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Introducción

Para decirlo de modo muy directo: la pobreza, en América Latina, es en gran medida expresión de la desigualdad, de la alta concentración del ingreso en capas minoritarias de la sociedad. Sin embargo, esta asociación fundamental (…) entre pobreza y desigualdad está sospechosamente ausente de muchos de los diagnósticos sobre la pobreza; tal vez porque (…) obliga a reconocer que una estrategia eficaz de superación de la pobreza exige cambios y transformaciones mucho más profundos que la puesta en práctica de unas cuantas acciones específicas. (Vuskovic, 1993: 12)

Presentación

En la Argentina, los niveles, las tendencias y los factores asociados a los procesos de empobrecimiento y a la desigualdad de las condiciones de vida suscitan amplio interés y despiertan intensos debates en el ámbito académico y en la esfera pública. Un elemento que aviva este interés surge de la constatación de un particular proceso cíclico que, bajo cambiantes escenarios sociopolíticos, parece producir y reproducir niveles de empobrecimiento más elevados que los que se habían logrado alcanzar hace cuatro décadas, durante el modelo de industrialización sustitutivo de importaciones (ISI)[1]. En este libro consideramos relevante tratar de comprender algunos de los factores estructurales que explican este singular derrotero y su variabilidad histórica.

Durante la primera década de los años 2000, en el marco de un fuerte crecimiento económico ligado a un escenario mundial favorable, tanto en la Argentina como en la mayor parte de los países de América Latina disminuyó la desigualdad distributiva y se recompusieron las condiciones de vida, lo que se tradujo en la reducción de la pobreza y de la pobreza extrema. Esta evolución contrasta con lo ocurrido durante gran parte de los noventa, cuando las políticas de ajuste fiscal y reforma estructural condujeron –con notorias diferencias según los países– a un amplio deterioro socioeconómico y a un incremento de las desigualdades[2]. ¿Interrumpe este nuevo ciclo de crecimiento, entonces, la tendencia prevaleciente? ¿Acaso alcanzó la región –y nuestro país– un sendero de desarrollo capitalista virtuoso capaz de promover mayores niveles de convergencia económica e integración social?

Desde una perspectiva ortodoxa, se argumenta que las reformas implementadas durante la década previa habrían cimentado el crecimiento económico, la reducción de la pobreza y de la desigualdad. La apertura a la inversión extranjera y al comercio internacional habrían permitido aprovechar las oportunidades brindadas por el mercado mundial a los países con ventajas comparativas en recursos naturales. La expansión educativa y la difusión tecnológica habrían reducido las primas salariales de los trabajadores más calificados. De este modo, las sociedades latinoamericanas se habrían tornado más fluidas y se habría incrementado el peso de las clases medias. Asimismo, una serie de nuevas políticas sociales estarían permitiendo garantizar las funciones de cohesión que el mercado no logra alcanzar (Birdsall, Lustig y McLeod, 2010; De Ferranti et al., 2003; Ferreira et al., 2013; López-Calva y Lustig, 2010; Lustig, López-Calva y Ortíz-Juárez, 2012; Perry et al., 2006).

Por otra parte, desde el enfoque neodesarrollista latinoamericano se señala que la performance socioeconómica alcanzada por la región también se habría fundado en el esfuerzo puesto en alcanzar el superávit fiscal y promover las exportaciones. Asimismo, habría jugado un papel relevante la mayor orientación de los recursos hacia la inversión en infraestructura, la promoción del mercado interno y de los sistemas de innovación. Finalmente, también se subraya la relevancia adquirida por el gasto público social, no sólo en educación y salud, sino en materia de pensiones y transferencias condicionadas a los grupos vulnerables (Bárcena y Prado, 2016; Cecchini et al., 2015; CEPAL, 2010, 2011, 2014; Filgueira, 2015; Infante y Gerstenfeld, 2013; Ocampo y Gómez-Arteaga, 2017).

A partir de una perspectiva crítica hacia ambas posturas, y apoyándonos en las contribuciones teóricas del estructuralismo clásico y del pensamiento crítico latinoamericano, este libro se organiza en torno a algunas preguntas de investigación acerca del caso argentino reciente: ¿qué capacidad tuvo la dinámica de crecimiento bajo políticas heterodoxas[3] para promover cambios sustantivos en los patrones de desigualdad emergentes de la “heterogeneidad estructural”[4] de los mercados de trabajo? ¿Qué rol desempeñaron las “políticas sociales”[5] –dadas las condiciones socio-ocupacionales y productivas vigentes– sobre las capacidades de reproducción económica de las unidades domésticas, en especial, de las más vulnerables? En suma, ¿de qué modos se rearticuló la relación entre heterogeneidad estructural –con sus implicaciones sobre la desigualdad sociolaboral– e intervención social del Estado –en tanto mecanismo de redistribución y regulación social– con respecto a las condiciones de reproducción y el nivel de vida de las unidades domésticas?

De acuerdo con la evidencia disponible, el crecimiento económico experimentado durante la “posconvertibilidad”[6] –período que coincide, casi en su totalidad, con los gobiernos kirchneristas– habría dependido estrechamente de la expansión de un sector exportador especializado, concentrado y con rasgos extractivos, antes que de un desarrollo endógeno equilibrado (Castells y Schorr, 2015; Féliz, 2015; Gaggero, Schorr y Wainer, 2014; Piva, 2015; Svampa y Viale, 2014; Wainer, 2017; Wainer y Schorr, 2014a, 2014b, 2015). En ausencia de un cambio estructural de la matriz económico-productiva, un modelo de estas características puede reproducir la concentración del progreso técnico y la existencia de brechas socio-productivas entre sectores y segmentos laborales.

En este sentido –sin desconocer las mejoras advertidas en diversos indicadores socioeconómicos–, desde el enfoque teórico propuesto sostenemos como tesis central que el crecimiento económico puede resultar insuficiente para disolver las desigualdades en las condiciones de reproducción de las unidades domésticas en tanto no se modifique el patrón de especialización y concentración productiva, el desarrollo desigual y se mantenga la heterogeneidad estructural. Incluso en un marco de alto crecimiento, políticas sociales activas y un mayor esfuerzo económico-reproductivo de las unidades domésticas, el patrón de heterogeneidad estructural impondría límites a tales procesos de convergencia social. De acuerdo con este enfoque, la “distribución primaria” condicionaría estrechamente a la “distribución secundaria”[7] tanto en términos de recursos como de resultados, aun considerando las externalidades que los mecanismos de redistribución pueden implicar para los hogares más vulnerables en términos socio-ocupacionales.

