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5 Lecciones y reflexiones de posguerra

Al término de la Primera Guerra Mundial, se normalizó el tráfico marítimo internacional y los buques de la Armada volvieron a tocar puertos europeos. Así lo hizo el crucero acorazado Pueyrredón, que por entonces cumplía con el rol de buque escuela, mientras la fragata Sarmiento se reparaba en Inglaterra.[1]

En 1919, el Pueyrredón estaba bajo el comando del capitán de fragata Gabriel Albarracín y llevaba a la 45ª promoción de cadetes de la Escuela Naval Militar en un viaje de instrucción que incluía varias escalas, como Almería, Nápoles, La Spezia, Tolón, Gibraltar, Canarias y San Vicente. Cuando recaló en La Spezia, el 12 de septiembre, el vicealmirante de la Real Marina Italiana, Umberto Cagni, invitó a Albarracín a un almuerzo de camaradería y concedió a un grupo de oficiales y cadetes una visita general a los arsenales de la ciudad.[2] El capellán de Marina Julio Comaschi, que integraba la tripulación del Pueyrredón, describió en sus memorias:

Las innumerables máquinas, fabricadores de […] las municiones, nos entretuvieron horas y horas enseñándonos sus ciegas pero matemáticas habilidades para construir con tanta actividad, con tanta vida los temibles instrumentos de muerte.

Nuestro espíritu se estremeció cuando, al entrar en uno de los amplios galpones depósitos, vimos la indefinida cantidad de minas flotantes y submarinas que allí amontonadas […] representaban una muy mínima parte de la cantidad [destinada] a sembrar sobre cada palmo de agua o de ola un formidable peligro para el audaz enemigo.

No menos notable [] era la […] inmensa fábrica de torpedos, cuyo minucioso examen sirvió de ilustración […] práctica, tanto para aspirantes como para oficiales, dadas las modificaciones que se introdujeron en tales armas debido a las enseñanzas de la última guerra.[3]

Más tarde, en Tolón, el ministro de Marina de Francia, Georges Leygues, por intermedio de las gestiones del entonces embajador argentino, Marcelo Torcuato de Alvear, permitió que unos 45 tripulantes, entre oficiales y cadetes, visitaran Verdún, el sitio de una de las batallas más sangrientas que había tenido la guerra.[4] Mientras se dirigía a su destino, la comitiva tuvo oportunidad de observar la destrucción que la contienda había dejado en los pueblos de la campiña francesa:

Hermosas y alegres praderas, sobre las cuales sonreía plácidamente el sol, iban demostrando la belleza de las bien cultivadas campiñas francesas, iban diciendo cómo eran de lindas las otras campiñas hermanas antes de que sobre ellas se hiciera la larga y mala noche de la guerra.

[…] al salir […] se veían ya algunas pequeñas y aisladas poblaciones completamente destruidas por el fuego y la metralla.

A medida que la rápida locomotora avanzaba […] aumentaban los abandonados y tristes montones de ruinas, entre los cuales pocas figuras pálidas y enlutadas caminaban dando tumbos sobre el terreno desnivelado, causando la impresión de ser las únicas personas supervivientes que, enloquecidas de dolor, iban a arrebatar al secreto del escombro hacinado el recuerdo de un amor, de muchos amores que se les habían muerto.[5]

Una vez llegados a Verdún, los cadetes transitaron por “campos de muerte” y por una experiencia tan dramática como inimaginable.

Ningún vestigio de vida palpita sobre esos campos de muerte nevados, revueltos por la metralla, inundados del hierro de las balas, de los alambrados de púa, de los vagones hechos pedazos, de los tanques averiados, de los huesos insepultos de los muertos, y de todo el material construido fríamente para destruir tanta energía […].

A todo esto es menester añadir el aspecto del suelo completamente removido por el trabajo de cavar esas trincheras incómodas, estrechas, húmedas, que más parecen tumbas prematuras, que defensas levantadas para salvar las vidas.[6]

Tales fueron los efectos de esa experiencia que los visitantes se retiraron con el “espíritu entristecido”, llevando en sus memorias recuerdos “profundamente grabados [de] aquellos cuadros tétricos que durante seis días desfilaron en fúnebre procesión ante sus ojos entristecidos”.[7]

Durante los años de posguerra, la Gran Guerra continuó siendo un tema de interés profesional dentro de la Armada. Los oficiales analizaban el conflicto y extraían de él lecciones y enseñanzas. Por ejemplo, el contraalmirante Julián Irizar consideraba que había vencido el poder naval que la “Gran Flota Británica” había sabido ejercer en “forma tan silenciosa como efectiva”. Así lo manifestó en una carta al retirado vicealmirante Juan Pablo Sáenz Valiente, en enero de 1919:[8]

No creo, como algunos dicen, que la flota inglesa, debió buscar a la alemana. Semejante política hubiera sido la más estúpida de las estrategias. Su misión era dominar el mar y cerrarlo al comercio alemán, y si eso lo pudo hacer de la manera más absoluta con solo su presencia, tanto más maravilloso.

Desde el 1° hasta el último día de la guerra, el mar ha estado prácticamente cerrado para los alemanes, con todas sus consecuencias, en dificultades económicas, en obtener materias primas vitales, alimentos, etc., y abierto a los aliados, que pudieron transportar millones de hombres, desde los extremos más lejanos del mundo y repartirlos como se les ocurrió, millones de toneladas de material de guerra con que esos hombres pudieron resistir y vencer, y millones de toneladas de alimentos que permitieron a los pueblos aliados subsistir durante los 4 años de la terrible tragedia. Sin el Sea Power Británico, la guerra hubiera terminado como la soñaron los alemanes, en 6 meses.[9]

Muchos oficiales difundieron sus propios análisis de la guerra en libros y artículos. El capitán de fragata León Scasso dedicó un extenso y detallado trabajo a los pormenores tácticos y operacionales de la Batalla de Jutlandia para luego establecer algunas conclusiones.[10] En primer lugar, el enfrentamiento había demostrado la utilidad de las cortinas de humo como medios defensivos de importancia en las batallas, desembarcos y frente a las incursiones aéreas. En segundo lugar, comprobó el gran valor de la aviación, que prestó ayuda durante los preliminares de las acciones navales.[11] Respecto a los torpedos, Scasso destacó el “temor” que habían producido en “la mente” de los británicos, aunque recomendó no confiar demasiado en ellos, pues no habían hundido ni un solo buque de batalla moderno en toda la guerra. Para él, el éxito del torpedo se debió al factor sorpresa y a que las víctimas generalmente habían sido buques lentos y anticuados:[12]

La experiencia ha comprobado que es un arma de sorpresa y de dudoso éxito durante el día, y que lanzamientos a mayores distancias de 1.000 metros son prácticamente ineficaces. Su valor, acrecentado enormemente por los efectos de la campaña submarina contra buques mercantes, (la mayoría de los cuales fueron echados a pique a cañonazos), no debe ser considerado en tal alto grado mientras las condiciones no sean netamente favorables al lanzamiento a corta distancia. Solo en este caso el arma parece temible.[13]

El ingeniero torpedista principal Marcelo Molina adoptó una posición más favorable respecto a los torpedos y señaló que, pese a sus limitaciones, tuvieron una aplicación muy intensa en la guerra.[14] Otros autores también se interesaron por el tema, como los tenientes Oca Balda, Poch y Teisaire, que analizaron los tiros de torpedos en la Batalla de Jutlandia en un informe elevado al Ministerio de Marina que posteriormente fue difundido en la Revista de Publicaciones Navales.[15] Por su parte, el capitán de fragata José Oca Balda dedicó dos artículos al lanzamiento de salvas de torpedos, a corta y larga distancia, enseñando las mejores fórmulas y cálculos para lograr disparos precisos.[16]

El destacado submarinista Eduardo Ceballos también fue autor de varios trabajos sobre torpedos.[17] Al principio, mientras fue teniente de fragata, se interesó por los cálculos de trayectorias con el uso del giroscopio.[18] Una vez ascendido a teniente de navío, se concentró en el proceso de “calentamiento del aire”, una idea que había incrementado la eficacia, alcance y velocidad de los torpedos, lo que derivó en cambios radicales a nivel táctico y en un aumento dramático en la peligrosidad de los submarinos. Sin el “aire recalentado”, decía Ceballos, no habría sido posible obtener los alcances y velocidades que habían llevado al torpedo, de su “antiguo rol de arma de ocasión o empleo nocturno”, a tener una “importancia considerable” en la conducción táctica del combate diurno.[19] Más tarde, ya ascendido a capitán de fragata, Ceballos escribió sobre el empleo del torpedo entre buques de superficie, una cuestión de gran interés profesional. Al respecto, afirmaba que el “influjo moral del arma” se había hecho “sentir poderosamente” en todas las operaciones y opinaba que una “marina pobre” podría compensar parte de su debilidad adquiriendo torpederos ligeros, ya que eran prácticos, baratos y fáciles de mantener.[20]

Los oficiales argentinos también dedicaron su atención a otras armas y elementos empleados en la Gran Guerra. El alférez de navío Luis Malerba escribió sobre cómo los beligerantes habían creado grandes redes inalámbricas en los frentes de batalla, advirtiendo así la importancia de las comunicaciones radiotelegráficas en los conflictos modernos.[21] Por su parte, el alférez de navío Eduardo Aumann se interesó por las experiencias de las fuerzas aéreas y la importancia de organizarlas debidamente, mientras el teniente de navío Guillermo Coelho abordó, en un complejo estudio publicado en dos partes, la elaboración y utilización de gases químicos y su impacto en los combatientes.[22] El teniente de fragata Gregorio Báez se ocupó de los códigos de señales que las escuadras británica y alemana habían utilizado en las batallas de Malvinas y Jutlandia, intentando dilucidar cuál de ellos había sido el más eficiente.[23] Por otro lado, el alférez de navío y joven piloto Esteban Zanni se interesó por la aviación naval y escribió “El futuro de la aviación” para el Boletín del Centro Naval, un artículo que por cierto era muy parecido a otro publicado en la revista Fray Mocho bajo el seudónimo Francisco Arderius.[24]

