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El alcohol en su laberinto: ebrios, violencia y lástima en la configuración del desorden citadino

Santa Fe, 1900-1930

Paula Sedran

Introducción

Sobre la base de los quiebres en la concepción del consumo de alcohol que trajo el siglo XIX (Schmid y Schmidt-Haberkamp, 2014) entre el paso al siglo XX y los años del llamado “período de entreguerras”, la ingesta de bebidas alcohólicas se disparó a niveles superlativos, de la mano de cambios profundos en la economía y la vida social (Holt, 2006; Powers, 2006; Rojas Sosa, 2019). El avance de los saberes médico-psiquiátricos y criminológicos contribuyó, de manera central, a cambiar las formas de concebir el alcohol como problema social (Campos Marín, 1996; Campos Marín y Huertas, 1991; Menéndez, 1985), aunque las concepciones que guiaron a las principales iniciativas para combatirlo, como el movimiento de temperancia y el prohibicionista, demuestran que el imaginario sobre el alcohol excede largamente las definiciones del discurso médico (Fahey y Tyrrell, 2003; Harrison, 1997). De hecho, en estos años alcanzaron su pico las miradas antialcohólicas cuyo componente central era una fusión entre discursos científicos y morales, así como las campañas prohibicionistas, que ganaron fuerza especialmente a partir de la Primera Guerra Mundial (Edman, 2016).

En Argentina, en el paso del siglo XIX al XX, tanto los intereses comerciales de un mercado en crecimiento, como la incidencia del saber criminológico (Sozzo, 2017) y las preocupaciones de médicos y estadistas –pero también de obreros y mujeres (Luisi, 1918)– por sus efectos sobre la población, participaron de la redefinición del alcohol como mal social. Así, la cuestión del alcohol ha sido revisada, preeminentemente, como un problema para el orden (Salvatore y Barreneche, 2013). Dentro de esta mirada general, se han revisado sus aristas médicas, penales (Seidellán, 2008) y económicas (Stein, 2014; Richard Jorba, 2010; Hanway, 2014), así como la convivencia del fomento del consumo con la lucha contra el alcoholismo en regiones específicas (Mateu, 2016). Menos analizada ha sido la interacción específica, en torno a la construcción del estigma sobre el alcohol, entre un conjunto de discursos (asociacionistas, de la sociedad civil, publicitarios, periodísticos) que hizo visibles miedos y prejuicios, pero que también puso en la escena pública una suerte de fascinación generada por los sujetos bebedores y sus excesos (Fernández y Sedran, 2019).

Para ponderar la relevancia de esta interacción en la trama de relaciones sociales del período, deberán conducirse análisis libres del “sesgo empirista”, presente muchas veces en los estudios sobre el alcohol, de “una cierta mirada de sentido común sobre los problemas sociales y que toma como ‘hechos’ sólo los rasgos más evidentes de un fenómeno social y suele desestimar efectos menos visibles y estructurales del mismo” (Tomsen, 1990: 48). Ya que, si bien se han analizado representaciones sobre el alcohólico y sobre el ebrio, es menor la atención prestada a la manera en que estas figuras incidieron en la vida social y participaron de la discusión de otros temas de relevancia (políticos, económicos, culturales).

El presente trabajo analiza discursos sobre el consumo de alcohol atendiendo específicamente a las causas, situaciones y contextos en que fueron incluidos. En otras palabras: ¿qué caracterizaciones se hicieron de los bebedores?; ¿cuáles fueron los tipos de conflicto específicos en que eclosionó la preocupación por el alcohol? Ello hace necesario preguntarse por las formas en que representaciones, saberes y prácticas se entrelazan en derredor de un problema, en este caso el consumo de alcohol, para darle materialidad en la vida social.

El derrotero de la ebriedad permite, por ello, acercarse a la conflictividad social en Santa Fe desde una perspectiva crítica, en el sentido específico de no reproducir a priori interpretaciones construidas para casos típicos o nacionales.

Latinoamérica. El lazo natural entre alcohol y conflictividad social

Los estudios sobre el alcohol en Latinoamérica no presentan un panorama homogéneo. Como señalan Pierce y Toxqui (2014), especialmente aquellos que consideran la dimensión cultural en su análisis pertenecen a las últimas dos décadas y, aún, se limitan a estudios de caso. No obstante, sí se ha puesto de manifiesto sin lugar a duda, que la ingesta de alcohol en sus diferentes vertientes (transgresiva, ceremonial, de sociabilidad, patológica) incidió en las formas que adoptaron las sociedades modernas, sea sobre los lazos comunitarios, sobre el refuerzo o contestación de las jerarquías de clase, de raza y de género, o en otros procesos de estructuración social. En definitiva, “producción consumo y regulación del alcohol han estado entrelazadas con la historia social y cultural del continente desde la era pre-colonial hasta el presente (Pierce y Toxqui, 2014: 3).”