El objetivo general de la investigación es describir los modos de participación de los hogares en la estructura económico-ocupacional y en los sistemas de política social, y evaluar sus cambios durante el ciclo de políticas heterodoxas en la Argentina (2003-2014). A partir del estudio articulado de la participación en los mecanismos de distribución primaria y secundaria del ingreso, nos proponemos contribuir al estudio de las transformaciones en los modos de reproducción socioeconómica de las unidades domésticas y aportar nuevas evidencias acerca de las rearticulaciones verificadas en la relación entre heterogeneidad estructural y las formas de intervención social del Estado en la Argentina con respecto a las condiciones de vida.

Entendemos que la perspectiva propuesta –centrada en la reproducción económica de las unidades domésticas[8]– constituye una “ventana estratégica” para abordar una serie de cambios más generales de la relación entre heterogeneidad estructural y política social: desde allí podemos observar simultáneamente procesos económico-ocupacionales y los efectos distributivos y de bienestar que introduce la intervención social del Estado. Esta articulación invita a develar la existencia de distintos patrones de reproducción que permanecen o se modifican a la luz del peso diferencial que adquieren los dos mecanismos básicos de obtención de ingresos de los que disponen las unidades domésticas –el mercado de trabajo y las transferencias del sistema de política social–; en especial, entre los hogares más vulnerables desde el punto de vista socio-ocupacional. Asimismo, nos permite considerar los comportamientos o “mediaciones” que los propios integrantes de las unidades domésticas despliegan con el propósito de optimizar sus condiciones de vida.

La hipótesis general es que la heterogeneidad estructural del régimen de acumulación –y su correlato en la incapacidad de los sectores más dinámicos de la economía para absorber al conjunto de la fuerza de trabajo– habría dado lugar a dinámicas persistentes de desigualdad económico-ocupacional y de exclusión o marginalidad, con amplias consecuencias sobre las capacidades de reproducción económica y el bienestar material de los hogares, restringiendo los procesos de convergencia socioeconómica entre el 2003 y el 2014. Sin embargo, estas dinámicas no habrían impactado de forma directa sobre las condiciones de vida debido a una mediación, de relevancia variable según el momento político-económico del ciclo, de la política social y de los propios comportamientos microsociales de los hogares. Tales elementos habrían desempeñado un papel compensador –aunque limitado, dadas las condiciones estructurales prevalecientes– sobre las capacidades de reproducción económica de las unidades domésticas.

Mediante el tratamiento de esta hipótesis, nos proponemos aportar herramientas analíticas y nuevas evidencias empíricas a la discusión sobre los factores estructurales que organizan la desigualdad de las condiciones de vida de las unidades domésticas, específicamente de aquellos relativos a la configuración de los mercados de trabajo en una formación social periférica como la argentina. Asimismo, aspiramos a identificar la capacidad que tiene la intervención social estatal, en las condiciones estructurales vigentes, para incidir sobre esa pauta de desigualdad y propender a una mayor convergencia socioeconómica[9].

Herramientas teóricas y antecedentes empíricos

La investigación científica construye sus objetos mediante teorías que permiten organizar un campo determinado de hechos (Bunge, 1999). En nuestro caso, la construcción del problema de investigación implicó la articulación de tres líneas conceptuales y el diálogo con una serie de antecedentes empíricos que discurren por distintos andariveles[10].

(i) Desde una perspectiva amplia que se interesa por las características de un “régimen social de acumulación” –entendido como entorno social, político e institucional en el que tiene lugar la acumulación de capital (Gordon, Edwards y Reich, 1986 [1982])–, tematizamos las condiciones de vida a partir de aportes teóricos sobre la reproducción social y la reproducción de la fuerza de trabajo en sociedades concretas. Seguimos aquí una tradición de la sociología latinoamericana que otorga un rol central a las unidades domésticas en el proceso de reproducción (Borsotti, 1981; Oliveira y Salles, 2000; Torrado, 2006 [1982])[11]. Así, entendemos la “reproducción social de las unidades domésticas” (Oliveira y Salles, 1989) como conjunto de procesos materiales y simbólicos que implica el solapamiento de un ciclo cotidiano y otro generacional. En particular, nos centramos en la dimensión material o económica de este proceso de reproducción, que se asocia con la satisfacción de necesidades[12].

En sociedades de mercado, la disponibilidad de recursos económicos es crucial, en tanto posibilitan el acceso a satisfactores que se encuentran mercantilizados; es decir, la reproducción descansa en un “nexo monetario” [cash-nexus] (Esping-Andersen, 1999). Por consiguiente, las capacidades de reproducción económica pueden estudiarse a partir de los recursos materiales de los que disponen los hogares para sufragar los satisfactores de necesidades que requieren de acuerdo con su composición y ciclo vital. Asimismo, desde este enfoque se considera clave la capacidad de los integrantes de las unidades domésticas para optimizar sus condiciones de vida, de manera que el estudio de la reproducción económica involucra el análisis de tales comportamientos (Oliveira y Salles, 2000; Torrado, 2006 [1982]).

Recogemos una serie de valiosos antecedentes que, para el caso argentino, han tratado la cuestión de la reproducción de la fuerza de trabajo y la reproducción social de las unidades domésticas. Algunos de estos estudios han tematizado explícitamente la relación entre procesos económicos estructurales, estratificación social, modalidades de intervención del Estado (en especial, mediante el “salario social”) y dinámicas de reproducción de la fuerza de trabajo en un determinado régimen o modelo de acumulación (Cortés y Marshall, 1991; Marshall, 1984; Torrado, 1992, 2010). Estas investigaciones pioneras se desenvolvieron cuando la perspectiva de una amplia asalarización en un mercado laboral formal era dominante. Estudios posteriores se dirigieron a examinar en profundidad –a partir de distintos marcos teórico-metodológicos– las condiciones de reproducción socioeconómica y las estrategias de supervivencia de los hogares en condiciones de pobreza y marginalidad económica (Comas, 2012; Eguía y Ortale, 2004; Eguía y Sotelo, 2007; Feijóo, 2001; Geldstein, 1994; Gutiérrez, 2004; Hintze, 1989; Mallimacci y Salvia, 2005; Salvia, 2012, 2016; Salvia y Pla, 2008)[13].

