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Introducción

Oscar Moreno


Profesor Titular de Principales Corrientes 
del Pensamiento Contemporáneo


A manera de presentación

 Los debates que se presentan en este libro son el resultado de un trabajo que, desde hace varios años, se viene desarrollando en la asignatura Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo, de la carrera de Ciencias de la Comunicación Social, de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Estos debates recuperan algunas de las preocupaciones que aparecen, de un modo recurrente, en gran parte del pensamiento social y político de la convulsionada época contemporánea.

El punto de partida para la construcción y el desarrollo de dos paradigmas de interpretación, cuya importancia fue decisiva para pensar el siglo XX, lo constituyen los pensamientos de Karl Marx y Max Weber. El último siglo estuvo atravesado por grandes crisis económicas, políticas y culturales que señalan la aparición de distintos tiempos históricos. El aporte de este libro, producto colectivo de la mayoría de los actuales componentes de la cátedra, es el de considerar la relación entre el capitalismo, el Estado y la democracia en diferentes autores que pensaron los problemas del siglo XX. Autores que, aun cuando no necesariamente hayan habitado el último siglo, dejaron herramientas teóricas cuya capacidad para interpelar la realidad no ha perdido su potencial.

En ese sentido, el programa de la asignatura desarrolla dos caracterizaciones diferentes del capitalismo. Una originada en Sombart y elaborada por Max Weber que pone el acento en el racionalismo económico, elemento constitutivo del “espíritu del capitalismo”. El mismo es un momento genético del propio capitalismo y anterior al desarrollo de cualquier empresa capitalista. La otra perspectiva, estructurada a través del pensamiento de Marx, vincula el origen del capitalismo con la aparición de la fuerza de trabajo como mercancía. De esta manera, la condición histórica para el surgimiento del capitalismo está ligada a la concentración de la propiedad de los medios de producción en manos de una minoría de la sociedad y a la aparición, como contrapartida, de una clase de no propietarios que obtiene su sustento con la venta libre de su fuerza de trabajo a través del mercado.

La primera aproximación presenta la dificultad de no ofrecer elementos teóricos para identificar un momento histórico del surgimiento del capitalismo. En cambio la segunda, permite determinar el tiempo histórico para la aparición del modo de producción capitalista, diferenciado claramente de la producción artesanal independiente y de la presencia de una clase de mercaderes y banqueros cuyo capital no está destinado a la producción del plusvalor.

El pasaje del feudalismo al capitalismo se puede entender, en la segunda de las caracterizaciones, dentro de un arco de situaciones. Uno de sus extremos puede ser enunciado como “la revolución desde la base” donde la emancipación económica va acompañada por la revolución política de una nueva clase de productores, como en el modelo inglés de la revolución cromwelliana. El otro extremo quedaría expresado en “la revolución desde lo alto” en que el capitalismo es impulsado desde el Estado, tal como la vía prusiana en la definición de Lenin, que cobró significado en el caso alemán, cuando el Estado fuera promovido por el ejército que respondía al canciller Bismark y por el peso de los terratenientes (junkers).

El capitalismo, cualquiera sea su vía de acceso, se ha de consolidar, en tanto modo de producción en la concentración del poder soberano y en cuanto expresión del dominio institucionalizado, propiamente público, sobre un conjunto territorial nacional.

 La concentración del poder soberano en el Estado produjo históricamente la separación entre las esferas de lo público y lo privado y fue el resultado, a su vez, de la diferenciación entre un nivel económico y un nivel político, como áreas funcionales dentro del modo de producción capitalista. Dicho proceso implicó tanto la destrucción de los parlamentos “medievales” como la constitución de las formas de dominación política específica de la naciente burguesía.

Los momentos límite de la transición del feudalismo al capitalismo se expresan en dos procesos complejos y radicales en el desarrollo de la historia de Occidente. Uno de ellos es la “revolución industrial” con la aparición de la fábrica como eje de una producción de carácter colectivo. El otro es la “revolución política” representada por la Revolución Francesa de 1789.

La democracia representativa, en tanto “gobierno del pueblo”, fue un tema de discusión a lo largo de todo el siglo XIX. Su definición quedó cargada de significados diferentes al ritmo de los cambios producidos en el desarrollo del capitalismo y en la conformación de los Estados nacionales. Por eso la democracia no fue un concepto uniforme y universal sino un movimiento político sostenido por diferentes fuerzas políticas y clases sociales en lucha por determinados fines.

La discusión dio como resultado, desde una perspectiva bastante esquemática, dos tipos de movimientos “democráticos” disímiles donde cada uno de ellos comprendió un concepto diferente de la democracia acorde con la relevancia que se fueron otorgando a distintos niveles de análisis. La democracia socialista se distinguió principalmente por fusionar el autogobierno de la colectividad con la posesión colectiva de los principales medios de producción, mientras que la democracia burguesa sostenía y sostiene el autogobierno de la colectividad pero conservando como principio irrenunciable la propiedad privada de los medios de producción.

 Estado y Democracia en la concepción de Marx

 Los señalamientos de Marx respecto de la emancipación política no suponen la emancipación humana. Sus análisis sobre el “bonapartismo”, a la luz de la constitución del Segundo Imperio Francés, así como sus reflexiones sobre las formas de autogobierno en el marco de la transición poscapitalista reseñadas en relación con la experiencia de la Comuna de París (1871), evidencian el papel que le cabe a la democracia como uno de los ejes del pensamiento marxista. En tanto los procesos de democratización están estrechamente unidos a las luchas sociales y los sujetos que las encarnan, el marxismo recoge y vincula estos procesos con la tradición política revolucionaria. Esa tradición estaba representada por las corrientes utópicas, anarquistas y socialistas que dieron lugar a diferentes tradiciones que han convivido y conviven al interior del pensamiento crítico experimentando momentos de encuentros y diferencias.

Para Marx, la compulsiva expropiación a los campesinos de los medios de producción implicó la aparición de dos formas diferenciadas de control de la vida humana, siendo ello una característica propia del capitalismo. Es decir, mientras que en el momento de la producción surge el despotismo del capital, en el momento de la circulación aparece el edén de los derechos del hombre. En efecto, el capitalismo posee la peculiaridad de que lo económico y lo político comprendan dos entidades discretas del control sobre la vida humana.

Esta constitución escindida entre el Estado (lo político) y la sociedad civil (lo económico) es el resultado histórico concreto de la forma particular que asumen las relaciones sociales de producción bajo el capitalismo. Estas dos instancias diferenciadas de la dominación de clase dan lugar a percepciones ficticias-reales de la libertad capitalista donde la emancipación política es, al mismo tiempo, la emancipación de la sociedad civil de la política y donde la sociedad feudal es disuelta bajo los fundamentos del hombre egoísta. En efecto, la instancia de la dominación política de clase que toma la forma Estado supone la desigualdad económica, de modo que la igualdad en el terreno político es de carácter abstracto.

Asimismo, la libertad económica también es abstracta en tanto supone la continua separación de los productores de sus medios de producción y, por lo tanto, está mediada por la compra y venta de la fuerza de trabajo. Desde esta perspectiva, Marx –así como la teoría crítica posterior– comienzan su análisis a partir de la especificidad del Estado capitalista como matriz de la dominación de clase. Si el señalamiento de la naturaleza de clase del Estado resulta una de las cuestiones centrales del acervo marxista, el entendimiento de las formas histórico-concretas que ésta asume y, por otro lado, la elucidación de las características que adopta la autonomía relativa que guarda el Estado respecto de las clases dominantes habrá de constituirse en uno de los núcleos problemáticos en el debate y la producción de esta corriente de pensamiento.

