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Perspectiva teórica: el abordaje al poder y el trabajo

1. La dominación y la fuerza de trabajo

Para abordar la cuestión del poder y el trabajo en relación al problema de estudio, he partido de algunos análisis de Marx con respecto a la conformación de la fuerza de trabajo. Si bien Marx no elaboró de manera específica una teoría del poder, he considerado a este autor como un punto de partida fundamental para la reflexión acerca de la dominación en los procesos de producción. Ya en el “joven Marx”[1], caracterizado por el problema de la alienación en relación al trabajo, puede encontrarse en el primer manuscrito de los “Manuscritos económico-filosóficos” de 1844 algunos aspectos que merecen ser retomados sobre la conversión del obrero en mercancía y la relación de este con el producto de su trabajo.

Al pensar el proceso de alienación en el capitalismo, Marx (1997, 110) describe un primer momento de “objetivación” que vincula al trabajador con el producto de su trabajo, donde este, en tanto trabajo objetivado, se enfrenta a aquel como un poder independiente, extraño y hostil que se impone a el trabajador. En el seno de este vínculo el obrero resulta cada vez más empobrecido cuanta más riqueza produce o cuanto más elaborado sea el producto de su trabajo.

La explicación a esta aparente paradoja de la relación entre productor y producto debe encontrarse en el acto mismo de la producción. El producto es el resultado de un proceso más complejo de enajenación activa, en el cual

el trabajador no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador solo se siente en sí fuera del trabajo y en el trabajo fuera de sí (…) ya que su trabajo no es, así, voluntario sino forzado[2].

Al poner el foco en el acto mismo de la producción, Marx describe el momento mismo de la dominación.

El proceso de alienación cuya concreción se encuentra en el momento de la producción, vuelve al trabajador ajeno de sí mismo como ser genérico en tanto pérdida de sus funciones vitales activas. La actividad productiva aparece ante el hombre solo como un medio para la satisfacción de la necesidad de mantener la existencia física (Marx, 1997, 115).

El aspecto fundamental de la dominación en el proceso de producción es que si el trabajador se enfrenta al producto de su trabajo como algo hostil, independiente y extraño a él, es porque se relaciona con el trabajo como una actividad no libre, al servicio y bajo el yugo de otro. Ese yugo se hace presente en el vínculo con el capitalista. Y el resultado de esa relación, del trabajador con el trabajo, con el producto de su trabajo y con el capitalista, es la propiedad privada (Marx, 1997, 120).

Esta pérdida de sí mismo del trabajador lo vuelve una mercancía más que solo existe cuando entra en relación con el capital. Por fuera de esta relación laboral, el hombre pierde su existencia como trabajador y se vuelve una figura inexistente e invisible (Marx, 1997).

Ya el “Marx maduro” de “El Capital” (1867) retomando algunos de estos aspectos trabajados en los “Manuscritos económico-filosófico” clarifica la relación entre el trabajador como mercancía y la fuerza de trabajo como mercancía. Por fuerza de trabajo Marx entiende

el compendio de aptitudes físicas e intelectuales que se dan en la corporeidad, en la personalidad viva de un ser humano, y que éste pone en movimiento al producir valores de uso de cualquier clase[3].

La fuerza de trabajo solo puede presentarse como mercancía en el mercado para ser vendida por su poseedor, es decir, por la persona a la que pertenece esa fuerza de trabajo. Para que la relación entre el comprador y el vendedor de la fuerza de trabajo se realice es necesario que este último solo la venda por un tiempo determinado. De venderla para siempre se convertiría en un esclavo. Otra condición esencial que marca Marx para que el poseedor de dinero y de los medios de producción pueda comprar la fuerza de trabajo es que el vendedor de la fuerza de trabajo no posea más mercancía para vender que su propia fuerza de trabajo, su corporeidad viva (Marx, 2000:226).

La fuerza de trabajo solo tiene sentido en relación al capital al momento del intercambio en el mercado, producto de una relación social de conformación histórica. Pero, el consumo y el gasto de la fuerza de trabajo no se efectúan en la esfera del mercado sino en el ámbito de la producción. Esto es, en el proceso de trabajo en donde se realiza la plusvalía. (Marx, 2000:236).

Planteadas las cuestiones esenciales desde las que he partido sobre cómo se entiende la relación entre capital y trabajo y qué se entiende por fuerza de trabajo, se plantea, asimismo, que para que el obrero se convierta en fuerza de trabajo desarrollada se requiere también de una determinada formación y educación (Marx, 2000:232). Que el consumo de la fuerza de trabajo, esto es la efectivización de la plusvalía, se realice en la esfera de la producción no quiere decir que la dominación se reduzca solo a esta esfera. El lugar de trabajo es la concreción de la explotación, pero el control de la fuerza de trabajo es un proceso que se extiende también a otras esferas más allá de la fábrica y con otras complejidades más allá de las especificidades de los procesos de producción de mercancías.

En esta tesis se busca conocer los procesos de gestión y de formación de la fuerza de trabajo. En este sentido, y tal como se sostuvo anteriormente, la fábrica es el lugar de la concreción de la explotación pero la dominación es un proceso que involucra una compleja red de actores a nivel nacional e internacional. Cuando se dice “gestión de la fuerza de trabajo” se propone, específicamente, el análisis de una serie de instituciones, técnicas y discursos que responden a la lógica de acumulación de capital y que tienen por objetivo establecer determinadas formas de conducta en los sujetos trabajadores. Al conglomerado de instituciones, técnicas y discursos que se expresan tanto a nivel nacional como internacional lo denomino “Orden managerial”,

La construcción de este problema de investigación surge de la cantidad de documentos relevados en donde se pone de manifiesto el interés del capital transnacional concentrado en la actual fase del capitalismo global por constituir un “tipo” de trabajador con características de implicación para con ciertas prácticas y discursos “manageriales”. Históricamente el capital se ha preocupado sobre cómo “administrar” a la fuerza de trabajo y, aún más, sobre como implicarla en la producción. Los textos, por ejemplo de Fayol[4] y de Taylor[5], o sobre el fordismo[6] tratan efectivamente sobre eso. Sin embargo, se visualiza que desde principios de la década de 1980 ha tomado gran trascendencia para el capital transnacional concentrado producir nuevas formas de implicación de los trabajadores más allá de lo estrictamente material-salarial, y desplazar a los sindicatos como interlocutores de los trabajadores tomando como referencia la experiencia japonesa[7]. El capital ha salido a hacer una “revolución cultural” (Onho, 1991) en donde sobre la base de ciertas continuidades con las formas de producción taylorista-fordistas emergen también importantes elementos de ruptura en lo que refiere a la “gestión” de la fuerza de trabajo.

