identifica el progreso técnico o el nivel tecnológico con la productividad global de los factores, como un factor total de productividad, junto a los factores clásicos, capital y trabajo. Sobre ella se basan los primeros trabajos económicos acerca de la relación entre la tecnología y la economía[21], incluso entre aquellos que empezaron a criticar la función Cobb-Douglas[22].

Este énfasis en la productividad hasta finales de los años 50 hará que, cuando más tarde nace la política científica en Europa, se empiece a hablar también de la productividad científica (al menos de la interna, que sería la relación entre los recursos inyectados a la actividad científica y sus productos, que son la información científica identificada a través del indicador de publicaciones)[23].

1.6. Un resumen: tres etapas en los comienzos de las políticas científicas (de Europa)

El informe de la OCDE de 1971, Science, croissance et société, ya citado, distinguió tres etapas, a partir de la segunda postguerra, en la evolución de las concepciones dominantes sobre la política científica y tecnológica en Europa.

La primera, que hemos comentado, nace de la constatación que se hace, sobre todo en Europa, de la importancia de la ciencia en el surgimiento de la nueva potencia, Estados Unidos. El documento califica esta etapa, que cubre los años 50 y los primeros de la década del 60, como “Política para la ciencia”.

La segunda etapa, en la década del 60, es caracterizada como “Política por la ciencia”. En esta década, terminada ya la tarea de la reconstrucción europea y japonesa, se asiste al momento culminante de la época de prosperidad más prolongada en la economía moderna (los llamados 30 años gloriosos); el tema del crecimiento económico se hace dominante y la ciencia se justifica, con sus presupuestos crecientes, como factor esencial de ese crecimiento. En teoría económica, la escuela neoclásica “descubre” el factor tecnológico como el factor residual en la función de producción, y diversos trabajos empíricos tratan de mostrar el grado en que el nivel tecnológico y los gastos en investigación explican el crecimiento económico.

Es decir, se ha pasado de una política consistente en el apoyo masivo e indiscriminado a las actividades científicas, administrado por y para los científicos (a través de los consejos), a una política que trata de integrar la ciencia en los objetivos nacionales.

El documento de la OCDE que venimos comentando señala una tercera etapa en el desarrollo de las políticas de ciencia y tecnología en los países desarrollados. Esta etapa, iniciada al final de la década del 60, justamente cuando empezaban a sentirse los primeros síntomas de agotamiento de aquellos “30 años gloriosos” de la posguerra, estaría caracterizada por lo siguiente:

  • El techo a los recursos que se podrían destinar a la ciencia y la tecnología: el famoso 3% del PBI que estaban destinando EE.UU. y Rusia a la I+D empezaba a disminuir. El cheque en blanco que pedían los científicos al comienzo de los 60 comienza a ser cuestionado.

En Gran Bretaña, el presupuesto total de la investigación civil ha pasado de 300 millones de libras en 1955 (1,6% del PNB) a 750 millones en 1964 (2,44%). ¿Durante cuánto tiempo más podrá continuar este crecimiento? Si se mantiene este ritmo de crecimiento, desde ahora hasta el final del siglo, doblaría seis veces y sería 64 veces más elevado que ahora.

¿Y los Estados Unidos? En este momento, el presupuesto total de investigación y desarrollo es superior al presupuesto federal de hace 30 años; si continuara creciendo a este ritmo, en 30 años superaría el total del PNB.

Todo el mundo desearía conocer las respuestas a estas preguntas: ¿durante cuánto tiempo todavía podrá aumentar el costo de la ciencia mucho más rápidamente que el valor del PNB que la financia? Y si el mundo deja de gastar sumas tan considerables en la ciencia, ¿dejará de progresar la prosperidad en el mundo?[24]

  • De ese problema de recursos surge la necesidad de su optimización, de la selección de prioridades; en una palabra, de la planificación.
  • Finalmente se empiezan a cuestionar muchos efectos de la tecnología moderna, sobre todo a medida que surge la preocupación por el medio ambiente y por la conservación de los recursos. A raíz de los movimientos contestatarios de Europa y Estados Unidos, cuyo símbolo fue el Mayo del 68 en Francia, se creó el Club de Roma, que en 1970 encargó un primer informe, The Predicament for Mankind: Quest for structural Responses to growing World-wide Complexities and Uncertainties, al que siguió el famoso informe, publicado en 1972, Los límites al crecimiento y del que se tratará más adelante en varias ocasiones. En el mismo año de 1972 se celebró en Estocolmo la primera Conferencia de Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente.
  • Al informe del Club de Roma siguen el estudio prospectivo de OCDE, Interfutures y otros estudios prospectivos, preocupados por el futuro de la humanidad y de sus recursos. En el capítulo siguiente analizaremos los comienzos de la prospectiva tecnológica en el mundo y en América Latina, que en buena medida están ligados a los orígenes de las políticas de ciencia y tecnología. La crisis económica iniciada en 1971 con la crisis financiera y profundizada con la crisis del petróleo en 1974, con la inestabilidad que trajo a la economía mundial, destruyó la confianza en los modelos de planificación de corto plazo, como se pudo constatar en un país de gran tradición planificadora, como Francia, y trajo como consecuencia la necesidad de una planificación flexible del largo plazo, donde la prospectiva juega un papel de primera magnitud. Un boletín de la Comunidad Económica Europea declaraba: “Una política común en el campo de Ciencia y Tecnología sin objetivos y prioridades de largo plazo es por tanto incompleta y sin buen fundamento”[25].
  • El documento de la OCDE Technical change and economic policy, orientador para la década del 80 como lo era Science, Growth and Society para los 70, señala también la necesidad de vincular economía, sociedad y ciencia y tecnología[26] y de plantearse los problemas del largo plazo como necesidad prioritaria[27], poniendo al Japón como ejemplo esclarecedor de esto último.

1.7. Ciencia, tecnología y desarrollo: modelos lineales y no lineales (sistémicos) de innovación

1.7.1. El modelo lineal de innovación

Las dos primeras etapas que acabamos de evocar en el surgimiento de las políticas de ciencia y tecnología en Europa (hasta el final de la década del 60) están signadas por el convencimiento de los efectos de la investigación científica en la economía. Pero al entusiasmo inicial de los años 50, que había llevado al comienzo de los 60 a reclamar a los gobiernos un cheque en blanco para la ciencia, le había seguido el gran interrogante: ¿basta con inyectar fondos para la ciencia, como habían hecho los Estados Unidos, para asegurar un crecimiento económico ilimitado? ¿Era tan exacta la afirmación siguiente hecha en 1960 por Bernardo Houssay, adalid del movimiento por una política científica en América Latina (fue de hecho el artífice de la creación ─en realidad refundación─ del CONICET argentino en 1957)?:

Los resultados que proporciona la investigación científica y tecnológica son extraordinarios. En las industrias químicas y del petróleo se recuperaron por año 100 a 200%, en dólares, del capital invertido en investigadores y eso durante 25 años, o sea que se obtuvieron 2,500 a 5,000 US$ por cada cien gastados en esas investigaciones[28].

1.7.2. El inicio de la polémica: el análisis de los efectos de la investigación en la innovación

Surge así la polémica sobre lo que se llamaron mucho después los modelos de innovación: el modelo lineal versus el modelo sistémico (o no lineal), o el ofertismo versus el modelo evolutivo: el modelo science push versus el demand pull. En realidad la polémica surge más tarde, sobre todo cuando se popularizan en los años 80 y 90 los Estudios Sociales de la Ciencia y la Tecnología (o de Ciencia, Tecnología y Sociedad), por sociólogos de la ciencia y por estudiosos de las ideas sobre política científica. Aunque, como veremos después, esta polémica será encendida en mayor medida después por la aparición de la economía de la innovación, cristalizada mas tarde (década de 1990) a nivel de políticas en el concepto de “sistemas de innovación” (nacionales o locales).

Ya durante los años 60 se trataba de buscar medidas empíricas, un poco más científicas que las expuestas por Bernardo Houssay en la cita anterior, sobre los efectos de la investigación en la innovación y, en general, en el desarrollo (el crecimiento) económico. Dos trabajos pioneros en esta materia son los de Griliches (“Research costs and social returns: Hybrid corn and related innovations”)[29] y en la colección de trabajos previos que R. Vernon publicó posteriormente en R. Vernon (ed.), The technology factor in internacional Trade, Columbia University Press, Nueva York, 1970.

Se empiezan a relacionar los gastos en Investigación y Desarrollo y otros indicadores de actividades científicas y tecnológicas con el nivel económico de los países, especialmente con su renta per capita[30]. Surge en estos momentos el principio o estrategia política de destinar un porcentaje determinado del PNB a Investigación y Desarrollo (el 3% que destinaban Estados Unidos y Rusia en esos momentos a la ciencia se convirtió, como dice el Informe de OCDE antes mencionado, en la cifra mágica que orientó las políticas de desarrollados y subdesarrollados por igual)[31].

Pero pronto se observa que, si bien hay una gran confianza en los efectos de la ciencia sobre la economía, estos efectos distan de ser unilineales. Los estudios que analizan las relaciones entre gasto en Investigación y Desarrollo y crecimiento económico arrojan serias dudas: los dos países con mayor tasa de expansión económica en la época, Japón y Alemania Occidental, son, entre los países desarrollados, los que menos gastan en Investigación y Desarrollo, aun descontando los gastos militares[32]. Las conclusiones fáciles de Solla Price sobre el fomento de la gran ciencia y la ciencia organizada y sobre las repercusiones de esta ciencia en el desarrollo, son bombardeadas por dos lados:

  • por un lado, algunos estudios tratan de mostrar, como el de Jewkes en 1958[33], que las grandes innovaciones son preferentemente obra de inventores individuales, más que de grandes instituciones de investigación.
  • por el lado que podríamos decir opuesto, la Unidad de Investigaciones sobre Política de la Ciencia (SPRU) de la Universidad de Sussex, creada en 1966, emprende el proyecto SAPPHO, en el que, analizando una muestra de innovaciones más rigurosamente representativa que la de Jewkes, llega a la conclusión de que lo determinante en los éxitos de las grandes innovaciones técnicas no es tanto el esfuerzo en investigación, sino toda una constelación de factores, de mercado fundamentalmente y de previsión empresarial[34].

Se hace fuerte entonces en los medios de política científica europea la convicción de que la mera inyección de fondos en la investigación y el desarrollo experimental no garantizaba sus efectos multiplicadores en el desarrollo económico. Era necesario integrar los esfuerzos científicos y tecnológicos en una política global agresiva de desarrollo (industrial, de exportaciones, etc.). Se trataba de un problema sistémico.

Al mismo tiempo se pone el acento más en la innovación tecnológica y el desarrollo tecnológico (especialmente en la industria) que en la investigación científica propiamente dicha, aunque en esto hay obvias diferencias según los campos de aplicación: en física nuclear, industrias de punta ─química, electrónica─ y agricultura, el componente investigación es prioritario; también conviene tener en cuenta que en países avanzados tecnológicamente, ciencia y tecnología están naturalmente mucho más vinculados que en países menos avanzados, por lo que política científica y tecnológica podrían en aquellos ir mucho más unidas, lo que de hecho ha ido sucediendo después con cada vez mayor intensidad.

