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1 Entre la “marina mercante” y la “campesina sedentaria”: las principales líneas teóricas y metodológicas

1. En tiempo pasado o el descubrimiento
de las/os jóvenes

Cuando inicié el relevamiento bibliográfico para esta investigación, el primer paso fue volver sobre los libros o archivo de textos que tenía acumulados y me guiaron en mis primeros años como trabajadora en el organismo nacional sectorial de juventud. Cuando ingresé a trabajar en la Administración Pública Nacional casi de manera azarosa, podría decir, corría la década del ochenta y habían transcurrido apenas cuatro años de la vuelta a la democracia en Argentina. En esa época la preocupación por las políticas de juventud se instalaba en diversos países de América Latina. Un motivo fue el Año Internacional de la Juventud (AIJ) en 1985[1], propiciado por Naciones Unidas, que junto con los comités para su armado y las recomendaciones del organismo internacional, afianzaron las condiciones para generar interés por las políticas públicas. En nuestro país, desde el plano institucional, se plasmó cuando el presidente Raúl Alfonsín firmó el Decreto 280, el 26 febrero de 1987, creando así la Subsecretaria de la Juventud de la Nación en la órbita del entonces Ministerio de Salud y Acción Social. El plantel del nuevo organismo, conservaba algunas personas que habían participado del Área Juventud armada para gestionar el comité para el AIJ y otras/os venían de la militancia radical. En todos los casos, el ingreso fue por tener algún contacto político o personal con las nuevas autoridades. Ese grupo pionero lo conformábamos mayoritariamente jóvenes, que por la escasa experiencia laboral en la gestión por un lado, y por la novedad de la temática en el estado nacional por otro, leíamos con entusiasmo y sistematizábamos las diversas publicaciones que nos llegaban por correo postal[2] a las flamantes oficinas[3]. Cecilia Braslavsky, ya había escrito La juventud en Argentina un año antes, que era entonces y sin duda hoy sigue siendo, una referencia insoslayable como marca de época e hito de un momento iniciático para quienes se interesan por las juventudes. A ese libro volví con cierta nostalgia.

Entre los materiales conservados de esos años del descubrimiento de los jóvenes, tal como titulé un trabajo monográfico, recuperé textos que se ocupan de la naturaleza de los estados latinoamericanos, la burocracia y la dominación, insumos para comprender estados como el nuestro, que se encontraban en proceso de reconfiguración luego de las dictaduras cívico-militares[4] vividas. Tales aportes echaban luz sobre la mutua relación existente entre cambios sociales y el nivel del estado y, donde las Políticas Públicas en América Latina adquieren centralidad más aún en contextos de recientes democracias como sucedía en la región (Oszlak y O’Donnell, 1984). Entre la nostalgia y la sorpresa por la recuperación de materiales que ni recordaba que atesoraba, revisé otras publicaciones más recientes, acerca de acciones gubernamentales de políticas en Argentina de los últimos años (Martínez Nogueira, 2012; Oszlak, 2012), más cercanas a la época que analiza este trabajo. Dentro de este gran abanico de bibliografía disponible, hay algunos estudios que abordan casos específicos sobre la gestión del Estado y las políticas públicas a través de esquemas sobre la definición de problemas, estrategias y modalidades de implementación (Tamayo Sáez, 1997) como así también hacen foco en el análisis de formas de participación de la ciudadanía, interpretadas como modos de garantizar derechos (Moore, 1993; Landau, 2005; Silva, 2009; Serafinoff, 2012; Baumann, 2012; Morales Torres, 2015). En lo que atañe a estudios sobre políticas públicas de juventud, han sido de gran aporte, tanto a nivel nacional como regional variadas perspectivas sobre estudios de casos o experiencias participativas que ponen especial énfasis en las políticas de juventud como un modo de analizar los procesos más amplios y complejos que suponen las políticas públicas[5].

Durante los años noventa, el interés de instalar grupos de investigación y/o programas en el ámbito académico se fue formalizando. Desde el área nacional, muchas/os iniciamos un diálogo fluido con el Grupo de investigaciones de Infancias y Juventud del Instituto Gino Germani, coordinado por Mariela Macri y Silvia Guemureman y con el Proyecto Juventud de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) Argentina. El proyecto de FLACSO tenía apoyo del Instituto de la Juventud de Alemania y estaba coordinado por Sergio Balardini por Argentina y Rene Bendit por Alemania. Allí, algunas/os hicimos cursos de especialización y fuimos invitadas/os a seminarios y paneles sobre juventudes. De esos años, conservo materiales promovidos por organismos internacionales y que acompañaron nuestros debates acerca de la gestión de las políticas públicas de juventud aun nombrada en singular. Leíamos entonces y hasta la actualidad, acerca de la conceptualización sobre el funcionamiento y paradigmas (Sáenz Marín, 1988), alguno de ellos vinculados a la gestión en diversos organismos de Europa (Bendit, 1998, 2000) o América Latina (Krauskopf, 2000 y 2005; Berreta, 2013; Rodríguez, 2011, 2012, 2014). Para el caso del organismo de juventud de Argentina recuperé la investigación de Dalia Szulik y Silvia Kuasñosky (1996) titulada Jóvenes en la mira junto con otro aporte reciente, la tesis de maestría de Mariana Liguori de 2019[6]. Liguori, entre otros ejes, trabaja justamente este momento de los primero años de gestión del organismo y el rol de las/os intelectuales, expertas/os y trabajadoras/es en la producción de conocimiento sobre juventudes a instancias de la gestión pública.

Mi recorrido llegó hasta estudios más recientes preocupados por indagar y analizar acerca de la implementación y efectos de acciones estatales (Schmidt y van Raap, 2008) hasta llegar a los que ponen énfasis en aquellas acciones de políticas participativas, muchas de las cuales no sólo se centran en la dinámica de las políticas sino que prestan atención en el protagonismo y recepción de las/os jóvenes (Balardini 2007, Barbetti, 2013; Vázquez, Cozachcow y Liguori, 2014; Vázquez, 2015; Liguori, 2017; Arpini, 2017). Puede verse, repasando estos párrafos, que, durante aquellos primeros años, mi trabajo transcurrió entre materiales novedosos y al alcance de la mano. Aquella fue una etapa excepcional que propició un modo de habitar el trabajo en el estado que no volví a experimentar. Estuvo caracterizado por un clima motivador y generador de curiosidades y fue todo aquello tal vez, lo que marcó la manera de comprender mi tarea y mi obstinación respecto de la importancia de la investigación y la producción de conocimiento en la gestión estatal. Mi formación también incluyó la apropiación de los saberes y prácticas estado, administrativos más que nada, necesario para agilizar trámites y responder a las demandas. A ese aprendizaje laboral se sumaron la Sociología, la Maestría en Investigación y otras tantas incursiones académicas en torno a las políticas públicas de juventudes. Mi incorporación al Grupo de Políticas y Juventudes del Instituto Gino Germani (GEPoJu-IIGG) es un recurso también, que, junto con el aprendizaje laboral, influyó para convertir a muchas aquellas experiencias en preguntas de investigación que dieron origen a esta tesis.