Tal como se viene sosteniendo, las “prácticas manageriales” exceden ampliamente el espacio de la producción. La disputa por el sujeto trabajador se manifiesta en distintos niveles institucionales como en organismos internacionales, estados, ONGs, Fundaciones, y por supuesto, en las empresas. Así, y dada la característica del problema que he encontrado en el relevamiento documental, entiendo que son absolutamente complementarios y necesarios ciertos instrumentos teóricos que proporciona Michel Foucault sobre la disciplina.

2. Disciplina y poder

Para analizar los procesos de gestión y de formación de la fuerza de trabajo se retoma la noción de disciplina elaborada por Michel Foucault (2002) en “Vigilar y castigar, nacimiento de la prisión”. En este texto el autor aborda a la disciplina como forma de sujeción que toma a los cuerpos como objeto y blanco de poder. Es decir, como un control minucioso de las operaciones corporales que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y le imponen una relación de docilidad-utilidad. Un “arte” del cuerpo humano que no tiende únicamente al aumento de sus habilidades ni tampoco a hacer más pesada la sujeción, sino a la formación de un vínculo que lo hace tanto más obediente cuanto más útil (Foucault, 2002).

La disciplina para volverse técnica de control y sujeción de los cuerpos debe apelar a la creación de una serie de discursos que actúen como aparatos de saber y conocimiento en relación a los cuerpos que se pretende someter. Estos discursos que asumen la forma de un corpus de normas, construyen saberes y códigos propios de las ciencias humanas que, si bien circulan por otros carriles, son complementarios al discurso de la ley o a la regla jurídica en el ejercicio del poder.

Esta característica de la disciplina asume un papel distinto al del derecho por dos razones fundamentales. Por un lado, interviene sobre los cuerpos de acuerdo a la especificidad del ámbito en que se aplica, es decir, no es general a toda una sociedad. Por el otro, interviene desde un papel más “propositivo” en cuanto a las conductas deseadas.

Se les pedía (en referencia a las disciplinas) sobre todo originalmente que neutralizaran los peligros, que asentaran las poblaciones inútiles o agitadas, que evitaran los inconvenientes de las concentraciones demasiado numerosas; se les pide desde ahora, ya que se han vuelto capaces de ello, el desempeño de un papel positivo, haciendo que aumente la utilidad posible de los individuos. (…) La disciplina hace crecer la habilidad de cada cual, coordina esta habilidades, acelera los movimientos, multiplica la potencia de fuego, ensancha los frentes de ataque sin disminuir su vigor, aumenta la capacidad de resistencia, etc. La disciplina de taller, sin dejar de ser una manera de hacer respetar los reglamentos y las autoridades, de impedir los robos o la disipación, tiende a que aumenten las aptitudes, las velocidades, los rendimientos, y por ende las ganancias; moraliza siempre las conductas pero cada vez mas finaliza los comportamientos, y hace que entren los cuerpos en una maquinaria y las fuerzas en una economía.[8]

En cuanto al ejercicio del poder disciplinario, el autor propone que se ejerce haciéndose invisible y que se impone a aquellos a quienes somete a un principio de visibilidad obligatorio. En la disciplina son los sometidos los que tienen que ser vistos. Su iluminación garantiza el dominio del poder que se ejerce sobre ellos. El hecho de ser visto sin cesar es lo que mantiene en su sometimiento al individuo disciplinario (Foucault, 2002:192).

Este principio de visibilidad es lo que permitirá poner en funcionamiento un” poder de escritura” que será fundamental para el ejercicio efectivo de la dominación. El individuo, al ingresar en la relación de poder queda sometido a un campo documental que lo va constituyendo en sujeto. Entra en una red de vigilancia, examen y sanción normalizadora que constituye un sistema de registro que, a su vez, permitirá establecer clasificaciones sobre los sujetos de acuerdo a su utilidad por parte de la autoridad (Foucault, 2002:193).

Todo ese aparato documental da lugar a una serie de procedimientos específicos que vuelven al individuo objeto describible y analizable para establecer sistemas comparativos que permiten, a su vez, la estimación de las desviaciones, la clasificación de una determinada población y la calculabilidad de los riesgos. La formación de saberes sobre la población que se pretende controlar implica una modalidad de ejercicio del poder que se sostiene no por “hacer callar” al sometido, sino por “hacerlo hablar” (Foucault, 2008:32). Sin ese registro documental el poder no podría ejercerse con la eficacia que se ejerce la disciplina.

Especificada la manera en que se abordará la disciplina, es necesario marcar algunas particularidades sobre cómo abordaré la noción de poder en el ámbito del trabajo.

Particularmente en el ámbito que nos compete, entiendo al poder como una relación de fuerzas entre capital y trabajo en la cual el poder no es “propiedad” exclusiva de alguno de estos dos grupos sino que hay una mayor concentración de fuerzas, de recursos y de técnicas a favor del capital. Esto hace que el trabajo se encuentre en situación de subalternidad frente al capital. Si el poder “lo tuviera” en su totalidad el capital no habría relación de fuerzas entre ambos grupos. Retomando el abordaje a la disciplina, es importante destacar que en el seno de la correlación de fuerzas, el poder penetra en los individuos, los subjetiva y circula a través de ellos mediante los aparatos de saber que los han constituido. En este sentido, la relación de poder al ser una “relación”, siempre es reversible y modificable. Es tan importante para la correlación de fuerzas favorable al capital el haber legitimado en la población, mediante una serie de aparatos de saber, la propiedad privada de los medios de producción que la propiedad de los medios de producción en sí. Porque esos aparatos de saber son productivos en su función de conformar subjetividades adherentes al capital.

