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1 Las novelas de los dictadores en América Latina: la violencia del Estado

Sob vários aspectos, a violência é um evento heurístico de excepcional significação. Revela o visível e o invisível, o objetivo e o subjetivo, no que se refere ao social, econômico, político e cultural, compreendendo o individual e o coletivo, a biografia e a história.

                    

Octavio Ianni

Las novelas sobre dictadores en América Latina configuraron el estilo del “real maravilloso” o “realismo mágico”. A diferencia de las novelas sobre las dictaduras, tales novelas serían la expresión de la violencia del Estado, personificada por un personaje carismático y cruel, el tiránico dictador, los cuales han llegado a tres decenas de casos en América Latina[1]. Sería el mundo de Señor presidente, de Asturias; del Recurso del método, de Carpentier; El supremo, de Roa Bastos; Oficio de difuntos, de Uslar Pietri; El otoño del patriarca, de García Márquez; El chivo expiatorio y Tiempos recios, de Vargas Llosa y Memorias de un hijueputa, de Fernando Vallejos. Estos libros, publicados entre 1946 y 2019, serán en seguida analizados, entre las decenas de libros sobre los dictadores publicados en América Latina desde 1838[2].

El personaje de Miguel Ángel Asturias inspírase en el dictador guatemalteco Manuel José Estrada Cabrera, de 1898 a 1920; el de Carpentier, en Recurso del método, fue inspirado en el dictador venezolano Antonio Guzmán Blanco (1870 a 1887) y en el presidente guatemalteco Manuel Estrada Cabrera (de 1898 a 1920). Roa Bastos tuvo como fuente la historia de José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador del Paraguay entre 1811 y 1840. García Márquez estudió y observó a varios personajes históricos: el venezolano Juan Vicente Gómez, de 1908 a 1935; el boliviano Enrique Peñaranda del Castillo, de 1940 a 1943; el salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez, entre 1931 y 1944; el dominicano Rafael Leónidas Trujillo Molina, de 1930 a 1961, y los dictadores ibéricos Francisco Franco (1938 a 1973) y Antonio Oliveira Salazar (de 1933 a 1968). Arturo Uslar Pietri tomó por fuente a Juan Vicente Gómez, dictador venezolano de 1908 a 1935. Vargas Llosa, en dos novelas, evoca a Rafael Leónidas Trujillo Molina, dictador de la Republica Dominicana entre 1930 y 1961.

Crearon ficción basada en historias reales que a través de la novela se desvelaron en múltiples planos, y explicaron la megalomanía y tiranía que los caracterizaba. El realismo mágico expresado por lo maravilloso en sus dimensiones más profundas, en un espacio-tiempo múltiple, lleno de idas y vueltas, sin linealidad, que teje laberintos a través de personajes sintéticos de sociedades literariamente recreadas.

La presencia de la violencia se puede ver, aun, en las novelas sobre la violencia en Colombia, la guerra civil entre liberales y conservadores que comenzó en 1948-1958, pero que duró hasta los Acuerdos de Paz de 2016. García Márquez (La mala hora, de 1962, por ejemplo, con el personaje de Pepe Amador) y Gustavo Álvarez Gardeazábal (Cóndores no entierran todos los días, la figura de León María, 1971), entre muchos otros autores, son narrativas en la que hay una acción de los personajes y un efecto del entorno social (Kline, 2003, p. 71).

La novela de Miguel Ángel Asturias (1899-1974)[3], El señor presidente (terminada en 1932, pero recién publicada en 1946), tiene un significado mayor:

Es un duro alegato contra las dictaduras y su cadena de atrocidades. La obra se inicia con el asesinato del coronel Parrales por un idiota. Este homicidio sirve de disculpa al dictador para caer sobre los que él considera sus enemigos: el general Eusebio Canales y el licenciado Abel Carvajal. En la persecución del primero interviene Miguel Cara de Ángel, favorito del presidente, que se enamora de la hija de Canales y se casa con ella, cayendo así en desgracia. El último capítulo narra su muerte en un campo de concentración (Pedraza, Rodríguez, 2000, p. 590).

El señor presidente sintetiza varios personajes históricos –Estrada Cabrera, Juan Vicente Gómez y Gerardo Machado– en una sola figura, el primer magistrado. La trama se desarrolla en dos escenarios que se cruzan: París de la belle époque y la capital de un país centroamericano. El personaje evoca la muerte:

El presidente vestía, como siempre, de luto rigoroso: negros los zapatos, negro el traje, negra la corbata, negro el sombrero que nunca se quitaba; en los bigotes canos […] (Asturias, 2000, p. 145).