2. Tiempo presente y/o renovar la biblioteca

Por algún lado se empieza, y estos fueron los ejes iniciales para elaborar el proyecto y guiaron los primeros pasos del trabajo de campo. Además de lo arduo que ello resulta para la realización de una tesis, se presentó en mi investigación un elemento no habitual, entre incómodo y enriquecedor que fue explicitado a las/os lectoras/es desde el inicio. Me refiero a mi inserción en la gestión pública y las experiencias cotidianas en el PJPM. A esta altura del recorrido hecho, se podría afirmar que esta producción pretende ir más allá de la mera atención de un programa nacional para jóvenes. Vale aquí, antes de continuar, entonces dejar en claro dos cuestiones. Por un lado, no esperen encontrar datos cuantitativos de inversión de presupuesto, líneas de base, alcance de metas o cantidad de usuarios de programa involucrados, en este análisis del Mugica como ya se anticipó en la introducción. Y por otro, notar que esa posición como parte del programa, fue una dimensión que estuvo en diálogo con la teoría durante todo el proceso. La tensión entre la teoría y la práctica, pero de ningún modo escindidas, me forzaron a seguir buscando algunas respuestas a mis interrogantes, que mostraron la insuficiencia de algunos esquemas rígidos y cerrados. Me refiero, a esos modelos que presentan a la formulación e implementación de las políticas públicas como una suma de etapas que se suceden, con cierto orden lógico pero poco ven a quienes se ocupan de ellas y las condiciones de posibilidad en que se generan y se despliegan. O, en el mejor de casos, un ciclo como lo describe Tamayo Sáez[7], caracterizado por “el conjunto de objetivos, decisiones y acciones que lleva a cabo un gobierno para solucionar los problemas que en un momento determinado los ciudadanos y el propio gobierno consideran prioritarios” (1997: 281).

Por momentos, estimulante y en otros, “repleta de rupturas y tropiezos” como dice Guber, este recorrido estuvo marcado por “incidentes reveladores” (Guber, 2011:21) como suelen expresan las/os investigadoras/es. Dicha tensión entre los marcos teóricos y mi posición dual de trabajadora-investigadora, debe ser reconocida porque constituye un elemento que influyó en la elección de las estrategias metodológicas utilizada, la perspectiva etnográfica, a la que dedicaré más atención en otros párrafos de este capítulo. Y que supuso un ejercicio de la reflexividad y pensamiento crítico en la apuesta que es al mismo tiempo, hacer un análisis, evaluación y conceptualización de la tarea misma. Algo así como investigar la gestión, sugerido como posicionamiento alternativo a militar el estado y/o militar la gestión (Perelmiter, 2012; Vázquez, 2014; 2017; Vázquez y Liguori, 2018; Rocca Rivarola, 2019;) y que presentan, en definitiva, como modos en que se asumen los compromisos por lo público. Investigar la gestión que fui parte, influyó sin duda para hacer una nueva revisión bibliográfica y abandonar, en algunos casos, cierta bibliografía que era considerada de consulta obligada en la labor cotidiana, tales como algunas enumeradas en los párrafos iniciales de este capítulo. Así fue que comprendí el agotamiento de los argumentos del modelo burocrático y estatocéntrico y sus límites para pensar estos procesos complejos y en los que participan diversos actores e instituciones, se operan en oficinas estatales y en contextos políticos determinados. El trabajo con los diversos materiales junto con las preguntas de investigación y la construcción del problema se vieron atravesadas de manera recurrente por la puesta en cuestión de los paradigmas para su abordaje, que como dije, se fue complejizando no solo como producto de la lectura sino a partir de la recuperación de las lógicas cotidianas de la gestión a través de las entrevistas y reflexión sobre mis propias vivencias. A este interés central de la cocina del Mugica tratada en el capítulo 2, se añade la necesidad de incorporar una perspectiva subnacional (Gibson, 2006; Behrend, 2008 y 2011; Ortiz de Rozas, 2016; Pico, 2016) que se impuso a partir del trabajo de campo en ambas provincias seleccionadas para la comparación. La profundización del conocimiento de aspectos locales que han sido condiciones de posibilidad para que este programa nacional se implementara en esas provincias requirió la recuperación de esa escala de análisis que está desarrollada en clave comparativa en el capítulo 4. Lo que quiero reforzar es que durante los años que demandó esta investigación estuvo presente un trabajo de desplazamientos, no libre de tensiones, entre la perspectiva como trabajadora del organismo nacional sectorial de juventud al de investigadora- tesista y viceversa. Yo fui parte del programa como trabajadora durante los tres años que se implementó y del organismo donde se desarrolló desde 1987 por tanto, he contribuido a gestionar tanto uno como otro.

En los capítulos siguientes, lo que pretendí plasmar, fue el desafío de congeniar los saberes y prácticas propias de mi formación laboral -muchas asimiladas en las capacitaciones obligatorias[8]– ; junto con el oficio logrado en la interacción cotidiana, con los marcos teórico-metodológicos de la antropología social y sus múltiples intersecciones descubiertas en la revisión bibliográfica. Algunas además, suelen presentarse como antropología del estado o antropología de las políticas públicas (Assad, 2008; Ramírez, 2010; Shore 2010; Franzé Mudanó, 2013) y significaron recursos e insumos útiles para esta investigación. La incorporación de perspectivas antropológicas es prueba de otro desplazamiento efectuado respecto de mi formación sociológica a partir de los intercambios conceptuales de referencia y dio como resultado la integración de esas miradas. A continuación, se desarrollan las principales líneas teórico-metodológicas utilizadas para la producción de un conocimiento situado (Haraway, 1995) e historizado desde mi propio recorrido profesional y mi experiencia en esta acción de política pública participativa de juventudes. Ojalá haya logrado sacarle jugo a ese diálogo, no siempre armonioso y cuyos resultados están narrados en esta tesis. Tomando la metáfora de Walter Benjamin, en esta narración estuve tironeada entre la “marina mercante” y la “campesina sedentaria” conociendo el paño y sus mañas mientras que lo ponía en cuestión valiéndome de categorías de la teoría social. Porque en definitiva, en esta tesis también se trata de narrar mi propia experiencia como socióloga trabajadora del estado (Benjamin, 1991).

3. Los aportes de la Antropología Social. De la antropología del estado y de las políticas públicas a la antropología de la política

Los desplazamientos entre perspectiva, convivencia con las tensiones y la constante percepción de conclusiones inconclusas es un rasgo que cruzó todo este trabajo por mi doble condición de socióloga y trabajadora del área gubernamental. Esta posición dual, fue el modo y registro usado para elaborar una mirada que pone en cuestión los “márgenes del estado” (Mitchell, 1991; Das y Poole, 2008; Asad, 2008) y permitió la conceptualización de las prácticas como insumo para comprender este proceso. Con ello, la recuperación de puntos de vista de diversas/os actores a la vez que las escalas donde se dieron dichas prácticas y que sirvieron para el análisis del proceso de diseño e implementación de una acción de política del estado nacional. Esa doble condición, por una parte, me ubicó en un lugar diferenciado con respecto a mis colegas investigadoras/es dado que ser parte del trabajo cotidiano me permitió acceder a recursos a los que no siempre se permiten o acceden las/os investigadores externos[9]. La perspectiva interpretativa escogida se realizó con los testimonios de compañeras/os de trabajo y otras personas que fueron parte del Mugica desde la gestión del programa y mi propia mirada. Este rasgo intenté sostenerlo porque considero que agrega una perspectiva diferenciada en el análisis de estos procesos de políticas públicas y contribuye a dimensionar la noción de estado “desde adentro” (Bohoslavsky y Soprano, 2010). Y por otro, en tanto socióloga, intenté ejercitar la problematización de la tarea que muchas/os trabajadoras/es que a diario me acompañan, no realizan y que yo emprendí, por motivos que están explicitados en la introducción de esta tesis.

