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Emociones y juicio moral

Nicolás E. Alles

Tradicionalmente el juicio moral es entendido a partir de tres posiciones específicas que representan sus dimensiones intelectuales y prácticas:

  1. Los juicios morales expresan creencias.
  2. Los juicios morales implican motivación.
  3. La motivación implica deseos o proactitudes (Brink, 1997:  6).

La proposición (1) representa la concepción cognitivista en ética, según la cual los juicios morales expresan las creencias de quien juzga acerca de las propiedades morales de personas, acciones e instituciones (Brink, 1997: 6). Más precisamente, los cognitivistas consideran que los juicios morales son aptos para recibir un valor de verdad y que el estado mental de aceptar un juicio moral es el de una creencia. La premisa (2) encarna la tesis internalista, según la cual el reconocimiento del juicio moral por parte del agente implica necesariamente la motivación a actuar de acuerdo con este juicio. La proposición (3) da cuenta, por su parte, de la tesis externalista según la cual la motivación no puede ser independiente de los deseos (o “proactitudes”). Esto es, no es posible pensar la motivación sin la participación de un deseo previo a la creencia del juicio moral. Por otro lado, se entiende además que los deseos y las creencias son, a su vez, existencias diferentes unas de otras.[1]

Sin embargo, estas tres posiciones no pueden ser sostenidas al mismo tiempo; hacerlo implicaría caer en una forma de inconsistencia. Por ejemplo, la tesis internalista excluye de manera necesaria la externalista; esto es, no es posible sostener al mismo tiempo que la motivación moral requiere y no requiere de un deseo previo para ser efectiva. De esta manera, las distintas concepciones del juicio moral tienden a seleccionar algunas de estas tres posiciones constitutivas. Por ejemplo, las posiciones no cognitivistas como las de Richard Mervyn Hare o Allan Gibbard aceptan (2) reconociendo además que las creencias y deseos son existencias diferentes y, por lo tanto, rechazan (1). Algunos cognitivistas como Philippa Foot y David Brink, también reconociendo la existencia diferente entre deseos y creencias, aceptan (1) y (3) y, por lo tanto, rechazan (2); desde esta perspectiva, se consolida una posición externalista. Pero también existe un punto de vista internalista denominado como racionalista que rechaza (3) y la independencia entre creencias y deseos; ejemplo de esta posición sería la desarrollada por Thomas Nagel.

No pretendo aquí indagar la viabilidad de estas propuestas, sino que me concentraré en una dimensión distinta. Es más, me ocuparé de un aspecto que estas perspectivas tradicionales tienden a ignorar, pero que creo conviene tener en cuenta. Me refiero al rol que juegan las emociones en la constitución del juicio moral. ¿Tiene algún sentido apelar a las emociones en el análisis del juicio moral? En caso de que sí, ¿qué rol jugarían éstas allí? Para tratar de responder estas preguntas analizaré la propuesta de Richmond Campbell en la que estudia la posibilidad de incorporar las emociones en la configuración del juicio moral. Esta perspectiva se basa en una concepción cognitiva de las emociones, esto será a su vez un punto de partida para indagar los límites y alcances de esta concepción y su potencialidad para formar parte de la reflexión metaética.

1. Emociones y juicio moral

En su artículo, “What is moral judgement?”, Richmond Campbell (2007: 323) pretende también responder al trilema constitutivo del juicio moral pero, a diferencia de las posiciones señaladas anteriormente, opta por un camino diferente, y sugiere una interpretación naturalizada y multifuncional del juicio moral que se presente como una alternativa tanto a las posiciones internalistas como externalistas y que, al mismo tiempo, constituya una concepción diferente sobre el rol cognitivo de las emociones morales. Su estrategia no se centra en evaluar cuál de las proposiciones, (2) o (3), debe ser descartada para que el juicio moral tenga sentido; sino que propone, en cambio, una lectura amplia de (1) que no contradiga (2) y (3). Su versión de (1) dice: “Normalmente, los juicios morales son tantos estados de creencia como de motivación” (336).

