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4 Formas de inserción de la fuerza de trabajo de los hogares, desigualdades estructurales y marginalidad económica

Introducción

En este capítulo abordamos la participación de la fuerza de trabajo de los hogares en el mercado laboral y caracterizamos el tipo de posiciones económico-ocupacionales a las que accedieron a través de sus integrantes. Desde la perspectiva teórica adoptada, estas formas de inserción económico-ocupacional se revelan cruciales para comprender la evolución de las capacidades de reproducción económica. La heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional, la segmentación del mercado de trabajo y la generación de posiciones de marginalidad económica, constituirían rasgos determinantes de tales capacidades. A nivel de los hogares, operan a partir de las formas de inserción ocupacional de sus miembros. En suma, argumentamos –con Danani (2009)– que “la matriz de las condiciones de vida se encuentra en el trabajo”.

Por tratarse de una unidad colectiva, para abordar la inserción de los hogares en la estructura social o en la estructura económico-ocupacional es frecuente apelar a la posición de alguno de sus integrantes, por lo general, el jefe o el principal sostén (Benza, 2016; Chávez Molina y Sacco, 2015; Dalle, 2012; Maceira, 2016; Torrado, 1992, 2006 [1982]). Esta aproximación supone una restricción cuando se desea hacer inferencias sobre la estructura productiva o la dinámica ocupacional (en tanto sólo se observa a una porción de la fuerza de trabajo); sin embargo, es la más adecuada cuando el interés se dirige a la reproducción de la fuerza de trabajo, dado que los individuos forman parte de una constelación familiar que incide en los comportamientos asociados a la oferta laboral y en las condiciones de vida (Torrado, 2006 [1982]). En esta línea, a lo largo del presente libro analizamos la participación de los hogares en la estructura económico-ocupacional a través de la forma de inserción del principal sostén del hogar (PSH). Asimismo, dado que los hogares pueden disponer de “trabajadores secundarios”[1], exploramos qué posibilidades tuvieron de acceder a distintas posiciones económico-ocupacionales considerando, de forma simultánea, al conjunto de la fuerza de trabajo disponible.

El análisis presentado en este capítulo coloca al estudio en diálogo con las investigaciones que han abordado las características de la estructura social y del mercado de trabajo durante la posconvertibilidad. Como señalamos en la Introducción, algunas de ellas enfatizan líneas de “ruptura” en relación con los noventa: se remite al aumento de la población asalariada, a la recomposición de la clase trabajadora calificada y a la expansión de las “clases medias” (Benza, 2016; Dalle, 2012; Dalle et al., 2015; Groisman, 2013; Maceira, 2016; Palomino y Dalle, 2012). Se destaca el aumento del empleo registrado en la seguridad social como característica distintiva de la etapa (Novick, 2006 Palomino, 2007; Palomino y Dalle, 2012). Dentro de esta línea, también se han subrayado algunas rigideces vinculadas con la informalidad laboral y el empleo marginal (Benza, 2016; Maceira, 2016). Otras investigaciones también destacan ciertas líneas de “continuidad” de la estructura social y el mercado de trabajo. Estos autores refieren a la persistencia de un funcionamiento segmentado de los mercados de trabajo (Arakaki, 2015; Beccaria y Maurizio, 2012; Beccaria y Groisman, 2015; Groisman, 2011, 2013; Poy, 2017; Salvia, 2016; Salvia et al., 2008; Salvia y Vera, 2012; Vera, 2011, 2013, 2016). Algunas de estas investigaciones asocian las características de la estructura laboral con el funcionamiento de un capitalismo crecientemente globalizado (Salvia, 2012, 2015).

En tanto la mayor parte de estos estudios ofrecen información relevante sobre las formas de inserción individual en la estructura social del trabajo, han recibido menor atención los modos en que tales inserciones se traducen en los hogares. De acuerdo con nuestro planteo conceptual, la heterogeneidad productiva se habría plasmado en una estructura económico-ocupacional desigual y segmentada para los hogares. Este rasgo estructural hace inteligible el crecimiento de un sector moderno y dinámico y la persistencia de un sector microinformal de baja productividad.

La hipótesis que organiza este capítulo postula que durante el ciclo de políticas heterodoxas (2003-2014), la participación laboral de la fuerza de trabajo de los hogares habría permanecido estrechamente ligada a las condiciones de heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional y de segmentación del mercado de trabajo. Si bien se habría evidenciado una recomposición de las oportunidades de empleo en los sectores más dinámicos e intermedios durante los primeros años de la posconvertibilidad (2003-2008), habría sido restringida, en ausencia de cambios estructurales de la economía. Durante el ciclo de crisis, reactivación y estancamiento (2008-2014), los hogares habrían enfrentado una estructura rígida en términos de oportunidades económico-ocupacionales en los sectores más modernos. Aun cuando en el seno de los hogares pueden coexistir posiciones económico-ocupacionales, una parte de éstos sólo habría conseguido acceder a ocupaciones en el sector informal, en el segmento precario o a posiciones abiertamente marginales, como correlato de las limitaciones estructurales de la demanda de empleo en los sectores más productivos.

El capítulo se organiza alrededor de dos secciones. La primera aborda, en términos agregados, la participación de los hogares en el mercado de trabajo, para lo cual recuperamos indicadores básicos que remiten a la oferta de fuerza laboral. La segunda sección desarrolla un aspecto central de la investigación: el acceso que tuvieron las unidades domésticas a posiciones laborales en distintos sectores económico-ocupacionales y segmentos de empleo a través de sus miembros. Describimos las capacidades que tuvieron de combinar empleos mediante una tipología de modos de inserción. Por último, examinamos los alcances y las características de la informalidad de subsistencia a nivel de las unidades domésticas.

4.1. La participación laboral de la fuerza de trabajo de los hogares durante la posconvertibilidad

El propósito de esta sección es analizar los cambios agregados en la participación laboral de las unidades domésticas, evaluada a partir del uso de la fuerza de trabajo de la que disponen. Con este fin, utilizamos un conjunto de indicadores que remiten a la oferta laboral, la disponibilidad de trabajadores secundarios y los niveles de dependencia económica. De esta forma, buscamos construir un cuadro general en el cual inscribir el acceso de las unidades domésticas a diferentes posiciones económico-ocupacionales. Este primer abordaje permite evaluar la existencia de reacomodamientos en las pautas de participación vinculadas con el mercado de trabajo durante la posconvertibilidad.

Al respecto, cabe reconocer que la participación de los miembros de los hogares en el mercado laboral se encuentra atravesada por aspectos demográficos, económicos, culturales y de género. En términos demográficos, la reducción paulatina del tamaño de los hogares, asociada a la “transición demográfica”[2] (Binstock y Cerruti, 2016; Torrado, 2010), incide sobre la oferta de fuerza de trabajo. Por una parte, la reducción de las tasas de fecundidad y del número de niños por hogar, junto con el incremento de la divorcialidad, conllevan menores demandas de consumo. Por otra parte, implican también una menor disponibilidad de fuerza de trabajo. En términos económicos, las recurrentes crisis que la Argentina atravesó desde los setenta impactaron sobre la participación laboral. El desempleo de los jefes de hogar y la insuficiencia de ingresos condujeron al aumento de la participación de las cónyuges y de otros trabajadores secundarios (Esquivel, Faur y Jelin, 2012; Geldstein, 1994; Jelin, 2010; Paz, 2001; Sautu, 1991; Wainerman, 2007). Por último, los cambios en las relaciones de género han atravesado transversalmente estos procesos. Una expresión de aquellos es el aumento de la tasa de actividad femenina y la consecuente mayor presencia de las mujeres en la estructura del empleo total (Águila y Kennedy, 2015; Beccaria, Maurizio y Vázquez, 2017; Binstock y Cerruti, 2016; Cerrutti, 2000; Sautu, 1991; Wainerman, 2007)[3].

Durante la etapa de ajuste estructural en la Argentina (1991-2001), los hogares enfrentaron dificultades para aumentar o incluso mantener su número de ocupados (Beccaria y Groisman, 2005; Salvia, 2012). La tasa de actividad creció más rápidamente que la capacidad de la economía de generar empleos, se incrementaron los puestos de trabajo a tiempo parcial y aumentó el desempleo de los jefes de hogar. Esto se tradujo en una mayor dificultad para responder al ajuste estructural por medio de un incremento significativo en el número de ocupados[4].

Como describimos en el capítulo I, el modelo posconvertibilidad fue dinámico en materia de absorción de fuerza de trabajo. Durante la fase de crecimiento posdevaluación (2003-2008), la tasa de empleo se incrementó y se redujo el desempleo. A partir de entonces (2008-2014), ambas tasas se mantuvieron estables, aunque hacia el final del período se verificó un incremento de la desocupación como resultado del estancamiento económico[5].