Ese agotamiento señalado de ciertos paradigmas y modelos o que resultaban incompletos para el desafío que inicié, llevaron a revisar marcos conceptuales y categorías de análisis producidas desde la antropología de las políticas públicas o del estado (Okongwo y Mencher, 2000; Wedel et al, 2009; Shore, 2010; Ramírez, 2010; Franzé Mudanó, 2013). Con el fin de conseguir las categorías adecuadas para el análisis hallé en un campo amplio como la antropología social, trabajos que revalorizan y se ocupan de la política y lo político, es decir, antropología política o antropología de la política (Frederic y Soprano, 2008: 130). Estos enfoques otorgan a la dimensión de la política un espacio específico de reflexión (Palmeira y Heredia, 1998; Palmeira, 2003; Balvi y Rosato, 2003; Balvi, 2007; Balvi y Boivin, 2008; Gaztañaga, 2010, 2018), dimensión que no se puede soslayar en los estudios del estado y las políticas públicas del modo que se pretendió hacer en este trabajo. Este campo temático, siguiendo a Frederic y Soprano, tuvo en Argentina su surgimiento e impulso en los años noventa a partir de la influencia de los estudios de posgrado de la antropología social de Brasil, más concretamente del Programa de Posgrado del Museu Nacional de la Universidade Federal do Rio de Janeiro. A partir del intercambio de producciones entre Brasil y Argentina, se originó un cambio importante en los temas de investigación diferenciándose de lo desarrollado durante los años 70 y 80. El abandono de la preponderancia marxista, con énfasis en cuestiones de clase y las estructuras económicas dieron lugar a otros estudios interesados en aspectos de la superestructura, como por ejemplo, la política o lo político, las políticas públicas, las burocracias estatales, la profesionalización de la política o las formas de militancia (Perelmiter, 2012; Vázquez, 2014; 2017; Vázquez y Liguori, 2018; Rocca Rivarola, 2019). En esta interseccionalidad entre antropología y política es que concebí este proceso de producción de políticas públicas participativas como fue el Programa Jóvenes Padre Mugica.

4. Las fronteras espaciales del trabajo. Los alcances del estado y la política

Para el estudio de las políticas públicas es necesario incorporar y desarrollar la categoría de Estado, en la medida que éste se presenta como el escenario donde acontece un complejo entramado de relaciones que significan las políticas públicas tanto que también suelen ser denominadas políticas de estado (Oszlak y O’Donnell, 1984). La complejidad de las lógicas estatales, los tiempos, actores y múltiples interacciones no debe confundirse con gestión de gobierno. Sin embargo, esa trama institucional donde tiene lugar el diseño e implementación de las políticas públicas tampoco puede ser analizada sin percatarse de las condiciones del contexto político, los acuerdos y/o tensiones que sirve de escenario de las políticas y la política. Por ello, es que “…debemos ser cautelosos de las aproximaciones que intentan aislar estos campos en cajas disciplinarias distintas, oscureciendo y escondiendo así la naturaleza inherentemente política de la formulación de políticas públicas” (Shore, 2010: 30). Por su parte, Weber (1985) entiende por política “sólo la dirección, o la influencia sobre la dirección de una asociación política; es decir, de un Estado…significa esfuerzos para compartir el poder, o esfuerzos para influir sobre la distribución del poder, ya sea entre estados o entre grupos dentro de un estado (Weber, 1985:10, cursiva del original). Esas formulaciones hacen inteligible enunciados tales como es una decisión política o, que trabajamos en un organismo que es muy político o que quienes trabajamos allí estamos muy politizados, expresiones nativas que escucho –y repito-; desde mi ingreso al organismo de juventud. Lugar por otra parte, que significó mi primer espacio de politización y donde conocí y aprendí los matices de la política y de hacer política cuando aún no participaba de espacios de activismo o militancia. Este registro personal es útil para reconocer el lugar de la política y la productividad que adquiere en las instancias de gestión estatal, y en particular, en el área de juventud que interesa aquí.

Todos esos enunciados y prácticas recuperados del discurso nativo y que aluden a la política, es parte de lo que Mariana Gené llama la “política con minúscula” (2019), el detrás de escena conformado por personas anónimas y otras que no tanto, que encarnan la tarea cotidiana del armado de estrategias y acciones propias de la gestión de las políticas públicas. De ese modo, lo político está asociado a la existencia de intereses en la distribución, mantenimiento o transferencia del poder necesarios para resolver el problema y tomar decisiones o de disponer el ámbito de implementación. Ello está presente también en las tensiones y acuerdos en las relaciones interpersonales de quienes, no se encuentran en las primeras líneas de la toma de decisiones, pero resultan hacedoras/es del trabajo político, sea un trabajo profesional o trabajo militante (Gaztañaga, 2008, 2018; Vommaro y Quirós, 2011) propios de estos procesos. Esa labor de gestión, si se desarrolla en la institucionalidad, en principio, es comprendida como una tarea, por momentos rutinaria, que hacen trabajadora/es del estado valiéndose de ciertos saberes y prácticas (Ben Plotkin y Zimmermann, 2012) y que dan forma y consistencia a un determinado entramado intraburocrático. En definitiva, se trata de un saber práctico (Bourdieu, 2007) no solo procedimental que permite a estas/os trabajadoras/es incorporase a la gestión pública y asumir diversas funciones y responsabilidades. Lo propio sucedió con las/os militantes sociales y políticos que ingresaron al MDSN con Néstor Kirchner (Boyanovsky Bazán, 2010; Perelmiter, 2016). Las distintas trayectorias y variadas experiencias en la gestión de recursos públicos desde fuera del estado, profesión u oficio y/o nivel educativo suponen aprendizajes realizados en el marco de una “socialización difusa” que caracteriza a este tipo de oficio político (Offerlé, 2011b: 95). Esa incorporación de militantes al ministerio, caracterizada como “burocracia plebeya” por Luisina Perelmiter (2016), se reprodujo en el área de juventud y,

se caracteriza por estar orientada a la producción de vínculos de apego, a salvar distancias. Para hacerlo, subvierte jerarquías de estatus. Sus prácticas habituales asignan valor positivo a objetos, personas o actividades no valorados socialmente, y lo hacen precisamente, por eso. De allí que las jerarquías sean solo contextualmente negadas, que permanezcan tácitas. Es precisamente la persistencia de la jerarquía, a la vez negada y afirmada en la práctica, la que le confiere a la acción propia de la burocracia plebeya su especificidad (p. 19, resaltado del original).

