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1. De qué hablamos cuando hablamos de clases y sus luchas

Clase y experiencia de clase

Introducción

Lo siento. Si no se está en una iglesia, no hay por qué temer a la herejía.

Raymond Williams, “Literatura y sociología: a la memoria de Lucien Goldmann”, 2000.

Es particularmente notable cómo cada época y cada sociedad se entiende y dice a sí misma a partir de determinados conceptos que le permiten explicar cómo es que las cosas suceden, cuáles y en qué consisten sus problemas, y qué tipo de transformaciones pueden o no suceder. Es quizá por ello que cada momento tiene un repertorio de categorías que se vuelven comunes y compartidas, cuyo uso y reiteración dicen de la extensión, publicidad y validez de determinados conceptos respecto de su potencia para explicar el presente. Pero son también esas circunstancias las que habilitan la sospecha; una sospecha que, en deuda con una vieja tradición filosófica, consideramos constituye un refugio para la producción crítica de conocimiento[1].

Como advertíamos en la Introducción de este libro, el anunciado “fracaso” de la clase y su proyecto transformador se tradujo en un desplazamiento del paradigma marxista como base de la reflexión académica de procesos de movilización y lucha, en favor de otras aproximaciones con alto consenso y difusión en el ámbito académico internacional. Si las teorías de los “nuevos movimientos sociales”, la teoría de las “estructuras de oportunidades políticas” y la teoría de la “movilización de recursos” situaron a la categoría de “acción colectiva” como objeto central del análisis; las seductoras derivas teóricas sobre la “biopolítica afirmativa”, sobre la “multitud”, o sobre la “democracia radical” también redefinieron categóricamente la condición del sujeto, y con ello, la condición general de lo social y su clave de producción y transformación (Ciuffolini, 2015; Galafassi, 2006; Gómez, 2017; Modonesi y Iglesias, 2016). En uno y otro caso, suspendieron la problematización de los procesos de resistencia social a partir de la categoría de clase como clave de interpretación de ese proceso de creación y transformación de lo social.

Frente a ello, nuestro planteamiento parte de recuperar el peso de la producción teórica que denuncia y confirma que la característica fundamental de nuestro tiempo es una expansión global de la sustracción capitalista que tiende a ocupar la totalidad del espacio social (Bartra, 2016; Gago y Mezzadra, 2015; Negri, 2013, Holloway, 2004). Las diversas y enriquecedoras lecturas actuales (Altamira, 2013; Boltanski y Esquerre, 2017; Federici, 2010; Fraser, 2017; Revel y Negri, 2013) nos ofrecen nuevas formas para conceptualizar y distinguir los dispares sectores y regímenes de extracción y acumulación capitalista; ello, a su vez, sin descuidar ni la imbricación funcional, ni la distribución geográfica o los pesos y proporciones relativas que en un único sistema-mundo tienen: la industria, las finanzas, la “economía del enriquecimiento” o las tecnologías de la información; ni el cada vez más desvanecido sentido de cualquier frontera entre la explotación dentro del “tiempo del trabajo” –en un sentido restrictivo– y el “tiempo de la vida” .

Son las contradicciones sociales que esta expansión capitalista conlleva y reproduce lo que explica la expansión constante y simultánea de luchas que le resisten y que proponen dinámicas productivas, sociales y políticas alternativas. Por ello, nuestro planteo parte de confirmar la vigencia analítica del conflicto de clase que, en la mayoría de los casos, se presenta desde una complejidad oblicua, móvil y también paradójica, que supera ampliamente cualquier sociología del trabajo y de la fábrica como espacio social y simbólico privilegiado.

En este plano, no es menor el hiato entre, por un lado, una férrea convicción teórico-política de inscribir las actuales formas de resistencias como grietas o puntos de fuga desde formas de dominación capitalista; y, por otro lado, cierta reticencia a utilizar una analítica clasista para enfrentar un evidente giro discursivo de esas luchas por desvestirse de lo que, alguna vez, fue “un lenguaje clasista” o más explícitamente, una “identidad clasista”. Es que, ciertamente, gran parte de los procesos de movilización política de los últimos 30 años en nuestra región comenzaron, se expandieron y consolidaron desde necesidades, percepciones y formas de subjetividad a las que las clásicas organizaciones basadas en una “identidad de clase” no dieron lugar o tiempo, o simplemente, no dieron cuenta de ellas (Gómez, 2014 y 2017; Veltmeyer, 2017) –por ejemplo, las luchas por los derechos humanos, por el trabajo, por el ambiente, por la tierra, entre otras.

Con ello, y uniéndonos al coro que componen otras propuestas actuales[2], este capítulo desarrolla y fundamenta las claves teóricas y analíticas que guían el estudio de procesos concretos e históricos de constitución clasista de sujetos políticos. Para ello, recogemos en un mismo trazo los aportes de Marx, de Gramsci y de Thompson, para rescatar de sus obras los aspectos que insisten en la clase como forma de subjetividad política. Resumidamente, justificaremos que la clase es una forma de subjetividad que se constituye en la intersección histórica y móvil de experiencias de colectivos sociopolíticos en lucha, que se expresan, autodefinen y organizan a partir de relaciones de antagonismo en torno a la producción y reproducción de condiciones de vida social.

El capítulo se organiza en dos partes: la primera, traza el camino para una recuperación de lecturas e interpretaciones teóricas sobre la clase, como relación procesual y antagónica. La segunda parte, precisa y justifica una serie de claves analíticas centradas en la categoría de experiencia, que permiten encarar, con cuatro dimensiones precisas, un proceso de estudio de casos empíricos de lucha; en efecto, es el estudio de las variaciones de estas dimensiones lo que nuestro trabajo de análisis mostrará a lo largo de los capítulos 3, 4 y 5.

1. Clase: Lucha y proceso. Claves teóricas fundamentales

De tal manera el marxismo vivo es heurístico: en relación con su búsqueda concreta, sus principios y su saber anteriores aparecerán como reguladores.

Jean Paul Sartre, “Crítica de la razón dialéctica”, 1963.

La apuesta por la pertinencia de un abordaje clasista para los diversos y múltiples procesos de movilización política en nuestras sociedades latinoamericanas no resulta una tarea fácil, incluso dentro del conjunto de lecturas marxistas y sus recuperaciones contemporáneas. Los consensos y ejercicios interpretativos se bifurcan cada vez que se reconoce que en la misma obra de Marx no hay un concepto definitivo de clase, en sentido estricto, pues nunca llegó a desarrollar en términos sistemáticos una “teoría de la clase (Bonavena, 2011; García Vela, 2017; Nievas, 2016). Si bien es posible encontrar en su obra definiciones que insisten en las clases como grupos constituidos –y por ende, una línea de investigaciones posteriores que sobre esa mirada se asientan[3]–, no son menores las referencias a la clase como resultado de la lucha de un/os sujeto/s que asume/n para sí un interés colectivo, y configuran sus estrategias y alianzas de lucha en el mismo proceso de conflicto. Esta última es la línea que recuperamos y desarrollamos en este estudio.

Tal elección implica una suspensión de aquellas posturas sobre la clase que, para explicar las formas de subjetividad política, parten de una traducción lineal y automática de ciertas posiciones o lugares que ocupan los sujetos en estructuras socioeconómicas, en tanto restricciones o límites externos y fijos. Estas miradas no han sido para nada periféricas dentro de la discusión marxista y, en general, hablan de clase a partir de la centralidad que, para definir esas estructuras, tienen las relaciones laborales o salariales. En general, este tipo de posicionamientos han recibido distintos motes censores y tajantes: “sociológicos”, “estáticos”, “topológicos” o “estructuralista”[4]. En general, se pueden resumir tres puntos de crítica contra ellos:

  1. En estos enfoques, la clase no sería más que una respuesta automática que, en el plano de la constitución subjetiva, asume la coerción estructural que pesa sobre los grupos sociales. Como explica Gómez (2017), la lucha social, las protestas, o la movilización de masas, tienden a convertirse en “epifenómenos” de realidades más fundamentales: las relaciones de propiedad o las relaciones salariales. En esta lectura, la clase remite a un fenómeno subjetivo cuya clave explicativa está mayormente resuelta ex ante de las acciones de los hombres y mujeres; más aún, la acción de lucha tiene un lugar derivado en forma lineal y viene a completar la descripción de un proceso ya resuelto.
  2. En esas miradas sobre la clase, hay un bloqueo respecto del carácter móvil, contingente o histórico de las estructuras y emplazamientos que determinan la posición de los distintos sectores sociales. En realidad, estas perspectivas sobre la clase anulan la indagación de cómo tales estructuras y emplazamientos se generan, reproducen o transforman en su lucha entre grupos sociales. Aquí, el problema es que no dan cuenta de un principio marxista esencial sobre el orden social: este es abierto y fluido (Bonefeld, 2004; Gunn, 2004)[5], por lo que un concepto de clase acorde con este principio revela un dinamismo subvertidor del orden. Toda estructura de dominación fija y coercitiva es justamente aquello que una subjetividad clasista tenderá a destruir.
  3. Por último, estas posiciones dejan traslucir una visión reificada de la clase que “es definida y a la vez se define a sí misma como un grupo con cierto tipo de atributos estables ligados a una ‘colocación’ dentro del sistema (organización sindical, lucha por el salario, identidad con el Estado de Bienestar, etcétera)” (Tischler, 2001, p.178), dando cuenta no sólo de una “realidad objetiva” sino de una construcción ideológica subjetiva que opera, se reproduce y constriñe a los mismos sujetos que se nombran como clase.