En este punto, cabe reconocer diferentes investigaciones que se dedicaron a analizar –en particular, desde fines de los ochenta– la incidencia y las características de la pobreza (Beccaria, Groisman y Maurizio, 2009; Golovanevsky, 2007; Lo Vuolo et al., 1999; Minujin y López, 1994; Murmis y Feldman, 1992). Algunos de estos estudios permitieron advertir que la situación de pobreza se encontraba ligada ya no sólo a situaciones de desempleo, sino también a ciertos tipos de ocupaciones. Investigaciones posteriores mostraron la relevancia del mercado laboral en la determinación de la situación de pobreza y en las “transiciones” desde o hacia ella (Beccaria y Groisman, 2005; Beccaria et al., 2015; Paz, 2005). Asimismo, durante los últimos años proliferaron diversos estudios sobre la magnitud y los alcances de la pobreza monetaria en la posconvertibilidad, aunque sin abordar, en general, sus determinantes (Arakaki, 2016; Calvi, 2017; CESO, 2014; CIFRA, 2015; ODSA, 2014, 2015)[14].

Por último, recogemos aproximaciones recientes que abordan la reproducción de la fuerza de trabajo desde el marxismo (Águila y Kennedy, 2015; Graña, 2012; Graña y Kennedy, 2008; Jaccoud et al., 2015; Kornblihtt, Seiffer y Villanova, 2014). Esta línea de estudio ofrece interesantes aportes al reponer el vínculo de la reproducción económica con aspectos estructurales del proceso de acumulación. Tales investigaciones destacan el carácter deprimido del salario real con posterioridad a los años setenta y comprenden tal tendencia como una fuente de “compensación” del rezago productivo de los capitales locales a expensas de las condiciones de vida de los trabajadores.

(ii) En segundo lugar, insertamos la cuestión de la reproducción económica de las unidades domésticas en el contexto más general de los procesos que generan desigualdad en las sociedades periféricas. En este sentido, el enfoque de la heterogeneidad estructural resulta sugerente para comprender la dinámica económico-ocupacional en un contexto de globalización[15]. Desde la perspectiva estructuralista, tal heterogeneidad remite a la existencia de brechas de productividad entre sectores y ramas, derivadas de la desigual capacidad de absorber y promover el cambio técnico (Fajnzylber, 1996 [1990]; Pinto, 1976; Prebisch, 1967 [1963]; Rodríguez, 2001). Los sectores económicos más productivos no absorben al conjunto de la fuerza laboral, de allí la relevancia que adquiere un sector de microunidades (el “sector informal”) y el autoempleo de subsistencia (Mezzera, 1987; Pérez-Sáinz, 1995, 2000; Tokman, 1987, 2006; Salvia, 2012, 2015, 2016). En el extremo, la heterogeneidad estructural se traduce en la generación de excedentes absolutos de fuerza de trabajo bajo la forma de una “marginalidad económica” (Nun, 2003 [1969]; Salvia, 2007, 2016) o “informalidad de subsistencia” (Pérez-Sáinz, 1995). En tanto tiene su origen en un patrón de especialización productiva e inserción internacional, sin una modificación de estos determinantes el crecimiento económico puede recrear la heterogeneidad estructural (Prebisch, 1984 [1981])[16].

Articulamos este enfoque con otros procesos que explican la desigualdad sociolaboral, como la “segmentación” del mercado de trabajo (Doeringer y Piore, 1970; Reich, Gordon y Edwards, 1973) y la “precariedad” laboral o el empleo atípico (Feldman y Galín, 1990; Marshall, 1992; Mora Salas, 2010; Standing, 2011). En general, los procesos de segmentación se realimentan con la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional: las unidades de menor productividad que emplean fuerza laboral asalariada lo hacen en condiciones de precariedad. Cabe argumentar que estos procesos de desigualdad ocupacional tienen amplias consecuencias sobre las capacidades de reproducción económica de las unidades domésticas a las que pertenecen los trabajadores, tanto por los montos de ingreso laboral que reportan como por las condiciones de estabilidad que proveen.

Distintos estudios abordaron el comportamiento del mercado laboral, la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional, la informalidad y la marginalidad económica durante la última década en la Argentina. En términos agregados, existe consenso en destacar una recomposición del nivel de empleo y una reducción de la incidencia de la precariedad laboral en comparación con los noventa. Basándose en estos indicadores, algunos investigadores remiten al surgimiento de un nuevo “régimen de empleo” durante la posconvertibilidad (Novick, 2006; Palomino, 2007; Palomino y Dalle, 2012; Panigo y Neffa, 2009). Otros estudios, si bien destacan la relevancia de una serie de activas políticas laborales, también reconocen la segmentación del mercado como un rasgo duradero que penaliza a los ocupados no registrados (Beccaria y Groisman, 2009, 2015; Beccaria y Maurizio, 2012; Groisman, 2013; Mario y García, 2013; Maurizio, 2012)[17]. Por último, otras investigaciones enfatizan los rasgos de continuidad que presenta el mercado de trabajo en comparación con la década previa, en particular, con respecto a una extendida precariedad (Arakaki, 2015; Jaccoud et al., 2015; Danani y Lindenboim, 2016; Poy, 2017a; Salvia, et al., 2008; Salvia y Vera, 2012; Salvia, Vera y Poy, 2015; Vera, 2011) y a la persistencia de brechas de ingresos que no derivan de los atributos personales de los trabajadores sino de las características de los establecimientos en los que se desempeñan (Arakaki, 2015; Poy, 2017a; Salvia, Robles y Fachal, 2016).

