Otras publicaciones:

9789871867844_frontcover

12-4260t

Otras publicaciones:

12-3861t

9789871867950_frontcover

Usos legítimos y necesarios de la ciencia en el diseño de políticas e instituciones

Algunos ejemplos

Julieta Elgarte

En el campo de las humanidades, cuando se habla del vínculo (real o posible) entre teorías científicas y recomendaciones políticas, lo más probable es que se apunte a impugnar esta fecundación de la filosofía política (o de la política sin más) por la ciencia (particularmente si la ciencia es la biología), o cuanto menos a levantar sospechas sobre sus motivaciones o consecuencias. Muchos de estos reparos y suspicacias son comprensibles y bienintencionados, y algunas críticas son importantes y correctas (como señalaré en el apartado 1). Sin embargo, reparos razonables frente a ciertos abusos o usos espurios de la ciencia en el ámbito político derivan a menudo en un rechazo generalizado (a mi juicio injustificado y perjudicial) de toda apelación a la ciencia a la hora de diseñar políticas e instituciones. Por esta razón, en lugar de abundar en los tópicos más concurridos, me concentraré en señalar algunos usos legítimos e incluso necesarios de la ciencia en el ámbito político. En particular, mostraré con algunos ejemplos cómo diseñar políticas o instituciones de espalda a la ciencia nos expone no sólo al riesgo de adoptar medidas ineficaces o ineficientes (apartado 2), sino también al riesgo de recomendar o avalar políticas injustas (apartado 3).

1. Reparos frente a la apelación a la ciencia en el ámbito político

1.1. Reparos bienintencionados y comprensibles
pero excesivos

Buena parte de las suspicacias y el rechazo que despierta la apelación a la ciencia (y, en particular, a las ciencias biológicas) en el ámbito político nace de motivaciones loables. Tal el caso de las críticas que denuncian los intentos de justificar la subordinación de un sexo, de una raza o de un pueblo, sobre la base de una pretendida inferioridad, que se supone fundada en descubrimientos científicos, o de las sospechas de que la apelación a las ciencias biológicas abre una puerta por la que estos discursos se abrirán paso a empujones. A menudo se ha echado mano de datos o teorías científicas (o seudocientíficas) para justificar ideas o políticas sexistas, racistas o colonialistas. De ahí que las suspicacias que despiertan en muchos estas apelaciones a la ciencia en la elaboración de políticas o instituciones no dejen de ser comprensibles.

No obstante esto, aunque, a la vista de los usos espurios pasados y presentes, la sospecha y la cautela sean –como se dijo– comprensibles, no resulta razonable prescindir de una herramienta útil sólo porque algunos la hayan usado mal. Si algunos pretenden sacar conclusiones políticas a partir de datos falsos o sesgados o de teorías endebles, no es la apelación a la ciencia lo que debemos cuestionar, sino la veracidad o representatividad de los datos o la cientificidad y solidez de las teorías en las que se apoyan sus argumentos. De manera análoga, si algunos pretenden apoyarse en datos o teorías sólidas, para sacar conclusiones políticas que no están autorizadas por esos datos, es, de nuevo, la validez o legitimidad de esa inferencia particular lo que debemos cuestionar, no la legitimidad de toda inferencia que parta de datos científicos para avalar conclusiones políticas.

1.2. Señalamientos importantes y correctos sobre los límites del conocimiento científico

Dicho esto, existen también críticas importantes y correctas a ciertas visiones excesivamente expansivas sobre los alcances del conocimiento científico o sus implicancias políticas. Tal el caso de las que señalan que la biología no es destino, o que no debemos tomar a la ciencia como si fuera la verdad revelada.

Para empezar por la segunda, es, sin duda, de la mayor importancia reconocer no sólo los alcances sino también los límites del conocimiento científico. Sería ciertamente un error tomar la palabra científica como si fuera la verdad revelada, por cuanto la ciencia (en tanto actividad humana) es inevitablemente falible. A esto se suma que la realidad es compleja y que distintas ciencias y distintas teorías, con sus encuadres y focos diferenciales, pueden hacernos ver la misma realidad desde distintos ángulos, al enfocar e iluminar procesos de distinto nivel, volviendo visibles ciertas conexiones en detrimento de otras. De ahí que, frecuentemente, el camino para tomar decisiones informadas no consista en seguir las recomendaciones de una sola disciplina, sino en oír lo que distintas disciplinas (con sus focos y encuadres diferenciales) pueden decirnos sobre la cuestión a decidir. Es también un hecho que los científicos, no menos que el resto de nosotros, están expuestos a dejarse guiar inadvertidamente por prejuicios inconscientes (por prejuicios derivados de las estructuras sociales en las que viven, de las teorías en las que fueron formados e incluso por prejuicios derivados de su gratitud hacia la mano que les da de comer, financiando sus investigaciones). Éstas son razones de sobra para no tomar como palabra santa cualquier cosa que sale de la boca de un experto o que se publica en una revista científica, pero ninguna nos obliga a poner a la ciencia en pie de igualdad con cualquier otro discurso. Que la ciencia no provea verdades indudables ni definitivas no significa que no pueda proveernos (en instancias particulares en las que debemos tomar una decisión) de datos e interpretaciones relevantes, que nos permitirán tomar una decisión informada y razonable, que tendrá, tendencialmente, mayores probabilidades de éxito.

