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5. Subsunción extensiva al capital

La trayectoria de la “sociedad de consumo”

Después de haber analizado el trabajo como actividad (trabajo concreto) y como relación (trabajo abstracto), tenemos que volver sobre el objeto, es decir, al estudio de la mercancía, que igualmente es a la vez un objeto que satisface necesidades (valor de uso) y una relación (valor/ valor de cambio).

En efecto, debemos detenernos en otro de los momentos de los desarrollos del capítulo cuarto, que se da en las esferas vinculadas a la circulación y al consumo. Esto requiere volver sobre el problema del objeto-mercancía y la dualidad valor de uso/ valor de cambio. Si el concepto de capital como valor que se valoriza implica una lógica expansiva en apariencia infinita (capítulo segundo), el capital tiene también que subsumir el valor de uso al valor de cambio: en la llamada “sociedad de consumo” esta conversión se efectúa mediante la creación incesante de nuevas necesidades y, particularmente, por la acentuación de la dimensión simbólica del valor de uso. Mientras que las necesidades funcionales encuentran un límite en la propia satisfacción, el consumo de signos –particularmente de distinción social– puede hacerse ilimitado, al menos en un contexto económico-cultural adecuado. Se mostrará entonces que producir mercancías conlleva cada vez más la producción correlativa del imaginario cultural del cliente, en función de la necesidad imperiosa de acelerar el ciclo de rotación del capital. De este modo, se intentará complementar el análisis realizado en el capítulo cuarto respecto del papel central de los servicios y del “trabajo cognitivo” en la economía. También, partiendo del lugar del crédito al consumo, se emprenderá una revisión del proceso reciente de “financiarización”.

Siguiendo esta línea de argumentación, se aclarará la pertinencia del concepto de “capitalismo cognitivo-cultural”, en el cual lo económico y lo cultural, las lógicas del valor y de lo simbólico, se fusionan, viéndose el tiempo de no-trabajo también subordinado al capital –a esto refiere el término “subsunción extensiva”[1] empleado en el título de este capítulo–. Lo cual planteará, según veremos, nuevos dilemas a la crítica tradicional del trabajo.

I. La sociedad de consumo y la necesidad de integrar el valor de uso al campo de la crítica

En un conjunto de ensayos publicados en 1972, el pensador francés Jean Baudrillard objetaba a Marx el hecho de haber dejado una de las dimensiones de la mercancía, el valor de uso, fuera del campo de la crítica de la economía política. Según él, el filósofo alemán, mediante esta operación, habría naturalizado el valor de uso: utilidad y necesidad como destinos concretos del objeto se ubicarían fuera del campo histórico. La objeción de Baudrillard no estriba en la afirmación cuasi banal de que las necesidades son históricas y sociales –algo que Marx muy bien sabía– sino en que el concepto mismo de “valor de uso”, con su referencia a una necesidad concreta, supone ya un proceso social de abstracción que dicho pensador habría pasado por alto:

opuestamente a lo que dice Marx de la “incomparabilidad” de los valores de uso, la lógica de la equivalencia está ya toda entera en la utilidad. Si bien el valor de uso no es cuantitativo en el sentido aritmético, es ya el equivalente. Como valores útiles, todos los bienes son ya comparables entre sí, por estar asignados al mismo denominador común funcional/ racional, a la misma determinación abstracta. Únicamente los objetos o categorías de bienes investidos en el intercambio simbólico, singular y personal (el don, el regalo) son estrictamente incomparables. La relación personal (el intercambio no económico) los hace absolutamente singulares. En cambio, como valor útil, el objeto alcanza la universalidad abstracta, la “objetividad” (por reducción de toda función simbólica).[2]

La observación es perspicaz y atendible. Y sin embargo, puede afirmarse que esta cuestión, sin ser del todo explicitada, está ya contenida en el análisis marxiano, por lo menos tal como lo reconstruimos en el capítulo segundo. Recordemos que con el capitalismo, las relaciones sociales personales dejan paso a un conjunto de relaciones abstractas, fundadas en la equivalencia entre actividades (trabajo abstracto) y productos (valor). En una sociedad tal, dichas actividades y productos no están, en lo esencial, mediadas por relaciones sociales abiertas (“simbólicas” según la terminología de Baudrillard) sino que se constituyen como relaciones sociales abstractas, “objetivas” y automediadas. Despojados de su aura simbólica, se “secularizan”, asumiendo un carácter ante todo instrumental (sólo entonces puede hablarse estrictamente de “trabajo concreto” y de “valor de uso”). Nuestra lectura de Marx, en este punto, difiere de la que Baudrillard critica. Ni el valor de uso ni el trabajo concreto constituyen esencias transhistóricas u ontológicas que simplemente habría que liberar del yugo del capital; por el contrario, se encuentran también determinados históricamente, siendo aspectos de categorías que intentan asir realidades duales pero imbricadas (la mercancía como unidad del valor de uso y el valor de cambio; el “trabajo” como unidad del trabajo concreto y el trabajo abstracto).[3]

Sin embargo, la necesidad de reintegrar el valor de uso al campo de la crítica sólo se tornó evidente, históricamente, con el nacimiento de la llamada sociedad de consumo. Junto con la mayor parte de la bibliografía que estudia el tema, entendemos que su génesis debe ser ubicada en la etapa que se inaugura con la producción en masa (fordismo) para consolidarse con la constitución algo posterior pero correlativa de un mercado de masas, tutelado por el Estado Social o de Bienestar.[4] La sociedad de consumo fue, en efecto, uno de los aspectos fundamentales del compromiso social de posguerra. La aceptación de las normas y objetivos determinados por la producción capitalista de mercancías (incluyendo las pautas técnico-organizativas que propiciaba el fordismo) tenía como contrapartida un aumento de los ingresos directos e indirectos que, en la medida en que iba acompañado de incrementos importantes de la productividad, no ponía en peligro las tasas de ganancia. Al mismo tiempo, el impulso del consumo masivo constituía una parte importante de la solución al problema económico de la escasez de demanda efectiva, así como al problema político de la competencia material y simbólica con el llamado “socialismo real”.

Una sociedad de esta índole no puede existir si no se produce una subjetividad que le sea acorde. Como plantea Gorz, requiere de la producción de un tipo particular de trabajador-consumidor. En cuanto trabajador, el individuo tiene que adoptar una actitud instrumental hacia el trabajo, en tanto mero medio para una retribución material. En cuanto consumidor, debe ser educado para codiciar mercancías, que constituyen tanto la meta de sus esfuerzos como los símbolos de su éxito.[5] En este sentido, la sociedad de consumo es un fenómeno social no sólo económico, sino también cultural: la proliferación de mercancías y la promesa de buenos salarios no es suficiente, ya que se necesita a la vez de una subjetividad para la cual el consumo de mercancías sea aceptado como la meta de todo esfuerzo.

De ahí que, en el período de posguerra, haya florecido toda una literatura que, desde diversas perspectivas, desarrolla una crítica de las formas de alienación y dominación implicadas por la sociedad de consumo, en general tomando como ejemplo paradigmático de la misma a la sociedad estadounidense. Este será uno de los temas predilectos de la Escuela de Frankfurt, que ya tempranamente comienza a criticar la dominación simbólica ejercida por las nuevas “industrias culturales”, la uniformidad y despersonalización de las formas de vida resultantes y la banalización de una cultura ahora producida de modo serializado.[6]

Otros análisis críticos se centrarán en cuestiones como las políticas de dirección de la demanda por las grandes corporaciones monopolistas,[7] en los dispositivos de creación de necesidades “ficticias”, y en las tensiones y desigualdades que sobreviven en sociedades que aparentemente han derrotado la escasez.[8] Finalmente, pensadores conservadores como Daniel Bell observarán con desconfianza lo que interpretan como un pasaje desde un capitalismo sustentado en la moral puritana del esfuerzo en base al ejercicio de la profesión (la ética protestante analizada por Max Weber) hacia un hedonismo consumista y desenfrenado.[9]

Tras la crisis de los ‘70, la “sociedad de consumo” ha seguido su marcha, pero con transformaciones significativas que tendremos que sopesar. Pero antes, tenemos que hacer una disquisición teórica para empezar a contestar algunos interrogantes: ¿de qué modo se puede resituar el valor de uso en el campo de la crítica? ¿cómo afecta esto al análisis clásico de la mercancía?

II. La subsunción del valor de uso al valor de cambio

Según su acepción clásica, el valor de uso se contrapone al valor (y a su forma de manifestación: el valor de cambio), como lo concreto a lo abstracto. Si este último es la sustancia indiferenciada pasible de ser intercambiada en el mercado, el primero refiere a la satisfacción de una necesidad material y concreta. Recordemos que en su célebre análisis del “fetichismo de la mercancía”, nada de misterioso encontraba Marx en el valor de uso: el enigma se ubicaba en la forma valor como modo específico de objetivación de las relaciones sociales.[10] Ya mencionamos la objeción de Baudrillard y repetimos: no habría, sin embargo, que deshistorizar al “valor de uso” como si fuera el prototipo de la relación “natural” de un sujeto para con su objeto. Más bien, este tipo de relación pragmática para con el objeto es ya un resultado de la sociedad burguesa.[11]

Sin embargo, en lo que respecta a la reproducción y acumulación de capital, el consumo no tiene como finalidad primaria satisfacer necesidades, cumpliendo allí dos funciones centrales. En primer lugar, es el medio para la reproducción de la fuerza de trabajo. En segundo lugar, el consumo juega también un papel importante en la realización del valor de las mercancías, particularmente para las ramas que producen bienes de consumo.[12]

La llamada “sociedad de consumo”, que como dijimos comienza a conformarse con el fordismo, tiene dos objetivos fundamentales. Primero, resolver una parte del problema de la realización del valor de las mercancías (en términos keynesianos, es la cuestión de la demanda efectiva). Recordemos, en este punto, que el fordismo implicó un importante aumento de la productividad, en particular en las ramas que producen bienes de consumo masivo. En segundo lugar, cumple un papel de naturaleza ideológico-cultural: la aceptación del sistema por parte de los trabajadores, a través de su integración social como consumidores.

