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Jugando a ser otro

Olga Orozco y la revista Claudia

Andrea Meador Smith[1]

Según la poeta y docente argentina Marisa Negri, ocuparse de la obra periodística le permitía a su celebrada compatriota y también poeta Olga Orozco no solo mantenerse económicamente, sino también disfrutar de mayor libertad como escritora. Colaborar con diarios y revistas le otorgó a Orozco la oportunidad de experimentar temática y estilísticamente por medio de escritos breves, desde comentarios sentimentales hasta biografías, suplementos culturales y aun horóscopos. En 2012 salió una valiosa colección, editada por Negri, de la producción periodística de Orozco que se publicó en la revista Claudia durante las décadas de 1960 y 1970. A pesar de ello, todavía no se ha estudiado en profundidad el corpus no poético de Orozco, que merece más atención crítica. En este ensayo, se exploran las contribuciones de Orozco a Claudia, la llamada “revista femenina” por excelencia de la Argentina de los 60, y se comparan los artículos que escribió bajo seudónimos masculinos –Richard Reiner, Sergio Medina, Jorge Videla y Martín Yanez– con los que redactó bajo seudónimos femeninos –Valeria Guzmán, Valentine Charpentier, Elena Prado y Carlota Ezcurra–. Al examinar las maneras en que se distinguen tanto el contenido como la estética de los artículos supuestamente masculinos de los supuestamente femeninos, se busca destacar la impresionante creatividad de su autora y resaltar, una vez más, la incomparable maestría de Orozco.

En algunos de sus artículos para Claudia, en particular la correspondencia sentimental, lejos están lo gnóstico, lo metafísico y el cuestionamiento incesante de la relación entre lo humano y lo divino tan presentes en su poesía; en lugar de imágenes inesperadas o símbolos herméticos, se encuentran tanto un humor mordaz como unas observaciones críticas, y a veces brutales, pero más abordables para un público de lectoras que se consideraba la mujer moderna argentina. En muchos otros, sin embargo, Orozco explora las cuestiones esotéricas que tanto le preocupaban y que definían su poesía. Además, no es que no haya artificio ni innovación en sus textos publicados en Claudia, ni siquiera en los escritos que carecen del existencialismo que caracteriza la obra poética de Orozco; al contrario, por medio del formato periodístico la poeta logró destacarse de diversas maneras, aprovechándose de lo que ella misma denominó “posibilidades de jugar a ser ‘otro’”, debido a su uso de ocho seudónimos distintos (Negri “Prólogo” 8).

“Los seres que fui”

En su reseña de Yo, Claudia, Florencia Parodi señala el verso “Son los seres que fui los que me aguardan”, del poema “Quienes rondan la niebla” (Desde lejos 1946), como “el verso con el que más se insiste para concentrar esta idea poética muy recurrente de distintas personas habitando una”, añadiendo que también se observa esta “multiplicidad de firmas” en la tarea periodística de la poeta (Parodi). Los seudónimos orozquianos que aparecieron en la revista entre 1965 y 1974 fueron:

Valeria Guzmán para el consultorio sentimental con las lectoras; Martín Yanez para sus agudas críticas literarias; Sergio Medina para las notas sobre avances técnicos o notas sobre estrellas de Hollywood, como Marilyn Monroe; Richard Reiner para los artículos esotéricos; Elena Prado o Carlota Ezcurra para notas de vida social o puericultura; Valentine Charpentier para escritos biográficos y de viajes, y hasta el desafortunado Jorge Videla (ella misma se asombra de la elección de ese nombre) para algunas notas sobre el tango u otros temas considerados “masculinos”. (Negri “Prólogo” 7)

Orozco también se apoderaba del alias Canopus, nombre de la estrella más brillante de la constelación meridional de Carina, para redactar los horóscopos domingueros del diario Clarín entre 1968 y 1974. La poeta niega haber inventado los horóscopos; al contrario, afirmó que estudió astrología por muchos años con María Julia Onetti, la otra mitad del personaje de Canopus. De hecho, su respuesta a una pregunta sobre su propio horóscopo nos brinda una visión reveladora de la relación que veía entre su ser y su escritura: “Soy de Piscis con ascendencia en Acuario. Hay temas que se repiten: la permanencia religiosa, la adhesión a la magia –a lo oculto en general–, el tema del amor, el tema de la literatura” (Serra).

Estas temáticas se repiten a lo largo de una carrera polifacética en la cual Orozco participa en diversas colaboraciones artísticas: no solo escribe poesía y prosa, sino también hace comentarios sobre el teatro clásico en Radio Municipal; trabaja en Radio Splendid con la legendaria Nidia Reynal; como actriz de teatro interpreta el personaje de Mónica Videla (1947-1954); y contribuye con publicaciones como Sur, La Nación, La Gaceta de Tucumán y Papeles de Buenos Aires, además de revistas en México, España y Francia (Giménez). Mientras tanto, sus primeros libros de poemas, Desde lejos y Las muertes, salen en 1945 y 1952. Pero después del estreno de su tercer poemario, Los juegos peligrosos, en 1962, Orozco no vuelve a publicar otro hasta 1974, cuando aparece Museo salvaje. Este intervalo no implica que no fuera un periodo prolífico: durante esos doce años, recibe varios premios de poesía prestigiosos, viaja por Europa, publica su primer libro de relatos (La oscuridad es otro sol, 1967), gana un premio de teatro por su obra Y el humo de tu incendio está subiendo (1972), escribe artículos periodísticos para Claudia por casi diez años y publica una nueva colección poética, Museo salvaje, en 1974. Sin embargo, después de que deja la revista ese mismo año, se inicia una etapa de profusa creación poética durante la cual produce cinco grandes colecciones en diez años.

