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4 The Walt Disney Company

La industria del entretenimiento y el musical global de El Rey León

Dentro de las grandes franquicias que han exportado teatro musical a distintas partes del planeta se destaca The Walt Disney Company, fundada en 1923 por Walt Disney y Roy Disney, aunque primeramente fue concebida bajo el nombre de The Disney Brothers Cartoon Studio. En 1928 nació el personaje Mickey Mouse para reemplazar a Oswald, que no tuvo demasiado éxito. Su primera aparición cinematográfica fue el 15 de mayo de 1928 en Plane Crazy, un cortometraje mudo. Después pasó a Steamboat Willie, la primera producción sonora y comenzó a expandirse y a cobrar fama. Este dibujo, junto a Blancanieves y los siete enanitos, estrenada en 1937, fueron los dos grandes éxitos que impulsaron la compañía y le hicieron ganar reconocimiento. En 1935 la Sociedad de Naciones premió al personaje Mickey Mouse declarándolo símbolo internacional de la buena voluntad. El éxito de Blancanieves permitió a Disney construir unos nuevos estudios en Burbank, donde produjeron otros dos largometrajes: Pinocho y Fantasía. En 1950 produjeron su primer programa televisivo One Hour in Wonderland. En 1955 se consolidó la compañía con la creación del primer parque Disneyland en Anaheim, California (Wasko, 2001). Tras su muerte en 1966, Walt Disney fue sustituido por su hermano, Roy O. Disney, y el hijo de este, Roy E. Disney, hasta que en 1984 llegó a manos de Michael Eisner quien consiguió remontar la empresa, que se encontraba en decadencia, y pasar de 1,65 billones de dólares a 25 billones a finales del año 2000 (Collis y Rukstad, 2005).

La idea de que The Walt Disney Company tuviera presencia en Broadway nació en 1991 tras el éxito de la película de animación La bella y la bestia, cuando el principal crítico de teatro del periódico The New York Times, Frank Rich, elogió el film comparándolo con las comedias musicales de Broadway (Martel, 2011). De hecho, Disney tiene una relación muy estrecha con el musical pues todas sus películas de dibujos animados son en realidad musicales con melodías de compositores como Piotr Ilich Chaikovski (1840–1893), Louis Armstrong (1901–1971) o Elton John (1947– ) (Doménech, 2016). Esto hizo que Jeffrey Katzenberg, que entonces dirigía los estudios de cine, se le ocurriese hacer una adaptación para Broadway. Esto representó una ruptura de la tradición de la cultura de masas estadounidenses, pues antiguamente se adaptaban para Hollywood las comedias musicales que tenían éxito en Broadway. Esto supone el cambio histórico del que vivimos el resultado ya que actualmente se adaptan para Broadway las películas que tienen éxito en Hollywood. A Michael Eisner, presidente en aquel momento, no le convencía la idea, pero finalmente aceptó y mandó a Tomas Schumacher, que se encargaba de los dibujos animados, a Nueva York para crear la división teatral de Disney: The Walt Disney Theatrical (Martel, 2011).

En el origen de El Rey León como musical está el éxito de la película, que, en tres años de distribución, incluidas las salas, el home video y los productos derivados, recaudó cerca de mil millones de dólares. Tomas Schumacher fue quien hizo la película por eso fue autorizado por Eisner a llevarla a Broadway. Este proyecto necesitaba unos medios financieros enormes, y para ello The Walt Disney Company invirtió 34 millones de dólares. El siguiente paso fue la adquisición de un famoso teatro de la calle 42, el New Amsterdam, que data de 1903 y había ido cayendo en el abandono a medida que los sex shops, la prostitución, la droga y las bandas invadían la calle. Necesitaban sanear el barrio para que las familias acudieran allí. Esto lo consiguieron mediante una alianza con el alcalde republicano de Nueva York, que decretó que se cerraran todos los sex shops y ofreció subvenciones públicas para abrir tiendas turísticas. Asimismo, las sedes sociales de las grandes multinacionales del entretenimiento y de varias cadenas de televisión se instalaron a cambio de desgravaciones fiscales. Además, se inauguró una tienda Disney Store en el cruce estratégico de Broadway con la calle 42.

Por otro lado, Disney es uno de los principales exportadores de cultura del entretenimiento a todo el mundo y algunos autores lo han interpretado como un representante paradigmático del imperialismo cultural. Así lo determina, por ejemplo, Anxo Abuin (2012) al centrarse en las películas y mostrar los mensajes que subyacen en su historia:

Sus filmes funcionan así como una “máquina educadora” que garantiza la disneyficación de Estados Unidos y el mundo, la incorporación de sus símbolos al más puro ámbito de lo cotidiano. Los ideologemas resultantes incluyen, asimismo, la subordinación de la mujer, los estereotipos racistas, la defensa de las relaciones sociales antidemocráticas o la exhibición naturalizada del pasado colonial como el mejor pasado de los posibles (Abuin, 2012: 138).

De hecho, la crítica a la uniformización y transmisión de estereotipos por parte de la industria Disney en todos sus productos culturales no es reciente, sino que se remonta a la década de 1970 con la publicación de Para leer al Pato Donald de Ariel Dorfman y Armand Matterlart (1972). En él, examinan la diferencia entre la literatura infantil y el resto de literatura, pues los adulos eligen qué leer, qué géneros les gustan más, mientras que a los niños se les predeterminan sus lecturas. Estas lecturas son creadas por adultos que justifican sus textos en virtud de lo que ellos creen que es mejor para un niño y cómo deben ser. Por medio de esta literatura los mayores proyectan un mundo ideal que refleja su propia necesidad de crear un espacio alejado de los problemas diarios. Esto se relaciona con toda la problemática de la cultura de masas, que ha democratizado la audiencia y popularizado las temáticas basadas en estereotipos unificados. Para ello, la mayoría de sus historias están protagonizadas por animales, donde la naturaleza lo invade todo colonizando el conjunto de relaciones sociales e ilustrando la inocencia.

Esta larga tradición de estudios y análisis sobre Disney y sus productos inaugurada por Dorfman y Mattelart es seguida por autores como Janet Wasko (2001), que estudia los Classic Disney que consisten en una serie de películas y dibujos animados que comparten un conjunto de características que son representativas de la marca. Este estilo fue establecido por la influencia de Walt Disney y se ha mantenido a lo largo del tiempo construyendo un estilo único e identificable. Los valores que acompañan a estas producciones son la inocencia, la felicidad, el romanticismo, la ética del bien sobre el mal y el escapismo mediante la imaginación. Wasko también señala como la reelaboración por parte de Disney de la literatura infantil es una forma de merchandising utilizada para la comercialización de una amplia gama de productos.



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