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6. Un capitalismo
que neutraliza la crítica

Los discursos de la “nueva gestión empresarial”

Los discursos de la nueva gestión empresarial que se consolidan hacia la década de 1990 pueden ser considerados como una ilustración ejemplar de las tendencias señaladas en los capítulos cuarto y quinto. Se trata de una literatura dirigida en especial a los cuadros de las empresas –con fuerte arraigo en las corporaciones transnacionales en particular– que pone de manifiesto cambios considerables en los valores con que se intenta sostener el capitalismo, así como en las formas con las que busca la movilización y adhesión de los sujetos, hasta el punto que se ha hablado –siguiendo la terminología de Max Weber– de un “nuevo espíritu del capitalismo”.[1]

Estos discursos llaman a movilizar a las personas a partir de “motivaciones intrínsecas” al trabajo y no simplemente por la retribución de premios y castigos extrínsecos a las tareas. Plantean además la necesidad de implicar subjetivamente al personal en los objetivos y valores de la empresa. Al mismo tiempo, y en claro contraste con los discursos empresariales del período de posguerra, critican las formas de organización basadas en la autoridad, la jerarquía, la planificación, así como también el predominio de la razón calculadora e instrumental. Por el contrario, proponen la movilización de los trabajadores evitando formas de manipulación directa de la conducta; buscan reemplazar el control jerárquico por el autocontrol; e intentan conformar un tipo de razón “más humana”, afectiva y creativa.

Una cuestión que se procurará poner de manifiesto es que los mecanismos que prescriben y legitiman estos discursos no pueden entenderse sino en conexión con las características que adquiere en la fase actual el proceso de valorización del capital. La extensión del llamado “trabajo inmaterial” y las nuevas capacidades puestas en juego en la producción (capítulo cuarto), hacen necesarios mecanismos de “implicación” de los trabajadores, la identificación con los valores de la empresa y la cesión voluntaria de todas las capacidades de la fuerza de trabajo al capital.

En este sentido, una hipótesis a desarrollar es que también en el plano de los discursos de la nueva gestión empresarial volvemos a encontrar la creciente fusión entre “trabajo” y “vida”, entre acción instrumental y acción comunicativa, entre heteronomía y autonomía. Desde este punto de vista podremos explicar también por qué Habermas, crítico de las formas de manipulación de la acción y de las “distorsiones” de la comunicación, es paradójicamente (ya que él tiende a excluir la “acción comunicativa” del subsistema económico) una de las fuentes filosóficas más presentes en estos discursos.

Finalmente, los discursos de la nueva gestión empresarial pueden interpretarse como una forma de respuesta –y también de apropiación por el propio sistema– a las críticas radicales que cristalizaron en la década de 1960 hacia el carácter heterónomo, alienante y subordinado del trabajo asalariado, y que son las que en definitiva retoman los teóricos del “fin del trabajo”. Entender el modo en que el capitalismo ha neutralizado estos cuestionamientos resulta crucial como punto de partida para poder pensar los caminos a seguir para recuperar la crítica desde una perspectiva radical de puesta en cuestión del actual sistema.

I. El poder de recuperación del capitalismo

Una de las características distintivas que tradicionalmente se les ha imputado a las sociedades modernas estriba en que ellas se encontrarían, a diferencia de las sociedades que les precedieron, en permanente transformación. Esta cuestión, que la teoría sociológica procuro asir conceptualmente desde distintas perspectivas, fue tratada también por Marx en su análisis crítico del capitalismo. El tema es conocido: el capital, por su necesidad interna de acrecentar el plusvalor, tiende a desarrollar de un modo permanente las fuerzas productivas. Y recordemos que incluso para Marx dicho desarrollo, que en el capitalismo es sólo un medio, es lo que constituye ni más ni menos que la misión históricamente progresista de este sistema.

Según la visión evolucionista canonizada en el prólogo de la Contribución a la crítica de la economía política es este desarrollo de las fuerzas productivas el que, llegado un momento determinado, entra en contradicción con las relaciones sociales de producción.[2] Esta formulación parece implicar, de esta manera, la distinción entre un momento “normal” del modo de producción –en el cual habría correspondencia entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales– y un momento “anormal” o “crítico” –en el cual ocurriría un desajuste entre las fuerzas y las relaciones–.

Slavoj Žižek ha observado con perspicacia que el mismo Marx en El capital pone en cuestión implícitamente –o al menos complejiza– esta idea evolucionista lineal.[3] En efecto: allí se plantea que la subsunción formal precede a la real, lo cual significa que en un principio el capital se apropia de las fuerzas productivas tal como estas estaban organizadas con anterioridad (artesanado, oficios, etc.) para recién posteriormente moldearlas de acuerdo a las necesidades del proceso de valorización. Así, no pareciera haber aquí un primer período “normal” de correspondencia fuerzas/relaciones: son las mismas relaciones las que van creando progresivamente sus fuerzas productivas adecuadas. Esto no sólo plantea la necesidad de revisar la idea evolucionista de unas fuerzas productivas que van determinando unilateralmente sus relaciones correspondientes, sino que implica también un cuestionamiento a la perspectiva según la cual dichas fuerzas serían neutrales.

Un segundo punto resulta aún más decisivo: la subsunción real, lejos de inaugurar un período “normal”, constituye el umbral a partir del cual comienzan a aflorar todas las contradicciones del capitalismo. Según vimos, en la formulación más abstracta de los Grundrisse el tema se plantea en términos de una brecha creciente entre el valor (dependiente del tiempo de trabajo) y la riqueza material (dependiente de la productividad alcanzada). Pero es en la perspectiva más concreta del Tomo III de El capital donde la cuestión resulta aún más clara. Particularmente, en los capítulos dedicados a la baja tendencial de la tasa de ganancia se analiza cómo el aumento de la productividad del trabajo –medio decisivo para incrementar el plusvalor relativo– entra progresivamente en contradicción con el proceso de valorización. Resumiendo: los aumentos de productividad conllevan un incremento de la proporción de capital constante en relación al variable con la cual, manteniéndose inalterada la tasa de explotación, la masa de plusvalor apropiado por una determinada cantidad de capital disminuye, y con ella también lo hace la tasa de ganancia.[4]

Sin entrar en los detalles del texto, hay que señalar que la lectura marxiana sobre la baja tendencial está lejos de ser determinista y lineal. Marx dedica un capítulo a analizar las causas contrarrestantes a la ley (como la elevación de la explotación del trabajo, la creación de nuevos mercados, etc.).[5] Y, lo que es más importante, la baja tendencial tiende a acelerar y ampliar el proceso de acumulación de capital, en la medida en que la baja en la tasa se intenta compensar con un aumento en la masa del plusvalor apropiado, lo cual supone mayores desembolsos de capital productivo. Esto favorece la concentración del capital y a la vez potencia los problemas de sobreacumulación, que se intentan salvar ampliando el campo externo de la producción (el mercado mundial).[6] Puede decirse entonces que el modo “normal” de funcionamiento del capital es el de conjurar sus límites, pero al precio de reproducirlos en una escala mayor:

La producción capitalista tiende constantemente a superar estos límites que le son inmanentes, pero sólo lo consigue en virtud de medios que vuelven a alzar ante ella esos mismos límites, en escala aún más formidable. El verdadero límite de la producción capitalista lo es el propio capital.[7]

Resulta relevante la explicitación que Deleuze y Guattari ofrecen de la noción de límite inmanente que se pone a jugar en este texto, así como de sus consecuencias:

por una parte, el capitalismo no puede proceder más que desarrollando sin cesar la esencia subjetiva de la riqueza abstracta, producir para producir, es decir “la producción como un fin en sí, el desarrollo absoluto de la productividad social del trabajo”; pero, por otra parte y al mismo tiempo, no puede hacerlo más que en el marco de su propio fin limitado, en tanto que modo de producción determinado, “producción para el capital”, “valorización del capital existente”. Bajo el primer aspecto, el capitalismo no deja de superar sus propios límites […] pero, bajo el segundo aspecto, estrictamente complementario, el capitalismo no deja de tener límites y barreras que son interiores, inmanentes, y que, precisamente porque son inmanentes, no se dejan sobrepasar más que reproduciéndose en una escala ampliada.[8]

Esto significa que el capitalismo se distingue de otros sistemas por un poder específico: sus límites son inmanentes, y de ahí que el capital constituya una fuerza siempre en movimiento, ya que enfrenta estos límites reproduciéndolos a una escala ampliada (incluso geográfica, planetaria). La cuestión es explicitada también por Žižek, que crítica al evolucionismo marxista canonizado en el prólogo de la Contribución… Es que el capitalismo no conoce correspondencia entre fuerzas productivas y relaciones sociales de producción, pero de esta contradicción, de este límite interior, deriva su fortaleza, su peculiar poder de recuperación:

Así es exactamente como el capitalismo difiere de otros modos previos de producción: en estos últimos, podemos hablar de períodos de “acuerdo”, cuando el proceso de producción y reproducción social marcha en un movimiento tranquilo y circular, y de períodos de convulsión, cuando la contradicción entre fuerzas y relación se agrava; en tanto que en el capitalismo, esta contradicción, la discordia fuerzas/relación, está contenida en su concepto […] Es esta contradicción interna la que obliga al capitalismo a la reproducción extendida y permanente […] El estado “normal” del capitalismo es la revolución permanente de sus propias condiciones de existencia […] Lejos de ser constrictivo, su límite es, así pues, el ímpetu mismo de su desarrollo. En ello reside la paradoja propia del capitalismo, su último recurso: el capitalismo es capaz de transformar su límite, su impotencia misma, en el origen de su poder.[9]

Otras lecturas respecto del poder de recuperación del capitalismo ponen el acento en la capacidad de este sistema para integrar los factores no sólo objetivos sino ante todo subjetivos que lo limitan. El autonomismo italiano, por su método de análisis, es la corriente que sigue más claramente esta línea. En el parágrafo VI del capítulo cuarto hemos expuesto la tesis autonomista según la cual el comportamiento del capital es siempre reactivo, ya que sus cambios y reestructuraciones serían una respuesta determinada por el “polo activo” (el proletariado) antes que una necesidad interna “objetiva”. Aunque planteamos fuertes reservas respecto de esta lectura por considerar ante todo que mediante este “giro subjetivo” se corre el riesgo de perder de vista la especificidad del trabajo en el capitalismo, en este punto de la investigación esta idea puede resultar útil como recurso heurístico.

Esto se debe a que en este capítulo nos interesa en particular analizar la reestructuración del capitalismo tras la crisis de la década de 1970 en términos de una neutralización de las críticas realizadas a los modos de organización del trabajo dominantes en el período de posguerra. No queremos decir con esto que dicha reestructuración se haya debido exclusivamente a estas críticas, aunque creemos que es válido conjeturar que las mismas –en la medida en que también se encarnaron en prácticas concretas de resistencia– pudieron condicionar al menos parcialmente el cambio y/o las características que asumió. En efecto: cuando analizamos las causas de la crisis, señalamos que las demandas de los trabajadores en el período de posguerra –que hacia fines de la década de 1960 en particular cristalizaron en fuertes luchas– constituyeron uno de los factores (no el único) que condicionaron la caída de las tasas de ganancia. Interpretar el proceso posterior como una forma de responder a estas demandas nos servirá para explicitar y desarrollar una de las hipótesis centrales que venimos defendiendo: que la reestructuración capitalista ha redundado en la neutralización de una cierta modalidad de “crítica del trabajo”. Esta hipótesis, presente en el autonomismo, ha sido desarrollada más explícitamente –con otra perspectiva teórica y política– por Boltanski y Chiapello. Continuaremos la exposición siguiendo en buena medida estos análisis.

II. La reestructuración como respuesta a la crítica del “trabajo”

No sin razón, los autores que defienden la hipótesis según la cual el poder de recuperación del capitalismo abarca también la inclusión bajo su lógica de las fuerzas críticas que se le oponen encuentran un antecedente histórico previo que la avala en la reestructuración fordista.[10] Ciertamente: el modo de regulación fordista ha sido interpretado como la respuesta capitalista a la revolución rusa. Desde este prisma, son dos los aspectos del mismo que merecen ser subrayados. De un lado, la relación salarial fordista instituye una forma de justicia social basada en una repartición más equilibrada del producto social entre el capital y el trabajo: una porción de los frutos del “progreso” son entonces apropiados por la clase asalariada. Esta es la respuesta a la crítica según la cual los trabajadores no pueden esperar del capitalismo otra cosa que no sea la exacerbación de la explotación y la profundización de su miseria. Del otro lado, la acción estatal y la centralidad de las grandes corporaciones piramidales que organizan la producción amplían, aunque sea en una medida relativa, las capacidades de regulación y control consciente del proceso económico. Esta es la respuesta a la crítica que entiende que el capitalismo equivale a la anarquía de un mercado autorregulado refractario a toda acción consciente pasible de contener las tendencias a la crisis así como de reconducir los diversos intereses parciales hacia objetivos más acordes al bien común.

