Otras publicaciones:

9789877230024-frontcover

9789871867639_frontcover

Otras publicaciones:

614_frontcover

9789877230192-frontcover

5 Sicarios, mujeres y narcos entrelazados

Colombia: Jorge Franco y Juan Gabriel Vásquez

Las novelas de la violencia de los años 90 tienen, quizás, su primera aparición con Fernando Vallejo, La virgen de los sicarios. Empieza por una definición: “Te voy a decir qué es un sicario: un muchachito, a veces un niño, que mata por encargo” (Fernando Vallejo, La Virgen de los Sicarios, 1994, p. 10).

El narrador, y protagonista, es un intelectual –Fernando– en sus cincuenta años, que regresa a su ciudad natal, Medellín, después de 30 años de ausencia. Conoce a un adolescente, Alexis, un sicario de las comunas populares. Pasan los días visitando las calles, las iglesias, haciendo el amor por la noche. Pero si Alexis tenía la pureza en los ojos, tenía dañado el corazón. Después de que lo matan, deambula por la ciudad. Conoce a Wilmar, otro adolescente, también sicario. Ambos comienzan una relación sentimental, pero Fernando descubre que Wilmar es el asesino de Alexis a causa de guerra entre pandillas en sus barrios. Al final, Wilmar es asesinado y Fernando abandona de nuevo la ciudad. Los otros personajes son: “el Difunto” –que los advierte de los peligros–, la madre de Alexis y policías. Es el narcotráfico:

Con la muerte del presunto narcotraficante que dijo arriba nuestro primer mandatario, aquí prácticamente la profesión de sicario se acabó. […]. Sin trabajo fijo, se dispersaron por la ciudad y se pusieron a secuestrar, a atracar, a robar (Vallejo, 1994, p. 40).

La cultura es polifónica: el pesebre, telenovelas, heavy metal, punkeros, rockeros, el cine mexicano; por otro lado, Schönberg, el gramático Cuervo, un espejismo de las Mil y una noches, el poeta Machado, Don Quijote, Dostoievski y Balzac. La religiosidad popular católica, que tenía respeto por devociones como María Auxiliadora, en Sabaneta: “Dicen los sociólogos que los sicarios le piden a María Auxiliadora que no les vaya a fallar, que les afine la puntería cuando disparen y que les salga bien el negocio” (Vallejo, 1994, p. 17).

Subraya su descreencia a la cultura occidental (1994, p. 50). También el libro es una desesperanza en la política. Los sicarios de hoy día tenían sus antecedentes en los bandoleros de los partidos liberales y conservadores.

La novela es entrecortada por asesinatos. Alexis da un tiro a un punkero que tocaba en el edificio: “Una venganza trae otra y una muerte otra muerte” (1994, p. 34). En la ciudad, la “territorialidad de las pandillas”. La novela destaca que “la ley de Colombia es la impunidad y nuestro primer delincuente impune es el presidente” (1994, p. 22). Y, además: “Delito el mío por haber nacido y no andar instalado en el gobierno robando en vez de hablando” (1994, p. 23).

Tiene una actitud muy crítica hacia la sociedad colombiana, el gobierno y la Iglesia. Al final, la novela es una parábola de un tiempo: “En el momento en que escribo el conflicto aún no se resuelve: siguen matando y naciendo” (1994, p. 33). Además: “La fugacidad de la vida a mí no me inquieta: me inquieta la fugacidad de la muerte” (Vallejo, 1994, p. 46).

Otra novela colombiana de la violencia es la de Jorge Franco, Rosario Tijeras (1999)[1]. El personaje principal es Rosario Tijeras, una mujer joven, bella, “fatalmente divina” (1999, p. 11), que venía de los barrios en las lomas de Medellín, trabajando como sicario en los años 1980. Su apodo, Tijeras, se le dio a ella mientras todavía era una niña, pues usó unas tijeras robadas de su madre, una costurera, para vengarse de un hombre que la había violado: “A Rosario, la vida no le dejó pasar ni una, por eso se defendió tanto, creando a su alrededor un cerco de balas y tijera, de sexo y castigo, de placer y dolor” (1999, p. 15).