Otra crítica importante y correcta a ciertas apelaciones a la ciencia en el ámbito político (que mencionamos en primer lugar) es la que sostiene que la biología no es destino. En efecto, el hecho de que tengamos una propensión biológica (codificada genéticamente) a desarrollar cierta característica o cierto comportamiento no significa que necesariamente vayamos a desarrollarlo. Puesto que la expresión de un gen es resultado de su interacción con el ambiente, individuos con la misma carga genética no están destinados a expresarla de la misma manera si se enfrentan a condiciones ambientales diferenciales. Un ejemplo suministrado por la sociobióloga feminista Sarah Blaffer Hrdy servirá de ilustración.

En un interesante experimento reportado por Hrdy, un equipo de antropólogos y psicólogos del desarrollo “pidió a padres y madres recientes que escucharan dos grabaciones. Una de ellas era el sonido de un infante de un día de vida llorando a primera hora de la mañana con el deseo de ser alimentado. La segunda grabación contenía los gritos más irregulares y alarmantes de un bebé que estaba siendo circuncidado. Las reacciones de madres y padres fueron cuidadosamente monitoreadas, y se midieron sus niveles hormonales (de cortisol, testosterona y prolactina). A la primera señal de verdadera angustia, tanto padres como madres respondieron con igual prontitud. Pero si el infante meramente sonaba incómodo pero no in extremis, si el llanto era meramente un «Quiero» en lugar de un «¡Auxilio! ¡Auxilio!», la madre era la más rápida en responder” (Hrdy, 1999: 212).

Este umbral más bajo de las madres para responder a las señales de angustia de los infantes, si se traduce repetidamente en acciones de respuesta, terminará intensificando el apego del infante hacia su madre y, en último término, hará que éste se queje cuando ella lo pase a los brazos de otro cuidador. Ello sucederá simplemente como resultado de que las personas involucradas sigan el camino de menor resistencia. Así, la más completa división del trabajo puede surgir de una pequeña diferencia inicial en los umbrales de sensibilidad de padres y madres, siempre que los agentes involucrados permitan que ésta se traduzca en acciones, dejando que genere consecuencias sobre el apego que irán creciendo con el tiempo. El resultado parecerá “simplemente natural”. Sin embargo, como argumenta Hrdy (1999: 213), “a todo lo largo del camino había alternativas. Ella podría haber dejado al bebé solo con su esposo por más tiempo. Él podría haberle pedido a ella que usara auriculares, o que, como Ulises, se atara a un mástil para volverse incapaz de responder a los irresistibles cantos de su pequeña sirena. El equivalente neural de los audífonos es lo que la Madre Naturaleza eligió para los monos tití, volviendo a las madres indiferentes al encanto de los llamados de sus infantes. ¿El resultado? Los infantes prefieren fuertemente a sus padres, y los machos «naturalmente», sin intervención externa o determinación consciente, hacen la mayor parte del cuidado”.

Vemos aquí cómo una pequeña diferencia en la propensión a responder a los llamados de los infantes puede tener grandes consecuencias (o no) dependiendo de nuestras acciones (y las de otros). Incluso si se estableciera lo que este experimento solamente sugiere (que las mujeres, como grupo, tienen una propensión biológica a responder más rápidamente a los llamados no desesperados de un infante), esto no implicaría que esa tendencia deba dejarse actuar y producir los efectos que produciría si cada cual sigue el camino de menor resistencia (i.e. si cada cual deja que su tendencia natural se traduzca en acciones). En este sentido, la biología ciertamente no es destino.

Ahora bien, que la biología no sea destino en este sentido no significa que no defina los resultados esperables de ciertas opciones. En este ejemplo: no tener en cuenta las diferencias en los umbrales de respuesta nos incapacita para ver qué pasará si no tomamos ciertas acciones para impedirlo. De ahí que el hecho de que la biología no sea destino lejos está de implicar que su conocimiento no sea relevante a la hora de tomar decisiones en cuestiones políticas. Antes bien, al contrario: es porque nuestra constitución biológica favorece comportamientos diversos ante situaciones diversas, y porque nos expone a consecuencias diferentes en cada una de estas opciones, que tenerla en cuenta es tan importante. De hecho, es mucho más probable que la biología determine nuestro destino si la ignoramos que si la tenemos en cuenta a la hora de diseñar nuestras instituciones. Creer lo contrario supone incurrir en un error simétrico al de quienes sostienen la total determinación genética de la conducta, adoptando una postura igualmente extrema, insostenible y peligrosa: la de la total indeterminación de la conducta humana por nuestra naturaleza biológica.

