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Prácticas de producción de sentido: legitimidad, conyugalidad y maternidad en los boletines del Instituto Internacional Americano de Protección de la Infancia (1927-1949)

Soledad Rojas Novoa

En este trabajo[1] propongo una relectura de los resultados preliminares de una investigación más amplia, cuyo interés central ha sido comprender los procesos de construcción de la infancia como problema social en América.[2] A través de la indagación de determinados procesos de estabilización institucional y disciplinaria, busco comprender las condiciones particulares de producción de ciertos saberes que durante el siglo xx fueron dotando de sentido a la categoría de “protección de infancia” en la región. Si bien estos han sido de distinta índole, en general, tienen en común su interés por proteger a los grupos más jóvenes de la sociedad estableciendo para ello mecanismos de regulación para la relación entre padres/madres e hijos/as. Tales mecanismos generan tensiones variables en lo que podríamos entender como una triada infancia-familia-Estado, suscitando algunas de las interrogantes específicas de este trabajo: ¿cuál es la relación entre la preocupación social por la infancia y los procesos de estructuración de la familia como regulador moral y material de las sociedades?; ¿cuál sería el papel que esa preocupación juega en la construcción de los roles masculinos y femeninos específicos cuando se trata de padres/madres, maridos/esposas? Estas interrogantes presentan múltiples encrucijadas. Aquí abordaremos específicamente aquellas que refieren a las prácticas de producción de sentido en torno a la legitimidad, la conyugalidad y la maternidad, categorías que encontramos en el centro del debate en el contexto que nos interesa: los boletines del Instituto Internacional Americano de Protección de la Infancia, entre los años 1927 y 1949.

A continuación, comenzaré por una breve caracterización de ese campo en el que haremos transitar nuestras reflexiones –el instituto, los boletines, el período–. En un segundo momento, daré cuenta de lo que en ese campo podemos observar, a saber, que la preocupación por la maternidad, la legitimidad y la conyugalidad resulta coherente con un modelo que busca instalar la “prevención” como mecanismo de producción y control de la salud de las poblaciones. Específicamente, veremos que ese modelo se canaliza a través de tecnologías particulares, fundamentalmente en lo que respecta tanto al ejercicio de los llamados “cuidados maternos”, como a la legitimación de los hijos y de las uniones de pareja. Finalmente, propongo algunas pistas para pensar de qué manera este modelo se traduce en mecanismos de transformación específicos, que buscan cristalizar algunos ideales de lo que es “una buena madre”, “un padre responsable” o “una familia normal”.

Un campo: los boletines del Instituto Internacional Americano de Protección de la Infancia entre 1927 y 1949

La protección de la infancia emergió como una temática autónoma en nuestro continente hacia principios del siglo xx[3]. El escenario entonces se caracterizó por la acción de diversos grupos que inicialmente funcionaban aislados entre sí pero que, incluso siendo ideológica y disciplinariamente disímiles, buscaron avanzar hacia la creación de un lenguaje común. Si hasta entonces la cuestión infantil había sido abordada de modo fragmentario, como tema dentro de otros más amplios –mayoritariamente salud, educación y protección social–, y sobre todo dentro de iniciativas nacionales, una de las particularidades de este período fue la organización de una “red de saberes” sobre la infancia para la región.[4] En ese espíritu se fundó, en junio de 1927 en Montevideo, el Instituto Internacional Americano de Protección de la Infancia, con el objetivo de ser un centro de estudio, documentación, consulta y propaganda especializado en las experiencias infantiles americanas. En palabras de su fundador, el célebre pediatra uruguayo Luis Morquio:

Todos los que hemos tenido que preparar Congresos o reuniones internacionales o solicitar datos para trabajos o estudios determinados, hemos sentido toda la significación de este serio inconveniente en el intercambio de nuestras relaciones intelectuales. La verdad es que vivimos ignorándonos, sin saber exactamente la posición real de cada país en materia de protección a la infancia. Todo esto nos indica la conveniencia de tener un centro de referencia adonde acudir cuando sea necesario conocer los elementos indispensables o datos particulares en la vida del niño en los países de América; donde se consignen estadísticas, las instituciones y organismos, las leyes y reglamentos, etc., que permitan conocernos, para compararnos, para estimularnos en una obra de colaboración, de acercamiento y de propaganda” (Morquio, 1927: 47-48).

El instituto se constituyó entonces por un grupo de científicos, profesionales y encargados de políticas públicas de distintos rincones de América que compartieron la preocupación por generar un “mapa de conocimiento” sobre la infancia en la región. Para abordar esta tarea, una de sus herramientas privilegiadas fue la publicación de su boletín, una revista especializada con tiraje trimestral, que tuvo como objetivo la sistematización y difusión de la amplia variedad de información sobre la infancia que el organismo se encargaba de recopilar. Concretamente, constituyó una plataforma de estudios descriptivos, informativos o estadísticos, cuya intención era configurar un panorama general de la realidad de las infancias locales en la región, así como compartir experiencias y modelos de las incipientes medidas de intervención (leyes, órganos estatales especializados, tipos de centros materno-infantiles, escuelas, comedores, juzgados, etc.).

Desde mi perspectiva, este boletín materializa el supuesto fundamental que reunió a los actores del instituto en sus primeros años, que fue considerar la producción de saber como una herramienta privilegiada para generar transformaciones duraderas en las condiciones de vida de los niños americanos. Si bien en esos años el instituto se presentaba a sí mismo como una “simple” instancia de recopilación y difusión de información, es posible avanzar en la hipótesis de que, al tiempo que invitó a valorizar la especialización del conocimiento, la circulación de ideas y la conceptualización de la infancia como un problema social, participó activamente de la constitución de esas especialidades, de la dirección de esa circulación y de las posibilidades de esa problematización. En ese gesto, el instituto participó activamente de la construcción de una versión deseable de la infancia –y sus familias– y, al mismo tiempo, de la cohorte de voces autorizadas para definir y recortar esa versión.

Estos procesos son claramente observables en lo que he denominado el “periodo autónomo” del instituto, es decir, desde su fundación en 1927 hasta su anexión a la Organización de los Estados Americanos (oea), en 1949. Estos son los años en que el instituto funcionó principalmente como un centro de estudios. Luego de la anexión a la oea, sus responsabilidades técnicas tensionaron de manera decisiva su papel de vanguardia en la definición de problemas relacionados con la infancia, por lo que sus objetivos, responsabilidades y alcance se diversificaron en una lógica que excede a la de este artículo.