No es de sorprender que la crítica haya lamentado la “brevedad abismal” de la obra narrativa de Orozco (Castañón 166), que se limita a dos libros de quince relatos cada uno, además de unos breves ensayos en prosa y unos artículos académicos de análisis literario[2]. Por eso la compilación de las notas periodísticas de Claudia por parte de Marisa Negri es una contribución inestimable a los estudios orozquianos. Hace más de una década que Negri empezó a reunir números de Claudia, después de haberse topado con uno en una tienda de antigüedades; al publicar la colección había acumulado más de cien ejemplares, de los que eligió una cantidad de textos escritos por Orozco para la compilación (Enríquez). Desde 2012, Negri sigue haciendo accesible el periodismo de Orozco y otros textos de interés por medio de su blog, El jardín posible: Olga Orozco.

La época Claudia

La revista Claudia, con su tono “coloquial, intimista, incluso algo irreverente”, será el locus profesional en que Orozco se desarrolla como escritora de prosa durante diez años (Cosse). Claudia se inicia en 1957, bajo la dirección de la conocida Editorial Abril, y llega a transformar no solo el mercado periodístico del país, sino también la imagen de la mujer argentina de los 60. El mensuario, fundado por César y Mina Civita, desde el principio se estableció como una revista culta para “las mujeres que deseaban imaginarse próximas a una clase media acomodada e ilustrada”, y de este modo se alejó de sus grandes competidores Para Ti, que se asociaba más con el statu quo que con la mujer moderna, y Vosotras, que como Claudia se dirigía a la lectora al tanto de ciertos temas culturales pero de menores recursos (Cosse). Además de notas sobre la moda, Claudia incluía comentarios sobre el diseño del hogar, la música, el cine, la literatura y la psicología, escritos por expertos de las respectivas disciplinas, y así ofrecía a las lectoras una conexión con otras urbes internacionales, especialmente las de Europa y Estados Unidos. En las palabras de la escritora Mariana Enríquez, no era una publicación “para amas de casa sumisas: era una revista para mujeres sofisticadas” (Enríquez).

Según Isabel Cosse, experta en las revistas femeninas de los 60, la adición de escritores de prestigio –como Olga Orozco y Víctor Sáiz y las periodistas Olga Pinasco y Oriana Fallaci–llevó a la formación de dos registros distintos que aparecían en los números de Claudia: “el que se encuadraba en el género de la revista femenina y el que se ubicaba en el registro de una revista periodística” (Cosse). Sus páginas contenían no solo secciones literarias y notas culturales, sino también informes periodísticos y artículos que trataban temas controvertidos como el divorcio y la vida sexual femenina. Conviene consultar este resumen de Cosse:

En pocas palabras, a fines de los años cincuenta y principios de los sesenta, en Claudia se elogiaba el trabajo femenino pero supeditado a las necesidades del hogar y al cumplimiento de la misión maternal y hogareña de las mujeres. Sin embargo, las lectoras podían encontrar en la revista mujeres que congeniaban la realización laboral con la vida de familia: eran profesionales, intelectuales y artistas, mujeres en cierto modo excepcionales a quienes el talento, el estilo cultural o la pertenencia social las dotaba de glamour y las integraba a una élite.

La colección compilada por Marisa Negri ha sido comentada muchas veces, incluso por algunas reseñas críticas perspicaces que no se deben ignorar. Jorge Boccanera, por ejemplo, elogia la fluidez de la prosa de Orozco y sugiere acertadamente que su trabajo periodístico se acerca más al relato que a datos informativos o noticias de actualidad. El valioso análisis de Florencia Parodi señala los aspectos de la colección que encajan con la obra poética de Orozco, especialmente con inclinaciones transcendentes, como la atracción hacia lo misterioso y el deseo de comunicarse con otros reinos. Parodi toca brevemente las técnicas y estrategias retóricas del periodismo orozquiano que corresponden con su poesía, pero lo sobresaliente de su reseña se encuentra en la demostración cuidadosa del uso de unos seudónimos periodísticos mediante los cuales Orozco “despleg[ó] su conocimiento sobre estudios paranormales, astrología, crítica literaria” y alcanzó a “inventar crónicas y hacer investigaciones minuciosas, de biblioteca, para retratar personajes históricos y fenómenos sorprendentes” (Parodi). Finalmente, una reseña anónima que sale en la revista cultural de Clarín subraya que Orozco toma muy en serio la tarea de redactar artículos para un público femenino –artículos que en manos de otro podrían haber parecido frívolos–, y que así logra desmitificar ciertos temas de maneras que no hubieran sido posibles por medio de su poesía (“Las caras”).

Valeria Guzmán y la correspondencia sentimental

Bajo el seudónimo Valeria Guzmán, Orozco jugaba a columnista de consejos, ofreciendo sugerencias sobre la vida romántica, el mundo profesional y la independencia personal. La corresponsal Guzmán no solo fue popular en su momento sino que también ha sido alabada por la crítica actual debido a su afilado sentido del humor y la mezcla de escarnio y ternura que impregna sus respuestas a las lectoras (y a veces lectores) de Claudia. A pesar del sarcasmo y el humor –a veces brutal– con que respondía a las lectoras, Guzmán muchas veces las invitaba a escribirle de nuevo, suavizando así sus críticas y dejando abierta la conversación. En las palabras de Enríquez, esta Orozco/Guzmán es “irónica cuando hace falta, cálida con las adolescentes candorosas, implacable con los machistas” (Enríquez).