Ahora bien: para que el consumo pueda cumplir estas funciones, el valor de uso tiene que ser algo más que un medio para satisfacer determinadas necesidades materiales ya dadas. Y esto, debido a que la misma posibilidad de que las necesidades se vean satisfechas constituiría un límite para el cumplimiento de los dos objetivos antedichos. Por un lado, implicaría una barrera para tratar la cuestión de la realización, algo particularmente problemático para un sistema que hace decrecer el valor individual de las mercancías pero a la vez sigue dependiendo estructuralmente de la acumulación de masas crecientes de valor. Por otro lado, la integración social por medio del consumo se vería también bloqueada si llegara un momento de satisfacción –una vez alcanzada la misma, el sistema ya no tendría nada para ofrecernos–.

De ahí se sigue la importancia que tiene, para la sociedad de consumo, la creación continua e incesante de nuevas necesidades. El productor de un bien tiene también que producir la necesidad respecto de ese bien.[13] Es más: el “consumidor ideal” ni siquiera espera que la mercancía satisfaga alguna necesidad, sino que despierte su deseo, y “el deseo no desea la satisfacción. Por el contrario, el deseo desea el deseo”.[14] El concepto de “necesidad” alude todavía a una psiquis guiada por la racionalidad instrumental: es el sujeto el que, ante una necesidad determinada, busca los medios para satisfacerla. Los deseos, por el contrario, no sólo difícilmente encuentran satisfacción, sino que además no son totalmente conscientes. Resultan interesantes en este punto las ideas que planteaba Edward Bernays –nada menos que un sobrino de Freud– para responder al problema de la absorción por el mercado de las enormes capacidades industriales desarrolladas por EEUU durante la Primera Guerra Mundial, momento en el que comienza a nacer la sociedad de consumo. Así las recogía Gorz en su último libro:

How were buyers to be found for all that industry could produce? Bernays had the answer. He had developed a new discipline –“public relations”–. First in articles, then in books, he set about explaining that although people needs were limited by nature, their desires were in essence unlimited. To expand those desires, all that was needed was to get rid of the false idea that individuals’ purchases correspond to practical needs and rational considerations. It was unconscious and irrational motivations that had to be appealed to –fantasies and unavowed desires–. Instead of addressing itself to the buyers’ practical good sense, as it had in the past, advertising should contain a message that transformed even the most mundane products into vehicles of symbolic meaning. The aim had to be to appeal to “irrational emotions”, to create a consumer culture and produce the archetypal consumer who would seek and find in consumption a means of expressing her or his innermost self or, as a 1920s’ advert had it, “what is most precious and unique about you, but remains hidden”.[15]

Este texto es interesante porque plantea además la cuestión de la dimensión simbólica del valor de uso. La política de expansión del consumo radica en cierta medida en producir nuevos productos materiales y crear en el consumidor la necesidad de los mismos. Pero no se agota en ello. Cabe introducir una distinción entre el tradicional valor de uso material y lo que a partir de ahora llamaremos valor de uso simbólico. Mientras que en su acepción tradicional el valor de uso es el vehículo para la satisfacción de una necesidad material (que también puede ser inducida), el valor de uso simbólico se adscribe como propiedad inmaterial del objeto, como resultado de un proceso social de producción de sentido –que, por cierto, suele sintetizarse en la marca como construcción simbólica–.

La publicidad es uno de los instrumentos más importantes de dicho proceso. Su finalidad es producir un plus de sentido simbólico que no se encuentra en el producto considerado en su materialidad. Es por eso que en ella la información que se brinda sobre las propiedades del producto es accesoria. En el aviso publicitario de un automóvil, por ejemplo, la información respecto a sus cualidades materiales (comodidades, accesorios, etc.) es secundaria; más fundamentales resultan las propiedades simbólicas que se le imprimen –particularmente, las vinculadas al status social, no sólo económico sino también cultural, sexual, de realización y “autoexpresión” personal, etcétera.–[16] El valor de uso en su acepción clásica es el soporte material de este valor simbólico, que es lo que en gran medida se induce a consumir.[17] Es también su fachada: Baudrillard sugiere que en la publicidad ocurre que el discurso informativo, dirigiéndose a la racionalidad del consumidor, funciona como una suerte de máscara de la verdadera naturaleza de la operatoria publicitaria.[18] Sucede que en una sociedad donde la racionalidad utilitaria es parte del sentido común, la publicidad tiene que dar también elementos informativos al consumidor para que pueda pensar que en sus actos encarna al homo œconomicus.

Retomando el concepto marxiano, entendemos que esto implica la progresiva subsunción real del valor de uso al capital. Ya vimos que Marx señalaba que la subsunción real del trabajo al capital emergía cuando el “trabajo concreto” dejaba atrás su configuración precapitalista para pasar a ser moldeado de acuerdo a las necesidades del proceso de valorización. En la historia del capitalismo, algo similar sucede progresivamente con el valor de uso cuando deja de referir a necesidades preexistentes, y son estas necesidades y, más aún, los propios deseos, los que pasan a ser inducidos por el propio sistema. Es así que el consumo se constituye en la contracara simétrica del proceso de producción. Si la dinámica productivista (la producción por la producción) es inmanente al capital, la dinámica consumista (el consumo por el consumo mismo) es igualmente inseparable del capitalismo, al menos en sus formas más desarrolladas.[19]

La subsunción real del valor de uso al capital conlleva también la neutralización provisoria de la contradicción que –tal como vimos en el capítulo segundo– anida en el corazón del capital. Según la teoría del valor, los incrementos de productividad comportan un descenso del valor unitario de las mercancías y un aumento de la cantidad de valores de uso producidos. En teoría, esto conduce a un desfasaje entre el valor de uso –cuyo incremento depende fundamentalmente de la productividad del trabajo– y el valor –dependiente del tiempo de trabajo socialmente necesario–. Pero este desfasaje presupone entre otras cosas que el valor de uso (y su consumo) sea una constante relativamente independiente de la producción (claro que la capacidad de consumo de la población depende también del nivel de los salarios). Justamente, su subsunción al capital –mediante la creación de nuevas necesidades y deseos materiales y simbólicos– permite desplazar hacia adelante esta tensión. Cierto que no la anula, sino que la incorpora como otra variable a regular dentro del sistema. Puede ser también la fuente de nuevas tensiones: así, por ejemplo, vimos que una de las causas que se aducían para explicar la caída de las tasas de ganancia hacia la década de 1970 estribaba en el aumento de los salarios en las décadas anteriores, que fue una de las condiciones de posibilidad de la sociedad de consumo.

Reintegrar el valor de uso en el campo de la crítica torna necesario también juzgar su configuración actual desde la perspectiva de lo posible. Así como vimos que Marx hablaba en los Grundrisse de un tiempo de trabajo superfluo (aquel que resultando necesario en el sistema vigente, no lo era desde la perspectiva de otro sistema posible) hoy tenemos que discutir también el consumo superfluo. En el capitalismo se gastan numerosas energías humanas y recursos naturales para producir mercancías que desde otra racionalidad normativa posible podrían juzgarse como no deseables. Algunas son directamente destructivas. Piénsese por ejemplo en las mercancías desarrolladas por la industria de armamentos, que por cierto se dedica también a hacer lobby para impulsar guerras criminales. Denunciar descalabros semejantes se ha convertido a esta altura en un lugar común. Sin embargo: ¿no hay cierta hipocresía en hacer juicios condenatorios de esta índole desde una moral abstracta y deshistorizada, que no cuestiona a la vez al mismo sistema para el cual son necesarias estas industrias? ¿No suele decirse que la Segunda Guerra Mundial logró lo que el New Deal por sí mismo no pudo conseguir? Tienen razón Deleuze y Guattari cuando señalan que la destrucción operada por el complejo político-militar-económico no se opone a la producción de plusvalor sino que la alimenta, y que, en términos generales, la “antiproducción” es parte de la propia producción capitalista.[20]

¿Qué necesitamos producir? ¿Qué necesitamos consumir? Estas preguntas a primera vista inocentes tienen la mayor relevancia teniendo en cuenta los desarrollos anteriores. Formularlas no requiere la indagación de algún tipo de antropología esencialista respecto a las necesidades humanas. Son preguntas de carácter ético-político frente a un sistema en el cual se producen y consumen mercancías sin importar prácticamente costos sociales y ambientales –al mismo tiempo que una porción importante de la población mundial sigue sumida en la miseria–.

