Otras publicaciones:

9789877230024-frontcover

frontcover

Otras publicaciones:

DT_Tirole_Navajas_13x20_OK1

9789877230543-frontcover

6. La experiencia de clase y sus modulaciones

Desplazamientos al interior de cada subdimensión de la experiencia de clase

A continuación, presentamos en este capítulo una lectura comparativa de las tres modulaciones de cada una de las dimensiones de la experiencia de clase.

1. La situación de clase

La tabla de abajo sitúa las tres maneras en las que se define la situación de clase en el discurso asambleario:

Tabla 7. Modulaciones de la situación de clase
Subdimensiones de la situación de clase
Modulación I
(Capítulo 3)
Modulación II
(Capítulo 4)
Modulación III
(Capítulo 5)

Nosotros

Pobladores

Ciudadanos y ciudadanas

Comunidad en resistencia permanente/la resistencia

Daño-desposesión

La contaminación y el desprecio

La entrega y la violencia

Ataque y apropiación de la resistencia

Ellos-la oposición

El gobernador y la empresa Barrick

El modelo extractivo y la clase política

Máquina de guerra

En primer lugar, el nosotros constituye una elaboración de una forma de identificación que reúne o delimita un colectivo social. La constatación de esta operación en el discurso de las asambleas nos permite afirmar que no hay experiencia de clase que sea elaborada solo en términos individuales; por el contrario, exige el reconocimiento de un grupo social amplio, sobre el cual se definen ciertas formas de “lo común”, que no es otra cosa que el establecimiento de un modo de vida común, una forma de habitar y poseer un territorio, de estar y de hacer un lugar, de relacionarse con otros y otras. “Pobladores y pobladoras”, “ciudadanas y ciudadanos”, “luchadores y luchadoras” constituyen las tres elaboraciones del nosotros que muestra el corpus de datos utilizados. Estos cambios o desplazamientos representan, respectivamente, formas de ampliar discursivamente el conjunto social de referencia, y no sólo en términos geográficos o de escala, sino también en formas cualitativamente diferentes de habitar y vivir. Si los “pobladores” se definen en su relación intrínseca con el permanecer en el lugar, los “ciudadanos”, además, tienen y ejercen-exigen derechos sobre ese lugar; y “la resistencia”, por último, es un nosotros que se define en un constante y convencida forma de estar-en-resistencia sobre el lugar.

El uso discursivo de una u otra categoría para referenciar al nosotros constituye una estrategia discursiva que ocurre en el marco de relaciones de fuerzas históricas. Esto es, el cambio o el uso de una u otra categoría no suceden como un traslado acrítico y automático que las asambleas hacen de significados previamente definidos para nominar o nominarse. Decimos esto porque, cuando el nosotros se reelabora como “ciudadanos y ciudadanas” o cuando se vuelve a transformar como “luchadores y luchadoras”, el discurso de las asambleas asocia estas transformaciones a los efectos de fuerza y a las “victorias” de las propias estrategias de acción y lucha. Con ello, el proceso de identificación que establece un colectivo social, el nosotros, es producto de la propia lucha, nunca una base de enunciación a priori. En otras palabras, en su experiencia de lucha, los sujetos no “descubren” un colectivo social, sobre el cual ya están “dadas” ciertas características comunes; al contrario, sólo en la lucha y por la lucha se produce –y así también se amplía y modifica– esa identificación entre muchos y muchas organiza y determina las fronteras de un conjunto social sobre el que recaen similares condiciones de vida, de explotación, de dominación; y por ello, son también las condiciones en las que se prepara y plantea la lucha.

Por su parte, el daño-desposesión, la segunda subdimensión de la situación de clase, tiene en sus tres modulaciones una faceta múltiple:

  • como “contaminación del territorio” y como “desprecio” (en la primera modulación);
  • como “entrega del territorio” y como “violencia sobre la voluntad” (en la segunda modulación);
  • y, finalmente, como “ataque” y como “apropiación” de la resistencia (en la tercera modulación).

