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3 Vox populi

La oferta electoral y el veredicto de las urnas

Este capítulo se ocupa de describir las características de la fase de intensificación de la competencia que representa una contienda electoral. El supuesto de partida es que se trata de un período en el que el juego político se desarrolla normalmente, a partir de la lógica compartida que establece el régimen democrático. El objetivo es reconstruir la dinámica del juego político provincial en esta coyuntura particular de disputa de cargos electivos. La particularidad de este momento es que, más que en otras instancias, el juego se orienta hacia fuera del ámbito propiamente político, en búsqueda de apoyos externos que puedan reflejarse en votos.

Se describen en primer lugar las campañas electorales, buscando conocer sus rasgos centrales: las estrategias, negociaciones, enfrentamientos y tomas de posición de sus protagonistas. El objetivo es reconstruir la concatenación de jugadas que derivaron en los resultados finales. En segundo lugar, se analiza la jornada electoral que implica la clausura de esta fase y la reconfiguración del escenario a partir de los apoyos obtenidos por los contrincantes. Tanto las cifras finales del escrutinio como la lucha por la interpretación de los resultados configuran la fisonomía de este momento cúlmine de la disputa por los cargos.

3.1. Campañas provinciales, proyectos nacionales

Una vez definidas las candidaturas de cada partido se iniciarían oficialmente las campañas electorales, momentos de intensificación de la competencia política, en los cuales los políticos profesionales se relacionan con el electorado para obtener la legitimación de los sufragios y sostener, modificar o perder, en función de la cantidad de votos obtenidos, su posición en el espacio político.

En este apartado se busca reconstruir los principales elementos sobre los que se articularon las campañas electorales de 1991 y 1999, partiendo del supuesto que las acciones de los candidatos solo se pueden comprender relacionalmente. La lógica relacional implica para las campañas provinciales un triple vínculo: el que se da entre los propios candidatos en competencia, otro con la escala política nacional y aquel que se establece con el electorado. Además de indagar sobre las relaciones entre políticos profesionales, en este apartado se buscará destacar el rol de los medios de comunicación y los encuestadores, dos actores centrales en el circuito de la comunicación política.

3.1.1. La campaña de 1991

El marco político en que se desarrollaría la campaña electoral para gobernador de 1991 estuvo signado por dos grandes procesos: por una parte, el impacto de las medidas económicas adoptadas desde el gobierno nacional durante sus dos primeros años de gestión, que han sido caracterizados como la primera ola de reformas estructurales; por otra, el plan de convertibilidad recientemente adoptado, que produjo una relativa estabilización monetaria hacia mediados de año (Rodrigo, 2011). Debido a la combinación de ambos procesos, el justicialismo provincial podía descansar sobre resultados económicos que fueron construidos como avances en la recuperación del país luego de la crisis hiperinflacionaria. Si hubo un momento en que el justicialismo comenzó a capitalizar políticamente sus actos de gobierno, este fue 1991.

No obstante, las autoridades nacionales necesitaban todavía consolidar su posición, y aprovecharían el buen momento para apuntalar su esquema de gobernabilidad en varias direcciones. En este marco, las elecciones de 1991 constituían un plebiscito del propio desempeño gubernamental, luego de treinta meses durísimos (Palermo, 1996). Además, la renovación legislativa era una pieza clave para conseguir el apoyo parlamentario necesario para profundizar el esquema de reformas.

Por otra parte, en 1991 se produjo un fenómeno político nuevo: el desdoblamiento del calendario electoral[1]. La posibilidad de adelantar las elecciones es un arma poderosa en manos de los ejecutivos provinciales para tomar distancia de una campaña proselitista dominada por temas nacionales y asegurarse así una mejor performance en las urnas (Oliveros, 2004). El carácter provincial del partido oficialista fue un elemento central para el desdoblamiento de los comicios: el bloquismo buscaba contrarrestar el efecto arrastre del justicialismo en una campaña nacional, y, aludiendo a la autonomía provincial, estableció como fecha de las elecciones el 11 de agosto.

Las elecciones anticipadas se constituyen inevitablemente en un test para los futuros desempeños electorales (Gaxie, 2004). Ante un escenario complejo, debido a la presencia de dos fuertes partidos provinciales y las dudas sobre un posible triunfo justicialista, la posición de los dirigentes nacionales fue matizar la importancia de un triunfo partidario en los comicios sanjuaninos. El ministro Mera Figueroa advertía sobre el apoyo de los partidos provinciales al proyecto presidencial, en una estrategia discursiva que apuntaba a capitalizar casi cualquier resultado electoral, ya que el gobierno nacional podía aludir al triunfo de cualquiera de los tres candidatos como un capital de apoyo a su gestión.

Las posiciones tomadas por los representantes de distintos niveles partidarios mostraban una ambigüedad de criterios frente a los comicios provinciales, ya que si bien el objetivo central de la competencia es siempre el triunfo electoral (Weber, 1982), la importancia de obtener el control del ejecutivo parecía secundaria para la dirigencia nacional, probablemente porque los escaños en el congreso nacional son el elemento que otorga mayor capacidad de acción política al aparato (Jones, 2002). Por otra parte, si bien San Juan constituye un mercado político claramente periférico, de menor incidencia electoral que cualquier distrito del conurbano bonaerense, el subsistema político provincial es el ámbito natural de actividad de los dirigentes locales, y la disputa por la gobernación representa la máxima aspiración de los políticos que participan en él (Gibson, 2010).

Las distintas acciones llevadas adelante por el justicialismo durante la campaña evidenciaron una negociación permanente de los mutuos apoyos que dieron lugar al posterior triunfo del justicialismo local. La campaña se desarrolló en base a una estrategia discursiva que buscaba articular permanentemente las propuestas provinciales al proyecto nacional, como iniciativa de los dirigentes locales que apelaban a la figura presidencial para diferenciarse de sus competidores.

La apuesta era la provincialización del proyecto menemista, o a la inversa, a la nacionalización del proyecto escobarista[2]. De esta manera, el justicialismo sanjuanino procuraba apropiarse del capital simbólico del gobierno nacional y aparecer como la única garantía de una relación aceitada con la administración central. La posibilidad de mostrar públicamente el apoyo del presidente y su entorno serían claves para la estrategia del justicialismo, aunque las autoridades nacionales mantuvieron una cierta cautela, evidenciando mayor interés en participar de la campaña a medida que se acercaba la fecha de los comicios.

En 1991 se daba otro fenómeno que era la consolidación de los sondeos de opinión (Cfr. Vommaro, 2008). En Argentina, la comunicación política se estaba constituyendo como un campo, pero San Juan se acoplaba a esta tendencia nacional con particularidades. Fundamentalmente, en cuanto al uso periodístico de los sondeos[3]: la prensa gráfica provincial sólo publicó resultados de un sondeo propio en el período previo a la campaña, enunciado como un aporte del matutino local al conocimiento del electorado. Posteriormente, y pese a que los candidatos apelaran a cifras partidarias o de sondeos nacionales en sus respectivas campañas, el diario no se hizo eco de las mediciones, evitando publicar resultados más allá de los que estaban incluidos en los avisos de campaña de los partidos, que no dependían directamente de los editores. No obstante, la prensa era un actor central en el juego político provincial, rol que se evidenciaba claramente en la organización y publicación de los debates en mesas redondas de distintas categorías de candidatos.

Más allá de la existencia de múltiples opciones en la provincia, que se plasmaban, por ejemplo en las mesas redondas del diario, que igualaban el espacio para las distintas propuestas, los tres principales actores partidarios de la campaña serían el PB, la CR y el PJ. La interacción entre estas tres fuerzas definiría los temas de agenda que se debatirían y la instalación de un clima permanente de incertidumbre a lo largo de la campaña. Una campaña que, por otra parte, sería relativamente extensa, porque había comenzado casi un año atrás a partir de las internas partidarias.

