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Discusión sobre el concepto de juventud en México

Una aproximación cualitativa con estudiantes de nivel superior de la comunidad wixárika

Jorge Ignacio Rosas y José Claudio Carrillo Navarro

Resumen

En la presente investigación, se discute el concepto de juventud en comunidades indígenas de México, específicamente los wixárikas del norte de Jalisco. Como todos los pueblos originarios de América Latina, han sufrido trasformaciones durante las últimas décadas; el supuesto ingreso a la “modernización” ha significado una reconfiguración en su relación con Occidente. Una pequeña muestra de esta “adaptación” se presenta en este artículo. ¿Existe un concepto que se pueda asemejar al de juventud, teniendo como parámetro Occidente? ¿Se puede afirmar que a partir de una institución, como la educativa, se puede configurar tal concepto? Estas son las dos principales preguntas que guían el trabajo, en el que se recuperan las propias voces de algunos jóvenes estudiantes de esta comunidad y se analizan en el final del artículo. Además, se problematiza el papel que han jugado las instituciones de México dedicadas a la generación de políticas en pro de los pueblos originarios.

La metodología utilizada es de corte cualitativo. Para la obtención de información de los estudiantes, se utilizaron entrevistas semiestructuradas y por último, una matriz de análisis de sus palabras.

Palabras clave

Jóvenes; comunidad wixárika; educación intercultural; multicultural; IMJUVE.

Introducción

La construcción social o el propio imaginario de la noción de juventud se empezó a construir desde finales del siglo XIX (Feixa, 2006; Gentile, 2012; Jiménez, 2008). Sin embargo, no fue hasta el siglo XX que la noción de juventud se democratizó y adquirió una finalidad más allá de lo meramente jurídico:

El descubrimiento de la adolescencia perteneció a las clases medias, que lo monopolizaron hasta comienzos del siglo XX. Entonces de manera simultánea en cada país occidental, el concepto de adolescencia se democratizó, ofreciéndose, o mejor, exigiéndose a todos los adolescentes (Gillis, 1981).

Es importante reflexionar sobre la cita anterior. Si en las sociedades “avanzadas” el concepto es relativamente nuevo, en los países “subdesarrollados” el concepto ha tenido su propia lógica y crecimiento. Pero imaginemos cómo ha sido esta apropiación conceptual en México, y más complejo aún, cómo se han desarrollado las políticas públicas para los jóvenes indígenas.

En México, en el año 1999, se creó el Instituto Mexicano de la Juventud (IMJUVE). Si se da un paseo por su sitio de internet[1], nos podremos dar cuenta de la escasa información que posee, incluso para dar una definición de lo que se entiende por juventud. Parece un organismo que opera algunos programas, como premios nacionales, apoyos económicos, becas y otros tipos de programas compensatorios. Tal vez lo que pueda dar una mejor aproximación a los jóvenes, son las encuestas aplicadas en 2010, con todas las limitantes que pueda tener un instrumento de una dependencia oficial como la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL).

Más allá de las limitaciones de esta dependencia, diremos que en México, en el Censo de Población y Vivienda de 2010, se contabilizaron 36,2 millones de jóvenes, teniendo en cuenta que el rango de edad para considerarlos dentro de este grupo es de 12 a 29 años[2]. En el reporte nacional, dentro de la numeraria general no se hace mención de los jóvenes indígenas. Se divide en cinco partes: arreglos residenciales, salud, sexualidad, actividad laboral y relaciones sociales. No se hacen menciones de tipo étnicas o procedencia de otros países. Además del informe ejecutivo nacional, se pueden consultar reportes estatales, en los que tampoco se profundiza y, por supuesto, el aspecto racial se soslaya. Esta omisión, en realidad, dice mucho de las políticas: lo no dicho en ocasiones es más importante que lo dicho. Para los administrativos que toman decisiones en este tipo de institutos, como el IMJUVE, parece que no es relevante si los jóvenes pertenecen a algún pueblo originario, si preservan su lengua materna y cómo ha sido su incursión en el mundo occidental. El rasero es decir que hay más de 35 millones de jóvenes, con determinadas prácticas de ocio, perspectivas laborales y educativas; solo eso.

Como en casi todos los tratamientos que tienen las diferencias en México, solo se menciona de manera superficial e irrelevante. En las páginas consultadas del IMJUVE, tanto los reportes nacionales como estatales, en la portada sí aparece un rostro indígena, aunque en el contenido no se hable absolutamente nada sobre ellos.

