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3. Revisión crítica de las tesis sobre el “fin del trabajo”

Adoptamos aquí la expresión “fin del trabajo” por simples razones de convención, ya que de hecho es con este rótulo que en general se han dado a conocer y se han discutido las tesis de los autores que se estudian en este capítulo. La expresión proviene del título del famoso libro del economista norteamericano Jeremy Rifkin; sin embargo, no es adoptada en general por otros autores rubricados en esta posición, como Gorz, Méda y Offe. A propósito: en esta investigación interesa que quede claro que no estamos ante un conjunto de posiciones homogéneas (aunque muchos críticos de las mismas las traten como tales) sino ante perspectivas que resultan sumamente diversas en muchos aspectos. Haremos justicia a este punto haciendo un repaso crítico de los planteos de cada uno de los autores.

¿Qué es, entonces, lo que justifica utilizar el mismo rótulo para caracterizar estas posiciones en varios sentidos heterogéneas? ¿Cuáles serían los ejes comunes que las atraviesan permitiendo así su abordaje conjunto? Para una primera aproximación a esta cuestión, necesitamos introducir brevemente algunas referencias respecto del contexto histórico en el que surgen estos planteamientos, y la peculiaridad de la posición que asumen en relación a los problemas que este contexto trae aparejados.

I. Posicionamientos político-ideológicos frente a un contexto crítico

El contexto histórico específico en el que se plantean las tesis sobre el “fin del trabajo” es sin lugar a dudas el escenario que se abre, en las economías desarrolladas en particular, con la crisis que el capitalismo sufre desde principios de la década de 1970. Existe una basta bibliografía que analiza desde diferentes puntos de vista el conjunto de transformaciones económicas, políticas, sociales y culturales que tienen lugar tras esta crisis. Hablaremos de ellas –con especial énfasis en las referidas al “mundo del trabajo”– primero en esta parte a propósito de la discusión con las tesis sobre el “fin del trabajo” y luego, ya de un modo más imbricado con nuestro planteo teórico, en la tercera parte. Cabe aclarar que dada la naturaleza de este estudio, no se procederá a una exposición sistemática y detallada de estos cambios, sino que interesará pensarlos en relación a su (posible) impacto para una teoría crítica del trabajo en las sociedades modernas. Aunque se tomarán como fuentes investigaciones e informes de naturaleza empírica, la contribución que se pretende hacer aquí es, insisto, de naturaleza teórica.

Dado que por el momento lo que interesa es introducir el contexto de la discusión sobre el “fin del trabajo”, haremos una breve descripción de los cambios que tienen lugar durante las tres décadas que siguen a la crisis. Como afortunadamente ocurre casi siempre en las ciencias sociales, no hay un acuerdo unánime, dentro de la frondosa bibliografía que aborda el tema, respecto de las causas y naturaleza de la crisis; tampoco lo hay en relación a la magnitud de los cambios que tienen lugar tras ella. No obstante, una serie de factores que denotan una transformación importante son en general aceptados, aunque no se acuerde sobre su alcance, profundidad, ni mucho menos respecto a su encuadre para una comprensión global del fenómeno. Pasaremos a enumerar los cambios que resultan más significativos para entender dichos planteamientos, no sin antes hacer una breve descripción de la crisis.

La crisis de los años ‘70 implica, si no una ruptura, al menos un cambio importante respecto de las tendencias generales que siguieron las economías desarrolladas (y en relación a ellas, en parte también las subdesarrolladas y en vías de desarrollo) durante el período de posguerra. Cabe recordar que tras los acuerdos de Bretton Woods (1944) y la reconstrucción de Europa impulsada por EEUU con el Plan Marshall (1947), se inició un período de varios años (conocidos como “los treinta gloriosos”) de auge económico en los países capitalistas industrializados, con fuertes tasas de crecimiento (cerca del 5% anual en los países de la OCDE), pleno empleo, moderados índices de inflación y relativa estabilidad económica a nivel mundial.[1] Es en este período que se consolida el llamado “Estado de bienestar”, que busca complementar el crecimiento económico con una mejora en el ingreso de los trabajadores y que, particularmente, extiende y profundiza una red de seguridad laboral y social, fundamental para la protección de una clase de por sí vulnerable, la asalariada. Se trataba, en términos generales, de favorecer la acumulación de capital y a la vez el crecimiento relativo de los ingresos y prestaciones recibidos por los trabajadores, en el marco –no hay que olvidar– de la guerra fría y la consiguiente disputa del occidente capitalista (liderado por EEUU) con el socialismo de la Unión Soviética y sus aliados.

La crisis se inicia entre fines de la década de 1960 y principios de la de 1970. Comienza a manifestarse con la desaceleración del crecimiento económico, el aumento de la inflación, el incremento del déficit fiscal y comercial (especialmente en EEUU) y un creciente desempleo en varios países desarrollados. Esto condujo a un cuestionamiento fuerte de las políticas keynesianas y del Estado de Bienestar, que en particular para los neoliberales eran, junto con el crecimiento de los salarios, los responsables de la situación.[2] Cabe recordar en este punto que la crisis estuvo precedida por fuertes revueltas y luchas de estudiantes y obreros en la década de 1960, a las cuales por lo general se respondió en primera instancia con un aumento de las retribuciones directas e indirectas.

Lo que empezaba a ocurrir en los años de la crisis era que las tradicionales recetas keynesianas para impulsar el crecimiento (promover la demanda efectiva mediante el gasto público y el abaratamiento del crédito) generaban inflación y crecimiento del déficit fiscal sin recomponer completamente las tasas de crecimiento. Según señalan algunos autores, esto se debía a que la crisis no provenía de una insuficiencia de la demanda efectiva, sino de una caída de las tasas de ganancia, la cual obedecía a otras causas. Probablemente la más importante sea el agotamiento de las tecnologías que habían impulsado el crecimiento desde los años veinte –incluyendo al fordismo como modo de organizar técnicamente el proceso productivo–, que se manifestaba en particular en la necesidad de invertir un monto creciente de capital para obtener un determinado aumento en la producción.[3] Así, hacia fines de la década de 1960 las tasas de aumento de la productividad del trabajo comienzan a moderarse en la mayor parte de los países desarrollados. En relación con esto, es importante destacar además la ya mencionada conflictividad laboral y social y el auge del poder sindical durante esta década –no sólo en los países desarrollados sino también en el llamado “tercer mundo”–, que impulsaron una distribución del ingreso relativamente favorable a las clases populares.[4] Finalmente, otros factores que explican la crisis son la creciente competencia comercial entre EEUU, Europa Occidental y Japón, y los costos políticos y militares que para EEUU tuvo la guerra de Vietnam, así como el sostenimiento de la carrera armamentista y espacial con la Unión Soviética.[5]

En 1971, Nixon anuncia el fin de la convertibilidad oro-dólar, desafiando de este modo al orden monetario internacional de Bretton Woods. De hecho, la desconfianza hacia la paridad oro-dólar había comenzado a fines de la década anterior, y se acentuaba a medida que se profundizaba el déficit de la balanza de pagos de EEUU. La medida de Nixon buscaba la devaluación del dólar frente a las monedas de los otros países en un escenario económico doméstico e internacional que comenzaba a preverse complicado.[6] En 1973, el estancamiento económico se profundiza en las principales economías desarrolladas. Se produce una crisis mundial en los mercados inmobiliarios y graves dificultades en las instituciones financieras; al mismo tiempo, la decisión de la OPEP de aumentar el precio del petróleo implicó de inmediato un encarecimiento de los insumos energéticos para todos los segmentos de la economía, además de fomentar la inestabilidad financiera por el excedente de los llamados “petrodólares”. Se abría entonces un peligroso escenario de “estanflación” (estancamiento en la producción de bienes y servicios y elevados aumentos de precios).[7]

Durante los años siguientes de esta década, y en la posterior, van teniendo lugar una serie de reestructuraciones y reajustes políticos, económicos e incluso culturales que progresivamente van dejando atrás el viejo orden de posguerra. El empleo es, sin lugar a dudas, una de las variables que sufren un mayor impacto. El fenómeno más dramático e impactante es el de la desocupación. La de 1980 en particular fue una década de desocupación elevada, sobre todo en comparación con las anteriores. Según un informe de la OCDE, en esta década la desocupación promedio en los países miembros asciende al 7,3%, cuando en la década de 1960 y en la segunda mitad de la de 1970 esta cifra había sido aproximadamente del 5%. Pero es en Europa donde el fenómeno es más notable, con una desocupación promedio del 9,2% (mientras que EEUU mantuvo un 7,2%). En algunos países el desempleo llega a ser particularmente elevado: España (17,5%), Irlanda (15,2%), mientras que en Italia, Francia y el Reino Unido los niveles rondan el 10% (casi duplicando las cifras de las décadas anteriores). Para complicar más el cuadro, la relevancia del desempleo de larga duración (un año o más) sobre el total también aumenta, ante todo en los países europeos, donde su incidencia llega al 52% durante la década (contra el 31,5% en 1980).[8] En el decenio 1992-2002, el desempleo en los países europeos que integran la OCDE se mantuvo en el 9,1% promedio, mientras que bajó en EEUU al 5,4%.[9]

Otro fenómeno, menos espectacular pero tal vez más importante que el anterior, es el crecimiento en casi todos los países de formas “atípicas” de empleo, que a su vez es un indicio de una mayor precarización de la fuerza de trabajo. El mismo informe de la OCDE señala que durante la década de 1980 se produce, en gran parte de los países del área, un aumento importante del trabajo a tiempo parcial (particularmente en Alemania, el Reino Unido, Francia, Irlanda y los Países Bajos) y del autoempleo (por ejemplo en el Reino Unido, EEUU, Italia y Portugal), y los toma como indicios de una tendencia a la precarización del empleo.[10]

En las décadas de 1980 y 1990 una palabra se pone de moda en el vocabulario empresarial e incluso en el de los organismos internacionales: flexibilidad. Se supone que el mercado laboral tiene que dejar atrás sus “rigideces” y los trabajadores adecuarse al nuevo imperativo. Según Castells, este es el fenómeno laboral realmente novedoso que se va gestando en el período 1983-1998. Los modelos flexibles de empleo implican diversos elementos, que pueden darse conjuntamente o no: flexibilidad en la jornada laboral (las 40 horas semanales se redistribuyen anualmente según las exigencias del mercado, de modo que hay meses en los que se trabaja más horas que otros), en la estabilidad del empleo (por ejemplo, trabajo orientado a la tarea, sin garantías de permanencia futura), en la localización (trabajadores que desempeñan parte de sus tareas fuera de la empresa, sea en su casa, sea en otra empresa que subcontrata a la suya, etc.) y en los modos de contratación, que tienden a individualizarse con cláusulas especiales estipuladas entre trabajadores y empresarios por fuera de los convenios colectivos.[11] Castells también registra en el período un aumento, para la mayoría de los países de la OCDE, del número de trabajadores a tiempo parcial (excepto en EEUU y Dinamarca), especialmente en las mujeres. Otro tanto ocurre con la proporción de trabajadores eventuales y autoempleados.[12]

La exigencia de flexibilidad refiere tanto a los modos de contratación de la fuerza de trabajo, como a la modalidad técnico-organizativa en que se ejecutan las tareas (en términos marxianos, el “trabajo concreto”). Respecto a este último punto, hay que destacar también la crisis de los modelos fordistas y tayloristas en la organización del trabajo, que sin desaparecer en muchos casos son reemplazados o combinados con otros más “flexibles”, por ejemplo el toyotismo, oriundo de Japón. Los sistemas que van surgiendo, que apuntan a la producción de series más cortas e individualizadas de productos, implican también una modificación en las pautas de consumo, que se hacen menos estandarizadas y más cortas en su duración, siguiendo los cada vez más acelerados ciclos de la moda.[13] Volveremos sobre estas cuestiones en la tercera parte.

Aunque no hay un acuerdo unánime respecto a los alcances de las transformaciones en el mundo del trabajo, sí hay un consenso bastante general en la bibliografía que estudia el tema respecto de que estos fenómenos, junto con otros, estarían indicando una progresiva erosión del sistema económico y social que había signado al período de posguerra.[14] Castel plantea que esta erosión conlleva una crisis de la llamada “relación salarial”, es decir, aquella que implicaba un compromiso a largo plazo de la persona con su puesto de trabajo, con la contrapartida de ciertos beneficios que le eran garantizados (prestaciones sociales, seguridad en el empleo, ascensos progresivos, etc.).[15] La inseguridad y la incertidumbre respecto al futuro, que la “sociedad salarial” había matizado, se presentan de este modo como rasgos característicos de la nueva situación.

Estas transformaciones estuvieron acompañadas por el ascenso del neoliberalismo, que gana poder tanto dentro de la propia disciplina económica (y de allí irradia su influencia al resto de las ciencias sociales), como entre los grupos empresariales, los organismos financieros internacionales (como el FMI) y el poder político (Thacher en Inglaterra y Reagan en EEUU son sus emblemas en la década de 1980). El neoliberalismo embiste en particular contra el llamado “Estado de Bienestar” o “Estado social”: emprende un amplio programa de privatización de servicios públicos (el thacherismo y el menemismo son ejemplos paradigmáticos), fomenta la desregulación de los mercados financieros y, con particular virulencia, promueve las políticas de flexibilidad laboral mediante la desregulación del mercado de trabajo, entre otros medios. Las políticas neoliberales atacan, además, las recetas de fomento del pleno empleo características del keynesianismo; plantean que existe una “tasa natural de desempleo” que no puede disminuirse sin fomentar un proceso inflacionario, y sostienen en consecuencia que la principal política económica concierne al control de la masa monetaria para evitar la inflación, a la cual debería subordinarse cualquier otro propósito.[16]

Una de las condiciones históricas de posibilidad para esta gran transformación la constituye el cambio tecnológico que tiene su origen también en la década de 1970. Se trata del desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). El cambio sociotécnico que implican –que de hecho se comienza a consolidar recién en la década de 1990– es de tal magnitud que autores como Castells entienden que, después de las dos revoluciones industriales, estamos ante una tercera revolución, ahora ya no impulsada por novedosas fuentes de energía sino por las tecnologías de la información basadas en la electrónica (la microelectrónica, los ordenadores y las telecomunicaciones), así como también la biotecnología.[17] La introducción de estas tecnologías en los procesos productivos ha acarreado cambios de gran magnitud, pero los alcances e incluso la naturaleza de los mismos es una cuestión en discusión. Veremos en particular que los sostenedores de las tesis sobre “el fin del trabajo” tienden a concentrarse en un efecto en particular: la (supuesta) automatización de los procesos productivos, que estaría conduciendo a una sociedad de parados.

Para completar esta escueta enumeración, cabe hacer unas breves alusiones a otros procesos más que la bibliografía suele mencionar respecto de la transformación antedicha, y que encontraremos en algunos análisis de los teóricos del “fin del trabajo”. En primer lugar, la expansión del sector servicios o terciarización de la economía. En sí mismo, el fenómeno no es completamente novedoso, ya que venía desplegándose al menos desde la década de 1920. Lo que sí ha llamado la atención es que en este momento dicha expansión comienza a desarrollarse a expensas de la industria y no sólo de la agricultura, lo cual ha dado lugar a las teorías sobre el “posindustrialismo”. Así, en el período 1970-1990 hay un retroceso del empleo industrial en todos los países centrales, aunque desparejo. Por ejemplo, es particularmente pronunciado en el Reino Unido, EEUU e Italia, pero leve en Japón y Alemania, mientras que Canadá y Francia ocupan posiciones intermedias.[18] La discusión sobre el “posindustrialismo”, empero, está lejos de haber quedado saldada. En el capítulo cuarto tendremos oportunidad de volver sobre esta cuestión.

Un segundo elemento que suele mencionarse es el de la relativa pérdida de poder de la clase obrera y, en particular, de las organizaciones de trabajadores. El alcance del fenómeno es objeto de una larga discusión que aquí no se pretende saldar. Además, hay grandes diferencias entre los países al respecto. No obstante, puede mencionarse que, en líneas generales, los elevados índices de desempleo funcionaron como un disciplinador social efectivo; la mayor precariedad y la heterogeneidad de situaciones laborales resultantes hicieron otro tanto. Por otro lado, la tasa de sindicalización disminuyó en la mayor parte de los países centrales,[19] entre otras razones debido a la caída del empleo en ramas industriales tradicionalmente sindicalizadas, la cual no fue compensada por la afiliación en las nuevas, particularmente las vinculadas a los servicios.[20] Lo cierto es que se trata de un período en el que la idea de un progreso indefinido en las retribuciones salariales es puesta en cuestión. EEUU es el ejemplo paradigmático: desde la década de 1970 los salarios reales de los trabajadores están prácticamente estancados.[21]

Cabe, finalmente, al menos mencionar otros procesos relevantes que tienen lugar en el período: la desregulación y mundialización financiera y la mayor importancia de este sector en el conjunto de la economía;[22] la intensificación del comercio mundial;[23] la transnacionalización de los capitales junto con el mayor poder de las grandes corporaciones multinacionales, lo cual además ha favorecido la extensión de prácticas como la deslocalización de ciertos segmentos de la producción hacia países con costos laborales más bajos (en especial, a aquellos en proceso de desarrollo como China, India, México, etc.);[24] y el aumento de la desigualdad, tanto en los países desarrollados como en los del llamado “tercer mundo”, así como entre los dos grupos.[25]

Como señalaba antes, los distintos argumentos sobre el “fin del trabajo” tienen que analizarse teniendo en cuenta que se plantean en este convulsionado contexto, en el cual el capitalismo está sufriendo una importante transformación cuyas repercusiones, por cierto, llegan hasta nuestros días. Lo que mejor permite demarcar y delimitar estos planteamientos es, justamente, el tipo de posición que asumen frente al mismo, diferenciable tanto de las posturas neoliberales como de las socialdemócratas, así como también de las del marxismo tradicional. En el afán de introducir en general la cuestión, me voy a permitir ser esquemático respecto a la caracterización de las distintas posiciones.

Como ya apuntamos, los neoliberales toman como adversario fundamental al Estado Social o de Bienestar de la posguerra, así como a las políticas keynesianas que en parte lo sustentaban. Plantean entonces que la intervención del Estado en la economía mediante políticas expansivas genera inflación, por lo cual sostienen que debe controlarse severamente la emisión monetaria. En particular, entienden que las políticas de fomento del empleo desde el Estado también están condenadas al fracaso, fundamentalmente porque conducen, al menos en el mediano plazo, a un aumento en espiral de la inflación, tal como planteaban el economista de la Escuela de Chicago Milton Friedman (que sustenta la existencia de una “tasa natural de desempleo”) y los sostenedores de la “teoría de las expectativas racionales”. En consecuencia, los neoliberales suponen que la desocupación se debería paliar eliminando las “rigideces” del mercado laboral (políticas de flexibilización y desregulación) y fomentando, en lugar del lado de la demanda, el de la oferta de bienes (bajando los impuestos de las empresas, generando un marco jurídico favorable a la inversión privada, estabilizando el valor de la moneda, etc.).

Llamo “socialdemócratas”, de un modo ante todo didáctico, a aquellos que mantienen, en el nuevo contexto, la idea de que es posible y necesario reeditar, con distintas variantes y reformas, el Estado Social de posguerra. Estas posturas pueden tener distintos matices, pero todas toman como modelo el período de los “treinta gloriosos” y entienden que, tras los ajustes necesarios –respecto de los cuales hasta podría haber acuerdos con los neoliberales– sería posible reponer las bases del Estado Social, junto con el consenso social que implicaba. Planteamientos de este tipo suponen que la situación turbulenta abierta con la crisis, particularmente en el mercado laboral, resulta coyuntural y, por tanto, superable.

Los distintos autores que plantean las tesis del “fin del trabajo” mantienen una posición que implícita o explícitamente se distancia de estas dos conocidas posturas. En principio, sostienen que ambas compartirían un punto no cuestionado: el lugar central del trabajo. En la visión socialdemócrata predominante en la posguerra esto es claro: el trabajo asalariado es el eje sobre el cual reposan las retribuciones, las políticas de aseguramiento social y las expectativas de progreso individual y general. De ahí la importancia social que adquieren las políticas keynesianas orientadas al pleno empleo. Es por esta razón que Castel a este modo histórico de estructuración de la vida social, que tiene como núcleo ordenador el empleo asalariado, lo denomina “sociedad salarial”.[26]

Pero contra lo que se podría suponer a primera vista, la visión neoliberal no se basa menos que aquella en el lugar central otorgado al trabajo (asalariado). Es cierto que cuestiona hasta cierto punto las políticas orientadas a promover el pleno empleo. Pero de ninguna manera cuestiona la premisa de que el trabajo asalariado debe ser el eje en torno del cual se determinan las retribuciones personales (al menos para aquellos que no tienen otra cosa que vender más que su fuerza de trabajo). De hecho, hasta tiende a exacerbar este lugar. La idea de un mercado de trabajo flexible y desregulado –el ideal neoliberal– no hace más que reponer la vieja concepción liberal del contrato de trabajo como un simple acuerdo entre particulares, sin más regulaciones que las decididas “libremente” por las partes.

De ahí que el propósito de individualizar las relaciones sociales, de reducirlas a un conjunto de contratos individuales, esté en el centro de las políticas neoliberales. La tentativa de eliminar las garantías y protecciones sociales que signaron el Estado Social está guiada por el imperativo de reponer de lleno el clásico sujeto liberal, aquel que se hace a sí mismo por medio de sus capacidades. Este es el núcleo de la teoría neoliberal del “capital humano”:[27] cada cual debe invertir su capital (sus capacidades, aptitudes, etc.) de la mejor manera posible de modo de maximizar sus ingresos (salarios). El trabajador es considerado, entonces, un empresario de sí mismo, o sea, alguien que debe invertir en sus capacidades para incrementarlas y mejorarlas, procurando maximizar sus retribuciones. El trabajo, entendido como capital humano, sigue siendo para los neoliberales el centro desde el cual se determinan los ingresos y la participación de los individuos en la sociedad.

En líneas generales, los teóricos del “fin del trabajo” van a reaccionar contra ambas posturas. Por un lado, una vuelta a la “socialdemocracia” sería para ellos imposible por el desempleo y la precariedad, que habrían adquirido un carácter estructural e irreversible. Este carácter tienden a fundamentarlo en la automatización supuestamente impulsada por el uso de las nuevas tecnologías de la información. Por lo cual las alternativas se reducirían a dos: o se siguen los preceptos neoliberales, que conducirían a una exacerbación de la exclusión y la fractura social, o se piensan otras posibilidades de inserción social ya no basadas en el trabajo asalariado. Las propuestas en esta última línea son amplias y variadas: potenciar el tercer sector (por fuera del Estado y el mercado), repartir equitativamente el trabajo existente, establecer una renta universal (independiente del trabajo prestado), entre otras. En muchos casos, veremos que estas propuestas están acompañadas de críticas de diverso tipo al productivismo, al predominio de la razón instrumental, al dominio de la naturaleza, a la ideología que glorifica el trabajo, etc.; elementos que por cierto ni los planteos socialdemócratas ni los neoliberales suelen cuestionar.

Asimismo, algunos teóricos del “fin del trabajo” van a hacer críticas al marxismo, o por lo menos a ciertas ideas bastante difundidas dentro de esta corriente. Nuevamente, aquí el problema del trabajo está en el centro del debate. El cuestionamiento que en general se le dispensará al marxismo será que también coloca al trabajo en el centro de la vida social. No obstante, es evidente que la cuestión en este caso es más compleja. A contramano de las otras dos posiciones, en general el marxismo ha sido crítico del trabajo asalariado. Y sin embargo, autores como Gorz o Méda van a insistir en diferenciar sus posiciones respecto a ciertas ideas que imputan al marxismo.

Para cumplimentar dicho objetivo, seguirán distintas líneas argumentativas. Una tendrá que ver con cuestionar el concepto de “trabajo autónomo”, o sea, la postura según la cual la superación del capitalismo implica dejar atrás el trabajo asalariado, heterónomo, para abrir lugar a una sociedad fundada en el trabajo autónomo y libre. Gorz, por ejemplo, seguirá a Habermas en la idea de que esta posibilidad, dado el estadio de desarrollo actual de las fuerzas productivas, resultaría irrealizable. Otra línea argumentativa apuntará a señalar que en el núcleo de la concepción marxista tiende a seguir predominando una visión productivista, economicista e instrumentalista de la vida social, que a su vez sería coherente con la insistencia en seguir colocando al trabajo como prototipo de actividad humana incluso superado el capitalismo. Nuevamente, aquí los planteos de Arendt y Habermas serán referencias centrales para estos cuestionamientos. Finalmente, una última línea tendrá que ver con interrogar la conceptualización de la clase obrera como supuesto sujeto revolucionario. Son todas cuestiones complejas que merecen un tratamiento detallado. Y que sobre todo, tendrán que ser encaradas a la luz del planteo que desde Marx hicimos en la primera parte, el cual dista en varios puntos fundamentales de la visión que estos autores tienen del pensador alemán y del marxismo en general.

Esta contraposición con otras visiones nos permite tener un primer acercamiento a la especificidad de las tesis sobre el “fin del trabajo”. Podemos ver que un hilo conductor que todas comparten radica en el cuestionamiento de la centralidad del trabajo. Este cuestionamiento, no obstante, sigue líneas diversas en cada uno de los autores, a las cuales tendremos que prestar mayor atención.

II. Principales expositores de las tesis sobre el “fin del trabajo”: una revisión crítica

En este apartado nos interesa abordar las posturas sobre el “fin del trabajo” en su heterogeneidad. Varios autores han tratado críticamente estos planteos. La cuestión que más ampliamente se les ha cuestionado es la de su sustento empírico.[28] Otros se han centrado en la viabilidad y pertinencia de sus propuestas. Robert Castel, por ejemplo, pone en duda la idea de que esté próximo el fin de la “sociedad salarial” no obstante su crisis, alertando además sobre los peligros de tal tentativa.[29] Finalmente, análisis cercanos al marxismo han intentado –con trabajos de mayor y menor elaboración y extensión– abordar además las cuestiones teóricas, particularmente en lo que concierne al concepto de “trabajo”.[30]

La mayor parte de estos estudios hacen un análisis de tipo global y general de los planteos sobre el “fin del trabajo”; esto ha hecho, a mi juicio, que muchas veces se hayan perdido algunas especificidades importantes de los mismos. Y, lo que creo que es aún más problemático, se ha tomado el tratamiento que hace un autor en particular, para con él desechar el conjunto del debate, que de hecho tiene ricas y complejas aristas. Esto en parte ha sucedido porque el libro de Rifkin es el que popularizó la discusión hacia fines de la década de 1990, y por lo tanto muchas veces se lo ha tomado como posición emblemática, dejando en la sombra tratamientos como el de Gorz y Méda, que según creo son menos alarmistas y sensacionalistas en sus diagnósticos pero más profundos y complejos en sus ideas.