Por el contrario, y desde una perspectiva que rescata la posibilidad y el horizonte de la acción política de los sujetos, nuestra propuesta elige reubicar la noción de clase dentro del proceso y del campo antagonista de lucha. De la mano de las observaciones de diversos autores contemporáneos (Bhattacharya, 2018; Gunn, 2004; Holloway, 2005; Marín, 2000; Meiksins Wood, 2013; Modonesi, 2010b), y reconociendo la influencia tripartita de Marx, Gramsci y Thompson, lo anterior nos lleva a destacar dos precisas claves conceptuales e interpretativas:

  1. la clase es siempre un proceso en constitución y, a la vez,
  2. es siempre una relación de lucha antagónica.

Abordar estos aspectos requiere una serie de explicaciones y precisiones que abordamos a continuación.

1.1. La clase: devenir posible dentro de relaciones capitalistas contradictorias

Abordar la clase como un proceso de constitución nos ubica frente al desafío de aprehender un movimiento siempre complejo y no lineal que se desarrolla en el marco de un conflicto, esto es, que se define a partir de una situación controversial en la que se establecen claramente –más no fijamente– unos determinados adversarios.

El objeto de la disputa inscribe en la relación capital/trabajo como relación que, en sociedades capitalistas, prefigura las maneras en las que los sujetos acceden a sus condiciones de vida y entran en diversas relaciones sociales. Usamos la palabra prefigurar, siguiendo a Williams (2000)[6], a fin de resaltar que la relación capital/trabajo si bien “determina” las relaciones entre los sujetos, no lo hace como una fuerza externa o pre-existente que controla absolutamente sus respuestas, sino como una fuerza que fija los límites de las acciones posibles.

Comprender la naturaleza de esta prefiguración supone considerar que la forma de relación entre capital/trabajo no existe por sí misma, sino como forma pervertida o fetichizada en una multiplicidad de relaciones cuya condición previa –y continuamente reproducida– es el divorcio del trabajo de sus medios y condiciones. Esta separación se manifiesta cualitativamente de diversas maneras y, muchas veces, de formas no directamente aprehensibles en la experiencia más inmediata y concreta de las condiciones de vida (Gunn, 2004). Así, es la relación capital/trabajo la que, de manera antagónica, atraviesa, separa, y produce vidas, espacios, relaciones sociales y prácticas concretas e históricas, que son unidad y síntesis de múltiples determinaciones (Marx, 2007)[7]. De ahí que la totalidad de la práctica social se encuentre bajo el influjo del campo magnético de la relación capital/trabajo y sus efectos sobre las condiciones de vida (Bhattacharya, 2018; Chignola y Mezzadra, 2014; Meiksins Wood, 1983)

Esta centralidad de la relación capital/trabajo en la organización de las relaciones sociales exige, asimismo, rechazar cualquier comprensión restrictiva del mundo del trabajo; en su lugar se propone tratarlo en su sentido más amplio, como un proceso por el cual los hombres y mujeres se configuran o resisten a esa dinámica de producción explotadora de cuerpos, de recursos y de naturaleza (Gago y Mezzadra, 2015; Negri, 2013; Veltmeyer, 2017). Visto así, pierden horizonte los calurosos debates que intentan dirimir de manera dicotómica o excluyente si la relación capital/trabajo es la única que estructura el resto de las relaciones de dominación; o si, por el contrario, este papel lo ocupan otras relaciones y contradicciones –otrora despreciadas como “superestructurales” o “culturales”– como lo son las de género, de raza, las religiosas, entre otras. En la medida en que en una formación social y en un momento histórico dado, todas estas fuerzas se presenten estructurando, produciendo o mediando las condiciones de existencia inmediata para los sujetos en relación a otros sujetos; son, en consecuencia, “básicas” y no meramente “superestructurales” (Butler, 2000; Meiksins Wood, 1983; Williams, 2012)[8].

Si la especificidad del punto de vista marxista es su énfasis en la producción y reproducción de las condiciones materiales de existencia (en tanto producto de contradictorias relaciones sociales, política, culturales, religiosas, etc.), este conjunto complejo de relaciones sociales hace a la distribución desigual y conflictiva de recursos, cuerpos, lugares y trayectorias. En otras palabras, la contradicción radica en la propia organización y disposición de los hombres y mujeres entre sí y respecto de la naturaleza. Ello es lo que habilita potencial o actualmente antagonismos y contiendas de intereses y grupos. Parafraseando a Negri (2013), las relaciones capitalistas están expuestas a una enorme presión que puede hacerlas estallar en cualquier momento: la vida social en las sociedades capitalista siempre puede potencialmente manifestarse como una lucha y, que ello sea así, es algo que excede las intenciones o voluntades individuales.

En otras palabras, el proceso de constitución de clase es un devenir posible, más no un destino ineluctable. Es decir, las contradicciones que son inmanentes a las relaciones sociales capitalistas “disponen” o “crean las condiciones” a participar de una lucha política, por lo que son potencialmente “conflictivas”. Pero la lucha política y los sujetos que a partir de ella se constituyen no se activan “automáticamente”. La constitución como clase es siempre un estado potencial cuya condensación como tal depende tanto de tensiones estructurantes en la que los sujetos viven, como del proceso de subjetividad política que se despliega y desarrolla a partir de aquellas contradicciones (Ciuffolini, 2015; Meiksins Wood, 1983; Modonesi, 2010b; Savoia, 2016). 

Con ello, el estudio de la clase no debe abordarse desde una perspectiva de sujetos constituidos, sino más bien como un espacio heterogéneo y disgregado de sujetos en constitución, en re-constitución o des-constitución[9]. Gramsci lo advierte con estas palabras: 

“La historia de las clases subalternas es necesariamente disgregada y episódica: hay en la actividad de estas clases una tendencia a la unificación, aunque sea en planos provisionales, pero esa es la parte menos visible y que solo se demuestra después de consumada.” (Gramsci, 2010, p.493)

El aspecto disgregado, desconectado y asilado de la disposición a actuar como clase es lo que Thompson señalará también –en su Prefacio a La formación de la clase obrera en Inglaterra– como la condición de partida de un proceso de constitución clasista:

“Por clase, entiendo un fenómeno histórico que unifica una serie de sucesos dispares y aparentemente desconectados en lo que se refiere tanto a la materia prima de la experiencia como a la conciencia.” (1989, p.14)

De esto se trata analizar la clase como “proceso” y no como “cosa”; analizar la clase desde su inherente variabilidad y cambio, y no desde su fijación a un lugar o posición. Es que la clase no puede considerarse como el despliegue lineal de una identidad pre-existente; tampoco es un estado o una cualidad o atributo ya dado de ciertos sujetos, y no de otros. Asimismo, se descartan los intentos de identificar ciertas características que se correspondan con etapas de “evolución” o “progreso” lineales, desde una fórmula universal y única, aplicable a cualquier lucha social, en cualquier tiempo y lugar. Más aún, es trunca la empresa analítica que pretenda buscar algún punto temporal a partir del cual pueda decirse “aquí hay una clase”, para asumir con total seguridad su existencia posterior, o incluso, su inexistencia anterior.

Si, como sugiere Thompson (1989), la clase nunca “es” completamente, sino que “va siendo” o “se hace siendo”, las implicancias para analizar los procesos de constitución, des-constitución o re-constitución de la clase hacen necesario el análisis histórico y empírico en tanto instancia necesaria para comprender la emergencia procesual y móvil de subjetividades clasistas[10].

