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Conclusiones

Esta investigación examinó los cambios en los niveles de vida de las unidades domésticas durante un ciclo de políticas heterodoxas en la Argentina. Para ello, se tomaron en consideración las formas de participación en la estructura económico-ocupacional y en los sistemas de política social. Mediante el estudio articulado de la participación de las unidades domésticas en los mecanismos de distribución primaria y secundaria del ingreso, analizamos sus patrones de reproducción socioeconómica, a fin de evaluar la existencia de transformaciones y comprender su sentido.

A partir del tratamiento de este objetivo, la investigación aportó evidencias empíricas a los debates que, tanto en el ámbito académico como en la esfera pública, se interesan por los determinantes de las condiciones de vida y por los mecanismos que generan desigualdad en la sociedad argentina. En particular, ofreció algunas claves para descifrar el entramado de procesos estructurales y microsociales subyacentes a los procesos de empobrecimiento que se reproducen –no sin poca variabilidad histórica– en nuestro país durante las últimas décadas.

Inscribimos el análisis de este tópico clásico de la sociología del trabajo –las condiciones de vida y de reproducción económica– en el particular contexto de la historia político-económica reciente, en el que convergen dinámicas coyunturales y de larga duración. Por una parte, en contraste con el ciclo de ajuste estructural de los noventa, durante los 2000 se verificó un giro hacia políticas macroeconómicas de signo heterodoxo y políticas laborales y sociales de corte redistributivo. Este viraje debe entenderse en un nuevo contexto regional e internacional ­–la crisis del modelo de ajuste estructural en distintos países de la región y el boom de los precios de commodities–, así como en el marco de la profunda crisis que azotó a la Argentina a fines de los noventa y que dejó su huella en el ciclo político-económico abierto con posterioridad. Por otra parte, el período estuvo jalonado por la presencia de rasgos estructurales del régimen social de acumulación que fueron delineándose a partir de los setenta y se volvieron más nítidos durante los noventa, tales como la alta concentración económica, la especialización productiva en bienes de bajo valor agregado, la estrecha dependencia con respecto a la exportación de commodities y los cíclicos problemas de escasez de divisas (a los que se agregaron otros determinantes además de los clásicos de una estructura desequilibrada).

Es en este marco que la investigación se propuso examinar la capacidad de la reciente dinámica de crecimiento orientada por políticas heterodoxas para promover cambios sustantivos en los patrones de desigualdad emergentes de la heterogeneidad estructural, así como evaluar, en el escenario socio-ocupacional vigente, el rol desempeñado por las políticas sociales en las condiciones de vida de los hogares y su capacidad para promover una mayor convergencia socioeconómica. La perspectiva teórico-metodológica centrada en la reproducción de los grupos domésticos ofreció una ventana estratégica para observar aspectos de la rearticulación de la relación entre heterogeneidad estructural e intervención social estatal con respecto a las condiciones de vida familiares.

Recordemos que, tanto desde enfoques ortodoxos como heterodoxos, los particulares resultados distributivos y de bienestar verificados en la Argentina y en América Latina durante la última década habrían dependido de un encadenamiento virtuoso de procesos de diferente nivel. Para la perspectiva ortodoxa, la reducción de la desigualdad y la pobreza en la región habría derivado de las reformas inspiradas en el Consenso de Washington, que permitieron aprovechar las oportunidades ofrecidas por el mercado mundial, ampliar los niveles educativos de la población (reduciendo, así, las “primas” a la educación) y tornar más “fluidas” las sociedades latinoamericanas. Para la perspectiva neodesarrollista latinoamericana, también es significativa la orientación exportadora, aunque no menos relevante habría sido la promoción del mercado interno y el sostenimiento de la demanda agregada. A su vez, ambos enfoques coinciden en destacar el rol de los programas de transferencias monetarias condicionadas –forma paradigmática de la “nueva” política social– en estos resultados socioeconómicos.

Sin desconocer las mejoras sociales verificadas, este libro puso en tensión tales diagnósticos a partir de los postulados del estructuralismo clásico y del pensamiento crítico latinoamericano, entendidos como herramientas valiosas para reflexionar acerca de los alcances de los procesos identificados. De forma lúcida, Boyer (2014) ha llamado la atención sobre la aparente paradoja que implicaría que, en el continente que supo cobijar a los teóricos de la dependencia y del subdesarrollo, la convergencia social provenga de una inserción subordinada y dependiente en el mercado mundial. Precisamente, la perspectiva teórica recogida sugiere que el crecimiento económico, en ausencia de cambio estructural, es insuficiente para disolver las pautas de desigualdad asociadas a la heterogeneidad estructural, la concentración económica y la especialización productiva. Siguiendo el enfoque estructuralista, ello se debe a que en una economía abierta se reproducen las brechas de productividad derivadas de la desigual concentración del progreso técnico, al tiempo que los sectores dinámicos no logran absorber al conjunto de la fuerza laboral en condiciones productivas y, por consiguiente, se recrea la “insuficiencia absorbente” del capitalismo periférico. En tales condiciones, la distribución primaria condiciona la distribución secundaria y, por lo tanto, la intervención social del Estado encuentra límites sustantivos.