III. La sociedad de consumo tras la crisis del fordismo

Ya señalamos que la sociedad de consumo, en tanto articulación histórica de las sociedades capitalistas (especialmente en las naciones desarrolladas), se consolida en el período de posguerra, siendo entonces uno de los aspectos del modelo de acumulación y regulación fordista. Esta sociedad se constituye fundamentalmente a través de un consumo de masas, que es la contracara de la producción de grandes series de productos en las industrias fordistas. Se establece una norma estándar de consumo que tiende a una cierta homogeneización de los ambientes y modos de vida: la casa propia, el automóvil, los bienes de consumo durable (electrodomésticos, TV, etc.) se convierten en parte fundamental de un imaginario y una aspiración de ascenso social general.[21] Es a partir de esta homogeneización/ integración de los sujetos en un imaginario común que el consumo pasa a ser también el lugar en el que pueden expresarse las desigualdades y la competencia por la diferenciación social. Es que la impronta consumista acompaña lo que Castel denomina “salariado”, una condición cada vez más universal y a la vez particularizada en su interior:

Si todos o casi todos son asalariados (más del 82% de la población activa en 1975), la identidad social deberá definirse a partir de la posición que se ocupa en el salariado. Cada uno se compara con los otros, pero también se distingue de ellos; la escala social tiene un número creciente de niveles a los cuales los asalariados ligan sus identidades, subrayando la diferencia con el escalón inferior y aspirando al estrato superior.[22]

Por lo tanto, no es casual que con la crisis del salariado desde la década de 1980 y los concomitantes cambios en los modos de gestión de la fuerza de trabajo (que en parte ya analizamos), la esfera del consumo se haya visto sacudida –aunque con distinta profundidad y alcance según los países– por procesos simétricos de fragmentación, individualización y mercantilización:

Se ha ido dando paso, con el cambio de una matriz fordista a otra posfordista de fabricación y especialización flexible, a un modelo adquisitivo segmentado, en el que ha estallado ese universo social unificador e integrador que había servido como referencia para la conceptualización de la sociedad de consumo. Así, típicos del fordismo eran el gusto de clase media, los grandes mercados de productos poco diferenciados, la fabricación en cadena de largas series de enorme duración comercial con escasa renovación estética y simbólica de los productos, etc. En el llamado postfordismo se ha instaurado un marco casi simétrico: mercados segmentados, desempleo estructural, tendencias a la dualización y la vulnerabilización social, oferta diferenciada y estratificada (hasta la personalización) de bienes y servicios, adaptación y permanente renovación de nichos comerciales, Estado remercantilizador, etc.[23]

Esta enumeración y contraposición, incluso siendo algo esquemática, resulta ilustrativa de algunas transformaciones acaecidas. Indudablemente, la desocupación, la precarización e individualización de la fuerza de trabajo, etc. han hecho que las perspectivas de estabilidad laboral, ascenso social y progreso en el mediano y largo plazo se hayan visto horadadas para franjas significativas de la población; el cambio se ha reflejado también en las prácticas de consumo, que se han visto degradadas en calidad y se han tornado más cortoplacistas. Al mismo tiempo, entre los segmentos más favorecidos (recordemos que el aumento de la desigualdad y la polarización de los ingresos es una constante del período en la mayor parte de los países) se han profundizado los intentos de diferenciación e incluso de segregación social a través de consumos ostentosos, que de todas formas están revistiendo un carácter más tecnológico, cambiante y dinámico que los consumos de lujo típicos de las élites tradicionales.[24]

Pero los cambios en las pautas de consumo no pueden escindirse tampoco de las nuevas formas en que se estructuran las empresas. Como ya señalamos anteriormente, estas formas alteran en particular la relación que en el fordismo se establecía entre producción y consumo:

La función de la comunicación, sobre todo publicitaria, había asumido una importancia estratégica ya en el capitalismo industrial-fordista, pero […] la acción publicitaria o de marketing estaba netamente separada de la verdadera fase de producción. En el capitalismo cognitivo, sin embargo, la comunicación forma una unidad con la producción en el sentido de que la determina y la dirige. El nexo entre comunicación y producción está mediado por la actividad de consumo, una actividad que se ha vuelto cada vez más globalizada. Es necesario, en efecto, empezar por el consumo, ya que la relación entre oferta y demanda se ha invertido completamente.[25]

Este cambio se vincula con la crisis de la gran empresa estructurada en forma centralizada y vertical y el desarrollo de las redes empresariales. Estas últimas se presentan como estructuras flexibles en las que los distintos nodos de la red intercambian información, permitiendo entonces una adaptación más fácil y rápida a los cambios en el entorno. En el caso de las “redes trasnacionales”, un mecanismo de este tipo permite a las grandes empresas adquirir información “sobre el terreno” respecto al funcionamiento y las variables de los distintos mercados nacionales e incluso regionales. A partir de esta información, se pueden desplegar estrategias diferenciadas que atiendan a las peculiaridades de cada mercado.[26]

Sin embargo, sería un error suponer que esto implica el triunfo de las motivaciones del consumidor, que aparecería entonces condicionando indefectiblemente las estrategias de las redes empresariales. Llamamos la atención sobre la necesidad de evitar una suposición ingenua semejante porque además –como observan Boltanski y Chiapello– desde algunos discursos (incluso de autores provenientes de la izquierda, como Coriat) tiende a deslizarse hoy un cierto fatalismo determinista, particularmente en torno del significante “flexibilidad”, entendido como una imposición objetiva “de los mercados” frente a la cual las empresas no tendrían otra opción que reaccionar en reflejo.[27] Este fatalismo ha sido invocado para justificar la aplicación de políticas neoliberales tendientes a la degradación de los derechos de los trabajadores, como las conocidas recetas de “flexibilización laboral” profesadas por el FMI y el Banco Mundial. No obstante, lo cierto es que los mercados también son producidos –al menos en parte– por estrategias empresariales planificadas deliberadamente para aumentar la rentabilidad y favorecer la acumulación de capital.

En efecto, uno de los fenómenos más notables del consumo en el capitalismo “posfordista” es el acortamiento del ciclo de vida de los productos.[28] Esto es evidente en el caso de las industrias vinculadas a la informática: la mayor parte del software, por ejemplo, se renueva año a año, lo cual a no muy largo plazo (cuatro años cuando mucho) torna obsoleto también el hardware. Pero en el caso de los bienes durables típicos de la producción en masa fordista (automóviles, electrodomésticos, etc.) también el ciclo de vida de los productos se ha acortado. Fenómeno que, naturalmente, se vio facilitado por las nuevas tecnologías y modos de organización empresarial, que hicieron posible acelerar el ritmo de innovación, producir series más cortas de productos, etc.

Desde el punto de vista del proceso de acumulación de capital, la innovación constante de los productos y la reducción de sus ciclos de vida, cumplen la función fundamental de acelerar el tiempo de rotación del capital, que es “el espacio de tiempo que se extiende desde el momento en que se adelanta el valor de capital bajo una forma determinada hasta el retorno del valor de capital en proceso bajo la misma forma”.[29] La realización del valor de las mercancías es condición de posibilidad de la acumulación, pero la velocidad en que se completa el proceso es igualmente crucial, y es una de las variables más manipuladas en el capitalismo actual. Sin lugar a dudas, está en la base de ciertas dinámicas culturales “posmodernas”, como la apología de la aceleración y el cambio constante, la futilidad creciente de los productos e incluso de las experiencias, etc. Estos fenómenos están estrechamente vinculados con una economía de hiper-acumulación, en la cual la aceleración de los tiempos a todos los niveles resulta vital.

Las estrategias utilizadas para reducir la vida de los productos son numerosas. Algunas de ellas ya existían en la “sociedad de consumo” fordista, y lo que se ha hecho es intensificar el uso y la extensión de las mismas, así como perfeccionar sus métodos. La obsolescencia programada –la determinación deliberada del fin de la vida útil de un producto– se remonta al menos al año 1924, cuando las principales firmas productoras de bombillas de luz formaron un cártel y decidieron que la duración de las mismas sea de 1000 horas (ya con las tecnologías de entonces las bombillas tenían una vida útil de 2500 horas).[30] Hoy esta estrategia sigue utilizándose e incluso se ha perfeccionado, fundamentalmente a través de la microelectrónica (mediante, por ejemplo, el uso de chips que hacen que un producto deje de funcionar en un momento determinado). Existen también modos más sutiles de aplicarla, por ejemplo induciendo la incompatibilidad entre productos electrónicos o, en el caso de la informática, entre el hardware y el software, o entre distinto software. En tanto de lo que se trata por medio de la obsolescencia programada es de reducir el tiempo en el cual los productos son útiles para acelerar el ritmo de rotación del capital, constituye ella también un modo de subsumir el valor de uso al valor de cambio.

La moda puede interpretarse como una forma sutil, y tal vez por eso más efectiva, de la obsolescencia programada. Lo que la distingue es el hecho de que en lugar de aplicarse sobre el valor de uso material se elabora sobre lo que antes denominamos “valor de uso simbólico”. La sucesión acelerada de diversos modelos (de automóviles, de vestidos, etc.) hace que los anteriores se tornen obsoletos, no porque sean inútiles en su materialidad técnica sino a nivel simbólico –dejan entonces de representar cierto status social, la pertenencia al sentido común de la opinión pública, etcétera–. La moda es inseparable de la publicidad en la medida en que, como ya planteamos antes, esta última es la encargada fundamental de comunicar y hacer público (común) el valor de uso simbólico de los productos.

La moda no es un invento “posfordista”. Como dispositivo estratégico para la acumulación de capital nace en el período de posguerra; conceptualmente, es el acompañante natural del valor de uso simbólico. Pero en las últimas décadas su ritmo de renovación ha tendido a acelerarse notablemente. Esto puede percibirse en la misma publicidad. Si su ideal simbólico en otros tiempos era la familia burguesa estable rodeada de mercancías elegantes y funcionales, hoy la publicidad apela cada vez más a la idea del cambio constante como valor simbólico en sí mismo deseable. Ya ni siquiera se necesita la excusa funcional o estética: el cambio mismo se transmite como valor social inexorable. Esta cultura comercial del “cambio constante” está instaurando una forma relativamente novedosa de conformismo:

Lejos de representar una libertad de elección, estas turbulencias de las modas y de los usos sociales representan una de las armas más sofisticadas de control social: la velocidad de cambio del consumo da la ilusión de un dinamismo que parece contradictorio con cualquier tipo de comportamiento conformista; sin embargo, este cambio tan veloz es homogéneo y conformista y se aplica a todos por igual. Si en el capitalismo fordista la estabilidad general y la estabilidad del consumo eran lo que permitía la realización monetaria, en el capitalismo cognitivo es la inestabilidad y la dinámica de cambio de los gustos y los comportamientos, siempre rigurosamente masificados y dirigidos, lo que determina los resortes de la realización monetaria.[31]

Lo que hay aquí es una suerte de apropiación, por parte del sistema, de ideales culturales que todavía en el período fordista podían resultar subversivos. En el próximo capítulo, prestaremos especial atención a esta cuestión –que, por cierto, ya anticipamos sobre el final del capítulo cuarto– por los efectos particulares que tiene para la crítica tradicional del trabajo y del capitalismo.