“Ahora bien, me parece que la noción de represión es totalmente inadecuada para dar cuenta de lo que hay justamente de productivo en el poder. Cuando se definen los efectos del poder por la represión se da una concepción puramente jurídica del poder, se identifica al poder a una ley que dice no; se privilegiaría sobre todo la fuerza de la prohibición. Ahora bien, pienso que esta es una concepción negativa, estrecha, esquelética del poder que ha sido curiosamente compartida. Si el poder no fuera más que represivo, si no hiciera nunca otra cosa que decir no, ¿pensáis realmente que se le obedecería? Lo que hace que el poder agarre, que se le acepte, es simplemente que no pesa como una fuerza que dice no, sino que de hecho va más allá, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos; es preciso considerarlo como una red productiva que atraviesa todo el cuerpo social más que como una instancia negativa que tiene como función reprimir“[9]

Sin embargo, esta modalidad de acción “microfísica” del poder que forma saberes y constituye sujetos explica una parte importante pero no la totalidad de la problemática que se abordará en esta tesis. El análisis capilar permite observar el funcionamiento de los procesos de sometimiento y sus articulaciones a nivel local, pero no da lugar a observar la conformación de un ordenamiento más amplio de fuentes de saber/poder a nivel mundial sobre cómo debe gestionarse de la fuerza de trabajo. ¿Por qué la Organización Internacional de Normalización (ISO) plantea lo mismo que el Banco Interamericano de desarrollo (BID) en cuanto a cómo debe gestionarse la fuerza de trabajo? ¿Por qué estos organismos internacionales actúan conjuntamente con otros como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ¿Por qué estas recomendaciones tienen un anclaje, mediante proyectos que se instrumentan por la vía de ONGs, Fundaciones o políticas públicas en los estados latinoamericanos? ¿Qué saberes pretenden estas instituciones que se interioricen, a modo de discursos de verdad, sobre cómo deben ser los trabajadores?

Lejos de entender a estas instituciones como hacedoras de un fenómeno de dominación masivo se entienden como fuentes productoras de saber, tanto en su dimensión ideológica como en el sentido de instrumentos efectivos de formación de saberes con una fuerte capacidad para divulgar “verdades” sobre la gestión de los trabajadores a nivel global. Esta capacidad de conformar prácticas discursivas de verdad hace que el poder se concentre, se distribuya de manera desigual en relación al trabajo y circule con una mayor eficacia a través de los individuos que ha constituido localmente. Estos lugares de producción de saberes y de divulgación de verdades actúan conjuntamente con las grandes empresas transnacionales de capital concentrado que aportan el material de registro sobre la “experiencia exitosa” que luego se transforma en un conocimiento sistematizado a ser divulgado a empresas de menor tamaño en países periféricos.

3. La noción de “hegemonía”

Es necesario para la comprensión de este funcionamiento de los aparatos de saber a nivel global, y que serán descriptos a lo largo de la primera parte de la tesis, introducir en el análisis la noción de “hegemonía” de Antonio Gramsci[10].

Gramsci postula que el origen de la noción de “hegemonía” puede encontrarse en la obra de Lenin y que es su aporte teórico-práctico más importante a la filosofía de la praxis. Existen algunos puntos de acuerdo y diferencias en relación al término “hegemonía” en la obra de Lenin y Gramsci. Ambos parten, por supuesto, de la base de clase de la hegemonía y la necesidad de ampliarla, en términos de alianza, a otros sectores de los trabajadores para “obtener el consenso de las amplias masas campesinas” (Gramsci, 1992, 192). Lenin, influido por las condiciones de lucha en la Rusia zarista, destaca la matriz coercitiva de la “dictadura de la burguesía” y su dominación en tanto sistema que se sostiene fundamentalmente mediante la violencia, es decir que destaca la matriz político-militar en el seno del Estado. Si bien Gramsci está lejos de subestimar el aspecto coercitivo de las “democracias burguesas”, influido por sus análisis de las democracias liberales su noción de hegemonía subraya la importancia de la dirección cultural e ideológica de la burguesía (Portelli, 1973, 68). Al marcar la importancia de este aspecto (en vínculo orgánico con la función estatal de mantener la coerción), Gramsci considera a la dirección política de la burguesía como “hegemónica” y no como una “dominación” o una “dictadura” que solo se sostiene por la fuerza. Por lo tanto, para Gramsci el grupo que controla la sociedad civil es el grupo hegemónico y la conquista de la sociedad política remata esta hegemonía extendiéndola al conjunto del Estado. Mientras que en Lenin la relación es exactamente inversa.

En la guerra de posición, en Occidente, el estado constituye tan solo la “trinchera avanzada” de la sociedad civil, que puede resistir su demolición. La sociedad civil se convierte por lo tanto en un núcleo central o en un reducto interno, del cual el estado es meramente una superficie externa y prescindible[11].

Siguiendo con Gramsci, el aspecto esencial de la hegemonía en las democracias modernas más desarrolladas reside en el monopolio intelectual en el campo de la sociedad civil junto con la función coercitiva del Estado. La clase fundamental a nivel estructural dirige la sociedad por el consenso que obtiene gracias al control de la sociedad civil. Este control se caracteriza fundamentalmente por la difusión de su concepción del mundo entre los grupos sociales, y que posteriormente deviene en sentido común al concretarse la hegemonía. Así, el terreno esencial de la lucha contra la clase dirigente se sitúa en la sociedad civil. El término “dominación” o “dictadura” el autor lo utiliza para referirse a la situación de un grupo social no hegemónico que domina la sociedad por la sola coerción gracias a que detenta el aparato de Estado (Portelli, 1973, 70).

