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4. Explotación y ampliación de la subsunción del trabajo en la producción posfordista

Una vasta literatura proveniente ante todo del campo de la sociología del trabajo viene registrando los cambios acaecidos en los procesos productivos durante las últimas décadas, particularmente en los países desarrollados. Por un lado, al nivel del proceso de producción propiamente industrial, se plantea una crisis de los modelos tayloristas y fordistas, junto con el modo de regulación que implicaban, basado en la producción de grandes series de bienes estandarizados en vistas de satisfacer un mercado de masas.[1] Aunque estos modelos no desaparecen, la importancia de los mismos estaría siendo relativizada por la emergencia de otros sistemas más flexibles que implican, entre otras cosas, una revisión de la forma que asumía la división técnica del trabajo, una mayor intelectualización de las tareas y una conexión más estrecha de la producción con la demanda del mercado. Por otro lado, a nivel de la economía en su conjunto, se estaría profundizando la terciarización de la economía, no sólo por la expansión de los empleos en el sector terciario, sino ante todo por el lugar estructural que los servicios estarían ocupando en el conjunto de la economía tomando en cuenta especialmente el papel que los mismos desempeñarían en la dirección de la demanda (tema que se profundizará en el capítulo quinto).

A partir de estos análisis, primero se volverá sobre un tema en general desdeñado por lo teóricos del “fin del trabajo”: la cuestión de la explotación del trabajo. Se insistirá en la idea de que la tecnología no puede ser considerada una variable independiente, estando en particular vinculada a las necesidades históricas de la valorización del capital. Se verá entonces que las innovaciones del “posfordismo” se dan en un contexto de erosión al menos relativa de los principales indicadores económicos (crecimiento, productividad e inversión, entre otros), ante el cual se buscará recomponer las tasas de ganancia mediante diversos mecanismos: la innovación tecnológica será uno de ellos, pero acompañada de otros como la contención de los salarios, la precarización de segmentos importantes de la fuerza de trabajo, las estrategias de deslocalización y/o subcontratación de las empresas, etc.

En segundo lugar, se planteará que estas tendencias estarían poniendo de manifiesto una ampliación de las capacidades y actitudes puestas a trabajar, junto con una extensión de los tiempos y espacios de trabajo, e incluso una cierta hibridación de los mismos, que hasta comenzarían a confundirse con aquellos tradicionalmente considerados como tiempos y espacios de no-trabajo. Lo cual significaría, se argumentará, una profundización y no una reducción o una crisis de las lógicas capitalistas del valor y el trabajo abstracto tal como se plantearon en el capítulo segundo. En torno de esta última cuestión, se discutirán algunas ideas sostenidas por el “autonomismo italiano”, particularmente aquellas que giran en torno de la tesis de una “crisis de la ley del valor” en el actual contexto.

Finalmente, se explicitará el modo en que estas tendencias parecen contrariar las presagiadas por los teóricos del “fin del trabajo”: el trabajo no estaría ni reduciéndose ni recluyéndose en una esfera instrumental limitada; por el contrario, se estaría tornando más “comunicativo”, más “afectivo”, incluso más “autónomo”, sin perder por eso el carácter intrínsecamente instrumental y heterónomo con el que se constituye en el capitalismo –en tanto trabajo abstracto–.

I. Acumulación y regulación en el fordismo

Aquí utilizamos el término “fordismo” en un sentido amplio, en gran medida deudor del uso que hace del mismo la llamada “Escuela de la Regulación”.[2] Según esta acepción, el “fordismo” no designa simplemente un modo de organizar el proceso de trabajo en el taller. David Harvey, que recupera esta perspectiva para explicar el fordismo y su crisis, sintetiza bien las dos dimensiones articuladas que esta escuela considera para analizar al capitalismo en un momento determinado. Por un lado, un régimen de acumulación, que “describe la estabilización en un largo período de la asignación del producto neto entre el consumo y la acumulación; implica cierta correspondencia entre la transformación de las condiciones de producción y las condiciones de reproducción de los asalariados”. Por otro lado, un modo de regulación que mantiene en funcionamiento este régimen, ya que “debe existir una materialización del régimen de acumulación que tome la forma de normas, hábitos, leyes, redes de regulación, etc. que aseguren la unidad del proceso, es decir, la conveniente consistencia de los comportamientos individuales respecto del esquema de reproducción.”[3]

Aunque aquí no seguimos de un modo ortodoxo esta teoría ni ninguna otra, nos interesa como recurso heurístico, en particular por dos razones. En primer lugar, y como nuevamente señala Harvey, porque “concentra nuestra atención en las complejas interrelaciones, hábitos, prácticas políticas y formas culturales que permitirían que un sistema capitalista altamente dinámico, y consiguientemente inestable, adquiera la apariencia suficiente de orden como para funcionar en forma coherente por lo menos durante un cierto período.”[4] En segundo lugar, porque sin salir de un enfoque macro como el que permite el marxismo, procura sin embargo dar cuenta de la variabilidad en el tiempo y el espacio de la misma dinámica del capitalismo, tomando en especial consideración las reglas e instituciones que permiten su reproducción. Sin perder de vista estas aclaraciones, empezaremos ahora a caracterizar sintéticamente el modo de acumulación-regulación fordista.

Cabe recordar primero que en lo que hace a la organización del proceso productivo, el fordismo tal como lo comenzó a implantar Ford en la segunda década del siglo XX continuó y profundizó, en muchos aspectos, tendencias anteriores. La idea de producir bienes estandarizados en base al montaje de piezas idénticas e intercambiables, fabricadas con máquinas especializadas de propósitos únicos, se remonta en EEUU al “sistema americano de manufacturas”, generado a fines del siglo XVIII en las fábricas federales de armas.[5]

Por otro lado, la pormenorizada división técnica del trabajo manual –un principio incluso anterior a la Revolución industrial y que Smith graficaba con su emblemático ejemplo de la fábrica de alfileres– ya había recibido una fundamentación con pretensiones científicas en el célebre The principles of cientific management de F. W. Taylor, publicado en 1911 y considerado hoy como uno de los íconos de la moderna administración empresarial. Uno de los principios fundamentales del taylorismo radicaba en que era la empresa la que establecía el one best way, o sea, la mejor y única manera de realizar cada tarea en el proceso productivo. La división técnica –“científicamente” estudiada– de la ejecución debía llevar a simplificar las tareas, a posibilitar su control estricto por la administración y a aumentar la productividad en base a la economía del tiempo. Como resultado, el taylorismo tendía a eliminar todo residuo de espontaneidad por parte de una fuerza de trabajo que consideraba a priori propensa a la holgazanería y a la vagancia. Así, el capital procuraba asegurarse el control estricto del proceso de fabricación: son antes que nada los “tiempos muertos” –que se suponen inevitables si se dejara un margen de acción a los obreros– los que resultaba imperioso eliminar. De ahí dos consecuencias fundamentales de la implantación del taylorismo. La primera es la apertura de una división fuerte entre trabajo intelectual y manual, o entre concepción y ejecución. La segunda –la meta fundamental de Taylor– es el ingreso a la fábrica de trabajadores poco calificados y sin especialización.[6] Muchos de estos aspectos –la división entre trabajo manual e intelectual, la descualificación de la fuerza de trabajo, la tentativa de eliminar los tiempos muertos, entre otros– serán recogidos también por el fordismo.

Tampoco la cadena de montaje fue un invento de Ford: su aporte técnico radicó en la mecanización de la misma mediante la instalación de la cinta transportadora. Este pequeño detalle, no obstante, tiene la mayor significación en la medida en que de este modo el ritmo de trabajo queda impuesto de un modo externo al obrero, por medio de la velocidad asignada a la cinta. La mecanización, de este modo, posibilita un proceso de trabajo continuo, sin interrupciones. Esto presupone el cálculo taylorista de los tiempos de ejecución, y requiere del aprovisionamiento permanente de las piezas a montar, las cuales además deben ser perfectamente estandarizadas y uniformes. El objetivo del sistema es aumentar las tasas de ganancia mediante economías de escala: la producción en serie de productos homogéneos presupone a la vez una demanda masiva de bienes de consumo estandarizados.

Es aquí donde puede verse la significación más amplia –no restringida al proceso de producción– del fordismo. Ya el mismo Ford, con su política de five dollars day, vislumbraba que el aumento de la productividad posibilitado por esta organización del proceso productivo requería también dirigir la atención hacia el lado de la demanda. Esta política de salarios relativamente altos perseguía dos objetivos básicos. El más inmediato era que los obreros aceptaran estos modos de organización que, por su naturaleza, resultaban repetitivos, poco estimulantes, además de implicar una evidente intensificación del ritmo de trabajo. El segundo objetivo, mediato pero de una significación macroeconómica más importante, radicaba en la necesidad de establecer una demanda solvente para los bienes producidos en serie. En este sentido, no es casual que Ford estableciera para sus empleados una serie de “dispositivos morales”: eliminación de los vicios y control sobre los lugares que frecuentan los obreros, incentivo a la formación de familias, interiorización del american way of life como moral del progreso en base al esfuerzo individual, entre otros. Esta moralización buscaba mejorar el rendimiento dentro de la fábrica (por ejemplo, contribuyendo a la reducción del ausentismo y promoviendo la concentración en la tarea ejecutada), pero fundamentalmente fuera de ella, con el objetivo de que los obreros gastaran bien y no derrocharan su salario en vicios y otras actividades supuestamente disfuncionales.[7] En el obrero debía implantarse, así, la célula del homo œconómicus.

Esta dimensión macroeconómica, que excede al espacio de trabajo, es la que consideran especialmente los teóricos de la “Escuela de la Regulación” cuando refieren al fordismo. En efecto, según ellos éste, en su concreción histórica, trasciende los talleres organizados de acuerdo a estos métodos para referenciar todo un período histórico. Como aclara Neffa:

El fordismo puede significar dos cosas, según su utilización. Por una parte está la lógica de producción, de gestión de las empresas, y de organización del proceso de trabajo a nivel de las empresas, utilizando las cadenas de montaje y la cinta transportadora, tal como la formulara Henry Ford. Por otra parte, a partir de los trabajos de la “Escuela de la Regulación”, el fordismo adopta una dimensión macroeconómica, haciendo referencia a las normas de producción, de consumo y de vida, a un sistema de ajuste de los salarios en función de la inflación y del crecimiento de la productividad, a la generalización del salario indirecto y a la acción del Estado como regulador de los intereses contradictorios de los actores y clases sociales y garante de la reproducción de la fuerza de trabajo.[8]

De hecho, el sistema de Ford necesitó varios años de maduración para transformarse en un modelo macroeconómico coherente, cosa que recién ocurrió después de la segunda guerra mundial. La cuestión es que ni el patriarcalismo patronal, ni la institución de mejoras salariales a nivel de cada empresa, pudieron solucionar los dos problemas que el fordismo debió enfrentar para su difusión masiva: la resistencia obrera, de un lado, y la inexistencia de una demanda efectiva suficiente para absorber la producción, del otro. Respecto a lo primero, en EEUU la introducción del fordismo se realizó apelando a la mano de obra inmigrante, mientras que los trabajadores nativos se mostraron hostiles ante el mismo. En Europa, la línea de montaje se había podido desarrollar muy débilmente hasta 1930, incluso dentro de la misma industria automovilística, que seguía dependiendo en buena parte de la excelencia artesanal.[9] Respecto a lo segundo, se necesitó el impacto de la crisis de 1929 y el posterior período de depresión económica para que se tomara conciencia de que era necesaria una solución de más largo alcance para el problema de la escasez de demanda efectiva.

Es a la luz de estos problemas que hay que entender el apoyo que logró el New Deal de Roosvelt, junto con el auge de las políticas keynesianas, que se iban a extender a Europa en el período de posguerra, e incluso a muchos países del tercer mundo –aunque en cada caso con especificidades y diferencias importantes–. En particular, el papel del Estado iba a resultar fundamental. Por un lado, poniendo en práctica las políticas activas necesarias (empleo público para la fuerza de trabajo desocupada, implementación de salarios mínimos, crédito al consumo, etc.) para el mantenimiento de una demanda efectiva solvente frente a una oferta de bienes durables que se expandía gracias a la producción en masa. Por otro lado, mediante el establecimiento de una serie de garantías a la fuerza de trabajo: no sólo a través de una política de pleno empleo y de salarios ajustables por la inflación y los aumentos de productividad, sino fundamentalmente desarrollando una red de seguridad social (prestaciones de salud garantizadas, sistema de jubilaciones y pensiones, etc.) y laboral (limitación de los despidos y estabilidad en el empleo, vacaciones pagas, seguros ante accidentes de trabajo, etc.). Estas políticas, ciertamente, no se aplicaron de un modo uniforme en todos los países. Tampoco eliminaron de cuajo la resistencia obrera y la conflictividad social. Pero al menos durante un cierto período de tiempo (los ya mentados “treinta gloriosos”) lograron establecer un sistema de acumulación relativamente estable y coherente, que permitió –en la mayor parte de los países desarrollados– conjugar aumentos constantes de la productividad y de los salarios. Alain Lipietz resume todo esto utilizando la terminología de la Escuela de la Regulación:

En tanto estructura macroeconómica (o régimen de acumulación o estructura social de acumulación), el fordismo implicaba que las ganancias de productividad resultantes de sus principios de organización tenían su contrapartida, por una parte, en el crecimiento de las inversiones financiadas por los beneficios y por otra parte, en el incremento del poder de compra de los asalariados. En tanto sistema de reglas de juego (es decir, un modo de regulación), el fordismo implicaba una contractualización a largo plazo de la relación salarial, límites rígidos a los despidos y una programación del crecimiento del salario indexado sobre los precios y la productividad general. Pero además, una vasta socialización de los ingresos a través del “estado providencia” aseguraba la percepción de un ingreso permanente a los trabajadores asalariados, estuvieran o no ocupados. La contrapartida era la aceptación por parte de los sindicatos de las prerrogativas de la dirección. De esta suerte, tanto los principios de organización del trabajo como la estructura macro-económica eran respetados.[10]

II. La reestructuración organizacional de las empresas y los cambios en el “trabajo concreto”

En el tercer capítulo explicamos la crisis que hacia fines de la década de 1960 y fundamentalmente a principios de la siguiente azotó a este sistema de acumulación y regulación. La desaceleración del aumento de la productividad, la disminución de las tasas de ganancia y el fracaso de las políticas keynesianas de fomento de la demanda efectiva para contrarrestarlas ponían de manifiesto los límites del fordismo en tanto régimen de acumulación, así como de sus arreglos institucionales (modo de regulación). Señalamos también allí algunos de los cambios que comienzan a darse desde la década de 1970, que se acelerarán en las siguientes. Particularmente, apuntamos el deterioro de la relación salarial fordista, con el aumento de las tasas de desempleo, la precarización de la fuerza de trabajo y la erosión de los salarios, así como la crisis del “Estado de bienestar” y el impulso de las políticas neoliberales.

Nos tenemos que detener ahora en los cambios técnico-organizacionales que comienzan a tener lugar al interior de las unidades productivas, lo cual nos permitirá asir las nuevas configuraciones que habría ido adquiriendo el “trabajo concreto”. Empezaremos con una aproximación de tipo fenoménica y descriptiva al tema, que en una primera instancia podrá dar la impresión de resultar demasiado lineal y esquemática, pero que después iremos complejizando. Enumeraremos una serie de desplazamientos que sobre todo en relación al fordismo –y especialmente a nivel organizacional– comienzan a darse en las empresas.

