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6 Violencias del Estado y contra el Estado

Perú: Miguel Gutiérrez y Santiago Roncagliolo

Miguel Gutiérrez[1] publicó la que se considera su obra maestra, La violencia del tiempo, en 1991, novela monumental en la que, a través de la saga familiar de los Villar, recorre la historia del Perú desde la Independencia hasta mediados del siglo xx.

La violencia del tiempo es una novela que narra las ofensas contra el linaje mestizo de los Villar en la región peruana de Piura, referidas por el último de sus descendientes, Martín Villar. Refiere las peripecias de cinco generaciones de la familia piurana de los Villar, mestizos pobres y frecuentes víctimas de la familia terrateniente de los Benalcázar, cuyos acontecimientos consigue reunir y articular el último descendiente de los Villar, Martín, un joven que estudia historia becado en la Universidad Católica de Lima.

La narrativa apela a la memoria popular, a las historias familiares repetidas de generación en generación y a las visiones del pasado que ofrece el uso ritual del cactus de San Pedro y las voces de quienes han sido secularmente humillados.

La violencia del tiempo se inscribía en lo que se ha denominado proyecto de novela que aspira a la totalidad por la diversidad de historias que recorren el libro, entre las que destacan las correspondientes a la familia mestiza de los Villar, la formación de Martín Villar y los relatos ocurridos en Europa como los hechos históricos ocurridos en la Comuna de París (1871) y la Semana Trágica de Barcelona” (1909) (Prado Alvarado, 2016[2]).

En la literatura latinoamericana podemos ubicar relatos de este tipo: búsqueda de la hoja que somos en el enorme árbol genealógico del que formamos parte. Vincula siempre la historia de Piura, lugar de búsqueda de Martín Villar, con la historia del Perú: la microhistoria con la Historia. Y desde las memorias de los muertos sin justicia, iniquidades en especial contra la población andina y las mujeres, aparece la crítica del mestizaje como resolución harmónica de los conflictos raciales:

La violencia del tiempo no debe ser leído como un texto anacrónico de denuncia social, sino todo lo contrario: es una novela que, lejos de soslayar la tensión racial intrínseca a la sociedad peruana, confronta de manera frontal el falaz viso romántico que, desde el célebre discurso “Elogio del Inca Garcilaso de la Vega” (1916) de José de la Riva Agüero y Osma, se le dio al mestizaje racial como panacea de resolución armónica de los conflictos socioculturales (Otero Luque, 2019[3]).

Esta necesidad de reconstruir su historia lo conduce al encuentro del ciego, de quien escucha cada noche relatos; de doña Asunción Juárez; de don Timaná, quien le da a beber la pócima del cactus dorado, que actúa sobre sus recuerdos y los revive. Los sentimientos personales expresan a su vez los grandes problemas sociales que constituyen enigmas, contradicciones latentes en nuestras sociedades: racismo, clasismo, sexismo, el papel del mestizaje vía la violación y un principio violento de nuestras existencias; la fascinación por lo extranjero como modelo de belleza.

Muchos años después, en la novela Confesiones de Tamara Fiol (2009), Miguel Gutiérrez evoca un acontecimiento central en la vida política y social del Perú: la presencia de Sendero Luminoso, sus acciones y posteriores consecuencias. Dentro de este la participación de las mujeres es trascendente. El autor reconstruye la personalidad de Tamara Fiol, una de las mujeres de Sendero, contestataria y transgresora en todos los ámbitos de su vida: en lo político, social y lo sexual. Ahora, como funcionaria de la oficina de Derechos Humanos.

El periodista Morgan S. Batres, que hacía un reportaje sobre las mujeres de Sendero Luminoso, la describe llegando en muletas de aluminio:

La joven de la foto no era una belleza, por lo menos no una belleza convencional, pero lucía atractiva y encantadora, con su sonrisa y mirada franca, sin atisbos (me pareció a mí) de coquetería ni de sutiles insinuaciones. Por supuesto, los años de invalidez habían deformado su cuerpo y su cara – que en la foto se veía pequeña – se le había anchado quizás por el uso de la cortisona. Vagamente me había figurado a una mujer de expresión torturada; sin embargo, sus ojos proyectaban una mirada abierta, aunque había un aire de ironía que faltaba al retrato de la joven Tamara (Miguel Gutiérrez, Confesiones de Tamara Fiol, p. 12).

Se suceden los personajes: Melenita, asistenta de Tamara; Pepe Corso Geldres; el profesor americano Taylor; el guitarrista Baltasar Azpur; César Arias Sotomayor, un comunista de corazón y la periodista Muriel Tipiani.