La clase no se produce de una vez y para siempre, y a “una hora determinada”: se produce muchas veces; se pierde y se encuentra de nuevo; tiene que ser afirmada y desarrollada continua y prácticamente en el desarrollo de su acción política:

“se interrumpen continuamente en su propia marcha, vuelven sobre lo que parecía terminado, para comenzarlo de nuevo, se burlan concienzuda y cruelmente de las indecisiones, de los lados flojos y de la mezquindad de sus primeros intentos, parece que sólo derriban a su adversario para que éste saque de la tierra nuevas fuerzas y vuelva a levantarse más gigantesco frente a ellas, retroceden constantemente aterradas ante la vaga enormidad de sus propios fines, hasta que se crea una situación que no permite volverse atrás y las circunstancias mismas gritan: Hic Rhodus, hic salta!¡Aquí está la rosa, baila aquí!”  (Marx, 2003, p.3)

El análisis diacrónico de la acción política concreta de los sujetos, y de las relaciones de lucha en las que entran, es imprescindible cuando no surgen exactamente de la misma forma, cuando “no hay ley” (Thompson, 1989, p.14) para su emergencia y trayectoria. En este sentido, también Gramsci advierte que, desde la óptica marxista,

“En realidad, se puede prever ‘científicamente’ sólo la lucha, pero no los momentos concretos de ésta, que no pueden sino ser resultado de fuerzas contrastantes en continuo movimiento, no reductibles nunca a cantidades fijas, porque en ellas la cantidad se convierte continuamente en cualidad. Realmente se ‘prevé’ en la medida en que se actúa, en que se aplica un esfuerzo voluntario y con ello se contribuye concretamente a crear el resultado ‘previsto’. La previsión se revela, pues, no como un acto científico de conocimiento, sino como la expresión abstracta del esfuerzo que se hace, el modo práctico de crear una voluntad colectiva.” (Gramsci, 1986, p.267)

No siendo un proceso lógico sino inmerso en el tiempo histórico, la dinámica de formación de la clase sólo puede observarse a través de un periodo temporal ciertamente extenso que permita reconocer distintos circuitos de desarrollo[11]. Parafraseando a Benjamin (2007), la clase emerge interrumpiendo la “duración de la dominación” y, en esa discontinuidad, crea una continuidad propia, una temporalidad a su medida[12]. Acceder a esa temporalidad discontinua de la clase requiere, más bien, unir esos “instantes”, “momentos” o “puntos” excepcionales en los que emerge, inaugurando un modo único de constitución en y por relaciones históricas y cambiantes de lucha. Como plantea Cuiffolini (2015)cualquier intento de reconocer una “persistencia” –latente u ostensiblemente– sólo es posible a partir de una serie de “inter-instantes”. Para el análisis, entonces, resulta central reconocer los desplazamientos o cambios dentro de un proceso de constitución clasista que, a modo de “instantes” o “momentos”, no necesariamente tienen una fijación temporal única, en el sentido que explicamos antes.

1.2. La clase: relación de lucha, relación antagónica

La categoría clase supone, como decíamos anteriormente, que su configuración como tal es siempre al interior de una relación social, y, por lo tanto, no se puede aprehender más que a través de una relación, y, de manera específica, como una relación de lucha con otros (Bonavena, 2011; Ciuffolini, 2015; García Vela, 2017; Gómez, 2017; Gunn, 2004; Íñigo Carrera, 2013; Modonesi, 2016). La clase sólo aparece, como sujeto político, cuando sostiene una lucha común que atañe a condiciones de vida también comunes:

“los diferentes individuos sólo forman una clase en cuanto se ven obligados a sostener una lucha común contra otra clase.” (Marx y Engels, 1974, p.95)

Lo mismo señala Thompson:

“Para expresarlo claramente: las clases no existen como entidades separadas, que miran en derredor, encuentran una clase enemiga y luego comienzan a luchar. Por el contrario, las gentes se encuentran en una sociedad estructurada en modos determinados (crucialmente pero no exclusivamente en modos de producción), experimentan la explotación (o la necesidad de mantener el poder sobre los explotados), identifican puntos de interés antagónico, comienzan a luchar por estas cuestiones y en el proceso de lucha se descubren como clase, y llegan a conocer este descubrimiento como conciencia de clase. La clase y la conciencia de clase son siempre las últimas, no las primeras fases del proceso real histórico.” (Thompson, 1984, p.37)

Dentro de una misma unidad conceptual, la clase no es un a priori a la lucha ni tampoco se alcanza definitivamente a través de ella; pero es en la lucha donde y cuando las clases se constituyen, reconstituyen y, por supuesto, también es en la lucha donde las clases se destruyen o desaparecen[13]. En esta línea, Marín sugiere que no se trata de encontrar qué es lo primario: si las clases o su lucha, sino de entender que el proceso mismo de formación de una clase o, el proceso mismo de su desarrollo,

“pre­supone no sólo la génesis y la formación de clases sociales; sino que la génesis y el desarrollo mismo de las clases sociales, es la forma en que se expresa el enfrentamiento entre ellas.” (Marín, 2000, p.3) 

Vincular de esta manera la lucha y la constitución de una subjetividad de clase tiene una importancia central porque nos permite marcar algunas distancias con al menos otras tres aproximaciones. En primer lugar, nos permite diferenciarnos de aquellas corrientes que han insistido en hablar de la acción política y los actores que se muestran a través de ella como “movilización”, “contestación”, y, especialmente, como “protesta”[14]. Dice Modonesi (2016) que es por demás sintomático que el término lucha no figure en el léxico convencional de las sociologías de la “acción colectiva” –muy probablemente por su connotación política y marxista, dice el autor. Modonesi (2013) coincide con Galafassi (2006) en que la noción de “protesta” produce un sesgo institucionalista ya que asume la centralidad del Estado como actor privilegiado hacia quien se dirige la demanda de la acción contestataria, y, por supuesto, quien tiene la facultad de resolverla o clausurarla en el marco de sus propias reglas y procedimientos[15]. Es que el concepto de “protesta” no registra necesariamente conflictos y relaciones de clases en lucha; más bien, su énfasis está puesto en su visibilidad pública y en un genérico carácter “contencioso” de la acción política dirigida hacia el Estado (Revilla Blanco, 2010; Svampa, 2009).

En segundo lugar, dentro de los estudios que se asumen parte del campo marxista, tomamos la advertencia de Gómez (2017) para abrir un contrapunto explícito con lo que este autor agrupa como enfoques “posclásicos y constructivistas” de la clase[16]: estos tienden a prescindir del enfrentamiento como dimensión secuencial y constitutiva de la clase, a favor de una multideterminación relacional. Aquí, la clase es mucho más una construcción convergente de individuos atraídos por la fuerza de la homogeneidad y la reproducción, que fruto de la lucha y el conflicto con otros. Estas miradas “constructivistas” se centran también en los procesos de formación subjetiva de la clase, pero privilegian explicar esa formación a partir de los estilos de vida comunes, las estrategias de ascenso y de perpetuación mediante las cuales los sujetos procurarían garantizar la distancia, el cierre y la supremacía sobre otros (Gómez, 2017). Tienden, por ello, a menoscabar conceptual y temáticamente la cuestión del enfrentamiento y la lucha.

Por último, el carácter antagonista de la constitución clasista al que nos referimos también instituye un desplazamiento respecto de la recuperación que de este concepto han hecho las difundidas propuestas de Laclau y Mouffe[17], de Melucci[18] o de Negri[19]. Con estas miradas coincidimos en la inexistencia de identidades concebidas como fijas (pre-fijas o fijadas), en la medida en que los antagonismos que las constituyen son cambiantes y fluidos. No obstante, lo que distingue el carácter antagonista de la formación de la clase remite, indefectiblemente y en última instancia, al modo –aun cuando éste sea tornadizo y móvil– en que la relación capital/trabajo atraviesa y constituye históricamente condiciones de vida y de lucha para los sujetos. Cualquier definición sobre la (in)constitución de sujetos clasistas no puede sustraerse de su condición de formación al interior mismo de las contradictorias y también cambiantes relaciones sociales capitalistas.

Hasta aquí, recuperamos ciertas claves teóricas generales para comprender la clase y su constitución antagónica. No obstante, al momento de encarar estudios empíricos, lo anterior resulta de un nivel de abstracción tal que exige de un esfuerzo por buscar y articular puntos de anclaje que, con un mayor nivel de operatividad, nos permitan interpretar y explicar procesos de lucha concretos, locales y, en general, focalizados en demandas o reivindicaciones específicas respecto de sus condiciones de vida.

Acortar la desventaja que sufre la teoría marxista como referente teórico para el estudio de procesos de lucha política exige asumir la tarea de proponer puentes operativos y metodológicos que permitan el despliegue analítico de los conceptos anteriores. A ello se dedican la siguiente sección de este capítulo.

2. Clase y experiencia. Claves para un abordaje analítico

Si, como sugiere Thompson, cualquier análisis que se intente hacer sobre la clase debe estar encarnado en “gente real y en un contexto real” (1989, p.15), el desarrollo conceptual antes expuesto exige una operación de traducción a un lenguaje más operativo capaz de captar huellas de la constitución clasista en los procesos empíricos de composición subjetiva. Siguiendo al mismo autor proponemos, para ello, la noción de experiencia.