Por otra parte, desde un punto de vista puramente descriptivo, el Estado liberal parece tener como característica su no intervención directa en la esfera de la economía, aunque toda su presencia sea la de ofrecer un orden legítimo de garantías de las oportunidades de intercambio.

Si la perspectiva desarrollada por Marx somete a la crítica tanto los límites de la democracia circunscripta a lo político-estatal como su papel en la conformación ideológica de la dominación, frente a ello, como muestra E. P. Thompson, la democracia en el capitalismo no es un atributo que pueda ser simplemente adjudicado a la teoría liberal. La tradición democrática de la organización social así como los procesos de democratización en el terreno político –desde el sufragio universal al voto secreto– se encuentran íntimamente vinculados a las prácticas y luchas de los sectores populares.

El debate antes planteado permite distinguir, por un lado, la democracia socialista explicitada en los escritos de Marx y Engels y caracterizada principalmente por fusionar el autogobierno de la colectividad con la posesión colectiva de los medios de producción. Por otro lado, puede identificarse la democracia burguesa que sostiene el autogobierno de la colectividad pero conservando como principio irrenunciable la propiedad privada de los medios de producción.

En este sentido, Marx y Engels, en el período de 1845 a 1895, señalan que la política, y especialmente la política emancipatoria, es una práctica de discusión incesante con la democracia. Los partidos socialistas de los siglos XIX y XX encarnaron esta propuesta pero su implementación práctica como política de Estado es un asunto sujeto a una dificultosa discusión teórica.

 En este libro se presentan dos artículos cuya intención es destacar la actualidad filosófica del pensamiento de Marx para interpretar fenómenos políticos y sociales contemporáneos: “Karl Marx: el devenir de la ‘ideología’ en el Estado capitalista” de María Gabriela D’Odorico y “Para pensar el concepto materialismo histórico dialéctico” de Jorge Manuel Casas. En ellos se puso un especial énfasis en dos de los elementos más complejos pero, a la vez, centrales, para pensar una concepción materialista de la historia. La “ideología” y la “dialéctica”, por distintos motivos, fueron de tal interés durante el último siglo que su uso llegó a cobrar una especie de independencia respecto de sus autores de origen. Se puede decir que han desarrollado una historia propia de su significado y de sus efectos político-prácticos.

El devenir del concepto de ideología, por ejemplo, atraviesa todo el marxismo contemporáneo y permite nexos con otros desarrollos teóricos como el psicoanálisis. A partir de la “ideología” es posible hacer un análisis del modo en el que el capitalismo inscribe a los hombres en sus procesos, los cautiva a la vez que los explota y genera las condiciones que hacen posible tanto la dominación como la insurrección. Se reflexiona especialmente sobre las posibilidades de la novedad política dentro de un orden concebido por el Estado capitalista.

Capitalismo y racionalidad en el pensamiento de Weber

 Weber señala que, si bien el capitalismo como relación social de comercialización e intercambio existió en muchas sociedades (el aventurero, por ejemplo), su análisis se centrará particularmente en el modo peculiar que éste asume en Occidente. En La ética protestante y el espíritu del capitalismo, el concepto queda vinculado con la noción de racionalidad, uno de los ejes centrales de su obra.

El proceso de racionalización, más allá de su expansión específica en la burocratización de la sociedad moderna y en la expansión de la tecnología, afecta todas las esferas de la experiencia, de la política, del arte y de la religión. De allí su escepticismo respecto de la capacidad de la Razón para resolver las antinomias de la condición humana. Así se hacen evidentes en los análisis weberianos las dificultades del racionalismo para resolver los conflictos propios del mundo capitalista. El concepto de racionalidad en Weber, ambiguo, confuso, nunca claramente definido por el autor, adopta una dimensión omniabarcativa en todas las dimensiones de la vida social, siendo la económica sólo una de ellas.

La multiplicidad de significados que puede ofrecer la noción de racionalidad plantea al menos tres definiciones posibles para su estudio. La primera de ellas refiere a la libertad individual más adecuada a la etapa capitalista. La segunda atañe específicamente a las ciencias sociales. Una última, la vincula al proceso de racionalización que caracteriza a la época moderna. De estos sentidos, se infiere que la razón queda definida como objetiva, a-valorativa y a-sexuada. Dicha razón implicada en la acción social con arreglo a fines, propia de la actividad económica-capitalista, estaría desvinculada de la acción racional con arreglo a valores que implican las acciones menos racionales o irracionales, propia de la actividad política.

La democracia se instala en un punto crítico donde se otorga más poder al demos o se persiguen más altos niveles de racionalización (burocratización de la función pública y racionalización del Estado), entendida bajo su dimensión sustancial tanto como desde su dimensión funcional o adecuación de medios a fines y al progreso tecnológico. La dilemática de la desgarrada “razón occidental” aparece en toda su intensidad en la crisis capitalista y, sobre todo, en las contradicciones de las formas posibles de la dominación. Lograr rasgos de racionalidad en el ejercicio del poder y a su vez preservar la libertad individual será una de las vertientes fuertes de la teoría política del siglo XX. Dicho de otra manera, se trata de definir los límites de la democracia ante el ejercicio político racional entendida por otros autores como “planificación democrática” (Sartori), “planificación para la libertad” (Karl Mannheim) o “camino a la servidumbre” (Hayek).

En la concepción histórica de Weber, la democracia y el capitalismo son meras manifestaciones de su desarrollo conceptual que no es otro que el proceso de racionalización. Fue ese proceso el que permitió el tránsito de la sociedad feudal a la capitalista o a la modernidad –el paso de la “comunidad a la sociedad” en términos de Tonnies– y llevó a la constitución del Estado-Nación moderno y a su conformación democrática. Ese proceso de racionalización burocratizó las relaciones de poder por ello es necesario el rescate de la acción social con arreglo a valores, único límite de la condición humana a la pura racionalización. La racionalización de la actividad económica (contabilidad, racionalidad en el trabajo, separación gradual de la propiedad y el poder político) dio origen al capitalismo.

El incremento del poder de la burocracia y el necesario desarrollo democrático de la sociedad alcanzan grados de fricción importantes en el Estado Capitalista. El avance de la burocratización se fundamenta en su superioridad técnica respecto a cualquier otra forma de organización en una sociedad de masas. La burocratización representa la forma más racional de ejercicio de la dominación y por lo tanto se constituye en la sombra inseparable de la creciente democracia de masas. Este progreso incontenible hacia la burocratización se transforma en una amenaza contundente a la libertad, a la democracia y a la política como vocación. La metáfora de la “jaula de hierro” expresa en este sentido el temor weberiano al único poder realmente inevitable: la burocracia en el Estado y en la economía.

La democracia entra en contradicción con el creciente centralismo burocrático, instrumento de los diferentes gobiernos. Weber compartía esta preocupación con Tocqueville y con Robert Michels quien lo desarrolló, en el máximo del paroxismo, en los partidos políticos, visualizados como foco de las “tendencias oligárquicas de la democracia moderna”. Para Weber, el socialismo quizás fuera inevitable debido al grado de desarrollo que el capitalismo había alcanzado. Sin embargo esto no significaba que fuera beneficioso, porque para él, no era más que una maligna agudización del propio capitalismo.