Cuadro 4.1. Indicadores generales de la participación laboral de los hogares. Hogares con PSH activo, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en números promedio por hogar).

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Notas: (a) Pruebas t para muestras independientes: ***p-value < 0,01 / ** p-value < 0,05 / * p-value <0,1 / (b) Excluye ocupados en planes de empleo / (c) Cociente entre número de miembros y número de ocupados / (d) Promedio de horas durante la semana de referencia / (e) Cociente entre la cantidad de horas disponibles para participar en el mercado de trabajo de los miembros de 18 a 64 años (se estima, para cada uno de ellos, una jornada laboral de 40 hs. semanales) y las horas totales efectivamente trabajadas en ocupaciones remuneradas (se excluyen planes de empleo).

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

El Cuadro 4.1 aborda diferentes indicadores de la participación laboral de los hogares[6]. Entre el 2003 y el 2008 aumentó el número promedio de ocupados por hogar y se redujo la “tasa de dependencia económica”, es decir, la relación entre el número de consumidores (o integrantes) y el número de proveedores laborales. Como se observa en el Gráfico 4.1, estas modificaciones condujeron al incremento de la proporción de hogares que disponían de dos o más ocupados (43% a 52,3%) y a la correlativa retracción de los que sólo disponían de un integrante en el mercado de trabajo (50,4% a 45,9%). Tales resultados indican que los hogares movilizaron trabajadores adicionales, lo que, como indicamos, reconoce determinantes demográficos, económicos y de género. A su vez, el Gráfico 4.2 indica que la tasa de ocupación se incrementó entre la fuerza laboral secundaria, en particular, entre varones y mujeres jóvenes (7,3 y 7,7 pp.) y entre mujeres adultas (10,6 pp.). Finalmente, además de incrementarse el número de ocupados, éstos aumentaron de forma leve su promedio de horas trabajadas (Cuadro 4.1). En suma, durante la fase de crecimiento posdevaluación advertimos una intensificación de la “utilización económica”[7] (es decir, en el mercado) de la fuerza de trabajo disponible en los hogares: hacia el 2008, casi tres cuartas partes del tiempo disponible (74,4%) eran efectivamente utilizadas en el mercado laboral.

Gráfico 4.1. Distribución de hogares según número de ocupados(a). Hogares con PSH activo, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes).

Nota: (a) excluye ocupados en planes de empleo.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

A partir del 2008, todos los procesos descriptos se estabilizaron. El número promedio de ocupados por hogar presentó oscilaciones, pero se mantuvo en torno al nivel alcanzado previamente, con una leve reducción a partir del 2009 atribuible a la reducción del tamaño de los hogares (Cuadro 4.1).

Como se exhibe en el Gráfico 4.1, este proceso también se plasmó en la retracción del porcentaje de hogares que tenían dos o más ocupados (que pasó de 52,3% a 49,3% entre el 2008 el 2014). Las tasas de empleo de la fuerza de trabajo secundaria también se estabilizaron, e incluso se retrajeron entre los más jóvenes, lo que puede originarse en la extensión de los años de estudio (Gráfico 4.2)[8]. Incluso constatamos una leve retracción en el promedio de horas trabajadas, tanto por ocupados jefes como por el resto de los miembros; de allí la leve reducción del “uso económico” de la fuerza de trabajo disponible. En conjunto, la dinámica observada sugiere que, a partir de la segunda fase de la posconvertibilidad, se consolidó una pauta de participación laboral surgida durante la primera fase[9].

Gráfico 4.2. Tasas de empleo(a) de fuerza de trabajo secundaria(b) según grupo de edad y sexo. Hogares con PSH activo, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes de población).

Notas: (a) excluye ocupados en planes de empleo / (b) Son aquellos integrantes del hogar que no son el principal sostén del hogar.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

Para concluir esta caracterización, cabe preguntarse por la incidencia que mantuvieron los ingresos provenientes del mercado de trabajo sobre el ingreso total familiar. Al respecto, el Cuadro 4.2 indica que, a lo largo del ciclo de políticas heterodoxas (2003-2014), tales ingresos representaron casi el 90% del total del ingreso familiar. El resto de las fuentes consideradas (ingresos de políticas sociales y otros ingresos no laborales) mantuvieron una participación significativamente menor[10].

Los resultados presentados en esta sección permiten destacar dos cuestiones claves para el análisis posterior. En primer lugar, durante la posconvertibilidad se incrementó la capacidad de los hogares de disponer de fuerza de trabajo ocupada. Advertimos que este proceso se concentró en el período 2003-2008, en tanto que entre el 2008 y el 2014 se consolidó el patrón constituido en la fase precedente. En segundo lugar, los hogares continuaron siendo altamente dependientes del mercado de trabajo en relación con la generación de ingresos. De allí que los procesos distributivos de origen laboral se revelen cruciales para comprender la evolución de las capacidades de subsistencia económica de las unidades domésticas.

Cuadro 4.2. Composición del ingreso total familiar. Hogares con PSH activo, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes).

CUADROS-FALTANTES2-1_c

Notas: (a) Pruebas t para muestras independientes: ***p-value < 0,01 / ** p-value < 0,05 / * p-value <0,1.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

4.2. Heterogeneidad estructural, inserción sectorial económico-ocupacional y segmentos del mercado laboral

De acuerdo con la perspectiva conceptual desarrollada, cabe esperar que las condiciones de heterogeneidad estructural segmenten la demanda de fuerza de trabajo, lo que repercutiría en las capacidades de reproducción económica de las unidades domésticas a las que pertenecen los trabajadores. Desde este enfoque, la demanda de empleo presentaría distintas modalidades: 1) la demanda de los sectores modernos y concentrados; 2) la demanda del sector moderno intermedio o “cuasi formal”; 3) y una demanda residual que queda determinada por la magnitud de la población empleada en el sector microinformal (Salvia, 2012: 210). El tamaño de este último es “residual”: resulta de restar a la oferta laboral que generan los hogares la magnitud de la demanda de los sectores concentrados e intermedios[11].

Para caracterizar las posiciones económico-ocupacionales a las que accedieron los hogares a través de sus miembros, recuperamos la tipología de inserciones presentada en el capítulo III, que recoge nuestro marco conceptual y tiene significado teórico en el contexto de la tesis de la heterogeneidad estructural. Reponemos el abordaje clásico formulado por el Programa Regional de Empleo para América Latina (PREALC, 1978) en relación con la inserción sectorial económico-ocupacional de la fuerza de trabajo[12]. Consideramos como elemento decisivo el nivel de productividad de las unidades económicas en las que los ocupados se desempeñan; de allí la distinción entre un sector formal, tanto público como privado, y otro microinformal de baja productividad. En la tipología también incluimos aquellos rasgos de las inserciones laborales de los asalariados que remiten a la “segmentación” del mercado para dar cuenta de empleos “secundarios”, no regulados o precarios (Doeringer y Piore, 1970; Fernández Huerga, 2010; Gordon, Edwards y Reich, 1986 [1982]; Neffa, 2008; Solimano, 1988).

A lo largo de este libro definimos la inserción del hogar en la estructura económico-ocupacional a partir de la posición de su principal sostén. Sin embargo, en este apartado retomamos la sugerencia de Torrado (2006 [1982]: 22) de considerar la especificidad de aquellos hogares en los que hay miembros con posiciones ocupacionales diferentes a las del PSH, lo cual ocasiona situaciones “híbridas” o “mixtas”[13].

La hipótesis de trabajo que abordamos en esta sección plantea que, si bien cabría esperar un proceso de recomposición del acceso de los hogares a posiciones laborales en los sectores más dinámicos de la estructura económico-ocupacional (mediante su fuerza de trabajo activa), habría estado limitado a los primeros años del ciclo de políticas heterodoxas (2003-2008), mientras que los hogares se habrían enfrentado a una estructura más rígida durante la segunda fase el período (2008-2014). Estos comportamientos expresarían algunos de los obstáculos estructurales del régimen de acumulación argentino, relacionados con su patrón de especialización productiva y la dualidad estructural. Por consiguiente, a manera de balance del período, una parte de los hogares sólo habría conseguido acceder a ocupaciones en el sector informal o abiertamente marginales, con independencia de su mayor o menor capacidad de combinar posiciones laborales.

Esta hipótesis es abordada a lo largo de tres apartados. En el primero exploramos los cambios en la inserción económico-ocupacional de los hogares a partir de la posición del principal proveedor. En el segundo incorporamos al análisis las posiciones ocupadas por los trabajadores secundarios; de este modo, evaluamos los niveles de “homogeneidad” interna (en términos socio-ocupacionales) de las unidades domésticas. En el tercer apartado abordamos los alcances de la informalidad de subsistencia o marginalidad económica.