Es la experiencia la superficie donde

“los hombres y las mujeres retornan como sujetos: no como sujetos autónomos o ‘individuos libres’, sino como personas que experimentan las situaciones productivas y las relaciones dadas en que se encuentran en tanto que necesidades e intereses y en tanto que antagonismos, elaborando luego su experiencia dentro de las coordenadas de su conciencia y su cultura (otros dos términos excluidos por la práctica teórica) por las vías más complejas (vías, sí, ‘relativamente autónomas’), y actuando luego a su vez sobre su propia situación (a menudo, pero no siempre, a través de las estructuras de clase a ellos sobrevenidas).” (Thompson, 1981, p.253)

La experiencia representa el modo que tienen los sujetos de comprenderse a sí mismos y junto a otros en el mundo, de actuar sobre él y de comprender ese actuar. Son los límites y presiones que ejercen las estructuras sociales contradictorias las que, al experimentarse en la vida cotidiana, se elaboran como entendimiento a través de ideas, valores, tradiciones, narraciones, religiones, instituciones, etc., Estas formas culturales o ideológicas tienen siempre fuerza material, esto es, se expresan en el plano material de las prácticas y acciones sociales. Así, el concepto resalta un componente principal de la clase, que es su existencia en el terreno ideológico-cultural.

De forma similar al planteamiento thompsoniano respecto de la categoría de experiencia, Williams utiliza el concepto de “estructuras de sentimientos” (Williams, 2000) para referirse a la interpretación que de las relaciones y estructuras capitalistas hacen los sujetos en su vida inmediata[20]: estas son siempre “hipótesis históricamente ciertas” (Williams, 2000) que no necesitan esperar una definición ulterior, una clasificación o una racionalización antes de ser “reales” o “materiales”, o de tener fuerza crítica y orientar a la acción. Aun cuando las relaciones capitalistas se experimentan siempre como una “realidad escorzada” –es decir, desde un ángulo oblicuo (Ciuffolini, 2010b)–, éstas funcionan como explicaciones probables que visibilizan y permiten comprender los elementos de la realidad inmediata y sus conexiones.

En la explicación de Modonesi (2016) la categoría de experiencia:

“opera como mediación e interlocución entre la asimilación subjetiva de las relaciones productivas –es decir, de la determinación material relativa a una formación social y a un modo de producción– y su proyección social, política y cultural en la disposición a comportarse como clase […] la experiencia designa la incorporación o asimilación subjetiva de una condición material o real, asimilación que ya incluye un principio o un embrión de conciencia forjada en la acumulación y el procesamiento de vivencias, saberes y prácticas colectivas.” (Modonesi, 2016, p.48)

Ahora bien, el concepto de experiencia en nuestra propuesta es valioso por al menos tres motivos de corte analítico y metodológico:

  1. el primero, porque nos obliga a centrarnos en el plano de las experiencias concretas de procesos de lucha reales[21];
  2. el segundo, porque al remitirnos al plano de lo ideológico-cultural como expresión legítima de la clase, propicia el abordaje de los discursos de los sujetos, a través de distintas técnicas y métodos[22].
  3. Por último, la definición de clase de Thompson articulada desde la experiencia, nos permite, de manera clara, desagregar una serie de dimensiones imprescindibles para cualquier análisis clasista.

Quedándonos con el último punto, creemos útil volver a recuperar una definición de Thompson sobre la clase:

“La clase cobra existencia cuando algunos hombres, de resultas de sus experiencias comunes (heredadas o compartidas), sienten y articulan la identidad de sus intereses a la vez comunes a ellos mismos y frente a otros hombres cuyos intereses son distintos de (y habitualmente opuestos a) los suyos.” (Thompson, 1989, p.14)

A partir de esta definición, y en fructíferos solapamientos con algunas propuestas analíticas actuales (cfr. Cambiasso y Longo, 2013; Gómez, 2014; Huertas, 2015; Iñigo Carrera 2013; Nievas 2016), este estudio propone considerar cuatro dimensiones para analizar la constitución de clase. A saber: la situación de clase, el antagonismo de intereses, las estrategias de acción política y la solidaridad de clase.

Tabla 2. Dimensiones analíticas de la experiencia de clase
EXPERIENCIA DE CLASE

Situación de clase

Antagonismo de intereses

Estrategias de acción política

Solidaridad de clase

La delimitación de estas dimensiones nos lleva a notar que no todas las experiencias vividas por un conjunto de sujetos pueden, en igual forma y sin distinción, ser interpretadas como formas subjetivas que dan cuenta de una experiencia de clase; tampoco, toda protesta pueden igualmente ser considerada como parte del escenario de clases y sus luchas. Meiksins Wood (1983) señala en este punto que, de no ser así, puede haber clase y experiencia de clase en todas partes, en toda manifestación de cultura popular, lo que implicaría sucumbir a una especie de fe en el potencial revolucionario.

Lo anterior no habilita a sostener una posición aparentemente opuesta que afirma a priori que existen determinadas formas de lucha que no son expresión de subjetividades clasistas o no elaboran experiencias de clase. Mucho menos nos habilita a sostener que las condiciones materiales y las relaciones capitalistas no constituyen factores determinantes significativos dondequiera que las organizaciones y los enfrentamientos políticos no se correspondan claramente o no se auto-definan desde lenguajes “clasistas”; o incluso donde las soluciones políticas que propongan estos sujetos se presenten insuficientes para responder a sus necesidades materiales de vida. Gómez dice que las identidades que no contemplen o no se auto-definan en términos de clase no significa que pierdan el nexo inextricable que las ata a la lucha por las condiciones de existencia[23]. Reafirmando esta postura, Meiksins Wood señala que:

“La ausencia de ‘discursos’ de clase explícitos no es la prueba de una ausencia de realidades clasistas y sus efectos en la formación de las condiciones de vida y conciencia de estos sujetos que entran en su ‘campo de fuerza’. Resulta difícil concluir que los sujetos no tienen intereses de clase, o incluso que han elegido no expresarlos en términos políticos, por el hecho de que estos conflictos y estas oposiciones clasistas no se hayan reflejado directamente en el terreno político.” (Meiksins Wood; 2013, p.185)

De ahí que, la correspondencia entre las relaciones y condiciones contradictorias de vida y su elaboración como experiencias de clase (con las cuatro dimensiones citadas arriba) debe ser establecida analítica y empíricamente sobre los procesos de lucha de sujetos concretos en tiempos y espacios delimitados, y no suponer que tal correspondencia se produce constante, mecánica o linealmente (Meiksins Wood, 1983 y 2013; Williams, 2000; Ciuffolini, 2015). 

Como aporte original, esta perspectiva analítica nos lleva, como dice Holloway, a privilegiar una mirada mucho más rica de las clases y sus luchas, en el que la totalidad de las prácticas sociales está en juego:

“Toda práctica social es un incesante antagonismo entre la sujeción de la práctica a las formas fetichizadas, clasificadoras del capitalismo, y el intento de oponerse y deshacer dichas formas a favor de otras nuevas.” (Holloway, 2004, p.79)

A continuación, explicamos las cuatro dimensiones que, para este estudio, sirven de soporte analítico a la experiencia de clase. Como veremos en los capítulos 4, 5 y 6, el principal resultado de este trabajo de investigación es la identificación de tres desplazamientos de estas dimensiones que, en su correspondencia y relación, constituyen tres “momentos” o “instantes” de la experiencia de clase de las asambleas riojanas.

2.1. La situación de clase

Según Thompson los sujetos elaboran narraciones de las condiciones comunes en las que viven. Estas condiciones engloban, de manera relativamente homogénea, a grupos determinados de individuos que no expresan ningún atributo intrínseco ni esencial, sino una situación más o menos común. Se trata de una distribución de las personas en condiciones dadas –“heredadas”, dice Thompson en la definición anterior–, creadas por formas estandarizadas de relaciones sociales, y que, por ejemplo, Meiksins Wood prefiere referenciar con el nombre de situaciones de clase[24].

Toda experiencia de clase pone en juego la identificación de esta situación “dada” o “heredada”. En este tipo de experiencias los sujetos hacen un “diagnóstico” de la propia situación que los desafía a aprehender su localización en un sistema de relaciones sociales capitalistas[25]. Ello involucra un afinamiento de las formas de conciencia, el primer momento de un “complejo trabajo ideológico” (Gramsci, 1981b, p.55) que ensaya explicaciones respecto de los poderes que actúan en el mundo de lo cotidiano: en efecto, la experiencia de una situación de clase se orienta a capturar el aspecto singular y enteramente diferente del momento presente de los sujetos, de la complejidad de las contradicciones de sus posiciones y relaciones, de sus escalas, de sus continuidades y discontinuidades, o de los acontecimientos dramáticos que marcan períodos del tiempo vivido.

