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5 Friedrich A. Hayek y el liberalismo

Oscar Moreno

A modo de presentación

El término “liberalismo” es una palabra que fue adoptada en el uso corriente de un modo ambiguo y con múltiples significaciones. Sin embargo, el “liberalismo” remite a una construcción histórica delimitada. Lo suficiente como para estar, incluso, bastante alejada de la concepción de neoliberalismo como forma de organización del Estado capitalista que surgió después de la crisis de mediados de la década del 70’.

¿Qué es el liberalismo? Para definirlo se puede intentar un ejercicio, que se integra poniendo a la expresión liberal como un adjetivo calificativo. Ello lleva a encontrar distintas expresiones, por ejemplo, se puede decir monárquico liberal, católico liberal y hasta hacer mención a una internacional liberal. ¿Quiénes son los monárquicos liberales? Quienes ejercen una firme defensa del principio monárquico, pero aceptan formas restringidas de representación política. Pero, ¿quiénes son los católicos liberales? Aquellos que, contra los acérrimos clericales, sostienen la necesaria separación de la Iglesia respecto del Estado. Liberal como adjetivo calificativo quiere decir muchas cosas diversas.

Se completa el ejercicio poniendo a la palabra liberal como sustantivo, con lo que se obtiene que para los liberales la libertad es el fin último de los derechos del hombre. Ese fin último es entendido de manera distinta por el liberalismo ético y el liberalismo utilitarista. El liberalismo ético tiene su fuente –a través de Kant y Constant– en Rousseau, y el liberalismo utilitarista –a través de Bentham y Mill– en Hobbes.[1]

Este ejercicio permite afirmar que existe un plexo de ideas liberales que rigen la historia política desde los clásicos donde la fuerza dominante es la del mercado, lo que se ha denominado “la mano invisible”, que puede funcionar siempre que exista un Estado que garantice las libertades individuales.

La definición del liberalismo, como se ha intentado mostrar en el ejercicio anterior, ha enfrentado diversas situaciones fácticas y constructivas que impiden tener una precisión conceptual en su caracterización. Por ello, lo único que puede englobar a todo el liberalismo es la reconstrucción teórica de su manifestación histórica. El liberalismo es un proceso social, económico y filosófico propio de la modernidad, que tuvo su epicentro en Europa y se desarrolló en el área atlántica.

Dice Norberto Bobbio que el liberalismo es un movimiento de ideas que pasa a través de diversos autores como Locke, Montesquieu, Kant, Adam Smith, Humboldt, Constant, John Stuart Mill, Tocqueville, por dar sólo los nombres de los autores que subieron al cielo de los clásicos. A la vez, “como teoría económica el liberalismo es partidario de la economía de mercado y como teoría política del Estado que gobierne lo menos posible”.[2]

El liberalismo fue también, la ideología política de la burguesía en su fase ascendente, cuando el mercado permitía márgenes de ganancia, en tanto que en la era de los monopolios la burguesía optó por abandonar los principios liberales para apoyar a las formas autoritarias del manejo del Estado.

En términos del Estado y en función de lo aquí expuesto, se podría coincidir con Norberto Bobbio cuando afirma que “el Estado liberal es el Estado que permitió la pérdida del monopolio del poder ideológico, mediante la concesión de los derechos civiles, entre los cuales destacan el derecho de la libertad religiosa y la opinión pública, y la pérdida del monopolio del poder económico, por medio de la concesión de la libertad económica, y terminó por conservar el monopolio de la fuerza legítima”.[3]

El liberalismo. Sus formas de aparición en la historia

La “Gloriosa Revolución” en Gran Bretaña puso fin a más de un siglo y medio de guerras civiles, básicamente de origen religioso, y dio nacimiento a una forma del Estado Moderno que vincula al Rey con las clases dominantes, y que se conoció como Estado Parlamentario. El rey reina pero no gobierna, porque el que lo hace es el Parlamento constituido por dos Cámaras, una es la de los Lores, donde se corporiza la Nobleza y la otra, la Cámara de los Comunes, electa de manera universal, en donde se representa el pueblo.