Destaca su lenguaje de gran fuerza plástica, y presenta un mundo de terror, dominado por la omnipresente figura del tirano; recurre a un tono caricaturizado, en el que la violencia alcanza una expresión grave: la descripción de un régimen dictatorial en el que la crueldad arbitraria se erige como sistema político (Shaw, 1999, p. 79), en el que la denuncia está siempre presente. Encarna el mito del hombre de orden (Shaw, 1999, p. 94): “Una red de hilos invisibles, más invisibles que los hilos del telégrafo, comunicaba cada hoja con el Señor Presidente, atento a lo que pasaba en las vísceras más secretas de los ciudadanos” (Asturias, 2000, p. 147).

La dulce Camila, hija del exiliado general Canales, que sobrevive en su soledad, escapa a su destino.

La novela de Alejo Carpentier (1904-1980)[4], El recurso del método (1974), delimita el doble mundo, París y el Caribe, el cartesianismo y la especificidad del método del “tirano ilustrado” a principios del siglo xx:

En El recurso del método (1974) recrea la azarosa vida de una república hispanoamericana, en contraste con el mundo francés de los primeros momentos de la II Guerra Mundial; cada capítulo viene precedido de unas citas cartesianas sarcásticamente glosadas por la acción (Pedraza, Rodríguez, 2000, p. 596).

El personaje principal, el primer magistrado, en medio de la vida cultural y bohemia parisina, regresa a su país para enfrentar los levantamientos de los generales, con sus asesores, el doctor Peralta y el “Cholo” Mendoza. Trae óperas y teatro europeo a la ciudad de Nova Córdoba. Hace alianzas con el embajador de Estados Unidos para defender a la empresa bananera United Fruit. Criticado por la prensa francesa como “Carnicero de Nueva Córdoba”, obtiene, a cierto precio, artículos favorables. Empieza a tener un retador, el doctor Luiz Leoncio Martínez, catedrático de Filosofía. Siguen las huelgas. Viaja al exilio, sorprendido por el arte moderno, traído por su hija Ofelia, pero feliz por un final cómodo en la vida.

Evocando a algunos dictadores latinoamericanos en escasas referencias –Juan Vicente Gómez, venezolano; el doctor Francia, paraguayo; Porfirio Díaz, mexicano; Estrada Cabrera, guatemalteco–, Carpentier escribe con método propio, con pluralidad de planes:

Las construcciones narrativas de Alejo Carpentier, sus usos de la simultaneidad de planos, junto con su fusión de leguajes en tiempos y espacios múltiples, ofreciendo oportunidades de construcción a los lectores, son parte de la transitoria universalidad que estamos viviendo (Fuentes, 2011, p. 194).

Sin embargo, hay otro personaje, el estudiante, cuya presencia, finalmente, expresa el pueblo y la oposición. Finalmente, el propio lenguaje de la literatura: “[…] todo lenguaje supone una representación, pero el lenguaje de la literatura es una representación que se representa. […] Pasamos de la novela fabricada a priori a la novela que se hace a sí misma en su escritura” (Fuentes, 2011, p. 168).

Augusto Roa Bastos (1917-2005)[5] escribe Yo, el supremo (1974) inspirado en los tiempos del poder de Stroessner en el Paraguay. El personaje central es el “Dictador perpetuo de la República del Paraguay, José Gaspar Rodríguez de Francia, “El Supremo”, quien gobernó desde 1811 hasta su muerte en 1840:

Del mismo modo el Poder Absoluto está hecho de pequeños poderes. Puedo hacer por medio de otros lo que esos otros no pueden hacer por sí mismos. […] El Supremo es aquel que lo es por su naturaleza. Nunca nos recuerda a otros salvo a la imagen del Estado, de la Nación, del pueblo de la Patria (Roa Bastos, 2004, p. 163).

La novela está inmersa en la violencia y el miedo, en la leyenda y la historia. En otras palabras, esta novela cumple un triple propósito, según Donaldo L. Schaw:

… indagar sobre la naturaliza del régimen del doctor Francia, y así bucear dentro de la intrahistoria permanente de Paraguay; indagar, una vez más, sobre las posibilidades de la novela, entre otras, la posibilidad de ensanchar todavía más sus límites; y finalmente mediante las afirmaciones, contradicciones, paradojas y retruécanos del Dictador, cuestionar, para supremo estímulo del lector, las posibilidades expresivas del lenguaje mismo (Shaw, 1999, p. 171).

Destaca especialmente por su construcción literaria y el juego morfológico-sintáctico que posee, así como el uso matizado de elementos históricos y ficcionales para el desarrollo de la narrativa. Hay un uso ficticio de fuentes imaginarias de diferentes orígenes –“los apuntes”, “El Cuaderno Privado”, “La circular perpetua”, “las notes”, “el pasquín”– con una narrativa compleja, invertida y fragmentaria, llena de intercontextualidades.

La narrativa está llena de choques históricos, ya que el líder uruguayo Artigas fue aceptado como exiliado, y tuvo difíciles relaciones con los emisarios de Buenos Aires y Brasil: “Gobiernos rapaces, insaciables agarradores de lo ajeno” (Roa Bastos, 2004, p. 183).

