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Presentación

I. El recorrido de la investigación

Los interrogantes que finalmente darían lugar a esta investigación surgieron tras una serie de discusiones respecto de los cambios en el capitalismo y el mundo del trabajo que tuvieron como marco un seminario de grado de la carrera de Filosofía de la UBA dictado en el año 2003 por el Dr. Mario Heler, titulado –en referencia a un capítulo de un libro de Zygmunt Bauman–[1] “De la ética del trabajo a la estética del consumo”. La idea general que resultaba interpelante en estas discusiones era la que planteaba que la sociedad moderna capitalista, fundada en la explotación del trabajo asalariado en la industria, estaría atravesando una metamorfosis significativa que incluso anunciaría el advenimiento de un tipo de sociedad radicalmente diferente. El interés por una idea semejante no estribaba solamente en sus evidentes connotaciones políticas, sino también y al mismo tiempo en el desafío teórico que representaba: un período de transición hacia algo novedoso no puede sino conllevar la puesta en cuestión de las categorías con las cuales se ha intentado en el pasado interpretar el mundo social.

De entre las líneas interpretativas que compartían dicha idea de que en el capitalismo se estaba abriendo una etapa diferente que anunciaba una reconfiguración importante de las relaciones laborales, una de las más radicales era aquella que, a grandes rasgos, sostenía que la revolución tecnológica en marcha estaba tornando obsoleto el modelo de sociedad industrial tradicional organizado alrededor del trabajo asalariado y su explotación por el capital. Se suponía que este modelo de “sociedad del trabajo”[2] sería reemplazado entonces, tarde o temprano, por otro en el que las relaciones sociales y económicas se estructurarían en base a principios diferentes a los implicados por el trabajo asalariado. Esta línea –que sobre todo tras la publicación del libro de Rifkin[3] en 1995 se populariza como la tesis sobre el “fin del trabajo”– llamaba además a reflexionar acerca de la vigencia de categorías tan importantes como las de “explotación”, “valor” y, por supuesto, la de “trabajo”.

Por entonces, el debate sobre el “fin del trabajo” tenía una presencia considerable en las discusiones académicas. Muestra de ello es la atención que le dieron intelectuales europeos de importante trayectoria como Robert Castel[4] y Manuel Castells,[5] aunque más no fuera para criticar duramente estas posiciones. El debate llegó también a Latinoamérica y a nuestro país, en un contexto particular –la crisis económica de principios de milenio– que resultaba propicio para una discusión de este calibre. Se pueden destacar, en este punto, las contribuciones al respecto de referentes de la sociología del trabajo latinoamericana como Ricardo Antunes,[6] Julio César Neffa[7] y Enrique De La Garza.[8] La cuestión más discutida de estas posiciones era la de su sustento empírico, precisamente su punto más débil. Probablemente el libro de Rifkin –algo exagerado en sus proyecciones– haya sido uno de los responsables de que el debate tomara esta dirección y de que, unos años después, desapareciera en buena medida de la escena.

Sin embargo, se pensó entonces y se sigue pensando –y espero que este trabajo contribuya a que el lector se convenza de esto– que dicho debate posee ricas aristas que merecen ser estudiadas, ya no tanto desde una perspectiva empírica sino antes que nada desde una mirada interpretativa y problemática como la que pueden ofrecer la teoría y la filosofía social y política. Pues las tesis sobre el “fin del trabajo” –aunque seguramente no tanto en sus versiones mediático-alarmistas sino más precisamente en las plumas de filósofos sociales como Gorz, Habermas y Méda– plantean interrogantes que siguen siendo esenciales: sobre la naturaleza del capitalismo y su futuro, sobre aquello que podría constituirse en un ideal deseable a alcanzar en lo que a la estructuración de las relaciones sociales respecta, sobre el lugar de la economía y su relación con la política, sobre el modo en que se piensan las actividades que se realizan en la esfera pública y social, sobre las posibilidades de transformación social, sobre el rol de las ciencias sociales y humanas, etc.