La hipótesis general que se puso a prueba en la investigación fue que la heterogeneidad estructural del régimen de acumulación –y su correlato en la incapacidad de los sectores más dinámicos de la economía para absorber al conjunto de la fuerza de trabajo– habría dado lugar a dinámicas persistentes de desigualdad económico-ocupacional y de exclusión o marginalidad, con amplias consecuencias sobre las capacidades de reproducción económica y el bienestar material de los hogares, restringiendo los procesos de convergencia socioeconómica entre el 2003 y el 2014. Sin embargo, estas dinámicas no habrían impactado de forma directa sobre las condiciones de vida debido a una mediación, de relevancia variable según el momento político-económico del ciclo, de la política social y de los propios comportamientos microsociales de los hogares. Tales elementos habrían desempeñado un papel compensador –aunque limitado, dadas las condiciones estructurales prevalecientes– sobre las capacidades de reproducción económica de las unidades domésticas.

Para tratar esta hipótesis, el capítulo I ofreció un detallado análisis sociohistórico de la posconvertibilidad y sus antecedentes. En primer término, destacamos los principales vectores económicos y sociopolíticos que configuraron las fases precedentes al ciclo de políticas heterodoxas, lo que permitió destacar sus rupturas y continuidades. En segundo término, distinguimos dos grandes períodos dentro del ciclo estudiado: una fase posdevaluación (2003-2008) y otra de crisis, recuperación y estancamiento económico (2008-2014), integrada, a su vez, por dos subperiodos (2008-2011 y 2011-2014). Tal como hemos señalado, el punto de quiebre entre ambas fases correspondió a las crisis del 2008 y del 2009, que interrumpieron la pauta de crecimiento que había caracterizado a la posdevaluación.

De acuerdo con lo abordado en este capítulo, en la primera etapa, las políticas económicas de inspiración neodesarrollista favorecieron una recuperación a partir del tipo de cambio alto y salarios muy deteriorados. La segunda fase coincidió con el agotamiento de los fundamentos de la recuperación posdevaluación y la reaparición de los obstáculos estructurales del patrón de desarrollo argentino. Durante este período, aunque la política económica fue más expansiva, el tipo de cambio se volvió menos competitivo, el crecimiento económico más lento y el mercado laboral perdió dinamismo. A manera de balance general, constatamos que, a pesar de los sustantivos ritmos de expansión económica, el régimen de acumulación enfrentó limitaciones derivadas de la concentración, la extranjerización y la especialización productiva.

Asimismo, la hipótesis planteada se constituye sobre la articulación de tres líneas conceptuales. Tal como desarrollamos en el capítulo II, en primer lugar, recuperamos una perspectiva amplia que se interesa por las características de un régimen social de acumulación y abordamos la cuestión de las condiciones de vida a partir de distintos aportes teóricos (en especial, de la sociología latinoamericana) que han tematizado la reproducción de la fuerza de trabajo y de las unidades domésticas. Estos aportes teóricos nos permitieron articular planos macro y microsociales, en el seno de los cuales se organiza la reproducción socioeconómica como proceso cotidiano y generacional vinculado con la satisfacción de necesidades. En segundo lugar, dada la relevancia otorgada al tipo de demanda laboral, cuyo eje ordenador es el modelo de acumulación vigente, el marco teórico estructuralista y los enfoques de la segmentación laboral se revelaron cruciales para comprender las dinámicas de la desigualdad que subyacen a la estructura económico-ocupacional en la que participan los hogares. En tercer lugar, recogimos una lectura en clave de economía política de la política social que permitió reponer su papel con respecto a la regulación de la reproducción de la fuerza de trabajo y del conflicto social.

