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Relaciones entre iguales y confianza

Facundo García Valverde

Las relaciones igualitarias, no fundadas en diferencias de estatus o en jerarquías, están constituidas por la confianza. Difícilmente diríamos que hay una relación de amistad si uno de los participantes no le cuenta sus secretos al otro por temor a que éste los exponga públicamente; ni diríamos que una pareja continúa siendo una pareja igualitaria si uno de los miembros instala una aplicación para revisar constantemente los mensajes de las redes sociales del otro, ni diríamos que dos ciudadanos siguen participando de una misma comunidad política si uno impide que el otro compre una vivienda en su barrio porque cree que “gente como esa” aumentaría el índice de criminalidad. No obstante, no es claro qué tipo de confianza es la involucrada en este tipo de relaciones igualitarias. ¿Es la confianza que se produce y mantiene gracias a un contrato, a unas supervisiones estrictas y a un cálculo de riesgos y de beneficios? ¿O es la confianza que se produce y se mantiene gracias a una decisión de interpretar los actos del otro de acuerdo con una perspectiva favorable?

El objetivo de este trabajo es responder a esta pregunta y defender que si tenemos razón en valorar las relaciones igualitarias, éstas están constituidas por un tipo no cognitivo de confianza. La estructura del artículo es la siguiente. En el primer apartado, se reconstruyen ciertos rasgos básicos de la confianza y las dos grandes corrientes acerca de su naturaleza conceptual. En el segundo, se muestra que el igualitarismo relacional ofrece varias razones por las que las relaciones que no están atravesadas por desigualdades de estatus son valiosas y que, por lo tanto, tales razones son importantes para determinar el tipo de confianza implicado. En el tercero, se muestra que el igualitarismo relacional debería comprometerse con la defensa de una actitud de optimismo hacia las intenciones del otro y que esta misma actitud es la que puede crear y mantener la confianza.

1. Confianza

El objetivo de este apartado es definir de una manera muy básica los rasgos esenciales de las actitudes de confianza

Estos rasgos pueden identificarse a través de dos definiciones conceptuales generales: una vinculada a la estructura de la relación y otra, a sus componentes poco controvertidos. Con respecto a la primera cuestión, tanto las actitudes de confianza como las de sospecha suponen una relación tripartita. Excepto en casos muy excepcionales, no se confía absolutamente en un individuo sino en que realice (o se abstenga de realizar) ciertas acciones. Por ejemplo, un amigo puede confiar en que el otro lo acompañe a una reunión social que ambos consideran particularmente aburrida, pero puede no confiar en que alimente a sus peces tropicales durante sus vacaciones. Sin embargo, existen ciertas expectativas centrales a una relación que deben ser mantenidas –es decir, que no debe desconfiarse de la intención del otro– para poder seguir hablando de esa relación; podemos seguir siendo amigos de quien no devuelve los libros que tomó prestados de nuestra biblioteca pero difícilmente de aquellos que hallan constantemente excusas para no ayudarnos en momentos de necesidad.

La segunda definición conceptual destaca tres componentes que caracterizan a una actitud de confianza. En primer lugar, confiar requiere que el confiador se haga vulnerable frente al confiado, es decir, que le dé cierto espacio discrecional para poner en riesgo la propia seguridad (Baier, 1986). Puesto de otra forma, si una persona no tiene oportunidades para la traición, no es adecuado decir que es objeto de confianza. Sin dudas, la traición de una pareja al ser infiel es distinta, tanto en grado como en daño, a la de un empleado que trafica secretos corporativos o a la de los beneficiarios de un sistema de bienestar que distorsionan información acerca de sus ingresos. No obstante, todos estos casos de traición presentan un quiebre de ciertas expectativas “normalizadas” sobre las acciones del confiado que implicarán la realización de un daño voluntario al confiador (a su construcción de un espacio afectivo compartido, al capital de la empresa y a las ventajas equitativas que se reciben por la cooperación, respectivamente); en esos casos, la seguridad de quien confiaba dependía de que el otro actuase apropiadamente.

