Otras publicaciones:

DT_Augé_Hopenhayn_13x20_OK

porquemal

Otras publicaciones:

9789877230444-frontcover

Book cover

5 Heterogeneidad de la estructura ocupacional, ingresos laborales y capacidades de reproducción económica de los hogares

Introducción

La evidencia presentada en el capítulo previo permitió describir los modos en que los hogares participan de la estructura económico-ocupacional a partir de la inserción de su fuerza de trabajo. Los resultados pusieron de manifiesto un escenario en el que una fracción de las unidades domésticas participa de sectores dinámicos del mercado de trabajo y otra lo hace en un sector de microestablecimientos o en actividades de subsistencia. Sin embargo, aún no conocemos en qué medida tales formas de inserción se asociaron con diferentes niveles de ingreso laboral.

El objetivo de este capítulo es examinar de qué maneras las condiciones de heterogeneidad estructural del sistema económico-ocupacional inciden sobre las capacidades de reproducción económica de las unidades domésticas. Con este propósito, apelamos a una doble estrategia. En primer lugar, evaluamos la participación de las unidades domésticas en la distribución del ingreso laboral de acuerdo con su posición en la estructura económico-ocupacional (evaluada mediante la inserción de su principal sostén). Analizamos tanto la pauta emergente de desigualdad de ingresos laborales como los esfuerzos económico-reproductivos desplegados por los miembros de las unidades domésticas para mejorar su nivel de vida. En segundo lugar, relacionamos los niveles de ingresos obtenidos con las capacidades de subsistencia alcanzadas. Para ello, comparamos los ingresos familiares con el valor de una canasta de bienes y servicios adecuada a sus necesidades. Los hogares cuyos ingresos se ubican debajo de tal umbral experimentan déficit de capacidades de subsistencia (DCS). En este capítulo consideramos únicamente en qué medida el ingreso total familiar de fuente laboral (ITF-L) bastó para cubrir una canasta de bienes y servicios; por consiguiente, aquellos hogares por debajo del umbral experimentan déficit de capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales (DCS-L)[1].

De acuerdo con la hipótesis que organiza este capítulo, la heterogeneidad del sistema ocupacional habría condicionado la pauta de distribución del ingreso laboral y, por consiguiente, las capacidades de reproducción económica de los hogares. Durante todo el ciclo (2003-2014), los hogares con trabajadores del sector microinformal o del segmento precario habrían experimentado las condiciones más desventajosas en términos distributivos. Un mayor esfuerzo económico por parte de las unidades domésticas, en especial durante la etapa de mayor crecimiento (2003-2008), habría desempeñado un papel de “mediación” sobre estos resultados. Sin embargo, aquellos hogares habrían quedado expuestos, con mayor probabilidad, al riesgo de experimentar déficit de capacidades de subsistencia a partir de sus ingresos laborales (DCS-L), aun considerando su propio esfuerzo económico-reproductivo.

El análisis aquí presentado se relaciona con los estudios sobre los determinantes de la pobreza monetaria. Aunque existe una diversidad de abordajes posibles, aquí nos enfocamos en los factores explicativos vinculados con la estructura productiva y laboral (Verdera, 2007)[2]. En la Argentina los antecedentes al respecto son escasos; sin embargo, se ha señalado una asociación positiva entre la participación en el sector informal y la situación de pobreza del hogar (Beccaria y Groisman, 2009; García Díaz y Woyecheszen, 2011; Mario y García, 2013; Maurizio, 2012). Estos estudios abordan la relación entre inserción laboral y situación de pobreza sin restringirse al análisis del grado en que los ingresos laborales permiten acceder a una canasta de bienes y servicios. Por consiguiente, no toman en cuenta en tal correlación el impacto diferencial de otras fuentes de ingreso y de las propias estrategias de los hogares. De todas formas, constituyen aportes significativos en tanto ligan las capacidades de subsistencia con las características de los mercados de trabajo[3]. En este sentido, no conocemos de qué modo la relación entre posiciones económico-ocupacionales y déficit de capacidades de subsistencia se alteró durante las distintas fases político-económicas de la posconvertibilidad ni en qué medida se morigeró mediante los propios comportamientos doméstico-reproductivos.

El capítulo se organiza en torno a tres secciones. En la primera, relacionamos la posición económico-ocupacional de los hogares, evaluada a partir de la inserción de su PSH, con los ingresos laborales obtenidos. Aquí nos proponemos aportar elementos para comprender la reconfiguración del patrón de desigualdad durante las distintas fases de la posconvertibilidad y su vínculo con la heterogeneidad económico-ocupacional. En la segunda sección, descomponemos el cambio del ingreso laboral en función de un efecto “retribución” (o de mercado) y un efecto “perceptor” (que remite al esfuerzo laboral por parte de los hogares). Procuramos articular, así, los procesos macrosociales con la trama microsocial de las condiciones de vida. En la tercera sección, relacionamos la inserción económico-ocupacional del hogar con las capacidades de subsistencia alcanzadas. En particular, examinamos en qué medida la inserción del principal sostén en la estructura económico-ocupacional mantuvo relevancia explicativa en la determinación del déficit de capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales de los hogares.

5.1. Participación de los hogares en la distribución del ingreso laboral y patrón emergente de desigualdad

Según la perspectiva teórica de esta investigación, las condiciones de heterogeneidad estructural segmentan la demanda de fuerza de trabajo y dan lugar a brechas ostensibles de productividad y remuneraciones entre sectores económico-ocupacionales. Por consiguiente, cabe esperar que dejen su marca sobre el patrón de desigualdad distributiva en los países periféricos. De acuerdo con Bárcena y Prado, tal patrón estaría configurado por una “cadena compuesta por la heterogeneidad estructural, el mercado de trabajo y las instituciones laborales y de protección social”. En tal secuencia, la heterogeneidad estructural sería “el punto de partida fundamental, ya que es el primer eslabón de la cadena de generación de la desigualdad” (Bárcena y Prado, 2016: 37). Mediante la distribución del ingreso laboral, la heterogeneidad del sistema económico-ocupacional repercute sobre los niveles de vida de los hogares. En este sentido, cabe notar que el ingreso no constituye sólo una medida de bienestar material; representa, a su vez, una aproximación a las desiguales posibilidades que tienen los agentes de participar en la distribución del producto social bajo determinadas condiciones estructurales.

En esta sección analizamos la evolución del ingreso total familiar de fuente laboral (ITF-L) durante el ciclo de políticas heterodoxas y el patrón emergente de desigualdad. Planteamos como hipótesis que, durante el conjunto del período de políticas heterodoxas, la heterogeneidad del sistema ocupacional habría configurado una pauta persistente de desigualdad en la distribución del ingreso laboral. Si bien se habrían registrado mejoras en los niveles de ingresos familiares laborales –en especial, durante la fase posdevaluación, entre el 2003 y el 2008–, los hogares encabezados por trabajadores del sector microinformal o del segmento precario habrían enfrentado las condiciones más desventajosas en términos distributivos. A manera de balance, no se habría verificado un proceso de convergencia en la distribución del ingreso laboral.

Como primera aproximación a esta hipótesis, el Cuadro 5.1 exhibe la evolución del promedio del ingreso total familiar de fuente laboral del hogar en pesos del cuarto trimestre del 2016, según la posición económico-ocupacional del PSH[4]. En un marco de fuerte crecimiento del PIB y activas políticas distributivas por parte de las autoridades, entre el 2003 y el 2014, el promedio de ITF-L se incrementó 35,3% en términos reales. Ahora bien, para interpretar los resultados expuestos, debemos recuperar las peculiaridades del período analizado y sus antecedentes inmediatos. Como se detalló en el capítulo I, la devaluación a través de la cual se abandonó la convertibilidad se plasmó en una intensa y veloz reducción de los ingresos familiares. Para comprender la envergadura de este deterioro basta señalar que, de acuerdo con la información proporcionada por la EPH para el aglomerado Gran Buenos Aires –único comparable en toda la serie histórica–, los ingresos totales familiares en mayo del 2003 eran 37% más bajos que en octubre de 1998 (Poy, Vera y Salvia, 2015)[5]. Esta retracción constituye del punto de partida desde el cual adquiere sentido la magnitud de la recomposición observada.

Más allá de esta tendencia general, apreciamos un comportamiento diferenciado bajo los diferentes períodos político-económicos examinados. Durante la fase de crecimiento posdevaluación (2003-2008), el promedio de ITF-L se recompuso de manera intensa (35,3%), lo que implicó una inflexión con respecto al deterioro de las condiciones de vida prevaleciente desde fines de los noventa. En la fase de crisis, reactivación y estancamiento (2008-2014), el ITF-L registró un comportamiento oscilante. Por un lado, entre el 2008 y el 2011, volvió a incrementarse, aunque a un ritmo significativamente menos vigoroso que bajo la fase precedente (7,7%). Por otro lado, entre el 2011 y el 2014, tras la devaluación que marcó el punto más álgido de la restricción externa durante la posconvertibilidad, el ITF-L se desplomó (-7,3%)[6].

Cuadro 5.1. Ingreso total familiar de fuente laboral (ITF-L) promedio según posición económico-ocupacional del PSH. Hogares con PSH ocupado, total de aglomerados urbanos. Argentina, 2003-2014 (en pesos del cuarto trimestre de 2016).