Dentro de esta línea, algunos estudios aportan insumos para comprender cómo incide la dinámica del mercado laboral en las unidades domésticas. Distintas investigaciones del Programa Cambio Estructural y Desigualdad Social de la UBA dan cuenta de la heterogeneidad estructural del sistema ocupacional, de la relevancia del empleo en sectores de muy baja productividad y de la existencia de procesos de marginalidad económica (Comas, 2012; Gutiérrez Ageitos, 2015; Poy, 2016, 2017a, 2017b; Salvia, 2007, 2012, 2016; Salvia et al., 2008; Salvia y Vera, 2012; Salvia, Vera y Poy, 2015; Vera, 2016). Algunos de estos trabajos señalan que la heterogeneidad estructural habría mantenido significación en la configuración de clivajes en la desigualdad distributiva (evaluada a través del coeficiente de Gini). El sector de baja productividad seguiría concentrando una proporción elevada del empleo total y un reducido nivel de ingresos, lo que se traduciría en el patrón de desigualdad (Salvia, 2012; Salvia y Vera, 2013; Vera, 2011)[18]. En este campo, también son sugerentes algunos antecedentes que, para algunos períodos puntuales de la posconvertibilidad, han encontrado una relación positiva entre informalidad y pobreza (Beccaria y Groisman, 2009; García Díaz y Woyecheszen, 2011; Mario y García, 2013; Maurizio, 2012)[19].

(iii) En tercer lugar, reponemos la centralidad de la “intervención social del Estado” con respecto a las condiciones de vida en sociedades capitalistas. Una amplia tradición la ha relacionado con los problemas del lazo social y la solidaridad (Castel, 2003; Donzelot, 2007 [1985]). Sin embargo, aquí recuperamos una perspectiva de “economía política” y enfatizamos el rol de tales intervenciones con respecto a la regulación de la reproducción de la fuerza de trabajo y del conflicto social (Boyer, 2007; Cortés y Marshall, 1991; Danani, 2009; Gough, 1979; Kotz, 1994; McDonough, Reich y Kotz, 2010; O’Connor, 2009 [1977]; Offe, 1984). Las políticas sociales pueden entenderse en términos de su capacidad de “desmercantilización” (Esping-Andersen, 1990; Offe, 1984); por consiguiente, constituyen un recurso clave de la reproducción económica de los hogares. Con la globalización se ha iniciado una nueva matriz de política social que involucra tanto instrumentos clásicos (jubilaciones y pensiones) como nuevas formas de transferencias condicionadas, muchas de las cuales se inscriben en el paradigma de la “activación” de grupos vulnerables a partir de la lógica de la corresponsabilidad (Adelantado, 2017). En este punto, resulta sugerente evaluar qué capacidad tienen estos instrumentos para garantizar la reproducción económica de las unidades domésticas en contextos de heterogeneidad laboral [20].

Retomamos aquí una serie de investigaciones recientes que identificaron modificaciones de los marcos institucionales que rigen la intervención social del Estado. Si bien existe consenso en cuanto a la expansión del gasto público social y a la vigencia de nuevos instrumentos de política social, es materia de discusión el sentido y los alcances de tales procesos. Algunos autores sugieren la vigencia de un nuevo “modelo de ciudadanía social”, la tendencia a la “universalización” –como contraste de la focalización dominante en los años noventa– o la reedición del “Estado social” tanto en la Argentina como en América Latina (Andrenacci, 2012; Cecchini et al., 2015; Filgueira, 2015; Grassi, 2016). Otros estudios plantean que dicha expansión no necesariamente remite a la universalización sino a un aumento de coberturas diferenciales (Danani y Hintze, 2014). Asimismo, otras investigaciones destacan la existencia de “brechas de bienestar”, para marcar desigualdades en el sistema de políticas sociales (Messina 2014, 2015; Pautassi y Gamallo, 2016) o remiten a un proceso de “asistencialización” persistente (Seiffer, 2013).

De especial relevancia consideramos los estudios sobre los efectos distributivos de la política social. Numerosas investigaciones analizan los efectos de estas intervenciones sobre las condiciones de vida y la desigualdad. Suelen destacar la expansión de las transferencias de ingresos a partir de la crisis de la convertibilidad, en especial, desde el Plan Jefas y Jefes de Hogar Desocupados (PJJHD). Estos estudios encuentran efectos positivos de los distintos instrumentos de política social sobre los niveles de ingresos, en el abatimiento de la pobreza y la indigencia, y sobre la desigualdad distributiva (Bertranou, 2010; Garganta y Gasparini, 2018; Gasparini et al., 2017; Judzik, Trujillo y Villafañe, 2017; Maurizio y Vázquez, 2014; Maurizio y Monsalvo, 2017; Poy y Vera, 2017; Rofman y Oliveri, 2012; Salvia, Poy y Vera, 2016, 2018; Trujillo y Villafañe, 2011). En general, estos análisis no permiten observar la correlación entre política social y estructura socio-ocupacional, más allá del abordaje de la posición de los hogares en la estructura decílica de ingresos (v.g., Bertranou, 2010; Cetrángolo et al., 2017; Poy, Vera y Salvia, 2015).

(iv) En la intersección de estas líneas teóricas y de los antecedentes empíricos revisados, surgen algunos interrogantes particulares. ¿De qué maneras y mediante qué procesos se traducen en los hogares las heterogeneidades de los mercados de trabajo urbanos? ¿Qué implicancias tienen tales clivajes sobre los niveles de reproducción económica y sobre la probabilidad de no satisfacer sus necesidades materiales? ¿Qué capacidad tienen las propias unidades domésticas –a través de la fuerza de trabajo de la que disponen– para “moderar” los efectos de desigualdad estructural provenientes de los mercados laborales? ¿En qué medida y bajo qué modos la intervención social estatal brinda recursos que amortiguan o “compensan” la desigualdad de las condiciones de vida resultante de procesos económico-ocupacionales? ¿En qué grado tales ingresos alteran el “balance reproductivo” de los hogares? ¿Qué diferencias (en términos de incidencia y efectos) registra tal intervención según las distintas posiciones económico-ocupacionales en las que se insertan las unidades domésticas a través de sus miembros?

Este libro se propone aportar evidencias novedosas acerca del patrón de reproducción económica de los hogares mediante el tratamiento articulado de los modos en que los cambios en la distribución primaria y secundaria del ingreso incidieron sobre las condiciones de vida. La mayor parte de las investigaciones se han enfocado en el mercado de trabajo a nivel individual o bien, si han considerado a los hogares, no han hecho explícito su rol en la optimización de sus condiciones de vida. En general, los estudios sobre los cambios distributivos en la Argentina han analizado el papel de las políticas sociales desde una mirada agregada, sin tomar en cuenta la inserción económico-ocupacional de los integrantes de los hogares y, por consiguiente, el disímil rol que desempeñan tales instrumentos a lo largo de la estructura social. Al avanzar sobre estos aspectos, buscamos aportar nuevas evidencias acerca de los cambios en la relación entre el régimen de desigualdad laboral –resultante de la heterogeneidad económico-ocupacional– y los modos de regulación social[21] en clave a las condiciones de vida de los hogares.

