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La biblioteca como objeto de consumo

Silvana Mariel González Carballal

Resumen

El trabajo que se propone relata la investigación realizada para la elaboración de la tesis a fin de obtener el título de magíster en Información y Comunicación. En ella, se estudian las bibliotecas en el contexto de la sociedad de consumo. Se parte de la hipótesis de que la relación biblioteca-usuario es producto del modelo social contemporáneo y se encuentra influenciado por características de la cultura de consumo que le son propias. Se entiende que cada individuo e institución forma parte de esta realidad, y que los hábitos de consumo trascienden al ámbito cultural. Asimismo, las bibliotecas y la tecnología han logrado una alianza estratégica que afronta un doble juego cuando se trata de internet, ya que encuentra en ella su gran aliada y su mayor competidora. En este contexto, se explora el uso actual de las bibliotecas, su imagen, las conductas de lectura y búsqueda de información, y la relación biblioteca-usuario, destacando las nuevas características de este último. La estrategia de investigación se basó en un estudio de casos, tomando como universo de estudio a todos los estudiantes de grado de la Universidad de la República, en Montevideo, Uruguay, enfocados en su uso de las bibliotecas universitarias. Se determinaron cuotas por áreas, y se obtuvieron un total de 783 respuestas. Se llevó a cabo una encuesta cuantitativa con algunas preguntas de carácter cualitativo y de percepción sensorial, aplicada en línea entre los meses de julio y agosto de 2017. Con los datos obtenidos, se llegó a diversas conclusiones: la hegemonía de las bibliotecas como única fuente de información y centro autorizado de lectura “libro-centrista” ha sido quebrada; la ergonomía de lectura reposada y silenciosa ya no es tal; las bibliotecas están en general relacionadas con libros y se consideran importantes, sin embargo su uso es mayormente esporádico; se las utiliza más como “espacio físico” que como “proveedora de información”. Asimismo, pasan a tener una función de “último recurso” para acceder a material no accesible por otros medios, ya que los usuarios generalmente comienzan sus búsquedas a través de Google. En opinión de los encuestados, las bibliotecas son más confiables que internet y poseen información de mayor calidad, aunque internet es más adecuada a sus estilos de vida. Los resultados obtenidos confirman la hipótesis que se plantea.

Palabras clave

Bibliotecas universitarias; consumo; usuarios; internet; lectura.

Introducción

La investigación que se presenta a continuación analiza la percepción, uso social y expectativas de los usuarios de bibliotecas universitarias en el contexto de la sociedad de consumo.

Como institución social sin fines de lucro, cuya función es la democratización de la información y el conocimiento, las bibliotecas se enfrentan en el presente a una sociedad diferente a la que les dio origen. Si bien esta es la era de la información, también es una era en la que el consumo ha ganado un lugar relevante en todas las áreas y aspectos de la vida. Su relación con las bibliotecas tampoco queda exenta: su función social y su rol como gestora de bienes de consumo culturales entran en contradicción.

El nuevo escenario genera en las bibliotecas la convivencia de dos visiones contradictorias entre sí: por un lado, se prejuzga en los usuarios un modelo de comportamiento uniforme; y por el otro, acciona un entorno económico y comercial que trivializa los bienes y servicios culturales y de ocio (Pignet, 2005).

Al ser las bibliotecas un bien público o servicio público sin fines de lucro, ¿debe suponerse una conducta particular de quienes las utilizan?, ¿debe escapar a la lógica y comportamiento del consumidor? (Pignet, 2005).

Hoy en día internet cumple la misma función que los shoppings, pero sin moverse de la comodidad de una pantalla –se lleva consigo, el usuario no se traslada– y se puede comprar –todo–, informarse, socializar, recrearse, etcétera. Las bibliotecas encuentran allí el más fuerte aliado y competidor.