Combina las lenguas española y guaraní con destreza, con la creatividad de los neologismos, así como referencias eruditas a la cultura occidental: es la figura del “tirano ilustrado”. La narrativa se desarrolla a través de un protagonista central: cuando Roa Bastos habla de “Yo, el Supremo”, se refiere a sí mismo desde la perspectiva del dictador. Otro personaje relevante es Policarpo Patiño, el secretario, mediador de la narrativa, al final también enviado a su muerte.

Gabriel García Márquez (1927-2014)[6] publica El otoño del patriarca en 1975, en Colombia. La novela combina la crítica a la tiranía con el tema de la soledad del poder, encarnado en la figura mítica de muchos patriarcas latinoamericanos, gobernando un país del Mar Caribe, rodeado de traiciones, insurrecciones, torturas y muerte; acaba encerrado en su palacio, rodeado de vacas.

El personaje también incorpora tribulaciones humanas que se manifiestan como representaciones de un delirio omnipotente y solitario, con destrucción y pesadillas. Aparecen en la narrativa las sucesivas muertes del dictador, la primera de su doble, Patricio Aragonés, y tantas otras agonías del dictador:

… y allí lo vimos a él, con el uniforme de lienzo sin insignias, las polainas, la espuela de oro en el talón izquierdo, más viejo que todos los hombres y todos los animales viejos de la tierra y del agua, y estaba tirado en suelo, bocabajo, con el brazo derecho doblado bajo la cabeza para que le sirviera de almohada, como había dormido noche tras noche durante todas las noches de su larguísima vida de déspota solitario (García Márquez, 2004, p. 8).

La técnica narrativa se organiza en un largo monólogo, en seis capítulos, mezclando literatura y poder: incorpora al monólogo una multiplicidad de puntos de vista, con imágenes visionarias y una precisión inusitada. Al mismo tiempo, se está construyendo un mito que no lo aleja de una vida divina, al revés:

En “los tiempos de gloria” que precedieron su otoño, curva a leprosos, paralíticos y ciegos con puñados de sal, procreaba cinco mil hijos, identificaba a un enemigo entre una muchedumbre después de años de buscas infructuosas por parte de sus agentes, hacia construir un barrio entero nuevo en torno a la casa de la mujer amada, y así siempre hasta que transciende el estado mítico y alcanza la divinidad (Shaw, 1999, pp. 133-134).

La circularidad del tiempo se destaca en la narrativa, visible también en forma literaria. La poética presente en Cien años de soledad se radicaliza en El otoño del patriarca, una escritura de imaginación, deseo y cambio:

… la historia oficial pero también el rumor, la maledicencia, el chisme, el sueño y la imaginación, tejidos en un sola urdimbre verbal, un red inconsútil, un continuo sin puntuación, dividido sólo por las comas: una sola y larga frase en la que la primera persona del singular (el Yo) se colapsa con la primera persona del plural (el Nosotros) antes de cursar a través de una tercera persona del singular (Él o Ella) y desembocar en otra segunda persona del singular (Tú: el lector) (Fuentes, 2011, p. 269).

La novela establece un orden atemporal, en el espacio de un mar codiciado por potencias extranjeras. Finalmente, la soledad del poder no excluyó la construcción, a través del horror, de una aceptación por parte del pueblo.

En sus divagaciones, el dictador recuerda afectos: su reverencia por su madre, Bendición Alvarado, a quien intentó canonizar; pasión por Manuela Sánchez; su esposa Leticia Mercedes María Nazareno y su hijo, nombrado general al nacer. El tirano incluso vende el mar para pagar una colosal deuda externa (García Márquez, 2004, p. 221).

El epílogo de la novela es un testamento político latinoamericano:

… un tirano de burlas que nunca supo donde estaba el revés y donde estaba el derecho de esta vida que amábamos con una pasión insaciable que usted no se atrevió ni siquiera a imaginar por miedo de saber lo que nosotros sabíamos de sobra que era ardua y efímera pero que no había otra, general, porque nosotros sabíamos quiénes éramos mientras él se quedó sin saberlo para siempre con el dulce silbido de su potra de muerto viejo tronchado de raíz por el trancazo de la muerte, volando entre el rumor obscuro de las últimas hojas heladas de su otoño hacia la patria de tinieblas de la verdad del olvido (García Márquez, 2004, p. 296).

Uslar Pietri[7] escribe Oficio de difuntos, publicada en 1976. Reconstruye el período histórico de la dictadura de Juan Vicente Gómez (1903-1935) en Venezuela, elaborando una reflexión literaria sobre un caudillo de origen agrícola, sobre el poder y la ambición y el papel del intelectual. Nos remontamos a la década del 30 del siglo xx en América Latina, en medio de la presencia norteamericana de la empresa bananera United Fruit, los ecos de la guerra europea y los inicios del socialismo. Este es el contexto de la trayectoria de los campesinos a los generales, de los caudillos a los dictadores.