Esteban Zanni se preguntaba si la Armada había quedado dispensada del estudio de los problemas surgidos de la experiencia de la guerra, donde “afortunadamente” sólo jugó “el rol del observador alejado”. A ello respondió que no, aunque declaraba que Argentina era el país de Sudamérica donde menos se había hablado del problema de la defensa nacional, como si “realmente no existiera”. En ese sentido, su trabajo tenía el propósito de “traer al ambiente un poco de discusión profesional [sobre] el palpitante problema” de la creación de una flota aeronaval, cuya resolución sería la “contribución más útil” para el progreso de la Armada. El avión era sumamente necesario, decía Zanni, porque tenía aplicaciones diversas, como ataques con bombas y torpedos, exploración, caza, spottingobservación aérea–, reconocimiento fotográfico, escolta de buques, ataque a submarinos o buques fondeados, descenso de espías y hasta la formación de cortinas de humo para ocultar el avance de los torpedos.[25] Asimismo, el autor también reflexionó sobre la importancia del dominio del aire y el rol que tendrían los portaviones en las próximas guerras:

En los dos sistemas de ataque aéreo [bombas y torpedos] la ofensiva […] puede llevarse a cabo desde bases terrestres pero en otros casos la distancia obliga a tener un cierto número de buques transportadores de aviones.

Por el precio de un dreadnought, se podría comprar uno de estos buques capaz de llevar cien aviones de caza, bombardeo y torpedoplanos […].

El futuro dirá si estos buques son capaces de combatir por sí solos al acorazado […] y por lo tanto si será conveniente dotar a las flotas […] de estos buques […] puede anticiparse, que ellos serán imprescindibles […].[26]

Otro activo defensor de las capacidades y utilidades de la aviación naval fue el teniente de navío Marcos Zar. Durante la posguerra, publicó un resumen de los experimentos de bombardeo aéreo y tiro que la US Navy había realizado sobre buques alemanes requisados. El informe concluía que la aviación representaba un importante peligro para un acorazado, si bien este continuaba siendo, de momento, el “baluarte de la defensa nacional” y el “factor más poderoso del poder naval”.[27] Más tarde, Marcos Zar publicaría su propio libro, titulado Aviación Naval, donde recopiló las conferencias que impartió a los alumnos de la Escuela de Aplicación en 1926.[28] El propósito de la obra era

[…] presentar al Personal Superior de la Armada, la Aviación Naval en su valor efectivo […] un poderoso auxiliar cuya capacidad y empleo lejos de significar limitaciones a los tradicionales elementos del Poder Naval, se traducen en el afianzamiento de éstos por extensión de sus actividades y aumento de su capacidad.[29]

En una serie de capítulos, que repasaban asuntos como navegación, observación y combate, Zar abordó las características y alcances del componente aeronaval y resaltó lo necesario que era desarrollarlo en la Armada. Se valió de las experiencias de la Gran Guerra para confirmar que la aviación de combate allí empleada había sentado principios que se mantendrían “invariables” en el tiempo.[30]

Los oficiales argentinos recurrían mucho a la bibliografía militar extranjera, que circulaba en revistas y boletines especializados, para extraer de allí otras lecturas y enseñanzas sobre la Primera Guerra Mundial. Es el caso de “Una imprevisión de los ingleses durante la guerra. El fin del Jemtchtug y del Mousquet”, traducido por el teniente de navío Alberto Guerrico.[31] Otro ejemplo lo constituye “Estado actual del problema de las sondas acústicas”, donde el teniente de fragata Pedro Luisoni difundió –traducido al español– un extenso trabajo del profesor italiano de geofísica y matemática Mario Tenani. La lectura de ese texto sería “de gran utilidad e interés” para los miembros de la Armada, declaraba Luisoni, pues durante la última guerra la exploración y escucha de sonidos acuáticos había sido un tema muy estudiado debido a la necesidad de descubrir la presencia de submarinos.[32] Otro aporte muy bien recibido por los oficiales argentinos fue el libro Notes on Post-War Ordnance Development del mayor del ejército estadounidense Le Roy Hodges, obra que señalaba el progreso en la fabricación de municiones durante la guerra, así como la evolución en la artillería, ametralladoras, espoletas, armas portátiles y tanques. Varios fragmentos de ese título fueron traducidos y publicados por el capitán de fragata Teodoro Caillet-Bois para el Boletín del Centro Naval.[33]

En líneas generales, durante la década de 1920 los oficiales de la Armada continuaron analizando los sucesos de la Gran Guerra. Como señaló un autor, bajo el seudónimo Hacutar, era fundamental desarrollar un “estudio bien detenido y prolijo” de la “gran fuente” de enseñanzas que había sido la “última guerra europea”, debido a la “nula” experiencia bélica de Argentina, que desde hacía “muchos años” no había participado en enfrentamientos armados.[34]

La situación material de la Armada y las demandas de la oficialidad

En 1919, el capitán Esteban de Loqui afirmó que la victoria de los Aliados no hubiera sido tan completa sin la “potente tenacidad” de la Armada británica y que esa superioridad había confirmado la importancia de las flotas y escuadras en la defensa de los intereses marítimos nacionales.[35] La Argentina debería aprender de esa lección para no volver a sufrir los trastornos que la guerra había provocado en su economía, comercio y navegación:

En la última guerra todos los neutrales han sufrido más o menos […]. Con respecto a la Argentina, hemos perdido buques, hemos visto perjudicado nuestro comercio importador y de exportación por la falta de tonelaje y por consiguiente nuestros presupuestos y finanzas en general han sido desequilibrados y nuestra renta de aduana ha mermado de tal modo que sin la enorme productibilidad del país habríamos llegado a una catástrofe.

Es claro que […] nuestro inmenso futuro como país productor, nuestras dilatadas costas cuya soberanía debemos defender vigilantemente hacen necesaria una escuadra adecuada al propósito. Somos una nación pacífica por excelencia […] pero ahora […] nos creemos con derecho a tener una fuerza naval que proteja nuestro desarrollo económico […].[36]

Durante los años veinte, la Armada Argentina estaba lejos de ser una fuerza eficiente y continuaba bajo muchos de los problemas estructurales que la guerra había puesto en evidencia, como falta de personal, obsolescencia material y unidades en situación de desarme. Por la falta de carbón, la Escuadra también operaba con limitaciones y, como eso repercutía en la formación de los cuadros, se decidió que oficiales y marinos se embarcaran, por lo menos una vez, a bordo de los buques tanque Ministro Ezcurra, Ingeniero Huergo y Aristóbulo del Valle, que eran las únicas unidades que por entonces navegaban con cierta regularidad.[37] Por supuesto, todo eso no fue más que una medida temporal, que de ningún modo solucionó el problema de fondo.

Otra cuestión era la obsolescencia material. Eran necesarias unidades de combate modernas, como, por ejemplo, submarinos. La Armada carecía completamente de ellos y, si bien solía realizar maniobras de ataque utilizando periscopios falsos para entrenar a vigías y artilleros, muchos oficiales insistían en la adquisición formal del arma.[38] Para el teniente de fragata Lucio González era una cuestión de defensa nacional:[39]

[…] siendo el Río de la Plata la vía natural por donde se vuelca nuestra producción al exterior y por donde recibimos lo que de afuera hace falta a nuestras necesidades y al sostén de nuestras industrias, claro es, que se piense que las medidas de carácter defensivas, deben tender ante todo, a asegurar que nos sea permitido en tiempo de guerra, controlar y dirigir la navegación en el estuario.

Sin entrar a considerar los medios de que el país dispone actualmente para la defensa del Río de la Plata, solo diremos, que cualquiera que ellos sean, estarán suficientemente complementados, si un número capaz de submarinos puedan operar en la boca del mismo o en sus inmediaciones, haciendo para una probable escuadra bloqueadora, muy difícil el mantener el sitio.[40]

La guerra había dejado algunas lecciones sobre el funcionamiento del arma submarina. Según González, una de ellas era su capacidad de ser empleada como elemento de ataque y defensa:

La reciente guerra europea, a pesar de las censuras y silencio guardado […] no ha podido evitar que lleguen al exterior algunos datos difíciles de ocultar y según ellos, hemos visto que el sumergible ha sido empleado en plena mar, no sólo para hostigar y echar a pique a buques mercantes y de guerra […] sino que su empleo ha sido eficaz acompañando una escuadra de combate y empleándose cuando las escuadras enemigas se empeñaban en acción.[41]

Si a lo expuesto agregamos, que el sumergible es arma ideal para obstaculizar las actividades comerciales del enemigo […] llegaremos a la conclusión de que su empleo como arma de ataque es eficaz y que conviene sea adoptado por nuestra Armada con ese fin.[42]

Los tenientes de fragata Miguel Tanco y Vicente Ferrer también escribieron sobre submarinos y plantearon la necesidad de incorporarlos.[43] De hecho, Ferrer dictó una conferencia en el Centro Naval cuando regresó al país luego de su instrucción en la escuela de submarinos de la Marina de Guerra de Estados Unidos.

