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8 Escritos políticos en tiempos de urgencia

Una revisión de Estado, poder y socialismo de Nikos Poulantzas

Paula Abal Medina


Quisiera agradecer especialmente a Oscar Moreno, José Seoane, Rodrigo Pascual por las observaciones generosas y lúcidas realizadas a una versión preliminar del presente artículo. Todos ellos integran el colectivo de trabajo de la cátedra Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo (UBA) desde la cual se proyectó y sostuvo la escritura del presente libro. También a Maristella Svampa quien realizó numerosas sugerencias bibliográficas. A algunos colegas y amigos que me facilitaron materiales como Cora Arias, Pablo Míguez y Nicolás Diana. Finalmente a Mabel Thwaites Rey por su inspirador trabajo de investigación tan emparentado con lo que aquí debato, asimismo por la generosidad con la que compartió un artículo que citamos en la bibliografía antes de su publicación.  De aquí en adelante EPS.


Introducción

 Estado, Poder y Socialismo de Nikos Poulantzas se publica en 1978, justo un año antes de su muerte en Francia. La escritura es de urgencia, como lo advierte su propio autor en las primeras páginas: “la urgencia que se encuentra en el origen de este texto concierne, ante todo, a la situación política en Europa”.[1]

Afirmará además que es esa temporalidad específica de los setenta la que impide a la teoría quedarse en su torre de marfil; si nunca, “hoy menos que nunca”[2]. Se trata de apurar la teoría para un tiempo, político y subjetivo, sin tiempo.

La larga década de luchas sociales y políticas iniciada en los sesenta es la cadencia específica de su época de mayor producción teórica; la que abarcó procesos tan heterogéneos como la crisis de la URSS, luego de la muerte de Stalin, el movimiento de liberación afroamericano, la revolución cubana, el movimiento hippie, el mayo francés, el otoño caliente italiano, las luchas estudiantiles, los diversos movimientos de liberación nacional y de lucha contra la colonización.

Pero EPS está escrito también en la víspera de un rotundo cambio de época; cuando se gestaba el neoliberalismo como proyecto de “destrucción metódica de los colectivos”[3], como respuesta política de las clases dominantes globales para disciplinar y restaurar los parámetros de explotación, luego del ciclo de luchas que tuvo lugar en los sesenta y setentas.[4]

Fechar un proceso histórico es siempre arbitrario, sin embargo el período que va de 1978 a 1980 suele ser considerado, en la literatura europea, como un punto de inflexión, mencionándose los primeros pasos hacia la liberalización económica en China en 1978; la drástica transformación de la política monetaria de los EE.UU. definida por Paul Volcker en julio de 1979; el triunfo de Margaret Thatcher en Inglaterra, y, en 1980, el de Ronald Reagan en EE.UU. Camino de servidumbre[5], ideología marginal durante la posguerra, se transforma en credo de la nueva etapa. En América Latina, el neoliberalismo había emergido unos cuantos años antes con terrorismo de Estado: tal es el caso de Pinochet en Chile y Videla en Argentina.

Posiblemente es su condición desesperada la cualidad distintiva del contexto de producción de EPS; un libro muy alejado del “abstraccionismo” por el que fuera criticado su autor años antes, ahora fusionado con su realidad histórica y, también, vislumbrando el ocaso. Escrito en el vértice en el que se asoma lo que Macciocchi ha llamado “la disolución de las escuelas” para ilustrar el transcurrir del mundo académico francés en el inicio de una década de profunda deslegitimación del marxismo como teoría social y filosofía de la praxis[6] por parte de los nouveaux philosophes: “El 1980 fue el año de las Universidades Derribadas, de las Escuelas Pulverizadas. De los libros mezclados con escombros y ladrillos.”[7]

La dirigente del PCI se corrige, todo había comenzado, en realidad, en octubre de 1979 con el suicidio de Nikos Poulantzas: “Nikos, cuarenta y tres años, griego, escapado del régimen de los coroneles, convertido en el alumno predilecto de Althusser, después filósofo marxista y estudioso del Estado Moderno (…) Nikos era joven, robusto, de alto cuerpo estatuario, y, sin embargo, había sido el primero en quebrantarse bajo el destino de derrota, que él enlazaba con la descomposición de la Unión de la Gauche (…) Había vivido de forma dolorosa el declive de una esperanza política que coincidía con la destrucción del mundo al que pertenecía.[8]

No resulta sencillo trazar en esta escritura algunas de las relaciones entre sus posiciones políticas y la historia. En su propuesta de “socialismo democrático”, desarrollada en EPS, y en algunas entrevistas de esos años, da cuenta de la desazón que aún se aletargaba en el ánimo de los intelectuales marxistas como consecuencia de la experiencia soviética. Registro redundante en testimonios de entonces, aunque también incompleto: una dilemática singular tensionará los debates de muchos de estos intelectuales delatando aquella desazón pero también el sinuoso ejercicio de diferenciación con las socialdemocracias europeas.

Estalinismo y Socialdemocracia son entonces los nombres que condensan las amenazas de aquel momento y los esfuerzos diversos de diferenciación. Pero dicha dilemática incluye, además de esas dos certezas, ciertos interrogantes, con respuestas disímiles, relativa a los acontecimientos de finales de los sesenta (“el 68” en su designación hegemónica): ¿otros sujetos políticos?, ¿nuevos movimientos sociales?, ¿redefinición de articulaciones y bloques? Recientemente en Francia, al cumplirse cuarenta años de este acontecimiento, la discusión se vio reavivada. Por ejemplo, se hizo referencia a los “dos mayos del 68”[9]. En definitiva la tan reiterada fórmula “las estructuras no salen a las calles” no sólo tradujo la crítica a cierto estructuralismo sino además una polémica sobre la raíz de clase de aquella conflictividad.

En términos teóricos, EPS representa un giro importante respecto de Poder Político y Clases Sociales, aquel que, como es analizado en otro artículo de este libro[10], puede considerarse el libro más althusseriano del autor. Aquí se coincide con Stuart Hall cuando afirma que, pese a la crítica virulenta que Poulantzas realiza a Michel Foucault, la influencia de este autor es importante en su reelaboración de una concepción del Estado capitalista. También es insondable la distancia que los separa, Poulantzas es un intelectual marxista y ello significa que las clases sociales poseen total ubicuidad en su perspectiva. En segundo lugar, su parcial distanciamiento del estructuralismo althusseriano también se evidencia en la gravitación que adquieren en su análisis las relaciones de fuerzas, las luchas de clase y el conflicto social. La mayor centralidad y el carácter dinámico otorgado a la perspectiva relacional son centrales en el momento de definir el proceso de intelección del vínculo entre Estado y clases sociales.

El denominador común que posibilita ubicar la concordancia entre las posiciones políticas de Nikos Poulantzas y las perspectivas teóricas de EPS es el abordaje relacional. Se destaca de esta forma la meticulosidad con la cual estudia el Estado o la democracia, en momentos históricos específicos, como resultantes de relaciones sociales entre clases y fracciones de clase. De esta forma discute la asimilación de la democracia representativa con la democracia burguesa y, también, la del Estado como simple instrumento de dominación de la burguesía. Ambos son formas resultantes de una condensación específica de relaciones de fuerzas entre clases y fracciones de clase. Las consecuencias políticas de este enfoque son sumamente ricas y, por este motivo, proponemos otorgarles centralidad en este trabajo.

El presente artículo ensaya dos recorridos para desembocar en unas reflexiones finales que intentan rescatar la actualidad de los debates de una época signada por el carácter revelador que acompaña a las temporalidades urgentes. Historia, Política y Teoría –sus intersecciones y ‘colisiones’– son abordadas en ambos recorridos del siguiente modo: en el primero, reflexionando sobre la complejidad política y conceptual contenida en la propuesta de articulación de socialismo y democracia. En este marco nos centramos en la singularidad poulantziana pero situada históricamente en lo que se denominó el eurocomunismo. El segundo recorrido, analiza el sentido del desplazamiento del autor greco-francés en EPS reflexionando sobre la influencia foucaultiana en su perspectiva relacional y su abordaje del poder. Esta vez las preocupaciones se inscriben en los confines de los sesentas en tanto momento de visibilización de otros sujetos, espacios, luchas y resistencias.

Apuntes para pensar el socialismo democrático
de Nikos Poulantzas

El desarrollo de la política de izquierda amenaza con socavar las relaciones que conciernen a la seguridad y a las políticas de defensa sobre las que ha sido edificada la Alianza (atlántica). Y ese desarrollo no dejará de afectar a las relaciones entre Europa occidental y los EE.UU. En Italia, España y Portugal, y tal vez en Francia, asistimos al crecimiento de la influencia de los partidos comunistas, y nos planteamos la cuestión de saber qué hacer. Declaraciones de Henry Kissinger en un encuentro de embajadores americanos en Europa, diciembre de 1975.