En segundo lugar, la confianza requiere tener una interpretación positiva de las intenciones de los otros en las esferas de interacción apropiadas. Por ejemplo, no hay confianza si creo que el consejo gratuito que me ofrece mi colega laboral con respecto a un concurso es, en realidad, su estrategia o para ganar él mismo ese concurso o para avergonzarme públicamente.

En tercer lugar, la confianza requiere ser optimista respecto de la competencia del confiado para la acción confiada. Por ejemplo, dejar entrar a un plomero en la casa para arreglar el sanitario implica no sólo asumir cierta decencia básica (que no me robe, que no me secuestre, etc.) sino también su conocimiento técnico de los sanitarios, el cual no puedo verificar completamente (McLeod, 2015).

Estos dos últimos rasgos sobre la confianza son centrales para determinar si ella está o no justificada en una situación específica. Dado que los mejores ladrones no son los que tienen una etiqueta que los distinga como tales sino aquellos que se hacen pasar como policías, ¿cómo pueden leerse las intenciones de un individuo y, por lo tanto, saber si nuestra confianza será honrada o si, por el contrario, nos estamos exponiendo voluntariamente a alguien que se aprovechará y nos traicionará?

A grandes rasgos, existen dos respuestas generales. La primera de ellas –la concepción cognitivista– reduce la justificación de la confianza a una cuestión epistémica. Así, la confianza queda justificada si el confiador tiene buenas creencias y evidencias acerca de la confiabilidad del confiado, es decir que esa justificación dependerá de la calidad de los juicios que el confiador realiza acerca de sus propias experiencias pasadas, de aquello que confía, de la reputación de aquel en quien confía, etc. De tal forma, un individuo quedará justificado en su confianza tanto si el confiado es, efectivamente, digno de confianza como si la estructura de los incentivos puestos frente a él le hacen más racional realizar X que no realizarlo. La segunda respuesta general es la concepción no cognitivista de la confianza; de acuerdo con ella, la confianza consiste en una actitud que no está tan basada en creencias sobre la confiabilidad del confiado sino en los componentes emocionales de esa actitud (como la esperanza, el empoderamiento, una exigencia “normativa” de no ruptura de las expectativas, el mantenimiento de una relación, etc.). Un individuo puede, según está concepción, estar justificado en confiar en que los otros lo ayudarán no tanto por la evidencia de que lo harán sino porque esa actitud es la que le permitirá desarrollar más profundamente esa relación (Becker, 1996: 44-45).

2. El igualitarismo relacional

A finales del siglo pasado, la metodología filosófica utilizada para discutir problemas de justicia distributiva y, en especial, para determinar qué oportunidades debía garantizar una sociedad política democrática comenzó a ser fuertemente cuestionada. La clásica pregunta de los teóricos rawlsianos y posrawlsianos acerca de cómo alcanzar un sistema de cooperación equitativo terminó por reducir la cuestión igualitaria a la construcción de mecanismos y criterios para detectar la presencia de “vividores”, irresponsables o individuos sin ningún talento valorado socialmente (Anderson, 1999; Wolff, 1998). El igualitarismo relacional se postuló, entonces, como una revitalización de la tradición igualitarista, incluyendo diferentes dimensiones políticas, simbólicas y relacionales que trascendían la equidad. La pregunta central, entonces, consistió en analizar cuáles debían ser las condiciones para que los individuos pudiesen mantener relaciones igualitarias con sus conciudadanos y no en cuanto individuos atravesados por jerarquías y reglas de estatus (Wolff, 2007).