La posconvertibilidad: ciclos, coyunturas y dinámicas estructurales durante un período de políticas heterodoxas[22]

A nivel regional, la primera década de los años 2000 estuvo marcada por la confluencia inédita de dos procesos. Por un lado, el crecimiento de la demanda global (asociada a los países asiáticos) condujo al commodities boom, que se plasmó en un incremento del ingreso disponible, la reducción del desempleo, la pobreza y la expansión del espacio fiscal de los Estados latinoamericanos. Por otro lado, en distintos países de la región se verificó una activa intervención estatal, que tuvo como rasgo general un aumento de las políticas laborales y sociales redistributivas, lo que contrastó con las iniciativas ortodoxas dominantes en los noventa.

Luego del deterioro socioeconómico sin precedentes que había caracterizado a los últimos años del régimen de convertibilidad, la sociedad argentina accedió a un renovado ciclo de mejora distributiva. Tras un largo período de reformas estructurales, liberalización y abierta predominancia de los mercados, pareció abrirse una fase caracterizada por un alejamiento con respecto a la ortodoxia económica neoliberal. Al igual que en otros países de la región, la posconvertibilidad se caracterizó por el crecimiento del ingreso promedio y del empleo registrado, por la reducción de la pobreza y de la desigualdad, y por un incremento sostenido del gasto público social (Beccaria y Maurizio, 2012; Groisman, 2013; Judzik, Trujillo y Villafañe, 2017; Kessler, 2014; Novick, 2006; Palomino, 2007; Palomino y Dalle, 2012; Salvia, Poy y Vera, 2016).

Diferentes estudios destacan que, junto con estos cambios de coyuntura, habrían permanecido los componentes estructurales del régimen de acumulación argentino. Se apunta a aquellos rasgos que caracterizaron a la reestructuración económica de los noventa, tales como la especialización productiva, el extractivismo y la dualidad estructural (Castells y Schorr, 2015; Féliz, 2013, 2015; Gaggero, Schorr y Wainer, 2014; Katz, 2016; Piva, 2015; Svampa y Viale, 2014; Wainer y Schorr, 2014a). Estas investigaciones coinciden con las que destacan el persistente rezago productivo argentino con respecto a la frontera tecnológica internacional y la necesidad de fuentes de compensación como el endeudamiento externo, la renta agraria, pesquera, minera e hidrocarburífera y la retracción del salario real (Águila y Kennedy, 2015; Graña, 2012; Graña, 2015; Jaccoud et al., 2015; Kennedy, 2015).

La reconfiguración de los principales vectores que organizan las condiciones de vida de los hogares –relacionados con la distribución primaria y secundaria del ingreso– brinda un escenario apropiado para el estudio de los cambios en los modos de reproducción económica de las unidades domésticas. Permite evaluar la capacidad del crecimiento económico y de las políticas heterodoxas para alterar una lógica de reproducción social asociada a la heterogeneidad estructural; a la vez que la expansión de los instrumentos de política social invita a indagar acerca de su capacidad para promover mayores niveles de convergencia en los niveles de bienestar material.

Abordamos el estudio de los modos de reproducción económica de los hogares durante la posconvertibilidad en relación con la aplicación de políticas heterodoxas de corte “neodesarrollista”. En términos generales, éstas propugnan la orientación exportadora, el tipo de cambio competitivo, la promoción de industrias ligadas a ventajas comparativas y la integración a cadenas globales de valor (Bresser-Pereira, 2017). El neodesarrollismo promueve el aprovechamiento de las ventajas de los países periféricos: sus recursos naturales y el bajo costo de la fuerza de trabajo; de allí la acentuación de las características “extractivas” en los modelos de desarrollo dependientes durante los 2000 (Féliz, 2013, 2015; Katz, 2016; Svampa y Viale, 2014). Coincidimos con diversos autores que plantean que la implementación de este tipo de políticas es inescindible del particular contexto político-institucional que caracterizó a la salida del régimen de convertibilidad. La crisis económica de fines de los noventa implicó también una crisis de legitimidad política que entró en contradicción con los requerimientos de la acumulación; por consiguiente, la resolución de la crisis requirió tanto una nueva dinámica de acumulación como un nuevo modelo de intervención social (Féliz, 2013; López, 2015; Piva, 2015). La posconvertibilidad fue así escenario de nuevas reglas macroeconómicas y de un nuevo andamiaje de intervención social del Estado, si bien se habría sustentado sobre los pilares del régimen social de acumulación constituido en las décadas previas.

No obstante, más allá de algunos rasgos generales, consideramos que, en términos analíticos, el período no puede considerarse homogéneo. Por ello diferenciamos dos momentos.

(i) Luego de atravesar una profunda recesión, el modelo de convertibilidad cambiaria condujo a una aguda crisis económica, política e institucional. El abandono del modelo de paridad fija, el default de la deuda externa y la devaluación, permitieron un ciclo sostenido de recuperación económica. Entre el 2003 y el 2008 situamos un período de “crecimiento posdevaluación”. Durante este período, el crecimiento estuvo liderado por exportaciones, el uso de la capacidad instalada y el bajo costo de la fuerza de trabajo. Este régimen se caracterizó por la retracción de la desocupación, el incremento del empleo registrado y por un conjunto de activas políticas laborales y de ingresos.

(ii) A partir del 2008, reconocemos un período de “crisis, reactivación y estancamiento”. Dos crisis sucesivas interrumpieron el modelo de crecimiento prevaleciente. Por una parte, la derrota del gobierno ante las patronales agropecuarias, en el 2008, impidió expandir la base de financiamiento del modelo económico (vía retenciones a las exportaciones) y desacoplar los precios internos de los externos. Por otra parte, la crisis internacional del 2009 condujo a la implementación de medidas para sostener el nivel de actividad, en especial, mediante un mayor esfuerzo fiscal. La apuesta expansiva condujo a un incremento del déficit de las cuentas públicas, que realimentó la inflación y deterioró el tipo de cambio. La pérdida de reservas internacionales (acentuada por la fuga de capitales y el déficit energético) llevó a una profundización de la “restricción externa”. Así, luego de inducir un nuevo boom de crecimiento (en especial, en el bienio 2010-2011), el ciclo entró en una etapa de estancamiento y ajuste (en el 2014). Por ello, subdividimos este segundo período en dos fases: una de crisis y reactivación (2008-2011) y otra de estancamiento (2011-2014).