La temporalidad específica de Estado, Poder y Socialismo no puede comprenderse sin referir a los debates políticos y conceptuales que en los setenta proliferaron en especial en la Europa Latina –bajo el nombre de eurocomunismo- entre dirigentes e intelectuales de los partidos comunistas. El epígrafe pretende ilustrar la influencia que estas experiencias y debates tuvieron entonces, pese a su corta vida y su derrota política palpable en la virulencia que contenía el neoliberalismo como específico histórico del capitalismo global, ya a principios del 80. Como lo afirma Hobsbawm en 1983: “La situación de la izquierda en Europa es en la actualidad tan poco alentadora que es conveniente comenzar recordando los logros esenciales que tiene en su haber desde principios de la década de 1970.”[11]

La reflexión más desarrollada de Poulantzas sobre esos debates se encuentra contenida en aquel libro bajo el nombre Hacia un socialismo democrático. Es, sin duda, la articulación del Socialismo y la Democracia el desafío que protagoniza el debate de la izquierda europea en aquel entonces. Esa articulación es problemática, compleja, puede adquirir múltiples formas; sin embargo es, para muchos exponentes del eurocomunismo, imperativa. Es la evaluación crítica de la experiencia estalinista la que transformó esa articulación en indispensable. En esta sintonía recuperamos la afirmación poulantziana: “el socialismo será democrático o no será tal (…) lo que es más: ser optimista en lo que respecta a la vía democrática al socialismo no equivale a considerarla como una vía regia, fácil y sin riesgos. Los riesgos existen, pero hasta cierto punto, desplazados: como máximo, los riesgos serían que nos encaminásemos hacia los campos y las matanzas, siendo ya sus víctimas designadas. A esto respondería que, riesgo por riesgo, es preferible esto de todas formas que matar a los demás para terminar nosotros mismos bajo la guillotina de un Comité de Salvación Pública o de cualquier dictador del proletariado”.[12]

Las marcas subjetivas, patentes en la cita transcripta, se reiteran entre los y las dirigentes de los partidos comunistas europeos en sus diversas declaraciones e intervenciones políticas, también en las producciones de carácter más académico. Las marcas temporales son también, como en EPS, de urgencia.

La coyuntura desencadenada a partir de 1956, entremezcla miméticamente vidas personales, trayectorias políticas e intelectuales. Autocríticas, relatos biográficos, el uso de la primera persona del singular y el plural protagonizan las diversas escrituras. En su libro, La crisis del movimiento comunista, Fernando Claudín narra: “El año 56 fue para mí, como para tantos otros comunistas, el comienzo de la ruptura con una confortable y optimista representación del estado y las perspectivas de nuestro movimiento (…) Las revelaciones del “informe secreto” de Jruschev y las sublevaciones de los proletarios e intelectuales húngaros y polacos contra el sistema estaliniano destruyeron de golpe esa representación confortable y optimista. Y sobre sus ruinas se alzaron inquietantes signos de interrogación. Entre ellos, uno que englobaba todos los demás: ¿Qué marxismo era el nuestro –en su doble vertiente teórica y práctica– que, en lugar de servirnos para descifrar la realidad, nos la ocultaba y mistificaba? En mi caso, la respuesta a este interrogante capital fue abriéndose paso a través de un largo y penoso ajuste de cuentas con veinticinco años de educación estaliniana, y de sucesivos conflictos en el seno de la dirección del Partido Comunista de España (a la cual pertenecía desde 1947)”.[13]

En primer lugar, se puede decir que el “eurocomunismo” nace de la frustración soviética; por eso es ésta la referencia, a veces silenciosa, en general audible, de todas sus formulaciones. En segundo lugar, es también importante destacar que el proceso de desestalinización referido no es sencillo, lineal ni unívoco; la dependencia de los partidos comunistas europeos con el PCUS[14] era (como resulta evidente en el testimonio de Claudín) demasiado potente; por lo tanto ese proceso es más bien oscilante y contradictorio. Motivo por el cual Claudín decide abandonar el Partido Comunista Español denunciando que “el eurocomunismo existe pero conserva muchos cordones umbilicales con el estalinismo”. En tercer lugar, se puede destacar que, a medida que maduraban y se precisaban las formulaciones sobre qué debía ser el eurocomunismo, también las experiencias de las socialdemocracias exigían nuevos esfuerzos de diferenciación. El énfasis en la “democracia”, surgido de la contraposición con el estalinismo, tenía un efecto indeseado en especial para el “ala izquierda” del eurocomunismo y acarreaba el peligro de “adaptación” al sistema capitalista.

La dilemática específica del eurocomunismo se inscribe en la tenue alternativa de cómo alejarse de una experiencia histórica (el estatismo autoritario soviético) sin dirigirse hacia otra tanto o más repudiada histórica e ideológicamente. La una porque había clausurado un horizonte democrático; la otra porque había claudicado el proyecto revolucionario.

 Ahora bien: ¿qué significó el replanteamiento de esa articulación (entre socialismo y democracia) para los eurocomunistas, y más específicamente para Poulantzas? ¿Cuáles son los principales contenidos de sus debates? ¿Cómo se replantea la concepción misma de democracia para que se vuelva “compatible” con el proyecto socialista?

Los principales debates de los eurocomunistas se concentran en tres núcleos sustantivos: (1) la forma de concebir la democracia; sus posibilidades de articulación con el socialismo; (2) la temporalidad de la transición al socialismo; (3) los sujetos del proyecto de transformación social.

Si los dos primeros núcleos son consecuencia de los diversos posicionamientos frente al dilema estalinismo-socialdemocracia; el último se vincula con las particularidades del desarrollo capitalista en Europa como consecuencia de la transformación de la composición de clase y la emergencia de “nuevos movimientos sociales”. En el presente apartado se hace referencia central al primer núcleo, aunque se alude al segundo vinculado con la temporalidad de la transición. El tercero será abordado más adelante a propósito del “diálogo-discusión” entre Poulantzas y Foucault.

A continuación, se intenta acercar elementos a los interrogantes referidos, singularizando la tonalidad de la propuesta política de Poulantzas en el marco del debate eurocomunista y la “vía democrática de transición al socialismo”.

La concepción de democracia es, posiblemente, el tema más controvertido y neurálgico del eurocomunismo. Las divergencias sobre las formas de reelaborar dicha concepción son, sin duda, importantes. Aquí se coincide con quienes advierten la existencia de un “ala derecha” o “comunismo liberal” y un “ala izquierda” entre los eurocomunistas.[15] Quizás es conveniente destacar, antes de avanzar en este análisis, que aquí se rescata, lo que se puede definir como el momento gestacional del eurocomunismo, aquel que ejercitaba interrogantes, planteaba problemas, dirimía una alternativa a lo existente. Su devenir lo acercó más a una experiencia frustrada en la cual predominó un simple e incuestionado aggiornamiento a las democracias burguesas.

Ahora bien, focalizando en esos momentos iniciales, la principal tesis sería la siguiente: la democracia histórica vigente en las sociedades europeas no debe ser concebida como “democracia burguesa” sino que la misma es la resultante de la lucha de clases y, por ello, hasta cierto punto, es también el producto de las luchas y las conquistas de los sectores subalternos. Por este motivo, lejos de las formulaciones leninistas[16] que enfrentaban revolución con democracia representativa –sintetizada por ejemplo en la ilustrativa consigna política formulada por Lenin: “papeleta electoral o fusil”–, los eurocomunistas retoman las posiciones de Rosa Luxemburgo en su análisis crítico de la Revolución Rusa. “Como marxistas nunca fuimos fanáticos de la democracia formal”, escribe Trotski (…) Que nosotros no fuimos nunca fanáticos de la democracia formal, sólo significa lo siguiente: siempre hemos distinguido el núcleo social de la forma política de la democracia burguesa, siempre supimos ver la amarga semilla de la desigualdad y de la sujeción social que se oculta dentro de la dulce cáscara de la igualdad y la libertad formales no para rechazarla, sino para incitar a la clase obrera a no limitarse a la envoltura, a conquistar antes el poder político para llenarlo con un nuevo contenido social. La tarea histórica del proletariado, una vez llegado al poder, es crear, en lugar de la democracia burguesa, la democracia socialista, y no abolir toda democracia.”[17]

A modo de breve digresión del hilo argumental se hace necesario aclarar el sentido del fragmento citado. El mismo no es una crítica descalificatoria de la revolución de octubre; por el contrario, partiendo de una reivindicación de dicho acontecimiento, Luxemburgo intenta visibilizar sus límites y tensiones vinculados con la primera guerra mundial, la ocupación alemana y la realidad económica y social rusa: “sería pretender cosas sobrehumanas de Lenin y sus compañeros exigirles, en tales circunstancias, que sepan crear como por encanto la mejor de las democracias, la más ejemplar de las dictaduras proletarias y una economía socialista floreciente. Con su decidida actitud revolucionaria, su energía ejemplar y su fidelidad escrupulosa al socialismo internacional, ellos hicieron verdaderamente cuanto podía hacerse en una situación tan diabólicamente difícil. El peligro comienza en el momento en que, haciendo de la necesidad virtud, cristalizan en teoría la táctica a la que se vieron arrastrados por estas fatales circunstancias”.[18]

Resulta interesante destacar la revalorización del pensamiento de Rosa Luxemburgo entre los eurocomunistas y ello dejando ahora de lado la pretensión de hacerla polemizar con Lenin y la Revolución Rusa más allá de lo que, se entiende, correspondería a una lectura cuidadosa de sus escritos.