4.2.1. Posición económico-ocupacional de los hogares: una evaluación a partir de la inserción del principal sostén del hogar

El estudio del acceso de los hogares a distintas posiciones económico-ocupacionales a través de su PSH nos brinda una primera aproximación a su vínculo con la heterogeneidad estructural y la distribución primaria del ingreso. En este sentido, de acuerdo con la hipótesis planteada, deberíamos observar que, más allá de un proceso de recomposición inicial, los hogares habrían enfrentado límites a la participación en los sectores más dinámicos de la estructura ocupacional a través de su principal sostén.

Durante el ciclo de políticas heterodoxas (2003-2014) constatamos una expansión del volumen de demanda de empleo que tuvo entre sus efectos más ostensibles la retracción de la proporción de hogares encabezados por un desocupado o un beneficiario de un programa de empleo (que pasaron de 9,1% a 2,6%)[14] (Cuadro 4.3). Este proceso de absorción se desarrolló en la dirección sugerida por nuestra hipótesis. La reactivación de actividades vinculadas con el mercado interno favoreció la participación de los hogares en unidades productivas del sector formal privado a través de su PSH (se incrementó de 39,2% a 46,2%). Al evaluar las fuentes que explican tal incremento, advertimos el mayor crecimiento de la participación de hogares encabezados por asalariados registrados y, en particular, de los que pertenecían a empresas medianas y grandes. También aumentaron las posiciones en el sector público (de 15% a 18,2%)[15]. En contraste, fue menos intensa la reducción de la participación en posiciones del sector microinformal: cerca de una de cada tres unidades domésticas permanecieron ligadas al estrato de baja productividad a través de su PSH durante todo el período (36,7% a 33%).

Cuadro 4.3. Distribución de hogares según posición económico-ocupacional del PSH. Hogares con PSH activo, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes).

TESIS_SÓLO-CUADROS-10_c

Notas: (a) Pruebas t para muestras independientes: ***p-value < 0,01 / ** p-value < 0,05 / * p-value <0,1 / (b) Establecimientos con más de 40 ocupados / (c) Establecimientos con más de 5 y hasta 40 ocupados / (d) Establecimientos hasta 5 ocupados.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

Ahora bien, los diferentes períodos y subperíodos identificados revelan comportamientos disímiles con respecto a la evolución de la participación laboral de las unidades domésticas. La fase de crecimiento posdevaluación (2003-2008) estuvo caracterizada por una elevada elasticidad empleo-producto (Beccaria y Maurizio, 2012). El tipo de cambio competitivo favoreció a las ramas altamente demandantes de fuerza de trabajo –en especial, de baja calificación– y la utilización de la capacidad instalada ociosa (Beccaria y Maurizio, 2012; Beccaria y Groisman, 2015; Fernández Bugna y Porta, 2008; Gasparini, Cruces y Tornarolli, 2016; Groisman, 2011; Panigo y Neffa, 2009). La confluencia de tales elementos determinó una reversión de la dinámica expulsiva que había tenido el mercado laboral desde fines de los noventa.

Durante esta etapa se concentraron las tendencias de recomposición previamente advertidas. Entre el 2003 y el 2008 se redujo la incidencia de hogares cuyo principal proveedor se encontraba desempleado o era beneficiario de un programa de empleo (de 9,1% a 2,2%). De manera simultánea, se incrementó la participación de los hogares en el sector formal privado (entre el 2003 y el 2008, se incrementó de 39,2% a 47,9%) y público (15% a 17%). Asimismo, se retrajo moderadamente la participación en posiciones del sector microinformal (36,7% a 32,9%).

La expansión del porcentaje de hogares que participaban en el sector formal privado se originó en el aumento de posiciones asalariadas (34% a 42,2%). Como destacamos en el capítulo I, una serie de políticas laborales activas propendieron a una mayor regulación del mercado laboral. En especial, se destacaron medidas dirigidas a una mayor simplificación registral y a la recomposición de la contraloría estatal orientada a reducir el fraude laboral. Coincidimos con Beccaria y Maurizio (2012) en que se trata de uno de los elementos más contrastantes con respecto a la dinámica ocupacional de los noventa. En este sentido, observamos que casi la totalidad del crecimiento de posiciones ocupacionales en el sector formal estuvo ligada a empleos registrados, tanto en establecimientos grandes (13,2% a 17,9%) como pequeños (12,1% a 15,4%).

En este período se redujo levemente la proporción de hogares que participaban en el sector microinformal a través de su principal sostén. Ello se debió tanto a una reducción de aquellos cuyo PSH era no asalariado (19,5% a 18%) como asalariado (17,2% a 14,9%). Entre los hogares cuyo PSH era no asalariado, la reducción más importante se originó entre los trabajadores por cuenta propia informales (17,5% a 15,1%), que responden a los rasgos arquetípicos del autoempleo. Podemos inferir que durante esta etapa perdieron incidencia las inserciones más directamente asociadas a la búsqueda de subsistencia y “refugio” luego de la crisis de la convertibilidad. En el caso de los hogares encabezados por asalariados del sector microinformal, se observó un comportamiento semejante al del sector formal privado: disminuyó la participación relativa de quienes tenían un empleo no registrado y se mantuvo estable la de aquellos que tenían uno registrado.

A partir de los años 2007-2008, algunos de los principales factores que potenciaron el ciclo posdevaluación comenzaron a debilitarse. El ritmo de crecimiento económico se redujo, la inflación propició una apreciación del tipo de cambio y ello derivó en la progresiva reaparición de la restricción externa. Durante este período de crisis, recuperación y estancamiento, reconocimos la intensificación de políticas macroeconómicas dirigidas a promover la demanda interna y a sostener el nivel de actividad. Superada la crisis del 2009, se registró un nuevo boom de crecimiento entre el 2010 y el 2011 que luego declinó y se convirtió en un virtual proceso de estancamiento.

Entre el 2008 y el 2011 se mantuvieron los rasgos del ciclo previo en cuanto a la participación de los hogares en la estructura social del trabajo. A partir de la información proporcionada por el Cuadro 4.3, observamos que se incrementó de forma exigua la proporción de hogares cuyo PSH disponía de un empleo registrado en establecimientos pequeños del sector formal (15,4% a 16,1%), en establecimientos del sector microinformal (3,5% a 4,1%) o como trabajadora registrada del servicio doméstico (0,6% a 0,9%). El resto de la estructura económico-ocupacional evaluada a través de la posición del principal sostén de los hogares se mantuvo inalterada con respecto al período posdevaluación.

Entre el 2011 y el 2014, las políticas económicas orientadas a sostener el nivel de actividad no habrían propiciado cambios sustantivos en la demanda sectorial de empleo, al menos con respecto a la absorción de fuerza laboral en los sectores más modernos del sistema económico. Por el contrario, la menor capacidad de absorción laboral en esta etapa se tradujo en las oportunidades a las que accedieron los hogares por medio de su PSH. De hecho, por primera vez en toda la posconvertibilidad, aumentó levemente el porcentaje de hogares cuyo PSH se encontraba desocupado o era beneficiario de un plan de empleo (2,2% a 2,6%). No obstante, éste no fue el único ni el principal rasgo de la evolución durante esta etapa. En tanto que en las fases precedentes habíamos constatado un incremento de la proporción de hogares cuyo principal proveedor se ubicaba en el sector formal privado, en esta fase de estancamiento económico se observó un comportamiento opuesto (47,7% a 46,2%). En contraste, se mantuvo inalterada la proporción de hogares con PSH en el sector microinformal (32,2% a 33%) o en el sector público (17,9% a 18,2%).

La reducción de la proporción de hogares cuyo PSH pertenecía al sector formal privado se originó en la contracción de posiciones no asalariadas (5,4% a 4,9%) y asalariadas (42,4% a 41,4%). Entre estas últimas, la retracción se debió a la menor incidencia de hogares cuyo PSH tenía un empleo registrado en establecimientos pequeños (16,1% a 15,1%). Por su parte, se incrementó levemente la proporción de hogares cuyo PSH tenía un empleo no registrado en un establecimiento del sector microinformal (6,3% a 7%). El resto de la estructura económico-ocupacional a la que accedieron las unidades domésticas se mantuvo casi inalterada. En síntesis, a lo largo de esta fase, la demanda laboral del sector formal público y privado habría perdido su capacidad de modificar la estructura de posiciones a la que accedían los hogares por medio de su principal proveedor.