Me permito un paréntesis. Hace aproximadamente nueve años, cuando me empecé a interesar por el tema, el debate sobre el “fin del trabajo” todavía estaba presente, inclusive en nuestro país. En los años siguientes, fue desapareciendo de la discusión, hasta quedar, al día de hoy, prácticamente en el olvido. Los más optimistas pensarán que este devenir es un auténtico resultado del progreso científico que, tal como reza la metodología popperiana, desecharía las hipótesis falsas para acercarse al ideal de “verdad”. Personalmente, yo –que por cierto no comulgo con ninguna variante del positivismo lógico y soy algo escéptico respecto de la idea misma de “progreso científico”– mantengo mi desconfianza en relación a este olvido. Me pregunto, en particular, si no habremos quedado presos de la disyuntiva neoliberalismo/neodesarrollismo. Que por cierto (y a diferencia de algunos autodenominados “marxistas”) no considero “falsa” ni “ociosa”, menos hoy cuando, en el contexto de la actual crisis del capitalismo, pueden verse mejor que nunca los estragos del neoliberalismo y la necesidad de contrarrestarlo. Sin embargo, para el pensamiento crítico es siempre fundamental relativizar estas dicotomías, al menos para recordar que lo urgente no debe ocultar lo importante. Y creo que el debate sobre el “fin del trabajo” tiene mucho para decirnos, aún hoy, sobre nuestros problemas. Esta es otra razón por la cual, aunque seré muy crítico de estas ideas, pretendo también hacerles la debida justicia. Precisamente por eso no sólo voy a abordar a cada autor en sus especificidades, sino que sobre todo me voy a detener en los que resultan más interesantes y desafiantes para el pensamiento.

Dados nuestros objetivos, interesará analizar particularmente el modo en que cada uno de los autores articula el concepto de “trabajo”, su relación con el tipo de concepción que delinean respecto a la naturaleza de las sociedades modernas (capitalistas), el encuadre que hacen de la transformación reciente de estas sociedades y, finalmente, en qué medida sus planteos apuntan hacia un tipo de “crítica del trabajo” (teniendo en cuenta la discusión de la primera parte). Recién después de esta revisión de los autores, estaremos en condiciones de hacer un balance crítico de conjunto.

II.1. Jeremy Rifkin: la tercera revolución industrial, el determinismo tecnológico y el anuncio del fin del trabajo

El primer planteo que vamos a abordar es el del economista y sociólogo estadounidense Jeremy Rifkin. Su libro El fin del trabajo, del año 1995, se convirtió en un best seller, dando lugar a amplios debates y controversias. Fue particularmente con él que la discusión sobre el “fin del trabajo”, que ya había comenzado en la década anterior, repercutió fuertemente en los medios intelectuales.

La tesis central de Rifkin es bastante simple: la tercera revolución industrial –que tiene como base de su desarrollo las tecnologías de la información y la comunicación, junto con la biotecnología– conllevaría un aumento notable de la productividad, acarreando a la vez una automatización de los procesos productivos en un nivel desconocido hasta ahora. Las nuevas tecnologías reemplazarían puestos de trabajo masivamente y, a diferencia de períodos anteriores, no habría sector productivo que pudiera contrarrestar esta tendencia. La automatización afectaría al sector primario, a la industria y –lo que resultaría novedoso– al sector servicios, que anteriormente venía absorbiendo el excedente de mano de obra de los otros sectores. El único sector que se encontraría en expansión sería el vinculado a las nuevas tecnologías de la información y la comunicación que, no obstante, sólo podría tomar a su cargo una parte muy pequeña de la fuerza de trabajo que está siendo reemplazada por máquinas. Aunque Rifkin se detiene en particular en el caso norteamericano, extiende la validez de su hipótesis al resto de los países desarrollados (Europa occidental y Japón) e incluso a los países en vías de desarrollo.[31]

Según Rifkin, este proceso que elimina en masa puestos de trabajo es irreversible. En consecuencia, predice que nos acercamos a sociedades sin trabajo, en las que una pequeña élite ocupada en los sectores vinculados a la alta tecnología (aproximadamente el 20% de la población) tendrá frente a sí a una mayoría empobrecida, inempleable o precarizada, lo que conduciría a un aumento del crimen, de los disturbios sociales e incluso a una abierta lucha de clases.[32] La alternativa a esta situación para Rifkin pasaría por un cambio de orientación en las políticas económicas y sociales. Si las aplicadas predominantemente hasta el momento (de corte neoliberal) han empeorado la situación contribuyendo a una mayor polarización de los ingresos, lo que habría que hacer es generar las condiciones para que los aumentos de productividad no sean aprovechados solamente por la élite económica (particularmente las multinacionales, los accionistas y los trabajadores de los sectores de punta) sino también por el conjunto de la sociedad.

Siguiendo este razonamiento, Rifkin propone dos medidas. En primer lugar, un reparto más equitativo del tiempo de trabajo, reduciendo la jornada laboral. Según señala este autor, esto es lo que se hizo en el pasado a medida que aumentaba la productividad: con la primera revolución industrial la jornada laboral se fue acortando de 80 a 60 horas semanales; en el siglo XX, tras la segunda revolución industrial, se llegó a las actuales 40 horas. No obstante, tras la tercera revolución industrial la jornada laboral no sólo no se acortó legalmente en EEUU, sino que incluso en la práctica los empleados estadounidenses estarían trabajando más en esta década (vía horas extra, reducción de las vacaciones, etc.) que hace cuarenta años. Una política tendiente a la reducción de la jornada laboral permitiría, por el contrario, un reparto más equitativo del tiempo de trabajo y por lo tanto de la renta, conllevando una distribución más justa de los aumentos de productividad.[33]

Rifkin promociona con especial énfasis una segunda iniciativa: la potenciación del llamado “tercer sector”, vinculado a la economía social y el voluntariado. Si el sector privado sólo podrá absorber una pequeña parte de la mano de obra, y el sector público, ahogado por el déficit fiscal, se halla bajo serios cuestionamientos por parte de la opinión pública –tomemos nota de que Rifkin hace acá una clara concesión a las críticas neoconservadoras al Estado de Bienestar– es en la ampliación del tercer sector donde se encontraría la válvula de escape a la crisis actual. Para fomentarlo, habría que implementar políticas que redirijan recursos desde la economía formal e incluso desde el Estado hacia el tercer sector. Esto podría hacerse mediante la aplicación de “salarios fantasma” para los ocupados en este sector –vía deducciones impositivas– e incluso, yendo más lejos, a través de la institución de un “salario social” –que además, al decir de Rifkin, reemplazaría a la “beneficencia estatal”– como contrapartida de los servicios dados en la economía social. La ampliación del voluntariado favorecería la cooperación dentro de las comunidades locales a la vez que abriría paso a la emergencia de una “era posmercado”, en la cual las relaciones mercantiles perderían parte de su primado siendo gradualmente desplazadas por relaciones solidarias basadas en la ayuda mutua.[34]

Habiendo sintetizado el planteo de Rifkin, pasamos ahora a revisar críticamente algunos puntos sensibles del mismo.

II.1.a. Las TIC, el desempleo tecnológico y la precarización: ¿fin del trabajo o intensificación de la explotación?

Un primer problema, el que de hecho más se ha abordado del planteo de El fin del trabajo, tiene que ver con la corroboración empírica de su hipótesis principal, según la cual las nuevas TIC conllevarían un desempleo tecnológico estructural, permitiendo avizorar incluso el fin del trabajo asalariado. Rifkin basa su análisis fundamentalmente en opiniones de consultores y en casos particulares de empresas y sectores de algunas ramas productivas que han introducido nuevas tecnologías y despedido a grandes masas de empleados. No obstante, las estadísticas globales de empleo no parecen apoyar la hipótesis de Rifkin. Ya señalamos que en el caso de EEUU hubo un aumento del desempleo en la década de 1970 y uno aún mayor en la de 1980. No obstante, en la década siguiente la desocupación bajó casi 2% en este país respecto a la década anterior, ubicándose en el 5,4%. El dato no es menor, sobre todo si se tiene en cuenta que EEUU encabeza la revolución tecnológica. Por lo tanto, si realmente las nuevas tecnologías destruyen empleos, es en este país donde más debería hacerse notar el desempleo tecnológico. Pero según señala Castells, es en las dos economías más desarrolladas tecnológicamente (EEUU y Japón) donde el empleo crece más rápidamente:

entre 1970 y 1992, la economía estadounidense creció en términos reales un 70% y el empleo, un 49%. La economía de Japón creció un 173% y su empleo, un 25%, mientras que la economía de la Comunidad Europea lo hizo en un 81%, pero con un aumento del empleo del 8% […] Efectivamente, entre 1975 y 1999 los Estados Unidos crearon unos 48 millones de puestos de trabajo, y Japón 10 millones. En esos veinticuatro años, la Unión Europea creó únicamente 11 millones de nuevos puestos de trabajo, la mayoría de los cuales, hasta finales de los noventa, estaban en el sector público […] el empleo empezó a crecer en Europa en 1997-1999, momento en el que los países europeos intensificaron la difusión de las tecnologías de la información en las empresas.[35]

Las tesis apocalípticas de Rifkin tampoco se cumplieron en el decenio siguiente. Entre 1998 y 2007 (año anterior al estallido de la crisis de las subprime) el desempleo bajó en casi todo el mundo: 0,4% a nivel mundial, y 1,4% en las economías desarrolladas y la Unión Europea.[36]

Por otro lado, la población en edad de trabajar que se encuentra empleada (relación empleo/población) ha continuado siendo elevada durante todo el período, no avizorándose, en consecuencia, la llegada inminente de sociedades sin trabajo. En el año 2006, dicha relación se ubicaba en el 61,4% a nivel mundial, apenas 1,2% menos que una década atrás.[37] En 2004, este índice era en los países de la OCDE del 65,3%, algo más elevado incluso que en 1990. En EEUU, alcanzaba al 71,2% (1% menor a 14 años antes), mientras que en los países europeos de la OCDE era del 61,5% (con un incremento del 0,5% respecto a 1990).[38] Lo que sí viene ocurriendo en todo el mundo –aunque en diferente medida– es que la relación empleo/población disminuye en el caso de los hombres, pero aumenta significativamente en el caso de las mujeres, lo cual muestra otra tendencia notable: que los hombres son sustituidos por las mujeres en grandes segmentos del mercado laboral.[39]

Además, el trabajo asalariado sigue siendo dominante, especialmente en las economías desarrolladas. En el mismo año en que Rifkin publicaba su libro, la Población Económicamente Activa (PEA) asalariada respecto a la PEA total era todavía superior al 75% en América del Norte (EEUU y Canadá); en promedio, Europa experimentó una ligera disminución desde 1980, pero manteniendo tasas igualmente elevadas.[40] En Francia, por ejemplo, señala Castel que los asalariados representaban en 1998 el 86% de la PEA, cifras similares a las de mediados de la década de 1970.[41] Es decir que no parece tener mucho sustento tampoco la hipótesis de que el trabajo asalariado en particular se esté haciendo marginal en las economías desarrolladas.

Señalar estos desfasajes entre la hipótesis del “fin del trabajo” y algunos indicadores del empleo no implica aceptar la teoría opuesta que Rifkin cuestiona, en definitiva apologética del actual orden de cosas, según la cual la adopción de las nuevas tecnologías conduciría por sí misma a un mundo de empleo para todos y abundancia garantizada.[42] Tampoco conlleva soslayar los impactos que a nivel del empleo y de la economía en general podría estar produciendo la difusión de las nuevas tecnologías. Ni nos dispensa de repensar y cuestionar, incluso de un modo más radical que el que propone Rifkin, el lugar que el trabajo ocupa en nuestras sociedades. El problema se encuentra en la hipótesis general de que los trastornos en el mundo del trabajo y en la economía tienen como causa un desarrollo tecnológico cuyo despliegue, en lugar de estar mediado social y políticamente, se presenta como ineluctable. Esta hipótesis, además de que no parece ser corroborada empíricamente, conlleva consecuencias teóricas y políticas complejas de aceptar sin más discusiones. En particular, si el desempleo y la precarización de la fuerza de trabajo obedecen mecánicamente a un progreso tecnológico que al parecer ya no puede detenerse, resultan ser entonces resultados cuasi-naturales de los cuales ni los gobiernos, ni las empresas ni el sistema económico son responsables. En este sentido, como declama Castells, una hipótesis que a primera vista puede parecer progresista resulta ser en el fondo políticamente reaccionaria.[43]

Rifkin registra algunos fenómenos que tienen lugar en el período que va desde la crisis de la década de 1970 hasta mediados de la de 1990, como el estancamiento de los salarios, el aumento de la desigualdad social, los recortes en las prestaciones sociales y el reparto de las ganancias de productividad a favor de los accionistas y las empresas, en desmedro de los trabajadores. A mi juicio, y tal como se sostendrá en el capítulo cuarto, resulta más adecuado interpretar estos fenómenos no como resultados del desarrollo tecnológico per se sino, principalmente, como manifestaciones de un nuevo patrón de acumulación centrado en una mayor intensificación de la explotación del trabajo. En el capítulo cuarto, veremos que el modo en que el capital salió de su crisis, cuya cara más visible era la caída de las tasas de ganancia, radicó no sólo en la adopción de las nuevas tecnologías; complementariamente con ello, procuró incrementar los niveles de explotación del trabajo mediante formas diversas de extracción combinada de lo que Marx llamaba plusvalor absoluto y relativo. Rifkin recoge algunas de estas cuestiones: señala que los aumentos de productividad del período fueron apropiados ante todo por las grandes empresas y los accionistas; también explica cómo las nuevas modalidades de organizar los procesos productivos (como el toyotismo) implican una intensificación del trabajo y por lo tanto una mayor explotación. No obstante, son apreciaciones que finalmente quedan solapadas por su hipótesis principal.

La extracción de una mayor cantidad de plusvalor se refleja por ejemplo, en las dos décadas que siguen a la crisis, en el estancamiento de los salarios reales y la consecuente extensión del tiempo de trabajo excedente. Como ya señalamos (y Rifkin registra este punto) los salarios reales crecieron en este período a tasas muy moderadas o se estancaron, y en algunos casos como en EEUU hasta retrocedieron para los deciles más bajos.[44] Al mismo tiempo, la duración e intensidad de la jornada laboral no sólo no se acortó sino que también tendió a extenderse. Y esto no sólo por la profusión de las llamadas “horas extras” y otros modos encubiertos de alargar la jornada laboral.

Es que con la llamada “globalización”, las grandes empresas deslocalizan segmentos de su producción; particularmente, una parte de la fabricación industrial se asienta en países en desarrollo donde abunda la mano de obra barata, como China, India y México; es un modo efectivo tanto para contrarrestar los reclamos sindicales en los países de origen como para incrementar rápidamente la apropiación de plusvalor absoluto y relativo. En este sentido, llama la atención que Rifkin registre la caída relativa y en algunos casos absoluta del empleo industrial en los países desarrollados, pero que no lo vincule con el hecho de que la industria se está trasladando a otras partes del mundo.[45] Nuevamente muestra aquí una mirada parcial, que se detiene en fenómenos del mundo desarrollado sin enmarcarlos en una perspectiva global, hoy más necesaria que nunca dado el proceso de globalización –que no es sólo de los intercambios sino, lo que es más importante desde una perspectiva marxista, de la misma producción–.

De momento y a partir de estos elementos puede señalarse que, al menos como hipótesis heurística de los cambios acaecidos, la idea de una intensificación de la explotación del trabajo podría resultar más adecuada que la del “fin del trabajo”. En el capítulo cuarto avanzaremos siguiendo y desarrollando esta idea. Ahora proseguiremos con el análisis crítico del planteo de Rifkin hacia la elucidación de algunos supuestos teóricos que implícitamente operan en él.

II.1.b. Las imprecisiones en el concepto de “trabajo”: algunas consecuencias

Una característica del libro de Rifkin radica en que, no obstante su título, no contiene análisis crítico alguno respecto del concepto de “trabajo”. El primer capítulo, llamado “El fin del trabajo”, comienza señalando:

Desde el principio de los tiempos, las civilizaciones han quedado estructuradas, en gran parte, alrededor del concepto de trabajo. Desde el hombre cazador y recolector del Paleolítico y el agricultor sedentario del Neolítico hasta el artesano del medioevo y el trabajador de cadena de producción de nuestros tiempos, el trabajo ha sido una parte esencial e integral de nuestra existencia cotidiana. En la actualidad, por primera vez, el trabajo humano está siendo paulatina y sistemáticamente eliminado del proceso de producción.[46]

Lo que hay que notar de este párrafo es que el concepto de “trabajo” es puesto como una suerte de constante transhistórica, cuya continuidad se vería interrumpida por un acontecimiento excepcional que, como reza el subtítulo de la obra, marcaría el “nacimiento de una nueva era”. Rifkin no hace pausa alguna en su discurso profético para marcar esa otra ruptura que nosotros, con Marx, desarrollamos en la primera parte: el nacimiento del “trabajo abstracto” como relación social fundamental del capitalismo y el estatuto mercantil que entonces asume la fuerza de trabajo. En consecuencia, no es en absoluto casual que luego de este inicio, Rifkin pase a identificar sin aclaración alguna el “trabajo” sin más especificaciones con el trabajo-mercancía, o sea, el trabajo asalariado, el cual supuestamente se estaría terminando.

Desde mi perspectiva, el problema que esto engendra no es meramente terminológico. En efecto, el determinismo tecnológico que guía el planteo de Rifkin no deja de estar conectado con el uso de un concepto transhistórico de “trabajo”. Una visión que reduce el trabajo moderno a una actividad que produce bienes, soslaya la conexión históricamente determinada entre el trabajo (abstracto), el valor como forma histórica de la riqueza y el capital, tal como se desarrolló en la primera parte. La consecuencia de esto es que los procesos económicos son leídos en una clave tecnológica antes que social. Para corroborar este punto, basta leer el capítulo cuarto de El fin del trabajo: toda la historia económica moderna, desde la primera revolución industrial, se reduce al progresivo pero incesante reemplazo del hombre por la tecnología, proceso que culminaría cuando las TIC, en los albores del siglo XXI, remueven en su camino un último obstáculo: la mente humana.

Dado este uso acrítico del concepto de “trabajo”, puede entenderse que en el tratamiento del economista norteamericano esté operando el supuesto habermasiano según el cual con el desarrollo del capitalismo la tecnología simplemente reemplaza al trabajo humano, transformándose en principal fuerza productiva. En un análisis tal, desaparece la distinción marxiana entre riqueza y valor, así como la conexión necesaria entre capital y trabajo. Con estos supuestos, la historia del capitalismo puede ser fácilmente narrada como un proceso meramente técnico, cuyo corolario es la desaparición del trabajo y el triunfo del capital como entidad monolítica. Cualquier similitud con los alegatos de época –del estilo del de Fukuyama– sobre “el fin de la historia” y el triunfo del capitalismo liberal, probablemente sea algo más que una coincidencia.

La idea de Marx según la cual la introducción de la tecnología permite la reducción del tiempo de trabajo necesario pero no para liberar tiempo de trabajo a la sociedad, sino para extender el tiempo de trabajo excedente, sigue teniendo vigencia. Es cierto que la magnitud de uno y otro –parámetro para determinar la tasa de explotación– es históricamente cambiante, y en parte está condicionada por la relación de fuerzas entre el trabajo y el capital en un momento determinado. Una característica del período posterior a los “treinta gloriosos” radica en que esta relación de fuerzas, en términos generales, resultó desfavorable para la clase trabajadora, dando lugar a una mayor explotación. Un inconveniente teórico del planteo de Rifkin radica entonces en desconectar al capital de su dependencia del tiempo de trabajo excedente.

Como consecuencia, su proyecto general de dar lugar al nacimiento de una “era posmercado” se muestra ingenuo por la forma misma en que es planteado –más allá de los problemas que acarrean sus propuestas concretas para ponerlo en práctica, que trataré más adelante–. Esta nueva era aparece como el resultado más o menos natural al que conduce el desarrollo tecnológico. En otras palabras, la no-dependencia estructural del capital respecto del trabajo deja vacío un espacio en el que la libertad podría desplegarse sin conflictos mayores y, sobre todo, sin necesitar de un cuestionamiento de fondo del sistema capitalista vigente. La brecha entre lo real y lo posible, tal como la expusimos en el segundo capítulo, desaparece.

No se trata de reponer la vieja encrucijada entre reformismo y revolución, sino de tomar nota de la magnitud del desafío, que es eminentemente político y no viene dictado por una necesidad derivada de un desarrollo tecnológico. En otras palabras: el fin del trabajo (asalariado) no debería entenderse como el punto de partida sino como el punto de llegada del análisis crítico. Por lo tanto, las propuestas concretas que se sostengan en vista del mismo deberían plantearse de un modo más positivo, como eslabones para el establecimiento de una nueva sociedad, pos-capitalista, y no como modos espasmódicos de llenar el vacío dejado por una supuesta desaparición del trabajo asalariado.

II.1.c. Las propuestas de Rifkin: algunas críticas

Los mencionados problemas en el tratamiento de Rifkin también explican en buena parte algunas debilidades de las dos propuestas concretas que realiza. Empecemos por decir que más allá del pasmoso rótulo en el que las enmarca (el nacimiento de una supuesta “era posmercado”) no se ve en qué sentido las mismas implican una puesta en cuestión radical del sistema capitalista de mercado vigente. La propuesta de reducir la jornada laboral, para empezar, no sólo es correcta sino que es incluso indispensable para un proyecto crítico, pero a mi juicio debe ser planteada primero en términos de un derecho de la clase asalariada de beneficiarse con los aumentos de productividad, antes que como una medida tendiente a solucionar al problema de hecho del paro, que es fluctuante y cambiante entre los países.[47] Además, frente a una reducción tal las empresas pueden, en lugar de contratar más trabajadores, flexibilizar e intensificar el trabajo, por lo cual la medida por sí misma no necesariamente sería efectiva para combatir el paro.

Por otro lado, lejos de ser revolucionaria, la idea es consecuente con una constante histórica, ya que desde la Revolución Industrial la jornada laboral se ha reducido al menos a la mitad. De todos modos, para que realmente implique una redistribución de la renta entre el capital y el trabajo requiere que los salarios no disminuyan proporcionalmente a la reducción de las horas trabajadas. Por supuesto que es de esperar que una medida tal no sea apoyada por las empresas e incluso por algunos sindicatos, que podrían preferir que los aumentos de productividad se reflejen en una suba de los salarios y no en la disminución de las horas trabajadas. Respecto a las empresas, tampoco habría que pasar por alto el problema que la reducción de la jornada acarrearía para la competitividad de un país determinado en el contexto global; por eso la medida debería practicarse a un nivel que exceda el de los Estados-Nación, cuestión que es de esperar plantee inconvenientes políticos significativos. Sin embargo, los casos en que se han aplicado políticas en este sentido estuvieron circunscriptos hasta ahora en este nivel nacional –como las 35 horas semanales en Francia o el 6+6 en Finlandia– y han mostrado por el momento resultados dispares y discutibles, tanto en lo que hace a la creación de empleo como respecto a su recepción de parte de los trabajadores y las empresas.[48]

La propuesta de potenciar el tercer sector es más cuestionable, al menos en el modo en que la plantea Rifkin. Para él, este sector tendría que acoger tanto a los desempleados del sector privado como a los del sector público. Según su previsión, este último también continuará reduciéndose, tanto por el déficit fiscal de los Estados como por los cuestionamientos a las prestaciones de la seguridad social. El peligro aquí radica en hacer una concesión a las demandas neoliberales de reducción del Estado, y que bajo la excusa de favorecer actividades no mercantiles se terminen transfiriendo las obligaciones estatales al voluntariado.[49] Lo cual de hecho significaría aniquilar el aspecto más progresista de la concepción del Estado Social del siglo XX –que entiende a las prestaciones sociales como un derecho– y retroceder a la visión filantrópica del siglo XIX, meta no confesada de casi todos los neoliberales. El mismo Rifkin recoge esta crítica, e incluso recuerda cómo las administraciones de Reagan y Bush (padre) utilizaron una retórica pro-voluntariado para enmascarar políticas ultraliberales.[50] Sin embargo, no brinda respuesta directa alguna a estas críticas. Es más: habla incluso de “beneficencia estatal” para referirse a las prestaciones estatales, aceptando así acríticamente la terminología que los neoliberales utilizan para atacar al Estado Social.

Una segunda observación crítica que puede hacerse a la propuesta de potenciar el tercer sector radica en que, más allá de las intenciones, en los hechos podría profundizar e incluso sancionar el dualismo social entre aquellos que tienen un empleo asalariado en el sector formal y quienes no lo tienen, ahora expulsados a la economía social. Esto puede explicarse en parte porque en el capitalismo –sistema que Rifkin no revisa a fondo– el trabajo asalariado es, como ya señalamos, una relación social fundamental, que condiciona incluso el lugar de otras actividades no directamente mercantiles. La sospecha que esto engendra es que el tercer sector, relegado respecto a los otros sectores, puede terminar siendo un reservorio de trabajo precario, mal pago, discontinuo y sujeto a un financiamiento contingente. Sospecha que en el caso de Rifkin resulta pertinente en la medida en que él en principio justifica su propuesta (al menos en primera instancia) como una respuesta al problema del paro y no como una alternativa política a la sociedad salarial y el capitalismo. Dicho más directamente: si en lugar de abrir espacios no mercantiles como parte de la lucha contra la mercantilización de las relaciones sociales en el capitalismo proponemos abrir estos espacios para acoger a quienes han sido expulsados de la esfera mercantil, no podemos sino esperar un lugar relegado de aquellos respecto a ésta. Nuevamente volvemos a encontrar el problema que ya marcamos, ahora en la relación dialéctica entre el diagnóstico y la propuesta: el fin del trabajo (asalariado) tiene que ser entendido como un proyecto político antes que como una realidad inminente.

Finalmente, la proposición de Rifkin conlleva un problema adicional: considerar al tercer sector como un medio para que quienes sean expulsados de la economía formal puedan hacerse de un ingreso contradice la propia naturaleza del voluntariado. Porque en la medida en que la posibilidad de conseguir un ingreso por parte de los excluidos del trabajo asalariado formal quede atada a la realización de actividades en el tercer sector, estas mismas actividades pierden el carácter voluntario y desinteresado, pasando a ser realizadas por el ingreso que generan, de un modo muy similar al trabajo asalariado prestado en las esferas pública y privada.

Como conclusión, puede decirse que el planteo de Rifkin acarrea problemas, tanto desde el punto de vista de su corroboración empírica como desde la evaluación de los supuestos teóricos que operan en él. En particular, la falta de una teorización del carácter específico del trabajo así como de la dinámica del capitalismo, le resta fuerza a su diagnóstico y a la vez a sus propuestas. En su planteo, la abolición del trabajo es un efecto inexorable del desarrollo tecnológico impulsado por el capitalismo; las propuestas de Rifkin apuntan a gestionar esta abolición en el marco del mismo sistema. Esto conduce a numerosos equívocos y ambigüedades, como señalamos. A continuación, abordaremos otros autores con tratamientos teóricos más elaborados, que logran evitar algunos de estos problemas pero no otros; y que sobre todo nos permitirán seguir pensando estas cuestiones, agregando nuevas e interesantes aristas.

II.2. André Gorz: la puesta en marcha de la salida de la sociedad salarial

André Gorz (nacido en Viena en 1924 y fallecido en Francia en 2007) merece una especial atención en esta investigación. Si bien su perspectiva general tiene muchos puntos en común con la de Rifkin, sus argumentos poseen una profundidad teórica notablemente mayor que los de aquel. Aunque este pensador tiene una larga trayectoria intelectual y una frondosa y variada obra publicada, nos interesa en particular el período que se abre con la aparición de Adiós al proletariado (1980). Más allá de las constantes que ya eran centrales en sus obras tempranas y que se van a mantener ahora –caben mencionar la herencia sartreana y la defensa de la autonomía del sujeto, la crítica al productivismo y la militancia ecologista– es a partir de aquí que se produce un viraje, motorizado tanto por el contexto que se abre con la crisis de los ‘70 como por la ruptura definitiva con algunas tesis centrales sostenidas tradicionalmente por el marxismo.