En general, los lectores que se ponían en contacto con Guzmán eran jóvenes a punto de convertirse en mujeres, de independizarse de sus padres, de empezar una vida propia. La columnista solía responder con un tono franco y sensato, como si fuera una hermana mayor. Le mandaban todo tipo de preguntas, incluso unas rarezas como dudas sobre sus animales. En 1967, por ejemplo, una mujer le pide consejos sobre cruzar una dachshund de pelo largo, una raza bastante desconocida en esa época, y recibe la siguiente sugerencia hilarante de Guzmán: “Si a pesar de todo el problema permanece, háganla depilar. Convertida en salchicha común puede tener más chance” (Orozco Yo, Claudia 15)[3]. Frecuentemente, sin embargo, las peticiones tenían que ver con el futuro de unas jóvenes preocupadas a punto de tomar decisiones por sí mismas. Dos meses antes de la consulta “Salchicha solitaria”, por ejemplo, Guzmán había respondido en el tono cáustico que llegaría a asociarse con su estilo, cuando unas mujeres le pidieron información sobre cómo hacerse azafata. La corresponsal les propone: “Diríjanse a Aerolíneas Argentinas, Paseo Colón 185”, y menciona la necesidad de “poseer una figura agradable” (13). Unos años más tarde, responde a una lectora, quien quiere convencer a un hombre de que se case y tenga un hijo con ella, con la ocurrencia “Realmente, tu carta es el argumento de una mala novela” (Orozco, “Mirarse”).

Pero la misma Guzmán, se conocía por su ingenio agudo, a la vez parecía tomar en serio las preocupaciones de sus destinatarias. Muchas mujeres que le escriben se consideran inseguras o introvertidas y quieren saber cómo superar su timidez; también piden consejos sobre su vida interior, su vida romántica, y emociones fuertes que no saben manejar. En muchos casos, Guzmán infunde sus respuestas sarcásticas con una compasión notable, por ejemplo, cuando una joven expresa la tristeza que siente por los Beatles y las tragedias personales que habían sufrido. En lo que podría haber sido una fuente infinita de burla, la columnista responde con “Mira a tu alrededor y compadezca a los que están más cerca” (16). Se encuentra otra muestra de compasión cuando a un hombre veinteañero que sufre de una neurosis psíquica le recomienda que intente salir de su “‘privilegiada’ torre de incomunicación” y que vea a un especialista lo más pronto posible (16), y los consejos que da a una joven aspirante a poeta sobre la vida de un artista son sinceros y perspicaces: “Pregúntese a altas horas de la noche, en completa soledad y tratando de llegar al fondo de sí misma, si podría dejar de escribir. Si puede, no es ésa su vocación” (17-18).

Con respecto a los hombres que se escriben con Guzmán, o que aparecen en las consultas escritas por sus novias, se vuelve a observar una mezcla de ironía y compasión en sus respuestas. En un caso, Guzmán amonesta de prisa a un tal “B”, selectivo hombre porteño en busca de una mujer quimérica, con este regaño: “Deseo que esa mujer exista, que la encuentre y que las exigencias de ella se adapten a sus condiciones, que deben de ser muchas” (20). En otro, en la misma respuesta en que parece descartar a un pretendiente-poeta de pelo graso también se lo defiende a la novia, declarando que Los poetas hacen viajes interiores cuyas trayectorias no figuran en los mapas y en los que es imposible acompañarlos” (18). Despierta interés también su defensa de un hombre supuestamente “honesto y bueno” frente a la esposa que lo llama “un ogro”: Guzmán le pregunta a ella “¿No los estará magnificando [a sus defectos] ahora por alguna razón que no conozco y quizás usted misma ignore?” (20). Estos ejemplos demuestran claramente no solo la gracia y el ingenio de Orozco/Guzmán, sino también su invitación a examinar y reflexionar sobre lo que impulsa las reacciones emocionales de sus lectoras. El crítico Donald Shaw ha dicho de la poesía de Orozco que “At one level, she longs for an answer. At another level, she knows the answer but cannot accept it. At a third level she needs to cling to the question in order to go on writing” (Shaw 91). Teniendo en cuenta la atención que Guzmán dedica a la tarea de aconsejar a su público periodístico, se puede ver rastros de este aspecto de la poeta en la infatigable columnista de consejos.

Voces autoritarias: Sergio Medina y Jorge Videla

En Yo, Claudia Negri nos presenta dos artículos, bautizándolos “crónicas”, escritos por un tal Jorge Videla, nombre que por casualidad coincide con el del infame comandante del ejército argentino que llegó a liderar la dictadura militar entre 1976-1981. El primero, “Rapto” (1967), trata el temor que sienten los padres frente a un posible secuestro de un hijo suyo, y la sobreprotección que resulta de ello. Se lee como una historia de crimen que es a la vez un texto metaliterario, algo que queda claro cuando, al describir las noticias leídas en los periódicos, dice que “El caso de la niña N. N. se convierte para los lectores en una noticia sensacional, en una novela de suspenso, en un folletín por entregas” (151). El segundo artículo supuestamente escrito por Jorge Videla se llama “Otras caras de Gardel” (1973), texto que se lee más como un cuento detectivesco que un ensayo biográfico.

A pesar de que la pérdida de un hijo sea un tema profundamente íntimo, en “Rapto” encontramos más distancia emocional si comparamos el tono de Videla con el de Guzmán o de Valentine Charpentier, cuyos textos analizamos más adelante. Videla establece su autoridad por medio de citas, leyes y datos, y rechaza mitos como el hombre de la bolsa. Utiliza un lenguaje bastante técnico y muestra su compromiso hacia la investigación al incluir información pertinente de los Estados Unidos y Londres. A lo largo del artículo habla una voz autoritaria que no deja lugar a dudas, por ejemplo, cuando insiste en que “Los secuestros de menores con fines de rescate, cuyos ejemplos clásicos son el caso Lindberg y el caso Peugeot […] tienen pocos imitadores en nuestro país” (153-154). Además, al dar consejos, el tono directo pero distanciado del narrador se distingue notablemente del tono personal que empleaba Guzmán para responder a las lectoras de Claudia. Videla propone que “No se debe dar a los menores una protección excesiva, que los haría sentirse desamparados en cuanto se encuentren solos. Conviene, en cambio, enseñarles a desenvolverse por sí mismos y a asumir la responsabilidad de cada uno de sus actos” (155).