Objetivos particulares, hipótesis de trabajo y estructura del libro

Para abordar el objetivo general planteado, nos propusimos una serie de objetivos específicos que formalizamos a continuación.

  1. Describir las características de la participación económico-ocupacional de los hogares a partir de la inserción de sus integrantes en distintos sectores y segmentos de empleo, prestando especial atención a la capacidad de combinar posiciones ocupacionales (lo que remite a la homogeneidad / heterogeneidad laboral interna de los hogares).
  2. Explorar las características, la evolución, el volumen y la composición de los hogares cuyos miembros participan en actividades laborales informales de subsistencia o de marginalidad económica.
  3. Examinar los modos en que la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional y los procesos de segmentación laboral inciden sobre las capacidades de reproducción económica, evaluando la participación de las unidades domésticas (mediante su fuerza de trabajo disponible) en la distribución del ingreso laboral y enfatizando en los procesos microsociales que intervienen en los niveles de retribución obtenidos.
  4. Describir y comparar los niveles de cobertura de los instrumentos de política social y sus efectos sobre las capacidades de reproducción económica según la posición de los hogares en la estructura económico-ocupacional.

En la investigación seguimos un abordaje metodológico cuantitativo con un diseño de estática comparada. La principal fuente son los microdatos de la Encuesta Permanente de Hogares (EPH), relevada trimestralmente por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Empleamos las bases correspondientes al cuarto trimestre de 2003 a 2014. La EPH es adecuada para estudiar la participación laboral y las estrategias económicas de los hogares (INDEC, 2003), pero tiene restricciones para identificar las transferencias provenientes de políticas sociales. Para resolver esta dificultad, apelamos a estrategias que procuran aproximarse a su identificación y que han sido empleadas por otros investigadores (Bustos y Villafañe, 2011; Maurizio y Vázquez, 2014; Rofman y Oliveri, 2012). Además, la investigación requirió de un conjunto de insumos usualmente provistos por los organismos públicos de estadística, pero dada su conocida falta de credibilidad a partir del año 2007 (Lindenboim, 2015) y la discontinuación de dichos insumos, los reconstruimos a partir de un conjunto de fuentes alternativas[23].

Las hipótesis particulares que se evalúan son las siguientes:

  1. Durante el ciclo de políticas heterodoxas (2003-2014), la participación laboral de la fuerza de trabajo de los hogares habría permanecido estrechamente ligada a las condiciones de heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional y de segmentación del mercado de trabajo. Si bien se habría evidenciado una recomposición de las oportunidades de empleo en los sectores más dinámicos e intermedios durante los primeros años de la posconvertibilidad (2003-2008), habría sido restringida, en ausencia de cambios estructurales de la economía. Durante el ciclo de crisis, reactivación y estancamiento (2008-2014), los hogares habrían enfrentado una estructura rígida en términos de oportunidades económico-ocupacionales en los sectores más modernos. Aun cuando en el seno de los hogares pueden coexistir posiciones económico-ocupacionales, una parte de éstos sólo habría conseguido acceder a ocupaciones en el sector informal, en el segmento precario o a posiciones abiertamente marginales, como correlato de las limitaciones estructurales de la demanda de empleo en los sectores más productivos.
  2. La heterogeneidad del sistema ocupacional habría condicionado la pauta de distribución del ingreso laboral y, por consiguiente, las capacidades de reproducción económica de los hogares. Durante todo el ciclo (2003-2014), los hogares con trabajadores del sector microinformal o del segmento precario habrían experimentado las condiciones más desventajosas en términos distributivos. Un mayor esfuerzo económico por parte de las unidades domésticas, en especial durante la etapa de mayor crecimiento (2003-2008), habría desempeñado un papel de “mediación” sobre estos resultados. Sin embargo, aquellos hogares habrían quedado expuestos, con mayor probabilidad, al riesgo de experimentar capacidades de subsistencia deficitarias a partir de sus ingresos laborales, aun considerando su propio esfuerzo económico-reproductivo.
  3. Durante la posconvertibilidad (2003-2014), la expansión de la intervención estatal bajo políticas sociales se habría plasmado en el crecimiento de la cobertura de los hogares con trabajadores ubicados en el sector microinformal, en empleos precarios o en posiciones marginales. Los ingresos provenientes de este tipo de fuente habrían adquirido una mayor injerencia en los presupuestos de los hogares situados en tales posiciones económico-ocupacionales, en particular durante el período de menor dinamismo económico (2008-2014). Sin embargo, habrían sido limitados para excluir a tales hogares del riesgo de experimentar déficit de capacidades de subsistencia.

La estructura del libro se compone de la presente introducción, seis capítulos, las conclusiones y cinco anexos. Los primeros tres capítulos presentan el contexto, el marco conceptual y la estrategia metodológica. Los capítulos cuarto, quinto y sexto exponen los principales resultados empíricos.

En el primer capítulo reconstruimos los principales cambios en el contexto macroeconómico, en el mercado de trabajo y en el sistema de políticas sociales a partir de la crisis de la convertibilidad. Proponemos insertar a la posconvertibilidad en una perspectiva de larga duración, atendiendo a los cambios en el régimen social de acumulación que favorecieron la expansión de la economía argentina durante la primera década de los años 2000. En este capítulo reponemos las principales transformaciones del mercado de trabajo y los cambios en la intervención estatal a través de la política laboral y la política social.

En el segundo capítulo presentamos el esquema conceptual que nos permitió construir el objeto de estudio. Tal esquema resulta de la articulación de tres grandes líneas ya mencionadas. En primer lugar, recuperamos la tradición de estudios sobre la reproducción de las unidades domésticas, desde la cual analizamos las condiciones de vida y el rol de mediación desplegado por el esfuerzo económico de los integrantes de los hogares. En segundo lugar, planteamos un recorrido teórico para el abordaje de la estructura económico-ocupacional, retomamos los enfoques de la heterogeneidad estructural, de la segmentación laboral y de la marginalidad económica. Por último, recogemos distintos enfoques sobre la intervención social del Estado, pero enfatizamos aquellos que la relacionan con las condiciones estructurales de las sociedades latinoamericanas.