Respecto al contexto socio-económico, Gorz va a plantear que la revolución tecnológica está destruyendo sistemáticamente los cimientos en que se apoyaba la “sociedad del trabajo” de la posguerra. Con la introducción de las nuevas tecnologías en los procesos productivos, el tiempo de trabajo disminuye, a la vez que el empleo escasea y se precariza: hasta acá el argumento es similar al de Rifkin. No obstante, veremos que también Gorz matiza este análisis e interpreta que a la vez el capitalismo está extendiendo su lógica y colonizando nuevas esferas. En este punto, señalaremos que hay una tensión entre estos dos planteamientos que, aunque él no termina de explicitar, anticipa cuestiones que desarrollaremos particularmente en la tercera parte.

En lo que hace a la crítica de Gorz al marxismo (o al menos a ciertas corrientes dentro del mismo) ésta girará fundamentalmente en torno del argumento de que el desarrollo de las fuerzas productivas en el capitalismo contradice la posibilidad –según él sostenida como “ideal” por esta corriente de pensamiento– de que la producción sea apropiada por los trabajadores de modo tal que ellos puedan realizarse enteramente en dicho terreno. Para Gorz, esto se debe a que la industrialización conlleva una alienación del trabajo y de los trabajadores que persistiría incluso abolido el capitalismo. Veremos que en este punto su argumento es similar al que planteaba Habermas y que, a pesar de estar mejor desarrollado, no deja de acarrear varios de los problemas que le imputamos a aquel. Por cierto: también veremos que nuestro pensador fue matizando esta idea con el correr de sus obras, particularmente cuando empieza a prestar una atención mayor a las tendencias “posfordistas” en los procesos productivos.

Las críticas al marxismo y el análisis de las tendencias abiertas con la crisis conducen a Gorz a plantear la posibilidad de fundar un tipo radicalmente nuevo de sociedad, “pos-capitalista” y “pos-socialista” (en referencia a los llamados “socialismos reales”). Una sociedad en la que el trabajo (necesariamente heterónomo) pasaría a ocupar un lugar marginal en la vida social y en la que, como contraparte, el principal imperativo social pasaría a ser la ampliación del tiempo para el desarrollo de actividades autónomas, libremente elegidas. Contra la idea de una coincidencia plena del individuo y su trabajo social, Gorz propone una solución dualista: una sociedad dividida en dos esferas, una heterónoma (trabajo social) y otra autónoma (actividades autodeterminadas).

A continuación, focalizaremos el análisis en dos cuestiones del tratamiento gorziano que consideramos particularmente problemáticas. La primera refiere a su visión general respecto del capitalismo y el proceso de industrialización moderna, sobre todo en relación con el modo en que articula el concepto de “trabajo”. Se trata de un nivel teórico de abstracción similar al que adoptamos cuando revisamos los planteos de Arendt y Habermas. La segunda cuestión que se examinará versa sobre el análisis que hace Gorz del contexto que se abre tras la década de 1970, que él interpreta en términos de una “crisis de la sociedad del trabajo”.

II.2.a. El proceso de industrialización moderna, el devenir “heterónomo” del trabajo y la crítica al marxismo

Una de las razones por las cuales nos interesa el planteo de Gorz radica en que el concepto de “trabajo” y su crítica están en el centro de sus preocupaciones. Esto diferencia claramente su tratamiento de otros como el de Rifkin, en el cual el concepto se da prácticamente por sentado, razón por la cual, cuando lo abordamos, tuvimos que traer a la luz sus supuestos implícitos. En el caso de Gorz hay un intento por explicitar el concepto históricamente, por lo cual su punto de partida se acerca al que esbozamos en el capítulo segundo siguiendo a Marx. De todas formas, su tratamiento tiene algunas diferencias con el que hicimos allí, que tendremos que ir vislumbrando.

En Adiós al proletariado, Gorz comienza aclarando el carácter moderno de la categoría “trabajo” cuando explicita el tema sobre el cual versa su ensayo:

Su tema central es la liberación del tiempo y la abolición del trabajo […] el trabajo no ha existido siempre en el sentido en que lo entendemos en la actualidad: apareció con los capitalistas y los proletarios […] En la actualidad, “trabajo” […] no designa prácticamente más que una actividad asalariada. Los términos “trabajo” y “empleo” se han vuelto intercambiables.[51]

Once años después, en el ensayo Metamorfosis del trabajo, Gorz comienza planteando su idea en términos similares. Su primer capítulo, denominado “La invención del trabajo”, reza que:

Lo que nosotros llamamos “trabajo” es una invención de la modernidad. La forma en que lo conocemos, lo practicamos y lo situamos en el centro de la vida individual y social fue inventada y luego generalizada con el industrialismo […] Porque la característica esencial de este trabajo […] es la de ser una actividad en la esfera pública, demandada, definida, reconocida como útil por otros y, como tal, remunerada por ellos […] Debido a que el trabajo socialmente remunerado y determinado es –incluso para aquellas y aquellos que lo buscan, se preparan para él o carecen de él– el factor, con mucho, más importante de socialización, la sociedad industrial se entiende como una “sociedad de trabajadores” y, como tal, se distingue de todas las que le han precedido.[52]

Este planteo tiene varias similitudes con el que nosotros hicimos en el segundo capítulo. Define al trabajo como una relación social específicamente moderna, en lugar de concebirlo como una esencia transhistórica. Además, señala que este trabajo tiene un carácter central en la socialización de los individuos, de un modo que distingue a las sociedades modernas de otras precedentes. Del mismo modo, nosotros habíamos señalado que el “trabajo abstracto” como relación social fundante distingue a la sociedad moderna capitalista de otras que le precedieron.

De todas formas, la argumentación que prosigue Gorz toma una dirección distinta a la nuestra. Esto está claramente vinculado con el hecho de que para caracterizar la “esfera pública” del trabajo no despliega las categorías de la crítica de la economía política, sino que toma un camino más cercano al de Habermas y Max Weber. Sin dejar de ser agudo y penetrante, iremos viendo sin embargo que su análisis comienza a plantear entonces algunos problemas.

Gorz entiende que una de las características del trabajo moderno es que engendra un tipo de socialización particular de los individuos, que denomina “integración funcional”. Con ella, los fines son fijados por el sistema administrativo, y es en el marco de los mismos que el horizonte de acción de los individuos resulta delimitado. Gorz denomina esfera de heteronomía al “conjunto de actividades especializadas que los individuos tienen que llevar a cabo como funciones coordinadas desde el exterior por una organización preestablecida.”[53] Nótese que el concepto de “integración funcional” es prácticamente idéntico a lo que Habermas denominaba “integración sistémica”, así como la “esfera de heteronomía” gorziana se corresponde con el “sistema” habermasiano.[54]

En Metamorfosis del trabajo, Gorz recupera en particular el concepto de racionalidad económica, de raigambre weberiana, para profundizar la naturaleza de este tipo de integración funcional, así como sus consecuencias a nivel individual y social. Se trata de un concepto en principio formal, que alude a una modalidad de la razón instrumental consistente en calcular y economizar medios para alcanzar un determinado fin. La cuestión de cual sea ese fin es indiferente para la racionalidad económica, lo único relevante para ella es el cálculo, el uso eficiente de los medios para alcanzarlo; de ahí su carácter unidimensional. Gorz entiende que con la modernidad el “trabajo” pasa a ser dominado por esta racionalidad: comienza a ser organizado a nivel de grandes unidades, parcelado a través de su división pormenorizada, cuantificado como un recurso y por tanto privado de sentido para el individuo (esto es lo que para Gorz significa la entrada del trabajo en la “esfera pública”).

Uno de los problemas del argumento de Gorz es que no termina de establecer una correlación clara entre el predominio “unidimensional” de la racionalidad económica y el capitalismo. Aunque señala que “el capitalismo fue la expresión de la racionalidad económica al fin liberada de toda traba”,[55] a mi juicio nunca llega a fundamentar esta afirmación. En realidad, entiende esta extensión en términos similares a los de Habermas: el capitalismo fomenta la expansión de la racionalidad económica más allá de su “propio ámbito” (veremos más adelante cómo argumenta este punto). Tomemos nota de que aquí Marx pudo haberle servido para seguir un camino diferente: una de las ventajas de su análisis es que permite elucidar la relación precisa entre la hegemonía de esta racionalidad en principio formal y el capitalismo como sistema histórico. El movimiento del capital, en tanto fundado en el valor, es en principio indiferente frente a todo contenido (valor de uso): su fin es la producción de plusvalor, a su vez medio para producir más plusvalor. La economización de los medios, y particularmente del tiempo de trabajo, es esencial justamente para aumentar el plustrabajo y con él el plusvalor. Como ya señalamos con insistencia en el capítulo segundo, el capitalismo conlleva una forma de dominación impersonal, en estrecha relación con el papel constitutivo del trabajo (abstracto) en dicha sociedad. De hecho, lo que sostuvimos allí respecto a la relación necesaria pero histórica entre trabajo y acción instrumental, se aplica también a la racionalidad económica, que no es más que una de las modalidades de aquella.

Decíamos que Gorz sigue un camino diferente al nuestro: luego de establecer el carácter moderno del concepto de “trabajo”, no despliega las categorías de la crítica de la economía política. Tenemos que hacer acá un paréntesis, porque el camino que sigue este pensador se explica en buena medida por el debate que mantiene con el marxismo, al cual trata de contrarrestar adoptando una perspectiva de raigambre weberiana-habermasiana. El punto de partida de Gorz en esta discusión radica en la idea de que la integración funcional es un requisito determinado por el aumento de complejidad de la producción material, independientemente del sistema económico adoptado. Ahora bien: en este contexto, la exhortación de que el individuo se realice en su trabajo, que para Gorz es el ideal del marxismo, no puede cumplirse más que subordinando al individuo a su función social, esto es, coartando su libertad. Éste habría sido uno de los errores del marxismo y hasta explicaría en buena parte el fracaso de los socialismos reales.[56]

¿Es razonable este reproche de Gorz al marxismo? En principio, yo estoy de acuerdo con la idea de que, en una economía compleja (independientemente de su forma capitalista, socialista, etc.) no cabe exigir que el individuo tenga que identificar la totalidad de su persona con el trabajo que presta a la sociedad. No sólo porque el surgimiento de los grandes complejos industriales, el desarrollo de la división social del trabajo, etc., tornen “utópica” la idea de que puedan reconstruirse a nivel de todos los procesos productivos oficios completos, en los que el trabajador domine tanto los medios como los fines de la producción. Incluso antes de esto habría que preguntarse: ¿por qué dar semejante valor de ideal al obrero de oficio? Después de todo, la idea de la realización a través de un oficio, la identificación de la persona con una tarea singular y especializada (por más dominio que tenga sobre la totalidad de la misma) no deja de ser un ideal particularista. Por eso el mismo Marx era crítico de este tipo de pensamiento nostálgico por el “obrero de oficio”.[57] Gorz sabe esto e insiste con que Marx pensaba que la emergencia del trabajo abstracto tenía un efecto evolutivo positivo: sacaba al individuo de la particularidad, elevándolo a individuo social, con unas capacidades codificadas socialmente y por tanto intercambiables. Podía surgir entonces el sujeto universal capaz de apropiarse del proceso productivo en su conjunto.[58]

¿Significa esto que en el comunismo trabajo social y realización individual simplemente coincidirían, como en general Gorz le achaca a Marx y a la tradición marxista? ¿O la realización individual tiene que pasar por fuera del trabajo social, como plantea Gorz? Abordar esta cuestión en Marx requeriría un detallado análisis que no podemos hacer aquí, pero basta cotejar distintos textos al respecto para ver que su respuesta no es unívoca.[59] Lo que yo creo, siguiendo mi interpretación de la crítica de la economía política, es que ninguna de las dos ideas son enteramente aceptables. En efecto, creo contra Gorz que el trabajo social puede ser un lugar de realización personal en una sociedad poscapitalista, pero concediéndole a la vez que: 1) esto no tiene que ser un imperativo impuesto a los individuos; 2) no es esperable que suceda en todas las actividades productivas; y 3) el trabajo social no tiene que constituirse en el único lugar de realización personal.

Lo que permite clarificar en parte por qué Gorz asume esta posición extrema es el hecho de que en sus argumentos tienden a pasarse por alto las formas de alienación de los trabajadores que son específicas del capitalismo. En este sistema, los fines de la producción resultan extraños para el trabajador, no sólo porque son fijados por el capitalista sino, ante todo, porque el objetivo de este sistema es unidimensional: la producción de valor, respecto a la cual todo contenido (valor de uso) resulta un mero medio. Puede pensarse que en una economía que, por el contrario, estuviera dirigida a la producción de valores de uso, este extrañamiento respecto a los fines claramente podría matizarse, por ejemplo mediante una política democrática en la gestión del aparato productivo que se ocupara también de los fines (¿qué producir? ¿para qué?). Esto significa que la distancia entre los fines del aparato productivo y los fines del individuo podría balancearse, en la medida en que el trabajador dejaría de experimentar los fines del primero como algo ya supuesto y por tanto totalmente extraño y ajeno.

No por esto, repito, debería exigirse una conciliación plena entre individuo y sociedad. La afirmación de Gorz de que esto sería una imposibilidad ontológica [60] me parece demasiado fuerte. Esta afirmación, desde la perspectiva aquí sostenida, sólo es correcta para el capitalismo (y tal vez para los socialismos reales, si se tiene en cuenta que terminaron adoptando el principio unidimensional de la “producción por la producción” aunque con otros medios), donde, como señalamos en el capítulo segundo, existe un abismo ontológico y constitutivo entre individuo y sociedad. El mío se trata más bien de un juicio normativo: incluso cuando en una sociedad poscapitalista empíricamente la distancia pueda acortarse –y yo creo, a diferencia de Gorz, que sería indispensable que se dispongan los medios para ello– transformar esto en una exigencia general es un ideal opresivo. La crítica de Gorz a estos ideales efectivamente presentes en el marxismo y hasta en algunos textos de Marx hay que tenerla en cuenta: la exigencia de una conciliación en la forma de una identificación plena entre individuo y sociedad es ingenua. Y peor: es peligrosa.

Pero Gorz lleva su argumentación demasiado lejos. Después de pasar por alto –como señalamos– las formas de alienación de los trabajadores que son específicas del capitalismo, ratifica el imperio de una racionalidad unidimensional –la económica– en ciertos ámbitos de la vida social. En efecto, uno de los objetivos explícitos de Metamorfosis del trabajo es “la delimitación de la esfera de lo que es racionalizable”.[61] Esto supone que la aplicación (incluso unilateral) de la racionalidad económica funciona bien mientras lo haga en su “propio ámbito”. El planteo de Gorz, en este punto, es muy similar al de Habermas, que ya criticamos. El predominio de la racionalidad económica queda ratificado en ciertas actividades como una “necesidad evolutiva”, vinculada al aumento de complejidad de la producción material.

Como consecuencia, el imperativo unidimensional de economizar el tiempo vendría a ser, en ciertas actividades, el único relevante. Precisamente, lo que sucede en una economía fundada en el valor y en el trabajo abstracto: aquí el tiempo de trabajo funciona como una norma cuasiobjetiva –porque se trata de un tiempo social abstracto, específico del capitalismo, tal como planteamos en el capítulo segundo–. Adoptando lo posible como horizonte, cabría suponer por el contrario que en otro tipo de economía el tiempo sería un factor relevante a considerar en la organización del trabajo, pero no funcionaría como una medida prescriptiva: sería un criterio importante a tener en cuenta, junto con otros. La ambigüedad de Gorz, en este punto, tiene su origen en no haber reflexionado suficientemente respecto a la conexión entre “racionalidad económica” y capitalismo, así como en no haber atendido a la distinción que estableciera Marx entre economía del tiempo y economía fundada en el valor (sólo en la segunda el tiempo actúa como una medida objetiva e imperativa).[62]

En este sentido es que, desde mi punto de vista, la apuesta de Gorz por delimitar el ámbito de aplicación de la racionalidad económica parte de un planteo equivocado. Según él, su dominio en ciertas actividades resulta irracional y carente de fundamento. Plantea entonces que la racionalidad económica sólo es aplicable a aquellas actividades que cumplen cuatro criterios simultáneos: a) crear valor de uso; b) con vistas a un intercambio mercantil; c) en la esfera pública; d) en un tiempo medible y con un rendimiento tan alto como sea posible.[63] Aquellas que cumplen con estos criterios, deberían ser consideradas “trabajo” en el sentido moderno del término; las otras no.

No nos detendremos en todos los casos que analiza. Tomemos dos, que nos permitirán vislumbrar los problemas de su tentativa general. El primero: lo que denomina –dicho sea de paso, en flagrante contradicción con lo que quiere plantear– “trabajos [sic] de servidor”. Según él, no crean valor de uso y por tanto no son “trabajo”:

Este es el caso, por ejemplo, del limpiabotas que vende un servicio que los clientes habrían podido prestarse a sí mismos en menos tiempo del que pasan sentados en su trono frente a un hombre arrodillado a sus pies. No le pagan por la utilidad de su trabajo sino por el placer que experimentan al hacerse servir.[64]

Aquí, es introducido un supuesto psicológico bastante arbitrario respecto a quien recibe un servicio de este tipo, que además carece de cualquier importancia para determinar si lo que se está prestando es o no un valor de uso. Pareciera que Gorz está utilizando el concepto de “valor de uso” de un modo distinto al habitual: además de útil en sentido genérico, tiene que permitir ahorrar tiempo a la sociedad. Incluso aceptando esta definición –por cierto arbitraria y confusa– me sigue pareciendo discutible suponer que los trabajos de servidor (de los cuales el ejemplo del lustrabotas es un caso extremo) no requieren calificación alguna, y que por lo tanto pueden ser realizados del mismo modo y con la misma eficacia por cualquiera.[65] Se pueden tener muchas razones (principalmente sociales y éticas) para querer que estas actividades “serviciales” sean asumidas por las personas y no delegadas en terceros; el error es juzgarlas desde el punto de vista de la misma racionalidad económica que se pretende criticar. La economía política clásica desde Adam Smith cuestionaba estas actividades de un modo más consecuente: planteaba que estos trabajos no se prestaban ni contra un capital (siendo por lo tanto “improductivos”) ni en vista de una utilidad social general (como lo serían los trabajos en el sector público, por ejemplo), por lo cual representaban una punción indeseable en los ingresos de la nación, de la cual acusaban en especial a las clases aristocráticas. Gorz recoge parte de este argumento cuando plantea que celebrar la extensión de estos “trabajos” como paliativo frente al paro supone legitimar el dualismo social que ello abre entre una clase con ingresos suficientes para verse dispensada de la realización de tareas necesarias pero poco calificadas y sus sirvientes, cosificados entonces en su estatus subalterno.[66] Argumento atendible: pero para sostenerlo no hace falta mostrar que la racionalidad económica es inaplicable en estas actividades.

Otro de los casos que toma Gorz, el de las funciones, cuidados y ayudas, es incluso más sugerente. Según él, estas actividades producen un valor de uso, pero resultan imposibles de medir y cuantificar y, por ende, de ser maximizadas en su rendimiento.[67] Esto no parece ser muy evidente: si fuera así, no habría empresas privadas que prestan estos servicios (por ejemplo, de salud) procurando maximizar su rendimiento y extrayendo una plusvalía de sus empleados. Gorz ciertamente ve esto y señala lo “perverso” que resulta, pues cuantificar, estandarizar y clasificar estas actividades supone hacer lo mismo con quien recibe el servicio, además de que la maximización como fin primario mina la relación de ayuda entre el prestador y el prestatario. Con estos señalamientos se podría acordar, pero evidentemente no tienen ninguna relación con la cuestión de la aplicabilidad de la racionalidad económica. La extensión de la misma a estas actividades no es irracional; es perfectamente racional y lógica desde el punto de vista del capitalismo, en tanto sistema basado en la apropiación de valor y la explotación del trabajo. Dicho de otro modo, su extensión no es irracional “en sí” como plantea nuestro autor; lo es si uno la enjuicia desde criterios sociales y éticos ajenos a la racionalidad del capital.

En resumen: enjuiciar a la racionalidad económica aceptando sus propios parámetros lleva a un callejón sin salida. El mismo Gorz, para mostrar la irracionalidad de su uso en ciertos casos, termina apelando a criterios éticos y sociales. Adoptando criterios de este tipo, entiendo que se puede ir más lejos, hasta afirmar que no es deseable la aplicación unilateral de la racionalidad económica en ninguna actividad. Es decir: considero que el cuestionamiento de la racionalidad económica no puede limitarse a denunciar su extensión más allá de su “propio ámbito”; habría que interrogar también su imperio unilateral en cualquiera de ellos. Lo máximo que puedo concederle a Gorz es que en algunas actividades la racionalidad económica no debería utilizarse como criterio en absoluto. Pero se trata de elucubraciones hechas desde el punto de vista de otro tipo posible y deseable de sociedad; para la racionalidad capitalista, son absolutamente superfluas, e incluso “irracionales”.

Se puede expresar la misma idea planteando que la aplicación unidimensional de la racionalidad económica caracteriza de un modo necesario al “trabajo abstracto” (aquel que se presta a cambio de un salario con el objetivo de valorizar un capital), y no al trabajo per se. La diferencia que esta afirmación introduce frente a la perspectiva de Gorz es evidente: significa que no hay actividades que por su naturaleza interna sean proclives a una racionalización unilateral, sino que esto último es resultado de que ciertas actividades funcionan en términos de una relación social específica (el trabajo abstracto, propio del capitalismo).

Tendremos que ir incluso más lejos en este punto: la extensión de la racionalidad económica que denuncia Gorz denota en realidad un proceso en curso que, lejos de ser “irracional” desde el punto de vista del sistema vigente, es de hecho una de sus características constitutivas. Ese será el hilo conductor en la tercera parte de esta obra: plantearemos que la subsunción por parte del capital de nuevos dominios y actividades es una de las características fundamentales para comprender la actual etapa “posfordista” del capitalismo. En el siguiente parágrafo adelantaremos algo más respecto de esta cuestión.

II.2.b. La crisis de la “sociedad del trabajo”

De un modo similar a Rifkin, para Gorz la abolición del trabajo asalariado es un proceso que está en curso en el mismo capitalismo, particularmente en el período que se abre con la crisis de los ‘70. Ya en 1980 afirmaba que:

la abolición del trabajo es un proceso en curso y que parece llamado a irse acelerando. Institutos independientes de previsión económica han estimado para cada uno de los tres principales países industriales de Europa Occidental, que la automatización suprimirá, en el espacio de diez años, cuatro o cinco millones de empleos, a menos que se lleve a cabo una profunda revisión de la duración del trabajo, de los fines de la actividad y su naturaleza. Keynes ha muerto: en el contexto de la crisis y de la revolución tecnológica actuales, es rigurosamente imposible restablecer el pleno empleo a través de un crecimiento económico cuantitativo. La alternativa está más bien entre dos formas de gestionar la abolición del trabajo: una que conduce a una sociedad del paro, otra que conduce a una sociedad del tiempo libre.[68]

Tres años después, en otro ensayo denominado Los caminos del paraíso, Gorz desarrollaba más ampliamente esta idea. Según él, la revolución microelectrónica constituye una novedad radical en la historia del desarrollo industrial capitalista: por primera vez, las nuevas tecnologías permitirían reducir simultáneamente la inversión en capital fijo (maquinaria, instalaciones), en capital variable (mano de obra) así como en materias primas.[69] De este modo, la revolución microelectrónica conllevaría la destrucción en términos absolutos de las magnitudes de capital fijo y capital variable. Siendo así, no debería esperarse ingenuamente una reactivación económica y una vuelta al pleno empleo como efecto de un estímulo en la aplicación de las nuevas tecnologías, sino más bien lo contrario. Por lo cual Gorz se anima a afirmar que “la novedad de la presente crisis es que las mutaciones tecnológicas mediante las cuales el capitalismo responde a ella ya no son dominables en el marco de la racionalidad capitalista”.[70]

Cabe decir que en el caso de Gorz el determinismo tecnológico se encuentra más matizado que en el de Rifkin, particularmente porque para él en el origen de la crisis de los ‘70 se encuentran las revueltas estudiantiles y obreras de la década anterior, así como las luchas de los trabajadores por una distribución más equitativa del ingreso, las cuales habrían contribuido al descenso de las tasas de ganancia.[71] En consecuencia, la revolución de las TIC –antes que ser considerada como una variable autónoma– debería comprenderse como la herramienta más importante que utilizó el capital en su guerra contra las conquistas de la clase obrera.

Gorz cree, no obstante, que este triunfo del capital fue efímero, y por lo tanto también la aparente resolución de la crisis en su favor. Porque al socavar los cimientos de la sociedad salarial por la reducción sistemática del tiempo de trabajo, la misma revolución tecnológica podría volverse en contra del capital. Incluso, Gorz da un paso más: afirma que el capitalismo se encuentra “muerto en vida”, y que actualmente tiende a conservar de sí mismo solamente la apariencia. Cuando el tiempo de trabajo disminuye y la riqueza se encuentra en función del trabajo muerto, la perseverancia de la sociedad salarial ya carece de un fundamento económico (la necesidad de la explotación). Retomando una idea de Jacques Attali, señala entonces que el capitalismo se encamina a un modelo en el que:

Lo que está preservado no es el sistema capitalista sino el sistema de dominación del capitalismo en el que el salario y el mercado eran los instrumentos cardinales. En efecto, la producción no tiene ni puede tener por objeto la acumulación de capital y su valorización. Ahora tiene como objeto primordial el control de la sociedad y su dominación. Los objetos ofrecidos ya no lo son con objeto de la maximización de los flujos y del beneficio –noción que pierde su sentido en una sociedad en la que los consumidores son pagados para consumir y los productores son un estrato minoritario– sino con el objeto de la maximización del control y de la manipulación […] Aparato de producción y aparato de control se convierten en lo mismo.[72]

Con este diagnóstico, la salida por izquierda de esta situación queda prácticamente trazada para Gorz. Consistirá en instituir políticas que disminuyan la dependencia de los individuos respecto al aparato de producción-dominación y fomenten la autonomía: reducir la jornada laboral, repartir el trabajo necesario entre todos, instituir un salario social y favorecer las actividades autodeterminadas (independientes de los requerimientos del Estado y del mercado).[73]

Al igual que en el caso de Rifkin, entiendo que el diagnóstico de Gorz tiende a exagerar la crisis de la “sociedad del trabajo”. Como ya señalamos, los estudios empíricos no muestran que el trabajo asalariado esté en vías de desaparecer. Las TIC permiten disminuir el tiempo de trabajo requerido socialmente por unidad de producto, lo cual no resulta novedoso sino que es una constante en la historia de la introducción de las tecnologías en los procesos productivos. La idea de Gorz de que inaugurarían una nueva etapa en la historia del capitalismo al eliminar puestos de trabajo en términos absolutos, ya que la disminución del tiempo de trabajo por unidad de producto no sería siquiera atemperada por los aumentos de escala de la producción o por la creación de puestos de trabajo en sectores vinculados a las TIC (algo similar a lo que planteaba Rifkin) no ha sido demostrada por el momento, y vimos que estudios bien fundamentados empíricamente, como los de Castells, tampoco registran una tendencia de este tipo.