El PB puso toda su estructura al servicio de no perder la gobernación, centrando su campaña en la experiencia de gobierno frente a los recién llegados; mientras que la CR se mostraba confiada en sus posibilidades de ganar la gobernación, luego de su triunfo en 1989. En este escenario, el justicialismo apelaría a una campaña que articulaba el marketing político con estrategias más tradicionales, en el marco de la consolidación de un nuevo espacio público, que favorecía el surgimiento de nuevas formas de comunicación política a partir de la combinación de viejos referentes con procedimientos modernos (Abélès, 1998).

Entre las estrategias tradicionales se destacaría una acción ritual de confrontación, constituida por grandes mítines políticos. La puesta en escena de estas acciones requiere de la relación entre una vasta población, los simpatizantes o militantes, que a veces se ha ido a buscar en un vasto perímetro, cuya labor consiste en aplaudir y gritar nombres y eslóganes; y los celebrantes, ubicados en una posición jerárquica y encargados de pronunciar los discursos, que no deben dejar de avivar el entusiasmo (Abélès, 1998). El justicialismo realizó sucesivos mítines, algunos más masivos que otros, a lo largo de la campaña. El PB también apelaría a esta herramienta, buscando mostrar su capacidad de movilización más allá del resultado de los sondeos.

Por otra parte, en el ámbito de los medios, los candidatos interpelaban a los votantes y al mismo tiempo evidenciaban un debate entre profesionales. Cada aviso se refería a las posiciones de los otros jugadores, una lógica de debate y diferenciación permanente que atravesó toda la campaña. En tal escenario de competencia, los aspirantes a cargos buscaban presentarse como opciones únicas, que ofrecen algo distintos de sus rivales en cuanto a estilo, personalidad, políticas, empatía o inteligencia (Edelman, 2002). El PJ, en un claro intento de diferenciarse del PB, apelaba a terminar con el “amiguismo”.

La intensificación de la competencia se evidenciaría en la explicitación cada vez mayor de la propuesta programática del justicialismo, que apostaba fuerte a la consolidación del proyecto nacional, la vinculación con el presidente y el cambio en las condiciones provinciales que habían sido consolidadas por el bloquismo. La agresividad en la campaña y el desarrollo argumentativo del justicialismo pueden explicarse por su ubicación subalterna en el escenario provincial, que implicaba una mayor apuesta para subvertir el orden, mediante estrategias de diferenciación tales como la publicitación de un programa completo de gobierno, ausente en la campaña de sus competidores.

Para reforzar su chance de alcanzar la gobernación, el PJ apelaba a la palabra de los expertos, buscando publicitarla mediante declaraciones de sus dirigentes, debido a que la prensa no difundía las cifras producidas por las consultoras durante la campaña. La relativa novedad de los sondeos en el juego político se evidenciaba además en la permanente apelación a su cientificidad en los avisos: el PJ explicitaba los antecedentes de su encuestadora de cabecera, ARESCO, dirigida por Julio Aurelio, quien, además, estaba consolidando su posición y contribuyendo a la instalación del campo de la comunicación política como uno de los pioneros de la actividad en el país (Vommaro, 2008).

Los otros candidatos apelaban también a los sondeos. La existencia de mediciones partidarias que se publicitaban en sendos avisos de campaña con resultados disímiles, contribuía a instalar un clima de incertidumbre. Los distintos equipos de campaña, que producían estas cifras, eran al mismo tiempo presa de los resultados, que se convertían en un principio de organización de su accionar posterior. El clima de incertidumbre que resultaba de este interjuego redundaría en una intensificación de la competencia.

La estrategia del justicialismo sería profundizar la apuesta programática, mediante la presentación de un libro que contenía su plataforma de 100 puntos para un futuro gobierno, en un acto masivo, coherente con la tradición justicialista. El acto era una puesta en escena que se apoyaba en la mística partidaria, y representaba una iniciativa de diferenciación frente a sus contrincantes. Dos elementos adicionales lo hacían atractivo como herramienta: serviría para evidenciar el apoyo nacional, por la presencia de Domingo Cavallo, e implicaba una publicidad extra debido a la cobertura de la prensa de un hecho político novedoso[4].

A medida que avanzaba el período de campaña el PB perdía centralidad, evidenciándose cada vez más un debate polarizado entre Jorge Escobar y Alfredo Avelín. No obstante, el PB hacía esfuerzos por mantener su visibilidad en la disputa, que eran potenciados por la prensa gráfica, que cubría ampliamente sus distintas actividades de campaña, probablemente, por el condicionamiento que implicaba la pauta de publicidad oficial.

La relativa confianza de la CR en su posibilidad de triunfo se traducía en una estrategia de avisos cortos, que parecía dar por sentado el conocimiento del electorado sobre su propuesta, centrada en el federalismo y el combate a la corrupción. Otro elemento donde se trasluciría su percepción de ganador en los comicios fue la negativa de Alfredo Avelín a participar de un debate con los restantes candidatos.

Para contrarrestar esta imagen triunfalista de la Cruzada, el PJ buscaba articular discursivamente la autonomía provincial con la vinculación nacional. La preocupación por el posible triunfo de la Cruzada implicaba una estrategia de comunicación cada vez más agresiva y con mayor explicitación de la propuesta. El PJ apelaría a todos sus apoyos para las últimas actividades. Se concretaron entonces visitas nacionales que aportaron un capital extra al candidato, quien se mostró acompañando sucesivamente por Domingo Cavallo, Eduardo Duhalde y Eduardo Menem en actividades de campaña. Presencias que evidenciaban un creciente interés de las figuras nacionales en el resultado de los comicios.

Además de las figuras nacionales, los sindicatos jugaron en esta última etapa una carta a favor del justicialismo publicando dos solicitadas sucesivas: desmintiendo su apoyo al PB y explicitando su alineamiento con el proyecto del presidente. Sin embargo, ese apoyo al justicialismo no se traducía en un sostén explícito a la candidatura de Escobar, o que ya indicaba algunas reticencias que aflorarían en los conflictos posteriores.

El PJ realizaría dos tipos de cierre de campaña. El primero de ellos apelaba a poner en juego toda la tradición justicialista, con un acto masivo en la ciudad de Caucete, gobernada históricamente por el justicialismo de la mano de Emilio Mendoza. Este acto tuvo como oradores a Juan Carlos Rojas, Jorge Escobar y Eduardo Menem, quien había presidido la celebración y redoblaba el apoyo a los candidatos locales en su discurso. El segundo acto de cierre apelaría a la vigencia de valores generales de la sociedad, en una clara disputa del discurso anticorrupción con la CR. El último acto de campaña sería la firma de un compromiso ético por parte de los candidatos, realizado públicamente en la plaza 25 de Mayo. En un aviso a página completa del matutino local, el justicialismo detallaba 25 puntos de compromiso e invitaba a la ciudadanía a asistir a la firma frente a escribano público[5].

El acto implicaba una puesta en escena novedosa, lo que implicó una amplia cobertura de la prensa, sumando visibilidad a la fórmula del PJ, que aventajaba así a sus competidores, al contar además con la participación de Eduardo Menem como figura nacional. Este acto fue un hito en la campaña justicialista, tanto por su originalidad y repercusión como por cristalizar, en un compromiso escrito, una promesa de campaña que luego teñiría el gobierno de Jorge Escobar.