Esta problemática nos lleva a la aparición, en las políticas de ciencia y tecnología, del concepto de innovación.

1.7.3. Introducción del concepto de innovación en la teoría económica y en las políticas de ciencia y tecnología

Este concepto había aparecido ya en el artículo clásico de Griliches de 1958, antes mencionado, “Research costs and social returns: Hybrid corn and related innovations”[35].

Durante la década siguiente, de 1960, aparece entre los economistas el uso difundido del concepto de innovación, pero primero siempre en el marco de los efectos de la I+D, los determinantes de la innovación: es el tema central de Edwin Mansfield, con trabajos como “Rates of Return from industrial research and development”[36] o “Industrial Research and Technological innovation”[37].

Pero es Christopher Freeman quien introduce la perspectiva de la economía de la innovación en el mundo europeo, resucitando a Schumpeter y las ondas largas de Kondratieff. Lo hace en su libro clásico de 1974, The Economics of Industrial Innovation[38].

Es decir, en la década anterior había estado madurando el concepto de innovación, aunque no se lo vinculaba todavía a Schumpeter y a su teoría de la innovación como la fuerza destructivamente creadora del capitalismo moderno, la que Schumpeter, por lo demás, relacionaba con grandes innovaciones tecnológicas (sobre todo energéticas), pero no todavía con la I+D.

La aparición del concepto de innovación se da en el marco de la medición de productos de la I+D, que llevó al cuestionamiento del modelo lineal, como mencionábamos en el punto anterior, a propósito de la polémica entre Jewkes y Sussex. En un documento que Freeman había publicado en 1969 para UNESCO, relacionado con el tema, “Measurement of Output of Research and Experimental Development: a review paper” (Unesco, París, 1969), plantea ya el concepto de sistema de innovación:

Una de las mayores dificultades para intentar medir el producto de la investigación es la interdependencia de todo el sistema de I+D. Si el producto (output) final del sistema es considerado como un flujo de innovaciones, el intermedio es […] un flujo de información nueva. Esta información fluye en direcciones muy diferentes y es usada en distintos tiempos. Sólo una parte de esta información se publica[39].

Nace, pues, ahí el moderno modelo de innovación no lineal: es decir, es en estos años, a partir de 1970, cuando el centro del discurso de la política científica pasa del “cambio técnico” y el “progreso tecnológico” a la innovación y al carácter sistémico de las fuerzas que conducen a ella: la innovación y, por consiguiente, la empresa, se convierten respectivamente en el centro y el “locus” de las políticas.

Del por qué del énfasis sobre la innovación

¿Por qué surge a partir de este momento esta obsesión por la innovación, que va a dominar las políticas a partir de los años 90?

En primer lugar, la ubicación en un lugar privilegiado del concepto de innovación es una decantación natural en la búsqueda de los efectos de la investigación científica y tecnológica sobre el desarrollo económico. Como se ha mostrado en las páginas anteriores, se trató de buscar el encadenamiento entre las distintas etapas que van desde la investigación pura a la aplicación de los conocimientos (investigación pura – investigación aplicada – desarrollo tecnológico de prototipos o procesos a nivel laboratorio – escalamiento y producción industrial o desarrollo de sistemas) y sus productos (descubrimiento como producto del conocimiento – invención como producto de la investigación aplicada y el desarrollo tecnológico – innovación como lanzamiento de los productos de la industria al mercado). Al mismo tiempo se descubrió la complejidad de estas relaciones, y así se abandonó el modelo lineal por el modelo no lineal, sistémico.

Por otro lado, este proceso es resultado de la evolución misma del capitalismo: algunos años después, Sylos-Labini[40] caracterizaba la etapa actual del capitalismo como una basada en la diferenciación del producto más que en la búsqueda de productividad a través de la disminución de costos.

A partir de esta complejización de la economía moderna, se describe un mundo donde lo esencial es la búsqueda de productos diferenciados, sin tener en cuenta si la diferenciación es importante desde el punto de vista técnico o social.

La diferenciación busca llamar la atención del consumidor de la sociedad de consumo, ávido de novedades, de “lo nuevo” (como los atenienses a los que Demóstenes fustigaba en su primera Filípica). Ahí está la ganancia: la diferenciación, al tiempo que permite aumentar los márgenes, busca la satisfacción del consumidor: pueden ser los gadgets inútiles, la novedad, la moda, el cambio de modelos de auto cada año… Se trata de las antípodas de la producción de los países del socialismo real, con sus productos únicos y duraderos, como los de “antes de la guerra”. Más adelante se buscará incluso la producción de desechables, que permita el cambio de modelos cada cierto tiempo, cada vez más corto.

Al fin y al cabo, se dirá, la industria, a diferencia de la agricultura, basada en “commodities”, ¿no tiene como rasgo distintivo la diferenciación de productos, a través de las transformaciones que ejerce sobre la materia prima? Actualmente, hasta la agricultura, comandada por la agroindustria, buscaría también diferenciar sus commodities (por ej., tipos de semillas) al menos en una primera transformación: aceites, harinas diferenciadas para productos finales diferenciados…

Nos encontramos aquí con una contradicción: el énfasis en la innovación es resultado de un esfuerzo notable por esclarecer las relaciones entre conocimiento y su aplicación en la producción de bienes y servicios, pero por otro lado, ¿no tendería también a acentuar rasgos superficiales de la producción y de la tecnología?: cualquier innovación es indiferente, de igual modo que para los economistas neoclásicos lo mismo da producir cañones que manteca (el ejemplo clásico de Samuelson). Lo que importa es innovar, no el tipo, la dirección y la tasa del cambio técnico (según el título de uno de los libros clásicos de Mansfield).

1.8. Las políticas de ciencia y tecnología en América Latina y los dos modelos de innovación

Una visión corriente entre los sociólogos de la ciencia y estudiosos de las políticas de ciencia y tecnología que mencionamos antes, es que en América Latina, por influencia de las primeras ideas surgidas en Europa y trasplantadas por los organismos internacionales, como Naciones Unidas y UNESCO, así como por las comunidades científicas locales que buscaban apoyo estatal para sus actividades, predominó el llamado “modelo lineal de innovación”, que acabamos de discutir. Según esta visión, ampliamente difundida, fue recién a mediados de los años 70 y sobre todo en los 80, cuando se cuestiona ese modelo y se opta por una visión moderna, sistémica, de las relaciones entre

  • investigación/descubrimiento,
  • desarrollo tecnológico/invención, e
  • innovación/lanzamiento de productos y procesos a la producción y al mercado.

Esta visión se habría introducido a través de la nueva teoría de la economía de la innovación, iniciada, como dijimos antes, en Europa por los trabajos pioneros de Christopher Freeman. Una de las primeras expresiones de esta nueva visión habría sido el proyecto BID-CEPAL sobre desarrollo tecnológico en la industria de varios países latinoamericanos (dirigido por Jorge Katz en Argentina), en los años 70[41].

Nada más lejano de la realidad: en América Latina coexistieron desde la década de 1950 dos modelos: el reconocido tradicionalmente, promovido principalmente por UNESCO y las comunidades científicas locales, modelo lineal de innovación, y otro modelo, el del movimiento que Carlos Martínez Vidal, íntimo amigo y continuador de Jorge Sabato en la Comisión Nacional de Energía Atómica argentina (CNEA), denominó Escuela[42] Latinoamericana de Pensamiento en Ciencia y Tecnología para el Desarrollo (ELAPCyTED)[43] y que Renato Dagnino y otros han llamado PLACTS (Pensamiento Latino Americano en Ciencia, Tecnología y Sociedad). En el capítulo 3 de este trabajo se hace un recuento detallado del origen, características e historia de este movimiento.

1.8.1. El modelo tradicional y el surgimiento de la política científica y tecnológica en América Latina

El modelo tradicional, el promovido por las comunidades científicas locales, ponía énfasis en la promoción de la investigación y en la creación de una infraestructura científica, concentrada en centros de excelencia; de éstos se suponía que surgiría una abundante oferta de ciencia y de ella se desprenderían sin problemas (he ahí el problema) las aplicaciones tecnológicas que iban a modernizar la economía y dar bienestar a la sociedad.

“La mejor manera de tener ciencia aplicada es intensificar la investigación científica fundamental, pues de ella derivarán abundantes aplicaciones”, decía Bernardo Houssay[44].

Las comunidades científicas latinoamericanas, con obvias diferencias según los países y ya con una larga tradición de apertura a la ciencia internacional, se hicieron pronto conscientes, a raíz de la Segunda Guerra Mundial, de la importancia de la ciencia en el mundo y en la economía moderna. En 1949 la UNESCO creó en Montevideo un Centro Regional para el Avance de la Ciencia en América Latina, desde donde inició una labor propagandística y de apoyo a las comunidades científicas de la región, logrando concientizar a muchos gobiernos sobre las necesidades de promover la investigación:

  • En 1950 se crea en México el Instituto Nacional de la Investigación Científica (INIC), que había tenido ya sus antecedentes en la Comisión Impulsora y Coordinadora de la Investigación Científica.
  • En 1951 se crea el Consejo Nacional de Investigaciones (CNPq) del Brasil, con la finalidad de promover la investigación y controlar la exportación de mineral radioactivo.
  • En 1958 se crea el Consejo Nacional de Investigación Científica y Tecnológica en Argentina (posteriormente CONICET), aunque, como dijimos antes, un primer consejo había sido creado en 1951 para ser desactivado en 1955 por la dictadura militar que desplazó al gobierno de Perón.

En 1958, la Organización de los Estados Americanos, donde Bernardo Houssay tenía una gran influencia, junto con otros miembros de la comunidad científica latinoamericana, como Marcel Roche y José Leite Lópes, creó un Comité Consultivo para el desarrollo de la Ciencia, el que recomendó la creación de una Oficina de Ciencias en la OEA, cuyo objetivo principal sería “asesorar a los Estados miembros en el fomento de las ciencias naturales y atómicas”[45].

La OEA, siguiendo el consejo del Comité Consultivo mencionado, creó dentro de su Departamento de Asuntos Culturales, la División de Fomento Científico. Sus programas principales fueron inicialmente educación, adiestramiento e investigación.

En 1960, en la revista Ciencia Interamericana, que empezó a publicar en ese año la flamante División de Fomento Científico de la OEA, escribía el Dr. Houssay:

La creación de consejos de investigación científica en Brasil, México y la Argentina y su inminente creación en otros países, ha ayudado vigorosamente al adelanto científico.

Los países latinoamericanos deben establecer y ayudar la creación de consejos de investigación científica y técnica[46].

En octubre del mismo año de 1960, se reunió en Caracas, bajo los auspicios de UNESCO, un grupo de representantes de instituciones científicas latinoamericanas. En el acta final de la reunión intitulada Carta de Caracas, se dice:

Para superar la situación de insuficiente evolución en el terreno económico y cultural, es imprescindible fomentar la investigación, y especialmente de las ciencias básicas.