El Estado Parlamentario en Gran Bretaña se fundamentó en dos de los principios constitutivos del liberalismo. El primero: la tolerancia religiosa, que permite, tanto que el individuo tenga absoluta libertad de creencia como que el Estado no pueda tener ingerencia sobre las creencias individuales. Muchas de las guerras civiles británicas habían tenido como centro de la conflictividad las formas de secularización de las creencias religiosas. El liberalismo, por el contrario, concibe al Estado y a la Iglesia como pertenecientes a dos órdenes distintos, el Estado es del orden secular mientras que la Iglesia es del orden religioso. El segundo: es aquel por el cual nadie esta obligado a hacer lo que la ley no manda. Las únicas restricciones que pueden tener los individuos para su desarrollo son las que establece el orden jurídico. Cada uno tiene habilitadas todas las conductas que la ley no le prohíbe. Por ejemplo, el moderno Derecho Penal establece que para que una conducta pueda ser punible como delito, previamente debe estar tipificada como tal. Porque si el hecho no esta tipificado, por más contrario a la moral que parezca ante la opinión generalizada, nadie puede ser condenado por su conducta.

Para el liberalismo de origen británico la libertad individual, que es parte del derecho natural, no puede ser intrusada por el Estado, en tanto los derechos del orden natural son anteriores al Estado. La constitución de un orden legítimo, positivo, está destinado a que el Estado no pueda perturbar el ejercicio de los derechos de los individuos.

¿De qué manera se puede garantizar que el Estado no ocupe ese lugar de los individuos? Por la existencia de un Estado, donde los poderes estén contrabalanceados. La práctica de la división de los poderes, que luego retomaría la llamada teoría del Estado Moderno, crea un Poder Legislativo, con las Cámara de los Lores y de los Comunes que sancionan las leyes. Un Ejecutivo, con la figura del Primer Ministro, surgido del Parlamento y que ejecuta esas leyes, y un Poder Judicial independiente que controla la legalidad.

La división de los poderes que ha de recuperar el liberalismo del siglo siguiente con Montesquieu, es una clave para entender cómo el Estado no puede, en el marco del ordenamiento legal positivo, intrusar los derechos individuales. La organización del contrabalanceo de los poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial garantiza un Estado equilibrado. El gran temor de los liberales británicos era volver a un Estado autoritario y unipersonal como fue el de Cromwell. En síntesis, esta concepción anglosajona del liberalismo tiene como principio básico el control sobre el Estado para que no avasalle la libertad individual.

La tradición británica, que arranca en los planteos sucintamente desarrollados, “tiene una orientación empírica, antisistemática y antiutopista, confiando la promoción de los procesos de la libertad a los procesos autónomos de la sociedad civil”.[4] Esto es lo que dio pie a la aplicación de las políticas liberales, a programas de acentuado reformismo social. En esta línea se puede destacar la aparición de una revisión doctrinaria del liberalismo en la última parte del siglo XIX. Fue especialmente Thomas Hill Green[5] quien al acentuar el deber cívico de la participación y el necesario consenso moral de la comunidad colocara a la ética de la individualidad en oposición a la ética del egoísmo, dando así fundamento al liberalismo social de Hobhouse[6]. El liberalismo de este autor desarrolla, en particular, los requisitos democráticos de la organización del poder desde abajo y tiene en cuenta la interrelación entre libertad e igualdad. Finalmente, William Henry Beveridge[7] planteaba que el Estado debía estar al servicio de los ciudadanos y por tanto protegerlos de los “males sociales” (pobreza y desocupación) sin escapatorias tales como el “largo plazo” o la “mano invisible”. Un siglo después, con la Revolución Francesa de 1789, apareció en el continente europeo, particularmente en Francia, otra concepción del liberalismo.

La idea del contrato social, que se analiza a continuación, comprende a un conjunto extendido de teorías que ven el origen de la sociedad y el fundamento del poder político en un contrato que significa el fin del estado de naturaleza y el inicio del estado social y político.[8]

El contrato social es el origen del orden legítimo y, dentro de él, el Estado que garantiza la libertad. Aquí la libertad deja de ser entendida desde una perspectiva de orden individual para pasar a ser interpretada desde su dimensión social. El Estado es el que da la libertad y no hay otra forma de libertad por fuera del Estado. Con el liberalismo francés aparece la articulación entre derechos individuales y sociales, porque el Estado que surge del contrato social, estará regido por el orden democrático propio de una democracia representativa. Nadie gobierna ni delibera sino a través de sus representantes. Esos representantes que el pueblo elige son los que garantizan y amplían cada día más los derechos de los ciudadanos.