El funcionamiento de la hegemonía se encuentra también vinculado a la noción de alianza de clases, pero de ninguna manera se encuentra reducido a esta. Gramsci distingue la existencia de tres “tipos” de grupos sociales al interior de un sistema hegemónico: la clase dirigente, los grupos auxiliares y las clases subalternas. Mientras la clase dirigente tiene preeminencia a nivel estructural en el campo económico y a nivel superestructural en tanto posee la dirección ideológica a través de sus intelectuales, los grupos auxiliares tienen un papel secundario en el engranaje hegemónico como clase aliada o base social asociada a la clase fundamental. Al tiempo que la alianza de clases refuerza el sistema hegemónico y la dirección de la clase fundamental, esta debe hacer concesiones materiales, en términos económico-corporativos para el sostenimiento de la hegemonía, pero la dirección político-cultural está en manos de la clase fundamental, aunque la fuerza del aparato de Estado no se use contra los grupos auxiliares. Por último, las clases subalternas son las excluidas del sistema hegemónico y sobre ellas sí cae el peso de la dominación, es decir, que, sobre ellas cae la utilización predominante de la sociedad política o del aparato represivo del Estado.

Es necesario aclarar qué entiende Gramsci por sociedad civil. Desde la tradición marxista clásica, el Estado es concebido como el aparato represivo al servicio de la clase burguesa, en tanto maquinaria de dominación que se especializa en “aparatos” concretos como la policía, el ejército, los tribunales, la administración, etc (Althusser, 2005, 19). La definición gramsciana de Estado o “sociedad política”[12] se mantiene en la órbita de la teoría marxista clásica, es decir, que corresponde a la función de dominio directo, coercitivo, que es administrado por la burocracia (o personal dirigente). El concepto de “sociedad política”, si bien es homólogo al de Estado, Gramsci lo introduce para diferenciarlo del de “sociedad civil” en el seno de la superestructura. Para Gramsci, la función de la ideología es central en las sociedades capitalistas más desarrolladas porque es lo que permite producir los consensos. En estas, la dominación de la clase dirigente no se funda exclusivamente en la fuerza, sino que, por el contrario, se funda principalmente sobre la dirección ideológica de la sociedad civil. Por lo tanto, “sociedad política” y “sociedad civil” están en relación constante, en tanto que ninguna formación social moderna puede sostenerse únicamente mediante la fuerza, pero tampoco puede prescindir de un aparato represivo centralizado. La combinación entre coerción y consenso corresponde a las funciones del Estado en el campo de la sociedad política y a las funciones de la ideología en el campo de la sociedad civil respectivamente. Gramsci define a la “sociedad civil”, en “Cuadernos de la Cárcel” como “el conjunto de los organismos vulgarmente llamados privados (…) y que corresponden a la función de hegemonía que el grupo dominante ejerce en toda la sociedad”[13].

Interesa especialmente prestar atención a estos organismos “vulgarmente” llamados privados que actúan política, ideológica y culturalmente en el seno de la sociedad civil. Es la noción de hegemonía la que nos permite visualizar, a partir del relevamiento documental, la existencia de un ordenamiento con determinadas características y que responde a claros intereses del capital transnacional concentrado. Hablo de hegemonía en el sentido de que este ordenamiento global se conforma con una fuerte presencia de organismos internacionales, estados y otros organismos que actúan en el campo de la sociedad civil intentando producir “consensos” sobre cómo debe gestionarse a la fuerza de trabajo. Estos “consensos”, se sostienen mediante una práctica empresarial, que unifica a todos los organismos, y se presenta como una verdad en tanto sería la mejor manera de gestionar. Esta práctica se denomina Gestión de la Calidad.

La importancia de la noción de hegemonía, a diferencia de la “dominación” o “dictadura”, es que da lugar al análisis del control de la sociedad civil por parte de los sectores concentrados más allá del uso de la fuerza o de la coerción en el nivel del estado. Para que la concreción de la hegemonía se vuelva efectiva es necesario que la “estructura y la superestructura” del “bloque histórico” estén en vínculo orgánico.

La noción de vínculo orgánico remite, entonces, a la relación estructura-superestructura de la teoría marxista. Gramsci define a la estructura siguiendo la interpretación clásica sobre Marx en tanto es el conjunto de las fuerzas materiales y del mundo de la producción[14]. Pero, al definir a la superestructura establece dos niveles: la sociedad civil y la sociedad política (o el Estado) (Gramsci, 1979). La noción gramsciana de Estado o “sociedad política”[15] se mantiene también en la órbita de la teoría marxista clásica, es decir, que corresponde a la función de dominio directo, coercitivo, que es administrado por la burocracia (o personal que responde a la clase dirigente). Pero la noción de “sociedad civil” es radicalmente diferente a la que plantean Marx y Engels en “La ideología alemana” (1932) (1846) ya que la ubica en el nivel de la superestructura y no en el de la estructura.

Gramsci define a la “sociedad civil”, en “Cuadernos de la Cárcel” como “el conjunto de los organismos vulgarmente llamados privados (…) y que corresponden a la función de hegemonía que el grupo dominante ejerce en toda la sociedad”[16]. Asimismo, en otros pasajes del mencionado texto especifica esta definición más general en el marco de la noción de hegemonía, como el campo en el que actúa la ideología remarcando sus aspectos fundamentales:

– como ideología de la clase dirigente, en tanto abarca a todas las ramas de la ideología, desde el arte hasta el derecho y las ciencias.

– como concepción del mundo de la clase dirigente difundida entre todas las capas sociales. En este punto Gramsci establece grados cualitativos de esta difusión según las clases: filosofía, religión, sentido común y folklore.

– como dirección ideológica de la sociedad se articula en tres niveles esenciales: la ideología propiamente dicha, la estructura ideológica (organizaciones que crean y difunden la ideología), y el material ideológico (instrumentos técnicos de la difusión de la ideología como el sistema escolar, los medios de comunicación, etc) (Portelli, 1973, 17).

En el terreno de la “sociedad civil”, a la hora del análisis del funcionamiento de la hegemonía en las democracias liberales occidentales, la ideología asume un rol central. A la ideología que funciona en el seno de un sistema hegemónico Gramsci la denomina “ideología orgánica” ya que ésta organiza el terreno de la sociedad civil en vínculo orgánico con la dominación de clase que se expresa en el momento de la producción y que es, a su vez, garantizada en el nivel de la sociedad política o del estado mediante la coerción. Por lo tanto, la ideología orgánica está ligada a una clase fundamental más allá de lo económico-corporativo ya que expresa la capacidad de los grupos dirigentes de extender sus interesas a otros grupos sociales.