Abordamos la hipótesis general propuesta a través de un diseño teórico-metodológico que procuró examinar, desde una perspectiva cuantitativa de estática comparada, los principales factores que incidieron en las condiciones de vida familiares durante la posconvertibilidad. El tratamiento de esta hipótesis fue desarrollado en los capítulos IV, V y VI; mediante diferentes hipótesis particulares, en cada uno de ellos reunimos evidencias acerca de la relevancia que mantuvieron los procesos de desigualdad estructural en las condiciones de reproducción de los hogares, así como sobre el rol de mediación desplegado por la intervención social del Estado y por los propios comportamientos microsociales de las unidades domésticas. A continuación, recuperamos sucintamente las principales contribuciones de estos tres capítulos e indicamos los aspectos que cabe seguir profundizando en futuros trabajos.

La inserción de la fuerza de trabajo de los hogares en la estructura económico-ocupacional: una dinámica dual asociada a la heterogeneidad estructural

En el capítulo IV analizamos la participación de los hogares en el mercado laboral y caracterizamos el tipo de posiciones económico-ocupacionales a las que accedieron a través de sus integrantes. Estudiamos las chances que tuvieron de participar en los estratos más dinámicos de la estructura económico-ocupacional (el sector formal público y privado). Dado que los hogares pueden disponer de más de un ocupado, consideramos en qué medida se verificó la coexistencia de posiciones económico-ocupacionales disímiles, lo cual implicó abordar la cuestión de su “homogeneidad” interna. Aquí obtuvimos una serie de conclusiones relevantes que expresan rigideces estructurales del sistema económico-ocupacional y, más específicamente, la vigencia de una dinámica laboral “dual” asociada a la heterogeneidad estructural. Interpretamos esta rigidez a la luz de la ausencia de cambios estructurales en el patrón de desarrollo económico argentino.

Advertimos que se incrementó la utilización económica de la fuerza de trabajo de los hogares, principalmente por una mayor participación de trabajadores secundarios (es decir, que no eran principales proveedores económicos) en el mercado laboral. Esta tendencia se concentró en el primer período estudiado (2003-2008), mientras que, con posterioridad (2008-2014), se estabilizó y no se presentaron nuevas modificaciones. Esto podría indicar que los hogares urbanos alcanzaron límites en términos de la participación económica de sus integrantes, lo cual podría vincularse con el tipo de demanda laboral disponible y con las necesidades reproductivas dentro de las propias unidades domésticas. En particular, recuperando aportes de estudios previos, ello podría remitir a la insuficiente disponibilidad de servicios de cuidado y educación (Beccaria, Maurizio y Vázquez, 2017), factores condicionantes de la oferta de fuerza de trabajo. En cualquier caso, consideramos relevante profundizar en próximas investigaciones cuáles son los determinantes de la participación laboral en el contexto político-económico abierto a partir del 2015, con el propósito de examinar si las tendencias aquí observadas permanecen o se alteran y, eventualmente, comparar diferencias entre grupos sociales.

A su vez, constatamos que el proceso de recomposición de la estructura económico-ocupacional fue limitado en términos temporales y sociales. El proceso de absorción de fuerza de trabajo se plasmó en la drástica reducción de la proporción de hogares cuyo PSH se encontraba desocupado o era beneficiario de un plan de empleo. Asimismo, creció el porcentaje de unidades domésticas que participaban del sector formal público y privado por medio de su principal sostén. Sin embargo, luego del ciclo 2003-2008, estos procesos se ralentizaron y ya no se verificaron cambios sustantivos en la configuración de la estructura económico-ocupacional. En este marco, en el 2014 más de cuatro de cada diez (43,3%) hogares estaban encabezados por un trabajador del sector microinformal, que tenía un empleo no registrado en el sector formal o que era desocupado o beneficiario de un programa de empleo.

Esta dinámica dual no se altera al considerar la posibilidad de que los hogares dispongan de fuerza de trabajo ubicada en distintas posiciones económico-ocupacionales. En el 2014, alrededor de tres de cada diez hogares (29,4%) sólo disponían de trabajadores en el sector microinformal, en programas de empleo o en situación de desocupación, sin acceder a posiciones del sector formal mediante su fuerza de trabajo. Estos procesos aluden a un límite estructural en la generación de empleos del sector formal. A su vez, se entroncan con otros procesos específicos (relativos a la asignación de las posiciones existentes), como los mecanismos de reclutamiento de las empresas (que suelen apelar a redes de relaciones), la homogamia social, la marginalidad y la segregación espacial urbana. Las evidencias presentadas constituyen aportes a diferentes enfoques y líneas de indagación que están interesadas en los modos en que la estructura social de la fuerza de trabajo se plasma al nivel de las unidades domésticas (Dalle et al., 2015; Elbert, 2015; Groisman, 2011; Maceira, 2016, 2018).