Como bien señaló Ranganathan (1931), las bibliotecas son un “organismo vivo”, lo cual significa que se encuentran en constante cambio. Sin embargo, a lo largo de los años ningún cambio puso en cuestionamiento los principios fundamentales de las bibliotecas como ahora, dado que el principal desafío a enfrentar es la competencia que surge con las tecnologías de la información y la comunicación.

En la práctica profesional, cada vez más tienden a verse situaciones que ponen a los usuarios de bibliotecas en un lugar diferente al que se encontraba hace algunos años respecto al uso de los servicios bibliotecarios; se hace notorio que muchas veces existe una asimetría entre el comportamiento de los usuarios y lo deseable por parte de los profesionales de la información en cuanto al respeto debido hacia una institución.

Por todo lo mencionado, la presente investigación parte de la hipótesis de que en la actualidad la relación biblioteca-usuario es producto del modelo social contemporáneo en el que está inmerso, y por lo tanto, influenciado por características de la cultura de consumo que le son propias. Se buscó analizar a las bibliotecas desde la dimensión que ocupan en la presente sociedad de consumo, explorando el impacto ocurrido sobre su uso y la relación existente entre estas y los usuarios.

Se planteó como objetivos el estudio del impacto de los distintos factores que actúan sobre las bibliotecas en el marco de la sociedad contemporánea, la imagen y usos actuales de las bibliotecas, la caracterización de conductas referidas a la lectura y búsqueda de información en el presente, y la conformación de una visión actualizada de la relación biblioteca-usuario, analizando las nuevas características de este último.La investigación propuesta se considera relevante en el sentido de que pone sobre la mesa un asunto tradicionalmente no considerado por la bibliotecología/ciencia de la información a la hora de analizar su presente y entorno, dado que consumo y bibliotecas son dos términos que no suelen asociarse.

El presente trabajo se basa en una investigación en curso para la realización de la tesis a fin de obtener el título de magíster en Información y Comunicación (PRODIC-FIC-UDELAR).

Marco conceptual

El consumo es parte de la condición humana. Es una función imprescindible para la supervivencia y satisfacción de las necesidades que ha existido siempre a lo largo de la historia, y que está presente en todas las sociedades, ya que es intrínseco al ser humano con fines de reproducción física y social: “(…) todas (las sociedades) manipulan artefactos y objetos de cultura material para fines simbólicos de diferenciación, atribución de estatus, pertenencia y gratificación individual (…)” (Barbosa, 2004).

Baudrillard (2009) sostiene que, en la sociedad moderna, el consumo de signos sustituyó a la necesidad, y que prevalece la lógica del valor aportado por la representación del objeto más que su función. Afirma que para que un objeto sea de consumo primero debe volverse signo.

El filósofo también señala que, en la llamada sociedad de consumo, el tiempo es el bien de mayor importancia; y destaca que en esta todo es servicio, dado que todo producto no lo es en sí mismo de forma pura y simple, sino que es ofrecido como servicio personal. Asimismo, afirma que en la era del consumo la lógica de la mercancía no solo alcanza a los procesos de trabajo y los productos materiales, sino que se ha expandido hacia todas las áreas: cultura, sexualidad, relaciones humanas, fantasías y pulsiones individuales. Todo se vuelve un modelo consumible.

En los productos culturales, existe una diferencia entre valor de cambio y valor de uso. Mientras que el primero es intrínseco a cualquier mercancía, al permitir su comparabilidad cuantitativa con otras similares –precio–, el valor de uso de un bien cultural ofrece distintos tipos de valoraciones: funcionales (placer, ocio, diversión, sociales, aceptación, camaradería, prestigio) y emocionales (vivencia, recuerdo, emociones), además de distinción social (Stolovich, 2001).

Se considera que el consumo cultural se encuentra al servicio de la distinción y el estatus social. Sin embargo, posteriormente se ha demostrado que también existen otros factores que inciden en el consumo cultural, tales como género, edad, territorio, etcétera; y que en las sociedades actuales sociedades complejas las preferencias o gustos son abiertos, múltiples, variables e inestables (Sassatelli, 2012).