Vivía en el mundo complicado de los años de 1980: “Estuvo metida con los que ahora están en la cárcel, con los duros de los duros […]” (1999, p. 223). Ellos le dieran su apartamento, su plata y le encargaban los trabajos. Pero estos son los ausentes de la narrativa, no más que un círculo que no se muestra, pero que determinan mucho de la vida de Rosario (1999, p. 106). Pero un día le dispararon a quemarropa mientras le daban un beso: “confundió el dolor del amor con el de la muerte” (1999, p. 11).

El narrador es Antonio, apasionado por ella que la lleva al hospital. A la espera de noticias sobre su estado, narra la vida de Rosario. El otro personaje es Emilio, enamorado de Rosario. Emilio y Antonio pertenecen a los acaudalados de Medellín. Las familias pertenecen a mundos distintos. La madre de Rosario, doña Rubí, era modista en la comuna. Su hermano, Johnefe, otro era Ferney, (1999, p. 29). La familia de Emilio “pertenece a la monarquía criolla, llena de taras y abolengos que hablan inglés (1999, p. 64).

Su cultura aliaba las telenovelas al rock de las discotecas: “La discoteca fue uno de esos tantos sitios que acercaron a los de debajo que comenzaban a subir, y los de arriba que comenzábamos a bajar” (1999, p. 32).

Y las drogas estaban por todos lados. Más sin olvidar de las canciones románticas (1999, p. 92). Los escapularios y las balas hervidas en agua bendita también. El relato está lleno de violaciones, asesinatos y muertes. El tiempo no se mueve, como el reloj en la pared del hospital, que sigue marcando las cuatro y media (1999, p. 183).

Quizás la esperanza resida en el amor desesperado de Rosario, Emilio y Antonio, y de Ferney, amor de sangre y muerte. Pues la narrativa, del inicio al final, está marcada por besos que saben a muerto, así como lo fue la vida de Rosario Tijeras, rodeada de “los cientos de muchachos que amanecían muertos en Medellín “(1999, p. 191).

La siguiente novela de Jorge Franco, El mundo de afuera (2014), narra el secuestro de Don Diego –un hombre muy rico que vivía como en otra época– por parte de El Mono (un joven atracador, obsesionado desde pequeño con la hija de Diego, Isold, que él mantiene encerrada en un castillo para preservarla del mundo). Buena parte de la trama es la conversación entre El Mono y Don Diego en la casa en las montañas de Santa Helena, donde lo escondía.

Hay varios personajes, mas los principales son: don Diego, un germanófilo casado con una alemana que dejó el Berlín del nazismo para vivir en la copia del castillo de La Rochefoucauld (Francia) que levantó en Medellín, en los años setenta, en una época que fue la víspera del comienzo de la espiral de violencia de los años 80. Aficionado de la cultura europea y la ópera, de Thomas Mann y de viajar a París y Berlín (2014, p. 107). Mucho tiempo después, en 1971, el padre de esa niña, don Diego, ha sido secuestrado por “El Mono” Riesgos.

Los otros personajes del castillo son: Dita, su mujer –alemana– y la niña Isolda, la hija: desde que nació, Isolda vive encerrada en el castillo, extraño y fascinante a la vez, ajeno a la ciudad de Medellín, y con sus animales fabulosos, los “almirajes” (2014, p. 25) que “tejen con su cuerno en el pelo de ella, y con destreza le incrustan flores, hojas y semillas” (2014, p. 98). Además, están Hedda, la preceptora; Guzmán, el jardinero; Hugo, el mayordomo; Rudesindo, un pariente; y los arquitectos, Enrico Arcuri –de Berlín–y los Rodríguez, que construyen el Castillo.

“El Mono” Riesgos, el narrador, ya no es un niño sino un joven delincuente, cabecilla del grupo de secuestradores que pretende pedir un rescate millonario a la familia por don Diego. Como se dijo, tiene una obsesión amorosa por su hija, de la que está enamorado desde que un beso de ella alcanzó su boca (2014, p. 238). Y guarda un fetiche: la falda roja con la cual ha visto a Isolda bailando en los jardines del Castillo. Pues “el Mono” Riesgos es un hombre de amoríos: además de la pasión perdida por Isolda está su novia, Twiggy, que está enamorada de él, aunque él no se siente tan atraído por su cuerpo. Lidia es la madre de “El Mono”, cuya casa se sitúa en el barrio Manrique (Franco, 2014, p. 60).