A principios del año 1917 […] fuimos enviados diez oficiales argentinos a la escuadra americana a estudiar y ponernos al corriente de los sistemas modernos […].

Inútil es decir con cuanta satisfacción, esperanzas y propósitos de trabajo partimos hacia el Norte, para aprovechar la ocasión que se nos brindaba. Aquel país estaba por entrar en la guerra y preveíamos ser testigos de muchas cosas grandes e interesantes, de las cuales podríamos sacar enormes enseñanzas para nuestra institución […].

Regresados al país, sin material de esa naturaleza (submarinos), algo más difícil de adquirir por su precio y las necesidades accesorias que crea, no hemos podido realizar obra práctica, sino en pequeñas cosas adyacentes.[44]

Con su conferencia, Vicente Ferrer pretendía, por un lado, transmitir sus conocimientos entre la mayoría de los oficiales, quienes solo habían tomado contacto con el submarino de forma teórica, a través de textos especializados, y, por otro lado, deseaba insertar el tema en la agenda política local, fomentando así una opinión favorable respecto a la importancia de adquirir aquellas unidades. Ese pensamiento iba en sintonía con los dichos del capitán de fragata Ricardo Camino, quien por entonces se desempeñaba como presidente de la Subcomisión de Estudios y Publicaciones del Centro Naval:[45]

[…] no nos queda otra cosa que hacer en favor del submarino, conocedores de su importancia; sino escribir y hablar para convencer a nuestros lectores y oyentes de la necesidad imperiosa de incorporar a nuestra escuadra esa arma formidable de guerra, de la cual muy pocos quizás habrán vislumbrado el verdadero poder, mientras nuestro gobierno se decide a ello, consigue los fondos necesarios […] para […] tal adquisición.[46]

No sé si todos saldrán convencidos de aquí, tal vez quedarán algunos con quienes sea necesario conversar un poco más, pero, trataré de demostrar, no con argumentos personales, sino con los de autoridades universalmente reconocidas en materia naval, que el submarino es indispensable en toda flota que se respete y quiera merecer el nombre de tal.[47]

Dentro de la Armada también se discutió sobre la necesidad de actualizar los medios de instrucción y enseñanza en base a los últimos cambios introducidos por la Primera Guerra Mundial. En primer lugar, se cuestionaba la practicidad de seguir utilizando un buque a vela, como la fragata Presidente Sarmiento, para la instrucción de los cadetes y aspirantes a guardiamarinas. Algunos entendían como inútil el conocer sobre velamen y maniobras cuando el resto de los buques de la Flota, donde el marino probablemente terminaría embarcado, navegaba con máquinas. En ese sentido, se pensaba que el viaje de instrucción sería más provechoso si se dedicaba a otras cuestiones que hacían a la guerra moderna, como artillería, dirección de tiro, motores y torpedos.[48] Esa era la opinión que el capitán de navío Jorge Yalour dejó por escrito en un artículo publicado en el Boletín del Centro Naval, bajo el seudónimo Acquapendente:

Por la actuación que tendrá el futuro oficial, el viaje de aplicación debe hacerse en buques cuyos servicios estén organizados de acuerdo con el resto de los buques de la Armada, la batería (artillería) debe ser la base de la división, de los roles y de todos los servicios de a bordo y no el “palo” y su maniobra […].[49]

El teniente de fragata Eduardo Jofré también escribió sobre la necesidad de actualizar la instrucción de los nuevos cuadros.[50] Y realizó una “crítica destructiva” del sistema de enseñanza de la artillería en la Armada, al que consideraba uno de los asuntos que había que atender con mayor urgencia:[51]

Sabemos los enormes adelantos hechos en artillería y sus mecanismos conexos en la última guerra, gran cantidad de revistas profesionales, técnicas y textos nos traen un caudal muy valioso, luego, aprovechemos la oportunidad y reconozcamos que somos capaces de aprender esas lecciones y solo motivos de idiosincrasia nuestra nos han colocado en tan gran desnivel de conocimientos artilleros; nuestra marina es chica, mayor con el tiempo, nuestros barcos son capaces de rendir y más aún si se subsanan defectos capitales.[52]

Como solución, Jofré proponía renovar los programas de estudio de la Escuela Naval Militar en base a los dictámenes de una comisión formada por jefes y oficiales versados en los últimos adelantos de la guerra naval y con amplia experiencia en destinos en el extranjero, especialmente en las marinas británica y estadounidense.[53]

De todos modos, sería difícil concretar aquellas aspiraciones. El interés de los cuadros superiores por la modernización de la Armada, sea en lo material o en lo educativo, no era compartido por la sociedad ni la política nacional. Así lo indicaba un informe de la Oficina de Inteligencia Naval de Estados Unidos:

Argentina ha disfrutado de la paz durante muchos años y no tiene ningún sentimiento popular de resentimiento contra ningún país. Hay muy poco interés en el aumento de la Armada, o en cualquier posible empleo de la fuerza naval. Las ambiciones navales se limitan a los oficiales de la Marina, quienes, comprendiendo que no se pueden obtener grandes créditos del Congreso, expresan su esperanza de ver a la Marina como una unidad de combate, pequeña pero bien formada, y suficiente para preservar el espíritu de las fuerzas navales.[54]

Con el correr de los años, los oficiales entendieron que no solo había que debatir sobre las mejores armas y unidades a adquirir, sino que había que fomentar en el país un interés por las cosas del mar. Solo así sería posible resolver la situación de obsolescencia de la Armada y, además, decidir sobre un proyecto integral de defensa marítima. Aquel pensamiento quedó plasmado en muchos de los discursos pronunciados con motivo de los centenarios de las batallas de la guerra del Brasil (1825-1828). Por ejemplo, en un acto realizado en conmemoración del combate de Los Pozos (1826), Benjamín Villegas Basavilbaso advertía que el gobierno debería dedicar mayor atención a la Marina, porque esta había sido clave en la historia argentina y porque los acontecimientos militares más importantes habían sido consecuencia directa de la lucha en el mar:[55]

Los Pozos […] deja una enseñanza digna de ser comprendida por nuestro pueblo, que vive indiferente a las cosas del mar […]. La grandeza económica de la República no está únicamente en sus inmensas pampas, ni en sus entrañas aún desconocidas […] está también en sus actividades marítimas, abandonadas por nuestra atracción mediterránea. La ruta ultramarina que nos vincula exteriormente está […] casi abierta a la invasión ajena […]. Recordemos que una marina de guerra no puede improvisarse, si se quiere mantener sin lesiones el patrimonio nacional. Las flotillas de antaño, organizadas frente al adversario, jamás alcanzaron las aguas del océano; la lucha defensiva es siempre ingrata y dolorosa, aunque el heroísmo y la gloria la acompañen.[56]

Para Villegas Basavilbaso, uno de los grandes problemas de Argentina era su falta de cultura marítima. La sociedad creía que la riqueza provenía únicamente del suelo y todo lo relacionado con el mar permanecía relegado a un segundo plano.[57] De esa misma opinión era el capitán de navío Arturo Cueto, para quien la precaria situación de la Armada era consecuencia, ante todo, de la falta de interés nacional por las cuestiones marítimas.[58]

Según el almirante Juan Martin, la problemática no era reciente y se remontaba a los tiempos de las guerras por la independencia. Así lo apuntaba en un discurso pronunciado durante un homenaje a Guillermo Brown con motivo del combate de Los Pozos (1826), frente al presidente Marcelo Torcuato de Alvear, varios ministros y un numeroso público.[59] Martin decía que nunca se sostuvo una política marítima a lo largo del tiempo; por eso, cuando estalló la guerra contra Brasil, el gobierno nacional se encontró desesperado por conseguir buques y escuadras, algo que ya le había ocurrido años antes, en la guerra contra la Corona Española.[60] Asimismo, en otro homenaje, esta vez con motivo del centenario de la Batalla de Juncal (1827), el entonces almirante y ministro de Marina Manuel Domecq García proclamaba que la cuestión naval era un “factor indispensable” en la seguridad exterior de un país y que era importante disponer de una flota técnicamente organizada para las necesidades de la guerra.[61]

Para la oficialidad, resolver el cuadro de obsolescencia de la Armada y decidir sobre un proyecto de defensa marítima eran dos cuestiones que habían quedado debidamente fundamentadas por la experiencia de la Gran Guerra. En “Interrupción del comercio enemigo. Principios tradicionales y prácticas establecidas en la última guerra”, el capitán de fragata Jorge Games explicaba cómo los Aliados habían utilizado su dominio marítimo para bloquear los accesos de sus rivales, interrumpiendo su comercio y sus comunicaciones.[62]

[…] las leyes de contrabando […] y los criterios para definir el tráfico enemigo, aplicados durante la última guerra, hacen desaparecer la necesidad de mantener un bloqueo efectivo para conseguir obstaculizar […] el comercio enemigo; la destrucción del comercio enemigo en alta mar […] podrá ejercer una presión económica suficiente para poner en situación difícil a un beligerante cuyas fuerzas navales no sean suficientemente considerables […].[63]

Según Games, este ejemplo era especialmente importante para Argentina, país que se encontraba en una “mala situación estratégica” para defender sus vías marítimas debido a su posición geográfica, a su enorme distancia con los centros de intercambio y aprovisionamiento extranjeros, y a la vulnerabilidad de sus líneas de comunicación.[64]