Como señalábamos antes, un rasgo característico del llamado “posfordismo” es el tendencial desplazamiento de énfasis desde la centralidad estratégica y directiva de la gran empresa productora de bienes, hacia su conversión en un momento de una red (incluso trasnacional) cuyos nodos neurálgicos se encuentran en las fases de diseño, publicidad y comercialización. En el capítulo cuarto tratamos esta cuestión cuando nos referimos al proceso de terciarización de la economía. Ahora lo abordaremos desde la perspectiva del consumo, que nos permitirá articular el tema con una serie de cuestiones: particularmente, el valor de uso simbólico de la mercancía y su creciente importancia, la subsunción de la cultura al capital, las formas de control social a partir del consumo y, finalmente, el inquietante horizonte de una mercantilización sin precedentes de la vida entera.

IV. Terciarización de los consumos e industrias culturales: la vida mercantilizada

Las prácticas cada vez más difundidas entre las grandes empresas de tercerización de la producción y de algunos servicios, el lugar central que ocupan el diseño y la comercialización, e incluso el mayor peso relativo de los activos “intangibles” de las empresas (incluyendo los “simbólicos”, como la marca) frente a los activos físicos,[32] están estrechamente vinculados con la importancia central que el “consumo” y la necesidad de inducirlo tienen en el capitalismo actual. Una dimensión de esto particularmente interesante por sus implicancias estriba en las estrategias que las empresas siguen para prolongar en el tiempo –y en lo posible fidelizar– los consumos de sus clientes.

Un primer ejemplo, ilustrativo de una tendencia más general, es el de las grandes cadenas comerciales, que en las últimas décadas han ganado fuerza en buena parte del mundo no sólo frente a los pequeños comercios, sino fundamentalmente frente a los proveedores de los bienes que venden y distribuyen. El gran poder de negociación que han adquirido para fijar precios, les permite ofrecer distintos “premios” a los clientes para fidelizarlos: promociones, descuentos, tarjetas de débito o crédito propias, etc. Al mismo tiempo, estas cadenas recogen datos e información sobre los consumos de sus clientes, que luego son utilizados para racionalizar las políticas de compra y venta, así como para robustecer su posición de fuerza frente a los proveedores.[33] La información derivada del contacto con el cliente y las políticas para inducir su fidelización se presentan aquí como activos estratégicos de la empresa comercializadora.

Otro caso aún más sugestivo es el de las grandes firmas productoras de bienes (tangibles o intangibles) para las cuales la venta de la “mercancía principal” es sólo la excusa para mantener una relación a largo plazo con el cliente, que a partir de dicha compra se ve obligado a adquirir de la misma firma “mercancías accesorias”. Estas últimas pueden ser otros productos materiales (insumos, complementos, etc.). Así sucede con las impresoras: las grandes empresas que controlan el mercado las ofrecen a precios sumamente reducidos (incluso cercanos al costo), porque la cuota principal del negocio se encuentra en la venta de los cartuchos de impresión (cuyos precios llegan a igualar a los de la impresora). También pueden ser servicios, y entonces el producto material vendido inicialmente es sólo la plataforma de una serie de prestaciones posteriores (mantenimiento, reparación, actualización, etc.). Práctica particularmente interesante en tanto índice de la terciarización de la economía:

Las empresas revolucionan los diseños de sus productos para conseguir que reflejen ese nuevo énfasis en su carácter de servicios. En vez de pensar en los productos como artículos fijos con un conjunto de rasgos y con un valor de venta bien definido, ahora los conciben como “plataformas” de todo tipo de mejoras y para todo tipo de servicios que producirán valor añadido […] La idea es utilizar la plataforma como una punta de lanza, como una manera de estar físicamente presente en la empresa o en el domicilio del cliente. Esa presencia permite que el vendedor pueda establecer con el cliente una relación de largo plazo.[34]

Pero la conversión de los bienes materiales en plataformas para la prestación de servicios no es más que un aspecto de una estrategia que apunta al control integral del cliente. Esta es la función principal del marketing:

El traslado del énfasis desde la manufactura y la venta de los productos hacia el establecimiento y persistencia de relaciones comerciales duraderas trae consigo que la perspectiva del marketing se coloque en primera línea en la vida comercial […] El marketing se transforma en la estructura básica de la nueva economía-red, puesto que el control del cliente se convierte en el objetivo central de la actividad comercial […] El control del cliente es la etapa final de un largo viaje comercial marcado por la creciente eliminación de las masas en el control de la propiedad y la vida económica, y su correspondiente sustitución por las grandes corporaciones.[35]

Si el capitalismo comenzó mercantilizando la fuerza de trabajo y después tuvo también que subsumir el valor de uso al valor de cambio, su nueva (¿última?) frontera parece radicar en la subsunción y mercantilización de la entera existencia humana. En las industrias culturales vinculadas al tiempo de ocio se verificaría este paso: la compra mercantil de la experiencia vital misma:

Lo que se estaría verificando hoy, el rasgo definitorio del capitalismo “posmoderno”, es la mercantilización directa de la experiencia misma: lo que se está comprando en el mercado son cada vez menos productos (objetos materiales) para poseer, y cada vez más experiencias vitales –experiencias de sexo, comida, comunicación, consumo cultural, participación en un estilo de vida–. Los objetos materiales cada vez más sirven sólo como sostén para esta experiencia, que se ofrece cada vez más en forma gratuita para seducirnos a comprar la verdadera “mercancía experiencial”.[36]

El pasaje desde la adquisición de bienes materiales al acceso a determinadas experiencias prestadas bajo la forma de servicios se vincula, por un lado, con la necesidad de incrementar el tiempo de rotación del consumo.[37] En una economía en la que la aceleración de los tiempos resulta crucial, la tradicional adquisición de bienes materiales –donde debe transcurrir un lapso de tiempo desde la compra hasta al consumo efectivo– tiende a ser desplazada por el acceso a los servicios, donde el acto de compra y el consumo, en el límite, coinciden –piénsese en los eventos, los espectáculos, las experiencias personales, etc., donde “el propio consumo es la mercancía comprada”–.[38] Por otro lado, el consumo deja de ser un acto privado hecho al margen del intercambio mercantil; se transforma, él mismo, en un acto mercantil, con el cual además puede sostenerse en el tiempo la relación del cliente con la empresa. En el límite, la “mercancía experiencial” representa la sujeción de la vida entera al régimen de la mercancía.

Finalmente, este proceso implica la elevación al paroxismo del valor de uso simbólico y, con él, la inscripción casi total de la cultura en el sistema mercantil. Cualquier valor cultural es pasible de ser recuperado por el marketing y transformado en vehículo simbólico de un producto o servicio a vender en el mercado. La compra del más corriente de los productos tiene que tener un significado cultural: la ropa de marca o el auto último modelo se producen y consumen como símbolos de un modo de vida estimado socialmente; incluso un ícono revolucionario (el Che Guevara, por ejemplo) puede llegar a convertirse en un perfecto vehículo para atribuir al producto un carácter simbólico transgresor:

La función del marketing ha cambiado a lo largo de los años, a medida que la venta de la experiencia desplazaba a la venta del producto. En la era industrial, cuando el principal objetivo era la venta de bienes, el marketing desempeñaba un papel subordinado, aunque importante, al usar expresiones culturales para atraer al comprador del producto […] Ahora la venta del producto se vuelve algo secundario respecto a la venta de la experiencia. Nike, tengámoslo en cuenta, no vende tanto calzado deportivo como la imagen que supondría calzárselo.[39]

El mismo capitalismo que comenzó (y continúa) mercantilizando los recursos naturales y la fuerza de trabajo, hoy procede con particular virulencia a mercantilizar la cultura –además del conocimiento (incluido el científico) y las prestaciones del Estado Social–. La reciente extensión y profundización de los regímenes de propiedad intelectual –patentes, derechos de autor, marcas, etc.–[40] está indudablemente vinculada a este proceso de mercantilización y privatización de los bienes inmateriales (particularmente el conocimiento, la información y la cultura).[41]

Antes de explicitar algunas conclusiones de este análisis y de ubicarlas en el marco del recorrido que venimos realizando, tenemos que estudiar otro dispositivo central de la sociedad de consumo que ha tenido una inusitada extensión en las últimas décadas: el crédito y, en relación con él, el papel destacado que viene cumpliendo el capital financiero.

V. Crédito y financiarización: la deuda infinita

El sistema del crédito (al consumo) es uno de los dispositivos característicos de la sociedad de consumo. Para el ciudadano-consumidor, el derecho al crédito es tan innato e inalienable como cualquier otro –e incluso más– de modo que su restricción es vivida como algo injustificado y arbitrario. Esta naturalización del dispositivo explica que sus efectos se pasen en general por alto.

Uno de los resultados característicos del crédito es que rompe la secuencia temporal que la moral burguesa tradicional establece entre trabajo y consumo. Según la misma, el consumo (goce) viene posibilitado por el ahorro, siendo éste producto de un trabajo previo (esfuerzo). Es la idea que subyace incluso en la clásica fundamentación lockeana de la propiedad privada: algo me pertenece desde el momento en que lo hago objeto de mi trabajo. Los frutos de un árbol, por ejemplo, son míos y puedo por ende consumirlos legítimamente cuando realizo la labor de recogerlos.[42] El crédito produce una curiosa inversión: ya no se consume como resultado de un trabajo previo, sino que primero se compra y se consume, y luego se trabaja para pagar las deudas resultantes. De ahí que incluso el concepto clásico “patrimonial” de la propiedad privada se torne progresivamente caduco:

Si antaño la propiedad tenía prioridad sobre el uso, hoy en día ocurre lo contrario, pues la extensión del crédito traduce […] el paso progresivo de una civilización del “acaparamiento” a una civilización de la práctica. El usuario “a crédito” aprende poco a poco a utilizar con entera libertad el objeto como si fuese “el suyo”. Hasta el punto de que el momento mismo en que lo paga es aquel en el que se ha gastado: los “plazos” del objeto están ligados a los plazos de su duración.[43]

En este sentido, el crédito es el complemento perfecto de la sucesión y corrupción constantes que caracterizan a los objetos en una sociedad de consumo. Es antes que nada el carácter efímero de los objetos (por la obsolescencia programada, la moda, etc.) el que atenta contra una relación de tipo patrimonial con ellos. Para el uso temporal de objetos descartables la propiedad en sentido estricto es algo superfluo. Lo más probable es que cuando termine de pagar su crédito, el ciudadano-consumidor, en lugar de gozar de la propiedad ya definitivamente adquirida, decida vender el objeto en cuestión y comprar uno nuevo (también a crédito).