Vienen los familiares. Su abuelo don Ramiro Garibaldi Fiol, anarquista, y su mujer, la cantante Belén Goyeneche, quien amaba operas (La Traviata, Tosca, Boris Gudunov; las interpretaciones de Caruso, Galli-Curci). Su padre, Pablo Fiol Goyeneche, apartado de la militancia después de la insurrección de 1948.

La Universidad de San Marcos siempre estuve presente, así como los cafés centrales de Lima. En las sombras, ya aparece el personaje Kymper, que revendrá en la pluma de Miguel Gutiérrez. Por encima, está la historia política del Perú en el siglo xx, empezando por los anarquistas: “Años después el grupo se dividió entre los que siguieron a los socialistas de Mariátegui y los que se inscribieron en el partido de Haya de la Torre” (Miguel Gutiérrez, Confesiones de Tamara Fiol, p. 62).

El personaje Raúl Arancibia, amante instable de Tamara Fiol, emerge con vigor:

… dos momentos críticos del Arancibia político (o, si se quiere, ideólogo): la ruptura con el Partido Aprista a la final, 1953, de su encarcelamiento del penal El Frontón y su expulsión del Partido Comunista durante las luchas internas que culminaron con la escisión del partido entre moscovitas y pekineses (Miguel Gutiérrez, Confesiones de Tamara Fiol, p. 246).

Raúl Arancibia ha había involucrado los militantes de la línea cubana. Y con el narcotráfico, el Cártel de Medellín, en el penal con “El Vicario”, poderoso narcotraficante. Tras una traición, este ordena asesinar a Raúl, en 1992. Por toda una historia de la izquierda, pasan liderazgos, traiciones y faccionalismos. Dice Tamara: “Debido a tus vínculos con los narcos, podrías haber reunido evidencia incómoda sobre relaciones y alianzas de estos con los militares que, supuestamente, combaten al narcotráfico” (Miguel Gutiérrez, Confesiones de Tamara Fiol, p. 403).

Es un tiempo de violencias, de torturas, desapariciones, de entierros clandestinos, de cuerpos incinerados. Del Sendero y del Ejército: “La violencia de ambas partes, y los caídos que tuvieran la desgracia de estar entre dos fuerzas” (Miguel Gutiérrez, Confesiones de Tamara Fiol, p. 24).

La literatura atraviesa las páginas del libro: Maquiavelo, Víctor Hugo, Eugène Sue, Émile Zola, Rimbaud, Giovanni Verga, Jules Valés, Dostoievski, Turgueniev, Andreyev, Bakunin, Propotkin, Errico Malatesta, Joyce, Brecht. También los peruanos Manuel González Prada, Ribeyro, José María Arguedas, Vargas Llosa, así como la obra La violencia del tiempo. Y la música también: Beethoven, Chopin, Atahualpa Yupanqui. Tantas películas adornan los capítulos, evocadas, presentes.

Se entreteje la vida apasionada, siempre al límite, de Tamara, sus recuerdos, con un presente de intensa actividad política, y las posibles perspectivas al futuro. Es una novela intensa, con hilos de lo social, los procesos políticos, las emociones del periodista que termina por involucrarse con la existencia de Tamara Fiol.

Miguel Gutiérrez, en seguida, hace un verdadero thriller policial en Una pasión latina (2011), en el horizonte político de la guerra interna. El profesor y crítico literario Artimidoro Correa se entera de lo que Nolasco Vílchez, su amigo de Ayacucho, ha sido capaz de hacer, asesinando a su esposa Karen Spiegel, con crueldad, descuartizándola: “Un individuo peruano apellidado Vílchez no sabía que más, y por si fuera poco paisano tuyo, había cometido un horrendo asesinato. … La asesinó y descuartizó. A su esposa, me refiero. Una gringa yanqui” (Miguel Gutiérrez, Una pasión latina, p. 63).

Érase una vez, en 1963, cuando el Cuerpo de la Paz llegó a Piura, en el Perú, con el jefe Oliver Branch: “Branch explicó a la prensa que la formación de los Cuerpos de Paz se enmarcaba en la Alianza para el Progreso, la nueva política para América Latina que había inaugurado la administración Kennedy” (Miguel Gutiérrez, Una pasión latina, p. 67).