Aquí trabajaremos sobre el supuesto de que las prácticas y representaciones que el instituto produjo en su periodo autónomo –y que circularon entre las páginas de su boletín– alcanzaron legitimidad en la medida que habilitaron la inteligibilidad –y por tanto la construcción– de comportamientos, procesos y valores que fueron validados como objetos de pensamiento y acción. En este sentido, planteo que sus producciones en este periodo constituyeron representaciones sociales que formaron parte del sentido social que el instituto construyó, resultado, a su vez, de los procesos de su hegemonización en el campo cultural. Por lo mismo, la lectura que aquí haremos de estos documentos no busca reproducir literalmente las versiones del mundo que ellos ofrecen, ni tampoco intenta delimitar una verdad que los trascienda, sino que se concentra en sus posibles verdades como “producciones sociales” y como “campos de tensión”. En este sentido, el acercamiento a los boletines no se basa en una “metodología extractiva” (Bosa, 2010), sino en el intento por reponer las redes de sentido construidas al momento de su creación y de su concepción como herramientas dentro de un proyecto regional.

En la misma línea, los textos son tomados como “artefactos con pretensión de gobierno”, es decir, se inscriben en una serie de intentos por estructurar el campo posible de acción de los otros, a partir de ciertos ideales, valores, aspiraciones, discursos, saberes (Foucault, 2006). Si consideramos estos textos como discursos prescriptivos, no constituyen un reflejo de las prácticas de cuidado familiares ni de las prácticas de gobierno para el periodo histórico que recorremos, sino que son modelos que nos permiten vislumbrar lo que se entretejió como un “deber ser” respecto de la infancia y sus modos de gobierno. En ese sentido, lo que nos interesa conocer son los diversos proyectos de construcción de las infancias regionales, es decir, tanto las clasificaciones sobre lo infantil como las prácticas estatales que despliegan en consecuencia.

Como veremos en las páginas que siguen, dichos proyectos trajeron aparejada una serie de debates respecto de las responsabilidades sociales con el bienestar infantil, difundiendo ideales particulares y mecanismos de transformación específicos. De manera general, tales ideales y mecanismos compartieron dos características centrales: por un lado, abonaron a una naturalización de la familia nuclear como modelo deseable para los intercambios sociales y económicos; por otro, se construyeron en el marco de la prédica preventiva instalada por el dispositivo médico-social en amplio desarrollo en esos años en la región.

Aquí llamaremos “tecnologías de legitimidad” a la serie de estrategias que buscaron regular los intercambios afectivos y económicos relativos a la infancia con base en esas dos premisas: la “familia legítima” y las prácticas preventivas. Entre estas tecnologías, observamos tres que aparecen con particular fuerza en las páginas del boletín y cuya frecuencia en este circuito nos permite caracterizarlas como modalidades específicas del intento por regular las tensiones en la triada infancia-familia-Estado que nos interesan. Por un lado, la “profilaxis del abandono”, caracterizada como aquellas intervenciones dirigidas a la “madre soltera” en busca de apuntalar los “desajustes” de las familias sin hombre-sustento y redireccionarlos hacia el “cauce natural” de la familia nuclear. Por otro lado, la “puericultura”, así como la “regulación nupcial”, ambas estrategias que buscaron la higienización y predictibilidad de los cuidados infantiles, así como de las relaciones de pareja.

Profilaxis del abandono: huachos, huachas y madres desamparadas

Si durante las primeras décadas del siglo xx las tasas de mortalidad infantil eran un indicador central para determinar el nivel de progreso de las naciones, los números para los Estados americanos no eran favorables. Su búsqueda incesante por unirse a los estándares occidentales incentivó una movilización masiva para encontrar las causas de esas tasas y tomar medidas reformadoras en varios aspectos concernientes al bienestar de las familias. Las altas tasas de ilegitimidad infantil, sumadas a los elevados índices de desigualdad y lo que se entendía como una ignorancia de parte de las clases populares, dieron paso a la construcción de un blanco cada vez más delimitado para las agencias médicas, sociales, jurídicas y educativas.

En los artículos publicados en el boletín, observamos que estas tres variables –ilegitimidad, pobreza e ignorancia– se interrelacionan según la siguiente ecuación: los niños ilegítimos generalmente eran de madres pobres e ignorantes, y, en la medida en que esos hijos eran más vulnerables (analfabetos, callejeros, descuidados, sucios, malnutridos), las relaciones familiares se transformaron en el centro de atención. Como bien lo resume el médico uruguayo Julio Bauzá, la ilegitimidad constituiría

[…] una situación desfavorable que traduce indudablemente un estado de bancarrota de las buenas costumbres que deben regir un país en evolución constante hacia su progreso, y que nos presenta ante el mundo civilizado como un país de organización social atrasada (Bauzá, 1941: 395).

Una consecuencia directa de esta preocupación fue que el problema de la ilegitimidad infantil dejara de relacionarse estrictamente con el cuestionamiento de las convenciones sociales para pasar a ser un asunto de interés nacional. A esto nos remiten, por ejemplo, las palabras de Ada Schweitzer, directora de la División de Higiene de la Niñez de la Junta de Sanidad del Estado de Indiana en Estados Unidos, formando parte de algunas ideas fundacionales del instituto:

La salud es la base del progreso nacional, y por eso a todo gobierno le atañen los factores que la afectan, como la herencia, el medio y los hábitos. Es necesario que se apliquen los conocimientos científicos en la adaptación de hombres y mujeres a la paternidad en general, en la protección de la maternidad y en la cría y conservación de los hijos. Nuestro objeto es hacer esto eficazmente (Schweitzer, 1928: 447).

Con ello, la ilegitimidad y, por tanto, el “problema matrimonial” –que es de lo que finalmente se trata– generaron un entrecruzamiento de diferentes discursos, tanto de orden conservador como progresista, que fueron coincidentes en considerar necesaria la moralización de los sectores populares.[5] En esa línea, observamos un auge en la promoción de mecanismos para afirmar la familia –eliminando la ilegitimidad de la prole y de las uniones de pareja– fundados en la idea de que la ilegitimidad supone amor transitorio, inestabilidad familiar o la negación de la “autoridad natural” del padre-esposo, en una crisis que afectaba a la familia y que podría, por tanto, perjudicar a toda la comunidad nacional.[6] Esto influyó directamente en uno de los ejes centrales para toda medida de protección de infancia en esta época: el llamado “binomio madre-hijo”.[7] Tal y como lo definiera el médico uruguayo Roberto Berro, en sus años como director del instituto:

Del clásico binomio debemos hacer una indiscutible unidad, es poco uno y otro, por juntos, por vinculados que estén, hagamos dos en uno, madre e hijo, porque así lo quiso la naturaleza, porque así lo dispusieron las leyes naturales, irrevocables, que nos dictó el Creador. […] la ley natural primero, la ley moral luego, y la ley social, siempre imponen el mantenimiento de la situación unitaria (Berro, 1938: 411).