TESIS_SÓLO-CUADROS-17_c

Notas: (a) Pruebas t para muestras independientes: ***p-value < 0,01 / ** p-value < 0,05 / * p-value <0,1.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

Los resultados exhibidos en el Cuadro 5.1 son consistentes con investigaciones previas, realizadas a nivel de la fuerza de trabajo individual, que sugieren que la “recomposición” de las remuneraciones con posterioridad a la crisis no fue homogénea (Arakaki, 2015; Poy, 2017a; Salvia, Vera y Poy, 2015). Durante la posdevaluación (2003-2008), la recuperación de ITF-L fue más intensa entre los hogares cuyo principal sostén pertenecía al sector público (43,8%) o al sector microinformal (42,6%) y menor entre aquellos encabezados por un trabajador del sector formal privado (21,3%). Cabe notar que este último comportamiento se debió, principalmente, a lo ocurrido entre los hogares encabezados por un no asalariado o directivo de establecimientos formales, cuya recomposición de ingresos estuvo muy por debajo del promedio general (10,1%)[7]. A su vez, el menor ritmo relativo de mejora del ITF-L entre los hogares encabezados por asalariados registrados del sector formal privado debe remitirse a una mayor heterogeneidad interna de este colectivo: la incorporación de fuerza de trabajo de baja calificación y menores remuneraciones relativas dentro de establecimientos del sector formal privado explicaría tal efecto (Beccaria y Maurizio, 2012; Maceira, 2016). Finalmente, el ritmo más acelerado de recomposición del ingreso laboral entre los hogares encabezados por un PSH del sector microinformal (42,6%) se debió enteramente a lo ocurrido entre aquellos cuyo PSH era patrón o cuentapropista (47%). Al respecto, cabe recordar que este grupo de trabajadores había sido uno de los más perjudicados durante los noventa y en especial durante la crisis (Poy, 2017a; Salvia, 2012; Salvia, Vera y Poy, 2015); de allí que el efecto de recomposición se revelara más intenso[8].

Durante la fase de crisis, recuperación y estancamiento (2008-2014), advertimos una pauta distinta. Entre el 2008 y el 2011 se revirtió la tendencia precedente: los hogares encabezados por un trabajador del sector formal, tanto público como privado, fueron los que incrementaron su ITF-L de manera más intensa (11,9% y 7,2%, respectivamente), en tanto que aquellos con un PSH en el sector microinformal mejoraron sus ingresos, pero a un ritmo menos fuerte (2,3%). Los hogares encabezados por asalariados registrados (del sector formal o microinformal) o por empleados del sector público fueron los ganadores en términos de ITF-L (10,4%, 11,3% y 11,9%, respectivamente). A ellos les siguieron los encabezados por asalariados no registrados, tanto del sector formal como microinformal (9,8% y 3,7%). En contraste, perdieron ingresos laborales aquellos cuyo PSH era no asalariado, tanto en el sector formal como microinformal (-2,9% y -3,8%, respectivamente). Finalmente, entre el 2011 y el 2014, la devaluación provocó la pérdida de ingresos familiares de fuente laboral con independencia de la posición del PSH en la estructura económico-ocupacional.

Ahora bien, ¿en qué medida la evolución analizada propició una variación sustantiva en el patrón de desigualdad de ingresos laborales? De acuerdo con la perspectiva conceptual desarrollada, deberíamos observar una insuficiencia de los procesos descritos para disolver la pauta de inequidad asociada a la heterogeneidad estructural del sistema económico-ocupacional. En el caso de que ésta haya mantenido relevancia en la distribución del ingreso laboral, deberíamos observar un patrón de desigualdad ajustado a sus clivajes, más allá de los procesos de recomposición de los niveles de ingresos laborales. En el Cuadro 5.2 evaluamos las brechas de ITF-L según la posición económico-ocupacional del principal proveedor del hogar, tomando como comparación el ingreso laboral promedio de los hogares[9].

Cuadro 5.2. Brechas de ingreso total familiar de fuente laboral (ITF-L) según posición económico-ocupacional del PSH. Hogares con PSH ocupado, total de aglomerados urbanos. Argentina, 2003-2014 (ingreso medio=1).

TESIS_SÓLO-CUADROS-18_c

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

La lectura integrada de la información permite constatar la significativa estabilidad de tales brechas durante el período de políticas heterodoxas. Luego del ciclo inmediato poscrisis y, en particular, con posterioridad al 2005, las distancias relativas entre los hogares según la posición económico-ocupacional de su PSH se estabilizaron. En línea con la hipótesis planteada, advertimos que, más allá de las eventuales diferencias en los ritmos de variación del ITF-L, entre el 2003 y el 2014, los hogares encabezados por un trabajador del sector microinformal permanecieron en una situación de notoria desventaja en términos distributivos. En particular, aquellos cuyo PSH era asalariado no registrado del sector microinformal experimentaban la situación más desfavorable de la estructura social. Cabría incluir en esta pauta a los hogares encabezados por un asalariado no registrado del sector formal, que consolidaron una situación desaventajada. Durante los primeros años del ciclo, los hogares encabezados por un PSH del sector formal privado redujeron levemente su distancia con respecto al promedio, en tanto que los que pertenecían al sector público a través de su PSH incrementaron su ventaja relativa.

De esta forma, durante la posconvertibilidad advertimos un doble proceso con respecto a la evolución de los ingresos familiares de fuente laboral. Por un lado, tras la devaluación se registró una recomposición que atravesó al conjunto de los hogares. Este perfil de crecimiento económico inducido por las políticas heterodoxas constituye un rasgo característico del período y contrasta con el que prevaleció durante el ciclo de reformas estructurales, más limitado en términos de bienestar y más concentrado en cuanto a su distribución[10].

Por otro lado, el crecimiento de los ingresos familiares de fuente laboral atravesó el “tamiz” de un patrón de desigualdad económico-ocupacional más rígido. Registramos algunas transformaciones en las distancias entre los hogares según su forma de inserción. Sin embargo, no se disolvió de manera significativa una pauta de desigualdad distributiva asociada a clivajes derivados de la heterogeneidad del sistema económico-ocupacional. La tesis de la heterogeneidad estructural hace inteligible el proceso descripto: el crecimiento económico puede tener efectos positivos sobre los ingresos reales, pero ser insuficiente (o incluso reproducir) para revertir una lógica de desigualdad que tiene, entre sus factores explicativos, la coexistencia de estratos de productividad muy diferenciada[11].

En suma, el tipo de crecimiento económico durante el ciclo heterodoxo favoreció la recomposición de los ingresos laborales de las unidades domésticas e interrumpió la tendencia a la profundización de las brechas de desigualdad, que había caracterizado al ciclo de ajuste estructural de los noventa. En contrapartida, sin la mediación de transformaciones estructurales del sistema económico, fue insuficiente para disolver las distancias funcionales derivadas del patrón de heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional.

5.2. Factores subyacentes al cambio de los ingresos familiares de fuente laboral

Hemos planteado que las condiciones estructurales inciden sobre la reproducción económica de las unidades domésticas principalmente a través del ingreso que éstas obtienen mediante la inserción de su fuerza de trabajo en el mercado laboral. Sin embargo, el nivel de ingresos familiares de fuentes laboral (ITF-L) no sólo se deriva de factores de mercado. En tanto las unidades domésticas procuran optimizar su balance reproductivo, el volumen de ingresos tiene también, entre sus determinantes inmediatos, los comportamientos que aquéllas despliegan para mejorar sus condiciones de vida. Como señala Salvia (2012), la forma en la cual los hogares responden a los cambios en las pautas de producción y distribución de ingresos puede alterar la dinámica de acumulación; en tal caso, “los cambios en la masa de ingresos generados por los hogares pueden tener más de un determinante” (Salvia, 2012: 252)[12].

En esta sección desagregamos los factores subyacentes al cambio del ITF-L anteriormente observado. ¿Qué papel les correspondió a los determinantes más generales del modo en que los mercados retribuyen a la fuerza de trabajo? ¿Qué incidencia cabe reconocer a las propias unidades domésticas y a su capacidad para sostener –y, eventualmente, mejorar– sus condiciones de vida? Aquí evaluamos la hipótesis de que la evolución del nivel de ingreso laboral no podría disociarse de las dinámicas microsociales verificadas a nivel de los hogares. En este sentido, un mayor esfuerzo económico por parte de éstos, en especial durante la etapa de mayor crecimiento (2003-2008), habría desempeñado un papel de “mediación” sobre los resultados distributivos previamente examinados.

5.2.1. El modelo de análisis

Retomamos aquí un modelo de descomposición del ingreso total familiar de fuente laboral que constituye una adaptación de la metodología que Cortés (1995) aplicó a la distribución del ingreso en México[13]. Es habitual la descomposición de los cambios en la desigualdad distributiva –empleando algún índice o medida sintética como el coeficiente de Gini o el de Theil (Bourguignon y Ferreira, 2004)– o en la tasa de pobreza –como en el método de Datt y Ravallion (1992)–. Desde una perspectiva complementaria, puede incluirse la descomposición del crecimiento del ingreso entre dos períodos de tiempo[14].