El enfoque omnivorista, por su parte, sostiene que los gustos no son determinados por las clases o el estatus social, sino que la oferta y la capacidad de elegir productos culturales es lo que genera las diferencias. En consecuencia, ya no se realizan más productos para masas, sino para grupos de interés específicos. Se puede establecer que las necesidades no producen el consumo, sino que es el consumo el que produce las necesidades.

En este sentido, las bibliotecas juegan un rol muy particular dentro del consumo cultural. Las últimas cifras de las que se tienen datos en Uruguay (Dominzain, Radakovich, Duarte y Castelli Rodríguez, 2014) establecen que el 59,6% de la población lee al menos algún libro al año, mientras que el 14,2% casi nunca lee y el 25,7% nunca lee.

En cuanto a la forma de obtener los libros, en primer lugar está la compra (36,2%) y en segundo lugar se encuentra el préstamo (25,8%), mientras que en el año 2002 casi la mitad de las personas obtenían libros por préstamo como forma principal y en 2009 el préstamo aún conformaba la primer forma de obtención de libros. Cabe aclarar que en este tercer informe por primera vez se integra como pregunta si la forma de obtención de libros es a través del préstamo en bibliotecas, y así se estableció que solo el 6,4% de las personas encuestadas obtuvo de esa manera su último libro. Por esto se deduce que las bibliotecas no son de uso frecuente para la consulta o préstamo de libros.

Se observa que en el año 2014 solo el 16,8% de los encuestados asistió a una biblioteca, lo que muestra una leve baja con respecto al 2009, cuando el 18,3% de la población había asistido a bibliotecas en el último año; cifra casi 7 puntos porcentuales menor a la registrada en el año 2002 (23%). Este dato se condice con los observados a nivel mundial, donde diferentes estudios en distintos países confirman el marcado descenso en el uso de bibliotecas y préstamo de libros (United Kingdom, Department for Culture, Media & Sport, 2014; Horrigan, 2016; Infobae, 2017).

Históricamente, las bibliotecas se han considerado como bastiones contra el consumo. Sin embargo, no solo no pueden evitarlo, sino que participan del mismo a pesar de sí mismas, dado que como instituciones culturales que son forman parte de una industria cultural y de un mercado de la información.

A su vez, al ser una institución, naturalmente se encuentran –al igual que las demás instituciones– en una crisis (Domenech, Tirado, Traveset y Vitores, 1999), dado que la sociedad que les dio origen ha cambiado, y por lo tanto, deberán fortalecerse, resignificarse, diluirse o continuar como “zombis” –al decir de Beck (citado por Bauman, 2015)– existiendo, pero no siendo al mismo tiempo.

Los datos mencionados demuestran que algo está pasando con el consumo cultural de las bibliotecas, el cual, a grandes rasgos, podríamos agrupar en tres factores: como servicio/producto en sí mismo, en relación a la lectura y como espacio físico.

En cuanto a su consumo como servicio/producto, el mercado de la información es un determinante. Allí se encuentran sirviendo de intermediarias entre una demanda constante por parte de un usuario, un mercado editorial de precios elevados y una oferta limitada o pirata de productos gratuitos sobre los cuales moverse (Villaroya, Claudio-González, Abadal y Melero, 2012). Esto signa una nueva relación usuario-biblioteca, en la que internet juega un rol fundamental, sumado a la demanda exponencial de información signada por la sociedad de la información/conocimientos los hábitos de consumo –que imprimen una impronta diferente–, enmarcados en una modernidad líquida que rompe las barreras del aquí y el ahora (Bauman, 2009).

Este mismo mercado forma parte de la relación usuario-lectura, y esta última es tanto un hecho cultural como social, político y económico. La relación con la lectura se ha modificado en cuanto a la ergonomía del cuerpo y las destrezas lectoras. Hoy en día, leer ya no es seguir un texto lineal, sino que implica otras capacidades de uso –tales como hipertextos, ventanas, barras, etcétera– y discriminación –como seleccionar y filtrar información–. Sin embargo, la cultural letrada continúa inculcando la relación lectura-libro (papel), algo que sigue arraigado en nuestro imaginario (García Canclini et al., 2015).