Debe dedicarse a ella (la actividad científica) el 2% de los presupuestos nacionales.

Debe estimularse la creación de consejos nacionales de investigación científica y técnica, en consideración al beneficio que ya han aportado en las naciones donde existen y llevan una vida activa[47].

Tanto de parte de UNESCO como de OEA se seguirá insistiendo unilateralmente en este aspecto hasta mediados de la década. Pocos años después, en 1965, la misma UNESCO, a raíz de la Conferencia Internacional de Naciones Unidas de 1963, “Aplicación de la Ciencia y Tecnología para el desarrollo”, organizó su primera conferencia CASTALA, para América Latina.

1.8.2. Un modelo opuesto: la Escuela de Pensamiento en ciencia, tecnología y desarrollo

Entretanto, surge en ámbitos muy distintos el movimiento o corriente de pensadores y tecnólogos que mencionábamos más arriba, con una visión totalmente diferente, aun opuesta: la Escuela Latinoamericana de Pensamiento en Ciencia y Tecnología para el Desarrollo. En efecto, corresponde designar así, como movimiento, esta conjunción de emprendimientos tecnológicos y de ideas: emprendimientos para el desarrollo local de tecnologías, que provocaron una corriente de pensamiento para sustentar su acción[48]. Entre estos emprendimientos, son paradigmáticos (y han sido ampliamente estudiados) el de la Comisión de Energía Atómica argentina (CNEA) y el de la empresa aeronáutica brasileña EMBRAER, pero ya antes había aparecido en la región, en distintos ámbitos y sectores, una preocupación por el desarrollo de tecnologías propias, por ejemplo con la creación de YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) y Fabricaciones Militares (FM) en la Argentina y el desarrollo del programa de Alcohol en Brasil. En México hubo un movimiento similar con la nacionalización del petróleo en 1935. Las Fuerzas Armadas tuvieron un papel importante en estos desarrollos, que se manifestaron sobre todo en los gobiernos de Perón en Argentina y de Getulio Vargas en Brasil. Pero ya antes los militares general Mosconi y coronel Salvio habían iniciado este movimiento en Argentina, con la creación recién mencionada de YPF y FM.

CEPAL tuvo también un papel muy importante en este movimiento, como aportante de ideas sobre el desarrollo y el subdesarrollo, creando con esto el caldo de cultivo en el que lo que hemos llamado la Escuela de Pensamiento (ELAPCyTED) pudo nacer y desarrollarse. Raúl Prebisch, primer secretario general de CEPAL, había abierto el camino con su obra seminal de 1949[49] sobre el subdesarrollo latinoamericano y sus causas. Otros autores, como F. Perroux, Hirschmann y Rostow, habían puesto de moda la discusión sobre el desarrollo y el subdesarrollo, y desde Naciones Unidas se impulsaba la industrialización del Tercer Mundo, con la creación de ONUDI y diversas conferencias sobre la industrialización. Combinando ideas sobre desarrollo económico, tecnológico e industrial, el mismo Prebisch había sugerido la creación del INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial) y del INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria) en Argentina, lo que ocurrió en 1955.

Este movimiento tuvo una fecha símbolo: en 1957, bajo la influencia de Jorge Sabato, la CNEA argentina decide construir un reactor experimental en lugar de comprarlo, como se sugería en esos momentos desde los países poseedores de la tecnología y desde los organismos internacionales. Pocos años antes, en Brasil, en 1954, se había creado el Instituto de Investigación y Desarrollo dentro del Comando General para la Tecnología Aeroespacial, de la Aeronáutica, en cuyo seno se creó después la empresa EMBRAER. Al mismo tiempo se estaban desarrollando hacia 1960 en universidades argentinas las primeras computadoras[50] y Sadosky introdujo en 1961 la computadora Clementina en la Universidad de Buenos Aires (UBA), para lo que la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN) de esta universidad daría el soporte técnico y la programación.

A raíz de estos y otros muchos emprendimientos[51], comienza a desarrollarse el cuerpo de doctrina que da forma al movimiento: Ciencia y Tecnología para el Desarrollo; entre sus principales exponentes cabe mencionar al mismo Sabato, a Amílcar Herrera, Oscar Varsavsky en Argentina, Helio Jaguaribe y Fabio Erber en Brasil, Miguel Wionzcek y Víctor Urquidi en México, Francisco Sagasti en el Perú y algunos miembros de la CEPAL, como el chileno Osvaldo Sunkel y Theotonio dos Santos.

Pues bien, encontramos que estos pensadores enfatizan ya, frente al linearismo del modelo ofertista, el carácter sistémico de las relaciones entre ciencia, tecnología y producción. Esto se plasmó en el documento más paradigmático de la Escuela: el famoso artículo del triángulo de Sabato. El título del artículo, publicado con la colaboración de Natalio Botana, en 1968[52], es “La ciencia y la tecnología en el desarrollo futuro de América Latina”. Después de partir de los descubrimientos científicos acelerados que se avecinan, y de los que América Latina debería participar, define como objetivo de la acción necesaria para ello, “lograr capacidad técnico-científica de decisión propia a través de la inserción de la ciencia y de la técnica en la tarea misma del proceso de desarrollo”[53]. Y a continuación, después de caracterizar la infraestructura científico-tecnológica como un producto social (adelantándose a muchos desarrollos de la sociología de la ciencia), plantea que, “para asegurar que un país será capaz de incorporar la ciencia y la técnica a su proceso de desarrollo, es menester […] transferir a la realidad los resultados de la investigación; acoplar la infraestructura científico-tecnológica a la estructura productiva de la sociedad”; es bien sabido que ahí se inicia la figura del triángulo (que se completará con el vértice “gobierno”). Para aclarar estos conceptos, introduce entonces (p. 218) “el concepto de innovación, con el cual designaremos la incorporación del conocimiento –propio o ajeno con el objeto de generar o modificar un proceso productivo”. Y a continuación (pp. 218-219) argumenta la complejidad de las relaciones que llevan del descubrimiento científico a su transferencia a la producción, a la innovación, mencionando la serie de factores y casi con los mismos términos que seis años más tarde Christopher Freeman utilizó para cimentar su teoría de la innovación y refutar el modelo lineal[54].

No es extraña esta coincidencia, sobre todo si tenemos en cuenta que el pensamiento de Sabato, como el de los otros pensadores de la Escuela, está fundado, como él mismo dijo, en su experiencia de desarrollo y aplicación de tecnologías en la producción, y justamente en campos de producción tan complejos como la nuclear, la aeronáutica y la petrolera.

Cuando a continuación Sabato pasa a explicar (p. 220) “el sistema de relaciones” entre los vértices del triángulo, menciona como antecedentes, sin mencionarlos en detalle, la autoridad de “economistas, sociólogos e historiadores” que han dejado la idea del triángulo de relaciones “suficientemente explicitada”. Pero menciona también que “el proceso por el cual se estructura el sistema de relaciones en una sociedad” está claramente ilustrado por la experiencia de los Estados Unidos” de la década de 1940. “Durante la década de 1940 el gobierno [de EE. UU.] actúa sobre la infraestructura científico-tecnológica y la estructura productiva industrial en una escala mucho mayor de lo que había ocurrido anteriormente, convirtiéndose en el promotor más importante del proceso de innovación”[55]. Sabato era pues consciente del papel fundamental que el gobierno de los Estados Unidos había tenido en vincular y aplicar la ciencia y la tecnología a la industria y el desarrollo militar.

Renato Dagnino, quien con Hernán Thomas y Amílcar Davyt[56] han contribuido notablemente a analizar y difundir el pensamiento de la Escuela, a la que denominan PLACTS (Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Sociedad)[57], la ubican, como lo sigue haciendo aún Dagnino en un reciente artículo[58], en la corriente “ofertista”, basándose en que los emprendimientos sobre los que la Escuela se referencia proceden en gran medida de iniciativas gubernamentales. Pero esto equivaldría a decir que el movimiento que lideró Vannebar Bush era ofertista, lo que demostramos como erróneo más arriba. Otra cosa es que algunos hayan interpretado la experiencia de Vannebar Bush, o mejor, su informe The endless Frontier como el inicio del modelo ofertista, de science-push, por lo que significó de reclamo para un desarrollo masivo de la ciencia básica, pero no se puede olvidar que, por el contrario, la experiencia en la que se basa su informe partió de una demanda productiva, la de la producción bélica, a la que se acopló la oferta de los científicos de la época[59].

Justamente, “demanda” es el término que Sabato utiliza como fundamental en su sistema de relaciones… Y como el mismo Sabato afirma después, la demanda del sector productivo es la que viene de las empresas, no importa que se trate de empresas públicas o privadas. (Esto se analizará en detalle en el capítulo 3).

1.9. Ciencia y tecnología… para el desarrollo: la relación entre políticas de desarrollo
y políticas tecnológicas

A continuación, analizaremos en algún detalle cuál era la visión de ELAPCyTED sobre ciencia y tecnología y su relación con el desarrollo, lo que es parte fundamental de su doctrina. La analizaremos a partir de lo que podemos llamar el modelo de Amílcar Herrera.

1.9.1. El modelo de Amílcar Herrera

El modelo de Herrera busca relacionar ciencia y tecnología con la estructura productiva y la estructura social (la distribución del ingreso). Para ello parte de una explicación de lo que es el subdesarrollo y su relación con el desarrollo[60]. La característica principal de una sociedad subdesarrollada era, según Herrera, la separación entre el sector moderno y el tradicional de la economía. Pero no los veía como dos mundos separados, a la manera como Gino Germani, el introductor de la sociología funcionalista en Argentina, había caracterizado a nuestras sociedades siguiendo la teoría de las etapas de desarrollo de Rostow[61], según la cual los sectores tradicionales se irían modernizando y adquiriendo las pautas y valores de la sociedad moderna. Por el contrario, para Herrera el subdesarrollo no es meramente atraso (como se dice a veces: “nuestra tecnología está atrasada 10 o 20 años con respecto a los países que están en la punta”), aunque exista el atraso, evidente sobre todo en algunos sectores. Tampoco es la ausencia de desarrollo: eso a lo más caracterizaría a una sociedad primitiva aislada, como las de las selvas amazónicas. Es un tipo especial de desarrollo, dependiente, por el que el país subdesarrollado se especializa en la exportación de materias primas, y se hace dependiente de los países industrializados para el aprovisionamiento de insumos críticos y básicos, bienes de producción y tecnología, eternizando así ese subdesarrollo. Es este proceso, como decía André Gunder Frank, el que produce “el desarrollo del subdesarrollo”[62].

En la terminología de Marx, se podría decir que la diferencia y la relación que hay entre desarrollo y subdesarrollo consiste en que los países subdesarrollados no tienen lo que él llamó la sección I de la economía, la de producción de medios de producción, que son provistos por los países avanzados (la sección II sería la de producción de bienes de consumo). Son, por tanto, economías descentradas, sin autonomía en su reproducción ampliada. Otra consecuencia, como caracteriza Aldo Ferrer la relación entre países desarrollados y subdesarrollados, es que los primeros intercambian entre sí productos intrarrama (productos industriales complejos, de alta tecnología), mientras que la relación entre subdesarrollados y desarrollados se caracteriza por sus intercambios interramas, commodities versus medios de producción (equipos, tecnología)[63].