Por otro lado, el determinismo tecnológico, matizado pero aún presente en Gorz, tiende a ocultar las formas “posfordistas” mediante las cuales la explotación del trabajo se incrementa. En la tercera parte nos detendremos en este proceso, y veremos cómo también nuevos campos de actividad son subsumidos por el capital, con la amenaza que esto conlleva de una progresiva mercantilización de la vida en su totalidad. Como ya señalamos en el parágrafo anterior, Gorz registra algo de esto en Metamorfosis del trabajo cuando critica la extensión de la racionalidad económica a nuevos ámbitos. También lo insinúa cuando, al analizar los requerimientos que la nueva empresa “posfordista” solicita de sus trabajadores (motivación, satisfacción en el trabajo, cooperación), señala que los mismos apuntan a una “instrumentalización por la racionalidad económica de las aspiraciones no económicas”.[74]

En este punto, resulta interesante constatar cómo en la evolución del pensamiento de Gorz el análisis del trabajo en el posfordismo comienza a ser cada vez más central, lo cual a su vez lo lleva a revisar, al menos implícitamente, algunas de las tesis que había defendido hasta 1991 (año de publicación de Metamorfosis del trabajo). En efecto: ya en Miserias del presente, riqueza de lo posible (1997), los argumentos respecto de la imposibilidad de los individuos de reapropiarse de modo autónomo del proceso productivo –tema hasta entonces central de su crítica al marxismo– prácticamente han desaparecido. Gorz aquí pasa a poner el foco en las consecuencias que para los trabajadores tienen las formas de organización productiva que suceden al fordismo. Resulta que todo aquello que este modelo había intentado eliminar comienza a resultar central para la valorización del capital: iniciativa, voluntad cooperativa, e incluso autonomía en el lugar de trabajo. A contramano de lo que se sostenía en Metamorfosis…, parece ser que ahora lo único que se opone a la autonomía laboral es que los fines siguen estando predeterminados por el capital. Incluso llega a plantear Gorz que el mismo trabajo abstracto entra en crisis cuando la empresa ya no solicita un conjunto de capacidades codificadas y mensurables socialmente, sino la totalidad de la persona del trabajador. Pero esta autonomía en el trabajo (que ahora parece ser material y técnicamente posible) se trueca en su contrario debido a la persistencia de la dominación del capital: cuando es la personalidad entera lo que se vende a cambio de un salario, el asalariado se convierte en servidor y, en el límite, en prostituto[75] –nótese que aquel que hasta Metamorfosis… se ubicaba en la periferia del campo económico, pasa a constituirse en prototipo del nuevo trabajador–.

En la tercera parte, tendremos que volver sobre estos temas con mucho más detalle. Por ahora, tenemos que empezar a plantearle a Gorz, a la luz de estos análisis, algunos interrogantes que en esta investigación tendrán la mayor relevancia: ¿cómo es que, si por un lado el capital parece prescindir cada vez más de la fuerza de trabajo a la vez que incorpora nuevas tecnologías, por otro lado empieza a requerir para su valorización todas las capacidades de la fuerza de trabajo, al punto de subsumir la totalidad de la persona? ¿Cómo a la vez que hay una supuesta contracción absoluta del tiempo de trabajo, nuevos campos de actividad son mercantilizados y supeditados a la lógica capitalista? Lo que estoy queriendo señalar es que, si se sigue la evolución del pensamiento de Gorz, hay una tensión entre la tan central tesis del “fin del trabajo” y el análisis de las tendencias laborales que se abren con el posfordismo.

Al no quedar registrada esta tensión, el problema con la tesis del “fin del trabajo” tal como este autor la plantea es que la cuestión de la superación del capitalismo parece resultar demasiado fácil. El trabajo sería cada vez menos necesario para el proceso productivo y, por ende, para la valorización del capital, por lo cual el fundamento material de la sociedad salarial estaría desapareciendo. Lo paradójico de esto es que el capital, expulsando al trabajo de su seno, actúa sin saberlo en pos de su desaparición como fundamento de la sociedad. Porque la salida del salariado es el éxodo de los hombres respecto del dominio del capital. Entonces: ¿por qué esta salida no se produce? Es aquí donde entra a jugar una insistente “ideología-apología del trabajo”:

El trabajo, un bien; el empleo, un privilegio. […] Maravillosa inversión: no es más aquel o aquella que trabaja quien “se vuelve útil” para los otros; es la sociedad la que se volverá útil al “permitirles” trabajar, al darles ese “bien precioso”, el trabajo, con el fin de evitar lo más posible que ustedes se vean privados de él. […] Jamás la función “irremplazable”, “indispensable” del trabajo en tanto que fuente de “lazo social”, de “cohesión social”, de “integración”, de “socialización”, de “identidad personal”, de sentido ha sido invocada tan obsesivamente como desde que no puede llenar ninguna de esas funciones.[76]

Lo que este discurso ideológico pareciera que esconde es un ejercicio de dominación vacía por parte del capital –idea que Gorz ya planteaba en la obra de 1983, según vimos–. “Vacía” porque lo cierto es que el capital no necesitaría del trabajo inmediato para valorizarse. Esto explica por qué en Gorz la problemática “económica” de la explotación se ve desplazada por la denuncia de la ideología apologética del trabajo. Sería esta ideología la que mantendría a los hombres sujetos a un aparato de producción-dominación que, sin embargo, ya no los necesitaría. No obstante, uno podría replicar que esto no aclara por qué un sistema que ya no necesita trabajadores insiste en un discurso de este tipo. Gorz vacila en este punto, y hay momentos en los que pareciera que todo el problema se reduce a una falta de imaginación de las sociedades para concebir otro modo de integración y cohesión social distinto al trabajo asalariado, el cual sobreviviría entonces como una suerte de fantasma de aquello que se ha ido pero que no se sabe o no se puede reemplazar.[77] Es decir: el trabajo asalariado ha devenido innecesario en términos económicos, pero no se encontraría sustituto para su función social. O dicho con nuestros conceptos: el “trabajo abstracto” ya no sería fuente de valor ni objeto de explotación, pero se lo seguiría invocando obsesivamente por el rol de nexo social fundamental que supo tener.

La lectura que emerge entonces sigue la línea de Habermas y de Rifkin: la tecnología simplemente reemplaza al trabajo como fuente de la riqueza. Desde una perspectiva más radical que aquellos, Gorz entiende que esta sería la base material para la superación de la sociedad salarial e, incluso, del capitalismo. En Miserias del presente…, ya no es tanto la tecnología como capital fijo, sino el nivel general de conocimientos (aquello que Marx en los Grundrisse denominaba general intellect) el que se ha convertido en fuerza productiva principal –puede apreciarse aquí la influencia de los teóricos del autonomismo italiano–:

Cuando la inteligencia y la imaginación (la general intelligence) se convierten en la principal fuerza productiva, el tiempo de trabajo deja de ser la medida del trabajo; además, deja de ser mensurable. El valor de uso producido puede no tener ninguna relación con el tiempo consumido para producirlo. Puede variar mucho según las personas y el carácter material o inmaterial de su trabajo. Por fin, el trabajo-empleo continuo y pago en el tiempo está en rápida regresión. Se vuelve cada vez más difícil definir una cantidad de trabajo no compresible que cumpla cada uno en el curso de un período determinado.[78]

Gorz sigue aquí el famoso pasaje de los Grundrisse sobre la crisis de la teoría del valor que comentamos en el apartado VI del segundo capítulo. El tiempo de trabajo inmediato ha dejado de ser la medida de la riqueza, siendo reemplazado por el general intellect, que no resultaría mensurable en unidades de tiempo abstracto. El problema es que, “por más que el tiempo de trabajo haya dejado de ser la medida de la riqueza creada, todavía sigue siendo la base sobre la cual se asientan los ingresos distribuidos”.[79] Nótese que Gorz no distingue entre valor y riqueza, y por lo tanto la cuestión para él radicaría en establecer una correspondencia entre dos instancias que ahora se encontrarían en oposición: la producción de mercancías (que ya sería independiente del tiempo de trabajo) y su distribución (que por el contrario seguiría dependiendo del trabajo aportado por los individuos). La institución de una renta básica –que ahora para Gorz debe ser incondicional– resultaría ser el único remedio posible ante esta situación: la misma consumaría en la distribución lo ya acontecido en la producción sepultando así definitivamente a la “sociedad salarial”.

De lo que nosotros tenemos que tomar nota es que en esta lectura desaparece una dualidad categorial que resultaba fundamental en el texto de Marx. No me interesa rescatarla por una fidelidad ciega al pensador alemán, sino porque entiendo que la misma permitía elucidar, en un nivel teórico abstracto pero preciso, la tensión que antes planteamos y que en Gorz apenas está sugerida, pero no tematizada. Vimos en el capítulo segundo que el proceso capitalista de producción es a la vez un proceso de trabajo (creación de valores de uso) y un proceso de valorización (creación de valor). Señalamos que, según Marx, aun cuando con la gran industria la riqueza (valor de uso) se vuelva cada vez más independiente del tiempo de trabajo empleado, el proceso de producción capitalista sigue teniendo por esencia la valorización del capital y, por lo tanto, la explotación del trabajo. La afirmación de Gorz “el tiempo de trabajo ha dejado de ser la medida de la riqueza” es ambigua teóricamente, porque estrictamente hablando, el tiempo de trabajo nunca fue la medida de la riqueza material (valor de uso) sino solamente del valor.

Tampoco resulta evidente que la teoría del valor pierda vigencia porque la inteligencia y la imaginación como cualidades centrales de la actual fuerza de trabajo sean inconmensurables, por una sencilla razón: el tiempo de trabajo no es la medida de ningún trabajo concreto (sea puramente físico, sea inteligente) sino del trabajo abstracto, independientemente de su cualidad. La fuerza de trabajo tiene un valor que está determinado por los tiempos sociales necesarios para producirla, los cuales en este sentido variarán de acuerdo a las calificaciones de los trabajadores. Los productos del trabajo también tienen un valor que está determinado por el tiempo de trabajo necesario para producirlos, lo cual supone también la abstracción respecto del carácter concreto del trabajo.

Lo que caracteriza al capitalismo es, precisamente, que las relaciones sociales fundamentales emergen de esta conmensurabilidad de un conjunto de capacidades y un conjunto de productos que, considerados en su materialidad, son heterogéneos. Por lo tanto, que los valores de uso creados no tengan relación con el tiempo de trabajo empleado, o que las capacidades puestas en juego en la producción sean cada vez más generales, constituyen, ciertamente, las premisas materiales de una posible emancipación del trabajo asalariado y del capitalismo. No obstante, estas tendencias, que por cierto no son nuevas, no realizan por sí mismas esta posibilidad. Mientras la producción siga orientada al valor, por más que aumente la cantidad de valores de uso producidos, una parte sustancial del tiempo liberado por los aumentos de productividad tenderá a ser transformada en tiempo de plustrabajo, apropiado por el capital. Cuando no se considera esta naturaleza dual específicamente histórica de la dinámica capitalista, la misma es conceptualizada en términos de un proceso técnico lineal en el que una fuente de riqueza (el tiempo de trabajo) es reemplazada progresivamente por otra (sea la tecnología, sea el lenguaje y la comunicación). Al igual que Habermas, Gorz confunde aquí riqueza material (valor de uso) y valor, no pudiendo en consecuencia avizorar tampoco –en el plano de lo posible– la tensión existente entre ambas dimensiones.

El hecho de que a Gorz se le pasa por alto esta dualidad puede registrarse en su propuesta de repartir el tiempo de trabajo necesario. Ni una palabra se dice aquí respecto al tiempo de trabajo excedente que, como señalamos, es también necesario (aunque pueda variar en su magnitud) dentro del capitalismo.[80] Más en general, el lector atento podrá apreciar que las propuestas concretas que realiza Gorz para superar la sociedad salarial se mueven en una cierta circularidad: por un lado, parecen apuntar a realizar esa posibilidad; pero por otro no se ve cómo podrían ponerse en práctica muchas de esas medidas si esa superación no fuera ya un hecho. La respuesta a este interrogante, a mi juicio, está en la tesis de que el trabajo asalariado ya no cumple la función de producir plusvalor, y que las razones de su persistencia hay que buscarlas exclusivamente en un nivel simbólico-ideológico (“superestructural” en el sentido del marxismo ortodoxo). Como venimos señalando desde que tratamos el planteo de Rifkin, esta idea, según la cual en definitiva la explotación del trabajo ya no es necesaria para el capital, resulta de lo más cuestionable.

En la tercera parte nos detendremos en las formas más concretas que adopta la mencionada dualidad entre el valor de uso y el valor, y en particular la tensión entre ambas instancias, que por ahora llegamos a delinear en términos teóricos: tendremos que volver entonces sobre el problema de la explotación del trabajo en el llamado “posfordismo”. En lo que a Gorz respecta, insisto en que la tensión no aparece claramente explicitada en su planteo, y que más bien se encuentra desplazada. Sin lugar a dudas, compartimos su punto de vista respecto de la necesidad de superar la sociedad salarial para ir más allá del capitalismo. También el énfasis puesto en la “riqueza de lo posible” frente a la “miseria del presente”, como reza el mismo título de su libro. Como ya señalamos, la perspectiva de lo posible para juzgar el presente es lo que caracteriza, desde un punto de vista epistémico-político, a la crítica. Lo que tendremos que complejizar será la lectura de este presente. Habrá que pensar en particular la “crisis de la sociedad salarial” en términos dialécticos antes que lineales, para lo cual procuraremos ahondar en los interrogantes que plantemos anteriormente y que, aparentemente, conducen a una tensión que me permito ahora reformular en términos de una paradoja a explorar: cuando pareciera que las condiciones materiales están dadas para una superación del trabajo asalariado y el capitalismo, la mercantilización y la asalarización de nuevos dominios, anteriormente ajenos a sus lógicas, son procesos en curso que se profundizan día a día. Esta es la cuestión que nos interesará traer al centro de la escena y que, según plantemos, en Gorz queda apenas sugerida en su lectura tardía del “posfordismo”.[81]

II.3. Dominique Méda: el trabajo como valor en peligro de extinción[82]

Socióloga y filósofa de nacionalidad francesa, Dominique Méda ha realizado aportes al debate sobre el “fin del trabajo” desde una perspectiva algo diferente a la de los autores que hemos revisado hasta ahora, lo cual justifica dedicarle especial atención. Ciertamente, la problemática desde la cual parte no difiere de la de dichos autores: se trata de tomar nota del desfasaje entre un desarrollo tecnológico que tornaría prescindible al trabajo y las políticas y discursos que emergen ante esta situación. En efecto, así describe Méda la paradoja a la cual se enfrentan las sociedades contemporáneas “basadas en el trabajo”:

la productividad del trabajo ha aumentado considerablemente en el último siglo, especialmente desde los años cincuenta; se produce cada vez más haciendo uso de cada vez menos mano de obra; parece factible por fin que se vaya aliviando el apremio que sobre nosotros ejerce el trabajo y, sin embargo, la respuesta que viene suscitando esta evolución no es sino una larga retahíla de lamentos. La sociedad reclama siempre más trabajo y pide, achacosa, soluciones milagrosas que generen más y más empleos “rentables”.[83]

Formidable paradoja: contradiciendo una evolución técnica aparentemente inexorable, la sociedad siegue reclamando trabajo, a la vez que las políticas económicas responden a esta demanda sin escatimar medio alguno. Aparecen entonces voces que, desde corrientes ideológico-políticas muy diversas, procuran justificar estos paliativos desesperados. Méda llama la atención respecto a que estas voces apelan antes al significante “trabajo” que al de “empleo”: incluso autores críticos del sistema del trabajo asalariado, llaman a salvar al “trabajo”, entidad que constituiría, más allá de sus realizaciones histórico-fenoménicas, una “categoría antropológica”, siendo entonces un “rasgo invariante de la naturaleza humana”. El “trabajo” es presentado por estos discursos, en efecto, no sólo como un medio para aumentar la riqueza, sino antes que nada como forma de realización personal y fundamento del vínculo social.[84]

Es así que se constituye, desde un amplio espectro ideológico, un horizonte de ideas en el que el “trabajo” es considerado un valor central que sería necesario preservar. Consenso que se correspondería, según la autora, con el hecho de que nuestras sociedades modernas están realmente basadas en el trabajo: el mismo constituiría la relación social fundamental, –nuestro “hecho social total” declara Méda retomando el célebre término del antropólogo Marcel Mauss–.[85]

La pregunta que Dominique Méda se formula es cómo se ha llegado a esta situación y al correspondiente consenso alrededor del “valor” del trabajo, y es en el modo de responder a la misma donde, según entendemos, se encuentra la peculiaridad de su planteo. La pensadora francesa se propone hacer una genealogía del concepto de “trabajo” para poner de manifiesto cómo el mismo ha llegado a constituirse en el centro de nuestra vida individual y social. Emprende entonces una revisión de la historia del pensamiento –y particularmente de la filosofía– por medio de la cual se empecinará en demostrar que lo que hoy entendemos por “trabajo” no ha existido desde siempre, siendo este concepto una invención moderna. Esta invención reconocería distintas etapas, y nuestro actual concepto sería una amalgama de capas de significados –no siempre coherentes entre sí– que han ido acumulándose hasta sedimentar en él. Recorrerlas nos permitiría entender cómo el trabajo ha llegado a tener semejante valor como para que nos aferremos a él incluso cuando se encuentre –según reza el subtítulo del libro– en “peligro de extinción”.

Se trataría de mostrar entonces la génesis histórica del valor-trabajo: el trabajo es reconocido como un “bien” porque así ha sido investido socialmente a través de un proceso de construcción de sentido. El esencialismo con que revestimos al trabajo es ya la muestra del éxito de esta operación: la tarea de la genealogía radicaría en desmontarla.[86]

A continuación, examinaremos la genealogía del concepto de “trabajo” que realiza Dominique Méda, para luego revisar algunas de las consecuencias que la autora extrae de la misma respecto a las perspectivas que hacia el futuro se abren para el trabajo y el lugar central que ha venido ocupando en las sociedades modernas. En línea con el modo en que venimos trabajando, iremos marcando algunas cuestiones que de este planteo resultan problemáticas, tomando en consideración particularmente los desarrollos que hicimos en la primera parte.

II.3.a. El trabajo: genealogía de un concepto

El primer paso de la genealogía que traza Méda consiste en mostrar que, antes de la modernidad, no existía el concepto actual de “trabajo”. Esto se verificaría primero en un somero examen de los estudios antropológicos sobre las llamadas “sociedades primitivas”. Por supuesto: no es que no existieran en ellas actividades productivas, pero el modo en que se practicaban y eran consideradas no guardaba relación alguna con nuestro concepto de “trabajo”. Sobre todo, porque en estas sociedades ni el estatus social, ni la base del vínculo social se organizan alrededor del “trabajo”, sino que las mismas actividades productivas vienen definidas por otro tipo de relaciones (sagradas, de parentesco) que no sólo resultarían ajenas a la lógica de la acumulación y el intercambio, sino incluso a la de la propia subsistencia. En algunos casos, por ejemplo, el “trabajo” se inscribe en una lógica de competencia lúdica y ostentación, radicalmente anti-económica en el sentido moderno de la palabra. No resulta casual, entonces, que estas sociedades carecieran de una palabra que recogiera un significado unificador de distintas actividades productivas realizadas en un sentido económico, como el actual concepto de “trabajo”.[87] Aquí acordamos con Méda, ya que su análisis concuerda con el que hicimos nosotros: en las sociedades precapitalistas, el “trabajo” no es una relación social, sino que él mismo es estructurado en el marco de otro tipo de relaciones (personales, de parentesco, etc.).

Al igual que Arendt, Méda analiza con mayor detenimiento la visión griega, que para ella también funciona como una suerte de “paradigma” crítico que puede contrastarse con las sociedades modernas. Según la autora, tres características delinean el modo en que dicha visión comprende el “trabajo”. Primero: no hay un concepto único que designe las distintas actividades productivas. La distinción más relevante es la que se establece entre nos –actividades penosas que requieren esfuerzo y un contacto considerado “degradante” con la materia– y érgon (obra) –aquellas que consisten en dar forma a la materia en base a un modelo, como el caso de la actividad del artesano–.[88] Al mismo tiempo, las actividades se jerarquizan en función del grado de dependencia que entrañan para quien las realiza: en lo más bajo de la escala se encuentra entonces la actividad subordinada personalmente del esclavo, seguido del artesano –que trabaja para el mos y del agricultor –quien labora en función de su autosubsistencia–.[89] Pero todas estas actividades productivas son desvalorizadas porque se vinculan al ámbito de la necesidad. He aquí la segunda característica del “trabajo”: es despreciado por la dependencia que supone. En contraste, la actividad política de los ciudadanos libres (prâxis) y la contemplación (theoría) son valoradas porque se hallarían implicadas de modo inmanente con la independencia respecto a la necesidad y por lo tanto con la libertad.[90] Finalmente, el trabajo cumple escasamente la función de vínculo social: la misma se efectúa ante todo por la relación entre iguales que tiene lugar en el espacio público de la pólis.

Después de analizar el trabajo en la Edad Media, que no implica grandes cambios respecto a la visión antigua –aunque especialmente en su etapa final comenzarían a valorizarse algunos oficios– Méda pasa a estudiar la génesis propiamente dicha de nuestro concepto de “trabajo”. Génesis que reconocería tres momentos sucesivos, el primero de los cuales es el de la “invención del trabajo” a fines del siglo XVIII.

El concepto resultante de esta invención tiene muchas similitudes con el que expusimos en el segundo capítulo. Para la autora, Adam Smith constituye la expresión por excelencia de este momento. Lo que él descubre es el “trabajo abstracto”: más allá de sus dimensiones concretas (desgaste físico, esfuerzo, transformación material de un objeto) lo que le interesa es el trabajo entendido como “una sustancia homogénea, idéntica en todo tiempo y lugar e infinitamente divisible en unidades”,[91] siendo de este modo condición de posibilidad del intercambio. Su esencia es el tiempo: “la igualación y comparación de las distintas cantidades de trabajo se hace por medio del tiempo, el criterio más homogéneo y abstracto. El trabajo no es ya sólo como el tiempo, es tiempo”.[92] Es así que se inventa un concepto que unifica en la abstracción: permite poner en un mismo plano distintas actividades, alcanzando entonces el “trabajo” una universalidad desconocida hasta entonces:

Smith introduce así, seguramente sin ser consciente de ello, una nueva definición del trabajo. Una definición que no es fruto de un estudio de la característica compartida por las distintas formas concretas, prácticas, del trabajo […] sino que resulta de una investigación que no tiene realmente por objeto al trabajo; una investigación, al término de la cual, el trabajo aparece como un instrumento de cálculo y medida […] Son por tanto los economistas los que “inventan” el concepto de trabajo: por primera vez tiene un significado homogéneo, pero se trata de un concepto construido, instrumental y abstracto. Su esencia es el tiempo.[93]

Méda argumenta entonces que el trabajo pasa a concebirse como la relación social nuclear. Vincula esta cuestión con la visión moderna del mundo y en particular con el nacimiento del individuo. Por un lado, con el “fin del orden geocéntrico”, la visión de la naturaleza como un conjunto “poblado de fuerzas, cualidades sensibles e incluso espíritus” cede su lugar a una perspectiva desencantada e instrumental: “la naturaleza es ahora homogénea, absolutamente vacía y transparente. Se constituye de una materia perfectamente penetrable y cognoscible por el espíritu humano”.[94] Por otro lado, se empiezan a derrumbar las justificaciones tradicionales que sostenían el orden social establecido. A la vez que la autoridad política deja de depender de una legitimación divina, el lugar del individuo deja de obedecer a un orden fundado en una “comunidad natural, jerarquizada, con unidad orgánica y en la cual cada uno tiene naturalmente su sitio”.[95] En su reemplazo, el orden social pasa a concebirse como una obra humana, producto de la voluntad de individuos considerados libres, iguales y racionales. La economía sería justamente una de las dos respuestas que el siglo XVIII habría proveído para resolver el acuciante problema moderno del fundamento del orden social:

Durante el siglo XVIII […] se proponen dos soluciones radicalmente distintas: la solución económica y la solución política. Ambas pretenden encontrar el principio unificador de una multiplicidad desordenada de individuos. Ambas acuden, inicialmente, al argumento del contrato para representar el modo en que los individuos entablan relaciones. Pero si para la solución política el contrato es el acto constitutivo tanto del cuerpo político como de la autoridad política, para la solución económica el contrato instituye las condiciones de intercambio definiendo las leyes de la equivalencia de las magnitudes.[96]

En la visión económica, entonces, el orden social es el resultado espontáneo –en el sentido de que no es buscado de modo voluntario– del juego que emerge de los intereses egoístas de los individuos. Es en esta perspectiva que el trabajo aparece como relación social fundamental:

Por tratarse del medio concreto mediante el cual se alcanza la abundancia, por tratarse de un esfuerzo siempre orientado a los demás y, sobre todo, por tratarse de la medida de los intercambios y de las relaciones sociales en general, el trabajo es la relación social nuclear […] La respuesta de la economía política a la cuestión del orden social es por tanto: trabajo e intercambio, única manera de sustituir la vieja universitas por un orden igualmente sólido, con una inflexibilidad parecida a la natural, y sin presuponer que los individuos deban tenerse aprecio o deban perseguir otra cosa que sus particulares anhelos.[97]

Es así que habría nacido el concepto moderno de “trabajo” como relación social central, con sus notas características y distintivas: “abstracto” y “mercantil” en tanto modo de regular los intercambios de los individuos entre sí y con la sociedad; “instrumental” en tanto es medio de enriquecimiento y abundancia y a la vez operación secular sobre una naturaleza desencantada.

Este planteo mantiene entonces –insistimos– muchas similitudes con el que antes esbozamos siguiendo a Marx. Sin embargo, notamos algunas ausencias y vacilaciones en la articulación conceptual que realiza la autora. En efecto: Méda esboza al “trabajo” como relación social, pero a partir de aquí no termina de desplegar totalmente la categoría porque no la vincula con las de “valor” como forma específica de la riqueza ni con la de “capital” como totalidad contradictoria en movimiento. Veremos en el próximo apartado que esta cuestión, lejos de ser inocua, se reflejará en algunas de las consecuencias que la autora pretende derivar de esta revisión genealógica.

El segundo momento de la genealogía que traza Méda tiene lugar en el siglo XIX, con Hegel y particularmente con Marx como protagonistas. Si el siglo XVIII concibió al trabajo como factor de producción y como relación social, el siglo siguiente valorizará al trabajo como una fuerza creadora, llegando incluso a pensarlo como el elemento constituyente de la esencia misma del hombre.