Estas formas de nombrar el daño advierten, en su conjunto, que la agresión capitalista es, simultáneamente, sobre el territorio donde los sujetos habitan y viven (la contaminación, depredación, contaminación o entrega de bienes naturales, refieren a ello) y sobre las capacidades políticas de esos sujetos (el “desprecio”, la “violencia sobre la voluntad” y el “ataque y la apropiación”, refieren a esas capacidades y posibilidades de activación política).

A su vez, en las tres formas de construir la explicación y la comprensión de lo que constituye el agravio, el recurso al pasado y a sus hechos –aunque sea muy inmediato– configura una operación discursiva recurrente a partir de la cual se fijan líneas de articulación con el sentido de la lucha en su momento de enunciación presente. El pasado, entonces, permite dotar al nosotros de una forma de lo común: no son ni las posiciones o trayectorias laborales o de militancia, sino la historia de desposesiones pasadas lo que constituye un principio constitutivo del vínculo que facilita el tránsito entre la dimensión individual y la dimensión colectiva de las luchas asamblearias, pero también, entre las luchas asamblearias y las luchas-otras –como mostramos al tratar la dimensión de solidaridades–

En este sentido, para nuestro caso de estudio, la elaboración contundente de esta densidad o peso histórico del daño ocurre cuando el discurso asambleario lo delimita como “entrega” o como “violencia sobre la voluntad”: ahí el daño-desposesión se asienta en una continua producción y reproducción que “inicia” en el proceso de colonización y se mantiene hasta el momento presente de la enunciación. Con semejante presencia a lo largo del tiempo, el daño-desposesión se convierte en la regla, en lo normal. Ello no se pierde cuando, en la tercera modulación, el daño-desposesión se elabora como una expropiación sobre “la propia resistencia”: desde “tiempos inmemoriales” hay una “historia de muerte y fuego” para los “luchadores y luchadoras”, un “cortejo triunfal de los dominadores de hoy, que avanza por encima de aquellos que hoy yacen en el suelo” (Benjamin, 2007, Tesis VII).

Organizándose primariamente a partir de la experiencia inmediata y cotidiana de una realidad intolerable, destacamos que, dado este peso del pasado, el daño-desposesión siempre es una “realidad tangible”, y no sólo un riesgo o un temor sobre algo que “podría llegar a suceder”. En toda situación de clase, el daño es una impugnación basada en una constatación presente y actual de una desposesión, que sucedió en el pasado, o que sigue sucediendo en un aquí y ahora. Con ello, el daño-desposesión nunca es solo un riesgo potencial, un agravio –más o menos– posible de suceder. El daño que es parte de una experiencia de clase puede tener un componente potencial o de riesgo, pero no puede producir impugnación (y activación de la lucha) sino sólo en su efectiva consumación y constatación en la experiencia presente de los sujetos. La experiencia de clase se organiza siempre desde un daño ya realizado o ya consumado, aunque sea en algunas de sus múltiples facetas. El valor político de la denuncia grave y urgente radica en esa operación enunciativa de del carácter consumado de todo daño-desposesión.

Lo anterior obliga a resituar cualquier interpretación que tienda a explicar la activación de colectivos involucrados en conflictos ambientales sólo en la “percepción” del riesgo. La focalización en el carácter social de la definición de lo que es o no un riesgo constituye un aporte crucial en este tipo de lecturas. Ahora bien, el hecho que los sujetos puedan establecer y denunciar “posibles escenarios de riesgos”, generar “alertas sobre peligros” (con mayor o menor precisión, o con mayor o menor uso de recursos culturales, sociales, éticos, políticos), bajo el supuesto de que “los riesgos son profusos y heterogéneos” (Ciselli, 2011, p.2), conduce el debate y las denuncias de las luchas hacia el futuro. En consecuencia, tiende a oscurecer la mirada sobre los daños efectivamente ya realizados, incluso al momento en que estos sujetos articulan –o no– una definición de otros riesgos posibles.

La última subdimensión de la situación de clase, la elaboración del ellos, genera simultáneamente, una escisión del nosotros y una asignación de responsabilidad y carga a ese ellos respecto de la producción y reproducción del daño-desposesión. Esta subdimensión también presenta tres modulaciones que, en la sucesión que hemos descripto en los capítulos 3, 4 y 5, constituyen formas de ampliar y politizar los espacios de ataque, los intereses y las estrategias del adversario.