Esa “indiscutible unidad” estaba determinada en estos casos por la presencia de una “madre soltera”, es decir, de una mujer definida por su relación con los hijos y el progenitor, atada, en el mismo gesto, a funciones domésticas y educativas determinadas. Observamos entonces que el binomio toma aquí un sentido particular, ya que la “díada madre soltera-hijo ilegítimo” no era ni económica ni moralmente suficiente, lo que hacía necesario, como señalara Violeta Donoso (1933) –entonces visitadora social de la Junta de Beneficencia de Santiago de Chile–, un desplazamiento en el foco de atención y las intervenciones consecuentes, respecto de los casos en que el hombre-sustento estaba presente. Así lo sostenía, por ejemplo, el médico argentino Oscar Rodríguez:

Está el caso de la mujer de origen proletario, con un hogar sólidamente constituido y cimentado en la legalidad; aquella que cuenta con el apoyo masculino tan necesario en esos casos en que se impone mirar de frente al porvenir para aceptar la responsabilidad que se ha creado. […]. Pero sucede que al borde de nuestra moral, existen ciertos casos especiales de maternidad, que por su frecuencia y abandono requieren un estudio en capítulo aparte. Se sabe que la maternidad ilegítima, actuando a la inversa de la maternidad legal, da origen muchas veces a la creación de hondos problemas morales, de choques familiares, de infinidad de circunstancias desdichadas que engendran en muchos casos la desventura material (Rodríguez, 1937: 365).

Anidados en esta perspectiva, el valor moral que se adjudicó a la “madre soltera” página tras página de los boletines se observa en sentencias como “engañada”, “abandonada”, “envilecida”, “inexperta”, “crédula”, “apasionada”, “víctima”, “digna de piedad”, “pobre”, “repudiada”, “desamparada”, “llena de temor”, “que avergüenza”. La mujer quedaba casi ineludiblemente cristalizada en el lugar de la miseria y el deshonor, doble eje que coordinó las intervenciones que la atañen y que buscaron justamente apuntalar simultáneamente su “escasez” moral y material. Desde la perspectiva del médico argentino Ernesto Nelson, en ausencia de dinero, de honra y de marido, la “madre soltera” enfrentaba

una vida dura, de trabajar para dos, mientras en su fatigada cabeza giran dos ideas excluyentes: o conservar el niño, y en tal caso exponerse a morir de hambre, o trabajar para ganar la doble vida, que significa forzosamente separarse de aquél (Nelson, 1927: 240).

“Madre soltera” equivale, a fin de cuentas, a un hogar mantenido con los escasos recursos que ella pueda adquirir y, por tanto, a una vida miserable para el niño, que seguramente quedaría en manos de extraños mientras la madre trabaja, abandonado y descuidado –en riesgo de muerte–, o directamente en un orfanato. Ambas salidas resultaban necesarias de evitar. Entonces, ¿cómo lograr que la dupla madre soltera-hijo ilegítimo viviese en condiciones semejantes a las establecidas por la norma, de modo que no mermase los índices de progreso y no significase una carga para el Estado?

Para el período que nos interesa, diremos que la respuesta transitó en los terrenos de la profilaxis y la prevención, en este caso materializada en una serie de medidas que buscaron anticiparse para evitar el “desbarajuste de la familia”, como señaló el filósofo norteamericano Carl Carstens (1928) en su trabajo sobre los deberes del Estado para con el niño abandonado o descuidado.

Como decíamos, la herencia, el medio y los hábitos emergieron como foco de atención, abordándose de forma singular en el circuito que comprende el instituto desde una perspectiva médico-social. En otras palabras, pediatras y asistentes sociales se constituyeron como las voces autorizadas para construir y resolver este problema de interés regional que constituyó la ilegitimidad infantil. Este dispositivo disciplinario estableció que los problemas que aquejaban a la infancia eran científica y socialmente evitables, por lo que la preocupación ya no era solo bajar las tasas de mortalidad infantil, sino procurar una vida saludable a esos niños, interviniendo en el medio social que los circunda.

Tal y como veremos más adelante, la gestión estuvo dirigida principalmente a la concreción y el fortalecimiento del núcleo tradicional de la familia, padre-madre-hijo, a través de técnicas como la puericultura o la regulación nupcial. No obstante, cuando se trata de “madres solteras”, se puso en juego otro estadio de la prevención, conceptualizado como paliativo en vistas de lo que se entiende como un fracaso, y que se alinea con lo que se denominó una “profilaxis del abandono”. Esta clasificación abarcó aquellas intervenciones destinadas sobre todo a evitar que la madre abandonara a su hijo y a procurar para esa “díada inapropiada una inserción “funcional” y “saludable” en la sociedad. A este respecto, parece unánime entre los trabajos encontrados en el boletín que el binomio madre soltera-hijo ilegítimo era frágil. Tomemos como ejemplo la opinión del emblemático médico chileno Luis Calvo Mackenna, uno de los fundadores del instituto:

La madre soltera, pobre y abandonada por el padre de su hijo y repudiada por su familia, que lucha con su miseria moral y con el hambre; que amamanta a su hijo más con sus lágrimas amargas que con sus pechos exhaustos, y que, como única solución de su terrible trance, de ese trance que se inicia y que ha de durar toda su vida, divisó y acudió a la negra claridad de la ancha puerta del Orfanato (Calvo Mackenna, 1928: 78).