El Mugica, no puede estudiarse entonces, si se persiste en “una mirada reificada del Estado, estática o en la cual los funcionarios de gobierno eran [sean] interpretados como grupo social homogéneo” (Vázquez, 2018: 140). Mi inserción laboral fue, tal vez el registro más vívido y dimensión empírica más útil para desechar la perspectiva que define al estado como un espacio acotado y enunciado en mayúscula y singular (Soprano, 2007) y como categoría homogénea donde se dan las regulaciones formales y se opera el control político. En esta investigación el estado es considerado como un espacio complejo en el que se reconocen “una pluralidad de instituciones sociales, representaciones y prácticas de actores situacionalmente definidos al interior del Estado” (Soprano, 2007: 43) y por ello, se recuperó la noción de “estado en plural” que sugiere dicho autor. Por ello, a partir de ahora, estado será escrito con minúscula, excepto citas textuales. En dicha línea, el estudio del Mugica se piensa como un proyecto institucional de la agencia estatal (Soprano, 2007), la de juventud entre las diversas agencias estatales, que tienen sus historias, sus funcionarias/os, trabajadoras/es y sus múltiples interlocutoras/es políticas/os y sociales. Esta concepción del estado en plural amerita trascender, en el sentido de completar, la tradicional definición que nos diera Max Weber “…un Estado es una comunidad humana que se atribuye (con éxito) el monopolio del uso legítimo de la fuerza física dentro de un territorio dado” (Weber, 1985: 10). Para estudiar el estado moderno, donde acontecen los procesos de producción de las políticas públicas, se debe comprender que no se trata de una estructura nítida y autónoma con márgenes trazados por las estructuras burocráticas, (Das y Poole, 2008; Asad, 2008) y como aparato de control excluyente, ni tampoco simplemente que el estado es un conjunto de instituciones organizadas burocrática y formalmente constituidas que corresponden a una determinada organización social.

En esta investigación, se sostiene que no es posible trazar límites claros entre estado y sociedad civil y se intentó dar cuenta de esas diversas interacciones a partir de un programa de políticas participativas para jóvenes. En palabras de Mitchell, “el Estado debe ser abordado como un efecto de procesos detallados de organización espacial, organización temporal, especificación funcional, supervisión y vigilancia, que crean la aparición de un mundo dividido fundamentalmente en estado y sociedad” (1991: 95 traducción propia). O bien, reconocer que tiene fronteras porosas o “fronteras borrosas” en palabras de Gupta (2015), aspecto fundamental para advertir el modo y condiciones en que se construyen los vínculos y articulaciones con las/os actores e instituciones sociales. En el análisis que se presenta en estas páginas se intentó abandonar aquellas perspectivas más estructurales y normativas de estudiar el estado. Por el contrario, esta investigación puso énfasis en recobrar “las prácticas cotidianas, en los diversos ámbitos de interlocución, en las contradicciones y zonas grises, en la multiplicidad de contactos sociales en los que participan quienes ‘son` [somos] el Estado, quienes son su “rostro humano” (Bohoslavsky y Soprano, 2010: 29). Ese rostro humano, son las/os trabajadoras/es, funcionarias/os, jóvenes promotoras/es, entrevistadas/os para esta investigación, con quienes supe compartir jornadas laborales, el trabajo en territorio y otras aristas del proceso de políticas públicas que investigué. Por ello, significó un arduo ejercicio para no omitir los diferentes puntos de vista de actores involucradas/os y de las escalas en las cuales se desarrollaron los procesos estudiados.

Este estudio del Mugica combinó una perspectiva socio-histórica con mi pertenencia institucional o “modo de estar” (Velasco y Díaz de Rada, 1997: 103). Ambos registros guiaron la elección de los recursos de la perspectiva etnográfica y por las características del estudio emprendido, este procedimiento permite tanto un estudio descriptivo como la comprensión global del fenómeno (Aguirre Baztán, 1995; Guber, 2011). Asimismo, es un método con amplia tolerancia metodológica ya que pueden utilizarse variadas herramientas para dar cuenta de la perspectiva de las/os actores, entre ellas, el testimonio propio de la trabajadora-investigadora-narradora, que me propuse ejercitar. Ello es, comprender los sentidos y usos de los sistemas de clasificación nativos y la participación activa de las/os actores sociales en la definición de los espacios, dimensiones, alcances y escalas implicados en los mencionados procesos y eventos (Peirano, 1995; Neiburg, 2003). La elección de este posicionamiento metodológico aportó por un lado, para desnaturalizar el proceso de producción de las políticas públicas de acuerdo a esquemas rígidos y modelos estatocéntricos. Y por otro, lograr la comprensión de dicho proceso de acuerdo a cómo las/os propias/os actores lo conciben y actúan en tales circunstancias para evitar explicaciones “sujetas con alfileres” como dice Pierre Bourdieu (2003: 8).

En la búsqueda de materiales, registros, documentos y todo lo necesario para concretar este trabajo, también se hizo respecto de la metodología. La perspectiva etnográfica ha proporcionado recursos de utilidad y adecuados para esta posición transitada durante todo el proceso de investigación. Pero además, como dice Guber, porque

hay algo en la etnografía que los cientistas sociales necesitan y no encuentran en los recursos supuestamente más “objetivos” y ecuánimes del catálogo de los métodos de investigación. Será porque acrecienta la medida humana de aquellos a quienes queremos conocer. Será porque acrecienta la medida humana de los investigadores. O, también, será porque nos permite poner de manifiesto la medida humana del proceso de conocimiento denuestos objetos de estudio (2011: 13).

Como parte del Mugica y de la agencia estatal de juventud hace varios años, estuve doblemente involucrada en la producción de estos conocimientos situados como explicité. Por ello, procuré realizar una objetivación participante (Bourdieu, 2003) para lograr los propósitos de descripción y de interpretación de este complejo proceso socio cultural con especificidad y circunstancialidad en el que propuse hallar significados y no leyes (Geertz, 1973). Desde ese lugar, ejercitando una participación activa se intentó comprender las estructuras significativas, imposible de abordar desde la observación exterior. Sólo los comportamientos adquieren significado en el marco de relaciones intersubjetivas que rescatan la diversidad de los escenarios y las perspectivas de los mismas/os actores (Balbi, 2007). Es por ello, que no es posible la generalización o verificación de la teoría sino que ésta es, en algún sentido, producto de la comprensión de los hechos. Hechos no obstante, que son “hechos del pasado” (Balbi, 2007) lo que da una vuelta también al método etnográfico reconocido como un estudio sincrónico y se presenta aquí como otro de los desplazamientos que se hacen en esta investigación. Al respecto, Pierre Bourdieu –quien hizo una crítica recurrente al cientificismo, a las ortodoxas prescripciones metodológicas, pero también a “las prevenciones anticientíficas de los místicos de la fusión afectiva” (Bourdieu, 2002: 527)- fue referente para este recorrido. En la Miseria del Mundo (2002b), despliega un collage que invita a penetrar en experiencias de vidas variadas y apasionantes. Pero además de las imágenes y vivencias que abundan en las entrevistas, este libro tiene un apartado que merece especial atención y que resume en su título “Comprender”, algo que ya anticipara Max Weber. Especialmente refiriéndose al trabajo de entrevistas, definida ante todo como una relación social, Bourdieu propone conciliar la necesidad del método y un uso reflexivo de los aportes de la ciencia.

Solo la reflexividad, que es sinónimo de método –pero una reflexividad refleja, fundada sobre un “oficio”, un “ojo” sociológico-, permite percibir y controlar sobre la marcha, en la realización misma de la entrevista, los efectos de la estructura social en la que ésta se efectúa (Bourdieu, 2002: 528).

Así fue entonces que este posicionamiento metodológico guió todo el trabajo y posibilitó “sobre la marcha”, congeniar mis dos perspectivas y los aportes que ambas me ofrecen para esta investigación.