Los otros delincuentes eran: Cejón, Carlitos, Maleza, Caranza, Pellijrojo, Ombligona y Carevaca. Los policías eran muchos en el castillo, comandados por el mayor Salcedo. La familia trae al “investigador extranjero”, el detective belga Marcel Vandernot, que hará el trabajo de investigación. Pero está el policía Tombo, infiltrado al inverso.

Algunos temas sobresalen en la novela. Primero, la novela vislumbra un mundo socialmente dividido: las lomas, donde está el Castillo, y los barrios y las fábricas, y los barrios de clase media. Segundo, una oposición entre un “país salvaje y Europa”: Wagner, Strauss, Bach, Verlaine, Hugo, Thomas Mann y los viajes a París y Berlín. Dice Don Diego: “Los salvajes somos nosotros” (Franco, 2014, p. 61), pues aquí vivemos con los poetas de ruana (2014, p. 19), y otros, como Julio Flores, el poeta del pueblo, y Gonzalo Arango. Pero en este país, es la cultura del rock la que va a predominar entre los muchachos del barrio: Jimi Hendrix, The Band, The Beatles.

Tercero, más distante, está la política del país, presente en el periódico El Tiempo, de los liberales. Finalmente, el tiempo es distinto, un presente exagerado: “[…] el presente ya es cosa del pasado y el futuro, el tiempo que empezamos a vivir” (Franco, 2014, p. 23), lo que va a significar que no hay futuro. O sea, es “[…] para eso que sirven ahora los castillos, para detener el tiempo. Es como vivir siempre en el hoy y en el antes (Franco, 2014, p. 101).

La trama se precipita después de que Caranga va a un laboratorio de revelado, pero es muerto por la policía, que descubre el rollo de fotografías, lo revelan y miran tanto las fotos de don Diego como las fotos sensuales de Twiggy, llegando a la casa de “el Mono” y después a la de Twiggy. Entonces el mayor Salcedo reafirma el rol del investigador (2014, p. 243): fue Céjon, enloquecido, que llevó la policía a la casa de “el Mono”, y a la de Twiggy antes de que esta pudiera irse con el muchacho. Los dos se habían encontrado en la casa de “el Mono”, descubren la plata y se enamoran. Deciden escapar con la plata, en la moto, pero él se va solo. El mayor Salcedo reafirma su rol de investigador:

Los bandidos siempre se llevan algunas piezas del rompecabezas –les dijo– pero en un descuido las van dejando por ahí botadas. […]. Para suerte de este país existimos nosotros, los defensores de la ley, que, dotados de inteligencia y responsabilidad, vamos recogiendo estas piezas de rompecabezas que los bandidos botan, las tuercas sueltas y las medias nonas, para resolver los misterios de cada crimen (Franco, 2014, p. 243).

En su cautiverio, secuestrado y secuestrador repasan su vida; parece posible escapar aceptando la muerte como destino. Todos los otros se fueron. Hay que subrayar que el enigma del secuestro no se resuelve, invirtiéndose los papeles: “Creo que los dos llegamos tarde a esto –le dijo Don Diego– Yo como su víctima y usted como mi victimario – hizo una pausa y añadió: donde se lo mire, usted saldrá perdiendo y yo ganando” (Franco, 2014, p. 179).

El enigma permanece en las brumas de la montaña. Finalmente, podríamos percibir que El mundo de afuera es una novela sobre el amor imposible, o traicionero, la soledad y la muerte: “Y ella, la princesa, a lidiar con su soledad y a estudiar la vida de los muertos” (2014, p. 25). Así, advirtió el narrador, “el Mono” Riesgos: “Usted sabe, don Diego, que el amor es obsesión, aquel monstruo indomable, que respira tempestades, y sube y baja y crece, como decía el Maestro Flores” (Franco, 2014, p. 95).

La novela El cielo a tiros, de Jorge Franco (2019), es un relato sobre los hijos del narcotráfico. Las culpas de los padres siempre acaban alcanzando a la siguiente generación.

Larry, economista por la City University of London, regresa al país 12 años después de la desaparición de su padre, un mafioso muy cercano a Pablo Escobar en los años noventa. En el vuelo, encuentra a Maria Carlota, “la Charlie”, que también regresa por la muerte del padre, y por quien Larry desarrollará una abrumante pasión, mas inacabada.