Por último, advertimos que se retrajo la proporción de hogares encabezados por trabajadores marginales, pero se mantuvo elevada la de aquellos que tenían ocupados secundarios en tales condiciones. Por una parte, descendió la proporción de hogares encabezados por desocupados marginales y beneficiarios de planes de empleo; a su vez, se redujo menos intensamente la de aquellos cuyo PSH estaba ocupado en actividades informales de subsistencia. Por otra parte, casi uno de cada cinco hogares (21%) tenían un trabajador en situación de marginalidad económica. Estos resultados constituyen aportes a la literatura que, en la Argentina, viene examinando la cuestión de la marginalidad (Comas, 2012; Salvia, 2012, 2016; Vera, 2016), al sugerir que una parte significativa de tales inserciones corresponde a actividades secundarias que los integrantes de los hogares despliegan a fin de incrementar su volumen de ingresos.

Rigidez del patrón de distribución del ingreso laboral y consecuencias sobre las condiciones de vida familiares

En el capítulo V examinamos de qué maneras las condiciones de heterogeneidad estructural del sistema económico-ocupacional incidieron sobre las capacidades de reproducción económica de las unidades domésticas. Para ello, examinamos la participación de los hogares en la distribución del ingreso laboral según su posición en la estructura económico-ocupacional (considerada a partir de la forma de inserción de su principal sostén). Arribamos a una serie de conclusiones significativas en torno a los límites del proceso de recomposición de ingresos laborales y a la pauta de desigualdad vigente durante la posconvertibilidad. En particular, sugerimos la existencia de límites estructurales a los procesos de convergencia socioeconómica, que se mantuvieron aun cuando los hogares desplegaron activos comportamientos para mejorar sus condiciones materiales de reproducción.

La recuperación económica posdevaluación atravesó un tamiz de desigualdad estructural rígido. Más allá de algunas diferencias en los ritmos de recomposición observados, las brechas de ingreso asociadas a la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional y a la segmentación laboral mantuvieron una notable estabilidad durante el conjunto del período examinado. A lo largo de la década, los hogares encabezados por un trabajador del sector microinformal mantuvieron un ingreso familiar de fuente laboral más de 30% inferior al promedio.

Estos resultados echan luz sobre dos aspectos subrayados por la tesis de la heterogeneidad estructural. En primer lugar, el desarrollo en los países periféricos se caracteriza por ostensibles diferencias de productividad entre sectores, ramas y unidades económicas, con consecuencias directas sobre la demanda laboral y las remuneraciones de la fuerza de trabajo (Pinto, 1976; PREALC, 1978; Salvia, 2012). En relación con este punto, la investigación ha procurado mostrar cómo impactan dichos procesos en las capacidades de reproducción de los hogares a partir de la inserción de su fuerza de trabajo en diferentes posiciones económico-ocupacionales. En este sentido, ha aportado evidencias a las investigaciones que relacionan la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional con la reproducción social (Comas, 2012; Salvia, 2011, 2012, 2016; Vera, 2011). En segundo lugar, tal como predice el estructuralismo, el crecimiento económico puede conducir a expansiones del ingreso disponible, pero en la medida que no está acompañado por procesos de cambio estructural, puede recrear una estructura distributiva estrechamente asociada al patrón de concentración que imprime la heterogeneidad estructural (Salvia, 2012, 2015).

Tal como hemos planteado, la recomposición de ingresos laborales no fue independiente de los comportamientos desplegados por los integrantes de las unidades domésticas para optimizar su nivel de vida. Esta investigación pudo evaluar y cuantificar el aporte de los procesos microsociales al cambio verificado en los niveles de bienestar. Durante el ciclo de políticas heterodoxas, casi una quinta parte (17,5%) de la mejora del ingreso total de fuente laboral se debió a un mayor esfuerzo económico-reproductivo. Mientras que entre el 2003 y el 2008 estos comportamientos tuvieron un mayor impacto, entre el 2008 y el 2014 perdieron relevancia: a partir de entonces, el incremento de los ingresos laborales dependió únicamente de factores de mercado.

En línea con la hipótesis planteada, estos resultados son sugerentes ya que iluminan dos aspectos específicos. En primer término, el efecto atribuible a la participación laboral de los integrantes de los hogares fue reducido frente a procesos de orden macroeconómico (ligados al modo en que el mercado retribuye a los trabajadores). En segundo término, tal participación tuvo un marcado carácter procíclico. En consonancia con las evidencias de estudios referidos a otros contextos nacionales (Damián, 2004; Montoya García, 2017), estos resultados sugieren que la capacidad de las unidades domésticas de incidir mediante una mayor autoexplotación en sus condiciones de vida es limitada a la luz de las restricciones que impone la dinámica global del mercado de trabajo.

