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El asociacionismo étnico y la construcción del orden en el espacio santafesino

El caso del asociacionismo suizo de carácter mutualista entre fines del siglo XIX
y principios del XX

Andrés Mangold

La expresión asociacionista

Los últimos decenios del siglo XIX representan para la Argentina, y en particular para el espacio santafesino, un período de profundas y complejas transformaciones. Entre las incipientes problemáticas socioeconómicas, principalmente el arribo masivo de nuevos actores al territorio, la cuestión del control y la regulación del orden social representaron una inquietud central para las clases dirigentes en general.

Es durante este período, caracterizado por esta vorágine de cambios y transformaciones, cuando se inició lo que Hilda Sábato llama un doble proceso de construcción y consolidación del Estado, por una parte, y la formación de una sociedad civil autónoma y en constante crecimiento, por el otro (Sábato, 2002). En este sentido, una de las iniciativas propias de la sociedad civil, nacida tanto de sus esfuerzos y necesidades, como así también (en momentos distintos) de los intereses de las clases dirigentes, se materializó en el asociacionismo, expresión que se desarrolló atendiendo a diversos fines. Y si bien el asociacionismo no era una iniciativa completamente novedosa en el espacio argentino, sí lo sería el ímpetu y el acelerado crecimiento que comenzaría a verse a partir de la segunda mitad de siglo, aunque con inusitada fuerza y alcance hacia el último decenio, principalmente atado a las vicisitudes de los inmigrantes que comenzaban a arribar al país.

Ahora bien, este importante crecimiento de las asociaciones de carácter étnico respondía a diversos factores que, de manera articulada, contribuyeron a una novedosa forma de civilidad. Haciendo base en la dinámica de incorporación que nacía desde la voluntad y la libertad individual, es característico de esta impronta asociacionista “la concepción entre integrantes como pares, socios, sobrepasando en general las diferencias de otra índole” (Sábato, 2002, p. 104). En este sentido, las asociaciones eran concebidas no solo como espacios de socialización o recreación, sino que también representaban escenarios que cristalizaban principios de igualdad y de libertad, y por tanto eran de notorio interés para las elites gobernantes, quienes buscaban promoverlas, por ejemplo, generando su participación en celebraciones y actos públicos. Este claro interés por parte de las elites tenía también que ver con que, más allá de los fines generales o específicos de las asociaciones, se desarrollaban en su seno actividades que de hecho contribuían a la construcción del espacio público, donde se materializaban diversas prácticas democráticas, y se producía el encuentro y el intercambio entre las clases dirigentes y los actores de las instituciones.

El contexto de un Estado que aún se encontraba en pleno proceso de consolidación y que lidiaba, al mismo tiempo, con los problemas socioeconómicos que devenían del proceso de modernización y con el arribo masivo de inmigrantes al territorio complejizaba las aspiraciones de instauración y reproducción de prácticas tendientes a un ordenamiento del cuerpo civil. Es en este sentido en que la iniciativa asociacionista representó una valiosa herramienta respecto a la cual las clases dirigentes mostrarían su apoyo y la alentarían, puesto que encontraban en ella un canal de consolidación para los principios de civilidad y de orden.

Inmigración y asociacionismo étnico

Durante los últimos decenios del siglo XIX, la iniciativa asociacionista sería, por abrumadora mayoría, una iniciativa de carácter étnico, y representaría un esfuerzo mancomunado llevado adelante por las distintas colectividades. Si bien en gran medida el proceso de inmigración comenzó a despegar hacia 1860, es factible sostener que desde 1880 los contingentes de extranjeros llegaban al país, y en particular a Santa Fe, ya de manera espontánea, lo que significa que el estímulo gubernamental[1] fue cada vez menos necesario. El mayor aporte humano de migrantes provino de las regiones del sur de Italia y de España, y, si bien los contingentes de las restantes colectividades quedaron muy por detrás, poseían su peso proporcional muy cercano entre sí, en particular la colectividad francesa, la alemana y la suiza. “Según el censo nacional de 1869, se habían registrado un total de 211 000 extranjeros, de los cuales un 34 % eran italianos; un 16 % de españoles y un 15 % de franceses” (Falcón, 1999, p. 487), y, por cercanía proporcional, podría decirse que al menos entre un 10 y 12 % eran suizos.

Ahora si nos remontamos en particular hacia el espacio santafesino, en 1895 por ejemplo, de un total de 22 000 habitantes registrados, la capital cuenta con un 34 % de población inmigrante. “Hacia 1907 (12 años después) el censo municipal, muestra a Santa Fe con una población de 44 000 habitantes siendo 12 000 de ellos foráneos” (Macor y Piazzesi, 1999, p. 79).
Esta proporción puede resultar aún más impactante si se observan comparativamente las cifras a nivel provincial. En 1869, los 13 939 extranjeros constituían solo el 15,6 % de la población provincial; en 1887 la cifra se había elevado a 84 215, que representaba un 38,3 %, y, finalmente, en 1895, los 166 487 extranjeros residentes en Santa Fe constituían el 41,9 % de la población (Gallo, 2004). Para la ciudad, la llegada de inmigrantes significó una verdadera etapa de transformación en diversos ámbitos. Hacia principios de 1860, la ciudad tenía 6 000 habitantes, de los cuales 400 aproximadamente eran extranjeros. Pero para 1887, de un total de 15 000 personas, al menos 5 000 eran inmigrantes.