Los dos siguientes apartados aspiran a ilustrar distintas maneras en las que la ciencia, y en particular las ciencias biológicas, pueden ayudarnos a tomar decisiones más informadas a la hora de resolver sobre el diseño de políticas e instituciones.

2. De cómo la ciencia puede ayudar a diseñar políticas e instituciones más eficaces y eficientes

La epidemiología es un caso típico de cómo la ciencia puede informar a la política y permitirle adoptar medidas más conducentes a sus objetivos (más eficaces) o que permitan lograrlos con un menor costo o en un menor tiempo (es decir, de manera más eficiente). Supongamos que un teórico de la justicia (o una sociedad, o un partido) concluye que un objetivo central de una sociedad justa (del tipo de sociedad que consideran debemos tratar de construir y tenemos el deber de apoyar y defender) ha de ser el de garantizar a todos los miembros de la comunidad política condiciones adecuadas para poder gozar de buena salud (para no morir prematuramente por causas evitables, ni ver afectada negativamente su calidad de vida por causa de afecciones prevenibles).

Dado este objetivo general, la epidemiología ofrece una ayuda que la política haría mal en desdeñar. Al estudiar los patrones de salud y enfermedad en poblaciones humanas con el fin de desentrañar sus causas, la epidemiología permite detectar las raíces comunes de enfermedades que afectan a muchas personas (por ejemplo, la falta de agua mejorada y saneamiento que aumenta las muertes por diarreas y las intoxicaciones, o la exposición a agrotóxicos que incrementa la prevalencia de casos de cáncer).

Del mismo modo que conocer los diferentes umbrales de respuesta de varones y mujeres ante los llamados de los bebés nos abre la oportunidad de tomar acciones para impedir que estas pequeñas diferencias biológicas tengan grandes consecuencias sociales, así también, conocer las raíces comunes de enfermedades que afectan a distintas personas nos da la oportunidad de atacar (cuando esto es posible) las causas que provocan enfermedades, en lugar de ir detrás de los hechos tratando de atajar a los enfermos. La ventaja de este proceder es triple.

En primer lugar, al prevenir la enfermedad en lugar de tratar de remediarla, ahorramos a la población el daño de tener que padecer una enfermedad que podría haberse evitado. Les ahorramos no sólo los padecimientos sino también el costo de oportunidad: todas las cosas que no pudieron hacer o disfrutar porque estaban enfermos, o que no pudieron hacer o disfrutar quienes tuvieron que cuidarlos, debido a su enfermedad.

En segundo lugar, prevenir una afección es en muchos casos más sencillo y realizable que curarla de un modo limpio y seguro (es un modo más eficaz de evitar las consecuencias de la enfermedad). Por ejemplo, evitar rociar los sembrados con pesticidas cancerígenos es sencillo y realizable. En cambio, curar los diversos tipos de cáncer que son provocados por esta técnica productiva resulta mucho más complicado, difícilmente pueda hacerse sin dar lugar a efectos adversos y es improbable que pueda salvar a todos, ya que entre los afectados habrá personas vulnerables como bebés o ancianos, o personas con características o afecciones de base que les impidan soportar el tratamiento (alérgicos que no soportan la quimioterapia, cardíacos que no soportan una cirugía, etc.). De ahí que, si nuestro objetivo es prevenir muertes evitables, lo haremos más eficazmente prohibiendo ciertos agrotóxicos que pagando tratamientos contra el cáncer a todos los afectados, tratamientos cuya eficacia no es del 100%, que tienen efectos adversos y que en algunos casos llegarán demasiado tarde o serán inaplicables.

La tercera ventaja tiene que ver con la eficiencia: incluso si dejamos de lado el sufrimiento subjetivo y los problemas de eficacia, en muchos casos será más eficiente (más barato en términos económicos) atacar la causa de las enfermedades que dejar la causa en pie y lidiar con sus múltiples efectos. De vuelta, prohibir el uso de agrotóxicos cancerígenos resulta sin duda mucho más barato que pagar tratamientos contra el cáncer a todos los afectados.

En todos estos casos, la política (o la filosofía política) pone el fin, y la ciencia (la epidemiología) nos ayuda a encontrar los medios para lograr el fin sin generar daños innecesarios, de la manera más eficaz y más eficiente. Ahora bien, ¿puede la ciencia ayudarnos también a definir de modo más adecuado no ya los medios para fines prefijados sino los fines mismos que debe perseguir una sociedad justa? Sí y no, como explicaré a continuación.

3. De cómo la ciencia puede ayudarnos a definir más adecuadamente lo que exige la justicia

Como mostraré en este apartado, si bien la ciencia no puede dictarnos de manera directa los fines que hemos de perseguir, sí puede ayudarnos indirectamente a definirlos. Y rechazar esta ayuda puede llevarnos a avalar injusticias, al cegarnos frente a hechos relevantes a la hora de articular lo que exige la justicia (o de decidir entre interpretaciones alternativas).

¿Qué clase de hechos son éstos, que las ciencias (particularmente las de la vida) pueden ayudarnos a ver y que la filosofía política haría mal en ignorar? Y ¿de qué maneras pueden estos hechos ayudarnos a definir mejor lo que exige la justicia, o el tipo de fines en vista de los cuales deberíamos tratar de moldear nuestra vida en común?