Así, la delimitación local y focalizada de la primera modulación confirma aquello que decía Gramsci cuando, al inicio de toda lucha, “el pueblo siente que tiene enemigos y los individualiza sólo empíricamente en los así llamados ʻseñoresʼ, así, ‘odiaʼ al ʻfuncionario’, no al Estado, al que [aún] no comprende” (Gramsci, 1981, p.48). No obstante, las posteriores reelaboraciones que mostramos en los capítulos 4 y 5 constituyen verdaderas construcciones conceptuales orientadas a comprender un Estado que es cada vez menos una persona o agente, para pasar a nominarse como un conjunto de relaciones entre diferentes agentes, con distintas funciones, con una plasticidad y versatilidad “monstruosa” –como define uno de los enunciados– que encierra el punto clave de su fuerza y su aparente invencibilidad.

Por último, resaltamos que, en sus tres dimensiones, la situación clase expone la manera en que las asambleas riojanas experimentan un orden social estructurado y viven las condiciones de explotación que crean las relaciones sociales capitalista. Esas condiciones determinadas, dadas o heredadas, en las que los hombres y mujeres nacen, o en las que entran voluntaria o involuntariamente, moldean la experiencia social de los sujetos y, lejos de ser “ignoradas” o “falsamente” reconocidas, se manifiestan siempre como reales y ciertamente vividas. 

2. Los intereses de lucha y la contraposición con intereses del adversario

La tabla de abajo resumen las tres maneras en las que se definen los intereses de la lucha y su contraposición con los intereses de los adversarios:

Tabla 8. Modulaciones del interés de lucha
Subdimensiones del interés de lucha
Modulación I
(Capítulo 3)
Modulación II
(Capítulo 4)
Modulación III
(Capítulo 5)

Interés de lucha

Defensa del territorio

Autodeterminación

Defensa de la lucha

Contraposición de intereses de la lucha con el interés del adversario

Desacuerdo por fallas o errores de procedimiento

Polaridad

Guerra y muerte

La definición de intereses de lucha representa un componente central en cualquier relación antagónica, tal como éstas se entiende para nuestro concepto de experiencia de clase. Una relación antagonista no se define solamente por la identificación de un adversario sino en la medida en que, para ese adversario, se expresen también intereses que amenazan, excluyen o envuelven algún tipo de hostilidad respecto de los intereses consignados como propios.

En este plano, uno de los resultados más evidentes del análisis nos muestra que la “defensa” se presenta como un interés de lucha que admite ser considerado, en el plano enunciativo, como ideologema que remite a una serie de variaciones con capacidad de migrar y ampliar su sentido a través del tiempo. Se podría decir que, a lo largo del periodo analizado, lo que varía es el objeto de la “defensa”: el territorio, en la primera modulación; la capacidad política de “autodeterminación”, en la segunda; y, en la última reelaboración, es “la resistencia”, con sus logros y victorias, lo que se vuelve objeto de defensa.

Estas definiciones se acompañan por específicas formas de nombrar-se, o de dar una forma de subjetividad política a quienes asumen ese horizonte. Al elaborar y definir intereses antagónicos, en el mismo movimiento, los sujetos desarrollan un proceso de definición sobre sí mismos: el punto es que, esa definición de intereses y de sí mismos se da “a la par que viven su propia historia” (Thompson, 1989, p.15), y no puede ser impuesta como una asignación extemporánea, a-histórica o universal. La subjetividad política, en otras palabras, es inseparable de la experiencia antagónica que involucra la definición de intereses comunes, y, en general, del conflicto, su dinamismo y relativa contingencia.

Si cada forma de nombrar-se a sí mismos sucede en medio de una determinada matriz de relaciones de poder, los “reunidos”, los “autoorganizados” o “los y las luchadoras” –que corresponden, respectivamente, a las modulaciones que presentamos– son formas de hechura de la subjetividad política que ponen en evidencia que esas relaciones de poder ya se han alterado. Por ejemplo, a lo largo del discurso asambleario se posicionan estas formas de subjetividad política como una oposición y un rechazo a la evidente capacidad de la máquina estatal para (re)asignar formas de identidad a determinados colectivos sociales, sus luchas y demandas. Este punto de vista sobre la auto-constitución política de los sujetos resulta, entonces, un punto de apoyo fundamental para cualquier perspectiva sobre el cambio social y las relaciones que lo estructuran. En otras palabras, no es posible pensar en grandes proyectos de cambio global de las relaciones capitalistas sin partir de una primigenia y necesaria transformación en esas relaciones que es el rechazo hacia formas de identidad fijadas y fijadoras, y, en el mismo movimiento, la constitución de subjetividades políticas que, como mínimo, se abren y autoafirman capaces de disputarlas.