El artículo de María Alicia Gutiérrez “Encrucijadas de la modernidad: el pensamiento de Max Weber” da cuenta que, si bien su teoría responde al ideario liberal, la complejidad de su pensamiento, atravesado por un sinnúmero de contradicciones y debates con las grandes arquitecturas teóricas de la época, supera las conceptualizaciones clásicas del liberalismo.

Transformaciones del Estado y la sociedad civil
en la primera parte del siglo XX

 Desde 1870 hasta la Primera Guerra Mundial, ocurre la fase de nacimiento y consolidación del capitalismo monopolista. Éste se va a caracterizar, por la concentración en la organización y en la dirección de los medios de producción por una parte y la organización del mercado financiero por la otra. En este período de depresión económica, fundamentalmente en Alemania, van a aparecer las sociedades de acciones financiadas por los grandes bancos (capital financiero). Es el proceso a través del cual las fusiones empresarias, quiebras de las más chicas y medianas, organización de sociedades encadenadas, entre otras, se produce una clara dirección del mercado a través de las concentraciones monopólicas y oligopólicas. Con ello se afecta directamente la libre competencia. Ésta es la etapa de la extensión del capitalismo al mundo (el imperialismo del que habla Lenin) o de la relación entre países desarrollados y subdesarrollados (sobre la que escribió Rostow).

La novedad de esta situación produce efectos en las formas político-estatales de la sociedad capitalista. En cuanto al Estado, es la época de su expansión tanto a nivel de la administración como de las funciones y la organización militar que se produce en función de las estrategias militares de expansión. Pero también hay cambios profundos en la sociedad civil. Esas tensiones se reflejan en el desarrollo de las organizaciones sindicales de trabajadores industriales y de los partidos políticos de masas producidos por la ampliación del sufragio y por la necesidad de la agregación y la expresión de la demanda política.

En el siglo XX se dieron las dos guerras mundiales que trajeron aparejado el desarrollo de la industria que los mecanismos ordinarios del mercado eran incapaces de garantizar. Ello trajo como consecuencia una nueva modificación en el rol del Estado que, a partir de ese momento, se ve urgido a intervenir de un modo directo en la economía. En la medida en que el Estado se transforma en el principal comprador, el control de las finanzas y el reparto de las materias primas se vuelven prioritarios. Los acontecimientos se precipitaron cuando, entre las dos guerras, se produjo la famosa crisis económica de 1930 que desemboca en la formación de un Estado dirigista que va desde el New Deal en los EE.UU. hasta los fascismos europeos. Los fascismos son una alternativa diferente a las formas estatales que normalmente acompañaron los procesos de industrialización. Este análisis sería incompleto si no se destacara, durante el período de entreguerras, la emergencia de la Revolución Rusa, un proceso que va a tener un intenso y prolongado impacto en la conflictividad que se dio en las sociedades capitalistas.

La Revolución Rusa: reformistas y revolucionarios

La Revolución Rusa fue el inicio de la primera experiencia de ruptura del capitalismo y de la construcción de una sociedad socialista. Los debates en la primera parte del siglo XX ante los procesos revolucionarios en Rusia y Europa Central, cristalizaron en dos puntos de vista diferentes en el interior de las corrientes socialistas. Los mismos estaban inspirados en dos concepciones diversas del Estado y la democracia frente a los procesos de transformación social. Por una parte, los sectores reformistas concebían la transición al socialismo como una progresiva acumulación de conquistas y ampliación democrática en el marco de la continuidad institucional y del aparato del Estado. Por otra parte, las corrientes revolucionarias, en sintonía con Marx, defendían la necesidad de la destrucción de la maquinaria estatal y la trascendencia de las formas representativas de gobierno. Se orientaban así hacia formas de autogobierno verdaderamente democráticas de los sectores obreros y campesinos, que tenía como espejo la experiencia rusa de los soviets como la forma más conocida que adoptó su cristalización histórica.

Bajo el signo de la revolución victoriosa Vladimir Ilich Lenin se convirtió en una de las figuras más relevantes del marxismo del siglo XX, a tal punto que el estalinismo habría de cristalizar todos sus aportes bajo la denominación de marxismo-leninismo. Lenin fue el orientador ideológico y político de la Revolución Rusa tanto en su trabajo político como en su función de intelectual. Lenín había constatado que Rusia era un país fundamentalmente agrícola, con una economía pastoril y gobernado por el zarismo, prototipo de la autocracia.

En El desarrollo del capitalismo en Rusia, que es quizás la obra más significativa que se haya escrito como aplicación de todas las categorías teóricas que configuran el primer tomo de El Capital en un país determinado, Lenin plantea la necesidad de una revolución democrático-burguesa que, cambiando las relaciones de dominación, le abriera las puertas al desarrollo industrial. No había condiciones objetivas para llevar adelante una revolución socialista. Sin embargo era posible materializar una revolución democrática burguesa que trastocara las relaciones de dominación de la sociedad, que generara un efectivo proceso industrial y, finalmente, diera lugar a la aparición del auténtico motor de los procesos revolucionarios: la clase obrera.

El desarrollo… provoco innumerables debates y serios cuestionamientos, como el de Rosa Luxemburgo, quien se negará a pensar una revolución que tuviera como resultado la creación de una clase obrera con conciencia sindicalista. Siguiendo los avatares de la historia revolucionaria y los peligros señalados por los socialistas europeos, se comprueba que los mismos poco tuvieron que ver en el desenlace de los procesos históricos que se estaban viviendo. Porque el fracaso de la Revolución de 1905 hizo que Lenin cambiara su posición y escribiera un libro que, hasta la década de los ’70 del siglo XX, fue el manual al cual se recurría para buscar respuestas acerca de cómo hacer una revolución socialista. Ese fue el Qué hacer donde Lenin sostenía que los trabajadores no podían adquirir por sí solos la conciencia revolucionaria. En la medida en que están alienados de los medios de producción y trabajando dentro del proceso productivo, los trabajadores no tienen alternativas. Ese trabajo en el proceso productivo los lleva a que, a lo sumo, puedan lograr una conciencia sindicalista, que les permita encarar la lucha por las mejoras de las condiciones laborales o del salario.

¿Quién se encargaría de promover la perspectiva revolucionaria al interior de la clase obrera? La vanguardia organizada en el partido. Desde esta perspectiva, la revolución supone la construcción de un partido de cuadros, esto es de militantes profesionales, encargados de postular y transmitir, crear y transferir a los trabajadores la necesidad de trascender y articular las reivindicaciones de carácter sindical o económicas con el proyecto político de signo revolucionario. Estos cuadros son los que van a posibilitar en los trabajadores un salto de la conciencia sindicalista a la revolucionaria. Este es el eje del Qué hacer, esta es la base sobre la cual el Partido Comunista Ruso va a generar la organización que hizo la Revolución, cuyo símbolo lo representa el siempre mentado asalto al Palacio de Invierno.

Pero una vez tomado el poder, se le presentó a este modelo un problema que bien describiera León Trotsky, porque posteriormente a la toma del poder se produce el reemplazo de la clase obrera y el pueblo por el Partido, luego el Comité Central reemplaza al Partido y finalmente, el Secretario General reemplaza al Comité Central. El modelo del Qué hacer terminó en una dictadura unipersonal que, en el caso de la Revolución Rusa, fue el estalinismo.

Por otra parte, tanto en la revolución frustrada de 1905 como en la victoriosa de 1917 el proceso de luchas sociales desencadenó una especie de Asamblea de trabajadores, soldados, habitantes urbanos de las aldeas, que constituyeron el caldo de cultivo donde se fue construyendo el poder popular y la ideología revolucionaria: los soviets.