En los años siguientes, Games continuó profundizando sus ideas, generalmente tomando como base las lecciones de la Primera Guerra Mundial, pero falleció y no llegó a terminar sus escritos. Fue el capitán de fragata Guillermo Ceppi, un amigo suyo, quien completó el trabajo y publicó Conceptos generales de la guerra naval moderna.[65] El libro consideraba al dominio marítimo como algo indispensable, pues servía tanto para interrumpir el comercio del enemigo como para defender el propio, aunque consideraba que para ello hacía falta una escuadra moderna que el país no tenía.[66] De hecho, por esa carencia, se habían producido varios incidentes durante el último conflicto, como el hundimiento del Monte Protegido:

Durante la guerra mundial, varias naciones de este hemisferio fueron arrastradas por la vorágine, y a raíz del hundimiento del Monte Protegido, hemos presenciado en el Congreso y en las calles de Buenos Aires, a hombres y agrupaciones […] proclamando al pueblo la necesidad de luchar, invocando razones de humanidad y en defensa de los principios básicos de libertad de los mares; ¿quién es capaz de asegurar que ese fenómeno no puede también repetirse en el futuro con igual o mayor intensidad? [67]

Se sostenía que en una próxima contienda estas situaciones volverían a ocurrir y el comercio argentino nuevamente sería interrumpido por cruceros enemigos, sin importar la neutralidad. Era por esa razón que la Armada debería estar preparada, con los elementos necesarios para proteger eficazmente las líneas de comunicaciones, el comercio y la seguridad nacional.[68] Estos conceptos también estuvieron presentes en la disertación que el almirante Juan Martin dictó en el Instituto Popular de Conferencias del diario La Prensa, el 4 de mayo de 1928. Allí advertía que el libre acceso oceánico era vital, pues si bien “la mayoría de los argentinos [vivía] tierra adentro, [en] el campo y por el campo”, el país no dejaba de ser una nación que debía su progreso al mar. Primero, por su situación geográfica, y segundo, porque la casi totalidad de su intercambio comercial se hacía por barco.[69]

Como muchos de sus compañeros, Martin subrayaba que una de las lecciones de la Gran Guerra había sido la importancia del dominio marítimo y creía que Gran Bretaña y sus aliados habían triunfado precisamente porque habían cumplido con esa premisa. Dominio marítimo significaba poderío naval de superficie, lo que para Martin se obtendría casi exclusivamente mediante acorazados, unidades que representaban el arma por “excelencia”, pues eran capaces de “trasladarse rápidamente a los puntos necesarios” y de imponerse allí frente al enemigo. Eso había ocurrido en la Batalla de Jutlandia, donde la escuadra británica había vencido por disponer de un mayor número de buques y una mayor potencia de fuego. Respecto al rol de la aviación y el submarino, Martin los relegaba a un segundo plano. Declaraba que el componente aéreo había tenido un éxito escaso en la contienda, más allá de algunas “acciones brillantes” que solo impresionaban “la imaginación” y atemorizaban a “poblaciones indefensas”. Algo similar ocurrió con los submarinos, cuyos éxitos se limitaron a la primera etapa del conflicto, pero que luego “fueron disminuyendo” a medida que los Aliados comenzaron a utilizar transportes armados, redes antisubmarinas, minas, buques patrulleros y convoyes. De ahí que la utilidad del sumergible no fuera más que auxiliar, pues nunca podría ser la principal o la única defensa de una nación.[70] Martin cerraba su conferencia advirtiendo que el poder naval argentino debería organizarse sobre elementos de superficie y, en ese aspecto, no habría que escatimar esfuerzos ni gastos, porque mientras

[…] no se modifique la situación del mundo […] mientras no se llegue a una era de cordialidad universal, estableciendo tratados equitativos […] no será posible suprimir los choques, los armamentos, ni los gastos militares que las naciones hacen hoy, y que pueden considerarse como la prima que cada país paga por el seguro de su tranquilidad, de su comercio y de la riqueza nacional.[71]

En síntesis, las fuentes trabajadas notan que la década de 1920 funcionó como un marco de estudio y reflexión para los oficiales de la Armada. Tal como indicó el capitán de fragata Eduardo Ceballos, fue precisamente en la inmediata posguerra cuando, valiéndose de una “abundante bibliografía publicada por los diversos beligerantes”, se terminó de esclarecer el desarrollo de las operaciones navales de la Primera Guerra Mundial y se dedujeron las enseñanzas más relevantes.[72] En base a ellas, los oficiales argentinos elaboraron posibles planes de defensa y modernización, que analizaremos en el apartado siguiente.

Diseñando proyectos de modernización durante la era del desarme

Varios fueron los oficiales que, con distinto grado de elaboración, pensaron planes de defensa que se sostenían sobre el poderío naval de una flota moderna y eficiente. Uno de ellos fue el entonces capitán de fragata Gabriel Albarracín.

No es conveniente que dejemos que el tiempo nos haga olvidar nuestros sobresaltos de ayer. La guerra que termina, al extenderse en su faz marítima a todos los océanos, atrajo a nuestras costas y a las puertas del Río de la Plata las incómodas correrías de las naves adversarias. Y la República Argentina, con su debilidad intrínseca de pequeña potencia, se encontró empeñada, frente a los orgullosos beligerantes, en la difícil tarea de defender una neutralidad batida por intereses poderosos, y hasta sus derechos de soberanía desconocidos en extralimitaciones propias de los apasionamientos de la guerra ¡Y sin embargo, ella había dado más de una prueba de amistad a los dominadores del mar!

Sobre todo, y teniendo presente que la Argentina será muy pronto un campo de batalla de los intereses comerciales de los pueblos más poderosos y emprendedores, aprendamos de las lecciones cada vez más abundantes que nos brinda la civilización actual: hoy, como en otros tiempos, las naciones no tienen mejor recurso para defenderse, que las armas. El derecho y la justicia, a pesar de tantos esfuerzos nobilísimos y para vergüenza de la especie humana, sólo reinan en las relaciones internacionales […].[73]

En 1920, Albarracín expuso con claridad algunas de sus preocupaciones, posicionándose sobre la experiencia de la Gran Guerra y los impactos que esta había provocado en la Argentina. Sostenía que era sumamente importante diseñar e implementar un plan de modernización, porque la contienda había demostrado no solo la capacidad de rápida expansión que podrían alcanzar los conflictos modernos gracias a los nuevos desarrollos tecnológicos, sino también la incapacidad del derecho internacional para proteger la soberanía de los neutrales. Como estas circunstancias podrían volver a repetirse en un conflicto futuro, Argentina necesitaba estar preparada y debía contar con una Armada fuerte.[74]

En ese entonces, entre las potencias existía común acuerdo en rechazar el sistema de balance de poderes como pilar de la seguridad internacional. En su lugar se preferían otros conceptos, como la Seguridad Colectiva y el Desarme. El primero promovía el equilibrio entre países y sancionaba el empleo de la fuerza como método de resolución de controversias, mientras que el segundo instaba a reducir las fuerzas armadas, manteniendo únicamente las necesarias para garantizar la seguridad nacional.[75] Emprender un programa de modernización naval iría a contramano de esos principios, pero, aun así, los oficiales argentinos insistieron en ello.

En sintonía con los conceptos de Seguridad Colectiva y Desarme, el Almirantazgo británico optó por reducir sus gastos militares.[76] Sin la amenaza alemana, ya no se necesitaban los niveles de fuerza de años previos –438.000 hombres y 58 buques capitales, 103 cruceros, 12 portaviones, 45 destructores y 122 submarinos– y en marzo de 1920 se envió al Parlamento un proyecto con importantes recortes presupuestarios.[77] Siempre atento al contexto internacional, el almirante Juan Martin analizó ese documento y concluyó que, a pesar del pacifismo, las fuerzas armadas seguían siendo importantes en el mundo de posguerra porque, pese a todo, Gran Bretaña continuaba defendiendo su doctrina y la necesidad de una armada “para la defensa del Imperio”, a pesar de que en ese momento no tenía “ideas agresivas” con nadie:[78]

Comparando las líneas principales del informe del Almirantazgo, el meticuloso cuidado que revela en todos los detalles, con nuestras prácticas actuales; su sólida organización […].

El estudio de las organizaciones extranjeras, la observación de sus prácticas especialmente de las cosas nuevas que la guerra está haciendo hacer, para adaptarlas entre nosotros será el medio de corregir la situación de inferioridad en que estamos […].[79]

El caso británico le demostraba a Martin que, aunque fueran tiempos de paz y no existieran conflictos con otras naciones, un país siempre debería estar preparado para defender sus intereses en el mar. Y ello no significaba invertir grandes sumas en una extensa flota, sino contar con una fuerza pequeña, pero eficiente y moderna.[80]

Los cuadros superiores de la Armada tenían una desconfianza general hacia el pacifismo y el desarme. Para ellos, la defensa nacional era algo prioritario, una apreciación que se basaba en la reciente experiencia de la Gran Guerra. En un texto de 1921, el alférez de navío Esteban Zanni, que se preguntaba si los gastos militares serían necesarios en el futuro, decía:

¿Habrán terminado las guerras? La respuesta pese a la mejor buena voluntad de los pacifistas del presente escapa a la profecía humana. Si ello fuera posible, habría desaparecido la necesidad de sostener fuerzas y elementos combatientes de cualquier naturaleza en lo tocante a la defensa nacional […] pero desde que el presupuesto nacional arbitra anualmente millones de pesos para el mantenimiento de su Ejército y Armada es presumible que, desgraciadamente, esa no sea la verdadera situación actual.