Para Méda, una de las innovaciones clave de la filosofía hegeliana radicaría en haber introducido la historicidad en la idea de Dios o Espíritu. El mismo ya no sería una idea eterna e inmóvil, separada además del mundo, sino que su accionar consistiría justamente en asimilar la exterioridad, haciendo conciente (para sí) lo que es en esencia (en sí). Aquí, conocer es actuar, asimilar lo exterior, humanizar lo natural, espiritualizar la naturaleza. Y a este proceso Hegel lo denomina “trabajo”: “el acto mediante el que el Espíritu se conoce a sí mismo es un trabajo que realiza sobre sí mismo”.[98]

Postulado este concepto de “trabajo” como actividad creadora, espiritual y humanizadora, Hegel habría analizado al trabajo de la era industrial –el trabajo abstracto “inventado” por la economía política– como un momento necesario pero llamado a ser superado. Porque este trabajo encierra una contradicción, ya que por un lado acerca a los hombres, los vuelve interdependientes y permite que expresen su potencia ante la naturaleza mediante la introducción de la maquinaria, pero por otro embrutece a los trabajadores, condenándolos a tareas repetitivas y sumergiéndolos en la pobreza. Es así que Hegel habría prefigurado el esquema “utópico” del trabajo que después desarrollarían Marx y algunos socialistas: el trabajo industrial, abstracto, es un momento a ser superado y reemplazado entonces por un trabajo que sí se corresponderá con su esencia. Una vez “liberado”, el trabajo será creación y autorrealización.[99]

Marx, precisamente, habría partido del concepto hegeliano de “trabajo”, pero poniendo como sujeto del mismo al propio hombre y no al Espíritu. Y la clave estaría nuevamente en la contradicción entre el “trabajo verdadero” –esencia del hombre– y el “trabajo real” –el que se desarrolla con el capitalismo– que sería una forma alienada del primero. La historia sería para Marx, en efecto, la humanización de la naturaleza por obra del trabajo humano. La característica distintiva de este último sería la “autocreación”, y su modelo el homo faber –donde el hombre se expresa a sí mismo en su artificio, es decir, en el objeto que él creó–.[100]

Según Méda, el concepto central en los planteamientos de Marx sobre el trabajo es el de expresión: el hombre expresa a los demás su singularidad a través de los productos de su trabajo. Este sería el elemento clave de su concepto utópico de trabajo, aquel que predominaría –desplazando incluso al concepto de “trabajo” en tanto metabolismo con la naturaleza, es decir, a la “labor” en sentido arendtiano– cuando el proceso histórico concluya en una sociedad libre.[101] Utilizando la dicotomía aristotélica: el trabajo abandonaría entonces el ámbito de la necesidad para pasar a ejercerse en el de la libertad, concordando entonces con su esencia. Méda concluye que, con estos desplazamientos conceptuales, Marx no habría hecho más que dar una formulación precisa y coherente a la “invención” distintiva del pensamiento del siglo XIX, que compartirían desde los idealistas alemanes a los socialistas utópicos franceses, pasando por la mayor parte de los liberales: el trabajo pasaría ahora a concebirse también como el vehículo por excelencia a través del cual se realiza la persona.

Finalmente, el tercer momento o acto en la genealogía del concepto de “trabajo” se da en el siglo XX. Méda señala que, a diferencia de los dos anteriores, este momento carece de una articulación teórica exhaustiva; antes bien, se deriva pragmáticamente del conjunto de instituciones establecidas por el Estado Social o de Bienestar que se consolida en el período de posguerra. Responde fundamentalmente a la visión que emerge de la política socialdemócrata, que ha renunciado a la utopía socialista de suprimir el trabajo asalariado para reemplazarla por un programa reformista de mejora gradual de las condiciones laborales y de las retribuciones materiales de los trabajadores. El “trabajo” se hace aquí sinónimo de “empleo”, y esta es precisamente la paradoja que Méda le imputa al pensamiento socialdemócrata: “sigue proyectando las energías utópicas en la esfera del trabajo pero no cuestiona la relación salarial”.[102] Para que los trabajadores acepten el trabajo asalariado, la socialdemocracia promete seguridad laboral y social y un incremento del bienestar material, ambos garantizados por el Estado Social: “este es el precio que ha de pagarse para poder compensar la relación salarial y hacer olvidar a los trabajadores que el trabajo no es –ni será jamás– un trabajo liberado”.[103]

Estos serían los tres momentos que habría venido atravesando el concepto de “trabajo” hasta alcanzar su actual configuración. Resulta claro que no son en absoluto coherentes entre sí. Así, el segundo momento niega al primero: el “esquema utópico del trabajo” supone que para que el trabajo coincida con su esencia, debe superarse el primer momento, esto es, el del trabajo como mero factor productivo –trabajo abstracto–. También el tercer momento a la vez que recupera la dimensión utópica del segundo, niega la relación crítica que el mismo mantenía respecto al trabajo “realmente existente”. Méda no disimula estas tensiones sino que más bien asume la tarea de ponerlas de manifiesto: su objetivo es justamente mostrar hasta qué punto nuestro concepto actual de “trabajo” encierra sentidos heterogéneos poco coherentes entre sí, que la genealogía puede diferenciar.

Méda entiende que asumiendo este complejo recorrido estaríamos en mejores condiciones de afrontar algunos de los interrogantes que el trabajo –hoy en crisis– nos plantea, por ejemplo: ¿Deberíamos seguir revalorizando moralmente al trabajo o más bien tendríamos que relativizar su valor? ¿Nos convendría insistir en la política de crear más empleo o, por el contrario, tendríamos que buscar modos alternativos de retribuir a las personas? ¿Necesitamos fomentar la autonomía en el trabajo o más bien deberíamos buscar esta autonomía en otros ámbitos? Méda intentará contestar estos interrogantes partiendo de su genealogía, contrarrestando a la vez los argumentos que, desde distintas perspectivas, plantean la necesidad de mantener el valor y la centralidad del trabajo en la actualidad. Más o menos explícitamente, emprende entonces una “crítica del trabajo” que comparte varios supuestos de lo que anteriormente denominamos “crítica tradicional del trabajo”. Veamos entonces algunos de los argumentos que nos brinda a estos efectos; los mismos nos darán elementos para mostrar también las limitaciones de su tratamiento.

II.3.b. La crítica del “trabajo”

Méda emprende una crítica de los argumentos que mantienen hoy la utopía del “trabajo liberado” propia del segundo momento de la genealogía (siglo XIX). Cuestiona a estos planteos en su conjunto por olvidar la dimensión que pusiera de manifiesto el primer momento:

estos planteamientos son radicalmente contradictorios. Olvidan la forma bajo la cual nació el trabajo y con la cual sigue existiendo. Olvidan, en efecto, su dimensión económica y la consiguiente lógica detrás de su aparición y de su pervivencia. Sostienen que el trabajo es obra, cuando su determinación económica precisamente impide que pueda ser eso.[104]

Esta crítica se aplica sin demasiados problemas a los planteos que la autora revisa en el tercer momento de su genealogía. Vimos, en efecto, que los mismos daban por supuesto al trabajo asalariado tal como existe en el capitalismo manteniendo al mismo tiempo la dimensión de realización personal autónoma inventada por el segundo momento de la genealogía. Es decir que a diferencia de los del siglo XIX, estos planteos no proponen un esquema utópico: ya aquí y ahora, en el mismo capitalismo, el trabajo resultaría liberador para la persona y una fuente de autonomía. Méda responde señalando que el trabajo realmente existente en las actuales sociedades capitalistas está atravesado por tres lógicas que resultan incompatibles o al menos entran en tensión con la posibilidad de realización personal: 1) La lógica del capital, que supedita al trabajo a la acumulación; 2) La lógica del trabajo asalariado, que subordina al trabajador a su empleador; 3) La lógica del desarrollo técnico, que supedita al trabajo a la necesidad de ordenar el mundo para maximizar las riquezas que podemos obtener de él.[105] Las tres lógicas condicionarían la forma y el contenido del trabajo: en tanto los fines y el modo de alcanzarlos se encuentran determinados por ellas, el trabajo no puede ser un vehículo de realización personal.

Ahora bien, estos argumentos de Méda no agregan demasiado a los de Marx y otros socialistas del siglo XIX, para quienes efectivamente el trabajo asalariado subordinado al capital resulta incompatible con la posibilidad de realización personal. Nosotros sabemos muy bien que estas tres lógicas aplicadas al trabajo son necesarias en el marco del capitalismo, pero: ¿no sería posible su superación en otro tipo de sociedad? La respuesta de Méda a esta pregunta es negativa. Al igual que Gorz, ella entiende que el trabajo no puede llegar a ser autónomo, ni siquiera en una sociedad utópica como la que pensó Marx:

Parece que Marx no ha comprendido la causa de la alienación del trabajo, o más bien que habría percibido las dos primeras causas –la lógica capitalista y la subordinación– sin comprender que se deben, en última instancia, a la tercera lógica: la del deseo de abundancia o de humanización, auténtico fundamento del productivismo.[106]

Según argumentamos nosotros siguiendo a Marx, esta tercera lógica –la productivista– es también inmanente al capitalismo. Méda entiende que es independiente de este sistema, en el sentido de que es más amplia. La prueba de esto sería el caso del “socialismo real”, que aún habiendo estatizado los medios de producción mantuvo inalterada dicha lógica:

El carácter alienante del trabajo no desaparece con la apropiación colectiva de los medios de producción. El que el capital esté en manos de los trabajadores y no de los capitalistas, apenas modifica las condiciones de trabajo […] Con independencia de si viene dictada por el Plan o por el mercado, la producción estará igualmente determinada desde afuera y será ajena a los trabajadores […] Porque el problema no radica en la propiedad de los medios de producción, sino en el carácter del trabajo y en el hecho de que la eficacia productiva siga siendo su objetivo […] la organización del trabajo se rige por el principio de eficacia y éste deriva del imperativo absoluto de incrementar la riqueza.[107]

Ahora bien: que la lógica productivista haya sido adoptada por otros medios que los estrictamente capitalistas no es un argumento definitivo respecto al imperio incuestionado de dicho principio. En Méda parece operar entonces –al menos implícitamente– el argumento habermasiano-gorziano sobre el progreso evolutivo que representaría la imposición de un regulador sistémico –en este caso parece ser la “eficacia”– en determinadas áreas de la vida social –nuevamente, la economía y el trabajo–. Por eso la principal conclusión crítica que Méda deriva de su genealogía estriba en que quienes legitiman el valor-trabajo se inspiran en las utopías del siglo XIX pero suelen olvidar que el origen del concepto se remonta al siglo XVIII, momento en que recibe su sello indeleble de raigambre productivista:

Estas legitimaciones no han sabido distinguir entre las distintas representaciones del trabajo que les han sido legadas y se han ahorrado la necesaria elección entre ellas. En consecuencia incurren en tres errores: representan el trabajo exclusivamente bajo la forma soñada en el siglo XIX –como libertad individual, colectiva y creadora– pero sin recordar su dimensión económica, es decir, el hecho de que fuera concebido y siga concibiéndose como un factor de producción y como trabajo abstracto. Por otro lado, aquello que el siglo XIX consideraba como un sueño o una utopía –el trabajo desalienado– se tiene ahora por algo logrado. Da la impresión de que estas legitimaciones creen en la magia. Por último, al no haber acometido una reflexión crítica –ya que siguen, a pesar de todo, aceptando la dimensión económica del trabajo, aunque la oculten– no perciben que están imbuidas por la ideología económica que fuera el contexto originario de la invención del trabajo.[108]

Nosotros compartimos la crítica a quienes exaltan el trabajo asalariado como lugar de realización personal sin reparar en que sus objetivos vienen dados por la lógica de valorización del capital. Hay aquí una tensión –cuando no contradicción– entre dos objetivos que al ser disimulada redunda en una legitimación acrítica del capitalismo. Pero Méda –y este es un hilo conductor en todo su libro– está diciendo bastante más: para ella la impronta productivista del siglo XVIII es ya inseparable de la organización del trabajo. La confusión conceptual habría sido desencadenada más bien por el siglo XIX, que insertó un elemento utópico a este concepto “económico” secular y en apariencia realista. De ahí que para Méda “desencantar” el trabajo –el propósito principal de su planteo– parezca reducirse a aceptar como inevitable el carácter económico-productivista del trabajo (siglo XVIII) y rechazar las fantasías utópicas del siglo XIX. Desde nuestra perspectiva, esta idea según la cual en el origen dieciochesco del concepto de “trabajo” hay algo necesario resta potencial crítico a la genealogía, que tal como nos la enseñaron Nietzsche y Foucault tiene como meta mostrar el carácter arbitrario de todo origen para poner de manifiesto su contingencia y no su necesidad.

La crítica de Méda al vínculo social establecido por medio del trabajo se mueve en la misma dirección. Por un lado, señala que el trabajo cumple esta función de un modo accesorio respecto a su finalidad principal, que sería la producción eficiente de riquezas: esto explica el carácter precario del vínculo a que da lugar, ya que los imperativos a los cuales se encuentra sujeto el trabajo se rigen por una lógica totalmente distinta a la del fortalecimiento de la cohesión social. Por otro lado, sostiene que el vínculo social establecido por medio del trabajo es frágil pues parte del individuo y vuelve a él: como ya planteaba Adam Smith, no es la búsqueda de establecer una relación con el otro sino el interés egoísta el que motiva la compra y venta de productos, actividades y capacidades. Trabajo e intercambio dan lugar a redes de interdependencia que en realidad no son buscadas ni controladas de modo conciente y voluntario, sino que son resultados del interés de individuos comprendidos como átomos egoístas.[109]

Lo que argumenta Méda es que existen otros modos mejores y más sólidos de pensar y construir el vínculo social, que no tienen relación alguna con la producción y con el trabajo. Es así que reivindica aquella tradición que va de Aristóteles a Habermas y Arendt, pasando por Hegel, que busca un fundamento más sólido para el vínculo social en la comunidad política y no en la economía. En consecuencia, la autora recupera varias de las distinciones que aquí hemos revisado críticamente: entre poíesis y prâxis (Aristóteles), entre labor y acción (Arendt), o entre trabajo e interacción (Habermas).[110] Su idea central, entonces, es que en lugar de extender el campo del trabajo y la producción –como sostienen tanto quienes buscan asiduamente nuevos “yacimientos de empleos” como aquellos que inspirándose en Marx suponen que hay que realizar la “esencia” del trabajo más allá de su forma fenoménica “empleo”– habría que reducirlo para dar mayor lugar a esas actividades que no se guían por ningún imperativo de eficacia ni se apoyan en el atomismo, y que por tanto podrían ser fuentes más sólidas de cohesión e integración social –y esto sería especialmente apremiante en un momento en el que azota el fantasma del paro–. Sobre esta base, Méda pretende justificar las políticas que procuran el reparto del empleo, la reducción de la jornada laboral y la búsqueda de otras fuentes de distribución de ingresos alternativas al trabajo asalariado.[111]

Este planteo también nos merece algunas observaciones críticas en línea con las que venimos marcando. En primer lugar, insistimos respecto a que la subordinación del trabajo al imperativo de eficacia es también un producto histórico de la instauración del capitalismo que no habría que esencializar o dar por supuesto. Aquí no cabe el subterfugio semántico de afirmar que así fue como se inventó el “trabajo” en el siglo XVIII: lo que está en juego es si este principio de eficacia debe regir como imperativo absoluto de la organización productiva. Nosotros pensamos –como ya señalamos anteriormente– que una sociedad poscapitalista debería regir su producción por otros principios además del de la eficacia; nuestra perspectiva en este terreno sigue siendo la de lo posible como horizonte crítico ante lo existente.[112]

Para que esta última afirmación no quede en un plano abstracto deslindado de la práctica, podemos reflexionar acerca de algunos problemas acuciantes de las sociedades contemporáneas. Pensemos por ejemplo en la muy en boga cuestión ecológica. Resignarse al primado tecnocrático de la eficacia en la organización de la producción (aunque se plantee la reducción de su dominio) no parece lo más apropiado, especialmente en un momento en el que los límites de un modelo peculiar de desarrollo basado en fuentes de energía no renovables empiezan a hacerse patentes. Ahora bien, es también este modelo el que ha permitido ahorrar trabajo –dejemos de lado ahora la cuestión de que este ahorro ha redundado en plustrabajo para el capital antes que en tiempo libre para la sociedad–. Como señala el ecologista y sociólogo español Jorge Riechmann:

En una sociedad ecológica, en la misma medida en que vamos a tener menos sobreabundancia energética, tendremos que recurrir más al trabajo humano. Entonces, resulta contraproducente para el movimiento ecologista un tipo de crítica destructiva del concepto de trabajo, en lugar de una reformulación de una ética del trabajo en sentido ecológico. Si denigra el trabajo, el ecologismo tira piedras contra su propio tejado.[113]

Este ejemplo resulta interesante porque pone en cuestión desde un punto de vista ético-político el postulado que comparten casi todos los teóricos del “fin del trabajo” según el cual el desarrollo tecnológico es ineluctable y sólo podemos esperar que el mismo libere tiempo. Postulado que es compatible con un concepto de tipo tecnocrático de “trabajo” y que –según venimos argumentando– limita la crítica, operando entonces un cierre en el planteamiento de ciertos problemas de actualidad como el que señala Riechmann. Podemos pensar también en los dilemas que en nuestros países Latinoamericanos está generando la expansión del modelo extractivo sojero-minero, justificado también en base a los principios unidimensionales de rentabilidad y eficacia. Y no por casualidad, las comunidades que resisten este modelo –en muchos casos vinculadas a los llamados “pueblos originarios”– defienden formas alternativas de relacionarse con la naturaleza (que ponen en cuestión la propiedad privada de la tierra y la relación de dominio hacia ella) y de estructurar las comunidades (contra los principios mercantiles e individualistas); proponen entonces modelos distintos de “trabajo”, que se rigen por principios alternativos a los de rentabilidad y eficacia.[114] Nuevamente: una crítica que acepta como inevitable el primado de la eficiencia en la organización de la producción nos parece más un obstáculo que un camino apropiado para responder a estos problemas y articular conceptualmente estas demandas sociales.

Por otro lado, en el planteo de Méda no aparece teorizada la relación entre trabajo y capitalismo. Ya señalamos que aunque introduce de un modo a nuestro juicio correcto el concepto de “trabajo abstracto”, no lo desarrolla como hicimos nosotros. Los conceptos de “valor” y “capital”, por ejemplo, no son siquiera mencionados, ni en su revisión de la economía política clásica ni en el análisis crítico que hace de Marx. Las constricciones objetivas que implica el capitalismo quedan así pobremente tematizadas. Todo el peso de la explicación se traslada, entonces, al plano de las ideas: una difusa “ideología económica” sería lo que subyace al productivismo, así como la persistencia “ideal” del valor-trabajo –ya que en la “realidad” el trabajo estaría siendo reemplazado por máquinas– sería lo que explica la centralidad que continúa teniendo el trabajo asalariado.

De un modo similar a lo que ocurría en Gorz, esta ausencia se hace notar especialmente cuando Méda repasa someramente algunas tendencias puestas de manifiesto por el “posfordismo” en las últimas décadas. En particular, la pensadora francesa toma en consideración ciertos planteos que anuncian el advenimiento de una “sociedad de servicios”, en la cual cada vez más actividades que no tienen relación inmediata con la materia entran en la esfera laboral. Para ella, esta tendencia implicaría un peligro:

La lógica subyacente a la sociedad de servicios es la puesta en valor de todo lo existente, recursos naturales, capacidad natural, relaciones sociales. Cualquier cosa puede ser valorada, con tal de que exista alguien que la tenga por útil. El conjunto de las relaciones sociales tampoco escaparía a esta lógica […] En semejante sociedad la diferencia entre trabajo y no trabajo se desdibuja: todo viene a ser trabajo, pero no ese trabajo aburrido, material y mensurable; ahora el trabajo es interesante, incluso propicio al desarrollo personal, o quizás una actividad asimilable a cualquier otra.[115]

Méda alerta sobre un peligro real, pero su horizonte interpretativo es limitado e incluso peca de cierta ingenuidad: la “sociedad de servicios” sería para ella el efecto de la confusión respecto al concepto de “trabajo”, que llevaría a que la sociedad, ante el problema del paro, busque someter a la lógica del empleo nuevas actividades en lugar de reducir el campo de aplicación de dicha lógica, como pareciera hacer posible el desarrollo técnico.[116] La interpretación que haremos aquí respecto a este fenómeno será radicalmente diferente: para nosotros la extensión de la lógica del “empleo” a nuevos campos se deriva de que el capital, para reproducirse, sigue dependiendo de la explotación del trabajo. Siguiendo esta idea, la tendencia a la mercantilización de actividades otrora consideradas “privadas” o ajenas al intercambio es algo más que el producto de una confusión conceptual: se vincula ante todo con las necesidades del capitalismo, que busca perpetuarse como forma dominante de estructurar las relaciones sociales. Esto lo abordaremos en la tercera parte: aquí sólo queríamos explicitar el hecho de que las falencias del tratamiento teórico de Méda repercuten en la interpretación que hace de ciertos fenómenos actuales.

Del mismo modo, Méda tampoco problematiza sus propuestas para salir –o al menos relativizar el alcance– de la “sociedad del trabajo” (reducción de la jornada laboral, reparto del trabajo y búsqueda de fuentes alternativas para la distribución de ingresos) a la luz de las tensiones que podrían generar teniendo en cuenta que las sociedades en que vivimos siguen siendo capitalistas.[117] Además, cuando hace estas propuestas reproduce implícitamente la escisión –que Marx cuestionara– entre una producción regida por reglas económico-técnicas y una distribución regida por reglas sociales.[118] Pero no se entiende muy bien cómo podrían discutirse democráticamente las cuestiones referidas al reparto de trabajo e ingresos en el marco de una sociedad donde la producción está orientada a la obtención de plusvalor y guiada por el móvil del beneficio privado. Lo que llama la atención no es tanto que Méda ni siquiera considere la posibilidad de pensar una alternativa al capitalismo, sino que incluso aceptando este sistema no enmarque sus propias propuestas atendiendo a los límites –más o menos móviles pero no por eso inexistentes– que el mismo supone.

En resumen, entendemos que el valioso estudio de Méda incurre en dos de los problemas que atraviesan la mayor parte de los discursos sobre el “fin del trabajo”. Por un lado, esencializa ciertos rasgos del trabajo tal como se dan en nuestras sociedades al considerarlos como insuperables, restringiendo de este modo el alcance de la crítica. Por otro lado, no tematiza suficientemente la relación entre trabajo y capitalismo, lo cual redunda en una visión demasiado lineal y simplista –cuando no ingenua– que se pone de manifiesto especialmente a la hora de analizar fenómenos actuales y realizar propuestas que se pretenden superadoras.

II.4. Otros planteos: Claus Offe y Zygmunt Bauman

Hemos decidido abordar con cierta minuciosidad los planteos de Rifkin, Gorz y Méda considerando que estos autores son los que más extensamente han desarrollado, aún con distintas perspectivas, argumentos en torno al “fin del trabajo”. Entre los otros pensadores que han asumido posiciones que podrían ubicarse en esta línea,[119] nos parece que Offe y Bauman hacen algunos aportes para reflexionar en particular sobre una cuestión que hasta aquí ha aparecido de un modo más bien tangencial: la del trabajo en su relación con la constitución de la subjetividad.

El sociólogo alemán Claus Offe, muy influenciado por la Escuela de Frankfurt, suele ser citado como uno de los exponentes de las tesis sobre el “fin del trabajo”. Particularmente, a raíz de un pionero artículo publicado en 1983, en el cual parte de la pregunta de si el “trabajo” continúa siendo una categoría sociológica clave.[120] Según Offe, los grandes clásicos de la sociología (Marx, Durkheim y Weber) habrían compartido –a pesar de sus diferencias en otros aspectos– una clave interpretativa común según la cual el trabajo asalariado –junto con la racionalidad empresarial que lo gobierna y las contradicciones sociales que engendra– sería el pilar desde el cual tendría que partir una teoría social. En este sentido, podría afirmarse que la sociología clásica pensó a la sociedad moderna como una “sociedad del trabajo”. Pero Offe entiende que en la actualidad hay razones para poner en cuestión esta “capacidad global de determinación macrosociológica que corresponde al hecho social del trabajo (asalariado)”.[121]

Una primera serie de razones que Offe esgrime para sostener dicha afirmación se vincula con lo que él denomina la “diversidad empírica del hecho de trabajar”: aunque una parte creciente de la población desempeña un trabajo formal, esta circunstancia estaría teniendo cada vez menor valor informativo, particularmente por la mayor diferenciación interna al interior de la clase trabajadora. Según Offe, se observa una gran variación en las situaciones laborales en lo que respecta a cuestiones como el nivel de ingresos, calificaciones, seguridad, reconocimiento social, etc., por lo que cabría inquirir la capacidad explicativa de la categoría “trabajo” para dar cuenta de las estructuras, los conflictos y las acciones sociales.[122]

Offe se detiene en particular en el crecimiento del sector terciario, que para él representa la escisión más novedosa al interior del concepto de “trabajo”. Fundamentalmente, el trabajo en este sector no podría gobernarse estrictamente por el mismo tipo de racionalidad técnica que caracterizó al trabajo industrial que la sociología clásica tomó como modelo. Tanto es así que:

su no-normatividad […] ha de verse compensada mediante cualidades tales como la competencia interactiva, la conciencia de responsabilidad, la empatía y una experiencia adquirida casuísticamente; y en el lugar de criterios económico-estratégicos de racionalidad que han fracasado se sitúan cálculos de necesidades y utilidades, convencionales, político-discrecionales o adquiridos por medio del consenso de los pertenecientes a una determinada profesión.[123]

Estaríamos entonces ante una duplicación del concepto de trabajo, el cual según Offe perdería entonces su univocidad.

Una segunda serie de razones que esgrime Offe para poner en duda el carácter estructurante de la categoría “trabajo” se vincula con la pérdida de centralidad del trabajo en la configuración de la subjetividad. El autor la atribuye, en particular, a la erosión de la valencia moral del trabajo, debida tanto al retroceso de las tradiciones religiosas o seculares que en otro momento le sirvieron de apoyo (por ejemplo, la ética protestante estudiada por Weber) como a los procesos de racionalización del trabajo (por ejemplo, el taylorismo), que tienden a eliminar de la producción el “factor humano”, cualidades morales incluidas.[124]

Offe enumera algunos motivos más para explicar esta supuesta pérdida de centralidad subjetiva del trabajo, como la mayor discontinuidad en las biografías laborales, el retroceso del tiempo dedicado al trabajo en relación al tiempo vital y la acción del Estado de Bienestar, que tiende a brindar prestaciones sociales con cierto grado de independencia respecto a las contribuciones laborales. Señala también los efectos subjetivos del desempleo, problema que el autor predice que se va a profundizar tornando finalmente poco plausible la condena moral de quien se encuentre desempleado.[125]

Por estas razones, Offe concluye que “no es sólo objetivamente como el trabajo se ha visto relegado de su condición como hecho vital central y autoevidente; también subjetivamente […] ha perdido esa posición en el interior del fondo motivacional de los trabajadores”.[126] Y volviendo a su problema inicial, plantea la necesidad de que la sociología revise sus conceptos a efectos de asir una sociedad que ya no se fundaría en el trabajo. A este respecto, Offe reconoce en particular a la “teoría de la acción comunicativa” de Habermas el mérito de haber hecho justicia a esta necesidad en la medida en que criticando el predominio epistemológico que el trabajo tenía en la teoría marxista, habría reconstruido de un modo consecuente la estructura y la dinámica de las sociedades modernas no como un antagonismo enraizado en la propia esfera de la producción, sino en términos de una colisión entre el “sistema” y el “mundo de la vida”.[127]

Cabe hacer algunas observaciones a los argumentos de Offe. Respecto a la idea de que la “diversidad empírica del hecho de trabajar” atenta contra la unidad de la categoría “trabajo” y su poder explicativo, puede empezar señalándose que las heterogeneidades al interior del salariado no son nuevas. Los clásicos de la sociología tampoco reflexionaban teniendo como objeto empírico un trabajo totalmente unificado en su forma y contenido. Recordemos que en ese período se vivía una transición forzada hacia la modernidad capitalista, en la que el trabajo industrial convivía aún con el mundo rural tradicional y donde espacios de la reproducción social tenían lugar todavía en economías rurales y/o domésticas.[128] Evidentemente, categorías como la de “trabajo asalariado” o “trabajo abstracto” son generales y posibilitan explicaciones de índole macrosocial, lo cual no implica desconocer la multiplicidad de situaciones que encierran. Especialmente, para nosotros estas categorías dan cuenta del modo general pero específico por el que nuestras sociedades estructuran sus relaciones sociales fundamentales. Claro que se puede renunciar a este tipo de interpretaciones y proclamar la irreductibilidad de lo “concreto”. De hecho, es sabido que el marco cultural “posmoderno” promueve estas tentativas –el auge de los microrrelatos, de las historias de vida, etc. contra los “grandes relatos” de la modernidad–. No obstante, podría resultar de aquí un salto al vacío para la teoría social, cuya incompetencia para la comprensión de fenómenos generales quedaría de este modo sentenciada de antemano en nombre de un escepticismo epistemológico cuando menos cuestionable.