El crédito, junto con el resto de los dispositivos que lo acompañan en la sociedad de consumo, implica entonces una visión novedosa del mundo. Del sujeto ahorrador, la moral ascética del trabajo y la relación patrimonial con los objetos que constituían los pilares de la cosmovisión burguesa, se pasa al sujeto eternamente endeudado, la moral hedonista del consumo y la vinculación transitoria con los objetos.

Para hacer un análisis aunque sea somero del papel del crédito en el capitalismo actual, resulta inevitable la referencia a uno de los procesos más importantes de las últimas cuatro décadas: la llamada “financiarización” de la economía.

Un breve repaso histórico del proceso nos lleva al año 1971, cuando Richard Nixon, ante la desconfianza reinante hacia el dólar, anuncia el fin de la convertibilidad del dólar en oro, y con él lo que quedaba del sistema de Bretton Woods (1944). Con el paso a un sistema de cambios flexibles aumenta la incertidumbre respecto a los pagos internacionales y se favorece la especulación a través de la compra-venta de divisas internacionales.[44] EEUU adquiere desde entonces la inédita potestad, al disponer del dólar como patrón monetario mundial (ya sin respaldo en oro), de atraer los ahorros internacionales para satisfacer sus necesidades internas y externas. Aquí empieza la primera fase del proceso de financiarización de la economía mundial, cuyo emblema es la llegada, con apoyo del FMI, de los llamados “petrodólares” al mundo periférico, con la cual se da inicio a un ciclo de fuerte endeudamiento en estos países (que se vuelve crítico con el giro monetarista de la Reserva Federal de EEUU y su decisión, en 1979, de aumentar las tasas de interés).[45]

La financiarización fue posible gracias a un conjunto de fenómenos y medidas que la fomentaron. Por empezar, la desregulación del movimiento de capitales que las autoridades monetarias de los países centrales impulsaron desde 1973-1974, lo cual ha redundado en la movilidad del capital, sin trabas, no sólo entre las fronteras nacionales, sino también entre diferentes clases de negocios y mercados financieros.[46] En segundo lugar, la desintermediación de los mercados financieros, que permitió la participación de operadores institucionales (como los fondos de pensión, de carácter fuertemente especulativo), sin la intervención de los bancos. Esto posibilitó que, por ejemplo, las empresas pudieran financiarse emitiendo títulos antes de recurrir a préstamos bancarios con mayores exigencias, lo cual favoreció la especulación junto con el aumento del riesgo.[47] En tercer lugar, la informatización de los intercambios bursátiles posibilitó las operaciones a tiempo real a escala mundial, impulsando el crecimiento de los mercados financieros junto a la mayor velocidad de circulación de la moneda. Finalmente, la creación de nuevos productos financieros, entre los que se destacan los llamados “productos derivados”, que dan la posibilidad de vender un activo determinado en una fecha futura pero a un precio actual. Aunque supuestamente se idearon con el propósito de proteger a los inversores frente a la inestabilidad de precios, en realidad terminaron siendo uno de los objetos privilegiados de la especulación financiera, contribuyendo de este modo a aumentar la volatilidad de los mercados.[48]

Los resultados de la financiarización resultan palpables. Entre 1980 y 2007, el sector financiero creció en todos sus indicadores varias veces más que las actividades productivas. Dos ejemplos elocuentes: el stock de activos financieros globales se incrementó nueve veces, y cuatro veces en relación a la producción mundial; los beneficios de la industria financiera en relación a los beneficios corporativos totales pasaron del 10% al 40%.[49] De todas formas, sería un error suponer una separación entre el sector financiero y el sector productivo: también las empresas productoras de bienes y servicios ingresaron en la lógica de la financiarización:

la primacía shareholder value [valor para el accionista] y la continua emisión de bonos y acciones no redundó ni en un aumento significativo de la inversión productiva, ni tampoco llegó a constituir una nueva vía de financiación de las empresas. El resultado de este proceso fue bien diferente: las empresas emitieron muchas más acciones; recurrieron masivamente al crédito para comprar acciones en operaciones de fusión y adquisición o, en muchos casos, para comprar sus propias acciones a fin de incrementar a corto plazo los dividendos y el flujo de tesorería y emitir así más acciones a precio inflado. El juego con los balances financieros permitió gigantescos procesos de concentración de la propiedad empresarial (fue la gran época de las compras y fusiones), pero sobre todo convirtió una parte creciente del beneficio de las empresas en beneficio financiero, lo que demuestra hasta qué punto la distinción entre capitalismo industrial y capitalismo financiero se había hecho inútil.[50]

Christian Marazzi constata lo mismo: en EEUU durante las décadas de 1970 y 1980 las sociedades no financieras –con el sector manufacturero a la cabeza– incrementaron bruscamente sus inversiones en activos financieros en relación a las realizadas en maquinaria e instalaciones.[51] Esto es además coherente con lo que señalamos anteriormente respecto de los débiles niveles de inversión productiva de la economía estadounidense durante todo el período hasta 2007, de todas formas acompañados de un aumento de la participación de los beneficios en el producto como resultado, entre otras cosas, de la aplicación de políticas neoliberales (contención salarial, precarización laboral, etc.).[52]

En este sentido, aquí entendemos –siguiendo a varios de los autores que venimos citando[53]– que la financiarización de la economía no se explica atendiendo solamente a las medidas políticas que la impulsaron; en el fondo de dichas medidas se encuentran las dificultades que el proceso de acumulación de capital encuentra en la propia “economía real” (incluyendo también los problemas de realización del valor, sobre los que volveremos a continuación), que son las que motivan la creciente afluencia de capitales hacia el sector financiero en busca de ganancias.[54]

Así como puede hablarse de una financiarización de las empresas vinculadas a la producción de bienes y servicios, también las economías domésticas y los propios ingresos de los asalariados se han visto imbricados de modo creciente con los movimientos especulativos del sector financiero:

Después de la liberalización y desarrollo de los mercados de capital y de la introyección de las lógicas financieras en las formas de gobierno de las corporaciones industriales, lo que podemos llamar “financiarización de las economías domésticas” se convirtió en la mayor revolución financiera del último cuarto del siglo XX. Desde finales de la década de 1980 la penetración de los útiles financieros sobre las formas de ahorro y consumo de las familias fue ganando posiciones gracias a la reforma de los mercados hipotecarios y a la generalización de las instituciones de inversión colectiva destinadas a los pequeños ahorradores –especialmente los fondos de pensiones que pretendían complementar o incluso sustituir a los sistemas públicos de jubilación–. Estas reformas, añadidas al abaratamiento del crédito, crearon las condiciones de partida para nuevas formas de renta financiera socialmente relevantes y para las burbujas patrimoniales de los años noventa y dos mil.[55]

En efecto: desde la década de 1980 las políticas neoliberales han tendido a someter a la economía financiera partes crecientes del producto social anteriormente común. No menos importante que la transferencia de lo público al capital mediante las privatizaciones, es la canalización hacia el sector financiero del ahorro colectivo y de los salarios indirectos:

Con los fondos de pensiones y los fondos de inversión dio comienzo el drenaje del ahorro colectivo, primero estadounidense y después mundial, a su creciente inversión en Bolsa. Podemos llamar así financiarización al desvío del ahorro de las economías domésticas sobre los títulos bursátiles […] La financiarización, más o menos coaccionada, de la renta de trabajo, no inmediatamente percibida y no inmediatamente consumida, es la forma actual más sofisticada del biopoder económico.[56]

Hay que sopesar, también, los efectos al nivel de la subjetividad de esta transferencia, ya que contribuyeron a brindar legitimidad a las políticas neoliberales. En un contexto de claro retroceso de los salarios, particularmente de los deciles más bajos de ingresos, la financiarización de los ahorros es presentada como una promesa individualista de progreso. La mejora económica sería resultado, entonces, del comportamiento de los activos financieros que posee cada uno más que de las reivindicaciones salariales colectivas. Argumento cuestionable –ya que en realidad legitimaba la transferencia de ingresos hacia el capital financiero y el desmantelamiento de las instituciones del Estado de Bienestar– pero cuya fuerza persuasiva o, mejor aún, performativa para la construcción de un “sujeto neoliberal”, sería un error minimizar.[57]

La otra forma por la cual las finanzas invaden la vida de los asalariados y las economías domésticas –y no sólo la de las empresas y los deciles más acomodados de la fuerza de trabajo– es mediante una extensión inusitada del mecanismo que ya estudiamos: el crédito. En un contexto de estancamiento de los salarios, el endeudamiento de los hogares ha sido uno de los vehículos mediante los que se logró, no sin dificultades, recomponer la demanda efectiva. Especialmente desde los ‘90 tiene lugar el proceso, general en todos los países desarrollados pero mucho más pronunciado en EEUU (donde el endeudamiento se da en todos los frentes: fiscal, comercial, empresarial y familiar)[58] que en la zona euro.[59] De este modo, se completa el periplo que explica la financiarización. De un lado, la dificultad para obtener ganancias en la economía real hace que las mismas empresas las busquen en la economía bursátil; del otro lado, el sostenimiento del consumo en un contexto de estancamiento salarial se apoya en el creciente endeudamiento de los hogares. Es así que:

a lo largo de los años noventa, las ramificaciones de la financiarización desbordaron paulatinamente el ámbito de los mercados de valores y de la financiación empresarial para penetrar progresivamente en el tejido social. La síntesis al problema de la demanda se encontró así en el keynesianismo de precio de activos. De este modo, los mecanismos financieros ligados a la facilidad del endeudamiento privado permitieron elevar la demanda de bienes de consumo y, a modo de bucle, la adquisición de nuevos productos financieros –el caso de las hipotecas sería paradigmático–. Este mecanismo cumple un doble propósito. Por un lado, encaja perfectamente con el nuevo esquema de posiciones en la apropiación del producto social, puesto que aumenta el volumen de circulación de ingresos hacia las finanzas, cuyo beneficio alimenta a su vez a las nuevas élites propietarias. Y por otro, produce un aumento en la demanda que contrarresta la caída secular de los salarios reales. Dicho de otro modo, en los países capitalistas avanzados se ha articulado una nueva fuente de dinamismo económico, basada en la recomposición financiera de la demanda. El resultado debiera ser la restauración del beneficio capitalista en un contexto caracterizado por la depresión salarial y el estancamiento de la tasa de beneficio en los sectores centrales de la manufactura.[60]