Tal revitalización de la justicia igualitaria acarreó dos grandes modificaciones teóricas. En primer lugar, la defensa de una tesis propositiva, según la cual cada ciudadano tiene derecho a las capacidades requeridas para evitar relaciones sociales opresivas y de explotación, y para vivir como un ser humano capaz de perseguir su propia concepción del bien y participar de la vida económica, social y política de la vida de sus comunidades (Anderson, 1999: 316). Puesto de otra manera, intenta especificar un “mínimo social” bajo el que ningún miembro de la comunidad política descienda y sea obligado a tolerar relaciones opresivas con los otros ciudadanos. Este mínimo social, sin embargo, no debería introducir directamente la adopción de un principio suficientista ya que, en última instancia, el criterio distributivo dependerá de qué (y cómo) las relaciones expresan que algunos individuos son menos valiosos que otros y ya no de una concepción justificada independientemente de la ventaja individual o de una nebulosa distinción entre circunstancia y elección.

La segunda consecuencia conceptual es que ese objeto de justicia igualitaria traspasa los límites de la estructura básica rawlsiana. Mientras que ésta delimita la justicia a las instituciones sociales más importantes y que más afectan las oportunidades de los individuos (la estructura de la economía, la Constitución, etc.), el igualitarismo relacional sostiene que todas las relaciones interpersonales –sean las que entablan los ciudadanos qua ciudadanos, los empleados en una empresa o los amigos o los miembros de una asociación civil– deben ser evaluadas de acuerdo con la igualdad. En este sentido, si bien es importante que el Estado no exprese o refuerce relaciones jerárquicas u opresivas, también será importante que la estructura social informal y el comportamiento individual (que utiliza reglas, normas y valores muchas veces no legales) sean evaluados moralmente según el criterio de la igualdad de estatus. Si bien existen distintas justificaciones para esta ampliación del objeto de justicia, la razón menos exigente sería su instrumentalidad. Por ejemplo, es altamente difícil que una comunidad con extendidas tradiciones de prácticas racistas y esclavistas aplique correctamente principios de justicia igualitaria, así como es improbable que una comunidad que enfatiza el desprecio hacia los pobres a través de instituciones secundarias apoye la estructura del Estado de bienestar o, incluso, el principio de diferencia.

Un ejemplo ofrecido por Carina Fourie puede hacer más claro el contraste entre el igualitarismo relacional y las teorías igualitaristas previas. Supóngase una sociedad que refuerza cierta interpretación de los valores de belleza física a través de competiciones que seleccionan al individuo que cumple más con esos parámetros. Esas competiciones son, en cierta medida, equitativas: todos los participantes son aceptados, independientemente de su origen étnico, peso, color de cabello, etc.; los jurados justifican no arbitrariamente sus decisiones, no hay conexiones de amistad, de interés comercial o familiares que influyan sobre sus juicios, etc. El resultado de la competencia es, entonces, el establecimiento de una jerarquía de estima, donde los ganadores son los más estimados y los perdedores, los menos estimados. Mientras que para la metodología rawlsiana y posrawlsiana este caso no sólo quedaría fuera del ámbito de preocupación de la justicia sino que, además, respetaría cualquier interpretación del valor de la equidad, de acuerdo con el igualitarismo relacional merece otra evaluación. Esa jerarquía de estima hace que los perdedores se sientan, justamente, perdedores y, por lo tanto, menos estimados, y su sentimiento de propia valía se vea disminuido.[1] Sin duda, este problema se incrementaría si esa autoestima les es también negada a individuos de ese grupo en otras competencias, sean laborales, deportivas, educativas, etc. Al mismo tiempo, dado que se asume que ese criterio de valoración es importante para esa sociedad, los ganadores también se sentirán ansiosos y preocupados por seguir siendo ganadores, es decir, por seguir estando en lo alto de la jerarquía rompiendo, así, algunos lazos importantes para la fraternidad cívica. Esta sociedad, entonces, “no promueve genuinamente relaciones igualitarias entre sus miembros porque promueve una tensión y énfasis constante en que uno se pruebe superior” (Fourie, 2015: 96).

En el próximo apartado debemos todavía determinar por qué el igualitarismo relacional tiene buenas razones específicas para preocuparse por la confianza y, en segundo lugar, mostrar por qué las actitudes de confianza deben ser un objeto de análisis para el igualitarismo relacional.