El mismo Offe reconoce estas cuestiones, pero señala que “las diversas fisuras producidas en la supuestamente unitaria determinación formal del trabajo asalariado son […] demasiado evidentes como para poderlas minimizar teóricamente”.[129] Es aquí donde enfatiza en particular la escisión al interior del trabajo asalariado entre el sector industrial y el terciario, y la imposibilidad de aplicar la racionalidad técnica del primero al segundo. Respecto a esta cuestión, veremos en la tercera parte que efectivamente en las últimas décadas viene produciéndose un cambio en los modos de organizar y racionalizar los procesos de trabajo, que sin embargo afecta no sólo al sector terciario sino también al trabajo industrial; incluso algunos autores hablan de una terciarización creciente de este último con la cual la propia producción se pasaría a concebir como un servicio. Por lo tanto, hay razones para discutir la escisión tajante que supone Offe; aunque también hay que decir –por lo que señalábamos antes– que incluso aceptándola, no deja de ser exagerado y problemático derivar de ella una “implosión” de la categoría “trabajo”.

Respecto del argumento sobre el retroceso de la centralidad del trabajo para la configuración de la subjetividad, en particular en lo que hace a la supuesta pérdida de su carácter normativo, puede señalarse que, por lo menos, la misma dista de ser evidente. Si se tiene en cuenta la ofensiva político-ideológica que el neoliberalismo viene emprendiendo desde la década de 1980 con cierto grado de éxito, no puede omitirse el hecho de que la misma, a la vez que cuestiona las instituciones sociales del Estado de Bienestar, tiende a culpabilizar y responsabilizar a los individuos respecto de su situación en el mercado de trabajo, fomentando la estigmatización de los parados y de los connotados desdeñosamente por este mismo discurso como “asistidos”. En este sentido, es al menos sintomático que el discurso dominante tienda a exacerbar el carácter normativo del trabajo. Por otro lado, veremos particularmente en el capítulo sexto que también los discursos de gestión empresarial actuales, a la vez que se enfrentan a la organización de raigambre taylorista, prescriben una ética del trabajo en la cual la implicación de la subjetividad –precisamente lo que Offe cuestiona– resulta un aspecto cardinal. Con estas observaciones no pretendemos cerrar la discusión, pero creemos que al menos permiten poner un signo de interrogación sobre los señalamientos que hace Offe.

Un autor que en la última década ha gozado de cierta popularidad allende incluso los muros de la academia, pero que sin embargo suele ser menos mencionado en el debate sobre el “fin del trabajo”, es el sociólogo Zygmunt Bauman. La tesis central de este pensador es la que marca el pasaje desde una “modernidad sólida” –aquella que nace con la revolución industrial y se consolida en el período de posguerra– a una “modernidad líquida”, que se vendría conformando en las últimas cuatro décadas.[130] Lo que le interesa a Bauman es ante todo analizar el impacto que este cambio produce en la naturaleza del vínculo social y por ende en las subjetividades.

La primera modernidad venía guiada por la máxima comtiana “orden y progreso”: se trataba de terminar con el orden “tradicional” para reemplazarlo por uno nuevo, anclado en una economía de base industrial que enmarcaba las conductas de los sujetos “libres” en organizaciones disciplinarias guiadas por una racionalidad instrumental. La segunda modernidad –que coincidiría con la emergencia de un “capitalismo liviano” en el cual se producen ideas antes que bienes materiales– conllevaría ante todo un resquebrajamiento de las instituciones –familia, empresa, Estado, sindicatos, etc.– que encuadraban los comportamientos individuales en proyectos colectivos. Con ella, estaría gestándose un nuevo individualismo exacerbado con el cual los mismos principios de orden y progreso se tornarían problemáticos, difusos e incluso peligrosos, ya que atentarían contra la tan preciada libertad individual. Esta “modernidad líquida” exalta los valores del riesgo, la instantaneidad y la flexibilidad, a la vez que los transforma en los vectores de unas relaciones sociales que se muestran inéditamente frágiles.[131]

Es en este marco que tenemos que ubicar los planteos de Bauman respecto al trabajo en particular. Siguiendo una línea que ya aparecía en Offe, lo que va a marcar este autor es un desplazamiento desde una “ética del trabajo” hacia una “estética del consumo”, que acompañaría los cambios en las relaciones sociales y en la conformación de la subjetividad que implica la entrada en la “modernidad líquida”.

Según Bauman, la ética del trabajo es una norma de vida que plantea, de un lado, que trabajar es el modo legítimo de conseguir los bienes necesarios para vivir y ser feliz, y del otro, que no hay que conformarse con lo ya obtenido porque el trabajo es un valor en sí mismo. Complementando otros medios directamente coercitivos (el hambre, la represión penal, etc.), esta norma habría cumplido una función clave en el proceso de industrialización europeo, que requería una abundante mano de obra disponible y dócil, y que a esos efectos interpelaba moralmente a los individuos para que ingresen y acepten el régimen fabril disciplinario que se trataba de consolidar.[132]

Pero Bauman entiende que en las últimas décadas esta “ética del trabajo” ha sido reemplazada por una “estética del consumo”, a la vez que habríamos pasado de una “sociedad de trabajadores” a una “sociedad de consumidores”. Este pasaje implicaría ante todo un cambio de énfasis respecto a las normas sociales que guían las conductas de los sujetos. La ética del trabajo obligaba a los sujetos a producir: por lo tanto exaltaba las virtudes del esfuerzo sostenido y la postergación en la satisfacción del deseo. Con la estética del consumo, por el contrario, la espera y el esfuerzo sostenido en el tiempo se transforman en anatemas que deben ceder su lugar a la satisfacción inmediata y continuamente renovada del deseo de consumo.

Respecto de la identidad individual, Bauman señala que con este cambio la misma estaría dejando de construirse de una vez y para siempre en torno a la profesión y el lugar que se ocupa en el proceso de producción. Con el nuevo lema de la “flexibilidad” –con el cual la posibilidad de un empleo seguro y estable pasaría a ser la excepción antes que la regla– la identidad se hace temporaria y se renueva continuamente con el fluir de los productos que se adquieren en el mercado.[133] Incluso el propio trabajo pasaría a ser juzgado desde la estética: se lo valoraría en tanto generador de experiencias placenteras y, al igual que los objetos de consumo, tendería a ser desechado y reemplazado cuando deje de proveerlas. Aún cuando este trabajo como vocación sea practicado solamente por una reducida élite, no dejaría de funcionar como una norma, siendo privilegio de unos pocos pero a la vez envidia de las mayorías.[134]

Bauman vincula además estos cambios en la subjetividad y el trabajo con ciertas pautas “objetivas” que seguiría actualmente la acumulación de capital. El “capitalismo pesado” –una de las caras de la “modernidad sólida”, cuyo emblema fue el fordismo– necesitaba una mano de obra abundante que constantemente fluyera hacia las fábricas y permaneciera en ellas. De ahí el compromiso mutuo entre capital y trabajo:

La supervivencia de los trabajadores dependía de que fueran contratados; la reproducción y el crecimiento del capital dependían de esa contratación. El punto de encuentro era fijo; ninguno de los dos podía ir muy lejos por su cuenta –la solidez de la fábrica encerraba a ambos socios en una celda común–.[135]

Pero con la llegada de la “modernidad líquida” y de un “capitalismo liviano”, este compromiso habría sido objeto de una ruptura unilateral por parte del capital:

Si permanecer juntos era el resultado del acuerdo recíproco y del compromiso mutuo, el desprendimiento es unilateral: uno de los términos de la ecuación ha adquirido una autonomía que probablemente siempre haya deseado en secreto pero que nunca se había atrevido a esbozar seriamente. El capital se soltó de la dependencia que lo ataba al trabajo gracias a una libertad de movimientos impensable antaño […] La reproducción del crecimiento y la riqueza, de las ganancias y de los dividendos y la satisfacción de los accionistas son en todo independientes de la duración de cualquier compromiso local y particular con el trabajo.[136]

Bauman entiende que en el capitalismo actual la contratación de mano de obra, lejos de presentarse como sinónimo de buena salud económica, es vista como un anatema, particularmente si implica para el capital algún tipo de compromiso local o nacional a largo plazo. Es aquí donde Bauman retoma la argumentación clásica de las teorías sobre el “fin del trabajo” para explicar por qué la ética del trabajo ya habría dejado de cumplir su función originaria:

En otras épocas, la apología del trabajo como el más elevado de los deberes […] coincidía con las necesidades de la industria, que buscaba el aumento de la mano de obra para incrementar su producción. Pero la industria de hoy, racionalizada, reducida, con mayores capitales y un conocimiento más profundo de su negocio, considera que el aumento de la mano de obra limita la productividad. En abierto desafío a las ayer indiscutibles teorías del valor –enunciadas por Adam Smith, David Ricardo y Karl Marx–, el exceso de personal es visto como una maldición […] El “crecimiento económico” y el aumento del empleo se encuentran, por lo tanto, enfrentados; la medida del progreso tecnológico es, ahora, el constante reemplazo y –si es posible– la supresión lisa y llana de la mano de obra. En estas circunstancias, los mandatos e incentivos de la ética del trabajo suenan cada vez más huecos.[137]

No obstante, la ética del trabajo seguiría cumpliendo una función, ya no “incluyente” sino “excluyente”:

en su origen, la ética del trabajo fue el medio más efectivo para llenar las fábricas, hambrientas de mano de obra. Ahora, cuando esa mano de obra pasó a ser un obstáculo para aumentar la productividad, aquella ética todavía puede cumplir un papel. Esta vez sirve para lavar las manos y la conciencia de quienes permanecen dentro de los límites aceptados de la sociedad; para eximirlos de la culpa de haber arrojado a la desocupación permanente a un gran número de sus conciudadanos. Las manos y la conciencia limpia se alcanzan, al mismo tiempo, condenando a los pobres y absolviendo a los demás.[138]

De momento cabe hacer algunas escuetas consideraciones sobre el planteo de Bauman. En principio, nos parece dudosa la idea de que la “ética del trabajo” haya sido simplemente reemplazada por una “estética del consumo”. Según entendemos aquí, el capitalismo es una sociedad fundada en el trabajo (abstracto), por lo cual no es de extrañar que la idea según la cual el mismo es un deber haya sido siempre uno de sus basamentos ideológicos. En su contenido concreto esta idea se ha ido reconfigurando históricamente. Así, pareciera que hoy el trabajo ya no es entendido como un deber hacia Dios (ética protestante) o como un imperativo secular pero incondicional (al estilo kantiano), es decir, totalmente independiente de sus efectos. Entre estos últimos, las posibilidades de consumo que brinda han sido particularmente importantes para su valoración; esto no es novedoso sino que cuando menos se remonta al período de posguerra, que es cuando efectivamente se consolida la llamada “sociedad de consumo”, como el mismo Bauman admite.[139] Pero la valoración social del consumo no es contradictoria con la regla según la cual el trabajo es el medio legítimo de acceso a los bienes, y de momento no resulta evidente que esta regla haya perdido capacidad de interpelación. Tal vez más que un pasaje desde una “ética del trabajo” a una “estética del consumo” haya una articulación entre ambas en la medida en que la primera va adoptando elementos hedonistas e individualistas.

Vimos que finalmente Bauman termina planteando que en realidad no es que la ética del trabajo haya desaparecido, sino que su función ha cambiado: ya no se trataría de aprovisionar de mano de obra dócil a las empresas sino de fortalecer la exclusión y la buena conciencia de los incluidos. Planteada de este modo, esta tesis resulta problemática porque depende en buena medida del discutible argumento según el cual el capital ya no necesita del trabajo para valorizarse. Por lo demás, la ética del trabajo también en los siglos XVIII y XIX tuvo en parte una función estigmatizante o excluyente. En nombre de la obligación de trabajar, la “modernidad liberal” condenaba a quienes se encontraban en condiciones de exclusión o vulnerabilidad, achacables bajo este discurso a la pereza individual.[140] Igual que hace dos siglos, hoy la ética del trabajo sirve para justificar injusticias: no sólo la “exclusión plena”, sino también la inclusión precaria y los bajos salarios –en otras palabras, las condiciones de sobreexplotación– ya que para esta ética es siempre mejor ser un trabajador mal pago (el “buen pobre”) que un desocupado asistido (el “mal pobre”).[141]

III. Las tesis sobre el “fin del trabajo”: un balance de los principales argumentos y de las críticas posibles

El recorrido realizado pone de manifiesto la heterogeneidad de los planteos sobre el “fin del trabajo”. En primer lugar, hay diferentes tipos de abordaje: el planteo de Rifkin pretende sustentarse ante todo de un modo empírico; en otros casos se utilizan estudios empíricos pero en el marco de abordajes de naturaleza más bien teórica, cercana al género “ensayo” (Gorz, Offe, Bauman); finalmente, trabajos como el de Méda toman como punto de partida un examen de la historia de las ideas. En segundo lugar, hay diferencias ideológicas importantes, aunque es claro que estamos ante perspectivas que se mueven en el arco que va del centro a la izquierda (por caso, ya señalamos que el cuestionamiento al neoliberalismo es compartido por todos). Así, los matices varían desde una posición más bien demócrata liberal al estilo norteamericano como la de Rifkin a un izquierdismo radical, anticapitalista y heterodoxo como el de Gorz. En tercer lugar, en cuanto a las perspectivas a futuro, un autor como Gorz encuentra en la coyuntura actual la oportunidad para fundar un nuevo tipo de socialismo, mientras que otros como Bauman y Rifkin se muestran más cautos, y ante un panorama sombrío intentan avizorar los modos de evitar los aspectos más peligrosos (exclusión, fractura social, etc.) de la dinámica del capitalismo actual.

Sin embargo, en vista de un tratamiento más analítico y sistemático, lo que interesa marcar ahora es que el “fin del trabajo” se dice de muchas maneras; es decir, las dimensiones del “trabajo” que supuestamente se terminan o pierden centralidad son variadas. Y cada uno de los autores que estuvimos abordando pone de manifiesto una o algunas de estas dimensiones, y en ciertos casos –para complicar más el asunto– las confunden o bien derivan de un modo problemático una de otra. Para ordenar entonces el debate, procuraremos ahora poner de manifiesto los distintos sentidos en que se habla del “fin del trabajo”, los principales argumentos que se dan en cada caso y las críticas y observaciones que pueden hacérseles.

En un primer sentido, se habla del “fin del trabajo” aludiendo a una disminución y precarización del empleo de carácter estructural, progresivo e irreversible, explicada fundamentalmente como un efecto de la introducción de las TIC en los procesos de trabajo. Sabemos que esta idea en su versión más catastrófica y profética es defendida en particular por Rifkin; también es sostenida por Gorz de un modo no menos vehemente (sobre todo en los ‘80); en el resto de los autores la idea aparece, aunque expresada con mayor cautela y sin ser el eje de sus argumentaciones.

Como ya señalamos, la proyección sobre el “fin del trabajo” en su versión más alarmista no se ha cumplido. No se registra, de momento, un descenso abrupto a nivel mundial ni de la población empleada ni, dentro de ella, del trabajo asalariado. Sí hay una desocupación relativamente alta en algunos países durante períodos en muchos casos prolongados (particularmente en Europa) y una precarización de importantes segmentos de la fuerza de trabajo acompañada por una moderación –cuando no estancamiento– de los salarios. En líneas generales, hay un extendido consenso en cuanto a que desde la década de 1970 las condiciones laborales se han modificado de un modo que ha perjudicado a grandes segmentos de la fuerza de trabajo.

Sin embargo, es dudosa la explicación simplista de estos fenómenos según la cual son un mero resultado de la introducción de las nuevas tecnologías. Empíricamente, a nivel macroeconómico las estadísticas no muestran una correlación tal: los países más desarrollados tecnológicamente (empezando por EEUU, Japón y Alemania) no son precisamente aquellos donde la creación de empleo disminuye fuertemente o se estanca.[142] En términos más generales, los sostenedores del “fin del trabajo” hablan de una fase inédita donde la economía y la productividad crecen sin crear empleo; pero no dicen que las tasas de crecimiento del PBI y de la productividad desde la década de 1970 han sido significativamente menores a las del período de posguerra en casi todos los países desarrollados.[143]

A nivel teórico, esta tesis es igualmente problemática. Es cierto que la introducción de las TIC en los procesos productivos permite, como ocurrió en el pasado con otras tecnologías, disminuir el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir una mercancía determinada, y con ello el capital variable que emplea una magnitud dada de capital –lo que en términos marxistas se entiende como un incremento en la composición orgánica del capital–. Sin embargo, el nivel de empleo depende también de la masa total de capital invertida en la compra de fuerza de trabajo. Lo que ocurre es que la introducción de la tecnología, incluso cuando implique una disminución del capital variable que emplea un capital dado, puede contribuir a generar condiciones propicias para la acumulación, de modo que la masa total de capital aplicado a la producción aumente, y con ello la inversión en fuerza de trabajo. Así, por ejemplo, el descenso en el valor de las mercancías tiende a favorecer su demanda, de modo tal que se amplíe la escala de la producción. Esto es particularmente importante en el mercado mundial, y más en un contexto de fuerte competencia internacional como el que se da en la llamada “globalización”. Es por esto que la pregunta respecto de si la tecnología destruye empleo no puede contestarse en abstracto. Depende de un conjunto de condiciones y factores, como el nivel de los salarios, la inserción en el mercado mundial, las políticas macroeconómicas, etc.[144] Después de todo, en el período de posguerra el pleno empleo se aunaba al uso de tecnologías que sistemáticamente aumentaban la productividad –incluso más que en las últimas cuatro décadas–. El determinismo tecnológico reemplaza la complejidad que conlleva todo análisis socio-histórico del capitalismo por una explicación simplista, lineal y tecnocrática.

Hay que reconocer, de todos modos, que autores como Offe y Bauman, además de evitar las proyecciones alarmistas, introducen otros factores en la explicación, particularmente el aumento de la competencia internacional como resultado de la globalización. Pero también hay que decir que estas explicaciones que aluden a un nuevo contexto supuestamente ya dado e inexorable al cual no queda más remedio que resignarse, pueden terminar cosificando los procesos históricos y sociales de un modo igualmente problemático. Por eso, en la tercera parte intentaremos asir la dinámica en términos de un cambio histórico en los modos de acumulación y regulación del capitalismo, vinculado a la necesidad de incrementar la explotación del trabajo a nivel global.

Nos interesa marcar dos cuestiones más que se vinculan con este sentido del “fin del trabajo”. En primer lugar, el reemplazo del concepto de explotación por el de exclusión, que parece seguirse de la idea de que el capital ya no necesita del trabajo para reproducirse. Este desplazamiento conceptual, que por cierto no es exclusivo de los teóricos del “fin del trabajo”, nos parece problemático en términos empíricos, teóricos y fundamentalmente políticos. En particular, porque lleva a focalizar la atención en ciertos grupos que se supone están absolutamente marginados del sistema (Bauman los llama “pobres sin función”) sin inscribir dicha posición en su relación con otras (la de los empleados, y dentro de estos la de los precarizados en especial) y todas ellas con las dinámicas que sigue el proceso de acumulación de capital. Por ejemplo: ¿no es el peligro de caer en ese grupo de “excluidos” lo que en parte facilita la precarización del trabajo y la contención de los salarios? Lo que hoy se llama “excluidos” tal vez no sea muy diferente a lo que Marx llamaba “pauperismo”, la franja inferior de la superpoblación relativa, disponible para los peores empleos en momentos de necesidad pero que sigue cumpliendo la función de poner coto a las demandas de los empleados cuando está inactiva.[145]

En términos más políticos, el uso del concepto de “exclusión” denominando a aquellos que el capital supuestamente ya no necesita, puede terminar siendo funcional –más allá de la voluntad en contrario del autor– al capitalismo neoliberal y su tendencia a degradar la condición salarial, porque sanciona teóricamente la escisión entre los intereses de los “excluidos” y los de los “incluidos”, haciendo que unos y otros se perciban como antagonistas. De este modo, puede pasarse por alto que es la misma dinámica del capital la que produce a los primeros y precariza las condiciones de vida de una parte significativa de los segundos, y que ambos procesos se retroalimentan. Resulta difícil, por ejemplo, que una medida como la reducción de la jornada laboral sea posible si estos dos sectores no se alían en vistas de que una medida tal podría resultar beneficiosa –al menos en el mediano plazo– para ambos. Como sea, el uso del concepto podría terminar allanando el terreno para el despliegue de la estrategia neoliberal –en buena medida exitosa hasta el momento– de división de la clase trabajadora.[146] En el próximo capítulo volveremos sobre este tema y plantearemos la necesidad de recuperar el concepto de “explotación” para la comprensión del capitalismo actual.

La otra cuestión que aparece en vinculación con este sentido del “fin del trabajo” es la de la teoría del valor y su supuesta pérdida de vigencia, una tesis que, bien sabemos, ya había sido planteada por Habermas a fines de la década de 1960. En nuestro recorrido, vimos que la idea es desarrollada por Gorz; otros autores la sugieren sin explayarse al respecto.[147] Ya hemos explicado que tal argumento omite la distinción entre valor de uso y valor: que los aumentos de productividad posibilitados por la introducción de la tecnología permitan aumentar la riqueza creada (valor de uso) con una cierta cantidad de trabajo no contradice la ley del valor sino que es el resultado de su aplicación.

Pero lo importante es que este malentendido resulta en un sentido revelador de las limitaciones de las tesis sobre el “fin del trabajo”. Sabemos que según Marx, en el capitalismo los aumentos de productividad del trabajo tienen como finalidad el incremento del plusvalor relativo; a la vez, será con ellos mayor la riqueza (valor de uso) creada por una cantidad dada de trabajo social. El hecho de que el proceso de acumulación siga dependiendo del valor, es decir, de la apropiación del tiempo de trabajo social, es un límite interno para el capital, que a su vez es conjurado y reproducido a escala ampliada mediante la extensión de la propia lógica capitalista. Esta dinámica implicada en el desarrollo de la contradicción entre el valor de uso y el valor –y que más adelante explicitaremos en un nivel más concreto–[148] es lo que se pierde con esta lectura lineal según la cual la teoría del valor se torna caduca porque el trabajo es reemplazado por la tecnología.

Es el olvido de esta dinámica lo que para nosotros lleva a algunos autores a pensar que dentro del mismo capitalismo se estaría asistiendo al fin de la relación salarial a la vez que se abrirían, de un modo cuasi espontáneo, espacios de tiempo libre, no mercantiles, autónomos, etc. Sin embargo, dista de ser evidente que la evolución del capitalismo en las últimas cuatro décadas haya ido en esa dirección. Mencionemos al respecto dos tendencias significativas que retomaremos en la tercera parte. En primer lugar, la expansión geográfica de las relaciones sociales capitalistas, explicada en parte por la incorporación de los ex países socialistas al sistema, pero también por la industrialización de países en vías de desarrollo (especialmente en Asia). De ahí el inédito alcance actual del proceso de internacionalización del capital, que junto con otros autores consideramos el aspecto cualitativamente más importante de la llamada “globalización” debido a que implica el desarrollo a nivel mundial de la relación capital-trabajo.[149] Así, resulta difícil sostener la afirmación de que el trabajo asalariado está retrocediendo: según la OIT, entre 1990 y 2006 la fuerza de trabajo mundial disponible para la economía de mercado se ha duplicado con la incorporación de 1.470 millones de trabajadores provenientes de los países de la ex URSS y de otros en vías de desarrollo como China e India.[150]

En segundo lugar, desde la década de 1980, con la ideología neoliberal como trasfondo, se viene llevando a cabo en la mayor parte de los países un amplio proceso de privatización de bienes anteriormente comunes. Empezando por activos que pertenecían al Estado: servicios públicos (agua, transporte, telecomunicaciones, etc.), prestaciones sociales (atención sanitaria, educación, vivienda), instituciones públicas (universidades, laboratorios, cárceles, etc.) e incluso servicios militares (como los contratistas privados que actualmente operan junto al ejército norteamericano en Irak).[151] Y culminando en la mercantilización de bienes “inmateriales” anteriormente ajenos a la lógica del capital, dinámica que se corrobora en el endurecimiento de los regímenes de propiedad intelectual (que permiten patentar desde semillas hasta organismos vivos) y en el avance de las llamadas “industrias culturales”.[152] Este proceso ha sido conceptualizado de diversas maneras (“acumulación por desposesión”[153], “nuevos cercamientos”[154]) pero en cualquier caso tiene como finalidad abrir nuevos campos para la acumulación de capital.

La paradoja entonces es que mientras la productividad aumenta y la riqueza creada depende menos del tiempo de trabajo, el capital sigue dependiendo de la apropiación de plusvalor, y de ahí la tendencia a extender su lógica a nuevos ámbitos. Se trata de la contradicción en proceso de la que Marx daba cuenta en los Grundrisse.[155] Como ya señalamos cuando repasamos el planteo de Gorz, si no se registra esta contradicción dialéctica y se afirma sin más que la ley del valor es caduca y que el salariado ha muerto, se cae en una salida fácil, según la cual la misma lógica del capital abre de un modo natural ámbitos de libertad que sólo haría falta colmar de sentido –y sabemos que si esto no ocurre, estos autores tienden a atribuir toda la culpa a la persistencia de una difusa ideología que glorifica al trabajo–. Esto no excluye sino que más bien justifica la necesidad ético-política de contrarrestar al capital luchando por abrir espacios alternativos para el desarrollo de otro tipo de relaciones sociales, pues como señala Harribey “el más allá de la ley del valor de la que habla Gorz sólo tiene sentido en la reconquista de campos en los que no gobernaría.”[156] Pero es una ingenuidad pensar que es la misma dinámica del capital la que dejará una suerte de “lugar vacío” para la apertura espontánea de estos espacios.

En otro sentido, se habla del “fin del trabajo” haciendo referencia a que el trabajo habría perdido su centralidad en cuanto elemento mediante el cual los individuos forjan su identidad y a la vez su relación con la sociedad. Las argumentaciones que se esbozan para explicitar y justificar esta afirmación son varias, y en general son utilizadas de modo que se complementen unas a otras.