La finalidad de la ideología, en términos gramscianos, en las sociedades capitalistas “desarrolladas” y “en desarrollo” es producir consensos en el nivel de la sociedad civil. Es en este sentido que el poder de la clase dirigente no se funda exclusivamente en la fuerza, aunque no puede prescindir de un aparato represivo centralizado. La combinación entre coerción y consenso corresponde a las funciones del Estado en el campo de la sociedad política y a las funciones de la ideología en el campo de la sociedad civil respectivamente.

Las prácticas empresariales dan cuenta de la ideología del capital pero son algo más que eso. Retomando a Foucault (1992, 149), y ya en el marco del análisis de una relación hegemónica con las características que se vienen describiendo, las prácticas empresariales funcionan no solo mediante la ideología, sino también a través de instrumentos efectivos de gestión y de formación. Estos suponen una acumulación de saber mediante métodos de observación, técnicas de registro, procedimientos de indagación, y por sobre todas las cosas, técnicas de intervención. Esta multiplicidad de técnicas que operan en distintos niveles tanto en el estatal, como en organismos internacionales y en organismos de la sociedad civil, adquieren una orientación hegemónica en sus procedimientos de acuerdo a una clara estrategia sobre cómo implicar a la fuerza de trabajo con las prácticas y discursos que denominamos “manageriales”.

Las prácticas manageriales que vehiculizan las organizaciones que estudiamos en esta tesis intervienen tanto en dirección a la sociedad civil como en dirección al estado. Asimismo, el material que producen y difunden estos organismos, como se viene remarcando, son más que “concepciones del mundo de la clase dirigente”. Son también instrumentos efectivos de formación de conductas para el trabajo. Son “aparatos” de subjetivación que intervienen de manera tanto práctica como ideológica. Es decir, que no se remiten únicamente a la difusión de una concepción del mundo sino que dinamizan, ponen a “producir” a las conductas efectivas. Creemos, que se han constituido una serie de instrumentos que “disponen consensuadamente” a la adopción de una modalidad de gestión de la fuerza de trabajo y que la no adopción de estos instrumentos va dejando fuera a los actores que no se encauzan en las prácticas manageriales ya sean empresas o sindicatos.

4. La noción de “dispositivo”

Se considera pertinente, entonces, retomar nuevamente a Foucault e indagar en la noción de “dispositivo” para el abordaje a la problemática que se viene planteando. “Dispositivo” comenzó a ser un concepto de uso corriente en las Ciencias Sociales y Humanas a partir de la utilización que hiciera de él Michel Foucault a mediados de la década de 1970, fundamentalmente a partir de sus obras “Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión” (1975) e “Historia de la sexualidad: la voluntad de saber” (1976). Dichas obras se inscriben en lo que los analistas de Foucault mencionan como el periodo genealógico de los dispositivos, particularmente el disciplinario y el de la sexualidad. El periodo genealógico significó un cambio de perspectiva y de objeto de análisis que responde a las dificultades descriptivas que le presentaba la arqueología como método de estudio[17]. La genealogía permitió al autor francés adoptar un nuevo enfoque centrado en la problemática de los dispositivos para el análisis del poder tanto a nivel discursivo como no discursivo (Castro; 2011, 114). El uso de la noción de dispositivo en “Historia de la sexualidad: la voluntad de saber” (1976) explica el funcionamiento de una serie de intervenciones, presencias constantes, exámenes e interrogatorios que conforman una cierta dinámica en donde ejercer el poder y el escapar de él no se anulan sino que se retroalimentan, se persiguen y reactivan. Es a la necesidad de comprender esta dinámica del poder a la que respondería la noción de dispositivo.

El problema con el que nos encontramos es que Foucault no elabora en su obra una definición de “dispositivo”. Sin embargo, es posible ensayar una reconstrucción del concepto retomando una entrevista concedida en el año 1977[18] (Castro 2011; García Fanlo, 2011):

– El dispositivo es la red de relaciones que se pueden establecer entre elementos heterogéneos tales como discursos, instituciones, reglamentos, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, lo dicho y lo no dicho.

– Existe un nexo posible entre estos elementos heterogéneos que componen una red.

– Es una formación que en un momento histórico dado tuvo que responder a una urgencia, a un acontecimiento que la hace aparecer cumpliendo una función estratégica como la reabsorción de una masa de la población.

– El dispositivo da lugar a un proceso de sobredeterminación funcional. Cada efecto, querido o no querido entra en resonancia o contradicción con los otros y exige un reajuste.

Partiendo de este intento de recomposición de la noción de dispositivo en Foucault, es posible, a su vez, y para una mejor aproximación, establecer tres niveles de análisis del concepto: qué es un dispositivo, el funcionamiento del dispositivo, y los efectos del dispositivo.

1- ¿Qué es un dispositivo? El dispositivo es una formación histórico-social situada, que no se reduce exclusivamente a lo discursivo, más o menos general capaz de aglutinar en forma de red y dar sentido a una multiplicidad de elementos heterogéneos tanto prácticos como discursivos.

2- El funcionamiento del dispositivo. El dispositivo, entre los elementos heterogéneos de la red involucra a individuos mediante un funcionamiento que implica un proceso de reabsorción, captura o control de estos produciendo formas de subjetividad.

3- Los efectos del dispositivo. Si bien es posible conocer de manera más o menos acabada el funcionamiento de un dispositivo (sus instituciones, reglamentos, medidas administrativas, técnicas de control, etc.) y si bien el dispositivo responde a funciones estratégicas en los juegos de poder, los efectos del dispositivo se caracterizan por lo “no previsto de antemano”,

Establecer estos niveles de análisis nos permite también visibilizar lo que no es un dispositivo para Foucault e identificar un equívoco bastante común en el uso de esta noción desde la perspectiva foucaultiana. En este sentido, un dispositivo no es una institución, como podría ser por ejemplo una cárcel o una fábrica, sino que es una “red de saber, poder y subjetividad”, en tanto elementos heterogéneos, que se constituyen en torno a lo carcelario o en torno a lo fabril. En este sentido, la cárcel o la fábrica no serían un dispositivo sino una tecnología de poder[19] que funciona en el seno del dispositivo como un elemento más entre otros. Asimismo, tampoco serían dispositivos el conjunto de técnicas discursivas y no discursivas que funcionan por dentro de una institución carcelaria o fabril. Estas serían técnicas, herramientas o tácticas.