Para reforzar su dominio como experto, Videla intercala ejemplos históricos y estadísticas alarmantes como la desaparición de trescientos menores en los primeros dos meses de 1967 (155). Otra estrategia que utiliza para dar crédito a esta voz autoritaria es acudir al sentido común y el pensamiento racional cuando se trata de educar y proteger a los hijos. Antes de alarmarse o dirigirse a la policía, insiste Videla, les conviene a los padres planificar la protección de sus hijos por su propia cuenta (155).

Tal como en “Rapto”, en “Gardel” Videla cita documentos, testimonios y otras fuentes de autoridad para defender sus ideas e, incluso, presenta información contradictoria proveniente de recursos diversos para destacar la profundidad de su investigación. Otra figura retórica que se destaca en los textos de Videla es la preponderancia de interrogaciones. Como veremos en artículos escritos por otros personajes orozquianos, aquí abundan las preguntas retóricas para introducirnos en los temas y cuestiones que se abordará en el resto del texto. En “Gardel”, por ejemplo, la segunda sección del artículo empieza con “¿Quién es aquel cantor?” y la tercera, con “¿Era uruguayo? ¿Era argentino? ¿Era francés?”; también en este ensayo largo aparece un párrafo completo de interrogantes (hay diez en total), y la penúltima sección hasta se llama “¿Cuál es la verdad?” (157-158; 168).

Si el motivo de “Gardel” era profundizar en el conocimiento del célebre intérprete y compositor, definitivamente logró hacerlo. Videla expone al lector a varias facetas de la vida legendaria del cantor de tango, desde sus éxitos a dúo con José Rezzano hasta detalles personales como el misterio de su nacimiento y los nombres de sus amantes. También explora los años desconocidos de su vida entre 1904 y 1910. En las palabras de Parodi, este artículo “hace un perfil completo de Gardel, con todas las contradicciones, misterios y versiones superpuestas del caso” (Parodi). Curiosamente, en este texto Orozco/Videla, siendo ella misma maestra de seudónimos, se refiere a Gardel por los múltiples apodos suyos –El Zorzal Criollo, El Morocho y El Troesma, etc.–; así, la autora se beneficia de la antonomasia como otra estrategia retórica que subraya su familiaridad con la vida enigmática del artista y se establece como experta en el tema. Efectivamente, después de haber publicado el artículo sobre Gardel, el presunto Videla recibe la invitación de unos especialistas montevideanos a participar en sus almuerzos mensuales celebrando al cantor, pero, como desvela Mónica López Ocón, “al enterarse de que bajo ese nombre se ocultaba una mujer, la invitación fue retirada, lo que constituye una elocuente instantánea del lugar que se le otorgaba a la mujer en la sociedad en ese tiempo” (López Ocón).

Antes de que hubieran salido los textos de Videla, Orozco había firmado con el seudónimo Sergio Medina, cuyo perfil más conocido era el que redactó sobre Marilyn Monroe, para retratar las vidas de estrellas de Hollywood[4]. Fechado en junio de 1965, “El caso Marilyn” es cronológicamente el primer texto que aparece en la compilación del periodismo de Orozco, antecede por dos meses a su reconocido ensayo sobre Marie Curie y por un año y medio, a “Rapto”. Por un lado, “El caso Marilyn” concuerda con el estilo policíaco usado por Videla en “Rapto” y “Gardel” en el hecho de que sintetiza varias teorías, fuentes de información y versiones de la historia; por otro, se asemeja más al estilo elegante y el tono animado, a veces sensacionalista, que se encuentra en los perfiles escritos por Valentine Charpentier.

Se podría llamar a “El caso Marilyn” un texto híbrido, único dentro de la colección debido a su teatralidad y su género borroso. Como si fuera un cuento de Borges, se abre con el siguiente epígrafe: “Tres años después de la desaparición de la estrella máxima de Hollywood, Claudia obtiene nuevos y reveladores testimonios que esclarecen la tragedia” (183). Desde el principio, entonces, el lector se da cuenta de que este texto, que oscila entre ensayo biográfico, cuento de ficción e informe policíaco, resaltará la creatividad de su autor(a). El segundo capítulo del ensayo se narra en primera persona desde la perspectiva de Monroe; lo sucede una serie de capítulos, también contados en primera persona, dedicados a los informes de seis testigos: los tres esposos de la actriz, el director Billy Wilder, el director y profesor de teatro Lee Strasberg y, por fin, la periodista Claire Booth Luce.

El carácter detectivesco de este ensayo, que va acumulando los testimonios de múltiples testigos, no excluye el uso del humor por parte de Medina. Las palabras parafraseadas de Monroe, por ejemplo, irritan a la vez que hacen reírse entre dientes: “Nunca comprendí por qué dicen que soy un símbolo de algo […] A menudo confundo ‘símbolo’ con ‘címbalo’. Dos palabras que hacen mucho ruido… y que significan bien poco” (183-184). Se da con otra muestra de un humor irreverente cuando el cuarto testigo que aparece en el ensayo, el director Billy Wilder, describe su relación problemática con Monroe “Como un diálogo entre sordos, que además de tartamudos fueran daltónicos” (190).

Al amparo de los seudónimos Jorge Videla y Sergio Medina, entonces, Olga Orozco se permite rastrear su atracción hacia espíritus rebeldes y enigmáticos como Carlos Gardel y Marilyn Monroe. Lo había hecho anteriormente por medio de su colección poética Las muertes (1952), en la que exploró algunos personajes literarios cuyas vidas “were exemplary in the sense that they rose above the mere pursuit of happiness and self-gratification; they lived by a higher law” (Shaw 82). Y lo volverá a hacer años más tarde en La noche a la deriva (1984), una colección donde aparecen poemas que consideran las vidas de artistas inescrutables como Vincent Van Gogh y Hieronymus Bosch. De manera parecida a la de Videla y Medina, la voz poética que emplea Orozco intenta llegar a la esencia de estos seres creativos y escurridizos: se pregunta si Bosch “¿Es el huésped de honor o el sospechoso anfitrión de la fiesta?” o si los botines de Van Gogh “¿Son ídolos de piedra, cascotes desprendidos del obraje de los más tristes sueños?” (Orozco La noche 43, 26). Esta búsqueda de otras verdades y realidades que reverbera tanto en su poesía se manifiesta no solo en los perfiles en prosa escritos por Videla y Medina, sino también en los textos de Richard Reiner y Valentine Charpentier.