La figura del dictador, el caudillo criollo Peláez, el que dio asilo a los dictadores, con quienes conversaba en las tibias tardes del Caribe, revela los mecanismos que estaban despertando en el dictador la ambición de poder y la maduración de los medios necesarios para lograrlo a través de los diferentes cargos que ocupó.

Hay dos personajes principales: Carmelo Prato, que tenía fama de temerario y leído, aventurero, caminaba con los viejos liberales y hablaba con un lenguaje expresivo y violento de libertad y derechos; Aparicio Peláez lo sucedió: vivió en su finca, no tomó partido, pero se convirtió en un hábil estratega militar. Porque las luchas del país resonaban en esa provincia aislada: cuando no había guerra de un lado, había del otro, alimentando a los generales en busca de conquistas:

Era como si estuviera en todas partes, aquí, allá y más allá al mismo tiempo, en lo que decía y en lo que no decía, en lo que hacía y en lo que no hacía. […]. El libertado era el libertado del general. Toda la cadena infinita de eslabones de los mandos y los miedos salía de él y regresaba a él. Sin que él interviniera, sin que tuviera que hablar, ni conocer (Uslar Pietri, 2004, p. 223).

El padre Solana, un personaje controvertido, abre y cierra la novela, hilo conductor de una historia construida a la inversa desde el momento de la muerte del dictador: los recuerdos se suceden, el presente y el pasado se superponen para reconstruir el proceso por el cual el dictador llegó al poder y las circunstancias que dieron forma a su personalidad.

Otro personaje es el general rebelde Damián Dugarte, de quien el autor emprende una reflexión sobre la realidad política y social de la dictadura y sobre los mecanismos del poder; muere en un intento de invasión del país. Llegan los estudiantes, que buscan democracia y libertad.

Oficio de difuntos es una novela tejida por intrigas, traiciones, venganzas, encarcelamientos y torturas, que expresa el poder de un hombre que se transmuta en un ser sobrenatural que lo ve todo y puede hacer cualquier cosa, y tiene poder sobre la vida y la muerte.

Mario Vargas Llosa[8] publicó La fiesta del chivo en 2000. Basado en una rigurosa investigación histórica y una preocupación por los detalles, recreó la República Dominicana de mediados del siglo xx para volver a contar la historia del general Rafael Leónidas Trujillo Molina, el “Bode”, el Generalísimo, el Benefactor, el Padre de la Patria Nueva (Mario Vargas Llosa, 2000, p. 15) –un tirano que leía poesía– y su implacable dictadura, y horror, durante sus treinta y un años de gobierno[9].

Vargas Llosa analiza la naturaleza de los regímenes totalitarios y el fin de una era después del asesinato del dictador y una transición a un nuevo régimen, bajo la bendición de Estados Unidos. La narración se desarrolla a través del entrelazamiento de tres historias: el regreso de Urania a Santo Domingo, después de treinta y cinco años, después de estudiar y trabajar en Estados Unidos, para visitar a su padre enfermo; el círculo más cercano a Trujillo, con su red de obsequios, sus intrigas y ejecuciones, los generales involucrados en levantamientos, así como los pagos a algunos congresistas de Estados Unidos para tratar de aliviar la presión norteamericana; y un grupo de insurgentes, siguiendo a muchos otros desde al menos 1949, que preparan un ataque al dictador, bajo el nombre de Movimiento 14 de Junio.

Una especie de continuación de La Fiesta del chivo (2000), la novela Tiempos recios (2019), presenta dos partes: la primera, “Antes”, contiene todas las historias, reales o imaginarias, que conforman esta novela; la segunda, “Después, cuenta que uno de los personajes que parecía de ficción pertenece al reino de lo real. Una narrativa de violencia y horror en América Central y Caribe.

El inicio es el encuentro de los judíos emigrados a Estados Unidos –el creador de la empresa United Fruit y el mentor de la propaganda política–, la causa de que en 1954 un golpe militar acabara con la presidencia progresista de Jacobo Árbenz en Guatemala. Su culta esposa, María Cristina Vilanova, amplió su visión del mundo. Él aprobó la reforma agraria y la sindicalización de obreros y campesinos.

El golpe militar perpetrado por Carlos Castillo Armas y auspiciado por Estados Unidos a través de la CIA derroca el gobierno de Jacobo Árbenz, al que contribuyeron los dictadores Somoza, de Nicaragua, y Trujillo, de la República Dominicana, además del arzobispo guatemalteco Mariano Rossell y Arellano. Árbenz renuncia:

Yo no me aferro a este cargo para el que me eligió, en elecciones limpias, una inmensa mayoría de guatemaltecos. Me ha permitido llevar a cabo unas reformas sociales y económicas indispensables para corregir las injusticias de siglos en que malvivían los campesinos de este país. Y si mi renuncia sirve para salvar estas reformas, no tengo ninguna razón para continuar en este cargo” (Vargas Llosa, Tiempos recios, p. 248).