3.1. ¿Cuáles son los hechos normativamente relevantes que las ciencias pueden ayudar a iluminar?

Los hechos que las ciencias biológicas pueden ayudar a iluminar son, primordialmente, hechos acerca de nuestra naturaleza. Contra lo que sostuvieron tanto el conductismo de John Watson en psicología, con su idea de que somos una tabula rasa, absolutamente moldeable a través del condicionamiento, como el existencialismo de filósofos como Jean-Paul Sartre, con su tesis de que “la existencia precede a la esencia”, absolutamente moldeable a través de nuestras elecciones radicalmente libres, tenemos una naturaleza biológica que no solo precede a nuestras elecciones, sino que moldea (en interacción con el entorno) la multiplicidad de nuestras respuestas inconscientes y automáticas (que superan con creces, en número, a las que decidimos conscientemente y que lejos están de resultar intrascendentes en sus consecuencias), asigna valencias positivas o negativas a los efectos posibles de nuestras acciones a través del sistema emocional (una asignación sin la cual nos vemos imposibilitados de decidir cualquier cosa) y determina las consecuencias de nuestras elecciones sobre nuestra salud y bienestar. Esta imagen alternativa y más realista del papel de las emociones y de la razón en la toma de decisión, junto a una muestra de algunas investigaciones en psicología evolutiva y neurociencia que la apoyan, puede verse en Martín Daguerre y Julieta Elgarte (2016).

La utilidad de la teoría evolutiva y del estudio de especies no humanas a la hora de iluminar nuestra naturaleza es magistralmente expresada por la filósofa Mary Midgley (1979: 18-19), en el marco de su crítica satírica a esta pretensión del existencialismo:

De no haber conocido ninguna otra forma de vida animada más que la nuestra, sin duda nuestra especie nos habría resultado sumamente misteriosa. Esto nos habría dificultado también enormemente la comprensión de nosotros mismos como individuos. Cualquier cosa que nos ponga en un contexto, que nos muestre como parte de un continuo, es de gran ayuda […] Lo que es realmente monstruoso del existencialismo […] es el hecho de que proceda como si el mundo sólo contuviera, por un lado, materia inerte (cosas) y, por el otro, seres humanos adultos, plenamente racionales y educados –como si no existiera ninguna otra forma de vida–. La impresión de deserción o abandono que los existencialistas tienen se debe, estoy segura, no a la eliminación de Dios, sino a la desdeñosa desestimación de la casi totalidad de la biosfera –plantas, animales y niños–. La vida se encoge hasta quedar circunscripta en unas pocas habitaciones urbanas; no sorprende que se vuelva absurda.

Midgley señala, en este pasaje, la utilidad de ponernos en perspectiva evolutiva para entender nuestra naturaleza y nuestras necesidades –lo iluminador que resulta entendernos como parte del concierto general de la vida, vernos como parte de un continuo que nos ponga en contexto–. Para ver por qué y cómo esto es relevante políticamente, consideremos por un momento un ejemplo imaginario.

3.2. ¿Por qué los hechos sobre nuestra naturaleza biológica son normativamente relevantes?

Supongamos que se nos encarga la tarea de diseñar el hábitat en el que vivirá un grupo de pingüinos que está por llegar al zoológico. Supongamos que decidimos asignarles un habitáculo calefaccionado, seco y tapizado de arena, anteriormente ocupado por unos camellos, pero actualmente vacante. ¿Qué hay de malo en nuestra decisión? ¿O qué hay de malo en asignarle la jaula del león a un delfín?, ¿o el estanque del delfín al camello?

El problema con estas extrañas elecciones es que no tienen en cuenta que los pingüinos (como los delfines, o cualquier otra especie) evolucionaron en un determinado entorno (frío o cálido, acuático o terrestre, que plantea tales y cuales desafíos para la supervivencia y la reproducción) y sus miembros fueron seleccionados a lo largo de generaciones precisamente por su capacidad para adaptarse a los desafíos planteados por ese entorno. Así, los pingüinos desarrollaron adaptaciones que los volvieron capaces de soportar fríos que matarían a los tucanes, pero no tuvieron que desarrollar ninguna característica que los volviera aptos para soportar altas temperaturas. Cada especie tiene lo que John Bowlby (1969: 47) llamó su propio “ambiente de adaptación” y que conocemos hoy como ambiente de adaptación evolutiva:

En los sistemas biológicos, la estructura toma una forma que es determinada por el tipo de ambiente en el que el sistema ha estado de hecho operando durante su evolución […] Propongo llamar a este ambiente el “ambiente de adaptación” del sistema. Solo dentro de este ambiente podemos esperar que el sistema trabajará eficientemente.