Karen Spiegel era la jefa adjunta. Llega el golpe militar de Juan Velasco Alvarado, en 1968. Además, “entonces le contaron que todo el mundo en la universidad sabía que Nolasco Vílchez Temoche y la gringa Karen eran agentes de la CIA” (Miguel Gutiérrez, Una pasión latina, p. 143).

Como tela de fondo, transcurre la historia política del Perú, el partido comunista de filiación maoísta y su facción roja, que daría nacimiento al Sendero Luminoso (Miguel Gutiérrez, Una pasión latina, p. 145).

Se suceden los personajes: César Ruest, amigo de ambos; Víctor, de la Universidad de Georgetown; Charo Méndez, una pasión de Nolasco; Jorge Merino, amigo de Nolasco, y el periodista Loreto Domínguez.

Nolasco Vílchez sofría el dolor de la bastardía, cuando miraba a la rubia Trude al llevar las ropas que su madre lavaba y pasaba, en Piura: “Nadie me engendró. […]. He nacido de mí mismo; y afirmó Soy el primer hombre. Y no debo nada a nadie” (Miguel Gutiérrez, Una pasión latina, p. 26).

Él retornó a Piura siete años después, con el título de profesor. En Lima, había pertenecido a la célula de la Juventud del Partido Comunista, leyó a Marx, Lenin, Trotsky, Stalin y a Wright Mills. Data de entonces su pasión por el sacrificio de los toros en los matarifes de Piura, expresión, quizás, de un culto sudamericano a los muertos.

Acudiendo a sus recuerdos y a los de otros, en un recorrido que va desde una atormentada Piura, en el norte del Perú, hasta el pacífico condado de Middleton, en el estado de Virginia, y la capital Washington, y a veces por Puerto Rico, mezclando la vida política de países tan alejados, Estados Unidos y el Perú. O no tanto.

Así, se propone descubrir por qué la vida en apariencia feliz de su viejo conocido ha derivado en el feroz asesinato de Karen Spiegel, la mujer que amaba, y que se había transformado en senderóloga:

Refirió las diversas luchas internas y deslindes de los cuáles había surgido y se había desarrollado el partido liderado por el Presidente Gonzalo. Primero luchas con el partido revisionista de Jorge del Prado; después con el trotskismo; luego deslindes con los grupos no marxistas-leninistas, como el MIR, el ELN, y Vanguardia Revolucionaria, todos de filiación castrista o seguidores del Che Guevara; y, por último, encarnizadas luchas internas entre las facciones maoístas, como Patria Roja y Bandera Roja” (Miguel Gutiérrez, Una pasión latina, p. 179).

La novela esboza toda una “arquitectura del espanto”, en un “momento de la lucha en que la épica no había sido remplazada por el terror” (Miguel Gutiérrez, Una pasión latina, p. 151).

Trae variadas evocaciones literarias: Inca Garcilaso de la Vega, Mariátegui, De Lillo, Arguedas, Steinbeck, Malraux, Rulfo, Carlos Fuentes, Vargas Llosa, Ginsberg, Jack Kerouac, Ken Kesey. Pintores, como El Greco. La música de Elvis Presley, Bob Dylan, Sarah Vaughan.

Mas, sobre todo, están presentes las películas, directores y actores: Marlene Dietrich; Alfred Hitchcock; Esther Williams; Ingrid Bergman; Óscar Welles; Rita Hayworth; Greta Garbo; Judy Garland; Errol Flynn; Tirone Power; Fred Astaire; Ginger Rogers; Fellini y Anthony Perkins.

Sobre las formas de un thriller policial, figuran: el dolor de la bastardía, la indagación histórica, las violaciones ancestrales, los reveses del mestizaje, el racismo, la inquietud política, las contradicciones ideológicas, los desencuentros culturales, la atracción sexual y amorosa. Es decir: “En la Antigüedad, al azar lo llamaban ‘destino’, y ni dioses ni hombres podían escapar a su despliegue implacable” (Miguel Gutiérrez, Una pasión latina, p. 216). En suma, una patología del resentimiento que mezcla política y de pasión, como un destino de venganza de sufrimientos ancestrales.

En el libro Kymper (2014), Miguel Gutiérrez recuenta la vida de un intelectual marxista que, a inicios de los años noventa, es condenado a muerte tanto por Sendero Luminoso como por el comando Rodrigo Franco, del APRA; o quizás por su exmujer, Ofelia. El personaje principal: Kimper, con 54 años, exdirigente universitario de la izquierda, escritor. Pero luego se va a la Amazonia, y a París, y se convierte en doctor en antropología por La Sorbone, y busca en la selva a las poblaciones indígenas no contactadas. Está de vuelta en Lima, escondido en una casa de reposo y después en un departamento elegante en Miraflores.