En términos formales, el ingreso familiar de fuente laboral (ITF-L) promedio de un grupo de hogares g puede ser escrito del siguiente modo:

Ecuacion1

Es decir, es el resultado del ingreso medio por perceptor laboral del hogar (YL/PERL) y del número de perceptores del hogar (NPERL). Como demuestra Cortés (1995), cuando estos componentes varían a tasas r y respectivamente, el cambio del ingreso entre dos momentos t0 y t1 puede escribirse del siguiente modo:

Ecuacion2

En la ecuación (2), rL y pL constituyen las tasas de variación del ingreso medio por perceptor y del número promedio de perceptores de ingresos laborales por hogar, respectivamente. El tercer término constituye una interacción entre ellos y carece de significado analítico (Cortés, 1995). En esta investigación, los diferentes g grupos de hogares se definen por la posición económico-ocupacional del PSH.

La principal ventaja de este tipo de descomposición es su adecuación al marco conceptual aquí desarrollado, al reconocer que el cambio del ingreso familiar resulta de una trama en la que interactúan dimensiones macro y microsociales. De acuerdo con la ecuación (2), podemos examinar qué factores promovieron el cambio del ITF-L y distinguir entre un efecto de “retribución” (rL) a los ocupados –derivado del funcionamiento del mercado laboral– y un efecto “participación” (pL) –que recoge el esfuerzo económico realizado por los hogares–.

5.2.2. Articulaciones macro y microsociales subyacentes a la modificación de los ingresos familiares de fuente laboral

Antes de evaluar la hipótesis propuesta, describimos las principales características sociodemográficas de los hogares según la posición económico-ocupacional del PSH. Este análisis brinda una imagen en la que inscribir tanto los recursos disponibles como las limitaciones que habrían enfrentado los hogares para incrementar la participación de su fuerza de trabajo en el mercado laboral. Con este propósito, en el Cuadro 5.3 presentamos una serie de indicadores que caracterizan a las unidades domésticas.

Los hogares cuyo principal sostén pertenecía al sector formal público y privado resultaban levemente más pequeños que aquellos encabezados por un trabajador del sector microinformal. Sin embargo, cabe advertir algunas especificidades: aquellos cuyo PSH era asalariado no registrado, tanto del sector formal como microinformal, eran más grandes que el promedio de las unidades domésticas. Ello puede atribuirse al hecho de que tales hogares contaban con una mayor presencia de niños menores de 15 años y de familias extendidas (es decir, con presencia de un núcleo familiar y otros miembros). Estos comportamientos explicarían, a su vez, la mayor tasa de dependencia económica, debida a la incidencia del número de consumidores sobre la disponibilidad de proveedores laborales. Cabe notar que la prevalencia de actividades de subocupación horaria en el sector microinformal se habría traducido, a nivel de los hogares, en una menor utilización económica de la fuerza laboral disponible.

Cuadro 5.3. Indicadores sociodemográficos del hogar según posición económico-ocupacional del PSH.
Hogares con PSH ocupado, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en número promedio por hogar y porcentajes).

TESIS_SÓLO-CUADROS-19_c

Notas: (a) Se consideran familias extensas y compuestas. Una familia extensa es aquella formada por una familia nuclear más uno o más parientes no-nucleares. Una familia compuesta es aquella formada por una familia nuclear o una extensa más otros no parientes / (b) Excluye ocupados en planes de empleo / (c) Cociente entre número de miembros y número de ocupados / (d) Cociente entre la cantidad de horas disponibles para participar en el mercado de trabajo de los miembros de 18 a 64 años (se estima, para cada uno de ellos, una jornada laboral de 40 hs. semanales) y las horas totales efectivamente trabajadas en ocupaciones remuneradas (se excluyen planes de empleo).

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

Al respecto, cabe considerar de qué manera intervienen estos factores sociodemográficos en la participación económica de los hogares. La existencia de un mayor número de miembros podría traducirse en una mayor disponibilidad de fuerza de trabajo secundaria para volcar al mercado laboral. En contextos de alta vulnerabilidad socioeconómica, esto podría implicar la activación laboral de adolescentes y adultos mayores. Sin embargo, en contraste con lo anterior, una mayor presencia de menores o de adultos mayores, dada la demanda de cuidados que suele traer aparejada, también puede constituir un obstáculo para que los hogares incrementen su participación laboral (en las condiciones dadas por la división sexual del trabajo y por las características de la demanda de empleo). Por consiguiente, los resultados socioeconómicos observados dependerán del ritmo que adopten estas tendencias y de sus desigualdades dentro de la estructura económico-ocupacional.

El Cuadro 5.4 recoge los cambios producidos en el ingreso total familiar de fuente laboral durante el ciclo de políticas heterodoxas (2003-2014). La primera columna del Cuadro exhibe la tasa de variación del ITF-L entre puntas del período; como ya indicamos, se verificó una sostenida recomposición de los ingresos (35,1%). La segunda columna presenta la suma de las siguientes tres columnas. En la tercera columna presentamos la contribución de la variación del ingreso medio por perceptor de fuente laboral –es decir, el término rL de la ecuación (2)– al cambio del ITF-L. En la cuarta columna, la contribución del cambio en el número de perceptores laborales –esto es, el término pL de la ecuación (2)– a la variación del ITF-L. Por último, la quinta columna del Cuadro 5.4 presenta la contribución atribuible al término de interacción entre los factores precedentes –el término rLpL de la ecuación–.

Cuadro 5.4. Cambio en el ingreso total familiar de fuente laboral (ITF-L) según posición económico-ocupacional del PSH y descomposición de los factores que lo explican. Hogares con PSH ocupado, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes).

TESIS_SÓLO-CUADROS-20_c

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

¿A qué factores puede imputarse la evolución observada por el ITF-L durante el ciclo de políticas heterodoxas? Durante este período, crecieron tanto el ingreso medio por ocupado (rL) como el número promedio de trabajadores (pL) del que disponían las unidades domésticas. A nivel agregado, el aporte más relevante al cambio en el ingreso familiar de fuente laboral le correspondió al ingreso medio por ocupado: alrededor de cuatro quintos de la mejora (77,7%) puede atribuirse a este efecto de mercado. En contrapartida, cerca de una quinta parte de la evolución observada (17,5%) resultó del mayor esfuerzo económico-reproductivo desplegado por las unidades domésticas. Este factor tuvo más importancia entre los hogares cuyo PSH pertenecía al sector formal privado, lo que recoge el comportamiento simultáneo de las unidades domésticas más desaventajadas y de las mejor posicionadas: aquellas encabezadas por un asalariado no registrado o por no asalariados o directivos[15]. Asimismo, el mayor esfuerzo económico de los hogares jugó un papel relativamente más significativo entre los encabezados por asalariados no registrados del sector microinformal. En resumen, la capacidad de los hogares de incrementar su esfuerzo económico-reproductivo durante el ciclo de políticas heterodoxas fue relevante, aunque débil si se compara con el efecto de mercado recogido en el aumento del ingreso medio por perceptor.

Más allá de los resultados observados durante el conjunto del período, cabe evaluar la distinta relevancia adquirida por los factores que modificaron el ITF-L bajo las diferentes fases político-económicas identificadas. En este sentido, el Cuadro 5.5 recoge los cambios producidos en el ITF-L durante la posdevaluación (2003-2008), en la que se verificó una intensa recomposición de los ingresos familiares de fuente laboral (35,3%). A nivel agregado, el principal aporte correspondió al efecto de retribución (70,2%), es decir, el aumento del ingreso promedio por perceptor. Sin embargo, como señalamos en el capítulo IV, fue durante este período cuando se incrementó más significativamente el número promedio de ocupados por hogar. Ello se debió a la incorporación de fuerza de trabajo secundaria de los hogares. En este contexto, la capacidad de los hogares para incorporar trabajadores adicionales explicó una cuarta parte de la recomposición del ingreso laboral (23,9%).

Con independencia de su posición económico-ocupacional (evaluada a partir de su PSH), todos los hogares incrementaron su promedio de perceptores y ello desempeñó un papel relevante sobre el aumento del ITF-L. Este proceso fue más acusado entre los hogares que pertenecían al sector formal privado o público a través de su PSH que entre los que participaban del sector microinformal. En particular, entre aquellos hogares encabezados por asalariados registrados o por no asalariados del sector formal, el incremento del número de perceptores por hogar fue más relevante que en el promedio.

Cuadro 5.5. Cambio en el ingreso total familiar de fuente laboral (ITF-L) según posición económico-ocupacional del PSH y descomposición de los factores que lo explican. Hogares con PSH ocupado, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2008 (en porcentajes).

TESIS_SÓLO-CUADROS-21_c

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

El Cuadro 5.6 exhibe los factores subyacentes al cambio de los ingresos laborales en el primer subperiodo de la fase de crisis, reactivación y estancamiento (2008-2011). Durante este período, el ingreso familiar de fuente laboral volvió a incrementarse, aunque a un ritmo menos intenso (7,7%). A diferencia de la fase de crecimiento posdevaluación, el crecimiento del ingreso familiar de fuente laboral se basó, exclusivamente, en un efecto de mercado. En tanto que se incrementó el ingreso medio por trabajador ocupado y, por consiguiente, este factor operó positivamente sobre el ITF-L (136,2%), los hogares redujeron su número promedio de perceptores (-32,8%), lo que impactó de forma negativa en la evolución del nivel de vida. Este proceso puede comprenderse a la luz de la paulatina reducción del tamaño de los hogares y, en consecuencia, del promedio de perceptores por hogar.