Ahora bien, las elaboraciones sobre esto que llamamos situación de clase están atravesadas y son posibles en y por formas de “sentido común” propias de un momento y una época dada. Ese “sentido común” constituye ya una concepción del mundo –la “filosofía de los no filósofos” (Gramsci, 2003, p.364)– que, presente acríticamente en diversos sectores sociales, es “inconsecuente, conforme a la posición social y cultural de las multitudes cuya filosofía constituye” (Gramsci, 2003, p.364). En su carácter hegemónico, el “sentido común” tiende al cierre de horizontes de las experiencias de lucha, al influir sobre las formas en las que los sujetos identifican, nombran y reconocen contradictorias. No obstante, en Gramsci ello no significa que quede obturada la posibilidad de configurar discursos de ruptura: aunque el “sentido común” se ocupe de sabotear y de oscurecer, “de embalsamar, momificar y degenerar” (Gramsci, 2003, p.373), es posible que los sujetos en lucha elaboren y sigan un “núcleo de buen sentido”[26]; o, dicho en términos más contemporáneos: es posible que los sujetos recuperen y resignifiquen el mismo lenguaje del sentido común, aprovechen su polisemia y redefinan sus sentidos, en un proceso antagonista y crítico respecto del mismo.

En este plano, nuestra propuesta asume que no cualquier expresión habla de situación de clase, sino solo aquella que simultáneamente constata:

  1. una división entre grupos sociales; tal división comporta, como mínimo, un principio de escisión nosotros-ellos que, como dijera Gramsci no es otra cosa que “un sentido elemental de distinción, de separación, que puede o no resolverse luego como una relación antagonista de lucha” (Gramsci, 1981, p.48)[27];
  2. un daño asociado a esa división; daño que, sustancialmente, consiste siempre en una desposesión, consumada o inminente y que, por tal, es causa de una impugnación.

La posibilidad de observar diferentes formas de elaborar y nombrar la situación de clase, su densidad histórica, sus traslaciones de escalas (poblacionales o geográficas, por ejemplo) o su nivel de abstracción en la explicación de los efectos de las relaciones sociales capitalistas, es lo que hace rico su análisis y permite reconocer sus desplazamientos o cambios.

2.2. El antagonismo de intereses

Una clase no existe sin una elaboración común de una situación de clase, pero ello no es suficiente. Por un lado, Marx pone el énfasis en la necesidad que tiene una clase de experimentar el ejercicio de una “oposición hostil”:

“En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que las distinguen por su modo de vivir, por sus intereses y por su cultura de otras clases y las oponen a éstas de un modo hostil, aquéllos forman una clase.” (Marx, 2003, p.73)

En coincidencia con ello, la definición de Thompson que citamos más arriba reitera que la constitución de clase supone que los sujetos

“articulan sus intereses comunes a ellos mismos y frente a otros hombres cuyos intereses son distintos de (y habitualmente opuestos a) los suyos” (Thompson, 1989, p.14).

Estas dos observaciones teóricas llevan a considerar que, en términos de un abordaje analítico, la noción relacional de hostilidad es un elemento central del análisis del antagonismo que caracteriza a la subjetividad clasista. En el terreno de la experiencia, ello supone analíticamente:

  • la identificación de intereses propios (esto es, las maneras en las que los sujetos explican y nombran sus intereses y objetivos de lucha) y el alcance de esas metas u objetivos esgrimidos en el enfrentamiento[28];
  • la clarificación y/o el reconocimiento de los intereses contrarios, los de sus adversarios;
  • la definición de la intensidad de la hostilidad entre ambos intereses; por ejemplo, intereses del adversario pueden ser experimentados como distintos, pero no como contradictorios, excluyentes o irreconciliables con los propios.

Este aspecto de la experiencia de clase, la definición de intereses antagónicos, no se dispara ni deduce automáticamente de las posiciones o condiciones de vida de los sujetos, ni se mantiene de manera estable en el tiempo. Se trata de una cuestión histórica que, contrariamente a cualquier visión determinista o lineal, requiere ser analizada y estudiada concretamente en contextos situados. Esto nos obliga a insistir en que no hay a priori “intereses propios” o “intereses típicos” de una clase. Al respecto, dice Gómez (2017) que, por caso, el salario como demanda o interés de lucha, no es en sí mismo una reivindicación clasista, ni es prueba a priori de la existencia de un sujeto clasista.

Conjuntamente con algunos autores –Lazaratto (2006), Holloway (2011), Cavaletti (2013), Ravel (2013)–, lo anterior apunta justamente a una perspectiva anti-identitaria de la clase y de sus intereses. En esta perspectiva, las experiencias de clases revelan un proceso de des-identificación, es decir, orientado no a definir sino más bien a moverse contra los sistema de clasificación capitalista que atan sujetos a posiciones, deseos y objetivos: es que son las propias relaciones capitalistas las que, en cada tiempo histórico, no tan solo definen un modo de producción de la vida y sus condiciones, sino también un modo de subjetivación que demarca, dentro de ciertos márgenes de aceptabilidad, aquello por lo que pueden reclamar o luchar (Ciuffolini, 2015)[29].

Por ello, cualquier cambio en la manera en que los sujetos en lucha definen y oponen intereses merece ser incorporado al análisis y explicado en sus alcances y consecuencias. Al elaborar y definir sus intereses antagónicos, en el mismo movimiento, los sujetos desarrollan un proceso de definición sobre sí mismos: el punto es que, esa definición de intereses y de sí mismos se da a la par que viven “su propia historia”, lo que, al fin y al cabo, “es su única definición” (Thompson, 1989, p. 15). De ahí que, como observaremos en nuestro análisis de las asambleas riojanas, la definición de intereses antagónicos, y sus grados de hostilidad u oposición, va acompañada de específicas formas de nombrarse a sí mismos. Lejos de toda linealidad, hay aquí también desplazamientos o cambios que, para nuestro estudio, resulta el corazón de la indagación.

2.3. Las estrategias de acción política

Abordar las estrategias de acción política como parte de la constitución de clase exige ubicarse en la contraposición histórica y concreta con otra/s estrategia/s, la/s de las fuerzas adversarias. Como dice Campione, para comprender y construir una estrategia, primero hay que comprender “cuál es, cómo desarrolla y construye la suya el enemigo; sino es imposible vencer, al menos en una sociedad compleja” (Campione, 2007, s/d).

Aquí las observaciones foucaultianas son esclarecedoras en al menos tres sentidos. En primer lugar, Foucault llama la atención sobre tres acepciones de la noción de estrategia, que apuntan a definirla en el plano de una elección de soluciones “ganadoras”:

“Primero, para designar la elección de los medios empleados para conseguir un fin; se trata de la racionalidad empleada para alcanzar un objetivo. Segundo, para designar la manera en que un compañero en un juego dado, actúa en función de lo que él piensa que debería ser la acción de los otros, y de lo que estima que los otros pensarán de la suya; en suma, la manera en que se trata de tener ventaja sobre el otro. Tercero, para designar los procedimientos utilizados en un enfrentamiento con el fin de privar al adversario de sus medios de combate y de obligarlo a renunciar a la lucha; se trata, entonces, de los medios destinados a obtener la victoria. Estos tres significados se reúnen en las situaciones de enfrentamiento -guerra o juego- donde el objetivo es actuar sobre un adversario de modo tal que la lucha le sea imposible.” (Foucault, 1988, p.19)

Con estas definiciones, Foucault ubica a las estrategias como resultado posible de una racionalidad que les da una finalidad: la de buscar la victoria propia. Esta concesión de racionalidad a las estrategias de acción política, aunque sea en sus niveles más locales, coincide con aquella otra observación gramsciana que señala que es posible identificar “elementos primitivos de dirección consciente”, capaces de elaborar y dirimir estrategias para una “acción política real de las clases subalternas, en cuanto política de masa y no simple aventura de grupos que pretenden representar a la masa” (Gramsci, 1981, p.53). Es decir, en uno u otro caso, el reconocimiento de estrategias se dirime en el plano de una voluntad de doblegar la acción del adversario, y aun en niveles locales de acción, deja afuera cualquier caracterización de la acción política que la conciba desde la total espontaneidad, des-orden o improvisación[30].

En segundo lugar, trabajar sobre las estrategias y contraestrategias implica un supuesto sobre los movimientos de esas fuerzas, sobre el éxito o fracaso de su aplicación en resultados provisorios –o definitivos– de la lucha; son esos resultados los que, en un momento subsiguiente, disponen a los sujetos sobre una nueva elección de modificar o no esas estrategias. Aquí, Foucault (1988) nos recuerda que las nociones de estrategia y contraestrategia surgen justamente como respuesta a un cuestionamiento no substancialista sobre la forma en la que opera el poder. El campo de estrategias-contraestrategias está sometido a las inversiones, a las retorsiones, a las transformaciones y, en el límite, a una inestabilidad permanente. Una fuerza no tiene otro objeto que la misma fuerza: lo que le corresponde es estar esencialmente en relación con otras fuerzas, ya sea porque tienen el poder de afectar otras fuerzas o bien porque son susceptibles de ser afectadas por las fuerzas con las cuales están siempre en relación.