El análisis presentado da cuenta de dos dinámicas superpuestas con respecto a las formas de inserción económico-ocupacional de los hogares (evaluadas a través de su PSH) durante el ciclo de políticas heterodoxas (2003-2014). Por una parte, advertimos una recuperación de la incidencia de aquellos que participaban de posiciones asalariadas en el sector formal público y privado –en especial, de aquellas registradas en la seguridad social–. Ello fue concomitante con la no menos significativa reducción de la proporción de hogares que disponían de un PSH desocupado y con una exigua retracción de los que participaban en el sector microinformal. Por otra parte, un rasgo significativo que emerge del análisis presentado es que, luego de aquella recomposición derivada del cambio de régimen macroeconómico, las transformaciones en la estructura económico-ocupacional se desaceleraron. En este punto, se mantuvo la prevalencia de una demanda laboral dual vinculada a la persistencia de la heterogeneidad estructural.

4.2.2. Inserción laboral de los trabajadores secundarios y configuración de situaciones “mixtas”

Dado que el eje de nuestra indagación son los hogares, cabe complementar el análisis precedente con la caracterización de las formas de inserción económico-ocupacional de otros miembros del hogar. Este examen nos brindará elementos para comprender mejor de qué manera la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional y los procesos de segmentación laboral se tradujeron en las unidades domésticas.

Como señalamos, uno de los rasgos del ciclo de políticas heterodoxas fue la expansión de la demanda de empleo y de las chances que tuvieron los hogares de incorporar fuerza de trabajo en el mercado laboral. Al respecto, constatamos una mayor presencia de unidades domésticas con trabajadores secundarios. Por ello, a continuación, analizamos en qué medida los hogares combinaron posiciones económico-ocupacionales. Por consiguiente, el apartado busca evaluar el grado de “homogeneidad” socio-ocupacional de los hogares; en particular, procuramos indagar la capacidad que tuvieron aquellos hogares cuyo PSH se insertaba en el sector microinformal de participar del sector formal público o privado mediante ocupados secundarios.

La posibilidad de que en los hogares se combinen inserciones ocupacionales ha sido reconocida como un aspecto relevante por diferentes perspectivas conceptuales. Desde los estudios del mercado de trabajo, se relaciona dicha posibilidad con el carácter “voluntario” del empleo informal (Maloney, 2004; Perry et al., 2007). Se argumenta que la informalidad ofrece “flexibilidad” a trabajadores secundarios de hogares que ya disponen de un ocupado en el sector formal o en un empleo registrado[16]. Desde los estudios de estratificación social también se apunta a la combinación de posiciones de clase. En el caso argentino, algunos investigadores destacan la combinación de ocupaciones en el seno de los hogares y, con base en ello, descartan o relativizan la existencia de una fracción “informal” de la clase trabajadora (Dalle et al., 2015; Elbert, 2015).

Desde el enfoque analítico sostenido en esta investigación, los procesos estructurales ligados a la demanda laboral serían dominantes en la capacidad de acceder a empleos en los distintos sectores económico-ocupacionales. Por consiguiente, cabe suponer que, si bien es posible reconocer la posibilidad de que en el seno de las unidades domésticas se combinen posiciones económico-ocupacionales, una parte de éstas habría permanecido ligada exclusivamente a posiciones en el sector microinformal o en situación de desempleo (incluyendo aquí a beneficiarios de planes de empleo).

Aquí retomamos la centralidad de las “inserciones mixtas” de los hogares a través del estudio de las diferentes posiciones a las que accedieron. Con este propósito, recuperamos la tipología de inserciones –presentada en el capítulo III– que considera de modo simultáneo al principal proveedor y a los ocupados secundarios[17]. Al respecto, cabe subrayar que esta tipología otorga centralidad a la inserción laboral en diferentes sectores económico-ocupacionales (formal privado, público y microinformal); por tanto, nos referiremos a los “tipos de inserción sectorial económico-ocupacional” de los hogares a través del conjunto de su fuerza de trabajo activa (lo que incluye a ocupados y desocupados). En este sentido, no informa sobre la calidad de los empleos a los que acceden, aspecto que remite –según el enfoque teórico adoptado– al segmento del mercado en el que participa la fuerza de trabajo asalariada de los hogares.

Figura 4.1. Tipos de inserción sectorial económico-ocupacional del hogar (considerando al conjunto de su fuerza de trabajo activa).

TESIS_SÓLO-CUADROS-11_c

Nota: (a) Incluye desocupados y beneficiarios de planes de empleo.

Fuente: elaboración propia.

Reconocemos cuatro tipos de inserción sectorial económico-ocupacional. Al primer tipo pertenecen aquellos hogares cuyos miembros son todos no asalariados del sector formal privado o asalariados del sector formal público o privado. No incluimos aquí a aquellos hogares que tienen algún miembro desocupado o que es beneficiario de un programa de empleo. El segundo tipo abarca a los hogares cuyo PSH pertenece al sector formal y que cuentan con otros ocupados en el sector microinformal, en situación de desempleo o que son beneficiarios de un programa de empleo. El tercer tipo está integrado por los hogares cuyo PSH pertenece al sector microinformal, es desocupado o beneficiario de un programa de empleo y tienen otros ocupados secundarios en el sector formal (público o privado). Por último, el cuarto tipo involucra a aquellos hogares cuyos integrantes se ubican únicamente en el sector microinformal, son desempleados o beneficiarios de un programa de empleo. En síntesis, tal como se exhibe en la Figura 4.1, el primer y el cuarto grupo son “homogéneos” desde el punto de vista de su inserción sectorial económico-ocupacional, mientras que los dos restantes son “mixtos”.

En el Cuadro 4.4 se presentan los resultados que dan cuenta de las distintas formas de inserción sectorial económico-ocupacional de los hogares bajo el ciclo de políticas heterodoxas posconvertibilidad (2003-2014), cuando se consideran de forma simultánea las posiciones de toda la fuerza de trabajo activa. Durante este período, se expandió la proporción de hogares que participaban del sector formal público y privado a través de todos sus miembros (35,3% a 46,9%). En cuanto a las posiciones “mixtas”, cabe resaltar la estabilidad de tales modalidades de inserción (25,2% a 24,2%). Entre éstas, resultan más frecuentes las caracterizadas por la presencia del PSH en el sector formal público o privado y otros trabajadores secundarios en el sector microinformal (19% y 18% entre puntas del período), que aquellas en las que el PSH pertenece al sector microinformal y hay otros ocupados en el sector formal público o privado (6,2% en el 2003 y en el 2014). Por último, observamos la retracción de la proporción de hogares que sólo participaban en el sector microinformal y/o que sólo disponían de fuerza de trabajo desempleada o beneficiaria de programas de empleo (39,5% a 29,4%).

Cuadro 4.4. Distribución de hogares según tipo de inserción sectorial económico-ocupacional. Hogares con PSH activo, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes).

TESIS_SÓLO-CUADROS-12_c

Notas: (a) Pruebas t para muestras independientes: ***p-value < 0,01 / ** p-value < 0,05 / * p-value <0,1 / (b) Incluye desocupados y beneficiarios de planes de empleo.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

La mayor parte de estas modificaciones se registraron durante la fase de crecimiento posdevaluación (2003-2008). En esta etapa creció el porcentaje de hogares que participaban únicamente del sector formal a través de todos sus miembros (35,3% a 45,9%) y se mantuvieron estables las posiciones “mixtas” (25,2% a 25,8%). A su vez, durante estos años se retrajo la proporción de hogares que sólo participaban en el sector microinformal o que sólo disponían de fuerza de trabajo desempleada o beneficiaria de programas de empleo (39,5% a 28,3%), lo que puede asociarse principalmente a lo ocurrido con la fuerte injerencia del PJJHD a comienzos del ciclo.

En contraste, durante la etapa de crisis, recuperación y estancamiento (2008-2014), los procesos descriptos se estabilizaron y las modificaciones se hicieron menos ostensibles. Al respecto, podemos diferenciar dos momentos. Entre el 2008 y el 2011 volvió a aumentar –aunque a un ritmo más débil que en la fase previa– el porcentaje de hogares que participaban exclusivamente del sector formal (45,9% a 47,3%)[18]. En contrapartida, se redujo levemente la incidencia de los hogares con posiciones “mixtas” (25,8% a 24,6%) y se mantuvo inalterada la proporción de aquellos que participaban exclusivamente en el sector microinformal (28,3% a 28,1%).

En los años finales del ciclo (2011-2014), en cambio, advertimos un comportamiento distinto. Por una parte, se mantuvo estable tanto la incidencia de aquellos hogares que tenían a todos sus miembros en el sector formal público y privado como de aquellos con inserciones mixtas. Por otra parte, aumentó la incidencia de hogares cuyos miembros participaban exclusivamente del sector microinformal, en programas de empleo o en situaciones de desempleo (28,1% a 29,4%).