La posición de Campbell asume el realismo moral y en una larga pero instructiva cita lo aclara diciendo:

¿Son los juicios morales genuinamente duales [ser estados de creencia y de motivación] de esta manera? El realismo moral ¿necesita que sean así? Hay dos razones inmediatas para responder afirmativamente a ambas preguntas. La razón más importante es que construir los juicios morales de esta manera disuelve la amenaza de inconsistencia contenida en la tríada de proposiciones. Recordemos que hemos asumido la posición realista como punto de partida. Si aceptamos esta interpretación híbrida del juicio moral, el realismo moral puede mantener la posición tripartita que afirma que el juicio moral implica estados de creencia (aunque no de manera exclusiva o invariable), que el juicio moral incluye motivación moral que no es dependiente o antecedente de estados de deseos o sentimiento, y que los estados de creencia que están contenidos en el juicio moral no son motivantes en sí mismos, independientes de estados de deseo o sentimientos. En otras palabras, interpretar a los juicios morales como teniendo esta función dual permite conservar las intuiciones morales: los juicios morales encarnan conocimiento moral, los juicios morales normalmente mueven al agente de manera intrínseca y que la creencia por sí sola no puede mover a nadie de esta manera. (Campbell, 2007: 336-337)

La pretensión expuesta en esta perspectiva es la de resolver el problema de la inconsistencia del juicio moral enfocándose en la proposición (1) ampliándola: el elemento cognitivista se conjuga ahora con un elemento motivacional. La ampliación del cognitivismo moral expresado en (1) se evidencia al incorporar elementos emocionales que cumplen funciones motivacionales. El desafío que se impone es mostrar “por qué [estas] partes del juicio moral funcionan normalmente juntas formando una todo unificado” (Campbell, 2007: 340). Es justamente en este punto donde entran las emociones; éstas tienen un rol particular: tener una función representacional como la de la creencia. El ejemplo de Campbell es el del miedo.

[E]l miedo, como la creencia, puede ser evaluado como siendo infundado o irracional dependiendo de si el miedo es verdad y si la verdad de lo que es temido puede valer como miedo. Si temo que una araña me lastime pero esa araña no puede lastimarme y lo sé, entonces mi miedo está injustificado. (Campbell, 2007: 342)

Conviene advertir que la emoción no es entendida como una creencia, sino que una emoción puede ser evaluada como si fuera una creencia. ¿Qué ventajas reportaría esta manera de concebir las emociones? Como intentaré señalar ahora, la posibilidad de poder evaluar las emociones como si fueran creencias permitiría, según nuestro autor, entender cómo las emociones pueden jugar un papel importante en el cambio del juicio moral. Más precisamente, la emoción refleja la realidad moral de una manera más precisa. Campbell nos pide que imaginemos dos casos diferentes para mostrar el rol de las emociones en el juicio moral.

  • Ejemplo 1 (Campbell, 2007: 333). Alguien fue criado en la creencia de que la homosexualidad es un hecho moralmente disvalioso. Esta persona, luego de aprender sobre las diferentes variedades de respuestas sexuales que hay en la naturaleza y de reflexionar sobre el asunto, comprende que no hay nada de malo con la homosexualidad, tal como le habían enseñado en su juventud. Sin embargo, aunque hoy no conserva la creencia de que una determinada orientación sexual es inmoralmente incorrecta, todavía se siente incómodo sobre esta cuestión y siente un fuerte impulso a mostrar su incomodidad a pesar de su nueva concepción moral. Este caso (de “transición”, como dice Campbell) muestra claramente un ejemplo en el que la emoción y la creencia están en conflicto porque el disgusto moral tiene el poder de representar a la homosexualidad como algo moralmente incorrecto.
  • Ejemplo 2 (Campbell, 2007: 333). Una mujer ha sido trata injustamente pero no logra percibir ninguna injusticia debido a la manera en la que fue educada para percibir su situación. Quizá algún trabajo se le fue negado a pesar de estar más calificada que el hombre al cual dicho trabajo fue ofrecido. Sin embargo, ella siente una fuerte ira cuando piensa acerca de lo que le ocurrió. El problema es que no consigue ver la manera en la que se cometió injusticia hacia ella. Cree que es correcto que a los hombres se les ofrezcan los trabajos antes que a las mujeres igualmente calificadas para el puesto, debido al diferente rol que hombres y mujeres juegan en la sociedad. Su creencia es compatible con su crianza religiosa y tanto su creencia como su anterior tendencia a sentir y a actuar de acuerdo con ella se han reforzado mutuamente. Sin embargo, a medida que va ganando experiencia y comienza a tomar decisiones por sí misma y a actuar como una persona independiente, su creencia moral acerca de su situación puede entrar en conflicto con su respuesta emocional y motivacional. Ella continúa creyendo que no hay nada de malo con su situación, aunque por momentos se encuentra sintiendo que quiere actuar como si hubiese sido tratada de manera injusta.