El esotérico Richard Reiner

Bajo el seudónimo Richard Reiner, Orozco sondeaba uno de los temas esotéricos que aparecían en su poesía y, en particular, el incesante deseo humano de prevenir y predecir el futuro. Según Shaw, “at the centre of Orozcos poetry there is a stubborn desire to break out of or transcend what the poet feels are limitations imposed by time, space and the various inadequacies of human knowledge and perception” (78). Los textos que compone como Richard Reiner demuestran que al fondo de su obra periodística también se halla este deseo de superar los límites del conocimiento humano. Los artículos reproducidos en Yo, Claudia en el capítulo titulado “Esoterismo” comprenden un ensayo pseudobiográfico del adivino Nostradamus; una investigación científica de la videncia; y un análisis enciclopédico de las “-mancias”. En los tres textos, que son de considerable longitud, Orozco/Reiner se aprovecha de un tono seguro cuya autoridad procede tanto de la investigación crítica como del proceso científico. Escribe desde la perspectiva de un respetable historiador que ha consultado y sintetizado muchas fuentes de información, a la vez que considera las preocupaciones metafísicas que aparecen repetidamente en su producción poética. Como Reiner, por lo tanto, Orozco consigue explorar abiertamente su fascinación por el más allá, su anhelo de conocer ese “otro reino”, a través del ensayo en vez de la poesía[5].

En enero de 1969, Claudia publica “Nostradamus, un viaje al porvenir”, un texto que entreteje lo biográfico con anécdotas sobre los vaticinios del astrólogo francés. Se abre con una cita de Nostradamus, supuestamente del año 1547, que destaca la soledad que experimentaba el adivino en sus estudios secretos. Tal como lo hace en los artículos escritos por Videla, Medina y Charpentier, en los de Reiner Orozco explota ciertas estrategias retóricas para dar crédito a sus palabras: citas textuales, datos biográficos, interrogaciones retóricas, información de expertos de varias disciplinas. En un momento, habla desde la perspectiva de un experto lingüístico:

esas cuartetas escritas en un lenguaje alambicado y ambiguo, mezcla de provenzal y francés, salpicado de vocablos inventado cuyas raíces habría que buscarlas en el latín, el griego y el hebreo. Sinónimos, metáforas, anagramas, espesan aún más los velos que recubren este “tarot en verso”, este “caleidoscopio cabalístico”. (115)

En otro, se parece a un experto en la historia francesa real cuando explica los sorprendentes enlaces entre Nostradamus y la familia de Enrique II (112-113).

Al año siguiente sale “Videncia: un viaje al misterio” (1970), un ensayo en el que, además de lo histórico, Reiner acude a lo científico, citando a psicólogos y físicos respetados para respaldarse. Otra vez nos encontramos con una voz autoritaria que domina el texto, por ejemplo, cuando afirma que la clarividencia “es un hecho innegable y comprobado, una realidad que no se puede rechazar” (122). Resulta difícil imaginar que se hubieran publicado artículos de este estilo en otras revistas para mujeres a mediados del siglo xx:

todos somos la continuidad de una misma sustancia. Esta teoría obliga a una nueva concepción del espacio y del tiempo, a un cambio de nociones que se basa en una u otra especulación aún no probada por la observación directa en los crisoles del laboratorio. (127)

A lo largo del texto, Reiner expone su conocimiento de la videncia desde una perspectiva científica, citando a especialistas y destacando el rigor de las investigaciones hechas en laboratorios de Europa, Estados Unidos y Rusia.

El último artículo de Reiner que se incluye en Yo, Claudia, “El futuro a través del pasado” (1972), se lee como una entrada de enciclopedia que trata las varias formas antiguas de prever el futuro. En particular, se fija en las “-mancias”, desde las más conocidas, como quiromancia y cartomancia, hasta rarezas como la margaritomancia o la lampadomancia. Esboza prácticas psíquicas que abarcan las costumbres de los babilónicos hasta las de los griegos, romanos y persas, lo que resulta en un alcance casi antropológico o sociológico. Otro aspecto notable de este ensayo, en particular, son los numerosos interrogantes que despliega no solo para expresar duda o animar interés, sino también para avanzar en sus argumentos.

Los textos de Reiner coinciden con los de Videla y Medina en ciertas características compartidas, desde un interés por personas famosas y/o excepcionales hasta un estilo cautivador que rebosa de tropos literarios y lenguaje poético. Asimismo, tienen en común el uso de una voz de experiencia. Como Reiner, Orozco se encomienda a la ciencia y la filosofía para apoyarse en lugar de otras fuentes de información. Reiner le ofrece así la oportunidad de explorar los temas más existenciales, y quizás más urgentes, de su poesía por medio de la prosa.

Valentine Charpentier, biógrafa por excelencia

Si bajo los seudónimos masculinos Olga Orozco retrataba las vidas de artistas famosos como Gardel y Monroe, también lo hacía bajo el nombre Valentine Charpentier, aunque, con la excepción de Borges, solía examinar las vidas de personas fallecidas. Según Mariana Enríquez, Orozco confesó que su alter ego favorito de los años en Claudia fue Charpentier, especialista en biografías y perfiles de todo tipo de personaje histórico (Enríquez). No es de sorprender, entonces, que Charpentier sea la más prolífica de la colección[6] ni que sea la favorita de la crítica. Parodi mantiene que “Las notas en las que más se le permitía manejar su propio estilo eran las biográficas (una paradoja muy Orozco: dejarla ser en otros), firmadas por Valentine Charpentier” (Parodi); y Silvina Friera, entre otros, asigna un “cuadro de honor” a ciertos ensayos de Charpentier –los que más se suele destacar son los de Marie Curie, Jorge Luis Borges, Katherine Mansfield, Lord Byron y las mujeres del Renacimiento– y plantea la pregunta de “¿Quién incrusta el presente como un tajo entre las proyecciones del pasado? Olga –como siempre y para siempre– rompe las ataduras con lo imposible” (Friera).