[…] admitiendo que las fuerzas armadas son órganos de defensa por medio de los cuales procuramos conservar la paz y vivir en armonía, es preciso para que conserven siempre el efecto de gruñido apaciguador que las reviste, que ellas estén a la altura del objetivo perseguido y cuenten con todos los elementos conducentes a tal fin.[81]

Zanni llegaba a esas deducciones a la luz de los acontecimientos de la última guerra, que habían puesto en evidencia la importancia de contar con una flota poderosa.[82] El teniente de navío Guillermo Ceppi también compartió esa visión sobre la defensa nacional y la desarrolló con mayor profundidad:[83]

Jutlandia, como acción resolutiva, no pesa demasiado en la balanza de la guerra, como tampoco los demás combates navales, pero en cambio, al afianzar definitivamente el dominio aliado de los mares, esas acciones entregan a los ejércitos terrestres el arma más poderosa para el triunfo final. Para ellos los transportes de tropas, los víveres, las armas necesarias; para los pueblos, los elementos de toda especie, el comercio libre, la moral levantada; para todos, el éxito en la guerra.

Tales son, los frutos que aporta el poder naval, indirectos pero grandes, cuando es inteligentemente utilizado.[84]

Ceppi aconsejaba mantener a la Armada en buenas condiciones operativas, más allá de las nuevas tendencias de pacifismo y desarme. Consideraba erróneo confiar en la efectividad de las conferencias y los tratados de paz, cuando el estallido de una nueva guerra era algo siempre probable:

[…] nadie puede desechar las lecciones del pasado. Desde el sueño de Enrique IV de Francia, hasta las iniciativas modernas, pasando por las conferencias de la Haya y tantos otros ensayos, muchas son las tentativas efectuadas; los resultados están a la vista. […] el período transcurrido desde 1866 hasta nuestros días, se caracteriza por un máximo de propuestas pacifistas o de desarme, unido al mayor porcentaje de guerras – asaz sangrientas – que registra la historia. Pensando en estas cosas puede admitirse que la vieja idea de la supresión de la guerra, corre paralelamente a la gestión de muchas ligas utópicas […].[85]

Posteriormente, Ceppi continuaría advirtiendo sobre la importancia de una Armada moderna, la desconfianza hacia el pacifismo y la necesidad de pensar a la defensa nacional como una política de Estado:

En el caso de la República Argentina, para la que se van creando en el futuro toda una serie de problemas […] la preparación militar y naval está llamada a jugar un papel muy importante, a despecho de las teorías líricas que desgraciadamente abundan en el país, constituyendo un grave obstáculo […] para la preparación de la defensa nacional.[86]

El escepticismo de Ceppi hacia el pacifismo llegaba al extremo de referirse a la Liga de las Naciones como un organismo inútil que sostenía a un “enorme núcleo de personas” para discutir y ocuparse de asuntos “inconexos”, que de ningún modo evitarían los conflictos futuros.[87]

En 1921, el entonces contraalmirante Manuel Lagos publicó El Poder Naval. Como garantía de la soberanía y prosperidad de la Nación, obra que reunía el contenido de una conferencia dictada en el Instituto Popular de Conferencias del diario La Prensa en junio de ese año. Para Lagos las lecciones de la historia y, sobre todo, los hechos de la Gran Guerra habían demostrado las consecuencias de no tener una política naval efectiva. Por ello, consideraba necesario seguir con un programa básico de defensa para que Argentina pudiera estar en condiciones de repeler cualquier fuerza agresora.[88]

Todos los pueblos marítimos nos brindan ejemplos de acción previsora que debemos utilizar para salvar los inconvenientes que dificultan el fácil desarrollo de nuestra flota naval.

La opinión nacional tiene que interesarse en el desdoblamiento del programa de defensa naval, pues, es ineludible su deber de aportar el decidido apoyo a la empresa que ha de garantir la estabilidad y progreso de la nación.

[…] el Centro Naval [debe] movilizar todos sus medios de propaganda para llevar al pueblo el convencimiento de que “nuestro porvenir está en el mar”.

Nuestra política naval debe orientarse en las sanciones de las marinas modelo, adaptándolas a nuestro medio ambiente social, político y financiero en armonía con las exigencias del presente y con la visión del mañana.

Nosotros no tenemos nada que ganar en una guerra y sí mucho que perder; de ahí que estamos obligados dentro de lo posible a evitar toda contienda armada, utilizando el derecho apoyado en la fuerza y si por desgracia se nos trae la ofensiva, debemos estar en condiciones de poder repelerla en forma victoriosa, persiguiendo al enemigo hasta sus propios puertos, hostilizándole con bloqueos efectivos hasta que pida la paz y se rinda incondicionalmente […].[89]

Según Lagos, el programa naval debería ser progresivo. Podría desarrollarse entre 1922 y 1933, en cuyo lapso el país habría conseguido movilizar recursos para adquirir el material conveniente. El proyecto concebido era extenso: 8 acorazados, 4 cruceros pesados y 8 ligeros, 25 destructores, 40 torpederos, 40 submarinos, 1 buque escuela, 100 aviones, 3 dirigibles, 6 globos cautivos, 5 petroleros, 4 buques cisterna, 8 remolcadores, 6 transportes, 7 avisos, 1000 minas y 500 torpedos, además de buques-taller para submarinos, aviones y 2 diques flotantes. Si las finanzas no estaban en condiciones de afrontar ese extenso programa, en última instancia un mínimo de embarcaciones modernas sería suficiente para cumplir con la defensa del territorio.[90]

La década del veinte parecía ser el momento oportuno para concretar esas compras. Las potencias reducían sus gastos militares y vendían o cedían gran cantidad de buques y equipos.[91] Argentina podría beneficiarse de ello, comprando el material descartado a precios convenientes.[92] Los recursos provendrían de un empréstito interno, al que Lagos llamó “Fondo Poder Naval”, que se recaudaría con impuestos a la usura, al latifundio, al lujo, al juego, al tabaco, a la bebida y a las ganancias, y con retenciones a las instituciones financieras, como la bolsa y los bancos, más lo confiscado a individuos vinculados con el fraude y la estafa. Y el país no debería escatimar esfuerzos en concretar esa iniciativa, porque las grandes potencias llevaban sus “sacrificios financieros al límite” cuando se trataba del poder naval.[93]

En “Utilización táctica de las diferentes armas en la Guerra Naval”, de 1922, Jorge Games también subrayó que el contexto internacional era propicio para la modernización de la Armada. Las compras deberían hacerse siguiendo las lecciones de la Gran Guerra.

Al aplicar las deducciones de la guerra a países que dispongan de una marina reducida hay que tener en cuenta las limitaciones en el número y en la eficiencia de los elementos de guerra disponibles […]. Esto no quiere significar que las nuevas armas no sean elementos necesarios en países de recursos reducidos como son los de Sud América, sino que también en ellos, la flota de superficie […] continuará dominando con sus cañones la vía del mar; vía de comunicación con los centros industriales que será imprescindible mantener abierta so pena de extinción.

Al aplicar los elementos tácticos que influyen en la guerra naval no hay que olvidar la constante lección de la experiencia.[94]

Otros oficiales que compartían estas ideas eran el capitán de navío Segundo Storni y el vicealmirante Juan Pablo Sáenz Valiente. En una nota publicada en Caras y Caretas, el 27 de mayo de 1922, el primero de ellos destacó que luego del “horror de la gran contienda reciente” el mundo ansiaba la paz; sin embargo, el desarme tenía un límite: la seguridad nacional. Storni consideraba que la tendencia internacional hacia la reducción de armamentos no tenía sentido en la Argentina, que había sido uno de los pocos países con una sostenida política de paz a lo largo del tiempo y uno de los que menos gastaba en sus fuerzas militares. En ese sentido, el país podría plantear, estudiar y realizar libremente sus programas defensivos, sin temores. Requería una Armada eficiente, pero moderada, es decir, una fuerza “que no sea una amenaza para nadie”, pero sí una “seguridad” y un “sólido plantel para el porvenir”.[95]

El exministro de Marina Juan Pablo Sáenz Valiente también sospechaba del pacifismo y así lo manifestó en El desarme como política internacional, su libro publicado en 1923. Entendía a la guerra como algo natural en la historia humana, y por ello creía que se trataba de un peligro siempre latente, frente al que había que estar preparado.

Tal, el tratado subscrito en Washington por Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia y Japón, que no teniendo enemigos al frente y habiendo por efecto de tratados entre ellos, mancomunado sus conveniencias, buscan en el desarme parcial – no la abolición de la guerra – sino aliviar sus presupuestos y mejorar su situación económica y financiera. ¿Será este pacto bastante para crear esperanza de paz?

Hasta el momento presente no es aventurado afirmar que el peligro de una nueva guerra está latente […].[96]

La experiencia de la Gran Guerra era clave en la desconfianza de Sáenz Valiente hacia el derecho internacional. La cita a continuación así lo advierte:

No son pues, suficientes los pactos de desarme para prevenir la guerra, quizá son contraproducentes, porque, admitidos de buena fe por algunas de las partes, obran en contra en el instante mismo que las partes se levantan contra lo pactado, nada más que porque son más fuertes y así conviene a sus ambiciones.