Bajo un prisma similar, la reestructuración posfordista es interpretada por estos autores como la respuesta capitalista a las luchas de las décadas de 1960 y 1970. Ahora bien: lo que tenemos que dilucidar es a qué tipo de críticas va a responder ahora el capitalismo.

En Imperio, Hardt y Negri interpretan la crisis que comienza a manifestarse con nitidez a fines de los ‘60 como un resultado de las luchas proletarias del período. ¿Cuál era el contenido de estas luchas? ¿Qué tipo de crítica conllevaban? Del planteo de estos autores, se desprende que podrían distinguirse dos líneas estratégicas al respecto. Por un lado, los trabajadores habrían aprovechado la era fordista “para expandir las fuerzas sociales del sector obrero, aumentar el valor de la fuerza laboral y rediseñar el conjunto de las necesidades y deseos a los que habían respondido el salario y las políticas del Estado benefactor”.[11] Esto habría redundado en una elevación del valor de la fuerza de trabajo y en una consecuente contracción de las ganancias. Ahora bien: al lado de estas demandas de redistribución del producto los autores enfatizan en particular la centralidad que habría adquirido con el tiempo el rechazo del trabajo y, más específicamente, el repudio de las formas disciplinarias que adoptaba en el período fordista:

Las diversas formas de protesta y experimentación social se concentraron en repudiar la valoración del tipo de programa fijo de producción material típico del régimen disciplinario […] Los movimientos valoraron en cambio una dinámica más flexible de la creatividad y ciertas formas de producción que podrían considerarse más inmateriales.[12]

Nótese que aquí la referencia es un tipo de crítica diferente: ya no hacia la explotación y la injusticia social sino hacia un modo de organización de la producción –una forma de estructurar el “trabajo concreto”–. Habrían sido en particular sujetos sociales hasta cierto punto refractarios a las representaciones obreras tradicionales (jóvenes, mujeres, etc.) los que mejor encarnaron este tipo de crítica. Tal es la importancia otorgada a la misma por Hardt y Negri que llegan a afirmar que ella implicó una transmutación (nietzscheana) de todos los valores:

La juventud, que rechazaba la repetición narcótica de la sociedad-fábrica, inventaba nuevas formas de movilidad y flexibilidad, nuevos estilos de vida. Los movimientos estudiantiles obligaron a dar un alto valor social al conocimiento y el trabajo intelectual. Los movimientos feministas […] elevaban el valor social de lo que tradicionalmente se había considerado como el trabajo femenino, que conlleva un alto contenido de afecto y cuidados protectores y se concentra en los servicios necesarios para la reproducción social. Toda la gama de movimientos y toda la contracultura emergente destacaban el valor social de la cooperación y la comunicación. Esta transmutación masiva de los valores de la producción social y la producción de nuevas subjetividades inició el camino de una enérgica transformación de la fuerza laboral […] los indicadores de valor de todos estos movimientos –la movilidad, la flexibilidad, el conocimiento, la comunicación, la cooperación, lo afectivo– terminarían por definir la transformación de la producción capitalista de las décadas siguientes.[13]

La reestructuración capitalista se interpreta, de este modo, como la respuesta del capital a la nueva composición de la fuerza de trabajo. La hipótesis autonomista es, entonces, que el modelo disciplinario-fordista de organización entró en crisis ya que no resultaba adecuado para acoplar a esta nueva fuerza laboral a los procesos de valorización del capital. Iremos viendo cómo dicha reestructuración implicó la neutralización al menos parcial de esta segunda crítica del trabajo, centrada en la gestión disciplinaria del trabajo fabril.[14]

Son Boltanski y Chiapello quienes enfocan el análisis precisamente en esta neutralización de la crítica. Siguiendo los pasos del proceso político francés, señalan que en los conflictos que rodean a mayo de 1968 se asocian los dos tipos de crítica al capitalismo que aparecían en los planteos de Hardt y Negri. De un lado, una crítica social encabezada por los obreros y articulada por los sindicatos, que denuncia al capitalismo en términos de explotación económica. Del otro lado, una crítica artista, llevada a cabo especialmente por estudiantes y obreros jóvenes, que denuncia:

por una parte, el desencantamiento, la inautenticidad, la “miseria de la vida cotidiana”, la deshumanización del mundo bajo el dominio de la tecnificación y de la tecnocratización; por otra, la pérdida de autonomía, la ausencia de creatividad y las distintas formas de opresión del mundo moderno […] En el ámbito del trabajo y de la producción […] predomina la denuncia del “poder jerarquizado”, del paternalismo, del autoritarismo, de los horarios impuestos, de las tareas prescritas, de la separación taylorista entre concepción y ejecución y, más en general, de la división del trabajo, teniendo como contrapunto positivo las exigencias de autonomía y de autogestión y la promesa de una liberación sin límites de la creatividad humana.[15]

Cada crítica cristaliza en demandas diferentes: la crítica social requiere ante todo seguridad y justicia económicas, mientras que la crítica artista se centra en el pedido de autonomía.[16] Y aunque los límites entre una y otra podían diluirse en la práctica discursiva efectiva de los actores, la utilidad analítica de la distinción resultaría crucial retrospectivamente –a la luz del modo en que el capitalismo iba a responder a estas críticas–.

En efecto, en un primer momento (1969-1973), la patronal interpreta los cuestionamientos en términos de la crítica social. Negocia entonces con los sindicatos acuerdos de reparto del valor añadido que resultan beneficiosos para el colectivo de los trabajadores. No obstante, no concede un ápice en lo que a la crítica artista refiere: “la patronal temía menos a una prueba de fuerza con los sindicatos a escala nacional sobre la cuestión salarial que a una desorganización de la producción y a una pérdida progresiva del control en el taller y la empresa.”[17]

Sin embargo, esta política no brinda los resultados esperados. Por un lado, se muestra costosa para la patronal. Si durante el período precedente (1945-1965) los aumentos salariales acompañaban los incrementos de productividad, en el período en consideración los aumentos comienzan a erosionar los márgenes de beneficios. Además, no sólo en Francia –caso en que se detienen Boltanski y Chiapello– sino en la mayor parte de los países industrializados –ya lo hemos señalado– se empieza a constatar una moderación significativa de los incrementos de productividad. Pero por otro lado –y esto es lo más importante– esta política no se mostró eficaz para contrarrestar la “desorganización del trabajo” (rechazo del trabajo que se manifiesta en huelgas, ausentismos, etc.).[18]

Este fracaso, así como la agudización de la crisis (particularmente luego de 1973, con el shock del petróleo), plantean a la patronal la necesidad de un cambio de estrategia. ¿En qué consistió? Boltanski y Chiapello son enfáticos al respecto: la nueva respuesta consiste en interpretar la crisis en el mundo productivo en términos de la crítica artista:

Según esta segunda interpretación, que había sido formulada desde finales de la década de 1960 en particular por los sociólogos del trabajo, la crisis del capitalismo no tiene como fundamento la reivindicación de salarios más elevados y menos aún una exigencia de mayor seguridad en el empleo. Es la expresión de una revuelta contra las condiciones de trabajo y particularmente contra el taylorismo.[19]

El nuevo paradigma de intervención llama a que las empresas “gestionen lo social”, haciéndose cargo de las “reivindicaciones” y “aspiraciones” individuales de los asalariados. Esta gestión puede pasar por alto el papel de los sindicatos cuando estos no se muestren dispuestos a apoyar y colaborar con el oportuno cambio de estrategia –que, supuestamente, resultaría beneficioso para todos y particularmente para los propios trabajadores–. Se trataría de instaurar así la “democracia en el trabajo”, reemplazando la gestión empresarial autoritaria por “grupos de trabajo semiautónomos”.[20] Precisamente, la respuesta a la demanda de autonomía –núcleo de la crítica artista– constituye la novedad principal de esta política:

La innovación, sin embargo, consistirá principalmente en reconocer la validez de la exigencia de autonomía e, incluso, en hacer de ella un valor absolutamente central del nuevo orden industrial, y eso no sólo en beneficio de aquellos que la reclaman –los ingenieros y los cuadros diplomados de las grandes empresas–, sino también de quienes no la reclaman, al menos explícitamente, es decir, de los obreros que habían protagonizado el grueso de las luchas sociales de los últimos diez años. Las medidas que pretenden aportar una mayor seguridad a los asalariados son sustituidas por medidas que tratan de aligerar el control jerárquico y tomar en consideración los “potenciales” individuales. A raíz de una inversión de política, la autonomía fue, de alguna manera, intercambiada por la seguridad.[21]

De este modo, el control de las empresas se consigue respondiendo a las demandas de autonomía en lugar de incrementando el poder de las jerarquías. De ahí algunas medidas concretas: reemplazo de los controles disciplinarios por el autocontrol y mayores responsabilidades para los asalariados; exigencia de que los cuadros cumplan el papel de “consejeros” antes que de “jefes”; evaluación de los asalariados menos por las calificaciones ya obtenidas que por sus potenciales para adquirir capacidades y enfrentar nuevas tareas –a esto último, recordemos, refería el concepto de “competencia”–.[22]

Boltanski y Chiapello plantean que este desplazamiento práctico-discursivo está anticipando la progresiva constitución de un “nuevo espíritu del capitalismo”. Denominan “espíritu del capitalismo” a “la ideología que justifica el compromiso con el capitalismo”,[23] y entienden que desde fines del siglo XIX pueden distinguirse al menos dos fases previas en el desarrollo del mismo. La primera (fines del siglo XIX) toma como modelo normativo la figura del emprendedor burgués, arriesgado e innovador; la segunda (entre 1930 y 1960) exalta los valores de la gran empresa industrial, centralizada y burocratizada.[24] El espíritu del capitalismo mantiene una relación dialéctica con la crítica, que puede ser tanto un incentivo para el reforzamiento de sus dispositivos de justicia como para –si el entorno político y tecnológico lo permite y amerita– su transformación. Esto último es lo que habría ocurrido en el período posterior a la crisis de la década de 1970: la constitución de un nuevo espíritu del capitalismo que responde a las críticas realizadas al segundo espíritu llegando incluso a neutralizarlas.

Notemos que los temas que recoge lo que Boltanski y Chiapello denominan “crítica artista” coinciden básicamente con aquellos que aparecían en los teóricos del “fin del trabajo”. Antes que la explotación económica, lo que denuncian estos planteos es la falta de autonomía en el trabajo y la “alienación” resultante. Por cierto: algunos de los pensadores que abordamos apoyaron los movimientos radicales de los ‘60, e incluso reflexionaron a partir de ellos. En pleno 1968, Habermas veía en los movimientos estudiantiles de protesta la encarnación más clara de unas reivindicaciones que trascendían lo económico al cuestionar los propios modos tecnocráticos de compensación, llamando a su vez al establecimiento de nuevas formas de vida y de participación en la opinión pública.[25] Las protestas también impactaron en Gorz, ya que convergían también con su socialismo existencialista en la denuncia de las instituciones (Estado, Empresa, Familia, etc.) que limitaban la libertad y autonomía del sujeto.[26] Más allá de esto –que constituye apenas una anécdota sugerente– lo importante para nosotros es mostrar que la neutralización de la crítica artista en particular abarca también a la crítica tradicional del trabajo tal como la fuimos reconstruyendo a partir de estos autores. En el siguiente parágrafo enfocaremos precisamente esta cuestión.

III. Los discursos de la nueva gestión empresarial y la neutralización de la crítica tradicional[27]

Boltanski y Chiapello utilizan como fuente de información primordial del nuevo espíritu del capitalismo un corpus importante de textos de gestión empresarial de la década de 1990. Se trata de una literatura dirigida fundamentalmente a los cuadros de las empresas –teniendo en consecuencia un carácter normativo antes que descriptivo–. Estos discursos no deberían interpretarse como un mero reflejo de la realidad; ni siquiera como una mirada distorsionada de la misma –tal como supondría el concepto tradicional de “ideología” en términos de “falsa conciencia”–. Boltanski y Chiapello los presentan como manifestaciones del “nuevo espíritu del capitalismo”, y en cuanto tales brindan elementos para legitimar este sistema –de ahí su carácter eminentemente normativo–.