5. Trabajo reflexivo: el campo, la observación, la participación y las entrevistas

Mi posición en el proceso de esta investigación y los fundamentos que la sostienen fueron explicitados pero es necesario profundizar sobre ciertos aspectos de la metodología elegida. La perspectiva etnográfica supone una “instancia empírica” (Guber, 2011: 39) la que, en este caso resultó no sólo de un trabajo de campo posterior al período del programa estudiado sino, que se nutrió de un campo recuperado de mis días como trabajadora en el Mugica y en la agencia estatal, en tanto hechos del pasado. Aquella instancia empírica fue de manera simultánea, observación y participación. Luego, se completó con las entrevistas realizadas tanto a compañeras/es de trabajo, funcionarias/os y a jóvenes promotoras/es del programa, diez años después de su implementación. En este caso, para la realización de las entrevistas en las provincias, fue necesario explicitar el límite de mi rol y redefinir mi función en el lugar donde antes había llegado, en el caso de Corrientes; o me asociaban como una referente del programa en el caso de Santiago del Estero. Mi presencia debió quedar exenta de connotaciones de auditoría y/o control que, en algunos casos, surgió como temor al reconocerme asociada a una oficina estatal que les había otorgado diversos recursos durante el programa que iba a investigar. Desde ya que me presenté como parte de aquella experiencia pero que regresaba como investigadora con el fin de realizar una tesis de maestría enmarcada en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

La elección de la etnografía como método de investigación social supone dejar atrás la vieja pero recurrente discusión entre los referentes de las metodologías cuantitativas y cualitativas y la pretendida objetividad del trabajo científico. Inclusive, las posturas que han llegado a considerar a la etnografía como un “paradigma alternativo”, fuera de los paradigmas con status científico (Hammersley y Atkinson, 1994: 13). Esta controversia es una arista de la discusión –un tanto saturada- entre el positivismo y el naturalismo[10]. La referencia a este aspecto se menciona a propósito de mi posición en el proceso analizado y la lejanía a cualquier pretensión de objetividad. Esto último, puede generar la crítica que este trabajo se ubica más cercano a los naturalistas que “proponen una fusión del investigador con los sujetos de estudio, de forma tal que éste aprehende la lógica de la vida social como lo hacen sus miembros” (Guber, 2011: 40). Por lo tanto, es necesario revisar algunos aspectos de este proceso de investigación que, a mi entender, no se diferencia de otros, a pesar de mi nivel de inserción manifestado.

Durante el programa, en las oficinas y en las actividades en el territorio, estuvo activa mi observación sobre los distintos aspectos de su implementación. Esto significa que efectué una observación participante, aun sin proponérmelo y ese registro resultó material para esta investigación al ser recuperados junto con documentos escritos y audiovisuales. Ser parte del programa, representó una participación nativa o plena (Guber, 2011: 66), un tipo de inmersión que resultó productiva y viable. Mi rol estaba legitimado por mi pertenencia laboral, tanto durante el programa como cuando realicé las entrevistas diez años después, con las explicaciones dadas más arriba. Mi observación participante, es decir, mi presencia en aquellos años, no alteró o modificó ese escenario ni los comportamientos de quienes luego conformaron mi universo de investigación, porque era parte de ese mundo social que años después me interesó recuperar. La distinción radica que esa reciprocidad entre ellas/os y yo, fue recuperada con la vigilancia que otorga tanto la teoría como la metodología utilizada y no como un testimonio desanclado de ello. Queda claro que en esta investigación me ocupé de analizar temas sobre los que vengo trabajando desde hace tiempo y me encuentro involucrada. Ello me exigió una constante atención durante todo el transcurso del trabajo para evitar caer en interpretaciones nativas durante el proceso de comprensión de los fenómenos aquí narrados. El relato mismo que presento en estas páginas tiene el propósito de mostrar ese ejercicio de extrañamiento y toma de distancia. Me valí de la asistencia de la teoría de manera permanente para poder observar, comprender y explicar lógicas de trabajo, modos de intervención e interpretaciones nativas con las que convivo a diario por mi inserción en el área y en la temática.

El programa se construyó a partir de interacciones en las que sus protagonistas, actuaron al igual que sucede en la construcción del mundo social. Sus partícipes “no siguen las reglas, sino que las actualizan, y al hacerlo interpretan la realidad social y crean los contextos en los cuales los hechos cobran sentido” (Guber, 42) aquí, además me propongo comunicarlo. Si bien es cierto que los miembros no son conscientes del carácter reflexivo de sus acciones, en la medida que actúan y hablan producen su mundo y la racionalidad de lo que hacen. “Describir una situación es, pues, construirla y definirla” (Guber, 2011: 43) estando dentro o fuera, o en ambas. Desde esa posición, la tarea emprendida es al mismo tiempo, empírica y teórica. “Contra el ‘apartheid’ científico, Bourdieu sostiene que cualquier acto de investigación es simultáneamente empírico (por el hecho de abordar el mundo de los fenómenos observables) y teórico (porque necesariamente planea hipótesis relativas a la estructura subyacente de las relaciones que la observación intenta captar)” (Wacquant, 1995: 35). La reflexividad señala la íntima relación entre la comprensión y la expresión de dicha comprensión.

6. La perspectiva simbólica de la política pública. Producir la juventud

El entramado en que se produce el proceso sociocultural (Shore, 2010, Ramírez, 2010) de las políticas públicas requiere de miradas que incorporen múltiples dimensiones para su análisis. De ese modo, comprender sobre qué premisas se asientan y, con ello, qué recursos se movilizan para la construcción nuevas categorías del individuo, grupos y de subjetividades. Así pues, “el análisis de políticas públicas implica dar sentido al conocimiento tácito, a las múltiples interpretaciones, y a menudo a las definiciones en conflicto que las políticas tienen para los actores situados en lugares diferentes” (Yanow, 1993 citado por Shore, 2010: 24 traducción propia). Ello muestra que no sólo son “aparatos funcionales burocráticos, sino poderosos sitios de producción simbólica y cultural que siempre están representados culturalmente y comprendidos de formas particulares” (Ferguson y Gupta, 2002: 981 traducción propia). Las dimensiones socioculturales (Feixa, 1998; Reguillo, 2003; Chaves, 2005; Bonvillani, 2015) que se consideraron para el análisis del PJPM, fueron rasgos particulares de esta acción y suman al conjunto de elementos para comprenderlo como un recurso para la oficialización de las juventudes dada durante el kirchnerismo.

Las narrativas, discursos oficiales, imágenes y el nombre mismo del programa como alegoría favorecieron la construcción de un relato legítimo asentado en un nuevo vínculo entre el presente y el futuro (Gayol y Kessler, 2017) y un diálogo entre generaciones (Mannheim, 1993). Con todo, el programa se configuró, como instrumento productor de grupos sociales, de nuevas categorías de personas y formas de subjetividades y legitimador de la autoridad que le da origen. Asimismo, que en un contexto donde se operaron procesos entrelazados de legitimación o disputa de las políticas públicas participativas entendidas como “regulaciones socio estatales que buscan impulsar y promover la organización juvenil” (Vázquez, 2015: 14). Esas regulaciones se anclan en el ámbito estatal y es allí donde se priorizan las cuestiones a atender y son sus agentes “productores de problemas sociales” (Bourdieu, 1993,2002; Llobet, 2013), a los que a su vez se responde con acciones o programas de políticas públicas. Así es posible reconocer la fuerza simbólica de las acciones del estado, que encuentran en las políticas públicas base de sostén de la autoridad y lo constituyen en “una parte determinante a la producción y a la representación de los instrumentos de construcción de la realidad” (Bourdieu, 1993,2002: 6). Es decir, de las categorías de pensamiento que le dan autoridad y legitimidad. Dichas estrategias políticas refieren a ciertos intereses y a valoraciones que corresponden a la posición particular de aquellos que producen el universo burocrático y legitiman acciones y a quienes están en el poder. Al mismo tiempo, se producen estructuras mentales, de categorías de percepción y de pensamiento que poseen un fuerte “poder simbólico” y ejercen, aún sin percibirse, “violencia simbólica” (Bourdieu, 1993, 2002). Dicho poder simbólico, como forma transmutada de otras formas de poder, a través de diversas operaciones, instala y justifica una determinada visión del mundo según la relación que se estable entre los que ejercen o no el poder, en la estructura misma del campo donde se produce y se reproduce los símbolos de poder (Bourdieu, 2000). Asimismo, los símbolos y significados otorgan y garantizan poder de nominación a unos sectores con relación a otros. En otras palabras, “el poder de imponer la visión legítima del mundo social, es decir, el poder de (re) hacer la realidad preservando o cambiando las categorías por medio de las cuales los actores comprenden y construyen este mundo” (Wacquant, 2005: 16).