Tal como Videla, Medina y Reiner, Charpentier siempre da la impresión de haber cumplido con una investigación rigurosa de los hechos disponibles respecto al tema o la persona en cuestión. No obstante, un aspecto llamativo de sus notas es que se dedican, casi exclusivamente, a la vida de la persona que biografía, sin ofrecer un análisis de su obra ni profundizar en sus escritos. Una consideración de algunos títulos de la sección llamada “Historias, actualidad y biografías” pone en evidencia este aspecto de los ensayos de Charpentier: “Madame Curie, un cristal que brilla” (1965); “Lord Byron: fatalidad y seducción” (1968); “Heinrich Heine: la lucha contra lo imposible” (1968); “Katherine Mansfield, la hija del sol” (1969); y “Percy Shelley: el apóstol seductor (1970). Pero el mejor título de todos, y quizás el relato más entretenido, tendrá que ser “Un gato negro, el número trece, los espejos rotos y otros emisarios de la suerte y de la desventura” (1970), protagonizado por “Un caballero supersticioso, acosado por los buenos y malos augurios” (Orozco “Un gato”).

En cierto modo, las biografías escritas por Charpentier encajan con los poemas que Orozco publicó en Las muertes, esa colección en la que se ocupa de personajes literarios inconformistas como Miss Havisham o Maldoror. En los dos casos, los seres que Orozco examina “no conocieron ni el sueño ni la paz en los infames lechos vendidos por la dicha / porque sólo acataron una ley más ardiente que la ávida gota de salmuera” (Orozco “Las muertes” 37). Además, Charpentier evita analizar en detalle las obras de sus sujetos a fin de enfocarse más en los detalles sensacionales de sus vidas. En sus notas sobre Lord Byron y Percy Shelley, por ejemplo, se fija en las aventuras románticas y los escándalos familiares de estos poetas renombrados, pero lo hace sin que los ensayos parezcan frívolos. Los infunde de una gracia y un ingenio que complementan la validez histórica evidenciada por una investigación cuidadosa de sus vidas; en palabras de Parodi, estos textos “tienen la profundidad de una novela biográfica y despiertan la avidez que necesita el buen lector de revista” (Parodi).

Ciertos elementos temáticos brotan frecuentemente en los múltiples ensayos de Charpentier, como relatos de infancia, escándalos familiares, cuentos de viaje y aventuras. Mientras tanto, determinadas estrategias retóricas que se repiten también vinculan los textos de Charpentier con los de Videla, Medina y Reiner: descripciones adornadas, preguntas retóricas, citas de testigos, anáforas, enumeraciones y estructuras paralelas. Hace falta considerar uno de los ejemplos excepcionales, como un paralelismo en que Charpentier describe al recién nacido George Gordon Byron de esta manera: “Era hermoso e inconstante, como el padre; rebelde y extravagante, como la madre” (58), o una anáfora que identifica a Byron – “el escándalo de toda Inglaterra”– usando la siguiente descripción: “Se lo comparó con Nerón, con Heliogábalo, con Enrique VIII, con el demonio” (65).

Los pasajes descriptivos de los ensayos de Charpentier son las verdaderas joyas de la colección Yo, Claudia. Consideremos la manera en que la biógrafa representa la llegada de Elena Diaranof, mejor conocida como Gala, esposa de Salvador Dalí, a París:

Llegó a París en el momento de la Revolución Rusa, envuelta en el prestigio de las almas rusas, esas almas excesivas para el dolor y el regocijo, almas sin transiciones que abren y cierran puertas sorpresivamente hasta crear una ráfaga de lobos e intemperie. (50)

Así convierte a un suceso relativamente sencillo, la llegada a una ciudad nueva, en una experiencia extraordinaria. Vuelve a usar esta técnica en descripciones de otros viajes, como el de Shelley (“Siguió comiendo uvas, ciruelas y pan por las calles de Londres, mientras rumiaba versos melancólicos”) y el de Heine (“Recorre París con trozos de Alemania pegados a las suelas de los zapatos”).

Las descripciones adornadas van acompañadas del empleo frecuente de amplificación por medio de la acumulación de adjetivos calificativos. Según Charpentier, la primera esposa de Shelley, Harriet Westbrook, tiene una “‘detestable’ naturaleza: es irónica, zumbona, insensible, torpemente celosa y materialista. Shelley sólo es distante, despectivo y frío” (Orozco “Percy Shelley”). En otro caso, el poeta alemán Heinrich Heine lleva “una vida agitada por muchos soplos, por muchas intemperies, por muchas corrientes de aire, adversas, encontradas, que sin embargo dejan, indemnes hasta hoy, esas otras hojas brillantes, inconfundibles, espectrales, traviesas, desgarradas: las de su poesía” (Orozco “Heinrich Heine”). Se utiliza la enumeración como otra forma de detallar a los personajes biografiados; en “Las mujeres del Renacimiento”, por ejemplo, Charpentier retrata desde las cortesanas hasta la dama noble Isabella d’Este, narrando sus muchos y diversos éxitos, como componer sonetos o crear nuevos estilos de moda. La biógrafa insiste en que “Todas son inmortales. Hay místicas, cortesanas, artistas, asesinas, magas, guerreras, grandes soberanas, mujeres reales que huelan a leyenda y mujeres irreales que adquieren en la imaginación nombre y biografía” (105).

