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Introducción

Rosario Radakovich y Ana Elisa Wortman

En las últimas décadas, se ha desarrollado un campo de estudios de las ciencias sociales denominado consumos culturales. La pregunta que fundó este nuevo tipo de investigaciones en el ámbito latinoamericano surgió inicialmente para evaluar el impacto de las políticas culturales que comenzaban a promoverse en la región en términos de democratización social (García Canclini, 1989). Más adelante, se lo consideró un campo de conocimiento productivo para abordar la dinámica social derivada de las transformaciones de la industria cultural y del arte en general (Sunkel, 1999). Recientemente, se incluyen investigaciones que analizan otros aspectos de la vida social vinculados con transformaciones de la producción cultural, el surgimiento de nuevos saberes asociados al impacto radical de las nuevas tecnologías en la vida cotidiana de los sujetos y en la producción artística, los modos de circulación de los bienes culturales, el impacto de las prácticas virtuales en la vida urbana, las nuevas formas de consumo, el uso del tiempo libre, hasta el surgimiento de nuevas subjetividades, etcétera.

De esta diversidad de alcances, surgen los siguientes interrogantes: ¿por qué una propuesta cultural –musical, literaria, audiovisual, etcétera– tiene más impacto social que otra? ¿La sociedad está otra vez a la deriva de la industria cultural concentrada en esta era digital? ¿Esa industria homogeneiza o diversifica las opciones de consumo cultural? ¿En qué medida habilita a la toma de decisiones, tácticas y estrategias de innovación y cambio del consumo cultural? Por otra parte, ¿qué relación hay entre el consumo cultural y la vida social en sus múltiples dimensiones: tiempo libre, tiempo de trabajo, relaciones afectivas, vida urbana, viejas y nuevas migraciones? ¿Qué tipo de consumo cultural generan los espacios independientes y/o la cultura independiente? ¿Los consumos culturales se sostienen en el tiempo o los sujetos se vuelven diaspóricos en el terreno del consumo cultural? ¿De qué manera interviene en el nuevo siglo la condición de desigualdad y las posiciones de clase en el consumo cultural y en la formación de públicos? ¿Cuánto se configuran los nuevos gustos y prácticas de consumo cultural bajo claves de mayor diversidad, eclecticismo y cosmopolitismo? ¿Cuánto resurgen los nacionalismos, el conservadurismo y el parroquialismo en el nuevo contexto cultural?

En el marco de un nuevo Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología, en nuestro Grupo de Trabajo se han presentado ponencias que atraviesan estos interrogantes. Por ejemplo, para pensar los consumos culturales tenemos que entender, en primer lugar, algunos rasgos peculiares de las sociedades contemporáneas en los cuales se producen y circulan los bienes culturales. En ese sentido, dos procesos que se han instalado y que nos permiten pensar la transterritorialidad del consumo cultural en la actualidad son el de globalización y el de las nuevas tecnologías de la información y comunicación, lo cual supone abordar el acceso y la circulación de bienes culturales en el siglo XXI a partir de consumos transmediales y plataformas digitales. Está claro que el universo cultural ha cambiado radicalmente en los últimos años al analizar ambos procesos.

Cambiaron los hábitos, gustos, prácticas y rituales de consumo cultural y, junto a ello, cambiaron las sensibilidades, las experiencias y los mecanismos de distinción (Bourdieu, 1979) y diferenciación que anclaban algunas expresiones culturales a determinados patrones sociales (Peterson y Kern, 1996; DiMaggio, 1987; Lahire, 2004; Coulangeon y Duval, 2013). Se modificaron también las estructuras de producción cultural a partir de la tecnología y la desmaterialización de las formas de circulación de la cultura (Sapiro, 2009; Duval, 2016). Y con ello las políticas culturales se debaten entre el aggiornamento a la nueva era digital o la inoperancia de la vetusta legislación frente a la nueva realidad.