En la medida en que están dirigidos a los cuadros de las empresas, estos discursos se centran en los modos de organización del proceso productivo. Por lo tanto, no es casual que mantengan una vinculación con las mutaciones que sufren estos últimos. La nueva gestión empresarial en particular debe comprenderse, entonces, en relación con las transformaciones que analizamos en el capítulo cuarto. Relación que, insistimos, no interpretamos en términos unilaterales (como en la teoría del “reflejo”). Pensamos más bien en dos tipos de relaciones que se retroalimentan: una en términos de legitimación (en línea con Boltanski y Chiapello); otra en términos performativos, ya que estos discursos tienen un sentido fundamentalmente práctico, contribuyendo también a conformar los modos de organización/gestión del proceso de trabajo.

En este parágrafo, nuestro objetivo primordial es dar apoyo al argumento que venimos defendiendo según el cual la reestructuración del capitalismo ha neutralizado al menos parcialmente la modalidad tradicional de crítica del trabajo. Mostraremos que en la búsqueda de brindar legitimidad a los cambios ante todo organizacionales implicados por dicha reestructuración, los discursos de la nueva gestión empresarial ponen en funcionamiento una crítica feroz contra los modos distintivos de la etapa fordista (o del segundo espíritu del capitalismo, en términos de Boltanski y Chiapello). Veremos que, en este punto, coinciden con las críticas formuladas por los teóricos del “fin del trabajo”, pero que sin embargo avanzan a partir de ellas hacia una justificación de las nuevas estructuras organizacionales. En esta justificación, el lugar del trabajo como centro de la vida individual y social termina siendo reforzado e incluso exaltado –resultado inverso al que preveían y prescribían aquellos teóricos–. Plantearemos justamente que lo que esta paradoja aparente está marcando es que los planteos sobre el “fin del trabajo” están desfasados en su crítica: es el concepto de “trabajo” que mantienen el que ha sido relativizado por el mismo desarrollo del capitalismo. La prueba radicaría en que los discursos que hoy buscan legitimar este sistema comparten sus críticas.

El corpus que analizan Boltanski y Chiapello está compuesto de escritos francófonos de gestión; la mayor parte de ellos corresponde a autores franceses, y una porción menor a artículos traducidos de autores de otros países (principalmente EEUU). Esto se explica porque el objeto de ellos es primordialmente el espíritu del capitalismo en Francia; sin embargo, señalan con razón que la configuración ideológica francesa no es independiente de la de otros países –particularmente del resto de la Unión Europea, EEUU y Japón–. Los escritos de gestión se basan en ideas generales internacionalmente difundidas, que de todos modos son “interpretadas” según las idiosincrasias nacionales[28] (del mismo modo que las innovaciones técnicas y organizacionales se adaptan teniendo en cuenta las peculiaridades locales). En este sentido, las ideas-fuerza de la nueva gestión empresarial –que son las que nos interesan– tienen un carácter relativamente universal.

Para reforzar la plausibilidad de este supuesto, hemos acudido también a un libro recientemente publicado por la investigadora argentina Marcela Zangaro, en el que se hace también un estudio del nuevo management, pero basado en un corpus conformado por textos publicados en una revista argentina llamada Gestión. La autora señala que el caso analizado contiene tanto artículos de los redactores de la revista como síntesis de libros del género y reproducciones de artículos publicados en revistas extranjeras; las similitudes existentes entre los artículos nacionales y extranjeros –en los temas tratados, en el vocabulario empleado y en el significado atribuido a los términos utilizados– la llevan a suponer que el orden del discurso del corpus tiene un alcance general (el del capitalismo global).[29] Lo que nosotros también constatamos es que las ideas-fuerza que nos interesan aparecen tanto en su estudio como en el de Boltanski y Chiapello.

Una primera idea-fuerza que guía al nuevo management es el rechazo de toda dirección instrumental/estratégica de las conductas de los sujetos. Cuestión que se inscribe en un repudio de toda jerarquía y, más en general, de la relación dominante-dominado.[30] A diferencia del discurso managerial del período “fordista” –para el cual lo que había que eliminar era la arbitrariedad y el autoritarismo de los jefes, patrones, supervisores, etc.–[31] ahora se plantea que toda dirección de la conducta ajena que se base en órdenes, premios y castigos, etc. resulta indeseable, tanto por motivos económicos como morales. Esto se trasluce en el tipo de liderazgo que debe ejercer el manager –en el cual se corporiza el modelo de subjetividad que pregonan estos discursos–:

Los managers no tratan de encuadrar ni de dar órdenes, no esperan las consignas de la dirección para aplicarlas. Han comprendido que estas funciones se mostraban caducas y se han convertido en “animadores de equipo”, “catalizadores”, “visionarios”, “coachs”, “inspiradores” […] Al no poder seguir apoyándose en la legitimación jerárquica ni manipular –como antaño– las esperanzas de hacer carrera […] los managers se ven obligados a imponerse a través de sus “competencias” y de su “carisma”, a circunscribir a los actores gracias a su “red de relaciones personales” que les procuran información y ayuda, a movilizar todas sus energías mediante la potencia de su “visión” y sus cualidades de “parteros” del “talento” de los demás y de promotores de sus potencialidades […] La autoridad que adquieren sobre sus equipos está ligada a la “confianza” que les es otorgada gracias a su capacidad de “comunicación” y de “escucha”, que se manifiesta en el cara a cara con los demás.[32]

En términos habermasianos, lo que le está vedado al manager es el recurso a la acción estratégica –es decir, la modalidad de la acción instrumental en la que la dirección de la conducta de los otros se realiza en base al poder, usándose como medio el otorgamiento de premios y castigos–.[33] El manager no impone su autoridad ni manipula a quienes están a su cargo, sino que inspira y alienta a los demás de modo tal que puedan desarrollar sus potencialidades. ¿Podríamos decir entonces que el manager se rige por la acción comunicativa? En parte sí, ya que apela a la “comunicación” y a la “escucha” de modo tal que sus propuestas sean consentidas libremente. Sin embargo también la excede, ya que la acción comunicativa habermasiana peca todavía de un excesivo racionalismo intelectualista. El manager no apela solamente a razones y argumentos como fuente para llegar a acuerdos libremente consensuados: recurre también a las emociones de los demás, intentando contagiar su energía y su “visión”. Además, el liderazgo del manager es también personal: se trata de un líder carismático que irradia confianza en el cara a cara antes que una figura parlamentaria que esgrime argumentos impersonales. Podemos decir entonces que el manager rehúsa la acción estratégica para regirse por una acción comunicativo-afectiva.

La importancia de esta dimensión personal-afectiva en la figura del manager nos lleva a una segunda idea-fuerza, más importante que la anterior: el nuevo management rechaza no sólo las formas unilaterales de ejercicio del poder, sino también las formas impersonales-funcionales, es decir, los mecanismos de “integración sistémica” (Habermas) o “integración funcional” (Gorz). Esta cuestión se enmarca en la crítica de las grandes organizaciones jerárquicas, así como de la planificación tradicional, ambas consideradas “rígidas” y en tanto tales incapaces de hacer frente a un contexto de incertidumbre e innovación permanente. La adaptación a este entorno requiere de la “flexibilización” de las estructuras jerárquicas, la reducción del tamaño de las empresas y la adopción de una forma más reticular –la empresa red– de organización.[34]

Ahora bien: es justamente en relación a este modo flexible de organización en red que la integración de tipo funcional/sistémica resultaría inadecuada. Recordemos que en tal modo de integración, las acciones de las personas quedan determinadas por el lugar que ocupan en el sistema. Es el principio de todo orden burocrático: lo importante no es la persona sino la función que se cumple dentro de la estructura. La nueva gestión empresarial visualiza que este orden es extremadamente rígido e inhibe la capacidad de la organización para adaptarse a su entorno. En este sentido, revaloriza la importancia de las aptitudes y características personales. Puede verse este punto en el modo en que se trata la cuestión del liderazgo en la empresa:

Los textos de gestión […] buscan romper la asociación puesto-líder y construir parte de su novedad en la ruptura de esa asociación. Por eso encontramos en los textos del corpus referencia a dos tipos de líderes. En consonancia con lo propuesto por los textos, a unos los llamaremos líderes formales. Son aquellos que ocupan puestos directivos y derivan su carácter de líder sólo de esa posición en la jerarquía. A estos líderes se los suele considerar faltos de saber ser, responsables de acciones que pueden provocar consecuencias nocivas tanto para la organización como para sus subordinados y, por ello, son desvalorizados. A los otros los llamaremos líderes personales: son los que derivan su liderazgo de características y conductas propias, no vinculadas con las competencias técnicas ni con el puesto ocupado. En tanto poseen el saber ser se oponen al otro tipo de líderes y ejercen una influencia positiva en el entorno, cualquiera que éste sea. Son, en consecuencia, revalorizados y su importancia en la organización se deriva principalmente de lo que logran para sí y para los otros.[35]

En este sentido, los discursos de gestión llaman a romper con la perspectiva de un “no implicado” (Habermas) propia de los dispositivos de integración sistémica o funcional. Y la cuestión no atañe solamente a los altos directivos, ya que estos discursos de un modo coherente con el rechazo de las jerarquías rígidas convocan a todos a convertirse en líderes: antes que nada, el líder es un ideal de subjetividad.[36] De ahí la insistencia en nociones como las de “implicación de personal” o “motivaciones intrínsecas”: el comportamiento individual no debería regularse por coacciones personales o sistémicas sino que los individuos tienen que comprometerse subjetivamente con la empresa e identificarse con su trabajo. Es algo vinculado con un tema del que ya hablamos en el capítulo cuarto: el control heterónomo basado en la jerarquía es reemplazado por el autocontrol.[37] Esta necesidad de un compromiso subjetivo explica que el management se concentre en la persona y fundamentalmente en su dimensión emotiva o afectiva, cuestión que enseguida desarrollaremos.

La reflexión que tenemos que extraer de aquí es que aquello que Habermas y Gorz consideraban como desarrollos evolutivos inexorables –la constitución de mecanismos de integración sistémica que predeterminan la conducta de los individuos, particularmente en los procesos productivos– es puesto en cuestión ahora por el mismo management. Un discurso que legitima el actual capitalismo y que obviamente nada tiene que ver con un izquierdismo romántico y trasnochado[38] (más allá de que algunos temas los pudo apropiar de los reclamos de grupos radicales de la década de 1960, como ya vimos). El lector podrá apreciar lo curioso que resulta esto: no fue una revolución comunista sino una transformación dentro del propio capitalismo la que puso de manifiesto que el diagnóstico en apariencia fríamente realista de estos autores era apresurado.[39]

El tercer tema que nos interesa resaltar de los discursos de la nueva gestión es la crítica de la acción/razón instrumental en vinculación con la necesidad de establecer un concepto amplio de la subjetividad que trabaja. El management se presenta ahora como un discurso humanista, que llama a reponer una concepción integral de la persona. La crítica en este punto recae ante todo sobre la “fría” razón calculadora e instrumental, considerada como una mutilación de la persona humana. Junto con la racionalidad y la acción instrumentales, se trata a la vez de romper con la rígida escisión mente-cuerpo asociada a la separación entre concepción y ejecución que caracterizaba tanto al taylorismo como al fordismo:

Los dos aspectos de esta dualidad mente-cuerpo, tomados cada uno como si fueran realidades aislables, responden a un mismo principio de racionalidad instrumental mecanicista según la cual la máquina-mecánica corporal debe adecuarse a la máquina-mecánica productiva, y la mente, siguiendo los principios dictados por la razón, debe hacer eficiente esa adecuación en términos de productividad […] Podríamos decir que las formas de gestión posfordistas pretenden superar esta dualidad mente-cuerpo y tomar a la persona como un todo […] desde nuestro punto de vista, se trata meramente del reemplazo de la dualidad por una terceridad. Los componentes de esta terceridad son mente-cuerpo-emocionalidad […] la tríada posfordista va a privilegiar lo nuevo que cae en consideración: lo emocional o afectivo.[40]

Es precisamente este tercer elemento que se ha adicionado lo que resulta disruptivo para la razón instrumental. En la dualidad mente/cuerpo, la primera ordena en nombre de una razón abstracta y universal las acciones a seguir por el segundo. La emocionalidad introduce un elemento personal –singular– que repele a la razón instrumental y al parecer no puede ser subsumido por ella. Y el mundo laboral prescrito por el management está poblado, ante todo, de emociones.