Por eso resulta útil aquí advertir que lo que se define y elabora en la experiencia de clase son más bien “hipótesis estratégicas”: “Una hipótesis es un guía para la acción, a partir de las experiencias del pasado, pero abierta y modificable en función de experiencias nuevas o de circunstancias inéditas” (Bensaïd, 2006, p.2). No obstante, para una perspectiva clasista es importante reconocer que, si bien se reconocen ritmos en la lucha, aceleraciones y reflujos, “existen períodos de crisis en los cuales las relaciones de fuerzas pueden transformarse radicalmente y poner realmente en la orden del día la posibilidad de cambiar el mundo, o, en todo caso, de cambiar la sociedades posible” (Bensaïd, 2007, p.3).

Las observaciones anteriores impugnan cualquier asignación a priori de formas o vías de acción política de una manera esencialista, tal como si correspondieran a ciertas formas subjetivas y no a otras. Nos referimos a un esquema de distribución de estrategias según el cual, por ejemplo, la huelga fuera, per se, la estrategia de lucha de los sectores de trabajadores formales; el piquete, la estrategia de las clases trabajadoras excluidas o precarizadas; o el cacerolazo, la forma expresiva de acción de los sectores medios[31]. En este sentido, no podemos obviar que, para los estudios contemporáneos, la denominada “acción directa” se ha consagrado como parte de la “caja de herramientas” propia de la cultura política post 2001 en Argentina, incluso para las consideradas clases dominantes (Modonesi y Rebón, 2011).

Las asambleas ambientales no han sido exceptuadas de esta asignación, y por lo tanto, un análisis desprevenido consagraría, sin crítica ni profundidad, que la acción directa es, simplemente, “su” estrategia de acción política[32], combinada, en ocasiones, con estrategias más institucionales[33]. Tal afirmación ha provocado una excesiva concentración en las discusiones sobre el grado de exterioridad o interioridad de las estrategias de acción política, respecto a un orden institucional –por ejemplo, a través del uso de la extendida clasificación entre acciones directas o acciones institucionales (Rebón y Pérez, 2012)–. Por el contrario, desde un punto de vista no esencialista de las estrategias de acción política que deciden e implementan los sujetos, este tipo de distinciones, u otras (el uso de armas o la reivindicación de la violencia insurreccional, por caso), sólo se vuelven significativas en el marco de un campo de oposición, en la que su definición y su efectividad son advertibles en tanto suscitan una respuesta del adversario, una contraestrategia.

Por último, en tercer lugar, vale mencionar la relación entre estrategias y tácticas que advierte Foucault (1984). Siguiendo en el fondo la métrica de la guerra como principio de inteligibilidad de la lucha política, la estrategia implica una elaboración, actualización e integración de elementos tácticos en conjuntos coherentes pero heterogéneos: las estrategias coordinan a las tácticas para formar sistemas o líneas integrales de fuerza persiguiendo cálculos y objetivos definidos. Por su parte, las tácticas refieren al nivel local y contingente en el cual la fuerza se efectúa y aplica, y pueden o bien convertirse en toda una línea de fuerza gracias a su configuración estratégica o bien permanecer aisladas indefinidamente.

Ahora, advierte Alba (2016) que Foucault señala un doble condicionamiento que existe entre las tácticas y las estrategias[34]. Hay una relación de co-dependencia entre éstas, que no implica que sean comprendidas como dos niveles discontinuos (micro tácticas y macro estrategias) ni como dos niveles homogéneos en el cual las tácticas fueran “copias” concretas impuestas por las estrategias abstractas. El condicionamiento refiere a que las tácticas y las estrategias son inmanentes las unas a las otras: por un lado, las estrategias permiten a los elementos tácticos encontrar cierta coherencia y estabilidad; y, por el otro, las tácticas permiten a las estrategias fijarse en puntos concretos de apoyo. Estrategias y tácticas son inmanentes, co-dependientes y contemporáneas. Así, las tácticas funcionan como puntos de apoyo de las estrategias, pero éstas son susceptibles de ser redistribuidas e integradas en estrategias aún más amplias.

2.4. La solidaridad

Una cuarta dimensión de la experiencia de clase es la que da cuenta de las formas y las relaciones internas entre los distintos sujetos y sus procesos de lucha, y que aquí denominamos solidaridad. Ésta apunta a la experiencia de un “relajamiento” interno de los antagonismos en el campo de los dominados que, constituyendo una constelación específica e histórica de redes y alianzas, habilita que la clase no se reafirme y se mantenga en guerra política latente y eterna contra su enemigo, sino que se levante “con la ironía de quien sabe que la propia instancia es tan radical que ya no prevé que haya nadie más frente a quien deba ser defendida” (Cavalletti, 2013, p.127).

Como parte de la experiencia de clase, la solidaridad se presenta como un resultado posible pero no necesario de la práctica política. Cualquier relación de solidaridad no se deriva mecánicamente de la elaboración que hagan los sujetos de su situación de clase, ni de los intereses antagónicos, ni de las estrategias de acción: su existencia y su correspondencia deben ser observadas en el movimiento mismo de constitución de la experiencia de clase. Para sostener esto volvemos a Meiksins Wood (1983), quien corrobora que los vínculos de solidaridad, otra vez, no pueden activarse automáticamente de las posiciones o roles de los sujetos en determinadas relaciones sociales de producción/apropiación. Es la tarea analítica y empírica la que se orienta a explicar en qué sentido y a través de cuáles mediaciones se producen contactos entre personas que, aunque ocupen posiciones similares en las relaciones de producción, no están efectivamente agrupadas en el proceso de producción y apropiación. Y aun agrupadas, ni el proceso de producción mismo ni el proceso de extracción de plusvalía pueden realmente agruparlos en un sentido de solidaridad.

Es que la relación entre miembros de una clase, o entre estos miembros y otras clases es de una especie diferente. Apunta Cavaletti (2013) que la constitución de clase no es sólo una experiencia de enfrentamiento y de oposición. Es, además, un “relajamiento” de ese enfrentamiento al interior del campo de los oprimidos. Esta solidaridad no debe ser interpretada como un “buen sentimiento cristiano” o una “intención del ego” (p.83)[35]. Más que eso, se trata del principio político interno de la clase que tiene, en todo caso, un carácter “recompositivo” (Revel y Negri, 2013, p.239).

Revel (2013) resitúa aquí el viejo temor a lo que llama “la gestión” de la infinita variedad de fenómenos de rebelión o resistencia que pueden ser considerados procesos de constitución de clase, y que son colectiva e internamente diferentes o no homogéneos. Esta lectura no se propone eliminar el problema de la unidad de la escena de la composición clasista, pero indudablemente se propone resaltar, con Butler (2000), que es imposible recuperar una unidad forjada a base de exclusiones, que reinstituya la subordinación entre fenómenos de rebelión como su condición misma de posibilidad[36].

Si la solidaridad no es una base a partir de la cual moverse, un horizonte o un producto eventual de un cierto accionar político, entonces, analizar las formas de solidaridad de la experiencia de clase implica explorar, antes que una “subordinación” de una experiencia de clase a otra,

“La transferencia y la traducción de experiencias políticas de un contexto originario a un contexto de recepción distinto; el mestizaje o la contaminación de experiencias entre sí; la circulación de los saberes de organización y de luchas; lo mutuo y el uso compartido de las prácticas.” (Revel, 2013, p.254)

Hasta aquí, hemos revisado las cuatro dimensiones que en nuestro modelo analítico conforman la experiencia de clase de sujetos en lucha. Es el estudio de las variaciones de estas dimensiones y de las correspondencias entre esas inflexiones o cambios lo que nuestro trabajo de análisis muestra a lo largo de los siguientes tres capítulos.