Durante este subperiodo, todos los hogares perdieron perceptores (a excepción de aquellos encabezados por no asalariados del sector formal y por asalariados registrados del sector microinformal). Por consiguiente, el ritmo de variación del ingreso medio por trabajador ocupado fue el factor que impulsó los cambios disímiles observados en el ITF-L. En este punto, la mayor variación del ingreso por ocupado entre los hogares encabezados por asalariados registrados del sector formal y entre aquellos cuyo PSH era empleado del sector público, originó su mejor desempeño relativo en esta etapa. A su vez, entre los hogares del sector microinformal que perdieron ingresos –los encabezados por no asalariados–, tal efecto se debió a la reducción del número de perceptores por hogar.

Cuadro 5.6. Cambio en el ingreso total familiar de fuente laboral (ITF-L) según posición económico-ocupacional del PSH y descomposición de los factores que lo explican. Hogares con PSH ocupado, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2008-2011 (en porcentajes).

TESIS_SÓLO-CUADROS-22_c

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

Finalmente, el Cuadro 5.7 presenta los elementos que explican el cambio en el ingreso familiar de fuente laboral durante el segundo subperiodo de la fase de crisis, reactivación y estancamiento de la posconvertibilidad (2011-2014). Entre puntas del período, el ITF-L se redujo por primera vez en la posconvertibilidad (-7,3%). Como resultado de la devaluación y la lenta recuperación de los ingresos laborales, la reducción del ingreso familiar de fuente laboral obedeció exclusivamente a la caída de las remuneraciones medias por perceptor (105,4%). En contrapartida, se mantuvo estable el número promedio de perceptores (-5,9%). Esto último puede atribuirse al proceso más general, advertido en el capítulo IV, acerca de la estabilización de un patrón de comportamiento por parte de los hogares con respecto al mercado de trabajo.

En este sentido, la retracción de las remuneraciones promedio por ocupado explicó el comportamiento del ITF-L en todos los hogares y fue de cuantía similar. A lo largo de este período, únicamente los hogares encabezados por asalariados no registrados, tanto del sector formal como microinformal, ampliaron su promedio de perceptores laborales (3,5% y 5,8%), lo que explica la evolución observada por el ITF-L durante este subperiodo.

Cuadro 5.7. Cambio en el ingreso total familiar de fuente laboral (ITF-L) según posición económico-ocupacional del PSH y descomposición de los factores que lo explican. Hogares con PSH ocupado, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2011-2014 (en porcentajes).

TESIS_SÓLO-CUADROS-23_c

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

En suma, de acuerdo con los resultados presentados, podemos concluir que la recomposición del ITF-L no fue ajena a una mayor capacidad de participación laboral por parte de los hogares. No obstante, cabe resaltar dos conclusiones emergentes del análisis previo. Por una parte, a nivel agregado, el comportamiento microsocial de los hogares relativo a la posibilidad de disponer de un mayor número de ocupados se concentró, exclusivamente, en el ciclo de crecimiento posdevaluación (2003-2008). En contrapartida, no desempeñó ningún rol en los años posteriores (2008-2014). En otras palabras, la capacidad de los hogares de incrementar su participación fue “procíclica”, al coincidir con la fase más expansiva de la posconvertibilidad.

Por otra parte, el mayor esfuerzo económico-reproductivo no tuvo, en ningún momento del período, una magnitud comparable a la de los factores de mercado. Si bien es posible concluir que tal esfuerzo fue significativo –y, por tanto, que, sin su mediación, la recomposición del ingreso hubiera sido menos vigorosa– y que operó en la dirección propuesta por nuestra hipótesis, en ningún caso se comparó con la relevancia de procesos ligados a la acumulación y la distribución del ingreso. Por lo tanto, fue insuficiente para disolver el patrón de desigualdad de ingresos que responde a dinámicas estructurales y se vincula con la configuración del mercado laboral.

5.3. Heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional y capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales

Hasta aquí, consideramos las variaciones del ingreso familiar de fuente laboral según la posición económico-ocupacional del hogar evaluada a partir de la inserción de su PSH. Este análisis nos proporcionó información relevante acerca del patrón de crecimiento económico y del modo en que los hogares enfrentaron tal contexto. Sin embargo, no sabemos aún en qué medida los ingresos laborales bastaron para satisfacer las necesidades materiales de los hogares, tomando en cuenta los requerimientos de sus integrantes. Tampoco conocemos qué desigualdades se observaron al respecto. Podría ocurrir que los cambios positivos en la distribución del ingreso laboral no hayan bastado –al menos, entre algunos grupos de hogares– para evitar la exposición al déficit de capacidades de subsistencia.

Este análisis es, precisamente, el que llevamos adelante en la presente sección. Alcanzamos aquí un punto crucial, al relacionar las condiciones de heterogeneidad del sistema económico-ocupacional (examinada a partir de la posición del PSH) con las capacidades de subsistencia de los hogares. La hipótesis que evaluamos plantea que la heterogeneidad del sistema económico-ocupacional habría tenido amplias consecuencias sobre la reproducción económica de los hogares. Específicamente, aquellos encabezados por trabajadores del sector microinformal o del segmento precario habrían quedado expuestos, con mayor probabilidad, al riesgo de experimentar déficit de capacidades de subsistencia a partir de sus ingresos laborales (DCS-L), con independencia de su esfuerzo económico-reproductivo y de sus características sociodemográficas. Los cambios ocurridos bajo los distintos ciclos político-económicos identificados (2003-2008 y 2008-2014) no habrían alterado esta pauta general.

De acuerdo con el enfoque teórico adoptado, la reproducción económica de los hogares se relaciona con el acceso a un conjunto de medios de vida que permitan la satisfacción de necesidades materiales de sus miembros. Tales necesidades no son independientes de la estructura demográfica y del ciclo vital de las unidades domésticas. En las sociedades capitalistas, los satisfactores se encuentran mercantilizados, de manera que la reproducción económica requiere de una masa de ingresos que permita acceder a aquellos. Para la amplia mayoría de las unidades domésticas, los ingresos se derivan de la venta de la fuerza de trabajo o del autoempleo de sus integrantes (Borsotti, 1981; Cortés y Cuéllar, 1990; Margulis, 1989; Oliveira y Salles, 2000; Torrado, 2006 [1982]).

Como explicamos en el capítulo III, el umbral de referencia es la Canasta Básica Total (CBT), que surge de expandir la Canasta Básica Alimentaria (CBA) a partir de la inversa del coeficiente de Engel. Esta CBT se expresa en términos de una unidad consumidora estándar o “adulto equivalente”. Tal cesta de bienes y servicios se valoriza para poder obtener su expresión monetaria y compararla con los ingresos de los que disponen los hogares. De acuerdo con lo planteado, la CBT de un hogar determinado varía en función de su composición, es decir, de la cantidad de unidades consumidoras equivalentes. En esta última sección del capítulo, comparamos los ingresos familiares de fuente laboral (ITF-L) con esta medida estándar, a partir de lo cual podemos aproximarnos al grado en que las remuneraciones laborales alcanzaron para satisfacer las necesidades de los hogares.

Aunque es habitual derivar de esta metodología un análisis dicotómico (es decir, por encima o por debajo del umbral de referencia), aquí definimos distintas capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales, que se expresan como múltiplos de las CBT a las que el ingreso familiar de fuente laboral permite acceder[16]. Ello permite considerar no sólo la proporción de hogares que se ubica debajo del umbral, sino tomar en cuenta la distancia a la cual se encuentran de aquél. Aquí diferenciamos cuatro niveles: (1) con un ITF-L que se ubica por debajo de 0,5 CBT; (2) con un ITF-L que cubre entre 0,5 y menos de 1 CBT; (3) con un ITF-L que cubre entre 1 y 1,49 CBT; (4) con un ITF-L mayor o igual a 1,5 CBT. Aquellos hogares que no alcanzan a cubrir una CBT a partir de sus ingresos laborales enfrentan déficit de capacidades de subsistencia a partir de sus ingresos laborales (DCS-L)[17]. En consecuencia, los hogares que se ubican en (1) y en (2) se encuentran en tal situación. Por su parte, aquellos que se encuentran en (3) se ubican en zona de “riesgo” o vulnerabilidad de no cubrir sus necesidades reproductivas a partir del ingreso laboral. Este último umbral permite identificar a aquellos hogares que se sitúan en una situación de “vulnerabilidad” (Cecchini y Martínez, 2011). Se trata de unidades domésticas que, ante shocks macroeconómicos (por ejemplo, una devaluación) son especialmente vulnerables a no cubrir sus necesidades reproductivas.

5.3.1. Desiguales capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales

El Gráfico 5.1 presenta la proporción de hogares con DCS-L y la de aquellos en situación de riesgo. A nivel agregado, constatamos una pauta consistente relacionada con la evolución del ITF-L previamente observada: durante el ciclo de políticas heterodoxas (2003-2014), la proporción de hogares con DCS-L pasó de 38,3% a 18,3%. En contraste, la incidencia de aquellos hogares en situación de riesgo se mantuvo estable (16,2% y 15,3%). Esto sugiere que, a lo largo del período, persistió una franja de hogares que se encontraba en el límite de poder garantizar sus condiciones de reproducción económica a partir de ingresos laborales.