Dentro de la búsqueda de información, se consultó el sitio de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI), la cual tiene antecedentes un poco más añejos; anteriormente se lo conocía como Instituto Nacional Indigenista, creado por el presidente de la república en ese entonces, Miguel Alemán Valdés, en 1948.

En este organismo de dependencia federal, se concentra información especializada, no producida por el mismo organismo, sino que tiene vínculos interesantes con trabajos académicos. Dentro de los datos estadísticos, podemos encontrar una distribución de la población indígena en toda la república.

Como el IMJUVE, la CDI no presenta información especializada en grupos de edad, maneja cifras generales de acceso a la educación, algunos trabajos relacionados con el género, la calidad de vida y uno especializado en cuestiones sociodemográficas de los adultos mayores indígenas, realizado por la CDI en conjunto con investigadores chiapanecos. Se puede intuir que la participación de la CDI es solo en cuestiones financieras y no académicas.

Materiales y métodos: de las políticas públicas a la investigación nacional

Una vez hecho un recorrido por algunas instituciones públicas dedicadas a generar políticas en acciones a favor de la juventud, pasamos a la producción que se ha generado en algunas universidades en relación a estudios que incluyen o versan sobre objetos de investigación centrados en comunidades de pueblos originarios o indígenas, que se estudian en el nivel superior. Se hizo una revisión de lo producido en la década de 2002 a 2012, en los Estados del Conocimiento del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), en su tomo Multiculturalismo y Educación, coordinado por Bertely Busquets, Dietz y Díaz Tepepa (2013).

No es ningún descubrimiento hablar de la disparidad que puede haber en las instituciones gubernamentales de México en relación a un tema, y el debate académico del mismo tema en los círculos universitarios. Es el caso de la multiculturalidad e interculturalidad, la cual ha sido abordada a profundidad por instituciones educativas, grupos de investigación y, de manera oficial, por los órganos de la Secretaría de Educación Pública (SEP), como la Coordinación General de Educación Intercultural y Bilingüe (CGEIB) y la Dirección General de Educación Intercultural (DGEI), hasta alcanzar la creación de Universidades Interculturales (UI) en algunas partes del país en el año 2003 (Schmelkes, 2008): un total de diez, en estados como Tabasco, Estado de México, Chiapas, Puebla, Quintana Roo, Veracruz, Oaxaca, Guerrero y Michoacán, todas entidades del centro y sur del país. Esto sin duda ha logrado visibilizar a los estudiantes de educación superior provenientes de pueblos originarios en las dos últimas décadas. Sin embargo, el surgimiento de las UI ha manifestado la enorme deuda educativa que se ha tenido con los grupos antes mencionados; el propio crecimiento ha sido cuestionado por diversos investigadores, como Mateos, Dietz, Medina, Baronnet y Bertely Busquets, entre otros, que ponen en entredicho las razones por las cuales no fueron las universidades no interculturales las que dieron cabida a esta propuesta y tuvieron que surgir “otras” para incluir de manera curricular la interculturalidad.

Como la mayoría de las universidades mexicanas, las UI no han estado alejadas de las “formas” de hacer política en México, sobre todo en temporada de elecciones (Schmelkes, 2008: 19). En general, el uso que en muchas ocasiones se hace de los pueblos y las comunidades indígenas es con tintes asistencialistas y oportunistas. En las mayoría de ellas, la designación de los rectores la llevan a cabo los gobernadores de los estados; por lo tanto, la autonomía es un tanto cuestionable. Lo que podría ser innegable es su oportuna aparición y su capacidad de llenar los huecos que la educación tradicional no llenaba en educación verdaderamente universal e intercultural.

Más allá de las Universidades Interculturales

La lógica de desarrollo de educación centrada en comunidades indígenas es diferente en todos los niveles; básico, medio, medio superior y superior. En esta investigación, nos centraremos solo en el nivel superior, es por eso que en el apartado anterior se hizo referencia a las UI; sin embargo, para llegar a la constitución de estas hubo que recorrer un camino difícil y sinuoso. En general, el parteaguas de la integración del indigenismo al sistema educativo oficial se presenta con la creación de la SEP en 1921, “Acompañada de los departamentos de Desanalfabetización, así como el de Educación y Cultura Indígena” (Sigüenza, 2013: 95). Es importante mencionar que estos esfuerzos son iniciales y sobre todo en los niveles básicos; el nivel superior es el más complejo y de menor acceso para estudiantes indígenas y no indígenas: solo uno de cada cinco logran acceder (Schmelkes, 2008: 1). Sin embargo, es en el siglo pasado el momento en que se pueden rastrear programas de integración nacional en los que se pone especial énfasis en la cultura indígena, bajo la influencia de José Vasconcelos.