En este marco, consideramos que un resultado central de esta investigación es exhibir que la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional condicionó las capacidades de reproducción económica de los hogares. Aquellos encabezados por trabajadores del sector microinformal y del segmento no registrado se vieron expuestos en mayor proporción que los demás hogares a experimentar déficit de capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales (DCS-L); también se enfrentaron a un mayor riesgo de experimentarlo por disponer de ingresos laborales muy próximos al umbral.

En este sentido, resulta correcto afirmar que la exposición a tal déficit se entrelaza con algunos atributos específicos, tales como la cantidad de niños y adolescentes en el hogar, la edad del PSH o su bajo nivel educativo. En próximas investigaciones nos proponemos profundizar cuáles son los mecanismos que operan detrás de estos determinantes, cuáles son los límites que encuentran los hogares para mejorar su balance reproductivo (en especial, qué interseccionalidades se presentan, entre género, generación y demandas de cuidados) y cuáles son los campos de acción que se abren para la política pública.

Ahora bien, tal como ilustró el análisis de regresión logística, cabe advertir que la incidencia de factores estructurales se mantuvo con independencia de estos atributos específicos de los hogares. Por consiguiente, existen dinámicas selectivas de empobrecimiento relacionadas con la heterogeneidad estructural y la segmentación laboral. A través de una técnica analítica de microsimulación, constatamos que la vigencia de desigualdades estructurales en el mercado de trabajo implicaba entre un 30 y 40% más de incidencia de DCS-L que si tales desigualdades no se registraran. Investigaciones futuras deberán examinar qué ocurre al incorporar una mirada dinámica sobre estos procesos: estudios de panel pueden revelar si se producen entradas y salidas periódicas de situaciones deficientes en términos de reproducción económica y cuáles son las configuraciones sociolaborales y familiares que participan en dichos procesos.

Políticas sociales y condiciones de vida familiares: alcances y limitaciones

La evidencia presentada en los capítulos IV y V permitió constatar que, durante la posconvertibilidad, la heterogeneidad estructural del régimen de acumulación argentino se tradujo en una matriz económico-ocupacional desigual con significativas consecuencias sobre las condiciones de vida familiares. En diálogo con estos aportes, el capítulo VI brindó evidencias acerca del rol desempeñado por la intervención estatal mediante políticas sociales en el marco de una estructura económico-ocupacional heterogénea. Consideramos que uno de los rasgos sociopolíticos más novedosos del ciclo posconvertibilidad fue la sostenida expansión del gasto en funciones sociales mediante transferencias de ingresos a los hogares. De acuerdo con esto, el capítulo evaluó cómo impactó este nuevo gasto social sobre las unidades domésticas y qué efectos tuvo sobre sus condiciones de vida, atendiendo a su posición en la estructura económico-ocupacional (evaluada a partir de su principal proveedor).

El aumento del gasto público social no se distribuyó de forma homogénea entre los distintos grupos de hogares; en rigor, identificamos un incremento significativo de la cobertura entre aquellos hogares encabezados por trabajadores del sector microinformal, marginales o precarios. Este proceso resulta significativo al considerar que hacia el 2003 se había registrado un pico histórico en cuanto a la participación estatal en las condiciones de vida familiares. Los resultados obtenidos en este capítulo constituyen un aporte específico al campo de estudios sobre política social, en tanto evidencian la manera en la que se correlacionan la cobertura de prestaciones sociales y la estructura socioeconómica, un aspecto que no suele ser tratado en la literatura especializada o que es sólo estudiado a partir de la distribución decílica de hogares (como, por ejemplo, Bertranou, 2010; Cetrángolo et al., 2017).

En este sentido, cabe advertir que, si bien el comportamiento descripto podría comprenderse como una creciente homogeneización de la cobertura, en rigor, la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional se reprodujo en el plano de la política social. Por ello, retomando una noción propuesta por Martínez-Franzoni y Sánchez-Ancochea (2016), cabe reconocer un proceso de “segmentación” persistente que, a nuestro entender, reproduce la “estratificación” (Filgueira, 1998) del régimen de bienestar argentino. Los hogares acceden a mecanismos muy disímiles de transferencias de ingresos, los cuales tienen, a su vez, diseños institucionales y requerimientos diferenciales (como, por ejemplo, el cumplimiento de condicionalidades). En otras palabras, el incremento “cuantitativo” de la cobertura de política social coincidió con su heterogeneidad en términos “cualitativos”.