En el tercer capítulo presentamos el diseño teórico-metodológico. Precisamos los modos en que tradujimos los principales conceptos en variables susceptibles de ser observadas empíricamente. Adicionalmente, describimos las características de la fuente de datos y, dados los mencionados problemas de confiabilidad que enfrentó la información oficial a partir del 2007, explicamos las decisiones que debimos tomar para construir los insumos necesarios para el estudio de las capacidades de reproducción económica de los hogares.

En el cuarto capítulo abordamos las características que asumió la inserción económico-ocupacional de los hogares durante la posconvertibilidad, examinada a partir de la posición del principal sostén y del conjunto de la fuerza de trabajo activa. Aquí tratamos la primera hipótesis específica. El capítulo considera la distribución sectorial económico-ocupacional del principal sostén del hogar y en qué medida, en el seno de las unidades domésticas, se registra una combinación de posiciones laborales mediante distintos integrantes. Asimismo, examinamos la evolución, el volumen y la composición de los hogares que tenían integrantes en actividades informales de subsistencia o de marginalidad económica.

En el quinto capítulo abordamos el papel que desempeñaron los ingresos laborales en las condiciones de vida de los hogares según su posición en la estructura económico-ocupacional (a la que evaluamos, operativamente, a partir de la inserción del principal sostén). En este capítulo analizamos la segunda hipótesis específica. Se abordan las brechas de desigualdad laboral y el papel del mercado y de los integrantes de las unidades domésticas (a través de su mayor esfuerzo laboral) en el cambio en los ingresos laborales. A su vez, se evalúa la probabilidad de que los hogares experimenten capacidades deficientes de subsistencia a partir de sus ingresos laborales de acuerdo con su posición en la estructura económico-ocupacional. Ello aporta elementos para evaluar la incidencia de la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional y los procesos de segmentación laboral sobre las condiciones de vida de los hogares, considerando simultáneamente otros factores sociodemográficos, educativos y residenciales.

El sexto capítulo aborda los niveles de cobertura de los instrumentos de política social según la posición económico-ocupacional de los hogares (evaluada, como indicamos, mediante la posición de su principal proveedor). Aquí tratamos la tercera hipótesis específica. Evaluamos la desigual evolución que tuvo la cobertura de políticas sociales y el tipo de instrumentos al que accedieron las unidades domésticas. En este capítulo se examina el papel que desempeñaron los ingresos de política social en el cambio del ingreso familiar. Asimismo, consideramos el grado en que estos instrumentos les permitieron a los hogares alcanzar a cubrir sus necesidades reproductivas. Este capítulo examina la presencia de una renovada función de la política social en las capacidades de reproducción económica de los hogares más desaventajados en términos ocupacionales.