Un país desarrollado, por el contrario, siguiendo la definición de François Perroux[64], tendría los siguientes tres elementos:

  • La capacidad de un país para satisfacer las necesidades de la gran mayoría de su población.
  • La capacidad para generar los medios de consumo requeridos para satisfacer dichas necesidades.
  • La capacidad para generar los medios de producción para producir los medios de subsistencia necesarios.

Esta es la clave para entender el subdesarrollo. Y es también la clave para entender por qué aunque Argentina tenía un ingreso por habitante mayor que Japón hace sesenta años, Argentina era un país subdesarrollado (en vías de subdesarrollo) y Japón no lo era.

Siguiendo estas primeras conceptualizaciones, en el recuadro siguiente se hace una presentación, con base en las ideas centrales de Raúl Prebisch[65] y de Amílcar Herrera[66], de las principales vinculaciones de su modelo, principalmente entre sus tres aspectos: la estructura productiva, la estructura social y la estructura científica y tecnológica[67]:

 

Estructuras de un país subdesarrollado

– Como lo mostraron Amílcar Herrera y Jorge Sabato, la estructura científica y tecnológica de un país subdesarrollado se caracteriza por lo siguiente: una comunidad científica vinculada con el exterior, que toma de los países centrales sus métodos y temas de investigación y vive para publicar en las revistas internacionales. En cambio está desvinculada de las aplicaciones, de la tecnología y de la producción. Las empresas productivas traen la tecnología de fuera, comprada a través de los equipos o por licencias de tecnología (patentes, etc.) y no se la piden a nuestros científicos básicos. Los pocos tecnólogos que tratan de hacer ciencia aplicada y tecnología están aislados tanto de los científicos como de los productores. Por el contrario, los resultados de las investigaciones de nuestros científicos son aprovechados en el primer mundo como parte de la ciencia básica sobre la que se construye toda su estructura tecnológica, la que aplica los conocimientos y descubrimientos a sus desarrollos tecnológicos e innovaciones. Porque en los países centrales, investigación básica, investigación aplicada, descubrimiento, invención, desarrollo tecnológico e innovación están vinculados en un sistema coherente, lo que no ocurre en nuestros países.

– La distribución desigual del ingreso de los países subdesarrollados (heredada de las relaciones sociales coloniales) determina una demanda sesgada hacia el consumo de las clases altas y medias, predominantemente de bienes de consumo duradero (autos, electrodomésticos, etc.).

– Esto tiene dos consecuencias tecnológicas: a) un sobredimensionamiento de la producción (o importación) de bienes de consumo duraderos (BCD), de tecnología más difícil y compleja, lo que impide la formación equilibrada de nuestros sectores tecnológico y de medios de producción; b) una reducción relativa de la demanda de bienes de consumo no duraderos (BCnD) o bienes salario, donde se podría dar más fácilmente la generación local de tecnologías y de equipos diseñados y producidos localmente.

– A su vez, la carencia del sector productor de medios de producción y de tecnología, propia de un país subdesarrollado, tiene una consecuencia directa en el empleo: el sector (inexistente) productor de tecnología, bienes de equipo e insumos básicos y críticos es el que podría absorber la mano de obra dejada excedente por el aumento de la productividad, como ocurre en los países desarrollados. El desempleo tecnológico temporal de esos países se convierte en los nuestros en un desempleo crónico y estructural; constituye una característica constitutiva del subdesarrollo. Por el contrario, el empleo que no va a nuestro sector (inexistente) de medios de producción crea superempleo en los países centrales que nos abastecen de los medios de producción y de la tecnología de los que carecemos. El multiplicador keynesiano opera en nuestros países de forma perversa y hacia afuera: los incrementos en la inversión crean ingreso y empleo principalmente en los países que nos proveen de los bienes de equipo[68].

– Finalmente, con lo que cierra el modelo, la existencia del desempleo estructural tiene dos efectos: la caída relativa del salario y un mercado interno reducido y sesgado hacia el consumo de las clases medias y altas. En realidad, ambos son aspectos de una misma realidad, que es la distribución desigual del ingreso.

– Curiosamente, la caída del salario, que según la teoría económica convencional debería hacer más alicientes las tecnologías intensivas en trabajo, por razones bien conocidas, incrementadas en tiempos de la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) por medidas supuestamente nacionalistas (incentivos arancelarios a la importación de equipos para favorecer la industria local), no tuvo el efecto esperado, con lo que todo el sistema se realimenta en sus vicios y sin las válvulas de ajuste automáticas prometidas por los teóricos y que en realidad se dan, con ciertos límites, en los países desarrollados.

1.9.2. Políticas explícitas y políticas implícitas de ciencia y tecnología: el papel de la demanda

Amílcar Herrera es el creador de esta dicotomía, que refleja bien las relaciones recién expuestas entre ciencia y tecnología y desarrollo. Al mismo tiempo, describe la situación latinoamericana de la época, en particular, las diferencias entre las políticas oficiales de los consejos y las de la Escuela de Pensamiento que estamos analizando, y por qué después de casi dos décadas (entre la creación de los primeros consejos, en 1951, y la publicación de su libro en 1971), las políticas científicas promovidas desde los Estados no habían conseguido cambiar la situación de dependencia tecnológica y de divorcio entre la ciencia y la producción.

Herrera distingue así entre política científica explícita y política científica implícita:

La primera es la “política oficial”; es la que se expresa en las leyes, reglamentos y estatutos de los cuerpos encargados de la planificación de la ciencia, en los planes de desarrollo, en las declaraciones gubernamentales, etc.; en resumen: constituye el cuerpo de disposiciones y normas que se reconocen comúnmente como la política científica de un país. La segunda, la política científica implícita, aunque es la que realmente determina el papel de la ciencia en la sociedad, es mucho más difícil de identificar, porque carece de estructuración formal; en esencia, expresa la demanda científica y tecnológica del “proyecto nacional” vigente en cada país[69].

Nos encontramos ahí de nuevo, como lo habíamos mostrado en los primeros textos de Jorge Sabato[70], con la importancia de la demanda, lo que nos había sugerido una primera diferencia de esta corriente de pensamiento con la ofertista.

Hoy día nos resulta ajeno el término “proyecto de país”, por más que encontramos el mismo término en la expresión de Varsavsky, “proyecto nacional”. Pero como el mismo Herrera lo deja ver una página después, proyecto de país se puede interpretar como “modelo de país”, expresión más usual en nuestros días.

En un país desarrollado, política explícita e implícita son congruentes, porque hay una demanda social y productiva al sistema científico. Lo que caracterizaría al subdesarrollo, según Herrera, es que existen un cierto tipo de contradicciones internas entre actores y modelos, que provocan una divergencia crítica entre los dos tipos de política, lo que convierte a la política oficial en algo meramente declarativo, sin efecto en crear una demanda efectiva de los sectores productivos y sociales al sistema científico, por tanto sin integración de la ciencia con la producción y el desarrollo.

Hoy día traducimos el concepto de políticas implícitas en el sentido de políticas gubernamentales distintas de las de los organismos responsables por la ciencia y la tecnología (como políticas fiscales, tarifarias, de crédito, subsidios, y otro tipo de apoyos a sectores o actividades) y que tienen efectos que inhiben, aunque podrían favorecer, la utilización de la ciencia y la tecnología por el sector productivo y finalmente dejan sin efecto las intenciones de las políticas explícitas. Aquellas políticas pueden tener el efecto de desalentar inversiones, o alentar la importación de bienes e inhibir la producción local. Estas divergencias o incoherencias se pueden dar también en un país desarrollado, pero se suelen superar a través de diversos canales. En ellos hay un tejido de relaciones entre los vértices del triángulo de Sabato (infraestructura científica y tecnológica, empresas y gobierno), o entre oferta y demanda, que funcionan. Además, son mayormente las propias empresas las que desarrollan investigaciones, al contrario de lo que ocurre en los países subdesarrollados, donde la mayor parte de la I+D corre por manos del Estado. Lo propio del subdesarrollo, señala Herrera, es que las contradicciones y desentendimientos entre los vértices del triángulo, lo que incluye los desentendimientos entre organismos gubernamentales, llegan a ser verdaderamente críticos y sin solución, inhibiendo así la posibilidad de que las políticas explícitas tengan éxito, lo que a la larga las desacredita.

Esta interpretación coincide con la definición stricto sensu de Herrera: en efecto, la falta de un proyecto (un modelo) nacional, que sólo existe cuando “hay un sector de la sociedad que ejerce realmente el poder y tiene por lo tanto la capacidad para implementarlo”[71], crea esta serie de contradicciones entre sectores y dentro del gobierno.

1.10. La pugna entre los ofertistas y el Pensamiento Latinoamericano: Punta del Este, 1967

1.10.1. Difusión de las ideas de la Escuela: el papel de la OEA

Las políticas oficiales (explícitas) de ciencia y tecnología de la época en América Latina fueron dirigidas por la corriente ofertista, con poca influencia de la corriente que hemos llamado del Pensamiento Latinoamericano. En efecto, los organismos a cargo en primera instancia de la promoción y ejecución de actividades científicas, los Consejos de Ciencia y Tecnología, fueron asumiendo funciones de política, fundamentalmente la definición de prioridades a través de la distribución de recursos para las actividades de I+D[72], aunque también se habían ido creando con el mismo objeto Secretarías de Ciencia y Tecnología, generalmente en el ámbito de Ministerios de Educación.

Sin embargo, a pesar de la orientación ofertista de los organismos oficiales, muchas de las ideas nuevas de la Escuela estaban siendo asumidas y convivían junto con sus ideas tradicionales. Por ejemplo, en Argentina el Consejo de Ciencia y Tecnología publicó en 1971, a través de su Secretaría (SECONACyT), creada en 1968[73], un Plan Nacional de CyT, donde propone como uno de sus objetivos “la promoción y creación de una demanda efectiva de ciencia y tecnología mediante la transferencia de resultados a los sectores productivos”[74]: había, pues, ya una preocupación por la vinculación entre oferta y demanda[75]. Pero la política real y su orientación subyacente las tuvo el CONICET: una política consistente en subsidios a investigadores y a becarios, junto con algunos proyectos que muy en general se orientaban a lo que se llamaban áreas prioritarias.

El grupo de pensadores en torno a Sabato, que incluía a profesores de la Universidad de Buenos Aires (Herrera, Varsavsky), tenían una relación amistosa con el CONICET: incluso este organismo empezó a financiar algún proyecto de la CNEA, aunque cada vez menos (los tiempos del CONICET no eran los de la CNEA).

Hubo sin embargo un momento en que las espadas se cruzaron. Fue con motivo de la Conferencia de la OEA en Punta del Este en 1967.