3. Cooperación, confianza y estereotipos
como condiciones para las relaciones igualitarias

Si bien parece haber cierta conexión general entre la confianza y las relaciones igualitarias, aún quedan por determinar las razones por las que el igualitarismo relacional debe preocuparse por la confianza. ¿En qué sentido comprenderla de una u otra forma tiene impacto en la reducción de los factores de opresión? ¿En qué sentido la confianza expande o reduce las jerarquías y estratificaciones que combate el igualitarismo relacional? En este apartado defenderemos tres razones, una más general y dos más específicas.

La razón más general se relaciona con la cooperación. La confianza, sea una actitud o una creencia, es un recurso absolutamente necesario para el establecimiento de la cooperación y, por lo tanto, aumenta o disminuye las oportunidades para ella. Si, por ejemplo, desconfiamos de los taxistas, minimizaremos la cooperación con ellos ya que, de no hacerlo, nos expondríamos voluntariamente a un riesgo que consideramos altamente probable e importante. Si bien en ciertas ocasiones tal minimización será imposible o altamente ineficiente (cuando no tenemos conexión inalámbrica ni automóvil y el transporte público pasa muy infrecuentemente), esa desconfianza hará que nuestra cooperación esté condicionada por distintos mecanismos e instituciones para resguardarnos, como las promesas, los juramentos, los seguros, etc. Por el contrario, cuando confiamos en los taxistas, no sólo cooperamos con ellos de una forma más abierta y honesta sino que, como es sabido, la cooperación crea nuevas oportunidades para cooperar que previamente no estaban disponibles (podemos dialogar con ellos y aprender de experiencias diferentes, mirar el celular sin temor al robo, etc.). La importancia de esta expansión de las fronteras cooperativas para el igualitarismo relacional debería ser clara. La investigación acerca de los orígenes sociales de la confianza en pequeñas comunidades sugiere que los individuos tienden a cooperar más abiertamente con aquellos que son similares (tanto en posición social como en origen étnico) que con aquellos que no lo son, especialmente cuando la comunicación está relativamente obstaculizada (Ostrom y Walker, 2003). Así, si la confianza está limitada a aquellos que son iguales a nosotros, sólo cooperaremos “abiertamente” con ellos y, por lo tanto, generaremos mayores oportunidades e información para seguir cooperando únicamente con ellos. De esta manera, la confianza puede reforzar la división jerárquica de la sociedad a través de la extensión o reducción de las oportunidades para la cooperación. Por ejemplo, si los poderosos de una sociedad tienen confianza sólo en aquellos que también lo son, realizarán actividades conjuntas, crearán sociedades informales, normas de conducta, etc., y no necesitarán cooperar con aquellos miembros menos poderosos. De esta forma, la confianza puede ser un obstáculo (cuando está incorrectamente limitada) o un motor (cuando está correctamente limitada) para el establecimiento de relaciones igualitarias.

La segunda razón específica es que mientras que la confianza es, en sí misma, una relación simétrica, la desconfianza es, en sí misma, una relación asimétrica. Si el igualitarismo relacional está preocupado con las relaciones desiguales, estas actitudes deberían ser también motivo de análisis. Mientras que la confianza supone interacciones heterogéneas y a lo largo del tiempo entre quien confía y el confiado, la actitud de sospecha depende fundamentalmente del suspicaz. Dado este carácter autorreforzante, quien confía ofrece oportunidades para mostrarse digno de confianza y, por el contrario, aquel que sospecha o bien no coopera con el sospechoso o bien se fía del sospechoso a través de inspecciones y controles que él mismo diseñó pero, en ningún caso, le ofrece oportunidades para cooperar y para que, entonces, el sospechoso se muestre digno de confianza. Así, el suspicaz será el único que decida si las refutaciones de sus predicciones negativas son suficientes o no para volver a cooperar, si la superación de inspecciones repetidas y sorpresivas es suficiente para exponerse al daño, si abandona o no la autoridad moral para evaluar al objeto de sospecha, etc. El abandono de la actitud de sospecha depende, entonces, de las propias interpretaciones del suspicaz (Hardin, 2002: 92-93). Por el contrario, como señala Karen Jones (1996: 12), “confiar expone a uno al daño porque da lugar a interpretaciones selectivas [de las posibles acciones del otro], lo que significa que uno puede ser engañado, que la verdad puede residir, por así decirlo, fuera de nuestra mirada”. La desconfianza y la sospecha representan, entonces, un motivo de orgullo y autoestima para los propios suspicaces, quienes tienen la capacidad de descubrir intenciones ocultas que pasan desapercibidas a los crédulos e ingenuos que confían y mantienen una vida ordinaria en un mundo de meras apariencias. La mera acción de la sospecha le otorga una clave de lectura oculta que lo eleva del resto. Como sucede en muchos casos (siendo el caso extremo el del Unabomber en cuanto sujeto paranoico que decide abandonar la civilización para combatir contra sus centros de poder), estos motivos aparecen incorrectamente como derrotando los costos de reducir la cooperación, lo cual explica, en parte, el carácter penetrante, contagioso y rápido de la difusión de la desconfianza y la sospecha.