¿Qué importancia tiene todo esto para las discusiones en filosofía política sobre cómo debería organizarse una sociedad justa, sobre qué principios deberían regir las instituciones centrales en una sociedad tal? Las teorías de justicia hacen recomendaciones sobre el tipo de entorno social en el que deberíamos tratar de vivir, sobre el tipo de hábitat institucional que deberíamos intentar construir. De aquí resulta evidente que, si no se basan en una concepción científicamente informada de la naturaleza humana, corren el riesgo de prescribir un entorno tropical para un pingüino, de prescribirnos un entorno distinto, en aspectos cruciales, de aquel para el que estamos preparados y en el que podemos vivir bien, e inadecuado para miembros de una especie como la nuestra.

Los filósofos liberales suelen sostener la tesis de la prioridad de la justicia sobre las concepciones del bien de los ciudadanos (sobre sus ideas sobre qué constituye una vida buena), es decir, la idea de que, ante un choque entre nuestros intereses individuales y lo que exige la justicia, es la justicia la que debe prevalecer. Y también sostienen que lo que exige la justicia es algo que debe determinarse sin apoyarse en ninguna concepción sustantiva de lo que constituye una vida buena (ya que entienden que existe un pluralismo razonable de tales concepciones y que sería autoritario imponer una concepción del bien particular a quienes no la comparten). Ante un choque entre lo que dicta la justicia y nuestra concepción de vida buena, lo que se espera es que adaptemos nuestro plan de vida a los derechos y recursos que nos corresponden en justicia.

Ahora bien, este esquema resulta prometedor si pensamos que los seres humanos podemos vivir bien en cualquier circunstancia (adaptando, como los estoicos, nuestras aspiraciones a lo que podemos o nos está permitido alcanzar). Pero si, por el contrario, existe una naturaleza humana que hace que necesitemos determinadas cosas para vivir y vivir bien (si la vida buena requiere un entorno que provea o permita conseguir determinadas cosas: gozar de determinados bienes, o desarrollar determinadas actividades y relaciones), entonces una teoría de justicia que defina a la justicia con independencia de esta concepción de vida buena corre el riesgo de prescribir un entorno institucional que haga imposible o vuelva innecesariamente costosa la consecución de la vida buena de sus ciudadanos. Y si esto es así, ¿qué razón podría dar la teoría a los ciudadanos para sacrificar sus posibilidades de vivir bien? Para evitar este problema fatal, una teoría de justicia debe basarse en una visión realista (científicamente informada) de nuestra naturaleza y del tipo de vida que es buena para animales como nosotros.

3.3. ¿Podemos hablar de una naturaleza humana común, que limita el tipo de entornos en los que podemos vivir?

Probablemente esta idea de que tenemos una naturaleza común, de la que surgen necesidades comunes, que debemos tener en cuenta a la hora de diseñar el hábitat que compartiremos, despierte automáticamente una serie de objeciones. En lo que sigue, aclararé algunos puntos respecto del concepto de naturaleza humana que creo que es necesario recuperar y el lugar que creo debe ocupar en las discusiones sobre la justicia, respondiendo tres objeciones.

Primera objeción: ¿en qué sentido puede hablarse de una naturaleza humana, a la vista de la enorme diversidad entre los seres humanos?

Investigaciones en medicina, epidemiología, psicología evolutiva y neurociencia social o en psicología positiva dan testimonio de que los seres humanos tenemos una naturaleza que hace que ciertos estilos de vida tiendan a resultarnos saludables y generadores de bienestar y ciertos otros tiendan a resultarnos perjudiciales. Necesitamos seguir un cierto tipo de dieta, mantenernos al resguardo de temperaturas extremas, contar con apoyo social, estar expuestos a estimulación sensorial, etcétera.

Esta naturaleza común no debe entenderse en el sentido de que seamos idénticos ni de que nos veamos afectados inexorablemente del mismo modo por las mismas experiencias. Por el contrario, como animales evolucionados podemos esperar encontrar entre nosotros tanto semejanzas como diversidad, ya que somos producto de la evolución y ésta procede a través de la mutación genética (generadora de diversidad) y la selección natural y artificial (reductora de la diversidad, al aumentar la prevalencia de aquellos rasgos que resultan más adaptados al entorno, natural y social). Así, las semejanzas pueden coexistir con la diversidad.

Dos ejemplos servirán de ilustración. Aunque hay indudables diferencias en la cantidad y el tipo de alimentos que necesitamos, pues no son las mismas las necesidades nutricionales de un bebé recién nacido, una embarazada, una madre lactante, un adolescente o un anciano, o las de un diabético o un celíaco, a ninguno de ellos le viene bien alimentarse sobre la base de petróleo, comer un cóctel de pesticidas con su ensalada o seguir una dieta basada en alimentos ultraelaborados, hipercalóricos y saturados de azúcares, sales y grasas, como los que pueblan las góndolas de nuestros supermercados. Del mismo modo, todos necesitamos buenas relaciones sociales: contar con gente que nos quiera y esté dispuesta a ayudarnos cuando lo necesitemos, aunque distintas personas puedan satisfacer esta necesidad común apoyándose en su familia nuclear o extendida, en vecinos, compañeros de militancia o de grupos religiosos, en amigos o en parejas homosexuales o heterosexuales.

