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A modo de cierre…

Para educar se precisa llenar de sentido y renovar el entusiasmo por el cual apostamos a nuestra profesión docente. Si bien consideramos que la educación se desenvuelve en el terreno práctico (arte educativo), requiere de marcos teóricos sólidos que le permitan dar razón sobre qué es la educación y cómo se educa, partiendo de considerar como primer presupuesto quién es el sujeto digno de tal solicitud, es decir, el hombre. Todos estos interrogantes guían la búsqueda constante del docente y establecen pautas para educar.

Para educar reclama la pregunta genuina sobre “para qué educamos”, interrogante crucial que, tanto ayer como hoy, interpela a todo aquel que se quiera acercar con seriedad a la noble tarea educativa y que Francisco Ruiz Sánchez intentó dilucidar en sus distintas obras. Repensar la educación es descubrir su razón de ser o, en otras palabras, comprender su sentido más profundo, mediante la búsqueda de las causas que la sustentan.

Desde este análisis de Francisco Ruiz Sánchez que hemos realizado, hasta ahora la presentación más exhaustiva de su pensamiento pedagógico, se ha intentado redescubrir y sistematizar sus escritos —libros, revistas académicas y científicas, apuntes de clases, artículos periodísticos, manuscritos, etc.— en distintas categorías de análisis que dan cuentan de su sólido pensamiento. Hemos intentado superar la mera exposición de las ideas a fin de dar el salto hacia su análisis e interpretación —por ejemplo, se establecieron periodos dentro de su tematización sociológico-educativa, se constituyeron los puntos de partida y llegada con respecto a determinados conceptos, se analizó la evolución de los mismos—, dando cuenta de una forma inédita de abordar su propuesta teórica.

En tal sentido, el concepto de subalternación de las ciencias, como categoría que posibilita el diálogo entre las distintas disciplinas y la Pedagogía, ha significado (a nuestro juicio) una forma novedosa de analizar las relaciones interdisciplinares mencionadas dando un sustento a la disgregada actitud disciplinar que vivimos hoy en materia educativa.

Por su parte, hemos podido concluir que, ciertamente, el pensamiento de Francisco Ruiz Sánchez presenta aportes sustantivos y originales que podrían enriquecer la reflexión educativa actual. Entre ellos, destacamos los siguientes: su conceptualización del hecho educativo, la descripción minuciosa de las dimensiones del hombre y su ordenación a la unidad, la tematización de la dinamicidad de la persona, la falibilidad y la perfectibilidad, y el orden como constitutivo de la finalidad educativa. Si bien se podrían agregar otros aspectos, estos se destacan preponderantemente.

Rescatamos que el autor trata de estudiar al hombre desde todos los puntos de vistas posibles, en cuanto en su educación intervienen variados aspectos que, de hecho, son susceptibles de un estudio pormenorizado desde cada disciplina. Es a partir de estos aspectos que intenta realizar un examen de aquellas características que fundan el hecho educativo. De esta manera, hace explícitos los errores contemporáneos más comunes en materia educativa que residen en abordar la interpretación del hombre desde un solo aspecto, negando su complejidad y unidad antropológica. Asimismo, vale aclarar, el autor se aleja de una visión antropológica estática, que a modo de vidriera ve al hombre en su integridad, pero desoyendo su aspecto dinámico, error que se advierte, muchas veces, desde un supuesto realismo pedagógico.

En efecto, el concepto de dinamicidad en el hombre le permite, luego, tematizar la plenitud dinámica como fin de la educación. Implica entender al hombre como ser vivo (en movimiento hacia…) que posee un movimiento interior por su naturaleza como principio intrínseco y hacia afuera para alcanzar los bienes que lo actualizan y lo perfeccionan. El carácter dinámico que observa en el hombre, favorece su formulación de los fines de la educación como ser vivo, como ser hacia la perfección (homo viator), como ser que “se” perfecciona.

Las categorías de perfectibilidad y falibilidad cobran en el pensamiento educativo del profesor mendocino una conceptualización propia. La falibilidad sustenta la necesidad de educación como “auxilio” y su finalidad. Este concepto atraviesa su obra y se evidencia en: la imperfección del hombre, la ignorancia, la posibilidad de errar, la multiplicidad y oposición de las tendencias, la debilidad de la voluntad, la indeterminación del proceso dinámico perfectivo, la libertad falible y la conjugación de todos estos factores, y su proyección a las esferas de la actividad humana. Desde allí discute algunos de los supuestos que fundamentan las teorías contemporáneas de la educación (por ejemplo, el naturalismo pedagógico planteado por Rousseau).

Por su parte, el concepto de perfectibilidad se muestra también como distintivo ya que sin él cae el edificio de la propuesta educativa. En contraposición con teorías pedagógicas en boga, la perfectibilidad posibilita comprender el llamado a la plenitud, que no se alcanza por el mero desarrollo natural de las potencias. La actualización de las potencias propias del hombre (la inteligencia y la voluntad) exige objetos perfectivos. Por ello, su planteo se formaliza como una teoría perfectiva de la educación que se vertebra a partir de la meta de ayudar o auxiliar al hombre a alcanzar los bienes que le convienen. La perfectibilidad funda, entonces, el carácter educable del ser humano.