En Argentina, se evidencia un panorama más esquemático: los estudios que tienen a la ingesta de alcohol como objeto son recientes (Seidellán, 2008; Mateu, 2016; Sedran, 2019b) y el conjunto de trabajos en que ésta aparece como una temática de relevancia lo constituyen, con contadas excepciones, búsquedas que derivan de otros objetos: la historia del delito y la justicia, la historia de la salud y la enfermedad y los saberes de Estado, que posicionan al consumo de alcohol, axiomáticamente, como un problema social.

Sea desde una perspectiva atenta a la cuestión del orden (Salvatore y Barreneche, 2013) o una de tipo relacional, más enfocada en las relaciones sociales y la experiencia de los sujetos, los estudios se organizan mayormente en aquellos que analizan el arco transgresivo, desde el crimen a la rebelión social, haciendo hincapié en sus efectos en la fuerza de trabajo, los que toman sus aspectos productivos, impositivos y comerciales, así como los que, desde la década de 1990, profundizaron desde un prisma social y cultural el rol de la bebida en los procesos de state-building y modernización social como fenómeno penal, médico y moral.

La ingesta de alcohol inmoderado integró, como práctica transgresiva, desviada, patológica, las causas de los conflictos estructurales del orden social gestado a lo largo del siglo XIX y principios del XX. No obstante esta comprobación, existe el peligro latente de no problematizar el axioma de que la ingesta desmedida de alcohol constituyó un tipo invariante de problema (Saignes, 1989). Esta mirada sobre el alcohol tuvo dos efectos de sentido al interior del discurso historiográfico: por un lado, que no se revisitara el consumo inmoderado en otros grupos y clases sociales, hasta los albores del siglo XX cuando el mercado de las bebidas, pero también farmacéutico, lo hizo inevitable. Por otro, que otros sentidos de la ingesta de alcohol (fuera del prisma orden-transgresión) fuesen integrados como una anomalía, una curiosidad o, a lo sumo, como estudios de caso. En suma, aún hoy la consideración de los sentidos sociales sobre el consumo de alcohol y sus múltiples implicancias en la vida social no constituye un tema de interés consolidado de la historia argentina.

Por ello, se realza la necesidad de volver, para de allí pensar la construcción de la ebriedad como objeto, a estudios señeros que identificaron en estas aparentes certezas, nuevos problemas a ser explorados. Desde sus respectivos campos de interés, la historia de la sociabilidad y de la justicia, autoras como Sandra Gayol (1993) y Melina Yangilevich (2007) complejizaron el rol que la ingesta de alcohol tuvo en las configuraciones sociales que analizan. Revisaron sentidos que exceden la matriz de control social y de transgresión como único vector para considerar los momentos, los lugares y los sujetos de la bebida. De esta manera, estos trabajos permiten –incitan a– volver sobre la pregunta por la específica acción que el consumo de alcohol (y las nociones, expectativas, valores, emociones, intereses, asociados a él) tuvo en las relaciones sociales de poder. Para considerar esta pregunta de manera seria, no pueden incluirse únicamente los sentidos que las élites (socioeconómicas y científicas) y el Estado construyeron sobre ella. No debe, por otra parte, incluirse a otros sentidos sólo de manera especular, como la validación de un proceso histórico (la formación del Estado, la modernización social) ya concluido.

Con dicho horizonte en mente, el presente artículo expone los fragmentos más explícitos de un arco discursivo sobre la ebriedad, cuya reconstrucción incluyó el análisis de documentos periodísticos, judiciales, policiales y municipales, de la ciudad de Santa Fe (Sedran, 2019b).

La ebriedad en el imaginario de la violencia en Santa Fe

En Santa Fe, la cuestión del alcohol tuvo una presencia conspicua. Desde la formación del estado provincial, a la ebriedad se le atribuyó ser la causa principal de violencia interpersonal y social (Sedran, 2018). Este diagnóstico, en una diversidad importante de documentos, se intensificó en dos coyunturas de la historia provincial decimonónica, sobre un escenario de alta visibilización del tema por parte de la Policía y funcionarios gubernamentales.