En relación con la comunidad suiza, resulta interesante pensar su distribución entre los que se establecieron en el ámbito rural y aquellos que lo hicieron en los centros urbanos. Si se observan los porcentajes a nivel provincial, se vislumbra que los grupos suizos tenían un peso mayor en las áreas rurales, bastante similar a los franceses, pero ya más lejos de los españoles e italianos. De los 166 487 extranjeros que residían en Santa Fe en 1895, la gran mayoría procedía de Italia, un 65 % del total. De los restantes, un 12 % era español, un 6 %, francés, y un 4 %, suizo, mientras que un 13 % se repartía entre inmigrantes de otras nacionalidades, como alemanes, austríacos y británicos, en su mayor parte. Si se tuviera en cuenta solo a la población rural, disminuiría considerablemente la proporción de inmigrantes españoles (radicados casi con exclusividad en las ciudades), y aumentarían las correspondientes a los suizos, franceses y alemanes. De la misma manera, “aumentarían significativamente las proporciones correspondientes a estas tres últimas comunidades (y muy especialmente la referida a los suizos) si se tuviera en cuenta a los hijos de los extranjeros” (Gallo, 1977, p. 5).

El flujo de inmigración de la colectividad suiza hacia el espacio santafesino, si bien muestra un marcado incremento desde mediados hacia fines del siglo XIX, no supuso un proceso continuo e inalterable. Es a partir de 1890, y en particular hacia 1891, cuando “la inmigración suiza [disminuyó] con creces, fenómeno relacionado a la grave crisis económica que atravesaba la Argentina entonces” (Schobinger, 1957, p. 161). A partir de estos años, el arribo de migrantes estaba compuesto, en gran medida, por comerciantes, industriales, banqueros, arquitectos, hoteleros e intelectuales. Fue una inmigración mayoritariamente urbana[2] y marcaría en gran medida las características de los actores que comenzaron a acoplarse en la capital provincial, como así también en la industriosa ciudad de Rosario. Más allá de las características socioeconómicas que comenzaron a presentar estos nuevos contingentes de suizos que arribaban entonces al país, aquellos grupos que habitaban ya las zonas rurales y que lentamente comenzaron a migrar hacia las ciudades ya habían logrado forjar un concepto general para la colectividad. De esta manera, aparecían en los avisos clasificados de la prensa, expresados en el trabajo de Galuppo y Moreira de 2010 (recuperando referencias de un trabajo de A. Prieto de 2001), el establecimiento no solo del oficio, sino también de la nacionalidad requerida (del tipo “Se requiere mucama inglesa o alemana”, o “joven italiano para la cosecha”) (Galuppo y Moreira, 2010, p. 69). Esto refuerza la idea de que nacionalidades como la inglesa, la alemana o la suiza gozaron de estima entre las clases acomodadas; en el caso del espacio rosarino, como fuente de trabajadores honrados, disciplinados y eficientes. Por tanto, buen número de empleados y trabajadores manuales ayudaban entonces a mantener en alto el nombre helvético como sinónimo de laboriosidad, honradez y responsabilidad (Schobinger, 1957, p. 162).

Si bien la colectividad suiza consiguió insertarse de manera más o menos efectiva dentro de la comunidad local, compartió las mismas problemáticas que padecía el resto de los grupos étnicos; por tanto, la iniciativa asociacionista adquirió un carácter primordial para su desarrollo (Galupo y Moreira, 2010, p. 69). Un caso elocuente en este sentido es el de Henry Challandes y Vincent Jeannot, miembros fundadores de la Société Française de Secours Mutuels “Unión de Santa Fe, creada en 1878[3]. Años después, estos mismos aparecieron también como socios en la Sociedad Suiza de Socorros Mutuos Helvetia de Santa Fe[4]. Los dos aparecieron inscriptos en esta última para 1897, tras lo cual Challandes se dio de baja en 1906, por su vuelta a Europa, y en 1902 Jeannot, por falta de pago. Si bien las sociedades étnicas fueron creadas en gran medida con la finalidad primordial de asistir, proveer espacios de sociabilidad entre miembros de una misma colectividad y conservar los rasgos culturales e identitarios de la nacionalidad de origen, en paralelo también contribuyeron a la formación y al desarrollo del espacio público local. Ello fue así porque en su interior se desarrollaban los mecanismos de vinculación con la sociedad argentina[5], a través de las diferentes formas de sociabilidad que se desplegaron. Entre estas últimas, destacaron los bailes, las celebraciones y los actos cívicos.