Al momento del cierre de las campañas los tres principales competidores buscarían mostrarse como triunfadores mediante la publicación de encuestas. La apelación a la tecnología de los sondeos aparecía teñida por el cariz partidario: los números se presentaban en avisos de campaña y eran favorables al propio candidato. Para matizar esta parcialidad se explicitaban aspectos metodológicos o características de los expertos en los avisos. No obstante, hasta último momento los propios contrincantes serían presa de la incertidumbre que habían contribuido a co-crear como clima de la contienda.

3.1.2. La campaña de 1999

La campaña de la Alianza por San Juan se inscribió en un escenario político dominado por el clima de recambio. Las posiciones en el ámbito nacional influirían decisivamente en el escenario sanjuanino a partir de dos elementos: por una parte, el ascenso electoral de la Alianza y, como contrapartida, el debilitamiento de la hegemonía justicialista que pronosticaba una derrota electoral de su candidato. Una de las estrategias adoptadas por el oficialismo justicialista fue el adelantamiento de las elecciones en las provincias, como recurso para presentar triunfos parciales que ratificaran su fortaleza (Ollier, 2001).

Los gobernadores justicialistas no sólo se apropiaron de la estrategia presidencial por un alineamiento con sus directivas, sino también porque les permitía desacoplar a las jurisdicciones del efecto arrastre, es decir, brindaba mayores posibilidades de retener el control de sus respectivas provincias ante una posible derrota nacional. En el marco de una generalización de la tendencia a desdoblar las elecciones, que implicó que en 1999 sólo seis provincias eligieran todos los cargos el mismo día (Oliveros, 2004), San Juan se convertía en uno de los primeros distritos en renovar autoridades durante este ciclo de recambio, celebrando comicios en el mes de mayo[6]. La batalla electoral se desplegaba así en dos arenas, jugándose intereses cruzados de los dirigentes y partidos, en una interacción compleja.

El carácter anticipado de los comicios los convertía en un test electoral, en cuyo resultado estaban interesados los dos principales candidatos para las elecciones presidenciales de octubre, ya que las ubicaciones de las fuerzas políticas en ambos escenarios podían leerse como análogas[7]. La desconfianza acerca de un posible triunfo en la provincia, sumada a los problemas financieros, se reflejaba en las declaraciones de los representantes nacionales de la Alianza, que intentaban diluir el vínculo entre los distintos ámbitos electorales, como se evidencia en las declaraciones del propio De la Rúa, en una visita a la vecina provincia de Mendoza.

Los máximos exponentes de la coalición evidenciaban una actitud cautelosa: en un distrito dominado por el justicialismo, una derrota anticipada debilitaría a la Alianza de cara a las presidenciales. Dos elementos permitían relativizar la importancia de los comicios provinciales. Por una parte, el porcentaje de electores de la provincia sobre el padrón nacional la ubica en una posición ampliamente marginal; por otra, lo que estaba en juego en estos comicios era una disputa de cargos exclusivamente locales, ya que los escaños para el Congreso se definían en octubre, conjuntamente con la elección presidencial. La estrategia adoptada por los partidos nacionales fue mantener una distancia expectante ante el desarrollo de la campaña, que recayó en manos de los dirigentes y partidos provinciales.

El formato de coalición presenta una dinámica compleja, ya que además de las interacciones que se dan en el interior de los partidos políticos, se desarrollan mecanismos de cooperación competitiva inter- partidaria (Offerlé, 2004). Esta complejidad se expresó durante el período de campaña, donde se evidenciaron roces inter-partidarios, tanto por declaraciones y acciones del propio candidato a gobernador como por el financiamiento y el desarrollo de las actividades proselitistas.

Pese a la relativa importancia de la elección provincial, la campaña estuvo signada por la escasez de financiamiento. Esta situación se hizo pública en los roces permanentes entre dirigentes, que finalmente derivaron en comisionar a uno de los referentes de la UCR y jefe de campaña de la Alianza, Mario Capello, para que discutiera en Buenos Aires la necesidad de flexibilizar el envío de fondos que hasta entonces habían resultado insuficientes.

La tensión en el vínculo entre los distintos niveles políticos de la coalición se reflejó en la estrategia de campaña, donde se diluyó la relación con la nación, centrando el eje en la figura del candidato, que parecía contar con un caudal de apoyo electoral propio. De este modo, los afiches de campaña mostraban únicamente fotografías de Alfredo Avelín, y las consignas elegidas eran vagas y generales. La relación con la coalición nacional aparecía como un elemento colateral, presente en las declaraciones del candidato sólo cuando reconocía que la falta de una estructura que lo apoyara había sido un punto cuestionado en sus anteriores campañas. En tales ocasiones, el triunfo de la Alianza era señalado como garantía para una excelente relación nación-provincia, invocando a la fórmula presidencial como referencia.

Durante los meses iniciales, la campaña aliancista fue relativamente poco intensa: no abundaron los avisos o actos, y la presencia pública se limitaba casi exclusivamente a las declaraciones de Alfredo Avelín. Inclusive sobre el final de la campaña se registraron inconvenientes financieros, que dificultaban las tareas de los militantes y/o comprometían su apoyo. No obstante, la estrategia provincial fue la retórica de la austeridad, como premisa de campaña frente al despilfarro del oficialismo en un clima de crisis. De este modo, la Alianza lograba articular los problemas financieros con el perfil del candidato, pero, fundamentalmente, se diferenciaba de su principal contrincante, Jorge Escobar, quien invertía grandes sumas en publicidad y actos masivos.

La instalación de una campaña austera implicó una escasa movilización de militantes, excepto en la instancia final del acto eleccionario con el reclutamiento masivo de fiscales de mesa. Uno de los espacios de circulación de los militantes sería, no obstante, el Instituto Programático de la Alianza, que más allá de articular propuestas o discursos de campaña era un ámbito de negociación de futuros cargos.

Dos actores centrales contribuyeron a crear el clima de la campaña: los medios de comunicación y los institutos de sondeos, dos actores que se refuerzan mutuamente, ya que la mediatización de la política requiere sondeos, y la publicación de sondeos necesita recursos para mejorar los resultados alcanzados (Champagne, 2002). La interrelación de ambos actores fue fundamental para la instalación de un clima de polarización creciente y progresiva a medida que se acercaban la fecha de los comicios.

La campaña electoral sanjuanina de 1999 anticipó de este modo una modalidad que asumirían las presidenciales, donde los sondeos de opinión tuvieron un lugar fundamental en el entramado estratégico que se constituyó en torno a los dirigentes políticos. Los equipos de campaña trabajaban con las encuestas como instrumentos de interpretación y de generación de acciones, convirtiendo a los sondeos en un principio de inteligibilidad de sus propias prácticas, como así también las de otros actores del campo político y de la comunicación política en su conjunto (Vommaro, 2003).

Los resultados de los sondeos se esgrimen como reflejo del demos, pese a que la propia opinión pública que buscan reflejar es una construcción pseudo científica que acaba por fetichizar a sus creadores, los cuales obran convencidos de su existencia (Champagne, 2002). Por ello mismo, la creencia en el valor de los sondeos, compartida por los distintos actores del juego político, es un dato de partida para el análisis de las tomas de posición en los momentos de campaña electoral[8].

Uno de los actores involucrados en la campaña sería el Diario de Cuyo, único matutino local de circulación provincial. A lo largo de la campaña, el diario mantuvo una estrategia coherente, si bien publicó sucesivos sondeos, evidenció en cada caso que los resultados tenían un sesgo partidario. Tratar a las encuestas como visiones partidarias permite a los medios poner en duda la fiabilidad de esos pronósticos, y es una estrategia que aumenta el clima de incertidumbre, generando un terreno propicio para continuar publicando encuestas, hasta el día de las elecciones como “exclusivas” (Vommaro, 2008).