El estado en acción en las agencias estatales, es poseedor de tal capital simbólico, se constituye como un campo de poder, político y burocrático, comprendiendo “en términos analíticos, un campo como un red o configuración de relaciones objetivas entre posiciones” (Bourdieu y Wacquant, 1995: 64). De ese modo, las posiciones refieren al lugar que las instituciones o agentes ocupan y que posibilita controlar y alcanzar determinado tipo de capital, es decir, poder. La concentración de diferentes especies de capital es también la construcción de diferentes campos. De este modo, la construcción misma del estado es simultánea a la construcción del campo del poder que se presenta como un espacio de juego en cuyo interior quienes poseen las diferentes especies de capital luchan especialmente por “el poder del Estado, es decir sobre el capital estatal que da poder sobre las diferentes especies de capital y sobre su reproducción (a través, principalmente, de la institución escolar)” (Bourdieu, 1993, 2002). A partir de ello, es posible pensar este análisis del Mugica como proceso para “mostrar de modo situado las maneras específicas en que se oficializa y produce la juventud a nivel socio estatal a partir un conjunto de regulaciones vinculadas a la dimensión participativa” (Vázquez, 2015: 16).

La recuperación de la militancia setentista, sus imágenes y referencias, así como discursos de funcionarias/os y trabajadoras/es configuraron un “ethos militante” (Montero, 2007: 93) que amerita indagar acerca de la relación que se estableció entre participación, condición juvenil y juventud militante (Vázquez, 2014; Rocca Rivarola, 2019). Y con ello, acerca de la producción socio estatal de las juventudes, es decir, la producción de la condición juvenil (Criado, 1998; Chaves, 2005; Vázquez, 2015; Kriger, 2016) en la que ser joven y compromiso militante se enlazaron de modo estrecho. Porque “el sujeto joven está constituido en y por una trama material y simbólica en el marco de correlaciones de fuerza –también materiales y simbólicas-, en el seno de formaciones sociales concretas” (Vommaro, 2015: 18). Desde ahí, es posible pensar que desde el Mugica se realizó un proceso que implicó una homogenización y unificación de una identidad única que quedó contenida en la categoría jóvenes promotoras/es del programa (Offerlé, 2011: 119). A su vez que pensarlo, como a otros programas denominados de políticas participativas, que expresan antes que nada, un modo de trabajar con los/as jóvenes desde el estado.

7. Un análisis subnacional para un programa nacional. Las escalas de la política

El Mugica fue una acción de política pública que se diseñó y se promovió desde la agencia estatal de juventud, organismo del MDSN de alcance nacional. Digo promovió y no implementó porque justamente, la implementación de este programa en la diversas provincias del país, fue entablada con la intervención e interacción de varias/os actores, tanto pertenecientes a la agencia nacional como otras/os que trabajaban y vivían en cada uno de esos territorios donde el programa llegó. A su vez, esas múltiples relaciones se produjeron en contextos locales y resultaron ser las condiciones para que el Mugica adquiera características propias. Cuando decidí tomar este programa para analizar, la primera necesidad que surgió fue poder visualizar la ejecución territorial diferenciada de una misma política, propósito que va de suyo con la crítica a las perspectivas estatocéntricas planteada al inicio de este capítulo. Para ir respondiendo a esa inquietud, reforzada una vez iniciado el trabajo de campo, acudí a los estudios subnacionales (Gibson, 2006; Behrend, 2008 y 2016; Ferrari, 2016; Picco, 2016; Ortiz de Rozas, 2016) en los que encontré también una forma de aproximación a lo político ya que “permiten observar la diversidad en el modo en que un mismo fenómeno…se despliega en distintos territorios y temporalidades, adaptándose o montándose sobre realidades y tradiciones preexistentes” (Mauro, et. al, 2016: 13). Por ello, y junto con la perspectiva etnográfica que recupera la voz y mirada de las/os actores acerca de los acontecimientos estudiados, es que viajé a Corrientes y Santiago del Estero para recuperar también dicha perspectiva que habitualmente permanecen desconocidas/os para los estudios sobre programas como este, por centrarse en su condición de nacionales y anclando el análisis a referencias con los organismos de nivel central que los conciben.

El lugar de la política en el devenir de un programa como el Mugica, se expresa como una política de las políticas, es decir, un constante “negociar en el entramado cotidiano de actores e intereses que actúan en el Estado” (Gené, 2019: 24). Algo que no solo debe reconocerse en la agencia nacional de juventud a nivel central. Sino que requiere ser extendido al análisis de la política local para caracterizar el armado de un conjunto de estrategias y situaciones para hacer efectiva la implementación de un programa en la escala subnacional. Para ello, en el capítulo 4, a partir de tomar de manera comparativa la experiencia del Mugica en las dos provincias del país citadas, se apuntó también a comprender rasgos específicos que adquiere dicha acción, en tanto política nacional, en la escala subnacional. Lo particular de cada una de las condiciones subnacionales de la política que se recuperaron en cada caso, resultan una dimensión necesaria para la comprensión del proceso estudiado y su complejidad. Del mismo modo que se hace hincapié en el carácter político del trabajo, las tareas que involucraron la puesta en marcha y desarrollo de una política nacional, desde lo que acontece en el ámbito institucional nacional, también lo es el abanico de estrategias que caracterizan estas prácticas políticas subnacionales. Esas competencias, recursos y habilidades prácticas (Hurtado Arroba et. al, 2017) caracterizan el carácter productivo del trabajo político (Gaztañaga, 2018) no solo es potestad de las/os políticos y/o funcionarias/os, sino que también involucraron a las/os trabajadores y militantes para la instalación y permanencia del Mugica en territorio. Como bien dice Gaztañaga “no todo quehacer político es trabajo político” sino que es “actuar de modo especial en política” (2019: 96, cursiva del original). El análisis de las lógicas subnacionales agregó riqueza para comprender los diversos trabajos que confluyeron para instalar e implementar una política nacional en ambas provincias.