En la OEA, donde Houssay tenía una gran influencia, se había acompañado en un primer momento, como habíamos visto más arriba, la tendencia de UNESCO de promover, con una visión ofertista, Consejos de Ciencia y Tecnología y el aumento del presupuesto como principales medidas de política. Pero no en vano, la OEA había sido la Secretaría Técnica de la Alianza para el Progreso del presidente Kennedy, iniciativa lanzada en una reunión extraordinaria del Consejo Interamericano Económico y Social, organismo de nivel ministerial en el marco de la Unión Panamericana (posteriormente OEA), en Punta del Este, Uruguay, en agosto de 1961. En dicha reunión los Estados Unidos se comprometían a proporcionar la mayor parte del financiamiento requerido por América Latina en la década del 60 (20.000 millones de dólares) para alcanzar los fines de la Alianza. Por su parte, los países de América Latina, además de dedicar mayores recursos propios, formularían “programas nacionales amplios y debidamente estudiados para el desarrollo de sus economías”[76].

No es de extrañar, pues, que la OEA, juntamente con propiciar la acción proselitista de Bernardo Houssay (por ejemplo, a través de la creación dentro de su Departamento de Asuntos Culturales, de la División de Fomento Científico), introdujera una visión alternativa, por la que se trataba de vincular las políticas científicas con las de desarrollo. Era una consecuencia lógica que surgía de los mismos objetivos de la Alianza para el Progreso, y también de sus primeros problemas.

Pionero en esta preocupación, el economista mexicano Víctor Urquidi[77] observaba ya en 1962 que “el proceso de sustitución de importaciones y sus excesos proteccionistas habían traído una consecuencia: el capital extranjero estaba sustituyendo al capital local. Existía el peligro de que la región pudiera caer en una especie de colonialismo tecnológico”[78]. Urquidi critica el tipo de transferencia tecnológica realizado a través de las subsidiarias de empresas extranjeras por dos motivos:

1) esta forma de transferencia no contribuye al desarrollo de una capacidad tecnológica local; y
2) da al capital extranjero una posición predominante en la industria latinoamericana, lo que no sería ventajoso “ni desde el punto de vista económico ni político”.

Aquí aparece por primera vez la problemática de la transferencia de tecnología unida a la de las empresas transnacionales. De aquí derivará posteriormente la preocupación por la dependencia tecnológica, a la que se dará en algunas teorías del desarrollo el carácter de variable explicativa del subdesarrollo.

Coincidentemente con estas preocupaciones, en el seno de la ONU, en 1964, presidida por R. Prebisch, secretario general de CEPAL, se reúne la I UNCTAD. En ella se señala la necesidad de fomentar el desarrollo tecnológico y se redacta una resolución sobre transferencia de tecnología, donde se propone el estudio de las leyes referidas a patentes y a tecnología propietaria. En el desarrollo de estas ideas de UNCTAD fue determinante la presencia del hindú Surendra Patel, quien mantenía una estrecha relación con Jorge Sabato.

La II UNCTAD (1968) declarará en su resolución que las naciones en desarrollo deberían

asociar a sus científicos y tecnólogos desde los primeros momentos en el proceso de transferencia de tecnología, de modo que la tecnología sea absorbida dentro de la investigación y desarrollo locales y utilizada en la forma más eficiente y económica.

Estos temas, pues, transferencia y desarrollo tecnológico local, se discutían ya en la OEA, junto a las ideas de la corriente ofertista de Houssay.

En enero de 1964 se realizó en Washington la I Reunión Interamericana de Ciencia y Tecnología, bajo los auspicios del Departamento de Asuntos Científicos de la entonces Unión Panamericana (posteriormente Secretaría General de la OEA), la oficina creada a instancias de Houssay para promover sus iniciativas de apoyo a la ciencia. Sin embargo, la presencia de economistas a cargo de la Alianza para el Progreso indujo a la discusión de una serie de temas como la relación entre ciencia, tecnología, desarrollo económico y política gubernamental[79]. Y entre los temas propios de los planes de desarrollo se ubicó el de la necesidad de un sistema de preinversión, es decir, la creación de un

sistema que guíe y reciba el beneficio de la posible transferencia de conocimientos que se importa mediante la ayuda técnica [de la Alianza para el Progreso] para la preparación de proyectos, que permita equipar al país con una “capacidad permanente en estas materias” y así, desde este punto de vista, “sustentar su desarrollo autosuficiente”[80].

En la Resolución final de esta reunión se declara la necesidad de que “los Gobiernos tengan una política articulada en estos campos y que se refleje en sus planes nacionales de desarrollo”[81].

Dos años más tarde, en 1966, se reúne en la misma OEA el Comité Ad-Hoc Científico Consultivo Interamericano para tratar el tema de la Planificación Científica y Tecnológica. En ella se plantea la vinculación entre planificación científico-tecnológica y planificación económico-social. Esta integración era concebida en estos términos: la planificación económico-social fija, entre sus metas, los niveles de productividad y progreso técnico: estas son las metas mismas para la planificación científica y tecnológica, que debe, para cumplir con ellas, establecer sus “programas de desarrollo del conocimiento”.

Tenemos pues, que en el mismo seno de la OEA se estaban incubando las ideas del grupo de los amigos de Sabato. Es de notar que esto se da en momentos en que en Europa se estaba empezando a discutir la política científica y tecnológica (término que aparece en primer lugar en un escrito oficial en 1963, como se mencionó).

La integración de la política científica y tecnológica en los planes de desarrollo, según el proyecto STPI (OEA/IDRC)[82]

La concepción que se desarrolla por esos años acerca de la integración de la ciencia y la tecnología en los planes de desarrollo no se limitaba a la relación que comentábamos recién, por la que la planificación económico-social fija sus metas, y estas son asumidas por la planificación científica y tecnológica, la que debe, para cumplir con ellas, establecer sus “programas de desarrollo del conocimiento”.

Este elemento, siendo importante y pocas veces cumplido, a excepción de los grandes objetivos fijados por el gobierno nacional (por ej., pleno empleo, aumento de la competitividad y del valor agregado de la producción primaria), se consideraba en la época como una concepción unilineal y externa del problema de la integración. Esta concepción, se decía, consideraba a ambos sistemas como absolutamente separados y subordinaba el sistema científico tecnológico al sistema económico.

El proyecto STPI (Science and Technology Policy Instruments), dirigido por Francisco Sagasti entre 1972 y 1976, del que se hablará más adelante, como uno de los puntos culminantes en el desarrollo de las ideas de la Escuela, planteaba lo siguiente.

En primer lugar, se necesitaba complementar el flujo presentado más arriba con un flujo de retorno, por el que el sistema científico tecnológico corrige los datos sobre el nivel tecnológico[83] (“el planificador debe abandonar la hipótesis usual de ‘técnica constante’ al mediano plazo”).

Por otro lado, se proponía que la integración entre los dos sistemas debía darse:

  • entre los tres estilos fundamentales de desarrollo de una sociedad, como Ignacy Sachs los definía en uno de los documentos del proyecto STPI[84]: el de vida y consumo, el tecnológico y el del uso del espacio.
  • en la fijación de objetivos del Plan de Desarrollo (generales y sectoriales);
  • en la selección de técnicas;
  • en la selección de proyectos tecnológicos.

Alberto Aráoz[85], resumiendo los resultados de un seminario celebrado en Colombia en 1975, observaba:

En el Seminario se acordó que la integración de los dos tipos de planes (C&T y socioeconómicos) es necesaria, especialmente porque la planificación C&T puede enriquecer a la socioeconómica […] Puede haber […] opciones tecnológicas que pueden afectar objetivos y estrategias y estas podrían serles presentadas a los planificadores económicos, pudiendo por consiguiente someterse a revisión el marco y el contenido del plan económico.

Sin embargo y en general, Aráoz observaba que la integración de consideraciones tecnológicas en los planes en países en desarrollo no había pasado de una expresión de deseos: “La ciencia y la tecnología no han conseguido contribuir en forma importante a la mejora de los planes nacionales”; y citaba entre las posibles causas de ello la falta de métodos y los prejuicios institucionales.

Las dificultades comenzaban por las dificultades mismas de la planificación económico-social, notoriamente por la falta de integración intersectorial de los planes y por el abismo entre los objetivos generales y su especificación en metas.

Pero no sólo había un problema de integración entre planificación CyT y planificación económica: la misma planificación CyT estaba limitada en su campo de acción: por ejemplo, en la Reunión de la OEA de 1966 antes mencionada[86] se reconocía como problemática propia de la planificación científica y tecnológica la selección de tecnologías, la investigación de nuevas tecnologías adaptadas a las condiciones del país, la importación de tecnologías foráneas y su adaptación a las condiciones locales.

En este sentido, en un seminario de Naciones Unidas de 1978 se recomendaba la práctica de la Evaluación Tecnológica: poco antes se había creado en el Congreso de Estados Unidos la Oficina de Evaluación Tecnológica (la famosa OTA, el Office of Technology Assessment). Los países europeos siguieron después con esta práctica, creando oficinas similares, aun después de que en Estados Unidos se suprimiera la OTA en 1992 por presión republicana (oficialmente se dijo que era por motivos presupuestarios). Pero en América Latina no llegó a implementarse nada de esto.

Es decir, había una serie de elementos que condicionan el tipo y la actividad del desarrollo tecnológico deseado y de las capacidades locales necesarias, que deberían intervenir en una política y en una planificación tecnológica[87].

Sin embargo, aunque todos esos tópicos se discutieron y se aceptaban ampliamente y muchos de ellos entraron entre los objetivos de los capítulos sobre planificación científica y tecnológica de los Planes de Desarrollo de la época, casi nada se había hecho en cuanto a fijación de instrumentos y mecanismos, y menos aún en cuanto a coordinación de todos esos aspectos (algo fundamental si se quería hablar realmente de planificación).

En la práctica, los organismos que asumieron la responsabilidad de la planificación científica y tecnológica, que generalmente fueron los mismos que antes eran responsables de la promoción de la investigación, entendieron planificación como programación de actividades de investigación y desarrollo. Donde impulsaron y consiguieron la creación de Registros de Tecnología, de mecanismos de regulación de transferencia de tecnología o de apoyo a la ingeniería local, estos instrumentos fueron generalmente controlados por organismos fuera de su ámbito y sin que tuviesen ninguna capacidad para coordinarlos, algo también esencial para que pudiera hablarse de planificación.

Ahora bien, si volvemos la vista para comparar lo anteriormente expuesto con lo que ocurre en un país desarrollado, observamos que en estos existe en la práctica una interacción entre la planificación económica y la tecnológica. Y esto ocurre tanto en los casos donde ha existido un intervencionismo estatal claro como en aquellos en que el Estado interviene aparentemente menos, limitándose su acción a apoyar el funcionamiento del sistema que vincula tecnología y ciencia con producción.

En el primer caso, ya se mencionó la influencia que la ciencia tuvo en la planificación de la Segunda Guerra Mundial (la principal actividad económica de los Estados Unidos en la época). Y en tiempos de paz, podemos mencionar el caso del Japón, con la interacción entre sus tecnólogos proponiendo tecnologías, con los empresarios y el gobierno. Y esto tanto en los comienzos del proceso por el que ese país se abrió a la tecnología moderna, como en sus prácticas después de la Segunda Guerra Mundial.