Eran tiempos en que gobernaban dictadores; en Haití, Duvalier; en Cuba, Batista; en Venezuela, Marcos Pérez Jiménez; en Colombia, Gustavo Rojas Pinilla; en el Perú, Manuel Odría. Y era embajador de Estados Unidos en Guatemala el mismo “carnicero de Grecia” que decidió la guerra civil helena. Detrás de este acto violento se encuentra una mentira que pasó por verdad: la acusación por parte del gobierno de Eisenhower de que Árbenz alentaba la entrada del comunismo soviético en el continente.

Además, emerge una historia de amor y traición en el seno de la alta burguesía guatemalteca, protagonizada por Martita Borrero, la que nunca fue Miss Guatemala.

Aparece la piedad con sus personajes: la entereza de Jacobo Árbenz, el militar inseguro de sí que no quiso armar unas milicias populares que se opusieran al atrabiliario ejército “liberacionista” y que prefirió renunciar a la presidencia cuando recibió el ultimátum de sus colegas. Pero también su enemigo, Carlos Castillo Armas, el “cara de hacha”, feo, irascible y lleno de complejos, comparte algo de la debilidad de su rival, y fracasa y muere a manos de quienes creía los suyos. Y está enamorado de una mujer que lo utiliza.

La vida de Martita –amante de Castillo Armas y luego de Johnny Abbes; después, propagandista radiofónica del dictador y perseguida política– debe más al humor que a la aversión. E incluso la figura del asesino y torturador Johnny Abbes García: su fealdad, su vestimenta absurda, su cursilería, sus vicios. Su final ­–masacrado por los tontons macoutes haitianostiene un tono de farsa. Dice un personaje:

¿Sabes a qué conclusión he llegado con todo lo que me ha pasado, Arturo, con todas las cosas que le pasan a este país? A una idea muy pobre del ser humano. Pareciera que en el fondo de todos nosotros hubiese un monstruo. Que sólo espera el momento propicio para salir a la luz y causar estragos (Mario Vargas Llosa, Tiempos recios, p. 283)

Tiempos recios es una historia de conspiraciones internacionales e intereses encontrados, en los años de la guerra fría, cuyos ecos resuenan hasta la actualidad. Mario Vargas Llosa funde la realidad con dos ficciones: la del narrador, que libremente recrea personajes y situaciones, y la diseñada por aquellos que quisieron controlar la política y la economía de un continente manipulando su historia.

Fernando Vallejos[10] publicó Memorias de un hijueputa en 2019. Convertido en el poderoso señor del país por un golpe militar que lo catapulta al mando supremo, dirigido al fin que él considera el más noble: liberar a su patria, Colombia, de sí misma.

El personaje es un dictador impasible, que fusila y masacra a los expresidentes, exguerrilleros y banqueros mientras le dicta sus memorias a Peñaranda, su amanuense:

Empecé como presidente, seguí como dictador y hoy ando de tirano superándome en mis hazañas. Idos son los tiempos en que fusilaba. No bien asome mañana el astro rey su cabeza loca por entre el cendal de nubes del amanecer de la sabana empiezo la decapitadera. Testas cabelludas son las que van a rodar en las plazas de Colombia, van a ver (Vallejos, Memorias, 2019, p. 7).

Sostiene un monólogo desenfrenado de un tirano en donde nada (ni nadie) se salva: la corrupción, el catolicismo, la Iglesia, los papas, los musulmanes, las FARC, los presidentes, los alcaldes de Bogotá, todos (y con nombres propios) pasan por el matadero verbal del narrador. Así,

Tan pronto llegué al poder suprimí la Ley, la gran ramera, la meretriz proteica de Colombia que iba de gobierno en gobierno y de cama en cama y que escribían con mayúscula, como si un escribiera con mayúscula Puta. Y la cambié por decretos (Vallejos, 2019, p. 44).

El centro de su ira es Colombia, una sociedad, según él, indolente, corrupta, violenta: la corrupción, el catolicismo, los últimos presidentes de la nación colombiana, los Acuerdos de Paz, las FARC: todos son sus enemigos, La incivilidad y la prevaricación (2019, p. 50).

El memorialista sostiene que la democracia es el pernicioso sistema electoral de unos corruptos, que las patrias solo traen guerras, que las religiones han impedido el surgimiento de la moral, y plantea una situación imaginaria que le sirve para hincar el diente de nuevo a su presa habitual. Sueña con qué haría si fuera el gobernante, supremo hacedor, de Colombia. Dialoga con otros dictadores: Hitler, Mussolini, Franco y Fujimori, de Perú; Duterte, de Filipinas, y evoca a Pablo Escobar.