En síntesis, resulta evidente que el cambio de reglas macroeconómicas durante la posconvertibilidad propició transformaciones en las formas de inserción sectorial económico-ocupacional, al considerar al conjunto de la fuerza de trabajo activa de la que disponían los hogares. La principal expresión de tales cambios fue el incremento de la proporción de unidades domésticas que se insertaban exclusivamente del sector formal público o privado a través de todos sus integrantes. Ahora bien, en línea con la tesis teórica planteada, advertimos también una persistente fragmentación de las modalidades de tales modalidades de inserción sectorial económico-ocupacional: alrededor de un tercio de los hogares participaban, exclusivamente, del sector microinformal (aun considerando al conjunto de su fuerza de trabajo activa). Por añadidura, este patrón no se alteró de manera significativa luego del 2008, cuando el modelo económico empezó a enfrentar diversas restricciones.

El análisis de las formas de inserción sectorial económico-ocupacional realizado hasta aquí no nos brinda información acerca de la calidad de los puestos laborales a los que accedieron los hogares mediante sus miembros ocupados. Si bien anteriormente llevamos adelante tal análisis a partir de la posición ocupacional del PSH, no conocemos aún en qué medida las unidades domésticas accedieron a posiciones laborales en distintos segmentos del mercado de trabajo.

De esta manera, nos aproximamos a una dimensión relevante del análisis de la estructura social del trabajo. En efecto, si bien puede abordarse desde distintos enfoques, la teoría de la segmentación del mercado laboral describe un proceso de heterogeneización del colectivo de asalariados (Doeringer y Piore, 1970; Fernández Huerga, 2010; Gordon, Edwards y Reich, 1986 [1982]). Al remitir a la constelación doméstica a la que tales trabajadores pertenecen, el análisis de la segmentación se enriquece, puesto que se consideran las condiciones en las que se reproduce la fuerza de trabajo.

Aquí describimos las posibilidades de acceso que, al nivel de los hogares, se registraron con respecto a los empleos en el segmento primario (es decir, a puestos registrados en la seguridad social) a través de sus diferentes integrantes[19]. Cabe subrayar que la información fue construida para aquellos hogares con PSH activo que dispusieran de al menos un trabajador asalariado. Como se advierte en la última fila del Cuadro 4.5, durante la posconvertibilidad tales hogares representaban alrededor de 8 de cada 10 unidades domésticas con PSH activo.

Si bien entre puntas del período (2003-2014), se incrementó la proporción de hogares con asalariados que disponían de al menos un ocupado en el segmento primario del empleo (65,9% a 76,8%), el comportamiento de los distintos subperiodos revela pautas diferenciadas. Los cambios advertidos se concentraron en la fase de crecimiento posdevaluación (2003-2008): la proporción de hogares con al menos un ocupado registrado creció de 65,9% a 74,2%. Entre el 2008 y el 2011 volvió a incrementarse la proporción de hogares que tenían al menos un trabajador registrado (74,2% a 76%); en contraste, a partir del 2011, los cambios no resultaron significativos.

De esta manera, durante la posconvertibilidad creció la proporción de hogares que disponían de al menos un trabajador asalariado registrado. No obstante, alrededor de una de cada cuatro unidades domésticas con asalariados no tenían ningún ocupado en el segmento primario del mercado laboral. De igual modo que en el caso de la distribución sectorial económico-ocupacional, este patrón se mantuvo prácticamente inalterado a partir del 2008.

Cuadro 4.5. Acceso a empleos en el segmento primario del mercado laboral según tipo de inserción sectorial económico-ocupacional del hogar. Hogares con PSH activo y al menos un asalariado, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes).

TESIS_SÓLO-CUADROS-13_c

Notas: (a) Pruebas t para muestras independientes: ***p-value < 0,01 / **p-value < 0,05 / *p-value <0,1 / (b) Porcentaje de hogares con al menos un asalariado sobre el total de hogares con PSH activo.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

Un aspecto significativo remite a la desigual capacidad de acceder a empleos en el segmento primario del mercado laboral según la posición sectorial económico-ocupacional del hogar. En este punto, verificamos una pauta de desigualdad consistente a lo largo del ciclo de políticas heterodoxas. Por una parte, entre aquellos hogares que pertenecían al sector formal público o privado a través de todos sus integrantes y entre los que tenían inserciones mixtas, lo más frecuente fue disponer de al menos un empleo registrado. Por otra parte, entre los hogares que pertenecían al sector microinformal a través del conjunto de su fuerza de trabajo activa, la pauta era la inversa: lo más habitual fue no acceder a empleos en el segmento regulado del mercado de trabajo[20]. Ello revela –desde una perspectiva centrada en los hogares– la estrecha correlación que mantuvieron los procesos de heterogeneidad estructural y segmentación laboral, y sus consecuencias en términos de articulación de desigualdades ocupacionales.

Los datos presentados en este apartado sugieren que la combinación de inserciones sectoriales económico-ocupacionales en los hogares (es decir, posiciones en distintos sectores económico-ocupacionales a través de su fuerza de trabajo activa) habrían sido limitadas y que la segmentación advertida mediante el examen de la posición del principal proveedor se habría mantenido aun considerando al conjunto de los integrantes de las unidades domésticas. Según la información proporcionada, la “estrategia” de combinar formas de inserción no habría sido exitosa o no habría estado al alcance de una parte significativa de los hogares. Estos resultados no acompañarían, al menos para una parte significativa de los hogares urbanos, el argumento acerca del carácter “voluntario” de las inserciones en el sector microinformal. En este sentido, se habría verificado una suerte de “efecto Mateo”[21] en la distribución de oportunidades laborales: los hogares que tenían fuerza de trabajo ubicada en las mejores posiciones de la estructura social del trabajo (ya sea en el sector formal público y privado u otros empleos registrados) habrían dispuesto de ocupaciones homólogas para sus trabajadores secundarios; un proceso contrario se habría constatado entre los hogares que disponían de ocupaciones en el estrato más bajo de la estructura laboral.

Tres elementos harían inteligible la dinámica observada. En primer lugar, los procesos de selección utilizados por las empresas suelen apelar a redes sociales de los propios trabajadores, lo cual opera en los hechos como un mecanismo de “homogamia” laboral (Groisman, 2011; Sconfienza, 2016). En segundo lugar, en el funcionamiento del sector informal es frecuente el solapamiento de unidades domésticas y económicas, lo que explicaría la participación de fuerza de trabajo familiar en una misma unidad productiva (Tokman, 2000). Por último, las características de la marginalidad económica y la intensificación de los procesos de segregación residencial en los años recientes operarían en el mismo sentido (Salvia, 2016)[22].

El estudio de las formas de inserción sectorial económico-ocupacional de los hogares mediante el conjunto de su fuerza de trabajo activa complementa los resultados alcanzados previamente, cuando consideramos la posición económico-ocupacional del PSH. Los datos refuerzan la imagen de una dinámica laboral “dual”. Por una parte, verificamos una expansión de la participación de hogares exclusivamente en el sector formal público y privado. Por otra parte, advertimos que casi un tercio (29,4%) de los hogares participaban exclusivamente del sector microinformal (o en situación de desempleo y/o en un programa de empleo) a través de sus integrantes activos. Además, entre estos últimos había una singular propensión a disponer de empleos en el segmento secundario del mercado de trabajo, sin acceder a otro tipo de ocupaciones.

4.2.3. Excedentes de fuerza de trabajo e informalidad de subsistencia

En el capítulo II destacamos la estrecha relación existente entre la heterogeneidad estructural y las características de la demanda laboral. Desde este enfoque teórico, un rasgo crucial de los sistemas económicos atravesados por un patrón de heterogeneidad estructural es que los sectores más concentrados no ocupan al conjunto de la fuerza de trabajo disponible, lo que origina actividades de baja o nula productividad en respuesta a la demanda insuficiente. En los sesenta, la reflexión sobre la marginalidad en clave marxista se orientó a explicar la existencia de una porción de fuerza de trabajo que resultaba excedente para el funcionamiento del capitalismo en América Latina (2003 [1969], 1999; Nun et al., 1968). En el marxismo clásico, la población supernumeraria fungía como “ejército industrial de reserva”, pero el enfoque de la “marginalidad económica” planteó el carácter desmedido de este excedente. Para estos teóricos, existía un excedente estructural de fuerza de trabajo que no sólo no era absorbido por el desarrollo capitalista, sino que tampoco cumplía el papel de abaratar los salarios en el sector más dinámico del sistema económico (Nun, 2003 [1969]).