Pero por otro lado, si ponemos la atención en los mecanismos que operan en una economía más orientada por el mercado, observamos también que se da una interacción continua, en los planes de negocios de las empresas, entre sus científicos y tecnólogos, y sus economistas y ejecutivos. Por empezar, un proyecto de inversión requiere la definición y selección de tecnologías, que sólo puede hacerse por los departamentos técnicos: es esta definición la que comanda el proceso de evaluación de proyectos de inversión. Y en cuanto a los procesos de innovación que podríamos llamar incrementales, hay una interacción entre los departamentos de mercadeo, que olfatean los gustos del mercado, con los técnicos y científicos, que proponen soluciones técnicas y juntamente discuten las posibles innovaciones a desarrollar.

1.10.2. Punta del Este 1967 – Brasilia 1972. El triunfo de las ideas de la Escuela: El PRDCyT y CACTAL

En esos momentos, la OEA estaba preparando su segunda Reunión de Presidentes que tuvo lugar en Punta del Este en 1967. El objetivo de esta segunda reunión era crear programas de educación y ciencia, paralelos a los programas económicos y sociales creados con la Alianza para el Progreso de 1961. La Dirección de Asuntos Científicos de la OEA, bajo la influencia de Bernardo Houssay y del Departamento de Estado Americano, había preparado una idea para la creación de un Programa Regional de Desarrollo Científico y Tecnológico que iba a anunciarse en la Reunión de Presidentes. Se trataba del Plan Gordon, consistente en la creación de Centros de Excelencia Interamericanos, bajo la tutela de centros de investigación estadounidenses. El grupo de amigos de Sabato consiguió sabotear este plan, proponiendo en cambio una organización para el Programa donde tendrían cabida las ideas de la Escuela, que ya Jorge Sabato había estado difundiendo en la región latinoamericana, a través de su Programa Multinacional de Metalurgia: este programa, financiado por la misma OEA, había conseguido crear una red de centros tecnológicos, muy ligados a las empresas de los países, en forma parecida a lo que había sido el SATI de la CNEA argentina[88].

El nuevo Programa de la OEA, creado finalmente en 1968, consistió básicamente en una serie de proyectos multinacionales, según el modelo del proyecto de Metalurgia de Sabato y Martínez Vidal y con la orientación novedosa de cooperación horizontal, superadora de la clásica asistencia técnica Norte-Sur. Algunos de estos proyectos fueron de investigación básica, otros de desarrollo tecnológico y de política científica. A través de estos últimos, a cargo del uruguayo Ing. Máximo Halty Carrère[89] (fallecido prematuramente en 1978) se difundieron las ideas de la Escuela de Pensamiento, especialmente en los cursos de Política Científica organizados en el Instituto ECLA (Estudios de la Ciencia Latinoamericana) de la Universidad de El Salvador, de Buenos Aires. El primero de ellos fue dirigido en 1971 por Carlos Martínez Vidal, amigo y estrecho colaborador de Jorge Sabato, al que había sucedido en la gerencia de tecnología de la CNEA. En dichos cursos coincidieron la mayoría de los pensadores de la Escuela: el libro enseña de ella, El pensamiento latinoamericano en ciencia-tecnología-desarrollo-dependencia, compilado por Jorge Sabato en 1975, reúne textos de muchos de los profesores de los cursos[90].

Entre otros proyectos de los primeros años del PRDCyT, con la misma orientación se encuentran los siguientes[91]:

  • El Proyecto Piloto de Transferencia de Tecnología, entre 1971 y 1975, dirigido por el mismo Martínez Vidal, donde se pusieron en práctica las ideas generadas en la CNEA argentina sobre transferencia e inteligencia tecnológica y competitiva[92]. Este proyecto, que será descrito con más detalle en los capítulos siguientes, generó una red de colaboración entre institutos tecnológicos, investigadores y empresas de muchos países de la región, y contribuyó también a cimentar la relación entre los actores de la Escuela.
  • El apoyo a la Junta del Acuerdo de Cartagena, del Grupo Andino, en sus trabajos pioneros de transferencia de tecnología y desarrollo industrial. Este trabajo se inició con la contratación del economista griego Constantino Vaitsos (posteriormente ministro de Economía de su país), que a la sazón estaba realizando estudios sobre transferencia de tecnología en Colombia, y culminó con la famosa Decisión 24 de la Junta. Trabajaron en este proceso actores importantes de la Escuela, como Luis Soto Krebs, Miguel Wionzcek, Carlos Aguirre e Isaías Flit.
  • Con apoyo del IDRC de Canadá, se lanzó el Proyecto de Instrumentos de Política Científica y Tecnológica (conocido por STPI por sus siglas en inglés) entre 1971 y 1975, dirigido por Francisco Sagasti, especialista de la OEA hasta que asumió la dirección del proyecto. Este proyecto, que hemos mencionado antes y comentaremos en diversas ocasiones a lo largo de este trabajo, terminó de consolidar las ideas de la Escuela y plasmarlas en importantes documentos.

Finalmente, en la OEA convivieron los dos modelos de ciencia, tecnología e innovación, lo que Robert Seidel llamó el modo híbrido entre el “ofertismo” (el modelo lineal de innovación) y “la corriente tecno-económica”[93]. Seidel comparó las características de los dos modelos en el siguiente cuadro:

Modelo Liberal-científico

Modelo Tecno-económico

– Énfasis en la investigación científica.
La ciencia, por las fuerzas mismas del mercado, redundará en el progreso y el desarrollo económico.
– Contrario a la intromisión del Estado en la política científica.
– Énfasis en promoción de investigación.
Apertura al exterior: la ciencia no tiene fronteras.
– Énfasis en el desarrollo tecnológico.
El mercado científico-tecnológico es imperfecto; hay que regularlo y orientarlo hacia las prioridades del desarrollo.
– El Estado debe dirigir fuertemente y planificar ciencia y tecnología.
– Énfasis en regulación de tecnología.
– Hay que controlar la transferencia de tecnología del exterior.

Sin embargo, la Conferencia Especializada (Interministerial) sobre la Aplicacion de la Ciencia y la Tecnología al Desarrollo de América Latina (CACTAL), convocada por OEA y realizada en Brasilia en 1972, en la que se elaboró un Plan Regional Hemisférico de Ciencia y Tecnología, significó el triunfo de las ideas de la Escuela[94], como puede verse en los puntos siguientes del temario:

1. Creación y desarrollo de tecnología.

2. Innovación tecnológica y transferencia de tecnología.

2.1 Demanda del desarrollo económico-social al sistema científico y tecnológico.

2.6 Integración del sistema científico y tecnológico en el sistema productivo.

3. Cooperación para el desarrollo científico-tecnológico.

3.1 Política y planificación del esfuerzo científico y tecnológico en la América Latina.

Obsérvese cómo la conferencia se adelanta también a su tiempo, como lo había hecho Jorge Sabato, consagrando ya el término de “innovación”, como aparece en su Declaración Final, el Consenso de Brasilia[95].

1.11. Olvido y abandono de las ideas de la Escuela

Sin embargo, la Conferencia no logró su propósito: el Plan Regional no tuvo seguimiento; los Proyectos Multinacionales del PRDCyT de la OEA (salvo con la excepción del de Metalurgia) perdieron su carácter, para convertirse en conjuntos de proyectos inconexos puramente nacionales bajo el título y paraguas de un tema común[96]. El Proyecto de Transferencia de Tecnología mencionado más arriba fue cancelado después, en 1975, al constatar los Estados Unidos que el proyecto estaba favoreciendo a la industria latinoamericana en su búsqueda de alternativas para un desarrollo tecnológico propio.

Poco después, estallaban las crisis en América Latina: crisis económicas, crisis del ISI (industrialización por sustitución de importaciones), primeras intromisiones del Fondo Monetario (1975 en Argentina, 1976 en Perú), crisis de la democracia, con los golpes militares de Chile, Argentina, Perú y Brasil, y con ellas la ruptura de la búsqueda de nuevas vías para un desarrollo tecnológico independiente. Con esto se pretendía cancelar brutalmente las ideas de la Escuela y del Pensamiento Latinoamericano autónomo.

¿Por qué, a partir de los años 80, se abandonan las ideas de la ELAPCyTED? Hay que buscar el motivo en que, a partir de esos años, con el fracaso y el descrédito consiguiente de la industrialización por sustitución de importaciones (ISI) promovida por CEPAL, y más tarde con el surgimiento del neoliberalismo, sobre todo con su triunfo definitivo a raíz de la caída del Muro de Berlín, se abandonan lo que parecían las grandes pretensiones de la Escuela de ubicar el desarrollo tecnológico en el marco de las discusiones y teorías sobre desarrollo y subdesarrollo.

El desarrollo y el subdesarrollo habían sido la moda en los años 50 y 60, a raíz de los procesos de descolonización y del interés de los organismos de Naciones Unidas por ayudar a los países de la periferia. Naciones Unidas había designado la década del 60 como la Década del Desarrollo.

Con el fracaso de la ISI cayeron en descrédito las teorías de CEPAL sobre desarrollo y subdesarrollo: se las empezó a considerar obsoletas, propias de un período donde, a falta de demostraciones y evidencia empírica, se hacían generalizaciones que, por otro lado, no se podían llevar a la práctica. Esto se hizo por lo demás imposible debido a la represión militar de las políticas basadas en dichas teorías, sobre todo en algunos países, como Argentina y Chile, y en menor medida en Brasil, y por el triunfo de las políticas antiindustrialistas y conservadoras del statu quo y de las antiguas estructuras.

Raúl Prebisch deslindó a la CEPAL de la causa del fracaso de la ISI. Y, efectivamente, la sustitución de importaciones que se dio en el marco de la segunda etapa de industrialización en los países mayores de América Latina no fue la que promovió la CEPAL. Como dice Prebisch en sus últimos artículos en la revista de la CEPAL y en su último libro[97], la CEPAL no consideraba que había que cerrarse en el mercado interno[98]. Las que se cerraron en el mercado interno fueron las empresas transnacionales, a las que se dio entrada libre y se les concedió una buena dosis de proteccionismo. La idea de la CEPAL era utilizar el proteccionismo en una primera etapa, para consolidar la industria naciente, de modo que se pudiera proyectar al exterior, como empezaron a hacer por esa época Corea y después los demás tigres asiáticos. Sin embargo, las transnacionales aprovecharon esta oportunidad para copar los mercados internos, trayendo tecnologías obsoletas de sus casas matrices, pero demasiado avanzadas como para poder ser generadas por la escasa base científica y tecnológica local. Con esto se generó el círculo vicioso del subdesarrollo, que terminó en la restricción externa y en procesos inflacionarios, como bien desarrollaron Raúl Prebisch, y junto con él Marcelo Diamand y Aldo Ferrer. Esto se dio en el marco del proceso inflacionario mundial (la famosa estanflación de los años 70) que culminó con el aumento de las tasas de interés de la presidencia de Ronald Reagan en 1981 y la consiguiente crisis de la deuda. El resto es historia bien conocida.