La polifonía de la novela se repite: las referencias a escritores como Balzac, Borges, Cervantes, César Vallejo, García Lorca, Georges Orwell, Ionesco, Kafka, Marqués de Sade, Nabokov, Neruda, Octavio Paz, Shakespeare, Victor Hugo; a cineastas –Felini–; a compositores y cantores –Bach, Beethoven, Chopin, Debussy, Francisco Canaro, Gardel, Gluck, Haendel, Mozart, Puccini, Prokofief, Tchaikovsky, Verdi, Vivaldi–, pero también a pintores –Andy Warhol, Botero, Dalí, Munch, Picasso–. Asimismo, el narrador dice: “¡Basta de universidades! ¡Para qué la Historia de Colombia! ¡Para qué la literatura! ¡Para qué la filosofía! ¡Para qué las humanidades! Todo lo que huela a humano apesta (Fernando Vallejos, Memorias, 2019, p. 152).

Recurrentemente, evoca una novela anterior, La puta de Babilonia (2007), donde aparecen infamias de la Iglesia. Las ocho cruzadas que devastaron la llamada Tierra Santa, el exterminio de las civilizaciones indígenas de América, la oposición a la libertad de conciencia y de palabra y a todo avance de la ciencia, la cohonestación de la esclavitud, la degradación de la mujer, la Inquisición y la indiferencia ante la suerte desventurada de los animales.

Aparece, aun, el contexto cultural: la internet (Vallejos, 2019, p. 90), la psiquiatría, la gramática, con el elogio del panhispánico (2019, p. 93). El narrador gira en torno a su monólogo desquiciado, donde nada queda en pie sino la muerte:

Te veía venir, Muerte dañina y puta, sabía que los ibas a matar para seguirme conmigo. Contesta, Parca estúpida, que te estoy hablando. ¿O estás muerta también? […] El día se va apagando y la noche va cayendo sobe mí y sobre ella, Colombia la miserable (Fernando Vallejos, Memorias, 2019, p. 186).

En suma, el aporte de las novelas de los dictadores se puede sintetizar en dos planos: el político y el estilístico. En este conjunto de novelas, hubo un estilo literario de “carnavalización de la tiranía”, en palabras de Octavio Ianni:

Em lugar de narrar criticamente, a partir de um ponto de vista “externo”, o escritor narra a tirania a partir de dentro, como ele se vê. Nessa perspectiva, o real aparece como é: desproporcional, descomunal, carnavalesco, grotesco (Ianni, 1983, p. 93).

La relevancia política fue reafirmar y superar la trayectoria del realismo decimonónico, introduciendo al lector en la búsqueda de dimensiones ocultas de las sociedades y procesos políticos latinoamericanos, multiplicidades y linealidades complejas, resistencia a la tiranía, con énfasis en la responsabilidad social del escritor. Una creatividad peculiar se destaca a través de un diálogo múltiple con la cultura occidental: “A matéria de criação oferecida pela realidade latino-americana, na qual sobressaem o ecletismo, o exotismo e a não-contemporaneidade, desafia e enriquece a reflexão e a imaginação (Ianni, 1993, p. 136).

Por consecuencia, esas novelas de la “realidad maravillosa” también ofrecieron otras perspectivas: el abandono de la linealidad en favor de las estructuras experimentales, recurriendo a una multiplicidad de lo real, la inversión del tiempo lineal, el énfasis en los espacios imaginarios, el uso de narradores diferentes y ambiguos y el uso permanente de elementos simbólicos. Destaca la soledad del poder. La literatura contribuye a la comprensión de la fabricación de la cultura de la violencia que racionaliza la destrucción del otro.

En ese boom de la literatura latinoamericana, hubo una enorme contribución a la novela contemporánea en términos de lenguaje y estilo. La violencia del Estado y de sus gobernantes-dictadores apareció en su desnudez, crueldad, carisma y soledad. Asimismo, la novela de los dictadores crio un efecto de real que ayuda a la comprensión de los tiranos de opereta que de cuando en cuando aparecen en el continente latinoamericano.