Finalmente Lenin en El Estado y la Revolución reconoció y estimuló la función de los soviets. Mirado desde el presente El Estado… hizo reaparecer las tesis que estaban en El desarrollo… en el que se sostenía la necesidad de que Rusia fuera una potencia industrial que sólo podría lograrse con la destrucción de la maquinaria del Estado zarista y el impulso de los soviets como nuevos espacios de gestión de lo político-público, propios de las clases subordinadas.

Asimismo vale reseñar los debates formulados al interior del marxismo revolucionario acerca del papel de algunas de las instituciones de la democracia representativa en el marco de la transición abierta por la revolución y que tuvieron como actores principales a Rosa Luxemburgo, Antón Pannekoek, Karl Korsch, entre otros. La derrota de las experiencias de transformación social en Europa Central, la circunscripción de la revolución a los confines de la recién creada Unión Soviética y la afirmación de un modelo colectivista burocrático bajo la hegemonía del estalinismo habrán de ocluir el peso de las corrientes que reivindicaban la auto actividad social y la democracia socialista como elementos centrales de la construcción de la emancipación. La vida de Leon Trotsky y la de la corriente política que inspiró se constituyeron en un ejemplo de la lucha contra dicha invisibilización.

La Revolución del ’17 rompió con el mito fundamental vinculado a la viabilidad de una revolución socialista. Demostró que las ideas de Marx se podían concretar en un Estado y que, por lo tanto, no eran meramente utópicas. Esto trajo dos efectos diferenciados en el modo de interpretación acerca del socialismo soviético en la clase obrera de los países del occidente europeo: empezó a crecer la convicción de que la democracia y el capitalismo eran dos fenómenos incompatibles, con la Revolución del ’17 y la instauración de un régimen derivado de las ideas de Marx; en las clases dominantes comienza a crecer rápidamente el temor respecto del posible e inmediato advenimiento de un régimen socialista.

La complejidad de estos procesos históricos y la amplitud de los debates que suscitaron, y que sólo brevemente se reseñan, señalan la importancia que asumió la consideración del papel del Estado y la democracia en relación con los procesos de transición post-capitalistas. Ésta se convertirá en una de las temáticas centrales del debate del pensamiento crítico, particularmente, cuando a mediados de la década de los ‘50 la desaparición de Stalin, la posterior crisis del estalinismo y la aparición de un nuevo ciclo de luchas sociales que restituya la actualidad de los horizontes emancipatorios socialistas.

Esta muy esquemática síntesis trata de ser una de la claves para entender el pasaje del pensamiento de los fundadores a la primera de las revoluciones. En el siglo XX se pueden identificar, entre otras, tres importantes revoluciones socialistas, que marcan diferentes estilos revolucionarios, la Revolución Rusa del ’17, la Revolución China del ’49 encabezada por Mao Tsetung y la Revolución Cubana del ’59 liderada por Fidel Castro.

El aporte de Antonio Gramsci

En el vértice entre la experiencia revolucionaria en la Rusia Soviética y su deformación burocrática bajo el peso del estalinismo, Antonio Gramsci (1891-1937), durante sus años de encierro en la cárcel fascista (1926-1935), habrá de volcar en 34 cuadernos de notas –conocidos luego como los Cuadernos de la Cárcel– uno de los principales legados teóricos del marxismo.

 La estructura de notas que orientan la escritura de los Cuadernos…, la enorme dificultad que el pensador italiano tenía para acceder a la documentación, así como la vigilancia carcelaria padecida, lo forzaron a utilizar un lenguaje metafórico. La ambición de trabajar conceptos y problemáticas nuevas con viejos vocabularios transforma a Los Cuadernos… en un texto de difícil lectura que ha despertado diferentes interpretaciones. Esas interpretaciones han permitido su uso tanto por las corrientes reformistas (de la socialdemocracia al eurocomunismo) cuanto revolucionarias.

 La especificidad y virtud del aporte gramsciano reside en que resulta uno de los intentos más ricos de reflexión desde el marxismo –fuera del disciplinamiento estalinista– de las formas particulares que adoptó la dominación burguesa en las sociedades del capitalismo desarrollado. En ellas, a diferencia de la Rusia zarista y de las experiencias que analizó Marx (Francia en la época de Luis Bonaparte o la Comuna de París), existía una extendida presencia de una forma de gobierno caracterizada por la democracia representativa y una sociedad civil consolidada con múltiples organizaciones e instituciones.

En este sentido, las reflexiones de Gramsci resultarán un aporte insustituible para comprender las características de la dominación burguesa en la fase capitalista keynesiana. Su concepto central es el de hegemonía, aunque el mismo se encuentre estrechamente asociado a un amplio conjunto de categorías que se enlazan unas con otras, y entre las que se encuentran el análisis de la relación entre Estado y sociedad civil conceptualizando esta última a la manera del Marx maduro y, por ende, estableciendo una diferencia radical con la interpretación de Hegel. La hegemonía refiere al modo en que el poder gobernante se gana el consentimiento de aquellos a los que sojuzga, aunque en ocasiones utiliza este término para referirse a la vez a consentimiento y coacción. En esta última perspectiva es una síntesis de dirección y dominación, de consentimiento y de fuerza, de la capacidad de una determinada clase social para dirigir a sus aliados y someter a sus adversarios. Tres aspectos significativos pueden señalarse entre las riquezas que conlleva dicho concepto. En primer lugar abarca a un conjunto diverso de prácticas y producciones simbólicas en la medida que refiere a la dirección ético-moral, política, ideológica y cultural de determinadas clases que incluye desde la producción del “sentido común” y su naturaleza de clase hasta las concesiones económico-corporativas. En segundo lugar permite abordar la problemática de la construcción de la ideología dominante desde una mirada donde la producción de saberes no está desligada de su inscripción material en prácticas e instituciones sociales. Finalmente, frente a una idea estática de la dominación, la hegemonía es un devenir que constantemente se reformula y se redefine, un espacio de conflicto permanente entre lo subalterno y lo hegemónico por la apropiación del sentido donde es posible dar cuenta, reflexionar y hacer, en relación a las construcciones contrahegemónicas.

Dado que los Cuadernos… fueron publicados recién a mediados del siglo veinte, el pensamiento de Gramsci fue ocupando un lugar cada vez más destacado en los debates y la reflexión del pensamiento marxista hasta el presente.

En este libro se incorpora un artículo de Paula Lenguita, “Homenaje reflexivo a Antonio Gramsci”, que está motivado en tender lazos de continuidad entre Lenin y Gramsci, que recuperen aquella mirada hacia la transformación del bloque histórico, un cambio capaz de suscitar la revolución de Occidente.

Keynes y el acuerdo social tripartito

En algunos de los países capitalistas desarrollados, después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, se inició una etapa que muchos hubieran creído imposible para el capitalismo: una suerte de acuerdo entre capitalistas y trabajadores con el Estado como árbitro. Amenazado, por un lado, por un capitalismo corporativo que se mostró económica y políticamente exitoso durante los años 30’ y, por el otro, por un socialismo que pasó la crisis del 30’ sin consecuencias, el capitalismo liberal tuvo que encontrar una salida que asegurara su supervivencia en el largo plazo. La solución, comúnmente llamada keynesiana, planteaba esencialmente no dejar todo en manos de un mercado que, supuestamente, equilibraría el sistema progresivamente hacia una situación de pleno empleo. Keynes demostró que el sistema puede equilibrarse y mantenerse con niveles de ocupación muy por debajo del pleno empleo, un indicador que aumentaba junto con los niveles de conflictividad social y radicalización de la clase obrera.