Control y ordenamiento social

Como ya se ha señalado, el apogeo de este fenómeno asociacionista alcanzó su auge hacia las primeras décadas del siglo XX, aunque encontró un salto cuantitativo ya hacia el último decenio del siglo XIX. La mayor predisposición para formar parte de estas instituciones se encontraba “decididamente entre los sectores ubicados en niveles intermedios de la pirámide social” (Di Stefano, 2002, p. 50), e integrados mayormente por hombres.
El tipo de institución que más se difundiría en el territorio santafesino sería aquella centrada particularmente en la tarea de asistencia y solidaridad entre connacionales, aunque atendiendo también a la promoción y defensa de la identidad cultural étnica: las sociedades de socorros mutuos. Este tipo de asociaciones, también distinguidas como mutualistas, buscaban, primordialmente, a través de fondos reunidos por la mensualidad aportada por sus socios, brindar una asistencia económica para aquellos que atravesaban tiempos difíciles. “La cotización mensual (que solía representar más o menos el pago de un jornal de un obrero no calificado) proveía tanto un posible acceso a fármacos tanto como también un mínimo subsidio en caso de interrupción de la actividad laboral” (González Bernaldo de Quirós, 2013, p. 167). Para entonces las problemáticas más acuciantes para un trabajador inmigrante eran la enfermedad y la invalidez, sea permanente o temporaria, por lo que, tal como lo explica Di Stefano, “el carácter mutualista de la institución servía como seguro de vida” (Di Stefano, 2002, p. 83)[6]. Durante las décadas de 1860 y 1870, este tipo de sociedades étnicas se encontraban localizadas en los nodos más poblados del territorio nacional. Para el territorio santafesino, los epicentros fueron por supuesto la capital provincial y la ciudad de Rosario, aunque también se crearon asociaciones suizas en San Lorenzo, y colonias como Esperanza, San Jerónimo, San Carlos, entre otras.

En paralelo a esta impronta mutualista, estos espacios sostenían también funciones relativas al resguardo de la identidad étnica, la cultura y costumbres propias de la colectividad. Este fue un factor central en la conformación de su masa societaria, y supuso también, en ciertos casos, un elemento de fuerte disputa en la cruzada del Estado argentino en pos de la construcción de una identidad nacional. Si bien es claro que las instituciones de socorro mutuo tendían a proveer un auxilio específico a los connacionales, es interesante pensar la existencia de límites y criterios para las categorías de socios al momento de su conformación, ya que, según regía en los estatutos, existían sociedades muy restrictivas y celosas de su origen y otras que se mostraban mucho más flexibles y tolerantes. En el caso específico de las instituciones de socorro mutuo, primaba en general un criterio de celosía en relación con la nacionalidad[7] (sea por nacimiento, o por filiación)[8], criterio que se flexibilizaba respecto a las instituciones de ocio y dispersión. Aquellas instituciones que poseían un carácter recreativo prosperaron igualmente, siendo un ejemplo ilustrativo los clubes de tiro suizos, aunque enfrentaron también la cautelosa mirada de los estados provinciales, dado el “peligroso” potencial que significaba el entrenamiento en el manejo de armas de fuego, en particular hacia el último decenio del siglo.

El tema lingüístico suponía también un escenario de disidencia tanto en la relación de las colectividades con el Estado, como entre los mismos miembros al interior de las instituciones. El hecho de tener que adaptarse a los rigurosos requisitos institucionales[9] que el Estado demandaba como condición para el funcionamiento de estas resultaba incómodo y en algún sentido hasta “avasallante” para algunas colectividades. No fueron pocos los que, en ciertos casos, mantuvieron disputas con el orden público en cuestiones como el idioma en que se redactaban los estatutos o los mismos libros de actas de reunión de consejo directivo. Estas disputas eran una expresión de otras tantas en las que se ponían en evidencia las exigencias que el Estado iba imponiendo en pos de la construcción de una identidad nacional, en un complejo contexto signado por la nueva dinámica social y la diversidad cultural e idiomática de las colectividades que se asentaban y crecían en el territorio.

Al interior de las instituciones, es probable que, durante las discusiones y los debates propios de cada espacio, se manejara el idioma vernáculo y que luego, al momento de dejar registro de estas en los libros de actas (no sin realizar un cuidado ejercicio de recorte y selección de lenguaje y contenido), se utilizara la lengua castellana. En este sentido, los suizos se mostraron algo más flexibles que el resto de las colectividades llegadas desde el Viejo Continente, cuestión atada a la realidad multilingüe de esa tierra (en la que, según la región, se habla alemán, francés, italiano o romance). Esta diferencia entre los usos cotidianos y las formalidades que debían respetar respondía a un posicionamiento específico, que priorizaba también evitar roces con el orden público[10]. Por lo tanto, toda la documentación de las asociaciones suizas quedaba escrita en castellano, aunque el uso de los idiomas hablados en “la vieja patria” era permitido[11].