Por otra parte, en la investigación ejerció una influencia considerable una segunda línea interpretativa que venía también explorando estos interrogantes desde una perspectiva que dialogaba y se nutría de la teoría social y la filosofía política: la del denominado “autonomismo italiano”, que entendía que lo que estaba en marcha era una reconfiguración radical del capitalismo motorizada por la pérdida de centralidad del trabajo industrial y la consecuente hegemonía del llamado “trabajo inmaterial”, lo cual a la vez permitiría entrever la emergencia de un nuevo sujeto político, que Hardt y Negri denominarían “multitud”.[9]

Lo que resultaba interesante de la lectura de estas dos líneas era que aunque ambas analizaban los mismos fenómenos históricos y sostenían la tesis general de que se estaba transitando hacia otro tipo de sociedad, llegaban a conclusiones muy diferentes en lo que al lugar central del trabajo respecta. Dicho muy someramente, mientras para las tesis del “fin del trabajo” el mismo perdía centralidad y debía ser relegado por otras actividades vitales, para el autonomismo el trabajo sufría una metamorfosis con la cual, lejos de desaparecer, pasaba a invadir el conjunto de la vida social. Y una contradicción similar se daba entre ambas líneas en lo que al proletariado como sujeto político respecta. ¿Cómo explicar esta diferencia?

En este punto de la indagación comenzaba a hacerse evidente que no había modo de ingresar con cierta claridad teórica en los debates actuales sobre el trabajo si antes no se problematizaba el concepto. Pues de dicha conceptualización –incluso no siendo totalmente explícita– parecía depender, en buena medida, la posición que finalmente los autores asumían. Y en relación a esto, aparecía un nuevo interrogante, pero que no era un concepto sino un nombre propio: Karl Marx. Porque este autor también emergía como una suerte de divisoria de aguas en las discusiones. A grandes rasgos, quienes auguraban la pérdida de centralidad del trabajo criticaban a Marx, mientras que aquellos que defendían su persistencia reivindicaban a la vez el pensamiento de este autor. Y aquí no sólo habría que contar a los autonomistas, sino también a algunos autores –por ejemplo Antunes– que escribieron libros o artículos para criticar específicamente las tesis sobre el “fin del trabajo”.

Fueron estas coordenadas básicas las que llevaron a que la investigación tuviera que remontarse más atrás de las discusiones actuales, hacia el modo en que distintas vertientes de la teoría social clásica y contemporánea trataban el concepto de “trabajo”. En particular, se hacía necesario un estudio más sistemático de las obras de Marx sobre crítica de la economía política, empezando por El capital, pero también los Manuscritos de economía y filosofía y los Grundrisse. Por otro lado, las referencias de los teóricos del “fin del trabajo” llevaban de un modo inequívoco a las teorías sobre la sociedad moderna esbozadas por Hannah Arendt y Jürgen Habermas, así como a sus sendas críticas a Marx. La investigación aquí se guiaba por la hipótesis de que entre Marx por un lado, y Arendt/ Habermas por el otro, había en juego una discusión sobre la naturaleza de las sociedades modernas que tenía en el modo en que se abordaba el concepto de “trabajo” uno de sus núcleos explicativos, y que a esta discusión seguirían estando en buena medida atados los debates actuales sobre la centralidad del trabajo. Sin embargo, esta hipótesis planteaba en principio dos riesgos, que luego se convertirían en dos desafíos a enfrentar.

Primer riesgo: la posible reducción del debate a una cuestión meramente terminológica, lo cual llevaría a sostener que las diferencias entre los planteos obedecen simplemente a que el término “trabajo” ha sido definido de una manera distinta en cada uno de ellos. Un estudio que partiera de esta premisa, lo máximo a que podría aspirar es a clarificar los términos del debate para finalmente disolverlo: se mostraría entonces que la discusión es “falsa” en el sentido de que, en realidad, no se está hablando de lo mismo mientras se cree erróneamente estar haciéndolo. Se trata de un modo de proceder que evidentemente recuerda a lo que el positivismo lógico pretendía hacer con la metafísica: aclarar los términos y las definiciones para disolver los problemas metafísicos mostrando que en realidad son “pseudoproblemas”. Frente a esta posibilidad, emergía un desafío: plantear el debate de modo tal que se pusieran de manifiesto diferencias conceptuales que encerraban algo más que pseudodiscusiones sobre términos polivalentes.

Segundo riesgo: dejarse seducir por el camino fácil a que podría invitar el esencialismo filosófico y/o antropológico. Con esto me refiero a la operación de justificar la pertinencia de un término por su arraigo en algún tipo de esencia. Tradicionalmente, la filosofía buscó fundamentar la correspondencia entre las palabras y las cosas con la referencia a instancias esenciales, como la substancia (antigüedad), Dios (cristianismo) o el hombre (modernidad). Ahora bien: como mostraron desde diferentes perspectivas autores como Foucault,[10] Baudrillard[11] y también –como podremos ver en esta investigación– algunos de los pensadores que intervienen en el debate sobre el “fin del trabajo”, el concepto de “trabajo” ha sido defendido con frecuencia –y sobre todo desde una parte importante de la tradición marxista– apelando a la idea de una esencia humana. Desde este prisma, el “trabajo” sería un atributo esencial del “hombre”, y eso explicaría su centralidad. Por lo tanto, cuando se discute el concepto de “trabajo” el esencialismo acecha con sus riesgos inmanentes: la deshistorización del debate e incluso el dogmatismo de una posición que se defiende en referencia a fundamentos inamovibles. El desafío concomitante: abordar el “trabajo” sin apelar a esencialismos, lo cual conlleva atreverse a pensarlo sin las certezas que los mismos facilitan.[12]