La tercera razón más específica es que, en sociedades jerárquicas y desiguales, la confiabilidad aparece como una función de la posición en la jerarquía social. Las interacciones sociales en sociedades heterogéneas y masivas suelen darse a través de individuos extraños entre sí que no disponen de indicadores acerca de la confiabilidad del otro como la reputación, la comunicación, las experiencias previas, etc. (Bicchieri, Xiao y Muldoon, 2011). Dado esto, los individuos y grupos sociales basan sus intuiciones acerca de la confiabilidad o de la poca confiabilidad en estereotipos y prejuicios, los cuales funcionan como mecanismos de economización en la búsqueda de información acerca de con quiénes cooperar y de qué riesgos se están asumiendo. En contextos de profunda desigualdad, estos estereotipos definen la confianza y la sospecha como funciones de la posición social en una jerarquía establecida y producida por el statu quo (Welch, 2013: 52). Mientras algunos son considerados miembros dignos de confianza tan sólo por pertenecer a determinada posición social, otros miembros son considerados como sospechosos; los afroamericanos en Estados Unidos y las mujeres en casi cualquier parte deben presentar más pruebas para que sus denuncias sean investigadas debidamente; aquellos que gozan de seguro de desempleo deben estar siempre atentos para atender el teléfono y presentarse a la entrevista de cualquier empleo; el dar “la palabra” de los miembros de sectores más poderosos puede ser suficiente para entablar “un pacto de caballeros”, etc. De esta manera, las relaciones jerárquicas de una determinada sociedad se mantendrán y reforzarán a medida que se mantengan fuera de la crítica los indicadores de confiabilidad que utilizan esos mismos grupos estratificados (Fricker, 2007: 61-105).

4. ¿Qué tipo de confianza constituye
las relaciones igualitarias?

En el apartado anterior mostramos que el igualitarismo relacional debe preocuparse de la confianza ya que, dependiendo del grado de ésta, se expandirán o reducirán las oportunidades para establecer relaciones igualitarias. En este apartado debemos mostrar si alguna de las concepciones generales de la confianza descriptas anteriormente puede ser entendida como más adecuada que la otra.

Una advertencia metodológica es necesaria. La discusión entre las dos concepciones generales de la confianza que reconstruimos previamente es amplia, muy sofisticada y tiene numerosas aristas, desde si confiar exige que el confiado tenga una motivación determinada respecto del bienestar del confiador, si es posible decidir confiar, hasta si se puede confiar en extraños y cómo distinguir las actitudes reactivas que producen, por un lado, la traición y, por el otro lado, la decepción.[2] Estas discusiones son, fundamentalmente, acerca de la naturaleza conceptual de la confianza y la pregunta central es si alguna de esas concepciones generales responde de mejor manera a nuestras intuiciones acerca del hecho social básico de la confianza.