Los restos de su padre han sido finalmente hallados en una fosa común y Larry vuelve para recuperarlos y darles sepultura. Su vida había sido plata al Estado y plomo a los otros:

Libardo hizo de tripas corazón para no derrumbarse cuando vio el cadáver de Escobar sobre el techo de una casa cualquiera, en la que se escondía el hombre más buscado del mundo. El rumor le llegó antes de que pudiera verlo en la televisión y él, al igual que todos, creyó que se trataba de otra muerte inventada, como las tantas veces que Escobar había muerto en su vida (Franco, 2019, p. 15).

A su llegada a Medellín lo espera Pedro, su gran amigo de la infancia, que se lo llevará directamente desde el aeropuerto a la celebración de la Alborada, una fiesta popular en la que la ciudad pierde el control mientras estalla pólvora durante toda una noche, donde encuentran amigos. Después de sobrevolar por las montañas abismales, es como reventar el cielo a tiros: “Todo está justificado por aquí. La pólvora, la violencia, las balas, los muertos… todos nuestros males tienen una excusa. Y del pretexto pasamos a la resignación, y de ahí a aceptarlo todo, como si fuera normal” (Franco, 2019, p. 111).

El encuentro de Larry con su madre, Fernanda, una antigua reina de belleza que pasó de tenerlo todo a no tener nada, y que ahora se halla sumida en la depresión y la drogadicción; los recuerdos de un pasado familiar turbulento, la persecución a su padre por los otros carteles y el redescubrimiento de una ciudad en la que aún se perciben los rastros de la época más oscura de la historia de Colombia, como las explosiones de bombas:

Perdimos la cuenta de los carros que Escobar hizo estallar cuando le dio por meterle miedo al país a punta de bombas […]. Nadie estaba libre, eso creía yo, porque luego me enteré de que había un grupo de privilegiados: los cercanos a Escobar. A ellos les avisaban, les anunciaban la hora y el lugar. Y entre esos privilegiados estábamos nosotros (Franco, 2019, p. 143).

Leemos momentos presentes de la historia de Colombia y las historias personales: ruidos, tiros, gritos, reguetón, maletas de billetes y mucha pólvora, la venganza y la muerte como mensaje. Aparecen los poetas: Dylan Thomas, así como los enmarañados entre narcos y la política: “Sin contar con la presión del Estado. Políticos, empresarios, deportistas, militares y hasta artistas y curas fueran expuestos ante la justicia y los medios” (Franco, 2019, p. 159).

Mas, también, momentos de silencio se adentra en la cabeza conflictuada de quien no está ni en el cielo ni en el infierno, sino en cielo a tiros, a evocar pasados y presentes sin futuro.

Juan Gabriel Vásquez[2] publicó la novela El ruido de las cosas al caer (2011)[3], cuya narración empieza con la muerte de un hipopótamo, último vestigio del imposible zoológico con el que Pablo Escobar exhibía su poder, en la Hacienda Nápoles:

El primero de los hipopótamos, un macho del color de las perlas negras y toneladas y media de peso, cayó muerto a mediados de 2009. Había escapado dos años atrás del antiguo zoológico de Pablo Escobar en el valle del Magdalena, y en ese tiempo de libertad había destruido cultivos, invadido abrevaderos, atemorizado a los pescadores y llegado a atacar a los sementales de una hacienda ganadera (Vásquez, 2011, p. 13).

Es una doble historia de amor en tiempos difíciles, una generación atrapada en el miedo. Antonio Yammara es un joven profesor bogotano que pasa su tiempo libre jugando al billar cerca de la universidad donde imparte clases. Y ama a Aura, que está embarazada de Leticia.

Conoce a Ricardo Laverde en un billar, un exrecluso que tuvo conexión con el narcotráfico internacional, cuya mujer, Elaine, voluntaria norteamericana, murió al explotar el vuelo 965:

Es el ruido de las cosas al caer desde la altura, un ruido interrumpido y por lo mismo eterno, un ruido que no termina nunca, que sigue sonando en mi cabeza desde esa tarde y no da señales de querer irse, que está siempre suspendido en mi memoria, colgado en ella como una toalla de su percha (Vásquez, 2011, p. 83).