Un resultado crucial de esta investigación es constatar que los ingresos derivados de la política social tuvieron un papel muy disímil según la posición de los hogares en la estructura económico-ocupacional. En particular, este rol fue más significativo entre los hogares cuyo PSH disponía de las posiciones más desaventajadas de la estructura económico-ocupacional. De acuerdo con las evidencias presentadas, tras una fase de escasa relevancia de tales ingresos (en el período posdevaluación, 2003-2008), pasaron a desempeñar un papel más significativo (en especial, entre el 2008 y el 2011), de modo que compensaron parcialmente el menor dinamismo del mercado de trabajo. El incremento de los ingresos de política social contribuyó con una cuarta parte del aumento de los ingresos familiares de los hogares encabezados por un trabajador del sector microinformal. En el período 2008-2011, tal participación representó tres cuartas partes de la mejora del ingreso familiar. El mayor impacto correspondió al sistema de jubilaciones y pensiones (incluyendo las no contributivas), mientras que los programas de asistencia social directa tuvieron escasa significación. Estos resultados constituyen un aporte novedoso de la investigación, en tanto permiten examinar no sólo los efectos distributivos agregados de la política social (tal como han sido señalados por Gasparini et al., 2017, Judzik, Trujillo y Villafañe, 2017, Rofman y Oliveri, 2012, Salvia, Poy y Vera, 2017, 2018), sino también su disímil rol sobre los presupuestos de los hogares según su posición en la estructura social del trabajo.

Al respecto, cabe insistir en el papel dominante que los ingresos provenientes del mercado laboral mantienen en la determinación de las condiciones de vida. Ello invita a retomar las sugerencias de Salvia (2012) y de Saad-Filho (2015), quienes argumentan que la política social –en particular, los programas de asistencia social– opera como un “subsidio” de la reproducción social de fracciones de trabajadores que resultan excedentarios para los procesos de acumulación hegemónicos. En este sentido, en próximas investigaciones tendremos ocasión de evaluar, desde una perspectiva histórica de mayor duración, en qué medida este proceso se fue configurando durante los noventa y qué características adquiere en el actual contexto sociopolítico argentino.

Identificamos que la política social enfrenta límites para reducir la incidencia del déficit de capacidades de subsistencia (DCS), aunque su efecto depende estrechamente del tipo de instrumento (y, por ende, del monto de ingresos que transfiere). El análisis del efecto inmediato reveló que la política social mantuvo una injerencia estable durante toda la posconvertibilidad en la reducción de la proporción de hogares que experimentaban DCS. Se trata de un hecho significativo, dada la magnitud que había adquirido la intervención social del Estado a comienzos del período considerado. No obstante, los ingresos de política social no resultaron suficientes para disolver la mayor exposición de los hogares encabezados por un trabajador del sector microinformal, no registrado, desocupado o marginal a reproducirse de manera deficiente durante el período.

Patrones de reproducción económica y modos de regulación social durante un ciclo de políticas heterodoxas

En línea con la hipótesis general planteada, se reunieron evidencias que indican que la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional, los procesos de segmentación del mercado de trabajo y la dinámica de la marginalidad económica, constituyen instancias estrechamente asociadas con una pauta relativamente rígida de desigualdad sociolaboral. Los datos informan que esta pauta de inequidad, más allá de una retracción inicial, permaneció casi inalterada durante la posconvertibilidad. A su vez, condicionó los niveles de reproducción de la fuerza de trabajo y, por consiguiente, de las unidades domésticas a las que pertenecen los trabajadores. Hemos señalado que se trata de una desigualdad de tipo estructural: sedimenta con relativa independencia de los atributos de los propios hogares. La persistencia de diferenciales de productividad entre unidades económicas, así como la permanencia de un amplio y heterogéneo sector microinformal, son rasgos duraderos de la estructura económica argentina que se expresan en las condiciones de vida de los hogares y exponen a algunos de ellos al riesgo de una reproducción deficiente, más allá de sus características sociodemográficas, educativas y residenciales e, incluso, del esfuerzo económico-productivo que despliegan.

La rigidez de este patrón inhibe la convergencia socioeconómica. Mientras que una parte de los hogares participa de sectores económicos dinámicos, en mercados regulados, con empleos protegidos e ingresos que permiten cubrir sus necesidades reproductivas, otra amplia franja de ellos permanecen ligados a ocupaciones en microunidades, sin protección laboral y con ingresos que, o bien no garantizan la satisfacción de necesidades, o bien los dejan expuestos al riesgo de no hacerlo. Allí podríamos situar un elemento estructural crucial que ayude a comprender los procesos recurrentes de empobrecimiento que atraviesan al capitalismo periférico argentino: asociadas a la dinámica cíclica de su patrón de desarrollo, las fases de estancamiento y las abruptas contracciones económicas (que habitualmente suceden a la caída de los términos de intercambio), encuentran a una amplia franja de hogares muy cerca del límite de no alcanzar niveles adecuados de reproducción económica. Es, precisamente, la participación de su fuerza de trabajo en un sector de microunidades o en el segmento no regulado del mercado laboral lo que los deja expuestos a no satisfacer sus necesidades materiales.