Esta enumeración no implica pasar por alto el hecho de que el ritmo de los cambios no ha sido uniforme entre países y regiones; tampoco debería llevar a pensar en una homogeneización de las formas organizativas de las empresas a nivel mundial. Como señala Castells, son varias las tendencias que en este sentido caracterizan el proceso de reestructuración capitalista en esta etapa.[11] Y resulta dudoso que puedan confluir en un único modelo productivo, sean los sistemas de especialización flexible basados en las pequeñas y medianas empresas que Piore y Sabel analizaron en su ya clásico trabajo sobre los distritos industriales del norte de Italia,[12] sean los variados sistemas “posfordistas” de producción flexible de alto volumen, sea el toyotismo japonés.[13] Sería además un abuso del lenguaje hablar de un relevamiento liso y llano del fordismo como modo de organización técnico-productiva. En muchos casos, las empresas estadounidenses y europeas adoptaron algunos cambios tecnológicos sin variar las estructuras organizacionales previas; en otros, se introdujeron también cambios organizacionales pero parciales, adaptándolos a las estructuras preexistentes. Finalmente, y lo que es tal vez más relevante, las modalidades tayloristas y fordistas también se desplazaron a países en vías de desarrollo, hibridándose incluso con otros tipos de organización peculiares, como señalaremos más adelante.

De todas formas, pueden enumerarse un conjunto de elementos que afectan la organización del proceso productivo y que, realizándose en mayor o menor medida, permiten vislumbrar una tendencia de conjunto que, a pesar de todos los matices, tenemos que considerar como un insumo importante para la conceptualización teórica que nos interesa realizar en esta investigación.

Un primer elemento a tener en cuenta concierne al producto fabricado, pero comienza a revelar ciertos rasgos de la organización de la empresa “posfordista”. Mientras que el sistema fordista se basaba en la producción en serie de bienes estandarizados con el propósito de sacar ventaja de las grandes economías de escala, los sistemas “posfordistas” buscan introducir mayor flexibilidad en estas series, con el objetivo de satisfacer (pero también crear y potenciar, como veremos en el próximo capítulo) una demanda diversificada y cambiante. El mencionado modelo de especialización flexible de Piore y Sabel se sustenta precisamente en la idea de que las pequeñas y medianas empresas se encontrarían en óptimas condiciones para cumplir estos objetivos. Pero no es el único y, probablemente, tampoco sea el más relevante. Coriat plantea –criticando lo restrictivo de aquel modelo por suponer tanto la inexistencia de productos de demanda creciente como la imposibilidad de la empresa de reaccionar ante el mercado– un sistema de “flexibilidad dinámica”, en el cual se intenta sacar provecho de las economías de alto volumen y a la vez se favorece la innovación de los productos. Esto puede hacerse mediante diversas estrategias de valorización: por extensión del ciclo de vida de los productos, con el cual las tradicionales líneas rígidas de producción son complementadas por líneas específicas que permiten introducir ciertas variabilidades en los productos; o por renovación del ciclo de vida de los mismos, mediante innovaciones significativas que permiten recuperar la demanda de un producto cuando la misma comienza a decrecer.[14]

Un segundo aspecto se relaciona, superficialmente, con el tamaño de las empresas, pero más profundamente, permite vislumbrar un cambio en la estructura de las mismas. Si en el apogeo del fordismo el número de trabajadores de una empresa y la variedad de funciones que cubría eran índices inequívocos de su importancia, tras la crisis se comienza a valorar crecientemente el modelo de la empresa esbelta interconectada con otras bajo la forma de una red. Esto no implica necesariamente que las grandes empresas estén perdiendo poder: el modelo de pequeñas y medianas empresas conectadas horizontalmente que estudiaron Piore y Sabel no es el único modo de organización en red. Otro modelo bastante extendido es el basado en la franquicia y la subcontratación bajo la cobertura de una gran compañía.[15] Un caso muy estudiado al respecto es el de Benetton, que opera concediendo franquicias comerciales, recibiendo las señales del mercado y operando sobre una red de pequeñas empresas que producen para ella: la firma aquí ocupa un lugar preponderante como intermediadora entre el mercado y la producción.

Toyota –seguramente el caso más mencionado y estudiado, que además ha dado lugar a conceptualizaciones más generales, hablándose al respecto de “modelo toyotista”, “modelo japonés”, etc.– también terceriza una parte importante de su producción,[16] que es realizada por una red de empresas subcontratistas, en buena medida cautivas de la firma madre. En este sentido, la disminución del tamaño de las empresas muestra, más que un retroceso en el poder de las grandes compañías, un modo de organización diferente, en el que la gran empresa estructurada verticalmente en su interior se desestructura en una red de firmas; red en la que sin embargo la empresa-madre puede mantener un lugar preponderante.

Por lo tanto, la organización en forma de red se entrelaza con el poder que en muchos casos conservan las grandes empresas. De hecho, las empresas multinacionales, que en las últimas décadas han aumentado su poder e importancia en la economía mundial, operan a nivel global utilizando ampliamente esquemas descentralizados de este tipo. Como señala Castells: “no estamos siendo testigos de la desaparición de las grandes y poderosas compañías, pero sí de la crisis de su modelo de organización tradicional, basado en la integración vertical y la gestión funcional jerárquica.”[17]

Estas características explican una tercera: en las formas “posfordistas” de organización la producción se encuentra en una estrecha conexión con la demanda. En términos ideales, el modelo fordista se basaba en la suposición de que, habiendo una demanda solvente, la oferta encontraría su mercado. De este modo, el fordismo tendió a establecer una relación relativamente “muda” con el mercado.[18] La rigidez de sus estructuras técnico organizacionales suponía la existencia de una demanda creciente, constante e indiferenciada. Por el contrario, los modelos “posfordistas” tienden a estrechar la comunicación entre el mercado y el proceso de producción. El Kan-Ban japonés es el que mejor muestra esto en términos ideales: aquí, paralelamente al flujo real de la producción que va de los puestos iniciales hasta los finales donde se termina el producto, un flujo de información proveniente del mercado (las unidades efectivamente vendidas) se mueve en sentido inverso. De este modo, en un departamento dado en un momento determinado sólo se produciría lo necesario para satisfacer los pedidos efectivamente realizados (así se estaría cumpliendo el principio cero existencias característico de este modelo). Se trata de una inversión respecto al fordismo, un modo de “pensar al revés” según profesa el título de un conocido libro sobre el tema.[19]

Estas transformaciones implican ciertos cambios al nivel de lo que denominamos siguiendo a Marx “trabajo concreto”. En el fordismo, que vimos que seguía la división técnica del trabajo de tipo taylorista, cada hombre se ocupaba de una tarea específica, la cual debía realizarse en el menor tiempo posible; este tiempo resultaba entonces cuidadosamente reglamentado y prescrito. Las formas “posfordistas” tienden a romper con esta estructura. Con el trabajo en equipos con multiplicidad de funciones –utilizado por ejemplo en el toyotismo, pero no exclusivo de él– se pasa del principio tayloriano-fordiano del tiempo asignado y prescrito a un nuevo principio: el del “tiempo compartido”. Así lo describe Coriat tomando como base los escritos de Ohno, el ideólogo del toyotismo:

este principio se distingue de los anteriores porque gracias a la linealización de las secciones de producción y a la multifuncionalidad de los trabajadores, introduce el principio de asignación de tareas modulables y variables tanto en cantidades como en naturaleza. Las fronteras entre puestos e islotes de trabajo se mantienen en una situación siempre “virtual” y uno y varios de los trabajadores inicialmente asignado(s) a un conjunto de tareas previamente determinadas pueden transgredirlas permanentemente.[20]

Esto redunda en una mayor autonomía y cooperación entre los trabajadores en el seno del trabajo concreto. Es cierto que estas características siguen siendo relativas: Gorz tiene razón cuando señala que el trabajo en grupos autónomos no suprime la heteronomía, sino que la desplaza de los individuos a los grupos, cuyos fines siguen siendo dictados y coordinados desde el exterior.[21] Lo mismo cabe decir de la cooperación entre trabajadores, que limitada al interior de los grupos de trabajo, permanece subordinada a los objetivos unidimensionales de rentabilidad y eficiencia, propios del capitalismo. Más adelante volveremos sobre esto cuando analicemos el modo en que las formas de organización “posfordistas” siguen estando dirigidas a la explotación de los trabajadores.

Otra consecuencia relevante del “posfordismo” sobre el trabajo concreto es la relativización de la separación entre trabajo manual y trabajo intelectual. En el toyotismo en particular, tareas como las de diagnóstico, mantenimiento, control de calidad e incluso programación son reintroducidas en el propio trabajo de ejecución directa.[22] De este modo, los diseñadores, los programadores de ordenadores y los trabajadores de planta interactúan, con lo cual se evitan los cuellos de botella propios que emergen de la separación tajante entre estas diferentes funciones, a la vez que se limita la excesiva burocratización derivada de la estructuración piramidal propia de la organización tradicional (recuérdese que otro principio toyotista es el de cero papel). En particular, las capacidades mentales y el saber hacer derivado de la experiencia en el trabajo resultan fundamentales para instituir otro principio clave: el de la mejora continua de los procesos productivos, que reemplaza al one best way tayloriano. Tenemos aquí otra clave que será fundamental para entender la naturaleza de la explotación en la empresa posfordista: la necesidad de sacar provecho de todos los componentes, y en particular los cognitivo-intelectuales, de la fuerza de trabajo. Como bellamente expresa Virno retomando la famosa definición marxiana:

Sólo hoy, en la época posfordista, la realidad de la fuerza de trabajo está plenamente a la altura de su concepto. Sólo hoy, quiero decir, la noción de fuerza de trabajo no se reduce […] a un conjunto de dotes y actitudes físicas, mecánicas, sino que comprende dentro de sí, con pleno derecho, la “vida de la mente”.[23]

Resulta de la mayor relevancia el hecho de que estos cambios organizacionales en la empresa y en el trabajo concreto sean independientes –conceptual e históricamente– del uso de las TIC. El Kan-Ban, por ejemplo, se utilizó por primera vez en la planta de Toyota en 1948. Y en la década de 1980, cuando en EEUU se utilizaron las nuevas tecnologías en el marco de las viejas formas de organización para ahorrar mano de obra, los problemas de rigidez se agravaron.[24] Esto muestra que el relato fatalista de los teóricos del “fin del trabajo”, centrado en la automatización como resultado mecánico de la aplicación de las TIC resulta, cuando menos, sesgado e incompleto. La lógica centrada en el mero ahorro de mano de obra resultó un fracaso: había también que transformar las modalidades de gestión del trabajo concreto. En este sentido, no es en absoluto casual que los cambios organizacionales hayan precedido y en gran medida impulsado la trayectoria tecnológica.[25] Sólo cuando las empresas occidentales comenzaron a cuestionar el viejo sistema de estructuración jerárquica se creó un círculo relativamente virtuoso con la utilización de las TIC, proceso que recién se concretaría bien entrada la década de 1990.

Es importante señalar que en la bibliografía que estudia el tema no hay en absoluto un acuerdo respecto a la extensión e importancia de estos cambios. Michel Husson, discutiendo en particular con el autonomismo italiano y las tesis sobre el capitalismo cognitivo, plantea que es un error suponer simplemente que el taylorismo y el fordismo han sido superados por el toyotismo, la producción flexible, etc. En realidad, ambas –una lógica productiva “cognitiva” y otra “tayloriana flexibilizada”– coexistirían, particularmente a nivel global.[26] Creo que esta perspectiva matizada es correcta, y de hecho es la más aceptada por los sociólogos y economistas del trabajo. Aunque no se niegan los cambios organizativos que analizamos aquí, se acepta que su difusión es heterogénea y discontinua: ocurrió primariamente en los sectores más dinámicos de la industria de los países desarrollados, pero se realizó de un modo mucho más lento y selectivo en otros sectores, entre ellos los de servicios. Además, las innovaciones no se adoptan en su totalidad; en general, las reestructuraciones son parciales y se acoplan con los modelos preexistentes. Y a nivel global, la coexistencia de ambos modelos –e incluso de otros– resulta aún más evidente.[27] En el cuarto parágrafo de este capítulo, veremos en efecto cómo la explotación del trabajo por el capital se efectúa aprovechando los distintos modelos y contextos, en particular a través de las redes empresariales, el uso de la subcontratación y tercerización, y la división internacional del trabajo. Respecto de esto, podemos recordar que el capitalismo es, como bien sabía Marx, un sistema dinámico, pero no por eso tiene a la innovación (sea tecnológica, sea organizacional) como dogma precisamente porque ella no es para él un fin en sí mismo.

III. La terciarización de la economía

Antes de pasar a analizar las nuevas formas de explotación y control de la fuerza de trabajo, conviene que hagamos un breve excurso respecto a otro fenómeno ampliamente comentado por la bibliografía, el cual se encuentra en estrecha conexión con los cambios organizacionales que tratamos en el apartado anterior: me refiero a la llamada “terciarización” de la economía. Como ya señalamos en el capítulo tercero, el fenómeno merece ciertas aclaraciones. En primer lugar, aunque prácticamente en la totalidad de los países centrales el sector servicios avanza tanto en términos de ocupación como de contribución al PBI, el retroceso de la industria sólo es evidente en los países anglosajones, y particularmente en EEUU (seguido por Inglaterra). En cambio, Alemania (sin lugar a dudas, la economía más desarrollada de Europa) y Japón, aunque expanden sus servicios, conservan una base industrial fuerte.[28] En segundo lugar, y lo que es tal vez más relevante para un abordaje global del fenómeno, esta tendencia de los países desarrollados es contrarrestada por una inversa en los países en vías de desarrollo donde, por el contrario, el sector manufacturero adquiere mayor relevancia. Por lo tanto, no es que la industria pierde peso a nivel mundial, sino que cambia su localización.

De todas formas, la tesis de la terciarización resulta incluso más interesante si se la desvincula de la discutible hipótesis de la “desindustrialización” con la que en general es asociada. En efecto: el concepto de terciarización puede comprenderse como denotando una transformación global en la forma de organización de la economía, con la cual incluso las actividades de fabricación son concebidas como una especie de servicio. Esto puede verse en el caso del Kan-Ban japonés, en el cual la fabricación responde a las necesidades de la demanda –no por casualidad, Ohno concibió el sistema justo a tiempo imitando el funcionamiento de algunas firmas de supermercados, donde los productos son repuestos a medida que se venden–. Más ampliamente, “el nuevo imperativo gerencial que se impone es «tratar la fabricación como si fuera un servicio».”[29] En realidad, no es que la fabricación industrial desaparezca, sino que pasa de ser el eje desde el cual se estructura la vida económica a ser un nodo más dentro de una red, en la cual el control de la información, la publicidad y el marketing resultan momentos fundamentales:

Las empresas del capitalismo cognitivo invierten actualmente cerca del 40 % de su facturación en marketing, publicidad, diseño, etc. En la industria audiovisual de Estados Unidos, el 50 % del presupuesto de una película se invierte en su promoción y lanzamiento. De otro lado, en las empresas de comunicación (medios, editoriales), la publicidad representa la partida principal de los ingresos, de lejos superior a la facturación que se obtiene de las ventas al público. También en la industria tradicional –como la del automóvil– la inversión en publicidad es ya una de las principales partidas del balance, también porque la producción sólo se realiza sobre lo vendido.[30]

El mencionado ejemplo de Benetton ilustra bien el punto: el poder de la compañía se deriva del control que ejerce sobre la red de comercializadores y la red de productores, mediante la regulación de los flujos de información, particularmente de los vinculados a la conformación del mercado. La publicidad es el instrumento fundamental para dotar a la marca Benetton de un aura simbólica y cultural, que se transfiere a los productos: de lo que se trata es de la construcción social del consumidor.[31] Las franquicias que distribuyen sus productos acceden entonces a este aura, transformada en objeto de deseo de los consumidores.