En ocasiones se encuentra una representación que entiende lo político “como un subsistema delimitado –una ‘esfera’ institucional/administrativa- escindida y exterior a ‘lo social’, depositaria de una autonomizada capacidad de actuar –diseñar, regular, distribuir, intervenir, proteger, coaccionar— desde ‘arriba’ y hacia ‘abajo’” (Franzé Mudanó, 2013:11, resaltado del original). Como política pública y acción de índole político, el Mugica conformó un entramado de relaciones, con diversos discursos, a veces en tensión, consensos y antagonismos como así también espacios donde se dieron las disputas y acuerdos que echa por tierra tal afirmación. Para algunos autores, siguiendo a Foucault, puede pensarse al programa como un conjunto de estrategias que conjugaron el saber-poder estatal para lograr la “gubernamentalidad del estado” (Foucault, 2007). Pero el estado no tiene entrañas, no tiene sentimientos ni buenos ni malos, dice Foucault, sino que el estado no es nada más que el efecto móvil de un régimen de gubernamentalidad múltiples (Op. Cit.: 96). En coincidencia con lo ya planteado, el autor tampoco concibe al estado como una institución monolítica. Por tanto, las instituciones estatales, el conjunto de prácticas gubernamentales y la trama de múltiples tensiones que acontecen allí, deben analizarse de modo relacional y nunca como un instrumento en sí mismo. Desde esta perspectiva, también la política puede considerarse a partir de los dispositivos pero no queda reducida a la restricción y la coacción como racionalidad gubernamental.

En el marco de esas relaciones también se considera la producción de subjetividades no desde una mera sumisión o dominación a las acciones del estado. Recuperando esa perspectiva foucaultiana, el programa conformó una trama compleja con tensiones y luchas por el control de recursos y sus protagonistas, por ocupar un lugar en posiciones donde se toman decisiones. En ese esquema de relaciones es que las políticas públicas pueden considerarse como una acción instrumental (Shore, 2010) que, apoyándose en la premisa de la participación resultaron un recurso para la construcción de hegemonía. En ese sentido, la hegemonía puede presentarse como un “juego” que se despliega en el terreno de la política y cuyas reglas y actores no están nunca predeterminados (Laclau y Mouffe, 1987). Según esta perspectiva siempre es un proceso abierto y quienes intervienen deben construir y controlar la dinámica del juego. Para ello, se contemplaron la multiplicidad de escenarios y realidades subnacionales en la medida que formaron parte de “una serie de procesos sociales, continuamente entrelazados, a través de los cuales se legitima, redefine y disputa el poder y el significado a todos los niveles de la sociedad” (Mallon, 2003: 85) en palabras de la autora, hegemonía siempre es un proceso hegemónico. En las estrategias de construcción y lucha del complejo entramado de un organismo público, se instituyen reglas, se comparten conocimientos y se establecen interrelaciones en las diversas escalas. El programa se analizó teniendo en cuenta tales cuestiones propias del proceso de producción de las políticas públicas. Por lo tanto, contribuyó para pensarlo como recurso para la construcción de hegemonía y no un mero andamiaje para imponer saberes y garantizar el ejercicio del poder.

8. Promotoras/es Mugica. Agentes en el mundo social

Como se dijo, las instituciones gubernamentales propiciaron modos de relación, lecturas o interpretaciones, prácticas y marcos simbólicos. En el periodo estudiado, el MDSN concentró un porcentaje considerable de iniciativas que tuvieron a las/os jóvenes como usuarias/os. A grandes rasgos, están aquellas regulaciones definidas como que “trabajan con jóvenes” y el grupo denominadas “juveniles” (Vázquez, 2015). De acuerdo a los organismos en que se anclaron estas acciones, tuvieron distintas orientaciones y lineamientos, entre las que se encuentras las denominadas participativas. En este universo de acciones el eje de interés según “su definición normativa, tienen como fin promover acciones y estrategia tendientes a impulsar la organización de los jóvenes” (Op. Cit.: 32) tal como es el caso del PJPM. Dichas formas de intervención favorecieron interpretaciones situadas y disputas. Asimismo, que originaron resistencias o cuestionamientos, pero, además, se crearon recursos para promover acciones y prácticas de agenciamiento que no se desprendieron ni estuvieron asociadas directamente a los objetivos definidos desde esta política pública. Es decir, que en el marco del programa surgieron diversos tipos de agenciamiento o reflexividad sobre las condiciones en las que se participó. Las/os jóvenes en tanto agentes humanos como la sociedad y las instituciones sociales son constituidos en y a través de acciones sociales y prácticas recurrentes.

El concepto de acción humana presupone el concepto de instituciones y viceversa. “Esto quiere decir que sujeto y objeto son producido y reproducidos en estas prácticas y acciones” (Giddens, 1999: 56) y con ello, las/os promotoras/es del Mugica son comprendidas/os como agentes con capacidad para alcanzar ciertos resultados que implica la noción de poder intervenir en el mundo social, negarse a hacerlo o actuar de otro modo. La capacidad de intervenir en el estado de las cosas, dejar su huella como prueba de la modificación en lo preexistente mediante la movilización de ciertos recursos, es en última instancia, ejercitar poder y es lo que convierte a estos actores en agentes. Los recursos son los medios mediante los cuales el poder es ejercido. Por ello, se entiende por qué “el poder nunca es mero constreñimiento, sino que está en el origen mismo de las capacidades de los agentes para producir resultados intencionales de acción” (Giddens, 1998: 204) y se subraya así la matriz productiva del poder. Los márgenes que las/os jóvenes agentes del Mugica encontraron para sus acciones fueron trazados por las condiciones socio históricas. Más allá de las circunstancias que restringen los comportamientos, dichos agentes competentes y discernibles siempre pueden obrar de otro modo. Un enfoque relacional como este contribuye a visibilizar aquellas prácticas y espacios, no tan nítidos en las investigaciones tradicionales sobre políticas públicas y acerca de un estado que es experimentado y resignificado con propias prácticas.

Sobre la base de estas principales líneas teórico-metodológicas se sostiene y se fundamenta esta investigación. Desde ya que siempre puede juzgarse de insuficiente tanto la selección de categorías elegidas para el análisis, la productividad lograda en relación con los acontecimientos estudiados, como así también las limitaciones que supone el recorte de aspectos a investigar y sus consecuentes conclusiones plasmadas en esta tesis. Para mí, más bien, el desafío radica en el rendimiento de los recursos y su aprovechamiento. Como dice Catalina Wainerman, “la realidad es ciega, sorda y muda, a menos que se la interrogue, y que se lo haga adecuadamente” (2001: 26). Si todo eso sucede, entonces mi tesis de maestría es un producto de investigación social. En el capítulo siguiente se analizarán las condiciones de posibilidad del PJPM atendiendo a los contextos en que surgió, aspectos que permitan comprender la construcción de una agenda de trabajo con las juventudes centrada en la promoción de la participación en el período estudiado. Asimismo, que las dinámicas cotidianas en la agencia estatal de juventud, los distintos clivajes del plantel y los saberes en diálogo poniendo énfasis en la escala nacional.