  1. Ricoeur (1990) ha llamado la “hermenéutica de la sospecha” al ejercicio interpretativo y explicativo de Marx, Freud y Nietzsche sobre lo social.
  2. Bhattacharya (2018); Gómez (2014); Huertas (2017); Nievas (2016), Veltmeyer, (2017); o los estudios contenidos en la compilación de Modonesi (2015).
  3.  Ejemplo de ello, son los distintivos y rigurosos esfuerzos de Erik Olin Wright, y de otros autores desde el marxismo analítico norteamericano como Roemer y Cohen, por explorar la estructura de clases en las sociedades actuales con un capitalismo avanzado (cfr. Wright, 2005).
  4.  El nombre para referenciar esta perspectiva es variable. Gunn (2004), por ejemplo, prefiere nombrarla como concepción “sociológica” del tratamiento de las clase sociales -en referencia a la predominante perspectiva antimarxista dentro de la sociología tradicional-, que asume la forma de un grupo de individuos especificados por lo que tienen en común (su nivel de ganancias, estilo de vida, fuente de ingresos, relación con los medios de producción); o que asume que la clase viene determinada por el “lugar” que los individuos ocupan, aceptando la distribución de esos lugares tal como se presenta en el mundo reificado del capital. En otro ejemplo, Gómez (2014) y Bonefeld (2004) explican que este tipo de enfoques representan miradas “estáticas” o “topológicas” sobre los roles y relaciones sociales, al dar por sentados lugares, distribuciones, categorías y clasificaciones que, en su constitución y movimiento, es justamente lo necesita ser explicado en términos de una analítica marxista de la clase. Meiksins Wood, por su parte, refiere a una concepción más “estructuralista” de la clase que admite ser definida “con más o menos (si no es que, acaso, ‘matemática’) precisión en referencia a las relaciones de producción” (1983, p.51).
  5.  El principio al que nos referimos atiende a aquella particular relación entre “estructura” y “acción” en el plano sociopolítico: la “estructura” es siempre dominación hasta que, por medio del conflicto, se estructuran relaciones sociales alternativas; y la “acción” es siempre expresión de poder, orientado tanto a la conservación como a la transformación (Ciuffolini, 2015; Meiksins Wood, 1983; Modonesi, 2010a; Nievas, 2016; Savoia, 2016).
  6. Williams elige esta palabra para precisar la orientación marxista de la más controvertida expresión de “determinación” (Williams, 2000, p.107; 2012, p.51-52). En el campo de la teoría política, es inevitable reconocer en el mismo sentido el extendido y famoso concepto del poder y su ejercicio de Foucault (1988), como forma de estructurar el campo posible de acción de otros: de hecho, lo que define una relación de poder es un modo de acción que no actúa directa e inmediatamente sobre los otros, sino que actúa sobre su propia acción. Una acción sobre la acción, sobre acciones eventuales o concretas, futuras o presentes. Una relación de violencia actúa sobre un cuerpo, sobre cosas: fuerza, doblega, quiebra destruye; contiene todas las posibilidades. Por lo tanto, no tiene cerca de ella otro polo que el de la pasividad; y si encuentra resistencia no tiene más remedio que reducirla. Por el contrario, una relación de poder se articula sobre dos elementos que le son indispensables para que sea justamente una relación de poder: que aquél sobre el cual se ejerce sea reconocido y permanezca hasta el final como sujeto de acción; y que se abra ante la relación de poder todo un campo de respuestas, reacciones, efectos, invenciones posibles.
  7. En los Grundrisse, Marx dice: “[lo concreto] Aparece en el pensamiento como proceso de síntesis, como resultado, no como punto de partida, aunque sea el verdadero punto de partida, y, en consecuencia, el punto de partida de la intuición y de la representación” (Marx, 2007, p.22). Por su parte, para Williams lo concreto siempre expresa “típicamente” (2000, p.121) relaciones de producción, sus conflictos y luchas inherentes; donde lo típico se comprende como la figura específica que concentra o intensifica una realidad mucho más general.
  8. Algunos de los autores que aportan a esta propuesta de abordaje, plantean explícitamente esta cuestión. Dice Meiksins Wood que, si no son las relaciones de clase, “¿entonces qué otra estructura de dominación se esconde en el núcleo del poder político y social?” (2013, p.176). De manera contundente, la autora concluye que “sería necesario reescribir masivamente la historia para demostrar la marginalidad de las relaciones de producción y de la clase a la hora de determinar los procesos históricos; o al menos, sería preciso reanalizar profundamente el capitalismo, para poder demostrar que entre los modos de producción históricos éste es el único que subordina las relaciones de producción y de clase a otros determinantes históricos” (2013, p. 299). Gunn, por su parte, afirma que ninguna respuesta ha suplantado la superioridad del punto de vista de Marx, tanto política como metodológicamente, al momento de explicar las clases: “otras relaciones de este tipo (por ejemplo, relaciones sexuales y raciales) son mediadas a través de la relación del capital, de la misma manera que, por su parte, ésta existe como algo mediado por ellas. La pregunta acerca de si tal relación es ‘dominante’ es escolástica, a menos que sea abordada en términos concretamente políticos (es decir, también fenomenológicos)” (2004, p.30).
  9.  Holloway lo expresa como un campo de movimientos de composición–descomposición–recomposición: “La clase trabajadora reemplaza al capital como fuerza motriz del capitalismo. Lucha contra el capital desde cierta composición de clase; el capital responde, tratando de descomponer a la clase trabajadora, lo que conduce a una recomposición de la clase trabajadora y una nueva ola de lucha, una nueva descomposición, etc. El capitalismo se desarrolla bajo el impulso de las luchas de la clase trabajadora, y la clase trabajadora se va recomponiendo con cada ola de lucha” (Holloway, 2006, s/d).
  10.  Iñigo Carreras (2013) se permite dudar si Thompson mantiene esta interpretación a lo largo de su análisis de la clase obrera inglesa, al introducir ciertas referencias a una “clase ya formada”. Más allá del excursus filológico pertinente, insistimos en resaltar aquellas interpretaciones que en Thompson como en otros autores marxistas contemporáneos –por ejemplo, en la línea del marxismo abierto–, resaltan la comprensión de la clase en términos de su negación y no de su afirmación: si existe una constitución “acabada” de la clase, esto es al mismo tiempo su “final”, su desaparición y su triunfo.
  11.  Si bien Thompson sostiene esto de manera insistente, no niega la posibilidad de estudios sincrónicos, sino que, en todo caso, debe advertirse que en lo que esos estudios se muestre como clase será siempre un proceso incompleto y que, detrás de esa “fotografía de lo social” existen procesos estructurados históricamente (Vignau Loría, 2017). La necesidad de tomar recaudos de este tipo también es señalado por (Flores de la Cruz, 2014).
  12. Benjamin (2007) opone al continuum histórico, como forma del tiempo de los opresores, a la discontinuidad del tiempo de la fuerza destructiva de clase; una discontinuidad que, dialécticamente, tiene su propia continuidad. (cfr. Tesis XV).
  13. Recordemos que, en la teoría crítica de Marx, el modo dialéctico de desarrollar conceptos fundamentales implica que el concepto de clase es parte del movimiento del objeto mismo que pretende referenciar (Vignau Loría, 2017).
  14.  Según Svampa (2009), en Argentina los estudios sobre “protesta social” tuvieron gran influencia como código de lectura de una época de movilización social signada por la desarticulación de identidades colectivas estables, la fragmentación, focalización y cierta espontaneidad de las luchas; en ese marco, el uso de la categoría “protesta social” prontamente desbordó el campo académico para pasar a constituir una suerte de lugar común, a la vez periodístico y político. Esta orientación de la categoría de protesta social no implica no reconocer que en Argentina, por ejemplo, el Grupo de Estudios sobre Protesta Social y Acción Colectiva haya realizado una rigurosa sistematización de las protestas, abarcando el periodo de 1989 a 2006; constituye la base estadística más completa del país.
  15.  Galafassi (2006) advierte que esta corriente supone la existencia de un sistema social que funciona con ciertas premisas y, en este marco, los movimientos sociales representan la manifestación del “descontento social”. Se considera legítimo que peticionen, pero esta petición es considerada en el marco de un juego de propuestas y contrapropuestas, de oferta y demanda, un juego de suma cero, donde algunos pueden relativamente perder y otros relativamente ganar, pero el sistema como tal se mantiene o se conserva.
  16.  Gómez incluye aquí a Bourdieu, Savage y Giddens: en estas propuestas, se explaye el autor, se produce una multiplicación refinada de efectos de enclasamientos/desclasamientos: “Las clases son conceptualmente fabricadas como actores que se van constituyendo a través de campos de inteligibilidad secuenciados pero con sus propias lógicas (mercado de trabajo, empresa, familia, comunidad, escuela, estilos de vida, cultura, política, etc.). En Bourdieu las estrategias de conversión entre tipos y especies de capital comienzan a señalar el fin del privilegio estructural a determinados tipos de bienes” (Gómez, 2017, p.99).