Un caso similar es el de Nike, que no cuenta con ninguna fábrica sino con una red de proveedores en países con salarios extremadamente bajos –particularmente en Asia, donde quienes trabajan indirectamente para la empresa suman aproximadamente medio millón–.[32] Nike es un estudio de investigación y diseño que organiza campañas de publicidad millonarias a través de una red de socios alrededor de todo el mundo. Lo que produce son conceptos, ideas inmateriales cuyo soporte material está constituido por los productos realizados por trabajadores sobreexplotados. La fuente de su poder es el control de los flujos de información, que redunda también en un control financiero sobre la red, lo cual le posibilita apropiarse de gran parte del plusvalor producido en los distintos nodos de la misma.

En este sentido, la terciarización de la economía –tal como se entiende aquí– se vincula con un proceso de transformación complejo. La mayor importancia cuantitativa de los servicios es una dimensión de la misma, pero no es la única y tal vez ni siquiera sea la más relevante. En efecto, vemos que alude a la vinculación estrecha –e incluso supeditación– de la industria con la comercialización, la publicidad y el marketing. Pero también está íntimamente vinculada con otros fenómenos, como la organización de las empresas bajo la forma-red y el creciente peso de la dimensión simbólico-inmaterial de las mercancías. Ya hablamos de lo primero en el apartado anterior, y nos explayaremos sobre lo segundo en el próximo capítulo, donde analizaremos estas cuestiones desde la perspectiva del consumo.

IV. La explotación de la fuerza de trabajo en el “posfordismo”

En el capítulo tercero ya planteamos la necesidad de volver a ubicar el concepto de “explotación” en el centro de la teoría social crítica. Vimos que en los teóricos del “fin del trabajo” la cuestión quedaba, en el mejor de los casos, desplazada a un margen del análisis. La razón resultaba clara: si el problema central radicaba en la automatización de los procesos productivos, en el hecho de que las tecnologías (capital fijo) reemplazaban al trabajo (capital variable) el problema de la explotación quedaba relegado respecto a otros como la exclusión, la desocupación, la desafiliación, etc. Naturalmente, no estamos insinuando que estos problemas no existan o que carezcan de importancia. Lo que queremos señalar es que la dinámica del capitalismo desde la década de 1970 no puede analizarse exclusivamente desde ese prisma. Desde nuestra perspectiva, que sigue a Marx, el capital, incluso cuando adopta nuevas tecnologías e innovaciones organizacionales que disminuyen el tiempo de trabajo, no deja de depender del trabajo para su valorización. Los teóricos más radicales del “fin del trabajo”, como Gorz, tienen razón en afirmar que la superación del capitalismo implica la superación del trabajo (abstracto). No obstante, y como ya se apuntó, es un error suponer que la dinámica del capitalismo irá naturalmente en esa dirección.

Por cierto: este desplazamiento de la temática de la explotación no es exclusivo de los teóricos del “fin del trabajo”. Es compartida, entre otros, por autores que siguen una línea más “socialdemócrata” (tal como la conceptualizamos en el capítulo tercero, parágrafo I), donde también la crisis de la llamada “sociedad salarial” es interpretada en términos de exclusión, desafiliación, etc. Los interesantes trabajos de Robert Castel que citamos en varias oportunidades constituyen un ejemplo de esta línea ampliamente extendida entre intelectuales –pero también políticos, ONG´s, Organismos Internacionales, etc.– por lo general críticos del neoliberalismo individualista, aunque no exclusivamente.[33] Las razones de este desplazamiento son numerosas, y no se reducen al aumento de la desocupación y el agravamiento del problema de la “desafiliación social”. Sin pretender ser exhaustivos, podemos mencionar factores como el retroceso político (al menos en varios países) de las organizaciones de trabajadores, la caída del socialismo real y la crisis del marxismo, porque han hecho que la crítica social adopte una forma menos comprometida con proyectos de emancipación radical (también cuestionados, en crisis, etc.) y más cercana a un reformismo que, en base a la compasión humanitaria, promueve políticas para paliar los efectos más perversos de la dinámica del capitalismo neoliberal.

El ciclo “fordista” de expansión de la posguerra se había sustentado en una política consistente en aunar un fuerte crecimiento económico, el aumento de la productividad y la recomposición salarial. Como ya señalamos, luego de que este ciclo entrara en crisis hacia fines de la década de 1960 aparecieron en escena –particularmente desde la década de 1980– las políticas restrictivas de corte neoliberal, que impulsaron un estancamiento e incluso una erosión de los salarios reales. Desde esta década, las tasas de crecimiento del PBI en los países desarrollados nunca se acercaron a los niveles alcanzados en el período de posguerra.[34] Lo mismo ocurre con las tasas de aumento anual de la productividad del trabajo, que –tomando el promedio de las economías más desarrolladas (EEUU, Japón, Alemania, Francia, Italia, Reino Unido y Canadá)– entre 1979 y 1993 es de apenas la tercera parte (1,5%) que en la década de 1960 (4,3%).[35] No obstante, las tasas de ganancia comienzan a recomponerse desde 1982, particularmente en EEUU, lo cual no se debe al aumento de la inversión sino a la mayor participación de los beneficios en el producto. Arceo caracteriza el crecimiento de la economía estadounidense durante el período 1970-2007 de un modo más que elocuente:

Se trata de un crecimiento que se caracteriza, salvo en períodos excepcionales, por una tasa relativamente baja de inversión y una tendencia al aumento de la participación de los beneficios en el producto. El débil nivel de inversión determina un lento crecimiento de la productividad por trabajador, pero el producto crece más que el stock de capital (aumenta la relación producto/capital) y esto permite una recomposición de la tasa de ganancia que es reforzada por el aumento de la participación de los beneficios en el producto resultante de la aplicación de las políticas neoliberales.[36]

Siendo así, sobran motivos para poner en duda la tesis de los teóricos del “fin del trabajo” según la cual es la tecnología per se la que explica el desarrollo del capitalismo en esta etapa. No obstante, desde la década de 1970 se viene insistiendo también desde otras perspectivas con la importancia de la revolución de las TIC. Los términos “economía del conocimiento”, “sociedad de la información”, etc. han sido acuñados por distintas corrientes teóricas, y hasta forman parte del vocabulario de la mayor parte de los organismos internacionales (FMI, Banco Mundial, OCDE, etc.). En general, tienden a apoyarse en un diagnóstico de tipo optimista, según el cual la difusión de las TIC sería la fuente de un siempre prometido progreso económico y social.

Ahora bien: como ya venimos señalando, los indicadores macroeconómicos están lejos de sustentar este optimismo. El mismo Castells –cuya investigación sobre la revolución informacional sigue siendo una referencia obligada– se planteaba el enigma respecto de por qué los alcances de la llamada “tercera revolución industrial” seguían siendo limitados en los principales indicadores (en particular, teniendo en cuenta los moderados aumentos de productividad en las economías desarrolladas). Castells intentaba algunas respuestas provisorias: la existencia histórica de un intervalo entre las revoluciones tecnológicas y su difusión al conjunto de la economía; las dificultades para medir la productividad en el sector servicios (donde la misma crece más lentamente); y el hecho de que la productividad sí ha aumentado notablemente en la industria informática en EEUU, lo que haría esperar su extensión a otros sectores.[37]

Lo cierto es que desde 1996 el optimismo se relanzó en EEUU con la subida en espiral de las acciones tecnológicas en la Bolsa. Parecía que por fin la revolución informacional empezaba a rendir sus frutos. Se extendía así, amplificado por los medios de comunicación, el discurso de la New economy con toda su “ideología felicista” (el término es del filósofo italiano Franco Beraldi) de progreso económico y social en base a las tecnologías informáticas y el libre mercado. Este nuevo optimismo se haría trizas con la explosión de la burbuja especulativa de las punto com y la crisis financiera de los activos tecnológicos (entre 2000 y 2001).[38] Los acontecimientos posteriores los conocemos: el atentado del 11 de septiembre de 2001, la economía de guerra de Bush hijo, la burbuja inmobiliaria, su estallido en 2008 y la consecuente llegada de la crisis más aguda que ha conocido el capitalismo desde 1929.

El ascenso y ocaso del discurso sobre la New economy guarda un paralelo con lo sucedido con los planteos sobre el “fin del trabajo”. No sólo por la coexistencia temporal de ambos, sino sobre todo por el hecho de que comparten el supuesto común respecto al papel-bisagra de las nuevas tecnologías como una variable independiente que estaría cambiando la naturaleza del capitalismo. Claro que a contramano del optimismo exacerbado de la New economy, los teóricos del “fin del trabajo” se detienen en las consecuencias negativas –a nivel laboral y social– de la aplicación de estas tecnologías. Sin embargo, en ambos casos el determinismo tecnológico lleva a soslayar el papel que la explotación del trabajo desempeña en esta etapa.

Pues bien: siguiendo los planteos de autores como David Harvey y Ricardo Antunes, y como ya comenzamos a argumentar en el capítulo tercero, creemos aquí que para la reestructuración capitalista ha sido fundamental aumentar los niveles de explotación de la fuerza de trabajo, combinando la extracción de plusvalor absoluto y relativo. Por un lado, la tendencia hacia el aumento de las horas trabajadas para algunos segmentos de la fuerza de trabajo, el estancamiento de los salarios, y muy especialmente el uso intensivo de estrategias de externalización y subcontratación –que como señalamos caracterizan a la tan en boga forma de organización en red– dentro de los países, o hacia otros con bajos salarios, han permitido aumentar los niveles de extracción de plusvalor absoluto. Por otro lado, la adopción de innovaciones tecnológicas y organizacionales ha facilitado la generación de ganancias extraordinarias temporales a las firmas innovadoras y, a la vez y en un nivel más global, aumentar la extracción de plusvalor relativo a medida que se reducían los costos de los bienes que definen el valor de la fuerza de trabajo. En realidad, se trata de dos estrategias que no se pueden escindir, ya que en la práctica se entretejen y combinan. Veamos estas cuestiones con mayor detenimiento.

Como ya señalamos en el capítulo anterior, el débil crecimiento –y en algunos casos estancamiento– de los salarios, particularmente de los deciles más bajos de la fuerza de trabajo, es una característica del período. EEUU entre 1973 y 1997 es el ejemplo más claro y emblemático de esta tendencia.[39] En la Unión Europea, donde los sindicatos en general fueron más fuertes a la hora de defender las posiciones adquiridas, la situación social no obstante empeoró por el aumento de la desocupación, especialmente perjudicial para los trabajadores jóvenes (que encontraron crecientes dificultades para ingresar al mercado laboral), los de edad más avanzada (que sufrieron salidas anticipadas con pocas posibilidades de reincorporarse a otras empresas), y aquellos que se encontraban en sectores poco competitivos de la economía.[40] La tecnología jugó un papel en este proceso, pero no como una variable independiente, sino subordinada a una estrategia vinculada a la necesidad de reestructurar la relación trabajo-capital para recomponer las tasas de ganancia:

¿Por qué y cómo ha tenido lugar esta reestructuración de la relación entre capital y trabajo en los albores de la era de la información? Fue el resultado de circunstancias históricas, oportunidades tecnológicas e imperativos económicos. Para paliar los recortes de beneficios sin desatar la inflación, las economías nacionales y las empresas privadas han actuado sobre los costes laborales desde comienzos de la década de 1980, ya sea mediante el incremento de la productividad sin creación de empleo (Europa) o rebajando los costes de una plétora de nuevos puestos de trabajo (Estados Unidos). Los sindicatos, el principal obstáculo para una estrategia de reestructuración unilateral, se vieron debilitados por su falta de adaptabilidad para representar a los nuevos tipos de trabajadores (mujeres, jóvenes, migrantes), para actuar en los nuevos lugares de trabajo (oficinas del sector privado, industrias de alta tecnología) y para funcionar en la nueva forma de organización (la empresa red a escala global).[41]

Se trata de estrategias de larga data. Aumentar la productividad sin crear empleo y manteniendo módicos aumentos salariales es una clásica forma de incrementar el plusvalor relativo; reducir los salarios de ciertos segmentos particularmente desfavorecidos de la fuerza de trabajo es una forma de incrementar el plusvalor absoluto. También las estrategias más específicas de externalización, deslocalización y subcontratación –que caracterizan a la economía-red– son formas de precarizar parte de la fuerza de trabajo, reduciendo de este modo los salarios de los trabajadores más alejados de la empresa principal. La ya mencionada Toyota es un caso paradigmático:

Se estructura preservando dentro de las empresas matrices un número reducido de trabajadores calificados, multifuncionales y comprometidos con su ideario, así como ampliando el conjunto fluctuante y flexible de trabajadores con el aumento de las horas extras, de la tercerización en el interior y fuera de las empresas […] Cuanto más se distancia el trabajo de las empresas principales, mayor tiende a ser su precarización. Por eso los trabajadores de la Toyota trabajan cerca de 2300 horas por año mientras los trabajadores de las empresas subcontratadas llegan a trabajar 2800 horas.[42]

En general, hay cierto acuerdo en la bibliografía respecto de que este modelo –basado en un núcleo reducido de trabajadores estables, altamente productivos y calificados, con garantías socio-laborales, rodeado sin embargo de una periferia de trabajadores precarios, mal pagos, sobreexplotados y siempre en riesgo de perder su empleo– se encuentra fuertemente extendido en la nueva economía, a punto tal de ser una característica de la misma.[43] Hay que tener en cuenta además que esta segmentación afecta especialmente a los sectores de la fuerza de trabajo más vulnerables: mujeres, inmigrantes, jóvenes, etc.

Lo más interesante es que un modelo de este tipo se proyecta a nivel global, siguiendo las líneas de la división internacional del trabajo. Las estrategias de deslocalización permiten trasladar parte de la producción a países en desarrollo con salarios bajos y menos garantías de empleo (por ejemplo, en el Pacífico Asiático). Se trata en general de actividades vinculadas a la fabricación de componentes, de bienes terminados, y a la provisión de algunos servicios (gracias a las TIC es factible subcontratar en el extranjero centros de atención telefónica al usuario, tareas de procesamiento de datos y administración de las empresas, etc.). Menos extendido está el recurso para actividades con alto valor añadido, como el diseño de productos.[44]

De ahí que puedan convivir los más diversos modelos productivos: las formas de producción flexible interactúan no sólo con un neofordismo renovado particularmente en los países en vías de desarrollo, sino también con pequeñas empresas de tipo patriarcal, familiar, etc. donde la precariedad laboral es aún mayor.[45] El capitalismo siempre se ha apoyado en diversas modalidades de producción y en la división internacional del trabajo, pero la organización bajo la forma-red y las TIC permiten potenciar el aprovechamiento por este sistema de distintos modelos y entornos culturales e institucionales. En este sentido, no hay que pensar el desarrollo tecnológico-organizativo del capitalismo en términos estrictamente lineales: los modelos flexibles “posfordistas” no reemplazan a los anteriores, sino que interactúan y se hibridan con ellos.