Cuando Laverde es asesinado, a comienzos de 1996, Yammara decide investigar los motivos del crimen, de forma casi obsesiva. No solo se sumerge en los brutales acontecimientos del narcotráfico, sino que verá su propio pasado, lleno de culpas y secretos, con otros ojos. Los otros personajes son: Consu, el amigo de Laverde; su hija, Maya, apicultora.

Yammara emprende una investigación que se remonta a los primeros años setenta, cuando una generación de jóvenes encuentra el negocio de la droga que acabaría por llevar a Colombia –y al mundo– a un abismo todavía presente:

… la peste de mí país, de su atribulada historia reciente: a salvo de todo aquello que me había dado caza a mí como a tantos de mi generación (y también de otras, sí, pero sobre todo de la mía, la generación que nasció con los aviones, con los vuelos llenos de bolsas y las bolsas de marihuana, la generación que nació con la Guerra contra las Drogas y conoció después las consecuencias) (Vásquez, 2011, pp. 216-217).

Vásquez crea una narrativa de intrigas y pasiones en medio de la violenta reciente de Colombia –el Estado, el Cartel, el Ejército, el Frente–, retrata la historia de una generación que convivió estrechamente con el poder del narcotráfico en el país y presenció el acribillamiento de políticos y periodistas, así como las víctimas de un avión que explotó en el aire.

Las referencias a la literatura y al derecho están esparcidas a lo largo de las páginas: Hamlet, Cesare Beccaria, Borges, García Márquez, León de Greiff, Asunción Silva, Aurelio Arturo. Y los pintores: Magritte.

El ruido de las cosas cayendo construye una parábola precisa de la sociedad colombiana: relato de una amistad, es aun la historia de amor en momentos arduos:

O trataría de convencerla, de sostener que juntos nos defenderíamos mejor del mal del mundo, o que el mundo es un lugar demasiado riesgoso para andar por ahí, solos, sin alguien que nos espere en casa, ¿que se preocupe cuando no llegamos y pueda salir a buscarnos? (Vásquez, 2011, p. 259).

Una narrativa sobre el destino y la muerte, las llamas de una sociedad:

Y eran como mis mismos cabellos esas llamas,

Rojas panteras sueltas en la joven ciudad,

Y ardían desplomándose los muros de mi sueño,

¡Tal como se desploma gritando una ciudad!

                             

(Aurelio Arturo, cita de Vásquez, 2011, p. 256).

Los cuentos que componen el libro de Juan Gabriel Vásquez Canciones para el incendio, de 2019, son vividos por personajes que están a las orillas de la violencia, de cerca o de lejos, en medio a las incertidumbres.

“Mujer en la orilla”, escrita en primera persona, el narrador escucha el relato de una fotógrafa que llama Jota:

Había fotografiado la violencia con más asiduidad (y también con más empatía) que ningún otro reportero gráfico, y suyas eran las imágenes más desgarradoras de nuestra guerra. […]. Ahora, las cosas eran distintas en ciertas zonas afortunadas: la violencia estaba en retirada y la gente volvía a conocer algo parecido a la tranquilidad” (Juan Gabriel Vásquez, Canciones para el incendio, p. 14).

Una fotógrafa comprende algo que hubiera preferido no comprender, la violencia y la guerra.

Eso continúa en Las Ranas, con el personaje Salazar:

Y pensaba en lo que habían dicho los oficiales: aquí, a dos pueblos del puente de Boyacá, la policía del régimen cortaba las gargantas de los enemigos y los ejércitos de la violencia privada violaban a las mujeres, y ellos mientras tanto aprendían que Chôsen significa Tierra de la mañana tranquilla y que la razón de todo ese lío monumental era lo ocurrido en un lugar que no existía: el paralelo 38. Una línea negra sobre un mapa de colores (Juan Gabriel Vásquez, Canciones para el incendio, p. 14).

El cuento “Los muchachos” nos acerca a la vida de los barrios, de los sicarios, del asesinato de magistrados, de políticos, de un candidato a la presidencia, y las peleas entre los muchachos:

Nada cambió en los barrios, de todas formas, pues las inercias de la violencia son como corrientes subterráneas y profundas en las que nadie alcanza a meter la mano; o, mejor dicho, algo cambió, pero no fue lo que el barrio esperaba […] Y es que nadie salía, o sólo salían los que no tenían nada que perder (Juan Gabriel Vásquez, Canciones para el incendio, p. 166).