En este momento cultural –ambientado en drones, redes sociales, videos viralizados y selfies–, se celebra el advenimiento de estilos de vida más eclécticos y cosmopolitas, producto de la intensidad de los mecanismos de mundialización cultural y del valor en alza del consumo “de experiencias”. Asimismo, se debe señalar el poder de las industrias culturales y las nuevas tecnologías de información y comunicación para imponer modas y democratizar el acceso a la cultura global.

Pensar estos procesos de mundialización (Ortiz, 2004), internacionalización e instalación de nuevos estilos de vida “cosmopolitas” en América Latina no puede sino pensarse desde una perspectiva “porosa”, cargada de ambigüedades y contradicciones, tensiones y procesos de desigualdad en sus apropiaciones. Pero a la vez se constituye real y tangible en el universo de las prácticas cotidianas de los latinoamericanos, por supuesto de manera diferente según los universos sociales. Esta dimensión de la vida cultural se planteó en algunos trabajos, que dejaron en evidencia que el cambio hoy se asocia al advenimiento de procesos de internacionalización de un universo cultural menos nacional y más global.

Asimismo, a las clásicas prácticas de consumo cultural –cine, teatro, música, museos, exposiciones, etcétera–, debe sumarse el impacto que tienen las nuevas tecnologías en el acceso a los bienes culturales, así como también la presencia de las plataformas digitales y la generación de bienes culturales de nuevo tipo. El nuevo momento que estamos atravesando se encuentra pautado por nuevas prácticas cotidianas tecnológicas. Bajar música por la web, ver películas on line, acceder a temporadas completas de series televisivas –binge watching– en plataformas on line, acceder a museos virtuales y muchas otras posibilidades más transforman radicalmente los consumos culturales.

Como se puede leer hasta aquí, la cuestión cultural en la actualidad es muy compleja y su abordaje revela un sinnúmero de variables a partir de estudios interdisciplinarios. Es evidente que no hacemos mención a todos los consumos culturales. La pregunta que podemos responder es: ¿podemos incluir estas nuevas tecnologías como nuevos consumos culturales? ¿Qué consumos culturales son más frecuentes a través de estos consumos culturales tecnologizados? ¿De qué manera intervienen las redes sociales en la formación del gusto o cuánto el modo en que están configuradas esas redes interpela nuestros gustos y los direcciona? Estas redes dan cuenta de nuevas formas de sociabilidad y en ese sentido, desde nuestra perspectiva, el consumo cultural debe pensarse como parte de relaciones sociales que ahora están absolutamente atravesadas –o mediadas– por la tecnología.

Si el consumo en la modernidad se producía en la ciudad, en espacios especialmente creados para su consumo –cines, teatros, bibliotecas, salas de música–, ahora nosotros somos “otros” en este nuevo mundo virtual de las redes sociales, en las cuales la información acerca de lo “cultural” ocupa un lugar fundamental. El proceso de individualización de lo social del que hablan Elías (1994) y Bauman (2016) se ve confirmado con la accesibilidad que permiten las nuevas tecnologías a archivos digitales. En las redes nos informamos a través de nuestros amigos de películas, músicas, eventos.

De todos modos, es importante señalar que la ciudad y el espacio público anclado territorialmente no desaparecen de nuestro universo cultural, sino que se resignifican en la sociedad contemporánea. Tanto políticas culturales públicas como privadas utilizan la ciudad para una diversidad de actividades artísticas y culturales. En ese sentido, se pueden observar la proliferación de ferias, festivales y arte callejero que potencian nuevos usos urbanos desde el punto de vista cultural.