Sea que opere a nivel local, nacional o internacional, esta estrategia de deslocalización y subcontratación permite fundamentalmente, al reducir los costos laborales en determinados segmentos de la economía, aumentar la explotación del trabajo, ante todo en la modalidad del plusvalor absoluto. También facilita el disciplinamiento de la mano de obra “nuclear”, que temerosa de caer en el ejército de los precarios, acepta en muchos casos la degradación relativa de sus condiciones de trabajo (mediante la ampliación de la jornada laboral, la institución de horarios “flexibles”, etc.).[46]

Respecto a los modelos “flexibles” de organización del proceso productivo que analizamos en el segundo parágrafo, también constituyen ellos modos de intensificar el trabajo (plusvalor absoluto), disminuir los costos de las mercancías mediante innovaciones organizacionales y tecnológicas (plusvalor relativo) e incrementar entonces los niveles de explotación, aunque ciertamente por vías ligeramente diferentes a las de los modelos tayloristas y fordistas.

Es que el proceso de racionalización de la producción se mantiene en el “posfordismo”, pero cambiando en buena medida sus medios. Ya no se trata de descomponer las tareas y prescribir de modo minucioso los tiempos de cada una de ellas. No es que el tiempo de trabajo pierda importancia, pero su medida se hace modulable y variable (por ejemplo, dentro de los grupos de trabajo), cuestión que ilustra muy claramente el concepto ohnista de “tiempo compartido”. En términos más generales, la optimización en el uso del tiempo deja de estar centrada en la prescripción de la operación particular (como en el taylorismo) y pasa a ejercerse sobre grupos de obreros multifuncionales que tienen a su cargo un conjunto de operaciones.

En relación al trabajador especializado del fordismo, el obrero polivalente “posfordista“ gana cierta autonomía y capacidad de iniciativa en el trabajo; a cambio, tiene que asumir más tareas y una mayor responsabilidad por los resultados del proceso productivo. La crisis de los modelos de organización jerárquica conlleva, justamente, un fuerte incremento de responsabilidad individual y grupal; el control disciplinario directo es dejado para casos límite; lo normal y deseable es el autocontrol.[47] Esto permite además eliminar numerosos puestos de mando intermedio. Los obreros son entonces llevados incluso a discutir su desempeño y analizar los medios para su mejora; los grupos de trabajo tienen que buscar el modo de integrar sus tareas para evitar lo más posible los cuellos de botella resultantes de una mala sincronización de los tiempos de trabajo.

Las nuevas formas “posfordistas” de organización del proceso de trabajo permiten, de este modo, intensificar el trabajo, reduciendo los tiempos muertos y el trabajo no directamente productivo (que puede incorporarse al productivo o tercerizarse). Lo que se incrementa ante todo es la carga psíquica del trabajo, debido a que la atención y concentración requeridas son mayores ahora cuando el control e incluso la mejora de los procesos son responsabilidad de los trabajadores.[48] Veremos después cómo estos modos de explotación del trabajo requieren la tendencial puesta a disposición de la empresa de la totalidad de las capacidades de la fuerza de trabajo.

Teniendo en cuenta estas cuestiones es que afirmamos que la reestructuración del capitalismo se ha basado en buena medida en incrementar la explotación del trabajo. En los países desarrollados, la contención de los salarios fue una política clave para recomponer las tasas de ganancia en un contexto de moderados aumentos en los índices de productividad. Esto explica el abandono, en la mayor parte de estos países, de la política salarial “fordista” que distribuía una parte importante de las ganancias de productividad hacia los asalariados. En Europa, la misma tendió a llevarse a cabo mediante la ampliación del ejército de reserva de los desocupados, mientras que en EEUU, con tasas significativamente menores de desocupación, se actuó directamente sobre el coste del empleo, lo cual afectó fundamentalmente a los deciles más bajos de ingresos, que vieron incluso descender sus salarios reales. Pero en ambos casos, el resultado fue una caída de la participación de los salarios en el PBI: en los países de la eurozona, se pasó del 76,3% en 1975 al 66,2% en 2006; en EEUU, la caída empezó ya en 1970, pasando del 66% en ese año al 54% en 2006.[49] Por otro lado, las estrategias de externalización y subcontratación, sea hacia otras empresas, sea hacia otras regiones y países, obraron en el mismo sentido, precarizando el empleo e intensificando el trabajo de sectores significativos de la mano de obra. Y, por supuesto, aumentando las ganancias de las empresas.

¿Estamos entonces ante el mismo capitalismo de siempre? Como señala Harvey,[50] contestar afirmativamente a esta pregunta resulta demasiado simplista: el capitalismo, como ya señalamos en la primera parte, es un sistema dinámico, en permanente cambio, que necesita reestructurarse para mantener su esencia –esto es, la valorización y acumulación del capital fundada en última instancia en la explotación del trabajo abstracto–. El argumento de que esta esencia no ha sido superada me separa en buena medida de la posición de los teóricos del “fin del trabajo”. A la vez, me permite seguir conceptualizando con todo derecho a nuestras sociedades como “capitalistas”. No obstante, tenemos que seguir repasando algunos de los cambios que tienen lugar dentro de las mismas y que, en conjunto, apuntan a una configuración relativamente nueva.

V. Subsunción de la totalidad de la persona al capital: nuevas capacidades y actitudes puestas en juego en el proceso de trabajo

Como llegamos a apuntar en el parágrafo anterior, los modos “posfordistas” de explotación del trabajo resultan inescindibles de la puesta a disposición de la empresa de la totalidad de las capacidades de la fuerza de trabajo. Aunque hablamos de capacidades que pueden calificarse de un modo general como “cognitivas”, no nos referimos solamente a aquellas habilidades técnicas altamente especializadas portadas por los trabajadores más calificados –diseñadores, técnicos, profesionales, etc.– Se trata también de capacidades generales, algunas de ellas de naturaleza técnica (particularmente aquellas vinculadas al uso de las TIC más difundidas, como los ordenadores, los celulares, etc.), otras de tipo intelectual-actitudinal, en ocasiones denominadas “competencias blandas” (comunicación, trabajo en equipos, disponibilidad y apertura al cambio, polivalencia, motivación, implicación afectiva, adaptación, autonomía, etc.). Lo interesante es que estas capacidades –y en particular las últimas– no son solicitadas solamente a los trabajadores más calificados y con mayores responsabilidades en los mandos de las empresas. Suelen ser también requeridas en trabajos poco calificados, rutinarios y mal remunerados, por ejemplo en aquellos que se ofrecen a los jóvenes en ciertos servicios vinculados a la información y la comunicación (venta y atención telefónica, ingreso y confección de datos, etc.).

¿Por qué se solicitan estas capacidades y actitudes de la fuerza de trabajo? En primera instancia, de lo que se trata es de adaptar a la fuerza de trabajo a las TIC –sin olvidar además los cambios organizacionales que antes describimos–, que por naturaleza son flexibles, mejorables con el uso, reprogramables y polivalentes. Dada la aceleración del cambio tecnológico y la obsolescencia constante de los productos y los saberes que los producen, se requiere una fuerza de trabajo con actitudes proclives al cambio y a la adaptación al entorno. Según señala Sukerfeld, en este contexto incluso los saberes adquiridos a través de instituciones formales se muestran demasiado estáticos y rígidos:

hay que considerar la difícil compatibilidad entre la estabilidad de los saberes que supone una carrera universitaria y el frenesí del cambio en los procesos productivos actuales. La vertiginosa obsolescencia que gobierna a las técnicas, tecnologías y otras formas de conocimientos en la presente etapa […] hace que el corpus de conocimientos subjetivos que se adquieren en las carreras universitarias sea una carga de la que las empresas quieren más bien aliviarse. Aún en el caso de aquellas actividades que requieren de una titulación inicial, al poco tiempo son los cursos internos, la experiencia laboral y toda una serie de saberes no titulados los que fluyen en las firmas informacionales y explican sus rentabilidades. Esto mismo, desde la óptica de la subjetividad del trabajador, supone una adaptación a cambios permanentes, al constante reentrenamiento e incluso a una alta rotación en los empleos.[51]

Hay que tener en cuenta además que esta dinámica se vio retroalimentada a su vez por la creciente individualización de las remuneraciones y de las condiciones de trabajo. En la relación salarial “fordista” tendía a darse una relativa autonomía de las remuneraciones respecto al rendimiento individual, ya que sus ajustes se efectuaban en función de aumentos de la productividad evaluados en términos agregados. Desde la década de 1980, en cambio, las remuneraciones –en lento crecimiento, como ya señalamos– se modulan atendiendo cada vez más a las propiedades personales de quienes ocupan los puestos y a la evaluación individualizada de los resultados por parte de la dirección de la empresa. Algo similar ha ocurrido en lo que respecta a la negociación de las condiciones de trabajo.[52]

El fenómeno merece ser examinado más de cerca. Para comenzar, conviene despejar algunas posibles confusiones. Un primer punto que hay que destacar es que la mayor importancia que adquieren estas capacidades cognitivas, afectivas, relacionales, etc. no implica en sí misma una “recualificación” de la fuerza de trabajo. Creo que aquí es pertinente traer la distinción marxiana entre “trabajo simple” y “trabajo complejo” que abordamos en la primera parte. Un error muy frecuente es yuxtaponer la misma con la que se establece entre “trabajo manual” y “trabajo intelectual”, o entre “ejecución” y “concepción”. De este modo, se ha interpretado que la entrada de capacidades y actitudes “cognitivas” en el proceso productivo significa sin más que el trabajo complejo reemplaza al trabajo simple. Algunos autores cercanos al autonomismo italiano llevan aún más lejos esta idea y plantean que este trabajo complejo no puede reducirse a trabajo simple, poniéndose en cuestión la teoría del valor.[53] En el próximo parágrafo volveremos en particular sobre la posición autonomista, que de hecho es compleja y rica y no es nuestra intención caricaturizarla. Lo que interesa marcar aquí es que una argumentación de este tipo tiende a tratar las categorías de trabajo simple y trabajo complejo como transhistóricas. Pero como señalábamos anteriormente, el trabajo simple no refiere a una realidad inmediata e inmutable (el mero gasto fisiológico de energía, el trabajo manual directo, etc.) sino a una unidad socialmente conformada, esto es, un estándar de instrucción socialmente aceptado y generalizado.[54]

Por lo tanto, del hecho de que el “trabajo concreto” se “intelectualice” o se “inmaterialice” no deberíamos derivar automáticamente la idea de que la fuerza de trabajo se recualifica y se hace “compleja”. Mucho tiene que ver en esto el aumento del nivel educativo de la población, una tendencia general del siglo XX,[55] que ha hecho que aquello que en el siglo XIX podía denominarse “trabajo complejo” hoy sea “trabajo simple”. Pero también, el hecho de que ciertas capacidades como la de adaptación al entorno y al cambio constante, la de realizar varias tareas simultáneas, etc. se interiorizan incluso fuera del trabajo y de la educación formal. En este punto, resulta decisiva la influencia cultural de las nuevas tecnologías y herramientas de la información y la comunicación (particularmente los ordenadores, los celulares y la expansión de Internet), cuyo uso es común tanto al tiempo de trabajo como al de no-trabajo.

De esta manera, varias de las capacidades requeridas actualmente de modo asiduo por el capital pueden ser apropiadas prácticamente sin retribución directa alguna. Estas capacidades, que el capital considera como innatas a la fuerza de trabajo, son en realidad atributos que han devenido generales por su extensión a lo largo de la mayor parte del campo social. Es así que en los servicios –incluso en aquellos poco especializados y que requieren escasas calificaciones formales– y en la industria racionalizada de modo “flexible”, el capital se apropia (insistimos: prácticamente de un modo gratuito) de la facultad del lenguaje, de la comunicación humana, de la capacidad de iniciativa propia, de la aptitud de adaptación al cambio constante, de la disponibilidad a la polivalencia, etc. Se trata tanto de capacidades cognitivas como de disposiciones actitudinales. Evidentemente, existe una relación entre ambas: la apropiación de los saberes cognitivos y experienciales de los trabajadores requiere que ellos sean incentivados para la puesta en juego voluntaria de dichos saberes (y de ahí el cuestionamiento a las jerarquías rígidas y la apología de la flexibilidad); pero también requiere la creación de un entorno cultural favorable a la colaboración entre el trabajador y la empresa, sin el cual la apropiación se vería obstaculizada. Se plantea entonces la necesidad de establecer nuevos tipos de control sobre el trabajo concreto, diferentes de la subordinación jerárquica predominante en el fordismo –examinaremos con cierto detalle esta cuestión en el capítulo sexto–.

Esto es justamente lo que vimos que señalaba el último Gorz: quien vende su fuerza de trabajo de este modo tiende a poner a disposición del capital todas sus capacidades y actitudes y, en el límite, su entera persona. El concepto marxiano adecuado para expresar esto es el de “subsunción” –que expresa tanto la inclusión en el sentido lógico como la subordinación en términos políticos–[56] al capital. Lo que llama la atención es que mucho de lo que es subsumido es justamente lo que la pauta de racionalización fordista había intentado reducir al mínimo indispensable: por ejemplo, la iniciativa propia, la propensión al cambio, la comunicación entre los trabajadores e incluso los afectos en el lugar de trabajo.