Poulantzas comparte esta reivindicación de la dirigente y pensadora alemana: “la primera crítica, correcta y fundamental, a la revolución bolchevique y a Lenin, fue la de Rosa Luxemburgo (…) Hace falta volver a leer La Revolución Rusa.”[19]

En algunos casos más convencidos por contraposición a la experiencia soviética estalinista; en otros, más por la concepción de la democracia como producto de la lucha de clases, los eurocomunistas ubican en el centro de la escena el debate sobre la democracia.

Además de sintetizar en este punto el análisis poulantziano, interesa visibilizar también el de Cristhine Buci-Glucksmann. Entre uno y otro se ubica lo que puede destacarse como uno de los aportes más interesantes y actualizables del proyecto de socialismo democrático.

La fuerza conceptual del planteo de EPS reside en la aplicación del análisis relacionista a estas preocupaciones: las instituciones de las democracias durante el capitalismo son la resultante de relaciones de fuerza y no reflejos exactos de los intereses de las clases dominantes. Al igual que para pensar el Estado capitalista, Poulantzas rechazará tanto a quienes conciben la democracia como instrumento-creación de la burguesía, como a quienes la despojan de sus contradicciones para pensarla como “deseable” en sí misma. Es cierto que, en este caso, dado que se reflexiona más sobre la Revolución Rusa, encontramos especialmente fundamentada la crítica a la primera concepción: “Las instituciones de la democracia representativa y las libertades políticas son a menudo reducidas por Lenin (esto no sucedió nunca a Marx) a una pura y simple emanación de la burguesía: democracia representativa = democracia burguesa = dictadura de la burguesía […] Se quiera o no, la línea principal de Lenin fue originariamente […] la de una sustitución radical de la llamada democracia formal por la llamada democracia real, de la democracia representativa por la democracia directa llamada consejista. Lo que me lleva a plantear: ¿no fue más bien esta misma situación, esta misma línea (sustitución radical de la democracia representativa por la democracia directa de base) la que constituyó el factor principal de lo que sucedió en la Unión Soviética?”[20]

En este sentido, el problema planteado por Poulantzas radica en aquellas posiciones que despojan a la democracia representativa de su carácter disputado y subvaloran la “inscripción” en aquélla de luchas históricas de los sectores subalternos. En condiciones de profunda asimetría las clases subalternas han “moldeado”, de algún modo, esa institucionalidad burguesa. Por lo tanto, sostendrá Poulantzas, el socialismo no debe rechazar esa forma de democracia; sí proponerse su transformación. Por ello cuestiona la “sustitución radical” que pretendió Lenin en los inicios de la Revolución Rusa.

Se puede observar que es la perspectiva relacional la que posibilita esta comprensión específica de la democracia. Y como consecuencia de aplicar esta perspectiva al problema político en cuestión surge, además del rechazo a la tesis de la sustitución de un tipo de democracia por otro, una crítica a ciertos postulados de eurocomunistas que superficialmente analizados podrían ser asimilados a la posición de Poulantzas. Esto último en función de una consecuencia común a dos miradas divergentes: reivindicar la (algún tipo de) continuidad de la democracia representativa en el marco de una superación del capitalismo. Se verá en qué consiste esta posición no relacional.

En ciertos escritos eurocomunistas se evidencia que “democracia” y “dominación burguesa” aparecen como formas contrapuestas (no ya asimiladas como en Lenin). Como resultado de esa contraposición la democracia es concebida como conquista de las luchas populares en detrimento de la dominación burguesa. Para decirlo de otro modo: en los momentos en que la lucha de los sectores subalternos se intensifica, se “esparce” la democracia como forma de organización social y se retrae la dominación-coerción burguesa. Una suerte de movimiento de avance-retroceso entre dos formas puras, movimiento de suma cero. Este razonamiento, así postulado, posee ciertas consecuencias políticas, ya que las instituciones de la democracia tienden a ser reivindicadas sin cuestionamientos; éstos últimos se centrarán únicamente en la transformación de las instituciones represivas.[21]

Por el contrario de la perspectiva poulantziana que aquí analizamos se desprende, en principio, la necesidad de transformar las instituciones democráticas vigentes durante el capitalismo. Adoptar un punto de partida relacional significa que todo el proceso histórico, sus acontecimientos y resultados son inteligibles como “condensaciones” específicas de relaciones de fuerza. Por lo tanto, las instituciones de la democracia durante el capitalismo expresan contradicciones, tensiones y el antagonismo irreductible de la lucha de clases; de ellas emerge de forma variable una constante de la reproducción capitalista: la primacía de la burguesía.

En este sentido, una de las características centrales del planteo de Poulantzas en su propuesta de “socialismo democrático” es que la democracia representativa, el conjunto de sus instituciones, emergida y emergiendo de las relaciones de fuerza entre clases y fracciones de clases durante el capitalismo, debe ser transformada en su conjunto.

En segundo lugar, surge el problema de la articulación de la democracia representativa transformada con una democracia consejista, democracia directa de base, autogestionaria[22]. ¿Cómo articular estas dos formas de democracia de modo que logren enriquecer el proyecto de transformación social? Entendiendo que en cada una de ellas se ejercitan formas de existencia, modos de organización y constitución de relaciones sociales divergentes: “Cómo emprender una transformación radical del Estado articulando la ampliación y la profundización de las instituciones de la democracia representativa y de las libertades con el despliegue de las formas de democracia directa de base y el enjambre de los focos autogestionarios: aquí está el problema esencial de una vía democrática al socialismo y de un socialismo democrático”.[23]

Las dificultades para pensar esa articulación residen, justamente, en que en términos históricos, fueron formas alternativas cuando no antagónicas de relación social. Una nueva digresión se vuelve necesaria para destacar lo fértil que resultaría, para complejizar este planteo, la revisión de los escritos de Gramsci cuando se constituían en Italia –durante lo que se denominó el “bienio rojo” (1919-20)– los consejos de fábrica. En ellos, Gramsci reflexiona sobre las diferencias entre consejismo y representación, al analizar las funciones del partido, el sindicato y los consejos de fábrica. Las particularidades de este debate ameritarían un desarrollo que no es posible realizar aquí. Simplemente queremos destacar la fecundidad de ligar estas discusiones dada la preocupación compartida (en tiempos, lugares y momentos políticos muy divergentes) de discernir lo singular de cada modo de organización social y las potencialidades que alberga su compatibilización. De esta forma, Gramsci ubicará al partido y al sindicato como instituciones nacidas de la democracia burguesa, ambas organizadas en base al principio de la representación; y, a los consejos de fábrica como formas alternativas. A partir de ello, fundará la gravitación que deberá tener el consejismo en un proceso de transformación revolucionaria. Caracterizará con precisión las diferencias entre representación y consejismo aludiendo a las formas de participación (indirecta por delegación, directa; respectivamente); el tipo de movimiento decisional (vertical, horizontal); el fundamento social (escisión de lo político y lo económico, la unión de ambos planos); los modos de existencia de lo político (abstracción de la serialidad, creación material de una colectivización política); el tipo de asociación (“voluntaria”-contractual, autónoma-revolucionaria); la forma de integración (determinada por la condición de miembro-afiliado en las instituciones representativas, por la de productor en los consejos); el tipo de estrategia ejercitada (defensiva, ofensiva); las formas del consentimiento (aritmético, morfológico).[24]

Poulantzas avanza menos en esta reflexión vinculada con la singularidad de cada forma (por ello la propuesta de revisar los escritos gramscianos) y mucho más en pensar las formas de articulación entre una y otra. Es decir que el punto de partida es que no existe una forma de articulación sino varias y que la forma adoptada es un elemento central del proyecto de socialismo democrático.

En este marco, el autor analiza dos modos de articulación ineficaces para el proyecto de socialismo democrático: los que coexisten de forma paralela y en relaciones de competencia disputándose la hegemonía del modo de ordenación social; y una segunda posibilidad en la cual una de las dos formas termina subordinándose a la otra y, por tanto, siendo integrada por la misma (en términos históricos ha tendido a ser subordinación del consejismo a la representación). Para Poulantzas, ni una forma ni la otra posibilitan una articulación que complemente estos principios organizadores.