“La tradición continental y sobre todo francesa derivada del racionalismo y del iluminismo pone el acento en la ‘organización’ y asigna una función proyectual dominante al poder público.”[9] Sin embargo esta tradición social y política resulta bastante problemática desde sus orígenes históricos: “Rousseau, advertía Constant, está en lo cierto sobre la fuente de la autoridad, que es el contrato social como símbolo de la soberanía popular. Pero olvidó limitar el alcance de esa misma autoridad […porque] la soberanía absoluta, e incluso el propio imperio de la ley podían ser igualmente apropiados por minoría tiránicas para gobernar en nombre de todos.”[10]

Ambas concepciones del liberalismo, la francesa y la británica, tienen que ver con el momento histórico del país en que se originaron. Gran Bretaña (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda) venía de una guerra civil que terminó con el acuerdo entre la nobleza y la burguesía, base de la organización del Estado Parlamentario. Mientras que la Revolución Francesa fue una revolución violenta que terminó con el rey y con la nobleza en la guillotina, por la acción de Robespierre que representaba en sí mismo a las posiciones más radicalizadas de la Revolución. Ella generó una República basada en la Soberanía Popular. Estas formas de constitución del Estado, articuladas luego, fueron la base de lo que dio en llamarse el Estado Liberal.

La constitución histórica del liberalismo termina de entenderse con una tercera versión de los liberales que surgió en los EE.UU. El liberalismo norteamericano fue importante después de la Segunda Guerra Mundial, porque defendió los derechos de las minorías llevando, de ese modo, la concepción liberal hasta los extremos. Esta concepción es la que incorpora a su práctica el principio de la igualdad.

El liberalismo norteamericano, dejando de lado en este artículo a Dewey y Steffen, comenzó a ser relevante con Franklin D. Roosvelt y el New Deal. En ese liberalismo norteamericano de post guerra se contraponen y polemizan posiciones conservadoras y tendencias libertarias. Entre las primeras, está la de Goldwater que reconocía el derecho del hombre a la posesión y el uso de su propiedad como un precepto fundamental de la ley natural. En la posición opuesta, aparecieron los liberals con su prédica contra las industrias culturales y el deterioro de los valores individuales en la sociedad de masas.[11]

Liberalismo y socialismo: la gran disputa del siglo XX

Los principios del liberalismo que regían la organización de la sociedad sufrieron un golpe importante con la Revolución Rusa de 1917, que instituyó al socialismo como organización del Estado Soviético y que se completó con un importante crecimiento de los partidos socialistas en los países europeos occidentales. En este período histórico surgió el primer enfrentamiento al liberalismo desde posiciones socialistas, las que sostenían que no es el mercado el que debe organizar la sociedad sino que esa es una tarea que le compete al Estado. El socialismo se constituyó como una corriente de crítica permanente a los supuestos que originan el mercado con lo cual se va a convertir en un “cuestionador” histórico del liberalismo. En esta época apareció también un cuestionamiento del liberalismo por derecha. Las dictaduras propias de los 30’ en Europa, Franco en España, Salazar en Portugal, Hitler en Alemania, Mussolini en Italia, son movimientos orgánicos que cuestionan al liberalismo como fundamento del Estado Moderno. El desarrollo de esa problemática se aleja, por el momento, del objetivo de esta breve síntesis.

La derrota del Eje, de Hitler y de Mussolini puso fin de la segunda Guerra Mundial y aunque se mantuvieron algunos rezagos de los 40’, con los mencionados regímenes de Franco y Salazar, en Occidente retornó el liberalismo. Porque con el pensamiento de Keynes se retoma una nueva forma de relación entre el Estado y el Capitalismo fundada en el liberalismo.

Keynes y el liberalismo

El primado del liberalismo consiste, según Keynes, en la capacidad de combinar conjuntamente eficiencia económica, justicia social y libertad individual: el socialismo puede conseguir la segunda de tales finalidades, pero sólo el liberalismo garantiza las otras dos.[12] Las ideas económicas y sociales de Keynes[13] rigieron la organización de los Estados capitalistas desde 1945 hasta 1980.