Lo anterior se ve atravesado por la manera en la que los sujetos en lucha elaboran la naturaleza más o menos contradictoria entre intereses antagonistas. En este plano, la “defensa del territorio” es un interés cuya disputa con los intereses del adversario se estructura a través del principio representativo y el procedimiento del diálogo. Ello permite mostrar la contraposición de intereses como “fallas” de esos mecanismos, y no como posturas irreconciliables o irreductibles. No obstante, su carga disruptiva, más bien, pone en escena una automatización, autonomización y privatización del sistema político-institucional, en particular, y de lo político, en general.

Los niveles de polarización con los intereses adversarios aumentan cuando se posiciona la “autodeterminación” y la “defensa de la lucha” como intereses de lucha de las asambleas riojanas. La radicalización, en el primer caso, sucede cuando se acentúa la incompatibilidad de los polos y la inexistencia de alternativas intermedias, subrayando tanto el carácter evidente de la dicotomía como el polo favorable que representa la posición del enunciador: “hay una sola forma de hacerlo y es a través de la resistencia organizada”, dirá uno de los comunicados citados oportunamente. Para la última modulación del interés, la contradicción se hace mucho más evidente al constatarse una relación de mutua exclusión: o los intereses de ellos, o los de nosotros. La coexistencia es un imposible, no hay lugar en el mundo para ellos, porque lo que se configura es un enfrentamiento “a muerte”.

Ahora bien, tanto en su definición como en la determinación de su grado de contradicción con los intereses adversario, lo que interesa a una perspectiva marxista es justamente el punto en el que se puedan desarrollan y enunciar intereses que tengan la capacidad de interpelar una parte importante de la sociedad. Ello exige no solamente superar la estrechez geográfica o espacial de los intereses, sino también su emplazamiento temporal. Tal como vimos en los capítulos, cada una de las elaboraciones de intereses enlaza y resalta una temporalidad específica: la “defensa del territorio” remite de manera especial a un pasado como espacio de “refugio”; la autodeterminación tiene un horizonte más orientado al futuro y a la necesidad de un cambio social. Y, por último, la “defensa de la resistencia” no puede despegarse demasiado del presente, porque cualquier proyección futura se vuelve frugal en tanto la muerte sobrevuele y se enlace a cualquier posibilidad de “conquista”: la “defensa de la resistencia” sólo permite –como dice Juarroz en el fragmento que da inicio a estas conclusiones– enhebrar con la anti-forma de una aguja el hilo suelto y escondido del revés de todos los mundos, de allí sostenerse, de esa ejemplar delgadez.

Situado y cristalizado en la forma de elaborar sus intereses de lucha, el problema del emplazamiento temporal de los intereses definidos por las luchas ambientales habilita, o no, el tránsito hacia la posibilidad de elaborar proyectos políticos de vida en común. Poner en el centro del análisis a los proyectos políticos que subyacen a los intereses de las asambleas, y especialmente, en los alcances que tienen para reformar, compensar, transformar o reproducir el orden social vigente. Desde esta perspectiva, no es suficiente abordar los intereses como construcciones ideológicas simplemente desde la necesidad de comprender su papel en la orientación de la acción y motivación de la participación de los integrantes de las organizaciones ambientales. Además de ello, resulta urgente observar cómo esos sentidos innovadores se articulan integral o parcialmente en un proyecto de vida común que piense y decida respecto del sentido y dirección en el que debe darse la transformación social, y en el modo de implementarlo.