El consumo de las bibliotecas como espacio físico se ha transformado con el tiempo, ya que las distintas generaciones usan los entornos de forma diferente. Apostando a la nueva realidad, muchas bibliotecas han comenzado a mutar hacia edificios modernos, más desestructurados, integrados a otros desarrollos culturales, donde el usuario pueda romper con el tradicional sentarse en silencio a leer, o también pueda optar por este si gusta (Gómez Ruiz, 2017; Infobae, 2017; Lastreto, 2017; United Kingdom, South Tyneside Council, 2017).

El consumo cultural de bibliotecas establece, entonces, una sinergia entre un macroentorno y un microentorno, que puede resumirse en el siguiente cuadro.

Metodología

A fin de realizar la investigación, se trazó una estrategia cuantitativa a partir de la realización de una encuesta a 783 estudiantes de grado de distintas áreas de la Universidad de la República, en Montevideo, Uruguay, con algunas preguntas de corte cualitativo y la aplicación de algunas técnicas de percepción sensorial.

Del total de respuestas obtenidas, 189 correspondieron al área Social y Artística; 221, al área de Tecnologías y Ciencias de la Naturaleza y el Hábitat; y 373, al área de Ciencias de la Salud.

La encuesta fue aplicada entre los meses de julio y agosto del año 2017, y se realizó en línea a través de la herramienta Google Formularios[1].

Para reclutar a los encuestados, se realizó la difusión de la encuesta a través de las bibliotecas universitarias y los centros de estudiantes.

Análisis y discusión de datos

El formulario aplicado se dividía en cuatro secciones: percepción sensorial, bibliotecas, búsqueda de información y lectura. A continuación, se exponen algunos de los resultados obtenidos.

Ante la pregunta “¿Qué es lo primero que viene a su mente cuando piensa en una biblioteca?”, la respuesta abrumadora fue “libros”, seguido por “estudio”, “tranquilidad”, “información” y “silencio”. Esto deja claro que “biblioteca” se asocia más al tipo de soporte y al estudio, lo que muestra que hay una visión tradicionalista y fuerte de la institución.

Cuando se preguntó en qué medida eran consideradas importantes las bibliotecas en el contexto actual – 1 correspondía a nada importante y 5, a muy importante– ,si bien predominó el 4 y 5, tanto a favor como en contra, siempre se la contrapone a internet. Tanto sea para decir que no se usa porque se consulta más internet, que son importantes porque en ellas hay información que en internet no está o que son un refugio contra el caos de internet, siempre se menciona esta dicotomía.

Se destaca nuevamente a la biblioteca como “libro”, “estudio” y “tranquilidad” (espacio físico), pero muy pocas veces se la asocia con “recreación”.

Al preguntar cuándo solían usar la biblioteca, se constata la tendencia a ser “un complemento de lo que no está en otro lado más que una primera fuente de información”; a pesar de ser considerada la más confiable. Le sigue “cuando se va con un amigo”, destacando el carácter social del uso de la biblioteca, y luego, “cuando tengo tiempo libre”, marcando la importancia de la adecuación al estilo de vida.

Al pedir que se marquen todas las afirmaciones con las que se está de acuerdo de una lista dada, el primer lugar lo obtiene “Las bibliotecas deberían ser más lindas estéticamente, mejor climatizadas y tener asientos más cómodos”, le sigue “Las bibliotecas deberían ser más confortables en su ambiente y servicio”, y queda en tercer lugar “Las bibliotecas deberían tener un horario de apertura más extenso, incluso en los fines de semana”. En un cuarto lugar, muy cercano, se encuentra “Las bibliotecas deberían tener cafetería”. Sin embargo, en último lugar quedó “Las bibliotecas están bien como están”.