Finalmente, el rumbo de la investigación comenzó a encaminarse a partir de la hipótesis de que para sortear estos problemas y encarar estos desafíos había que abordar la discusión sobre el concepto de “trabajo” desde la perspectiva de una teoría crítica. ¿Qué significa esto? Puede ensayarse una respuesta preliminar apelando al rico diálogo que Foucault mantiene con la crítica kantiana:

si la cuestión kantiana era saber qué límites debe renunciar a franquear el conocimiento, me parece que la cuestión crítica hoy debe ser invertida como cuestión positiva: en lo que nos es dado como universal, necesario, obligatorio, cuál es la parte de lo que es singular, contingente y debido a coacciones arbitrarias. Se trata en suma de transformar la crítica en la forma de la limitación necesaria en una crítica práctica en la forma del franqueamiento posible.[13]

Una teoría crítica es, antes que nada, un modo particular de relacionarnos con un objeto de investigación y, por extensión, con nuestro mundo en general. Al contrario de la crítica kantiana –que como es sabido buscaba explicar y justificar el modo de proceder de las “ciencias positivas” y en particular de la física newtoniana– una teoría crítica se basa así en el cuestionamiento de lo que aparece como dado y que, en tanto tal, limita nuestras posibilidades no sólo de pensar sino también y ante todo de actuar. Y este cuestionamiento radica en poner de manifiesto la parte contingente de lo dado para así poder avizorar las posibilidades inmanentes del presente. A grandes rasgos, es en este sentido, tributario no sólo de Foucault sino también de una amplia tradición de la filosofía y la teoría social –la Escuela de Frankfurt es otra referencia obvia, mas no la única– que se va a entender aquí el papel de una teoría crítica.

Asumir el desafío de delinear una teoría crítica del trabajo implica tomar distancia también del supuesto ingenuo –todavía operante en el positivismo– de la existencia de una relación transparente de correspondencia entre el concepto y el objeto. La célebre afirmación de Nietzsche según la cual “no hay hechos, solamente interpretaciones”,[14] es también el punto de partida de una teoría crítica. Pero no se trata de una cuestión meramente epistemológica, sino también y al mismo tiempo política. Porque como muy bien lo vio la Escuela de Frankfurt, aceptar como horizonte último de la indagación el objeto tal como parece presentarse en la experiencia, es también una forma de cosificar lo existente. Es aquí donde incluso cobra cierto sentido la apelación al esencialismo metafísico como modo de evitar esta cosificación: frente al imperio incuestionado de lo existente, la vuelta a un supuesto origen que ha sido opacado y olvidado podría parecer una alternativa. Sin embargo, una tentativa tal plantea hoy serios inconvenientes teóricos –como ya se señaló– y por lo tanto desde nuestra perspectiva no resulta viable.

Es en este punto que debe enfrentarse la segunda parte –la más problemática por cierto– de la afirmación nietzscheana: ¿cómo elegir entre la emergente multiplicidad de interpretaciones? Lo que una perspectiva crítica deberá juzgar en una teoría sobre el “trabajo” es su capacidad para desnaturalizar la configuración que adquiere lo dado (momento negativo) y avizorar al mismo tiempo las alternativas posibles que emergerían frente a él (momento positivo). Los dos aspectos son imprescindibles y complementarios pues, como señala Adorno, “quien sin hacer distinciones y sin perspectiva de lo posible acusa de inanidad a lo que es contribuye a la actividad embrutecida.”[15]

Este recorrido en la investigación es el que en gran medida explica los objetivos y la estructuración de la obra resultante, que a continuación procedemos a explicitar y justificar. Antes de ello, y como epílogo de este apartado, cabe enfatizar que a lo largo del escrito se ha tratado de mantener una mirada problemática y reflexiva que busca deshacer los caminos trillados del pensar, proponer otras modalidades de recorrer interrogantes ya planteados y en lo posible formular otros nuevos. El “hacia” que antecede en el título de este trabajo no es simple modestia intelectual, sino que responde a una convicción profunda sobre el quehacer crítico-filosófico, estrechamente vinculada a la necesidad de mantener fidelidad al movimiento reflexivo del pensar. Una teoría crítica, cabe arriesgar, nunca puede pretenderse acabada y definitiva, sino que se encuentra siempre en estado de problema.