Estos dos ejemplos muestran distintas interacciones posibles entre creencias y una respuesta emocional. En el primer caso, la creencia moral cambia sin que haya habido un cambio inmediato en la emoción; en el segundo caso, es la emoción la que cambia sin llegar a afectar inmediatamente a la creencia (Campbell, 2007: 333). Estos ejemplos muestran dos cosas: en primer lugar, las emociones juegan un rol en la constitución del juicio moral o, al menos, existe una tensión ineludible entre ambas instancias; en segundo lugar, muestran que la creencia por sí sola no puede dar cuenta del rol motivacional del juicio moral, lo cual constituye a su vez, tal como lo señala nuestro autor, en claros contraejemplos para la posición internalista (Campbell, 2007: 334).

Sin embargo, es esta misma tensión entre la dimensión de la creencia y el rol de las emociones la que desempeña una función fundamental en la formulación del juicio moral. Estos casos de transición muestran claramente cómo funcionaría esta dinámica, la cual está marcada por una tensión entre estas dos partes:

El primer punto a notar es que la tensión lógica entre la creencia y la emoción es posible porque la emoción tiene el poder de representar algo que (desde un punto de vista realista) puede ser verdadero o falso. El segundo punto es que la emoción, debido a su capacidad representacional, es capaz de jugar un rol importante en el cambio de juicios morales para reflejar la realidad moral más precisamente. (Campbell, 2007: 343)

Sin embargo, esta tensión se resuelve en la medida en que se avanza hacia la formulación de un juicio más meditado y racional:

[E]l carácter representacional de la emoción permite que un conflicto entre la creencia moral y la emoción moral inicie un cambio moral o que se llegue a la formulación de un juicio moral unificado más preciso o más racional. (Campbell, 2007: 343)

Si mi lectura de esta propuesta es correcta, la emoción o, al menos, su potencial representacional funcionaría, al menos en los casos de cambio moral, como una disonancia que en el proceso de solucionarla llevaría a formular un juicio moral más moderado, preciso y racional. Sin embargo, esta posición, creo, presenta algunos inconvenientes. En los apartados que siguen presentaré una manera de comprender las emociones que resulta compatible con el modelo cognitivista de Campbell y que podría ayudar a explicar, aunque más no sea en parte, la capacidad motivacional de las emociones. Presentaré una concepción de las emociones como forma de valoración. Tal como lo veo, las emociones no sólo son una forma de creencia, sino que son formas de creencias que implican también una forma precisa de valorar.

2. Emociones como formas de la valoración

En este apartado intentaré mostrar que, al representar determinados estados de cosas, las emociones lo hacen de una manera indisociable de una valoración de dichos estados. Para avanzar en esta línea de argumentación es necesario, primero, aclarar lo que aquí entenderé por valorar. Para eso me basaré en la teoría del valor que Elizabeth Anderson desarrolla en Value in Ethics and Economics, la cual pretende ayudar racionalmente a guiar nuestras acciones. Esta perspectiva se compone de tres elementos. En primer lugar, Anderson establece que sólo elementos particulares pueden ser objetos de valoración. Estos objetos pueden pertenecer a una de cuatro categorías bien diferenciadas: personas, animales, comunidades y cosas. En segundo lugar, estos objetos pueden encajar en uno de dos tipos distintos de valoración; esto es, según Anderson, habría que distinguir bienes intrínsecos o extrínsecos. Los primeros son aquellos bienes que una persona valora de manera inmediata. Entre los ejemplos de esta forma de valorar Anderson (1993: 19) menciona lo siguiente:

[L]as personas son objetos inmediatos de nuestro respeto, benevolencia y amor; las pinturas bellas lo son de nuestra contemplación y admiración; las mascotas, de nuestro afecto; y así sucesivamente. Éstas son cosas que valoramos racionalmente en sí mismas.