La relación entre las instituciones étnicas y el Estado no se mantuvo inalterable, de hecho adquirió nuevas connotaciones hacia la última década del siglo XIX y encontró su momento de mayor tensión con la insurrección armada de 1893 liderada por la Unión Cívica Radical. Las acciones armadas contaron con un papel fundamental de los colonos inmigrantes (principalmente los suizos)[12], y sirvieron de catalizador para las posturas que los sectores dirigentes habían comenzado a adoptar, marcadas por el rechazo al cuerpo extranjero[13]. Al respecto, López Rosas (1997, p. 191) recupera la opinión del diario oficialista Nueva Época: “Los batallones de suizos alemanes, que desfilaban perfectamente armados y uniformados, enarbolando las banderas de sus respectivos cantones, flameando muy alto el pendón glorioso de Valais, que resistió al mismo Luis XIV”. Y luego agregaba respecto a la imagen del extranjero: “Su lengua es diametralmente opuesta a la nuestra, tienen los ojos claros y ninguna vinculación tienen con nosotros. Así debieron ser […] los bárbaros que arruinaron el Imperio Romano”. De esa manera, quedaban reflejadas en la prensa las preocupaciones de la elite dirigente santafesina frente a las expresiones identitarias de los inmigrantes que desafiaban el orden y marcaban diferencias.

Es en este contexto en que se profundizó la preocupación con que el estado provincial santafesino revisaba y controlaba a estas instituciones[14], siendo una de sus herramientas la observancia de los estatutos, su aprobación y su posterior publicación en los registros oficiales. Así, según lo indicaba el protocolo, la Sociedad de Socorros Mutuos Helvetia de Santa Fe envió una carta fechada al 11 de agosto de 1888[15], en la que solicitaba al ministro de gobierno J. M. Caferatta la aprobación de sus estatutos. Para el día 2 de octubre de 1888, el diario La Revolución publicaba en un apartado la aprobación de los estatutos de distintas sociedades, entre las cuales aparecía la institución suiza de la capital[16]. El procedimiento ilustra los mecanismos de control aplicados, supeditando la habilitación de la iniciativa asociativa al visor estatal y siendo su publicación una extensión de la búsqueda de transparencia que operaba.

Pero aun dados estos posicionamientos, no podría sostenerse que el Estado hubiera mantenido posturas agresivas o sordas frente a la existencia y funcionamiento de instituciones étnicas. De hecho, si bien durante el último período del siglo XIX se ajustaron los controles[17] y las exigencias, el asociacionismo como práctica nunca dejó de ser útil a los fines estatales[18], apostando al potencial ordenador que aquel podía aportar al escenario sociopolítico. Aun en un contexto marcado por la desconfianza hacia el extranjero, las expresiones institucionales continuaron siendo consideradas como vectores del orden[19] y las buenas costumbres. A esto se sumaban también las aspiraciones de las elites inmigrantes, que generalmente conducían estos espacios, consistentes en generar acercamientos y fortalecer los vínculos con los grupos de poder locales. Por tanto, es posible establecer que se servían mutuamente (Micheletti, 2005).

El espacio mutualista como expresión solidaria y virtuosa

Si bien las sociedades de socorros mutuos prosperaron principalmente en los centros con más densidad poblacional, abrieron sus puertas en general también para los habitantes de las poblaciones aledañas. El caso de la colectividad suiza es reflejo de esta dinámica, ya que los migrantes suizos habitaron y trabajaron en las zonas rurales, por lo que puede considerarse una migración marcadamente más rural que urbana (al menos durante las primeras oleadas inmigratorias)[20], a diferencia de otras colectividades que mayoritariamente se asentaron en las grandes ciudades. Así, hacia el año 1868, apareció en la ciudad de Rosario la Sociedad Filantrópica Suiza de Rosario, que “al momento de su fundación contaba con apenas 39 miembros, que, aunque represente un bajo número, ya hacia 1891 contaría con 176 miembros, una cifra significativa si se tiene en cuenta que para 1887 habitaban la ciudad 467 suizos” (Galuppo y Moreira, 2010, p. 207). Al igual que muchas otras sociedades de la época, la Sociedad Filantrópica reproducía casi fielmente los estatutos de otras instituciones, en este caso de la Sociedad Suiza de Buenos Aires creada años antes, práctica habitual para entonces. Esta misma metodología adoptaría la Sociedad Suiza de socorros mutuos Helvetia de Santa Fe, que se organizó hacia el año 1888[21] y obtuvo su personería jurídica en 1889. Para entonces, y con base en lo expresado en el primer libro de actas de la institución, esta era “creada para reunir en su seno a todos los suizos residentes en esta ciudad y las colonias de esta provincia, efectuando así una hermandad recíproca, socorrer a los socios enfermos, promover la cordialidad y el bienestar”[22].