Durante el siglo XX, la mayoría de los programas siguen la lógica de las políticas públicas, pero el ostracismo en el que se mantienen los jóvenes indígenas para su ingreso al nivel superior es bastante significativo a la fecha. Datos de la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) mencionan que solo el 2% de los jóvenes de entre 18 y 25 años ingresan al nivel superior y el 1% logra titularse (Bertely Busquets, 2011). Pero volviendo a la génesis de la educación superior dirigida a los jóvenes indígenas, lo describiremos en la siguiente gráfica:

Diagrama de flujo

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Elaboración propia.

Una descripción tan pequeña no puede hablar de un fenómeno tan complejo, como lo es la educación superior dirigida a comunidades indígenas, pero tratamos de rescatar los hechos de mayor relevancia de los últimos cien años.

Análisis de los estados del conocimiento

Como se había comentado al principio de este apartado, el concepto de juventud, como muchos otros, tiene su origen en la producción anglosajona; además de los autores citados anteriormente, Erikson (1959) y Parsons (1964), desde el estructuralismo, hicieron aportes, sobre todo para los marcos metodológicos y teóricos de Gelover y Silva (2013). En las décadas posteriores, ingleses y franceses propusieron una perspectiva crítica; Musgrove (1964), Cohen (1972), Hall y Jeferson (1977), Morin (1962), Monod (1968) y Goodman (1960) sentarían las bases de lo que se conoce como juvenología (Pérez Islas, 2008).

Como la mayoría de los marcos externos y occidentales, no se pueden aplicar a todas las poblaciones, ciudades o comunidades de México; es el caso en particular

de algunas comunidades indígenas en las que no existe la palabra “joven”, sino que “se utilizan genéricos como muchacha o muchacho” (Bertely, Saraví y Abrantes, 2013). Específicamente, en la comunidad wixárika, Lourdes Pacheco (1997) afirma que la transición de la niñez a la vida adulta es inmediata. Trataremos de problematizar esta aseveración en el siguiente apartado.

Al alejarnos de los marcos proporcionados por Occidente y acercarnos a la producción local, sobre todo la del ámbito de la antropología de la década de 1990, encontramos que “emergieron dos corrientes distintas, una más enfocada a las identidades culturales y otra a los procesos de ciudadanía, integración y exclusión social” (Gelover y Silva, 2013: 231-232). Describiremos grosso modo las características de estas dos vertientes, sin dejar de lado que pudieran existir más.

Identidades culturales

Esta corriente va más allá de la territorialidad nacional y se podría considerar latinoamericana. Los estudios sostienen que “a partir de la expansión de la escolaridad, los medios de comunicación, y la migración, surge una etapa juvenil en las comunidades indígenas, distintas de la infancia y de la vida adulta” (Feixa y González, 2006). Estos autores hacen un estudio con jóvenes zapotecos, en el que determinan como fuerte influencia la inmigración y la televisión, fuertes elementos influyentes en su vida cotidiana. Sin embargo, aceptan que una noción de juventud en contextos interculturales sería más amplia e inclusiva en jóvenes indígenas, sobre todo los que salen de su comunidad.

En un sentido similar al de Feixa y González, Maritza Urteaga (2007), hace alusión a los medios de comunicación, la migración y agrega un elemento no mencionado por los otros teóricos –creemos que es sumamente importante–: la escolarización, ya sea la educación media o superior. Urteaga (2007) hace una tipificación juvenil en tres segmentos: jóvenes estudiantes, migrantes y tradicionales. Sería una caracterización no muy alejada de la que presentan los propios jóvenes wixáritari, que en las últimas décadas han incursionado en la educación superior, ya sea en la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG) o en el Centro Universitarios del Norte, en el caso de los estudiantes. Los migrantes, sobre todo en la ZMG, se dedican a la venta de artesanía, a la música y una minoría, al comercio. Para terminar con esta breve descripción de la corriente de identidades culturales, es importe mencionar que se centra en una juventud concreta, con diferencias muy notorias respecto de la juventud urbana-mestiza o rural-mestiza, que tal vez pase por lo migratorio y la exposición a los medios, pero pertenecen a la cultura dominante y en ese aspecto no presentan los mismos conflictos étnicos.