Los resultados revelan la fuerte tendencia que imprime el consumo a la hora de usar las bibliotecas, al buscar estetización, comodidad y adecuación al estilo de vida.

En cuanto a las búsquedas de información, Google lidera indudablemente, seguido por el uso de material propio y la consulta a docentes.

Esta tendencia se comprueba al comparar internet con las bibliotecas.

Las bibliotecas se destacan en que tiene información más confiable, luego internet la supera en todos los ítems, lo que demuestra su adecuación al estilo de vida de las personas. 

Lo curioso es que a la hora de leer, una abrumadora mayoría prefiere hacerlo en papel. Aquí también debería observarse en cada caso qué se entiende por lectura, considerando el fuerte arraigo inculcado por la cultura letrada antes mencionado por García Canclini et al. (2015).

También se observa que la lectura se ha flexibilizado en cuanto a dónde se realiza: aunque predomina la casa, ya no hay una forma única ni estandarizada de hacerlo.

Sin embargo, cuando se lee, aún se prefiere el silencio; la tranquilidad es señalada como característica favorable de las bibliotecas en diferentes ocasiones.

Sobre la base de los resultados presentados, se llegó a las conclusiones que se presentan a continuación.

Conclusiones

Se evidencia la variabilidad de factores provenientes de la sociedad/cultura de consumo que actúan sobre las bibliotecas. Al ser la globalización, la moderna liquidez del espacio-tiempo (Bauman, 2015) y la mercantilización de la información aspectos más que relevantes para la sociedad actual, se brinda mayor importancia a su consideración por parte de las bibliotecas al evaluar su entorno.

Los datos relevados demuestran que internet juega un rol clave, y resignifica mucho de la relación biblioteca-usuario: modifica las búsquedas, las preferencias, los desplazamientos. Sin embargo, el papel no pierde sentido en medio de la era electrónica. Más que hablar de internet versus papel, podría decirse que existe una integración de soportes.

Si bien los estudiantes declararon que sus visitas son mayoritariamente esporádicas, llama la atención la relevancia tomada por su espacio físico como centro de encuentro y socialización, así como de conexión multimedia.

Dentro de su rol tradicional como proveedora de libros/información, destaca su nueva función de “respaldo”: al declarar los encuestados un mayor uso cuando no localizan el material en otro lugar o no se tiene acceso; otorgan a las bibliotecas un lugar de legitimación informacional, revestidas por una fuerte credibilidad institucional.

El tiempo –horario– y el espacio –distancias– fueron una constante señalada, dado que muchas respuestas indicaron que el tiempo personal disponible y horario de apertura de las bibliotecas eran factores determinante para su uso, al igual que la distancia a la cual se encontraban. Esto se ajusta totalmente a lo señalado por Baudrillard (2009) al respecto, y lo sostenido por Bauman (2015) en su teoría sobre la modernidad líquida.

Respecto a la imagen de la biblioteca, queda clara su relación directa con el libro y su aspecto más tradicional: estudio y silencio. Sin embargo, en las respuestas se constata la necesidad de modernizarlas en aspectos tales como estética, confort, conexión, digitalización y mejoramiento de las colecciones. La sensación que se percibe es la de querer dar una vuelta de tuerca a su tradición sin romper su esencia.

En cuanto a los hábitos de lectura, los encuestados desarrollan un fuerte uso de internet; sin embargo, a la hora de leer, el papel es sustancial. Esto comprueba totalmente lo expuesto por García Canclini et al. (2015) en qué se entiende por leer hoy en día, al explicarlo en el hecho de que aún se continúa enseñando con una filosofía “gutenberguiana”, de marcado perfil librocentrista; de allí también el prestigio del que aún gozan las bibliotecas.