  1. Ianni, Octavio (1983). Revolução e Cultura. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira; Ianni, Octavio (1993). O labirinto latino-americano. Petrópolis: Vozes: Navarro, Márcia Hoppe (1989). O Romance do Ditador. São Paulo: Ícone; Buchmann, Ernani (2021). Tiranos: Ditadores Latino-americanos na Literatura. São Paulo: Edições 70.
  2. Cf. Buchmann (2021, p. 33).
  3. Miguel Ángel Asturias (1899-1974) nació en Guatemala y pasó su infancia y adolescencia en su país natal. Se licenció en Derecho en la Universidad de San Carlos. En 1923, se fue a Europa con la intención de estudiar Economía Política en Inglaterra. Pasó unos meses en Londres y luego se fue a París, donde estudió antropología en la Universidad de la Sorbona, y donde permaneció diez años. Terminó sus Leyendas de Guatemala en 1930. Durante su estadía en París de 1923 a 1933, Asturias escribió su novela El señor presidente. Publicó Hombres de maíz (1949). En 1942 fue elegido diputado en su país, y desde 1946 fue embajador en México, la Argentina y El Salvador, hasta que, en 1954, se exilió de Guatemala. La caída del régimen de Jorge Ubico en 1944 llevó a la presidencia al profesor Juan José Arévalo, quien lo nombró agregado cultural en la Embajada de Guatemala en México, donde apareció la primera edición de El señor presidente en 1946. Cuando el gobierno de la presidencia Jacobo Arbenz Guzmán cayó en 1954, Asturias se exilió en la Argentina, donde permaneció hasta 1962. Fue embajador en Francia entre 1966 y 1970. En 1966, Asturias recibió el Premio Lenin de la Paz (Frenz, Horst (Ed.) (1969). Nobel Lectures, Literature 1901-1967. Amsterdam: Elsevier. Disponible en https://bit.ly/3RNjdEp).
  4. Alejo Carpentier (1904-1980) nació en La Habana (Cuba) en 1904. Después de estudiar música y arquitectura, se dedicó al periodismo. Detenido en 1927 por criticar la dictadura de Gerardo Machado, comienza a escribir su primera novela en la cárcel, ¡Ecué-Yamba-Ó ! (1933), cuyo tema es la vida y la cultura de las comunidades negras en Cuba. Estuvo exiliado en Francia (1928-1939), visitó España durante la guerra civil y, de regreso a Cuba, trabajó en la radio y la prensa e incluso fue profesor de música en el conservatorio nacional hasta que se instaló en Venezuela en 1945. Vivió durante largos períodos de tiempo en Francia y Venezuela. En 1959, con el triunfo de la Revolución, regresó definitivamente a su país. Fue nombrado agregado cultural cubano en París (1970), período de su vida en el que se dedicó a escribir novelas, editadas en el mundo caribeño, en las que reafirmó su visión de Iberoamérica. Maestro de un estilo barroco exuberante, destacado por la complejidad de las estructuras narrativas y el rigor histórico. Las principales obras fueron: La música en Cuba (1946), El reino de este mundo (1949), Los pasos perdidos (1953), Guerra del tiempo (1958), El recurso del método (1974), Concierto barroco (1974), La consagración de la primavera (1978) y El arpa y la sombra (1979).
  5. Augusto Roa Bastos (1917-2005) nació en Asunción (Paraguay) el 13 de junio de 1917. En 1935, inició su carrera en el diario El País, de Asunción. Luego de una estadía de dos años en Gran Bretaña, donde envió crónicas al final de la Segunda Guerra Mundial, regresó al Paraguay en 1947. Con la dictadura de Stroessner partió hacia un largo exilio, que duró más de 50 años, comenzando por Buenos Aires. En 1977 se fue a París. En 1941 publicó su primera novela, Fulgencio Miranda; el segundo libro, una colección de cuentos, en 1953, El trueno entre las hojas; Hijo de hombre, en 1960. Su siguiente libro fue Eu, el supremo (Paz y tierra, 1974), libro que le valió el Premio Cervantes en 1989. Solo regresó a su país en 1997, tras la destitución de Stroessner.
  6. Gabriel García Márquez (1927-2014) nació en Aracataca (Colombia) el 6 de marzo de 1927. Gabriel pasó sus primeros años en la casa de sus abuelos maternos en Aracataca, mientras la familia se trasladaba a Barranquilla. Estudió en el Liceo Nacional de Zipaquirá en Barranquilla. En 1947 se trasladó a Bogotá para estudiar Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Nacional de Colombia, pero no completó el curso. Ese mismo año publicó su primer cuento, A Terceira Resignação”, en el diario El Espectador. En 1948, Gabriel García Márquez se trasladó a Cartagena, en El Universal; en 1949, a Barranquilla, en El Heraldo. En 1955 publicó su primera novela, A Revoada (El entierro del diablo). En 1958 viajó a Europa como corresponsal de El Espectador. En 1962 fue a Nueva York como corresponsal. En 1982 ganó el Premio Nobel de Literatura por su obra. Las principales novelas que escribió fueron: La hojarasca (1955); La mala hora (1962); El Coronel no tiene quien le escriba (1961); Los funerales de la gran mamá (1962); A Má Hora: Poison da Madrugada (1962); Cien años de soledad (1967); La increíble y triste historia de la sincera Eréndira y su desalmada abuela (1972); El otoño del patriarca (1975); Crónica de una muerte anunciada (1981); El amor en los tiempos de cólera (1985); El general en su laberinto (1989); Del amor y otros demonios (1994); Memoria de mis putas tristes (2004). Escribió una gran obra periodística, el informe Noticias de un secuestro, en 1996; y sus memorias, Vivir para contar, en 2002.