El Estado del Bienestar fue el progenitor de la democratización, la libertad y la tranquilidad social. Al combinar el suministro de seguridad material y los mecanismos de supervisión social, obtuvo el clímax de un largo proceso, en el curso del cual el capitalismo se ha civilizado y, en muy buena medida, se ha reconciliado con los principios de la democracia.[14]

A mediado de los 70’, algunas manifestaciones propias de los intereses de la burguesía comenzaron a cuestionar la forma planificada de la organización del Estado. El socialismo no era ya el enemigo en tanto la Guerra Fría estaba declinando. Finalizado “el salvataje del capitalismo”, a partir de las diferentes formas que asumió la aplicación de las ideas de Keynes, la burguesía comenzó el proceso de cuestionamiento de la planificación estatal, básicamente el control del nivel de la inversión que era y es su libertad más preciada.

Ese proceso terminó con aquella forma de relación entre el Estado y el Capitalismo conocida como el Estado del Bienestar. Las economías occidentales sufrieron un proceso de crisis caracterizado por la inflación, el estancamiento y el creciente déficit público, que permitieron a la burguesía avanzar en su cuestionamiento de que el Estado asumiera la responsabilidad del bienestar económico de los ciudadanos en una sociedad capitalista.

“En este sentido podemos hablar de crisis ideológica de confianza en el Estado de Bienestar de la posguerra. Por supuesto, también hubo otras dimensiones de la crisis, especialmente fiscal y económica. Los problemas fiscales se centraron en la existencia de un déficit creciente y una reacción contra la presión fiscal en situación de estancamiento con inflación y en la falta de capacidad para hacer frente a los gastos sociales. Los problemas económicos se centraron en la inflación creciente –y la amenaza de hiperinflación– y en la ausencia de crecimiento.”[15]

Es esta situación, que estaba agravada por la compleja situación externa cuyo principal determinante era el sideral aumento de los precios de la energía[16], apareció el Neoliberalismo con sus promesas de controlar la inflación, revitalizar la economía y equilibrar el presupuesto para sacar al Capitalismo de la crisis.

El Neoliberalismo

El neoliberalismo sostiene que “se puede lograr tanto la libertad económica como la política volviendo a determinar firmemente las fronteras de una sociedad civil mercantilizada en contra de las invasiones del Estado. La libre empresa, el cuidado de la salud por entidades privadas, la educación, la “remercantilización” selectiva de los servicios colectivos son las condiciones cruciales de la auténtica igualdad de oportunidades.”[17]

Esta posición de los neoliberales servía para señalar que el Estado de Bienestar había distorsionado los mecanismos de precios y utilidades como medio de asignación de la demanda y de la oferta en el mercado de bienes y servicios.

En síntesis, el neoliberalismo se planteaba que el Estado debía servir, sobre todo, como medio fuerte (y no necesariamente mínimo) de establecimiento de adjudicación y puesta en vigor de reglas a favor de un mercado libre de contratantes que entraran en una “colaboración espontánea”, como quería Friedman.

“Al predecir el renacimiento de la libertad a través de un Estado fuerte, disciplinario y un mercado libre, está designando a sus enemigos: la burocracia, el abuso del bienestar, las cargas por gravámenes confiscatorios, la empresa pública y todos aquellos –inmigrantes, trabajadores sindicalizados, estudiantes, feministas– que se considera que constituyen una amenaza al ‘orden público’.”[18]

El neoliberalismo se transformó en la forma que adquirió la relación entre el Estado y el capitalismo, siendo sus expresiones más típicas los gobiernos de Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en los EE.UU. y luego se extendió, fundamentalmente después de la desaparición de los “socialismos reales”, en el discurso dominante (único), en el manejo de la enorme mayoría de los Estados Occidentales y algunos de los Orientales.

El neoliberalismo también fue dominante en América Latina. El primer régimen neoliberal fue el de la dictadura de Pinochet en Chile, el cual generó un fuerte Estado mínimo y defendió a ultranza la libertad de mercado. El régimen dictatorial suspendió el ejercicio de las libertades individuales, con lo que entró en contradicciones con el ideario liberal. A esta observación Hayek respondería que si hay dos libertades que están compitiendo, la que debe prevalecer es la libertad económica. Por lo cual, Pinochet podía suspender las libertades individuales ya que los socialistas seguidores de Allende le complicaban las posibilidades de ejercicio de la libertad de mercado.

