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Paradojas

I

Al recuperar la constitución de los planteles en la DNJ y a pesar de haber constituido un equipo de trabajo consolidado durante los años del programa, se detectó la preponderancia de jóvenes militantes o bien, trabajadoras/es comprometidas/os con la gestión de gobierno, en la instancia de diseño y elaboración de una acción de política pública para jóvenes. Más allá del rasgo de priorizar la presencia de jóvenes en el organismo desde su creación, con respecto a este programa se da una primera paradoja con respecto de una de las premisas de Mugica que se presenta como propicio para la participación de las/s jóvenes en la formulación de las políticas públicas. La constitución de un grupo reducido y comunicación directa con la ministra, dejó fuera a parte del equipo inclusive aquellas/os más jóvenes, contradiciendo así una de las premisas centrales del programa como la participación en el proceso de las políticas públicas. Y desperdiciando una oportunidad de propiciar un dispositivo horizontal y participativo desde el organismo nacional generador el programa.

II

Respecto a la supervisión de la ministra durante el proceso de diseño, aquí se presenta otra paradoja asociada que da cuenta de ciertas premisas y márgenes del debate que fueron marcados y supervisados por una persona adulta que además se desempeñaba como la autoridad máxima del ente gubernamental y con ello, reforzar la autoridad del estado respecto de los asuntos públicos (Franzé Mudanó, 2013: 12). Esta posición estatocéntrica va de la mano con el recurrente rasgo de adultocentrismo (Duarte Quapper, 2012) que subyace en los procesos de políticas públicas para jóvenes y que, en este caso en particular, ofrece elementos que ameritan pensar que no fue superado. Este aspecto pone en cuestión la horizontalidad en las decisiones y el protagonismo juvenil en estas acciones y que fue un enunciado del Mugica. Lo mismo se replica con la autonomía de las/os promotoras/es que debían relevar demandas y necesidades y hacerlas llegar a la agencia nacional. En este sentido, la supervisión de las demandas por parte de las autoridades de la agencia estatal está enlazada a la evaluación que debía hacerse para su financiamiento y posterior ejecución. No obstante, deja abierta la duda sobre los criterios de prioridad y selección sobre esas demandas de las/os jóvenes y si no prima intereses institucionales por sobre los juveniles en la medida que estas/os promotoras/es no eran parte de ese proceso de evaluación de demandas y necesidades territoriales y les deja ubicadas/os como mediadoras/es más que como protagonistas tal lo propugna el Mugica.

III

Asociada con la anterior, se presenta una tercera paradoja. La DNJ se reconoce como la agencia estatal y nacional específica para trabajar los temas de las políticas de juventudes y, en el marco de la constitución de dichos equipos tanto en el diseño como en la ejecución, se terminó consagrando un modo de vinculación que valoriza los saberes militantes por sobre cierto saber especializado, desvalorizando así ciertos saberes acumulados producto de la experiencia laboral en el estado y de la socialización con las perspectivas y modos de trabajar en temas “de juventudes”, es decir, profesionales formados en política públicas de juventudes dada la experiencia y trayectoria en el estado y formación académica. Efectivamente, esta paradoja se asienta en la puja entre diversos actores por atribuirse la representación de los intereses de las juventudes o de ciertos sectores juveniles. Pero, además, deja en evidencia ciertas tensiones subyacentes en las agencias estatales entre la división del trabajo intelectual y el trabajo de gestión, pero que excede las fronteras de las mismas y se refiere a la sacralización de ciertas instituciones respecto a la producción de conocimiento legítimo.

IV

Hay un cuarto interrogante que se presenta y se refiere a la elección del nombre y figura del sacerdote Carlos Mugica para nombrar e identificar una política pública para jóvenes. En los documentos del programa, uno de los objetivos expresa que será la participación lo que lleve a construir una identidad colectiva. La paradoja se presenta dado que el programa insiste en la importancia de la participación y organización juvenil y su expresión en un compromiso militante mientras que se recuperan los valores de un sacerdote y reforzando su condición de tal, más que la de militantes social y político. La valoración de su compromiso y opción por los pobres, desdibujó su contradictoria adhesión a la lucha armada y su puesta en cuestión de los intereses burgueses que expresó en reiteradas oportunidades. Asimismo, también fue cuestionada su edad respecto a por qué no elegir la figura de un/a joven. Es decir, la dicotomía queda expresada en sacerdote adulto vs. Joven militante, más desde las/os más jóvenes entrevistadas/os.

V

Otra cuestión que puede leerse en clave de paradoja, se refiere a que desde el programa se reforzó en la necesidad de ampliar la participación del heterogéneo universo juvenil que resume la nominación de juventudes. Por el contrario, desde la práctica, sin embargo, se produjo una homogeneización y unificación de una identidad única (Offerlé, 2011) que se resume en las/os usuarias/os del programa o las/os promotoras/es Mugica, esto último como constitutivo y aspecto valioso de una identidad juvenil. Ello, además, refuerza la posición en pensar que esa objetivación de las juventudes se resume a una causa consagrada por los adultos y desde arriba (Kriger, 2016), algo que aparece como rasgo recurrente en las acciones como estas. Sin embargo, como se desarrolló en el capítulo 4, estas/os jóvenes mostraron su poder de agencia (Giddens, 1999) y tuvieron acciones diferenciadas que además dan más elementos para concluir sobre la naturaleza dinámica y cambiante de estos procesos estudiados y de la multiplicidad de actores que lo producen.

VI

Por último, hay un aspecto que no se puede soslayar. Si bien desde el programa se sostuvo la importancia de la participación y el protagonismo juvenil la ruptura inesperada y brusca del Mugica generó incertidumbre y fue leída como una traición por parte de las/os jóvenes entrevistadas/os. Esto deja al descubierto otra paradoja, ya que durante la implementación del programa se insistió y se trabajó sobre la necesidad del compromiso militante y del derecho de las/os jóvenes en ser protagonistas de procesos de transformación social. Sin embargo, ante la inesperada retirada del programa, esas/os jóvenes, aun habiendo generado acciones como en Corrientes, reclamaron la ausencia y abandono del estado, de alguna manera, evidenciando la persistencia del rol y función de tutoría de un organismo nacional y el peso simbólico que ejercen las instituciones del estado en el imaginario de las personas con quienes se interactúa. Da que pensar respecto de los recursos que se movilizan en este tipo de programas para lograr los objetivos y en los efectos que se producen.



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