Como es claro, la demostración de que la confianza es un elemento central de las relaciones igualitarias no es suficiente para determinar qué concepción de confianza es la más adecuada desde el punto de vista conceptual. Esto se debe tanto a que también hay confianza en relaciones desiguales (la del hijo con la madre) como a que, quizá, la confianza igualitaria sea sólo un caso muy específico de confianza. En este sentido, una respuesta completa a la pregunta de este texto exigiría esperar a resolver, en primer lugar, la cuestión conceptual para, recién en segundo lugar, explicitar qué condiciones y límites sobre la sospecha y la confianza debe aceptar un igualitarista relacional.[3]

El objetivo de este apartado y, por ende, del texto en general debe ser más preliminar y exploratorio. Aquí tan sólo mostraremos que las relaciones igualitaristas serían más difíciles de establecerse sobre la base de la confianza si fueran sólo una cuestión de creencias acerca de la confiabilidad del sujeto confiado.

El ejemplo paradigmático de una relación igualitaria es una relación de amistad. Si bien pueden existir amistades más o menos jerárquicas, más o menos atravesadas por los diversos estatus y roles de la sociedad en la que se enmarca, sería claro que esos estatus y jerarquías serían minimizados en esa relación o, al menos, en lo que llamaríamos una relación de amistad genuina. Supongamos el caso de dos amigos, Confiado e Interesado. Confiado descubre, luego de algún tiempo de relación, que Interesado sólo desea mantener viva la relación por sus contactos sociales, por el mundo social al que Confiado le da acceso y que, de hecho, Interesado ha cultivado desde siempre esa amistad con la secreta esperanza de ascender en la escala social. Confiado descubre esto leyendo un viejo cuaderno de notas de Interesado donde éste realizó un cuadro comparativo de las ventajas y desventajas de acercarse a él o a Precavido, otro posible amigo. Una de las “ventajas comparativas” de Confiado era, precisamente, su credulidad, su historial de no traicionar amigos, su dependencia y generosidad para con ellos.

Creemos que es claro que este tipo de amistad no representa un tipo de relación igualitaria y que, de hecho, difícilmente podría ser considerada una relación de amistad. El resultado más o menos probable de este descubrimiento es el alejamiento de Confiado. Buena parte de la explicación de este juicio es que Interesado no sólo ocultó información sino aquella que, de ser conocida, cambiaría por completo la naturaleza de la relación. Al hacer esto, se rehusó a comprometerse a mantener la relación sobre bases igualitarias y no adoptó una actitud de tratar al otro con respeto, y se otorgó a sí mismo una autoridad mayor, negándole a Confiado la capacidad para participar de la relación en los términos establecidos.

Si nuestra explicación es razonable, el problema en esta relación no es tanto el de las credenciales epistémicas de las creencias de ambos (Interesado, de hecho, ascendió en la escala social por las razones que calculó previamente), sino de la actitud que Interesado adoptó. El cálculo que realizó previamente de las ventajas y desventajas de esa relación determinada es lo que, precisamente, no produce la relación igualitaria de amistad sino lo que, una vez descubierto, la destruye. De hecho, si podemos decir que Confiado fue traicionado es porque él actuó de acuerdo con las expectativas razonables de quien comienza una amistad y no por haber realizado un mal cálculo de riesgos y ganancias.

Dado esto, el cálculo de riesgos y ventajas difícilmente constituya una relación de amistad. Si, de hecho, reflexionamos acerca de por qué somos amigos de nuestros amigos, podremos señalar algunos hechos fácticos (“nos conocemos desde el colegio”, “estábamos todo el tiempo juntos”, “teníamos los mismos intereses”, etc.) pero, claramente, ellos no son suficientes para explicar por qué somos amigos de este individuo en particular y no de cualquier otro individuo con características fácticas similares. Por supuesto, tampoco completarán esa explicación los datos y las predicciones acerca de que no nos traicionaría o de que tenía poca probabilidad de dañarnos; sencillamente es extraño afirmar que somos amigos de alguien porque tenemos la fuerte creencia de que no nos traicionará; más bien, parecería correcto decir que porque somos amigos de alguien, ni siquiera nos imaginamos –o lo hacemos en el mero plano teórico y con cierta dificultad– que nos traiciona.