II. Estructura de la obra

Con el recorrido que explicitamos a continuación se pretende contribuir al propósito básico y general mentado en el título: delinear los contornos fundamentales de una teoría con potencialidades crítico-hermenéuticas para indagar el lugar del trabajo en el capitalismo contemporáneo. Este propósito es cumplimentado manteniendo a la vez un intercambio dialógico con las tesis sobre el “fin del trabajo”: el estudio crítico de las mismas es el otro propósito, más específico, de esta investigación.

La primera parte (dividida a su vez en dos capítulos) persigue un objetivo básico: repensar el modo en que la teoría social ha abordado el concepto de “trabajo” al estudiar las sociedades modernas y en este marco defender la necesidad, para una teoría crítica, de un concepto históricamente determinado de “trabajo”, que va a ser entendido como una relación social central y estructurante de las sociedades modernas capitalistas, pero a la vez contingente y superable. En vista de ello, en el primer capítulo se procede a hacer una revisión crítica de una primera línea de abordaje del tema a través de los planteos de Habermas y Arendt: se intentará demostrar cómo la adopción por ambos de conceptos históricamente indeterminados de “trabajo” –la “labor” en Arendt y la “acción instrumental” en Habermas– termina por naturalizar y deshistorizar algunos de sus rasgos, lo cual redunda en limitaciones para las potencialidades críticas de sus abordajes. Frente a ello, en el capítulo segundo se esboza una línea alternativa por medio de una interpretación de la crítica de la economía política de Marx mediante la cual se intenta hacer frente a los inconvenientes y limitaciones derivados del tipo de conceptualización que lleva a cabo la primera línea interpretativa.

En la segunda parte (constituida por un único pero extenso capítulo) se abordan aquellos planteos que desde la década de 1980 insisten con la idea de que el trabajo está perdiendo centralidad e, incluso, que su fin sería inminente. El acercamiento a estas posturas se realiza siguiendo tres enfoques complementarios. En primer lugar, se describen someramente las transformaciones sociales, políticas, económicas e ideológicas que constituyen el contexto histórico ante el cual estos planteamientos procuran tomar posición. En segundo lugar, se revisan críticamente los desarrollos de los principales referentes de estas ideas atendiendo en especial a cómo en cada uno se elabora implícita o explícitamente un concepto de “trabajo” que redunda en una cierta teorización de las sociedades modernas capitalistas que va a influir y condicionar el análisis que se hace de las transformaciones que operan en el mundo del trabajo desde la década de 1970. A partir de estas exposiciones se adopta, finalmente, un enfoque más sistemático y general, con el cual se procura recoger los distintos sentidos en que, en esta discusión, se habla de una “pérdida de centralidad del trabajo”, haciéndose un balance de los principales argumentos que se esbozan y de las críticas que pueden anteponerse a los mismos.

La idea central que se defiende en esta segunda parte del libro tiene dos aristas. Por un lado, se trata de mostrar que estos discursos que anuncian una pérdida de centralidad del “trabajo” se inscriben dentro de los marcos teóricos generales trazados por Arendt y Habermas, heredando por eso sus limitaciones en lo que a la construcción de una teoría crítica refiere. Por otro lado, se procura poner de manifiesto cómo esas limitaciones impactan también en la interpretación que se hace de las transformaciones que operan desde la década de 1970: es desde este punto de vista que comenzamos a problematizar las tesis sobre la “pérdida de centralidad” y/o “el fin del trabajo”. Sobre esto último, en primer lugar se mostrarán las ambigüedades a que conduce un análisis que decreta semejante descentramiento en el marco de un orden social que sigue siendo –pues esto en principio no es cuestionado– de naturaleza capitalista. Más sugerente aún será revisar, en segundo lugar, cómo algunos de estos autores llegan a percibir que ciertas tendencias del capitalismo de las últimas décadas ponen en cuestión los postulados básicos de sus análisis, anticipando así la idea central que se sostiene en la tercera parte.