Los comportamientos laborales de los integrantes de los hogares se han desenvuelto en la dirección propuesta por nuestra hipótesis –en el sentido de que “mediatizaron” esta pauta de desigualdad–, pero su capacidad para disolver las restricciones estructurales se demostró limitada. Así, la capacidad de volcar más trabajadores al mercado laboral favoreció el incremento de los niveles de ingresos familiares, pero desempeñó un rol modesto en términos cuantitativos y tuvo un marcado componente procíclico. Asimismo, la imagen de acuerdo con la cual las unidades domésticas participan en diferentes estratos económico-ocupacionales a través de sus integrantes no encuentra suficiente sustento empírico o, al menos, refleja sólo parcialmente la realidad socioeconómica argentina: para una amplia fracción de los hogares urbanos, las chances de participar en sectores económicos dinámicos mediante su fuerza laboral, con condiciones de trabajo y remuneración adecuadas, han sido limitadas o estuvieron directamente ausentes durante todo el ciclo. Tales unidades domésticas permanecen ligadas, aun considerando al conjunto de su fuerza de trabajo activa, a un sector microinformal de baja productividad e ingresos.

En este punto, se presentaron evidencias acerca de la renovada injerencia de la intervención social del Estado en las condiciones de vida familiares. Las políticas sociales constituyen uno de los principales instrumentos mediante los cuales el Estado participa en la regulación de la reproducción económica de las unidades domésticas. Recordemos que, de acuerdo con nuestro enfoque teórico, esta intervención puede ser entendida en un doble nivel: por una parte, participa en la reproducción cotidiana y generacional de la fuerza de trabajo; por otra parte, participa en la reproducción del sistema sociopolítico en el cual se inscribe el proceso de acumulación de capital.

La expansión de los sistemas de política social tuvo consecuencias sobre los niveles de cobertura y sobre el tipo de régimen de política social configurado. La política social adquirió una creciente relevancia en la cobertura de los hogares ligados al estrato de baja productividad o del segmento no regulado y/o marginal del empleo. Si bien desde un punto de vista agregado los recursos provenientes del sistema de política social fueron limitados, adquirieron mayor significación a partir del período de menor dinamismo de la posconvertibilidad. En otras palabras, se constituyeron en un nuevo componente del balance reproductivo de los hogares peor posicionados de la estructura económico-ocupacional.

Estos resultados no pueden desligarse del peculiar contexto histórico en que se encuadra la posconvertibilidad. La profundidad de la crisis a la que condujeron las políticas de reforma estructural se tradujo en una contradicción entre requerimientos de la acumulación y los de legitimación político-institucional. Puede sugerirse que la renovada intervención social del Estado sobre las condiciones de vida de los hogares más desaventajados en términos socio-ocupacionales jugó un papel relevante en la dirección de amortiguar los efectos que los procesos de empobrecimiento tienen sobre el sistema político vigente.

En este sentido, la investigación dio indicios de algunas modificaciones en los patrones de reproducción económica de los hogares, al menos durante el ciclo histórico examinado. Este patrón, que afecta a los sectores más vulnerables desde el punto de vista socio-ocupacional, se encuentra estrechamente asociado a la lógica de funcionamiento de mercados laborales heterogéneos y segmentados, así como a una nueva matriz de intervención bajo política social que consolida una renovada participación en los presupuestos de los hogares vinculados a tales sectores. De modo esquemático, puede señalarse que este patrón de reproducción económica se sintetiza en una activa participación laboral (que, a nivel de la fuerza de trabajo disponible en el hogar, debe conciliar las actividades en el mercado laboral con los requerimientos de cuidado y reproducción) en un sector de microunidades de baja productividad o en el segmento más vulnerable del mercado de trabajo, y en una mayor participación en el sistema público de distribución de transferencias económicas. Si bien estos ingresos no garantizan, en todos los casos, la exclusión con respecto a las capacidades deficientes de subsistencia, constituyen un recurso adicional que los hogares logran incorporar a su balance reproductivo y reducen el grado de deficiencia de los niveles de vida.