El concepto marxiano tiene la ventaja de poner de manifiesto el carácter políticamente ambiguo del cambio. Aparentemente, éste resulta progresivo en el sentido de que apunta a una mayor autonomía y enriquecimiento del trabajo concreto. Estos aspectos son los subrayados por las visiones más bien optimistas del “posfordismo”, como las que aún con ciertos reparos expresan Coriat y Hardt y Negri. No obstante, como ya apuntaba Gorz, implican nuevas formas de servidumbre. Esto es así porque conllevan la venta de capacidades que no pueden escindirse fácilmente de la persona individual del trabajador. Son disposiciones que, aunque socialmente generales, resultan difíciles de formalizar en un contrato de trabajo y que, al ser puestas a operar, involucran la personalidad entera del trabajador. La dependencia personal de éste para con la empresa se ve así exacerbada: esta ya no demanda solamente un conjunto de calificaciones formalizadas cuyo valor de cambio resulta negociable por el colectivo de los trabajadores. Compra también y ante todo una disposición general e incondicional. Se trata de un aspecto sin lugar a dudas regresivo respecto al denominado “fordismo”:

En el posfordismo está presente una vocación empresaria orientada no a reformular en un sentido progresista esos pisos civilizatorios [los del período de posguerra], sino para desarticularlos. Por eso la competitividad exige la limitación de la negociación colectiva y los derechos laborales y sindicales, dado que su meta es hacer prevalecer la pertenencia del trabajador a la empresa: la empresa compra, ante todo, a la persona y su devoción, finalidad que se antepone a la compra del trabajo abstracto. Este era regulado por la negociación colectiva, ahora se trata de regularlo a través del contrato individual del trabajo, el ámbito en el cual se puede dar preferencia a los motivos individuales del trabajador o a las capacidades para valorizar su “capital-saber” individual a costa de su identidad del colectivo de la empresa o rama de producción.[57]

Esta forma individualizada en la gestión de la fuerza de trabajo se refleja en la mutación que se registra en la idea de “formación”. Ella deja de asimilarse a un conjunto de capacidades adquiridas de forma medianamente estable para devenir un ejercicio continuado, sujeto a validación permanente (de ahí un concepto muy en boga: el de “formación continua”). En esta dirección apunta el pasaje, registrado por numerosos sociólogos del trabajo, de la noción tradicional de “calificación” a la más reciente –de orientación individualizante– de “competencia”:

Si la calificación tal como se materializa en las grillas de clasificación, es en la práctica una propiedad irreversible y duradera, la competencia parece más bien construirse como una propiedad inestable que siempre debe estar sometida a objetivación y validación dentro y fuera del ejercicio del trabajo. Es decir que una gestión basada en las competencias contiene la idea de que un asalariado debe someterse a una validación permanente y probar constantemente su “adecuación al puesto”, su derecho a una promoción o a una movilidad profesional. Tal gestión pretende conciliar el largo plazo de las duraciones de actividades de los asalariados con el tiempo corto de las coyunturas del mercado, de los cambios tecnológicos, ya que todo cambio puede ser revisado.[58]

Semejante mecanismo de validación continua, además de incrementar la incertidumbre del trabajador respecto a su futuro en la empresa, permite fundamentalmente subsumir a la totalidad de la persona al capital. La misma distinción entre la persona y su fuerza de trabajo –que para Marx, recordemos, era central para delimitar el trabajo asalariado del trabajo servil– parece difuminarse en la ambigua noción de “competencia”: ya no se venden solamente un conjunto de capacidades y habilidades delimitadas y especificadas, sino antes que nada una disposición total hacia los requerimientos de la empresa, disposición que será evaluada de un modo permanente.

En consecuencia, lo que adviene es una mercantilización de la personalidad sin precedentes. El taylorismo había tratado a los trabajadores como máquinas, y justamente por esta razón implicaba una delimitación relativamente clara de lo mercantilizable de la persona humana. Con el autoritario one best way el trabajador quedaba sujeto al ritmo y a la forma de trabajo prescrita por la empresa, pero una vez que se acoplaba a esta exigencia no resultaba necesario que interiorizara los valores y objetivos de ella, que intentara mejorar su performance a cada momento o que asumiera nuevas responsabilidades más allá de las especificadas por la dirección. El desapego al trabajo era, por lo tanto, posible: bastaba con limitarse a cumplir las tareas prescritas bajo la vigilancia atenta de los superiores jerárquicos. Por el contrario, los nuevos dispositivos de movilización de los trabajadores hacen que aquello que anteriormente podía quedar recluido en las esferas extra-laborales (familia, amistades, etc.) tenga que ser puesto en juego necesariamente en el espacio de trabajo: espíritu de colaboración, de autosuperación, sentimiento de pertenencia, autonomía, etc. Como señalan Boltanski y Chiapello:

Los nuevos dispositivos (enriquecimiento de las tareas, mejora de las condiciones de trabajo) especialmente justificados por su intención de romper con las formas taylorianas del trabajo, merecidamente consideradas inhumanas, ocupan desde esta perspectiva una posición igualmente ambigua. La taylorización tradicional del trabajo consistía en tratar a los seres humanos como máquinas, pero no permitía poner directamente al servicio de la obtención de beneficio las propiedades más específicas de los seres humanos: sus afectos, su sentido moral, su honor… Por el contrario, los nuevos dispositivos de empresa, que exigen un compromiso más total y se apoyan en una ergonomía más elaborada, que incorpora la integración de las aportaciones de la psicología posconductista y de las ciencias cognitivas, son, precisamente, y en cierto modo por su mayor humanidad, más capaces de penetrar profundamente en la interioridad de las personas, de las que se espera que se “entreguen” –como se dice– a su trabajo, y permiten una instrumentalización y una mercantilización de las personas en lo que éstas poseen de más característicamente humano.[59]

En el capítulo sexto volveremos sobre estas cuestiones cuando abordemos los discursos de la nueva gestión empresarial. Por el momento, estamos en condiciones de empezar a escudriñar algunas consecuencias teóricas de estas transformaciones.

VI. Sobre la vigencia de la teoría del valor y la centralidad del trabajo abstracto: contrapunto con el autonomismo italiano

El autonomismo italiano es una de las corrientes teóricas que en los últimos años más énfasis ha puesto en la necesidad de repensar la teoría crítica marxiana teniendo en cuenta las transformaciones acaecidas en el capitalismo. Naturalmente, excede a los objetivos de esta tesis hacer una revisión exhaustiva de sus ideas –lo cual exigiría remontarse a una compleja genealogía que llega al menos hasta el obrerismo italiano surgido en la década de 1960, así como también analizar los textos de varios de sus expositores, cuyas posiciones no son totalmente coincidentes–. De todas formas, dado que compartimos varias de sus ideas (como podrá haber apreciado el lector atento a las citas), y que coincidimos en la necesidad de repensar sin ortodoxias las categorías marxianas en el actual contexto, nos parece que un contrapunto dialógico con esta corriente será de ayuda para proseguir reflexivamente la explicitación de nuestra perspectiva respecto a la vigencia de la crítica de la economía política. Lo que nos interesa particularmente sobre este punto es discutir la tesis autonomista sobre la “crisis de la teoría del valor” y su vinculación con el uso, por parte de esta corriente, de un concepto de “trabajo” que nos parece problemático.[60]

Una de las tesis centrales del autonomismo es la que plantea una tendencial hegemonía del llamado “trabajo inmaterial”. La misma se daría con el trasfondo de los cambios que venimos discutiendo: la terciarización de la economía, la revolución de las TIC, la organización de las empresas en forma de red, etc. Hardt y Negri –cuyos libros Imperio y Multitud son seguramente los que mejor sistematizan la postura autonomista, además de ser los que le han dado gran popularidad– entienden en primera instancia al trabajo inmaterial como “un trabajo que produce un bien inmaterial, tal como un servicio, un producto cultural, conocimiento o comunicación”.[61] Realizan además una tipología del mismo que nos parece clarificadora:

podemos distinguir tres tipos de trabajo inmaterial que han puesto al sector de servicios en la cima de la economía informática. El primero participa de una producción industrial que se informatizó e incorporó las tecnologías de la comunicación de una manera que transforma el proceso de producción mismo. La fabricación se considera como un servicio, y el trabajo de la producción de bienes durables se mezcla con el trabajo inmaterial, que se hace cada vez más predominante. El segundo es el trabajo inmaterial de las tareas analíticas y simbólicas, que se divide en labores de manipulación creativa e inteligente, por un lado, y en labores simbólicas de rutina, por el otro. Finalmente, el tercer tipo de trabajo inmaterial es el que implica la producción y manipulación de afectos y que requiere el contacto humano (virtual o real), es el trabajo en el modo corporal. Estos son los tres tipos de tarea que lideran la posmodernización de la economía global.[62]

Como puede verse, el concepto de “trabajo inmaterial” tiene al menos la potencialidad heurística de captar y sintetizar varias de las transformaciones de los procesos productivos que tienen lugar en las últimas décadas. Se le ha cuestionado a estos autores, no obstante, el hecho de plantear la hegemonía de un tipo de trabajo que en realidad corresponde a los segmentos más favorecidos de la fuerza de trabajo, que en los hechos representarían una minoría privilegiada ubicada en general en los países centrales y en las ramas más dinámicas de la economía.[63] Respecto a este punto, vale observar que los autonomistas en general plantean dicha hegemonía como una tendencia y no como un hecho consumado. En consecuencia, su preponderancia sería cualitativa antes que cuantitativa:

El trabajo inmaterial es una parte minoritaria del trabajo global y además se concentra en algunas de las regiones dominantes del planeta. Lo que sostenemos es que el trabajo inmaterial ha pasado a ser hegemónico en términos cualitativos, y marca la tendencia a las demás formas de trabajo y a la sociedad misma. En otras palabras, el trabajo inmaterial se encuentra ahora en la situación en que estaba el trabajo industrial hace ciento cincuenta años, cuando representaba una pequeña fracción de la producción global y se hallaba concentrado en una parte reducida del mundo, pese a lo cual ejerció su hegemonía sobre todas las demás formas de producción. Y lo mismo que en aquella fase tendieron a industrializarse todas las formas de trabajo y la sociedad misma, hoy el trabajo y la sociedad se informatizan, se hacen inteligentes, se vuelven comunicativos y afectivos.[64]

Sin desechar esta perspectiva, preferimos aquí –como ya planteamos– mantener una mirada matizada respecto de este punto. Sintetizando lo dicho, las nuevas formas de trabajo más bien coexisten con las otras, y el capital suele sacar provecho de los más diversos modelos productivos (por ejemplo, un taylorismo flexibilizado combinado con formas patriarcales de gestión de la fuerza de trabajo, como sucede en algunos países asiáticos). Hardt y Negri, ciertamente, toman nota de este punto, aclarando sin embargo que estos modelos “periféricos” ocupan una posición subordinada en el conjunto de la economía global, dominada por la producción informatizada de servicios.[65]

Aunque estas aclaraciones resultan valiosas, los críticos del autonomismo como Husson no dejan de tener cierto grado de razón al afirmar que en general estos autores tienden a convertir lo que en primera instancia postulan como una tendencia en algo ya realizado. Lo que sucede es que el autonomismo está particularmente preocupado por mostrar que la hegemonía del “trabajo inmaterial” implica una ruptura tal que torna caducas muchas de las categorías de la crítica de la economía política; de ahí el lugar casi exclusivo que adquiere en sus análisis teóricos. Este es el punto que nos parece más problemático, y el que resulta de particular interés dados los propósitos de esta investigación.

La tesis que defienden Hardt y Negri –y tras ellos la mayor parte de los autonomistas– es que en el contexto posfordista el valor no puede reducirse a una medida objetiva. Esto redundaría no en la extinción, pero sí en la crisis de la teoría del valor, al menos tal como la habría planteado Marx:

Marx propone la relación entre el trabajo y el valor en términos de cantidades correspondientes: cierta cantidad de trabajo abstracto equivale a una cantidad de valor. En otras palabras, según esta ley del valor que define la producción capitalista, el valor se expresa en unidades mensurables y homogéneas del tiempo de trabajo […] Hoy no tiene sentido esa unidad temporal del trabajo como medida del valor. El trabajo sigue siendo la fuente básica del valor en la producción capitalista, eso no ha cambiado, pero necesitamos averiguar de qué tipo de trabajo estamos hablando y cuales son sus temporalidades.[66]

El tipo de trabajo al que refieren es el trabajo inmaterial que, como ya explicamos, para ellos se ha hecho hegemónico con el tránsito al posfordismo. La cuestión radicaría en que el mismo sería inconmensurable. Para aclarar el punto, seguiremos primero la exposición que Hardt y Negri realizan en Multitud para justificar semejante afirmación; lo hacen con una serie de argumentos concatenados.

En primer lugar, Hardt y Negri señalan que con el predominio del trabajo inmaterial ya no resultaría clara la delimitación entre tiempo de trabajo y tiempo de no-trabajo. Para darle plausibilidad a esta afirmación, los autores enumeran algunas prácticas laborales en boga como la flexibilización de los tiempos de trabajo, o la construcción por parte de empresas “de punta” como Microsoft de entornos laborales similares a los del hogar.[67]

En segundo lugar, Hardt y Negri plantean que el trabajo inmaterial en particular no crea los medios para reproducir la vida social sino que al producir imágenes, ideas, conocimientos, comunicación, cooperación y relaciones afectivas, lo que crea es la vida social misma –de ahí que acuñen la expresión con ecos foucaultianos de “producción biopolítica”–. Aunque no explican directamente en qué sentido esta producción de vida no resulta mensurable, nos parece sugestivo el rodeo que dan volviendo sobre un concepto marxiano:

La producción de capital es, hoy de manera más clara y fundamental que nunca, producción de la vida social. Marx también apunta en esa dirección con su concepto de “trabajo vivo”, el fuego en el que se forjan nuestras capacidades creativas. El trabajo vivo es una facultad humana fundamental, la capacidad para intervenir activamente en el mundo y para crear la vida social. Es verdad que el trabajo vivo puede ser capturado por el capital y reducido a fuerza de trabajo […] pero el trabajo vivo siempre es mucho más que eso […] En este punto nos damos cuenta de que esa producción biopolítica, por una parte, no tiene medida, porque no puede cuantificarse en unidades fijas de tiempo, y por otra parte, siempre es excesiva con respecto al valor que consiga extraer de ella el capital, porque el capital nunca puede captar la vida entera. Por esta razón nos vemos en la necesidad de revisar la noción marxista de la relación entre el trabajo y el valor en la producción capitalista.[68]

Cito este extenso párrafo porque me parece que muestra que en la interpretación que Hardt y Negri hacen de Marx lo que opera es un concepto transhistórico de “trabajo”. Expliquemos este punto antes de seguir con el argumento de los autores. Mi postura es que el concepto de “trabajo vivo” como “facultad creativa fundamental” no aclara en absoluto la especificidad del trabajo en el capitalismo, e incluso la oscurece; recordemos que lo mismo habíamos reprochado a los conceptos de trabajo como “acción instrumental” (Habermas) y como “labor” (Arendt). No resulta casual que un poco antes Hardt y Negri señalaran con aprobación que “Marx toma de los clásicos de la economía política, como Adam Smith y David Ricardo, la idea de que el trabajo es el origen del valor y de toda riqueza en la sociedad capitalista”.[69] Volvemos a encontrar aquí los viejos problemas que se derivan de atribuir al trabajo características prometeicas, y de confundir valor y riqueza material.

Esta interpretación de la teoría marxiana se inscribe en el intento –que puede rastrearse en las lecturas de los Grundrisse que Negri hacía a fines de la década de 1970[70] y en el llamado “giro subjetivo” que el obrerismo efectuaba ya en la década anterior[71]– por superar las visiones objetivistas y economicistas de la teoría del valor. Aunque en líneas generales aquí compartimos esta tentativa, la solución autonomista no nos parece satisfactoria. Según estos autores, el trabajo es una figura subjetiva, autónoma y antagonista, ante cuyo poder activo el capital se limita a reaccionar:

La historia de las formas capitalistas siempre es necesariamente una historia reactiva: librado a sus propios designios, el capital nunca abandonaría un régimen de ganancias. En otras palabras, el capitalismo emprende una transformación sistémica sólo cuando se ve obligado a hacerlo y cuando el régimen del momento se hace insostenible. Para comprender el proceso desde su punto de vista activo, tenemos que adoptar el punto de vista del otro lado, esto es, el punto de vista del proletariado […] El proletariado verdaderamente inventa las formas sociales y productivas que el capital estará obligado a tomar en el futuro.[72]

La perspectiva que se deriva de aquí es claramente diferente a la nuestra. Analizar el capitalismo en términos de un antagonismo irreductible entre un polo activo (trabajo) y otro reactivo (capital), implica entender al primero como una figura autónoma y por lo tanto transhistórica. No aparece aquí la dualidad del trabajo, ni su papel (en tanto trabajo abstracto) como mediación social específica: la dominación capitalista se reduce entonces a una relación de tipo personal. Además, la idea de un “trabajo vivo” que se autovaloriza de modo autónomo y cuasi-espontáneo carece de encarnadura histórica y es totalmente vulnerable ante la acusación habermasiana de incurrir en una suerte de “romanticismo” refractario a cualquier tipo de diferenciación. En definitiva, el autonomismo paga un precio demasiado alto en su tentativa de romper con el objetivismo y el economicismo: adopta una posición simétricamente opuesta, que deja en la sombra la especificidad de las relaciones sociales capitalistas. Según nuestro planteo, en cambio, la ruptura con el objetivismo y el economicismo radica en poner de manifiesto que dichas perspectivas en realidad se encuentran ancladas en el tipo de relaciones sociales que predominan en el capitalismo, a las cuales cosifican y fetichizan. El fin de la crítica es develar el carácter histórico y por lo tanto contingente de estas relaciones y las perspectivas que las acompañan, no en disolverlas adoptando una mirada exactamente opuesta.