Gráfico 5.1. Hogares con déficit de capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales (DCS-L)(a) y en riesgo de experimentarlo(b). Hogares con PSH ocupado, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes).

Notas: (a) Se define como el porcentaje de hogares cuyo ingreso total laboral (ITF-L) se encuentra por debajo de una Canasta Básica Total (CBT) calculada en función de los requerimientos por adulto equivalente / (b) Se define como porcentaje de hogares cuyo ingreso total laboral (ITF-L) se encuentra entre 1 y 1,5 CBT.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

La evolución previa muestra un comportamiento dispar bajo las distintas fases político-económicas. La mayor parte de la reducción de la incidencia de hogares con DCS-L se produjo durante el período de crecimiento posdevaluación (2003-2008), cuando transitó de 38,3% a 20,7%. Entre el 2008 y el 2011 se redujo nuevamente, aunque de forma más leve (hasta 17,7%) y volvió a incrementarse tras la devaluación del 2014 (18,3%). Las oscilaciones advertidas a partir del 2008 sugieren un patrón relativamente consolidado con respecto a las capacidades de subsistencia evaluadas a partir del ingreso laboral. Hacia fines de la posconvertibilidad, un tercio (33,6%) de los hogares con PSH ocupado disponían de ingresos laborales por debajo de sus requerimientos reproductivos o de una cuantía que los ubicaba en una zona de riesgo.

En este marco, el Cuadro 5.8 presenta las desigualdades en las capacidades de subsistencia alcanzadas por las unidades domésticas a partir de su ingreso laboral, expresadas en múltiplos de CBT, según la posición de su PSH en la estructura económico-ocupacional. La información fue construida considerando años puntuales que delimitan las distintas fases político-económicas identificadas. A nivel agregado, durante el conjunto del ciclo de políticas heterodoxas (2003-2014), la reducción de la proporción de hogares con DCS-L se debió a la retracción del porcentaje de aquellos situados debajo de 0,5 CBT (16,6% a 6%) y de los que disponían entre 0,5 y 1 CBT (21,7% a 12,2%). Como correlato de estos procesos, y de la relativa estabilidad de la proporción de los ubicados en situación de riesgo, el porcentaje de hogares cuyos ingresos eran superiores a 1,5 CBT pasó de 45,5% a 66,4% (Cuadro 5.8).

Cuadro 5.8. Capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales en múltiplos de CBT(a) según posición económico-ocupacional del PSH. Hogares con PSH ocupado, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes de cada posición económico-ocupacional).

CUADROS-FALTANTES2-2_c

Nota: (a) evaluadas como la capacidad de cada hogar de acceder, a partir de su ingreso total laboral, a múltiplos de la Canasta Básica Total por adulto equivalente.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

¿En qué medida se advierten pautas diferenciadas de acuerdo con la posición económico-ocupacional? Aquellos hogares que participaban del sector formal privado o público a través de su PSH mostraron los mayores niveles de subsistencia a partir de ingresos laborales durante la posconvertibilidad. Ello se evidencia no sólo en la menor proporción ubicada por debajo del umbral mínimo; también en la mayor distancia con respecto al umbral. En efecto, a partir del 2008, más de 7 de cada 10 hogares disponían de un nivel de ITF-L que les permitía superar 1,5 CBT. Por consiguiente, lograron satisfacer sus necesidades de reproducción a través de su ITF-L y se desplazaron de la zona de vulnerabilidad. Un patrón distinto caracterizó a aquellos hogares cuyo PSH era asalariado no registrado del sector formal privado: a partir del 2008, un tercio permaneció con DCS-L y un quinto en la zona de riesgo.

Los hogares cuyo PSH pertenecía al sector microinformal siguieron una pauta diferente a la de aquellos del sector formal público y privado. En línea con la hipótesis planteada, luego de la recuperación inicial de sus capacidades de subsistencia –en el 2003, la mitad no accedía a una CBT a través de su ingreso laboral–, alrededor de un tercio de estos hogares (37,7%, 33,4% y 33,6% en el 2008, el 2011 y el 2014, respectivamente) experimentaban DCS-L. Esta mayor propensión se complementó con una mayor proporción relativa de hogares en situación de riesgo (16%, 16,1% y 19,2% en el 2008, el 2011 y en el 2014, respectivamente). Dentro del sector microinformal, fueron los hogares encabezados por asalariados registrados los que dispusieron de una mejor posición relativa. En contrapartida, aquellos cuyo PSH era asalariado no registrado tuvieron una particular propensión a experimentar DCS-L: en el 2014, casi 5 de cada 10 se encontraban por debajo del umbral considerado y eran 7 de cada 10 si consideramos a los que se ubicaban en situación de vulnerabilidad. En otras palabras, más allá de la evolución positiva de sus niveles de ingresos laborales, estos hogares permanecieron especialmente expuestos al riesgo de no cubrir sus necesidades.

5.3.2. Determinantes del déficit de capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales

En el análisis de correlación presentado se combinan distintos factores que remiten a las características de los hogares y no podemos descartar que la mayor exposición relativa al DCS-L –verificada, en particular, entre los hogares cuyo PSH pertenecía al sector microinformal o era asalariado no registrado del sector formal– se deba a aquéllos y no a la incidencia de mecanismos estructurales derivados de las formas de inserción económico-ocupacional. Por ello, este apartado recoge los resultados previos y ofrece un análisis integrado de los factores que determinan que los hogares no alcancen el umbral mínimo de subsistencia a partir de su ingreso laboral. En este análisis, nos interesa examinar la injerencia de la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional (evaluada a partir de la posición del PSH en tal estructura) en la probabilidad de experimentar DCS-L.

Con este propósito, apelamos a un análisis de regresión logística binaria múltiple (Wooldridge, 2016). Se trata de un procedimiento adecuado cuando la variable dependiente es dicotómica y se quiere evaluar el impacto que tienen diferentes variables independientes en la ocurrencia de un evento. La estimación de los parámetros se realiza mediante el método de máxima verosimilitud. Desde el punto de vista conceptual, la principal variable independiente del modelo es la posición económico-ocupacional del PSH como aproximación al modo en que las condiciones de heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional inciden en la exposición de los hogares al déficit de capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales. No obstante, introducimos covariables que nos permiten controlar la relación propuesta por nuestra hipótesis y, a la vez, aportar información relevante sobre factores que inciden en las condiciones de vida familiares. En primer término, incorporamos atributos sociodemográficos, residenciales y educativos: el sexo del PSH, el tipo de configuración familiar (monoparental o no), el número de menores de 18 años presentes en el hogar, el grupo de edad del PSH, su nivel educativo y la región de residencia. En segundo término, introducimos variables laborales: el número de ocupados en el hogar y la rama de actividad en la que se desempeña el PSH. Esta técnica se utiliza para cuatro años que fungen como ventana de observación (2003, 2008, 2011 y 2014).

En el Cuadro 5.9 se presentan los resultados de la aplicación de este modelo. En los modelos de regresión logística, es habitual reportar las “razones de momios” (odds ratios), que pueden interpretarse en términos de cuánto se incrementa la razón de pertenecer a la categoría de interés de la variable dependiente cuando se incrementa en una unidad la variable independiente. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con los modelos de regresión lineal, los coeficientes estimados en una regresión logística se encuentran afectados por la heterogeneidad no observada y las variables omitidas (Mood, 2010)[18]. Por ello, cuando se especifican modelos para diferentes años a partir de muestras distintas, resulta más adecuado presentar el “promedio de efectos marginales” (Average Marginal Effects o AME) (Mood, 2010; Norton y Dowd, 2018). Los AME surgen de multiplicar, para cada observación, el coeficiente asociado a cada covariable del modelo y de obtener un promedio de este producto a nivel del conjunto de las observaciones. En este contexto, pueden comprenderse como el cambio promedio registrado en la probabilidad (expresado en puntos porcentuales) de que el hogar experimente DCS-L a partir de un cambio unitario de alguna de las covariables, manteniendo las demás constantes.

En cuanto a la robustez de los modelos estimados, cabe notar que la capacidad explicativa –evaluada mediante el pseudo R cuadrado de McFadden– se mantiene en los diferentes años y es aceptable[19]. Por otra parte, como prueba de bondad de ajuste, la capacidad clasificatoria también resulta adecuada y estable[20].

Cuadro 5.9. Determinantes(a) del déficit de capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales (DCS-L)(b).Hogares con PSH ocupado, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (promedio de efectos marginales) (c).

TESIS_SÓLO-CUADROS-25_c

Notas: (a) Modelos de regresión logística binaria. Variable dependiente: presencia de ingresos por debajo de una CBT a partir del ingreso laboral / (b) Evaluadas a través del acceso a una CBT en función del ingreso total familiar de fuente laboral / (c) Average Marginal Effects (AME), significancia de los efectos: ***p-value < 0,01 / ** p-value < 0,05 / * p-value <0,1.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

El objetivo principal del modelo propuesto es examinar qué rol desempeña la posición económico-ocupacional del hogar (evaluada a partir de la inserción del PSH) en la determinación del DCS-L. Sin embargo, cabe reconocer la existencia de factores sociodemográficos y socioeducativos de los hogares que también participan, a la manera de factores intervinientes, en la determinación de tal déficit.