 Con el objetivo de ilustrar y reflexionar sobre las formas de articulación del par representación-consejismo, Poulantzas alude tanto a experiencias históricas como a perspectivas teóricas. Entre las primeras, la experiencia soviética es, por supuesto, una de las reflexiones centrales que acecha el debate. Pero también alude a otras más contemporáneas como los casos de Chile y Portugal. Entre las perspectivas teóricas refiere a la tecnoburocrática y a la neolibertaria.

En este sentido, las situaciones de “doble poder”, que adoptan una coexistencia competitiva y entonces de oposición irresuelta entre ambas formas de organización social, pueden culminar en la irrupción violenta de la burguesía, como en el caso de la dictadura de Pinochet en Chile[25]. Cuando una de las dos formas posee primacía sobre la otra (por lo general la representación) el peligro de intervención de la burguesía adopta más bien la forma de “socialdemocratización” del proceso; resultando central la puesta en práctica de diversos mecanismos de cooptación e integración. En este sentido, un riesgo propio de la vía democrática al socialismo está dado por su temporalidad específica que es la que de algún modo amplía los márgenes y posibilidades de intervención o irrupción de la burguesía “en la medida que ya no se trata de la destrucción del aparato de Estado y su sustitución por el segundo poder, sino de su transformación en un largo proceso […] esto ofrece mayores posibilidades al adversario, bien para boicotear una experiencia de socialismo democrático, bien para intervenir brutalmente para ponerle término”.[26]

Las perspectivas teóricas cuestionadas son denominadas por el autor como tecnoburocráticas y neolibertarias. La primera alberga una “estatolatría” ya sea, en las muy distintas variantes, estalinista o socialdemócrata. Se define por la primacía del Estado y la subordinación de la autogestión y formas de democracia directa. El fundamento más reiterado es el de la complejidad del funcionamiento social, el requerimiento de expertos y especialistas.

La perspectiva “neolibertaria” es cuestionada del siguiente modo: “pero también de otra forma preconizada actualmente con bastante frecuencia: el único medio de evitar el estatismo sería situarse fuera del Estado, abandonar su propia transformación, dejar en lo esencial el Estado (este mal radical y eterno) tal como es y limitarlo simplemente desde el exterior mediante “contrapoderes” autogestionarios de base; en resumen, poner al Estado en cuarentena e impedir la propagación de su enfermedad aislando su foco […] El de un poder diseminado, desmenuzado y pulverizado en una pluralidad infinita de micropoderes exteriores al Estado, los únicos de los que valdría la pena ocuparse.[27]

Contrapoderes, también se podría agregar líneas de fuga y éxodos constituyentes; terminología específica de la perspectiva aludida por Poulantzas. En qué medida el origen de esta tradición puede encontrarse en Michel Foucault y rastrearse su influencia en pensadores diversos como Negri, Deleuze, Certeau y Holloway[28]. Ahondar en esta línea argumental llevaría un tiempo que desviaría en parte del objetivo de este artículo; sólo parcialmente será retomado en el próximo apartado cuando se haga referencia al “giro” hacia Michel Foucault que podemos encontrar en EPS. Sí se debe retener aquí lo siguiente: así como en el centro del eurocomunismo se asienta el problema de “cómo rebasar el límite estatista de la política” y, entonces, para decirlo de otro modo, “romper con la identificación de lo político con lo estatalista” (Buci-Glucksmann); Poulantzas ubica muy bien la reacción inversa a este planteo que hace de lo “estatal” el problema y en una suerte de reacción “fóbica” relocaliza lo político en ruptura absoluta con lo estatal.

A propósito de la temporalidad referida más arriba como “problema propio” de la vía democrática al socialismo, aunque ha sido menos analizada por Poulantzas, sí resulta central en otros planteos. Por ejemplo, Eric Hobsbawm en una entrevista publicada en la Revista Mexicana de Sociología en 1978 titulada El eurocomunismo y la lenta transición de la Europa capitalista afirma la necesidad de pensar la “posibilidad teórica de una transición a largo plazo, de una larga época de transición hacia el socialismo, más que rápida, dramática, resuelta en el momento de la toma de poder, del gran vuelco”.[29] En el mismo sentido, razona Paramio cuando afirma que la nueva estrategia consiste en “elaborar un proyecto que llevara al socialismo a través de un proceso gradual, de rupturas sucesivas”.[30]

En principio, el ritmo de la transición, ya analizado por Gramsci, ha sido siempre una preocupación al reflexionar qué estrategia política es adecuada a “Occidente”. El problema es cómo evitar que “gradualismo” se confunda con “reformismo”; de ahí la importancia de destacar la idea de “rupturas” que menciona Paramio para sintetizar la posición eurocomunista.

El desafío se concentra en la alternativa de la “complementariedad”: el problema es cómo complementar formas de organización social regidas por principios, relaciones y fundamentos de orden tan divergente cuando no contradictorio. Las preguntas que Poulantzas se hace, no para responder, pero sí para señalar y advertir sobre la complejidad que involucra esa forma de articulación, resultan ilustrativas de la riqueza del planteo: “¿Cómo evitar que la reducción a un simple paralelismo y yuxtaposición de cada uno sólo siga su propio movimiento? ¿En qué dominios, a propósito de qué decisiones, en qué momento, uno debe tener prioridad sobre el otro? ¿De qué forma prever la reglamentación de sus conflictos, hasta cierto punto inevitables, sin encaminarse, lenta pero seguramente, hacia una situación, efectiva o larvada, de doble poder precisamente?”[31]

Por tratarse de desafíos tan actuales e impulsados por la riqueza del planteo poulantziano se puede incorporar a esta discusión –de forma sintética tal cual fue realizado con ciertos escritos de Gramsci– cierta reflexión de Cristhine Buci-Glucksmann sobre el consentimiento. El objetivo es evidenciar algunos de los problemas contenidos en la problemática de la complementariedad de representación y consejismo.

Lo que algunos autores plantean recurriendo a una suerte de esencialización de los sectores subalternos[32], en tanto despojados de espíritu de lucha, es analizado por Buci-Glucksmann –en el fértil terreno de reflexión gramsciano– distinguiendo dos formas de consentimiento: pasivo e indirecto y activo y directo. Se puede ver cómo introduce la problematización en torno al consentimiento en el marco del proyecto de socialismo democrático: “Se trata, pues, de una cuestión política desde el momento en que en una vía democrática al socialismo, diferente de la socialdemocracia y del stalinismo, se encuentra planteado. Por consiguiente un socialismo diferente, capaz de articular dos pasos históricamente contradictorios: la transformación de la democracia representativa y la creación de nuevas formas de democracia de base (autogestión). Ahora bien, semejante instrumentación ¿no requerirá un nuevo enfoque del consentimiento tanto en el plano de la práctica política como de las instituciones?”[33]

Planteo muy adecuado el de la dirigente comunista francesa, dada la tradición de perspectivas jurídicas y sociológicas de saturar el sentido del consenso definiéndolo de forma unívoca. Tendencia reforzada al situar el concepto en contraposición a la coerción.

Por otro lado, el planteo citado permite cuestionar desde una perspectiva muy interesante el clásico problema de cierta teoría política que refiere a la “apatía de las masas”. En todo caso, se puede decir junto a Buci-Glucksmann, que es el tipo de consentimiento (indirecto, mediado, serial) que moviliza la representación, como forma de organización social de las democracias occidentales capitalistas, el que impide proyectar una transformación radical.

En este sentido, la propuesta es la de analizar y definir modos de consentimiento, es decir, formas de consentir y, en el marco del debate de un socialismo democrático es posible sostener que significa politizar las formas de consentir.

Consecuencias políticas de las proximidades y distancias
entre Michel Foucault y Nikos Poulantzas

El presente apartado se propone, en sintonía con el anterior, reflexionar sobre otros contenidos sustantivos del eurocomunismo, pero además focalizar en otra argumentación, esta vez, más situada en los corrimientos conceptuales (y, también, político-ideológicos, dadas las singularidades del libro, el autor y la época en cuestión). En este sentido, el Poulantzas de Poder político y clases sociales, ensimismado con el estructuralismo althusseriano, registra un desplazamiento (siempre relativo y desde una tonalidad propia sumamente rica) hacia algunas problematizaciones foucaultianas en su último libro: Estado, Poder y Socialismo.

La historia que enmarca este movimiento es, para decirlo de manera sintética y europea, Mayo del ‘68. En realidad, esa cadencia específica de los sesenta que abarca procesos y acontecimientos a la vez heterogéneos en términos de sujetos, reivindicaciones y repertorios de acción colectiva, homogéneos en tanto expresiones de intensa conflictividad social que desbordan el territorio fabril y al trabajador como espacio y sujeto de esa manifestación social.