Lo que los autores denominan “keynesianismo de precio de activos” alude entonces a un mecanismo de recomposición de la demanda sostenido por el endeudamiento privado constante; el mismo se mantiene en el tiempo bajo la premisa de que el activo en cuestión (la vivienda por ejemplo) proseguirá su ciclo alcista en el futuro, por lo cual el endeudamiento se justifica también como una inversión financiera conveniente. Esta perspectiva optimista respecto al futuro, lejos de ser el resultado espontáneo de las expectativas libres de los actores que profesa la teoría neoclásica, suele ser publicitada por los grupos de mayor poder en el sistema financiero (bancos, fondos de inversión, calificadoras de riesgo, etc.) y difundida por los medios de comunicación. Se crea entonces una sensación de bonanza económica o “efecto riqueza” que, junto con sofisticados mecanismos financieros –como los productos derivados, la titulación de activos, etc.– alimentan las burbujas especulativas.[61]

Esta dinámica terminaría conduciendo a la última crisis del capitalismo, que se manifestó en 2007 en EEUU con el estallido de la burbuja especulativa en el mercado inmobiliario, para luego tener en Europa su epicentro. No vamos a entrar ahora en esta cuestión, que requeriría un análisis exhaustivo. Pero hacemos notar que cualquier estudio serio de esta crisis debería remontarse al menos a la dinámica económica compleja que comienza en la década de 1970, atendiendo al proceso de financiarización en su vinculación con las debilidades de la “economía real” (en particular, las dificultades para obtener beneficios de la producción de bienes y servicios y el creciente endeudamiento familiar).

El carácter altamente inestable de la “solución” financiera a las tendencias críticas del capitalismo se debe a que la reproducción del capital depende siempre de la apropiación de plusvalor fruto de la explotación del trabajo, y también de su realización. El capital financiero juega un papel clave en la administración de estas tendencias, las desplaza en el tiempo y en el espacio, sin por eso lograr anularlas definitivamente. La especulación con los precios de los activos sigue condicionada por la posibilidad de apropiación de plusvalor en el futuro.[62] Es este plusvalor futuro lo que se transforma también en una mercancía que, siendo meramente potencial, puede dar lugar a todo tipo de operaciones especulativas –de ahí el carácter autorreferencial que adquieren, de un modo fetichista, las finanzas, particularmente notable en el caso de las burbujas especulativas–. La creciente financiarización de los ingresos tiende sin embargo a trasladar los riesgos vinculados a esta especulación sobre las posibilidades futuras de apropiación de plusvalor al seno de las propias familias asalariadas.

Puede decirse entonces que la financiarización –particularmente la que impacta sobre las economías domésticas– lleva a su término a la sociedad de consumo en tanto subsunción del valor de uso al capital. Porque en la medida en que las finanzas miran al futuro en tanto potencialidad, dan un paso más, al volver mercancía al valor de uso de la fuerza de trabajo (su potencialidad productora de mercancías) y al valor de uso del salario (su potencialidad adquisitiva de mercancías). Además, el sujeto sujetado a una deuda que nunca se termina de pagar es la conclusión lógica del sistema del crédito como régimen de inversión temporal de la relación trabajo-consumo. Finalmente, con el ingreso salarial transformado en inversión financiera, las mismas posibilidades de consumo aparecen condicionadas por los movimientos a futuro del capital. Todo asalariado es un inversor y, por tanto, un capitalista: esa idea tan propia de la teoría neoliberal del “capital humano” es también el horizonte que sostiene ideológicamente a toda sociedad financiarizada.

VI. ¿Capitalismo cognitivo-cultural? La subsunción del tiempo de no-trabajo y los dilemas de la crítica tradicional

En este capítulo hemos reflexionado acerca del devenir de la mercancía tomando como hilo conductor la trayectoria de la llamada “sociedad de consumo”. Nos detuvimos en particular en los distintos dispositivos (la publicidad, la obsolescencia programada, la moda, el crédito, etc.) que apuntan a una progresiva subsunción del valor de uso al valor de cambio, lo cual redunda en una determinación del acto de consumo como una variable cada vez más imbricada con la necesidad de expandir el proceso de producción de valor y plusvalor.

Vimos también que en esta dinámica ocurre que a medida que el valor de uso simbólico de la mercancía gana importancia relativa respecto del valor de uso material, de modo creciente el conocimiento, la información y muy particularmente la cultura son también subordinados al capital. Esta dinámica, claro está, mantiene una correlación con lo que vimos en el capítulo anterior que tendía a acontecer con el “trabajo concreto”: su devenir cada vez más inmaterial y la consecuente inclusión en el proceso de producción de valor de las capacidades cognitivas y afectivas de la fuerza de trabajo.

De todas formas, creemos que hay que mantener una perspectiva matizada respecto de este desarrollo. La idea de un capitalismo cognitivo-cultural resulta útil desde un punto de vista heurístico, pero corre el riesgo de detenerse únicamente en lo que ocurre en ciertos países centrales (particularmente EEUU), olvidando entonces que el trabajo manual y la materia siguen, no obstante, presentes a nivel de la organización mundial de la producción. Respecto a esto, hay que sopesar no sólo el papel central que la industria continúa teniendo en algunos países desarrollados (particularmente, Alemania y Japón) sino sobre todo la importancia que el trabajo material tiene en ciertos países en vías de desarrollo (por ejemplo, China, India, México y Brasil).[63] Como señala Žižek, ignorar este soporte material (sostenido en gran medida por trabajadores sobreexplotados de la periferia) es particularmente problemático en la medida que:

lo que caracteriza al “capitalismo tardío” es la escisión entre la producción de experiencias culturales como tales y su base material (parcialmente invisible), entre el Espectáculo (de experiencia teátrica) y sus mecanismos secretos de puesta en escena […] En la percepción ideológica del Primer Mundo de hoy, el trabajo mismo (la labor manual en tanto opuesta a la actividad de producción cultural “simbólica”), y no el sexo, aparece como el sitio de indecencia obscena a ser ocultado del ojo público.[64]

Retomando lo señalado al final del capítulo cuarto, pareciera que cuando en los países centrales el trabajo se asemeja cada vez más a la “acción” arendtiana, la labor en su sentido clásico (manual) debe ser otra vez apartada de la esfera pública y desplazada a las fábricas hacinadas del tercer mundo. Reponer esta situación frente a su ocultamiento y subrayar los mecanismos reales en que se sustenta (la división internacional del trabajo, la sobreexplotación de la mano de obra periférica, etc.) es una exigencia para cualquier perspectiva que se pretenda crítica respecto del capitalismo actual.

Manteniendo esta reserva, la hipótesis de un capitalismo cognitivo/cultural sigue siendo útil para explicitar las limitaciones de la crítica tradicional de la sociedad moderna, centrada todavía en una cierta configuración del trabajo concreto (la que en los países centrales correspondía al industrialismo de los siglos XIX y buena parte del XX). Para esta crítica, el trabajo realizado en la fábrica constituía el prototipo de la dominación moderna. La actividad reducida a un conjunto de gestos repetitivos prescritos verticalmente; el predominio de la ciega racionalidad instrumental; la autonomía individual hecha trizas por la hegemonía de mecanismos sistémicos: en la fábrica (y en particular en el “trabajo concreto” desplegado en ella) aparecían sintetizadas todas las características de la dominación en las sociedades modernas. La crítica tradicional asumía como un hecho consumado e irreversible esta configuración del trabajo concreto (un precio a pagar por el progreso, por así decir) y alertaba respecto de la necesidad de mantener sus mecanismos característicos en ese ámbito, de modo que no invadieran terrenos (por ejemplo, la política en el sentido de la acción arendtiana, el mundo de la vida habermasiano, etc.) que no les corresponderían por “derecho propio”.

Así como en el capítulo anterior comenzamos a señalar las limitaciones de dicha crítica partiendo del estudio de las transformaciones “posfordistas” del trabajo, en este capítulo avanzamos en la misma línea tomando como hilo conductor la trayectoria de la mercancía en la sociedad de consumo. También más allá de la fábrica se despliegan un conjunto de mecanismos que actúan y modelan las conductas de los sujetos, de acuerdo a las nuevas necesidades de acumulación y realización del valor. Estos mecanismos son diferentes a los estudiados por la crítica tradicional: apelan a la realización inmediata de los deseos del individuo en lugar de apuntar a la moral del esfuerzo y la postergación racional del deseo; invocan una suerte de autoexpresión personal (es el caso de la publicidad, por ejemplo) que en principio parece contraponerse al acoplamiento del individuo a mecanismos preestablecidos; conciben al cambio constante e incluso a la transgresión como valores más estimables que la estabilidad y la previsibilidad de las conductas; etc.