Un mes antes de las elecciones el diario publicaba datos de una consultora local, que había sido contratada por la Alianza, el Instituto de Opinión Pública y Políticas Sociales, pionero en la actividad en la provincia. Según mediciones del mismo instituto realizadas entre enero y abril de 1999, se registraba un crecimiento de un veinte por ciento de la intención de voto de la Alianza, que se ubicaba en las mediciones seis puntos por debajo del candidato justicialista.

Esta nueva información repercutió en los dirigentes aliancistas generando una revitalización de la campaña. La estrategia de comunicación que adoptaron a partir de allí englobaba distintas modalidades de relación con el electorado, tanto a través de los medios, apelando al elector individual en busca de su apoyo, como en interacciones cara a cara, ya sea por recorridas de los candidatos en barrios y localidades o en acciones colectivas organizadas y/o apoyadas por la Alianza. Estas interacciones cara a cara pueden pensarse como ritos, ya que se trata de acciones donde cobra relevancia por referencia explícita o implícita la tradición, en las cuales los oficiantes tienden a apartarse del centro de escena para dejar hablar a los símbolos, para inscribir su acción en un marco de valores que la superan y en razón de una historia colectiva más abarcadora (Abélès, 1998).

Una de estas acciones rituales fue la organización de un “abrazo simbólico” al edificio de Obras Sanitarias Sociedad del Estado (OSSE) por parte de la Alianza. Este acto fue presidido por la fórmula gubernamental, y se inscribía en un marco de rechazo a la posible privatización de un ente estatal de central relevancia en la provincia. El marco de valores en que se desarrollaba el acto se plasmó en la firma de un acta conjunta por los candidatos, dirigentes sindicales, empresarios y sectores comerciales de la provincia[9].

La medida del impacto de las acciones de campaña era monitoreada también por una consultora nacional identificada con la coalición: Analogías. En los primeros días de mayo la prensa gráfica publicaba mediciones de esta empresa, que colocaban a Alfredo Avelín doce puntos sobre Jorge Escobar. El diario comentaba tanto el carácter partidario de Analogías como el impacto de las cifras en los candidatos opositores.

La prensa reforzaba la publicación de las cifras con la palabra de los expertos, fundamentalmente, Julio Aurelio, que en ese momento era un experto peronista, aunque contaba con una autoridad y notoriedad, ya sancionada por el veredicto de la prensa (Vommaro, 2008). Como estrategia para interceder a favor de su partido en la disputa del espacio de la comunicación política, Aurelio presentaba resultados parciales, del interior provincial, o bien distanciaba sus apariciones en los medios hasta contar con resultados favorables, ante las cifras poco alentadoras del justicialismo. No obstante, su posición fue variando en el curso de la campaña, y en algunos momentos buscó resguardar su capital de credibilidad matizando la posibilidad de un triunfo oficialista.

El candidato aliancista se permitió, dado al amplio margen de superioridad que le otorgaban los sondeos de sus expertos, no participar de un debate público, definición que implicó roces al interior del equipo de campaña. Alfredo Avelín justificó su ausencia en la necesidad de asistir a una sesión del Senado, argumento que era coherente con su retórica sobre la responsabilidad de los funcionarios. Pero su ausencia se contraponía con los intereses de visibilidad que tenían los restantes miembros de la coalición, quienes buscaron concretar infructuosamente un nuevo espacio de debate, el cual finalmente no fue consensuado con el oficialismo.

El clima de polarización creciente repercutió en una intensificación del último tramo de las campañas. Los candidatos aliancistas fueron cobijados tardíamente bajo el ala de sus dirigentes nacionales, los cuales intervinieron directamente para asegurar el primer triunfo de la coalición en el país. El candidato oficialista también recibió el apoyo de sus referentes nacionales, apelando además a los actos multitudinarios para reavivar la identidad peronista. Estos posicionamientos nacionales evidenciaron un creciente interés por los resultados provinciales de los principales candidatos, Fernando De la Rua y “Chacho” Álvarez, quienes viajaron a la provincia para apoyar a sus representantes locales.

Las figuras políticas opositoras que visitaron la provincia participaron de actividades junto a candidatos locales, durante las cuales realizaron declaraciones en las que mostraban conocimiento e interés por problemáticas locales, brindando propuestas específicas acordes a la realidad provincial. Los cálculos de los dirigentes nacionales parecían incluir ahora la posibilidad de una victoria electoral, que podía fortalecer a la Alianza como proyecto federal, lo que se traslucía en las declaraciones de Federico Storani durante un acto de campaña, donde remarcaba la importancia de los comicios provinciales debido al carácter paradigmático de la figura de Jorge Escobar como síntesis del menemismo.

Más allá del renovado interés de los dirigentes nacionales, no parecía haber una homogeneidad en el discurso político de los candidatos, como puede advertirse en las declaraciones públicas cercanas a los comicios. Los integrantes de la fórmula presidencial coincidían en otorgar una gran centralidad a la figura de Alfredo Avelín. Por su parte, a principios de mayo el candidato a gobernador había manifestado a la prensa que una de sus primeras medidas de gobierno sería reducir gastos superfluos para aumentar el salario de los empleados estatales. Una semana después, en su visita a la provincia, el candidato presidencial se entrevistaba con la prensa donde fue consultado sobre la posible medida, esbozando una respuesta ambigua. Pero no sólo los sondeos marcarían el ritmo de la campaña, también la política nacional incidiría fuertemente en ella. Las tomas de posición de los candidatos sobre temas de la agenda pública, constituyen apuestas en el marco de la lucha por el liderazgo (Lorenc Valcarce, 2002). En 1999, las posiciones adoptadas frente a un tema socialmente relevante signarían la última semana de campaña: los candidatos disputaban entonces el rol opositor frente al recorte educativo, medida que había generado una reacción masiva de rechazo en todo el país[10].

Esta medida, implementada por el presidente en el mes de mayo, fue determinante en la campaña sanjuanina. La reacción de rechazo que desató fue capitalizada mayormente por la Alianza, ya que sus principales dirigentes participaron, junto a los sindicatos docentes y estudiantes, de manifestaciones masivas contra el recorte. Esta participación sería otra de las acciones rituales de la campaña, que plasmaba la agitación de la vida política en una acción de confrontación, signada por las modalidades de intervención del espacio público de este tipo de ritual: el establecimiento de un recorrido, la organización de columnas y la portación de estandartes y banderas (Abélès, 1998). La centralidad de la coyuntura electoral en esta acción de protesta se evidenció en la presencia de Marta Maffei, quien sería la principal oradora del acto, en su carácter de representante dirigente nacional de la CTERA, organización que se había encolumnado con la Alianza.

El candidato oficialista, que hasta ese momento buscaba sostener una imagen de posible triunfo, también planteó una estrategia de enfrentamiento a la medida, que fue ampliamente publicitada por los medios locales: llamó a los gobernadores a reunirse para rechazar el recorte. Ser el más firme adversario al recorte presidencial no bastaría para amortiguar el golpe de la medida en la campaña de Jorge Escobar. Los sondeos publicados posteriormente permitieron mantener un cierto clima de incertidumbre, gracias a las características particulares que adquiere el uso periodístico y experto de este instrumento del juego político: por su propia lógica, las mediciones se refuerzan mutuamente puesto que son comparadas una a la otra, y no con otros indicadores prácticos, tratados como inconmensurables respecto de la lógica técnica de las cifras (Vommaro, 2008).