Este perfil mutualista, núcleo estructurador de ambas instituciones, creció y se fue complejizando en sus funciones y en sus problemáticas. Estas transformaciones tuvieron que ver directamente con el crecimiento del cuerpo societario, en articulación a las vicisitudes propias de la época. Así, producto de esta dinámica, es en la Filantrópica de Rosario[23] (según consta en las actas de reunión de CD) donde tendrían lugar intensos diálogos respecto a las necesidades y reiterados pedidos del cuerpo societario para la asistencia monetaria por causas de enfermedad, operaciones y tratamientos, y por tanto debiendo dispensar, según criterios como la duración del período de recuperación o la gravedad de la enfermedad, los fondos específicos. Relacionado con ello, en 1870 se produjo una modificación estatutaria importante (que sería la base para su posterior transformación en mutual), ya que se añadió dentro de los artículos oficializados que “cada socio enfermo [tendría] derecho a exigir a la Sociedad, médico y medicamentos […]”[24], a la vez que se dejaba aclarado que “quedaban excluidas tanto las (enfermedades) venéreas como las crónicas” (Galuppo y Moreira, 2010, p. 212). Esta exclusión específica no era fruto de un capricho, sino que respondía a una cosmovisión respecto a los ideales de la vida honrada y las buenas costumbres, alrededor de las cuales las enfermedades venéreas resultaban una manifestación antitética a este modelo[25].

Esta cosmovisión centrada en los principios morales y los buenos usos del ciudadano era promovida desde las instituciones étnicas y significó un aspecto de interés para las elites gobernantes, ya que estas advertían allí espacios de utilidad en torno a sus proyectos de normalización social. En este sentido, y hacia las primeras décadas del siglo XX, estas ideas comenzaron a manifestarse en la forma de los manuales de urbanidad, cuyos objetivos tenían que ver con el establecimiento de pautas y modelos para conducirse, tanto en la sociedad como dentro del seno familiar. A su interior articulaban principios morales, virtudes propias del buen ciudadano y una vida decorosa, entendiéndose como decoro a la virtud moral “que nos obliga a conformar nuestras acciones con nuestros deberes” (Narvaja de Arnoux, 2017, p. 116).

Si bien la función asistencialista de estos espacios étnicos aparecía como el núcleo principal dentro de la dinámica asociacionista durante la segunda mitad del siglo XIX, la posibilidad de la recreación y el esparcimiento poseían también un lugar privilegiado, expresados principalmente en los festejos de las fiestas patrióticas. Tanto para el caso de la Suiza Helvetia de Santa Fe, como para la Filantrópica de Rosario, la fiesta fundamental del año era el 1º de agosto, día nacional suizo, en el que se recordaba el pacto federal de la unión de los tres primeros cantones en el año 1291. Seguían luego en importancia el aniversario del nacimiento de las correspondientes instituciones y, de manera diferenciada (ya que no eran impulsadas desde las propias instituciones, pero sí contaban con su activa participación), las fiestas cívicas[26], de gran concurrencia por parte de los miembros de las C. D. y los socios. Estas solían contar entre sus asistentes con miembros de la elite gobernante santafesina[27]. Tanto en la institución capitalina como en la rosarina, las actas de asamblea dan extensa cuenta de las labores de preparación de los distintos festejos, uno de los temas más abundantes en sus páginas. Largas discusiones respecto a los programas de recepción para los “banquetes”[28] (aunque en ciertas ocasiones también picnics, o paseos fluviales) y la creación de subcomisiones encargadas de tareas específicas (como la comida, la música, las invitaciones, los premios, los arreglos, entre otros), agasajos para figuras importantes, como el caso del ministro plenipotenciario de Suiza, el encargado de negocios de Suiza en Argentina o los cónsules y vicecónsules[29]. Era común también extender la invitación a las comunas suizas de las localidades aledañas, muestra del valor que se otorgaba a la identidad común, fraternal, por sobre las diferencias regionales o cantonales, a la vez que reforzaba los lazos entre las instituciones suizas en la Argentina.

Picnic organizado por la Sociedad Suiza en el año 1906 (AASHSF. Revista por el 75º aniversario de la Sociedad Suiza de Socorros Mutuos Helvetia de Santa Fe, p. 9).

Es interesante marcar que, para el turbulento período de la Gran Guerra, aparecieron debates respecto a la concreción o no de los festejos para el aniversario suizo, en los cuales primó finalmente la posición de llevarlos adelante, pero en la forma de “veladas privadas y sobrias”, acompañados de acciones de solidaridad para con los compatriotas que estaban en Europa. De esta manera, se organizaban colectas de fondos (impulsadas principalmente desde la embajada suiza en Argentina) para colaborar con las actividades de la Cruz Roja suiza. Todo ello se llevó a cabo en el marco del respeto a la neutralidad argentina durante el conflicto. En el caso de la Filantrópica de Rosario, la tarea de beneficencia tenía ya larga tradición. Galuppo y Moreira señalan que hacia 1871 se realizó “una colecta para las víctimas de fiebre amarilla en la Argentina, y en 1876 se [levantó] una suscripción en favor de las víctimas del incendio que destruyera el pueblo de Airolo en el Tesino” (Galuppo y Moreira, 2010, p. 77)[30].