Ciudadanía, integración y exclusión social

Tal vez la diferencia entre las dos corrientes no sea tajante; se han encontrado algunas similitudes entre ambas, sobre todo en el caso de los jóvenes migrantes y su inclusión-exclusión en contextos urbanos. En el punto en que sí se podría marcar una diferencia cualitativa importante es que los estudios de ciudadanía, integración y exclusión social presentan temas específicos, como investigaciones de género o temas relacionados con la salud, que la corriente de identidad cultural no menciona. Un ejemplo de esto es el trabajo de tesis de doctorado de Tanía Cruz (2006), Las pieles que vestimos: corporeidad y prácticas de belleza en San Cristóbal de las Casas, Chiapas: un estudio con jóvenes indígenas y mestizas. La metodología empleada por la investigadora es bastante interesante: a través de la información recibida, explora blogs, fotografías, dibujos y recortes seleccionados por las informantes. Esto puede suponer la construcción identitaria de las jóvenes indígenas en una cultura predominantemente marcada por la “belleza occidental” en todos los medios visuales e impresos. Ante esto, los estereotipos y discriminación que se ejerce sobre ellas forman parte de los resultados de esta investigación.

Por otro lado, y en el tenor de los estudios de género, Márgara Millán (2008) estudia la participación política de las mujeres en el municipio de Las Margaritas, Chiapas. Es importante señalar que aquí se contrasta el papel de la mujer, antes y después del zapatismo. Por último, Angélica Evangelista y Edith Kauffer (2007) presentan un trabajo por demás interesante, centrado en enfermedades como el VIH/SIDA entre jóvenes indígenas de comunidades marginadas en Chiapas; además, dan cuenta de las prácticas sexuales que llevan al contagio. Este último trabajo llama la atención, ya que es diferente a los demás en su propio objeto de estudio, centrado en cuestiones sexualidad, salud y adquisición de enfermedades.

Es importante señalar que los trabajos de la corriente de ciudadanía, integración y exclusión social no podrían ser separados tajantemente de la corriente de identidades culturales. Gelover y Silva (2013) optan por esta tipificación; sin embargo, en las dos corrientes identificamos un tema bastante abordado: el de la migración de los jóvenes indígenas. Se podría afirmar que una buena parte de la producción del período de 2002 a 2012 reportada en los estados del conocimiento del COMIE versa sobre sobre este tema, en diferentes latitudes: migración a grandes ciudades como la Cuidad de México y Guadalajara, otras medias como San Cristóbal de las Casas, Puebla y Oaxaca. Lo que sí marca una diferencia considerable entre una corriente y otra es que en la primera se intenta crear una categoría de juventud indígena en entornos interculturales. Por otro lado, la corriente de ciudadanía, integración y exclusión social pone el énfasis en los múltiples problemas sociales, de salud, de integración, de discriminación y de machismo, como se reporta en el trabajo de Jorge Meneses (2002). La pretendida inclusión que se convierte en exclusión es la constante en la segunda corriente; las políticas públicas con discriminación positiva y el enorme choque que enfrentan estos jóvenes entre sus tradiciones y la vida mestiza son el engranaje perfecto para la exclusión social.

Además de las dos corrientes vistas en este apartado, es necesario mencionar a los investigadores en juventud dentro del espectro del estado de Jalisco: Rosana Reguillo (2002) y Rogelio Marcial (2008) han abordado a la juventud desde contextos urbanos, pero no específicamente a jóvenes indígenas, es por eso que no se hizo ninguna alusión a ellos. Sin embargo, es importante destacar sus trabajos en la cultura juvenil, sobre todo los que abordan los temas de grupos discriminados, invisibilizados y marginados socialmente. En este aspecto, es similar a los enfoques vistos en la corriente de ciudadanía, integración y exclusión social, con la distinción no menos importante de que los estudios de Reguillo y Marcial han sido sobre mestizos.

Una vez vistas de manera sintética algunas investigaciones a nivel nacional, pasaremos específicamente a la noción de juventud en las comunidades wixárikas, si es que algo parecido existiera.