  1. Otro antecedente al respecto fue en los años sesenta. En la Guerra Fría comenzaron a hacerse visible los movimientos juveniles, especialmente estudiantes, en Europa y América Latina. La juventud se convierte en un tema a tratar a nivel nacional e internacional. En 1965 La Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración sobre el Fomento entra la Juventud de los Ideales de Paz, Respeto Mutuo y Comprensión entre los Pueblos, la que se centra atención en los graves daños padecidos a causa de las dos guerras mundiales y la importancia del papel de la juventud en la construcción del mundo contemporáneo.
  2. Llegaban del Instituto de la Juventud de España (INJUVE) que fue el organismo modelo para crear el argentino, también del Centro Latinoamericano de Juventud de Uruguay (CELAJU), que tenía como uno de sus referentes a Ernesto Rodríguez o bien, materiales de CREA México, UNESCO o CEPAL entre algunos de los que producían investigaciones que llenaban de contenido conceptual nuestra tarea. Ya como tarea institucional, la necesidad de producción e intercambio de conocimiento se formalizó con la realización de los Seminarios-Taller La juventud en Argentina en 1986 y 1987, y La juventud en Argentina: ¿Y la mujer joven?, en 1988, como actividad central del área Mujer Joven, creada ese año por disposición interna, a cargo de Alicia Moscardi y quien escribe. El área fue precursora en el abordaje transversal (edad y género). El primer encuentro internacional realizado fue el Seminario la Juventud en Latinoamérica. Balances y Perspectivas en 1987que reunió intelectuales e investigadores de la región vinculadas/os a la temática, entre ellas/os, Cecilia Braslavsky.
  3. La Subsecretaría de la Juventud se instaló unos meses después de su creación en el edificio de Avda. de Mayo 801, piso 11. El edificio correspondía al PAMI. Las oficinas, amplias, fueron armadas con mesas y sillas recuperadas de otras áreas ministeriales y unas pocas máquinas de escribir Olivetti manuales. Recién con motivo de la conmemoración del denominado Quinto Centenario, la cooperación española facilitó el dinero para el equipamiento de las oficinas.
  4. Varios sectores avalaron el golpe de 1976 y participaron de dichas dictaduras. No solo se contó con el apoyo de la ciudadanía, sino también del empresariado y la iglesia. Ello será expresado aquí como cívico-militar.
  5. Como ya se dijo, en la década del ochenta y por impulso del AIJ, los organismos internacionales especializados en la tarea de diagnósticos y estudios sobre la temática en la región, acompañaron con sus producciones. En los años noventa, también se diversificaron los espacios dedicados a las juventudes en el ámbito universitario, tal como la Nacional Autónoma de México (UNAM), la de San Juan de Puerto Rico, la de San José de Costa Rica, la de Caracas, la de Buenos Aires (UBA), la Universidad de Chile, la Católica de Santiago de Chile, por nombrar algunas. Esta etapa, más bien, inicia un ciclo de gran interés y especialización al respecto, que aquí impulsó la creación del “Proyecto Juventud” en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) Argentina con fundamental apoyo del Instituto de la Juventud de Alemania. Luego, Grupos de trabajo sobre Infancias y Juventudes en el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
  6. El título de la tesis es Juventudes y Estado durante la recuperación democrática en Argentina: Un estudio acerca de las Instituciones Nacionales de Juventud (1982-1989).
  7. El esquema analítico que propone al respecto Manuel Tamayo Sáez, lo denomina Ciclo Vital de las Políticas Públicas y reconoce cinco fases: Identificación y definición del problema, Formulación de las alternativas de solución, Adopción de una alternativa, Implantación de la alternativa seleccionada y Evaluación de los resultados obtenidos (1997:281).
  8. Las/os trabajadoras/as de la Administración Pública Nacional están comprendidas/os dentro de un sistema de empleo público conformado por normativas que regulan la carrera y la profesionalización del empleo público, tal como se presenta en los documentos institucionales. Tanto el Decreto 993/91 de Sistema Nacional de la Profesión Administrativa (SINAPA) y luego, el Decreto 2098/2008 de homologación del convenio colectivo de trabajo del personal del Sistema Nacional de Empleo Público (SINEP) incluyen las normativas referidas al sistema de selección para el ingreso al empleo público como así también características de la estructura del sistema, agrupamientos y niveles de revista y requisitos. Asimismo, aspectos referidos a permanencia y estabilidad en el empleo de acuerdo al sistema de evaluaciones de desempeño anuales y capacitaciones. Estas últimas pueden realizarse en áreas específicas del sistema nacional, o bien, pueden obtenerse créditos a partir de la presentación de equivalencias de capacitación producto de actividades externas evaluadas acordes a la tarea que desempeñan las/os trabajadores y aprobadas por el Ministerio de Modernización. A partir del SINAPA, ahora con el SINEP, el ascenso se realiza de modo horizontal, es decir, acumulando grados, uno cada tres años promedio, a partir de las calificaciones lograda en la evaluación de desempeño y se requiere además poseer una cantidad anual de créditos que se le solicita al empleado/a de acuerdo al nivel de revista. Para ascender de nivel se requiere someterse a concurso. Sin embargo, más de la mitad de los/as trabajadores se encuentran comprendidos dentro de la Resolución 48/2002, referida a la contratación del personal de manera transitoria, que les dota iguales derechos que el personal de planta permanente, excepto la estabilidad en el empleo. Dichos/as trabajadores/as renuevan su puesto cada año, pueden ser despedidos y bien, no lograr renovar su contrato. Para más detalles ver: (15/03/2020) http://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/5000-9999/6293/norma.htm (SINAPA) http://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/145000-149999/148090/texact.htm (SINEP) http://servicios.infoleg.gob.ar/infolegInternet/anexos/80000-84999/81239/norma.htm (RESOLUCIÓN 48).
  9. Hay limitaciones para el acceso a un sistema de información público que existe en algunas agencias del estado dado por diferentes motivos. No obstante, en el caso de la agencia de juventud, hay un dato que no se puede soslayar. A fin de los años ochenta, se creó el Centro de Información y Documentación Juvenil (CDI), que contaba con documentos nacionales e internacionales, una hemeroteca y una biblioteca especializada. El CDI estaba abierto al público que podía consultar sus materiales en las oficinas del organismo. También editó un boletín mensual llamado Noti Joven, primero en papel y luego electrónico y, logró publicar la primera Revistas de Estudios de Juventud “Mayo”, cuyo único número salió en 2000 y, el segundo quedó trunco por la abrupta salida del gobierno de Fernando de la Rúa en 2001. Las tareas del CDI fueron interrumpidas al inicio de la gestión de Mariana Gras en el año 2006 y los materiales conservados fueron donados por trabajadoras del área al GEPoJu/IIGG. Puede consultarse La historia de los organismos nacionales de juventud en la Argentina desde el archivo documental: Nuevos abordajes y desafíos (1983-2002). Pablo Vommaro, Mariana Liguori, Gabriela Roizen, Wanda Perozzo y Viviana Norman en Revista Metamorfosis, Número 7-Diciembre 2017. https://www.adolescenciayjuventud.org//wp-content/uploads/2019/10/74-1-209-1-10-20180115.pdf.
  10. El positivismo, privilegia los métodos cuantitativos considerándolos más apropiados dada su concepción de ciencia perfilada según los postulados de las ciencias naturales. En este sentido, las ciencias sociales se deben a la verificación de teorías a través de la lógica del experimento. Este camino debe confluir en la enunciación de leyes generales mientras que el lenguaje utilizado debe ser neutral. La objetividad científica debe desprenderse de las influencias y contaminación del investigador. Las estrategias cuantitativas son las legitimadas confiriéndoles superioridad sobre las cualitativas. La corriente naturalista, remarca la especificidad del mundo social y los elementos que este contiene y que definen el modo en que debe ser investigado. El objeto es la vida cotidiana y su abordaje privilegia la mirada de las/os protagonistas y el significado que éstas/os le otorgan a sus vivencias. Rechazan cualquier concepción que emprenda la explicación de los comportamientos humanos en términos causales y bajo leyes universales. Por ello, la metodología cualitativa es la más adecuada para la observación de los actores en su propio espacio y la interacción con ellos, atendiendo el significado que éstas/os le otorgan a sus comportamientos y relaciones con otras/os. Permite de este modo captar la multiplicidad de significados que los comportamientos poseen para aquellas/os que los realizan.


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