Sigamos el argumento de Hardt y Negri donde lo habíamos dejado:

El aspecto central del paradigma de la producción inmaterial que necesitamos dilucidar aquí es su estrecha relación con la cooperación, la colaboración y la comunicación: en suma, su fundamento en lo común. Marx insistió en que, históricamente, uno de los grandes elementos progresistas del capital había sido la organización de los ejércitos de obreros en unas relaciones de colaboración productiva. El capitalista los llama a la fábrica, por ejemplo, les enseña a colaborar y a comunicarse en la producción, y pone en sus manos los medios para hacerlo. En el paradigma de la producción inmaterial, por el contrario, es el trabajo mismo el que tiende a producir los medios de interacción, comunicación y cooperación para la producción […] la creación de cooperación se ha convertido en algo interno con respecto al trabajo y es, por tanto, externa en relación con el capital.[73]

El trabajo inmaterial es, entonces, inmediatamente autónomo y cooperativo. Por eso en Imperio se señala que provee un potencial para un “comunismo espontáneo y elemental”.[74] De aquí se parte para afirmar la crisis de la teoría del valor como teoría de la medida del valor:

En la actualidad, una teoría de la relación entre el trabajo y el valor ha de basarse en lo común. Lo común aparece en ambos extremos de la producción inmaterial como condición previa y como resultado […] El trabajo y el valor se han hecho biopolíticos, en el sentido de que vivir y producir tienden a hacerse indistinguibles. En tanto que la vida tiende a quedar completamente absorbida por actos de producción y reproducción, la vida social misma se convierte en una máquina productiva.[75]

Y más adelante, concluyen:

bajo el paradigma de la producción inmaterial, la teoría del valor no puede concebirse en términos de unidades de tiempo, ni la explotación puede entenderse en esos términos. Y así como debemos comprender la producción del valor en función de lo común, también hay que tratar de concebir la explotación como la expropiación de lo común. En otras palabras, lo común se ha convertido en el locus de la plusvalía. La explotación es la apropiación privada de una parte o de la totalidad del valor producido en común.[76]

Estas formulaciones resultan persuasivas, ante todo porque se sostienen en procesos en curso (como la mayor incidencia e importancia del trabajo comunicativo e informacional, la autonomía relativa incluso solicitada por los nuevos dispositivos de gestión empresarial, etc.). Sin embargo, desde el punto de vista teórico plantean algunos problemas. Para empezar, hay que clarificar que lo que están sosteniendo los autonomistas es que el trabajo inmaterial tiene una diferencia específica respecto al trabajo material: el valor que produce no resulta medible en unidades de tiempo abstracto. Si recordamos lo que planteamos en el capítulo segundo, podemos ver que esta idea encierra una confusión. En efecto: lo “material” y lo “inmaterial” aluden a características del “trabajo concreto”. Pero el trabajo sólo puede ser una relación social y producir valor –entendido como forma específicamente capitalista– si se hace abstracción del carácter concreto del trabajo: por eso lo hace como trabajo abstracto. Por el contrario, la idea de una crisis de la teoría del valor como teoría de la medida del valor, implica plantear que un trabajo concreto (“trabajo inmaterial”) puede poner en crisis la medida del valor. El supuesto implícito que opera, entonces, es que el “trabajo abstracto” y el “valor” dependen en definitiva de una cierta configuración del trabajo concreto, y no –como sostuvimos en el capítulo segundo– de la forma histórica (capitalista) en que en un momento determinado se constituyen las relaciones sociales.

Simplificado, el argumento autonomista dice por lo tanto lo siguiente: en el fordismo, el valor resultaba medible en unidades de tiempo porque era producido por un trabajo concreto (material/físico) que también lo era. En el posfordismo, en cambio, el valor no puede medirse porque depende de un trabajo concreto (inmaterial/cognitivo) que no resulta mensurable. En el fondo, entonces, opera aquí la lectura fisiológica de la teoría del valor que rechazamos en el capítulo segundo.

Sin embargo, Hardt y Negri –y en general los autonomistas– luego de desatender estas “sutilezas” conceptuales, se centran en una cuestión en particular: la vinculación entre el trabajo inmaterial y lo común. Vimos que según ellos este tipo de trabajo se basa en la cooperación y la comunicación (“autónomas”), lo cual supuestamente significaría que el valor es producido en común y que por lo tanto el plusvalor y la explotación no pueden determinarse en términos de unidades de tiempo abstracto. Mi posición es que aquí hay nuevamente una utilización bastante problemática de la teoría del valor marxiana, que puede explicitarse mejor analizando la relectura que los autonomistas hacen del que ellos llaman “fragmento sobre las máquinas” (Grundrisse), que nosotros ya citamos e interpretamos.[77]

Los autonomistas interpretan dicho fragmento como una suerte de anticipación del “posfordismo”.[78] En este sistema, el valor ya no podría medirse en referencia al tiempo de trabajo inmediato gastado en la producción, en la medida en que sería el general intellect (y la cooperación inmanente a él) el verdadero sujeto del proceso productivo. Vimos que este era, en efecto, el argumento más fuerte que Hardt y Negri tenían para plantear la “crisis de la teoría del valor”: el valor ya no podría medirse en referencia al tiempo de trabajo inmediato necesario para la producción de una mercancía, ya que sería el trabajo inmaterial como actividad común el que lo produciría. Este argumento conlleva un problema. Una cosa es plantear –en línea con Marx– que el general intellect se ha convertido en la principal fuente de riqueza material (valor de uso). Tampoco plantea problema alguno conceder que el general intellect debe entenderse en un sentido amplio, refiriendo no sólo al capital fijo (trabajo muerto) sino también a los saberes generales de los cuales los individuos sociales vivos son portadores.[79] Lo que de ningún modo me parece aceptable es afirmar que el general intellect es la nueva fuente del valor. Esto anula toda diferencia entre valor de uso y valor de cambio, y con ella también la contradicción que quedaba claramente esbozada en el texto de los Grundrisse: aquella que se establecía entre la riqueza material, ciertamente dependiente, en forma creciente, del general intellect, y el valor, que sin embargo seguía dependiendo del tiempo de trabajo inmediato socialmente necesario.

Si analizamos bien el fragmento, podemos concluir que el capital hace dos cosas, complementarias pero diferentes. Por un lado, se apropia de los conocimientos y habilidades generales acumulados por la especie humana (que pueden estar objetivados en el capital fijo, o bien pueden estar depositados en la fuerza de trabajo como atributos sociales y generales). Por otro lado, explota al trabajo inmediato, haciendo suya una parte del valor producido (plusvalor). Los dos procesos mantienen una relación específica: la apropiación de dichos conocimientos y habilidades permite aumentar progresivamente la productividad del trabajo, con lo cual el valor de uso producido en un determinado tiempo de trabajo social también aumenta; muy por el contrario, el valor producido en ese mismo tiempo permanece, a la larga, constante.[80] Estos dos procesos son fundidos en uno sólo por el autonomismo, mediante un concepto de “explotación” en términos de apropiación (no medible) de lo común. Por lo tanto, un problema del planteo autonomista es que en lugar de detenerse en la tensión dinámica entre ambos procesos, concibe una sucesión histórica de uno a otro: el posfordismo coincidiría con el momento en que el trabajo inmediato cede su lugar en la generación de valor al general intellect.[81] Conclusión necesaria: lo que para nosotros y para Marx constituía una contradicción central del capitalismo, aquí simplemente se disuelve.

En un planteo que sigue estas coordenadas teóricas, queda además desplazado el tipo de dominación específicamente capitalista que gira en torno del papel que cumplen el trabajo abstracto y el valor como mediaciones sociales. Su lugar es ocupado por una forma de dominación personal –“política”– de clase. El “trabajo vivo” –que Hardt y Negri concebían en términos ontológicos como una facultad humana fundamental, una potencia subjetiva que sería fuente de todo valor, riqueza y creatividad– devenido “autónomo” en el posfordismo, se enfrenta entonces al capital, una fuerza reactiva y parasitaria:

El capital se ha convertido en una fuerza hipnotizadora, hechizadora, en un fantasma, en un ídolo: a su alrededor giran procesos radicalmente autónomos de autovalorización y únicamente el poder político logra forzarlos, con la zanahoria o con el palo, para que comiencen a amoldarse a la forma capitalista. La transferencia de lo económico a lo político […] se produce no porque lo económico sea ahora un determinante menos esencial, sino porque únicamente mediante medios políticos se puede substraer a la actividad económica de la tendencia que le lleva a mezclarse con lo social y a realizarse en la autovalorización.[82]

Esta tesis de un trabajo que se “autovaloriza” en forma autónoma no deja de tener su sustento en procesos reales: es cierto, como vimos, que en el posfordismo el “trabajo concreto” tiende a volverse más comunicativo, afectivo e incluso autónomo. Y sin embargo, hemos insistido en que el “trabajo concreto” no es suficiente para entender la naturaleza del trabajo en el capitalismo. Por el contrario, es la abstracción de dicho carácter concreto lo que permite que actividades, productos y capacidades heterogéneas sean reducidos a una medida común homogénea y puestos entonces en relación. En el capítulo segundo, hemos señalado que de aquí deriva la forma de dominación impersonal y abstracta fundamental del capitalismo. En el planteo autonomista esta cuestión tiende a quedar desplazada del análisis y por lo tanto el problema de la dominación es reducido a una puja de poder por el control del “trabajo concreto”. Resulta pertinente la observación crítica que García López realiza al respecto:

La relación instaurada por el modo de producción capitalista entre el trabajo y el trabajador, ¿es, sin embargo, reducible al resultado variable de la interacción entre los actores y sus estrategias, esto es, a una única relación “de fuerza” o “de poder” relativa a la autonomía a ganar para sí, o a arrebatarle al otro, en relación al desempeño efectivo de la actividad? Quizás únicamente si, previamente, ya hemos reducido dicha relación a una de las dimensiones sociales en la que esta se expresa: el taller.[83]

A primera vista esta crítica parece ser rebatible: ¿no es acaso el autonomismo el primero en insistir en que tenemos que salir de la fábrica para entender los procesos contemporáneos en los que se produce el valor? ¿No es en esta dirección que apunta la idea de que se estarían difuminando las fronteras entre tiempo de trabajo y tiempo de no trabajo, y que sería la “vida” entera la que se haría productiva en el “posfordismo”? Y sin embargo, lo que podría decirse es que, precisamente, el autonomismo ejecuta esta operación generalizando la lógica del taller a toda la sociedad: es la lucha por el control del “trabajo concreto” lo que operaría a nivel global. Una lucha que, además, parece ya estar ganada de antemano, en la medida en que el “trabajo concreto”, devenido inmaterial y comunicativo, se ha hecho autónomo.

Ahora bien: ¿interrumpe todo esto las dinámicas de funcionamiento del “trabajo abstracto” y el “valor”, como modos de medir, comparar y jerarquizar las capacidades, las actividades, y los productos? Pensemos en las capacidades de la fuerza de trabajo. Sabemos que según Marx, el valor de la misma se determina como el de cualquier otra mercancía, es decir, por el tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. Aceptemos que las capacidades de esta fuerza de trabajo son tendencialmente más inmateriales: ¿no siguen requiriendo incluso así un determinado tiempo de trabajo social para su producción? La respuesta parece ser afirmativa, y evidentemente nos conduce más allá del taller, hacia los lugares de instrucción y las instituciones educativas, hacia las pautas sociales/culturales de consumo (alimentación, vivienda, entretenimiento, etc.), que condicionan el valor de la fuerza de trabajo en un momento determinado. Por cierto: si entendemos al trabajo como una relación social, no hay que esperar a la hegemonía del “trabajo inmaterial” para salir del taller.

Pensemos ahora en las actividades, en lo que podríamos denominar “trabajo abstracto puesto en acto”. ¿La actividad “inmaterial” no es medible acaso? En realidad, lo es siempre y cuando no sustancialicemos las categorías de análisis. Tal cosa sucede cuando suponemos que las categorías marxianas de “trabajo simple” y “trabajo complejo” refieren a características del trabajo per se. Así, por ejemplo, podríamos entender que el trabajo simple refiere al gasto fisiológico de energía, medible en el tiempo, propio del trabajo manual; por el contrario, el trabajo intelectual o inmaterial sería complejo e incluso no podría operarse con él la reducción a aquel supuesta por Marx.[84] Estamos aquí ante una idea sustancialista de la calificación, que en definitiva deriva de un concepto esencialista de trabajo.

Si postulamos, por el contrario, que el trabajo es una relación social, el “trabajo simple” no refiere a determinadas cualidades esenciales del “trabajo”, sino al nivel de instrucción social medio de la fuerza de trabajo. Con la expansión y estandarización de los sistemas de enseñanza (y también, como señalamos, con la socialización incluso informal de ciertos saberes y habilidades), muchas actividades “inmateriales” son “trabajo simple”. Esto quiere decir que esa unidad de medida se está reconstituyendo permanentemente, ya que es una unidad social, no material-fisiológica.

Pensemos finalmente en los productos, que en el capitalismo adquieren la forma-mercancía. ¿Las mercancías inmateriales no requieren un tiempo de trabajo social para ser producidas? ¿Cómo podrían entonces comportarse como mercancías e intercambiarse? ¿No tendrían valor entonces? El autonomismo insiste en que estas mercancías son producidas en común, y que este “común” no puede medirse. Como ya señalamos cuando analizamos la lectura autonomista del “fragmento sobre las máquinas”, encontramos aquí un problema. En un sentido amplio, la mercancía ya antes de la llegada del “posfordismo” es un producto de lo “común”. El general intellect, sea que se encuentre objetivado en el capital fijo, sea que refiera a las capacidades socialmente generales poseídas por los individuos vivos (trabajo simple), determina el nivel de productividad del trabajo en un momento determinado, que a su vez condiciona la cantidad y cualidad de valores de uso producidos, por ejemplo, por una hora de trabajo. En este sentido, insistimos, la unidad de medida del valor está en permanente reconstitución y es un resultado del desarrollo social, un producto de lo común (la productividad históricamente alcanzada por el trabajo). Y es esta unidad social la que es medida por el tiempo abstracto, uniforme y lineal que caracteriza –como plantemos en el capítulo segundo– a la temporalidad capitalista. Un corolario de esto es que el trabajo inmediato, medido por este tiempo abstracto, se hace cada vez más marginal desde el punto de vista del valor de uso; pero es reconstituido permanentemente como base de la producción de valor. No hay, entonces, contradicción entre lo común y la medida del valor, a no ser que entendamos los conceptos de “valor” y “trabajo abstracto” en términos torpemente fisiológico-materialistas.