Es fácil ver, en estos casos, cómo las semejanzas coexisten con la diversidad. En algunos casos, podemos identificar cosas que todos necesitamos consumir en ciertas cantidades (oxígeno, agua, vitaminas) o que a todos nos hacen mal en ciertas cantidades (arsénico). Con frecuencia, la misma cosa puede ser beneficiosa (e incluso necesaria) en ciertas cantidades, pero pasar a ser perjudicial (e incluso letal) en cantidades superiores (sal). En otros casos, podemos encontrar necesidades universales de cierto nivel de generalidad (como la de apego y afiliación, o la de alimentación) que pueden satisfacerse mediante distintos tipos de satisfactores (relaciones de amistad o de pareja, heterosexuales u homosexuales, o distintos tipos de alimentos según si uno es celíaco, obeso o un bebé). También podemos constatar que la satisfacción de necesidades universales puede requerir en distintas personas no ya distintos tipos de satisfactores sino distintas cantidades de los mismos satisfactores. Como señalan John Cacioppo y William Patrick (2008) en su fascinante estudio sobre la necesidad humana de conexión social, si bien todos necesitamos sentirnos conectados a otras personas mediante relaciones seguras y satisfactorias y todos nos sentimos solos cuando nuestra necesidad de conexión social no es satisfecha, cada uno tiene su propio umbral: no todos necesitamos la misma cantidad o intensidad de relaciones para sentirnos a gusto.

Segunda objeción: ¿en qué sentido podemos decir que tenemos las mismas necesidades cuando las mismas carencias o adversidades no nos afectan a todos de la misma manera?

El hecho de que, debido a nuestra naturaleza, ciertos estilos de vida nos resulten saludables o generadores de bienestar, y otros no, debe entenderse de manera estadística. Así, si estudios epidemiológicos indican que en zonas fumigadas con glifosato la prevalencia de los distintos tipos de cáncer se eleva hasta alcanzar, digamos, el 40% de la población (cuando en zonas no fumigadas la prevalencia es, digamos, del 10%), esto nos da razones para afirmar que la población de esas áreas necesita que esas fumigaciones se detengan, que necesitan vivir en un entorno libre de fumigaciones (ya que, de otro modo, verán incrementadas, de un modo que podría haberse evitado, sus probabilidades de contraer cáncer).

Sin embargo, podría decirse que, estrictamente hablando, sólo el 40% que efectivamente contrajo o contraerá cáncer necesitaba vivir en un entorno libre de glifosato, ya que el 60% restante no desarrolló ni desarrollará cáncer, pese a su exposición al glifosato.

Lo que resulta crucial aquí es que, en casos como éste, resulta imposible, dadas las limitaciones de nuestro conocimiento, saber de antemano quiénes desarrollarán efectivamente cáncer al estar expuestos al glifosato y quiénes no. Por esta razón tiene sentido decir que todos necesitan ser protegidos de las fumigaciones: no porque todos vayan a resultar perjudicados si las fumigaciones continúan, sino porque todos tienen un 40% de probabilidades de ser perjudicados (o, dicho de otro modo, porque sabemos que si exponemos a cien personas a estas fumigaciones, cuarenta de ellas se verán perjudicadas, aunque no podamos saber de antemano cuáles serán estas cuarenta).

Del mismo modo, si sometemos a un conjunto de plantas de la misma especie a condiciones no ideales de humedad, luz, etc., podemos predecir que algunas de ellas morirán y otras se verán afectadas en su desarrollo, incluso si algunas logran sobrellevar bien la situación. El hecho de que algunas estén más preparadas para enfrentar ese tipo particular de adversidad no significa que las demás hubieran podido hacer lo mismo, ni que las que sobrevivieron se hayan demostrado más adaptables en general, sino sólo con relación a este tipo particular de adversidad. De haberse dado otro tipo de adversidad, probablemente el lote de las capaces de soportarla hubiera sido otro. Lo único que podemos saber con seguridad es que si sometemos a un conjunto de individuos a condiciones adversas dadas las necesidades de esa especie, algunos se verán afectados quizá letalmente, incluso si algunos otros resultan capaces de soportarlas.

Tercera objeción: visto que los seres humanos somos capaces de adaptarnos a entornos sumamente diversos, ¿en qué sentido puede decirse que nuestra naturaleza limita el tipo de entornos que son aptos para constituirse en nuestros hábitats?

Ahora bien, que la selección natural nos haya vuelto especialmente aptos para funcionar eficientemente en nuestro ambiente de adaptación evolutiva no implica que tengamos una naturaleza tan rígida que sólo nos permita sobrevivir y reproducirnos en un entorno óptimo, que se adapte exactamente a nuestras capacidades y necesidades: tenemos también la capacidad de adaptarnos a entornos más inhóspitos o poco favorables. Sin embargo, esta capacidad no es infinita ni gratuita: tiene tanto límites como costos.