De ahí que los discursos de gestión empresarial planteen la necesidad de que el individuo vuelva sobre sí mismo para inspeccionar sus estados de ánimo, de modo que los mismos puedan converger con las reglas de la organización y no entrar en colisión o tensión con ella. Zangaro denomina a esta tarea “trabajo ético”:

el trabajo ético tiene carácter reparador: apunta a desarrollar las acciones que permiten solucionar esas disfuncionalidades, es decir, que permiten reparar las emociones o estados afectivos que no concuerden con las reglas o no son adecuadas al entorno […] el trabajo ético constructor o reparador se significa principalmente por medio de procesos mentales (de cognición, afectivos o de percepción) y que a veces incluye también procesos de comportamiento; se destaca, además, el hecho de que los estados afectivos se logran a partir de acciones voluntarias que involucran la introspección y la reflexión sobre sí mismo.[41]

Es esta vuelta a sí mismo, a lo emocional fundamentalmente, lo que explica que en el nuevo management el uso de las metáforas de la vida doméstica para referirse a la vida laboral sea recurrente. Hay una ruptura importante aquí con el discurso de gestión de la posguerra, que intentaba deslindar el mundo profesional del familiar como parte de su batalla contra el paternalismo y la parcialidad de los juicios personales. Desde los ‘90, los autores se rebelan contra esta separación por considerarla “inhumana” al no dejar espacio a la afectividad.[42] No es casual entonces que se utilice la metáfora de la empresa como “una gran familia”, algo infrecuente en el período anterior.

Nuevamente, es en la figura heroica del líder o manager que esta concepción aparece condensada. Ya señalamos que el líder debería sustentar su autoridad en sus características personales y no en el lugar jerárquico que ocupa. Lo que lo distingue como persona es la emocionalidad y particularmente su capacidad para movilizarla en los otros. De ahí que se plantee la necesidad de diferenciar claramente su función y lugar del que ocupa al experto –prototipo de la razón instrumental–:

Éste [el experto] es imprescindible por ser quien detenta la información en materia de innovación y de saberes muy especializados cuyo dominio es necesario para entrar en la competición tecnológica. Puede pertenecer a la empresa […] pero puede ser también alguien externo a la misma, que pertenece a una consultora, a un centro de investigación independiente o a una universidad, y es consultado puntualmente. Su tarea no consiste en gestionar los equipos, ésa es la función del manager. Para que cada cual pueda desarrollar su talento de la forma más productiva –el manager, la movilización de las personas, y el experto, el rendimiento técnico–, los autores de gestión empresarial consuman la ruptura entre ambos perfiles, mientras que en la década de 1960 aún se pretendía hacer de todo ingeniero competente un manager […].[43]

Nótese la siguiente paradoja: tenemos aquí una suerte de realización, al interior de la empresa capitalista, del ideal utópico de “sociedad dual” propuesto por algunos teóricos del “fin del trabajo” como Gorz. De un lado la acción instrumental, que ha dejado de ser el centro de la vida de la empresa para pasar a ocupar un lugar importante pero claramente separado y delimitado –los saberes técnicos y especializados de los expertos–. Del otro lado, el mundo afectivo-comunicativo del manager y su búsqueda permanente por movilizar a las personas (“sin manipulación”), tema fundamental para la gestión empresarial.

Se puede llevar más lejos esta paradoja. En Metamorfosis del trabajo, Gorz critica las visiones “sociológicas” –incluso a la de Habermas– que interpretan el concepto de “mundo de la vida” operando una reducción del individuo a lo social. Señala que estas visiones omiten que en el individuo subsiste siempre un núcleo irreductible a la socialización, debido a:

la imposibilidad que existe para exteriorizar la interioridad, para objetivar lo subjetivo. Cada individuo hace originalmente la experiencia de esa imposibilidad: el lenguaje es un filtro que me obliga a decir más y menos de lo que yo siento. Su aprendizaje es una violencia original hacia lo vivido: me obliga a callar unas vivencias para las cuales no existen palabras, a decir unos contenidos que no se corresponden con mi experiencia, a tener unas intenciones que no son las mías.[44]

Sabemos que a partir de este ideal normativo Gorz construye su “sociedad dual” posible: de un lado, las tareas socializadas, prescritas y homologadas (esfera heterónoma, “trabajo”); del otro, aquellas en las que el individuo expresa sus necesidades más íntimas, refractarias a la socialización (esfera de autonomía, actividades autodeterminadas). Pero paradójicamente, el nuevo management pone a jugar lo más íntimo del sujeto –sus estados emocionales– en la propia esfera laboral, para Gorz el lugar “heterónomo” por excelencia. La empresa prescrita por este discurso ha interiorizado el “mundo de la vida”, en parte en su versión “comunicativo-intersubjetiva” (Habermas) pero más aún en su versión “emocional-subjetiva” (Gorz).

Esta serie de consideraciones explica el concepto de “trabajo” que se desprende de los planteos manageriales. Como vimos, lo que ataca este discurso es fundamentalmente un concepto estrecho y unilateral de “trabajo”: su reducción a una acción instrumental, funcionalmente integrada y jerárquicamente prescrita. El concepto de “trabajo” debe entonces ampliarse para integrar otros aspectos: lo comunicativo, lo afectivo, lo personal, la búsqueda de autonomía, etc. En este sentido, el trabajo ya no puede entenderse en oposición dicotómica con otras esferas vitales: por eso el management incluso reemplaza el concepto de “trabajo” por uno más genérico e indeterminado, el de “actividad”:

En una ciudad por proyectos, el equivalente general, aquello con respecto a lo cual se mide la grandeza de las personas y de las cosas, es la actividad. Sin embargo, a diferencia de lo que se podía constatar en la ciudad industrial, donde la actividad se confunde con el trabajo y donde los activos por excelencia son aquellos que disponen de un trabajo asalariado estable y productivo, la actividad, en la ciudad por proyectos, supera las oposiciones entre trabajo y no trabajo, entre lo estable y lo inestable, entre lo asalariado y lo no asalariado, entre lo interesado y lo voluntario, entre lo que es evaluable en términos de productividad y lo que no siendo medible escapa a toda evaluación contable. Los autores de gestión empresarial retoman la idea lanzada por su colega inglés Charles Handy en su obra The Age of Unreason, donde propone reemplazar la noción tradicional de empleo por el concepto de actividades que cada uno gestiona por cuenta propia.[45]

El problema del nuevo management radica en la necesidad de articular un concepto de “trabajo” lo suficientemente amplio como para trascender las dicotomías que lo signaban en el período anterior. Un modo de efectuar la operación es mantener el concepto ampliando su contenido; otro es aceptar la carga simbólica que arrastra de ese período y optar entonces directamente por su reemplazo. La elección por un concepto como el de “actividad” se explica, por un lado, por su carácter altamente general e indeterminado, lo que lo hace apto para superar las connotaciones estrechas y unidimensionales que podría arrastrar todavía un concepto como el de “trabajo”. Pero, por otro lado, esta indeterminación inicial se complementa con un sentido positivo:

la actividad por excelencia consiste en insertarse en redes y explorarlas, para romper el aislamiento y tener posibilidades de encontrar personas o de relacionarse con cosas cuyo acercamiento es susceptible de engendrar un proyecto. La actividad se manifiesta en la multiplicidad de proyectos de todo tipo que pueden ser llevados a cabo y que hipotéticamente deben ser desarrollados de modo sucesivo, constituyendo el proyecto, dentro de esta lógica, un dispositivo transitorio. La vida es concebida como una sucesión de proyectos, tanto más válidos cuanto más diferentes sean los unos de los otros […] Lo que importa es desarrollar la actividad, es decir, no estar nunca falto de proyectos, falto de ideas, tener siempre una cosa a la vista, en preparación […].[46]

Nótese que aquí, después de ser disueltas las dicotomías ya señaladas, se reponen otras. La “actividad” alude a la necesidad de estar siempre activo, de mostrarse adaptable y flexible; para ello se debe estar dispuesto a cambiar a todo momento, asumiendo riesgos de modo de ir preparando el terreno para ello. Esta acepción más positiva de “actividad” se opone a la “seguridad”, a la “estabilidad”, a la “inmovilidad” y a la “rigidez”, enjuiciadas ahora negativamente. Bajo este prisma, la “actividad” se opone también a lo que al menos en términos ideales se entendía por “trabajo” en el período anterior (empleo de por vida, garantías de seguridad social, tareas bien especificadas, jornada laboral “normal” con fronteras claramente delimitadas, etc.).

En una línea similar, Zangaro encuentra en el management una asimilación entre trabajo y vida:

Los textos postulan una serie de posiciones interpretativas que llevan a asimilar trabajo-vida como espacios de realización personal idénticos. Esta identidad significa la disolución de la línea que separa trabajo de no-trabajo: el trabajo ya no es un medio para un fin, no existe una relación instrumental con el trabajo. El trabajo es el fin en sí mismo porque es la vida. No se trata sólo de que el individuo se define por su actividad: el individuo es su actividad y su actividad es su empleo. La satisfacción y la realización abandonan los límites de lo profesional para devenir satisfacción y realización vital, personal.[47]

Sea mediante el concepto de “actividad”, sea mediante la asimilación entre “trabajo” y “vida”, resulta clara la operación discursiva del management: se trata de romper con un concepto reduccionista “instrumental” respecto de la actividad laboral y de la subjetividad que trabaja. El concepto de “trabajo” se amplía a punto tal que engloba el conjunto de la “vida”, o bien deviene en “actividad”. Recuérdese que era exactamente esto lo que sucedía para Dominique Méda en lo que ella alcanzaba a vislumbrar como “sociedad de servicios”.[48]

Resumamos entonces los resultados de la comparación entre el discurso de la nueva gestión empresarial y el de la crítica tradicional del trabajo. Esta última señalaba que con la modernidad el trabajo devenía necesariamente “acción instrumental”, pasando a ser regulado sistémica o funcionalmente. La perspectiva utópica que se abría para este planteo era la de reducir claramente la esfera del “trabajo”, de modo tal que ella pasara a estar subordinada a las necesidades de otras esferas vitales (“mundo de la vida”, “esfera de autonomía”, etc.), permaneciendo no obstante claramente separada de ellas. El management comparte el cuestionamiento de la acción instrumental, pero se separa de la crítica tradicional respecto del concepto de “trabajo”. Para la nueva gestión empresarial, el concepto “reductivo” de trabajo que postula la crítica tradicional no es ni necesario ni se debe a alguna “necesidad evolutiva”: el “trabajo” unilateralmente instrumental debería ser superado y reemplazado, postulándose entonces un concepto más amplio. Esta reconfiguración conceptual nada tiene que ver, repetimos, con la perspectiva utópica o romántica que criticaba Habermas, sino que es planteada por un discurso preocupado por la gestión de las empresas capitalistas.

En este sentido, los discursos de la nueva gestión empresarial ponen de manifiesto hasta qué punto la crítica tradicional del trabajo ha quedado neutralizada en el contexto del capitalismo actual. Para estos discursos, el trabajo tal como lo entendía dicha crítica debe ser superado: siguiendo sus prescripciones, las rígidas dicotomías en que se apoyaba la crítica tradicional (labor/acción, acción instrumental/acción comunicativa, integración sistémica/integración social) deberían ser eliminadas en los espacios de trabajo.

Podemos interpretar ahora un comentario a primera vista sorprendente que casi al pasar hacen Boltanski y Chiapello en su libro: ellos señalan que Habermas es la fuente de “filosofía moral contemporánea” a la que más frecuentemente recurre el nuevo management.[49] Evidentemente, esto muestra que a los gurúes de la gestión les preocupa poco la idea habermasiana según la cual el “trabajo” es necesariamente instrumental, pues están convencidos de que ello no es así. Haciendo caso omiso de este tema, para ellos Habermas es un aliado en su cruzada contra la instrumentalización unilateral y a favor de la inclusión de la “acción comunicativa” en los procesos productivos. Después de todo, el blanco de la crítica es compartido: el tipo de gestión instrumental prevaleciente en el período industrial-fordista. La diferencia, insistimos, es que para Habermas dicho desarrollo se derivaba de una “necesidad evolutiva” que trascendía incluso al capitalismo: la vía emancipatoria comenzaba entonces con la delimitación y reducción del campo de influencia del “trabajo” como prototipo de la acción instrumental. Para el management, muy por el contrario, el predominio de la acción instrumental en el campo laboral corresponde a una fase del capitalismo que estaría siendo superada en el marco del mismo sistema.