Como solución ante ese abandono que aparecía como inminente, era de opinión común entre varios médicos que la creación de una serie de centros de protección materno-infantil debía ser interesante para el Estado ya que, alineados ejemplarmente con los nuevos preceptos de la profilaxis, promoverían el binomio material y moralmente. Por definición, ellos debían permitir a la mujer llenar una de las tres funciones que la maternidad le imponía –gestación, parto, lactancia–, buscando con ello tener dos efectos bien concretos: por un lado, disminuir los abortos, el número de bebés prematuros y de niños abandonados, la mortinatalidad, la mortalidad puerperal y la mortalidad infantil; y, por otro, el “levantamiento moral” de la madre abandonada. Como conclusión, se consideraba que la única manera de proteger completamente a la madre y al hijo era a través de la creación de estas casas, por lo que ellas debían ser consideradas de primera necesidad –tanto como hospitales y hospicios–, y que era deber del Estado darles un estatuto legal que asegurase su existencia y funcionamiento.

En general, estos dispositivos buscarían promover “la emergencia del instinto materno”, lo cual, como supone Calvo Mackenna (1928), “casi naturalmente” podría contrarrestar cualquier contradicción económica o social. En la misma línea, planteaba para el caso del contexto rural uruguayo, la médica Gracia Scaffo de Casas Mello:

Toda mujer, por más desnaturalizada que nos parezca, siempre tiene un rincón en su corazón donde están latentes los sublimes sentimientos de madre. Son estos centros de protección materno-infantil los que con personas que les sepan hablar con paciencia y cariño a estas madres, harán despertar el cariño al hijo, sentirse capaces de hacer frente a la vida con el que hasta entonces significaba para ellas un estorbo (Scaffo de Casas Mello, 1939: 418).

Si bien las maternidades en América Latina preexistieron a este movimiento, hasta aquí ellas no constituían una iniciativa continua ni se enmarcaban en los procesos de modernización de los establecimientos de salud. En el período que revisamos, encontramos en el boletín una serie de trabajos que dan cuenta de las formas especializadas que ellas podían tomar, ya sea como albergues, asilos, hogares, refugios, refectorios o maternidades. Finalmente, estas instituciones constituían, como observa Ernesto Nelson, “un programa eminentemente moral”: permitía “a la mujer rehabilitar su pasado, dándole como móvil de la nueva vida el deseo de criar a su hijo; como medio, su trabajo y como sostén, el cariño de madre” (Nelson, 1927: 238).

Dicho esto, y siguiendo las ideas del inspector general de los Servicios Ginecológicos del Ministerio de Salud Pública de Montevideo, Augusto Turenne (1945), es posible pensar que estos centros intentaban encarnar entonces el “calor de hogar” y la “confianza en el trabajo próspero”. Alineadas en lo evidente con el doble propósito cuando se trataba de proteger a la infancia en este contexto, a saber, que se redujeran las tasas de mortalidad –que el niño no muriera a causa de la precariedad material o el descuido, ni que se llegase al infanticidio– y las tasas de abandono –que las madres lograsen ser capaces de sostener a sus hijos y no debieran dejarlos a cargo del Estado–, entendemos que este tipo de instituciones tuvo a su cargo una transformación de la mujer, quien entraría al refugio deshonrada e improductiva para salir convertida en una trabajadora, autosuficiente, en busca de una vida “digna”. Dicho simplemente, la preocupación era doble: generar madres cuidadoras y madres productivas.[8]

Así las cosas, en los trabajos revisados en el boletín, observamos la presencia de una serie de tecnologías que intentaron que el binomio madre soltera-hijo ilegítimo funcionase dentro de condiciones deseables de amor y trabajo. Ahora bien, la profilaxis del abandono quedaba del lado de las medidas paliativas, mientras que, del otro lado de la prevención, la intervención apuntaba al fortalecimiento de la familia dentro de los cánones de filiación y conyugalidad regulados, mediante tecnologías como la puericultura o la regulación nupcial.

Otros estadios de la legitimidad: puericultura y regulación nupcial

Los trabajos de Louis Pasteur fueron una influencia indiscutible en el circuito generado por el instituto durante el periodo que revisamos. Una de las pistas para observar esa influencia entre las páginas del boletín es la insistencia con que se tomó como analogía su decir “guerra contra las bacterias”, para llevarla al campo de la “defensa social” o la “lucha contra el pauperismo”. En general, lo que se buscaba era destacar la necesidad de eficiencia en acciones concretas y rápidas y de que las familias de sectores populares –aquellas que eran intervenidas– “se cuadrasen con esta cruzada”. Para ello, se buscó fomentar una responsabilidad y participación activa en lo que respectaba a la salud pública, como por ejemplo señala William French, técnico de Higiene Materno-Infantil, consejero del Children’s Bureau:[9]

Para el funcionario de sanidad progresista ya no basta simplemente que el público permanezca sano mediante una obediencia ciega a las instrucciones que le dé, y quiere, más bien, que posea un conocimiento inteligente de los procedimientos empleados y de la relación entre la buena salud y los patrones de vida adecuados (French, 1948: 370).

Desde su perspectiva, había que interesar al individuo en la salud pública a tal punto que no solo estuviera dispuesto a aprender los preceptos que se le impartieran, sino también a participar activamente en su aplicación. Este es el llamado “proceso de formación de conciencia sanitaria” por la profesora de la cátedra de Criminología de la Universidad de Lima, Susana Solano (1936), que apuntó a la prevención en un contexto considerado más constructivo que paliativo, como veíamos en el apartado anterior.

Aquí tomaremos la expresión “conciencia sanitaria” que propone Solano para referirnos a una serie de metodologías articuladas entre las páginas del boletín y que tienen en común el afán de “crear consciencia de la necesidad de consolidar una familia legítima y saludable”, y luego de hacer de ese modelo un ideal. Para ello, el dispositivo pediatría social-trabajo social también fue central en el despliegue de nuevas tecnologías de acercamiento a las familias y la administración del espacio privado. Dos de ellas emergen con particular insistencia en las páginas del boletín y, por tanto, nos interesan en detalle: la puericultura y la regulación nupcial. Como veremos, estas dos tecnologías se definen por ser dependientes de la capacidad del dispositivo médico-social de crear una cultura eugenésica que logre fijar la norma en la conciencia social de las familias.[10]

Para el caso de la puericultura, nos encontramos con una serie de trabajos que plasmaron diversos consejos médicos bajo la forma de “formas de aconsejamiento” a las madres, que no eran consejos en su sentido común, sino un tipo de práctica que combinaba la técnica y la moral, implicaba una situación asimétrica y formaba parte de las acciones pedagógicas diseñadas por saberes entendidos como expertos.[11] Se trataba de una tendencia –bien representada por Gregorio Aráoz Alfaro, uno de los fundadores del instituto y de las más importantes agencias pediátricas en Argentina– a considerar a las madres como la principal vía de acceso a las familias y, más aún, a otorgar a los cuidados maternales una importancia central en el futuro de las naciones. Como señala Nancy Stepan:

La puericultura estaba tan profundamente arraigada en una visión tradicional del rol de la mujer en la familia y en la reproducción, que los puericultores se focalizaron en la necesidad de mantener a la mujer en la reproducción, criando niños saludables de acuerdo con los principios médicos modernos y por el bien del país (Stepan, 1991: 78).