El enfoque de la marginalidad económica se entronca con la perspectiva de la heterogeneidad estructural y la dinámica del desarrollo desigual (Salvia, 2012). Los sectores económicos más concentrados (hoy globalizados o integrados a las cadenas internacionales de valor) tienen una capacidad limitada de absorber fuerza de trabajo, lo cual origina un excedente estructural de fuerza laboral. Una parte significativa de ese excedente es ocupado por sectores económicos competitivos, pequeños capitales industriales o comerciales que, a su vez, dejan en condición de excedente a otra porción de la fuerza de trabajo.

En su revisión conceptual del planteo de la “masa marginal”, Nun (2003 [1999]) señala dos modos diferentes de entenderla. En un “sentido simple”, incluye a todos los trabajadores que no son ocupados por el capital más concentrado. En un “sentido complejo”, se toma en cuenta la funcionalidad que tiene la fuerza de trabajo ocupada en otros circuitos de acumulación que no son monopólicos (Nun, 2003 [1999])[23]. Según este último sentido (más restringido), la fuerza de trabajo en condiciones de marginalidad se ubicaría en las posiciones más bajas de la estructura ocupacional. Es esta segunda aproximación la que retomamos en esta investigación.

Nos aproximamos a la definición “restringida” de la marginalidad a partir del concepto de “informalidad de subsistencia” (Comas, 2012). Siguiendo a Pérez-Sáinz, entendemos a estas posiciones como un “… tipo de actividades [que] representa –ante todo– un medio de supervivencia; y, en este sentido, informalidad aparece como sinónimo de economía de la pobreza” (1995: 38)[24]. Además, incluimos dentro de la definición operativa de marginalidad a otras expresiones de fuerza de trabajo abiertamente excedente, como el desempleo de larga duración y los beneficiarios de programas sociales de empleo (Maceira, 2016; Poy, 2017b; Salvia, 2012). Recordemos que, en términos operativos, consideramos en situación de marginalidad económica a tres modalidades de inserción (véase la tipología detallada en el capítulo III). En primer lugar, a los “desocupados marginales”, es decir, de larga duración o de corta duración pero con muy bajo nivel educativo. En segundo lugar, a los “beneficiarios de planes de empleo”, que declaran que su ocupación principal es un plan de empleo. En tercer lugar, los “ocupados de subsistencia”, asalariados no registrados o no asalariados del sector microinformal en actividades de muy baja remuneración.

Investigaciones anteriores realizadas desde esta perspectiva teórico-metodológica señalaron una intensa expansión de la marginalidad económica durante los noventa (Comas, 2012; Poy, 2017b; Salvia, 2012; Salvia, Vera y Poy, 2015). Al respecto, cabe formular como hipótesis de trabajo que durante el período de recuperación posdevaluación (2003-2008) se habría verificado una retracción de las posiciones de marginalidad económica. Sin embargo, durante la fase de crisis, recuperación y estancamiento (2008-2014) deberíamos observar una persistencia de este tipo de posiciones. En síntesis, deberíamos observar que una parte de los hogares habría quedado ligada, durante el conjunto del período, a la marginalidad económica, tanto a través de su principal proveedor como de su fuerza de trabajo secundaria.

En el Cuadro 4.6 evaluamos la distribución de hogares encabezados por un trabajador en condiciones de marginalidad económica. Durante el ciclo de políticas heterodoxas (2003-2014), la proporción de hogares encabezados por un PSH en tales posiciones se retrajo de 16,3% a 8,3%. En este sentido, el crecimiento posdevaluación resultó efectivo en la reducción de las expresiones más abiertas de informalidad de subsistencia: entre el 2003 y el 2008, la proporción de hogares cuyo PSH estaba inserto en posiciones marginales se redujo de 16,3% a 7,1%. Con posterioridad, entre el 2008 y el 2014 no se advirtieron cambios significativos; incluso, entre el 2011 y el 2014 –es decir, en un contexto macroeconómico más adverso– se verificó un incremento de la proporción de hogares cuyo PSH tenía una inserción marginal (7,1% a 8,3%).

Cuadro 4.6. Distribución de hogares según presencia de marginalidad económica del PSH. Hogares con PSH activo, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes).

TESIS_SÓLO-CUADROS-14_c

Notas: (a) Pruebas t para muestras independientes: ***p-value < 0,01 / ** p-value < 0,05 / * p-value <0,1.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

Cabe señalar una alteración de la participación relativa de los distintos grupos de hogares cuyo PSH se encontraba en situación de marginalidad económica. En particular, entre el 2003 y el 2014 se redujo la proporción de aquellos cuyo PSH era perceptor de un plan de empleo (4,8% a 0,7%), mientras que fue menos intensa la reducción de la participación de aquellos encabezados por un ocupado informal de subsistencia (10,8% a 7,3%). En otras palabras, hubo un cambio de composición de aquellos hogares encabezados por un trabajador en condiciones de marginalidad económica.

Resulta relevante complementar el análisis precedente tomando en cuenta al conjunto de la fuerza de trabajo activa de la que disponen los hogares. Así puede evaluarse el alcance de la marginalidad económica y su incidencia en las unidades domésticas. Algunas investigaciones previas (Salvia y Vera, 2012; Vera, 2013) constataron una presencia persistente del segmento marginal del empleo en la distribución individual de fuerza de trabajo[25]. ¿En qué medida se trata de ocupaciones “secundarias” de los hogares?

Para ello, en el Cuadro 4.7 presentamos información acerca de la proporción de hogares que disponían de fuerza de trabajo inserta en posiciones de marginalidad económica. Entre los hogares con fuerza de trabajo inserta en posiciones marginales, distinguimos, a su vez, tres situaciones diferentes: (a) hogares cuyo PSH es marginal y tienen ocupados secundarios también insertos en posiciones marginales; (b) hogares cuyo PSH es marginal y tienen fuerza de trabajo que no comparte tal inserción; (c) hogares cuyo PSH no se encuentra inserto en una posición de marginalidad económica pero que en los que existe fuerza de trabajo secundaria inserta en posiciones marginales.

Cuadro 4.7. Distribución de hogares según presencia de fuerza de trabajo en situación de marginalidad económica. Hogares con PSH activo, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes).

TESIS_SÓLO-CUADROS-15_c

Notas: (a) Pruebas t para muestras independientes: ***p-value < 0,01 / ** p-value < 0,05 / * p-value <0,1.

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

Al inicio de la posconvertibilidad, casi tres de cada diez unidades domésticas contaban con fuerza de trabajo en situación de marginalidad económica. Dos factores explican la magnitud del fenómeno. Por un lado, la necesidad de dar respuestas “de emergencia” a la crisis implicó la expansión de actividades de subsistencia; a su vez, debemos recordar que el PJJHD alcanzó dos millones de beneficiarios. Por otro lado, la devaluación implicó una brusca retracción de ingresos. Ello provocó que las remuneraciones de muchas ocupaciones cayeran por debajo de los umbrales mínimos. A lo largo de la posconvertibilidad, se verificó una retracción de los hogares con algún miembro en situación de marginalidad, en sintonía con la pauta ya observada a nivel del principal proveedor: la incidencia pasó de 34,7% a 19,9% entre el 2003 y el 2008, volvió a decrecer hasta 19,1% en 2011, y ascendió a 21% en 2014. Ahora bien, aun cuando se advirtió una retracción de las posiciones marginales entre los hogares, uno de cada cinco hogares disponía de fuerza laboral inserta en tales condiciones luego de una década de crecimiento heterodoxo y activas políticas laborales.

La información construida muestra una pauta consistente: algo más de la mitad de los hogares con fuerza de trabajo en situación de marginalidad disponía de ese tipo de ocupaciones exclusivamente por medio de ocupados secundarios. Este resultado sugiere que una parte significativa del empleo marginal observado en la estructura de la fuerza de trabajo individual (Comas, 2012; Salvia, Vera y Poy, 2015; Salvia, 2016; Vera, 2013) corresponde a ocupaciones secundarias de los hogares. Se trataría de ocupaciones de muy baja productividad e ingresos que despliegan los trabajadores “adicionales” como estrategia de generación o complementación de ingresos para atender las necesidades de reproducción de las unidades domésticas. Podríamos suponer que parte de estas actividades son “contracíclicas”, de allí el comportamiento observado.