Las implicancias de todo esto para una crítica del trabajo y del capitalismo no pueden menospreciarse. Un tipo de crítica con gran asidero durante más de cuarenta años está mostrando limitaciones probablemente insuperables para la comprensión de la realidad social. Pensemos que, por ejemplo, la “crítica de la razón instrumental” desarrollada por la Escuela de Frankfurt se gestó en un contexto más o menos preciso: el de la consolidación de las grandes burocracias empresariales y estatales, así como del ascenso de los regímenes totalitarios y de la planificación estatal de la economía. Vimos que para el mismo Habermas este contexto era el que justificaba la necesidad de pasar de la “crítica de la economía política” a la “crítica de la razón instrumental”, posicionamiento que, lejos de ser original, seguía básicamente la tesis de Pollock sobre el “capitalismo de Estado” ya esbozada en la década de 1930.[50] Este planteo parecía ser capaz de extender el campo de la crítica, por ejemplo, hacia las grandes burocracias, sean estatales o privadas, sean las de los países capitalistas o las del “socialismo real”.

Más allá del caso puntual de la Escuela de Frankfurt (y cabe aclarar que en su interior hay diversas posiciones que no se reducen a la de Habermas),[51] en el conjunto de los autores que estuvimos trabajando y que englobamos dentro de lo que denominamos “crítica tradicional del trabajo” (especialmente Arendt, Habermas, Gorz y Méda), encontramos líneas básicamente similares. Una cierta configuración del proceso de trabajo (“instrumental”, “productivista”, “funcional”, “impersonal”, etc.) es aceptada como la única posible –incluso si se superara el capitalismo– insistiéndose únicamente en la necesidad de reducir su campo de acción.

Hoy el contexto ha cambiado, y conocemos algunos de los tópicos que abarca: globalización, crisis del Estado de Bienestar, ascenso del neoliberalismo, caída del “socialismo real”. Más allá de estos grandes temas sobre los cuales mucho se ha discutido, aquí nos detuvimos en particular en las transformaciones acaecidas en los procesos productivos (y en continuidad con ellos, también en los de consumo). Desde este enfoque, argumentamos que la crítica tradicional del trabajo ha sido neutralizada con la última reestructuración del capitalismo. Y el discurso del nuevo management, que llama a trascender en la gestión de la propia empresa capitalista los tópicos que cuestionaba y a la vez avalaba dicha crítica –tomando incluso a Habermas como aliado– es la mejor muestra de ello.

En este punto, necesitamos volver a nuestro enfoque inicial, que es el que venimos siguiendo –y procurando enriquecer– también en esta tercera parte. Tenemos que adoptar la perspectiva de la crítica de la economía política para estudiar la especificidad del proceso de producción capitalista, que no es sólo un proceso de trabajo sino también un proceso de valorización del capital. La pregunta que quisiéramos abordar entonces es la siguiente: ¿cómo se vinculan los cambios en los modos de gestión del proceso de trabajo con las necesidades del proceso de valorización? En parte, ya hemos tratado este tema en el capítulo cuarto en particular; ahora tenemos que explicitarlo más claramente tomando en consideración también lo que hemos apuntado aquí sobre los planteos manageriales. Empezaremos también así a allanar el terreno para reconstruir y recuperar la crítica.

IV. Hacia la reconstrucción de la crítica: los cambios en los modos de gestión y control del proceso de trabajo y las nuevas necesidades de valorización del capital

Boltanski y Chiapello estudian los discursos de gestión fundamentalmente desde la perspectiva de que los mismos expresarían los modos mediante los cuales el capitalismo obtiene la adhesión de los sujetos a su régimen de obtención de beneficios. Parten por cierto de una definición del capitalismo similar a la nuestra: es un sistema basado en la acumulación de capital y en su continua expansión, más allá del contenido de la riqueza y de las necesidades sustantivas. Es este carácter abstracto y autorreferencial del proceso el que hace que, desde la perspectiva de los sujetos que participan en el proceso productivo, el capitalismo presente un carácter que Boltanski y Chiapello califican de “absurdo”[52] –del mismo modo que Max Weber hablaba del carácter “irracional” de la mecánica de la acumulación por la acumulación evaluada desde el punto de vista de la felicidad o utilidad para el individuo–.[53] De manera que lo que buscan los autores en estos discursos es lo mismo que el célebre sociólogo alemán encontraba en la ética protestante un siglo antes: las razones por las cuales los sujetos adhieren a semejante sistema, que por los motivos señalados no podrían encontrarse en la lógica interna del mismo.

Esta perspectiva –totalmente válida por cierto– entraña no obstante para nosotros el inconveniente de que tiende a tratar los mecanismos y discursos mediante los cuales se busca la adhesión de los sujetos como una cuestión hasta cierto punto independiente de las necesidades históricas del proceso de valorización del capital. Por un lado, tendríamos entonces la lógica “irracional” del sistema –la autoexpansión del valor–. Por otro lado, nos encontraríamos con los mecanismos históricos mediante los cuales se busca la adhesión de los sujetos. Lo que evidentemente tiende a quedar por fuera de este análisis es la relación entre ambos, o sea: la cuestión de cómo los dispositivos y discursos que movilizan a los sujetos se vinculan también con las necesidades que en un momento determinado demanda el proceso de acumulación del capital. Es aquí que nuestra perspectiva se aleja de estos autores y se acerca a la de Marcela Zangaro, quien sobre este punto señala:

Boltanski y Chiapello consideran que el management contiene dos tipos de lineamientos diferentes: por un lado, los relacionados con los métodos de extracción de beneficios; por otro lado, los orientados a suscitar la adhesión de los sujetos. Esto hace que, para estos autores, la literatura gerencial pueda ser leída desde cualquiera de los dos planos, según se ponga el acento en uno u otro de los lineamientos. Sin embargo, desde nuestro punto de vista […], en la actualidad no se trata de dos tipos de lineamientos diferentes ni de dos tipos posibles de lectura […] Para las prácticas de gestión actual, lo que aquellos autores llaman adhesión y que para nosotros queda mejor expresado con el término implicación, no constituye simplemente la aceptación de los principios que legitiman la extracción de beneficios sino que, más bien, constituye parte del método que posibilita generar beneficios. Y esto porque las actuales formas de gestión apuntan a la creación de una fuente de beneficios particular: la subjetividad implicada en el trabajo.[54]

Lo que señala aquí la autora está claramente vinculado con lo que nosotros desarrollamos en el parágrafo V del capítulo cuarto. La explotación del trabajo en los sistemas de tipo “posfordista” depende fuertemente de la subsunción de un conjunto de capacidades cognitivas y actitudinales generales que hay que diferenciar de los saberes expertos y especializados de los “técnicos”. Algunos autores las denominan “competencias blandas”, y serían más específicamente:

aquellas estrechamente ligadas a capacidades relativas a procesos cognitivos y a la posesión de herramientas acordes. Se vinculan con la capacidad general de abstracción, de aprehensión general de conceptos y procesos, de procesamiento inteligente y no ambiguo de la información y de expresión lingüística adecuada. Estas competencias cognitivas forman el núcleo duro de las competencias blandas, núcleo rodeado por un conjunto de competencias que pertenecen más bien al plano afectivo: saber participar, compartir, aceptar el disenso, etc.[55]

Precisamente, lo que entendemos aquí es que el cambio en los discursos del management debe también ser interpretado desde el punto de vista de los problemas que, en cuanto a gestión, plantea la subsunción de estas competencias. El mando unilateral y jerárquico, así como la integración meramente funcional a los puestos, resultan ser dispositivos insuficientes y hasta inadecuados para poder operar dicha subsunción. Ocurre que estas competencias no resultan fácilmente homologables, teniendo que ser moduladas por los mismos sujetos en su ejercicio efectivo. Una sistematización y estandarización completa de las mismas entraría incluso en contradicción con la subsunción de algunas de ellas. Piénsese por ejemplo en las aptitudes para adaptarse a lo imprevisto, para interactuar con los otros y trabajar en equipos o para comunicarse: resulta aquí difícil pensar en la institución de un one best way al estilo tayloriano. Entre lo que sí puede prescribirse, se abre entonces un espacio de incertidumbre, un conjunto de posibilidades respecto de las cuales el individuo deberá evaluar el curso de acción más conveniente.

En este sentido, los discursos de gestión contemporáneos pueden leerse en términos de la institución, ante dicha dificultad, de nuevas modalidades de control. El eje central del cambio pasa por el desplazamiento tendencial de los controles heterodeterminados –que ya no resultan adecuadoshacia mecanismos de autocontrol. Ahora bien: la interiorización del control sólo es posible bajo ciertas condiciones. Presupone, ante todo, que el trabajador se identifique con su trabajo, que sienta que los fines de su tarea laboral resultan ser también objetivos personales, vitales. De aquí se explican los llamados a “implicar al personal” o a movilizar a los empleados por “motivaciones intrínsecas”, así como también adquiere un sentido estratégico la equiparación discursiva entre “trabajo” y “vida”. Y la insistencia en la emocionalidad y la introspección reconocen un mismo origen: se trata de que los estados de ánimo del trabajador –ubicados en lo más profundo de su interioridad– se acoplen con los requisitos y finalidades que exige su actividad laboral en la empresa.

Así, la subsunción de las llamadas “competencias blandas” al capital no puede hacerse de un modo meramente unilateral y funcional: requiere que el trabajador preste su libre consentimiento a la sesión e incluso que la experimente como una necesidad personal. Y por supuesto: también de un modo productivo, acorde a las necesidades de acumulación del capital. Lo cual presupone siempre un acoplamiento, que en parte debe ser realizado por el propio trabajador. Es precisamente esto lo que se intenta expresar con el término “autocontrol”:

Las políticas de management subjetivan buscando una identidad entre trabajo y vida, entre objetivos personales y objetivos del capital y haciendo que los trabajadores hagan, por sí mismos, algo que al capital ya no le resulta tan sencillo realizar: controlar el uso eficiente de la fuerza de trabajo en función de sus propios objetivos.[56]

Es por esta razón que pensamos aquí que es necesario recuperar el análisis marxiano –tal como lo esbozamos en el capítulo segundo– en vista de reconstruir la crítica, que en buena medida ha sido neutralizada con la instauración de los nuevos dispositivos en el proceso de trabajo. Insistimos en particular con la neutralización de la crítica tradicional del trabajo, que había dejado de lado el análisis marxiano respecto de la relación inmanente entre trabajo y valor para enfatizar una alienación que resultaría inevitable incluso si se superara el capitalismo, y todo esto debido a un supuesto “progreso evolutivo” que desanclaba al trabajo de las motivaciones individuales. Pues bien, la reconstrucción de la crítica en este contexto debe tomar para nosotros como punto de partida la reposición de aquel “olvido”: el del carácter específicamente histórico del trabajo en el capitalismo, y en particular su función como productor de valor para la acumulación de capital.

Adoptando esta perspectiva, emergen más claramente a la luz las ambigüedades inherentes a los nuevos dispositivos de gestión, tornándose también posible la crítica de los discursos que los legitiman y prescriben a la vez. Detrás del supuesto “enriquecimiento del trabajo” podremos encontrar entonces dos cuestiones analíticamente distinguibles aunque de hecho imbricadas: la intensificación de la explotación del trabajo de un lado, y la progresiva mercantilización de todas las capacidades y actividades humanas del otro. Estas cuestiones ya las tratamos en el capítulo cuarto, en particular en los parágrafos IV y V. Ahora nos limitaremos a enfatizar algunos puntos teniendo en cuenta los temas que tratan los discursos sobre gestión que venimos analizando.

Es cierto que la subsunción de las llamadas “competencias blandas” y la exigencia de autocontrol que le sigue contribuyen en cierta medida a enriquecer las tareas: aumentan el margen de iniciativa del trabajador y promueven la polivalencia. No obstante, puestas al servicio del capital redundan en general en una intensificación del trabajo. Para empezar, son más las tareas que el trabajador debe desarrollar simultáneamente: por ejemplo, control de calidad, mantenimiento e incluso mejora de los procedimientos. Esta polivalencia es incentivada ante todo en vista de disminuir el tiempo de trabajo. En este sentido, también el desarrollo de la polivalencia se transforma en un modo de eliminar los “tiempos muertos” y el trabajo improductivo, aunque por vías diferentes a las del taylorismo.[57] En el caso del establecimiento de equipos de trabajo con autonomía relativa, por ejemplo, la prescripción pesa sobre el grupo para trasladarse por mediación de él al trabajador individual. Lo que toman en consideración aquí las técnicas de gestión es que el trabajo es colectivo y no puede reducirse a un conjunto de operaciones individuales cuya coordinación es establecida a priori y de un modo definitivo –recuérdese en este punto el principio toyotista del “tiempo compartido”–.