Al considerar estas características, advertimos que –con excepción del 2003– aquellos hogares encabezados por mujeres tenían más chances de experimentar capacidades deficientes de subsistencia a partir de ingresos laborales que aquellos encabezados por un varón. En cambio, el tipo de configuración familiar (diferenciando entre aquellos hogares monoparentales y aquellos que no lo eran) no estuvo asociado con una mayor probabilidad de DCS-L. La presencia de menores de 18 años en el hogar incidía de manera positiva y significativa sobre la probabilidad de que el hogar experimentara déficit. En concreto, en los diferentes modelos, tal probabilidad se incrementaba entre 7 y 13 pp. por cada menor de 18 años que se encontraba presente en el hogar.

Otros atributos del hogar fueron relevantes. En primer lugar, la edad del PSH resultó significativa. Entre aquellos hogares encabezados por jóvenes (de hasta 29 años), la probabilidad de experimentar DCS-L se incrementaba cerca de 5 pp. en comparación con los hogares encabezados por un PSH de 50 años y más. En contraste, los hogares cuyo PSH tenía entre 30 y 49 años se encontraban más protegidos que aquéllos. En segundo lugar, la educación del principal proveedor también constituyó una variable relevante en la determinación de las capacidades deficientes de subsistencia a partir de ingresos laborales. Aquellos hogares cuyo PSH sólo había completado la escuela primaria incrementaban su probabilidad de experimentar DCS-L entre 10 y 27 pp., en los diferentes años considerados, con respecto a los encabezados por un PSH con nivel superior. La probabilidad de disponer de DCS-L entre aquellos hogares cuyo PSH tenía secundaria completa o incompleta, por su parte, se incrementaba entre 7 y 12 pp. con respecto al grupo de referencia[21]. Por último, recogiendo nuestro planteo teórico, la capacidad de los hogares de disponer de fuerza de trabajo adicional desempeñó un papel relevante y positivo con respecto a sus capacidades de subsistencia. Por cada nuevo ocupado que los hogares lograban disponer, la probabilidad de experimentar capacidades deficientes de subsistencia a partir de ingresos laborales se redujo entre 7 y 8 pp. Por lo tanto, confirmamos el papel positivo y significativo del esfuerzo laboral de los hogares –a igualdad de otros factores– en las capacidades de subsistencia.

En suma, advertimos la existencia de un perfil sociodemográfico de unidades domésticas que habrían resultado más expuestas a experimentar DCS-L. Los hogares con mayor número de niños, encabezados por mujeres, jóvenes y con bajo nivel educativo, habrían reunido características correlacionadas con el DCS-L. Por su parte, la menor disponibilidad de ocupados secundarios habría acentuado la propensión observada[22].

Ahora bien, ¿qué incidencia tuvo la posición económico-ocupacional del hogar (evaluada a través del PSH), como expresión de la heterogeneidad de la estructura social del trabajo en el déficit de las capacidades de subsistencia? Desde la perspectiva teórica asumida, constituye un aspecto estructural de la participación de la fuerza de trabajo con amplias implicancias en las condiciones materiales de vida de los hogares. El grupo de comparación son los hogares encabezados por un PSH asalariado registrado del sector formal privado.

Entre los hogares que pertenecían al sector formal público y privado a través de su principal proveedor advertimos fuertes contrastes. Los hogares encabezados por no asalariados o directivos en establecimientos del sector privado formal (patrones de establecimientos medianos y grandes, profesionales y directivos), se encontraban relativamente más “protegidos” frente al riesgo de experimentar DCS-L. Sin embargo, este efecto no se mantuvo durante todo el período, sino que se disolvió a partir del 2008. Ello obedeció tanto al empeoramiento relativo que experimentaron los no asalariados del sector formal como a la mejora general de los ingresos que les permitió a los hogares encabezados por trabajadores asalariados registrados del sector privado formal (el grupo de comparación) mejorar su posición relativa. Por su parte, entre los hogares cuyo PSH pertenecía al sector público no verificamos una mayor exposición relativa al DCS-L (lo que se advierte en que los coeficientes estimados no son significativos). En otras palabras, estos hogares se hallaban en una situación similar a la de los hogares encabezados por un trabajador registrado del sector formal privado. En cambio, los hogares encabezados por un asalariado no registrado del sector formal enfrentaron una significativa mayor exposición al DCS-L –a igualdad de otros factores– que aquellos encabezados por un asalariado registrado del sector formal. En concreto, entre tales hogares, la probabilidad de experimentar DCS-L se incrementaba entre 16 y 20 pp. con respecto al grupo de comparación.

Entre los hogares encabezados por un trabajador del sector microinformal advertimos una particular exposición a experimentar capacidades deficientes de subsistencia a partir de ingresos laborales que se mantuvo aun controlando otros atributos. Aquellas unidades domésticas cuyo PSH era asalariado registrado del sector microinformal disponían de las mejores condiciones relativas. Entre éstas, la probabilidad de encontrarse en situación de DCS-L se incrementaba entre 4 y 8 pp. con respecto a los hogares encabezados por asalariados registrados del sector formal (incluso, en el 2011, el coeficiente estimado no resultó significativo).

En contraste, aquellos hogares cuyo PSH era no asalariado del sector microinformal disponían de un mayor riesgo de no cubrir una CBT a partir de sus ingresos laborales. Durante el ciclo de políticas heterodoxas, la probabilidad de experimentar déficit de capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales se incrementó entre 18 y 19 pp. en comparación con los hogares encabezados por asalariados registrados del sector formal. A su vez, los hogares cuyo PSH era asalariado no registrado del sector microinformal experimentaron las condiciones más desventajosas. Entre estos hogares, la probabilidad se incrementaba entre 18 y 25 pp. con respecto a los hogares del grupo de comparación.

A partir de los modelos especificados calculamos la probabilidad promedio de experimentar DCS-L según la posición económico-ocupacional del PSH, manteniendo constantes las demás características del hogar. Para ello, tomamos los valores modales o medios de las demás covariables introducidas (según sean cualitativas o cuantitativas) y calculamos la probabilidad resultante alterando la categoría ocupacional del PSH. La ventaja de esta aproximación –que complementa la anterior– es que el análisis ya no se realiza en comparación con una categoría de referencia sino considerando las probabilidades estimadas para hogares de diferentes perfiles.

Como se advierte en el Gráfico 5.2, los hogares encabezados por un asalariado no registrado del sector formal, por un no asalariado o por un asalariado no registrado del sector microinformal, mantuvieron una exposición a experimentar DCS-L muy superior a los demás. Es decir que, manteniendo constantes sus demás atributos, estos hogares enfrentaron una pauta más adversa en términos de condiciones de vida que puede atribuirse exclusivamente a su modalidad de inserción en la estructura económico-ocupacional (evaluada, como se indicó, por la posición de su PSH).

Gráfico 5.2. Probabilidad media(a) de experimentar déficit de capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales (DCS-L) según posición económico-ocupacional del PSH. Hogares con PSH ocupado, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes).

Grafico

Notas: (a) Obtenida a partir de modelos de regresión logística binaria.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

5.3.3. Un ejercicio de microsimulación del impacto de la heterogeneidad económico-ocupacional sobre el déficit de capacidades de subsistencia

La aplicación de una regresión logística nos permitió reconocer los factores determinantes de que los hogares no alcancen una CBT a partir de su ingreso laboral. En particular, reveló la mayor exposición de los hogares que pertenecen al sector microinformal o a empleos no regulados a través de su PSH a experimentar DCS-L. Sin embargo, si bien hemos reconocido una mayor propensión a encontrarse en tal situación, no hemos cuantificado la magnitud del efecto atribuible a las desigualdades sociolaborales en términos de su impacto sobre los niveles de subsistencia.

Para evaluar los efectos de la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional sobre las capacidades de subsistencia de los hogares a partir de fuentes laborales estimamos la “penalidad” que introduce sobre los ingresos del conjunto de la fuerza de trabajo disponible en las unidades domésticas[23]. Con este objetivo, especificamos un modelo de regresión lineal y obtenemos el efecto atribuible a la posición económico-ocupacional sobre el logaritmo del ingreso horario de la ocupación principal de los miembros ocupados del hogar. Este modelo se estimó por mínimos cuadrados ordinarios y tiene la siguiente forma funcional:

Ecuacion3

Preparamos un modelo para asalariados y otro para no asalariados, para los años 2003, 2008, 2011 y 2014[24]. De esta forma, el ingreso horario de los ocupados es resultado de su posición económico-ocupacional y de un vector de características individuales. El “ingreso contrafáctico” sería el que el ocupado tendría si no operara la penalidad atribuible a la posición económico-ocupacional.

El ejercicio de estimación del efecto atribuible a dichas posiciones económico-ocupacionales sobre el DCS-L se realiza comparando la proporción de hogares con DCS-L (Ĥ), que surge del ingreso pronosticado por regresión, con la proporción estimada a partir de computar un nuevo ingreso familiar de fuente laboral incluyendo el ingreso contrafáctico (H*). Formalmente:

Ecuacion4

Tal que ŷ es el ingreso del hogar que resulta de adicionar el antilogaritmo del ingreso horario pronosticado por regresión (por el número de horas trabajadas) más otros ingresos laborales de los miembros del hogar; y siendo z la CBT (calculada en función de la composición por adulto equivalente) correspondiente al hogar i. Por su parte:

Ecuacion5

De modo que ŷ* es el ingreso contrafáctico de cada uno de los miembros del hogar si no hubiera una penalidad asociada a la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional (manteniendo constantes el resto de los factores).