Muchos son los personajes, presentes o evocados: el padre, comandante Arsenio Kimper, héroe de guerras, insurgente del APRA, ahora muy enfermo; Cancho Moreira, antiguo comunista ahora millonario; la senderista Vera; el padre Julián y la Teología de la Liberación; su hijo Claudio; Cleo, la cuidadora de su padre; el periodista Ney Bracamonte; el psiquiatra Bermúdez Larco; Rudy Malatesta, roquero y delincuente. Así como las mujeres de las pasiones contingentes, siempre muy corpóreas, de Kymper: Iris, un amor eventual; Tamara Fiol, ahora militante de derechos humanos; Francisca, águila humana, un amor pasional; Maya, la amante joven, sensual y traicionera.

Son reflexiones acerca del activismo partidario, las pasiones políticas y la violencia, pues la novela se centra en la propia generación del autor. Repasa el desarrollo de la política peruana del siglo xx, de los cuarenta en adelante: la fascinación con Haya de la Torre y el APRA; los grupos de izquierda y la figura de Mariátegui; la Teología de la Liberación; Sendero Luminoso; Velasco Alvarado, y describe los inicios de los noventa con Fujimori. Siempre remonta al ambiente de la Universidad Mayor de San Marco, de Lima.

Kimper había matado a un militante aprista en la Universidad de San Marcos, en julio de 1963. Kimper intenta ser perdonado por el Sendero Luminoso, en una entrevista con la camarada Vera. Una historia de violencias y de armas: “La violencia, Tito, está en la vida, en el mundo, en la historia, aunque esto lo diga Abimael; y la violencia es el abecé del marxismo, tú lo sabes mejor que yo” (Miguel Gutiérrez, Kymper, p. 50).

Son evocados los pueblos originarios en el Perú: yaminahua; harakmunt; jibitos; ashánincas; sapiteri; jeberos; cocamas; shawi; chayahuitas. Los personajes defienden sus territorios y sus culturas.

El escenario es Lima en medio de los atentados del Sendero Luminoso y los motines. Sobre todo, está el motín de las mujeres presas de Sendero en el penal de Canto Grande, “del terrible día de violencia que había padecido Lima el día de ayer y de la amenaza recién publicada de amotinamiento de los senderistas presos en el penal de Canto Grande” (Miguel Gutiérrez, Kymper, p. 50). Matanza que sucede a otras en Lurigancho y El Frontón.

El autor desarrolla sucesivas críticas a las actitudes del Sendero Luminoso, como en las palabras del personaje Cancho Moreira hablando a Kymper:

Sendero está cometiendo muchos errores y excesos atroces. Tú, que recorres el país, debes haber escuchado los horrores que está cometiendo Sendero con los campesinos pobres. Y, más bien, uno de estos días, tú, que eres experto en las poblaciones nativas de la Amazonía, cuéntame lo que en realidad está ocurriendo, por ejemplo, con los ashánincas, a quienes, según he leído, las huestes del Presidente Gonzalo han convertido en esclavos… Y bien. Por eso los han arreado del campo. Y aquí en Lima se les está pasando la mano (Gutiérrez, Kymper, p. 210).

Reaparecen un sinnúmero de referencias literarias y sociológicas, de alcance universal: Dante, Calderón de la Barca; Stendhal, Balzac, Darwin, Spengler, Tristes Trópicos de Lévi-Strauss; Malcolm Lowry; el poeta Alberto Hidalgo; Maiakovski; García Lorca; Mariátegui; César Vallejo; Trotski; André Malraux; Sartre; Camus; Simone de Beauvoir; Hemingway; Reich; Marcuse; Grahan Greene; Malcolm Lowry; Alejo Carpentier; Borges; Juan Rulfo; García Marqués; Althusser; Alain Badiou; Juan Seoane; Bryce; Arguedas; Leoncio Blúmaro; Manuel Scorza; Vargas Llosa; Cortázar; Sábato; Julio Cotler; Aníbal Quijano; Darci Ribeiro; Guimarães Rosa. Músicas de distintos matices se evocan: Bach; Mozart; Beethoven; Schumann; Chopin; Béla Bartok, y los cantores de boleros y baladas, los ritmos caribeños. Se establece, así, la polifonía encantada de una novela política.