En primer lugar, se comprueba una preocupación estatal, traducida en una demanda de acción a la policía, por la ebriedad individual en los espacios públicos. Los ebrios fueron acusados de causar las escenas cotidianas de violencia interpersonal tanto en la campaña como en la ciudad capital,[1] aunque entre 1860 y 1890 los números de arrestos y multa por ebriedad superaban largamente, en el ejido municipal, aquellos por ebriedad y pendencia, heridas o escándalo (Sedran, 2014). Frente a este panorama sostenido de un alto número de arrestos por ebriedad,[2] pero no por ebriedad más causas asociadas de violencia interpersonal, la alarma por los efectos morales de estas conductas y los reclamos de mayor control no cesaron de aumentar.[3] En la segunda mitad del siglo, predominaron el control sostenido de la ingesta pública de alcohol[4] de los sectores populares y la denuncia creciente de la violencia creada por este consumo, aunque dicho vínculo necesario entre ebriedad y violencia no se comprueba en las fuentes administrativas de la Policía.

Una coyuntura en que este escenario se pronunció fue en los años de 1877 y 1878, en el marco del último ciclo de alzamientos intraelitarios en la provincia (Gallo y Wilde, 1980). Frente a la rebelión armada de la facción opositora, el oficialismo hizo hincapié en la violencia de los seguidores (y no los líderes) del movimiento. Se dijo, una vez y otra más, que la violencia que estos traían consigo, costumbres inmorales y bárbaras propias de otros tiempos,[5] había sido la real amenaza de esos años de turbulencia política.

La segunda coyuntura se dio en el umbral del nuevo siglo, entre 1890 y 1893, cuando la provincia fue escenario de alzamientos armados del flamante partido radical. En la zona de la capital y de las colonias del oeste, el enfrentamiento entre la elite en el poder y los nuevos actores políticos involucró la cuestión de la ebriedad como un elemento conspicuo de sus discursos. En medio de la contienda política desplegada en los diarios de la región, se hizo énfasis en demostrar que los adversarios –políticos– eran inmorales, y, en ese contexto, la ebriedad fue la prueba más sonante de dicha inmoralidad.[6] Para los colonos partidarios del movimiento revolucionario, los efectivos de la tropa policial, desde los soldados y vigilantes hasta los jefes políticos, eran los mayores exponentes de la violencia y los hombres más peligrosos.[7] Ello puede verse tanto en las fuentes policiales, como en los expedientes judiciales:

Cuando fue brutalmente atropellado por un desconocido, que llevando sable decía ser autoridad e iba mandado por el juez de paz de la mencionada colonia, el cual por no querer acompañarle en el inmoral vicio de la embriaguez, cuyo estado así parecía que estaba, por negarse a que bebiera licores a costa del exponente, y últimamente por no entregarle una cantidad de plata que decía le había mandado el mencionado juez que le cobre […] hizo uso del sable que llevaba por varias ocasiones y por la intervención del dueño de la casa [de negocio] no consiguió el propósito que cree el exponente fuera de matarle.[8]

En las publicaciones oficialistas, se encuentran más relatos de enfrentamientos entre “italianos,” “estranjeros” y otros.[9]

Ahora bien, respecto de la cuestión del consumo de alcohol, el denominador común de estos dos momentos es el siguiente: no se cuestionó el peligro que la ebriedad suponía para la sociedad; se la definió como un comportamiento voluntario; se ligó la inherente inmoralidad que la motivaba con la violencia que podría engendrar y con las conductas que la acompañaban (juego, desorden, escándalo, delito, pendencia). En adición, la única bebida excesiva hecha visible fue la de los sujetos populares, especialmente hombres criollos. Otro factor común fue que no se desplegaron ni ampliaron las medidas para taclear la cuestión, así planteada.[10]

En las primeras décadas del nuevo siglo, comenzó a configurarse un nuevo escenario de su visibilidad y, aunque las lecturas condenatorias se sostuvieron, es destacable cómo la bebida excesiva dejó de ser señalada como la causa principal de violencia. En consonancia con procesos de modernización urbana y cultural (Caimari, 2009 y 2007), los sentidos del delito y las amenazas percibidas socialmente cambiaron. La ebriedad cedió su lugar de amenaza a nuevos fenómenos como el crimen organizado, a los cuales se subordinó, como la “explotación de la mujer”[11] y el avance del juego clandestino. En ellos, la ebriedad pasó a ser una conducta infaltable en el paisaje del mundo inmoral, pero no la causa de la inmoralidad en sí.[12]