Si Bélgica hubiera tenido menos fe en los pactos o tratados en que exclusivamente fundó su neutralidad y sus derechos, los desastres de Lieja y Namur, quizá no hubieran ocurrido […]. Y si los franceses hubieran escuchado a sus técnicos militares cuando descubrieron […] que Alemania tenía el propósito de invadir […] y hubieran empleado en defensas, armamentos y efectivos militares […] hoy no […] verían su pueblo diezmado, sus industrias sin vigor […].[97]

En julio de 1923, los oficiales del Ejército y la Armada celebraron una fiesta de camaradería bajo el auspicio del Círculo Militar y el Centro Naval. Al evento habían asistido figuras como el entonces presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear, y los ministros de Guerra y Marina, Agustín Pedro Justo y Manuel Domecq García. Uno de los oradores de la noche fue el contraalmirante Ismael Galíndez, que aprovechó la presencia de Alvear para “hacer llegar hasta él opiniones de la Marina sobre temas militares, actualizados con motivo de acontecimientos recientes [por] todos conocidos”.[98] Galíndez se refería a las ideas de pacifismo y desarme, y a lo importante que era dedicar esfuerzos a la defensa nacional:

Aunque personalmente atribuyo una dudosa eficacia a los congresos y conferencias para limitar o disminuir los gastos en armamentos, parecería una locura que estos países nuevos, que han debido aprovechar de la dolorosa experiencia recogida en la última guerra y que tanta necesidad tienen de todos sus recursos para el desarrollo y utilización de sus riquezas naturales, se embarquen en una lucha de armamentos; pero esto no significa que dejemos de mirar a nuestro alrededor, para, de acuerdo con las circunstancias, adoptar las medidas más convenientes a nuestra seguridad; y sobre este punto no debe olvidarse que el poder naval de una Nación no puede improvisarse, ni su defensa descuidarse persiguiendo un erróneo y peligroso propósito de economía.[99]

Como Argentina poseía un extenso litoral marítimo, Galíndez juzgaba indispensable el disponer de un poder naval fuerte. El país tenía una economía abierta al mundo y necesitaba mantener libres sus vías navegables, por donde entraba y salía el comercio. Además, la importancia de una flota moderna era un hecho demostrado por la última guerra, cuyas enseñanzas aún se mantenían vigentes:[100]

No olvidemos que los países conquistadores […] no han sido ni los más extensos ni los más poblados, sino que en su momento dado fueron más fuertes en el mar y que cedieron su cetro juntamente con la decadencia de su poder naval.

Y, trayendo un recuerdo muy oportuno de la reciente guerra, quiero referirme a una frase conocida seguramente de la mayoría de los que me escuchan, con la cual el Almirante Jellicoe […] quería justificarse ante los que le criticaban por no haber empeñado más su Escuadra durante la noche que siguió a la batalla de Jutlandia: no quería, dice, que la suerte influyera demasiado en una batalla entre Escuadras, porque nuestra Flota era el único factor vital a la existencia del Imperio.[101]

El contraalmirante Galíndez volvería a manifestar ideas similares al año siguiente, en otra fiesta de camaradería celebrada entre el Ejército y la Armada, donde nuevamente estarían presentes el presidente Alvear y los ministros Justo y Domecq García.

El momento es oportuno para recordar al país que la Marina necesita de su apoyo; que el Honorable Congreso de la Nación, representante genuino de la voluntad popular, tiene el deber de dictar las leyes que permitan perfeccionar su organización y adquirir los elementos que le son indispensables para que, llegada la oportunidad, puedan justificar su razón de ser.[102]

La idea de que era el poder político quien debería propiciar la modernización de la Armada fue defendida por marinos como el teniente de navío Alberto Guerrico, quien aseguraba que en la “defensa del Estado [debía] intervenir la Nación entera”, con los “representantes naturales que para ello” se habían elegido. Sin embargo, Guerrico sabía que las cosas no eran tan simples y que no todo se limitaba a una cuestión de iniciativa política. Para aplicar el plan correcto de modernización naval, el país primero debería definir su política internacional, con sus alianzas y enemigos probables.[103]

El plan de Guerrico se dividía en dos partes: primero, el plan defensivo, responsable de llevar a cabo los estudios pertinentes de las bases y arsenales, las zonas a defender y los elementos necesarios para la protección y defensa de la Flota; segundo, el plan ofensivo, que concernía a las unidades y medios de ataque, como acorazados, cruceros, submarinos, torpedos y minas, entre otros. Una vez realizados los estudios técnicos necesarios, la Dirección General del Material recomendaría las adquisiciones y construcciones más convenientes, mientras la Dirección General del Personal atendería la formación y distribución de los cuadros superiores y subalternos, y la Dirección General Administrativa estudiaría la forma de acumular elementos, para formar depósitos de víveres, vestuarios y combustibles.[104]

El propio ministro de Marina Manuel Domecq García también fue un férreo partidario de la modernización de la Armada. En una nota para Caras y Caretas señalaba que, si se anhelaba ver al país “encaminado hacia sus grandes destinos”, era “indispensable que estadistas y gobernantes” tuvieran presente que “toda nación de gran potencialidad económica” necesitaba del “apoyo de una marina que le asegure su desarrollo”.[105] Profundizó estos puntos de vista en su memoria anual de Marina, correspondiente al período 1923-1924:

El progreso general del país, impulsado por su intercambio comercial […] está confiado en absoluto a la vía marítima. Sale o entra esa riqueza […] enorme riqueza apenas protegida y que en cualquier momento puede ser interrumpida.

Este solo enunciado basta para afirmar la necesidad absoluta de poseer una Marina eficiente que la proteja.

Desgraciadamente, en este momento tal circunstancia no se realiza y el material que posee la Escuadra no responde ya, salvo los dos acorazados, a las necesidades del servicio.

Es por ello que se ha efectuado un estudio completo de las necesidades de la Nación en lo que se refiere a su defensa naval, trabajo que tiene que desarrollarse en un largo plazo […].[106]

En el plan de Domecq García, las nuevas armas, como el aeroplano o el submarino, eran de fundamental importancia, aunque la Armada careciera casi completamente de ellos. De hecho, el ministro se lamentaba al denunciar que los sumergibles eran desconocidos entre los oficiales más jóvenes, que solo habían tomado contacto con el arma a través de libros y revistas.[107]