De algún modo el 68 visibiliza las transformaciones que volvían –para algunos- no inválida pero sí insuficiente la siguiente reflexión gramsciana cuando el bienio rojo ilustraba el potencial político de los consejos de fábrica: “El proceso revolucionario se realiza en el campo de producción, en la fábrica, donde las relaciones son de opresor a oprimido, de explotador a explotado, donde no hay libertad para el obrero ni existe democracia: el proceso revolucionario se realiza allí donde el obrero no es nadie y quiere convertirse en el todo, allí donde el poder del propietario es ilimitado, poder de vida o muerte sobre el obrero, sobre la mujer del obrero, sobre los hijos del obrero”.[34]

 Los sesenta dijeron a ciertos sectores de la intelectualidad de la izquierda lo que, para ser más gráficos, se puede formular así no sólo en las fábricas, no sólo el obrero, no sólo las relaciones de explotación; también estudiantes y mujeres, ecologistas y consumidores; las universidades, el hogar, el espacio público relaciones de opresión contenidas en la sociedad toda.

Cuando cierto segmento de la intelectualidad de la izquierda europea reconoce la diversidad de sujetos comienza a problematizar el carácter de las articulaciones; los quiénes del proyecto de transformación social. El debate sobre los “nuevos movimientos sociales” adquiere fuerte centralidad. El “eurocomunismo” –aún en su ambigüedad– no permanece ajeno. En tanto trasfondo de debate más inmediato a EPS, Poulantzas tampoco. Seleccionando la formulación más política de esta problematización, dice el filósofo greco-francés: “para que la izquierda consiga suscitar este amplio movimiento, es preciso que tenga los medios para ello y que asuma fundamentalmente las nuevas reivindicaciones populares en estos frentes que se han llamado a veces, erróneamente, ‘frentes secundarios’ (luchas femeninas, luchas ecologistas, etc.).[35]

Esta formulación general, esbozada en EPS, es profundizada en el marco de una entrevista realizada por Stuart Hall y Alan Hunt a Poulantzas, en abril de 1979. Allí afirma que la articulación de reivindicaciones, sujetos y organizaciones tan heterogéneas obliga a revisar el rol del partido. En especial, cuestiona la concepción leninista del partido como único centralizador y reivindica la existencia de movimientos sociales cuyo tipo de organización pueda ser relativamente independiente de la organización política del partido. Es decir que, de algún modo, cuestiona una línea de debate eurocomunista que sigue pensando en un “partido ideal” capaz de contener estos tipos diversos de movimientos sociales. Por el contrario, dirá Poulantzas, el desafío debe direccionarse de modo tal de concebir un partido revolucionario capaz de contemplar, por ejemplo, la cuestión de la mujer; pero sin que ello signifique subsumir el movimiento de mujeres al partido. Partido transformado y Movimientos Sociales desempeñan ambos un rol sustantivo.

Asimismo, en función de esta problemática y continuando la reflexión en torno a la articulación de democracia representativa y democracia directa, presenta la de pluralismo político también discutida por Pietro Ingrao (1980)[36]: “¿Tiene el partido un rol central? Desde luego que lo tiene mientras uno piense que la política tiene un rol central y mientras también se le asigne ese rol central al Estado. Pero entonces mientras se necesite algún tipo de organización debemos tener algún tipo de centralismo o modo de homogeneización de las diferencias, si debemos articular democracia representativa y democracia directa. Si hasta el presente este papel de centralización ha sido desempeñado por un partido, en el futuro algunas funciones desempeñadas por el partido deben ser transferidas a los órganos representativos donde muchos partidos pueden jugar su propio rol. Debemos mantener esta diferenciación y no identificación entre el partido y el Estado. Y si instituciones representativas realmente pueden jugar un verdadero rol, el tipo de relaciones, o la articulación no tendrá que ser transmitida como en oriente por el propio. En Italia, por ejemplo, en las asambleas regionales con mayorías Comunistas y Socialistas, la coordinación entre las formas de democracia directa, movimientos de ciudadanos, movimientos ecológicos por un lado, y la democracia representativa no pasan por la centralización proporcionada por el Partido Comunista”.[37]

La relación entre los movimientos sociales y la clase obrera es debatida intensamente. En este sentido, Paramio reflexiona sobre el eurocomunismo: “¿cuál podía ser la base social del nuevo proyecto?, ¿seguía siendo la clase obrera con o sin el campesinado, la fuerza esencialmente única del proyecto socialista? La experiencia de los años sesenta había sembrado serias dudas sobre el potencial revolucionario de la clase obrera y, en cambio, habían aflorado unos nuevos movimientos sociales cuyos principales representantes a comienzos de los años setenta eran el feminismo y el ecologismo (…) Creaba el problema de saber cómo se relacionaban los nuevos movimientos con la buena y vieja clase obrera para articularse en un mismo proyecto de transformación de la sociedad”.[38]

Las afirmaciones de Santiago Carillo contienen esta misma preocupación[39] aunque adoptando otros matices de reflexión: “la revolución capitalista ya no es exclusivamente necesaria al proletariado, sino a la inmensa mayoría de la población. En estas condiciones, la idea de la alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura, del nuevo bloque histórico y, en general, la cuestión de las alianzas antimonopolistas cobra importancia decisiva.”[40]

Otro dirigente español, Josep Palau –secretario de la Unión de Juventudes Comunistas de España– sostenía que “la derrota del eurocomunismo bloquearía la posibilidad, hoy abierta, de diálogo entre la izquierda tradicional y el movimiento obrero con las nuevas sensibilidades y movimientos juveniles, feministas, de liberación sexual, ecologistas… Diálogo imprescindible para la configuración de una alternativa transformadora, sugerente y viable a la crisis de civilización.”[41]

Más allá de las diferencias[42] entre las posturas mencionadas interesa destacar y documentar la forma en que los sucesos de los sesenta dinamizaron un debate intenso en las izquierdas comunistas alrededor de los sujetos, espacios, modos de acción colectiva y sus posibilidades de articulación. [43]

En este sentido –para decirlo de manera foucaultiana– es la disciplina, en tanto forma histórica, la que es resistida por diversos sujetos en distintos espacios sociales. “Relaciones de poder” es la herramienta conceptual que posibilita la intelección de esta realidad social. A propósito del ‘68, afirma Foucault: “No se ve de qué lado –a derecha o a izquierda– habría podido ser planteado este problema del poder. A la derecha, no se planteaba más que en términos de constitución, de soberanía, etc., por lo tanto en términos jurídicos. Del lado marxista, en términos de aparato de Estado. La manera como el poder se ejercía concretamente y en detalle, con toda su especificidad, sus técnicas y sus tácticas, no se planteaba; uno se contentaba con denunciarlo en el “otro”, en el adversario, de un modo a la vez polémico y global: el poder en el socialismo soviético era llamado por sus adversarios, totalitarismo; y en el capitalismo occidental era denunciado por los marxistas como dominación de clase, pero la mecánica del poder jamás era analizada. Sólo se ha podido comenzar a realizar este trabajo después del 68’, es decir a partir de luchas cotidianas y realizadas por la base, con aquellos que tenían que enfrentarse en los eslabones más finos de la red del poder. Fue ahí donde la cara concreta del poder apareció y al mismo tiempo la fecundidad verosímil de estos análisis del poder para darse cuenta de las cosas que habían permanecido hasta entonces fuera del campo del análisis político.[44]

El desplazamiento de Poulantzas hacia Foucault se restringe a la aplicación de la noción de relaciones de poder al estudio del Estado capitalista. Es decir, se trata de algún modo, de la superación de una concepción instrumental del Estado tal cual es criticada por Foucault en el fragmento citado: la de concebirlo como “aparato”. Ahora bien, este corrimiento que enriquece la perspectiva de Poulantzas es de método y no de perspectiva teórica. Poulantzas analiza “la manera como el poder se ejerce” sin que ello signifique abandonar el postulado del papel determinante de las relaciones sociales de producción.

¿Cuáles son, entonces, los postulados de método que Poulantzas comparte con Foucault para la elaboración de una teoría del Estado capitalista? ¿Cuál es, de todos modos, la distancia irreductible de estos enfoques en función del punto de vista marxista de Poulantzas?