Para lograr que el punto de equilibrio se dé en una situación de pleno empleo y crecimiento, Keynes propone la intervención directa del Estado para estimular la demanda y comenzar a poner en funcionamiento lo que se denominó el “círculo virtuoso” en el campo de la economía.

La propuesta keynesiana estaba muy lejos de plantear una salida socialista pero, muchos sectores de la izquierda socialdemócrata, la vieron como una forma de acercarse a sus objetivos. Incluso algunos partidos socialdemócratas no sólo la adoptaron sino que también la ampliaron. Con las medidas keynesianas los capitalistas podían aprovechar una economía en crecimiento que dejaba enormes ganancias a pesar de las concesiones que tenían que otorgarle a la clase trabajadora. Pero no hay que confundirse: Keynes era un antimarxista explícito. Entre otras cosas se preguntaba cómo era posible aceptar una doctrina que erigiese, como su principal referencia, por encima y fuera de toda crítica, un anticuado libro de texto de economía científicamente inaplicable en el mundo moderno, en obvia referencia a El Capital de Marx.

Keynes propuso tomar algunas medidas económicas que resolvieran naturalmente un conflicto que estaba socavando las bases del sistema político y que devolviera fuerza y vigor a las democracias capitalistas que habían de lograrse durante los próximos veinticinco años. Sólo los liberales más recalcitrantes, entre ellos el virulento Friedrich von Hayek, quien compara a la política económica de Keynes con la de los comunistas y los fascistas, no podían aceptarlo aún frente al innegable y verificable crecimiento económico de las décadas de los 50’ y 60’, que superará largamente la de cualquier otro período histórico.

El libro también incorpora un artículo de Esteban Magnani “Keynes: capitalismo y democracia” donde demuestra que muchas de las propuestas incluidas en el pensamiento keynesiano se aplicaron para lograr el resurgimiento del capitalismo en un contexto de crisis y fueron determinantes para la forma particular de la sociedad política en buena parte de la segunda mitad del siglo XX.

Para una definición del liberalismo

El liberalismo es una construcción histórica bastante alejada de la asociación que automáticamente se desarrolla con el concepto de neoliberalismo, en tanto forma de organización del Estado capitalista que se diera después de la crisis de mediados de los ’70 del siglo pasado.

La definición del liberalismo ha enfrentado diversas situaciones fácticas y conceptuales que impiden la precisión en sus características, por ello lo único que puede englobar a todo el liberalismo es la reconstrucción teórica de su manifestación histórica. El liberalismo es un proceso social, económico y filosófico propio de la modernidad, que tuvo su epicentro en Europa y se desarrolló en el área atlántica.

Decía Norberto Bobbio que el liberalismo es un movimiento de ideas que pasa a través de diversos autores como Locke, Montesquieu, Kant, Adam Smith, Humboldt, Constant, John Stuart Mill, Tocqueville, entre otros clásicos. A la vez, como teoría económica, el liberalismo toma partido por la economía de mercado y finalmente, como teoría política propugna que el Estado gobierne lo menos posible.

El Estado liberal es el Estado que se permitió, primero, la pérdida del monopolio del poder ideológico, mediante la concesión de los derechos civiles, entre los cuales se destacan el derecho a la libertad religiosa y la opinión pública, después, la pérdida del monopolio del poder económico, por medio de la concesión de la libertad económica. Sólo logró conservar el monopolio de la fuerza legítima.

Los principios del liberalismo que regían a la organización de la sociedad sufrieron un golpe importante en 1917 con la Revolución Rusa, la que constituyó al socialismo como organización del Estado y que se completó con un importante crecimiento de los partidos socialistas en los países occidentales. En este período histórico surgió el primer enfrentamiento con el liberalismo desde la posición opuesta, que considera que no es el mercado el que debe organizar la sociedad sino que esa es la función que le compete al Estado. El socialismo se constituyó como una corriente de crítica permanente a los supuestos que originan el mercado con lo cual se va a convertir en un “cuestionador” histórico del liberalismo.

En esta época apareció un serio cuestionamiento al liberalismo desde las formaciones políticas de derecha. Las dictaduras propias de los ’30 en Europa, Franco en España, Salazar en Portugal, Hitler en Alemania, Mussolini en Italia, constituyen movimientos orgánicos que critican al liberalismo como fundamento del Estado Moderno.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, ante la derrota del eje y de los regímenes fascistas (Hitler y Mussolini), y a pesar del mantenimiento del rezago de los ‘40, con Salazar y Franco, retornó el liberalismo a la Europa occidental, correlativamente con el desarrollo del pensamiento de Keynes que permite la articulación de la relación Estado y capitalismo, eje sobre el cual se estructura el liberalismo.

El conflicto entre el liberalismo y el socialismo, según Keynes consistía en que el liberalismo tenía la capacidad de combinar conjuntamente eficiencia económica, justicia social y libertad individual en tanto que el socialismo sólo podía lograr la justicia social.

Las ideas económicas y sociales de Keynes rigieron la organización de los Estados capitalistas desde 1945 hasta 1980. En los ’80 algunas manifestaciones propias de los intereses de la burguesía comenzaron a cuestionar la forma planificada de la organización del Estado. El socialismo no era ya el enemigo, en tanto la Guerra Fría estaba llegando a su fin. Terminado “el salvataje del capitalismo” a partir de las diferentes formas que asumió la aplicación de las ideas de Keynes, la burguesía comenzó el proceso de cuestionamiento del control del nivel de la inversión que era y es su libertad más preciada.

A mediados de la década de los ’70 llegó a su fin la forma de relación entre el Estado y el capitalismo conocida como el Estado del Bienestar. Las economías occidentales sufrieron un proceso de crisis caracterizado por la inflación, el estancamiento y el creciente déficit público. Esto le permitió a la burguesía avanzar acerca de que el Estado podía asumir la responsabilidad del bienestar económico de los ciudadanos en una sociedad capitalista. Surgieron en el seno mismo del pensamiento liberal discusiones acerca de la función del Estado, de los límites y alcances de los derechos formales y del sentido y el lugar que ocupa el difícil problema de la “justicia” frente a una crisis de tal magnitud. Crisis ideológica de confianza en el Estado de Bienestar de la posguerra, pero también crisis fiscal y económica. Los problemas fiscales se centraron en la existencia de un déficit creciente y una reacción contra la presión fiscal en situación de estancamiento con inflación y en la falta de capacidad del Estado hacer frente a los gastos sociales. Los problemas económicos se centraron en la inflación creciente –y la amenaza de hiperinflación– y en la ausencia de crecimiento.

En el marco de esta crisis, agravada por la compleja situación externa y cuyo principal determinante era el sideral aumento de los precios de la energía, apareció el neoliberalismo con sus promesas de controlar la inflación, revitalizar la economía y equilibrar el presupuesto para sacar al capitalismo de la crisis.

Hayek, Friedman y las ideas neoliberales

Camino de servidumbre de Friedrich A. Hayek, escrito en 1944, fue uno de los textos originarios del pensamiento neoliberal. Según el principio rector de Hayek, cualquier tipo de limitación que se le imponga al mercado, ya sea a manos del Estado o de un tercero, se convertirá en una amenaza a la libertad tanto económica como política. Por ejemplo, y en relación al partido laborista inglés que había ganado las elecciones en 1945, decía que, a pesar de sus buenas intenciones, esa social democracia moderada conduciría a los mismos desastres que el nazismo alemán: la servidumbre moderna.