El segundo fue en Bolivia, donde se había desatado la hiperinflación, para lo cual, Jeffrey Sachs ideó una política de shock basada en borrar la historia a través de la creación de una nueva moneda que debía regir un recreado sistema productivo, que excluyó a los campesinos y a los indígenas. Treinta años después aquellos excluidos vuelven a reclamar su espacio en la política y en la sociedad a través del movimiento campesino e indigenista en el gobierno de Evo Morales.

El neoliberalismo también se impuso a través de regímenes democráticos, el México gobernado por Salinas de Gortari, último presidente surgido del PRI, Carlos Andrés Pérez de Acción Democrática en Venezuela, Alberto Fujimori en Perú, y el peronista Carlos Saúl Menem en Argentina.

 Ahora, ¿cómo se estableció el neoliberalismo en los gobiernos de América Latina a partir del triunfo de movimientos de fuerte raigambre popular como el PRI en México, AD en Venezuela o el Peronismo en Argentina? Sólo se puede explicar si se entiende que estos regímenes vinieron después de los procesos hiperinflacionarios. La hiperinflación “borra” la historia de la lucha de clases. Para terminar con la inflación había que integrarse al sistema financiero internacional con todo lo que ello implica en términos de proceso de transformación de la acumulación. En los ’90 ello incluía las privatizaciones, la caída de los salarios y la pobreza.

Friedrich A. Hayek: su pensamiento, sus disputas
y algunas concreciones

Friedrich A. Hayek (1899-1992) filósofo y economista de la Escuela Austríaca, discípulo de Friederich von Wieser y de Ludwig von Mises, fue uno de los grandes economistas del siglo XX y es considerado por muchos el más importante de los ideólogos del neoliberalismo. Ha sido también el mayor crítico de la propuesta keynesiana. Obtuvo el Premio Nóbel de Economía en 1974. Hayek no sólo pensaba que el socialismo implementado desde el Estado era inviable por la falta de precios de mercado, si no que además, filosófica y políticamente era incompatible con la libertad individual, y que, necesariamente, llevaba al establecimiento de regímenes totalitarios con los que llegarían al poder siempre los peores elementos de la sociedad. Estas críticas no iban dirigidas tan sólo hacia el socialismo en la URSS, si no en general hacia cualquier intervención del Estado en la economía que, para él, significaban avances hacia el socialismo.[19]

Su obra básica fue Camino de Servidumbre publicada por primera vez en marzo de 1944 en Gran Bretaña, y en el mismo año por la Universidad de Chicago en EEUU.[20] El libro ha sido traducido a más de veinte idiomas, la introducción a la edición de su 50º aniversario fue escrita por Milton Friedman. Se constituyó en una de las manifestaciones más populares e influyentes del neo liberalismo.

La tesis central de von Hayek es que todas las formas de colectivismo y cualquier movimiento que busque “justicia social”, conducirá, lógica e inevitablemente, primero a socavar la legalidad de una sociedad y, consecuentemente, a una tiranía. En el libro cita tanto a la Unión Soviética como a la Alemania Nazi como ejemplos de países que han recorrido el “camino a la servidumbre” y llegado a esa situación. En sus palabras: “Cualquier política dirigida directamente a un ideal de justicia distributiva, es decir, a lo que alguien entienda como una distribución ‘más justa’, tiene necesariamente que conducir a la destrucción del imperio de la ley porque, para poder producir el mismo resultado en personas diferentes, sería necesario tratarlas de forma diferente. Y ¿cómo podría haber entonces leyes generales?[21]

En una economía planificada no puede ser ni el pueblo ni sus representantes (el parlamento) los que lleven a cabo la planificación, locación y distribución tanto de recursos como de bienes producidos, sino que esa tarea recae sobre un grupo pequeño de “planificadores”, (técnicos o economistas) que, bienintencionado o no, será incapaz de obtener y procesar toda la información necesaria para llevar a cabo la tarea como se espera o en forma eficiente.