La novela se convierte en un testimonio de los complejos debates y polémicas en el interior de la izquierda durante la segunda mitad del siglo xx, y del régimen de Fujimori. Firma el desacuerdo con la violencia extrajudicial que “combate el terror con el terror” (p. 545). Trae una serie de acontecimientos que atañen a la historia peruana del siglo xx y los acontecimientos diarios, las pequeñas historias que van constituyendo el gran tramado de los hechos sociales[4]. En la memoria de Kymper,

… el hecho de la muerte o el tema de los muertos siempre estuvo ligado a esa forma en que los hombres o las mujeres pierden la vida por ejercer o ser víctimas de la violencia en el mundo de las luchas sociales y políticas (Gutiérrez, Kymper, p. 596).

Es un testimonio de los complejos debates y polémicas en el interior de la izquierda durante la segunda mitad del siglo xx y aparecen, con nombres cambiados, importantes personalidades del ambiente político e intelectual.

Señala Miguel Gutiérrez que “hay un elemento esencial en la tragedia antigua: la existencia de una fuerza todopoderosa llamada ‘destino’, que está por encima de la voluntad de los hombres y los dioses” (Gutiérrez, Kymper, p. 433).

Sin embargo, “ya no existen héroes en la literatura de nuestro tiempo” (p. 416). Kymper es una novela de la tragicidad de la política latinoamericana.

En la novela Abril rojo (2006), Santiago Roncagliolo[5] escribe que, durante las celebraciones de la Semana Santa de 2000 en Ayacucho (Perú) ocurre el asesinato de un poblador de Quinoa, asesinado cruelmente un mes antes de la Semana Santa, y se perpetran otros asesinatos violentos. El investigador de los asesinatos es el fiscal distrital adjunto Félix Chacaltana Saldívar. Él nunca ha hecho nada que no estuviese claramente estipulado en los reglamentos de su institución, sin olvidar que habla habitualmente con su madre fallecida.

La muerte masiva llama a la muerte, y se verifica en la guerra que hubo en los Andes en la década de los ochenta cuando Sendero Luminoso y el ejército peruano sembraron el terror indistintamente, asolando a las poblaciones andinas. En medio del horror, también está la mística:

En la catedral, la imponente pirámide blanca de la Resurrección empezaba a asomar por la puerta, entre los fuegos artificiales. Sobre cada una de sus gradillas llevaba cirios encendidos. El fiscal se confundió entre la gente. Lentamente, desde el interior de la pirámide, fue emergiendo Cristo resucitado entre los aplausos del pueblo. Más de trescientas personas empezaron a pasar el anda de hombro en hombro alrededor de la plaza. Cuando el anda llegó a sus hombros, Chacaltana se persignó y dijo mentalmente una oración (Santiago Roncagliolo, Abril rojo, p. 322).

La novela tiene lugar en la ciudad de Ayacucho en la primavera del año 2000. Como fondo político se encuentran las elecciones a la presidencia. La obra responde a fechas que comprenden desde el nueve de marzo del 2000, justo un mes antes de la fecha electoral real, hasta el tres de mayo. Supone un contexto social de corrupción descubierta en el ámbito militar y gubernamental, así como de tortura contra los campesinos y sindicalistas.

Pero ahora va a conocer el horror: la muerte se convierte en la única forma de vida. Chacaltana sospecha que las muertes se deben a ejecuciones terroristas consumadas por un rebrote de las actividades en los Andes de Sendero Luminoso: “No me atrevería a descartar un ataque senderista. […]. Está usted paranoico, señor fiscal. Aquí ya no hay Sendero Luminoso” (Roncagliolo, Abril rojo, p. 45).

De pronto, reaparece esta presencia atormentadora:

Solo los aullidos desde los cerros. Los vivas. El Partido Comunista del Perú. El Presidente Gonzalo. Parecían sonar cada vez más fuerte y rodearlo, asfixiarlo. Se preguntó si los terroristas bajarían y dónde se ocultaría en ese caso. Volvió a golpear la puerta. Finalmente, le abrieron (Roncagliolo, Abril rojo, p. 107).

En su incursión al “rincón de los muertos” –como la masacre de periodistas en Uchuraccay (Ayacucho) o el encuentro de fosas clandestinas llenas de cadáveres anónimos– el fiscal experimentará una revelación:

Nadie quería hablar de eso. Ni los militares, ni los policías, ni los civiles. Habían sepultado el recuerdo de la guerra junto con sus caídos. El fiscal pensó que la memoria de los años ochenta era como la tierra silenciosa de los cementerios. Lo único que todos comparten, lo único de lo que nadie habla (Roncagliolo, Abril rojo, p. 158).