Esta confluencia de crisis internas y externas es lo que generó el descrédito de la ISI, de las teorías sobre el desarrollo y el subdesarrollo y, por consiguiente, de las ideas de la Escuela. Los emprendimientos tecnológicos que habían ido en aumento en esos años en los países mayores de América Latina, brevemente enunciados aquí y algunos de los cuales se describen en el capítulo 3, si hubieran ido acompañados por políticas como las que proponía la CEPAL, no las que implementaron los gobiernos de la época, hubieran podido conseguir una industrialización virtuosa, no la industrialización frívola y trunca que describió acertadamente Fernando Fajnzilber[99]. Es imposible vaticinar qué es lo que hubiera pasado; tendría que haber habido una confluencia de las dos corrientes: políticas de desarrollo industrial adecuadas, como las que proponía Prebisch, y una elevación sustantiva del nivel tecnológico de las empresas, que hubiera acompañado y potenciado los emprendimientos que estaban surgiendo por doquier, por el movimiento de la Escuela, y que hubieran podido llenar el vacío del sector productor de medios de producción y tecnología propio del subdesarrollo[100], permitiendo así que se hubiera constituido una nueva fase en la ISI, la de sustitución de importaciones de bienes de capital y de tecnología. La que quedó peor parada fue probablemente la Argentina, donde los intereses agroexportadores fueron una traba más en el proceso de industrialización y consiguieron deshacer, por medio de dos dictaduras, cada vez más brutales, los escasos logros conseguidos, tanto en industrialización, como en los emprendimientos tecnológicos mencionados. Brasil, donde no había tanto antagonismo entre las clases dominantes y donde, es importante señalarlo, las Fuerzas Armadas, al contrario que las argentinas, mantuvieron siempre una aspiración de autonomía tecnológica, pudo avanzar, dentro de sus problemas, hacia una estructura económica más equilibrada, con mayor desarrollo del sector de medios de producción, en lo que se supo también comprometer a las propias empresas transnacionales, las que, lógicamente, podían sentirse atraídas por el gran mercado interno de ese país.

Todo esto agravó otro problema adicional, interno a las políticas de ciencia y tecnología, que dificultó la implementación de las ideas de la Escuela: la dificultad de coordinar las políticas explícitas que se estaban poniendo en práctica en América Latina de apoyo a la I+D, por lo demás en una medida muy inferior a la que hubiera sido deseable y exigían las comunidades científicas, con las políticas implícitas (en la terminología de Amílcar Herrera). Dicho de otra forma, la integración de las políticas de I+D en las políticas de desarrollo.

La interacción entre las estructuras políticas (ministerios, Congreso) de las que forma parte un ministerio, un consejo o una secretaría de ciencia y tecnología, y de estas con la estructura económico/productiva y sus agentes (las empresas, los sindicatos, etc.), no es para nada simple, y menos aún en una estructura productiva desequilibrada como se han definido las estructuras de un país subdesarrollado (ver el recuadro del punto 1.9.1., “Estructuras de un país subdesarrollado”). En un país desarrollado/equilibrado, existe una trama de relaciones entre las empresas innovadoras o con base científica y tecnológica y los centros de producción de esos conocimientos, muchas veces ubicados en las mismas empresas. Es un tejido que se ha ido formando con el tiempo, y que incluye también a los organismos de gobierno, que, aunque actúen aparentemente con autonomía entre ellos, están de alguna forma atrapados en esa malla o entramado de relaciones. Inclusive, hay mucho intercambio de ejecutivos y técnicos entre el Estado, la Academia y las empresas, lo que permite un diálogo entre las tres partes (las famosas “puertas giratorias”, entendidas en su sentido sano; esto se ha comprobado también en cierta medida en Brasil). En cambio, en países descentrados como los latinoamericanos, esto no se da: no basta con esfuerzos ni declaraciones, como se suelen escuchar desde hace más de 30 años: “vinculación universidad-industria”, “triángulo de Sabato”, “articulación entre organismos públicos y de estos con empresas para crear una sociedad del conocimiento”. Se pueden analizar casos exitosos de países en que se ha ido creando este entramado, Corea del Sur, China, en algún sentido aún imperfecto, Brasil. Pero nada se puede copiar, cada senda de desarrollo es única. Tal vez el factor que puede aparecer como común, y se dio también en casos previos como Japón, o la Alemania de Bismarck, es el rol del Estado como articulador, en torno a grandes misiones para el desarrollo de determinados sectores (la palabra tan denostada de política industrial, sobre todo desde los Estados Unidos, paradójicamente el modelo de lo que es una política industrial a partir de su complejo industrial-militar, tan claramente identificado por Kenneth Galbraith, entre otros y como recientemente ha señalado tan clara y contundentemente Mariana Mazzucato[101]). Si algo se ha dado en América Latina en este sentido es lo que se pudo lograr en energía atómica en Argentina (con la movilización que se logró de la industria metalmecánica para la construcción de las centrales nucleares), aeronáutica en Brasil y en otros sectores, experiencias que se han reseñado cuando se mencionó a la Escuela de Pensamiento y se describirán con más detalle en el capítulo 3.