Este reforzamiento de los sondeos que pronosticaban un empate técnico se realizaría fundamentalmente a partir de las cifras publicadas por Julio Aurelio, quien resaltaba la presencia de una fuerte imagen triunfadora de Escobar, evidenciando en la presentación de sus datos la importancia de su rol de encuestador partidario, aunque mantenía una distancia mínima que evitara para él un “suicidio profesional”[11]. En un clima instalado de polarización, la prensa haría jugar a último momento a otros actores: los encuestadores locales. De menor relevancia en cuanto a su expertise, estos técnicos eran entrevistados a fin de aportar una perspectiva exclusiva sobre el posible resultado de los comicios. Dos actores contratados por partidos en competencia aparecían en escena, por una parte, Lisandro Gutiérrez Colombo, un recién llegado al campo de los sondeos en la provincia, que pese a su escaso capital de reconocimiento no dudaba en apostar fuerte por el partido que lo empleaba. Por otra parte, Antonio De Tommasso, uno de los encuestadores sanjuaninos con mayor trayectoria, reforzaba el discurso aliancista, tanto en sus declaraciones como en el modo en que construía sus instrumentos de medición, insistiendo en el carácter desmedido de la publicidad justicialista y su impacto en la gente.

Los cierres de campaña fueron una nueva instancia de diferenciación de los candidatos. Mientras que el justicialismo hacía un acto de cierre movilizando a toda su militancia, la Alianza organizaba una caravana en un departamento alejado apelando nuevamente a la austeridad como estrategia. Posteriormente, una de las últimas jugadas de la campaña sería la denuncia por parte de los candidatos aliancistas sobre un posible fraude electoral. Denuncia que evidenciaba, por una parte, una creciente confianza en un resultado favorable para la coalición, y, por otra, la creencia efectiva en la posibilidad de que el oficialismo apelase impunemente a esta táctica. El corolario de la denuncia fue la implementación de una medida insólita: se repartieron ocho mil velas entre los fiscales de mesa de la Alianza, 120 cámaras de video y focos, que serían utilizadas en el caso de que se produzcan intempestivos cortes de luz. La última apuesta de los comités de campaña otorgó nuevamente centralidad a los sondeos, aunque la estrategia fue la apelación al elector para asegurar el triunfo de cada candidato. Además de los contrincantes, el diario, que había sido un actor protagónico, cerraba su participación titulando: terminó la campaña y ahora sólo hay que esperar el resultado.

3.2. Resultados electorales

La fase de intensificación de la competencia política representada por las campañas electorales tiene su momento culminante en la jornada electoral, momento en el cual los apoyos políticos se contabilizan por votos. Los resultados electorales, además de ser cifras que dirimen la competencia política según el éxito en las urnas de cada propuesta, son objeto de una lucha por su interpretación, en la cual los políticos buscan dar prueba de su representatividad (Gaxie, 2004). Ambos aspectos se consideran en este apartado, que recorre las cifras finales del escrutinio, la distribución de cargos estatales resultante y las diversas interpretaciones de los comicios que fueron esbozadas.

3.2.1 La derrota histórica del bloquismo

El 11 de agosto de 1991 se produjo un hecho histórico para la política sanjuanina: después de tres mandatos de gobierno consecutivos, el bloquismo perdía la gobernación. Los resultados evidenciaron que la estrategia oficialista de adelantar las elecciones en la provincia no fue suficiente para retener el ejecutivo.

Luego de un clima de incertidumbre, que había teñido las semanas finales de la campaña electoral, el justicialismo ganó las elecciones por un estrecho margen a su favor (32.6%), seguido muy de cerca por la CR (30.1%), y cuatro puntos encima del PB que se ubicó en tercer lugar (28.1%).

Tabla 4: Resultados electorales. Gobernador y vicegobernador.
San Juan, 11/08/91

Partido/Alianza

Porcentaje

FREJUPO

32,6

CR

30,1

Alianza Bloquista

28,1

UCR

7,4

De Centro

0,9

Convocatoria Popular

0,4

MAS

0,1

Movimiento Popular

0,1

Fuente: Provinfo.

Este resultado mostraba una nueva fluctuación en el electorado sanjuanino, que a partir de 1983 venía acompañando las tendencias políticas nacionales, aunque con lógicas difíciles de aprehender. Los sucesivos comicios mostraban resultados “estrambóticos” ya que la presencia de los partidos provinciales retraducía las influencias nacionales de modo peculiar, evidenciando un cierto nivel de autonomía en el ámbito político sanjuanino[12]. No obstante, se podía observar una tendencia declinante en los caudales de voto del PB a partir de 1983, que este resultado confirmaba: el candidato oficialista quedaba tercero, en lo que constituía el peor desempeño electoral de su historia.

¿Cómo explicar que un oficialismo pierda una contienda electoral?[13] Si bien no resulta pertinente la descripción idealizada de la representación que considera al voto como una expresión directa de los deseos de los ciudadanos y su relación con los gobernantes, es necesario recordar que el elector, lejos de ser ese idiota de pueblo que pintan las caricaturas, realiza un aprendizaje de las distancias sociales, de la diferencia calculada y del intercambio: aprende también a apropiarse de la relación electoral (Offerlé, 2011a: 187). Los márgenes de fluctuación de los caudales de voto se constituyen así en un indicador posible de los modos en que se configura la relación entre distintos tipos de actores políticos. El diagnóstico sobre el “agotamiento” del gobierno bloquista formaba parte del discurso de los actores, en el cual la imagen de un elector colectivo con voluntad de cambio era un elemento decisivo para hacer inteligible el cambio de color político del gobierno provincial.

En 1991 el escenario político se caracterizaba por la imprevisibilidad, lo que implicó que el acto de votar se tornara inusitadamente relevante: en los cuartos oscuros se definiría el triple empate que establecían los protagonistas del circuito de comunicación política hasta el momento de la veda. Dos elementos permiten dar cuenta del carácter sorpresivo (Dabène, 2007) que el resultado tuvo para aquellos que contribuyeron a construirlo: por una parte, el masivo festejo que tuvo lugar inmediatamente después de que se conocieron las cifras provisorias, que superó todas las expectativas de los dirigentes. Por otra parte, la prensa dejaba traslucir la perplejidad de los dirigentes frente al triunfo justicialista.

Para evitar caer en el encantamiento de los rasgos coyunturales de cada contienda es pertinente analizar los resultados como opciones a largo plazo: considerando que la decisión de votar por un partido o candidato determinado no se hace forzosamente en el momento de la elección, sino que la opción política consiste en una serie de estimaciones y evaluaciones mediante las cuales el individuo adapta su conducta a su situación social y sus posiciones políticas a las exigencias de la situación tal como él la ve (Lagroye, 1994: 362). En este sentido, la lectura de los caudales de los distintos partidos y las situaciones políticas que rodearon cada contienda a partir de 1983 permiten encuadrar al resultado de 1991 en un marco de inteligibilidad: el triunfo del PJ se explica por un paulatino acompasamiento del ritmo político provincial a las tendencias políticas nacionales desde el retorno a la democracia en 1983[14].

La derrota del oficialismo de 1991 no se dio sólo a nivel provincial: la mayoría de los intendentes cambiaron de color político aunque la distribución de los caudales fue mucho más heterogénea. El voto se segmentó desigualmente en los departamentos y la diversidad de resultados configuró un mapa de pluralismo político particular, novedoso para la provincia. La escasa diferencia a favor del justicialismo para la fórmula de gobernador y vicegobernador no se registró en los departamentos del GSJ: el justicialismo sería gobierno en el municipio de Chimbas, un bastión histórico del que había surgido como candidato Juan Carlos Rojas, pero la oposición triunfaba en los otros 4 distritos del área capitalina.