La no existencia de la propiedad privada crea una dependencia tan grande del Estado que convierte a los ciudadanos en esclavos. El Estado, para imponer los objetivos comunes que debían regir a la sociedad aunque fuera en forma bienintencionada, debería coaccionar y tomar medidas represivas en caso de que no se acepte la voluntad de la autoridad central. Por lo tanto, el dirigente se verá obligado a tomar decisiones “desagradables”, como cualquiera de las medidas represivas. Entonces, los que llegarían al poder serían los que estuvieran dispuestos a tomar estas medidas. Esto no los calificaría honrosamente y, además a partir de aquí, estas personas utilizarían el poder para su beneficio personal.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, Hayek se mantuvo en esta línea[22] ya que él era el principal portavoz del anti-estatismo. Pero el premio Nóbel no se lo dieron hasta mitad de la década del ’70, o sea, en pleno desarrollo de las condiciones para el surgimiento del neoliberalismo. El reconocimiento de la propuesta de Hayek llegó en los 70’ porque su propuesta era del orden de lo que la burguesía necesitaba. Ella partía, según Przeworski[23], de la idea de reducir aquel Estado que se ocupaba de todo. Hayek quería volver al mercado en cuanto organizador de la sociedad y, de ese modo, hacer que el Estado se ocupara de los problemas que el mercado exigía. El Estado se debería encargar de la Seguridad, de la Justicia, en definitiva del orden legítimo. Pero no de la producción de bienes y servicios, porque eso le generaría un costo que sólo se paga con más impuestos.

Aquí está la primera gran pelea de Hayek con el pensamiento de Keynes, que ocupa varios de los capítulos de Camino de Servidumbre y algunos de sus artículos posteriores. Desde 1931 y hasta 1950, ocupó una cátedra en la London School of Economics. Durante sus años en Londres tomó una gran notoriedad y fama en el ámbito académico, tanto por sus publicaciones y estudios, como por su rivalidad con Keynes y la beligerancia en contra de sus ideas. Pero durante los años 30, fueron las ideas de Keynes las que se impusieron y también, tras la Segunda Guerra Mundial, triunfaron gobiernos socialdemócratas o socialistas, con lo que Hayek perdió relevancia y mucha de la fama que había ganado de joven. Su enfrentamiento comenzó cuando Hayek hizo un escrito desfavorable al libro de Keynes, Tratado sobre el dinero, y Keynes le replicó. Después, Keynes tomó la iniciativa y pidió a Piero Sraffa que hiciera un informe crítico de la obra Precios y producción de Hayek que éste, a su vez, replicó. Esta situación provocó que los más importantes economistas del momento tomaran parte a favor de Keynes. La controversia acabó en 1936 con la publicación de la Teoría general de Keynes que, momentáneamente, dio por terminada la discusión.

Después de esto Hayek dejó las cuestiones técnicas de la economía para dedicarse a temas más filosóficos o sociales. También creó sociedades con tal de difundir sus ideas y oponerse al socialismo, como la Mont Pelerin Society. Su ataque contra el pensamiento keynesiano se basaba en que el Estado no debía prestar todos los servicios relacionados con la provisión de los bienes de consumo colectivo. En los diferentes modelos de Estados de Bienestar, todos estos bienes los prestaba el Estado, para que el salario volviera íntegramente al mercado de los bienes de consumo individual. La reactivación de la economía en el ideario de Keynes se fundaba en que todo el salario debía ser gastado en términos de bienes individuales, lo que movilizaría a toda la actividad económica. El Estado, al brindar estos servicios, aseguraría una mayor actividad económica. Para mantener la prestación de aquellos servicios, además de los llamados del bienestar (salud y educación, básicamente), debía cobrar impuestos que gravaran de manera importante la ganancia extraordinaria que los capitalistas percibían por esta particular manera de encarar la organización de la Sociedad.

El impuesto a la ganancia extraordinaria fue el centro del ataque de Hayek a lo que denominaba la economía planificada y que luego la burguesía recogió como la lucha contra la presión impositiva.

Las primeras medidas de los gobiernos encabezados por Reagan y Thatcher estuvieron dirigidas a reducir las tasas del impuesto a las ganancias extraordinarias. Porque, según el credo neoliberal, al liberarse la masa de dinero de los impuestos que llegaban al Estado, ella debía concurrir a fortalecer el mercado.

La libertad era el principio básico del hombre que tenía como primera estación la libertad económica y más concretamente aún, la libertad de invertir. Para Hayek no había que darle plata al Estado para que éste dijera lo que se debía hacer con ella, sino que era el individuo el que debía decidir. La libertad individual era el principio fundamental y recién dentro de ella lo importante era la libertad económica y más significativa aún era la libertad de invertir. Eso lo lleva a su primera gran polémica que desarrolló contra el impuesto a la ganancia extraordinaria.