Un relevamiento tanto de los diarios más conservadores como en el novel El Orden, que llegó a la escena local con una propuesta editorial osada y una prosa estridente (Damianovich, 2013), muestra que el mayor porcentaje de noticias referidas a ingesta de alcohol, ebriedad y episodios conflictivos se planteaba ahora como circunscripto a barrios específicos, a ciertos actores sociales y a sus lugares de reunión.[13] Si bien este tipo de noticia era ya un clásico de la pluma argentina (Adamovsky, 2019; Gayol, 2008; Salessi, 1995), la gran ausencia en estos discursos es el componente de alarma, de urgencia, que hacía de la ebriedad un peligro inminente de violencia.

Inclusive cuando pareció restituirse el rol de amenaza social a la bebida, se hablaba sobre su arista decadente, pero ya no sobre violencia (interpersonal, política, física, armada, fatal):

Santa Fe es un enorme garifo y una inmensa taberna. Hay un mostrador de plomo en cada esquina y una casa de juego tras de cada mostrador. Ya no son los viejos y los profesionales del tapete verde, los que consumen la vida, la energía y la voluntad en la llama reductora de la avaricia vestida de placer: son también ahora los jóvenes, casi niños, los que siguiendo la huella trazada por los mayores, con el ejemplo o la indiferencia, se entregan ciegamente al vicio, restando al porvenir de la patria el tributo legítimo de su virilidad moral.
Por complacencia malsana o por egoísmo de negociantes, la sociedad tolera ese descarrío y así acontece que tenga el juego amparo y a la vez sea amparador de círculos nacidos para elevar el concepto de sus miembros y que el alcohol sea beneficiario y beneficiado de centros de cultura aparente.
La ciudad de Santa Fe consume millares de litros de bebidas alcohólicas y, al amparo de sagrados conceptos de sociabilidad, se juegan en su ejido, muchos millares de pesos. […] Los que contemplan impasibles a sus hijos iniciarse en el hábito de beber y que toman gracia sus ensayos en el tapete verde o en la cancha de taba, en el primero, porque huele a aristocracia y en el segundo por patriotismo, como está de moda decir, cometen el mayor de los crímenes y merecen el desprecio colectivo.[14]

En este fragmento, el problema central es el “hábito de beber” que se adopta en el “tapete verde” o en la “cancha de taba,” que provoca pérdidas cuantiosas por juego y dispara la ingesta de “millares de litros alcohólicos”. No hay mención a violencia interpersonal, a desorden social o político: solo a la inmoralidad del juego, que cobijaba a la bebida excesiva.

Desde ya, la lectura que vinculaba ebriedad a violencia no desapareció (Sedran, 2018). De hecho, notas como la anterior se publicaban en el momento en que los diarios de las colonias sostenían las últimas entregas de una notable campaña de denuncia que vinculaba el alcohol ingerido por la policía[15] y sus “guaranguerías condenables”[16] con la violencia sufrida por los ciudadanos de bien. Lo que resulta sugerente es que, en este contexto y en un clima internacional de mayor apoyo al prohibicionismo, llegase a haber voces que pusieran en duda de forma coyuntural la necesidad misma de una política represiva del alcohol. En referencia a un proyecto presentado a la cámara provincial de diputados sobre la “represión del alcoholismo”, los redactores del Santa Fe se opusieron a los aspectos del proyecto que pretendían regular el expendio; dijeron que ello iba contra la libertad de comercio y conminaron al gobierno a “ir despacio”:

Prohíbase por ahora el expendio de bebidas que se considerasen perjudiciales, pero no se incurra en el error de imponer horcas cardinas al que tenga la desgracia de embriagarse. Piano […] ya se sabe que la mejor teoría es aquella de Suaviter in modo, fortiter in res.[17]

Este fragmento ilumina otra arista del consumo de alcohol: existía, y así se lo hacía visible ahora, un consumo no peligroso, respetable, moderado, que no solo era estéticamente agradable y decoroso, sino necesario para el crecimiento económico (Fernández y Sedran, 2019). Los avisos que inundaban las publicaciones periodísticas y las revistas ilustradas situaban este consumo distinguido en el ámbito domiciliario y familiar, así como en espacios de sociabilidad como restaurantes, bares y hoteles.