Si relacionamos la tipología de inserción sectorial económico-ocupacional de los hogares (que evalúa la inserción sectorial del hogar a partir de la consideración simultánea del conjunto de su fuerza de trabajo activa) con la presencia de fuerza de trabajo en situación de marginalidad económica, podemos dimensionar la presencia de unidades domésticas que se encuentran en posiciones muy vulnerables con respecto a su inserción en el mercado de trabajo. El Cuadro 4.8 permite examinar esta articulación. Como ya destacamos, se mantuvieron relativamente constantes las formas “mixtas” de inserción, es decir, la proporción de hogares cuyo PSH se encontraba en el sector formal y había otros ocupados en el sector informal, o a la inversa. En estos casos, alrededor de la mitad tenía fuerza de trabajo adicional en condiciones de marginalidad económica.

Interesa especialmente un grupo de hogares que son vulnerables desde el punto de vista de su participación socioeconómica: aquellos en los que la totalidad de sus miembros pertenecían al sector microinformal y, además, disponían de fuerza de trabajo en condiciones de marginalidad económica. El Cuadro 4.8 indica que, en el 2003, 21,6% de los hogares tenían todos sus miembros en el sector microinformal y, además, fuerza de trabajo en situación de marginalidad económica. Tras los años de reactivación posdevaluación, hacia el 2008, su incidencia se redujo a 10,1%. Desde entonces, se mantuvo relativamente estable: 9,3% en el 2011 y 10,5% en el 2014. En otras palabras, alrededor de una de cada diez unidades domésticas se encontraba en esta situación, sin transformaciones significativas desde mediados de la posconvertibilidad.

Cuadro 4.8. Presencia de fuerza de trabajo en situación de marginalidad económica según tipo de inserción económico-ocupacional del hogar. Hogares con PSH activo, total de aglomerados urbanos, Argentina, 2003-2014 (en porcentajes).

TESIS_SÓLO-CUADROS-16_c

Notas: (a) Pruebas t para muestras independientes: ***p-value < 0,01 / ** p-value < 0,05 / * p-value <0,1 / (b) Incluye desocupados y beneficiarios de programas de empleo

Fuente: elaboración propia a partir de microdatos de la EPH-INDEC correspondientes al cuarto trimestre de cada año.

4.3. Síntesis y conclusiones del capítulo

El eje de nuestra investigación son las modalidades de reproducción económica de las unidades domésticas. Desde la perspectiva conceptual desarrollada, las características estructurales del régimen de acumulación son un aspecto crucial de este proceso. Para la amplia mayoría de los hogares, estas características se traducen sobre las condiciones de vida principalmente a través de la inserción de la fuerza de trabajo de la que disponen en determinadas posiciones laborales. De allí que en este capítulo nos hayamos concentrado en las formas de inserción de los integrantes de las unidades domésticas en la estructura económico-ocupacional.

Señalamos que durante el ciclo de políticas heterodoxas aumentaron las oportunidades de los hogares de incrementar su cantidad de miembros ocupados, es decir, se incrementó la utilización económica de la fuerza de trabajo. Esto significa que la reproducción económica de las unidades domésticas pasó a depender del esfuerzo económico-reproductivo de un mayor número de miembros. A su vez, destacamos que los hogares continuaron siendo altamente dependientes de los ingresos provenientes del mercado de trabajo, de allí que el estudio de sus formas de participación resulte clave para abordar su reproducción económica.

A lo largo del capítulo examinamos la hipótesis de que la heterogeneidad estructural del sistema ocupacional configuró una dinámica laboral dual. De acuerdo con este argumento, los años de mayor crecimiento económico de la posconvertibilidad no habrían bastado para disolver este rasgo del sistema ocupacional. Aun cuando en el seno de los hogares puedan coexistir ocupados en distintos sectores económico-ocupacionales, una parte significativa de aquellos no habría accedido a empleos en el sector formal público o privado aun considerando al conjunto de su fuerza de trabajo.

Para estudiar esta hipótesis apelamos al análisis de la inserción de los hogares en la estructura social del trabajo a través de sus diferentes integrantes. Si bien desde la perspectiva de los estudios del trabajo existen investigaciones que dieron cuenta de la importancia de la heterogeneidad estructural en la distribución de la fuerza de trabajo individual (Poy, 2017a; Salvia, 2016; Salvia et al., 2008; Salvia y Vera, 2012; Vera, 2013), han sido menos atendidos los modos en que este proceso se tradujo a nivel de los hogares. En este sentido, los resultados presentados ofrecen algunas claves novedosas acerca de las maneras en que la distribución de la fuerza de trabajo individual ­se traduce en las unidades domésticas a las que los trabajadores pertenecen.

Al examinar la participación de los hogares en la estructura económico-ocupacional por medio de su PSH, describimos un proceso de “recomposición” de sus oportunidades laborales. Sin embargo, señalamos que no puede considerarse al período como un ciclo homogéneo. El tipo de crecimiento económico permitió una recuperación de la proporción de hogares que participaban del sector más dinámico a través de su principal sostén. Constatamos que las políticas activas de formalización laboral se tradujeron en un incremento de la proporción de hogares que accedían a posiciones registradas. Sin embargo, estos comportamientos sólo se mantuvieron en los períodos de alto crecimiento (2003-2008): en la fase de retracción económica (2008-2011), los hogares urbanos vieron limitadas sus posibilidades de acceder a posiciones en el sector formal y a posiciones protegidas en la seguridad social.

En este sentido, al término del período estudiado, más de un tercio (35,6%) de los hogares urbanos estaban encabezados por un PSH ocupado en el sector microinformal, desocupado o beneficiario de un programa social de empleo. Si se añaden aquellos hogares cuyo PSH tenía un empleo no registrado en el sector formal, más de cuatro de cada diez (43,3%) estaban encabezados por un trabajador en tales condiciones ocupacionales. Esta significativa incidencia del empleo en el sector de baja productividad o en posiciones vulnerables a nivel de los principales proveedores constituye uno de los modos directos a través de los cuales la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional participa de la reproducción de las unidades domésticas. Aun cuando el crecimiento económico mostró una capacidad importante para generar empleo en el sector formal, con posterioridad al 2008 hubo escasas oportunidades de mejora para las unidades domésticas.

Podemos aludir a un carácter doblemente “limitado” de la recomposición socio-ocupacional observada: en términos tanto temporales como sociales. En primer lugar, en términos temporales, fue limitada porque quedó restringida a los años más dinámicos del ciclo. El progresivo agotamiento de los pilares que impulsaron la salida de la crisis marcó los límites del cambio estructural del sistema ocupacional. Esto imprimió un ritmo más lento a la expansión de las oportunidades de empleo en el sector formal de la economía para las unidades domésticas. En segundo lugar, en términos sociales, la recomposición fue limitada porque un amplio conjunto de los hogares no pudo acceder a empleos en los sectores económico-ocupacionales más dinámicos. Tales hogares quedaron ligados a actividades en el sector microinformal.

El análisis de la existencia de posiciones económico-ocupacionales disímiles al interior de los hogares permitió complementar estos resultados, en tanto nos ayudó a examinar en qué medida las unidades domésticas lograron participar de distintos sectores económico-ocupacionales al disponer de distintos trabajadores. Los resultados alcanzados convalidaron la existencia de una dinámica dual: al término del período estudiado, alrededor de cuatro de cada diez hogares urbanos participaban exclusivamente de sectores formales e integrados, mientras que otros tres de cada diez sólo accedían a empleos en el sector microinformal. Si bien se verificaron cambios a lo largo de los años, no se alteró la pauta general que da cuenta de procesos estructurales en la dinámica ocupacional.

La insuficiente demanda de empleo en los estratos más modernos da lugar a posiciones marginales al modelo dominante de acumulación. En este sentido, en el capítulo analizamos algunas cuestiones relevantes sobre la dinámica de la marginalidad en el caso argentino. Pudimos constatar un proceso de reducción paulatina de las formas más manifiestas de marginalidad. Advertimos que entre el 2003 y el 2014, el porcentaje de hogares cuyo PSH estaba ocupado en posiciones marginales se redujo de 16,3% a 8,3%. Sin embargo, hubo procesos relevantes por detrás de estos cambios. Descendió más intensamente la proporción de hogares cuyo PSH era desocupado o beneficiario de un plan de empleo que la de hogares cuyo PSH estaba ocupado en actividades informales de subsistencia. Ello estuvo asociado al menor peso que fueron adquiriendo los programas de empleo en comparación con lo que representó el PJJHD en la crisis de 2001 y 2002.

Planteamos que una parte de las ocupaciones marginales son actividades que llevan adelante trabajadores secundarios de los hogares con el propósito de optimizar o garantizar la reproducción de la unidad. Sin embargo –aun con una definición restrictiva de marginalidad económica–, advertimos que hacia 2014 uno de cada cinco hogares tenía ocupados en posiciones excedentarias. Si tres de cada diez hogares participaban sólo del sector microinformal, uno de ellos tenía, además, fuerza de trabajo en situación de marginalidad económica. Se trata de un núcleo de hogares en posiciones marginales, particularmente vulnerables a la dinámica socioeconómica y a los procesos de empobrecimiento.