Como hemos podido ver hasta aquí, en las páginas del boletín se articula una serie de esfuerzos por regular el ambiente social y moral de los progenitores, muy particularmente de las madres. A grandes rasgos, la idea que se sostiene es que, sin importar su nivel cultural, ellas tendrían la misma carencia de conocimientos respecto de los cuidados y de la higiene de sus hijos (Lefaucheur, 1992). Esa “ignorancia” se calificaba en el Boletín como “pintoresca”, “disparatada”, “que avergüenza”, “inaceptable en vista de las ansias de progreso”.

En esa línea podríamos justamente considerar esta declaración en nombre de la Asociación Venezolana de Mujeres en el ii Congreso Venezolano del Niño:

Toda mujer venezolana, madre o no, teniendo conocimientos de Puericultura o higiene infantil siquiera elementales, se convierte en la más eficaz colaboradora del Estado y de los organismos de protección al niño, en la campaña contra la mortalidad infantil. Deducimos esto lógicamente por el hecho de que todo niño, en la primera infancia, depende siempre de la mujer y excepcionalmente del hombre (1941: 252).

Concretamente, la puericultura apunta a la difusión de conocimientos particulares sobre los cuidados infantiles, por lo general mediante la presencia directa de las visitadoras en los hogares “vigilando la lactancia”, “controlando la buena ejecución” de las prescripciones médicas, “denunciando faltas higiénicas” (Piaggio, 1937). De esta manera, la crianza de los hijos comenzó a ser conceptualizada como asunto de agentes profesionalizados, convirtiéndose en un quehacer complejo que supone saberes generalmente distintos de los populares.[12]

Para el caso de la regulación nupcial, nos referimos aquí, en sentido amplio, al conjunto de medidas preventivas que rigieron el campo de la reproducción humana y que formaron parte de un programa de normalización que busca racionalizar y purificar la sexualidad en el contexto que revisamos. Se trata de una interpretación de los postulados de la eugenesia positiva, es decir, un programa educativo que busca instalar códigos culturales específicos para rehacer los roles de género y reconstituir la familia, con la finalidad de alcanzar el progreso de las naciones.

Esta regulación se basó en una campaña de instrucción que buscaba infundir “aptitudes morales” en el matrimonio, para que este se desarrollara “como se esperaba”, es decir, entre un hombre y una mujer que tenían como objetivo la procreación y que necesitaban determinadas aptitudes físicas, morales y sociales para que su descendencia fuera saludable. La aptitud moral fundamental sería controlar el instinto sexual; la aptitud física, no tener “taras” y procrear en la edad ideal (entre 25 y 35 años); la aptitud social tenía que ver con los medios para hacerse cargo de los hijos, es decir, que el padre pudiera proveer el sustento material y que la madre fuera capaz de hacerse cargo del cuidado cotidiano. En este sentido, si estos mandatos atañen a la sexualidad, es porque ella no se concibe como una actividad individual y subjetiva, sino como una responsabilidad colectiva cuyo producto beneficiaría o perjudicaría a la sociedad en su conjunto, dependiendo de su adecuación a parámetros predeterminados. Unir bajo el matrimonio civil otorgaba, en definitiva, una sanción estatal aceptada unívocamente como anclaje donde se generaba la estabilidad social, de la cual, desde las perspectivas que encontramos en los boletines, dependía el equilibrio de todo un sistema (cultural, económico, social) para su desarrollo y reproducción.

Entre las tecnologías específicas diseñadas en consecuencia, encontramos distintos énfasis. Por un lado, algunas de ellas acordaron mayor interés a la perspectiva médica, buscando instruir la cultura eugenésica mediante el fomento de la preocupación individual por la salud personal y del compañero o la compañera sexual. Entre ellas aparece el contrato o certificado prenupcial, la cédula o cartilla biotipológica y los preventorios. El contrato o certificado prenupcial era un documento sanitario a demandar por quienes contraían matrimonio, para verificar si su pareja estaba o no en condiciones de salud tales que no significasen un peligro para ellos, y principalmente para la descendencia (Carrasco, 1937; Piaggio, 1938; Solano, 1936; Carrau, 1937). La cédula o cartilla biotipológica, por su parte, era un historial médico, constituido por el registro, que recontaba las revisiones mensuales que debiesen hacerse desde el nacimiento y en todo contexto: el hogar, la escuela, la universidad, la fábrica, la oficina. Esta figura del “historial” es particularmente interesante en cuanto da cuenta de un entrecruzamiento entre el poder médico y el judicial basado en el registro: con la ficha, los médicos podían conocer toda la evolución de sus pacientes y los jueces sabían quiénes eran responsables de contagios y de transmisión de enfermedades. Por lo mismo, se planteó la iniciativa de que la cartilla se realizara en todos los países, con tal de generar cooperación internacional en caso de inmigración (Mayers, 1931; Carrau, 1937; Carrasco, 1937). Los preventorios eran centros abastecidos de profesionales e instrumental especializado para hacer exámenes, observación y experimentación, encargados de confeccionar las cartillas y difundir las ventajas del certificado (Mayers, 1931; Carrau, 1937; Carrasco, 1937; Piaggio, 1937).