Ahora bien, otro componente notable de las posiciones públicas sobre el tema del alcohol y su vínculo con la conflictividad social fue su volatilidad. Incómoda como pocas cosas para el historiador, la incongruencia suele ser apenas más que una apariencia en la vida social. De los periódicos locales revisados, el diario Santa Fe se ocupó con mayor ahínco de la cuestión de la bebida en la década de 1920, lo cual ha permitido identificar, a su interior, los diálogos internos, los vaivenes y los desplazamientos de sentido (Darnton, 2014) sobre el tema.

Tres años después de su pedido de calma al discutirse legislativamente la represión del alcoholismo, el mismo diario demandaba la toma de una postura plenamente prohibicionista, diciendo: “Suprimir entonces la venta total de alcoholes y clausurar sus fábricas en el país, es lo que se impone. Hacer ni más ni menos de lo que Francia hizo con el expendio de ajenjo”. Aquí, la arenga moralizante comenzó a incluir de manera constante la preocupación económica. En la misma nota en que reclamaban la prohibición de las bebidas consideradas más nocivas, los redactores desestimaban la cuestión impositiva ya que, decían, si eso afectaba las rentas del Estado, debían grabarse otros “artículos de lujo”.[18] En la misma línea, en diciembre aplaudían la prohibición que el interventor de la provincia de Mendoza impuso a las bebidas alcohólicas, a la cual caracterizaron como el comienzo de una “regeneración moral” que iba a borrar “otras costumbres”.[19]

Sin embargo, si bien el contexto mundial de ascenso del prohibicionismo (en detrimento del movimiento de temperancia) sin dudas impactó en la opinión santafesina, no se tradujo en políticas concretas ni, por otra parte, consolidó un clima de opinión favorable a la prohibición.[20]

No se tomaron decisiones de peso frente al tema (ni en el ámbito médico ni en el correccional), y, cuando en 1923 se discutía en el Congreso de la Nación el proyecto de Emilio Catalán para la instalación y regulación de asilos de alcoholistas[21], el aparente consenso prohibicionista de los años finales de la guerra dio lugar a repercusiones ambiguas sobre el tema, que mezclaron la discusión sobre los gravámenes a las bebidas, la Ley de Descanso Dominical y la ausencia de medidas profilácticas específicas.[22]

Lo que sí parece ordenar el escenario discursivo santafesino es una suerte de división temática interna de las noticias sobre alcohol, ebriedad, alcoholismo, y prohibición, siempre considerando su vínculo con la conflictividad social local. En la discusión sobre dicha conflictividad, la década de 1920 reafirmó lo que la segunda mitad de 1910 prometía: la circunscripción de noticias sobre ebrios y enfrentamientos a ciertos espacios de la ciudad –cada vez más, barrios–. En estos retratos, se narraban enfrentamientos fruto de la vida miserable, pero no se insinuaba que estos pudieran poner en peligro a la sociedad como un todo. Es sugerente esta ausencia de enunciación de la ebriedad como amenaza, incluso en noticias sobre uno de los momentos más urticantes de la vida pública: las elecciones. En 1918, se decía sobre el “alcohol electoral”:

En esta temporada electoral, el procedimiento se ha humanizado. Lejos de molestársele, se ruega a los amigos de ebrio que le conduzcan a su domicilio. Si no los hay a mano, el vigilante solicita un coche al presidente o quien aparezca como tal en el comité […] inmediato, y se toma la molestia de acompañarlo personalmente. Como se ve, las nuevas prácticas son de marcada galantería, y señalan un hermoso progreso en las costumbres policiales.[23]

El contrapunto de esta mirada lo dio la perspectiva de la medicina y la criminología, también presente en los discursos periodísticos y publicitarios. La gran diferencia con el grupo anterior de noticias es que se trataba, casi sin excepción, de contenido (casos, testimonios, información y tratados) referido al extranjero o a la capital nacional.[24] En ese primer nicho de consolidación del término “alcoholismo”[25] (a diferencia del de “ebriedad”) en los discursos legos y de circulación cotidiana, no se encuentran noticias referidas a Santa Fe:

El vicioso se encuentra en una pendiente suave e insensible. Al principio una copa es inofensiva, cree que estimula sus fuerzas, un vermouth entre amigos es un acto de cortesía, luego se repiten las copas y la costumbre sobreviene y tras algunos años el estómago languidece, las fuerzas se debilitan y la voluntad se esclaviza, entonces le alcohol mina el organismo progresivamente y el vicio se arraiga apareciendo en las facciones los síntomas del estrago pues la nariz se enrojece, las manos tiemblan y desapareciendo la vergüenza considera sus terquedades y disparates como actos de los naturales. De noche, las pesadillas lo atormentan y los vómitos matinales lo fastidian, siente hormigueos en los brazos y en las piernas y los músculos se irritan vencidos por la debilidad. Si es padre de familia, hace sufrir a inocentes, es un candidato al hospital o la cárcel o al manicomio, salvo que su constitución física sea resistente y las consecuencias del alcohol lo arrastren por muchos años sucumbiendo al fin a algún ataque.[26]

De forma ilustrativa, este fragmento integra una nota dedicada a analizar la política prohibicionista estadounidense y que pondera los fracasos (de otros países) en controlar el alcohol al optar por medidas moderadas de regulación. Nada se dice de Santa Fe.

No obstante, es interesante identificar, en las menciones al conflicto social latente en el alcoholismo y sus efectos, que la mayoría se circunscribía al ámbito individual y doméstico, en contraste con las violencias visibles, ruidosas y públicas que se visibilizaron en el siglo XIX. En un segmento ulterior de la citada nota de opinión, se dice:

Es indiscutible que un porcentaje elevado de malvados recurren al alcohol para provocar el coraje que se requiere para llevar a cabo su intento, que sin ese estado anormal no procedería contra su conciencia. Merece piedad la esposa madre que sufre las torturas de un esposo que se embriaga con frecuencia pues se verá hasta aporreada o insultada, y sin embargo se ve obligada a resignarse a compartir su triste vida con una persona que es hasta asquerosa. La ley de divorcio podría librar a esas víctimas, verdaderas mártires de los vejámenes vergonzosos a que están sometidas injustamente.[27]

La instalación del consumo respetable, la creciente cantidad de publicidades que promocionaba la ingesta diaria de bebidas alcohólicas como parte de un estilo de vida tranquilo, como signo de distinción (Fernández y Sedran, 2019), como alimento o como medicina (Sedran y Carbonetti, 2019) redundaron en la complejización del vínculo entre alcohol y conflictividad social. No se trataba ya, únicamente, de individuos de moral dudosa que ponían en peligro la sociedad como un todo con sus conductas violentas e indecorosas. Ahora, existían también en los discursos públicos víctimas del alcohol: las esposas, los hijos y, en ocasiones, los propios bebedores.

Esta es una figura que terminaría de dar forma a las miradas que integraron el alcohol a la conflictividad social en los años de entreguerras: el borracho lastimero, caído en desgracia y en la mendicidad o víctima de los abusos policiales. Un nuevo tipo de sujeto marginal que ya no era peligroso socialmente en el sentido decimonónico:

Dimos cuenta en nuestra edición de ayer sobre un nuevo y salvaje atentado cometido en el transcurso de las primeras horas de la madrugada por dos agentes de la Comisaría 3a contra un indefenso ciudadano a quien condujeron a golpes de puño hasta el local de la referida seccional por el sólo hecho de estar alcoholizado y de haberse resistido, en principio, a acatar la orden de arresto. Desde luego, que no puede sorprendernos en ningún sentido este nuevo malón de las autoridades policiales cuya prepotencia se viene perfilando con rasgos verdaderamente denigrantes para nuestra cultura. El vergonzoso espectáculo fue presenciado por varias personas que abandonaron sus lechos alarmados por los gritos del pobre beodo, víctima de la brutal agresión de los dos agentes […]. El atentado de ayer pasará pues a la categoría de los hechos comunes. A lo que la policía ha dado en llamar “desacato”. [28]

Amén de postular al ebrio como una víctima (implícitamente, de la bebida; explícitamente, del abuso policial), es interesante detectar que el “desacato”, ese parámetro de visibilidad que guio el control de la ebriedad durante todo el período de formación estatal, es enunciado aquí como una excusa policial, una suerte de tergiversación de la escena real que llevó al arresto del ebrio.

Fragmentos, indicios, huellas parciales y recortadas como esta de cómo los santafesinos percibieron las conductas transgresivas cotidianas invitan a seguir la exploración de cómo el imaginario sobre la ebriedad, dinámico y contestado, participó en la definición de las relaciones sociales en Santa Fe.