Los argumentos de Hayek giran básicamente en torno a un cerrado grupo de conceptos. En primer lugar, y como punto fundamental de su teoría, aparece revitalizada la idea del mercado como fuerza indiscutible y como eje alrededor del cual debe girar toda sociedad. En referencia al concepto de “la mano invisible” de Adam Smith, la propuesta de Hayek va un poco más allá: no sólo el Estado debe dejar actuar libremente a las empresas para garantizar la competencia libre y justa, sino que además debe formular una estructura legal que haga posible la competencia efectiva. Ese es el papel que el neoliberalismo le asigna al Estado: no un laissez faire “ingenuo” sino un Estado que legisla a favor de las empresas. Por supuesto, el andamiaje retórico de Hayek se construye astutamente de manera que, los aspectos centrales quedan ocultos. Los actores presentes en el mercado deben tener, para él, la libertad para producir, vender y comprar cualquier cosa que justamente se pueda producir, vender y comprar. Anclado entonces en la firme postura de una “justicia” donde todos los individuos son libres y pueden – si se garantiza efectivamente una competencia – escoger soberanamente en el mercado lo que se les antoja, cualquier intento por parte del Estado de intervenir sobre los precios o las cantidades de mercancías a producir priva al mercado de su facultad para realizar una efectiva coordinación de los esfuerzos individuales. En este punto, aparecen dos conceptos relacionados que terminan de cerrar el desarrollo neoliberal de Hayek. En primer lugar aparece como elemento prioritario el individualismo sobre el colectivismo; la exaltación del individuo y todo lo que esté vinculado con sus libertades en el mercado es clave para entender el pensamiento neoliberal. En segundo lugar, el Estado propende a permitir a los individuos que actúen libremente, a que puedan hacer uso de su libertad para poder moverse en el mercado. En el esquema neoliberal todo pasa por el mercado, privilegiando las conductas de consumidor sobre las de ciudadano en los individuos. Por lo tanto, más allá de aquella estructura legal que debe proporcionar el Estado para garantizar la competencia efectiva, debe dejarse de lado toda planificación en relación con la economía. El planteo básico de Hayek se centra en la oposición entre lo que él llama un “Estado de derecho” y lo que denomina un “gobierno autoritario”. El Estado de derecho implica un conjunto normativo que establece las condiciones bajo las cuales pueden utilizarse los recursos disponibles, dejando a los individuos la decisión sobre los fines para los que serán usados. El Estado en ningún momento debe dirigir el empleo de los medios de producción para determinados fines, sean ellos económicos o políticos. En consecuencia la planificación económica de cualquier tipo atenta contra esa individualidad libre de la que está dotada cada persona y que le permite elegir.

Otro elemento del discurso neoliberal es la cuestión de la equidad distributiva de una sociedad. Puede cotejarse que el neoliberalismo realiza una discutible extrapolación del darwinismo biológico para plantear que, si se diera a los diferentes individuos las mismas oportunidades objetivas, eso no significaría que tuviesen las mismas chances subjetivas. No puede negarse que el Estado de Derecho produce desigualdades económicas; todo lo que puede alegarse en su favor es que esta desigualdad no pretende afectar de una manera determinada a un individuo o grupo de individuos en particular.

El Camino… refiere las opciones para enfrentar la crisis de un Estado que ha fracasado en sus intentos de dar bienestar a la población a través de políticas intervencionistas en la economía. Se trata de cultivar el individualismo en desmedro de lo colectivo. La democracia queda relegada al lugar de medio para obtener un fin y jamás ha sido un valor central del liberalismo, según las ideas de Hayek. Recoge la tradición del liberalismo donde la democracia en sí misma jamás ha sido un valor central. El mercado pasa a convertirse en una entidad que trasciende a los individuos y a la sociedad misma y el concepto de igualdad queda relegado ante la idea de libertad. Libertad para elegir, como dirá el célebre escrito de Milton Friedman, otro neoliberal importante que ganó el premio Nóbel de economía en 1974. En Free to chose, publicado en 1980, resume el pensamiento neoliberal en una pequeña fábula muy cercana a un cuento de hadas. Todos los días cada individuo utiliza cantidades innumerables de bienes y servicios dando por sentado que siempre estarán disponibles para comprarlos en el mercado. Nunca pensó en cuánta gente ha jugado un rol importante en algún sentido u otro para la provisión de los bienes y servicios. Nunca se preguntó cómo puede ser que en el supermercado estén disponibles todas las mercancías que desea adquirir ni cómo las personas tienen la posibilidad de ganar dinero para comprar esos bienes. La respuesta está en el título del capítulo inicial de Free… que puede traducirse como el poder del mercado.

Individualismo, capitalismo, privatizaciones, mercado, son conceptos que envuelven todo pensamiento neoliberal. Retomando viejas nociones del liberalismo clásico de Adam Smith, los neoliberales se encargan de adecuar algunas propuestas a las necesidades del desarrollo propio del siglo XX. La búsqueda de maximizar beneficios y aumentar exponencialmente las ganancias de las empresas ha sido y es el eje constitutivo de todo el pensamiento neoliberal.

En 1947 Hayek convocó a quienes él consideraba sus pares ideológicos como Milton Friedman, Karl Popper, Lionel Robbins, Ludwing Von Mises, Walter Eukpen, Walter Lippman y Michael Polanyi para fundar, en el marco de una pequeña estación invernal, la Sociedad de Mont Pèlerin. Esta selecta logia se reunía cada dos años para trazar las líneas ideológicas del combate al keynesianismo. Las décadas del ‘50 y ‘60 del siglo pasado resultaron fatídicas para estos pensadores, dados el crecimiento y desarrollo sin precedentes en la mayoría de los países capitalistas. Un desarrollo debido en parte a la aplicación de las recetas económicas keynesianas, las que diseminaban la promesa de un futuro sólido y en continuo crecimiento.

El hecho de nadar contra la corriente política es remarcado como uno de los pilares del éxito del pensamiento neoliberal, así como la inmutabilidad de sus ideas. El neoliberalismo que se proponía fundar las bases para un capitalismo más salvaje y con menos restricciones apuntó a exacerbar la competencia y el individualismo. Hayek arguyó, frente al consenso social establecido, que la eliminación de la desigualdad afectaba la vitalidad de la competencia entre los individuos al impactar en el desarrollo de la economía. Su convicción lo llevó a afirmar que la libertad económica es la madre de todas las libertades y estaría aun por encima de las libertades políticas.

El libro incorpora un artículo de Oscar Moreno, “Friederich A. Hayek y el liberalismo”, que trata de dar cuenta del surgimiento del liberalismo y del recorrido histórico de esta conceptualización para diferenciarla del neoliberalismo propio de los ’80. En la segunda parte, analiza el pensamiento de Friederich A. Hayek, quien asegura que todas las formas del colectivismo y de cualquier movimiento que busque la “justicia social” conducirán a socavar la legalidad de una sociedad y consecuentemente a la implantación de una tiranía.

Notas sobre el marxismo entre los ’60 y los ‘70

La intervención estatal trajo como consecuencia la ampliación de la esfera pública, constituida por la economía más la seguridad social, los derechos sociales y los individuales; lo que normalmente se sintetiza como Estado de Bienestar. Este fenómeno va a invertir la relación entre el parlamento y el poder ejecutivo. Entre otras cuestiones, este último pasa a tomar las decisiones en casi todos los terrenos. En lo que se refiere al parlamento sólo parecen quedarle funciones de conservación del orden legítimo estatuido.