En la capital provincial ganaba el PB, de la mano de Javier Caselles quien lograba su reelección. Pese a retener este distrito clave, el bloquismo perdió 6 intendencias de las 15 que controlaba. Tres municipios del GSJ fueron conquistados por la CR, que ganaba las intendencias de Rawson, Santa Lucía y Rivadavia. En el interior de la provincia el radicalismo perdía todas sus intendencias: su bastión histórico, el departamento Jáchal, era conquistado por el justicialismo, mientras que la municipalidad de Pocito pasaba a manos de la CR.

Tanto los resultados generales como departamentales impactaron en la LP, que modificó considerablemente su fisonomía[15]. En primer lugar, porque el triunfo del PJ implicó que pasara de ocupar el tercer lugar en el recinto a constituir el bloque mayoritario, con 16 diputados sobre los 42 totales. No obstante, el nuevo oficialismo no contaba con una mayoría propia o automática, ya que controlaba menos de la mitad de la cámara (38%). Por su parte la CR obtuvo 11 bancas, resultado que la constituía en la segunda fuerza (26%). Esta fue la primera vez que la CR constituyó un bloque legislativo de relevancia, ya que su participación en la LP se había inaugurado en 1987 con un bloque unipersonal. Dos partidos retrocedieron en la cantidad de bancas conquistadas, luego de haber sido los protagonistas de la actividad legislativa provincial. La UCR, que en 1987 era la segunda fuerza en el recinto, perdía 9 diputaciones y se transformaba en bloque minoritario, reteniendo sólo 4[16].

Pero la transformación más importante sería la pérdida del PB de la mayoría parlamentaria. Un dato relevante para la composición de su bloque fue la definición tardía del escrutinio en el departamento San Martín. En un primer momento los resultados favorecían al justicialismo, pero, dada la escasa diferencia, el PB solicitó un recuento voto a voto que lo consagró como triunfador en las categorías intendente y diputado departamental. Este triunfo permitió al bloquismo igualar la cantidad de bancas de la CR, constituyendo un bloque de 11 diputados que sería otra segunda mayoría, y “le desordenó el esquema en la legislatura al justicialismo”[17] . Otro cambio en la fisonomía de la cámara fue una disminución de la cantidad de fuerzas políticas en el recinto: dado que dos partidos minoritarios perdieron su representación, el número total de bloques bajó a cuatro. La pluralidad resultante implicaba una mayoría oficialista condicionada fuertemente por la presencia de los partidos provinciales: la CR y el PB controlaban conjuntamente más de la mitad de las bancas (52%).

Gráfico 1: Composición de la Legislatura Provincial según bancadas, 1987 y 1991

1987

1991Fuente: elaboración propia en base a datos de la Legislatura Provincial.

La disputa por la interpretación del resultado electoral tuvo como protagonistas en partes iguales a los actores provinciales y nacionales. Jorge Escobar, como gobernador electo, destacaba el impacto positivo que tenía el triunfo sanjuanino para el proyecto nacional del justicialismo. Remarcaba además el mecanismo que lo consagró candidato, reivindicando su pertenencia partidaria y diferenciándose de la comparación recurrente que se hacía entre su trayectoria y la de un outsider como Fujimori: “me afilié a un partido, pasé por dos internas para llegar a la elección general, me puse a consideración de los afiliados, el 19 de mayo, así que no me puse por encima de ninguna dirigencia, por lo tanto, no asimilo la apreciación de Fujimori” (Jorge Escobar, Diario de Cuyo, 15/08/91).

Una figura nacional muy presente durante la campaña, Eduardo Menem, leía el triunfo justicialista como una expresión de apoyo del pueblo a la política nacional, destacando la relación de los candidatos con el presidente y reafirmando un compromiso mutuo de colaboración entre esferas de gobierno. El presidente Menem también hizo declaraciones sobre los comicios sanjuaninos, a los que se refirió durante su discurso en la exposición de la Sociedad Rural Argentina, significando el resultado como una medida del éxito de su política económica. En las declaraciones de las figuras nacionales se puede advertir que este triunfo trascendía las fronteras provinciales: fue un espaldarazo para el proyecto nacional, que en 1991 atravesaba dificultades tanto por las políticas de ajuste aplicadas como por acusaciones de corrupción y enfrentamientos al interior del justicialismo (Canelo, 2002).

Por otra parte, el bloquismo coincidía en considerar determinante la influencia nacional, aunque realizaba una particular lectura del resultado, destacando que la provincia mantenía una reserva moral en los partidos locales, útil para enfrentar los desbordes de centralismo porteño, destacando asimismo la performance de los partidos provinciales. Un sector del PB reclamaba un cambio de dirigencia partidaria, una renovación generacional, a partir de considerar que en el triunfo del justicialismo había jugado la juventud del candidato como capital político.

Quien no realizó declaraciones posteriores fue Alfredo Avelín, a pesar de disputar la gobernación y haber quedado en segundo puesto, publicando solo una solicitada en la cual agradecía el apoyo obtenido y declaraba que seguiría sirviendo a la patria. Por la Cruzada Renovadora hizo declaraciones Luis Segundo Varese, como diputado electo por Rivadavia, quien se hacía eco de la importancia que tendría el bloque cruzadista en la LP y enunciaba los criterios con que se manejaría en tanto oposición: “construir, apoyando todas las iniciativas y proyectos positivos, vengan de donde vengan” (Diario de Cuyo, 13/08/91).

En las distintas interpretaciones de los comicios hubo referencias a la composición de la LP y al rol que jugarían los bloques opositores frente al nuevo oficialismo. Desde el justicialismo fue el vicegobernador electo, Juan Carlos Rojas, quien se ocupó de establecer una lectura sobre la nueva cámara, considerándola una expresión de la consolidación del sistema democrático en la provincia. Los cambios en el escenario político provincial fueron interpretados también por la prensa escrita, que enunciaba un interrogante crucial una semana después de los comicios: “¿podrá gobernar Escobar?”.

3.2.2 El voto castigo

Dos elementos presentes en las elecciones sanjuaninas de 1999 se conjugaron para sumar importancia a sus resultados: por una parte, su carácter anticipado respecto de los comicios presidenciales de octubre; por otra, ser el debut de la coalición opositora en la disputa de una gobernación justicialista. Elementos que coadyuvaban a la construcción simbólica de estas elecciones como un episodio de una competencia única, disputada en un mismo ámbito territorial, coincidente con el territorio nacional, una representación que generalmente forma parte de los cálculos prácticos de los políticos (Gaxie, 2004: 52). El diario provincial plasmaba claramente esta sensación compartida en su columna política del 16/05/99 titulada “el día en que todo el país estaría mirando a San Juan”.

Los resultados finales ubicaron como triunfadora a la Alianza (55,7%), con una diferencia de más de 10 puntos respecto del segundo puesto, ocupado por el FREJUSDE (42.3%)[18].

Tabla 5: Resultados electorales. Gobernador y vicegobernador.
San Juan, 16/05/99

 Partido/ Alianza

Votos

Porcentaje

Alianza por San Juan

173.119

55,7

FREJUSDE

131.486

42,3

Nueva Alternativa Social y Económica

5.382

1,7

MST

900

0,3

Votos Positivos

310.887

96,7

Votos En Blanco

7.689

2,4

Votos Anulados

2.689

0,8

Totales

321.265

 100

Fuente: Dirección Nacional Electoral.