En base a los resultados obtenidos, es posible reconstruir el ITF-L y observar qué ocurriría con la incidencia del déficit de capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales en caso de no existir una penalidad atribuible a las desigualdades estructurales del sistema ocupacional. Esta visión es complementaria de la que ofreció el modelo de regresión logística anteriormente implementado y permite cuantificar el efecto de las desigualdades estructurales del mercado laboral sobre la incidencia del DCS-L. Cabe aclarar que se trata de una aproximación limitada, en tanto que no discutimos de qué modos otros atributos (por ejemplo, la educación o la rama de actividad) interactúan con las características estructurales de las inserciones económico-ocupacionales de los miembros de los hogares.

En este ejercicio, evaluamos qué sucedería si las penalidades anteriormente comentadas no existieran. Si analizamos los resultados sobre el total de hogares con PSH ocupado, la supresión contrafáctica se traduce en una reducción de la incidencia de hogares con DCS-L de entre 30% y 40% –según los años considerados– (Gráfico 5.3). Cabe advertir que este efecto se volvió más intenso a lo largo del ciclo de políticas heterodoxas (2003-2014). Para comprender este proceso, podemos inferir que durante el período inmediato poscrisis la existencia de DCS-L en los hogares parece haber estado muy asociada a otros comportamientos además de lo sucedido en relación con la heterogeneidad económico-ocupacional (por ejemplo, una mayor incidencia del desempleo entre ocupados secundarios). De allí que la sustracción estadística del efecto de esta variable a través de un ejercicio de microsimulación permita constatar su creciente relevancia en la determinación de las condiciones de vida familiares.

Gráfico 5.3. Microsimulación(a) de la reducción del déficit de capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales (DCS-L) según posición sectorial económico-ocupacional del PSH. Hogares con PSH ocupado, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en variación porcentual).

Nota: (a) Para realizar este ejercicio, se obtiene, en primer lugar, el porcentaje de hogares (Ĥ) que tienen ingresos laborales estimados por debajo de una CBT. Tales ingresos surgen de la predicción del modelo de regresión lineal para cada uno de los ocupados del hogar. En segundo lugar, se obtiene el porcentaje de hogares con ingresos laborales contrafácticos por debajo de una CBT (H*). Estos ingresos surgen de suprimir el efecto de penalización atribuible a las formas de inserción económico-ocupacional. La reducción aquí presentada es una comparación entre ambas tasas señaladas.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

Asimismo, el Gráfico 5.3 muestra la desigual penalidad enfrentada por los hogares según la posición sectorial del PSH (es decir, distinguiendo entre sectores formal privado, público y microinformal). Entre aquellos cuyo PSH pertenecía al sector formal público, la proporción de hogares con DCS-L se reducía entre 6% y 13% entre puntas del período. Entre los que pertenecían al sector formal privado a través de su PSH, en tanto, la proporción se reducía entre 14% y 26%. En contrapartida, entre aquellos hogares encabezados por un trabajador del sector microinformal la incidencia del DCS-L se reducía entre 41% y 52% al controlar las penalidades atribuibles a la inserción económico-ocupacional de los miembros ocupados. Estos resultados apuntan en la dirección señalada por nuestra hipótesis, al destacar la existencia de barreras estructurales al proceso de convergencia de las condiciones de vida de los hogares a partir de la distribución del ingreso laboral.

5.4. Síntesis y conclusiones del capítulo

Las capacidades de reproducción económica de las unidades domésticas se encuentran estrechamente ligadas a las formas de inserción laboral de sus integrantes. Por su intermedio, los hogares participan de la distribución del ingreso laboral y obtienen los recursos necesarios para sufragar su reproducción cotidiana y generacional. De esta forma, la demanda laboral asociada a la heterogeneidad estructural contribuye a definir las capacidades económicas de los hogares. Al mismo tiempo, mediante sus comportamientos doméstico-reproductivos, los hogares inciden sobre sus condiciones de reproducción, operan sobre el patrón distributivo y participan en la reproducción más general del sistema social.

De acuerdo con la hipótesis planteada en este capítulo, la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional habría condicionado la pauta distributiva del ingreso laboral y, por ende, habría incidido sobre las capacidades de reproducción económica familiares. En particular, los hogares encabezados por trabajadores del sector microinformal o en el segmento no regulado habrían experimentado las condiciones más desventajosas en términos distributivos. En este punto, señalamos que una mayor participación laboral por parte de los miembros de los hogares habría actuado sobre esta relación. Sin embargo, habrían quedado expuestos, con mayor probabilidad al riesgo de experimentar déficit de capacidades de subsistencia a partir de sus ingresos laborales aun considerando tal esfuerzo económico-reproductivo.

Esta hipótesis fue abordada de manera sucesiva a lo largo del capítulo. En primer lugar, planteamos que, si bien se verificaron mejoras sustantivas en los niveles de ingresos familiares de fuente laboral (ITF-L), el patrón distributivo permaneció asociado a las condiciones de heterogeneidad estructural y segmentación laboral. Tras un deterioro significativo, la implementación de políticas heterodoxas provocó un crecimiento sostenido del ingreso familiar de fuente laboral (ITF-L). Esta recomposición fue más intensa entre los hogares que pertenecían al sector público y al sector microinformal a través de su PSH.

Sin embargo, constatamos que, tras los años inmediatos que siguieron a la devaluación, la pauta de desigualdad permaneció significativamente estable. Las brechas de ingreso, evaluadas en función de la posición económico-ocupacional del PSH, resultaron un tamiz rígido a través del cual se filtró el crecimiento del ingreso laboral. Se trata de un mecanismo de asignación estrechamente ligado a la heterogeneidad del sistema económico-ocupacional. En suma, durante la posconvertibilidad constatamos que, si bien no se profundizó la inequidad derivada de la heterogeneidad estructural, tampoco se disolvió su lógica de funcionamiento. Desde este planteo teórico, se entiende que, de no mediar un cambio en la matriz productiva, el crecimiento económico puede coexistir con la heterogeneidad laboral y reproducir el patrón de desigualdad.

En segundo lugar, postulamos que los cambios en los niveles de ingresos no pueden disociarse del papel desplegado por las propias unidades domésticas y su capacidad para disponer de un mayor número de ocupados. Constatamos que alrededor de una quinta parte de la mejora observada en el ITF-L se debió al mayor esfuerzo económico de las unidades domésticas. Este proceso se concentró exclusivamente en la fase de crecimiento posdevaluación (2003-2008). A partir de entonces (2008-2014), no tuvo ninguna relevancia, no sólo porque el empleo creció a un ritmo inferior, sino porque los hogares redujeron su tamaño relativo y, por consiguiente, estabilizaron su tasa de dependencia económica. De esta forma, si bien los hogares participaron en la configuración del patrón de desigualdad y en la mejora de sus condiciones de vida, su injerencia fue moderada en comparación con los procesos estructurales que organizan la distribución del ingreso laboral.

Estos resultados son convergentes con algunas investigaciones llevadas adelante en otros ámbitos nacionales (Damián, 2004; Montoya García, 2017). Tales estudios destacan que las chances de que los hogares incrementen su participación laboral en contextos de bajo dinamismo económico tendrían limitado impacto –al menos en términos agregados–. En otras palabras, la autoexplotación de la fuerza de trabajo de los hogares para optimizar su balance reproductivo enfrentaría las restricciones del contexto macroeconómico. Este patrón podría explicar el carácter procíclico de la participación laboral que advertimos en este capítulo. En síntesis, la reproducción socioeconómica de los hogares se encontraría estrechamente subordinada a procesos estructurales ligados a los ciclos económicos.

En tercer lugar, señalamos que las condiciones de heterogeneidad estructural incidieron de forma significativa sobre capacidades de subsistencia de los hogares. Aun cuando constatamos un crecimiento sostenido del ITF-L, no bastó para disolver la exposición de los hogares que participan del sector menos estructurado de la economía a experimentar DCS-L. Verificamos un patrón consistente: los hogares que participaban del sector microinformal a través de su PSH resultaron más expuestos no sólo a ubicarse por debajo del umbral mínimo considerado, sino también en una zona de vulnerabilidad en torno a dicho umbral. Al respecto, hallamos una gradación que repone la heterogeneidad del sector informal. Los hogares mejor posicionados fueron los encabezados por asalariados registrados, que disponían de capacidades de subsistencia próximas a los de aquellos hogares cuyo PSH pertenecía al sector formal. En contraste, los hogares más desaventajados resultaron aquellos cuyo PSH era asalariado no registrado del sector microinformal. Alrededor de la mitad de estos hogares no cubría una CBT a partir de sus ingresos laborales. Por último, cabe señalar que los hogares encabezados por un asalariado no registrado del sector formal disponían de capacidades de subsistencia similares a los de aquellos cuyo PSH pertenecía al sector microinformal. La aplicación de un análisis multivariado de regresión permitió comprobar que esta correlación entre la posición del hogar en la estructura económico-ocupacional (evaluada a partir del PSH) y el déficit de capacidades de subsistencia a partir de ingresos laborales se mantuvo con independencia de otros atributos de los hogares.