Una primera línea es la que se apoya implícita o explícitamente en la distinción habermasiana entre “sistema” y “mundo de la vida” para afirmar que los individuos ya no pueden forjar su identidad alrededor del mundo laboral pues se trata de un ámbito que crecientemente deviene “heterorregulado”, siguiendo su despliegue normas independientes de la voluntad de los individuos. Lo primero que hay que señalar es que este argumento no es novedoso, lo cual no es casualidad pues son el taylorismo y el fordismo los modos de organización por excelencia en los cuales las normas que rigen la producción se tornan “objetivas”, “científicas” e independientes de la voluntad individual. Más significativo aún es que ciertas tendencias “posfordistas” parecen poner en cuestión esta idea, pues tienden a solicitar una implicación subjetiva de los trabajadores más fuerte, tema que iremos viendo en los próximos capítulos. De momento, y como ya señalamos, es sugestiva en este punto la evolución del pensamiento de Gorz: si en sus escritos de la década de 1980 era central este argumento, en los de la década siguiente se atenúa para finalmente desaparecer en sus últimos trabajos.

Esta línea suele complementarse planteando que es otra instancia la que ahora cumple el rol de articular las identidades sociales. La esfera del consumo es una de las más aludidas como candidata a reemplazar al trabajo, y se la suele postular en relación a una supuesta crisis de la ética del trabajo. Vimos que así lo entiende Bauman, e ideas similares son esbozadas por Offe y Gorz. Como ya señalamos –y de hecho estos mismos autores lo reconocen– esta idea tampoco es nueva sino que viene planteándose desde la década de 1930, donde suele ubicarse el nacimiento de la llamada “sociedad de consumo”.[157]

En el capítulo quinto abordaremos en parte el tema. Allí argumentaremos que la “sociedad de consumo” es un modo de subsumir el valor de uso al capital –así como Marx refería a la “subsunción del trabajo al capital”. Aunque no es una respuesta directa al problema, sí nos dará elementos para entender por qué, desde un punto de vista sistémico (para nosotros siempre relacionado con la lógica del capital), el eje “consumo” en un momento deviene central aunque sin desplazar por eso al eje “trabajo” sino complementándose con él. Incluso, tendríamos que partir de una premisa más general: si una característica del capitalismo es que nuestro trabajo es un mero medio para adquirir lo que producen otros (por eso es “abstracto”), entonces “trabajo” y “consumo” constituyen relaciones sociales complementarias, puesto que mediante ambos nos relacionamos con los demás y con la sociedad en general. El capitalismo nos identifica como “trabajadores” y a la vez como “consumidores”.[158]

Más allá de ello, es comprensible que se insista ahora con este argumento atendiendo especialmente a los valores individualistas y hedonistas que en las últimas décadas han ganado cierta fuerza, y que parecen más afines con las normas que se desprenden del acto de consumo. Como ya expresamos, tal vez lo que sucede con la “ética del trabajo” es que su configuración concreta va cambiando, también en relación con lo que acontece en otras esferas de la vida. De hecho, en el capítulo sexto veremos cómo los discursos manageriales actuales formulan una nueva ética del trabajo en un sentido fuerte, lo cual sin ser definitivo podría ser un indicio de una reconfiguración de esta ética en el capitalismo actual.[159] Incluso advertiremos que estos discursos ponen en cuestión ciertas dicotomías recurrentes en los teóricos del “fin del trabajo”: sistema/mundo de la vida, esfera de heteronomía/de autonomía, acción instrumental/acción comunicativa, etc. Lo cual entendemos que también es una señal de que el trabajo, aun dentro del capitalismo, podría estar mutando en un sentido diferente al que estas teorías preveían como su destino inexorable.

Una tercera línea –que aparece por ejemplo en Bauman, Offe y Gorz– señala que el trabajo pierde fuerza en su carácter articulador de la subjetividad debido a la creciente precarización de la fuerza de trabajo, a los elevados índices de desocupación, a la desarticulación de las trayectorias laborales, a la inseguridad que una parte importante de la población experimenta en relación al mercado de trabajo, etc. Se supone que esto redundaría en una suerte de “anomia” alrededor del mundo del trabajo que llevaría a que los sujetos busquen forjar su identidad en otros “mundos de vida” más estables y coherentes (entorno familiar, grupos juveniles, etc.).

Esta línea argumentativa resulta interesante si se tiene en cuenta que busca establecer un discurso contrastante respecto a aquel que festeja las nuevas formas de contratación de la fuerza de trabajo y de gestión del trabajo concreto. En efecto, desde la década de 1990 en particular proliferan una serie de discursos que exaltan las virtudes de la nueva empresa “flexible” en tanto generadora de un sistema de trabajo menos opresivo y jerárquico y más “comunicativo”, consensual y horizontal. El blanco del ataque es el “fordismo” como modo de organizar el proceso de trabajo en base a un esquema piramidal-jerárquico de orden y autoridad, así como el contrato estándar “con garantías y a largo plazo”, generador de itinerarios laborales uniformes, seguros y previsibles. El nuevo sistema barrería con todo esto dando como resultado una empresa que aunaría la eficiencia y la competividad con una mayor libertad y autonomía de los asalariados.[160]

Frente a este planteo optimista, algunos autores han intentado mostrar que el “nuevo capitalismo flexible” en realidad resulta nocivo para la subjetividad de la mayoría de los trabajadores. El sociólogo norteamericano Richard Sennett, por ejemplo, señala que el imperativo de “flexibilidad” redunda en un régimen cortoplacista y difuso que acarrea efectos negativos sobre la personalidad y las relaciones humanas en la empresa. Algunos de estos efectos serían: 1) La inseguridad y la incertidumbre respecto al futuro en el mediano/largo plazo, lo cual además dificultaría la articulación de un relato personal coherente y estable en relación a la vida laboral;[161] 2) El resquebrajamiento de las relaciones de lealtad y confianza al interior de la empresa como resultado del imperativo hegemónico de estar cambiando siempre de tarea/proyecto;[162] y 3) La superficialidad en el modo de encarar las tareas y la pérdida de valor de la experiencia adquirida, lo cual además de atentar contra el ideal artesanal de un trabajo “bien hecho” haría pender de un modo permanente sobre el trabajador el fantasma de “volverse inútil”.[163]

La pregunta que surge entonces es de qué modo estas formas de trabajo flexibles y/o precarias alteran la relación de las personas con su trabajo y, en particular, aparece la cuestión de si puede hablarse de una pérdida de centralidad del trabajo. Hay razones para pensar que este último juicio es apresurado. Según Castel, el mismo descansa en una confusión, ya que del hecho de que el empleo ha perdido en buena medida su consistencia deriva automáticamente el juicio de valor de que habría perdido su importancia:

La “gran transformación” ocurrida desde hace unos veinte años no es, como vimos, que haya menos asalariados sino –y esta transformación es decisiva– que haya muchos más asalariados precarios, amenazados de desocupación, desestabilizados en su relación con el trabajo […] De este modo, la relación con el trabajo ha cambiado profundamente. Muchos la viven con inquietud y en última instancia como un drama, en vez de concebirla como un basamento estable a partir del cual se podría dominar el porvenir. Pero es sobre el trabajo, ya sea que se lo tenga o que falte, que sea precario o seguro, donde sigue jugándose en la actualidad el destino de la gran mayoría de nuestros contemporáneos. [164]

Así, no habría que presuponer que la “crisis del empleo” conduce automáticamente a un cambio en las subjetividades que significaría una desafección generalizada respecto al trabajo. Como en términos más generales señala De La Garza, “es simplista atribuir a las posiciones en el mercado laboral la determinación de normas, valores y actitudes”.[165] Para ilustrar esta complejidad, podemos mencionar el repaso que hace Castel de algunos estudios empíricos respecto a la actitud de los jóvenes franceses –cabe recordar que en casi todo el mundo la población juvenil es la que convive más fuertemente con las condiciones “anómalas” de empleo– ante la precariedad laboral. Las respuestas son múltiples y el abandono del “valor-trabajo” está lejos de ser la reacción unánime. Incluso en muchos casos sucede lo contrario: la precariedad se enfrenta mediante una mayor implicación con el trabajo porque se tiene la esperanza de sobrellevar y superar esa situación en base al esfuerzo.[166] Naturalmente, no vamos aquí a adentrarnos en una cuestión tan compleja que exigiría estudios empíricos rigurosos que además consideren la influencia de otros factores como las idiosincrasias nacionales y regionales, la posición social, el capital cultural, la herencia familiar, etc., pero sí queríamos dejar planteado el problema alertando sobre la necesidad de evitar simplificaciones groseras.

De todas formas, el tema de la centralidad del trabajo interactúa con una cuestión más estrictamente política. En efecto: la posibilidad de un cambio subjetivo en la relación con el trabajo no viene determinada pero sí condicionada por el orden socio-económico vigente. En nuestras sociedades, el trabajo asalariado parece seguir siendo –aun cuando se precarice y muchos lo vivencien como un drama– la relación social dominante, en tanto modo privilegiado de adquirir no sólo los bienes necesarios para vivir sino también el acceso a la vida pública. En la medida en que el apartamiento del sujeto del trabajo asalariado –sea o no voluntario– suele acarrear su marginación económica, social y simbólica, no extraña la ambivalencia subjetiva que se mantiene frente al mismo. Es así que las propuestas más radicales como la de Gorz apuntan a un cambio político-económico que vaya en la dirección de que el trabajo deje de condicionar la posibilidad de adquirir derechos económicos, sociales, etc. Esto a su vez debería venir acompañado, para ser efectivo en el mediano y largo plazo, de una transformación cultural más amplia, en vistas de la relativización del valor del trabajo para el conjunto de la vida individual y social.

Ya señalamos que esta propuesta política nos resulta atractiva porque va en la dirección de abolir el “trabajo abstracto” y, con él, el régimen de dominación capitalista. Sin embargo, apuntamos también que hay cuestiones implicadas en este planteo que nos generan dudas –en especial, un diagnóstico que exagera la crisis de la “sociedad salarial” y que subestima la capacidad del capitalismo para reproducirse y ampliar su lógica– y otras en las que directamente no estamos de acuerdo –en particular, todos los problemas que se derivan de una comprensión esencialista del desarrollo del trabajo en la sociedad moderna–.

Ahora bien, estas propuestas políticas tienen que leerse también en relación con un último sentido en el que se habla del “fin del trabajo”: el de una supuesta decadencia del papel de la clase trabajadora como sujeto político motor del cambio. Esta idea es desarrollada por Gorz –en particular, en Adiós al proletariado– y aparece en Offe, pero es indudable que está operando al menos como trasfondo en todos los planteos.

El primer argumento que se esgrime para sustentar esta afirmación no es precisamente novedoso, ya que se basa en procesos históricos claramente anteriores a la coyuntura de las últimas décadas. Es en particular Gorz quien desarrolla la idea según la cual el proyecto político del proletariado esbozado supuestamente por el marxismo –la apropiación colectiva del aparato productivo y la instauración de la autonomía en el trabajo– se habría vuelto imposible debido a que con la industrialización el proceso de trabajo ya no podría ser definido en su contenido y forma por los trabajadores; se habría descualificado (desaparición del artesanado, del obrero de oficio, etc. e instauración del taylorismo, del fordismo, etc.) y habría quedado integrado de un modo meramente funcional. Gorz plantea que al mismo tiempo que se consolidaba este proceso, la clase obrera –en particular con la instauración del Estado de Bienestar– se ha ido integrando a la sociedad, a su régimen de consumo, etc.; de este modo, habría perdido irremediablemente su proyecto de autonomía para pasar a ser dependiente –política, económica e ideológicamente– del Estado y del régimen salarial.[167]

El inconveniente de este argumento es que se sustenta en última instancia en una lectura de orden “tecnicista”, evolucionista y determinista de la dinámica de la producción moderna capitalista. Ya hemos criticado fuertemente esta perspectiva, y hemos también avanzado en una diferente que en base a Marx analiza esta dinámica en términos de un proceso históricamente determinado. Este análisis gorziano –de corte weberiano-habermasiano– conduce, como ya señalamos, a una falsa encrucijada en términos de posibilidades prácticas: o bien se vuelve a una organización premoderna del trabajo, o bien se acepta su forma existente –incluyendo el régimen salarial, el aumento de la productividad y la eficiencia como fines incuestionables, etc.– pudiéndose exigir solamente una reducción de su campo de influencia.

Lo que sugiere el análisis que presentamos en la primera parte es que con la abolición del capital y por lo tanto de la necesidad estructural de trabajo excedente, el tiempo de trabajo podría reducirse sustancialmente. Pero al mismo tiempo, el proceso de producción dejaría de estar dominado por algún fin unidimensional –el aumento de productividad, la eficiencia, etc.–, lo cual significaría que podría modificarse cualitativamente en su forma, en su contenido, en sus fines y en sus relaciones con otros aspectos de la vida social. Esta transformación de las relaciones sociales –Marx bien lo sabía– no presupone como su condición de posibilidad la existencia empírica de una clase obrera sustentada en el saber de oficio o algo equivalente –esto, independientemente de que el diagnóstico de Gorz sobre una descualificación progresiva del trabajo es por lo menos discutible–.

El otro argumento que se plantea –este sí más vinculado a la coyuntura– es que la clase obrera se ha fragmentado y debilitado como consecuencia de las transformaciones del capitalismo en las últimas décadas. En cuanto a los factores que explicarían dicha fragmentación se suele mencionar, en primer lugar, el retroceso de la clase obrera industrial a favor del obrero “de cuello blanco” producto de la terciarización de gran parte de las economías desarrolladas –este tema, en rigor, ya venía planteándose desde bastante antes con los análisis sobre el “posindustrialismo”.[168] El segundo aspecto al que se alude es el de la proliferación de formas “atípicas” de empleo que estarían desplazando de su lugar a la relación salarial supuestamente “normal” (jornada completa por tiempo indeterminado, con garantías ante el despido, etc.), exacerbándose de este modo la individualización de las relaciones laborales. Se supone que el resultado de estas tendencias es la fragmentación de la clase obrera, lo cual, agravado por el problema del desempleo en algunos países, habría impactado en los sindicatos y partidos que representan a los trabajadores, que no supieron ni pudieron adaptarse a la nueva situación del “mundo del trabajo”. Si a este diagnóstico se agrega la predicción del “fin del trabajo”, según la cual inevitablemente el número de obreros disminuirá y los restantes padecerán una fragmentación mayor, el resultado es fácilmente imaginable: el debilitamiento, la pérdida de importancia e incluso una progresiva desaparición de la clase obrera y sus representantes.

Evidentemente, este diagnóstico algo pesimista (recordemos que los autores que tratamos provienen en su mayoría de tradiciones del centro a la izquierda) se sustenta en parte en dinámicas que vienen teniendo lugar, aunque las mismas en muchos casos se exageren. Como ya hemos señalado, desde la década de 1980 se han incrementado las distintas formas de empleo flexible, aunque con distintas modalidades y alcances según los países. Si bien por el momento parece exagerado hablar como Beck de una “brasileñización” de los países desarrollados,[169] es cierto que en estos últimos las distintas formas de “empleo no estándar” aumentan hasta llegar a niveles elevados, aunque con variaciones significativas que van del 25% al 60%.[170] También es verdad que el poder de negociación de la clase asalariada se ha visto en buena medida mermado, lo cual queda evidenciado por la ya mencionada moderación –si no estancamiento– de los salarios. En cuanto a los sindicatos en particular, un índice del difícil momento que atraviesan en esta etapa es la ya comentada disminución de la tasa de afiliación en la mayor parte de los países, incluso cuando el caso extremo de EEUU –el más citado al respecto, donde la tasa para el año 2000 había descendido al 13% y donde llegó a disminuir también la masa absoluta de afiliados en el sector privado– no sea estrictamente representativo del conjunto de los países desarrollados.[171]

Siendo así, la pregunta que emerge es si este declive en el poder de la clase obrera es definitivo –como parecen al menos insinuar muchos de los autores que estuvimos viendo– o si se trata de una crisis coyuntural pero reversible. Aunque no podemos dar una respuesta definitiva a esta pregunta –no es el propósito de esta tesis hacer futurología– sí podemos señalar que en gran medida la cuestión dependerá de la capacidad que tenga el colectivo obrero de organizarse de acuerdo a intereses y objetivos comunes –que creemos que los hay–. Después de todo, y como señala De la Garza:

No es la primera vez en la historia que los sujetos obreros y sus organizaciones entran en crisis frente a las transformaciones y cambios de relaciones de fuerza en el capitalismo. Simplemente habría que recordar la crisis de los sindicatos de oficio en el siglo pasado con la extensión de la revolución industrial o a principios de este siglo con el advenimiento del Taylorismo y de los sistemas de relaciones industriales.[172]

La heterogeneidad al interior de la clase asalariada –que por cierto ha existido desde siempre, aunque hoy adopte nuevas formas– no tiene por qué ser un obstáculo absoluto para la organización; de hecho, la constitución de cualquier colectivo depende en gran medida de su capacidad para actuar en función de lo común atendiendo pero a la vez procurando superar las diferencias. Plantear la imposibilidad de esto implica suponer implícitamente que la organización política de un colectivo sólo es posible bajo una homogeneidad en las condiciones materiales que la clase obrera en su historia nunca ha conocido.

La división entre un núcleo de trabajadores “privilegiados” y una periferia de precarizados, subempleados y desocupados que aparece por ejemplo en los planteos de Gorz –en torno a esta escisión se estructura en parte su “nuevo” sujeto político, “la no-clase de los proletarios postindustriales”–[173] tiene algo de verdad, pero planteada como una división política tiende a trasformar en victimarios a quienes tal vez sean las “víctimas de lujo” del sistema, ya que este segmento se haya crecientemente sujeto a largas e intensivas jornadas laborales, a la competencia exacerbada, así como a las políticas de “flexibilidad laboral” y de “retiro anticipado” –los casos de trastornos psicológicos como el estrés en las grandes empresas, que en algunos casos llevaron a suicidios con amplia repercusión mediática, son emergentes de esta situación–. Por cierto que en muchos territorios nacionales suelen ser los partidos de centro derecha y los de extrema derecha (no por casualidad en ascenso en varios países) los que saben usufructuar estas diferencias –aunque, en relación a planteos como el de Gorz, invirtiendo los papeles de víctimas y victimarios– presentando como “usurpadores de empleos”, “asistidos” e incluso como criminales y “terroristas” a los desocupados y a los trabajadores más precarizados, empezando por los inmigrantes.

Agreguemos que en un contexto como el actual, con creciente transnacionalización de los capitales, de competencia internacional exacerbada y de deslocalización empresarial –lo cual redunda en una explotación de la fuerza de trabajo que sigue estrategias articuladas y diferenciadas a nivel mundial, como plantearemos en el próximo capítulo– uno de los grandes desafíos pendientes del movimiento obrero es el de articular con eficacia su acción a nivel global. Como señala Antunes:

Así como el capital es un sistema global, el mundo del trabajo y sus desafíos son cada vez más transnacionales, aunque la internacionalización de la cadena productiva no haya, hasta el presente, generado una respuesta internacional por parte de la clase trabajadora, que todavía se mantiene predominantemente estructurada en el ámbito nacional, lo que constituye un límite enorme para la acción de los trabajadores.[174]

Resumiendo: creemos que la tesis según la cual la clase obrera y en particular su organización socio-política entraron en una inexorable decadencia se apresura en sacar consecuencias definitivas y estructurales de una coyuntura que es compleja y desfavorable, pero que podría ser reversible a través de la acción política. Decimos que es apresurada porque se basa en supuestos teóricos simplistas (por ejemplo, en lo que hace a la formación de identidades colectivas con potencialidades políticas) y porque no evalúa suficientemente las consecuencias políticas negativas que podría tener, en especial para la izquierda (una de ellas sería sancionar teóricamente las divisiones existentes del movimiento obrero a nivel nacional y global).

Marcar estas cuestiones no implica suscribir la escatología histórica que Gorz critica,[175] aquella en la que un sujeto mítico denominado “proletariado” es invocado para cumplir una misión revolucionaria preasignada por la Razón. Estas ideas que en definitiva se sustentan en una filosofía optimista respecto al curso de la historia no están hoy a la orden del día, y no nos proponemos aquí resucitarlas. Pero la conclusión opuesta, que sostiene la imposibilidad de que la clase obrera se embarque en un proyecto emancipador –y, en el límite, ni siquiera en un proyecto que apunte a mejorar su situación dentro del capitalismo– no es menos determinista en sus premisas, incluso cuando resulte más acorde a ciertas ideas hoy ya en retirada como las del “fin de la historia”, el “fin de los grandes relatos”, etc.

Es importante insistir en que los teóricos del “fin del trabajo” no sólo tienden a borrar el conflicto de clase entre capital y trabajo. Además, al sostener que el capital puede valorizarse independientemente del trabajo –haciendo caso omiso de las distinciones marxianas entre valor de uso y valor de cambio, y entre trabajo concreto y trabajo abstracto– de un modo implícito eliminan el carácter contradictorio de la dinámica capitalista. Absuelto de toda contradicción y antagonismo, el capital se vuelve eterno. Por eso incluso en las versiones más radicales y utópicas sobre el “fin del trabajo” pareciera que el capitalismo –aun cuando pueda perder terreno en el conjunto de la vida social– siempre seguirá allí. Retomando a Fredric Jameson, el filósofo Slavoj Žižek señala irónicamente que en nuestra época parece más fácil imaginar el “fin del mundo” como resultado de una catástrofe nuclear o ecológica que un simple cambio en el modo de producción.[176] Siendo así, no debería extrañarnos que también se esté pensando en el “fin del trabajo” o del proletariado sin que eso implique el fin del capitalismo.