Policlasismo y sociabilidad

Las sociedades suizas en Argentina se caracterizaban en general como espacios policlasistas, en las que no se ponían de manifiesto las diferencias socioeconómicas de los socios que albergaba ni las actividades que la colectividad compartía. De hecho, la composición socioeconómica del corpus societario presentaba, tanto para Helvetia de Santa Fe como para la Filantrópica de Rosario, características relativamente similares, aunque por supuesto en el ejercicio comparativo aparecían diferencias propias de las divergencias en el desarrollo y la dinámica de ambos espacios[31]. Para el caso de la Helvetia de Santa Fe, existió abrumador predominio de socios que eran trabajadores de las empresas ferroviarias de la región, los cuales cumplían allí diversas tareas (personal administrativo-contable, por un lado, y personal encargado de tareas de carga, depósito, mantenimiento y obras, por otro), tendencia que no se reflejó de manera exacta en el caso de la Filantrópica de Rosario[32], aunque en esta última destacaron de manera notable los rubros de industria, y aun en mayor medida de comercio. Para ambos casos, y en relación con los tipos de oficio que primaban, es posible marcar una tendencia general[33] en la mayor parte de los socios, donde el mayor número de inscriptos declaraba oficiar en trabajos manuales o de servicio, principalmente en calidad de empleados. En menor medida, aparecieron comerciantes de distintos rubros, la gran mayoría dueños de sus negocios, y una pequeña fracción de profesionales tales como contadores, abogados y maestros.

Proporcionalmente, al desglosar el corpus societario de ambas instituciones, se cristalizó una notable mayoría[34] de trabajadores en labores con un nivel de calificación medio o alto. Estos se encontraban centrados, en su mayoría, en tareas de esfuerzo físico, factor que comparten tanto Helvetia como la Filantrópica. Sin embargo, divergían particularmente en el rubro de comercio e industria, donde en el caso santafesino este aparecía como proporcionalmente menor a las tareas de transporte y empleados de servicio, y por el contrario se mostraba proporcionalmente mayoritario en el caso rosarino. Así es factible sostener que la estratificación socioeconómica del corpus societario, para ambas instituciones, permitía ubicar a los socios, por un lado y en mayor medida, como parte de los estratos bajos de la sociedad, y, por otro lado, a una porción destacable (aunque claramente inferior cuantitativamente) de socios como parte de una incipiente clase media, con un cierto nivel de cualificación y en general en posesión de un pequeño capital[35].

La experiencia asociacionista suiza en el espacio santafesino no resultó un caso particularmente ajeno a la tendencia de los formatos y las expresiones de la sociedad civil que florecieron durante las últimas décadas del siglo XIX, aunque permite ilustrarla en algunas de sus particularidades. La función del socorro mutuo entre connacionales permitió articular y fortalecer los lazos sociales entre estos, posibilitando la guarda de la identidad y las tradiciones, así como también habilitando escenarios de recreación, ocio y socialización, principalmente en la forma de banquetes, bailes y otros eventos sociales. A su vez, las estrictas normas fijadas en los estatutos dieron forma, por un lado, a dinámicas de pertenencia y participación, promoviendo así el ejercicio democrático[36]. Por otro lado, también fijaron los principios morales de un ideal de vida honrada (y condenando determinadas conductas deshonrosas[37], marginales) y finalmente (factor fundamental para los intereses de las clases dirigentes) establecieron la exclusión de la política a su interior, al punto de que se establecía estatutariamente la prohibición de discusiones políticas[38], aunque esto resultaba muy relativo en la práctica. La expresión asociacionista suponía entonces un vector fundamental de ordenamiento social en cuanto canalizaba y proyectaba ideales de bienestar, de buenas costumbres y de progreso, regulaba los comportamientos y los valores, razones por las que era permitido (controlado) e incluso promovido por los sectores dirigentes, aun en contextos de estallido social y de estigmatización del extranjero, como fueron los años del último decenio, en particular respecto a los sucesos de 1893.