El resultado reafirmaba una tendencia al acoplamiento de la política local respecto de la dinámica nacional[19], no sólo en elecciones coincidentes sino también en lecturas a largo plazo: en esta ocasión se anticipaba el resultado de las elecciones presidenciales de octubre, que significarían el fin de casi una década de gobierno justicialista y el ascenso de una nueva dirigencia política[20]. Acompasamiento que expresa, por otra parte, una menor autonomía del escenario político provincial respecto del nacional, lo que contradice la tendencia registrada en otros ámbitos provinciales (Cherny, 2004).

Este comportamiento electoral no puede ser comprendido a partir de la explicación nativa del voto cautivo: lo que evidencian los testimonios de los electores en 1999 es una mayor socialización política democrática, que implica un aprendizaje o una apropiación de la relación de intercambio con sus representantes. Este aprendizaje del sufragio universal y sus complejas tecnologías impone al ciudadano la doble obligación de no expresar sus eventuales preferencias políticas sino mediante el voto, por un lado, y, por el otro, la de elegir entre lo que le ofrecen los agentes especializados (Lagroye, 1994: 359).

El uso que los votantes hacen del voto es una dimensión de la relación electoral, no obstante, para pensar el voto en toda su complejidad es necesario indagar también sobre la influencia del voto en los votantes (Ihl, 2004: 13). En la medida en que votar significa aceptar en la práctica una regla del juego, los electores contribuyen, con mayor o menor grado de reflexividad, a la instauración de un orden político. Así, la socialización de los individuos y la legitimación del poder son indisociables, tanto en los triunfos como en las derrotas (Lagroye, 1994: 371).

En cuanto a los triunfos, un indicador del impacto en los votantes son las características de los festejos. En 1999 la Alianza no esperaría las cifras para organizar la celebración. En horas de la tarde instaló un escenario en la plaza central de la capital sanjuanina, presidido por un cartel gigante con el rostro de Alfredo Avelín. Este accionar de los dirigentes coincidiría con la reacción de los militantes y electores de la Alianza: a partir de las 18 horas cientos de personas comenzaron a llegar a la plaza, en un clima de fiesta que se inició mucho antes de conocer las cifras provisorias.

Los dirigentes y los electores actuaban en un escenario relativamente previsible, que les proveía puntos de apoyo, salientes en base a los cuales definir la situación y poder actuar (Dobry, 1988). El triunfo de la Alianza podría pensarse como la expresión de un proceso de recambio que fue sedimentando lentamente durante el largo período de gobierno justicialista. Los márgenes de fluctuación de los caudales de voto se constituyen así en un indicador posible de los modos en que se configura la relación entre distintos tipos de actores políticos (Pousadela, 2004). El diagnóstico sobre la necesidad de cambio formaba parte del discurso de los electores (Rodrigo, 2003) y podía rastrearse como elemento de la comunicación política tanto en las campañas electorales como en los análisis periodísticos y académicos de la época.

Otro elemento que evidencia las racionalidades operantes en los electores es el corte de boleta, que en estas elecciones fue récord. La diferencia de caudales de voto entre niveles de representación, que fue una de las características de los distintos comicios celebrados en 1999 (Cheresky, 2003) evidencia que el comportamiento electoral responde a itinerarios y lógicas de elección muy variados, a los que es difícil atribuir la misma significación, y demuestra también que las preferencias expresadas en una elección obedecen, en una medida nada despreciable, a decisiones calculadas y racionalidades de decisión adaptadas a situaciones diferentes y percibidas como tales (Lagroye, 1994: 365).

Este elemento indica también un grado de conocimiento por parte de los dirigentes de humor de sus electorados: en la mayoría de las jurisdicciones los candidatos a intendente por el justicialismo desacoplaron la campaña municipal de la campaña provincial[21]. Si bien esta jugada puede expresar la existencia de divisiones internas, el justicialismo como partido supo aprovechar la coyuntura: la fórmula a gobernador y vicegobernador tuvo menor caudal electoral que las fórmulas para intendentes en casi todos los departamentos (excepto Jáchal), lo que se tradujo en la posibilidad de retener 10 de las 16 comunas que controlaba. No obstante, el PJ retrocedió en distritos importantes: de cinco intendencias del GSJ sólo gano Rivadavia, y lo hizo de la mano de un aliado político circunstancial. El mapa político resultante mostraba una minoría de departamentos aliancistas, pese al holgado triunfo a nivel general. Entre los logros más celebrados de la Alianza estuvo el desplazamiento del justicialismo del municipio de la capital, uno de sus bastiones. Las cifras finales le dieron el control de otros 8 distritos menores. En diputados provinciales la Alianza alcanzó más del 50% de los votos. La polarización del electorado implicó que no hubiera una tercera fuerza legislativa, y la cámara se repartió entre ambos frentes mayoritarios, en proporciones casi idénticas a los porcentajes generales: la Alianza consiguió 25 bancas (58%), y el FREJUSDE 20 (42%). Dado el formato de coalición, el bloque de la Alianza se descomponía en un conjunto de sub-bloques minoritarios: considerando los cargos según partidos, la UCR obtuvo 10 escaños, el PB 6, la CR 4, y se constituyeron bloques unipersonales del MODEIN, el Partido Socialista, el Frente Grande y el Partido Intransigente[22].

Respecto de su composición anterior, la LP se modificó en múltiples aspectos. En primer lugar, porque se incrementó el número de partidos con representación parlamentaria, configurando la cámara más heterogénea desde el retorno a la democracia: nueve fuerzas políticas convivían en el parlamento. Si bien todos los partidos obtuvieron representación de la mano de frentes electorales, las pertenencias partidarias adquirieron relevancia casi inmediatamente, en función de las sucesivas rupturas que experimentaron las alianzas[23]. En segundo lugar, porque todos los partidos vieron modificada su incidencia en el recinto. Del lado de los beneficiados, la UCR saltó del tercero al segundo lugar en influencia legislativa, capitalizando el crecimiento nacional y provincial de la Alianza, ya que los acuerdos internos le otorgaron los principales puestos en las listas de la coalición. Otro actor beneficiado fue un partido provincial de reciente creación, Desarrollo y Justicia, el cual duplicó su cantidad de bancas, pasando a compartir el tercer lugar en la cámara con la Cruzada Renovadora. Pero la modificación fundamental fue la incidencia del justicialismo, que en el esquema legislativo de 1995 sumaba el 56% de los escaños, perdiendo más del 20% de sus bancas. No obstante el justicialismo no perdió la mayoría en el recinto que tenía desde 1991: si bien su influencia era menor, a nivel partidario aventajaba ampliamente a los demás integrantes de la cámara tomados individualmente.

La principal consecuencia de esta distribución sería la heterogeneidad del bloque legislativo de la Alianza: los roces internos habían comenzado tiempo antes de las elecciones, y se tradujeron, por ejemplo, en el inmediato abandono de la coalición por parte del MODEIN, cuyo representante anunció, apenas cerrados los comicios, que constituiría un bloque unipersonal. Por otra parte, los bloques de los dos partidos opositores, PJ y Desarrollo y Justicia, daba como resultado una amplia mayoría en la cámara.

Gráfico 2: Composición de la Legislatura Provincial según bancadas, 1995 y 1999

1995

1999

Fuente: elaboración propia en base a datos de la Legislatura Provincial.