También se observa una descontracción de la práctica de la lectura, sobre todo en su tiempo y ergonomía: es ambulante, no tiene día ni hora, ni postura o lugar físico indicado. Esto se condice con las observaciones de García Canclini et al. (2015) de que las prácticas y la ergonomía de las formas de lectura han cambiado. Añadimos que esta puede ser la razón por la cual la severidad de las bibliotecas se encuentra resistida en el presente, no se justifica incluso en muchas ocasiones el desplazamiento hacia ellas, puesto que mucha información puede ser accedida desde la red.

Por lo mencionado, se constata que la relación biblioteca-usuario se presenta con un nuevo perfil, que no proviene solo de las formas actuales que ha tomado la información, sino por las características que revisten los usuarios objetivo –con un perfil de corte individualista, nómada y habituado al zapping cultural–.

Los resultados de esta investigación se presentarán de forma más completa al finalizar la tesis.

Bibliografía

Barbosa, L. (2004). Sociedade de consumo. Río de Janeiro: Jorge Zahar.

Baudrillard, J. (2009). La sociedad de consumo: Sus mitos, sus estructuras. Madrid: Siglo XXI.

Bauman, Z. (2009). Modernidad líquida. México: Fondo de Cultura Económica.

Bauman, Z. (2015). Vida de consumo. México: Fondo de Cultura Económica.

Domenech, M.; Tirado, F. J.; Traveset, S. y Vitores, A. (1999). “La desinstitucionalización y la crisis de las instituciones”, en Educación social: Revista de intervención socioeducativa, 12, pp. 20-32. Disponible en: <https://bit.ly/2k7J6n9>.

Dominzain, S.; Radakovich, R.; Duarte, D. y Castelli Rodríguez, L. (2014). Imaginarios y consumo cultural: Tercer informe nacional sobre consumo y comportamiento cultural. Disponible en: <https://bit.ly/2kAHMtj>.

García Canclini, N. et al. (2015). Hacia una antropología de los lectores. Disponible en: <https://bit.ly/2k8lUoR>.

Gómez Ruiz, L. (2017). “La biblioteca más futurista de China no tiene tantos libros como parece”, en La Vanguardia, 29 de noviembre. Disponible en: <https://bit.ly/2m9CGVp>.

Horrigan, J. B. (2016). Libraries 2016. Disponible en: <https://pewrsr.ch/2JPtc8N>.

Infobae (2017). “Las bibliotecas japonesas son también cafeterías, gimnasios y salones de belleza”, 1º de julio. Disponible en: <https://bit.ly/2lG7fBM>.

Lastreto, R. (2017). “Así serían las bibliotecas del futuro”. [Artículo en Blog], 25 de agosto. Disponible en: <https://bit.ly/2kdq7b2>.

Pignet, D. (2005). “La bibliothèque peut-elle survivre à ses consommateurs?”, en Bulletin des bibliothèques de France (BBF), vol. 50, nº 1, pp. 38-45. Disponible en: <https://bit.ly/2m9DbPh>.

Ranganathan, S. R. (1931). The five laws of library science. Madras: The Madras Library Association.

Sassatelli, R. (2012). Consumo, cultura y sociedad. Buenos Aires: Amorrortu.

Stolovich, L. (2001). “La lógica económica del empleo cultural”, en Euroamericano: Campus de cooperación cultural. II Campus (Cartagena de Indias, Colombia). Disponible en: <https://bit.ly/2lFpzLq>.

United Kingdom, Department for Culture, Media & Sport (2014). Independent library report for England. Disponible en: <https://bit.ly/1x2bI0r>.

United Kingdom, South Tyneside Council (2017). “The Word Library”. Disponible en: <https://bit.ly/2lNbkE7>.

Villaroya, A.; Claudio-González, M.; Abadal, E. y Melero, R. (2012). “Modelos de negocio de las editoriales de revistas científicas: Implicaciones para el acceso abierto”, en El profesional de la información, 21 (2), pp. 129-135. Disponible en: <https://bit.ly/2lHM7Lz>.


  1. Ver: <https://bit.ly/2zzUTzU>.


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