Mecanismos de subjetivación que, como ya comenzamos a entrever en el capítulo anterior, aparecen replicados en los espacios de trabajo “posfordistas”: también allí se apela a los valores y necesidades que alientan al cambio constante, al involucramiento de los propios deseos, a la automotivación e iniciativa, etc. Algo de esto avizoraba Bauman cuando señalaba que actualmente el trabajo es juzgado más desde la estética (que el mismo sea interesante, que constituya una experiencia atractiva, etc.) que desde la ética (deber social);[65] de modo similar, Rifkin plantea que en el “capitalismo cultural” se estaría efectuando un pasaje desde la “ética del trabajo” (vinculada a la creación de objetos materiales) a la “ética del juego”, propia del consumo simbólico pero que sin embargo invadiría al propio trabajo concreto (en tanto creación de experiencias culturales, por ejemplo).[66] Diagnósticos que resultan exagerados –porque la regla de que para vivir hay que trabajar no parece haber perdido vigencia a pesar de todo; porque más que la ausencia de mecanismos de control del trabajo lo que entendemos aquí que está aconteciendo es un cambio en la forma en que operan– pero que son indicativos de ciertas tendencias en curso que están afectando la configuración de los procesos productivos.

Así como vimos en el capítulo cuarto que cada vez más capacidades –e incluso la persona entera– son puestas a producir valor en el tiempo de trabajo, en este capítulo planteamos que con la subsunción del valor de uso al valor de cambio –que en el posfordismo se profundiza– es el tiempo de no-trabajo el que crecientemente queda sujeto a las necesidades del capital y, en tanto tal, es mercantilizado. A todas luces, esto va en dirección contraria al horizonte utópico trazado por los teóricos del “fin del trabajo”: el de una creciente desmercantilización del tiempo de vida como resultado de una contracción del tiempo de trabajo. Aunque esta perspectiva no deja de tener vigencia en el terreno de lo posible, sería ingenuo ignorar que el capitalismo en curso sigue en muchos aspectos un camino claramente divergente con ella.

El lector podría preguntarse por qué no cabría interpretar esto como la profundización de la perspectiva distópica ya contenida como posibilidad en la crítica tradicional: ¿no estaríamos presenciando un avance sin precedentes en la colonización del mundo de la vida por el sistema (Habermas) y/o una reducción de la vida humana a los ciclos de la labor (Arendt)? Pero de este modo estaríamos pasando por alto que según el recorrido que realizamos no es exactamente la lógica predicha por esta crítica la que hoy se estaría extendiendo. Ante todo, vimos que en el posfordismo sucede que en el mismo trabajo concreto se hibridan la “acción instrumental” y la “acción comunicativa”, la “labor” y la “acción”. Incluso los dispositivos que se utilizan para subsumir a los trabajadores en el proceso productivo replican en parte, como señalamos, a los utilizados ya antes para la subsunción del tiempo de no-trabajo (implicación subjetiva, movilización del deseo, etc.). El capital opera entonces por todo el campo social (tanto en el tiempo de trabajo como en el de no-trabajo) de un modo que parece más bien subvertir las categorías de la crítica tradicional.

En el próximo capítulo nos enfocaremos justamente en el problema de la crítica. Veremos que incluso la reestructuración del capitalismo desde la década de 1970 puede concebirse como una suerte de respuesta a la crítica tradicional. Abordaremos el tema a través del análisis de las construcciones conceptuales presentes en los discursos de la llamada “nueva gestión empresarial”. A partir de ellas, podremos estudiar mejor los nuevos mecanismos de control/subjetivación que operan sobre los trabajadores, a la vez que estaremos en condiciones de profundizar los argumentos que expusimos hasta aquí para explicar por qué la crítica tradicional del trabajo ha perdido potencialidad. El diagnóstico resultante nos brindará elementos importantes para empezar a avizorar los caminos que tenemos para recuperar la crítica del trabajo y del capitalismo actual.