Por otro lado, otras tecnologías se focalizaron en el aspecto social, como la conciencia o responsabilidad procreacional o la educación sexual. En ambos casos se trataba de demostrar que, dada su “dificultad”, las funciones parentales –paterna o materna– debían ser una decisión a tomar de manera responsable e informada (Donoso, 1933; Turenne, 1939; Murillo, 1945). Ahora, si bien para quienes se inclinaron por la segunda tendencia la primera resultaba una “formalidad final” de un proceso que ellos definían como mucho mayor, en ambos casos se trataba, como decíamos, de la necesidad de instalar una “conciencia sanitaria” de manera tan profunda que sus constricciones se aceptasen “con beneplácito”.[13] Al respecto, el licenciado panameño Francisco Carrasco declara:

Claro está que en los comienzos del cumplimiento de la ley sería forzado por la autoridad pública, pero poco a poco el cumplimiento de la misma se iría traduciendo en un constreñimiento psicológico, al formarse una conciencia social favorable a la norma jurídica tendiente a la selección eficiente de la especie, y así en el transcurso de pocos años, muy pocos serían los que llegaren a reaccionar contra ella. […]. Establecido el control médico eficiente y acostumbrados los individuos desde pequeños a sujetarse a la norma sanitaria, no presentarían en un futuro cercano la resistencia que hoy presentan al mejoramiento de la humanidad, porque compenetrados de su obligación de ser y de mantenerse sanos, serían lo suficientemente altruistas para evitar las generaciones de enfermos (Carrasco, 1937: 546-547).

Como habíamos dicho, el modelo buscaba fomentar una responsabilidad y participación activa en lo que respectaba a la salud pública. Como dijimos también, había que interesar a las familias a tal punto que no solo aprendieran sus preceptos, sino que también participaran activamente en su aplicación. En esta línea argumentaba Susana Solano:

De bien poco sirve la sobrenatalidad, si ella viene afectada de taras que le impiden un buen desarrollo, o nacen únicamente, para incrementar la estadística de la mortalidad infantil. La natalidad incontrolada acarrea, con frecuencia, una carga pesada para el Estado que la tolera; de muy poco sirve al poderío y desarrollo de la riqueza de un pueblo, la generación de imbéciles, idiotas, epilépticos, mal conformados, heredo-alcohólicos, sino para crear la imperiosa necesidad de ponerla bajo tutela, a fin de asegurar la convivencia social. De otro modo, serán clientes seguros de manicomios, cárceles y asilos (Solano, 1936: 13-14).

Este tipo de declaraciones son bastante frecuentes en los trabajos que encontramos en el boletín y dan cuenta de un posicionamiento relativamente homogéneo de los actores sociales que ahí circulan respecto del rol de los Estados frente a este ámbito de la salud pública en la región.[14]

En este sentido, podemos plantear que se trata de tecnologías de legitimidad que, tal como proponen Robbie Duschinsky y León Rocha (2012), avanzan en la reglamentación de las relaciones sexuales y de la pareja con incentivos o sanciones económicas, sociales o políticas, en respuesta a su adecuación a la norma construida. Desde esta perspectiva, la protección de la infancia cumpliría una función estratégica en la construcción de los roles femenino y masculino cuando se tratara de las responsabilidades parentales: haciendo cargo a los progenitores de su descendencia, se aportaría a la normalización de los circuitos de retroalimentación entre esferas productivas y reproductivas, integradas orgánicamente en un “todo social”. En otras palabras, se trata de una serie de tecnologías que buscan estandarizar ciertas prácticas –tanto en lo que respecta al cuidado de los hijos, como a la propia sexualidad–, naturalizando una distribución predefinida de los roles de género y una responsabilización de las prácticas privadas en orden del bienestar colectivo.

Finalmente, como bien ha señalado Vanesa Teitelbaum: “La reconstitución familiar entre los sectores populares, impulsada por el Estado y vinculada a la influencia creciente de los higienistas, se realizaba de acuerdo al nuevo modelo de familia, autónoma, nuclear y co-residente” (Teitelbaum, 1998: 197). Este trabajo invita a agregar una dimensión a esta secuencia: la legitimidad. En definitiva, como hemos podido ver en estas páginas, la familia nuclear y el vínculo nupcial funcionan como punto de capitón, es decir, como términos indisociables, que se cristalizan en la legitimidad como valor último, en torno al cual se intentará obstinadamente cerrar la vida de las clases populares.

De “buenas madres”, “padres responsables” e “hijos bien portados”

Inculcad en vuestros hijos el horror por el vicio y por la mentira…

Inculcadle el mayor horror por el odio, por la venganza, por la ira, por la avaricia, educándolo, al contrario, en la compasión, en la indulgencia, en la verdad, en la justicia. Inspiradle el amor al trabajo y el entusiasmo del sacrificio, y así, cumpliendo la más santa de las misiones, habréis dado a la sociedad, hombres afectuosos, caritativos, veraces, íntegros: habréis dado a la patria ciudadanos laboriosos, útiles, honestos (Aráoz Alfaro, 1929: 272).

Haciéndose partícipe de las discusiones sobre legitimación adoptiva, Víctor Escardó y Anaya (1946) –médico uruguayo, tercer director del instituto– retomó algunas consideraciones que emergieron en la “Declaración de Oportunidades del Niño” –promulgada en el viii Congreso Panamericano del Niño (Washington, 1942)–. Entonces Escardó y Anaya planteaba la importancia de que cada niño pudiera crecer “rodeado del cariño y la disciplina indulgente de la vida familiar”. Desde su perspectiva, ese cariño y esa disciplina deben venir tanto del lado de la madre –“con su corazón y su afecto, apoyo indispensable”–, como del lado del padre –“dándole fundamento al orden con su carácter y su educación”–. Al mismo tiempo, el médico planteaba la importancia de que el niño pueda crecer “en su propio hogar”, lo cual para él supone la existencia de “una familia legítima viviendo bajo un mismo techo”.

Estas declaraciones de Escardó y Anaya nos sirven para introducir una discusión relevante en este período, y que coincide con la expansión de un modelo que busca clasificar la infancia según su ajuste a ciertos cánones científicos, económicos y valóricos establecidos. Si hasta aquí hemos marcado los parámetros para una familia deseable –nuclear y legítima–, ahora interesa conocer las particularidades de los hijos que se espera que ella produzca. Como lo advertimos con Aráoz en el fragmento que inaugura este apartado: “compasivos”, “indulgentes”, “nobles”, “justos”, “laboriosos”, “útiles”, “honestos”.

Por eso es interesante el acento puesto por Escardó y Anaya en el hogar. Como bien ha propuesto Paula Aguilar (2012), a diferencia de lo que hubiera pensado el médico, la vivienda está lejos de ser lo mismo que un hogar. Ese tránsito de uno al otro significó una transformación de sentido que le concedió al espacio doméstico un rasgo distintivo de intimidad y reposo, donde los miembros de la familia podían encontrar una sensación placentera, de la cual quisiesen mantenerse cerca. En este mismo sentido, el hogar no debía tener una forma cualquiera, sino la de un interior modesto pero aburguesado, dependiente de las “habilidades” de la mujer para mantenerlo limpio, saludable y acogedor, acompañada de un marido proveedor y de hijos que permanecieran adentro, limpios y en orden. Tal “ideal doméstico”[15] coincide con los procesos impulsados por el Estado para una reconstitución familiar entre los sectores populares, que estaba orientada de acuerdo al nuevo modelo de familia independiente y bien delimitada, y al rol de la mujer en la reproducción y educación de la prole.