Las formas particulares que asume el Estado y la dominación político-social a lo largo de la fase capitalista, que se abre tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, incentivarán la revitalización de las elaboraciones y debates en relación con la caracterización de la naturaleza de clase del Estado y el papel de la democracia al interior del pensamiento marxista y la teoría crítica. Debates que resultarán particularmente relevantes a lo largo de las décadas de los ‘60 y ‘70 en el marco de la revitalización del pensamiento marxista crítico. Ante el desarrollo y crecimiento de la capacidad estatal de colonizar y gestionar ámbitos cada vez más amplios de la vida social y con el sentido de dar cuenta teóricamente de dichos procesos un conjunto de reflexiones y debates verán la luz. Las mismas abarcarán desde las formulaciones de Louis Althusser en relación con la naturaleza y papel de los llamados aparatos ideológicos y represivos del Estado hasta los análisis de Michel Foucault sobre los diagramas y dispositivos de poder-saber y la matriz disciplinaria del panóptico moderno. Por otra parte, la ratificación de la naturaleza de clase del Estado y las formas particulares que adopta la dominación política supondrán también la aparición de nuevos estudios tanto desde la perspectiva subjetivista cuanto desde las visiones estructuralistas. Sobre ello la polémica entre el marxista inglés Ralph Miliband y el griego-francés Nikos Poulantzas se convertirá en uno de los duelos teóricos de mayor repercusión. En el mismo sentido vale también señalar los debates y aportes formulados por diversas corrientes del pensamiento crítico, desde la llamada escuela de la derivación, los regulacionistas, la corriente de la “autonomía operaria” italiana o el marxismo analítico. Ciertamente, de todos los aportes y corrientes referidas, uno de los estudios más rico y sugerente habrá de ser el desarrollado por el marxista griego-francés Nikos Poulantzas en su último libro, Estado, poder y socialismo, publicado en 1978. Allí, en base a una revisión crítica del estructuralismo propio de Althusser, las formulaciones de Foucault y la perspectiva heredada de Gramsci, la constitución de la dominación política de las fracciones y clases apropiadoras-explotadoras se realiza en la propia materialidad estatal siendo que ésta es conceptualizada como el resultado de las relaciones de fuerza entre los diferentes sectores que participan de la dominación.

Por otra parte, la crisis del estalinismo y la nueva oleada de revoluciones preñadas de referencias socialistas en el Sur del mundo habrá de revitalizar los debates sobre la cuestión de la democracia y el Estado en los momentos de ruptura revolucionaria y transición poscapitalista. También dará renovada voz a las corrientes de pensamiento provenientes o inspiradas en dichas experiencias revolucionarias otorgando, en desmedro de cierta colonialidad del saber, mayor énfasis y reconocimiento a los aportes marxistas y del pensamiento crítico provenientes del llamado Tercer Mundo.

En este acápite el libro recoge tres aportes. Uno es el artículo de Paula Abal Medina “Escritos políticos en tiempos de urgencia” que, como lo dice su subtítulo, es una revisión del libro Estado, poder y socialismo de Nikos Poulatnzas. Estalinismo y Socialdemocracia eran entonces los nombres que condensaban las amenazas de ese momento y los esfuerzos diversos de diferenciación. Pero en esa dilemática hay más interrogantes que certezas, relativos a los acontecimientos de finales de los ’60: ¿otros sujetos políticos?, ¿nuevos movimientos sociales?, ¿redefinición de articulaciones y bloques?

Otro de los artículos, escrito por Santiago Duhalde acerca de los “Presupuestos y divergencias en el debate Miliband-Poulantzas”, postula dos perspectivas marcadamente diferentes. Por un lado el althusserianismo, enfoque que se inicia a partir de la relectura efectuada por Althousser de los clásicos del marxismo, con materiales provenientes principalmente del estructuralismo y de la epistemología francesa –corrientes ambas exteriores al pensamiento marxista–. Por el otro lado, la posición de Miliband, que relee a Marx desde el interior del marxismo.

Finalmente, el tercero de los artículos pertenece a Rodrigo F. Pascual, sobre la “Actualidad y resonancia del obrerismo italiano y el marxismo abierto. Acerca de Negri (& Hardt) y Holloway”. El autor enuncia que un fantasma recorre el mundo y es el fantasma del ’68. El ’68 resuelto frágilmente, el ’68 inacabado, abierto y siempre presente en las clases dominantes. Este es el espíritu que recorre los textos que se analizan: Imperio de Toni Negri y Michael Hardt y Cambiar el mundo sin tomar el poder: el significado de la revolución de hoy de John Holloway. El artículo es claramente una introducción para comprender el Marxismo Abierto de origen anglosajón y el Autonomismo de origen italiano.

La implantación del neoliberalismo

 A mediados de la década del ’70 del siglo pasado Hayek tiene su revancha con la crisis del modelo económico de posguerra que combinó procesos inflacionarios con bajas tasas de crecimiento. Argumentó que el gran problema recaía sobre el excesivo poder de los sindicatos que, a su vez, se extendía sobre el movimiento obrero que presionaba por materializar excesivas concesiones sociales. De esta forma, las bases de la acumulación privada se veían socavadas por las presiones reivindicativas sobre salarios y gastos sociales del Estado. Esta presión causó la destrucción de los niveles mínimos de beneficio para las empresas al llevar a la economía a una inflación creciente y permanente.

La solución que propuso Hayek era simple: mantener un Estado fuerte para quebrantar el poder de los sindicatos pero débil y limitado a la hora de realizar gastos sociales o intervenciones económicas. La estabilidad monetaria era el fin y el medio de cualquier Estado con un estricto control del gasto presupuestario, la restauración del ejército de reserva para mantener un nivel alto de obreros desempleados disminuyendo el poder de los sindicatos y una reforma concreta sobre las leyes tributarias para reducir el impuesto a la ganancia. La desigualdad que se pretendía marcar garantizaba el normal desenvolvimiento de la economía mediante la competencia individualista.

Las potencias asimilaron la nueva tendencia económica, tanto Margaret Thatcher en Gran Bretaña elegida en 1979, como Ronald Reagan elegido un año más tarde en los EE.UU., fueron los mayores difusores de la revitalización de esta vieja corriente económica. En 1982, Helmut Kohl derrotó al régimen social-liberal de Helmunt Schmidt en Alemania y un año más tarde el Estado modelo del bienestar escandinavo cayó bajo una coalición de derecha.

El gobierno de Margaret Thatcher contrajo la emisión monetaria, elevó las tasas de interés, abolió los controles sobre los flujos financieros, creó niveles de desempleo masivos, aplastó huelgas y cortó los gastos sindicales. Un poco más tarde, avanzó su propuesta con una la oleada privatizadora de las empresas estatales, desde los programas de vivienda hasta las industrias de acero.

A diferencia de Thatcher, Reagan no redujo los gastos del Estado pero sí lanzó la carrera armamentista contra la Unión Soviética, dado que EE.UU. podía darse el lujo de tener una balanza fiscal deficitaria. El caso de EE. UU es casi paradójico si tomamos en cuenta que Reagan asume la presidencia de un país que era una de las mayores economías mundiales y al terminar su mandato lo había convertido en el más importante deudor. Cabe aclarar que estos países no aplicaban ciegamente las ideas que predicaban. EE.UU., por ejemplo, subvencionó a los sectores de su economía que juzgó más débiles como la agricultura y utilizó el gran déficit de su balanza de pagos provocado por la industria armamentista a modo de plan keynesiano. Otro de los factores que unía a esta oleada neoliberal era la divulgación de la democracia como método de selección de candidatos ante la desaparición del socialismo en los países del este europeo.