Por último, el aspecto más profundo por el que rechazamos considerar que el cálculo de Interesado sea compatible con una relación igualitaria estriba en su concepción de reciprocidad. Una relación de amistad no parece compatible con una obsesión muy detallista con lo que ofrece uno y lo que el otro recibe, con una reciprocidad de ojo por ojo. Bien podemos imaginar que éste haya sido el principio que guió a Interesado en toda la relación, sabiendo que si ofrecía tal cosa a Confiado, recibiría tal otra. Si bien hay un extremo donde realizar grandes banquetes sabiendo que el otro sólo podrá ofrecernos cenas frugales también es contrario al mantenimiento de la amistad, insistir demasiado en que el valor de la cena ofrecida sea idéntico al de la cena recibida también puede dañar las bases de la relación. Como señala Samuel Scheffler (2015: 30), tales obsesiones “pueden excluir otras formas de intimidad e identificación conjunta que le otorgan mucho del valor a esa relación”.

De esta forma, pareciera más adecuado afirmar que una relación igualitaria está más constituida por un conjunto de actitudes que por un conjunto de creencias. Así, siguiendo al mismo Scheffler, afirmaremos que una relación tal es aquella donde los participantes suscriben –no en un punto temporal específico, sino diacrónicamente– una restricción deliberativa igualitaria, según la cual los participantes aceptan que los intereses importantes de los otros participantes tengan un rol significativo a la hora de influir sobre las decisiones que se toman dentro del contexto de tal relación. Puesto de otra forma, participar de una relación igualitaria implica aceptar que, en ocasiones (especialmente, aquellas donde hay conflicto), mis intereses deben ceder frente a los de los otros. Por supuesto, esto no es una tarea sencilla sino que requiere un ejercicio de prudencia y tacto, de familiaridad y sensibilidad que no puede reducirse a la mera aplicación de una regla general, por más epistémicamente válida que esta sea.

Si las relaciones igualitarias son mejor comprendidas en cuanto producidas, constituidas y mantenidas más por actitudes que por creencias, parecería razonable analizar –con las salvedades del caso– su vinculación con las teorías no cognitivistas de la confianza. Si esto es así, la confianza constitutiva de una relación igualitaria es la adopción de una actitud interpretativa optimista hacia las intenciones y los motivos del confiado que opera como filtro sobre la información disponible; asumimos que aquel en quien confiamos tiene cierta buena voluntad hacia la esfera de interacción compartida y que el conocer nuestra asunción se le aparece como un motivo importante para cumplir con nuestra expectativa (Jones, 1996: 4). Así, por ejemplo, que un compañero de sindicato lleve diez minutos de retraso para una reunión con los directivos de la empresa será una acción interpretada de manera completamente diferente si el dirigente sindical confía en su compromiso con la lucha (un mero retraso en el tráfico) o si no confía en ese compromiso (la creciente sospecha de que ha negociado ventajas corruptas para él solo).

En segundo lugar, la confianza constitutiva de las relaciones igualitarias podrá surgir, a veces, de una combinación de cálculos y creencias sobre la confiabilidad del confiado pero, también, de factores más contingentes como las decisiones de promover una relación con el confiado, de ciertas actitudes corporales, de un tipo de educación particular, o la presencia o ausencia de estereotipos o formas sistémicas de opresión. Por ejemplo, un rostro con el ceño fruncido suele ser un gesto defensivo, un mecanismo de supervivencia en un entorno hostil. Sin embargo, cuando ese mismo gesto es utilizado en otros contextos –por ejemplo, donde hay mayoría de individuos no familiarizados con entornos hostiles y más propensos al estereotipo de una minoría violenta– suele ser interpretado como un gesto de agresividad, lo cual despierta inmediatamente las sospechas (Anderson, 2010: 35-36).