Entre los trabajos publicados en el boletín, encontramos una amplia preocupación por la “capacidad” de padres y madres para dar estabilidad moral y material a su prole. En consecuencia, encontramos diversas infancias que fueron conceptualizadas como “en peligro” o “peligrosa”, refiriendo a todos aquellos niños que, producto de la falla en esa función, eran susceptibles de una intervención estatal. El establecimiento de estos límites representó una puesta en alerta para la detección de comportamientos familiares considerados como disruptivos, y que eran evaluados como “intolerables” (Fassin y Bourdelais, 2005) cuando la infancia “en peligro” tendía a convertirse en una infancia “peligrosa”, o cuando padres y madres no llegaban a ajustarse a los parámetros de racionalidad establecidos para la crianza (Villalta, 2013).

Desde esta perspectiva, la gran preocupación era que, debido a su falta de instrucción y a su vida precaria, esta clase de niños(as) pudiera caer en un estado de hostilidad peligrosa para la sociedad.[16] La inquietud es planteada por el juez de menores colombiano José Antonio León Rey:

¿Qué decisión toma un Juez cuando las opciones para un niño son la calle, una mala familia o una institución deficiente? Este nivel de abandono y miseria es “un crimen de lesa humanidad” de la sociedad. La venganza será la criminalidad que aumenta en las ciudades: […] diariamente se van incubando nuevos criminales en este cultivo tan admirable que es nuestra incuria, nuestra desidia y nuestra indolencia sociales (León Rey, 1935: 300).

Es justamente a esta lógica a la que adhieren en gran medida las ideas movilizadas por la gestión del instituto. Estas sostienen la necesidad de evitar cualquier sentimiento de venganza, caracterizado en el boletín como “secreta rebeldía”, “germen de rebelión”, “raza de descontentos”, “elementos perniciosos del parasitismo social”, “malvados”, “desperdicio social”. Las propuestas de intervención pueden diferir, como propone el doctor León Rey, si buscan “mantener dócil y satisfecho al obrerismo” o si suponen que la “justicia distributiva así lo reclama”, pero ellas concuerdan en que su blanco deben ser las familias pobres.

En este sentido, la familia no era solo un mecanismo de herencia en términos económicos o biológicos, sino también una vía de transmisión moral y valórica. De ahí que tecnologías de legitimidad tales como la profilaxis del abandono, la puericultura o la regulación nupcial se basasen justamente en la premisa de que la familia no puede educar si no es reeducada. Por lo mismo, comúnmente el boletín sitúa a las familias del lado del “desorden” o de lo “salvaje”, es decir, del lado de la naturaleza y el instinto –“vicioso”, “alcohólico”–, o del lado de las costumbres resistentes –“ignorante”, “prejuicioso”, “reacio”–, poniendo en cuestión además su comportamiento económico –“malgasto”, “derroche”, “falta de previsión”– y sanitario –“suciedad”, “enfermedad”, “muerte”–. Se entendía entonces que solo una vez “domesticadas”, educación mediante, las familias podían entrar en los medios modestos que les eran asignados, orgánicamente integrados a lo que se entiende como un “todo social”. Solo entonces podían pasar al lado del orden, ser instruidas y evolucionar, para finalmente “abrirse al progreso”.

Palabras finales

En el recorrido que acabamos de realizar, he intentado abonar a la comprensión de los modos en que la preocupación por la protección infantil formó parte de los procesos de definición y delimitación o, en definitiva, de problematización de la maternidad, la legitimidad y la conyugalidad, dentro de los cánones del modelo preventivo diseñado por el dispositivo médico-social que protagonizó las producciones en el boletín del instituto durante su periodo autónomo.

Al analizar las tensiones propias de ese campo, observamos que la cohorte de científicos, profesionales y políticos que lo constituyeron tuvieron una sensibilidad suficiente para cuestionar el sistema social de su época, pero que dicho cuestionamiento tuvo al menos dos características particulares. Por un lado, que su compromiso con los idearios de progreso y modernidad es constitutivo de los procesos de construcción del sistema de acción e intervención que estos agentes encarnaron, resguardando para ellos mismos cuotas de poder y hegemonía. Por otro lado, que, teniendo por horizonte el interés por estructurar el campo posible de transformación de las familias, estos agentes produjeron determinadas instituciones, disciplinas y técnicas cuyo objetivo era cristalizar aquellos valores, discursos y prácticas que finalmente definirían ideales determinados para la construcción subjetiva de los miembros de esas familias.

En medio de estas tensiones, se diseñó una serie de estrategias, materializadas en tecnologías específicas, fundamentalmente en lo que respecta al ejercicio de los llamados “cuidados maternos” y a la legitimación de los hijos y de las uniones de pareja. De esta manera, y en nombre de la protección de la infancia, dichas tecnologías tuvieron en común idealizar ciertas prácticas parentales y conyugales, que abonaron, en última instancia, a la construcción de un horizonte deseable específico para los niños en la región: legítimos, educados, limpios, en orden, guarecidos dentro del espacio privado.

La identificación y el análisis de estos elementos nos ayudan a dimensionar en qué medida la definición del campo de lo infantil, así como las consecuentes clasificaciones ligadas a la familia, históricamente se han construido en el delgado límite entre las legítimas intenciones de procurar mejores condiciones de vida a niños y niñas, los cálculos políticos y económicos del costo y beneficio de las acciones, la función pedagógica de estas, y las prácticas de control y administración de la experiencia cotidiana de las familias. La apuesta de este trabajo es que los esfuerzos por arrojar luces sobre las continuidades y rupturas de esos procesos resultan una herramienta fructífera para repensar y redescubrir nuestras prácticas contemporáneas.