La disputa por la interpretación del resultado electoral tuvo como protagonistas a los representantes provinciales y nacionales del justicialismo y de la Alianza, que presentaban dos lecturas contrastantes, orientadas hacia un futuro próximo: las elecciones presidenciales de octubre. Desde los triunfadores se insistía en que el factor explicativo del triunfo era la búsqueda de un cambio en la dirigencia por parte del electorado, reforzando así el diagnóstico de la situación política que sustentaba la campaña de la coalición opositora. Lectura que era compartida por todos los partidos que integraban la Alianza, aunque sus sellos distintivos teñían las declaraciones de los dirigentes. Desde el PB el comentario recaía sobre su presidente, Leopoldo Bravo, quien exaltaba el carácter ético del electorado sanjuanino. Por su parte la UCR hacía pesar como elemento central en el resultado el voto castigo atribuyendo al electorado una madurez cívica frente a la corrupción del modelo escobarista. Los representantes nacionales llegaron a la provincia apenas cerrados los comicios, para acompañar a los candidatos en los festejos. Se apropiaban así de un triunfo que podía ser capitalizado con vistas a las elecciones nacionales de octubre: era el debut victorioso de la coalición opositora.

Desde el justicialismo, Jorge Escobar atenuaba las interpretaciones derrotistas apelando al discurso de “suma aritmética”: los distintos partidos mantenían su caudal, la diferencia sería la unidad opositora y no el fracaso oficialista. Las declaraciones del presidente Carlos Menem estaban en sintonía con las del gobernador: relativizaba el triunfo de la Alianza y reforzaba su interpretación con una lectura positiva del fenómeno de corte de boleta, al que caracterizaba como un crecimiento del justicialismo. Lecturas optimistas que no eran compartidas por el aliado circunstancial del PJ, Desarrollo y Justicia, quien se amparaba en su legitimidad electoral propia y rompía el FREJUSDE buscando desligarse de los perdedores. Un sector de la dirigencia justicialista se mostraba disconforme con el resultado y buscaba distanciarse de Jorge Escobar, planteando la necesidad de cambios en el partido, que debería encarar nuevamente un desafío electoral en octubre, donde se disputaban entre otras cosas los cargos a diputados nacionales por San Juan.

Pese a que el día del escrutinio suele definir las posiciones en el escenario político y dirimir la competencia mediante la participación de los profanos (Gaxie, 2004), los resultados de 1999 no clausuraron la fase de intensificación de la competencia política en la provincia. Por el contrario, a partir de las cifras de cada partido se comenzaba a transitar un nuevo período de campaña que se extendería hasta octubre, fecha en que, además de la presidencia, se disputaban diputaciones nacionales por San Juan. La transición de 1999 se confundía de este modo con la campaña nacional, lo que haría aún más complejo el escenario de alternancia política en la provincia.


  1. Dado que la Ley Provincial 5696 establecía la posibilidad de adelantar los comicios hasta 90 días respecto de los nacionales.
  2. Los avisos de campaña y afiches del justicialismo mostraban una fotografía de Jorge Escobar ubicado a la derecha de otra fotografía del presidente Menem, o fotografías conjuntas, alternativamente.
  3. Para un análisis en profundidad de la técnica de los sondeos y sus diversos usos, ver Champagne (2002).
  4. Como ha señalado Champagne: “para salir del silencio de los medios de comunicación, por lo general mortal políticamente, y para entrar en esa especie de ‘círculo mágico’ que pone a un acontecimiento ‘bajo las luces de la actualidad’, hay que ser capaz de producir algo que se parezca a lo que el campo periodístico comúnmente percibe como ‘acontecimiento digno de primera plana’. Entre los ‘acontecimientos’ que tienden a captar la atención de la mayoría de los periodistas, se encuentran todos los hechos que rompen con lo ordinario, lo habitual, lo cotidiano, lo reiterativo” (2002: 203).
  5. “Compromiso ético de los partidos que integran el FREJUPO y sus candidatos con el pueblo de San Juan. Porque es imperioso reconciliar al pueblo con la política dada la crisis de credibilidad por la que atraviesa la comunidad nacional y provincial, porque para lograr esta verdadera transformación cultural tenemos que reconciliar la política con la MORAL. Es fundamental producir un CAMBIO MORAL, UN CAMBIO DE ETICA (…) NOSOTROS, integrantes y candidatos de FREJUPO asumimos este solemne contrato moral de cara a todo EL PUEBLO DE LA PROVINCIA DE SAN JUAN Y NOS COMPROMENTEMOS. Este compromiso se firma hoy 11 hs. En plaza 25 de mayo ante escribano público. Sea testigo” (Diario de Cuyo, 08/08/91).
  6. San Juan fue la cuarta provincia en realizar elecciones, la precedieron: Córdoba en 1998, Catamarca en marzo de 1999 y Salta en la primera semana de mayo (Cheresky, 2003).
  7. Los dos protagonistas centrales de la competencia eran el oficialismo justicialista, que buscaba la segunda reelección del gobernador Jorge Escobar; y la Alianza por San Juan, una coalición opositora que buscaba imponer el recambio político en la provincia, cobijada dentro de una coalición mayor, de carácter nacional.
  8. Sobre el desarrollo de la técnica de los sondeos y su creciente importancia en el juego político ver Champagne (2002).
  9. El acta postulaba: “la administración del agua constituye una política de estado y no puede ni debe ser dada a personas físicas o jurídicas del derecho privado con fines utilitarios o de ganancias, pues pone en grave riesgo su aprovechamiento equitativo, solidario y de beneficio humanitario, ya que pudiendo construir un monopolio en manos de los particulares, pondría en serio peligro la seguridad de todo el pueblo” (Diario de Cuyo, 02/05/99).
  10. El recorte fue dispuesto por Carlos Menem durante la primera semana de mayo, medida que desencadenó una serie de manifestaciones, asambleas, tomas de facultades y otras acciones de protesta tanto en San Juan como en otros distritos (Diario de Cuyo, 11/05/99).
  11. Vommaro ha señalado al respecto: “como una de sus formas de capital reposa en la exactitud de sus pronósticos, los expertos más prestigiosos no van a producir cifras completamente falsas que podrían erosionar su prestigio. Pero la fiabilidad de las encuestas y de los encuestadores debe servir antes que nada a las estrategias de los candidatos” (2008: 134).
  12. Al respecto, ver anexo.
  13. La alternancia política no es una situación que pueda ser explicada sencillamente en la política argentina, por el contrario, ha sido considerada como un problema que permanece, aún en parte, irresuelto irresuelto (Crf. Novaro, 2001a; Cheresky, 1990).
  14. Al respecto, ver anexo.
  15. Desde la reforma constitucional de 1986 la Legislatura provincial se compone de dos categorías de diputados: una cantidad variable de proporcionales y 19 departamentales. Sobre las modificaciones sucesivas del régimen electoral sanjuanino ver Romero et al (2005).
  16. Ver resultados en anexo.
  17. Daniel Illanes, entrevista realizada por la autora el 03/11/08.
  18. El justicialismo de Jorge Escobar se denominaba Frente de la Esperanza, y en estas elecciones había constituido alianza con Desarrollo y Justicia, un partido local, por lo que la lista se denominó Frente Justicialista de Desarrollo y Esperanza, buscando su segunda reelección.
  19. La cuestión del acoplamiento o desacoplamiento, es decir, la relativa autonomía de los campos políticos locales es una cuestión empírica variable (Cfr. Gaxie, 1984).
  20. Ascenso que se atribuye a un agotamiento del modelo menemista, aunque la perspectiva predominante en los análisis del período es la de un juego cerrado entre elites donde el electorado es considerado como pertenencia de los partidos (Cfr. Novaro, 2001b; Leiras, 2007).
  21. A ello contribuía la vigencia de la ley de lemas en la provincia. El candidato a intendente por la capital, Roberto Basualdo publicaba un aviso de campaña donde lo central era una tijera gigante.
  22. Ver resultados en anexo.
  23. Luego de las elecciones, Desarrollo y Justicia rompió públicamente el acuerdo que había permitido construir el FREJUSDE (Cfr. Ruffa, 2005b).


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