Los bienes extrínsecos son aquellos cuyo valor depende del valor de algo distinto de ellos mismos. Por ejemplo, una mujer puede valorar –dice Anderson (1993: 19)– una pulsera que resulta, desde el punto de vista estético, fea por el hecho de que fue un regalo que una querida amiga le hizo. Esto es, la pulsera es un signo de la amistad, y es la amistad la que se valora, no la pulsera en sí. En tercer y último lugar, Anderson destaca que ya se trate de la definición de los bienes intrínseco, como la de los bienes extrínsecos siempre estamos frente a decisiones centradas en el sujeto. Esto es, las características valoradas, sea de manera intrínseca o extrínseca, no dependen de criterios objetivos y externos al propio sujeto que valora, sino que son, en cada caso, propias del agente en cuestión.

A partir de esto es posible entender la función valorativa de las emociones desde los criterios que Anderson desarrolla. Si bien esta autora formula su propuesta del valor en estrecha concordancia con una teoría de la racionalidad, es posible también aplicar este punto de vista sobre el valor a la dinámica de las emociones. Es más: en esta dinámica es posible ver confirmado cada criterio que Anderson propone para la valoración. Las emociones también se refieren a objetos particulares (aspecto que se conoce bajo la expresión de la “intencionalidad” de las emociones) y también expresan una determinada valoración sobre esos objetos particulares, la cual está centrada en el sujeto que experimenta esa emoción. Ésta es lo posición que desarrolla Susan Stark (2004: 364) quien, basándose en Anderson, sostiene:

Las emociones son moralmente importantes porque están dirigidas a personas, animales, comunidades y cosas en particular y porque éstas [las emociones] nos relacionan con el bienestar y el malestar de otros y de nosotros mismos. Al hacer esto, las emociones nos proveen un interés moral por el destino de las personas, animales, comunidades y cosas.

Este último aspecto que señala Stark sobre la función valorativa de las emociones es el que está ausente en la propuesta de Campbell que reseñé anteriormente; este autor se dedica a mostrar que las emociones pueden producir –sobre todo en los casos de cambio moral– una suerte de disonancia cognitiva con la creencia propia del juicio moral, pero sin apelar a la cuestión valorativa no queda claro por qué se da esa disonancia.

En este sentido, las emociones son episodios no neutrales que se caracterizan justamente por manifestar una determinada posición por parte de quien las experimenta. De esta manera creo que debería entenderse el carácter representacional de la emoción; se trataría de una representación valorativa que destaca algunas cosas por sobre otras y lo hace en función del ámbito de intereses y de las experiencias de quien experimenta esas emociones. Este elemento, el de una representación valorativa, es el que puede explicar el carácter motivacional que Campbell le asigna a la emoción; si la emoción representase neutralmente el mundo del agente, ¿en qué se diferenciaría una emoción de un juicio descriptivo o de una creencia acerca de un estado de cosas particular? Incluso podríamos avanzar en esta línea y sugerir que esta representación valorativa no es sino una proyección de los intereses del propio agente. Quien siente ira está, según esta interpretación, proyectando que algunos de sus intereses o expectativas se vieron frustrados de manera injusta.

Éste es justamente el caso del segundo ejemplo propuesto por Campbell. La mujer al que se le negó su trabajo en virtud de ser mujer siente una ira que es signo de un determinado valor que no ve realizado en el mundo, la justicia. El aporte de Campbell consiste en afirmar que este valor que se expresa en la emoción no siempre es articulado a nivel de la creencia y es esa misma disonancia la que lleva a los casos de cambios morales. Así, los casos de transición (así los denomina nuestro autor) son particularmente importantes por dos razones. En primer lugar, permiten ver los elementos que entran en juego en la constitución del juicio moral, y muestran la importancia de incorporar la dimensión de las emociones en la discusión metaética; sin este elemento, estos casos resultan incomprensibles. En segundo lugar, revelan que la manera tradicional de entender las características tradicionales del juicio moral insuficientes y limitadas. Como mostraré más adelante, incorporar a las emociones de esta manera puede ayudar a resolver las inconsistencias que caracterizan al juicio moral tal como lo presenté al principio de estas páginas.