Otras preguntas

Siguiendo a Thierry Saignes, puede afirmarse que “un análisis histórico de la embriaguez tropieza con la dificultad de separar una invariante cultural de su condicionamiento coyuntural” (Saignes, 1989: 104). En otras palabras, al tratarse de un fenómeno cuasi omnipresente como el consumo –inmoderado– de alcohol, el desafío para historizar su análisis es identificar el vínculo entre la invariancia y la unicidad; en esta empresa, la indagación en los sentidos construidos por los sujetos sociales es clave. Asimismo, ha sido señalado cómo, en un contexto general de ascenso por la preocupación por el alcoholismo y aumento de su producción y consumo, este siguió siendo un fenómeno altamente visibilizado y, por ello, invita a preguntar el sentido de su sostenimiento en una nueva configuración de la conflictividad social.

El ebrio, la borrachera, el alcoholista o el alcohólico no cedieron protagonismo en el imaginario sobre la inmoralidad, la violencia y la decadencia social. Lo que sí se observa, fuertemente, es una reconfiguración del lugar que la bebida ocupó, al ceder su lugar como causa de todos estos fenómenos.

De un escenario de la segunda mitad del siglo XIX en que se le adjudicó ser la principal causa de un arco de violencias sociales, políticas y morales, la ebriedad pasó a constituir un mal circunscripto a ciertos grupos y espacios sociales. En adición a ello, al hacerse visible el consumo realizado por sectores medios, respetables, la arista problemática de la bebida tomó preeminentemente la forma de un mal individual, que corroía al individuo y a su familia, y fue menos retratada como una decisión voluntaria tras la cual sobrevenían delitos, agresiones e inmoralidades. De forma más certera, puede afirmarse que el lugar que la ebriedad relegó en el imaginario de la violencia fue el de ser la causa o el motor de la violencia interpersonal, física y política que pobló las fuentes de mediados a finales del siglo XIX.

En su lugar, pasó a ser significada como un flagelo producto de otras prácticas transgresivas, de los verdaderos peligros sociales, como el clandestinismo y el juego ilegal. Esta distinción también permitió escindir los problemas con el alcohol de ciudadanos de bien (el campo en consolidación, en el discurso lego santafesino, del alcoholismo como patología) y la pervivencia del alcohol como vicio, alojado ahora en circuitos concretos de la sociedad santafesina moderna.

Este breve recorrido pretendió, con mucho, ser un disparador para triangulaciones más abarcadoras.