La segunda cuestión está determinada por el largo discurso acerca de las organizaciones monopólicas que puedan intervenir negativamente sobre la libertad de mercado. El ataque apuntaba realmente contra las organizaciones sindicales, eran quienes ejercían de manera monopólica la representación de los trabajadores por rama de actividad. Porque los sindicatos eran los responsables de una demanda social a la que ni el Estado, ni la patronal podían atender sin afectar los niveles de ganancia. Los sindicatos generaban dos tipos de demandas, una que podía caracterizarse como específica, en pos del reclamo por mayor salario y mejores condiciones de trabajo. Ella se resolvía en el seno de la empresa, si los sindicatos obtenían los mayores salarios para los trabajadores, acotaban la ganancia de la patronal. La otra fue la demanda social, donde se exigía al Estado escuelas, jubilaciones, salud y, en general, la mejora global de la calidad de vida. Si estas demandas eran atendidas por el Estado debían financiarse con ingresos fiscales, con lo que debían aumentarse los impuestos. Por ende lo que resultaba siendo afectada era, finalmente, la ganancia de los capitalistas.

En consecuencia, la segunda gran pelea de Hayek fue contra la estructura de los sindicatos. Ya que ellos, a través de las convenciones colectivas de trabajo, lograban establecer un salario que era resistente a la baja por razones externas al mercado.

En Camino de Servidumbre ataca también a los monopolios en la prestación de los servicios, pero en el momento histórico esos servicios eran estatales o estaban por estatizarse. Pero en los ’70, cuando volvió a Alemania, a la Universidad de Friburgo, produjo un estudio en tres volúmenes, Ley, Legislación y Libertad (1973-1979) donde extendió su análisis de la sociedad al examen de la emergencia “espontánea” de las reglas legales y morales. Su teoría legal y política enfatizaba que el imperio de la ley era el fundamento necesario de la coexistencia pacífica. La ley, como el mercado, es un orden “espontáneo”, producto de la acción de los hombres pero no de ningún plan de ellos. Aquí reconoció a los monopolios empresariales como una necesidad de la tecnología, ya sea por la concentración del capital, o por la necesidad de la prestación universal de algunos bienes (ejemplo: agua, electricidad, ferrocarriles). Pero esta prestación ya estaba en manos privadas o a punto de ser privatizada.

Su último gran debate fue contra el concepto de la justicia social, el que para Hayek era un concepto espurio desde su origen. La humanidad vivió por mucho tiempo la “era de la horda”, como desorganización social, donde distintos grupos de individuos tenían la capacidad combatir por la apropiación de los alimentos. En la “era de la horda”, la justicia social podría tener sentido. Pero superada aquella “era”, la justicia social dejaba de ser necesaria y carecía de sentido porque el mercado asignaba a todos los individuos su orden en la sociedad. De ese modo, quedaba definido el lugar de cada una de las vidas individuales. Nadie debía intervenir porque el gran distribuidor de los recursos era el mercado.

Hayek demuestra en estos tres grandes combates que sus postulados tienen la virtud propia del neoliberalismo: superar la complejidad de los procesos a través de explicaciones sencillas que abroquelan el desarrollo del pensamiento y la discusión acerca de ellas. El crecimiento del pensamiento de Hayek es paralelo al desarrollo del pensamiento único, los neoliberales creyeron que cuando “se cayó el muro de Berlín” apareció la oportunidad del pensamiento único, para imponer la democracia como sistema de selección de candidatos y las privatizaciones como forma de “achicar” el Estado.

Finalmente se haría necesario, para terminar con este desarrollo, ubicar políticamente a Hayek. Para ello no hay nada mejor que sus palabras (“The constitution of liberty”, 1960, artículo traducido como Por qué no soy un conservador) cuando reconoce que su ubicación en el liberalismo no es fácilmente aplicable a las posiciones que en el curso del siglo XX han sido asumidas por los principales movimientos liberales. Y no sólo en los EE.UU., “donde ya es casi imposible usar liberal con mi significado”, sino también en la Europa continental, donde gran parte de los liberales son juzgados “por el deseo de imponer al mundo un preconcebido modelo racional más que por el de suministrar posibilidades de libre desarrollo”, y en la misma Gran Bretaña.[24]