Al momento de analizar la aplicación del neoliberalismo en los Estados modernos no se debe caer en un reduccionismo economicista que disuelve la especificidad de la política en las leyes del movimiento del capital. A consecuencia de esto, la dictadura y la democracia burguesa se convierten en distinciones irrelevantes. Se debe tomar en cuenta que en el modelo capitalista del cual el neoliberalismo fue su superestructura no solo reavivó la contradicción económica donde la brecha entre ricos y pobres se ensanchó y las tasas de desempleo crecieron de forma precipitada sino que, además, se pudo divisar una diferencia en el cambio del paradigma de pensamiento en la sociedad en relación al rol del Estado. Se habla de democracia a secas pero las estadísticas muestran un capitalismo de corte democrático donde la democracia es el adjetivo opcional, muchas veces, convertido en un impedimento dentro de los planes económicos.

Es innegable que el neoliberalismo se propagó asimilando partidos políticos y gobiernos por toda Europa, EE.UU. e incluso Latinoamérica. La prioridad de esta corriente política y económica era detener la inflación que había empezado en los ‘70 y todavía se mantenía vigente. En el conjunto de los países de la OECD la tasa de inflación cayó del 8,8% al 5,2% entre la década del ‘70 y del ‘80, la tendencia continuó en la década del ‘90. A su vez, obtuvo sus logros en lo concerniente a la recuperación de la tasa de ganancias. Si en los años 70 la tasa de ganancia en la industria de los países de la OECD se desmoronó cerca del 4,2% en los años ‘80 aumentó un 4,7%. Desde su punto de vista también lograron otro éxito que fue el aumento de la tasa de desempleo al pasar de un 4% a un 8%. En cambio si se compara el crecimiento del 5,7% del PBI de la década de los ‘60 en las economías latinoamericanas, contra el 1,3% que se logró en esos mismos países en los 80’ con sus medidas pro mercado, el resultado parece bastante más magro.

La desindustrialización se propagó de forma vertiginosa provocando una nueva relación dentro de la economía entre los mercados y las empresas. A excepción de los servicios públicos y sociales, los servicios privados comenzaron a producirse en empresas más pequeñas y sobre todo en unidades productivas dependientes tanto del mercado como de la demanda del cliente. A modo de ejemplo, en sólo un día comercial en la ciudad de Londres se negocia un monto de divisas correspondiente al PBI mejicano de todo un año. En un día y medio de transacciones se completa el PBI anual de Brasil.

A medida que los mercados crecen los Estados se achican, la posible inversión foránea depende de la confianza que en ellos se ha depositado. Cuanto más pequeño el Estado es más permeable a las presiones de las compañías multinacionales. Para que la inversión sea de menor riesgo necesita de un menor tamaño de Estado porque así se torna más confiable. Lo cual lo coloca en una situación inversa a la década del 40 y 50, ahora los mercados generan más capital que el propio Estado.

A pesar de la corriente pos-industrial, el Estado de Bienestar no fue destruido en su totalidad. En los países de la OECD, los gastos públicos en 1993 eran más altos que en 1979. En EE.UU., el ingreso primario del 40% de los habitantes depende del sector público. En algunos países europeos, este porcentaje llega al 65%, al considerar tanto a los jubilados y asalariados como a los receptores de otras transferencias públicas.

En este sentido, las profundas transformaciones estructurales que la mundialización neoliberal trajo aparejada tanto sobre la sociedad civil como en relación a los Estados-nación, tal como éstos habían cristalizado en la fase capitalista inmediatamente anterior, planteó una nueva problemática de debate y producción al interior del pensamiento crítico y marxista, referidos a las funciones del Estado-Nación y de las democracias como forma de gobierno.

El artículo de Hernán López Winne acerca de “El legado de Friedman” trabaja sobre los aportes de este autor, que son claves para entender las bases del neoliberalismo. En los postulados de su pensamiento se ha de encontrar una constante recurrencia a la ecuación Estado intervencionista es igual obstáculo para el desarrollo económico y político de la sociedad.

Las respuestas sociales al neoliberalismo en América Latina

El artículo de José Seoane acerca de “Los movimientos sociales y el debate sobre el Estado y la democracia en América Latina”, que cierra este libro, da pie para la elaboración de estos párrafos finales de la introducción.

América Latina en general, Chile y Argentina en especial, fue el lugar de experimentación del neoliberalismo en los ‘70 bajo el dominio de los gobiernos de facto y las dictaduras militares. Tres décadas después, en la actualidad, muchos de los países de la región se han constituido en vértices del debate y la práctica de alternativas al neoliberalismo a nivel internacional.

Los cambios son, en la opinión de Seoane, una de las consecuencias del prolongado ciclo de conflictos y resistencias sociales de los últimos veinte años que fuera protagonizado por movimientos sociales con características distintivas respecto de experiencias anteriores de las luchas sociales en la región. La confrontación con la forma neoliberal de reorganización del Estado erige a estos movimientos en constitutivos de horizontes conflictivos en el camino de las transformaciones de la economía y la sociedad. Transformaciones útiles y necesarias para la construcción de una transición post-neoliberal. En esta perspectiva, el horizonte conflictivo y la crisis económica de finales de los 90’ ocasionaron una crisis de legitimidad de los distintos gobiernos de signo neoliberal en América Latina.

La constitución de una superestructura neoliberal en la mayoría de los países latinoamericanos trajo aparejadas importantes reformas del Estado, particularmente en su relación con el mercado y las clases sociales. Esas transformaciones tuvieron consecuencias negativas en la construcción y desarrollo de las democracias, tanto en el terreno de lo exclusivamente político como en lo social y económico, en la distribución de la riqueza y la integración de la sociedad. Los movimientos alternativos, con la instalación de ese horizonte conflictivo, plantearon la necesidad de nuevas formas de enfrentar la relación entre el Estado, la democracia y el capitalismo en América Latina.

Procesos de otro signo también caracterizan hoy la coyuntura latinoamericana, donde la necesaria apertura de los procesos democráticos en algunos de los países de la región no ha tenido correlato en el “achicamiento” de las diferencias sociales. En estos procesos aparecen por primera vez entre las fuerzas gobernantes representaciones de las poblaciones originarias, pero son experiencias demasiados recientes como para formular una consideración extendida y conclusa de los procesos en curso. En este sentido, los señalamientos del final de este libro abren cuestiones que plantean el desafío de continuar la labor realizada en estas páginas en el sentido de profundizar el análisis de la nueva situación en América Latina a la luz de muchos de los desarrollos que se elaboraron para esta investigación. La cátedra es consciente de la deuda que le queda en esta materia.

Aunque ya se han mencionado al principio de este libro los merecidos agradecimientos a todos quienes integraron este colectivo de Cátedra en las distintas etapas de su historia, quiero expresar aquí –dejando expresa constancia que es el único párrafo de todo el texto que está redactado en primera persona del singular– mi agradecimiento a Gabriela D’Odorico, quien tanto ha hecho para que este libro fuera legible; a José Seoane por haber contribuido a elaborar esta Introducción; a María Alicia Gutiérrez, profesora adjunta, no solo por su apoyo para este emprendimiento, sino porque somos los únicos integrantes que permanecemos en ella desde su creación en abril de 1988; y a los miles de alumnos que han pasado por la cátedra, en un proceso de aprendizaje mutuo, en estos veinte años.



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