  1. Las cifras comparables exhiben dos rasgos: por un lado, un incremento tendencial de la proporción de personas bajo la línea de pobreza y, por otro lado, expansiones súbitas asociadas a crisis severas. En 1974, durante el mejor momento distributivo de la ISI, 4,4% de los habitantes del Gran Buenos Aires eran pobres. Durante la década siguiente, el índice nunca fue inferior a 14%; incluso, en la crisis de 1989, alcanzó al 47,3% de la población. En los noventa, tras una importante recuperación, la proporción de personas bajo la línea de pobreza no fue inferior al 17%; en el 2002, luego de la crisis, trepó al 54,3%. Entre el 2003 y el 2014, si bien se verificó una nueva recomposición, la incidencia de la pobreza no cayó por debajo del 17%. La serie de datos y las fuentes empleadas para su construcción se exhiben en el capítulo I.
  2. Si bien existieron diferencias según los países, de acuerdo con los datos del banco estadístico de CEPAL, el coeficiente de Gini en la región (como promedio ponderado) pasó de 0,563 en 1990 a 0,506 en 2015. Por su parte, la tasa de pobreza se redujo de 46,2% a 28% en el mismo lapso (véase: <http://estadisticas.cepal.org>).
  3. Utilizamos la noción de “políticas heterodoxas” en el sentido que propusimos en investigaciones previas, al incluir “las políticas ‘neo-desarrollistas’ de reactivación y pro-mercado interno” (Salvia, Poy y Vera, 2017: 225) implementadas a partir de la salida del régimen de convertibilidad cambiaria. El término se propone enfatizar el contraste entre las reglas macroeconómicas de los años 2000 y las vigentes en los noventa.
  4. El concepto de “heterogeneidad estructural”, propuesto por el estructuralismo latinoamericano (Pinto, 1976; Prebisch, 1967 [1963], 1984 [1981]) remite a la existencia de ostensibles brechas de productividad en la estructura económica. En este libro recogemos la centralidad de esta noción para comprender las transformaciones de la estructura social en la fase abierta tras las reformas neoliberales (Salvia, 2007, 2012, 2015).
  5. Seguimos la distinción propuesta por Danani (2009) entre dos formas principales de la intervención social del Estado: la “política laboral” y la “política social”. Ésta moldea las condiciones de vida de distintos grupos mediante la distribución secundaria del ingreso (Danani, 2009: 31-32).
  6. Apelamos al término “posconvertibilidad”, ampliamente difundido en la literatura especializada (v.g., Féliz y Pérez, 2007; Gaggero, Schorr y Wainer, 2014; Lindenboim y Salvia, 2015, entre otros), para referirnos al período político-económico abierto tras la salida del régimen de convertibilidad (que se había instalado durante los noventa).
  7. Recurrimos a esta habitual distinción entre distribución “primaria” y “secundaria” con fines analíticos. La primera remite a la distribución del ingreso relacionada con el proceso de producción y los comportamientos de mercado. La segunda se vincula con la acción redistributiva estatal (Danani, 2009; Isuani, 1991).
  8. Las “unidades domésticas” son entendidas como un grupo de personas, unidas o no por lazos de parentesco, que organizan en común su reproducción cotidiana. Para facilitar la exposición, utilizaremos los conceptos de “unidad doméstica”, “hogar” y “grupo familiar” como sinónimos, pese a que reconocen distintos referentes empíricos. Un detalle de los alcances de cada concepto y de sus diferencias se ofrece en el capítulo II.
  9. Retomamos aquí una línea de preocupaciones planteada en investigaciones anteriores (Salvia, 2012, 2015; Salvia, Poy y Vera, 2016, 2018) que, siguiendo una tradición estructuralista, propone el análisis articulado de procesos económico-ocupacionales y de la política social.
  10. Aquí esbozamos sucintamente los principales argumentos teóricos que sustentan al problema de investigación, los cuales son sometidos a un escrutinio detallado en el capítulo II de este libro.
  11. Tras haber tenido amplia difusión en las ciencias sociales latinoamericanas (Borsotti, 1981; Cortés y Cuéllar, 1990; Cortés y Rubalcava, 1991; Duque y Pastrana, 1973; Eguía y Ortale, 2004; García, Muñoz y Oliveira, 1982; Gutiérrez, 2004; Hintze, 1989; Margulis, 1989; Oliveira y Salles, 1989, 2000; Torrado, 2006 [1982]), la cuestión de la reproducción social de los hogares perdió relevancia en la agenda de investigación. En los últimos años, la economía feminista favoreció un “redescubrimiento” de la cuestión de la reproducción social al subrayar la centralidad sistémica que tiene el trabajo reproductivo en el capitalismo (Bhattacharya, 2017; Carrasco, 2013; Picchio, 2009; Rodríguez Enríquez, 2015). Al mismo tiempo, el enfoque de la reproducción económica nos pareció más adecuado que otras nociones como “bienestar” o “manejo de riesgos” (v.g., Esping-Andersen, 1990; Wood y Gough, 2006), en tanto permite inscribir la dinámica de las condiciones de vida en el seno de los procesos estructurales que las organizan.
  12. La noción de “reproducción de los grupos domésticos” es asimilable pero no se confunde con la de “reproducción de la fuerza de trabajo” (Margulis, 1989). Si bien para la amplia mayoría de los hogares estos procesos se solapan, preferimos apelar a una noción más abarcadora para incluir al conjunto de las unidades domésticas, en especial, tomando en cuenta las peculiaridades de la estructura social de los países periféricos, en los que una parte de la fuerza de trabajo no se encuentra asalariada (Pérez-Sáinz y Mora-Salas, 2004).
  13. En este punto, cabe señalar que, si bien en esta investigación nos interesan los comportamientos que despliegan las unidades domésticas, no nos centramos en las “estrategias” familiares. Ello hubiera requerido un tipo de abordaje teórico-metodológico distinto al aquí planteado. Al respecto, véanse Eguía y Ortale (2004), Gutiérrez (2004) y Gutiérrez y Mansilla (2016), entre otros.
  14. Esta diversidad de estudios para los años recientes se asocia con la carencia de datos oficiales consensuados y creíbles a partir de la intervención del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) en el 2007. El problema de las fuentes de datos para nuestro estudio atravesó toda la investigación y se trata en el capítulo III.
  15. Este concepto ha sido extensamente empleado por los diferentes estudios, individuales y colectivos, que hace años lleva adelante el Programa Cambio Estructural y Desigualdad Social del Instituto Gino Germani (de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA) bajo la dirección de Agustín Salvia. La presente investigación se inscribe en ese marco de reflexión sobre la desigualdad social.
  16. De acuerdo con Kessler (2014), la tesis de la heterogeneidad estructural constituye uno de los elementos más sugerentes acerca de la matriz de la desigualdad contemporánea en la Argentina. En el contexto de la globalización, este enfoque hace inteligible el crecimiento de sectores modernos y la persistencia de un segmento de baja productividad ligado a un refugio ocupacional.
  17. Por su parte, los estudios sobre la morfología de las clases sociales han destacado la recomposición de la clase trabajadora más calificada, la expansión de las clases medias y de las “estructuras de oportunidades” de movilidad social (Benza, 2016; Chávez Molina y Sacco, 2015; Dalle, 2012, 2016, Dalle et al., 2015; Maceira, 2016).
  18. Los efectos de la heterogeneidad estructural en la estructura de clases socio-ocupacionales han sido abordados por Chávez Molina y Sacco (2015) y por Chávez Molina, Solís y Cobos (2019, en prensa), entre otros.
  19. Por su parte, los estudios sobre la distribución del ingreso laboral (Arakaki, 2015; Beccaria y Maurizio, 2012; Cruces y Gasparini, 2009; Groisman, 2014; Judzik, Trujillo y Villafañe, 2017) suelen destacar una reducción de la desigualdad a partir de los 2000. Señalan el efecto positivo que habría tenido la reducción de las “primas” educativas a los trabajadores más calificados. También destacan la relevancia de la demanda de fuerza de trabajo de baja calificación –ligada a actividades orientadas al mercado interno– con posterioridad a la salida de la convertibilidad (Beccaria y Maurizio, 2012). Ello explicaría una mejora distributiva derivada de una recomposición de los estratos intermedios de la estructura ocupacional.
  20. La relación entre política social y estructura ocupacional puede entenderse en términos de “recursividad” (Adelantado et al.,1998). La intervención del Estado produce el mercado de trabajo y las condiciones de heterogeneidad estructural limitan el margen de acción de tal intervención (Tokman, 2006). Si se incrementase la acción de desmercantilización que produce la política social (por ejemplo, bajo la forma de un generoso seguro de desempleo), la oferta excedente de fuerza de trabajo podría reducirse y, por consiguiente, el sector de baja productividad perdería volumen en la estructura de empleo. Puede pensarse que, en contrapartida, el volumen del excedente de fuerza laboral –derivado de una insuficiente absorción por parte de los estratos más productivos– y la baja proporción de aportantes a la seguridad social resultante refuerzan los límites de las políticas de transferencia estatal.
  21. Apelamos a estos conceptos, difundidos por la escuela francesa de la regulación (Boyer, 2007), puesto que vinculan un “modelo” de acumulación con una forma de intervención estatal en términos de su incidencia sobre las condiciones de reproducción de la fuerza de trabajo.
  22. Aquí presentamos las principales coordenadas del período histórico, las cuales serán analizadas con detalle en el capítulo I.
  23. Nos referimos a insumos tales como índices de precios, la valorización de las canastas empleadas para determinar capacidades de subsistencia (Canasta Básica Alimentaria y Canasta Básica Total). Apelamos a índices de precios provinciales, el IPC-9 Provincias del Centro de Investigación y Formación de la República Argentina (CIFRA) y el IPC-GB (elaborado por ex técnicos del INDEC).


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