Los indígenas valoran el mito de Inkarrí, también usado por el Sendero Luminoso: trata del restablecimiento mediante el sacrificio y la resurrección del cuerpo luego de la necesaria muerte. Es un relato mítico que aparece luego de la ejecución del último inca, Túpac Amaru, en 1572. Según el mito, los pedazos del inca, enterrados en distintos puntos del Perú, están creciendo para reunirse. El padre Quiróz le explica al fiscal Chacaltana:

En los Andes existe el mito de Inkarrí, el Inca Rey. Parece haber surgido durante la colonia, después de la rebelión indígena de Túpac Amaru. Tras sofocar la rebelión, el ejército español torturó a Túpac Amaru, lo golpearon hasta dejarlo casi muerto. Luego tiraron de sus extremidades con caballos hasta despedazarlo (Roncagliolo, Abril rojo, p. 240).

Los acontecimientos también revelaban la presencia aguerrida de las mujeres en las luchas:

Cosa rara de los terrucos. Se organizaban en grupos de hombres comandados por mujeres. No sé si lo sigan haciendo así, uno nunca sabe con ellos. Pero aparentemente, las mujeres siempre fueron las más fuertes ideológicamente. Y las más sanguinarias (Roncagliolo, Abril rojo, p. 236).

Por ende, entabla una relación amorosa con Edith, hija de senderistas, con quien bailaba. Muy pronto sus deducciones lo llevan a encararse con los altos mandos locales de la milicia y a ser testigo de los amedrentadores vestigios de los senderistas. El capitán Pacheco y el comandante Carrión, ambos muertos. El padre Quiroz, que fue asesinado. El legista Faustino Posadas. Sin dejar de mencionar al escritor Arguedas. Abril rojo expone con agruras romanescas el enfrentamiento político que llenó el país de cadáveres, un país fragmentado, con adversidades todavía insolubles.

En La pena máxima (2014), Santiago Roncagliolo retorna con el fiscal de Abril rojo, Félix Chacaltana Saldívar, ahora asistente de archivo. La novela tras la política, el fútbol, la lucha por sobrevivir y la muerte. Inicia con el partido de Perú versus Escocia. Y se suceden los partidos y los capítulos, entre locución de los juegos de fútbol.

Un hombre que porta una mochila es perseguido por las calles de uno de los barrios más populares de la ciudad de Lima –Barrios Altos– y asesinado a plena luz del día. Pero nadie ha visto nada. El asesino ha elegido el momento perfecto para cometer su crimen: la ciudad se halla en ese instante desierta y concentrada ante el televisor. La selección peruana se juega mucho en el mundial de fútbol en la Argentina de 1978.

Estamos en un momento crucial para la historia del Perú. Con la operación Cóndor como telón de fondo, el país se esfuerza por salir de la oscuridad de la dictadura militar con la celebración de las primeras elecciones democráticas en mucho tiempo. Hay manifestaciones en las calles de Lima.

Parece que también ha llegado el momento del cambio para Chacaltana, quien se debate entre la obediencia a una madre dominante y su amor por Cecilia, con quien se quería casar:

Quiero decir que quiero casarme contigo. ¿Me aceptas como esposo? A su alrededor, los relojes se detuvieron. Los elegantes camareros del hotel se paralizaron. Los lustrabotas de la plaza dejaron de moverse. Los motores de los carros se silenciaron. Cecilia acercó una mano tímida a la cajita, y la abrió. Al ver la sortija, retiró la mano, como si hubiese encontrado un ratón vivo. Miró a Chacaltana. En sus ojos se reflejaba la sospecha de que era broma, de que eso no estaba pasando en realidad; ¡Félix! Yo… (Roncagliolo, La pena máxima, p. 47).

Habla con su amigo Joaquín Calvo, profesor de sociología, cuyo cadáver encuentra en el río, con un tiro frontal. Encuentra al padre, Joaquín Gonzalo, y a los estudiantes de Joaquín, dos de los cuales “desaparecidos”, que estaban en un pequeño grupo político de izquierda:

Mientras tanto, empezamos a recibir a compañeros perseguidos por los dictadores de otros países. De Argentina o Chile, sobre todo, pero también alguno de Paraguay o Uruguay. No te imaginas lo que están haciendo a los montoneros, a los izquierdistas, a los comunistas, o a gente que no tiene nada que ver, a sus padres o esposas (Roncagliolo, La pena máxima, pp. 140-141).