En síntesis: entendemos que la contradicción específica del capitalismo no se da entre la medida del valor y lo común, sino entre el valor de uso (tendencialmente producto de lo común) y el valor (que sigue dependiendo del trabajo inmediato). Nuestra posición es que esta contradicción dinámica no ha sido superada, incluso aceptando la supuesta hegemonía del “trabajo inmaterial” en el posfordismo.

Algo de esto recoge uno de los autores emblemáticos –y a mi juicio el más lúcido– de esta corriente. Me refiero a Paolo Virno, quien señala que:

Como había pronosticado el “Fragmento”, el tiempo de fatiga gastado y concedido se ha vuelto un factor productivo marginal. La ciencia, la información, el saber en general y la comunicación lingüística se presentan como el “pilar central” que sostiene la producción y la riqueza; estos, y no ya el tiempo de trabajo. No obstante, este tiempo, o más bien el “robo” de este tiempo, continúa valiendo como parámetro eminente del desarrollo y de la riqueza social. También la salida de la sociedad del trabajo es el teatro de antinomias feroces y de paradojas desconcertantes.[85]

Tenemos entonces acá la contradicción entre valor y riqueza en el núcleo de la lectura sobre el posfordismo:

El tiempo de trabajo es la unidad de medida en vigor, pero ya no es la verdadera unidad. Los movimientos de los años setenta señalaron esta mentira para tratar de sacudirla y abolirla. Quisieron imponer una versión, eminentemente conflictiva, de la tendencia objetiva: reivindicando el derecho al no-trabajo, provocando el carácter parasitario de la actividad bajo el dominio patronal. En el curso de los años ochenta, el sistema establecido ha prevalecido pese a su carácter falaz. Aunque podemos decir […] que la superación de la sociedad del trabajo se da en las formas prescritas por el sistema social basado en el trabajo asalariado […] También aquí, el desplazamiento es real, pero el terreno en el que se lleva a cabo no lo es menos. Pensar conjuntamente los dos aspectos, sin reducir el primero a una pura virtualidad ni el segundo a una simple «costra» extrínseca, ahí está la dificultad que no podemos evitar.[86]

La última afirmación me parece muy importante, ya que sintetiza la posición que aquí se trata de mantener frente a las tesis sobre el “fin del trabajo” (especialmente en sus versiones más radicales como la de Gorz). Por un lado, no podemos dejar de reconocer el énfasis que han puesto estos autores en plantear el “fin del trabajo” –nosotros especificaríamos: el “fin del trabajo abstracto”– como una posibilidad además constatable en ciertos procesos en curso, como la precariedad de la fuerza de trabajo, la desocupación, etc. Un mensaje para los “socialdemócratas”, pero también para la izquierda tradicional, que como señala Virno:

es totalmente inepta para tener un papel en este juego, ya que veía su razón de ser en la permanencia del régimen asalariado, en los conflictos internos a esa articulación de la temporalidad. La salida de la sociedad del trabajo y la posibilidad, que de ahí se deriva, de una batalla que tenga como envite el tiempo sancionan el final de la izquierda. Es preciso tomar acta de ello, sin complacencia, pero también sin lamentaciones.[87]

Y sin embargo, la persistencia del trabajo abstracto/ asalariado es algo más que una carcasa ideológica (como planteaba Gorz). Es el núcleo, la razón de ser del capitalismo como sistema basado en la explotación del trabajo y la apropiación de plusvalor. Si la riqueza (valor de uso) es cada vez más independiente del tiempo de trabajo, la vigencia del valor como forma específica de la riqueza redunda en una creciente explotación del trabajo. De ahí que la recomposición de la tasa de ganancia (variable dependiente de la tasa de explotación de la fuerza de trabajo) en las décadas siguientes a la crisis de la década de 1970 no pueda interpretarse meramente como un efecto de la revolución tecnológica, sino ante todo en relación a la intensificación de los niveles de explotación del trabajo. Recordemos la enseñanza de Marx tal como la recogimos en el capítulo segundo: la dinámica histórica del capitalismo es específica, social y contradictoria. No se puede estudiar como un proceso meramente técnico, porque su finalidad no es la producción de valores de uso sino de plusvalor. La necesidad de mantener dicha tensión específicamente histórica frente a las tesis sobre el “fin del trabajo” es, nuevamente, subrayada por Virno:

La crisis de la sociedad del trabajo no coincide ciertamente con una contracción lineal del tiempo de trabajo. Este último, por el contrario, muestra hoy una inaudita persistencia. Las posiciones de Gorz y Rifkin sobre el “fin del trabajo”, están equivocadas, sembradas de errores de toda clase y lo que es peor, impiden analizar la cuestión que evocan […] El tiempo de trabajo es la unidad de medida vigente, pero ya no es la verdadera. Ignorar uno de los dos lados –subrayar sólo la vigencia o sólo la no-verdad– no nos lleva lejos: en el primer caso ni siquiera nos percatamos de la crisis de la sociedad del trabajo, en el segundo se terminan avalando representaciones más o menos armoniosas à la Gorz o à la Rifkin.[88]

VII. El posfordismo frente a las teorías clásicas sobre la racionalización: nuevas limitaciones para la crítica tradicional del trabajo

De los análisis precedentes, se desprende una cuestión que tiene la mayor relevancia para esta investigación. Me refiero a que la dinámica de desarrollo implicada por el llamado “posfordismo” parece poner en cuestión –o al menos entrar en tensión– con las teorías clásicas sobre el proceso de racionalización o modernización de las sociedades industrializadas. En la primera parte, vimos la exposición que –siguiendo los pasos de Weber– hacía Habermas sobre el tema. Sintéticamente, lo que este autor planteaba era que con la entrada en la modernidad, determinadas esferas se automatizaban respecto de las motivaciones de los individuos. Los subsistemas “Economía” y “Estado” pasaban a regular las cuestiones vinculadas a la “reproducción material” mediante medios de control desanclados del mundo de la vida, como eran el dinero y el poder.

Hemos criticado largamente esta perspectiva. Señalamos en particular los supuestos evolucionistas que encerraba, dependientes a su vez de la utilización de un concepto esencialista de “trabajo”. La contrapusimos con una relectura de Marx que mostraba cómo estos procesos podían interpretarse de un modo distinto, en términos de una lógica de desarrollo específicamente histórica –y también, entonces, contingente–. Y sin embargo, visto el planteo marxiano retrospectivamente, podemos decir que el mismo suponía todavía un proceso unidireccional, aunque circunscripto a dicha lógica específica (capitalista). Esto se hacía patente en el análisis de Marx sobre el pasaje de la subsunción formal a la subsunción real, con la cual el trabajo concreto (dimensión técnico-material) iba a ser moldeado de acuerdo a los requisitos dictados por el proceso de valorización del capital.[89] Esto redundaba en un progresivo vaciamiento de contenido del “trabajo concreto”, al menos desde el punto de vista del individuo, que veía cómo el proceso de trabajo se hacía cada vez más independiente de su control y de sus propias motivaciones. Esta dinámica, en líneas generales, se verificó y reforzó desde principios del siglo XX con la consolidación de los modelos fordistas y tayloristas y la consecuente prescripción minuciosa de los tiempos de trabajo, la parcelación “científica” de tareas, etc. Los análisis de Max Weber, así como los de Arendt y Habermas, deberían ser leídos también con este trasfondo histórico. Sus representaciones se vieron además fortificadas debido a que el llamado “socialismo real” siguió, en líneas generales, una pauta de industrialización con consecuencias similares para el “trabajo concreto”. Lo cual, sin lugar a dudas, reforzó el supuesto, a mi juicio equivocado, de que dicha pauta de desarrollo era históricamente necesaria (un “progreso evolutivo”), ya que parecía verificarse simultáneamente en regímenes distintos respecto a la propiedad de los medios de producción.

Ahora bien: a primera vista, pareciera que esa dinámica compleja que para simplificar rotulamos con el significante “posfordismo” contiene elementos que están en tensión con esta trayectoria histórica del capitalismo (e incluso de los socialismos reales). Recordemos, en este punto, el cambio implícito de perspectiva que comenzaba a producirse en la obra de Gorz a partir del análisis del “posfordismo”, con el cual parecía que la autonomía en el trabajo comenzaba a ser técnicamente posible. Rememoremos también la perplejidad de Dominique Méda ante la perspectiva de una “sociedad de servicios”, donde toda actividad parecía pasible de convertirse en “trabajo” realizador y autoexpresivo. Estos desplazamientos y perplejidades son sintomáticos de lo que, según nuestros términos, es un cambio tendencial en la configuración del “trabajo concreto”.

En efecto: tanto en los nuevos modos de configurar el proceso industrial (toyotismo, acumulación flexible, etc.) como en muchos de los servicios que florecen en la llamada “nueva economía” (signada además por un proceso de terciarización y estructuración empresarial bajo la forma-red) se constata una tendencial inclusión (o “subsunción”, en términos marxianos) de capacidades cognitivas y actitudinales que, según las teorías estándar sobre la “racionalización” o la “modernización”, estaban siendo marginadas progresivamente del “trabajo concreto”, y llevadas entonces a los “entornos” del subsistema económico (al “mundo de la vida” en sentido habermasiano). Lenguaje, comunicación, afectos, cooperación, capacidad de cambiar y adaptarse a lo imprevisto, etc.; estas capacidades están siendo crecientemente solicitadas y subsumidas en el trabajo productivo. Los autonomistas tienen el mérito de haber explorado esta cuestión con agudeza, así como de haber puesto de manifiesto algunas de sus consecuencias. Ya a principios de la década de 1990, el economista italiano Christian Marazzi explicitaba el cortocircuito en que entraba la dicotomía habermasiana entre acción instrumental y acción comunicativa en el seno mismo del trabajo posfordista:

La acción instrumental procede del pensamiento que hace cálculos, de esa racionalidad que excluye juicios de valor, relegándolos a la esfera de la comunicación en cuanto esfera separada, literalmente esfera del “parlamento”, de la mediación discursiva […] Con la entrada en la producción de la comunicación, esta separación o dicotomía entre esfera de la acción instrumental y esfera de la acción comunicativa se ve trastocada, desequilibrada. El trabajo posfordista es un trabajo altamente comunicativo, necesita de un alto grado de capacidades “lingüísticas” para poder ser productivo […] Esto significa que es en el proceso productivo mismo donde se asienta esa capacidad de generalización, ese ir más allá del dato, más allá del acto instrumental-mecánico, que el lenguaje permite efectuar.[90]

Desde un prisma similar, Paolo Virno señala cómo todo aquello que Arendt circunscribía a la acción pasa a ser –contradiciendo las dicotomías planteadas por esta pensadora– parte esencial del propio trabajo asalariado:

La actividad posfordista presupone y, al mismo tiempo, reelabora sin cesar el “espacio de estructura pública” (espacio de la cooperación, precisamente) del que habla Arendt como de la cualidad indispensable requerida tanto para el bailarín como para el hombre político. La “presencia del otro” es, al mismo tiempo, instrumento y objeto del trabajo: es por esto por lo que los procedimientos productivos requieren siempre un cierto grado de virtuosismo y se asemejan a verdaderas acciones políticas. La intelectualidad de masa […] está llamada a ejercer el arte de lo posible, a afrontar lo imprevisto, a beneficiarse de la ocasión […] En el fondo, el eslogan capitalista sobre la “calidad total”, ¿significa otra cosa que la petición de poner a trabajar a todo lo que tradicionalmente se exilia del trabajo, a saber, la habilidad comunicativa y el gusto por la Acción? Y, ¿cómo puede integrarse en el proceso productivo toda la experiencia del individuo si no es obligando a este último a una secuencia de variaciones sobre un tema, performances, improvisaciones?[91]

Podríamos decir entonces que el posfordismo (incluso cuando sea sólo una tendencia restringida a ciertos ámbitos), pone en tensión a las teorías clásicas sobre la racionalización o modernización de la producción. Junto con ellas, quedan cuestionadas también las dicotomías centrales que sostenían la “crítica tradicional al trabajo”. Las limitaciones fundamentales de dicha crítica y particularmente de su concepto de “trabajo” hoy se están poniendo de manifiesto como nunca antes.

En el capítulo sexto exploraremos con detalle esta cuestión: mostraremos cómo la crítica tradicional del trabajo hoy aparece, paradójicamente, en el seno mismo de los discursos del management empresarial. Veremos que estos discursos critican la reducción del trabajo, sea a “acción instrumental” (Habermas), sea a un conjunto de gestos reproductivos (Arendt), sea a una acción heterónoma prescrita de antemano (Gorz). Y culminan con una exhortación: que todo aquello que dicha crítica llamaba a desarrollar por fuera del trabajo (en la acción arendtiana, en la acción comunicativa habermasiana, en la esfera de autonomía gorziana, etc.) sea ahora puesto en práctica en el seno mismo del trabajo asalariado. Veremos cómo estos discursos acompañan, refuerzan y legitiman la ya analizada subsunción por el capital de nuevas y viejas capacidades cognitivas, actitudinales, etc. Pero es importante ir tomando nota de lo siguiente: en el capitalismo actual, la crítica tradicional del trabajo ha sido interiorizada por el sistema y por los discursos que lo legitiman; ha quedado, por lo tanto, parcialmente neutralizada en lo que hace a sus potencialidades críticas frente al mismo.

Antes de pasar a analizar con detalle esta cuestión, tenemos que continuar nuestra aproximación a la configuración del capitalismo actual. Si en este capítulo hemos seguido como hilo conductor las transformaciones (y también continuidades) en los procesos productivos, en el próximo abordaremos el problema del consumo, entendido como otra de las dimensiones (o como otro “momento”, para utilizar un término más dialéctico) pertinentes para el abordaje crítico del capitalismo en curso.