Si bien en esta tesis seguiremos esta interpretación sobre la propuesta de Foucault, es necesario plantear algunas cuestiones en relación a la noción de dispositivo en Deleuze y Agamben[20].

Gilles Deleuze en su artículo “¿Qué es un dispositivo” (1990), propone un cierto desplazamiento de esta noción con respecto a Foucault. Si en Foucault este concepto hace referencia a formaciones histórico-sociales más o menos generales, y por lo tanto más o menos estables, aunque compuestas por elementos heterogéneos, en Deleuze hay un desarrollo de los dispositivos hacia una perspectiva del desequilibrio constante.

Pero ¿qué es un dispositivo? En primer lugar es una especie de ovillo o madeja, un conjunto multilineal. Está compuesto de líneas de diferente naturaleza y estas líneas del dispositivo no abarcan ni rodean sistemas cada uno de los cuales sería homogéneo por su cuenta (el objeto, el sujeto, el lenguaje), sino que siguen direcciones diferentes, forman procesos siempre en desequilibrio y esas líneas tanto se acercan unas a otras como se alejan unas de otras. Cada línea está quebrada y sometida a variaciones de dirección (bifurcada, ahorquillada), sometida a derivaciones.[21]

Desde esta perspectiva, la noción de dispositivo perdería cierto estatus de “formación histórico-social” compuesta por capas de sedimentación relativamente estables que garantizan cierta repetición de prácticas discursivas o no discursivas y pasaría a ser “un conjunto de líneas multidireccionales en constante desequilibrio”. Este desplazamiento que propone Deleuze que iría de la “formación histórico-social” al “conjunto multidireccional de líneas” modifica de manera notoria la propuesta de Foucault. Por lo tanto se abre una perspectiva del dispositivo que resalta mucho más su aspecto inestable.

Desde esta perspectiva, se proponen 4 dimensiones de análisis de los dispositivos:

– Las líneas de visibilidad, en tanto regímenes de luz que distribuyen lo visible y lo invisible.

– Las líneas o regímenes de enunciación, que definen lo enunciable de lo no enunciable.

– Las líneas de fuerza, en constante batalla unas con otras. Esta es la dimensión del poder.

– La dimensión del sí mismo, que es la producción de subjetividad[22].

Esta perspectiva de las “líneas multidireccionales” produce también una gran mutación, además de en la definición del concepto, en la utilización del mismo “apartándose de lo eterno para aprehender lo nuevo” (Deleuze; 1990, 159).

La novedad de unos dispositivos respecto de los anteriores es lo que llamamos su actualidad, nuestra actualidad. Lo nuevo es lo actual. Lo actual no es lo que somos sino que es más bien lo que vamos siendo, lo que llegamos a ser, es decir, lo otro, nuestra diferente evolución. En todo dispositivo hay que distinguir lo que somos (lo que ya no somos) y lo que estamos siendo: la parte de la historia y la parte de lo actual.[23]

Desde esta posición, entonces, la historia perdería su condición de formación social relativamente estable pasando a ser un conjunto multidireccional de líneas que nunca encuentran un punto fijo de estabilidad en los procesos de subjetivación (ya no somos y siempre estamos siendo). El elemento de la historia, lo perdurable y persistente en la función del dispositivo queda por detrás en relación al elemento del cambio constante, bajo una exaltación de lo singular y del desequilibrio.

Por el contrario, y a diferencia de la perspectiva de Deleuze, Agamben (2011) dimensiona la importancia de la valoración del elemento histórico en la función del dispositivo en Foucault. La intención de Foucault al introducir esta noción es estudiar la relación entre los individuos y el elemento histórico. Es así, que, a diferencia de la noción de “tecnologías de poder”, el dispositivo es un término general[24] que aglutina, en tanto red, múltiples elementos en el juego del poder. En este sentido, y mediante una heterogeneidad de tecnologías y técnicas permite administrar, gobernar, controlar y orientar los comportamientos y los pensamientos de los hombres (Agamben, 2011).

Sin embargo, y a pesar de la valoración que hace del elemento histórico, el autor italiano propone desarrollar y situar el estudio de los dispositivos en otro contexto. Plantea estudiar de manera más específica los procesos de subjetivación a partir de la existencia de dos grandes grupos: los seres vivientes y los dispositivos en los que ellos están siendo continuamente capturados para ser gobernados. Así, denomina “dispositivo” a cualquier cosa que tenga de algún modo la capacidad de capturar, orientar, determinar, interceptar, modelar, controlar y asegurar los gestos, las conductas, las opiniones y los discursos de los seres vivientes.

Existen entonces dos clases: los seres vivientes o las sustancias y los dispositivos. Y, entre los dos, como un tercero, los sujetos. Llamo sujeto a lo que resulta de la relación o, por así decir, del cuerpo a cuerpo entre los vivientes y los aparatos[25].

Queda claro que para Agamben, un dispositivo es un proceso de subjetivación[26]. Agamben destaca la existencia de múltiples dispositivos y por lo tanto múltiples procesos de subjetivación que parecen superponerse pero no complementarse. Es decir, un mismo individuo (ser y cuerpo viviente) puede ser el lugar de múltiples procesos de subjetivación. Por ejemplo en su familia, en su trabajo o como usuario de un teléfono celular. Por lo tanto, a la inmensa proliferación de dispositivos que define a la fase actual del capitalismo, se hace presente una inmensa proliferación de procesos de subjetivación y de subjetividades.

Puede visualizarse que tanto en Deleuze como en Agamben tenemos dos formas distintas de retomar a Foucault y de usar la noción de dispositivo. Creo que la perspectiva del dispositivo multidireccional en desequilibrio de Deleuze permite pensar el elemento del movimiento y cambio permanente, de la transformación constante en los procesos de subjetivación. Mientras que en Agamben podemos pensar procesos de subjetivación en donde los individuos son capturados por los dispositivos para producir sujetos.