Algo similar puede decirse del debilitamiento de las jerarquías piramidales y de la organización burocrática. Permiten trasladar los problemas del control y la responsabilidad por los resultados al conjunto de los trabajadores. En muchos casos, la eliminación de la mediación burocrática redunda en favor de un control directamente mercantil, realizado ahora por el cliente (el consumidor final u otra empresa a la cual se le prestan servicios). De este modo, los costos del control se desplazan desde las jerarquías hacia los clientes y los asalariados, eliminándose los mandos intermedios para optimizar el tiempo de trabajo colectivo y con él los beneficios.[58] Además, como ha observado Richard Sennett, este debilitamiento de las jerarquías permite también difuminar las responsabilidades de las empresas y los directivos, que se trasladan entonces o bien a agentes ante los cuales el trabajador pocas posibilidades tiene de hacer algún reclamo (el cliente o el accionista, por ejemplo), o bien hacia entes anónimos (los “mercados”, el “cambio tecnológico”, etc.). Los despidos de personal, por ejemplo, pasan entonces a obedecer a “fatalidades” de las cuales la empresa no sería responsable.[59]

El otro problema que plantea la subsunción al capital de estas competencias cognitivas y actitudinales es el del corrimiento de la frontera de lo mercantilizable. Como señalan Boltanski y Chiapello, la delimitación entre un dominio mercantil y otro no mercantil ha desempeñado un papel fundamental en el capitalismo. Una de las manifestaciones fundamentales de dicha delimitación es el reparto respectivo de actividades y capacidades, bien al ámbito profesional, bien al personal. Sabemos que el concepto moderno de “trabajo asalariado” –y con él la misma definición del “mercado de trabajo”– se sustenta en la idea de que el trabajador no aliena su entera persona, sino solamente su fuerza de trabajo. Se supone entonces que el contrato de trabajo debe especificar el objeto de la prestación contractual, además de su duración en el tiempo, lo cual distingue al asalariado del servidor.[60]

Ahora bien: los discursos y las técnicas de la nueva gestión empresarial, enfatizando la importancia de lo personal y en particular de lo afectivo para el ejercicio profesional –lo cual vimos que conduce al concepto de trabajo como “actividad” o, lo que es lo mismo, a establecer una equivalencia entre trabajo y vida– ponen en entredicho esta distinción entre la persona y su fuerza de trabajo. De ahí la tendencia del trabajo asalariado a devenir en servidumbre, que ya vimos que denunciaban autores como Gorz y Virno. Y concatenada con ella –cuestión que ya señalamos en el capítulo cuarto, parágrafo V– la tendencia a la mercantilización de la persona entera. Esto se hace particularmente notable en los discursos del management, que llaman a involucrar los afectos –lo más íntimo de la persona– en el proceso productivo. Comienzan así a desdibujarse las fronteras entre “vida personal” y “vida profesional”, e incluso entre tiempo de trabajo y tiempo de no-trabajo. Pero con ello se extiende también el ámbito de lo mercantilizable: ahora los afectos, el honor, la cooperación, el diálogo, etc. deben ser movilizados para la obtención de beneficios.

Es en este punto preciso que la crítica del trabajo en tanto acción instrumental que vimos que emprendía el management muestra todas sus fisuras y ambigüedades, develando a la vez las limitaciones de la crítica tradicional. Si entendiéramos al trabajo meramente como “trabajo concreto” tendríamos que darle la razón a los discursos de gestión: el trabajo se ha enriquecido, no es mero ejercicio calculador de la acción instrumental, contribuye a una integración que no es sólo sistémica sino que ante todo es –y debe ser– vivida como personal, etc. Sin embargo, por todo lo que llevamos dicho, resulta fácil entender que estos juicios apenas lograrían divisar una de las caras del asunto. Pues el trabajo concreto, en el capitalismo, se articula siempre en función de esa mediación específica que es el trabajo abstracto, productor de valor.

Por eso, es recién cuando atendemos a este último punto que se devela la cara opresiva de estos discursos. Puede verse entonces que la inclusión de la “acción comunicativa”, de los afectos, etc. en el trabajo, no es sino su subordinación e instrumentalización en vistas de un fin unidimensional: la producción de valor y plusvalor. Lo que ocurre es que ahora la cumplimentación de este fin requiere de su interiorización por parte de los trabajadores. Para funcionar, la empresa capitalista ya no necesita tanto del adiestramiento de los cuerpos; requiere ante todo la colonización de las almas.

En el discurso del management este objetivo unilateral no es discutido: es tratado como la función “natural” del trabajo. En un giro inesperado para la crítica tradicional, resulta que ahora la maximización de las ganancias y el aumento de la productividad dependen de los estados afectivos de los trabajadores. La implicación con el trabajo es entonces también la identificación con los objetivos de la empresa.[61] Insistimos aquí con el razonamiento que planteamos en el capítulo segundo: el trabajo en el capitalismo es estructuralmente acción instrumental por su función específica en esta sociedad. La subsunción del lenguaje, la comunicación, los afectos, etc. –y, en el límite, de la persona– en este contexto, redunda entonces en una instrumentalización unilateral. Aparece aquí nuevamente la brecha entre lo real y lo posible que para nosotros es constitutiva de la crítica: los discursos y técnicas de gestión actuales ponen de manifiesto posibilidades que no obstante quedan frustradas en el marco del capitalismo. Volveremos sobre este punto en las conclusiones de esta investigación.

Finalmente, los discursos del management permiten explicitar una última cuestión. Una de las dimensiones que vimos que resaltaban los teóricos del “fin del trabajo” era la subjetiva: se supone que las personas ya no se identificarían con su trabajo, que la ética del trabajo habría entrado en crisis, etc. Ahora bien: estos discursos tan en boga revelan, paradójicamente, una rehabilitación de la ética del trabajo en una versión exacerbada. En el período de posguerra, en alguna medida la ética del trabajo se había visto trastocada: se consideraba que trabajar era el medio por el cual el individuo accedía a los bienes de consumo, a los derechos sociales, a una estabilidad económica asociada a la posibilidad de “hacer carrera”, etc. Se trataba ante todo de motivaciones extrínsecas al trabajo propias de la “sociedad de consumo” –Gorz refería a las mismas en términos de “reguladores iniciativos[62] y Bauman llegaba incluso a ubicar aquí el comienzo de la debacle de la ética del trabajo en beneficio de una “estética del consumo”–.[63] Los discursos actuales del management vuelven a poner en un primer plano las motivaciones intrínsecas al trabajo –y seguramente no por casualidad lo hacen en un contexto de precarización de la fuerza de trabajo y de contención de los salarios–. La idea que se desprende de los mismos es que el individuo debe “realizarse” personalmente en su profesión, incluso independientemente de los incentivos materiales que reciba por ello.

Claro que sería un error suponer una aceptación automática por parte de los trabajadores de las prescripciones manageriales. En la práctica, estas técnicas y discursos consiguen adhesión pero también, en muchos casos, resistencias de diverso tipo.[64] La naturaleza opresiva del llamado a involucrar la entera subjetividad en los procesos de valorización puede dar lugar a variadas tácticas de resistencia de carácter individual: trabajadores que se niegan a comprometerse enteramente con su trabajo, que no aceptan vivenciar los objetivos de la empresa como propios, que quieren limitarse a cumplir con su tarea y nada más, que rehúsan trabajar horas extras y que prefieren pasar más tiempo con sus familias, etc.

En muchas ocasiones, las resistencias adquieren también un carácter colectivo. El investigador Montes Cató relata el caso de la empresa Telefónica S.A. en Argentina, que comenzó a operar tras la privatización de ENTEL en la década de 1990 adoptando diversos dispositivos tendientes a conseguir el involucramiento de los trabajadores y su fidelidad a la empresa en desmedro, fundamentalmente, de las representaciones sindicales. En línea con los discursos del nuevo management, estos dispositivos buscaban introducir horizontalidad en los vínculos entre los trabajadores y los directivos de la empresa: manuales de formación, cursos de capacitación, actividades fuera del horario laboral a las que asistían gerentes y trabajadores, etc., que apuntaban a la constitución de un “nosotros” –los trabajadores unidos con la empresa–.[65] En esta operatoria tendiente a construir una imagen de horizontalidad, especial importancia tenía la institución de la figura del team leader. Este personaje –al cual sabemos que la literatura de gestión alude con distintos términos como “líder”, “manager”, etc.– tenía a su cargo grupos con autonomía relativa de aproximadamente veinte operadores. Estos líderes no se presentaban a sí mismos como supervisores (aunque cumplieran funciones similares) sino como conocedores de los problemas de los teleoperadores, fundando su legitimidad en el carisma y las capacidades de conducción[66] –recuérdese aquí la distinción entre “líderes personales” y “líderes formales”–. Funcionaban como una suerte de mediación entre la empresa y los trabajadores, instituyendo pequeñas lealtades con sus grupos, transmitiendo la visión empresarial y gestionando los conflictos –mediante, por ejemplo, la realización de reuniones periódicas concebidas como “ámbitos de cooperación”–.

Montes Cató relata cómo con el tiempo los trabajadores pasantes en particular –con condiciones de trabajo sumamente precarias– comenzaron a cuestionar estos dispositivos. Primero de un modo más bien individual: algunos plantean en las reuniones de los grupos de trabajo demandas vinculadas a intereses de los trabajadores sabiendo que las mismas exceden las prerrogativas de los team leaders. Luego estos pequeños actos de rebeldía se pasan a conjugar con acciones colectivas: se constituye una Comisión de Pasantes que comienza a editar un boletín en el que se ridiculiza en ocasiones a los team leaders y en el que, fundamentalmente, se informa sobre los problemas particulares de las distintas oficinas, dándose también a conocer los derechos de los trabajadores pasantes. A lo que se apunta es a contrarrestar el discurso de la colaboración ineluctable con la empresa, a la vez que se procura ir reconstruyendo la solidaridad entre los trabajadores y afianzando los vínculos con el sindicato y otras organizaciones sociales. Este proceso de autoafirmación del colectivo mostraría resultados positivos tiempo después, cuando ante un intento de la empresa de despedir a ochenta pasantes se organiza una huelga con resolución favorable, ya que entre otras cosas se les termina reconociendo su inserción bajo una relación laboral.[67]

Es importante dar cuenta de la existencia de estas resistencias para relativizar el alcance efectivo que puedan tener estos discursos y para evitar una visión mecanicista respecto del modo en que el poder se ejerce; pero también es relevante tomar nota de que, en contraste con lo que algunos autores señalan respecto al desapego subjetivo en relación al trabajo, los discursos de gestión en boga formulan una ética del trabajo que llama al involucramiento –en el límite total– de la persona con su actividad laboral. Una ética que tiene también un componente que podríamos denominar “estético-individualista”, ya que convoca a que los individuos expresen su personalidad en el trabajo.[68] Claro que no deja de plantearse como un deber esta necesidad de implicación, y en este sentido creemos que conserva un carácter ante todo ético o, mejor, moral.[69] Pero aún más fundamental resulta tener en cuenta que esta ética del trabajo renovada y reimpulsada lejos está de ser un discurso ideológico vacío –tal como parecían insinuar Gorz y Méda–. Por el contrario, persigue un objetivo bien concreto: que las personas pongan a jugar en favor del capital capacidades y actitudes que resultan de importancia vital para su valorización.

V. Consideraciones finales: la “subsunción de la vida al capital” y la neutralización de la crítica tradicional

En esta parte, hemos procurado ofrecer una interpretación alternativa a la sostenida por los teóricos del “fin del trabajo” respecto del lugar del trabajo en el capitalismo actual. En líneas generales, lo que planteamos es que los fenómenos sobre los cuales se detienen estos autores (desocupación, precarización de la fuerza de trabajo, etc.) no pueden interpretarse desde una perspectiva meramente “técnica” centrada en el avance de la tecnología y la automatización. Muy por el contrario, entendemos que deben enmarcarse en una perspectiva histórico-crítica respecto de la relación entre trabajo y capitalismo, en la cual las formas que asume la explotación de la fuerza laboral vuelven a estar en el centro de la interpretación.