Entre los postulados de método que acercan a los autores (Foucault y Poulantzas) se puede destacar tanto el abordaje de la dimensión productiva del poder como la perspectiva relacional. Ambos elementos modelan su concepción de Estado capitalista. Con relación al primero, Poulantzas, cuestiona la concepción de Estado presente en Ideología y aparatos ideológicos de Estado de Althusser al sostener que: “Tal como ha sido sistematizada por Althusser esa concepción reposa sobre el supuesto de un Estado que no actuara, no funcionara, más que por la represión y por la inculcación ideológica. Supone, en cierta forma, que la eficacia del Estado reside en que prohíbe, excluye, impide, impone; o también en que engaña, miente, oculta, esconde o hace creer […] El Estado actúa también de manera positiva, crea, transforma, produce realidades”.[45]

La proximidad de este planteo con la analítica foucaultiana es muy clara. La pregunta de investigación de Foucault es, sin duda, qué produce el poder. El poder se ejercita para facilitar, seducir, obstruir, incitar, inducir otro conjunto de acciones. De este modo para el filósofo francés, el poder tiene entonces una dimensión productiva: “produce cosas, induce placer, forma saber; produce discursos”.[46] Se puede observar que esta perspectiva parte tanto del rechazo del postulado de la modalidad según el cual el poder actúa sólo por medio de la represión o la ideología, como del postulado de la legalidad, según el cual el poder del Estado se expresa en la ley entendida como un Estado de paz impuesto ya sea consensual o coercitivamente.[47]

La concepción de Estado como Relación –luego de fundar la crítica a lo que entiende fueron las dos concepciones predominantes de la teoría política sobre el Estado (la del Estado-Instrumento[48] y la del Estado-Sujeto[49])– es la afirmación más esencial de su planteo: “…el estado, capitalista en este caso, no debe ser considerado como una entidad intrínseca, sino como una relación, más exactamente como una relación de fuerzas entre clases y fracciones de clase”.[50]

Se puede decir que el acuerdo de abordaje entre Poulantzas y Foucault se consuma en la primera parte de la frase citada (la de Poulantzas); cuando clarifica “más exactamente como una relación entre clases y fracciones de clases” encontramos, en cambio, la profundidad de sus diferencias.

Las coincidencias consisten en el rechazo a la esencialización del poder; el poder no es de una clase o sector social; el poder no distingue a quienes lo detentan y a quienes lo sufren. Foucault afirma “que el poder no es algo que se adquiera, arranque o comparta, algo que se conserve o se deje escapar; el poder se ejerce a partir de innumerables puntos, y en el juego de relaciones móviles y no igualitarias.”[51] A su vez, Poulantzas afirma que: “el campo de poder es estrictamente relacional (…) el poder no es, en sí mismo, una cantidad o cosa que se posea, ni una cualidad ligada a una esencia de clase”.[52]

Hasta aquí se puede sostener, en sintonía con Jessop, que la influencia de Foucault sobre Poulantzas es bastante más intensa de lo que en general admiten quienes estudian su producción como una “variante” de marxismo estructural. “Esa influencia no es un mero coqueteo con el lenguaje de Foucault pues Poulantzas llegó a compartir con él supuestos fundamentales acerca del poder”[53]. Esos supuestos abarcan a nuestro entender la concepción relacional y productiva del poder.

Sin embargo, las diferencias están contenidas aún en aquellos fragmentos especialmente seleccionados para ilustrar los acuerdos de Poulantzas y Foucault. Cuando Foucault sostiene “el poder se ejerce en el juego de relaciones móviles” se devela cómo se infiltra la diferencia. Podemos deducir que Poulantzas destacaría una “movilidad acotada”: movilidad al señalar, en clave gramsciana, el “equilibrio siempre inestable de los compromisos” de las clases y fracciones que integran el bloque en el poder; por el contrario, persistente fijación de las relaciones de fuerza en tanto relaciones de clase. Esta referencia se destaca en el lugar equivocado porque aún se intentan mirar las proximidades. Sólo un paréntesis que, en todo caso, se retomará más abajo.

No se pretende aquí más que visibilizar los grandes trazos de reflexión que acercan y alejan a estos autores para cerrar el apartado refiriendo a la dimensión política de esta concepción renovada del Estado y la propuesta de un socialismo democrático. En primer lugar, porque éste es el objetivo del artículo; en segundo lugar, porque cuando se extreman las comparaciones entre autores contemporáneos se corre el riesgo de confusión de perspectivas con posturas coyunturales, de diferencias de contenido sustantivas con declamaciones exacerbadas emergidas de disputas intelectuales. Por esa razón, este análisis no pretende acercarse demasiado a la literalidad de lo dicho por ambos, así como a su cronología, para definir si el primer Poulantzas era foucaultiano antes de Foucault[54] mismo o si las críticas del último Poulantzas no son válidas para el último Foucault. Si algunos intentos logrados pueden encontrarse en este tipo de análisis (en parte el de Jessop) las más de las veces, creemos, resultan esfuerzos inconducentes.

Hasta ahora la influencia de Foucault posibilita a Poulantzas profundizar en tres rasgos sustantivos del Estado capitalista con importantes consecuencias políticas. En primer lugar, y en respuesta a las concepciones del Estado-Cosa, el Estado no es “usado”, manipulado, sino que es capitalista. Su funcionamiento, su materialidad, es la expresión de una relación que lo estructura y lo define. Desde el punto de vista político esto implica que no hay estrategias de “desalojo” posibles; hay que alterar las relaciones de fuerzas a los efectos de transformar el Estado en el marco del proyecto de un socialismo democrático.

En segundo lugar, se destaca la concepción del Estado capitalista como “campo de batalla”, lo que lo lleva a enfatizar la disputa permanente que atraviesa al conjunto del Estado, y a comprender la política de Estado como resultante de avances y retrocesos, choques recíprocos, acuerdos siempre inestables; por lo tanto como resultante del antagonismo y las contradicciones que definen una relación –ya en palabra de Poulantzas– de fuerza de clases y fracciones de clases en un momento histórico determinado. También, esta concepción del Estado como campo de batalla involucra la dimensión microfísica del poder. Es revalorización de la productividad del ejercicio del poder en aquellos espacios “insignificantes”.

En términos de estrategia política, esto implica, a la vez, evitar las posturas abstencionistas que concluyen en situaciones de mayor estatismo a la par que motivar la participación en los mecanismos de poder que se dirimen en el campo estatal con el objeto de intensificar sus contradicciones y conflictos internos. Como lo afirma Jessop, para Poulantzas dicha participación no necesariamente termina en la absorción total ni en la pérdida de autonomía, pues el que las clases subalternas queden integradas depende de la estrategia de conjunto de estos sectores sociales y no de su participación parcial.[55]

Una última característica, también emergida de la perspectiva relacional, es la posibilidad de deslocalizar-desplazar el ejercicio del poder real, de un aparato a otro, de una institución representativa a otra. De nuevo es concordante con la ausencia de localización del poder, de la que también habla Foucault. En sintonía, dirá Poulantzas, no existe un vértice desde el cual el poder emana, o varios vértices que si logran ser controlados se garantiza el poder de Estado. Con bastante rapidez, cuando un vértice es ocupado, el ejercicio del poder real puede trasladarse a otro. En términos políticos estas reflexiones están ligadas al problema de la temporalidad de la transformación hacia el socialismo democrático; problemática ya referida en el apartado anterior.

Finalmente, cabe arribar a las diferencias irreductibles entre perspectivas. En palabras de Poulantzas: “como es sabido Foucault recusa toda interpretación que pretenda fundar esa materialidad del poder y, por consiguiente, del Estado, en las relaciones de producción y en la división social del trabajo.”[56]

Renunciar a una reflexión sobre el fundamento del poder y el para qué del ejercicio del poder contiene profundas consecuencias que son destacadas-denunciadas por Poulantzas. Para decirlo de forma polémica, la consecuencia política de la perspectiva foucaultiana es la negación de un proyecto radical de transformación social. El orden social puede alterarse más nunca subvertirse. El situacionismo de Foucault enoja profundamente a Poulantzas porque “sus relaciones de poder” flotan en el aire: “Si el poder tiene por campo de constitución una relación no igualitaria de relaciones de fuerzas, no por eso su materialidad se agota en las modalidades de su ejercicio. El poder tiene siempre un fundamento preciso […] Para Foucault, la relación de poder no tiene nunca otro fundamento que ella misma, se convierte en simple “situación” a la que el poder es siempre inmanente, y la cuestión de qué poder y para qué parece en él completamente dirimente. Cosa que en Foucault tiene un resultado preciso, aporía nodal y absolutamente insoslayable de su obra: las famosas resistencias […] quedan en él como una aserción puramente gratuita, en el sentido de no tener fundamento alguno; son pura afirmación de principio”.[57]

El fundamento determinante –aunque no exclusivo– de las relaciones de poder es la explotación. La explotación es el para qué determinante del ejercicio del poder, aquel que en el análisis de Foucault parece subestimado al limitar su preocupación en torno al siguiente interrogante: ¿cómo se ejerce el poder?