En este sentido, el desarrollo de la noción de dispositivo que proponen ambos autores intenta retomar aspectos trabajados por Foucault poniendo el énfasis en dos cuestiones similares, pero con diferencias intrínsecas al proceso de subjetivación: la transformación de los sujetos y la producción de sujetos. Sin embargo, al estudiar las especificidades del proceso de producción/transformación de subjetidad/es, es conveniente no olvidar, y Agamben no lo hace, una de las máximas que propone Foucault para el estudio de los dispositivos: son formaciones histórico-sociales que en un momento tuvieron como función la de responder a una urgencia. La historización del dispositivo permite observar sus condiciones de emergencia, su desarrollo, los elementos estables que lo hacen aglutinador de elementos heterogéneos como formación y su movimiento y posibilidad de transformación.

Complementariamente, Traversa (2001) hace un gran aporte a la noción de dispositivo. Este autor sitúa la manera de analizar los dispositivos partiendo de la inquietud por el alcance, la utilidad y los límites del uso de esta noción. Su enfoque es el proceso de producción de sentidos en el espacio de los medios de comunicación.

En su primera aproximación el autor se propone hacer ver que cuando se habla de producción de sentidos se habla de cosas que remiten a materialidades concretas. Es decir, toda producción de sentidos conlleva un soporte material para realizarse.

Si algo hace sentido (la palabra enigmática del soñante o la contundencia del olor a gas) entonces, lo hace en tanto se integra a una sucesión de (un fragmento previo de semiosis), suerte de estaciones, en donde una producción implica un reconocimiento a través de un paquete de materias sensibles que, como tales, se sitúan en una escala de tiempo. Las que integran, para cobrar forma y ser reconocidas, un conjunto de marcas sobre la materia que la soporta, resultado se algún ejercicio técnico para modelarlas.[27]

La producción de sentidos, en tanto principal función de los dispositivos, sería inscribir sobre un soporte material (que podría ser el cuerpo) un conjunto de marcas mediante algún ejercicio técnico de modelaje. El ejercicio técnico cobra un rol fundamental en este proceso ya que sus acciones relevan de reglas que comportan algún modo de posibilidad de repetición. Desde esta perspectiva, el dispositivo estaría compuesto por una serie de reglas y de técnicas que permiten su funcionamiento sobre algún tipo de materialidad y espacio.

Así, el aporte muy importante que hace Traversa es lo que él llama, retomando a Aumont[28], “la primera función del dispositivo” que es la gestión del contacto. Esta idea permite comprender el vínculo que se establece entre, por ejemplo un determinado sonido y su percepción. Este vínculo incluye una serie de variadas y heterogéneas técnicas que entran en contacto con una serie de reglas que las reconfiguran. A esta conjunción es lo que Traversa (2001) denomina “gestión del contacto” en el proceso de producción de sentidos.

Resalto la idea de “gestión del contacto” porque permite visualizar el vínculo, el momento aglutinador en el cual los elementos heterogéneos entran en contacto para componer un dispositivo. Esta gestión del contacto es lo que permite postular la existencia de una cierta estabilidad en el funcionamiento del dispositivo por el hecho de que entra en contacto la heterogeneidad. Si la heterogeneidad encuentra un vínculo que aglutina lo heterogéneo podemos observar también en el funcionamiento del dispositivo ciertas regularidades o repeticiones en esa compleja red en movimiento continuo, que no son reproducción.

De acuerdo a la producción teórica seleccionada y analizada con respecto a la noción de dispositivo se plantean dos dimensiones de análisis de estos:

– El análisis genealógico del dispositivo. Es decir, la comprensión de su emergencia respondiendo a determinadas urgencias en una determinada época, su desarrollo como formación histórico-social y su movimiento. En esta dimensión el foco estaría puesto en la conformación del dispositivo como “maquinaria” o “aparato” y las especificidades de su funcionamiento como la gestión del contacto entre sus elementos heterogéneos.

– El proceso de producción/transformación de subjetividad/es (o en particular de sentidos). Esta dimensión permitiría visualizar las modalidades específicas de intervención o interpelación del dispositivo sobre los individuos y/o las poblaciones. Es decir, la relación entre los seres vivientes y la “maquinaria” que da como resultado la subjetividad.

Cabe destacar que la distinción propuesta es solo analítica ya que la razón de ser de los dispositivos es su intervención sobre los individuos y/o las poblaciones. Se puede identificar en el dispositivo el elemento de la historia que lo vuelve una formación social relativamente estable y en desarrollo permanente, y las especificidades en el proceso de producción de subjetividades que nos permitiría visualizar las particularidades y los elementos que ponen en desequilibrio la estabilidad relativa de las formaciones sociales. Retomando un ejemplo de Traversa (2001) se podría decir que para un estudio del dispositivo de la fotografía sería necesario, por un lado, recomponer los acontecimientos que propician su emergencia, las urgencias a las que viene a responder, su desarrollo y sus mutaciones. Y por otro lado observar las especificidades y las diferencialidades en la producción de sentidos, ya sea, por ejemplo, en la fotografía turística o en la tarjeta postal.

De tal manera, el dispositivo tendría cierta paradoja de ser una formación histórico-social relativamente estable, con sus reglas y técnicas de funcionamiento, pero que posibilita también lo inesperado y lo no previsto. Es por esto que en los dispositivos no hay necesariamente “reproducción”, pero siempre hay una formación histórico-social relativamente estable que posibilita ciertas repeticiones no previstas.


