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Prólogo

La ciencia del sabio crece como una inundación;

y su consejo es como una fuente de vida. (Ecl. 21, 24).

Accedí muy honrada a hacer el prólogo de esta obra. Muy especialmente por mi familiaridad y cariño por el pensamiento del autor de que se trata: Francisco Ruiz Sánchez, a quien le aplico las palabras del epígrafe. Lo conocí en el año 78 y lo vi una sola vez, pero ese día me regaló su obra Fundamentos y fines de la educación. Yo empezaba a dar clases de Filosofía de la Educación. Su conversación y la lectura de su obra fueron para mí un pilar importantísimo. Me ayudaron a ver el eslabón entre una visión metafísica de la educación y la práctica del aula. Al pedagogo mendocino le importa el hecho, el acto educativo, como lo destaca fuertemente la doctora Di Marco. Frente a él busca una fundamentación científica.

Fue un placer, entonces, responder a la invitación para asistir a la defensa de la tesis de María Elisa Di Marco y luego para hacer este prólogo.

Leí su texto en diálogo con ella, con Ruiz Sánchez y con los autores citados.

Esta obra tiene algo especial: una biografía del autor muy minuciosa, al mismo tiempo que un recorrido por la génesis de su pensamiento. Con fechas precisas. Es muy útil para comprender su itinerario y contextualizar sus afirmaciones, siempre en diálogo, confrontativo o no, con las situaciones sociopolíticas que vive, que lo motivan a pronunciarse.

La autora pone de relieve las preocupaciones más fuertes de nuestro autor y no se amedrenta ante las dificultades que no puede resolver. Pero las muestra, con humildad científica. Esto le da a la lectura un atractivo adicional; lleva a leer activamente.

Uno de los problemas discutidos del autor es la ubicación epistemológica de su pensamiento y el puesto de la Ciencia que trata sobre la educación ¿En efecto no lo resolvió? ¿O le interesaron más los problemas reales que la sistematización? Si pensamos en su maestro, Guido Soaje Ramos, este nunca llegó a plantear orgánicamente el problema de la Ciencia del Derecho, aún en su última época en la que abordó especialmente los aspectos metodológicos. Pero brindó todos los elementos para que pudiéramos hacerlo. Y, si se le hubiera interrogado al respecto, hubiera respondido sin titubear que la ciencia del Derecho es la Filosofía del Derecho. Él hizo un esquema (el del cono invertido) para explicar los planos de la Ética, que creo sigue Ruiz Sánchez, sin mencionarlo explícitamente (que yo sepa), en varios puntos. Por ejemplo, en el desglose de los fines de la educación. Por mi parte, he utilizado la mencionada representación para conceptualizar la Ciencia de la Educación, saber que se constituye desde la explicación por las causas próximas del hecho educativo hasta las causas más remotas (o primeras), teóricas y fundamentales, de la Metafísica y la Teología de la Educación. Cuarenta años después, creo que la epistemología actual, los nuevos estudios y realidades que se presentan, nos han urgido y han posibilitado el atrevimiento para ensayar nuevas hipótesis, a partir de las raíces que nuestros maestros han plantado.

El libro que presenta la doctora Di Marco lo titula: Para educar. Aportes desde la pedagogía de Francisco Ruiz Sánchez.

Divide su obra en nueve capítulos, con una introducción y un cierre. En el primero de ellos plantea la biografía minuciosa, comentada y contextualizada del autor. Muestra su comprometido catolicismo, su amor a la patria y su rol de educador ejemplar en los más diversos ámbitos: familia, escuela, universidad, sociedad política. Y su convicción de que es la educación quien puede garantizar una buena vida en común. También destaca cómo su pluma siempre está, diligentemente, puesta al servicio de la causa de la verdad en los más variados medios.

Cada uno de los capítulos trata los temas que preocuparon a nuestro autor: el hecho educativo, su fundamentación, y muy especialmente su gran preocupación, la teleología de la educación. La autora trata detenidamente este punto, que creo es una de las originalidades más importantes de nuestro autor: el desgranamiento de los fines, desde el fin del hombre, al que se subordina el fin de la educación, la original y completa Plenitud dinámica, hasta el objetivo de una clase concreta. Este desgranamiento garantiza la unidad y el orden del proceso educativo.

Otro punto de considerable extensión, congruente con la originalidad y fuerza que tiene en Ruiz Sánchez, es el tratamiento de la condición de falibilidad y perfectibilidad del hombre; como así también, el de la fundamentación de la educabilidad. Es uno de los puntos tratados por nuestro pedagogo con creatividad y prolijidad.

La autora no sólo expone los temas que aborda Ruiz Sánchez sino que individualiza el lugar exacto en que este lo hace. Y pone su pensamiento en diálogo con autores contemporáneos.

El modo de tratar cada capítulo favorece la lectura: adelanta el tema, lo argumenta y expone, y hace la síntesis.

El último capítulo del libro se denomina Derivaciones. Aquí la doctora Di Marco se atreve a dar un paso más: propone una Pedagogía del sentido, pedagogía que busca dilucidar la razón última de la educación, en qué dirección debe ir. Relaciona este concepto con una teoría sobre la motivación perfectiva que, como lectores, esperamos ávidamente más noticias acerca del tema, que promete riqueza.

En resumen, esta obra constituye la presentación más exhaustiva del pensamiento pedagógico de Ruiz Sánchez.

Comparto con la autora mi admiración respetuosa hacia el autor. Para mí fue un “antes y un después”.

Mis alumnos en la Universidad hoy, después de haber visto el pensamiento de este autor, leer y comentar sus textos, preguntan: ¿Por qué se trata solamente en esta materia? ¿Qué podemos leer sobre él? Hoy tengo, felizmente, una respuesta segura: Para educar, de la doctora María Elisa Di Marco.

 

Graciela B. Hernández de Lamas

Buenos Aires, 30 de mayo de 2021



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