Chacaltana es siempre advertido por sus superiores, y por militares de mando, como el almirante Héctor Carmona. Su mujer, Susana Aranda, era amante de Joaquín Calvo, que viene a ser encontrada muerta. Además, Chacaltana se ve involucrado en la operación Cóndor, “lucha contrasubversiva”, pues recibe en el aeropuerto militar a un recluso, el estudiante Daniel Álvarez Paniagua, que relata:

El día de nuestra detención, nos dieran una golpiza. Estábamos nosotros, otros militantes, un periodista, incluso un militar. A uno le rompieron una costilla. A todos nos pusieron grilletes y nos metieron a un avión. Viajamos sin capucha, rodeados de soldados con ametralladoras. En Jujuy, nos informaron de que formábamos parte de un intercambio de prisioneros entre los gobiernos de Perú y Argentina (Roncagliolo, La pena máxima, p. 226).

Félix Chacaltana Saldívar llega a Ezeiza, va al Café Tortoni, lo conducen a la “Escuela de Mecánica de la Armada”, un centro de tortura.

Era el día del partido de Argentina y Perú. Finalmente, descubre que Joaquín Calvo era un agente de la inteligencia militar peruana. Pero, entre tantas revira vueltas, Chacaltana se reencuentra con Cecilia:

Hacer el amor resultó más fácil de lo que Chacaltana esperaba. Su cuerpo casi lo hizo todo solo, empezando por quitarle la ropa a su chica. La piel de Cecilia, donde no le daba el sol, era más pálida. Pero su suavidad era la misma en sus muslos, en sus pechos, en su espalda (Roncagliolo, La pena máxima, p. 363).

Santiago Roncagliolo explota las ambigüedades de la pena máxima, en el fútbol y en la vida peruana.

La noche de los alfileres (2016), reciente libro de Santiago Roncagliolo, narra una historia de violencia protagonizada por unos jóvenes que, ajenos a toda sensación de peligro, rompen toda barrera entre el bien y el mal. Beto, Moco, Carlos y Manu, jóvenes de clase media del barrio Surco, compartieron la amistad y el despertar de la sexualidad en un colegio de jesuitas de Lima. Pero también algo más: durante su adolescencia lucharon por ocultar su debilidad ante los compañeros, marcar su territorio y huir de sus respectivas realidades familiares.

Desde la edad adulta, y ya con una franqueza que solo puede dar el paso del tiempo, los cuatro rememoran un acontecimiento dramático vivido en esos años del que solo ellos saben la verdad. Dice Carlos:

Es verdad: lo que hicimos no aparece en los manuales de buena conducta. Si acaso, en las páginas policiales, entre los crímenes sexuales y los asaltos a mano armada. Pero, como abogado penalista, puedo citar numerosas atenuantes: minoría de edad, defensa propia, prescripción del delito… Y eso si hubo delito (Santiago Roncagliolo, La noche de los alfileres, p. 13).

En un tiempo convulso de la historia del Perú, durante la década de los noventa, en Lima, 1992, lo que empezó como una aventura cargada de venganza se les escapa de las manos. Carlos encuentra a Pamela:

Se llamaba Pamela, un nombre suave como una cama mullida. Y yo sí había hecho algunos avances con ella. Una mano en la cintura, casi donde terminaba la espalda. Un beso en el cuello, casi donde empezaba la pendiente del pecho. Pero paso a paso se llega lejos (Roncagliolo, La noche de los alfileres, p. 33).

El libro trae las referencias al cine, innumerables películas, a la música –Bach– y a la literatura –Marques de Sade, Sábato, Salinger, Proust, Joyce–.

La trama gira en torno de la profesora Pringlin, que los echa de la clase y reclama a sus padres. Además, descubren que es la madre de Pamela. Por secuencia, será la venganza que los impulsará hasta el acto último. Capturan a Pringlin en su casa, la encierran en el sótano, llegan a torturarla. Y llega la muerte, por accidente.

El clima en Lima es de los sicarios, de los atentados y las bombas que se suceden, también con expolicías asaltantes, y los secuestros. El padre de Manu era excombatiente de la guerra con Ecuador: “En la ciudad seguían sonando las bombas. Las explosiones nocturnas perturbaban a papá. Despertaba por las noches gritando. Pero eran gritos diferentes, menos de miedo, más de dolor” (Roncagliolo, La noche de los alfileres, p. 113).