Bibliografía

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  1. Sumado, por supuesto, a factores como el estancamiento en las posibilidades de ascenso socioeconómico en el país de origen o los constantes conflictos político-militares, entre otros.
  2. Micheletti, G. (citada en Historia de los suizos en Rosario, 2010, p. 67) señala que a partir de 1870 comenzó a apreciarse una preferencia del migrante suizo hacia los espacios urbanos, argumentando que hacia 1871 se alojaron en el Asilo de Rosario 1851 inmigrantes entre los cuales se contaban 153 de origen suizo. De este contingente, el 30,45 % se ocupó en los trabajos del FCC Tucumán, un 29 % quedó en Rosario, un 15 % fue a Santa Fe, y finalmente un 5,37 % se trasladó a Cañada de Gómez. Esto muestra que el grueso de los viajeros no se dirigieron a las zonas agrícolas, sino que se detuvieron en los centros urbanos, y un alto porcentaje de ellos se ocupó en el ferrocarril.
  3. Archivo General de la Provincia de Santa Fe [AGPSF], Ministerio de Gobierno, Sección Justicia y Culto, Tomo 39, Expediente 185.
  4. Archivo de la Asociación Suiza Helvetia de Santa Fe [AASHSF], Libro de Seguimientos de Socios (período de 1896 a 1904), p. 22 y AASHSF Libro de Seguimientos de Socios (período de 1905 a 1930), p. 31.
  5. Así lo asevera Micheletti (2005), puesto que la dinámica asociativa suponía un mecanismo de inserción en el tejido social local.
  6. E incluso, en situación de fallecimiento del socio, se proveía algún tipo de subsidio a la viuda y a los huérfanos.
  7. Condición que se exigía para quienes aspiraban a formar parte de los consejos directivos.
  8. M. G. Micheletti (2005, p. 7) expresa por ejemplo, respecto a las sociedades italianas, que a los aspirantes a ingresar se les exigía invariablemente el haber nacido en Italia, ser hijo de padre italiano, o bien haber obtenido la ciudadanía italiana por haber servido a la patria, e incluso se pretendía también que los empleados de las sociedades fueran de nacionalidad italiana, en especial los maestros, pero, en algún caso, también los médicos, aunque no de carácter excluyente.
  9. Estatutos, reglamentos, libro de actas, libro de asamblea, libro de registro de socios, libros contables, la obtención de personería jurídica, entre otros. En el caso de la Sociedad Helvetia de Santa Fe, se establecía por estatuto que podían formar parte de la institución no solo los residentes en la ciudad de Santa Fe, sino también aquellos que pertenecieran a las colonias aledañas. A su vez, aparecía establecido en el artículo n.º 5 de los Estatutos de 1898 (ASSSF Estatutos reformados de la Soc. Suiza de Socorros Mutuos Helvetia de Santa Fe 1898, p. 7) que podían ser socios los suizos o hijos de suizos nacidos en territorio extranjero, pero así también aquellos extranjeros presentados por otros suizos (aunque no tendrían voto). Esto resulta significativo en cuanto evidencia de que no existía una restricción al ingreso de individuos de otra nacionalidad, por ejemplo italianos, alemanes o franceses.
  10. Hasta tal punto de que durante largos períodos las sociedades étnicas mostraban un funcionamiento más bien informal en sus aspectos exteriores, al menos en relación con el Estado.
  11. “El idioma oficial será el castellano, siendo, sin embargo, permitido el pedir y tomar la palabra en uno de los idiomas suizos”. AASHSF Art 59 de los Estatutos reformados de la Asociación Suiza de Socorros Mutuos Helvetia de Santa Fe de 1898 (p. 20).
  12. Es conocida la tradición, perpetuada en estas tierras, que traían los suizos en relación con la instrucción con armas y el tiro al blanco como deporte. Galuppo y Moreira (2010, p. 225) comentan que tempranamente, hacia 1862, los colonos de San Carlos habían organizado el primer polígono para esta función, seguido por el Tiro Suizo de Esperanza en 1866, el de Buenos Aires en 1874 y posteriores oficializaciones en Baradero, Roldán, San Jerónimo, entre otras colonias suizas.
  13. Durante estas mismas insurrecciones, se izaban banderas y estandartes cantonales por parte de los colonos armados y en relación con la discusión más amplia sobre la naturalización de los inmigrantes.
  14. Y que políticamente también se manifestaba en el recorte que el poder político instrumentaría en las colonias y en ciertos distritos de la provincia, buscando limitar la relativa autonomía y participación del inmigrante en el espacio comunal.
  15. AGPSF Ministerio de Gobierno, Sección Gobierno, Tomo 119, Expediente 052.
  16. La Revolución (2 de octubre de 1888). “Aprobación de estatutos”.
  17. El 30 de julio de 1899, el diario Nueva Época publicó: “Los residentes suizos han sido autorizados para que el 1º de Agosto, aniversario de la formación de la república helvética, enarbolen la bandera de su patria junto a la Argentina. Así lo hizo saber ayer al gobernador de la provincia, el ministro de la relaciones Dr. Alcorta”. Nueva Época (30 de julio de 1888). “Independencia de Suiza”.
  18. Incluso siguió prosperando, por ejemplo en el caso de la colectividad suiza, hacia 1889 con la fundación Club Suizo de Gimnasia, que, junto al Coro Masculino Suizo, continuó congregando y afianzando a la comunidad en el espacio rosarino, y cristalizó la labor ordenadora que la dinámica asociativa propugnaba.
  19. De hecho, en la totalidad de la documentación analizada, no aparece mención específica relativa a posicionamientos políticos, ni a demandas colectivas ni de clase.