En efecto: en la tercera parte (dividida a su vez en tres capítulos) se intenta mostrar que ciertas tendencias llamadas “posfordistas” están revelando de un modo manifiesto las limitaciones inmanentes de las interpretaciones estudiadas y de las dicotomías conceptuales que las sostenían. Pues las mismas anunciaban y abogaban una reducción del campo de influencia del “trabajo” y las lógicas que, se supone, le resultarían constitutivas –por ejemplo, la “instrumental” (Habermas), la “naturalista” (Arendt), la “heterónoma” (Gorz), la “productivista” (Méda)– lo cual sería condición de posibilidad para el florecimiento y la expansión de otras actividades y esferas con lógicas opuestas –la “acción comunicativa” habermasiana, la “acción” arendtiana, la “autonomía” gorziana, etc.– Se procurará explicitar el modo en que el capitalismo actual, a contramano de esa predicción, tiende a hibridar, tensionar e incluso subvertir estas dicotomías en terrenos complementarios de la vida social: en el propio tiempo de trabajo (capítulo cuarto), en el consumo como modo de estructurar el tiempo de no-trabajo (capítulo quinto) y en el plano ideológico-discursivo (capítulo sexto).

Se explicará, así, cómo estos procesos permiten al capitalismo adquirir renovada legitimidad mediante la neutralización de aspectos centrales de las impugnaciones realizadas al trabajo, lo cual exigirá a su vez repensar y reestructurar la teoría crítica del trabajo. En vista de ello, en esta parte se comienzan a explorar también las potencialidades hermenéuticas, para el estudio del capitalismo actual, de las herramientas teóricas facilitadas por la línea interpretativa defendida en la primera parte.

Finalmente, a modo de conclusión, se sistematizarán e integrarán los principales resultados obtenidos con este recorrido. Se insistirá entonces en la necesidad de repensar y reestructurar las bases teóricas de la crítica del trabajo. Para ello, se defenderán los lineamientos teóricos trazados, desde los cuales se comenzarán a explorar también algunos interrogantes vinculados –en particular el problema de la transformación política– que así quedarán planteados de cara a posibles investigaciones futuras.


  1. Véase BAUMAN, Zygmunt, Trabajo, consumismo y nuevos pobres, Barcelona, Gedisa, 2000, capítulo 2.
  2. Véase OFFE, Claus, La sociedad del trabajo. Problemas estructurales y perspectivas de futuro, Madrid, Alianza, 1992.
  3. Véase RIFKIN, Jeremy, El fin del trabajo, Buenos Aires, Paidós, 1996.
  4. Véase CASTEL, Robert, El ascenso de las incertidumbres: trabajo, protecciones, estatuto del individuo, Buenos Aires, FCE, 2010, Primera parte, apartado II: “¿Qué centralidad del trabajo?”.
  5. Véase CASTELLS, Manuel, La era de la información, Vol. 1: La sociedad red, Madrid, Alianza, 2005, pp. 307-321.
  6. Véanse ANTUNES, Ricardo, ¿Adiós al trabajo? Ensayo sobre las Metamorfosis y el rol central del mundo del trabajo, Venezuela, Piedra Azul, 1997; y Los sentidos del trabajo, Buenos Aires, Herramienta, 2005.
  7. Véase NEFFA, Julio, El trabajo humano, Buenos Aires, Lumen, 2003, segunda parte: “El debate reciente sobre «el fin del trabajo»”.
  8. Véase DE LA GARZA, Enrique, “¿Fin del trabajo o trabajo sin fin?”, en CASTILLO, Juan (ed.), El Trabajo del Futuro, Madrid, Complutense, 1999.
  9. Véase HARDT, Michael y NEGRI, Antonio, Imperio, Buenos Aires, Paidós, 2002.
  10. Véase FOUCAULT, Michel, Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas, Buenos Aires, Siglo XXI Editores Argentina, 2002, segunda parte.
  11. Véase BAUDRILLARD, Jean, El espejo de la producción, Barcelona, Gedisa, 1996, especialmente cap. 1.
  12. De este modo, esta investigación se encuentra interpelada ya desde el principio por un cierto ethos que recorre al pensamiento filosófico actual: aquel que obliga a cuestionar los fundamentos últimos de carácter metafísico para entrar en el movedizo terreno de un “pensar sin certezas”. Véase SCAVINO, Dardo, La filosofía actual: pensar sin certezas, Buenos Aires, Paidós, 1999.
  13. FOUCAULT, Michel, ¿Qué es la ilustración?, Córdoba, Alción, 1996, p. 104.
  14. NIETZSCHE, Friedrich, El nihilismo: Escritos póstumos, Barcelona, Península, 2000, p. 60.
  15. ADORNO, Theodor, Dialéctica negativa, en Obra completa, 6, Madrid, Akal, 2005, p. 364.


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