Dicho de otro modo, las modulaciones de los intereses importan no porque desde ahí se puede constituir “cadenas de equivalencias” que los diluye en un inventario de pertenencias identitarias. El estudio de intereses y sus temporalidades nos permite entender la capacidad que tienen las asambleas para aportar una respuesta a una crisis global de las relaciones sociales, y, desde allí, posicionarse para ejercer un papel de dirección en el seno de un nuevo “bloque histórico”. Ello exige re-ponderar la desequilibrada concentración de la atención sobre el momento destituyente o de ruptura, para reconocer los matices de sus momentos más instituyente, constituyente o prefigurativo: la experiencia de clase de las asambleas riojanas es ciertamente densa respecto al conocimiento de los mecanismos de explotación y de dominación; más, sólo expresa indicios o claves aisladas que permiten sostener un activación política sostenida como sujetos capaces de hacer y vivir algo distinto a ese destino de explotados y dominados[1].

3. Las estrategias de lucha

La tabla de abajo recapitula en las tres formas de organizar y dar sentido a estrategias de lucha, siempre en una medición de fuerzas con unas contra-estrategias asignadas al adversario:

Tabla 9. Modulaciones de las estrategias de lucha
Subdimensiones de las estrategias de lucha
Modulación I
(Capítulo 3)
Modulación II
(Capítulo 4)
Modulación III
(Capítulo 5)
Estrategia Recomposición de la relación de representación política Producción de información y conocimiento Poner el cuerpo (puebladas, habeas corpus, ocupar lugares en el Estado)
Gestión del paso territorial Ocupación del espacio
Contraestrategia del adversario

Autonomización de la relación de representación política

Gestión del (des)conocimiento y la (des)información
Anulación y exterminación de “la resistencia
Agresión y judicialización de la lucha Ocupación/desocupación del espacio

Estas formas en las que aparecen las estrategias de lucha nos permiten establecer una serie de orientaciones conceptuales. En primer lugar, las estrategias se presentan como “hipótesis es un guía para la acción” (Bensaïd, 2006, p.2), basadas en un estudio o al menos en una observación atenta a las experiencias de lucha pasadas, propias y ajenas; pero también es una decisión abierta y modificable en función de experiencias nuevas o de circunstancias inéditas de la propia lucha.

Por ello, en segundo lugar, no hay estrategias que correspondan a priori a ciertos sujetos y a otros no. Nuestro análisis pone en evidencia que ni las estrategas ni las tácticas que se les corresponden pueden concebirse desde un carácter esencialista respecto de los sujetos políticos que las ejecutan.

Asimismo, cada definición estratégica involucra un movimiento de tácticas; éstas, en su carácter contingente, se reacomodan o realinean para corresponderse con las nuevas definiciones estratégicas. Por ejemplo, los cortes han sido una táctica constante a lo largo del periodo analizado, pero, de acuerdo al discurso de las asambleas, se van a integrar con alcance y sentido distinto según formen parte de la estrategia de “gestión del paso territorial”, la estrategia de “ocupación del espacio” o la estrategia de “poner el cuerpo”.

Por último, para una perspectiva clasista es importante reconocer, en tercer lugar, que, si bien podemos identificar ritmos, aceleraciones y re-flujos producidos por la implementación de ciertas estrategias, “existen períodos de crisis en los cuales las relaciones de fuerzas pueden transformarse radicalmente y poner realmente en la orden del día la posibilidad de cambiar el mundo, o, en todo caso, de cambiar la sociedades posible” (Bensaïd, 2007, p.3). Por eso, en la experiencia de clase, las estrategias siempre deben ser ubicadas en el plano de servir a una victoria final. En el discurso de las asambleas, ello sólo es identificable cuando, en la última modulación, la estrategia expone el cuerpo propio a una lucha a muerte, a una guerra no como mera metáfora de la política, sino como forma de resolver el antagonismo.

La envergadura de esta última modulación reclama la importancia que, en este y en futuros análisis sobre procesos actuales de movilización y lucha, adquiere una perspectiva clasista que observe la capacidad y disposición de las estrategias de lucha para efectivamente transformar –gradual, parcial o totalmente– las reglas de juego dominantes.