  1. Althusser (1967) plantea que entre 1840 y 1845 la obra del joven Marx se caracteriza por una perspectiva humanista. Hay dos etapas en ese “Marx humanista”: entre 1840-1842 predomina un humanismo racionalista liberal, y entre 1842-1845 prima un “humanismo comunitario”. El propio Marx produciría una ruptura epistemológica con el idealismo alemán y rompería con esa perspectiva a partir de su obra “La ideología alemana” (1845) de carácter científico. Por otra parte, Lenin (1918) plantea que la primera obra madura de Marx es “Miseria de la Filosofía” y “El manifiesto comunista” de 1847 que reflejan la situación revolucionaria en Europa del periodo 1847-48.
  2. Marx, K.: “Manuscritos económico-filosóficos”, primer manuscrito, p. 113, Ed. Atalaya, Madrid, 1997.
  3. Marx, K. (2000): “El capital. Crítica de la economía política”; Libro I Tomo I, Ed. Akal; Madrid; 225.
  4. Fayol, Henri (1916): Administration industrielle et générale; prévoyance, organisation, commandement, coordination, controle.
  5. Taylor, F. (1911): Principles of Scientific Management. 
  6. Ford, H. (1926): Today and tomorrow.
  7. Por ejemplo, herramientas de gestión tales como los Círculos de Control de Calidad tienen, entre otros objetivos establecer una “organización informal” de los trabajadores por fuera de la “organización formal” que son los sindicatos. (Imai, 1989).
  8. Foucault, Michel (2002): Vigilar y castigar, nacimiento de la prisión, Siglo XXI ed. Bs As; p.213.
  9. Foucault, M. (1992): “Microfísica del poder”; La Piqueta, Madrid ; p. 185-186.
  10. Por las condiciones en las que tuvo que escribir a Gramsci, preso en la cárcel de la Italia fascista entre 1928 y 1937, nuestro estudio estará centrado en la recopilación de los escritos de la Cárcel de Manuel Sacristán “Antonio Gramsci. Antología”. Dadas las condiciones de producción teórica del autor, muchos de estos escritos acerca de la noción de “hegemonía” por momentos son desprolijos y hasta contradictorios. Por lo cual, para recomponer este concepto en Gramsci fue fundamental apelar a los aportes de Hugues Portelli (1973) “Gramsci y el bloque histórico” y el de Perry Anderson (1991) “Las antinomias de Antonio Gramsci”.
  11. Anderson, Perry (1991): Las antinomias de Antonio Gramsci; Distribuciones Fontamara S.A.; México; p. 24.
  12. Perry Anderson reconoce en los textos de Gramsci al menos tres posiciones con respecto al Estado: el Estado en contraposición a la sociedad civil; el Estado abarcando a la sociedad civil y el estado como idéntico a la sociedad civil. Sin embargo, el uso más frecuente de la noción de Estado en “Cuadernos de la Cárcel”, texto que retomamos, se inscribe en el marco de la hegemonía en tanto equilibrio entre sociedad civil (consenso) y Estado (coerción). Anderson, Perry (1991): Las antinomias de Antonio Gramsci; Distribuciones Fontamara S.A.; México; p. 55.
  13. Portelli, Hugues (1973): Gramsci y el bloque histórico; Siglo XXI Editores, Argentina, p.17.
  14. Marx (1859) en el “Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política” plantea que, (…) en la producción social de su vida los hombres establecen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a una fase determinada de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.
  15. Perry Anderson reconoce en los textos de Gramsci al menos tres posiciones con respecto al Estado: el Estado en contraposición a la sociedad civil; el Estado abarcando a la sociedad civil y el estado como idéntico a la sociedad civil. Sin embargo, el uso más frecuente de la noción de Estado en “Cuadernos de la Cárcel”, texto que retomamos, se inscribe en el marco de la hegemonía en tanto equilibrio entre sociedad civil (consenso) y Estado (coerción). Anderson, Perry (1991): Las antinomias de Antonio Gramsci; Distribuciones Fontamara S.A.; México; p. 55.
  16. Portelli, Hugues (1973): Gramsci y el bloque histórico; Siglo XXI Editores, Argentina, p.17.
  17. El momento arqueológico de Foucault puede rastrearse entre sus obras “Las palabras y las cosas” y “La arquelogía del saber”. En ese momento Foucault hace hincapié en sus análisis en las condiciones históricas de posibilidad de los saberes en término de epistemes. El pasaje al momento genealógico permitió al autor relacionar el orden de lo discursivo con lo no discursivo y las condiciones de emergencia de determinadas prácticas en el juego del poder. A esta necesidad metodológica responde la noción de dispositivo (Castro: 2011, 113).
  18. Foucault, M. (1984): “El juego de Michel Foucault” en Saber y verdad; Ed. La Piqueta; Madrid; p. 127-162.
  19. Se hará referencia a esta noción más adelante.
  20. Ambos autores, retomando a Foucault, han ensayado definiciones precisas acerca de la noción de dispositivo.
  21. Deleuze, G (1990). “¿Qué es un dispositivo? en Michel Foucault, filosofo, AA.VV, Barcelona, Gedisa; p. 155.
  22. De acuerdo a lo que plantea el autor sobre esta dimensión, “no es seguro que todo dispositivo implique a la dimensión del sí mismo” (Deleuze; 1990, 157).
  23. Deleuze, G. “¿Qué es un dispositivo? en Michel Foucault, filosofo, AA.VV, Barcelona, Gedisa, 1990, p. 159.
  24. Es aquí en donde puede encontrarse una notoria diferencia con respecto a la interpretación del dispositivo en Deleuze. Agamben (2011: 252), además de reconocer el estatus de formación histórica de orden general del dispositivo, sostiene que esta noción guarda una íntima relación con la de “positividad” en Hegel. La “positividad”, de acuerdo a lo que plantea, es el elemento histórico con toda su carga de reglas, rituales e instituciones impuestas a los individuos por un poder externo.
  25. Agamben, G. (2011): ¿Que es un dispositivo?; en revista Sociológica; año 26, número 73; pp 249-264; México, p. 258.
  26. Es notoria la inspiración de Agamben en Althusser y la similitud de la noción de “dispositivo” con la de “ideología” del autor francés: (…) la categoría de sujeto es constitutiva de toda ideología solo en tanto toda ideología tiene por función (función que la define) la “constitución” de individuos concretos en sujetos”. (Althusser, L. (1969) (2005): Ideología y Aparatos ideológicos del Estado. Freud y Lacan; Buenos Aires: Nueva Visión; p. 52).
  27. Traversa, O (2001): “Aproximaciones a la noción de dispositivo”; Signo y seña N°12, Buenos Aires; Facultad de Filosofía y letras, versión digital.
  28. Aumont, J. (1992): El papel del dispositivo: Ediciones Paidos, Barcelona; p.144.


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