Aunque las estrategias sobre las que se sostiene la explotación son varias y se encuentran a la vez diferenciadas y articuladas a nivel global –cuestión que explicitamos en el capítulo cuarto, parágrafo IV– nos detuvimos en particular en las que se desprenden de los modos “posfordistas” de organizar el proceso productivo, que tienden a subsumir más capacidades y actividades al capital, implicando con ello subjetivamente a los trabajadores en la producción de valor. Más allá de que relativizamos la idea de un pasaje lineal y sin fisuras del “fordismo” al “posfordismo”, creemos que al menos puede afirmarse que este último pone de manifiesto una tendencia contraria a la presagiada por la crítica tradicional del trabajo: en lugar de recluirse en una “esfera económica” de tipo instrumental-funcional claramente delimitada, el trabajo tiende a hacerse comunicativo, afectivo y relacional. Con esto, a la vez que las dicotomías en que se sostenía aquella crítica –acción instrumental/acción comunicativa, integración sistémica/integración social, etc.– son cuando menos relativizadas, se explicita el peligro de una progresiva subsunción –que es a la vez una mercantilización– de los resortes más íntimos de la persona humana bajo el régimen unidimensional de la producción de valor. El concepto managerial del trabajo como “actividad”, con el cual quedan identificados “trabajo” y “vida”, constituye la explicitación ideológico-discursiva más clara de este peligro.

Así como en los procesos productivos “posfordistas” operan un conjunto de dispositivos que tienden a la implicación personal de los sujetos con la valorización del capital, vimos en el capítulo quinto cómo también en el ámbito del consumo se vienen poniendo en funcionamiento mecanismos que redundan en la subsunción de las necesidades y deseos subjetivos al valor de cambio. Aunque muchos de estos mecanismos (la obsolescencia programada, la moda, el crédito, la publicidad, etc.) ya funcionaban en la sociedad de consumo fordista, vimos cómo en las últimas décadas se han perfeccionado, extendiendo su radio de acción a punto tal de tender a abarcar la entera existencia humana –hablamos entonces de una progresiva subsunción del tiempo de no-trabajo al capital–.

Para sintetizar ambos movimientos –los que se dan en el “trabajo” y en el “consumo”, en el tiempo de trabajo y en el tiempo de no-trabajo– utilizamos una expresión con ecos marxianos: la de “subsunción de la vida al capital”.[70] Esta expresión nos parece útil en la medida en que resulta indicativa del modo en que el capitalismo actual utiliza mecanismos que buscan implicar e involucrar más enteramente a los individuos dentro de su lógica de valorización. Vinculamos esta idea con el pasaje que también marca el autonomismo[71] –siguiendo los pasos de Deleuze[72] y en parte los de Foucault– desde las llamadas “sociedades disciplinarias” hacia las “sociedades de control”.

La disciplina se ejerce en lugares de encierro bien delimitados: la cárcel, la escuela, el hospital y también la fábrica. Distribuye los cuerpos en el espacio, prescribe con minuciosidad sus movimientos, establece tiempos precisos para cada operación y encauza a las conductas mediante técnicas como la vigilancia jerárquica, la sanción normalizadora y el examen.[73] El control, por el contrario, no delimita fronteras claras que separan el afuera y el adentro. Tampoco prescribe de modo minucioso sino que modula las conductas dentro de ciertos parámetros, trabajando más bien sobre probabilidades en torno de las cuales subsiste siempre un margen de incertidumbre. Se basa, en ese sentido, en un cierto “dejar hacer” de raigambre liberal.[74]

El pasaje de la disciplina al control guarda una relación clara con la crisis (que, insistimos, es relativa) de los modos de organización fordistas y tayloristas, y la aparición de diversas variantes “posfordistas”, las cuales, como ya señalamos, se vinculan a su vez con las necesidades actuales de valorización del capital. La disciplina resultaba un mecanismo adecuado cuando de lo que se trataba era fundamentalmente de optimizar las operaciones del cuerpo en el espacio de trabajo desde una perspectiva mecanicista, unilateralmente prescriptiva e instrumental. Pero cuando se trata de extraer valor de la mente y de los afectos, la disciplina resulta al menos insuficiente. Se necesita entonces otorgar un margen de iniciativa, por lo cual la prescripción pasa a operar menos sobre un procedimiento completo que a través de ciertos resultados y objetivos esperados. La contracción del tiempo sigue siendo un imperativo clave, pero ya no depende –al menos no prioritariamente– del ajuste de los movimientos del cuerpo en un sentido mecánico, sino de la capacidad de las mentes para tomar decisiones en tiempo real y sincronizarse recíprocamente –este ajuste temporal entre tareas diversas, que debe modularse en la práctica concreta y no puede prescribirse a priori, resulta fundamental en la empresa-red y en el uso de las TIC, las cuales no sólo procesan información sino que también gestionan relaciones sociales–.[75]

Es conveniente aclarar que este pasaje de la disciplina al control es relativo en su alcance. No sólo porque la disciplina en su sentido más clásico sigue fuertemente presente en los países en desarrollo que proveen los bienes manufacturados para las “economías cognitivas”, sino también porque en estas últimas la utilización de las TIC facilita la implementación de un nuevo tipo de panoptismo, que Mariano Zukerfeld denomina “digital” en contraposición al “corporal” de la disciplina industrial clásica.[76] Este panoptismo digital toma una forma concreta en softwares y hardwares que permiten registrar, almacenar y procesar las acciones de los operadores (y también de los clientes) tornando posible una vigilancia minuciosa que ni el mismo Bentham pudo haber imaginado. De este modo, dispositivos informáticos para el almacenamiento y registro de llamadas telefónicas, correos electrónicos, actividad en línea, etc., así como la utilización cada vez más extendida de cámaras de vigilancia y sistemas de posicionamiento global (GPS), permiten un seguimiento segundo a segundo de las acciones llevadas a cabo no sólo por los empleados sino también por los usuarios en general. Esta nueva forma de panoptismo funciona con frecuencia complementando los mecanismos de control.

Como señala Maurizio Lazzarato, el control se distingue de la disciplina en el hecho de que no busca suprimir la diferencia supeditándola a mecanismos generales de homogeneización. Por el contrario, actúa modulando las diferencias, de modo tal que sus potenciales puedan ser capturados para ser puestos al servicio del sistema vigente.[77] Esto lo pudimos registrar en planos diversos: en los procesos de trabajo, donde la gestión asume una forma más participativa y horizontal que incluso toma en consideración los estados afectivos singulares de los sujetos; en la administración del tiempo de trabajo, que crecientemente se flexibiliza haciendo estallar la jornada laboral “estándar” de ocho horas diarias; en los procesos de consumo, con la promoción del deseo y la diferenciación creciente de productos; en la “modulación financiera” de los salarios directos e indirectos; etc. Es así que el control, ejerciendo el poder bajo una forma flexible y en apariencia más “democrática”, hace posible un involucramiento mayor de los sujetos junto con todas sus facultades en las dinámicas de valorización del capital.

Es en este sentido que la expresión “subsunción de la vida al capital” nos parece adecuada. Vimos que Marx utilizaba los conceptos de “subsunción formal” y “subsunción real” como herramientas analíticas para dar cuenta de determinados fenómenos históricos. La subsunción formal daba cuenta de la inclusión bajo el capital de procesos de trabajo preexistentes. La subsunción real, en cambio, se vinculaba con la transformación material del proceso de trabajo, que para Marx culminaba con el auge del maquinismo y la subordinación del trabajo vivo al trabajo muerto (capital fijo). No se trata de que estas herramientas conceptuales hayan perdido su utilidad, pero aquello de lo que procuramos dar cuenta en esta parte de la investigación no puede ser sintetizado adecuadamente con ninguna de ellas. Por un lado, ni las tecnologías en boga ni las capacidades de las fuerza de trabajo que son subsumidas al capital le preexisten, como pudo ocurrir con el artesanado y los oficios. Por otro lado, nuestra descripción tampoco cuaja totalmente con la de Marx sobre la subsunción real, que coincidía en líneas generales con la subordinación de lo vivo a lo muerto y la consecuente pérdida de control del trabajador sobre el proceso de trabajo.

Según se desprende de nuestro análisis, las nuevas tecnologías y modos de organización suponen una creciente interacción –no unidireccional– con el trabajo vivo, que hasta cierto punto se enriquece ganando una autonomía relativa. Esto conlleva, sin embargo, una subsunción más completa al capital de capacidades generales desarrolladas por la especie humana como el lenguaje, la comunicación, los afectos, etc., así como la implicación personal con el trabajo. Es así que el management construye implícitamente, según vimos, un concepto amplio de “trabajo”, al que identifica con la misma vida. Este concepto de “vida” no debería interpretarse tampoco en un sentido meramente biológico-naturalista como el que utiliza Arendt cuando vincula a la labor con el ciclo reproductivo y circular de la especie. Si esta vida es lenguaje, comunicación, afecto, interacción, etc. es “vida” singular a la vez que relacional, cualificada social y culturalmente. Y otro tanto ocurre con el tiempo de no-trabajo, particularmente en el consumo, que, según vimos, se constituye con la subsunción al capital en un acto ante todo social, simbólico, cultural. Utilizando la distinción griega, se trata de la “vida” en un sentido más cercano al de os que al de z.[78] Así creemos que lo entienden los discursos de gestión, y también nosotros cuando acuñamos la expresión “subsunción de la vida al capital”.[79]

Nuestro diagnóstico general difiere claramente, entonces, de aquel que con distintas perspectivas trazaba la crítica tradicional y, con ella, los sostenedores de las tesis sobre el “fin del trabajo”. Las tendencias que estudiamos en esta parte se contraponen a la idea de que en el capitalismo actual la “esfera económica” –y particularmente el mundo del trabajo– esté retrocediendo en beneficio de otras (mundo de la vida, esfera de autonomía, etc.). Más bien, entendemos que hay una creciente hibridación entre ellas, y que el capital no puede subsistir más que incorporando dimensiones que, según la visión tradicional, se encontraban en una oposición conceptual respecto a él. Esto representa, desde nuestro punto de vista, un gran desafío para la teoría: las grandes dicotomías conceptuales desde las cuales se intentó interpretar críticamente la modernidad capitalista (economía/cultura, sistema/mundo de la vida, acción instrumental/acción comunicativa, labor/acción, etc.) vienen siendo subvertidas por este sistema.

Hablamos entonces de una neutralización de la crítica tradicional del trabajo. No se trata –vale aclarar– de una cuestión meramente intelectual. Entendemos que una de las finalidades de la crítica –tal vez la principal– radica en brindar herramientas conceptuales que son también –o al menos pueden llegar a ser– parte de las luchas concretas. Con frecuencia se ha señalado que en las últimas tres décadas asistimos a una suerte de triunfo material pero también simbólico del capitalismo liberal, que aparece entonces como el único horizonte posible.[80] Los juicios taxativos respecto a distintos “fines” (de la historia, de las ideologías, de los grandes relatos, etc.) se inscriben en buena medida dentro de este horizonte –en relación al cual el supuesto “fin del trabajo” no es totalmente ajeno–. Creemos, tal como plantean Boltanski y Chiapello a su modo, que este triunfo –relativo por cierto– fue posible en parte gracias a la neutralización de la crítica que viene operando el actual capitalismo.

Es por eso que en la parte final de esta tesis dedicaremos especial atención a examinar los caminos a seguir para recuperar la crítica. Este propósito estuvo presente desde el inicio de esta investigación, por lo cual procuraremos sistematizar las cuestiones que fuimos tratando, de modo tal de esbozar a la vez las principales conclusiones que se desprenden del recorrido realizado.