Otro de los grandes éxitos de Charpentier es su nota breve “La gente habla de Jorge Luis Borges” (1966), que compone en respuesta al hecho de que no le hubieran otorgado el premio Nobel de Literatura ese año[7]. Reprocha apasionadamente a los críticos del maestro argentino:

Absurda exigencia la de convertirlo en lo que no es y de juzgar una obra por los elementos de que carece, sobre todo cuando su inmenso relieve está dado, justamente, por la exacerbación del mundo que contiene. De la misma manera se le podría reprochar el no ser águila o urna griega, porque evidentemente el hombre que hubiera escrito libros donde la pasión avasalladora o el desarreglo de los sentidos llevan a situaciones extremas, no sería nunca este escritor especialista en laberintos mentales, en conjeturas, en claves de acciones y vidas simbólicas, en bifurcaciones de tiempos y de destinos, en ajedreces y espejos infinitos. (43)

A manera de conclusión, y de protesta, Charpentier termina el artículo citando la narración entera “Borges y yo”, texto que según José Miguel Oviedo “Es un cuento que es un ensayo que es un poema” (Oviedo 16).

Ningún análisis del periodismo de Orozco puede ignorar los aportes bibliográficos de Martín Yanez, sagaz crítico literario para Claudia que analizaba la obra de los escritores más conocidos del momento, desde Alejandra Pizarnik hasta Jack Kerouac, desde César Vallejo hasta Gabriel García Márquez. Aunque también enfocaban el mundo literario, estas reseñas diferían bastante de los largos y minuciosos ensayos escritos por Charpentier. Las entradas críticas exhiben “la misma diversión y seriedad” que se hallan en las biografías, pero de manera mucho más sucinta (Enríquez). La nota sobre Los trabajos y las noches de Pizarnik, de un solo párrafo de extensión, llama al poemario uno “que no narra, sino que ‘recrea’ los estados de la auténtica poesía” (198). Otro elemento interesante del estilo de Yanez es que se notan rastros de la voz autoritaria tan presente en la prosa de los otros Orozco “masculinos”. A modo de ejemplo, en su reseña de Alta Poesía, colección de Alberto Girri, Yanez sostiene que el poeta es “una de las voces más auténticas y originales del panorama lírico de nuestra lengua” aunque también señala que “No se trata de una maestría verbal”, sino una “depuración de la palabra” (197-198).

Sean concisas o no, al leer las críticas literarias de Yanez nos topamos con un innegable interés por el más allá. Se puede observar en su reseña de la colección Papeles, de Macedonio Fernández, cuando Yanez llama al escritor argentino “habitante cotidiano del cosmos” y “un mago de la lógica” (199). No es por casualidad, entonces, que el lector astuto haga una pausa al encontrar en estas notas bibliográficas declaraciones como la siguiente: “Escritor originalísimo, su pensamiento, que adquiere contornos universales, se interna por los complicados vericuetos de todas las realidades tratando de asir la realidad esencial del ser, la realidad que ‘trabaja en abierto misterio’” (199). Al igual que lo hace bajo otros seudónimos, Orozco se aprovecha de sus variadas manifestaciones periodísticas para profundizar en la experiencia humana y examinar el terreno espiritual que la trasciende.

Conclusiones

Solo dos años después de que Olga Orozco se retiró de la revista Claudia en 1974, César Civita, fundador de la editorial que la publicaba, huyó de la Argentina para refugiarse en Brasil; al año siguiente decidió vender la Editorial Abril (Cosse). Tanto el exilio forzado de los Civita como el uso de seudónimos por parte de Orozco impidieron la edición y difusión de su obra periodística hasta que Negri misma comenzó a compilarla a finales de la primera década del siglo xxi, casi diez años después de haberla conocido a Orozco por primera vez (Negri “Prólogo” 7-8).

“Mis temas siempre fueron los mismos –aseguraba Orozco–: la búsqueda de Dios, el hecho de acechar más allá de lo visible o lo inmediato, ampliar las posibilidades del yo, el tiempo y la memoria y, claro, la muerte” (citado en López Ocón). La colección Yo, Claudia, sin duda, corrobora esta declaración que hizo Orozco respecto a su poesía. Aun cuando juega con otras identidades, la poeta no consigue disimularse por completo. Se revela por medio de los temas y las técnicas que emergen una y otra vez en su poesía y por la elegancia que presta a sus periodistas ficticios. Se podría decir que los seudónimos femeninos que usaba Orozco durante sus años en Claudia se distinguían por un estilo más íntimo y más inclinado hacia la vida emocional[8], pero también se ha de notar que muchos temas, figuras retóricas y grandes cuestiones filosóficas se repiten, sea el que fuere el género del supuesto periodista. Las mujeres son tan expertas como los hombres y todos tratan temas comunes e interconectados a pesar de que demuestran sus habilidades de distintas maneras.

Así concluye Orozco su célebre monólogo “Yo somos tú”:

Sin borrar este yo siempre latente o siempre a punto de aparecer o siempre a punto de desaparecer entre telones, como un río que arrolla las grandes llamaradas de la pasión, las enormes burbujas que ascienden desde las bocas mudas de tantos personajes, las luces y las chispas y las ráfagas de polvo luminoso con que perduran héroes y heroínas, como relámpagos, como chorros de estrellas que se rompen contra la faz del mundo. ¡Ah, el presente transitivo, tan simultáneo y múltiple! Yo somos tú, él son vosotros, ellos sois nosotros, desde todos los siglos por los siglos. Amén. (Orozco Páginas 213)

El impresionante trabajo que realizó Negri al organizar la compilación Yo, Claudia ha posibilitado nuevas direcciones en los estudios de la escritura orozquiana porque nos ayuda a acercarnos más a estos múltiples seres que fue Orozco: poeta, periodista, astróloga, crítica, escritora de relatos, fanática de los fenómenos paranormales. Ojalá que el trabajo actual sirva como un primer paso hacia un examen más completo del “enorme tesoro” que es la obra periodística de la multifacética Olga Orozco (Negri “Prólogo” 8).