Con la elección del gobierno de Margaret Thatcher en 1979 y el Gobierno Republicano de Reagan en 1980 el neoliberalismo se afianzó como la continuidad gubernamental después de la crisis del Estado del Bienestar. En este terreno crecen en importancia las ideas de Hayek, pero ni las de él o las de Friedman (premio Nóbel de economía, 1976) son fundantes del neoliberalismo. En el mejor de los casos conforman una superestructura ideológica Pero la revolución neoliberal que impulsa la burguesía a partir de los cambios en el patrón de acumulación no responde a un conjunto de ideas económicas o políticas. Por el contrario, es la necesidad de la burguesía de completar la revolución burguesa, a partir de la absoluta libertad individual, para decidir la forma, el monto y el motivo de sus inversiones.

Se podría cerrar este análisis del pensamiento de Von Hayek con una cita sus propias ideas que lo refleja totalmente:

En el pasado, ha sido la sumisión a las fuerzas impersonales del mercado lo que ha hecho posible el desarrollo de la civilización. Es esta sumisión lo que nos permite a todos construir algo que es mayor que lo que cada uno de nosotros pudiera construir. Se equivocan terriblemente los que creen que podemos ayudar a dominar las fuerzas de la sociedad de la misma forma que hemos aprendido a dominar las fuerzas de la naturaleza. Esto no sólo es el camino hacia el totalitarismo sino también el camino hacia la destrucción de nuestra civilización y, ciertamente, la mejor manera de bloquear el progreso.[25]

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  1. MATTEUCCI, N. (1985), p. 905-931. 
  2. BOBBIO, N. (1991), p. 89. 
  3. BOBBIO, N. (1991), p. 90. 
  4. ZANONE, V. (1972), p. 253. 
  5. cfr. GREEN, T.H. (1882). 
  6. cfr. HOBHOUSE, L.T. (1918). 
  7. cfr. BEVERIDGE. W. (1942). 
  8. MATTEUCCI, N. (1981), p. 407-423. 
  9. ZANONE, V. (1972), p. 253. 
  10. MERQUIOR, J. G. (1993), p. 77. 
  11. ZANONE, V. (1972), p. 262. 
  12. cfr. KEYNES, J. M. (1997). 
  13. cfr. KICILLOF, A. (2007). 
  14. KEANE, J. (1992), p. 37. 
  15. MISHRA, RAMESH (1989), p. 57. 
  16. La Organización de Países Exportadores de Petróleo estableció el precio del barril y los niveles de producción de cada uno de los países miembros, con lo que generó una nueva situación que terminaría con el cambio del patrón de acumulación a escala internacional. 
  17. KEANE, J. (1992), p. 43. 
  18. KEANE, J. (1992), p. 44. 
  19. cfr. HAYEK, F. A. (2002). 
  20. En abril de 1945 Reader’s Digest publicó una versión ligeramente abreviada del libro que llegó a alcanzar una difusión de 600.000 lectores. Alrededor de 1950 se publicó en Look Magazine una versión ilustrada, posteriormente convertida en folleto por General Motors. 
  21. HAYEK, F. (2002), p.76. 
  22. En 1947 Hayek convocó a treinta y seis intelectuales, la mayoría economistas, junto con historiadores y filósofos en el Hotel du Parc, en la villa de Mont Pelerin, cerca de la ciudad de Montreux, Suiza, para discutir la situación y el posible destino del liberalismo tanto a nivel teórico como en la práctica. El grupo tomó el nombre de “Sociedad Mont Pelerin” en honor al lugar donde ocurrió este primer encuentro. Entre los miembros más destacados estuvieron Ludwig Erhard, creador y conductor del “milagro alemán”; Jacques Rueff, defensor del patrón oro; Walter Lippman, conocido periodista y ensayista; Milton Friedman, premio Nóbel de economía en 1976, consejero de la presidencia norteamericana e inspirador de la Escuela de Chicago; y el filósofo Karl Popper, autor de La sociedad abierta y sus enemigos. También se destacan otros economistas ganadores del premio Nóbel como George Stigler (1982), James M. Buchanan (1986), Maurice Allais (1988), Ronald Coase (1991), Gary Becker (1992) y Vermon Smith (2002). 
  23. cfr. PRZEWORSKI, A. (1990). 
  24. ZANONE, V. (1972), p. 241. 
  25. HAYEK, F. (2002), p. 106. 


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