El cuento “Canciones para el incendio” evoca una serie de asesinatos políticos y criminales: del político liberal Rafael Uribe, en 1914; el del archiduque Francisco Fernando y su esposa, en Sarajevo; del socialista francés Jean Jaurès; del colombiano Gustavo Adolfo de León en las trincheras francesas de Artois, todos en el mismo año de 2014, término de la Belle Époque; después, del liberal Jorge Eliécer Gaitán, en abril de 1848, sucedido por el Caracazo; y de la periodista Aurélia de León, al inicio de La Violencia:

Se hablaba de pueblos de Boyacá y del Valle del Cauca donde hechos de sangre se habían vuelto tristemente cotidianos; se hablaba de trampas que alguien había cometido durante las últimas elecciones; se hablaba de agresiones, pedradas, ataques de machete (Juan Gabriel Vásquez, Canciones para el incendio, p. 252).

Un cuento sobre las muertes que al cabo prescribe la literatura como memoria posible de una historia de violencias:

Y publica el libro, acaso por su propia cuenta, y deja que se pudra en un sótano de una imprenta porque sólo le interesa que el libro exista, porque éste es el único consuelo que tenemos nosotros, los hijos de este país incendiado, condenados como estamos a recordar y averiguar y lamentar, y luego a componer canciones para el incendio (Juan Gabriel Vásquez, Canciones para el incendio, p. 259).

Estos varios cuentos quizás resulten, enmarañados, en una sola narrativa: “En realidad, no es una historia, sino varias; o una historia con varios comienzos, por lo menos, aunque sólo tenga un final” (Juan Gabriel Vásquez, Canciones para el incendio, p. 213). En otras palabras, escribe en su libro de crítica literaria, la novela inscribe la historia y el sufrimiento humano:

La novela realista se está transformando: la comedia capaz de explorar la condición humana a través de la ironía (o el franco sarcasmo) está ganando, por virtud de una prestidigitación de la que tal vez ni siquiera está consciente el mago, una posibilidad vertiginosa: la de ampliar el sentido de lo trágico al hombre corriente. Y en eso se juega –se jugará para siempre– su destino (Juan Gabriel Vásquez, Viajes con un mapa en blanco, p. 53).

Colombia, país de duradera violencia, reconversiones de la política a la violencia criminal y viceversa, expresa por las manos de sus escritores el deseo de suplantar la muerte y el sufrimiento, afirmando la literatura como grito de protesta por la dignidad humana.


  1. Jorge Franco nasció en Medellín (Colombia) en 1962. Estudió literatura en la Universidad Javeriana y cine en la London International Film School. Novelas: Rosario Tijeras (1999), adaptada al cine y a la televisión; Mala noche (1997), El mundo de afuera (2014), Santa suerte (2018) y El cielo a tiros (2019).
  2. Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1973) publicó varias novelas: Los informantes, 2011 (Bogotá: Alfaguara); Historia secreta de Costaguana, 2007 (Bogotá: Alfaguara); El ruido de las cosas al caer, 2011 (Bogotá: Alfaguara); Las reputaciones, 2013 (México: Alfaguara); La forma de las ruinas, 2005 (México: Alfaguara). Y cuentos: Canciones para el incendio, 2018 (Bogotá: Penguin Random House). Ha publicado también una recopilación de ensayos literarios: El arte de la distorsión, una breve biografía de Joseph Conrad, El hombre de ninguna parte y Viajes con un mapa en blanco, 2018 (Bogotá: Penguin Random House).
  3. Escribe: “Un novelista que escribe ensayos, y en particular si esos ensayos hablan del arte de la novela, es como un náufrago que manda coordenadas: quiere decirles a los demás cómo pueden encontrarlo. También, por supuesto, quiere encontrarse a sí mismo; en otras palabras, saber cómo debe leer las novelas que escribe. El ensayo es una exploración, una tentativa, una averiguación, y el novelista escribe para descubrir y trazar los límites de sus conocimientos y la forma de sus certezas. En ese sentido, podría decir uno, es un género confesional” (Vásquez, 2018, p. 16).


Deja un comentario