Los límites implican que no podemos adaptarnos a cualquier grado de adversidad, y que incluso aquellas adversidades que pueden ser soportables para algunos pueden no serlo para otros, como vimos anteriormente.

Pero la adaptabilidad no sólo tiene límites: tiene también sus costos. Para sobrellevar un entorno adverso, el organismo debe salir de sus cauces normales y poner en marcha mecanismos extraordinarios que implican ajustes significativos (alostáticos) en distintos sistemas. Un ejemplo de esto es la fiebre, que constituye una alteración de los mecanismos homeostáticos destinados a mantener nuestra temperatura corporal dentro de un estrecho rango óptimo (alrededor de los 37°C), motivada por la necesidad de combatir una infección, que no pudo combatirse eficazmente sin echar mano a este recurso extraordinario. Otro ejemplo es la reacción de estrés, que altera distintos mecanismos con el fin de atender mejor a una emergencia.

Aunque estos ajustes son útiles para salir del paso, suelen generar desfasajes que pueden dañar distintos órganos cuando se producen con frecuencia (como cuando el ajuste se hace en respuesta a condiciones estructurales del medio en que se vive). Así, el estrés crónico puede derivar, por ejemplo, en úlceras. A su vez, el solo hecho de hacer y deshacer estos ajustes implica una aceleración del desgaste natural de nuestro cuerpo y favorece una muerte prematura: la maquinaria de nuestro cuerpo se desgasta y finalmente muere por efecto del uso, y el estrés crónico generado por un entorno adverso acelera este proceso. Por esto el estrés crónico está asociado a un acortamiento de la esperanza de vida.

Así, aunque, frente al peligro, muchas veces tiene sentido pagar los costos de la respuesta de estrés, dado que estos costos se vuelven altos cuando la respuesta se dispara con frecuencia, tiene sentido intentar evitar o reducir los estresores en nuestro entorno. Ésta es una tarea que sólo limitadamente pueden llevar adelante los individuos, mediante sus elecciones de estilo de vida o trabajando sobre el modo en que enmarcan lo que les pasa. Es en muchos casos a nivel social donde se definen las condiciones estructurales en las que viven los individuos y el tipo de estresores constantes o recurrentes a los que se verán expuestos y de los que difícilmente puedan escapar individualmente. Así, por ejemplo, no está en las manos de los individuos en cuanto tales salvarse del estrés derivado del desempleo estructural (del estrés de la privación –o la amenaza de la privación– de recursos esenciales), como tampoco está en manos de los individuos en tanto tales librarse del estrés derivado de vivir en sociedades marcadamente jerárquicas, profusamente documentado y minuciosamente explicado por Richard Wilkinson (2005) y Richard Wilkinson y Kate Pickett (2009).

Por esto, a la hora de diseñar las estructuras sociales en las que vivimos, es fundamental tener en mente el tipo de animales que habrán de habitarlo. Si no lo hacemos, correremos el riesgo de prescribir (como filósofos políticos) o, peor aún, de implementar hábitats poco propicios para animales como nosotros. Un argumento más desarrollado en este sentido puede verse en Julieta Elgarte y Martín Daguerre (2015).

3.4. Algunos ejemplos concretos de cómo hechos acerca de nuestra naturaleza pueden informar el debate sobre lo que exige la justicia

Hemos visto hasta aquí cómo la ciencia puede aportar información relevante a la hora de definir cómo deberíamos organizar nuestra sociedad, al ayudarnos a comprender mejor nuestra naturaleza y el modo en que (dada nuestra naturaleza) tendemos a vernos afectados por distintos factores (como la exposición a ciertos químicos o el seguir una dieta inapropiada, el vivir en sociedades de masas marcadas por grandes desigualdades o en sociedades más igualitarias, el contar con sólidos apoyos sociales en la niñez y a lo largo de toda la vida, o sentirse crónicamente solo, desarrollar un trabajo desafiante o monótono, reconocido o no reconocido).

Aprender más sobre nuestra naturaleza puede ayudarnos a iluminar qué factores nos dañan, cuáles son indiferentes y cuáles tienden a contribuir a nuestro bienestar (cuáles son las fuentes de la salud y la enfermedad, del sufrimiento y del bienestar). Esto, a su vez, nos ayuda a determinar qué oportunidades es importante garantizar a todos y cuáles son triviales o nocivas. Necesitamos una sociedad que nos garantice las oportunidades para satisfacer nuestras necesidades básicas, cultivar buenas relaciones sociales y desarrollar nuestras capacidades y aplicarlas a la realización de trabajos significativos y desafiantes, pero no necesitamos la oportunidad de comprar golosinas en las escuelas o de elegir entre cuarenta opciones de pasta dentífrica. Lo que es peor, como mostraron las investigaciones de Barry Schwartz (2005), la proliferación de opciones triviales conlleva un desgaste inútil, mayor arrepentimiento y deriva en peores elecciones.