Las evidencias presentadas en este capítulo dan cuenta de la vigencia de una dinámica laboral asociada a la heterogeneidad de la estructura económico-ocupacional con amplias consecuencias sobre las unidades domésticas. El análisis evidenció la existencia de “rigideces” en la estructura laboral que se transmiten a los hogares a través de sus miembros ocupados. Estas rigideces se expresan en la existencia de un amplio conjunto de hogares que sólo participan del sector microinformal, en posiciones precarias o abiertamente excedentarias. No obstante, aún no hemos examinado qué implicancias tuvo esta dinámica en términos de capacidades efectivas de reproducción material. No conocemos sus alcances ni los mecanismos a través de los cuales este proceso se transmitió a los hogares. Tal es el propósito del próximo capítulo.


  1. Como se recordará, en el marco de esta investigación los trabajadores secundarios de los hogares son aquellos que no son el principal proveedor del hogar.
  2. La “transición demográfica” es entendida a partir de la convergencia de un conjunto de procesos: la caída de la tasa de natalidad y de mortalidad, el aumento de la esperanza de vida, el consecuente envejecimiento poblacional y la consolidación de modelos familiares de menor número de miembros (Torrado, 2010).
  3. Estos cambios se encuentran imbricados y se plasman en las dinámicas familiares. La mayor participación femenina en actividades remuneradas junto con una división del trabajo doméstico anclada en roles tradicionales de género, han implicado una creciente “doble carga” para las mujeres (Carrasco, 2013; Wainerman, 2005). Los estudios sobre “economía del cuidado” dan cuenta de la relevancia de estas modificaciones (Carrasco, 2013; Esquivel, Faur y Jelin, 2012; Razavi, 2007).
  4. Los trabajos de Beccaria y Groisman (2005), Donza, Philip, Pla, Salvia y Vera (2008) y Salvia (2012), entre otros, exhibieron evidencias en este sentido.
  5. Al respecto, recordamos los efectos que pueden producirse como resultado de los cambios muestrales descriptos en el capítulo III. De todos modos, en términos agregados, los comportamientos observados en la dinámica del empleo resultan razonables a la luz del contexto macroeconómico del año 2014.
  6. Además de presentar la información construida para los distintos años tomados como ventana de observación, los Cuadros incluyen las variaciones observadas entre los períodos identificados (véase el capítulo I para la fundamentación de esta periodización) y la significación estadística de tal variación, obtenida a través de una prueba t.
  7. Elaboramos este “índice de uso de la fuerza de trabajo” para aproximarnos a la intensidad con la cual los hogares participan del mercado de trabajo. Se trata de un cociente cuyo denominador es la “disponibilidad de fuerza de trabajo”. Para obtenerlo, se multiplica el número de integrantes de entre 18 y 64 años por una jornada laboral promedio (40 hs. semanales). El numerador es el total de horas efectivamente trabajadas (incluye a los trabajadores familiares no remunerados, pero excluye planes de empleo). El índice involucra una decisión arbitraria referida a la “disponibilidad” de fuerza laboral. Asimismo, puede ser superior a la unidad en hogares con sobreocupados plenos (es decir, con trabajadores que laboran más de 40 hs. semanales). Sin embargo, constituye una aproximación al balance laboral de los hogares. Un ejemplo que inspiró este índice se encuentra en Margulis (1989).
  8. En un trabajo reciente, Beccaria, Maurizio y Vázquez (2017) subrayan el estancamiento de la tasa de participación económica femenina. Luego de incrementarse entre los ochenta y los noventa, desde mediados de los 2000 se advertiría una pérdida de dinamismo. Tales datos son convergentes con los reportados por Águila y Kennedy (2015: 107). Si bien aquí nos restringimos al universo de hogares con PSH activo, los datos parecen apuntar en la dirección señalada.
  9. Cabe señalar que, en los noventa, según muestra Salvia (2012: 243), los hogares enfrentaron un contexto adverso y no consiguieron incrementar su número de perceptores. Si bien volcaron fuerza de trabajo secundaria al mercado, no siempre consiguieron posiciones ocupacionales adicionales y, en muchos casos, engrosaron el desempleo abierto.
  10. El comportamiento de la distribución del ingreso laboral y sus consecuencias sobre las capacidades de reproducción económica será objeto de análisis en el capítulo V. Por su parte, la evolución y los efectos de los ingresos del sistema de política social serán abordados detalladamente en el capítulo VI.
  11. Un supuesto subyacente de este enfoque es que un proceso de desarrollo económico implica la absorción por parte de éstos de la fuerza laboral ubicada en el sector de baja productividad (Rodríguez, 2001; Salvia, 2012).
  12. Este enfoque –como señalamos en el capítulo III– ha sido retomado por el conjunto de trabajos individuales y colectivos que desarrolla el Programa Cambio Estructural y Desigualdad Social del Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires, bajo la dirección de Agustín Salvia.
  13. Este problema ha sido extensamente tratado por los análisis de clases sociales que deben adscribir el hogar a una posición de clase. Torrado (2006 [1982], 1992) ha sistematizado las dificultades metodológicas implícitas en este tipo de análisis.
  14. En este sentido, debe recordarse el carácter masivo que asumió el PJJHD. Ello explica la elevada proporción de hogares encabezados por un beneficiario de programas de empleo durante los años 2002-2003.
  15. En una investigación previa sobre la evolución de la estructura individual de la fuerza de trabajo desde mediados de los setenta (limitada, por disponibilidad de datos, al Gran Buenos Aires), hallamos que, entre 2001 y 2003, el sector formal público y privado perdió 6 pp. de participación como resultado de la crisis y el mayor desempleo (Poy, 2017a: 361). Este dato sugiere que una parte significativa de la expansión aquí observada obedece a un proceso de recuperación de los niveles previos.
  16. Si bien estos autores reconocen también que la informalidad tiene un componente de “exclusión”, un rasgo distintivo de su planteo es el carácter voluntario que implica para algunos individuos, ya sea que no desean someterse a una relación asalariada o que disponen de otro miembro ocupado (Perry et al., 2007).
  17. Cabe notar que aquellos hogares que sólo disponen de un ocupado se ubican, dentro de esta tipología, en la posición que corresponde a su PSH.
  18. La información proporcionada por el Cuadro 4.4 también da cuenta de un empeoramiento relativo durante la crisis del 2009, que se plasmó en la mayor proporción de hogares ubicados en el sector microinformal y la reducción de aquellos que sólo pertenecían al sector formal.
  19. Se trata de un tipo de análisis pertinente en tanto que, con frecuencia, los puestos registrados en la seguridad social ofrecen protección no sólo al trabajador sino a los integrantes de su grupo familiar.
  20. Esto podría formularse alternativamente en términos de una razón de razones (odds ratio). En el 2014, un hogar en el sector formal tenía 18 veces más oportunidades de acceder a un empleo registrado que de no acceder, en comparación con aquellos del sector microinformal.
  21. Este efecto fue planteado por Merton (1968) y apunta a describir la reproducción de las desigualdades. Recibe su nombre de un fragmento del evangelio de Mateo, que señala: “porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más”. Desde entonces, constituye un efecto ampliamente estudiado en las investigaciones sobre desigualdad, ya que caracteriza procesos en los que aquellos mejor posicionados acaparan, a su vez, las mejores posiciones.
  22. En un trabajo previo encontramos que durante la posconvertibilidad mantuvo vigencia una “penalidad” en la participación en empleos de calidad, derivada del tipo de inserción laboral del jefe de hogar entre los ocupados secundarios. Es decir, que –a igualdad de otros atributos individuales– los trabajadores que provenían de un hogar con un jefe informal tenían menores chances de disponer de un empleo formal que los que pertenecían a un hogar con un jefe formal (Poy, 2016).
  23. En la década del setenta, el sentido “simple” del concepto de marginalidad fue el que quedó incorporado en la noción más difundida de “sector informal” (Pok y Lorenzetti, 2007). Pasó a denotar a toda la fuerza de trabajo no contratada por empresas dinámicas y productivas.
  24. Según Salvia (2012), se trata de posiciones en el “segmento marginal” del empleo, entendido como un conjunto de actividades extralegales o de indigencia. Estas actividades no cumplen normas relativas al registro formal del empleo y tienen remuneraciones inferiores a los mínimos básicos de reproducción de la fuerza de trabajo.
  25. También Benza (2016: 121) constata, a nivel de la estructura de clases, lo que denomina un “núcleo de trabajadores en posiciones marginales”.


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