3. Cognitivismo y emoción en el juicio moral

Al comienzo de estas páginas expliqué que las distintas inconsistencias entre los elementos del juicio moral llevaron a los diferentes teóricos de la motivación a elegir algunos elementos por sobre otros para proponer una concepción coherente del juicio moral. Campbell, como mencioné, quiere formular una concepción naturalizada y multifuncional del juicio moral mediante la reformulación del punto (1) del juicio moral, y lo hace de la siguiente manera:

“(1*) Normalmente, los juicios morales son tantos estados de creencia como de motivación” (Campbell, 2007: 336).

Sin embargo, en esa formulación parece dejar de lado la dimensión que podrían aportar las emociones y la función representativa que les adjudicó. En un intento de completar esta definición es posible afirmar, al menos a mi juicio, una versión incluso más completa de (1*) que pudiera hacer justicia al rol representacional que le asigna a las emociones y que también vislumbre la función valorativa que creo que también poseen las emociones.

(1**) Normalmente, los juicios morales son tantos estados de creencia, de motivación y, a través de las emociones, de valoración sobre objetos particulares.

En cualquier caso, estas versiones resultan más amplias que la proposición (1) tradicional que constituía el juicio moral, y representarían algunas ventajas en especial. En primer lugar, la incorporación de la función evaluativo-valorativa de las emociones no implica necesariamente renunciar al cognitivismo moral expresado en (1), sino que, en el mejor de los casos, puede pensarse alguna forma de cognitivismo ampliado que no implica dejar de aceptar que el juicio moral expresa creencias. En segundo lugar, aceptar la incorporación de la dimensión de las emociones en el juicio moral puede ser visto como coherente con la evidencia disponible acerca de la forma en la que formulamos los juicios morales. La perspectiva ampliada que creo posible formular podría servir para incorporar normativamente esta intuición práctica.[2]

Llegados a este punto, nos enfrentamos a un dilema: ¿son entonces las emociones accesorias o constitutivas en el juicio moral? Optar por alguna de las dos variables implica asumir posiciones metaéticas y normativas sustantivas. En este sentido, considero que la posición que vislumbra a las emociones como necesarias al juicio moral puede contribuir en algo a acercar los extremos de la brecha que entre la razón y las emociones tradicionalmente se mantuvo en temas de motivación moral. Por otro lado, incorporar la dimensión valorativa de las emociones puede ayudar a explicar desde otro ángulo cómo y por qué se producen los cambios morales, sin dejar de lado, al mismo tiempo, las pretensiones cognitivistas expresadas en (1).

Conclusión

En estas páginas traté de concentrarme en algunas implicancias no atendidas del rol de las emociones en la constitución del juicio moral. Una de las preguntas que formulé era por el sentido de apelar a las emociones en la formulación del juicio moral. De acuerdo con lo que expuse anteriormente, creo que es posible pensar una ampliación del alcance del cognitivismo moral expresado en la primera proposición del juicio moral agregándole una función valorativa a partir de la incorporación de las emociones. Este aspecto que propongo, creo, puede completar una de las propuestas analizadas en este trabajo, como la de Campbell, que parecía proponer una lectura más bien reduccionista de las emociones al no integrar la cuestión del valor. En todo caso, la atención a las emociones parece una promisoria perspectiva para incorporar a los debates de metaética y abordar desde nuevos ángulos algunos problemas o tensiones tradicionales.

Referencias

Anderson, E. (1993), Value in Ethics and Economics, Cambridge, Harvard University Press.

Brink, D. (1997), “Moral motivation”, Ethics, 108 (1): 4-32.

Campbell, R. (2007), “What Is moral judgment?”, The Journal of Philosophy, 104 (7): 321-349.

Haidt, J. (2001), “The emotional dog and its rational tail: A social intuitionist approach to moral judgment”, Psychological Review, 108 (4): 814-834.

Smith, M. (2015), El problema moral, Madrid, Marcial Pons.

Stark, S. (2004), “Emotions and the ontology of moral value”, The Journal of Value Inquiry, 38: 355-374.


  1. Michael Smith (2015) realiza una aclaración de este punto cuando presenta su propia interpretación de (3) en El problema moral. David Brink (1997: 6) en su análisis del texto de Smith formula este aspecto en una cuarta proposición que define al juicio moral.
  2. La tesis central del intuicionismo social desarrollado por Jonathan Haidt (2001: 815) sostiene que “el razonamiento moral es raramente la causa directa del juicio moral”.


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