4. La solidaridad

Por último, la tabla de abajo condensa las tres modulaciones sobre la solidaridad y el “relajamiento” de los antagonismos con qué luchas-otras:

Tabla 10. Modulaciones de las formas de solidaridad
Subdimensiones de las formas de solidaridad
Modulación I
(Capítulo 3)
Modulación II
(Capítulo 4)
Modulación III
(Capítulo 5)

Definición

Ofrenda de victorias conseguidas

 

Solidaridad corporativa

Solidaridad histórico-política

 

Solidaridad política

Luchas-otras

Luchas ambientales en otras provincias

 

Luchas en contra del modelo extractivo

Luchas obrero-sindicales

 

Luchas por los delitos contra DDHH durante la dictadura

Luchas de precarizados

 

Luchas docentes y de trabajadores

Las modulaciones que presenta la solidaridad en la experiencia de clase de las asambleas riojanas nos lleva a reubicar, bajo el halo del concepto gramsciano de hegemonía, el estudio de diversos niveles en las relaciones hacia el interior del campo de sujetos subalternos. Desde Gramsci, esta dimensión de solidaridad puede ser comprendida en base a diferentes tipos de relaciones al interior de los sectores subalternos que “corresponden a los diferentes momentos de la conciencia política colectiva” (Gramsci, 2010, p.414). El momento más elemental es el económico-corporativo[2]; le sigue un momento económico-corporativo o sectorial[3]; por último, el momento del partido:

“donde se logra la conciencia de que los propios intereses corporativos, en su desarrollo actual y futuro, superan los límites de la corporación, de un grupo puramente económico y pueden y deben convertirse en los intereses de otros grupos subordinados” (Gramsci, 2010, p.415).

Es en esta última fase donde las distintas formas o elaboraciones ideológicas se confrontan y entran en lucha,

“Hasta que una sola de ellas, o al menos una sola combinación de ellas, tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse por toda el área social; determinando además de la unidad de los fines económicos y políticos, la unidad intelectual y moral, planteando todas las cuestiones en torno a las cuales hierve la lucha, no sobre un plano corporativo, sino sobre un plano ‘universal’ y creando así la hegemonía, de un grupo social fundamental, sobre una serie de grupos subordinados.” (Gramsci, 2010, p.415)

Lo anterior nos obliga a pensar la solidaridad como la experiencia que conduce a ejercer un papel de dirección en el campo subalterno y de dar respuesta a una crisis global de las relaciones sociales capitalistas. Ello nos reclama superar los magros usos de la noción de hegemonía como “cadena de equivalencias”, como la simple corroboración de la existencia (o no) de articulaciones o coordinaciones con otros actores políticos. Así también, obliga a dejar de lado la necesidad de buscar establecer una clasificación jerárquica o una subordinación de ciertas experiencias de luchas a otras.

En la primera modulación, la solidaridad es la posibilidad de ofrecer a otras luchas una estrategia exitosa; su fuerza es constituyente de una unidad que se basa en la asimilación y no tan sólo en la difusión o conocimiento de esas batallas ganadas: “teníamos el caso de Esquel”, es el registro de esta forma. En la segunda modulación, el “modelo extractivo” y la “entrega” son los ejes que aglutinan a diversas organizaciones asamblearias y crean así nuevas formas identitarias de articulación que se proyectan como estables y constantes. Estas, no obstante, sólo integran a organizaciones o colectivos que se inscriben dentro de la lucha en contra del “modelo extractivo”, con los límites que tiene este concepto en el discurso asambleario –como ya vimos en el capítulo 4. Por ello, este nivel de constitución de alianzas es aún “corporativo” o “sectorial” entre luchas afectadas por “lo extractivo”.

También, mostramos cómo el discurso muestra una acción de diseño en la composición de las alianzas en este nivel, que no se reduce al encuentro o a la reunión, o a ser espacios de identificación mutua. La creación de una institucionalidad solidaria adquiere fuerza como centro de disputa de hegemonía en tanto y en cuanto puede dar cauce a un programa de acción común, al menos en el nivel provincial. Este tipo de formas institucionalizadas, a nuestro entender, traducen formas de solidaridad que no fijan las distintas experiencias de clases en roles y funciones definidas y concebidas de antemano, sino que ofrecen una consistencia –dice Lazzarato (2006)– a las distintas experiencias de lucha; no las reproducen automáticamente, sino que les ofrecen un tejido en el cual bordar la producción de lo nuevo, un espacio para abrir mundos posibles