  20. Durante toda la década del 90, las segundas o terceras generaciones de familias suizas comenzaron a radicarse en la ciudad, interesadas principalmente en la posibilidad de establecer sus propios negocios o estudiar en las universidades.
  21. Entre una y otra institución, hay 20 años de diferencia. El hecho de que la primera casa suiza en las grandes ciudades haya aparecido en Rosario y no en la capital responde al notable y acelerado crecimiento económico, urbano y social de la ciudad sureña, y por tanto a las demandas que la colectividad proclamaba.
  22. AASHSF Art. 3º. Estatutos reformados de la Sociedad Suiza Helvetia de Socorros Mutuos de Santa Fe del año 1898 (p. 6).
  23. Archivo de la Sociedad Filantrópica Suiza de Rosario [ASFSR], Libro de actas de la Sociedad Filantrópica Suiza de Rosario (período de 1899 al 1901).
  24. Inundan los libros de asamblea las presentaciones y consideraciones que se realizaban ante la C. D. de estas instituciones para conseguir la aprobación en la compra de medicamentos y los gastos de tratamientos. En muchos casos también se enviaron inspectores para seguir de cerca el destino de ese dinero y evitar posibles fraudes.
  25. Probablemente la exclusión de la asistencia a enfermedades crónicas respondía también a posicionamientos financieros y las posibilidades de asistencia a largo plazo.
  26. Son abundantes las referencias en las actas de asamblea ordinaria de la institución de la capital de la puesta en consideración de las invitaciones recibidas por parte de la gobernación a participar en la fiesta cívica.
  27. De hecho, los banquetes y las celebraciones de estas fiestas aparecían como manifestaciones de las prácticas de civilidad y refinamiento, que gozaban del visto bueno de los entes públicos y por tanto eran concebidas como parte de la lógica de la reproducción del orden de la sociedad.
  28. Durante el período de la Gran Guerra, se plantearon generalmente dos posturas respecto al formato: una, la realización de un banquete para todos los socios (implícitamente, solo para los hombres), y la otra, la de una “tertulia con baile” para toda la familia. Esta disputa entre los formatos es interesante en cuanto ilustra, de alguna manera, la discusión de la exclusividad del espacio, pensado desde una de las perspectivas como un lugar de socialización y recreación exclusivamente masculina (el más difundido) y, desde la otra perspectiva, como un lugar de encuentro y promoción del ocio de las familias (AASHSF Libro de asambleas ordinarias. Período de 1914 a 1920. Acta de asamblea ordinaria con fecha 12/7/1917, p.  25).
  29. Cargo que se intentó primeramente proponer a miembros de la C. D. de la Helvetia de Santa Fe, e incluso se negoció la posibilidad de un vicecónsul con sede en esta ciudad, aunque no tuvo contestación para entonces del ministro suizo en Buenos Aires (AASHSF Libro de asambleas ordinarias. Período de 1914 a 1920. Acta de asamblea ordinaria con fecha 15/4/1916, p. 18). Al año siguiente, uno de los miembros de la C. D., el señor Luis Panchaud, quien fuera socio fundador, apareció nombrado en actas como cónsul (AASHSF. Libro de asambleas ordinarias. Período de 1914 a 1920. Acta de asamblea ordinaria con fecha 20/11/1917, p. 27).
  30. En 1907 se decidió cooperar de manera regular con la Liga Argentina contra la Tuberculosis (Galuppo y Moreira, 2010, p. 77).
  31. Para los últimos decenios del siglo XIX, la composición del entramado urbano en general comenzó a transformarse al calor del puerto y del ferrocarril (eslabones fundamentales en el desarrollo de la región productiva de la provincia y del mercado interno.
  32. Ver Mangold, Andrés (2019). En gran medida, la diferenciación socioeconómica del corpus societario se establecía en relación con factores como la propiedad de una casa (información presente en el relevamiento con censos), la propiedad de un negocio propio, y el tipo de oficio declarado.
  33. Al menos durante el período comprendido entre 1890 y 1910.
  34. Una fracción ínfima en cada institución corresponde a grandes comerciantes e industriales, destacando en particular, en el caso rosarino, los hermanos Chiesa, los hermanos Monti y los hermanos Remonda, factibles de ubicarlos como parte de la burguesía urbana.
  35. Expresado en el establecimiento de negocios y comercios de los cuales se adjudicaban el carácter de propietarios.
  36. Voz y voto para socios plenos, elecciones de C. D. con voto secreto y por boletines, etc.
  37. Artículo 6º “(…) Las personas con manchas infamantes y las que hubieran manifestado tendencias subversivas y hostiles al buen orden de la Asociación, no podrán ser admitidas en la Sociedad” (pp. 6), Artículo 25.2º “Expulsar al socio que se cubriera de mancha infamante, al indigno por su conducta, al que se hallara en las condiciones determinadas por el artículo 37” (pp. 11), Artículo 43 “Todos los socios afectadas por enfermedades venéreas no tendrán derecho a ningún socorro” (pp. 17). AASHSF Estatutos reformados de la Sociedad Suiza de Socorros Mutuos Helvetia de Santa Fe de 1898.
  38. Artículo 2º “El símbolo bajo el que se reúne es la Bandera Federal Suiza, con absoluta prescindencia de todo asunto político” AASHSF Estatutos reformados de la Sociedad Suiza de Socorros Mutuos Helvetia de Santa Fe de 1898 (pp. 6).


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