  1. “El viaje del Pueyrredón”, en La Prensa, 21/01/1919.
  2. DE VEDIA Y MITRE, Los viajes, cit., pp. 288-290.
  3. COMASCHI, Julio, Estelas. Viaje XIX de instrucción de aspirantes en el crucero Pueyrredón, Coni, Buenos Aires, 1920, p. 109.
  4. DE VEDIA Y MITRE, Los viajes, cit., p. 290.
  5. COMASCHI, Estelas, cit., pp. 126-128.
  6. Ibid., pp. 140-142.
  7. Ibid.
  8. DEHN, Fondo Sáenz Valiente, Caja 2, Legajo 1, “Carta de Julián Irizar a Juan Pablo Sáenz Valiente”, Washington, enero de 1919, foja 40.
  9. Ibid., fojas 40-42.
  10. León Lorenzo Scasso (1882-1954) egresó de la Escuela Naval Militar en 1900, en el sexto lugar de la 26ª promoción. Ocupó varios cargos, jefaturas y comandos, entre ellos: agregado naval de la legación argentina en Londres, director de la Escuela de Aplicación para Oficiales y en diversas ocasiones fue jefe de la División de Operaciones del Estado Mayor General, jefe del Estado Mayor de la Escuadra de Mar, jefe del Estado Mayor General y jefe de la Flota de Mar. Entre 1938 y 1940 fue ministro de Marina. Se retiró como almirante en 1942.
  11. SCASSO, León, “Situaciones tácticas importantes de la batalla de Jutlandia”, en Revista de Publicaciones Navales, tomo 38, n° 293, 1921, pp. 655-656.
  12. Ibid., pp. 652-653.
  13. Ibid.
  14. MOLINA, Marcelo, “Modificaciones efectuadas en los torpedos durante la guerra por la casa Whitehead”, en Boletín del Centro Naval, tomo 42, n° 451, 1925, p. 811.
  15. OCA BALDA, José, POCH, Ramón y Alberto TEISAIRE, “Análisis del tiro de torpedos en la batalla de Jutlandia”, en Revista de Publicaciones Navales, tomo 41, n° 308-309, 1922, pp. 21-53.
  16. OCA BALDA, José A., “Salvas de torpedos (Bases teóricas para su estudio)”, en Boletín del Centro Naval, tomo 44, n° 458, 1926, pp. 9-30; OCA BALDA, José A., “Salvas de torpedos (Bases teóricas para su estudio) (Terminación)”, en Boletín del Centro Naval, tomo 44, n° 460, 1926, pp. 309-316. José A. Oca Balda (1887-1939) egresó de la Escuela Naval Militar en 1907, en la 32ª promoción. Sirvió en varios buques y tuvo destinos en la Patagonia y Tierra del Fuego. Fue director de la Escuela de Pilotos y Maquinistas Navales y en 1918 se capacitó en Estados Unidos en el arma submarina. Publicó gran cantidad de obras sobre ingeniería, electricidad, hidráulica, oceanografía y astronomía. Se retiró de la Armada en 1931 con el grado de capitán de fragata.
  17. Eduardo A. Ceballos (1888-1956) egresó de la Escuela Naval Militar en 1908, en el primer puesto de la promoción n° 33. Fue un destacado submarinista. En 1917 tomó estudios en la Escuela de Submarinos de la US. Navy, en New London, Connecticut, y, luego de aprobar los cursos, quedó adscripto a la base de Bridgeport. Posteriormente, pasó a la Comisión Naval en Washington, como ayudante secretario del agregado, y a la Comisión Naval en Europa en 1921. Cuando volvió a la Argentina, dictó clases sobre torpedos y electricidad en la Escuela de Torpedistas, y sobre sumergibles, torpedos y minas en la Escuela de Aplicación, de la cual llegaría a ser director. En 1929 fue nuevamente designado en la Comisión Naval en Europa, cargo que ocupó hasta pedir su retiro en 1931, mientras era capitán de fragata.
  18. CEBALLOS, Eduardo A., “El giroscopio y la trayectoria del torpedo”, en Revista de Publicaciones Navales, tomo 38, n° 292, 1921, pp. 431-438.
  19. CEBALLOS, Eduardo A., “Calentadores de aire en los torpedos”, en Boletín del Centro Naval, tomo 41, n° 442, 1923, p. 329.
  20. CEBALLOS, Eduardo A., “El empleo del torpedo por los buques de superficie”, en Boletín del Centro Naval, tomo 45, n° 468, 1928, pp. 501-502 y 508.
  21. MALERBA, Luis S., “Comunicaciones radiotelegráficas, su desarrollo, su importancia y su rol”, en Revista de Publicaciones Navales, tomo 42, n° 314-315, 1922, pp. 33-48.
  22. AUMANN, Eduardo, “La organización de las fuerzas aéreas”, en Revista de Publicaciones Navales, tomo 49, n° 356-357, 1926, pp. 15-52; COELHO, Guillermo T., “La química en la guerra moderna. Los gases asfixiantes y tóxicos. Materiales incendiarios – Cortinas de humo (continuación), en Boletín del Centro Naval, tomo 42, n° 446, 1924, pp. 47-74; COELHO, Guillermo T., “La química en la guerra moderna. Los gases asfixiantes y tóxicos. Materiales incendiarios – Cortinas de humo (continuación)”, en Boletín del Centro Naval, tomo 42, n° 450, 1925, pp. 637-664. Eduardo Augusto Aumann (1899-1975) egresó de la Escuela Naval Militar con el cuarto lugar de la promoción n° 45. Piloto de dirigibles y aviador naval, llegó a ser agregado naval en Canadá y Estados Unidos, edecán naval del presidente Ramón S. Castillo y prefecto general marítimo en 1950. Retirado como contraalmirante en 1951, estuvo a cargo de la Liga Naval Argentina hasta su muerte. Guillermo T. Coelho (1893-1928) egresó de la Escuela Naval Militar en 1912, en el cuarto lugar de la 37ª promoción. En 1919, luego de haber finalizado una diplomatura en ciencias químicas que cursó en la Universidad de Washington, fue ascendido a teniente de fragata, primero, y a teniente de navío, después. En 1924, se lo asignó a la Comisión Naval en Europa y posteriormente al comando del buque hidrográfico San Juan. Falleció en 1928, en pleno ejercicio de sus funciones.
  23. BÁEZ, Gregorio, “Sobre señalación de combate”, en Boletín del Centro Naval, tomo 39, n° 429, 1921, pp. 137-145. Gregorio Báez (1889-1959) egresó de la Escuela Naval Militar en 1911, en la promoción n° 36. Se retiró de la Armada en 1934, con el grado de capitán de fragata.
  24. ZANNI, Esteban, “El futuro de la aviación”, en Boletín del Centro Naval, tomo 39, n° 431, 1921, pp. 357-362; “El avión y la guerra naval futura, por Francisco Arderius”, en Fray Mocho, 29/03/1921. Esteban Zanni (1896-1922) egresó de la Escuela Naval Militar en 1914 en el primer puesto de la 40ª promoción. Por sus calificaciones, en 1920 fue enviado a la Escuela de Aviación Naval de Pensacola (Estados Unidos), donde se formó como piloto naval junto a los alféreces de fragata Víctor Padula y Silvio Leporace, bajo la dirección del teniente de fragata Marcos Zar. Posteriormente, el Ministerio de Marina dispuso su traslado a Europa con la misión de visitar fábricas de aviones y probar aeroplanos. Murió en servicio, en agosto de 1922, durante un vuelo de prueba con un hidroavión Dornier.
  25. ZANNI, “El futuro…”, cit., pp. 357-359.
  26. Ibid., p. 362.
  27. ZAR, Marcos A., “Experiencias de bombardeo aéreo en Estados Unidos”, en Boletín del Centro Naval, tomo 39, n° 430, 1921, pp. 295-315. Marcos Antonio Zar (1891-1955) egresó de la Escuela Naval Militar en la 23ª promoción de 1911. En 1917 fue destinado a Estados Unidos, donde se formó como piloto naval, y entre 1918 y 1919 se capacitó en la Escuela de Aviación Militar de Italia. Cuando regresó a la Argentina, ocupó diferentes puestos, entre ellos: subdirector de la Escuela de Aviación Naval, jefe de la Estación Aeronaval de la 3ª Región Naval, jefe de la División Aviación de la Dirección General de Navegación, jefe de Comunicaciones, jefe del Servicio de Aviación Naval del Estado Mayor General, y director general de Aviación Naval. De los gobiernos de Italia, Estados Unidos y Francia obtuvo los certificados de piloto aviador militar superior, aviador naval y piloto observador de bombardeo. Se retiró en 1944, con el grado de vicealmirante.
  28. ZAR, Marcos A., Aviación Naval, Ferrari Hnos., Buenos Aires, 1927.
  29. Ibid., p. 4.
  30. Ibid., pp. 92, 101, 111-112 y 138.
  31. “Una imprevisión de los ingleses durante la guerra. El fin del Jemtchtug y del Mousquet (trad. A. Guerrico)”, en Boletín del Centro Naval, tomo 44, n° 461, 1926, pp. 493-506. El “Jemtchtug” –en realidad, Zhemchug fue un crucero ruso y el Mousquet un destructor francés. Ambos fueron hundidos por el crucero ligero alemán Emden en el estrecho de Malaca el 28 de octubre de 1914. Alberto Guerrico (1889-1940) egresó de la Escuela Naval Militar en 1910, en la promoción n° 35. Se retiró de la Armada en 1935, como capitán de fragata.
  32. LUISONI, Pedro, “Estado actual del problema de las sondas acústicas”, en Boletín del Centro Naval, tomo 42, n° 450, 1925, pp. 575, 580. Pedro Luisoni (1891-1958) egresó de la Escuela Naval Militar en 1912, en la 38ª promoción, con el grado de guardiamarina. Se retiró como capitán de fragata en 1933.
  33. CAILLET-BOIS, Teodoro, “Extracto del libro Notes on Post-War Ordnance Development, en Boletín del Centro Naval, tomo 42, n° 450, 1925, pp. 665-677.
  34. HACUTAR (seudónimo), “La evolución de nuestra Marina de Guerra. Motto: no adelantar es retroceder”, en Boletín del Centro Naval, tomo 40, n° 438, 1923, p. 603.
  35. DE LOQUI, Esteban, “Carta al Director. La libertad de los mares y del aire”, en Boletín del Centro Naval, tomo 36, n° 415, 1919, p. 683.
  36. Ibid., pp. 687-689.
  37. BURZIO, Armada Nacional, cit., pp. 176-177.
  38. ARGUINDEGUY, Las fuerzas, cit., pp. 219-220.
  39. Lucio P. González (1885-1950) egresó de la Escuela Naval Militar con la 32ª promoción y fue compañero de Francisco Lajous, José Oca Balda y Osvaldo Repetto. Se retiró del servicio activo en 1930, con el grado de teniente de navío.
  40. GONZÁLEZ, Lucio P., “Necesidad del empleo del sumergible en nuestra armada”, en Boletín del Centro Naval, tomo 37, n° 416, 1919, pp. 79-80.
  41. Ibid., p. 80.
  42. Ibid., p. 81.