  1. Véase RAPOPORT, Mario y BRENTA, Noemí, Las grandes crisis del capitalismo contemporáneo, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2010, p. 35.
  2. Véanse ibíd., pp. 219-220; y ARCEO, Enrique, “El fin de un peculiar ciclo de expansión de la economía norteamericana. La crisis mundial y sus consecuencias”, en ARCEO, Enrique, BASUALDO, Eduardo y ARCEO, Nicolás, La crisis mundial y el conflicto del agro, Buenos Aires, La Página, 2009, pp. 14-15.
  3. Véase ARCEO, Enrique, ob. cit., p. 14.
  4. Sobre la importancia de las luchas obreras en este período para la comprensión de la crisis posterior, véase en particular ANTUNES, Ricardo, Los sentidos del trabajo, ob. cit., pp. 26-32.
  5. Véase RAPOPORT, Mario y BRENTA, Noemí, ob. cit., pp. 35-36.
  6. Ibíd., pp. 223-226.
  7. Véase HARVEY, David, La condición de la posmodernidad, Buenos Aires, Amorrortu, 2008, p. 168.
  8. Véase OCDE, “A review of labour markets in the 1980s.” [en línea], en Employment Outlook 1991, cap. 2. En: http://www.oecd.org/datao e cd/47/4/4348922.pdf (último acceso: agosto de 2018).
  9. Véase OCDE, Employment Outlook 2005 [en línea], p. 20, en http://img.scoop.co.nz/media/pdf s/0506/OECD.pdf (último acceso: agosto de 2018).
  10. Véase OCDE, “A review of labour…”, ob. cit., pp. 44-53.
  11. CASTELLS, Manuel, La era de la información, Vol. 1, ob. cit., pp. 322-323.
  12. Ibíd., pp. 323-326. Sobre el fenómeno de la precarización, véase también CASTEL, Robert, Las metamorfosis de la cuestión social, Buenos Aires, Paidós, 2006, pp. 404 y ss. Castel coincide en que este fenómeno es más importante y decisivo –para marcar el cambio de época– que el de la desocupación.
  13. Sobre la crisis del taylorismo y el fordismo, véanse por ejemplo: HARVEY, David, La condición…, ob. cit., cap. 9; y NEFFA, Julio, Los paradigmas productivos taylorista y fordista y su crisis, Buenos Aires, Lumen, 1998, tercera parte.
  14. Período que tampoco habría que idealizar. La expresión “los treinta gloriosos” puede conducir a olvidar que en este período no estuvieron ausentes los conflictos (piénsese en las revueltas de los ‘60), ni las exclusiones y desigualdades (por ejemplo, la implicada por el modelo del trabajador blanco, masculino, etc.). Por no hablar del colonialismo, la explotación del tercer mundo, etc.
  15. Véase CASTEL, Robert, ob. cit., pp. 405-406.
  16. Véanse: BRENTA, Noemí y RAPOPORT, Mario, ob. cit., pp. 258-265; y LO VUOLO, Rubén, “La economía política del ingreso ciudadano”, en LO VUOLO, Rubén y otros, Contra la exclusión: la propuesta del ingreso ciudadano, Buenos Aires, Miño y Dávila, 2004, pp. 122-127.
  17. Véase CASTELLS, Manuel, ob. cit., cap. 1.
  18. Véase ibíd., pp. 263-264.
  19. Según De la Garza, entre 1985 y 1995 la tasa de afiliación en el mundo disminuyó en más del 20% en el 52,3% de países y entre 5% y 20% en otro 24,6% de casos; mientras que solamente en el 13,9% de los países hubo un incremento de la tasa. Véase DE LA GARZA, Enrique, “¿Fin del trabajo o trabajo sin fin?”, ob. cit., p. 9.
  20. Véase OIT, Cambios en el mundo del trabajo [en línea], Memoria del Director General, Ginebra, 2006, p. 66. En: http://www.oit.org/public/spanish/standards/relm/ilc/ilc95/pdf/rep-i-c.pdf (último acceso: agosto de 2018).
  21. EEUU es, de hecho, el ejemplo por excelencia de las consecuencias a las cuales conducen las políticas neoliberales: estancamiento de los salarios de los deciles más bajos y aumento de la desigualdad. En el período 1973-1997, la evolución de la renta familiar anual estuvo prácticamente paralizada (0,6% promedio entre 1973-79, 0,4% entre 1979-89 y sólo 0,1% entre 1989-97, contra el 2,8% del período de posguerra). Los trabajadores con menores remuneraciones llevaron la peor parte, experimentando una baja anual promedio del 0,4%. La desigualdad aumentó notablemente en el período: medida por el índice de Gini, pasó de 0,399 en 1967 a 0,45 en 1995 (Véase CASTELLS, Manuel, La era de la información, Vol. 3: Fin de Milenio, Madrid, Alianza, 2006, p. 158-162).
  22. Estos procesos dieron lugar a la formación, por primera vez, de un mercado mundial para el dinero y el crédito (véase HARVEY, David, ob. cit., pp. 184 y ss.). Ahondaremos en el fenómeno de la “financiarización” de la economía en el capítulo quinto, parágrafo V.
  23. Entre 1960 y 2002, la contribución de las importaciones y exportaciones al PBI mundial se duplicó, pasando del 24 al 48% (véase OIT, cambios en el mundo del trabajo, ob. cit., pp. 10-11).
  24. Véanse ibíd., p. 13; y NEFFA, Julio, Los paradigmas…, ob. cit., pp. 146 y ss. En el capítulo cuarto, parágrafo IV, nos explayaremos un poco más sobre esta cuestión.
  25. Según un informe de la OIT, de una muestra de 73 países (tanto desarrollados como en desarrollo y en transición) para los cuales se cuenta con datos, comparando el decenio de 1960 con el de 1990 la desigualdad había aumentado en 48 de ellos y sólo había disminuido en 9. De entre los 22 países desarrollados tomados en la muestra, la desigualdad había aumentado en 21 de ellos (véase OIT, Por una globalización justa: crear oportunidades para todos [en línea], Informe de la Comisión Mundial sobre la Dimensión Social de la Globalización, Ginebra, 2004, p. 48. En: http://www.ilo.org/public/spanish/wcsdg/docs/report.pdf (último acceso: agosto de 2018). Para una visión global del fenómeno, véase CASTELLS, Manuel, La era de la información, Vol. 3, ob. cit., pp. 101-110.
  26. Véase CASTEL, Robert, Las metamorfosis de la cuestión social, ob. cit., cap. 7.
  27. Sobre la teoría del “capital humano” en el neoliberalismo, véase FOUCAULT, Michel, Nacimiento de la biopolítica, Buenos Aires, FCE, 2007, pp. 255-274.
  28. Véanse por ejemplo: CASTELLS, Manuel, Le era de la información, Vol. 1, ob. cit., pp. 301-321; DE LA GARZA, Enrique, “¿Fin del trabajo o trabajo sin fin?”, ob. cit. Este artículo además hace una clara clasificación de las distintas cuestiones implicadas en la discusión, que en parte utilizamos en nuestro balance del parágrafo III de este capítulo. Para una exposición del debate, que incluye un escueto resumen de las posiciones de cada uno de los autores que intervienen en el mismo, véase NEFFA, Julio, El trabajo humano, ob. cit., segunda parte.
  29. Véanse CASTEL, Robert, Las metamorfosis…, ob. cit., p. 466; y CASTEL, Robert, El ascenso de las incertidumbres… ob. cit., pp. 83-90.
  30. El sociólogo brasileño Ricardo Antunes ha dedicado dos libros al tema: véanse ANTUNES, Ricardo, Los sentidos del trabajo, ob. cit.; y ANTUNES, Ricardo, Adiós al trabajo…, ob. cit. Véanse además, entre otros, los siguientes artículos: HARRIBEY, Jean-Marie, “El fin del trabajo: de la ilusión al objetivo”, en DE LA GARZA, Enrique y NEFFA, Julio (comps.), El trabajo del futuro. El futuro del trabajo, Buenos Aires, CLACSO, 2001, pp. 33-49; LAZZARATO, Maurizio, “El trabajo: un nuevo debate para viejas alternativas”, ob. cit.; y COLLIN, Denis, “Las tesis sobre «El fin del trabajo»: ideología y realidad social”, en Herramienta, Nº 6 [en línea], 1998. En: http://www.herramienta.com.ar/revista-impresa/revista-herramienta-n-6 (último acceso: 30/11/13).
  31. Véase RIFKIN, Jeremy, El fin del trabajo, ob. cit., pp. 237-247.
  32. Véase ibíd., pp. 209-214.
  33. Véase ibíd., cap. 15.
  34. Véase ibíd., caps. 17 y 18.
  35. CASTELLS, Manuel, La era de la información, Vol. 1, ob. cit., pp. 307-308.
  36. Véase OIT, Tendencias mundiales de empleo: enero de 2009, OIT, Ginebra, 2009, p. 28.
  37. Véase OIT, Tendencias mundiales de empleo: enero de 2007, OIT, Ginebra, 2007, p. 2.
  38. Véase OCDE, Employment Outlook 2005, OCDE, 2005, p. 238.
  39. Véase CASTELLS, Manuel, La era de la información, Vol. 1, ob. cit., p. 311.
  40. Véase DE LA GARZA, Enrique, “¿Fin del trabajo o trabajo sin fin?, ob. cit., pp. 6-7.
  41. Véase CASTEL, Robert, El ascenso de las incertidumbres, ob. cit., p. 83.
  42. Así, por ejemplo, parece plausible que el menor desempleo en EEUU respecto a Europa se deba a la creación de empleos de baja calidad en el sector de servicios antes que al impulso de las nuevas industrias tecnológicas.
  43. Véase CASTELLS, Manuel, “Globalización, tecnología, trabajo, empleo y empresa” en La Factoría, Nº 7, La Rectoría, Colomers, 1997, p. 9.
  44. Sobre la moderación de los salarios en la década de 1980, véase OCDE, Employment Outlook 1991, cap. 2: “A review of labour markets in the 1980s.”, ob. cit., p. 55; y HARVEY, David, La condición…, ob. cit., p. 173.
  45. Según un informe publicado por la OIT, entre 1980 y 1994 tanto en los países desarrollados como en los países en vías de desarrollo disminuye el aporte de la agricultura al PBI y aumenta el aporte del sector servicios. En cambio, es en la manufactura donde los senderos de las dos regiones se separan: mientras que en los países desarrollados se produce una reducción del 24,2% al 22%, en los países en desarrollo hay una mayor participación de la manufactura en el PBI, que pasa del 19,4% al 24,2%. Véase BHORAT, Haroon y LUNDALL, Paul, Employment and labour market effects of globalization: selected issues for policy management [en línea], Ginebra, OIT, 2004, p. 13. En: http://www.ilo.org/empel m/pubs/WCMS_114330/lang–es/index.htm (último acceso: febrero de 2018). En consonancia, las estadísticas de empleo por sectores siguen patrones similares: “entre 1970 y 1997, aunque los empleos en la manufacturación descendieron ligeramente en los Estados Unidos (de 19.367 a 18.657 millones) y de forma sustancial en la Unión Europea (de 38.400 millones a 29.919 millones), en realidad aumentaron en Japón y se multiplicaron por un factor entre 1,5 y 4 en la mayoría de los países en vías de industrialización, por lo que, en conjunto, los nuevos empleos en el sector de manufacturación en otros lugares superaron con mucho las pérdidas en el mundo desarrollado” (CASTELLS, Manuel, La era de la información, Vol. 1, ob. cit., p. 259). Evidentemente, las teorías sobre el “posindustrialismo” deberían ser revisadas a la luz de este fenómeno.
  46. RIFKIN, Jeremy, ob. cit., p. 23.
  47. Rifkin justifica su medida en vistas de la reducción del paro, y a posteriori trae a colación el problema de si los trabajadores tienen derecho a recibir una parte de las ganancias derivadas del aumento de la productividad. Llama la atención el modo en que justifica este derecho: no por la contribución a la producción de los trabajadores en tanto tales, sino de los trabajadores en tanto inversionistas, ya que según él en EEUU la mayor parte de las inversiones en tecnologías que incrementan la productividad provienen de los fondos de pensión.
  48. Sobre estos casos y sus resultados, véase MIGUELEZ LOBO, Fausto y otros, “El tiempo de trabajo: ¿la última frontera?”, en Revista universitaria de ciencias del trabajoNº 6, 2005, pp. 83-104.
  49. Como bien se pregunta retóricamente Harribey: “El tercer sector ¿sería sólo una máquina de guerra contra los servicios públicos, argumentando a partir de sus defectos, no para suprimir las fallas sino los propios servicios en cuanto tales?” Véase HARRIBEY, Jean-Marie, ob. cit., p. 42.
  50. Véase RIFKIN, Jeremy, ob. cit., pp. 293-297.
  51. GORZ, André, Adiós al proletariado (más allá del socialismo), Buenos Aires, Imago Mundi, 1989, p. 9.
  52. GORZ, André, Metamorfosis del trabajo, Madrid, Sistema, 1997, pp. 25-26.
  53. Ibíd., p. 51. Véase también GORZ, André, Adiós al proletariado…, ob. cit., pte. II: “Poder personal y poder funcional”.
  54. Gorz reconoce esta correspondencia; lo único que le reclama a Habermas es el hecho de haber confundido dos tipos de “heterorregulación”: la espontánea, resultado de la agregación de acciones individuales (mercado) y la programada, resultado de un organigrama impuesto a los individuos independientemente de sus intenciones (véase Metamorfosis…, ob. cit., p. 53).
  55. GORZ, André, Metamorfosis del trabajo, ob. cit., p. 162.
  56. Véase ibíd., p. 63.
  57. Así criticaba con ironía este tipo de nostalgia en el caso de Proudhon: “Lo que caracteriza la división del trabajo en el taller automático, es que el trabajo ha perdido en él todo carácter de especialidad […] El taller automático borra las especies y el idiotismo de oficio. Proudhon, que no ha comprendido tan siquiera este solo lado revolucionario del taller automático, da un paso atrás, y propone al obrero que ejecute, no sólo la duodécima parte de un alfiler, sino sucesivamente todas las doce partes. De este modo el obrero llegaría a la ciencia y a la conciencia del alfiler.” (MARX, Karl, Miseria de la filosofía, ob. cit., p. 159).
  58. Véanse GORZ, André, Metamorfosis del trabajo, ob. cit., primera parte, cap. II; y GORZ, André, Adiós al proletariado…, ob. cit., pp. 31-35.
  59. Algo de esto hace Gorz (véase ibíd.), que toma particularmente textos sobre esta cuestión de La ideología alemana y los Grundrisse. Establece también un contraste (bastante discutible a mi juicio) de éstos con el texto del Libro III de El capital referido al “reino de la libertad”.
  60. “El fracaso del panracionalismo socialista no puede explicarse solamente por razones históricas y empíricas. Su razón profunda es ontológica: es ontológicamente como la utopía marxista de la coincidencia del trabajo funcional y de la actividad personal, es irrealizable a escala de los grandes sistemas(GORZ, André, Metamorfosis…, ob. cit., p. 63).
  61. Ibíd., p. 12.
  62. Así aclaraba Marx en un pasaje de los Grundrisse –que por su relevancia merece ser citado a pesar de su extensión– esta diferencia crucial y muchas veces desatendida: “Economía del tiempo: a esto se reduce finalmente toda economía. La sociedad debe repartir su tiempo de manera planificada para conseguir una producción adecuada a sus necesidades de conjunto, así como el individuo debe también dividir el suyo con exactitud para adquirir los conocimientos en las proporciones adecuadas o para satisfacer las variadas exigencias de su actividad. Economía del tiempo y repartición planificada del tiempo entre las distintas ramas de la producción resultan siempre la primera ley económica sobre la base de la producción colectiva. Incluso vale como ley en mucho más alto grado. Sin embargo, esto es esencialmente distinto de la medida de los valores de cambio (trabajos o productos del trabajo) mediante el tiempo de trabajo. Los trabajos de los individuos en una misma rama y los diferentes tipos de trabajo varían no sólo cuantitativamente sino también cualitativamente. ¿Qué supone la distinción puramente cuantitativa de los objetos? Su identidad cualitativa. Así, la medida cuantitativa de los trabajos presupone su igualdad cualitativa, la identidad de su cualidad” (ob. cit., I, p. 101, la cursiva es mía). Este pasaje, además, tiene la virtud de ratificar nuestra lectura sobre la especificidad histórica de la teoría del valor, así como la importancia de las categorías de “trabajo abstracto” y “tiempo abstracto”. Sobre esta diferencia entre economía del tiempo y economía fundada en el valor, véase también POSTONE, Moishe, ob. cit., pp. 483-484.
  63. Véase GORZ, André, Metamorfosis…, ob. cit., pp. 181-182.
  64. Ibíd., p. 184.
  65. Como hace notar Noguera Ferrer (véase ob. cit., pp. 142-143).
  66. Véase GORZ, André, Metamorfosis…, ob. cit., p. 16.
  67. Véase ibíd., pp. 185-190.
  68. GORZ, André, Adiós al proletariado…, ob. cit., p. 11.
  69. Véase GORZ, André, Los caminos del paraíso: para comprender la crisis y salir por izquierda, Barcelona, Laia, 1986, p. 51.
  70. Ibíd., p. 53.
  71. Véanse: ibíd., p. 27; y GORZ, André, Miserias del presente, riqueza de lo posible, Buenos Aires, Paidós, 2003, pp. 19-24. Una tesis similar es defendida con énfasis por la corriente del “autonomismo italiano”, con la cual Gorz comparte algunas ideas y disiente explícitamente en otras.
  72. GORZ, André, Los caminos del paraíso…, ob. cit., pp. 64-65.
  73. Contrariamente a Rifkin, Gorz no acepta la idea de instituir un salario social como contrapartida de las actividades prestadas en el tercer sector. Según él (y nosotros planteamos una crítica similar, entre otras) esto sería contradictorio, porque tornaría obligatorio al voluntariado y pondría a jugar en él un interés monetario. De todas formas, tampoco piensa que deba establecerse una renta incondicional, sino que el salario social debería ser la contrapartida del trabajo obligatorio prestado en la esfera pública. Por lo tanto, repartir el tiempo de trabajo y reducir la jornada laboral serían las condiciones de posibilidad de la institución conjunta de un derecho/obligación al trabajo y de un derecho al salario que resultarían inescindibles. Esta es la posición que mantuvo Gorz hasta Metamorfosis del trabajo. Posteriormente, en Miserias del presente…, cambia de postura y sostiene la necesidad de instituir una renta universal e incondicional (véase ob. cit., pp. 95 y ss.).
  74. Ob. cit., p. 86.
  75. Véase GORZ, André, Miserias…, ob. cit., p. 53.
  76. Ibíd., pp. 66-67.
  77. Por ejemplo: “La sociedad en la cual todos podían esperar tener un lugar, un futuro balizado, una seguridad, una utilidad, esta sociedad –la ‘sociedad del trabajo’– está muerta. El trabajo no conserva más que una especie de lugar central fantasma, en el sentido en que al amputado le duele el miembro que no tiene más. Estamos en una sociedad de trabajo fantasma que sobrevive fantasmáticamente a su extinción gracias a las invocaciones obsesivas, reactivas de aquellos que continúan viendo en ella la única sociedad posible y no pueden imaginar otro futuro que la vuelta al pasado” (Ibíd., p. 67).
  78. Ibíd., p. 95.
  79. Ibíd., p. 99.
  80. Recuérdese respecto a esto lo que apuntamos sobre la superposición, dentro de este sistema, de dos tipos de necesidad: la necesidad “natural” de mantener el proceso de vida y la históricamente específica, vinculada entre otras cosas al plustrabajo como condición de posibilidad de la reproducción del capital (véase supra, capítulo segundo, apartado VI).
  81. La obra de Gorz posterior a Miserias del presente… acentúa aún más los desplazamientos que, como señalamos, ya se insinuaban en ésta frente a las anteriores. En sus últimos escritos, la cuestión del “trabajo heterónomo” ha desaparecido definitivamente; la “economía inmaterial” sería la crisis inevitable del capitalismo; finalmente, un sujeto potencialmente disruptivo se estaría incubando en el nuevo “trabajador cognitivo”. Estas ideas –presentes en particular en la última obra importante de Gorz, L’Immatériel (publicada en francés en 2003 y sólo traducida al inglés hasta el momento)– lo aproximan a las posturas de los teóricos del autonomismo italiano y a las tesis sobre el “capitalismo cognitivo”, e implican una distancia considerable respecto a mucho de lo que venía sosteniendo desde 1980.
  82. Parte de los contenidos de este apartado son retomados en mi artículo: “Los límites de un concepto reducido de “trabajo”: apuntes críticos a partir de la genealogía trazada por Dominique Méda”, Signos Filosóficos, Vol. XX Nro. 39 (enero-julio 2018), pp. 34-59, Universidad Autónoma Metropolitana, México [en línea: http://signosfilosoficos.izt.uam.mx].
  83. MÉDA, Dominique, El trabajo. Un valor en peligro de extinción, Barcelona, Gedisa, 1998, p. 15.
  84. Véase ibíd., pp. 16-18.
  85. Véase ibíd., pp. 9-10.
  86. La genealogía del valor-trabajo recuerda así al proceder nietzscheano de deconstrucción de los valores morales que puede encontrarse en escritos como Genealogía de la moral. Ninguna relación tiene esta acepción con la teoría del valor-trabajo de Marx, más allá de que muchos teóricos del “fin del trabajo” entiendan –a mi juicio erróneamente– que dicha teoría conlleva una visión positiva –de raigambre “prometeica”– del trabajo.
  87. Véase ibíd., pp. 28-32.
  88. Hacemos notar que esta distinción se corresponde con la que Arendt establecía entre labor y trabajo.
  89. Véase ibíd., pp. 34-35.
  90. Véase ibíd., pp. 35-37.
  91. Ibíd., p. 52.
  92. Ibíd.
  93. Ibíd., pp. 53-54.
  94. Ibíd., p. 64.
  95. Ibíd., p. 67.
  96. Ibíd., p. 70.
  97. Ibíd., p. 72.
  98. Ibíd., p. 78.
  99. Véase ibíd., pp. 79-81.
  100. Véase ibíd., pp. 81-83. Nótese que a diferencia de la lectura de Arendt sobre Marx, para Méda sería el “trabajo” y no la “labor” lo que constituiría la esencia del hombre según el filósofo alemán.
  101. Véase ibíd., pp. 84-85.
  102. Ibíd., p. 109.
  103. Ibíd.
  104. Ibíd., pp. 114-115.
  105. Sobre estas tres lógicas, véase ibíd., pp. 114-124.
  106. Ibíd., p. 130.
  107. Ibíd., pp. 130-131.
  108. Ibíd., p. 156.
  109. Véase ibíd., pp. 135-138.
  110. Véase ibíd., pp. 139-144.
  111. Véase ibíd., pp. 240-243.
  112. Por el contrario, la resignación de Méda ante el trabajo existente se corrobora en afirmaciones como esta: “desencantar el trabajo, descargarlo de las excesivas esperanzas que le fueron confiadas y pasar a considerarlo tal como es exigiría un cambio radical de las representaciones” (Ibíd., p. 238, la cursiva es mía).
  113. Jorge Riechmann en ABASOLO POZAS, Olga, “Perspectivas sobre el trabajo en la crisis del capitalismo: diálogo entre José Manuel Naredo y Jorge Riechmann”, en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, Nº 108, 2009, p. 151.
  114. Estos movimientos son acusados por ciertos sectores de “romanticismo” y de aponerse el “progreso”: ¡exactamente lo mismo que Habermas le reprochaba al concepto utópico de “trabajo” de Marx!
  115. MÉDA, Dominique, El trabajo…, ob. cit., pp. 236-237.
  116. Véase ibíd., pp. 237-238.
  117. Algo similar vimos que ocurría en el planteo gorziano.
  118. Véase ibíd., pp. 240-243.
  119. Véanse por ejemplo: FORRESTER, Viviane, El horror económico, Buenos Aires, FCE, 1997; y BECK, Ulrich, Un nuevo mundo feliz. La precariedad del trabajo en la era de la globalización, Barcelona, Paidós, 2007. Aunque dispares en muchos aspectos, en ambos ensayos volvemos a encontrar la idea de que el trabajo asalariado es cada vez más prescindible para el sistema productivo, por lo cual se haría necesario abandonar el sueño del “pleno empleo” y pensar alternativas a la “sociedad del trabajo”.
  120. Véase OFFE, Claus, “¿Es el trabajo una categoría sociológica clave?”, en La sociedad del trabajo…, ob. cit., pp. 17-51.
  121. Ibíd., p. 21.
  122. Véase ibíd., pp. 26-28.
  123. Ibíd., p. 32.
  124. Véase ibíd., pp. 36-37.
  125. Véase ibíd., pp. 39-44. A propósito del tema del desempleo, cabe mencionar que Offe en 1995 (trece años después de la publicación del escrito que estamos revisando) publica un breve artículo en el que en líneas generales repite el diagnóstico y las recetas que suelen plantear los teóricos del “fin del trabajo”. Afirma allí que el pleno empleo constituye un objetivo que se ha vuelto imposible, aunque no responsabiliza por esto a las tecnologías sino a las condiciones de competitividad exacerbada que la globalización impone a los países de la Unión Europea. En consecuencia, propone evaluar medidas de política económica y social alternativas, como la institución de una renta mínima garantizada, la reducción de la jornada laboral y la revalorización social de actividades útiles realizadas por fuera del mercado laboral (véase OFFE, Claus, “Pleno empleo, ¿una cuestión mal planteada?”, en Sociedad, Nº 9, septiembre de 1996, pp. 143-151).
  126. OFFE, Claus, “¿Es el trabajo…”, ob. cit., pp. 47-48.
  127. Véase ibíd., p. 49.
  128. Véase DE LA GARZA, Enrique, “¿Fin del trabajo o trabajo sin fin?”, ob. cit., pp. 10-11.
  129. OFFE, Claus, “¿Es el trabajo…, ob. cit., p. 30.
  130. Véase BAUMAN, Zygmunt, Modernidad líquida, Buenos Aires, FCE, 2002.
  131. Véase ibíd., especialmente pp. 7-20, 122-127 y 141-149.
  132. Véase BAUMAN, Zygmunt, Trabajo, consumismo y nuevos pobres, ob. cit., capítulo 1.
  133. Véase ibíd., pp. 43-53.
  134. Véase ibíd., pp. 53-62.
  135. BAUMAN, Zygmunt, Modernidad líquida, ob. cit., p. 154.
  136. Ibíd., p. 159.
  137. BAUMAN, Zygmunt, Trabajo, consumismo…, ob. cit., p. 102.
  138. Ibíd., p. 113.
  139. Véase ibíd., pp. 37-41.
  140. Véase CASTEL, Robert, Las metamorfosis…, ob. cit., pp. 188 y ss.
  141. Véase CASTEL, Robert, El ascenso…, ob. cit., pp. 91-93.
  142. Como señala Castells: “no existe una relación estadísticamente significativa entre la difusión de tecnologías y la evolución del empleo en el período 1987-1994 […] Si pudiera desprenderse alguna pauta de los datos internacionales sería en la dirección opuesta a las predicciones ludditas: el superior nivel tecnológico suele asociarse a una tasa de paro inferior” (La era de la información, Vol. 1, ob. cit., p. 310).
  143. Cabe agregar que incluso a nivel microeconómico, algunos estudios respecto del impacto de las TIC sobre el empleo por empresa y por ramas de actividad muestran resultados dispares, lejos de la monotonía de los casos que cita Rifkin. Sobre estos estudios, véase ibíd., pp. 313-317.
  144. De un modo similar, sostiene Castells: “Si la economía no crece, es evidente que las tecnologías que ahorran trabajo reducirán la jornada laboral requerida. Pero, en el pasado, el rápido cambio tecnológico se ha solido asociar con una tendencia expansionista que, al aumentar la demanda y la producción, ha generado la necesidad de más jornadas en términos absolutos, aun cuando represente menos tiempo de trabajo por unidad de producción. Sin embargo, el punto clave en el nuevo período histórico es que en un sistema económico integrado internacionalmente, la expansión de la demanda y la producción dependerá de la competividad de cada unidad económica y de su ubicación en un escenario institucional determinado (también llamado nación). Puesto que la calidad y los costes de producción, determinantes de la productividad, dependerán en buena medida del producto y del proceso de innovación, es probable que el cambio tecnológico más rápido de una firma, industria o economía nacional determinadas obtenga como resultado un nivel de empleo más elevado y no más bajo.” (Ibíd., pp. 317-318).
  145. Véase MARX, Karl, El capital, Tomo I, ob. cit., pp. 802-803.
  146. Sobre el discurso neoliberal y su interés por instalar en las ciencias sociales el concepto de “exclusión”, véase MATELLANES, Marcelo, “El fracaso político del capitalismo”, en Realidad económica, Nº 158, Buenos Aires, Instituto Argentino para el Desarrollo Económico (IADE), 1998, pp. 61-62.
  147. La tesis parece ser aceptada al menos implícitamente por todos, en la medida en que insinúan que el capital ya no necesita del trabajo para valorizarse.
  148. Véase en particular infra, capítulo sexto, parágrafo I.
  149. Véase ASTARITA, Rolando, “Distintos enfoques sobre la globalización” [en línea]. En: http://rolandoastarita.wordpress.com/2011/04/12/distintos-enfoques-sobre-la-globalizacion-1/#more-1608 (último acceso: 14/08/18).
  150. Véase OIT, Cambios en el mundo del trabajo, ob. cit., p. 10.
  151. Véase HARVEY, David, “El neoliberalismo como destrucción creativa” [en línea], American Academic of Political & Social Science, 2007, traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens. En: http://www.rebelion.org/noticia.php ?id=65709 (último acceso: 06/09/18).
  152. Más adelante referiremos con más amplitud a estos fenómenos (véase en especial infra, capítulo quinto, parágrafo IV).
  153. Véase HARVEY, David, “El neoliberalismo…”, ob. cit.
  154. Véase por ejemplo MOULIER BOUTANG, Yann, “Riqueza, propiedad, libertad y renta en el capitalismo cognitivo”, en MOULIER BOUTANG, Yann y otros, Capitalismo cognitivo, propiedad intelectual y creación colectiva, Madrid, Traficantes de Sueños, 2004, pp. 111-116.
  155. Véase supra, capítulo II, apartado VI.
  156. HARRIBEY, Jean-Marie, “El fin del trabajo…”, ob. cit., p. 39.
  157. Incluso el mismo Max Weber en su célebre ensayo sobre la ética protestante de 1901 se lamentaba por la pérdida de la idea de “deber profesional” en el capitalismo moderno y ya vislumbraba su reemplazo –atendiendo ante todo a lo que sucedía en la sociedad estadounidense– por la mera pasión agonal del enriquecimiento. Véase WEBER, Max, La ética protestante y el espíritu del capitalismo, Barcelona, Península, 1979, pp. 258-260.
  158. Esta idea es sugerida también por Postone en base a su análisis del concepto de “trabajo abstracto” (véase ob. cit., p. 250, nota 51).
  159. En efecto, veremos que esta es una de las tesis de Boltanski y Chiapello en un libro sugestivamente titulado (evocando a Weber) El nuevo espíritu del capitalismo.
  160. Entre estos discursos se destaca en particular el del nuevo management, que revisaremos con cierto detalle en el capítulo sexto.
  161. Véase SENNETT, Richard, La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, 2000, especialmente cap. 5.
  162. Véase SENNETT, Richard, La cultura del nuevo capitalismo, Barcelona, Anagrama, 2008, pp. 58-63.
  163. Véase ibíd., cap. 2.
  164. CASTEL, Robert, El ascenso…, ob. cit., pp. 86-87.
  165. DE LA GARZA, Enrique, “Fin del trabajo…”, ob. cit., p. 9.
  166. Véase CASTEL, Robert, El ascenso…, ob. cit., pp. 117-124.
  167. Para el desarrollo de estos temas por Gorz, véanse en particular Adiós…, ob. cit., partes I y II; y Metamorfosis…, ob. cit., primera parte, caps. III y IV.
  168. Véanse en particular TOURAINE, Alain, La sociedad post-industrial, Barcelona, Ariel, 1973 (publicado por primera vez en 1969); y BELL, Daniel, El advenimiento de la sociedad postindustrial, Madrid, Alianza, 1975 (publicado por primera vez en 1973).
  169. Con este término se quiere aludir a una precarización generalizada del trabajo como la que se da en muchos países latinoamericanos (de los que Brasil constituiría el paradigma). Véase BECK, Ulrich, Un nuevo mundo…, ob. cit., pp. 119 y ss. La tesis es al menos exagerada, ya que por ejemplo el trabajo no registrado, incluso si aumentó, sigue siendo marginal en estas economías, a diferencia de lo que ocurre en la mayor parte de Latinoamérica.
  170. Véase CASTELLS, Manuel, La era…, Vol. 1, ob. cit., pp. 321-338.
  171. Véase OIT, Cambios en el mundo…, ob. cit., p. 66.
  172. DE LA GARZA, Enrique, “Fin del trabajo…”, ob. cit., p. 13.
  173. Véase GORZ, André, Adiós…, ob. cit., pte. III, cap. 1. Hay que aclarar que en los textos posteriores de Gorz, este sujeto desaparece sin aviso y sin reemplazo a la vista.
  174. ANTUNES, Ricardo, Los sentidos…, ob. cit., p. 106.
  175. Véase GORZ, André, Adiós…, ob. cit., en especial Parte I, cap. 1.
  176. ŽIŽEK, Slavoj, “El espectro de la ideología”, en ŽIŽEK, Slavoj (comp.), Ideología: un mapa de la cuestión, Buenos Aires, FCE, 2008, p. 7.


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