  7. Arturo Uslar Pietri (1906-2001) nació en Caracas (Venezuela) el 16 de mayo de 1906. Su educación primaria y secundaria fue en la Facultad Federal de Maracay y el Liceo San José de Los Teques. Estudió en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Central de Venezuela. En 1924 regresó a Caracas y se incorporó a la Facultad de Derecho de la Universidad Central de Venezuela. Vivió en París durante cinco años. Publicó Las lanzas coloradas (As lances coloradas) en 1931; una imaginativa recreación de la Guerra de Independencia de Venezuela. El golpe de Estado del 18 de noviembre de 1945 forzó el abandono del país y el exilio en Nueva York hasta 1950. Publicó la novela El camino a El Dorado (1947), el libro de cuentos Treinta hombres y sus sombras (1949). Fue ministro en tres ocasiones: de Educación (1939-1941), de Hacienda (1943) e Interior (1945). Ocupó la Secretaría General de la Presidencia de la República (1941-1943). Como representante del pueblo, fue electo en la Asamblea Legislativa en 1944 y senador en el Congreso por el Distrito Federal en 1958. Fue director del diario O Nacional de 1969 a 1974. Desde ese año hasta 1979 fue embajador de Venezuela en la Unesco. Obtuvo los premios Príncipe de Asturias de las Letras de España (1990), el Premio Rómulo Gallegos, (1991) y el Premio Internacional Alfonso Reyes en México (1998). Publicó las siguientes novelas: Las lanzas coloradas (1931); El Camino de El Dorado (1947); Un retrato en geografía (1962); Mask Station (1964); Despacho del difunto (1976); La Island de Robinson (1981); La visita en el tiempo (1990). (Fuente: http://pt.infobiografias.com/biografia/34507/Arturo-Uslar-Pietri.html). Consultado el 29 de febrero de 2019.
  8. Mario Vargas Llosa nació en 1936 en Arequipa, la segunda ciudad más grande del Perú, en el seno de una familia de clase media. Sus padres se divorciaron cuando él era joven; creció con su madre y sus abuelos maternos en Bolivia. Mario Vargas Llosa desarrolló un interés por la poesía desde muy joven, lo que preocupó a su padre, quien lo inscribió en una academia militar. Durante esos años en los que dejó atrás su infancia devorando las obras de Dumas y Víctor Hugo, el clima político en el Perú fue un reflejo de la vida doméstica de Vargas Llosa. El dictador Manuel Odría llegó al poder en 1948 y durante los siguientes ocho años, mientras Vargas Llosa estudiaba derecho y literatura en la Universidad de San Marcos, impuso estrictos controles a la vida social que reprimían la individualidad y generaban escepticismo, derrotismo y frustración entre los peruanos. Entre 1950 y 1951 estudió en la Academia Militar Leoncio Prado. Otra experiencia fundamental en su vida fue un viaje que realizó en la selva amazónica en 1958. Vargas Llosa se encontró con el despotismo, la violencia y la crueldad. La ausencia de leyes e instituciones expuso a los nativos de la selva a las peores humillaciones y actos de injusticia cometidos por colonos, misioneros y aventureros, quienes habían llegado a imponer su voluntad mediante el uso del terror y la fuerza. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 2010.
  9. Para un análisis de las ideas políticas de Mario Vargas Llosa, ver Boron, Atilio A. (2019). El hechicero de la tribu: Mario Vargas Llosa y el liberalismo en América Latina. México: Akal.
  10. Fernando Vallejo Rendón nació en Medellín el 24 de octubre de 1942. Estudió en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá, y se licenció en Biología en la Universidad Javeriana. En 1971, Vallejo se trasladó a la Ciudad de México, donde desarrolló toda su carrera literaria. Dos de sus novelas: El desbarrancadero y La virgen de los sicarios. Con El desbarrancadero ganó el Premio Rómulo Gallegos y en 2011 ganó el Premio FIL de Literatura en Lenguas Románicas otorgado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.
    Ha escrito cinco libros autobiográficos: Días azules (1985), que refleja varios episodios de la infancia del autor en el escenario de la finca de sus abuelos (Santa Anita) y el tradicional barrio de Boston en Medellín; O Fogo Secret (1987), donde explora, en su adolescencia, los caminos de las drogas y la homosexualidad en Medellín y Bogotá; The Roads to Rome (1988) y Years of Indulgence (1989) narran sus experiencias en Europa, especialmente en la capital italiana y Nueva York; Ghost Whisperer (1993) comprende los años que vivió en la Ciudad de México, donde vive desde 1971. Fue cineasta: escribió y dirigió dos películas en México sobre la violencia en Colombia: Crônica Red (1977) y Storm (1980). Es autor de la biografía del poeta antioque Miguel Ángel Osorio, más conocido como Porfirio Barba Jacob, titulada El mensajero (1987). En 1983, el Fondo de Cultura Económica publicó en México Logos: la gramática del lenguaje literario, un ambicioso proyecto de investigación sobre escritura literaria.


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