En este punto ubicamos la importancia de la proposición política que atraviesa este apartado: la articulación de los sectores subalternos y de sus luchas. Afirma Poulantzas que “toda lucha, incluso heterogénea a las luchas de las clases propiamente dichas (lucha hombre-mujer, por ejemplo) no adquiere indudablemente su propio sentido […] más que en la medida en que las luchas de clases existen y permiten así a las otras luchas desplegarse (lo que deja en pie totalmente la cuestión de la articulación de esas luchas con las luchas de clase).[58]

Con el objetivo de ir cerrando este planteo, se propone sintetizar, del siguiente modo, los problemas emergidos del abordaje foucaultiano, teniendo en cuenta la perspectiva de Poulantzas: (1) el enfoque de Foucault permite analizar las luchas en una coexistencia atomizada. En cambio impide analizar las articulaciones entre esas luchas-resistencias que necesariamente requieren un fundamento; (2) En el mismo sentido, el análisis en torno al ejercicio del poder impide pensar en términos de estrategia política la articulación de los quiénes, es decir, de los sujetos subalternos; (3) En la medida que se rehúsa un análisis sobre los fundamentos de las relaciones de poder, cualquier lucha y resistencia no puede ser pensada en el esquema foucaultiano más que como forma defensiva, y con ello se impide analizar cómo la resistencia es algo más que la reproducción, con márgenes variables, de un mismo orden social. En otras palabras, no puede pensarse la lucha desbordando la relación de poder misma, no puede “verse” su sentido creador y fundante, o en palabras de Gramsci, los rastros de iniciativa autónoma de la actividad subalterna[59]; (4) Por último, como consecuencia de lo anterior, no puede visualizarse el cambio y la transformación social.

Lo dicho hasta aquí no se vincula con la función del intelectual, como pretende afirmar Foucault en su defensa frente a las críticas, en especial emergidas desde el comunismo, sino con aquello que sus escritos permiten ver y aquello que invisibilizan. Es indiscutible que Foucault brinda un marco muy fértil para analizar la mecánica del poder: su complejidad, viscosidad y espesor; la forma infinitesimal de su movimiento. Pero también puede verse que las cuestiones de método monopolizan su perspectiva y clausuran una preocupación central de la teoría social y política: el cambio y el porvenir.

En este sentido, acordamos con Legrand cuando firma que los conceptos centrales de las relaciones de poder en la sociedad disciplinaria en Foucault quedan completamente ciegos si no se los articula con una teoría de la explotación y con una teoría del modo de producción capitalista[60]. Posiblemente, esta combinación logra ser ensayada, creemos que de forma positiva, en EPS de Nikos Poulantzas.

Las incorporaciones de Poulantzas de perspectiva relacional, de énfasis en la productividad del poder y de ponderación de la escala microfísica, todas ellas cuestiones de método, no conforman una suerte de híbrido como algunos teóricos han sugerido[61] sino que, situadas en cuestiones de método, han tendido a enriquecer la mirada sin por ello vaciar el análisis de la pregunta por las fijaciones de esas asimetrías y los fundamentos de esas relaciones de poder. 

Palabras finales

Nikos Poulantzas es uno entre los tantos hombres y mujeres que en los años setenta y en distintas latitudes se encontró corroído por una temporalidad de urgencia, aquella que conjuga la desesperada necesidad de capturar una alternativa en el momento mismo que se disuelve en el devenir.

Esa disolución es retenida por Macciocchi del siguiente modo: “en el cementerio de Montparnasse, sentimos un viento de destrucción soplar sobre un largo período de vida intelectual, uno de cuyos protagonistas había sido Nikos. En nuestro desalentado grupo de profesores entreví a Althusser. Con el pelo gris, polvoriento, con una sonrisa ambigua, casi una mueca en un rostro sin emoción. Nos encontramos el uno en brazos del otro, sin ninguna respuesta para la vieja pregunta: ‘¿qué hacer?’.”[62]

Sin embargo, este breve escrito también se propone destacar otra peculiaridad de la urgencia como tiempo histórico; es la que se manifiesta en la sorpresa como registro propio, el nuestro en este aquí y ahora, de la lectura del mensaje político de Poulantzas: la actualidad de sus aseveraciones, la capacidad de analizar a la vez lo esencial y lo accesorio, la revisión meticulosa de lo impensado de cada experiencia, la imaginación de lo necesario.

¿Cuál es el “qué hacer” de nuestros tiempos? Es el interrogante que abre la posibilidad de poner en el centro de las problematizaciones la articulación específica de formas representativas y consejistas, de diversas luchas subalternas y sujetos sociales, de analizar la especificidad del Estado capitalista y sus consecuencias políticas de funcionamiento, de ponderar las disputas microfísicas del cambio que por tales no deben ser menospreciadas, del para qué de las luchas subalternas, de la visibilización de un campo político siempre más allá del Estado, de la necesidad de valorizar las luchas en el Estado, de ejercitar la perspectiva relacional para definir las posiciones políticas aplicada en este artículo a la democracia y al Estado, de valorizar el debate sobre la mecánica (el cómo) pero subordinado al fundamento del orden social capitalista (el para qué); todas ellas problemáticas que trazan los rasgos propios del pensamiento marxista de Nikos Poulantzas, cuya razón de ser sólo reside en la transformación radical de la sociedad capitalista.

Enmarcada esta escritura en los contenidos correspondientes al programa de una materia de grado[63] y de un proyecto de investigación[64] resta volver más ostensible el sentido de este recorrido y sus intersecciones con las miradas que se ensayan en nuestra facultad a propósito de ambas actividades. En primer lugar, se quiere insistir en esa vinculación irreductible entre teoría y realidad: comprender la teoría es situarla en la historia. Las referencias a procesos históricos, las muchas citas de dirigentes y pensadores de entonces, el intento por reconstruir, cuando fue posible, el proceso de ciertas ideas; son formas de ensayar y de ilustrar la mirada propuesta por la materia. En segundo lugar, se quiso destacar la importancia de ejercitar esa mirada sobre la teoría en la historia a través de un recorte sustantivo: la tríada Estado-Capitalismo-Democracia. Las formas en que las crisis del largo siglo XX transformaron cada una de esas entidades y sus vinculaciones; el modo en que estas se debaten en las diversas perspectivas. Estudiar EPS en su inscripción histórica permitió afirmar la relación específica del Estado y las clases sociales en la sociedad capitalista. Posibilitó profundizar en una larga discusión sobre la democracia, pero para hablar de democracia capitalista, democracia socialista, de la representación y el consejismo como formas organizadoras de aquéllas; plantear cómo la propuesta de transformación del capitalismo de Nikos Poulantzas supone entonces una transformación del Estado y la democracia vigentes durante el capitalismo. Por último, el trabajo permite comprender como se actualiza en Poulantzas, la unión de la teoría y la praxis que, desde La ideología alemana, se constituye como unos de los rasgos más sustantivos del pensamiento marxista.