Comprender más sobre nuestra naturaleza puede ayudarnos también a entender si tener más de cualquiera de estas fuentes de bienestar es siempre mejor, o si cada una de ellas es buena cuando se disfruta dentro de cierto rango, con lo que consumir más de lo necesario puede ser tan perjudicial como consumir menos. Un conjunto de investigaciones reportadas por Ed Diener, Weiting Ng y William Tov (2008) mostraron cómo distintos recursos que la gente valora (como tiempo de sociabilidad, haciendo ejercicio, mirando televisión, o el número de hijos) lejos están de mostrar una curva en la que a mayor cantidad se sigue siempre mayor satisfacción. Por el contrario, para todos estos recursos valorados existe un punto óptimo (que varía según la persona) más allá del cual tener más unidades del recurso es juzgado como menos valioso que tener menos, y de hecho genera menor bienestar.

Comprender más sobre nuestra naturaleza también puede ayudarnos a entender si las distintas fuentes del bienestar son intercambiables (y uno puede estar igual de bien si le falta una, o la tiene en muy baja cantidad pero tiene un acceso mayor a alguna otra, que compense la escasez de la primera) o si, por el contrario, la falta de un recurso necesario no puede ser compensada mediante la sobreabundancia de otro. Si esto último es el caso, no se trata de algo irrelevante en términos políticos: significa que debemos aspirar a crear las condiciones para que sea posible para todos lograr un equilibrio entre varias de estas fuentes: ¿más consumo es siempre mejor, aunque conlleve un deterioro de las relaciones sociales, o es preferible garantizar las condiciones para el desarrollo de mejores relaciones sociales, aunque esto implique menor consumo? Si, como sugieren diversas investigaciones, nuestro bienestar depende de un equilibrio entre distintas fuentes de bienestar, esto implica que no debemos instituir socialmente divisiones del trabajo que obliguen a una especialización excesiva que es contraria al logro del bienestar (que, por ejemplo, empujen a muchas mujeres a tener demasiadas horas dedicadas al cuidado de dependientes y demasiado pocas para otras actividades o relaciones importantes).

Comprender más sobre nuestra naturaleza nos ayuda también a distinguir entre simples preferencias y necesidades (a discernir a qué cosas deseadas podemos aprender a renunciar sin sufrir daños serios o permanentes y por cuáles deberíamos luchar, ya que su ausencia nos genera un daño que no es trivial ni pasajero). Así, nos enseñan que podemos acostumbrarnos a consumir menos (especialmente si los demás también lo hacen), pero difícilmente podamos ni debamos acostumbrarnos a “vivir en la incertidumbre [de tener o no empleo] y disfrutarla” (como propuso en el Foro de Inversiones y Negocios 2016 el ministro de Educación del presidente Mauricio Macri, Esteban Bullrich), ya que la amenaza permanente de carecer de lo necesario para vivir genera estrés crónico (que no sólo es una fuente de sufrimiento subjetivo sino también de enfermedades evitables y de un acortamiento innecesario de la esperanza de vida).

En conclusión

Desconocer la información que nos provee la ciencia sobre nuestra naturaleza y los factores que afectan nuestro bienestar nos expone así a recomendar, no solo políticas ineficaces o ineficientes, sino arreglos institucionales injustos, que privan a las personas de oportunidades importantes o les exigen que renuncien a satisfacer necesidades.

De ahí que, en conclusión, la ciencia no sólo puede aportar a encontrar los medios más eficaces y eficientes para lograr los fines de la comunidad política, sino que también puede ayudarnos a definir mejor cuáles deberían ser esos fines.

Referencias

Bowlby, John (1969), Attachment and Loss, vol. 1, Nueva York, Basic Books.

Caccioppo, John T. y William Patrick (2008), Loneliness: Human nature and the need for social connection, Nueva York, W.W. Norton & Co.

Daguerre, Martín y Julieta Elgarte (2016), “Emociones encontradas: descubriendo la mano emocional detrás de las acciones de la razón y el papel de la razón frente a emociones en conflicto”, en Victoria Sánchez García, Federico López y Daniel Busdygan (comps.), Conocimiento, arte y valoración: perspectivas filosóficas actuales, Secretaría de Posgrado de la Universidad Nacional de Quilmes, 34-43.

Diener, Ed, Weiting Ng y William Tov (2008), “Balance in life and declining marginal utility of diverse resources”, Applied Research in Quality of Life, 3 (4): 277-291.

Elgarte, Julieta y Martín Daguerre (2015), “Pingüinos en el trópico: lecciones desde la epidemiología y la economía para el filósofo político”, Cuadernos de Ética, 30: 1-23.

Hrdy, Sarah Blaffer (1999), Mother Nature. A history of mothers, infants and natural selection, Nueva York, Pantheon.

Midgley, Mary (1979), Beast and Man: The roots of human nature, Londres, Methuen.

Schwartz, Barry (2005), Por qué más es menos: la tiranía de la abundancia, Madrid, Taurus.

Wilkinson, Richard (2005), The Impact of Inequality: How to make sick societies healthier, Nueva York, The New Press.

– y Kate Pickett (2009), Desigualdad: un análisis de la (in)felicidad colectiva, Madrid, Turner-Noema.



Deja un comentario