Por último, comprender que la confianza en una relación igualitaria es una actitud implica que su estabilidad y mantenimiento no depende tanto del cumplimiento de predicciones y expectativas excesivamente precisas sino de sostener un acto voluntario donde el confiador le ofrece al confiado un cierto poder discrecional y cuyo resultado no puede ser plenamente anticipado por las intenciones del confiador.

5. Conclusión

En este trabajo hemos intentado mostrar que hay buenas razones para pensar que el tipo de confianza que está por detrás de la valoración de las relaciones igualitarias es un tipo de confianza no cognitiva, la cual consiste en una actitud de optimismo hacia aquel en quien confiamos. Esta actitud, como vimos, no se justifica tanto en unos indicadores precisos y calculados de confiabilidad sino en una decisión basada en razones de mayor generación de confianza, de extensión de las fronteras cooperativas, y en la idea de que los individuos valoran ser objeto de confianza.

El carácter exploratorio del trabajo deja sin responder preguntas importantes, como que la confianza involucrada en una relación de amistad igualitaria no es ni del mismo tipo ni del mismo valor que la confianza involucrada en una relación entre ciudadanos. Más allá de esto, creemos que sería interesante continuar esta investigación no centrándonos en ese contraste fundamental sino en ciertas aplicaciones prácticas de lo que requeriría una teoría no cognitivista de la confianza aplicada al mundo de las relaciones igualitarias entre ciudadanos con el mismo estatus. Dos aplicaciones prácticas posibles serían, en primer lugar, refrenar críticamente la vertiginosidad de la desconfianza y, en segundo lugar, dar oportunidades para mostrarse confiables incluso cuando la evidencia sostendría que hay riesgos importantes de quiebre de expectativas. Con respecto a la primera aplicación, si la desconfianza es una función de la posición social y dado que nuestros prejuicios y estereotipos pueden existir conjuntamente con intenciones igualitarias, las aplicaciones de prácticas de control, supervisión y vigilancia de aquellos de quienes sospechamos deberían ser sometidas a una severa crítica con el fin de reflexionar si nuestros indicadores sobre la confiabilidad no refuerzan, acaso, estereotipos, estigmas y una desvinculación progresiva de la comunidad política (Anderson, 2012). En última instancia, no sólo esas instancias de control y supervisión pueden ser costosas e ineficientes sino que pueden generar mayores incentivos para no ser confiable. La segunda aplicación práctica surge de los numerosos estudios realizados por Alison Liebling y Helen Arnold (2012) en prisiones inglesas de máxima seguridad; una de las conclusiones centrales de estos estudios pudo mostrar que, cuando la confianza se deposita “inteligentemente” en dimensiones donde puede ser rota pero donde no es seguro que esto ocurra, se generan oportunidades que los internos consideran valiosas y que se constituyen como razones para no quebrar las expectativas de aquel que confía. En este sentido, la adopción de una actitud de confianza terapéutica, donde la decisión de confiar en alguien se toma incluso en contra de la evidencia sobre la confiabilidad del objeto de confianza, puede ampliar las relaciones igualitarias en mayor medida que una actitud de vigilancia constante, que no sólo no ofrece oportunidades para mostrarse digno de confianza, sino que también produce un entorno social donde todos pueden ser sospechosos.

Referencias

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  1. De hecho, uno de los mecanismos de racionalización típicos para los perdedores es apelar a alguna instancia de inequidad en la competencia, lo cual mostraría que el mantenimiento de la autoestima es, para los individuos, más valioso que el respeto a las reglas de equidad.
  2. Buenas introducciones a estas discusiones pueden hallarse en McLeod (2015) y Jones (2013).
  3. A raíz de lo anterior, una respuesta completa a este problema sería demostrar que o bien una concepción cognitiva de la confianza es incompatible con el establecimiento de las relaciones igualitarias o bien que, si la cuestión conceptual exige una respuesta cognitivista, entonces las relaciones igualitaristas no están constituidas por la confianza –ni necesitan de ella–, sino por otro tipo de actitudes.


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