De este modo, el capítulo ofreció algunas claves sobre lo que Ghosh (2011) denomina “raíces sistémicas de la pobreza”. La heterogeneidad estructural, con sus efectos sobre la demanda sectorial de fuerza de trabajo y las brechas de ingresos, desempeñaría un papel crucial para explicar este proceso. Por una parte, los hogares que acceden a empleos en los sectores económicos modernos, en estratos profesionales o estables, obtuvieron niveles de vida más elevados que el promedio. Por otra parte, los hogares que accedían a ocupaciones en el sector microinformal, en el segmento secundario del empleo o en condiciones de precariedad, quedaron expuestos a un mayor riesgo de no cubrir sus necesidades a partir de sus ingresos laborales. Estas penalidades son independientes de otros atributos; es decir, se trata de un proceso de desigualdad o exclusión estructural, en tanto remite a las condiciones más generales de la demanda laboral a la que acceden las unidades domésticas.

En suma, los resultados alcanzados sugieren la existencia de lo que podríamos denominar dinámicas selectivas de empobrecimiento. Tales dinámicas estarían asociadas a desigualdades estructurales en el mercado de trabajo y se articularían con otros clivajes de desigualdad social (como el género, la edad y factores demográficos). En esta trama, los procesos económico-ocupacionales desempeñarían un rol crucial; en especial, aquellos derivados de una insuficiente demanda de empleo de calidad por parte de los sectores más dinámicos de la estructura productiva.


  1. Dado que en este capítulo examinamos la participación de los hogares en la distribución del ingreso laboral, el universo se restringe a los hogares que tienen un principal proveedor ocupado. En el capítulo VI, al evaluar las capacidades de subsistencia de los hogares en función del total de ingresos y, en particular, de los provenientes de políticas sociales, se considera a todos los que tienen un PSH activo.
  2. Se ha señalado el carácter polisémico del concepto de “pobreza” y la dificultad para inscribirlo en un marco teórico específico (Feres y Mancero, 2001). Como se señaló, aquí nos referimos al déficit de capacidades de subsistencia, noción que se articula con el enfoque teórico adoptado y hace visible la relación entre el acceso a una canasta de bienes y las capacidades de reproducción económica de los hogares (capítulo II).
  3. En este sentido, durante los últimos años surgió el concepto de in-work poverty para referir al universo de los “trabajadores pobres” (Fraser et al., 2011). Esta perspectiva –muy difundida en los países desarrollados– procura examinar las razones por las cuales determinados grupos de trabajadores no alcanzan un nivel de ingresos que los deje fuera del riesgo de pobreza. En América Latina, esta problemática fue extensamente tratada por la perspectiva de la informalidad y el empleo en el sector informal, que aquí retomamos.
  4. Respecto de las medidas utilizadas para deflactar los ingresos en esta investigación, remitimos al capítulo III y al Anexo IV. Asimismo, respecto del posible sesgo de subcaptación de ingresos por parte de la EPH, véase el Anexo II.
  5. Además, este deterioro no fue homogéneo dentro de la estructura social. Según mostramos en una investigación anterior (Poy, 2017a), la crisis político-económica de 2001-2002 y la posterior devaluación afectaron más intensamente a las posiciones laborales en el sector microinformal. Estos resultados son coincidentes con los de Salvia (2012) y Vera (2011).
  6. Cabe notar que entre el 2011 y el 2013 los ingresos familiares de fuente laboral se mantuvieron estables. La reducción observada durante el período 2011-2014 se debe enteramente a los efectos de la devaluación (y la consecuente mayor inflación) de ese último año, que implicó una pérdida significativa del poder adquisitivo.
  7. Dalle (2012) entiende esta pérdida de posiciones relativas de los sectores más altos de la estructura social en términos de una creciente “inconsistencia de estatus”. Al profundizarse la distancia entre posiciones ocupacionales y retribuciones económicas, podría evidenciarse una mayor “movilidad espuria” (Kessler y Espinoza, 2003).
  8. Una porción importante del cuentapropismo informal se desempeña en actividades del pequeño comercio, las reparaciones y construcción residencial, las cuales son procíclicas. Por ello, el aumento del nivel de actividad brinda un escenario favorable para estas actividades.
  9. El ejercicio de comparar las brechas de ingresos familiares es habitual en los análisis de clases sociales (cfr. Benza, 2016; Chávez Molina y Sacco, 2015; Maceira, 2016). Por su parte, la utilización del ingreso promedio como parámetro es frecuente cuando se examina la injerencia de la heterogeneidad estructural, ya que remite a la idea de una “productividad media” de la economía (Salvia, 2012).
  10. Este tipo de crecimiento económico, a menudo llamado “pro-pobre” [pro-poor growth] (Hanmer y Booth, 2001), ha caracterizado a distintos países de la región durante los años 2000. Como planteamos en el capítulo I, ello revela que el caso argentino fue expresión de un proceso regional más vasto. Este estilo de crecimiento se tradujo en la reducción de las medidas sintéticas de desigualdad como el coeficiente de Gini (Poy y Vera, 2017).
  11. Lavinas y Simões (2017) señalan un proceso similar en el caso de Brasil y remiten a la reproducción de una matriz de heterogeneidad estructural. La persistencia de brechas estructurales de desigualdad no fue contradictoria con la ampliación de la participación en el mercado de trabajo y el crecimiento económico.
  12. En la Argentina, los trabajos de Donza (2015), Donza et al. (2008) y Salvia (2012) constituyen antecedentes del tipo de abordaje propuesto, interesado en la articulación de procesos macro y microsociales.
  13. En el capítulo VI examinamos los cambios en el ingreso total familiar incorporando fuentes no laborales, en especial, aquellas derivadas del sistema de políticas sociales.
  14. Además de Cortés (1995) existen otros antecedentes que han aplicado este tipo de enfoque. En Argentina, Donza (2015) aplicó este método, y Salvia (2012) y Vera (2011) aplicaron una metodología similar. En Reino Unido, Brewer y Wren-Lewis (2011) plantean una propuesta semejante.
  15. El comportamiento microsocial observado entre los hogares mejor posicionados de la estructura económico-ocupacional podría apuntar a un cambio de composición. En particular, podría revelar una mayor heterogeneidad del grupo de profesionales independientes y de los hogares que conforman.
  16. La apelación a múltiplos de “líneas de pobreza” para evaluar las condiciones de vida es frecuente en la literatura especializada (Cecchini y Martínez, 2011; CEPAL, 2013). Por su parte, en una investigación para el caso mexicano, Montoya García (2017) utiliza la noción de “niveles de reproducción”.
  17. Debemos enfatizar dos supuestos presentes en la metodología implementada. En primer término (algo habitual en los estudios sobre pobreza monetaria), estamos suponiendo que todos los integrantes del hogar aportan el conjunto de sus ingresos laborales a la reproducción de la unidad. Se trata de un supuesto no verificable y que está implícito en el diseño temático de la EPH y, en general, de las encuestas a hogares. En segundo lugar, no estamos considerando –en esta instancia– otros recursos de los que disponen los hogares (en especial, ingresos del sistema de políticas sociales). Ello puede constituir un sesgo, en tanto puede haber integrantes de los hogares que aporten tales ingresos a la manutención familiar. De todas formas, debe tenerse en cuenta que el universo de estudio son los hogares con PSH ocupado. En el capítulo VI se analizan las capacidades de subsistencia incluyendo al conjunto de los ingresos.
  18. En el Anexo V se presentan los modelos de regresión completos, los coeficientes B y los errores estándar.
  19. Este coeficiente puede entenderse como el porcentaje en que se reduce la probabilidad de no poder explicar el comportamiento de la variable dependiente.
  20. El análisis de la capacidad clasificatoria requiere evaluar tanto la “especificidad” (casos negativos correctamente clasificados) como la “sensibilidad” (casos positivos correctamente clasificados). Dado que se trata de una distribución binomial, la determinación del cutoff es clave para definir esta capacidad. Para ello, se calculó el Índice de Youden, que arroja un resultado óptimo entre especificidad y sensibilidad.
  21. Cabe notar que, desde la perspectiva teórica presentada, el efecto de la educación sólo puede interpretarse como una “interacción” con las características laborales de los individuos (en este caso, el PSH). La demanda de empleo prioriza a quienes tienen mayores niveles educativos y ello otorga mejores niveles de ingresos, lo cual, a su turno, impacta sobre las condiciones de vida. Al respecto, véase Salvia (2012) y Salvia y Vera (2015). Para una discusión teórica de la relación entre heterogeneidad estructural y educación, véase Salvia, Robles y Fachal (2016).
  22. Estos resultados contribuyen a la comprensión de las tramas de la pobreza económica. Como señala Eguía (2017: 79), los hogares en situación de pobreza se encuentran atravesados por clivajes de género y edad que articulan distintos procesos de desigualdad. De allí que determinados hogares enfrenten una mayor probabilidad de experimentar déficit de capacidades de subsistencia.
  23. Existen antecedentes de esta metodología en Beccaria y Groisman (2009), García Díaz y Woyecheszen (2011) y en Mario y García (2013) para algunos años de la posconvertibilidad.
  24. En el Anexo V se presentan las funciones de ingreso completas que fueron estimadas para asalariados y no asalariados.


Deja un comentario