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  1. Archivo General de la Provincia de Santa Fe [AGPSF]. Archivo de Gobierno, “Notas del jefe de policía del departamento La Capital”, 17 de enero de 1872.
  2. Es interesante notar que cerca de un quinto de los arrestos por ebriedad en la vía pública se hicieron sobre efectivos policiales (Sedran, 2018). Los episodios de ebriedad en servicio también poblaron los informes diarios del jefe de Policía al Poder Ejecutivo. AGPSF. Archivo de Gobierno: “Notas del jefe de policía del departamento La Capital”, 17 de abril de 1883.
  3. El Santafesino (28 de febrero de 1877).
  4. Dicho control refiere a las prácticas de control sobre los ebrios en la vía pública que pueblan los partes diarios del jefe de Policía al Ejecutivo provincial. Es decir: el predominio y sostenimiento de prácticas cotidianas de retiro del ebrio de la vía pública, al que seguían días de arresto o el pago de una multa (Sedran, 2018).
  5. La importancia de las huellas (Darnton, 2014) en los discursos sobre la ebriedad refuerza, también, un clima de ideas en que la moral, las elecciones voluntarias de acción de los sujetos, se pone en el centro de la escena. Una vez superado el peligro de los alzamientos, el gobernador Servando Bayo enfatizaba la importancia que las costumbres y la moral habían tenido en la contienda: “Nos alejamos visiblemente de nuestras funestas tradiciones de revuelta y anarquía. El orden público se consolida y radica profundamente en las costumbres y se hace ya necesario ir a buscar en las últimas capas sociales, en las inclinaciones perversas de los criminales que pueblan nuestras cárceles, o en los mal adormecidos instintos del indio salvaje […] los elementos de perturbación y desorden que renuevan las funestas agitaciones de otros tiempos”. Mensaje de Servando Bayo a las Honorables Cámaras Legislativas (apertura de sesiones ordinarias de 1877), en Historia de las instituciones de la provincia de Santa Fe, Tomo VI, Mensajes del Poder Ejecutivo, Santa Fe, imprenta oficial, p. 22.
  6. La Unión (10 de marzo de 1892).
  7. La Unión (8 de octubre de 1896); El Censor (21 de octubre de 1897); El Liberal (27 de noviembre de 1892).
  8. AGPSF. Archivo de Gobierno, “Expedientes”, abril de 1893.
  9. Nueva Época (22 de febrero de 1900).
  10. En el giro al siglo XX, el aumento del control seguía siendo el principal reclamo de funcionarios y legisladores para paliar el flagelo de la ebriedad y la violencia: “Juzgo que uno de los medios más eficaces para evitar la criminalidad es la vigilancia constante para el cumplimiento de los artículos del Reglamento de Policía vigente sobre embriaguez, vagancia, uso de armas, reuniones en las casas públicas, escándalos y demás análogos, pues si se consiguiera evitar ó disminuir en gran parte las infracciones de esos artículos, se disminuirían los casos de hechos sangrientos”. Gabriel Carrasco, “Circular a los jueces de paz y demás autoridades de la Provincia, sobre represión de la criminalidad”, Ministerio de Justicia y Culto, Santa Fe, 4 de enero de 1893, pp. 129-130. De hecho, en 1895, al presentarse en las cámaras legislativas el proyecto de código de policía, superador de la “aberración” (Carrasco, 1881: 18) que suponía el reglamento de 1864, se explicitó la prohibición de beber para los agentes en servicio: “Ningún agente podrá participar de diversiones durante su servicio, ni asistir aún fuera de él, á aquellas de honestidad dudosa”. Carrasco Gabriel, Reglamento de Policía Urbana y Rural de la Provincia de Santa Fe. Rosario, Imprenta de Carrasco, 1882, p. 7.
  11. El Orden (8 de marzo de 1930). “El clandestinismo”.
  12. El diario Santa Fe entrevistó en 1926 a un “exagente de policía” que marcaba esta diferencia claramente: “En la época de los que yo les hablo, nos dijo, había muy pocos individuos que se dedicaban a la explotación de mujeres. El comercio inmoral no digo que no se haría, pero todos se cuidaban bien de que nadie lo conociera […]. Está visto, dijo, que a medida que todo progresa también los que no quieren trabajar viven hasta del delito. Días atrás, nos afirmó, hice un viaje a Rosario y en un barrio donde tengo una hermana a quien fui a visitar, me encontré con un hombre que antes hacía su ‘agosto’ aquí […]. Era galán sin nombre y hay que ver qué actuación tuvo cuando estaba la ‘Cantina’ vieja, donde hoy se levantan fuertes casas de comercio en calle San Jerónimo y luego en viejo Jardín de Italia”. Santa Fe (1 de febrero de 1926). “Hablando con la gente humilde”.
  13. El Orden (1 de agosto de 1928). “Una comisión de Barrio Oser rinde cuentas”.
  14. Santa Fe (31 de octubre de 1919). Juegos vicio, alcohol!”.
  15. El Liberal (7 de enero de 1915).
  16. El Liberal (10 de diciembre de 1915).
  17. Santa Fe (31 de octubre de 1914). “Represión del alcoholismo”.
  18. Santa Fe (30 de mayo de 1917).
  19. Santa Fe (14 de diciembre de 1917).
  20. Llegó a cuestionarse la política prohibicionista como herramienta pública. El mismo diario Santa Fe, que en los años 20 tomó más enfáticamente la denuncia del avance del consumo de alcohol, postulaba: “La oposición prohibicionista-antiprohibicionista es una importación de EE. UU.” Además, afirmaba que, en Argentina, la cuestión “se [superaría] culturalmente, no legislativamente y que querer imponer eso [era] querer imitar a Norteamérica”. Santa Fe (7 de julio de 1920).
  21. Archivo Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Biblioteca Tomás Navarro Navarro, Madrid. Catalán, Emilio (1923). Un proyecto de ley argentina sobre reformatorios para alcoholistas. Buenos Aires: Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional.
  22. Santa Fe (24 de febrero de 1921).
  23. Santa Fe (6 de marzo de 1918). “El alcohol electoral.
  24. Santa Fe (24 de octubre de 1916). “Liga antialcohólica”.
  25. Santa Fe (25 de septiembre de 1918). “En contra del alcoholismo”. Santa Fe (25 de septiembre de 1918). “La crisis y el alcohol”.
  26. Santa Fe (1 de febrero de 1926). “El alcoholismo y sus consecuencias”.
  27. Santa Fe (1 de febrero de 1926). “El alcoholismo y sus consecuencias”.
  28. El Orden (8 de marzo de 1930). “La policía se ensañó con un ebrio indefenso”.


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