El horror general compite con el particular. Los terroristas y las atrocidades del ejército se multiplican. El atentado con bombas en Miraflores obscurece otros eventos. Y ni siquiera el amor puede redimir. Pues las esperanzas se van difuminándose, la muerte es el olvido de la memoria (p. 407): “Todo estaba al revés. Arriba era abajo, derecha era izquierda, lo razonable se había vuelto una locura… Y viceversa” (Roncagliolo, La noche de los alfileres, p. 113).

Narrativas de la violencia del Estado y de la violencia contra el Estado, retrasando una vez más las reconversiones del labirinto de la violencia en Latinoamérica.


  1. Miguel Francisco Gutiérrez Correa nació en 1940, en Piura, y falleció en 2016, en Lima. Se graduó en la Facultad de Letras de la Universidad Mayor de San Marcos. Escritor influido por la gran novela europea del siglo xix y por la narrativa del boom latinoamericano. Sus influencias literarias son Balzac, Dostoievski, Joyce, Faulkner y García Márquez. Gutiérrez define su obra como literatura comprometida, ficciones a través de un denso fresco social, cuya crítica es profunda y consistente. Su obra podría ser denominada de realismo épico. La aparición de Sendero Luminoso, grupo armado de orientación maoísta surgido en 1980 y que marcaría la historia del Perú en los años siguientes, dividió las aguas entre los integrantes del Grupo Narración, al cual pertenecía Miguel Gutiérrez, que ese año sacó su último número, ya con importantes deserciones. Su madre y su hijo fueran senderistas, y después fueron muertos por ocasiones de motines en las cárceles.
    Su obra novelesca llega hasta casi 30 libros, de los cuales podríamos resaltar El viejo saurio se retira (1969), La violencia del tiempo (1991), Confesiones de Tamara Fiol (2009), Una pasión latina (2011) y Kymper (2013). Además, tiene una serie de estudios críticos en los que analiza la presencia de los Andes en la novela peruana y a cuatro autores que fueron decisivos para él: Franz Kafka, William Faulkner, Jorge Luis Borges y Julio Ramón Ribeyro: Celebración de la novela (1996), Los Andes en la novela peruana actual (1999), Borges novelista virtual (1999), Faulkner en la novela latinoamericana (1999), Kafka seres inquietantes (1999), La novela en dos textos (2002), Vallejo, narrador (2004) y La invención novelesca (2009), entre otros.
  2. Prado Alvarado, Agustín (2016). Miguel Gutiérrez y su celebración de la novela (Piura, Perú, 1940 – Lima, Perú, 2016). Letras, 87(126), 130-135.
  3. Otero Luque, Frank (2019). “Desde Martín Cortés hasta Martín Villar: el mestizaje como estigma en La violencia del tiempo de Miguel Gutiérrez Correa”. Lexis, XLIII(2), 483-515, cit. p. 511.
  4. Martos Carrera, M. (2015). Gutiérrez, Miguel. Kymper. Escritura y PensamientoUNMSM, 18(36), 277-280.
  5. Santiago Roncagliolo (Lima, 29 de marzo de 1975). Escritor peruano. Con apenas dos años su familia fue deportada a México por el gobierno militar. Regresó al Perú años después, donde publicó sus primeras novelas infantiles y su primera obra de teatro, Tus amigos nunca te harían daño. En el año 2000 se traslada a Madrid y de ahí a Barcelona, donde actualmente sigue residiendo. Desde su llegada a España ha trabajado como guionista, traductor y periodista, y ha obtenido un amplio éxito con sus novelas. Es autor de varios libros infantiles, como Rugor, el dragón enamorado (Alfaguara, 1999), La guerra de Mostark (Santillana, 2000) o Matías y los imposibles (Siruela, 2006). Su primera novela fue El príncipe de los caimanes (Ediciones del Bronce, 2002) y el libro de cuentos Crecer es un oficio triste (Ediciones del Bronce, 2003). Para su literatura han sido muy importantes sus vivencias en el Perú, donde conoció de cerca los conflictos y la violencia del país. También se aprecian influencias de otros escritores como Lins, Dorfman, Caparrós, Vásquez, Castellanos, Fresán y Mario Vargas Llosa.
    En 2013, Roncagliolo publicó la novela Óscar y las mujeres (Alfaguara, 2013) en una edición digital para recuperar el mundo del folletín. Además, regresó a la novela infantil con El gran escape (2013).
    Publicó las novelas Abril rojo (2006), La pena máxima (Alfaguara, 2014) y La noche de los alfileres (2016). Publicó una trilogía de periodismo narrativo: La cuarta espada (la historia de Abimael Guzmán y Sendero Luminoso), en 2007; El amante uruguayo y Memorias de una dama.


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