Bibliografía

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  1. Una versión preliminar de este texto fue publicada el año 2018 en la Revista de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica con el título: “La infancia como una preocupación social en América. El caso del Instituto Internacional Americano de Protección de la Infancia (1927-1949)”.
  2. Mi tesis doctoral titulada La protección de la infancia en América: una problematización histórica del presente. El caso del Instituto Interamericano del Niño, la Niña y Adolescentes (1916-1989), dirigida por Carla Villalta (Instituto de Ciencias Antropológicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires) y Denis Merklen (Laboratorio de Cambio Social y Político de la Universidad de París vii), defendida en septiembre de 2017.
  3. He propuesto que este campo es fructífero como un prisma a través del cual es posible conocer los procesos de construcción de la infancia como una preocupación social en América, en clave de una problematización histórica; al respecto, ver Rojas Novoa (2018).
  4. Para comprender a cabalidad estos procesos, resultan interesantes los trabajos del historiador Eduardo Nunes (2011, 2012) sobre los Congresos Panamericanos del Niño, contexto en el cual emerge la iniciativa de fundar el instituto.
  5. En este punto, el trabajo de Jacques Donzelot (2005) es un referente fundamental. Aunque aquí no se trate del caso francés, ni nos enfoquemos en las políticas y los procedimientos concretos de un Estado, su trabajo nos llama a considerar la hipótesis de que las prácticas de protección de infancia y los mecanismos de apuntalamiento de una moral pública de la vida familiar funcionan como términos indisociables y de manera correlativa. En este caso, indagaremos las fuentes de legitimidad sostenidas para fundar esa indisociabilidad, particularmente en el circuito transnacionalizado que describimos.
  6. María Silvia di Liscia (2002) abarca precisamente este problema, para el caso de las formas que asume la ayuda social en áreas urbanas del Litoral argentino en las décadas de 1930-1940. La autora describe y analiza el rol moralizador de diferentes instituciones sanitarias estatales frente al “problema de la madre soltera”. Concluye que el vínculo nupcial es aceptado unívocamente como anclaje donde se genera la estabilidad social, de la cual dependería el equilibrio de todo un sistema (cultural, económico, social) para su desarrollo y reproducción.
  7. Con respecto de la construcción del binomio como operador político en el marco de las prácticas y representaciones del instituto, véase Rojas Novoa (2013).
  8. Esta afirmación está en concordancia con lo planteado por Vanesa Teitelbaum (1998), cuando señala que la demanda al Estado de sostener un rol activo apuntaba a la protección de la madre-trabajadora, en el sentido de proteger la mano de obra femenina, asegurando, al mismo tiempo, el ejercicio exitoso de la maternidad. Ella analiza estos procesos para el caso de una imagen particular de la maternidad –la tucumana a fines del siglo xix y comienzos del xx–, a través de los discursos médicos e higienistas. Estos alcanzaron una importancia creciente en la sociedad y en las decisiones políticas durante el proceso de modernización del Estado argentino.
  9. Fundado en 1912, fue la primera agencia federal de protección materno-infantil de Estados Unidos. Sobre el rol de esta agencia en el proceso de creación y estabilización del instituto, ver Rojas Novoa (2013).
  10. Esto podría pensarse desde la perspectiva de Luc Boltanski (1969), quien sostiene que el ejercicio de estas tecnologías precisa un “usuario” racional y conforme –en comparación con las exigencias que plantea la economía capitalista a sus productores y a sus consumidores–, cuyas conductas puedan ser racionalizadas, estandarizadas y previsibles.
  11. En este punto, el trabajo de Adelaida Colángelo (2012) es un aporte valioso, pues se interesa por los procesos de medicalización de la crianza infantil en la Argentina entre fines del siglo xix y principios del xx. Basándose en documentos similares a los trabajados en este artículo (textos escritos por médicos de la época, tanto destinados a un público especializado como a la divulgación entre un público lego), Colángelo nos ayuda a pensar los modos en que el cuidado y la formación de los niños por parte de las madres se tornaron objeto de preocupación para la ciencia médica, y las disputas con otras ideas y prácticas existentes sobre la crianza y la niñez que dichos procesos generaron. Por otro lado, y con un interés explícito por el entrecruzamiento de las categorías de clase y género, el trabajo de Marcela Nari (2004) es también iluminador. En particular, sus indagaciones específicas sobre la campaña médica-social que instruía a las madres en aquellos saberes que, paradójicamente, se consideraban instintivos –esto es, el cuidado “adecuado” de los hijos–. Esto redefinió los deberes socialmente atribuidos a una “buena madre”.
  12. A la luz de los trabajos de Silvana Darré (2013), esto podría entenderse como la emergencia de una serie de pedagogías maternales, es decir, de tecnologías de género, las que determinaban prácticas y representaciones “apropiadas” para la subjetividad femenina.
  13. Es necesario mencionar que, si bien la influencia católica dio lugar a una interpretación particular de la eugenesia negativa en el caso latinoamericano, de todas maneras se encuentran proyectos de esterilización obligatoria en las propuestas del Boletín, comentadas y cuestionadas por Augusto Turenne (1939).
  14. En este punto habría que recuperar el señalamiento crítico de Nancy Stepan (1991), en cuanto a la producción e implementación de la perspectiva eugenésica en América Latina. De acuerdo a Stepan, la región ha sido históricamente concebida como consumidora de estas ideas de manera alienada y poco científica, ignorando la contribución de un complejo tejido social y político que se consolida sobre la base de una tradición intelectual y científica emergente, marcada por cuestionamientos histórica y territorialmente situados. En efecto, para Stepan, una revisión en torno a la perspectiva eugenésica en América Latina puede ser un buen ejemplo para cuestionar las relaciones tradicionales entre centro y periferia.
  15. La expresión es de Paula Aguilar (2012, 2013, 2014). Con ella conjuga una serie de herramientas para comprender la configuración histórica de una domesticidad singular que avanza hacia una politización de la reproducción y hacia la habilitación de lo doméstico como espacio de intervención de las políticas sociales. A través de diversas revisiones del discurso “experto” y reformador desde una perspectiva genealógica, la autora nos invita específicamente a pensar la configuración de la domesticidad tal y como emerge en los debates sobre la cuestión social, desplegados en Argentina durante las primeras décadas del siglo xx.
  16. El clásico trabajo de Luc Boltanski (1969), al cual hemos referido, llama la atención sobre este punto. Allí el niño es menos “una naturaleza” que una definición social; por tanto, toda instrucción da cuenta de un conjunto sistemático de reglas que define aquello que debe ser la infancia, y que tiene como uno de sus objetivos centrales civilizar y neutralizar, tornándose una medida de sanidad y de seguridad pública.


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