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  1. POULANTZAS (1978, 1980). 
  2. IBID. 
  3. BOURDIEU (2001). 
  4. HARVEY (2007). 
  5. Nos referimos al libro de Von Hayek publicado por primera vez en 1944 y reeditado decenas de veces, recién, desde los setenta. 
  6. Se recomienda el artículo “Mapeando el marxismo” de Javier Amadeo en La teoría marxista hoy y también disponible en la biblioteca virtual de CLACSO. 
  7. MACCIOCCHI (1987), p. 474. 
  8. IBID, p. 477. 
  9. ASTARAIN (2008). 
  10. Ver artículo de Santiago Duhalde en este mismo libro. 
  11. HOBSBAWM (1983), p. 2. 
  12.   POULANTZAS (1980), p. 326, la cursiva es nuestra. 
  13. CLAUDÍN (1978). 
  14. Partido Comunista de la Unión Soviética. 
  15. Como lo afirma Henri Weber existe una vertiente de izquierda y otra de derecha al interior del eurocomunismo: entre los primeros nombra a Bruno Trentin, Fernando Claudín, Nikos Poulantzas y Christine Buci-Glucksmann; entre los segundos a Enrico Berlinguer (Secretario General del PCI), Georges Marchais (Secretario General del PCF) y Santiago Carillo (Secretario General del PCE). Se puede constatar el predominio de la vertiente de derecha en función de los lugares de decisión ocupados por los exponentes nombrados en los partidos comunistas. Sin embargo el objetivo de este trabajo se orienta al debate del ideario contenido en los inicios del eurocomunismo y, en especial, de los exponentes del “ala izquierda”. 
  16. Si no es posible en este escrito reconstruir la complejidad de esta problemática se quiere sí advertir que el cuestionamiento de Lenin a la democracia, en particular a las elecciones, que se expresa en la frase ilustrada (“papeleta electoral o fusil”) debe ser problematizado, matizado y aprehendido históricamente. Se recomienda la lectura de Eurocomunismo y Socialismo de Fernando Claudín, en particular el apartado “La experiencia histórica” en el cual se analizan con cierta rigurosidad las transformaciones del planteo leninista en torno a la democracia mostrando la concepción positiva que Lenin mantuvo como posición teórico-política antes de la revolución. Determinados acontecimientos y singularidades de la realidad social soviética (la inexistencia de una tradición democrática en Rusia, la lucha efectivamente se dirigió hacia la autocracia zarista, el carácter cuantitativamente minoritario del proletariado en Rusia, la oposición interior de las corrientes socialistas no bolcheviques, la actitud de la socialdemoracia internacional y la intervención de los Estados “democráticos – burgueses”) conllevaron a afirmar la concepción de la democracia como “creación” de la burguesía, CLAUDÍN (1977), p. 79-119. En este sentido, resulta significativo destacar que varios de los más importantes exponentes del eurocomunismo, por ejemplo, Santiago Carillo, han tendido a simplificar la posición leninista como “enemiga de la democracia”, trazando una línea de continuidad entre Lenin y Stalin. Se puede leer esta posición en CARILLO (1977). 
  17. LUXEMBURGO, R. en CHÂTELET (1977), p. 54. 
  18. LUXEMBURGO (1918). 
  19. IBID. 
  20. POULANTZAS (1980), p. 308-9, la cursiva es nuestra. 
  21. En general este análisis suele ser coincidente con las posiciones políticas de los denominados exponentes de la “vertiente de derecha” del eurocomunismo. Sin embargo en tanto confusión de método puede rastraerse en otros dirigentes. Por ejemplo, en los escritos de Fernando Claudín: “Toda la historia de las formaciones sociales capitalistas confirma plenamente la contradicción entre democracia y dominación de la burguesía. Cada parcela de democracia en las estructuras del Estado o de la sociedad civil ha sido conquistada por la lucha de la clase obrera y de otros sectores populares.” CLAUDÍN (1977), p. 82. 
  22. Vale destacar que “consejismo”, “autogestión”, “basismo”; etc. son usados como sinónimos en este trabajo, sólo replicando la utilización que hace Poulantzas en EPS. Cabe agregar que pese a ello los contextos de emergencia específicos de cada una de ellas son diferentes, estudiarlos con detenimiento permitiría volver inteligibles las peculiaridades relativas a cada una de ellas. 
  23. POULANTZAS (1980), p. 313-4. 
  24. GRAMSCI (1919-1921). 
  25. Resulta interesante destacar como en los escritos de distintos exponentes de izquierda europea se estudia y analiza la experiencia chilena (el golpe militar encabezado por Augusto Pinochet al gobierno de Salvador Allende) con el objeto de nutrir la reflexión sobre la transformación del proyecto socialista. Tanto Poulantzas como Miliband, Claudín, Carillo, Berlinguer, Hobsbawm, Buci-Glucksmann y Debray; entre otros, debaten esta experiencia. 
  26. Poulantzas, p.323. 
  27. POULANTZAS (1980) p, 322. 
  28. Se recomienda la lectura del artículo de Rodrigo Pascual contenido en este libro para abordar los núcleos centrales del planteamiento de Holloway y Negri. 
  29. HOBSBAWM (1978), p. 256. Por el contrario Juliá, cuestiona fuertemente esta dimensión temporal de la transición al socialismo del eurocomunismo: “la revolución pasó a ser, pues, la perspectiva, el horizonte, en qué se situaba una política, pero no su resultado. La revolución aparece así como un coronamiento de unas indefinidas etapas de un tiempo fragmentado y discontinuo. No es posible entrar aquí en esta concepción por etapas del tiempo de revolución. Sólo indicar que desde el momento que se concibe, anuncia y ejecuta así, una política supuestamente revolucionaria, un comunista repite la lógica interna de la socialdemocracia y se sitúa en el mismo tiempo histórico que un socialista.” JULIÁ, (1983), p. 30. 
  30. PARAMIO (1985), http://www.elpais.com/solotexto/artículo.html?xref=19850127elpepinac 
  31. POULANTZAS (1980), p. 324-59. 
  32. En términos caricaturescos esta posición esta contenida en la frase de Zinoviev citada por Juliá: “No pudimos prever este sentimiento de las masas, admite Zinoviev cuando lamenta con algún desconsuelo que las masas aspiran al descanso y al pan y alimentan un sordo descontento contra los comunistas que llaman al combate y no comprenden la necesidad del descanso” JULIÁ (1983), p. 26. 
  33. BUCI-GLUCKSMANN (1979), p 380. 
  34. GRAMSCI (1920) “Los Consejos de Fábrica” en El Orden Nuevo, Turín. Junio de 1920. 
  35. POULANTZAS (1980), p. 324. 
  36. En esta misma entrevista Poulantzas menciona directamente a Pietro Ingrao para situarlo como exponente de izquierda del eurocomunismo: “Para ser concreto cada vez que he leído a Carillo he encontrado más bien el ala derecha del eurocomunismo y cada vez que he leído a Ingrao del PCI he encontrado el ala izquierda de las posiciones del eurocomunismo” Poulantzas (1979), p. 196, la traducción es nuestra. 
  37. POULANTZAS (1979), p. 201, la traducción es nuestra. 
  38. PARAMIO, (1985), http://www.elpais.com/solotexto/artículo.html?xref=19850127elpepinac. 
  39. También Fernando Claudín –otro dirigente español- relaciona los sesenta con el proyecto eurocomunista: “a partir de 1967 (comienzo de la crisis del sistema monetario internacional) y de 1968-69 (crisis social y política en Francia e Italia) el rosado panorama del neocapitalismo comenzó a nublarse seriamenente. Hoy pocos discuten que el mayo francés y el otoño caliente italiano fueron explosiones premonitorias (…) se estaba iniciando una nueva crisis global del sistema capitalista – imperialista. El eurocomunismo es en gran medida su producto.” CLAUDÍN (1977), p. 5. 
  40. CARILLO (1977), p. 52. 
  41. También traza la relación con el ‘68 del siguiente modo: “la lucha por la consolidación y profundización del eurocomunismo, en tanto que aportación desde el PC a la renovación política de la izquierda, es inseparable de la incorporación a la lucha política de los sectores sociales, entre ellos las nuevas generaciones, particularmente golpeados social y culturalmente por la crisis y que emergen hoy con fuerza. La propia gestación de la reflexión eurocomunista tuvo un importante acicate en el mayo francés” PALAU (1981). 
  42. Por ejemplo, se puede notar rápidamente que las afirmaciones de Carillo destacan en especial la necesidad de articulación entre sujetos y entonces se habla de “interclasismo”. Poulantzas (también Claudín) enfatiza más bien la necesidad de ampliar las luchas y reivindicaciones de la izquierda a los efectos de involucrar aquellas que se hicieron visibles en los sesenta. 
  43. Therborn sostiene que: “la reorientación de la mayoría de los Partidos Occidentales Comunistas y sus nuevas perspectivas de poder, en Europa latina, provinieron de las agitaciones de finales de los años sesenta. Se requirió tiempo para el cambio, al principio los nuevos movimientos y los ‘viejos’ partidos comunistas estaban en desacuerdo el uno con el otro, la expresión más dramática de ese desencuentro ocurrió durante los acontecimientos de mayo en Francia en 1968”, (1980), p. 15, la traducción es nuestra. 
  44. FOUCAULT (1992a), p. 180, la cursiva es nuestra. 
  45. POULANTZAS (1980), p. 29-30, la cursiva es nuestra. 
  46. FOUCAULT (1994), p. 137. 
  47. HORA Y TARCUS (1993), p. 16. 
  48. En principio refiere a las posiciones de la III Internacional, Balibar y el estalinismo. 
  49. La concepción se remonta a Hegel, puede rastrearse su influencia en Weber, Keynes y también en las corrientes dominantes de la sociología política, en especial el funcionalismo. 
  50. POULANTZAS (1980), p 154. 
  51. FOUCAULT (1991), p. 114. 
  52. POULANTZAS (1980), p. 177. 
  53. JESSOP (2006), p. 105-6. 
  54. De hecho Poulantzas afirma: “las observaciones presentadas hasta ahora recogen, desarrollándolos y sistematizándolos, los análisis ya presentes, a través de sus evoluciones, en mis textos aparecidos antes de la publicación de Vigilar y Castigar (1975) y La voluntad de saber (1976). ¡Algunos de nosotros no hemos esperado a Foucault para proponer análisis de poder con los cuales, en algunos puntos, concuerdan ahora los suyos, cosa que no puede por menos de satisfacernos! POULANTZAS (1980), p. 176. 
  55.   JESSOP (2001), p. 95; POULANTZAS (1980), p. 185-6. 
  56. POULANTZAS (1980), p. 183. 
  57. POULANTZAS (1980), p. 179-180. 
  58. IBID. 
  59. GRAMSCI (2000). 
  60. LEGRAND (2006), p. 22. 
  61. STUART HALL (1980). 
  62. MACCIOCCHI (1987), p. 477. 
  63. Materia: “Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo”; Titular: Oscar Moreno, Facultad de Ciencias Sociales, UBA, Buenos Aires. 
  64. Proyecto UBACYT – S816: “El pensamiento contemporáneo sobre la relación Estado, Capitalismo y Democracia” (2006-2009); Director: Oscar Moreno, Facultad de Ciencias Sociales, UBA, Buenos Aires. 


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