Analizar los usos de Facebook en relación a los consumos culturales no parece algo menor si pretendemos abordar los cambios en los consumos culturales y los cambios en las prácticas para acceder a los consumos culturales. El tradicional “boca a boca” de nuestros grupos de amigos más próximos se actualiza, se amplifica en las redes sociales, y quizás con estas redes pesa más lo que se dice en ellas acerca de una película o un conjunto musical que lo que diga la prensa gráfica a través de su sección de espectáculos y los clásicos críticos culturales. La web 2.0 posibilita que quien tenga cierto capital social y cultural pueda generar contenidos en la web. La distinción moderna entre productor, artista y público se debilita, ya que quienes escriben, dibujan y seleccionan música a través de los blogs también consumen los productos que originan.

Así podemos decir, a modo de síntesis, que hablar de los nuevos consumos culturales en América Latina globalizada nos coloca en tres escenarios: por un lado, el de la industria cultural transnacional, de los grandes sellos discográficos, de los grupos multimedia, de las grandes empresas editoriales; por otro, el de la escena independiente con alguna vinculación a las políticas culturales, muy presente en nuevos espacios urbanos y también en la red, donde la autogestión y formas horizontales producen al hecho cultural; y por último, el nuevo escenario producido por las nuevas tecnologías. En la sociedad actual, cada uno de nosotros transita por estos “mundos culturales”, según quiere, según puede, según su lugar social.

En este contexto, el dosier que se presenta recorre análisis vinculados a la internacionalización territorial y virtual de los consumos culturales propios de la era digital y su impacto en la reorientación de la producción y el aggiornamento de las políticas culturales. Este trabajo se estructura en tres partes que agrupan trabajos en torno al impacto de las tecnologías de información y comunicación, a las transformaciones de los circuitos, actores e instituciones culturales y, por último, a los desafíos de las políticas culturales.

El primer grupo de trabajos plantea en común la preocupación por las mutaciones que las nuevas tecnologías de información y comunicación han impulsado en los consumos culturales actualmente.

El artículo de Valeria Car, María Ayelén Martínez y Natalia Eva Ader, “Consumos culturales y tecnologías: hacia una experiencia transmedia”, aborda los usos y prácticas vinculados a la plataforma transmedia “Expandiendo barrios”, que aporta insumos para reflexionar en torno a la deconstrucción de imaginarios sociales y la visualización de la segregación espacial entre quienes no tienen acceso a la vivienda en Ushuaia, Argentina. Por su parte, Pedro Emilio Moras Puig, en su artículo “Consumos culturales, medios de comunicación y nuevas tecnologías en Cuba”, describe gustos y prácticas de consumo cultural, audiovisual y tecnológico en la isla. Sebastián Cortez Oviedo, en el artículo titulado “Espacios públicos y TIC: el rol de la experiencia estética en sus usos y apropiaciones”, analiza el impacto del consumo tecnológico digital para repensar la noción de espacio público a través de la experiencia de Pokémon Go en Córdoba, Argentina. El trabajo de Walys Becerril Martínez, “Contenidos producidos y consumidos por mujeres en internet: estudio de caso con habitantes de la ciudad de México”, plantea los desafíos de la apropiación tecnológica en clave de género, analizando el caso de las mujeres mexicanas. Wener da Silva presenta “O Coletivo Fora do Eixo. Juventude organizada, produção, circulação e consumo cultural”, donde analiza la experiencia atendiendo a la forma como opera la red a través de la inteligencia colectiva.

Un segundo grupo de trabajos reflexiona sobre la transformación de los consumos culturales a partir de su internacionalización, innovación estética y vinculación a procesos sociales que impactan en los circuitos, actores e instituciones de la cultura en el contexto de la globalización. Así se plantea el advenimiento de patrones de consumo cultural “cosmopolitas” para los jóvenes a partir de la caracterización del cosmopolitismo estético en el caso de Francia.