Discusión: la cultura wixárika: hacia la construcción del concepto de juventud

Los wixárikas o huicholes son uno de los cuatro grupos indígenas del territorio conocido como el Gran Nayar. Su territorio tradicional se extiende por los estados de Nayarit, Zacatecas, Durango y Jalisco. Las comunidades que habitan se encuentran en Santa Catarina, San Sebastián Teponahuastlán, San Andrés Cohamiata y Tuxpan de Bolaños (Chamorro, 2007).

Imagen 3

Tomada del documento “Acuerdos de vida” (2014).

Aunque la comunidad wixárika se extienda por algunas otras comunidades de Nayarit y Durango, los estudiantes que serán parte del objeto de estudio serán de estas cuatro comunidades.

Como todas las comunidades indígenas de México, la cultura wixáritari ha sufrido los embates del mestizaje y la depredación cultural que este incluye. Sin embargo, la resistencia ha sido significativa y ha perdurado hasta la actualidad. Los jóvenes estudiantes de educación superior son quizá la mejor pieza que puede representar el choque tradiciones versus modernización o cultura tradicional versus homogenización occidental.

Los jóvenes wixárikas: hacia la construcción conceptual

Por lo general, las palabras suceden a los acontecimientos. Es, por ejemplo, la construcción occidental del concepto de juventud que surge ante una necesidad jurídica, ante la obligación de ejercer políticas específicas para un sector que se encuentra atrapado entre la niñez y la adultez, entre la posibilidad de enfrentarse a obligaciones en el mundo laboral, académico, o a ser víctima del desempleo o del rechazo escolar; en todo caso, son distintos los factores que influyen en la tipificación que se haga de un joven: estudiante, desempleado, trabajador, estudiante-trabajador, papá prematuro, migrante, jornalero, indígena, mestizo y todos aquellos adjetivos en donde se puede ubicar a la juventud.

El caso de la construcción del concepto –si es que existe– en la cultura wixárika no es diferente de las formas en las que se ha constituido; por lo menos en la sociedad occidental, se presentan ciertas coyunturas que generan la necesidad, al menos a nivel discursivo, de plantear la necesidad. En la revisión de la literatura, se encontró que en el año 1997, Lourdes Pacheco mencionaba que la idea de juventud no existía en los huicholes, que estos pasaban de manera inmediata de la niñez a la adultez. No es hasta 2005 que Martínez y Rojas revelan algunos indicios para plantear que existe algo similar a lo que se entiende por juventud. Temaik + (joven hombre) + imari (joven mujer): según las autoras esto se podría inferir como la existencia de esta categoría (Martínez y Rojas, 2005: 114). Sin embargo, las tres autoras coinciden en la temprana edad de los jóvenes para vivir juntos (casarse en sentido cristiano u occidental).

Lo que marca un hallazgo en la búsqueda de información es el hecho de que Martínez y Rojas mencionan que la secundaria Tatutsi Maxakwaxi “ha postergado las relaciones matrimoniales, alargando la estancia de los individuos en la etapa de la juventud y obligándolos a resignificarla” (Martínez y Rojas, 2005: 115). El hecho de que esto represente un dato relevante es por el valor de las instituciones educativas en contextos marginados como las comunidades indígenas.

La aportación de Martínez y Rojas se tendría que tomar con ciertas reservas: una secundaria, una preparatoria intercultural, como la que actualmente inició actividades en Nueva Colonia, comunidad de Santa Catarina Cuexcomatitlán, o a nivel superior un Centro Universitario, como CUNorte, tienen influencia, pero afirmar que con estas instituciones educativas se puede incorporar una etapa de vida en la comunidad wixárika como la adolescencia es un poco temerario. En todo caso, sería un punto bastante interesante para poder profundizar en el trabajo de campo; por lo pronto daremos una importancia relativa a las instituciones educativas, sin negar que estas puedan cambiar una comunidad, un barrio, una colonia y ser un agente cualitativamente interesante en el desarrollo o cambio de un sociedad; además, las instituciones y su cimentación en las costumbres lleva bastante tiempo para institucionalizar prácticas, hábitos, ideología y, en este caso, la constitución de un grupo de edad que parecería invisible.