  1. El término lo recuperamos de Negri, que en su lectura del concepto marxiano de “subsunción” distingue entre una dimensión “intensiva” que refiere al proceso de trabajo, y otra “extensiva” que se da más allá de dicho proceso –en la circulación y en el consumo– aunque manteniendo siempre una relación con él. Véase NEGRI, Antonio, Marx más allá de Marx, ob. cit., especialmente pp. 161-162.
  2. BAUDRILLARD, Jean, Crítica de la economía política del signo, México, Siglo XXI, 2002, pp. 150-151.
  3. Esto vale entonces también para la crítica, complementaria de ésta, que Baudrillard realiza a Marx respecto de su concepto de “trabajo”. Según el pensador francés, a la idea de “trabajo concreto” puede achacársele lo mismo que a la de valor de uso: entendida en términos transhistóricos, implica naturalizar toda actividad humana en términos productivistas (véase BAUDRILLARD, Jean, El espejo de la producción, ob. cit., cap. 1). Esta crítica tal vez sea atinada para gran parte del marxismo –que en general sigue atado a un análisis transhistórico del concepto de “trabajo”– pero no para la lectura que aquí hemos propuesto.
  4. Véase ALONSO, Luis, La era del consumo, Madrid, Siglo XXI, 2005, pp. 5 y ss.
  5. Véase GORZ, André, Metamorfosis…, ob. cit., p. 65.
  6. Véase ADORNO, Theodor y HORKHEIMER, Max, Dialéctica del iluminismo, Madrid, Editora Nacional, 2002, pp. 119 y ss.
  7. Véase BARAN, Paul y SWEEZY, Paul, El capital monopolista, México, Siglo XXI, 1988.
  8. Véase GALBRAITH, John, La sociedad opulenta, Buenos Aires, Planeta- De Agostini, 1992.
  9. Véase BELL, Daniel, Las contradicciones culturales del capitalismo, Madrid, Alianza, 1987.
  10. Véase MARX, Karl, El capital, Tomo 1, ob. cit., pp. 87-102.
  11. En este sentido, podría interpretarse que el “fetichismo de la mercancía” incluye implícitamente una suerte de crítica al pragmatismo racionalista burgués e ilustrado. Porque esos individuos que aparentemente se han emancipado de la magia y el mito para mantener relaciones racionales (utilitarias) con los hombres y las cosas, ignoran sin embargo que ese acto aparentemente egoísta y práctico de intercambiar una mercancía presupone y reproduce un conjunto de relaciones sociales abstractas y universales: “no lo saben, pero lo hacen” (ibíd., p. 90). Lo que ignora la conciencia liberal-pragmático-nominalista es que el universal-abstracto reprimido sigue operando a través de sus actos.
  12. Aunque cabe aclarar que la realización del valor de las mercancías nunca depende exclusivamente del consumo obrero. La razón principal de esto radica en que, como señala Astarita, “los trabajadores disponen de un poder de compra que solo puede realizar la parte alícuota que corresponde al valor de su fuerza de trabajo (…) Por eso la parte del valor que corresponde a la plusvalía se realiza mediante los gastos de plusvalía –que aparecen en ingresos como ganancia bruta– que realizan los capitalistas” [ASTARITA, Rolando, “La explicación subconsumista de la crisis” [en línea], en: http://rolandoastarita.wordpress.com/2010/08/28/la-explicacion-subconsumista-de-la-crisis/ (último acceso: 21/08/17)]. Por esta razón, Marx rechazó las tesis que explican las crisis en términos de “subconsumo” (véase El capital, Tomo II: El proceso de circulación del capital, México, Siglo XXI, 1997, p. 502). De todas formas, esto no excluye que el nivel de consumo sea una variable importante para la realización del valor, aunque nunca la única. En efecto: no es que el subconsumo no sea un problema en ciertas circunstancias, pero está subordinado a otro más amplio que es el de la tendencia del capitalismo a la sobreproducción. En este punto, es interesante la lectura que hace Harvey del modo de regulación fordista como respuesta a la crisis del ‘29. A diferencia de algunos regulacionistas y de un modo más coherente con las ideas de Marx, Harvey interpreta que fue una crisis de sobreproducción antes que de subconsumo. Como modo de contener esta tendencia a la hiper-acumulación, el modo de regulación fordista se valió entonces de distintas estrategias, entre las cuales el establecimiento de una relación virtuosa entre producción y consumo (con políticas activas de fomento de la demanda y la inversión de orientación keynesiana y no en base a un equilibrio estático y automático como el imaginado por las teorías ortodoxas) fue sólo una de ellas. De entre las otras estrategias, las más importantes son las de desplazamiento temporal (desviar excedentes hacia la exploración de usos futuros, inversión pública y privada de largo plazo, etc.) y espacial (llevar los excedentes a otras regiones geográficas). Véase HARVEY, David, La condición…, ob. cit., pp. 200-210.
  13. Véase GALBRAITH, John, ob. cit., p. 153.
  14. TAYLOR, Mark y SAARINEN, Esa (comps.), Imagologies: Media Philosophy, Londres, Routledge, p. 11. Citado en BAUMAN, Zygmunt, Trabajo, consumismo…, ob. cit., p. 47.
  15. GORZ, André, The Immaterial, Calcutta, Seagull Books, 2010, pp. 77-78.
  16. No obstante, parte del juego de la publicidad y del valor de uso simbólico radica en que el consumidor llegue a creer que el plus de sentido se encuentra en el objeto “en sí mismo”. El ocultamiento de sí en tanto aparato de producción simbólica es así un aspecto de la propia operatoria publicitaria.
  17. En este sentido, no acordamos con los análisis que entienden que la publicidad no agrega valor por no producir un valor de uso. Véase por ejemplo ASTARITA, Rolando, “publicidad, industria de armas… ¿son productivas?” [en línea]. En: http://rolandoastarita.wordpress.com/2011/04/06/publicidad-industria-de-armas-%C2%BFson-productivas/ (último acceso: 22/07/12).
  18. Véase BAUDRILLARD, Jean, El sistema de los objetos, México, Siglo XXI, 2007, pp. 187-190.
  19. Y del mismo modo que el productivismo no excluye la existencia de grandes masas de trabajadores desocupados, el consumismo siempre ha convivido con cientos de millones de hambrientos en todo el planeta.
  20. “El aparato de antiproducción ya no es una instancia trascendente que se opone a la producción, la limita o la frena; al contrario, se insinúa en todas partes en la máquina productora y la abraza estrechamente para regular su producción y realizar su plusvalía” (DELEUZE, Gilles y GUATTARI, Félix, El Anti Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, Barcelona, Paidós, 1995, p. 243).
  21. Véanse CASTEL, Robert, Las metamorfosis…, ob. cit., pp. 336-339; ALONSO, Luis, La era del consumo, ob. cit., pp. 48 y ss.
  22. CASTEL, Robert, Las metamorfosis…, ob. cit., p. 327.
  23. ALONSO, Luis, La era…, ob. cit., p. 67.
  24. Véase ibíd., p. 68.
  25. FUMAGALLI, Andrea, Bioeconomía…, ob. cit., p. 168.
  26. Véase CASTELLS, Manuel, La era…, Vol. 1, ob. cit., p. 215.
  27. Véase BOLTANSKI, Luc y CHIAPELLO, Ève, ob. cit., p. 286.
  28. Véanse ANTUNES, Ricardo, Los sentidos…, ob. cit., pp. 36-38; y HARVEY, David, La condición…, ob. cit., pp. 179-180.
  29. MARX, Karl, El capital, Tomo II, ob. cit., p. 183.
  30. La investigación de este hecho se relata en el documental “Comprar, tirar, comprar”, dirigido por Cosima Dannoritzer y coproducido por Article Z (Francia) y Media 3.14 (Barcelona). Disponible en línea en: http://www.rtve.es/television/documentales/comprar-tirar-comprar/.
  31. FUMAGALLI, Andrea, ob. cit., p. 173.
  32. Sobre este tema, véase RIFKIN, Jeremy, La era del acceso: la revolución de la nueva economía, Buenos Aires, Paidós, 2004, pp. 77-82.
  33. Véase FUMAGALLI, Andrea, ob. cit., pp. 174-175.
  34. RIFKIN, Jeremy, La era…, ob. cit., p. 123.
  35. Ibíd., p. 144. Estos procesos se han profundizado particularmente en los últimos años con la extensión en el uso de plataformas y aplicaciones de internet –Google, Facebook, etc.– que utilizan sofisticados algoritmos para procesar grandes cantidades de datos de sus usuarios, determinar sus preferencias y ofrecerles publicidad personalizada en todo tiempo y lugar. Se va constituyendo un marketing objetivado en mecanismos automatizados que hacen un seguimiento individualizado de cada sujeto en su vida cotidiana. Sobre este punto, véase por ejemplo SADIN, Éric, La siliconización del mundo: la irresistible expansión del liberalismo digital, Buenos Aires, Caja Negra, 2018, pp. 143-152.
  36. ŽIŽEK, Slavoj, A propósito de Lenin: política y subjetividad en el capitalismo tardío, Buenos Aires, Parusía, 2004, p. 122.
  37. Véase HARVEY, David, La condición…, ob. cit., p. 181.
  38. ŽIŽEK, Slavoj, A propósito…, ob. cit., p. 123.
  39. RIFKIN, Jeremy, La era…, ob. cit., p. 230.
  40. En efecto, es ante todo desde la década del ‘70 que la legislación sobre propiedad intelectual viene extendiéndose en magnitud (cantidad de derechos vigentes), duración (cantidad de años durante los cuales se goza del derecho) y alcance (dominios que pueden caer bajo su jurisdicción). Sobre este tema, véase ZUKERFELD, Mariano, Capitalismo y conocimiento, Vol. III, ob. cit., especialmente cap. III.
  41. Sobre la mercantilización del conocimiento y la cultura y su relación con el régimen de la propiedad intelectual, véanse por ejemplo MOULIER BOUTANG, Yann, “Riqueza, propiedad…”, ob. cit.; y FAZIO, Ariel, “Las filosofías de la propiedad intelectual: sobre la privatización del conocimiento en el capitalismo actual”, en Cuadernos de Filosofía, Nº 53, 2009, pp. 79-103.
  42. Véase LOCKE, John, Segundo Tratado sobre el Gobierno Civil, Madrid, Alianza, 2000, pp. 56-57.
  43. BAUDRILLARD, Jean, El sistema de los objetos, ob. cit., p. 178.
  44. Véase FUMAGALLI, Andrea, Bioeconomía…, ob. cit., pp. 48-49.
  45. Véanse ibíd., pp. 50-54; y RAPOPORT, Mario y BRENTA, Noemí, ob. cit., p. 38.
  46. Véase RAPOPORT, Mario y BRENTA, Noemí, ob. cit., p. 47.
  47. Véase ibíd., p. 47.
  48. Véanse ibíd., p. 48; y FUMAGALLI, Andrea, Bioeconomía…, ob. cit., pp. 54-55.
  49. Véase RAPOPORT, Mario y BRENTA, Noemí, ob. cit., p. 46.
  50. LÓPEZ, Isidro y RODRÍGUEZ, Emmanuel, Fin de ciclo. Financiarización, territorio y sociedad en la onda larga del capitalismo hispano [1959-2010], Madrid, Traficantes de Sueños, 2010, p. 53.
  51. Véase MARAZZI, Christian, “La violencia del capital financiero”, en FUMAGALLI, Andrea y otros, La gran crisis del capitalismo global. Mercados financieros, luchas sociales y nuevos escenarios políticos, Madrid, Traficantes de Sueños, 2009, pp. 32-34.
  52. Véase supra, capítulo cuarto, apartado IV.
  53. Particularmente: ARCEO, Enrique, “El fin de un peculiar ciclo…”, ob. cit.; FUMAGALLI, Andrea, Bioeconomía…, ob. cit.; LÓPEZ, Isidro y RODRÍGUEZ, Emmanuel, Fin de ciclo…, ob. cit.; y MARAZZI, Christian, “La violencia…”, ob. cit.
  54. No podemos dejar de mencionar –pensando desde América Latina– que, a nivel internacional, la financiarización fue también un vehículo de despojo neocolonialista a los países del sur. Fue en particular la mencionada crisis de la deuda de estas naciones la que posibilitó una suerte de “chantaje” –vía el FMI y el Banco Mundial– que indujo la adopción de políticas neoliberales: privatización de empresas públicas y de la seguridad social, flexibilidad laboral, desregulación financiera, austeridad fiscal, libertad de entrada de capitales extranjeros y apertura comercial indiscriminada –lo cual condujo además a una reprimarización de gran parte de las economías–. Los principales beneficiarios de estas políticas fueron, como era de esperarse, el sector financiero internacional y las corporaciones multinacionales, junto con una parte de las burguesías locales.
  55. LÓPEZ, Isidro y RODRÍGUEZ, Emmanuel, Fin de ciclo, ob. cit., p. 58.
  56. FUMAGALLI, Andrea, Bioeconomía…, ob. cit., p. 58.
  57. Sobre el papel clave del proceso de financiarización de las economías domésticas en la construcción de un tipo de sujeto acorde a los dispositivos de la “gubernamentalidad neoliberal”, véase LUCARELLI, Stefano, “La financiarización como forma de biopoder”, en FUMAGALLI, Andrea y otros, La gran crisis…, ob. cit., pp. 133-135.
  58. El evangelio monetarista dejó de profesarse bastante pronto, al menos en la práctica, en la política económica norteamericana. Tuvo un triunfo político efímero con el nombramiento del monetarista Paul Volcker en la Reserva Federal en 1979, bajo la administración del demócrata Jimmy Carter (1977-1981). Siguiendo las recetas de esta escuela económica, Volcker subió fuertemente las tasas de interés, que llegaron hasta el 20%. El primer efecto fue la explosión de la deuda de los países del tercer mundo, que favoreció al sector financiero. Pero prontamente se hicieron sentir los efectos negativos en la economía estadounidense: la inflación bajó claramente hasta ubicarse en el 3% en 1983, pero el estancamiento económico se profundizó, por lo que se necesitó del “keynesianismo militar” del republicano Ronald Reagan (1981-1989) para mantener la demanda de las manufacturas industriales (véase LÓPEZ, Isidro y RODRÍGUEZ, Emmanuel, Fin de ciclo, ob. cit., pp. 105-107). El evangelio, no obstante, continuó su procesión, aunque más particularmente en los países periféricos endeudados vía las conocidas agencias policiales de los países centrales (FMI, Banco Mundial, etc.).
  59. Sobre los altos niveles de endeudamiento de los hogares en el período, véase RAPOPORT, Mario y BRENTA, Noemí, ob. cit., pp. 60 y 153-164.
  60. LÓPEZ, Isidro y RODRÍGUEZ, Emmanuel, Fin de ciclo…, ob. cit., p. 109.
  61. Véanse FUMAGALLI, Andrea, Bioeconomía…, ob. cit., pp. 55 y ss.; y LUCARELLI, Stefano, “La financiarización…”, ob. cit., pp. 133 y ss.
  62. Sobre la relación entre el capital financiero y la expectativa de apropiación de plusvalor y por tanto de “trabajo futuro”, véanse: BONEFELD, Werner, “Dinero y libertad. El poder constitutivo del trabajo y la reproducción capitalista”, en HOLLOWAY, John y otros, Globalización y Estados-Nación. El monetarismo en la crisis actual, Buenos Aires, Homo Sapiens, 1995, pp. 65-95; y LOGIUDICE, Edgardo, “El marxismo y el consumo” [en línea], en Herramienta web, Nº 10, Buenos Aires, 2011. En: http://www.herramienta.com.ar/revista-web/herramienta-web-10 (último acceso: 09/08/2018).
  63. No hay que olvidar que la inmensa mayoría de la fuerza de trabajo mundial (el 84% ya en 2005, y la cifra aumenta año a año) se concentra en los países en desarrollo (véase OIT, Cambios en el mundo…, ob. cit., pp. 22-23).
  64. ŽIŽEK, Slavoj, A propósito…, ob. cit., p. 125.
  65. Véase supra, capítulo tercero, apartado II.4.
  66. Véase RIFKIN, Jeremy, La era…, ob. cit., pp. 330-336.


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