  1. Véanse por ejemplo: ANTUNES, Ricardo, Los sentidos del trabajo, ob. cit., cap. IV; GODIO, Julio, Sociología del trabajo y política, Buenos Aires, Atuel, 2001, pp. 69-84 y 214-217; NEFFA, Julio, Los paradigmas productivos taylorista y fordista y su crisis, ob. cit. (especialmente tercera parte); y CORIAT, Benjamin, El taller y el robot. Ensayos sobre el fordismo y la producción en masa en la era de la electrónica, México, Siglo XXI, 1993.
  2. Surgida en Francia en la década de 1970, la Escuela de la Regulación parte de la necesidad de esbozar una teoría que logre explicar satisfactoriamente la crisis que el capitalismo experimentaba en dicha época. Reconoce una fuerte influencia del marxismo, al cual sin embargo intenta reformular para lograr dar cuenta de las distintas modalidades que adquiere el capitalismo en su historia, procurando de este modo dar un anclaje histórico y específico a las leyes y tendencias que Marx había planteado de un modo abstracto y general. Algunos representantes clave de la escuela son Michel Aglietta, Robert Boyer, Alain Lipietz y Benjamin Coriat. Para una exposición sistemática de sus fundamentos teóricos, véanse por ejemplo ALTAMIRA, César, Los marxismos del nuevo siglo, Buenos Aires, Biblos, 2006, cap. 1; y BOYER, Robert, Crisis y regímenes de crecimiento: una introducción a la teoría de la regulación, Buenos Aires, Miño y Dávila editores, 2007.
  3. HARVEY, David, La condición…, ob. cit., pp. 143-144.
  4. Ibíd., p. 144.
  5. Véase NEFFA, Julio, Los paradigmas…, ob. cit., p. 105.
  6. En efecto: uno de los objetivos de Taylor era contrarrestar la fuerza de los obreros de oficio estadounidenses –organizados y sindicalizados– abriendo la posibilidad al ingreso de una mano de obra poco calificada y sin especialización (en general inmigrantes), carente además de organización sindical y política. Sobre este punto, véase CORIAT, Benjamin, El taller y el cronómetro. Ensayo sobre el taylorismo, el fordismo y la producción en masa, Madrid, Siglo XXI, 2001, pp. 24-33.
  7. Véanse ibíd., pp. 55-59; y NEFFA, Julio, Los paradigmas…, ob. cit., p. 108.
  8. NEFFA, Julio, Los paradigmas..., ob. cit., p. 111.
  9. Véase HARVEY, David, La condición…, ob. cit., pp. 150-152.
  10. Citado en NEFFA, Julio, Los paradigmas…, ob. cit., pp. 110-111.
  11. CASTELLS, Manuel, La era…, Vol. 1, ob. cit., p. 204.
  12. Véase PIORE, Michael y SABEL, Charles, La segunda ruptura industrial, Madrid, Alianza, 1990.
  13. Véase CORIAT, Benjamin, El taller y el robot, ob. cit., cap. 2.
  14. Ibíd., pp. 151-160.
  15. Véase CASTELLS, Manuel, La era…, Vol. 1, ob. cit., p. 210.
  16. Según Antunes, la empresa toyotista terceriza cerca del 75% de la producción, contra el 25% de la fordista (véase Los sentidos…, ob. cit., p. 41).
  17. CASTELLS, Manuel, La era…, Vol. 1, ob. cit., pp. 205-207. Boltanski y Chiapello llegan a la misma conclusión analizando el caso francés: “la menor concentración del tejido productivo no es, por tanto, más que aparente, en la medida en que desaparece desde el momento en que se plantea la cuestión en términos de grupos” (BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, El nuevo espíritu del capitalismo, Madrid, Akal, 2002, p. 307).
  18. Véase HARDT, Michael y NEGRI, Antonio, Imperio, ob. cit., p. 257.
  19. Véase CORIAT, Benjamin, Pensar al revés: trabajo y organización en la empresa japonesa, Madrid, Siglo XXI, 2006.
  20. Ibíd., p. 57.
  21. Véase GORZ, André, Metamorfosis…, ob. cit., pp. 108-109.
  22. Véase CORIAT, Benjamin, Pensar al revés…, ob. cit., pp. 47-48.
  23. VIRNO, Paolo, Gramática de la multitud, Buenos Aires, Colihue, 2003, p. 85.
  24. Véase CASTELLS, Manuel, La era…, Vol. 1, ob. cit., p. 223.
  25. Véase ibíd., p. 224.
  26. Véase HUSSON, Michel, “¿Hemos entrado en el capitalismo cognitivo?” [en línea]. En: http://marxismocritico.com/2011/11/28/hemos-entrado-en-el-capitalismo-cognitivo/ (último acceso: 22/05/12).
  27. Véase NEFFA, Julio, El trabajo humano, ob. cit., p. 203.
  28. Véase CASTELLS, Manuel, La era…, Vol. 1, ob. cit., p. 269.
  29. HARDT, Michael y NEGRI, Antonio, Imperio, ob. cit., p. 254.
  30. FUMAGALLI, Andrea, Bioeconomía y capitalismo. Hacia un nuevo paradigma de acumulación, Madrid, Traficantes de Sueños, 2010, p. 171.
  31. Véase LAZZARATO, Maurizio y NEGRI, Antonio, “Trabajo inmaterial y subjetividad”, en Trabajo inmaterial…, ob. cit., p. 26.
  32. Véase GODIO, Julio, Sociología del trabajo…, ob. cit., p. 25.
  33. Sobre este movimiento categorial en la crítica social desde la década de 1980, véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, El nuevo espíritu…, ob. cit., pp. 444-450.
  34. En los países de la OCDE, el PBI crece en la década de 1960 a una tasa anual promedio del 5,3%, mientras que en la de 1980 apenas lo hace al 3,2% para disminuir aun más en la primera mitad de la década siguiente (2,2%). Véase ARCEO, Enrique, “El fin de un peculiar…”, ob. cit., p. 21.
  35. Véase CASTELLS, Manuel, La era…, Vol. 1, ob. cit., p. 116.
  36. ARCEO, Enrique, ob. cit., p. 22.
  37. Véase CASTELLS, Manuel, La era…, Vol. 1, ob. cit., pp. 114-128.
  38. Véase BERALDI, Franco, La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global, Madrid, Traficantes de Sueños, 2003, cap. 1.
  39. Véase supra, capítulo tercero, apartado I.
  40. Véase CASTELLS, Manuel, La era…, Vol. 1, ob. cit., p. 342.
  41. Ibíd., pp. 342-343.
  42. ANTUNES, Ricardo, Los sentidos…, ob. cit., p. 43 (la cursiva es mía).
  43. Véanse por ejemplo CASTEL, Robert, Las metamorfosis…, ob. cit., p. 411; CASTELLS, Manuel, La era…, Vol. 1, ob. cit., p. 337; GORZ, André, Miserias del presente…, ob. cit., p. 58; HARVEY, David, La condición…, ob. cit., p. 175.
  44. Véase OIT, Cambios en el mundo del trabajo, ob. cit., p. 13.
  45. Sobre cómo en el “posfordismo” conviven los más variados modelos productivos, véanse HARVEY, David, La condición…, ob. cit., pp. 175-179; GODIO, Julio, Sociología del trabajo…, ob. cit., pp. 83-84; y VIRNO, Paolo, Gramática…, ob. cit., pp. 119-121.
  46. En este sentido, y para no contribuir a la estrategia del miedo, es conveniente no exagerar algunos de estos fenómenos. Así, por ejemplo, la OIT estimaba en 2006 que, en promedio, las industrias manufactureras más vulnerables ante la competencia de los productores de bajos costos representaban sólo el 4% del empleo total en los países de la OCDE (véase OIT, Cambios en el mundo del trabajo, ob. cit., p. 14). Una cifra que no hay que despreciar, pero que sin embargo es menos dramática de lo que muchas veces se supone.
  47. Véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, El nuevo espíritu…, ob. cit., pp. 281-283.
  48. Sobre la intensificación de la explotación en los nuevos modelos organizativos, véanse por ejemplo: ANTUNES, Ricardo, Los sentidos…, ob. cit., pp. 38-46; BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., pp. 347-357; y NEFFA, Julio, El trabajo…, ob. cit., pp. 203-211.
  49. Véase RAPOPORT, Mario y BRENTA, Noemí, ob. cit., pp. 140-144 y 164-168.
  50. Véase HARVEY, David, La condición…, ob. cit., p. 212.
  51. ZUKERFELD, Mariano, Capitalismo y conocimiento [en línea], Vol. II, p. 250. En: http://capitalismoyconocimiento.wordpress.com/ (último acceso: 15/10/18).
  52. Sobre la creciente individualización de las remuneraciones como resultado de una relación de fuerzas favorable al capital, véanse BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., pp. 354-355; y CASTELLS, Manuel, La era…, Vol. 1, ob. cit., pp. 322 y ss.
  53. Véase por ejemplo NEGRI, Antonio, “La teoría del valor-trabajo: crisis y problemas de reconstrucción en la modernidad”, en GUATTARI, Félix y NEGRI, Antonio, Las verdades nómadas & General intellect, poder constituyente, comunismo, Madrid, Akal, 1999, pp. 120-121.
  54. Véase supra, capítulo segundo, apartado IV.
  55. Véanse algunos datos al respecto en ZUKERFELD, Mariano, ob. cit., Vol. II, pp. 243-247.
  56. Como señala el traductor Pedro Scaron en MARX, Karl, El capital, Libro I Capítulo VI (inédito), ob. cit., p. XV.
  57. GODIO, Julio, ob. cit., p. 81.
  58. TANGUY, Lucie, “De la evaluación de los puestos de trabajo a la de las cualidades de los trabajadores: definiciones y usos de la noción de competencias”, en DE LA GARZA TOLEDO, Enrique y NEFFA, Julio (comps.), El futuro del trabajo- el trabajo del futuro, Buenos Aires, CLACSO, 2003, p. 122.
  59. BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., pp. 589-590.
  60. Vale aclarar que nos ceñimos a discutir estas cuestiones en particular porque son las que resultan relevantes en el marco de esta tesis, y no porque sean las únicas que nos parecen discutibles.
  61. HARDT, Michael y NEGRI, Antonio, Imperio, ob. cit., p. 258.
  62. Ibíd., p. 260.
  63. Por ejemplo HUSSON, Michel, “Cinco críticas a las tesis del capitalismo cognitivo” [en línea], en Viento Sur (sección web). En: https://vientosur.info/spip.php?article176 (último acceso: 19/10/18).
  64. HARDT, Michael y NEGRI, Antonio, Multitud, Buenos Aires, Debate, 2004, p. 138.
  65. Véase Imperio, ob. cit., pp. 254-256.
  66. HARDT, Michael y NEGRI, Antonio, Multitud, ob. cit., p. 176.
  67. Ibíd., p. 177.
  68. Ibíd., pp. 177-178.
  69. Ibíd., 175-176.
  70. Véase NEGRI, Antonio, Marx más allá de Marx, Madrid, Akal, 2001.
  71. Me refiero al giro metodológico que caracteriza a la tradición del obrerismo italiano en que se inscribe Negri, consistente en colocar a la lucha de la clase trabajadora como determinante del desarrollo capitalista. Sobre este punto, véase ALTAMIRA, César, Los marxismos…, ob. cit., pp. 118 y ss. Para una visión crítica al respecto, que en parte compartimos, véase HOLLOWAY, John, Cambiar el mundo sin tomar el poder, Buenos Aires, Herramienta, 2005, pp. 231 y ss.
  72. HARDT, Michael y NEGRI, Antonio, Imperio, ob. cit., pp. 237-238.
  73. HARDT, Michael y NEGRI, Antonio, Multitud, ob. cit., p. 178.
  74. Ob. cit., p. 260. En la misma línea, Paolo Virno plantea que el posfordismo es el “comunismo del capital” (véase Gramática de la multitud, ob. cit., pp. 127-130).
  75. HARDT, Michael y NEGRI, Antonio, Multitud, ob. cit., p. 179
  76. Ibíd., p. 181.
  77. Véase supra, capítulo segundo, apartado VI. También discutimos el uso que de él hacían Habermas (véase ibíd.) y Gorz (véase supra, capítulo tercero, apartado II.2.b.). La relectura de este último es bastante similar a la que hace el autonomismo, por lo cual lo que sigue retoma y amplía críticas ya formuladas allí.
  78. Pueden consultarse al respecto: LAZZARATO, Maurizio y NEGRI, Antonio, “trabajo inmaterial y subjetividad”, en Trabajo inmaterial…, ob. cit., pp. 13-15; VIRNO, Paolo, Virtuosismo y revolución: la acción política en la era del desencanto, Madrid, Traficantes de Sueños, 2003, pp. 77-87; y VERCELLONE, Carlo, “From Formal Subsumption to General Intellect: Elements for a Marxist Reading of the Thesis of Cognitive Capitalism” [en línea], en Historical Materialism, Nº 15, 2007, pp. 13-36. En: http://www.generation-online.org/c/fc_rent5.pdf (último acceso: 24/06/2012).
  79. Hago alusión a la limitación que Virno ve en el texto de Marx: “Para reactivar su potencia política, es importante poner en acción una crítica de fondo del «Fragmento». Será esta: Marx ha identificado totalmente el general intellect (o al menos el saber en tanto principal fuerza productiva) con el capital fijo, desdeñando así la parte
    en la que el propio general intellect se presenta por el contrario como trabajo vivo. Lo que precisamente hoy es el aspecto decisivo.” (VIRNO, Paolo, Virtuosismo y revolución…, ob. cit., p. 85). Añado que, aunque coincido con el espíritu del texto, me parece teóricamente confusa la afirmación de que el “general intellect se presenta como trabajo vivo”: yo más bien afirmaría que se presenta también como atributo social de la fuerza de trabajo.
  80. Esto que parece complejo, puede entenderse si recordamos el simple ejemplo sobre la adopción del telar de vapor que daba Marx en El capital (véase supra, capítulo segundo, apartado III). Una vez adoptado el mismo, la productividad del trabajo asciende al doble, con lo cual ahora basta la mitad del trabajo social que antes para producir el mismo valor de uso. No obstante, el valor no aumenta en esa proporción: una vez que la utilización de la invención se generaliza, el valor de la mercancía desciende a la mitad. En otras palabras: el valor producido por una hora de trabajo social permanece, a la larga, constante, y lo que cambia es la cantidad de valor de uso producido en esa hora. Para un análisis minucioso de las consecuencias de esta dialéctica entre el trabajo y el tiempo, véase POSTONE, Moishe, Tiempo…, ob. cit., cap. 8.
  81. Esta idea de una sucesión lineal de uno a otro recuerda al planteo de Habermas que ya analizamos críticamente, según el cual habría un pasaje en la producción de valor, desde el trabajo vivo hacia el capital fijo (véanse supra, capítulo primero, apartado II.2 y las notas pertinentes en el capítulo segundo, apartado VI). Lo que distingue al autonomismo de la postura habermasiana es el énfasis que coloca en que el general intellect no sólo es capital fijo sino fundamentalmente trabajo vivo (cooperativo, común). En este sentido, el autonomismo puede mantener la centralidad de conceptos como los de “trabajo” y “explotación”, aunque con significados que, como estamos argumentando, nos parecen bastante problemáticos.
  82. NEGRI, Antonio: “Interpretación de la situación de clase hoy: aspectos metodológicos”, en GUATTARI, Félix y NEGRI, Antonio, Las verdades nómadas…, ob. cit., p. 102.
  83. GARCÍA LÓPEZ, Jorge, El trabajo como relación social…, ob. cit., pp. 224-225.
  84. Esta parece ser la idea de Negri, que señala que el trabajo intelectual no puede reducirse a unidades de trabajo simple (véase NEGRI, Antonio, “La teoría del valor-trabajo…”, ob. cit., pp. 120-121).
  85. VIRNO, Paolo, Virtuosismo…, ob. cit., p. 81.
  86. Ibíd.
  87. Ibíd., p. 83.
  88. VIRNO, Paolo, Gramática…, ob. cit., pp. 113-114.
  89. Para este tema, véase supra, capítulo segundo, parágrafo V.
  90. MARAZZI, Christian, El sitio de los calcetines. El giro lingüístico de la economía y sus efectos sobre la política, Madrid, Akal, 2003, p. 28.
  91. VIRNO, Paolo, Virtuosismo…, ob. cit., pp. 94-95.


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