  1. Se discute si esta creación representa ya un antecedente de una política científica; incluso se discute la veracidad de un famoso informe de Lord Haldane de 1918 que habría determinado la creación del Medical Research Council. Ver el artículo de David Edgerton (2009) en https://bit.ly/2JkB3f0 (consultado el 25.02.2015). Para este autor, el primer antecedente sería la publicación en 1939 del famoso libro de Bernal sobre historia de la ciencia, The social function of science, con su propuesta de una planificación de la ciencia, inspirada en el modelo soviético.
  2. Hurtado, D. (2010): 182 y ss.
  3. Esta y las siguientes secciones están basadas en buena parte en el trabajo del autor, Marí, M. (1982).
  4. Vannebar Bush, Wikipedia, consultado el 15.07.2015.
  5. En “As We May Think”, un ensayo publicado por la revista Atlantic Monthly en Julio de 1945, Bush escribía: “Esta no ha sido una guerra de los científicos; ha sido una guerra en la que todos han tenido su parte. Los científicos, sepultando su antigua competitividad profesional en búsqueda de una causa común, han tomado parte muy activa y han aprendido mucho. Ha sido sumamente estimulante haber trabajado asociadamente de una forma efectiva” (traducción propia, de los artículos “Vannebar Bush” y “As We May Think” de Wikipedia, consultados el 15.07.2015).
  6. Bush, V. (1945a): 98.
  7. Ver acerca de esta discusión el dossier sobre Vannebar Bush en “Ciencia, la frontera sin fin”, REDES (1991), n° 14, vol. 7, nov. 1999.
  8. Organización para el Cooperación y Desarrollo Económico – OCDE (1971): 41 (traducción propia).
  9. Ver De Solla Price, J. D. (1963), “Little science, big science” para este concepto.
  10. Al respecto, es difícil sobreestimar la importancia del desarrollo de las investigaciones nucleares en el despertar de la conciencia de la importancia de la ciencia en el mundo moderno, e incluso en el surgimiento de la política científica y de los organismos responsables de ella. En los años 50 se constituye la Organización Internacional para la Energía Atómica (OIEA). En 1955 se celebra la Conferencia Internacional para usos pacíficos de la energía atómica. En muchos países, el Organismo Responsable de la Energía Atómica se va a convertir después en el Organismo Central de Política Científica o será su mayor impulsor. En Brasil, el CNPQ, el primer consejo específicamente dedicado el fomento de la investigación en América Latina, creado ya en 1951, tiene primigeniamente la función de “estimular la investigación científica y controlar el cumplimiento de la prohibición de las exportaciones de minerales radioactivos” (Novick, S., 1980: 137). En Argentina se constituye en 1950 la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA), en la que parecen haber confluido preocupaciones militares (posiblemente el intento de fabricación de la bomba atómica: ver Novick, S. (1978): 10) y científicas: en 1955 se crea la Comisión Nacional de Radioisótopos. La CNEA, que da una importancia extraordinaria desde sus comienzos a la investigación básica, logra atraer a la comunidad científica, convirtiéndose en su primer hogar y, podemos decirlo, en su primer instrumento institucional de política. El Comité Científico Consultivo de las NNUU, que propuso en 1961 la celebración de la Conferencia Científica Internacional para ayudar a los países poco desarrollados (celebrada en 1963) estaba constituido por seis representantes de Organismos Nacionales de Energía Atómica, siendo el séptimo miembro del Comité un físico, de la Universidad de Columbia.
  11. Surge en esta época la famosa polémica sobre las consecuencias de las investigaciones militares y espaciales en el crecimiento económico. Un científico francés ironizaba que la única aplicación que conocía de tales investigaciones eran las ollas refractarias. Pero evidentemente, las ventajas que las corporaciones americanas recibieron del fomento gubernamental a la investigación, fundamentalmente en el campo de la computación, la aeronáutica, comunicaciones, combustibles, materiales, gestión y organización fue muy grande. Los europeos, al comienzo de los 60, calificaban este apoyo gubernamental a la empresa como una competencia desleal y proponían medidas contra ello.
  12. Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico – OCDE (1971a).
  13. Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico – OCDE (1971a): 45.
  14. “En la prolongación de los años 1930, la cuestión de la ‘productividad’ se impone progresivamente, aun cuando no siempre con ese nombre. Se habla a veces de racionalización o de normalización, a veces de progreso técnico”. Denord, F. (2011) (traducción propia).
  15. “Al terminar la Segunda Guerra mundial, el imperativo de reconstrucción hace de la productividad un caballo de batalla nacional. El modelo americano está en todas las cabezas, la superioridad de su industria constituía el misterio que había que develar. Se crean organismos especializados, como el poco conocido Servicio de Análisis Industrial de la Embajada de Francia en Washington. Las organizaciones conexas se prenden en el tema (CNOF, CEGOS, AFNOR, etc.), así como el Comisariado General del Plan, bajo la batuta de Jean Monnet y de Robert Marjolin. Es en este marco que surge la figura de Jean Fourastié, introductor en Francia de la obra de Colin Clark. Esta alimenta su reflexión y en particular su ‘teoría general de la evolución económica’, que confiere a la productividad un lugar central”. Denord, F., o. c. (traducción propia).
  16. Wikipedia, artículo OECE (revisado el 25.02.2015). Ver también Fourastié, J. (1957).
  17. De la página Web de la OECD, https://bit.ly/2oa9Sv2 (consultada el 17.07.2015).
  18. Ver el trabajo clásico de Griliches, Z. (1958).
  19. OCDE (1980).
  20. Cobb, C. W. (1928).
  21. Ver el trabajo clásico de Solow, R. M. (1957), que estudió por primera vez el impacto de la tecnología en el crecimiento.
  22. J. Katz (1970). Ver también A. Monza (2011).
  23. Ben David, J. (1960).
  24. Del Discurso de Apertura de Lord Bowden, en OCDE (1967): 27.
  25. “A common policy in the field of Science and Technology without long term objectives and priorities is therefore incomplete and not well founded”, C.E.E. (1977): 34.
  26. OCDE (1980): 96.
  27. OCDE (1980): 106.
  28. Houssay, B. (1960): 8.
  29. Griliches, Z. (1958).
  30. Ver J. D. de S. Price, “Little science big Science” y otros trabajos del mismo autor y de J. Ben David, para UNESCO y OCDE.
  31. En 1977, la cifra mágica de Estados Unidos había bajado al 2,6% del PNB.
  32. Sin embargo, en el documento de OCDE Technical change and Economic Policy (OCDE, 1980), se señala que, si se prescinde de la investigación militar, Alemania Federal y Japón son hoy los países que proporcionalmente más recursos dedican a la ivestigación.
  33. Jewkes J. (1958).
  34. Ver los resultados del citado proyecto en Ch. Freeman (1974).
  35. Griliches, Z. (1958).
  36. Mansfield, E. (1965).
  37. Íd. (1968).
  38. Freeman, Ch. (1974).
  39. Íd., o. c., p. 29.
  40. Sylos-Labini, P. (1984): 87 y ss., en el capítulo 3.4, “Oligopolistic Capitalism: The Third Stage”: “In fact product differentiation and quality competition were increasingly replacing price competition, also due to the development of advertising made possible by the extraordinary expansion of the so-called mass media […]”.
  41. Ver un resumen del proyecto en Katz, Jorge (1973). En este proyecto, donde se parte de los aportes de Schumpeter sobre la innovación como creación destructiva o destrucción creadora, ampliándolos al concepto de innovaciones menores o incrementales, se analizaron a nivel micro las determinantes de innovaciones, fundamentalmente de aquellas últimas, las llamadas menores, adaptativas o incrementales. En el estudio se destacó la importancia de desarrollos tecnológicos locales a nivel de planta, a través de actividades de ingeniería de diseño y de planta e incluso de investigación y desarrollo.
  42. Carlos Martínez Vidal insistió en llamar Escuela a este movimiento, siguiendo al mismo Sabato, quien en la obra que coordinó, El pensamiento latinoamericano en la problemática Ciencia-Tecnología-Desarrollo-Dependencia (2011/1975, p. 90), afirmaba: “Una de las características sobresalientes de esta escuela latinoamericana…”. En diversos trabajos elaborados con Carlos afirmamos que no hay que entender el término escuela como es usual en términos académicos, sino en un sentido amplio, como cuando se afirma que “se ha creado escuela”. Por lo demás, hay que reconocer que esta “Escuela” acogió muy distintas corrientes de pensamiento: marxistas, cepalinos, y muy distintos pensadores: Sabato, Herrera, Varsavsky, por citar sólo a algunos.
  43. Martínez Vidal, C. y Marí, M. (2002). El Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de Argentina (MINCyT) creó en 2011 el Programa PLACTED (Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Desarrollo), dedicado a estudiar este movimiento y la vigencia de sus ideas en la actualidad.
  44. Houssay, B. (1960): 11.
  45. Obsérvese de paso lo ligado que estuvo el movimiento en pro del fomento de la investigación con el impulso a la investigación nuclear. El secretario general de la OEA, Dr. José A. Mora, en la primera Reunión de la Comisión Interamericana de Energía Nuclear, celebrada en Washington en oOctubre, 20-24 de 1959, veía en esta comisión promotora de la investigación nuclear, “el primer impulso para pensar en un mercado común de la ciencia y de la técnica en el continente americano” (Revista Ciencia Interamericana, 1, 1, 1960, p. 27). En este sentido, la ciencia nuclear junto con las ciencias biomédicas son la primera expresión palpable y como el símbolo de una convicción todavía no bien especificada de las posibilidades de aplicación de la ciencia a la técnica y al progreso.
  46. O. c., pp. 14-15.
  47. Ib., p. 21.
  48. Sabato, J. (1972a): 7, J. Sabato (1972c): 13-17.
  49. R. Prebisch (1949).
  50. Aguirre, J. (2009).
  51. Algunos de estos emprendimientos se detallarán en el capítulo 3.
  52. Sabato, J. (1968), publicado también en Sabato, J. (2011).
  53. Sabato, J. (2011): 216
  54. Francisco Sagasti, en su obra varias veces mencionada, señala también que Sabato, al que describe como “uno de los pioneros y visionarios más importantes de la región en temas de ciencia, tecnología e innovación” (Sagasti, 2011: 101), con la descripción de su figura del triángulo rompe con el modelo lineal, e introduce en forma precursora el concepto de innovación, “adelantándose a la incorporación de la innovación como elemento articulador de la movilización del conocimiento para el desarrollo” (ib., p. 102).
  55. Ib.
  56. Dagnino, R. (2006), (2007), (2009).
  57. Preferimos la designación “Pensamiento en Ciencia, Tecnología y Desarrollo” porque, efectivamente, esta corriente de pensamiento está enraizada en el pensamiento de la época sobre el desarrollo, aunque haya que reconocer los cuestionamientos que se le han hecho, pensamiento desarrollado en gran parte por la CEPAL. El término “Ciencia, Tecnología y Sociedad” ubicaría en cambio a esta corriente en las modernas tendencias de la sociología de la ciencia y la gestión de la tecnología, que han popularizado esa expresión, que además ha sido institucionalizada en la red ESOCITE (Estudios Sociales de la ciencia y la tecnología).
  58. Dagnino, R. (2010).
  59. El que haya sido una demanda para la guerra no cambia nada en lo que se refiere al modelo de relaciones ciencia-producción: otra cosa es la valoración que se pueda hacer desde un punto de vista moral o político.
  60. El desarrollo y el subdesarrollo habían sido la moda en los años 50 y 60, a raíz de los procesos de descolonización y del interés de los organismos de Naciones Unidas por ayudar a los países de la periferia. Naciones Unidas había designado la década del 60 como la Década del Desarrollo.
  61. Rostow, W. (1961).
  62. Frank, André Gunder (1976).
  63. Ferrer, A. (2015).
  64. Perroux, F. (1958), Freyssinet, J. (1966).
  65. Capitalismo periférico. Crisis y transformación, Fondo de Cultura Económica, México, 1981.
  66. A. Herrera (1971) y (1973).
  67. Volviendo a nuestro modelo y a la relación entre los factores o estructura económica, social (distribución del ingreso) y científica y tecnológica, el neoliberalismo y su teoría económica de base, la teoría neoclásica, pusieron un gran esfuerzo en separar estos tres aspectos. La economía neoclásica explica la producción por una función matemática, muy elegante pero muy simplista. En esta función, la producción depende de la tecnología, el capital y el trabajo. Por un lado, la tecnología es un dato externo al modelo (exógeno), que viene dado por el nivel del conocimiento y de la técnica. También es llamado factor residual, porque en realidad es lo que no explican ni el trabajo ni el capital y que (dicho sea de paso), en algunos ejercicios econométricos explica hasta el 70% del crecimiento económico. Por otro lado, para este modelo la distribución del ingreso se desprende automáticamente de la función de producción, al determinar esta las retribuciones del capital (la tasa de ganancia) y del trabajo (el salario) según sus productividades marginales. Por supuesto, las relaciones de poder no entran en esta explicación neoclásica, explicación que fue destruida por un lado por Keynes y por otro por la contundente crítica de los representantes de la Escuela neomarxista de Cambridge (Inglaterra) en las décadas del 60 y 70, en particular, Piero Sraffa, Joan Robinson Piero Garegnani y Luigi Pasinetti (esa extraña conexión inglesa-italiana).
  68. Marí, M. (1979): 35.
  69. Id. (1975/73): 162.
  70. Ver más arriba, punto 1.8.2.
  71. Ib., p. 163.
  72. Novick, S. (1980).
  73. Feld, A. (2011): 189.
  74. Marí, M. (1982): 39.
  75. Ver el libro de Ruth Sautu y Catalina Wainerman sobre el tema, Sautu, R. (1971).
  76. Declaración de los Pueblos de América, Punta del Este, agosto 17 de 1961.
  77. Considerado por Jorge Sabato como miembro conspicuo de la “escuela”, J. Sabato (2011/1975).
  78. Urquidi, V. (1962): 25, citado por Seidel, R. (1974): 32.
  79. Marí, M. (1982): 24 y ss.
  80. Citada en Marí, M. (1982).
  81. Ib., p. 30.
  82. M. Marí (1982): 30 y ss.
  83. Este tipo de propuestas nunca han llegado a madurar; las herramientas macroeconómicas de la planificación (insumo producto especialmente) no han podido manejar hasta ahora la variable tecnológica de modo operacional.
  84. IDRC (1978): 117 y ss.; ver también Sachs, I. (1980).
  85. Aráoz, A. (1978): 25-26.
  86. Ciencia Interamericana, pp. 1-10.
  87. Sagasti, F., en IDRC (1978): 15, habla de actividades de “producción, absorción de tecnología, importación, servicios tecnológicos (información y capacitación) y la promoción de la demanda de tecnología local” como aquellas que deben incluirse en la planificación.
  88. Los detalles, próximos al “realismo mágico latinoamericano” de este operativo nos fueron referidos por el Ing. Oteiza en una entrevista con los miembros del programa “Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología y Desarrollo” (PLACTED) del Ministerio de Ciencia y Tecnología argentino (MINCyT), en noviembre de 2008 (ver nota 185).
  89. Ver el artículo del Ing. Halty-Carrère en el libro compilado por Jorge Sabato (2011/1975).
  90. J. Sabato (2011), edición del Programa PLACTED del libro publicado originalmente en 1975.
  91. O. Galante (2011): 10.
  92. Ver trabajos de C. Martínez Vidal y G. Gargiulo sobre este tema. Este proyecto fue discontinuado en 1975 a pedido del Departamento de Estado de Estados Unidos, dirigido en ese momento por Henry Kissinger, al constatar el apoyo que pretendía dar el proyecto al desarrollo tecnológico de las empresas latinoamericanas.
  93. Seidel, R. (1974).
  94. En esta conferencia y en su preparación participaron activamente representantes de la Escuela de Pensamiento Latinoamericano en Ciencia, Tecnología para el Desarrollo, como Aldo Ferrer, Enrique Oteiza y otros.
  95. Ver punto 2 de la Declaración de Brasilia, Organización de los Estados Americanos – OEA (1972), “Innovación tecnológica y transferencia de tecnología”.
  96. Los países menores de la OEA se coligaron para cambiar el carácter de estos proyectos, en lo que se llamó internamente “la rebelión de las Cancillerías”: en efecto, argumentaban que los proyectos multinacionales estaban monopolizados por unos pocos países grandes y por los funcionarios de la Secretaría General de la Organización, en Washington. Ver el Informe de Evaluación del Programa, Organización de Estados Americanos – OEA/PRDCyT (1988).
  97. R. Prebisch (1981).
  98. Ver O. Sunkel (2004).
  99. Fajnzilber, F. (1979).
  100. La confluencia y aun amistad de economistas como Aldo Ferrer, industriales como Marcelo Diamand y tecnólogos como Jorge Sabato dejan pensar en que se hubiera podido dar una industrialización virtuosa, una nueva etapa en el proceso de sustitución de importaciones, en este caso tecnológicas. Pero como se decía más arriba, es imposible imaginar lo que hubiera podido pasar.
  101. Mazzucato, M. (2011).


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