Los resultados alcanzados marcan que, al menos en el caso argentino, parece existir una cadena de procesos macro y microsociales que interactúan –no con similar jerarquía explicativa– en la producción y recreación de un patrón de desigualdad de las condiciones de vida que inhibe la convergencia en materia de bienestar económico. Así, consideramos que la investigación contribuyó a develar un particular modo de articulación entre la heterogeneidad estructural del régimen de acumulación, la intervención social del Estado y las capacidades de reproducción económica de los hogares en la Argentina.

En términos teóricos, consideramos que los resultados alcanzados constituyen aportes a una línea de reflexión que, con diversos y valiosos antecedentes en el campo académico local, estudia los procesos de regulación y reproducción social otorgando prioridad a procesos económicos y sociopolíticos ( Águila y Kennedy, 2015; Cortés y Marshall, 1991; Danani, 2009; Jaccoud et al., 2015; Marshall, 1984; Maceira, 2016; Salvia, 2012, 2016; Torrado, 1992, 2010). En este punto, sostenemos la fertilidad de un enfoque teórico-metodológico que articule los estudios del trabajo con la investigación sobre política social para comprender los cambios en las condiciones de vida. En términos metodológicos y epistemológicos, la investigación intentó hacer visibles las complejas tramas de procesos micro y macrosociales que subyacen a la reproducción económica de los hogares, y la conveniencia de abordar estos planos de forma articulada.

El conjunto de estas evidencias pone de manifiesto que el capitalismo periférico argentino parece reproducirse en condiciones de baja “integración sistémica” (Nun, 2000 [1972]; Salvia, 2007, 2011, 2016). Este atributo, que se vincula con la forma en que se relacionan las partes de un sistema socioeconómico, remite a una peculiar configuración de las relaciones sociales de producción y a la coexistencia de procesos de acumulación hegemónicos, retrasados y de actividades de subsistencia. Esta característica se plasma en la existencia de un amplio sector de microunidades subordinadas y de fuerza de trabajo abiertamente excedentaria en condiciones de subsistencia. Ello origina una distribución desigual de los recursos que se expresa en lo que cabe entender como situaciones de bienestar y sub-bienestar.

La intervención social del Estado mediante políticas sociales suele asociarse con los procesos de “integración” o “cohesión” social. Esta investigación pone de manifiesto que, dado el tipo de integración sistémica prevaleciente, la capacidad estatal para propiciar resultados de convergencia socioeconómica es limitada. La intervención social del Estado no disuelve la pauta de heterogeneidad estructural en términos de condiciones de vida. Más bien, los resultados sugieren una rearticulación entre el régimen de desigualdad emergente de la heterogeneidad laboral y el patrón de incorporación social (o “régimen de bienestar”) en el sentido de que se sobreimprimen ambas dimensiones a nivel de las capacidades de reproducción de los hogares.

En este sentido, las evidencias de este libro invitan a considerar que, sin la integración de actividades económicas hoy subordinadas, la posibilidad de alcanzar mayores niveles de convergencia socioeconómica se revela limitada. Ello demandaría políticas microeconómicas y mesoeconómicas productivas, tales como la integración de actividades de bajos ingresos a cadenas de valor, implementación de iniciativas de desarrollo económico local, atención a la economía social y popular, entre otras; pero también requeriría de políticas más generales que atiendan al carácter desequilibrado de la estructura productiva argentina y promuevan la superación de la restricción externa, como la redirección de las rentas extraordinarias a la integración productiva, las políticas de desarrollo de proveedores o la promoción de exportaciones no tradicionales. Cabe notar que ninguna de estas iniciativas parecería poder alcanzarse mediante una profundización de mecanismos de libre mercado, al menos en un régimen de acumulación altamente concentrado y extranjerizado como el argentino.

Por su parte, los resultados sugieren que una intensificación de la intervención estatal podría contribuir en la dirección de una mayor convergencia socioeconómica. Las políticas sociales de transferencias de ingresos actuales parecen enfrentar limitaciones para alcanzar este cometido. Al respecto, un incremento sustantivo de los montos otorgados y una revisión de la relevancia de las contraprestaciones (incluso mediante la implementación de un régimen de ingreso ciudadano) podría garantizar, al menos, la cobertura de las necesidades de reproducción económica para los hogares más desaventajados. Sin dudas, la implementación de este tipo de intervenciones no es independiente de la evaluación de su sustentabilidad y, por consiguiente, coloca en agenda la aplicación de las reformas tributarias requeridas para garantizarlas. Y, lo que quizás resulte más relevante, requiere de la construcción de consensos sociales interesados en su implementación.



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