  43. TANCO, Miguel A., “Submarinos”, en Boletín del Centro Naval, tomo 37, n° 420, 1920, pp. 471-478. Miguel Aníbal Tanco (1888-1961) egresó de la Escuela Naval Militar en 1910. Fue profesor de las asignaturas Armas Submarinas y Electricidad en el viaje de instrucción de la fragata Sarmiento de 1920. Su carrera militar no fue extensa, porque se retiró en 1923 con el grado de teniente de fragata, aunque posteriormente ocupó importantes cargos políticos y llegó a ser gobernador de la provincia de Jujuy, en 1930. Vicente Armando Ferrer (1888-1983) egresó de la Escuela Naval Militar en 1908, con el segundo lugar de su promoción. Entre 1914 y 1915, integró la subcomisión encargada de efectuar los sondajes y estudios del litoral marítimo de la Provincia de Buenos Aires, y en 1917 fue enviado a Estados Unidos para capacitarse en la escuela de submarinos de New London, Connecticut. A su regreso, fomentó el desarrollo del arma submarina y el buceo en el país. Se retiró como capitán de fragata en 1934.
  44. FERRER, Vicente A., “Apreciaciones sobre el submarino después de la guerra. Algunas cosas curiosas de los submarinos”, en Boletín del Centro Naval, tomo 37, n° 421, 1920, pp. 569-570. Posteriormente esta misma conferencia sería publicada en formato libro. Ver: FERRER, Vicente A., Apreciaciones sobre el submarino después de la guerra: algunas cosas curiosas de los submarinos, Talleres Gráficos del Ministerio de Agricultura de la Nación, Buenos Aires, 1920.
  45. Ricardo Camino (1875-1937) egresó de la Escuela Naval Militar en 1896, con la 20ª promoción. Obtuvo diversas promociones y destinos hasta alcanzar el grado de contraalmirante. Se retiró del servicio en 1932.
  46. FERRER, “Apreciaciones…”, cit., p. 569.
  47. Ibid., pp. 569-570.
  48. ACQUAPENDENTE (seudónimo), “El buque escuela”, en Boletín del Centro Naval, tomo 36, n° 414, 1919, pp. 385-388.
  49. Ibid., p. 386.
  50. Eduardo Jofré (1889-1947) egresó de la Escuela Naval Militar en 1911 en el quinto lugar de la 36ª promoción. Se retiró como capitán de fragata en 1935.
  51. JOFRÉ, Eduardo, “La enseñanza de la artillería en la marina”, en Boletín del Centro Naval, tomo 38, n° 424, 1920, p. 377.
  52. Ibid., p. 380.
  53. Ibid., p. 384.
  54. NWC, Office of Naval Intelligence, Navy Department, Monthly Information Bulletin. Number 10 – 1921 – 15 October 1921, Government Printing Office, Washington, 1921, pp. 54-55.
  55. VILLEGAS BASAVILBASO, Benjamín, “La Acción Naval de los Pozos”, en Boletín del Centro Naval, tomo 44, n° 458, 1926, pp. 1-7.
  56. Ibid., p. 7.
  57. Ibid., p. 1-7.
  58. “Primer centenario del combate de Los Pozos 1826 – 11 de junio – 1926”, en Boletín del Centro Naval, tomo 44, n° 459, 1926, p. 267. Arturo Cueto (1876-1927) egresó de la Escuela Naval Militar, en 1897, con la promoción n° 21. Comandó varias unidades y en 1922 fue jefe del Arsenal Naval Puerto Belgrano. Murió en servicio, mientras ostentaba el grado de capitán de navío.
  59. “Primer centenario del combate naval de Los Pozos”, en Fray Mocho, 22/06/1926.
  60. “Primer centenario del combate de Los Pozos 1826 – 11 de junio – 1926”, cit., p. 261.
  61. “Centenario del combate del Juncal 1827 – 9 de febrero – 1927”, en Boletín del Centro Naval, tomo 44, n° 462, 1927, p. 550; “Batalla naval del Juncal. 8 y 9 de febrero del año 1827”, en Caras y Caretas, 12/02/1927.
  62. Jorge Games (1885-1929) egresó de la Escuela Naval Militar en 1905, con el primer puesto de su promoción. En 1910 fue enviado a la escuadra estadounidense en el Pacífico, en comisión de estudios por seis meses, para perfeccionarse en artillería, tiro y torpedos. Integró las tripulaciones de varios buques y desempeñó diversas tareas para el Ministerio de Marina. Murió mientras se encontraba en actividad, en 1929, con el grado de capitán de fragata.
  63. GAMES, Jorge, “Interrupción del comercio enemigo. Principios tradicionales y prácticas establecidas en la última guerra”, en Boletín del Centro Naval, tomo 45, n° 464, 1927, p. 25.
  64. Ibid., p. 26.
  65. La viuda del capitán Jorge Games le permitió a Guillermo Ceppi compilar, corregir y publicar los escritos, lo que recién haría en 1932, cuando regresó de una comisión en el extranjero. Guillermo Ceppi (1884-1967) egresó de la Escuela Naval Militar en 1904, con la promoción n° 28. Con el grado de capitán de navío solicitó el retiro en 1933.
  66. GAMES, Jorge, Conceptos generales sobre la guerra naval moderna, Imp. G. Tauber y Cía., Buenos Aires, 1932, pp. 5-6.
  67. Ibid., p. 10.
  68. Ibid., p. 43.
  69. MARTIN, Juan A., “Posibilidad de crear una marina mercante argentina”, en Boletín del Centro Naval, tomo 46, n° 470, 1928, pp. 10-11.
  70. Ibid., pp. 8-9.
  71. Ibid., pp. 9-10.
  72. CEBALLOS, “El empleo del torpedo…”, cit., p. 501.
  73. ALBARRACÍN, Gabriel, “Armamentos Navales”, en Boletín del Centro Naval, tomo 38, n° 422, 1920, p. 51.
  74. Ibid.
  75. PERTUSIO, Roberto y Guillermo MONTENEGRO, El poder naval y el entorno geopolítico (1890-1945), Instituto de Publicaciones Navales, Buenos Aires, 2004, pp. 193-196; EBEGBULEM, Joseph C., “The Failure of the Collective Security in the Post World Wars I and II International System”, en Transcience, n° 2, 2011, p. 23.
  76. MCKERCHER, B. J. C., “The Politics of Naval Arms Limitation in Britain in the 1920s”, en Diplomacy & Statecraft, vol. 4, n° 3, 1993, pp. 35-59; FERRIS, J. R., “The Symbol and the Substance of Seapower: Great Britain, the United States and the One-Power Standard, 1919–1921”, en MCKERCHER, B. J. C. -editor-, Anglo-American Relations in the 1920s, Palgrave Macmillan, London, 1990, pp. 55-80.
  77. KENNEDY, Paul M., The Rise and Fall of British Naval Mastery, Allen Lane, London, 1976, p. 268.
  78. MARTIN, Juan A., “El presupuesto de la marina británica 1920-21. Algunas consideraciones sobre ese documento”, en Boletín del Centro Naval, tomo 38, n° 424, 1920, p. 469.
  79. Ibid., p. 471.
  80. Ibid., p. 469.
  81. ZANNI, “El futuro…”, cit., pp. 357-358.
  82. Ibid., p. 358.
  83. CEPPI, Guillermo, “De la unidad en la institución armada”, en Boletín del Centro Naval, tomo 39, n° 431, 1921, pp. 365-413.
  84. Ibid., p. 366.
  85. Ibid., p. 411.
  86. CEPPI, Guillermo, “La toma de las Islas Bálticas durante la gran guerra. Consideraciones sobre la cooperación entre el Ejército y la Armada (Terminación)”, en Boletín del Centro Naval, tomo 43, n° 452, 1925, p. 29. Este artículo formaba parte de una serie de textos que el Boletín del Centro Naval publicó por partes, pero que pertenecían a un único libro. Ver: CEPPI, Guillermo, La toma de las Islas Bálticas durante la Gran Guerra. Consideraciones sobre la cooperación entre el Ejército y la Armada, Tixi y Schaffner, Buenos Aires, 1924.
  87. CEPPI, “La toma de las Islas…”, cit., p. 28.
  88. LAGOS, El Poder…, cit., pp. 20-21.
  89. Ibid.
  90. Ibid., pp. 35-36 y 38-40. La extensión y ambición del proyecto de Lagos era tal que llamó la atención de las oficinas de inteligencia estadounidense. Uno de los comunicados –13 de junio de 1921– señalaba las negativas consecuencias que tendría la materialización de ese plan en el equilibrio de poder sudamericano (NWC, Office of Naval Intelligence, Navy Department, Monthly Information Bulletin. Number 9 – 1921 – 15 September 1921, Government Printing Office, Washington, 1921, p. 36).
  91. El 11 de agosto de 1921 el gobierno estadounidense convocó a una Conferencia en Washington, que dio a luz a una serie de tratados, entre ellos, el Tratado de Limitación de Armamentos Navales del 6 de febrero de 1922. Lo firmaron Estados Unidos, Gran Bretaña, Japón, Francia e Italia, quienes acordaron acotar su poderío naval, limitando el número y tamaño de sus buques capitales (HONE, Thomas C. y Mark D. MANDELES, “Interwar Innovation in Three Navies: U.S. Navy, Royal Navy, Imperial Japanese Navy”, en Naval War College Review, vol. 40, n° 2, 1987, pp. 63-83; MCKERCHER, “The Politics…”, cit., pp. 35-59).
  92. LAGOS, El Poder, cit., pp. 42, 47.
  93. Ibid., pp. 71-73.
  94. GAMES, Jorge, “Utilización táctica de las diferentes armas en la Guerra Naval”, en Boletín del Centro Naval, tomo 40, n° 436, 1922, pp. 262-263. En un trabajo posterior, Jorge Games volvería a confirmar la importancia del buque acorazado y el dominio marítimo (GAMES, Jorge, “El dominio del mar y el buque capital”, en Boletín del Centro Naval, tomo 41, n° 444, 1924, pp. 661-666).
  95. “La marina de guerra nacional”, en Caras y Caretas, 27/05/1922.
  96. SÁENZ VALIENTE, Juan Pablo, El desarme como política internacional, L. J. Rosso y Cía., Buenos Aires, 1923, p. 11.
  97. Ibid., pp. 12-13.
  98. GALÍNDEZ, Ismael F., “Actualidades. Discurso del Señor Contraalmirante Ismael Galíndez, presidente del Centro Naval”, en Boletín del Centro Naval, tomo 41, n° 441, 1923, p. 245.
  99. Ibid., p. 246.
  100. Ibid., p. 247.
  101. Ibid., pp. 247-248.
  102. GALÍNDEZ, Ismael F., “Actualidades. Discurso del Señor Contraalmirante Ismael F. Galíndez, presidente del Centro Naval”, en Boletín del Centro Naval, tomo 42, n° 447, 1924, p. 269.
  103. GUERRICO, Alberto, “Adquisición de material”, en Boletín del Centro Naval, tomo 42, n° 448, 1924, pp. 317-322.
  104. Ibid., pp. 319-322.
  105. “Caras y Caretas en los Ministerios. Con el ministro de Marina Almirante M. Domecq García”, en Caras y Caretas, 7/07/1923.
  106. DOMECQ GARCÍA, Manuel, Memoria del Ministerio de Marina correspondiente al ejercicio 1923-1924, Talleres Gráficos de la Dirección General Administrativa, Buenos Aires, 1924, pp. 5-6.
  107. Ibid., p. 7.


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