  1. Véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit.
  2. Véase MARX, Karl, “Prólogo de la contribución a la crítica de la economía política”, en MARX, Karl y ENGELS, Friedrich, Obras escogidas, Moscú, Progreso, 1980, p. 182.
  3. Véase ŽIŽEK, Slavoj, El sublime objeto de la ideología, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003, p. 83.
  4. Véase MARX, Karl, El capital, Tomo III, ob. cit., cap. XIII.
  5. Véase ibíd., cap. XIV.
  6. Véase ibíd., cap. XV, donde se analizan estas cuestiones en un intento de explicar el desarrollo conflictivo y complejo de las contradicciones internas de la ley de la baja tendencial.
  7. Ibíd., p. 321.
  8. DELEUZE, Gilles y GUATTARI, Félix, El Anti Edipo…, ob. cit., p. 267. Las expresiones entrecomilladas refieren todas al Tomo III de El capital.
  9. ŽIŽEK, Slavoj, El sublime…, ob. cit., p. 84.
  10. Véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., pp. 63 y 296; desde el autonomismo, véase por ejemplo NEGRI, Antonio, “John M. Keynes y la teoría capitalista del Estado en el ‘29”, en Crisis de la política, Buenos Aires, El Cielo por Asalto, 2003, pp. 11-36.
  11. HARDT, Michael y NEGRI, Antonio, Imperio, ob. cit., p. 241.
  12. Ibíd., p. 242.
  13. Ibíd., p. 243.
  14. Por esto Virno, que no comparte –al menos no en el mismo grado– el optimismo de Negri, señala que en los ‘60 y ‘70 tuvo lugar en occidente una revolución derrotada que sería apropiada capciosamente por el mismo capital. Es más: el autor plantea que si el fordismo fue la apropiación capitalista del “socialismo real”, el posfordismo es la apropiación capitalista de ciertas proclamas “comunistas” de los movimientos de los ’60 y ’70 (extinción del Estado, rechazo del trabajo asalariado, valoración de la singularidad). De ahí su afirmación paradójica de que el posfordismo es el “comunismo del capital” (véase VIRNO, Paolo, Gramática…, ob. cit., pp. 127-130).
  15. BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., pp. 245-246.
  16. Ibíd., p. 247.
  17. Ibíd., p. 267.
  18. Véase ibíd., pp. 272-273.
  19. Ibíd., p. 269.
  20. Entrecomillamos las expresiones que son usadas explícitamente por las cámaras empresariales que impulsan el nuevo modelo (particularmente, la CNPF, que reúne a dirigentes de las grandes empresas francesas, y la Comisión Trilateral, organismo internacional vinculado a los intereses de organizaciones financieras y multinacionales que impulsan la internacionalización del capital). Para más detalles, véase ibíd., pp. 274-275.
  21. Ibíd., p. 280.
  22. Véase ibíd., pp. 281-285. Recuérdese que las medidas primera y tercera en esta somera enumeración ya se consideraron en el capítulo cuarto.
  23. Ibíd., p. 41.
  24. Véase ibíd., pp. 56-60.
  25. Véase HABERMAS, Jürgen, “Ciencia y técnica…”, ob. cit., pp. 108-112.
  26. Aunque a diferencia de Habermas, en todo este período y hasta la aparición de Adiós al proletariado Gorz mantenía en líneas generales la idea de que con la abolición del capital también se eliminarían las formas de dominación dentro del proceso productivo, defendiendo entonces el ideal de “autogestión obrera”.
  27. Varios de los planteos de este apartado fueron retomados y reelaborados en PAGURA, Nicolás, “¿Un capitalismo que neutraliza la crítica? Los discursos de la nueva gestión empresarial frente a los cuestionamientos a la «sociedad del trabajo»”, en Astrolabio. Nueva época, N° 18, 2017, pp. 147-172 [en línea: https://revistas.unc.edu.ar/index.php/astrolabio/article/view/14223/17175]
  28. Véase ibíd., pp. 659-660.
  29. Véase ZANGARO, Marcela, Subjetividad y trabajo: una lectura foucaultiana del management, Buenos Aires, Herramienta, 2011, pp. 94-95.
  30. Véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., p. 115.
  31. Sobre este punto, véase ibíd., pp. 107-112.
  32. Ibíd., pp. 124-125.
  33. Véase HELER, Mario, Jürgen Habermas…, ob. cit., p. 65.
  34. Véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., pp. 115-119.
  35. ZANGARO, Marcela, ob. cit., p. 132.
  36. Véase ibíd., p. 134.
  37. Véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., pp. 127-128.
  38. Recordemos que Habermas acusaba de “románticos” a todos aquellos que se negaban a aceptar el carácter ineluctable de lo que él consideraba un “progreso evolutivo”.
  39. Aunque ya señalamos que en el desarrollo del pensamiento gorziano puede registrarse implícitamente un reconocimiento de este punto.
  40. ZANGARO, Marcela, ob. cit., pp. 118-119. En la misma línea, Boltanski y Chiapello señalan que “lo «propio del ser humano» ha cambiado aquí de naturaleza: la razón sobre la que se hacía hincapié en la década de 1960 versus los sentimientos, la emoción y la creatividad de la década de 1990” (ob. cit., p. 136).
  41. ZANGARO, Marcela, ob. cit., p. 123.
  42. Véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., p. 133.
  43. Ibíd., p. 126. Véase también ZANGARO, Marcela, ob. cit., p. 137.
  44. GORZ, André, Metamorfosis…, ob. cit., pp. 225-226.
  45. BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., pp. 163-164. Aclaramos al lector que los autores utilizan el concepto de “ciudad” para aludir a distintos puntos de apoyo normativos del capitalismo. Hacen una tipología de “ciudades” para explicitar las distintas justificaciones –cambiantes en el tiempo– en que se apoya este sistema. La “ciudad por proyectos” es la que corresponde a las justificaciones del nuevo espíritu del capitalismo y la “ciudad industrial” a las vigentes sobre todo en el período de posguerra.
  46. Ibíd., pp. 164-165.
  47. ZANGARO, Marcela, ob. cit., p. 142.
  48. Véase supra, capítulo tercero, apartado II.3.b.
  49. Véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., p. 99.
  50. Sobre este pasaje dentro de la Escuela de Frankfurt, véanse BENHABIB, Seyla, “La crítica de la razón instrumental”, en ŽIŽEK, Slavoj (comp.), Ideología…, ob. cit., pp. 78-89; y POSTONE, Moishe, Tiempo…, ob. cit., cap. tercero.
  51. Sin pretender hacer un desarrollo del tema, nos interesa al menos mencionar dos casos emblemáticos en los que podrían mostrarse las diferencias con Habermas respecto del punto en cuestión –la relación entre razón instrumental y capitalismo–. El primero es el de Marcuse, a quien –recordemos– justamente Habermas acusaba de “romanticismo” por plantear que la razón instrumental se vinculaba con un tipo de dominio específico, relacionado con las necesidades de valorización del capital. El segundo es el de Adorno, quien según entendemos nunca abandonó la idea de que había una vinculación estrecha entre el predominio de la razón instrumental y la forma-mercancía.
  52. Véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., p. 40.
  53. Véase WEBER, Max, La ética…, ob. cit., p. 48.
  54. ZANGARO, Marcela, ob. cit., pp. 173-174.
  55. Ibíd., p. 172.
  56. Ibíd., p. 182.
  57. Véase ANTUNES, Ricardo, Los sentidos…, ob. cit., pp. 38-39.
  58. Véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., pp. 127-129.
  59. Véase SENNETT, Richard, La corrosión del carácter…, ob. cit., pp. 120-121. A propósito de este último punto, cabe señalar que aunque el management no parezca centrarse en las formas de contratación de la fuerza de trabajo, notamos que en su discurso operan, sublimadas, las políticas neoliberales que buscan incrementar los beneficios del capital precarizando la vida de la mayor parte de los trabajadores. La idea del trabajo como actividad sujeta al cambio constante y a la incertidumbre no deja de referir veladamente, como ya insinuamos en el apartado anterior, a las políticas que por ejemplo privatizan y condicionan las jubilaciones y eliminan las indemnizaciones por despido, entre otras tendientes a disminuir el “costo laboral” a costa de la seguridad de los trabajadores. Esta cuestión debería también tenerse en cuenta a la hora de hacer una crítica integral del discurso de la gestión empresarial contemporánea. Sobre este punto, véase ALONSO, Luis y FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, Carlos, “El imaginario managerial: el discurso de la fluidez en la sociedad económica”, en Política y Sociedad, 43 (2), pp. 127-151, 2006.
  60. Véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., pp. 586-587.
  61. Véase ZANGARO, Marcela, ob. cit., pp. 151-153.
  62. Véase GORZ, André, Metamorfosis…, ob. cit., p. 65.
  63. Véase BAUMAN, Zygmunt, Trabajo…, ob. cit., pp. 43-53.
  64. Véase ZANGARO, Marcela, ob. cit., pp. 182-193.
  65. Véase MONTES CATÓ, Juan, “La configuración del poder en los espacios de trabajo: dispositivos disciplinarios y resistencia de los trabajadores”, en Sociología del Trabajo, Nº 54, 2005, pp. 85-86.
  66. Véase ibíd., pp. 86-87.
  67. Véase ibíd., pp. 91-95.
  68. Noguera Ferrer articula desde Marx un concepto amplio de “trabajo” que tiene tres dimensiones: la económico-instrumental, la práctico-moral y la estético-expresiva (véase ob. cit., cap. 1). Siguiendo esta caracterización, podemos decir que en los discursos del management se articula un concepto amplio en este sentido, subrayándose en particular la importancia de las dos últimas dimensiones.
  69. Hemos usado en general la expresión “ética del trabajo” por ser la más recurrente en la bibliografía. No obstante, desde nuestra perspectiva “moral del trabajo” sería una denominación más adecuada. Aunque los términos “moral” y “ética” muchas veces se suponen sinónimos, la filosofía en general los distingue, de modo que “moral” alude a las normas y costumbres vigentes en una sociedad, mientras que “ética” contiene un elemento crítico-reflexivo respecto de las mismas [véase HELER, Mario, “La dimensión ética de las prácticas sociales”, en HELER, Mario (coord.), Filosofía Social & Trabajo Social. Elucidación de una profesión, Buenos Aires, Biblos, 2002, cap. V]. Esta distinción cobra importancia en esta tesis en la medida en que, para nosotros, la crítica tiene un componente normativo que juzga lo que es, pero lo hace desde la perspectiva de lo posible y no desde las normas e instituciones aceptadas. En otras palabras: nuestra crítica es ética, pero no moral. En un sentido similar entiende la crítica Dussel cuando argumenta que El capital de Marx es una ética (véase DUSSEL, Enrique, El último Marx…, ob. cit., pp. 429-449). Volveremos sobre el aspecto ético de la crítica en las conclusiones.
  70. Esta idea ha sido esbozada, con un sentido similar al que proponemos aquí, por autores afines al autonomismo italiano. Véanse por ejemplo HARDT, Michel y NEGRI, Antonio, Imperio, ob. cit., pp. 39-42; y RODRÍGUEZ, Emmanuel, El gobierno imposible. Trabajo y fronteras en las metrópolis de la abundancia, Madrid, Traficantes de Sueños, 2003, pp. 64-65 y 128-129.
  71. Véase HARDT, Michel y NEGRI, Antonio, Imperio, ob. cit., pp. 35-39.
  72. Véase DELEUZE, Gilles, “Posdata sobre las sociedades de control”, en FERRER, Christian (comp.) El lenguaje literario, Tº 2, Montevideo, Nordan, 1991.
  73. Véase FOUCAULT, Michael, Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Buenos Aires, Siglo XXI, 1989.
  74. Estamos tomando en parte el estudio que Foucault ofrece de los “dispositivos de seguridad” –que él diferencia claramente de los mecanismos disciplinarios– en vinculación con el liberalismo como “técnica de gobierno”. Véase FOUCAULT, Michel, Seguridad…, ob. cit., especialmente clase del 18/01/1978.
  75. Sobre las TIC en tanto tecnologías de relación, véase RIFKIN, Jeremy, La era…, ob. cit., pp. 141-143.
  76. Véase ZUKERFELD, Mariano, Capitalismo y conocimiento, ob. cit., Vol. II, p. 368.
  77. Véase LAZZARATO, Maurizio, Políticas del acontecimiento, Buenos Aires, Tinta Limón, 2006, pp. 87-93.
  78. Según Arendt, el término zoé refiere a la vida de la especie en un sentido biológico y cíclico, mientras que bíos refiere a la vida “específicamente humana”, que tiene un comienzo y un fin en el mundo y está compuesta por hechos y acontecimientos que pueden relatarse como una historia, constituyendo así una biografía. Es claro entonces que cuando la autora establece una relación inmanente entre labor y vida, está refiriendo a esta última en el sentido de z (véase ARENDT, Hannah, La condición…, ob. cit., pp. 110-111).
  79. Aunque es cierto que si atendemos también a los fenómenos de sobreexplotación global de la fuerza de trabajo, al aumento de los niveles de desigualdad y, más en general, a todo eso que hace a la precarización de las condiciones de vida, el término zoé está lejos de resultar anacrónico. La vida humana en este capitalismo posmoderno parece más bien oscilar entre estos polos, expresados respectivamente por los términos bíos y zoé.
  80. Véase ŽIŽEK, Slavoj, “Cómo volver a empezar…”, ob. cit., p. 233.


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