Vincenzo Cicchelli y Sylvie Octobre tipifican diversas formas de internacionalización de los jóvenes franceses en relación a estos estilos de vida, estudio replicado en Brasil y muy sugerente para pensar las transformaciones actuales en el contexto de la mundialización cultural. Como señalan los autores, “en el gusto de cada uno de nosotros confluye el gusto del mundo”. Ana María Garzón Ferro y Martha Alejandra Sierra García, en el artículo “Best sellers juveniles: construcción de modelos de identidad a partir del consumo cultural”, analizan las formas de difusión y medios de comunicación digitales, las prácticas de consumo literarias de los jóvenes y la representación del amor presente en esos productos culturales en Colombia. Silvana Mariel González Carballal, en “La biblioteca como objeto de consumo”, explora los resultados de una encuesta entre estudiantes de la Universidad de la República en Uruguay sobre el rol de las bibliotecas en el contexto de la sociedad de consumo, focalizando en gustos, prácticas literarias y recursos bibliográficos que privilegian, así como en los procesos de estetización y confort que hacen al placer de leer para las nuevas generaciones. Guillermo Martín Quiña y Valeria Saponara Spinetta, en el artículo “La música como actividad creativa: trabajo, sensibilidad y política”, analizan el papel que juegan las “lógicas de sentimiento”, nuevas sensibilidades vinculadas a la música y la producción cultural independiente en Argentina.

Un último grupo de trabajos se cuestionan sobre los desafíos que los cambios recientes en los consumos culturales plantean a las políticas culturales, en particular abordan el rol del Estado frente a las tradicionales áreas de la cultura artística, así como en relación a las industrias culturales y las hoy denominadas empresas tecnológicas digitales vinculadas a la información y la comunicación. 

Las intervenciones de las grandes empresas digitales transnacionales son planteadas por Vanessa Oliveira a partir del artículo “Google inc.uba: ¿una nueva etapa en la política de intervención de los Estados Unidos?”. En el ámbito de los medios de comunicación, la emisión de una práctica muy popular como el fútbol es analizada por Caio Bruno de Oliveira Barbosa en “O futebol (não) será televisionado: a estatização das transmissões de futebol no Brasil e na Argentina”. Iniciativas como los Pontos de Cultura en Brasil han sido abordadas bajo el título “Política cultural enquanto meio de comunicaçao social: análise do Ponto de Cultura: Bandas Centenárias, Convergencia Digital” por Milene Morais Ferreira. Por último, Luciane Chagas analiza la experiencia “Meeting of favela” (Mof) a partir del estudio del graffiti como una posibilidad de materialización de la subjetividad pos-media en la periferia de Río de Janeiro, Brasil.

 

 

 Montevideo-Buenos Aires,
septiembre de 2019

Bibliografía 

Bauman, Z. (2016). Modernidad líquida. Madrid: Fondo de Cultura Económica.

Bourdieu, P. (1979). La distinción. Madrid: Taurus.

Coulangeon, P. et Duval, J. (2013). Trente ans après La Distinction de Pierre Bourdieu. Paris: La Découverte Recherches.

DiMaggio, P. (1987). “Classification in Art”, en American Sociological Review 52, pp. 440-455.

Duval, J. (2016). Le cinéma au XXe siècle. Entre loi du marché et règles de l´art. Paris: CNRS Editions.

Elías, N. (1994). A sociedade dos indivíduos. Río de Janeiro: Zahar.

García Canclini, N. (1989). Culturas híbridas. México D.F.: Grijalbo. 

Lahire, B. (2004). La culture des individus. Dissonances culturelles et distinction de soi. Paris: La Découverte. 

Peterson, R. y Kern, R. (1996). “Changing Highbrow Taste: from snobs to omnivore”, en American Sociological Review, vol. 61, n° 5,oOct, pp. 900-907.

Ortiz, R. (2004). Mundialización y cultura. San pablo: Editora Brasiliense.

Sapiro, G. (2009). Les contradictions de la globalisation éditoriale. Paris: Nouveau Monde Editions.

Sunkel, G.(coord) (1999). El consumo cultural en América Latina. Madrid: Convenio Andrés Bello.



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