La proyección política de la solidaridad hacia luchas-otras se produce, en primer lugar, en el pasado: las luchas en contra de la dictadura militar y las luchas docentes en la provincia en los ‘90[4], se presentan como antecedentes muy presentes en el discurso de las asambleas ambientales y con ellas se inscriben líneas de continuidad, similitud o actualización en la enunciación de daños, intereses o estrategias de lucha. Cuando se trata de elaborar la solidaridad con luchas-otras, ésta se amplía en un nivel más político, pero también más inestables y con menos espacios institucionalizados. Las alianzas aquí tienen un carácter menos programático y más bien simbólico.

Las luchas relacionadas con lo educativo toman presencia en este nivel: las experiencias de conflicto alrededor de la refuncionalización del edificio y relocalización de los Profesorados que funcionaban en la Escuela Normal Pedro Ignacio de Castro Barros; o la toma del Rectorado por parte de los estudiantes de la UNLAR. Y en este nivel, también comienzan a aparecer expresiones de solidaridad que se proyectan también hacia las luchas de los trabajadores: entran en juego los apoyos hacia los trabajadores de la curtiembre de Nonogasta, o la de los trabajadores “precarizados”. En estos casos, la solidaridad se asienta sobre un estado de inseguridad común que, no obstante, tiene la potencia de “encontrar” a las diversas luchas “en la calle”. Precisamente, ese estado de inseguridad es la consecuencia misma de la desenfrenada búsqueda de utilidades de la máquina de guerra, de su entorno hostil, de su emanación incesante de riesgos y peligros, y, sobre todo, de formas difusas de muerte. Todo lo anterior expone que la cuestión de la solidaridad no involucra sólo una cuestión de federar fuerzas, sino de constituir sujetos políticos que tengan la vocación de universalizar el conflicto y su capacidad disruptiva y prefigurativa.

Por último, es importante advertir que las articulaciones o desarticulaciones de alianzas son móviles y no exentas de disputa sobre la “dirección” o “conducción”. Si bien contemplamos que, en el periodo analizado, se puede hablar de cierto papel de dirección política que (en sus contradicciones, marchas y contramarchas, y reorientaciones), tuvieron las asambleas en relación a una alianza más amplia de sectores sociales que se declaran en contra de la megaminería, esta política de alianzas –y su dirección o conducción política–, no pueden sustanciarse, ni considerarse establecidas de una vez y para siempre. Los (des)equilibrios que requiere alcanzar cualquier “relajamiento del antagonismo” hacia el interior de los sectores subalternos y en lucha es un aspecto central que requiere un análisis pormenorizado y específico, a punto tal que sugerimos sea retomado y profundizado en futuras investigaciones y análisis. 


  1.  De hecho, como explicamos en el capítulo 4, la insistencia en la “autonomía” como parte de los intereses del discurso asambleario se muestra casi exclusivamente desde el rechazo y la desconfianza al sistema institucional y a sus mediaciones políticas: los gremios y partidos. No obstante, en el discurso de las asambleas riojanas la “autonomía” no adquiere una referencia “postestatista” (Lewkowicz, 2006) o una consigna necesariamente en contra del Estado. En este entramado de enunciados, funciona mejor como un marcador de la diferencia que permite, por un lado, desvincularse de los tiempos y las lógicas de la dinámica electoral y representativa, y, por otro lado, constituirse como criterio de exclusión del espacio asambleario a quien asuma la carrera y la competencia electoral.
  2.  “Un comerciante siente que debe ser solidario con otro comerciante, un fabricante con otro fabricante, etc., pero el comerciante no se siente aún solidario con el fabricante; o sea, es sentida la unidad homogénea del grupo profesional y el deber de organizarla, pero no se siente aún la unidad con el grupo social más vasto” (Gramsci, 2010, p.414).
  3.  “Entre todos los miembros del grupo social, pero todavía en el campo meramente económico” (Gramsci, 2010, p. 414).
  4. Sobre la trayectoria de la lucha docente en La Rioja se puede consultar: Avalle (2014 y 2016).


Deja un comentario