Referencias bibliográficas

Boccanera, Jorge. “La poeta ‘vidente’ Olga Orozco firmó como Jorge Videla”. El Esquiú.com, Reporte Nacional: Suplemento Literario Télam, 23 septiembre 2012, pp. 1-2. http://bit.ly/2MHfaZm.

“Las caras de Olga Orozco”. Clarín. Revista Ñ, 6, noviembre 2012. http://bit.ly/2ITapLc.

Castañón, Adolfo. “Las narraciones de Olga Orozco: El abismo luminoso”. Norte y sur: la narrativa rioplatense desde México, editado por Rose Corral. Ciudad de México, Colegio de México, 2000, pp. 161-173.

Cosse, Isabella. “Claudia: la revista de la mujer moderna en la Argentina de los años sesenta (1957-1973)”. MORA: Revista del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, vol. 17, no. 1, ene/jul 2011.

Friera, Silvina. “Esos seres que fue Olga Orozco”. Página 12, 24 febrero 2012. http://bit.ly/2Mg8KkV.

Enríquez, Mariana. “Otra Orozco”. Página 12, 7 octubre 2012. http://bit.ly/2MhgTWq.

Giménez, Víctor Pedro. “Olga Orozco o la poética de la nostalgia”. La pluma: Revista del Círculo de Estudiantes de Artes de la Escritura de la Universidad Nacional de las Artes, n.º 2, diciembre 2017. http://bit.ly/2MIU8th/.

Negri, Marisa. El jardín posible: Olga Orozco. https://eljardinposible.blogspot.com/.

____. “Prólogo”. Yo, Claudia. Buenos Aires, Ediciones en Danza, 2012, pp. 7-8.

Ocón, Mónica López. “Olga Orozco: La palabra como destino”. Caras y caretas, 26 noviembre 2018. http://bit.ly/2MIOmYL.

Orozco, Olga. “Un gato negro, el número trece, los espejos rotos y otros emisarios de la suerte y de la desventura”. Claudia, n.º 177, enero 1972. http://bit.ly/2BgLj4Q.

____. “Heinrich Heine: La lucha contra lo imposible”. Claudia, n.º 138, noviembre 1968. http://bit.ly/2MCQQaU.

____. “Mirarse a fondo”. Claudia, n.º 158, julio 1970. http://bit.ly/2OM1D5w.

____. La noche a la deriva. México, Fondo de Cultura Económica, 1983.

____. “Las muertes”. Obra poética, editor Manuel Ruano. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 2000, p. 37.

____. Páginas de Olga Orozco, editada por Cristina Piña. Buenos Aires, Editorial Celta, 1984.

____. “Percy Shelley: El apóstol seductor”. Claudia, n.º 153, febrero 1970. http://bit.ly/2ON9vUl.

____. Poesía completa, editada por Ana Becciú. Buenos Aires, Adriana Hidalgo, 2012.

____. Yo, Claudia, editora Marisa Negri. Buenos Aires, Ediciones en Danza, 2012.

Oviedo, José Miguel. Historia de la literatura hispanoamericana 4. De Borges al presente. Madrid, Alianza, 2014.

Parodi, Florencia. “Las Orozco. Olga Orozco, poeta y periodista”. Eterna cadencia, 30 octubre 2012. http://bit.ly/31hgKqd.

Serra, Alfredo. “Olga Orozco: vida de la poeta de las premoniciones funestas”. Infobae, 15, enero 2019. http://bit.ly/31hgGGZ.

Shaw, Donald. “Orozco and Dalton”. Spanish American Poetry after 1950: Beyond the Vanguard, Suffolk, UK, Tamesis, 2008, pp. 74-115.


  1. Shenandoah University, Estados Unidos.
  2. Véase la colección Poesía completa (2012), editada por Ana Becciú, para los textos “Anotaciones para una autobiografía”, “Alrededor de la creación poética” y “Jorge Luis Borges en su historia de la eternidad”. Orozco también publicó unos artículos en la revista académica Cuadernos hispanoamericanos (1978, 1992).
  3. Todas las citas de los textos de Orozco publicados en la revista Claudia se realizan a partir de la edición de Marisa Negri incorporada en las referencias bibliográficas. Por esta razón, en las próximas referencias, solo se indica el número de página que corresponde a Yo, Claudia.
  4. Se supone que había más perfiles de los famosos escritos por Sergio Medina pero hasta hoy solo he podido encontrar el que reproduce Negri en Yo, Claudia (183-194).
  5. Esta fascinación por lo sobrenatural impregna la poesía de Orozco. Como punto de partida, véase los ejemplos tempranos “La cartomancia” o “Sol en Piscis” de su tercera colección, Los juegos peligrosos (1962).
  6. En Yo, Claudia, Negri recoge nueve ensayos compuestos por Charpentier, todos de extensión considerable, además de los seis que ha hecho accesibles a través de su blog (El jardín posible) desde la publicación de la compilación en 2012.
  7. Se habían anunciado a los coganadores Shmuel Yosef Agnon y Nelly Sachs en octubre, y al mes siguiente la nota sobre Borges salió en Claudia bajo la firma de Valentine Charpentier.
  8. Pese a que no se presentan en este trabajo, vale la pena echarles un vistazo a las notas escritas por las otras personalidades orozquianas, Elena Prado y Carlota Ezcurra, comentaristas de la vida social para Claudia. Se llaman, respectivamente, “Me compré un gurú” y “Existencialistas, los ‘papás’ de los hippies”, y aunque lo hacen de una manera más superficial, siguen el patrón ya establecido de abordar cuestiones espirituales y filosóficas (141-148, 173-180).


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