Rescatamos, además, el concepto de orden que es otra formulación original del autor, en cuanto fin total de la educación subordinado a la plenitud dinámica. Se tematiza desde la categoría de orden estable, el cual implica tres aspectos. En primer lugar, el orden desde el interior ad extra (hacia afuera), que refiere a una ordenación intencional vivida de la persona con respecto a lo que está más allá de ella, es decir, con lo que entra en relación. En segundo lugar, la formación que se relaciona con la sabiduría práctica, es decir, saber vivir bien, en el sentido perfectivo; esta implica, a su vez, seis aspectos fundamentales: 1) la mentalidad adecuada; 2) la docilidad o disposición activa de apertura espiritual; 3) la capacidad de juicio crítico objetivo; 4) la comprensión del sentido de la propia vida en cada dimensión relacional y con respecto a su totalidad; 5) la capacidad de prescripción recta; y 6) la conciencia moral verdadera, recta y cierta. En tercer lugar, este orden se presenta como orden interior, que incluye en el orden de la intención: la libertad interior, la posesión de sí y, por último, la ordenación del dinamismo interior interpotencial o estructuración deliberada de la unidad interior.

En definitiva, este ordenamiento de la interioridad y de la conducta, de lo externo e interior del sujeto, tiende a lograr la unidad perdida o no lograda por completo en el hombre debido a la falibilidad, unidad que es posible en vistas a la plenitud que reclama. Este proceso de unificación interior se traduce en hábitos perfectivos y estos, en actos correctos. Pues, el hombre es una unidad rota, es decir, en sí mismo es una totalidad que mediante el ejercicio de sus operaciones, esto es, la actualización de sus potencias busca su propia perfección. La educación viene a ser la tarea que trabaja en pos de la unidad del hombre, unidad cuya necesidad ha quedado manifiesta en el hecho de la falibilidad, cuya apetencia constante mantiene a las potencias del hombre en estado de latencia hacia la perfectibilidad.

La plenitud dinámica, conceptualización propia del autor y piedra de toque de su planteo, le permite al hombre autoconducirse libre y rectamente en todas las líneas de conducta hacia bienes perfectivos, es decir, es un estado ordenador del ser humano que viene a completar su naturaleza. Desde este ordenamiento la educación adquiere un sentido direccional. En efecto, reconocer que el hombre ab initio no se encuentra ordenado lleva, nuevamente, a desconfiar de aquellas posturas naturalistas que reclaman una adaptación total y sumisa a las inclinaciones.

En suma, el pensamiento educativo de Francisco Ruiz Sánchez presenta aportes sustantivos —conceptos, categorías de análisis, argumentaciones, etc.— que enriquecen, sin lugar a dudas, la reflexión educativa actual.

Asimismo, la concepción pedagógica del autor presenta diferencias y matices relevantes acerca de los fundamentos y fines de la actividad educativa respecto de la tradición pedagógica realista, entre los que consideramos —como parte de su tradición inmediata, esto es, los aspectos más importantes— el concepto de pedagogía, el de subalternación de las ciencias, la comprensión del hombre como todo, el concepto de persona, la dinamicidad en el hombre, la perfectibilidad, la concepción del hombre como parte social, el problema moral, los actos humanos, los hábitos perfectivos, los fines del hombre y el fin de la educación en relación con el status virtutis de Tomás de Aquino, según hemos analizado.

El aspecto que estimamos problemático en la propuesta educativa del autor dice relación con el cómo se educa. Si bien se abocó a dilucidar un concepto de educación, de sus fines y de su fundamentación —en cuanto se nutre de las tres disciplinas subalternantes de la Pedagogía (Antropología, Sociología y Ética)— no brinda herramientas al educador sobre cómo acercar, por ejemplo, al educando a la plenitud. De Bona (2005, 2011) formula un señalamiento semejante en otros términos al aludir a su descuido de las particularidades históricas del educando.

Sin embargo, como hemos visto, en Francisco Ruiz Sánchez no había un desconocimiento de la importancia del plano existencial, sino un propósito diferente que explica toda su obra y la pone en valor: argumentar consistentemente, dar razones, demostrar, para educar y formar al educador en los principios últimos y, por ello, primeros de su labor pedagógica.

De todos modos, consideramos que una visión realista de la educación no debe quedar en un plano meramente especulativo. Desde este espacio gris, hemos avanzado nosotros hacia una resignificación actual de su pensamiento mediante la propuesta de la pedagogía del sentido, acercándonos a una apuesta práctica desde la motivación perfectiva[1]. Este tema, a modo de perspectiva a investigar, pone en el centro de la atención las motivaciones de los educadores en la actualidad, sus valoraciones y apreciaciones respecto a las ideas que sustentan su accionar docente; tema que, ciertamente, en nuestra contemporaneidad se torna problemático.

Para concluir, destacamos que el pensamiento del autor se abocó a fundamentar y reflexionar sobre el fin de la educación. Así como decíamos, con el maestro Sócrates al comienzo de la introducción: una vida que no ha sido reflexionada no merece ser vivida, podemos afirmar a esta altura, que una educación que no es pensada en su sentido o razón de ser, no merece ser puesta en obra. Ayer como hoy, estos temas calan en lo profundo de la tarea pedagógica y nos interpelan como educadores sobre su irrenunciable sentido y los aspectos indispensables que se precisan para educar.


  1. Se consolida así el esquema de toda teoría verdaderamente realista de la educación: a quién educo, qué es educar, cuál es su finalidad y cómo educo.


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