  17. Brevemente, Laclau y Mouffe (1987) asumen que, en propuesta de pluralidad e indeterminación de lo social, no existen antagonismos sociales que posean una condición de privilegio en la constitución de divisiones políticas. Explican ampliamente que la creación de una identidad política -siempre colectiva- implica el establecimiento de una diferencia, que a menudo se construye sobre la base de una jerarquía, y en donde no necesariamente la relación entre el “nosotros” y el “ellos” es antagónica, aunque sí existe siempre la posibilidad de que esta relación se acabe convirtiendo en una relación amigo/enemigo. Esta mirada sobre la conformación de identidades se produce borrando la contradicción entre fuerzas y relaciones de producción, en tanto ampliamente determinante de las condiciones de existencia, o específicamente, reduciéndola a una relación discursiva con la realidad (Ciuffolini, 2015; Meiksins Wood, 2013; Veltmeyer, 2006; Kabat y Egan, 2017). La opresión o explotación sólo existirían bajo la forma y determinadas condiciones de un discurso teórico o ideológico que enmascara la situación a sus víctimas: “En definitiva, el argumento de Laclau y Mouffe es que no existen cosas tales como los intereses materiales, sino solamente ideas sobre ellas [sic] construidas en términos discursivos” (Meiksins Wood, 2013, p.133).
  18. Influenciado por el proceso y el debate italianos de los años ‘60 y ‘70, Melucci mantuvo ciertamente relacionado el principio de antagonismo al de identidad a partir del cual la confrontación es el ámbito donde la identidad es forjada. No obstante, hay aquí una recuperación no marxista del concepto de antagonismo; este resulta el ámbito de una confrontación sólo simbólica de una lucha entre actores por la apropiación y orientación de los valores sociales, pero donde ningún cambio o transformación social cualitativa o cuantitativamente importante está en juego (Galafassi, 2006; Gómez, 2014; Millán, 2009; Modonesi, 2010a). Cómo dice Melucci, “lo que caracteriza a los movimientos no es lo que hacen, sino lo que son” (2010, p.101).
  19.  A pesar de haber sido el primer teórico en recuperar la perspectiva de la subjetivación antagonista dentro del marxismo -en el marco de los debates de la experiencia teórico-política del obrerismo italiano de los años ‘60 y ‘70-, Modonesi (2010) considera que el concepto de antagonismo sufrió modificaciones y alteraciones a lo largo de su intensa trayectoria intelectual, que terminaron por minar su potencia analítica. La crítica de Monodesi advierte la prioridad teórica que, en sus obras más recientes, Negri le da a la noción de autonomía frente a la de antagonismo
  20.  Una problematización profunda sobre la trayectoria de este concepto en Williams se encuentra en López (2012) o Cáceres Riquelme y Herrera Pardo (2014).
  21.  Esto también es sostenido en Bonavena (2011); Cambiasso y Longo (2013); Gómez (2014).
  22. Coincidimos aquí con Iñigo Carreras (2013) que, ello supone, inevitablemente, un recorte del campo de observación: se trata de registrar, críticamente, lo que los protagonistas de las luchas dicen más que lo que hacen.
  23. Dice el autor: “Es más, la acción clasista no parece tener un especial interés en revestirse de identidad clasista, ni en atribuir a los antagonistas identidades clasistas” (Gómez, 2017, p.113) En sus términos, agrega el autor, no solamente los discursos clasistas explícitos “enclasan” conflictos: “Los movimientos ‘extraclasistas’ son impulsores principales de enclasamientos y desclasamientos más allá de sus propios discursos. Es claro que una identidad negra, indígena o de género no equivale y hasta puede ser competitiva con una identidad obrera […] Así, los conocidos fenómenos de cierre social, la racialización de ámbitos laborales y educativos, del consumo y el hábitat, por citar ejemplos corrientes, son estrategias de significado clasista con significantes no clasistas. Los fenómenos de clase no pueden limitarse al estricto campo de las identidades clasistas, sino al conjunto de los antagonismos tout court […]”. (Gómez, 2017, p.113).
  24. Preferimos esta nominación a la de Gómez (2017), que habla de “coerciones estructurales”. Este autor, no obstante, pretende acentuar que “La lucha no es sólo una decisión voluntaria, una elección, una preferencia o un resultado de la deliberación colectiva, de una interpretación de la situación, de una ‘experiencia’ culturalmente moldeada, de una estrategia diseñada de acuerdo con un interés, sino que es también un proceso sometido a constricciones donde también se experimentan ʻcondicionamientos clasistasʼ” (Gómez, 2017, p.114).
  25.  En su propuesta analítica, Cambiasso y Longo (2013) denominan a esta dimensión como la “experiencia de explotación”.
  26. En Thompson puede rastrearse esta cuestión cuando refiere al problema de la tradición. Dicen Cambiasso y Longo que, si bien este concepto no aparece diferenciado explícitamente del concepto de experiencia, y de alguna manera el concepto de tradición aparece subsumido al de experiencia, sí podemos encontrar en sus textos una diferenciación entre los elementos culturales y políticos que se fueron acumulando en las tradiciones populares, y las nuevas formas de vida y representaciones. (Cambiasso y Longo, 2013, p.243).
  27. Las notas completas de Gramsci a la que hacen referencia estas citas se incluyen en el Cuaderno 3, de 1930. Nun (2015) advierte que si bien son múltiples las referencias a este principio o espíritu de escisión, de influencia soreliana, no hay una elaboración sistemática del mismo.
  28. Las referencias gramscianas para justificar la observación de la escala o los alcances de los intereses son diversas. Por ejemplo, en uno de sus pasajes más famosos (cfr. Gramsci, 1981, p.56), habla de masas populares, no de clases, cuando los intereses o razones por las que se rebelan son “inmediatas”, “contingentes”, “localistas” y “restringidas”. Las referencias a la necesidad de analizar la escala o alcance de los intereses enunciados por las clases también se tratan en Bonavena (2011); Iñigo Carrera (2014); Pérez (2014).
  29. Ciuffolini (2015) intenta trazar una línea de conexión entre esta perspectiva de la clase y aquel importante campo conceptual que ha señalado que la subjetivación política refiere a los modos de transformación siempre dinámicos e imprevisibles en los que los sujetos pueden configurar formas “ex-tranjeras” de existencia, desplazando y dislocando la manera en que son atados a ciertas identidades. La autora se refiere a propuestas ciertamente disímiles como las de Foucault, Deleuze, Ranciere, Negri, Lazzaratto; o incluso, la propuesta conjunta de Laclau y Mouffe. Específicamente, rescata el aporte que han hecho al momento de considerar la subjetivación como una “línea de fuga” –usando la expresión deleuziana–, que escapa a las líneas precedentes y se sustrae a las relaciones de fuerza establecidas como saberes constituidos. La subjetivación es aquí “la producción de una disyuntura, de una desidentificación, de una salida fuera de sí, más que la de un devenir sí mismo, más que una apropiación de sí, un recogimiento de sí que identifique un ser a lo que es, o a lo que se supone que debe ser, o a lo que desea ser, o incluso a lo que se le exige que sea” (Tassine, 2012, p.37).
  30. Cambiasso y Longo (2013) denominan esta dimensión como la “experiencia del conflicto”.
  31. Por ejemplo, Svampa afirma que hay un cierto uso del concepto de “repertorio” que, para muchos análisis de luchas actuales, se concentran en destacar su carácter nodal para la configuración de una identidad pero que terminan por asumirse como eje irrenunciable y excluyente de la existencia de ciertos sujetos –y no de otros. La autora ejemplifica este riesgo para los análisis del caso de organizaciones piqueteras, en Argentina, en donde se resalta el carácter modular del corte de ruta: no sólo como forma de confrontación, sino como experiencia de autoafirmación de una identidad excluida. El riesgo no tan solo es analítico, sino también político: “Un medio trasmutado en un fin en sí mismo, […] obstaculizó la posibilidad de pensar en otras formas de acción colectiva, al tiempo que confrontó a los actores a los riesgos y dificultades de la rutinización (cansancio de la sociedad, peligro de estigmatización y criminalización de la lucha, entre otros)” (Svampa, 2010, p.28).
  32.  Una referencia obligada a la acción directa para las asambleas ambientales son los textos de Svampa. Entre las producciones que más contribuyeron a sostener esta tesis se encuentran “Cambio de época. Movimientos sociales y poder político” (Svampa, 2008); Hacia una gramática de las luchas en América Latina: movilización plebeya, demandas de autonomía y giro eco-territorial (Svampa, 2010); “Consenso de los commodities, giro ecoterritorial y pensamiento crítico en América Latina” (Svampa, 2012). Luego, son diversos los estudios que reafirman y expanden esta tesis: Rosas Landa, Malerba, Carrizo, Ferreyra, y Berger (2014); Seoane y Algranati (2012); Seoane, Taddei, y Algranati, (2011); Suárez y Ruggerio (2012); Svampa y Sola Alvarez (2010); Wagner (2010); Wahren (2011).
  33. Ver, por ejemplo: Ciuffolini (2012); Delamata (2013); Giarraca y Mariotti (2012); Hadad (2017); Merlinsky (2009, 2017, 2013).
  34.  Alba (2016) dice que el análisis de las nociones de “conducta” y de “contraconducta” en el libro “Seguridad, territorio y población” constituye un escenario en donde se concretiza la tesis del “doble condicionamiento” y en donde, particularmente, es posible entrever cómo de un cambio en la orientación de los elementos tácticos puede derivarse un cambio en las configuraciones estratégicas que los integran.
  35.  En discusión con el principio político schmittiano de distinción amigo-enemigo, Cavaletti propone erigir la solidaridad como aquello que, dentro del marxismo, determina el carácter político de una asociación: la clase no se mantiene solamente por una oposición a otra clase, sino principalmente por un principio de solidaridad que es invisible para quienes no forman parte de esa red, para los no-solidarios; por eso, la solidaridad es imperceptible desde afuera de la clase.
  36.  En su lectura, la única unidad posible no puede erigirse sobre la síntesis de un conjunto de conflictos, sino como una práctica contestataria que precisa que las distintas resistencias articulen sus objetivos bajo la presión ejercida por los otros, sin que esto signifique exactamente transformarse en los otros.


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