Resultados: una aproximación al concepto a través de los actores

Se llevó a cabo un ejercicio con diferentes actores de la comunidad wixárika, con el objetivo de indagar si existe o cómo definirían el concepto de juventud. Para hacer dicha indagación, se elaboró un cuestionario para ser aplicado en estudiantes de la ZMG, estudiantes de CUNorte e integrantes importantes de la comunidad, que aunque no son jóvenes, tienen un rango importante, como lo son los mara´akate (chamán o marakame), que se podrían considerar como intelectuales de la comunidad, o un wukurí kame (jicarero) (Liffman, 2015). Es importante señalar que hay una parte muy importante de este grupo de edad al que no se tuvo acceso, los jóvenes que no son estudiantes, que quizá sí pasan de la niñez a la adultez por “casarse” a los 16 o 18 en la ZMG y se desempeñan como artistas o vendedores de artesanías o al comercio informal… en fin, existe una amplia gama a la cual en este momento no se tuvo acceso; solo se accedió a los estudiantes de CUNorte y a otros de la ZMG.

El instrumento que se utilizó para el acercamiento fue la entrevista semiestructurada focalizada (Flick, 2004; Witzel, 1985). En todos los casos no fueron más de cinco preguntas, centradas específicamente en cómo podrían definir la juventud en la comunidad wixáritari.

Se optó por un instrumento adecuado a la metodología cualitativa y sobre todo focalizado en la profundización del concepto que compete a la construcción del concepto de juventud. Para intentar desarraigarnos de los métodos tradicionales, etnográficos, sociológicos o todos aquellos que proponen un acercamiento a los sujetos de estudio desde una visión occidental y con estatus de entrevistador-entrevistado, sujeto de estudio-sujeto estudiado, investigador-nativo y todos aquellos calificativos que demuestran cuestiones de poder y estatus, optamos por un acercamiento horizontal (Corona y Kaltmeier, 2013). Así, a través de la relación con un estudiante de CUNorte, se aplicaron las entrevistas; es decir, no fueron aplicadas por un agente externo a ellos ni a la comunidad. Además, después de más de un año de interacción con el estudiante, se logró empatizar con intereses comunes: él quiere investigar la deserción de los wixárikas en el nivel superior, y eso generó un acercamiento natural y una “negociación” entre su proyecto y este. Se utiliza el concepto de “negociación” “en donde se establece una práctica dialógica de todo proceso comunicativo” (Corona, 2015). Es decir, se aleja del concepto occidental asociado sobre todo a la política, en donde se establece una mediación material o mercantil, y se hace alusión a un proceso comunicativo, de establecimiento de acuerdos, de diálogos, de interacción en el sentido amplio.

A continuación, se presentan los resultados de dos preguntas concretas: cómo se podrían dividir las etapas de la vida de un wixárika y cómo se definiría la juventud. Contestaron estudiantes de ZMG, de CUNorte, de otro centro educativo de nivel superior de Tlantenango y una persona de la tercera edad de la comunidad de San Andrés.

En el siguiente cuadro se hace una matriz de análisis de las respuestas que los jóvenes dieron a la entrevista aplicada.

Tabla 1

Respuesta

Análisis

(1) “La juventud de un wixárika yo la defino como esa edad que se tiene por cambiar tantas problemáticas que existen en las comunidades sin embargo, no se tienen los medios para llevar a cabo las soluciones, ni las oportunidades y también nos falta ser más emprendedores.” No es propiamente una definición, sino una actitud y una problemática en específico la que nos da el informante.
(2) “Anteriormente se consideraba que la juventud wixárika no existía, ya que la mayoría se casaba a temprana edad. Pero actualmente se ha ido reduciendo ese problema, desde mi punto de vista el joven wixárika significa desigualdad, la falta de reconocimiento, discriminación, opresión; pero por otra parte, significa que el joven wixárika tiene muchas oportunidades, las ganas de superarse y sobre todo la capacidad que posee, para enfrentar cualquier obstáculo.” En el segundo entrevistado es de llamar la atención el lenguaje técnico que utiliza, además, de utilizar información que se asemeja a lo consultado con Martínez y Rojas, en donde se menciona que no existía como tal y ha emergido en los últimos años. Es importante destacar que es un estudiante de Pedagogía, en donde se puede destacar no solo una definición de juventud, sino una postura ética y política de lo que es ser joven wixárika.
(3) “Etapa que comprende un rango de edades entre 14 a +- 22 años donde la persona es laboralmente activo y tiene la oportunidad de contraer matrimonio y tener hijos, en algunos casos, se considera la posibilidad de estudiar niveles medio superior y superior.” El tercer informante utiliza información técnica, se podría decir que hasta demográfica agrupando por edades, algo que no hizo ninguno de los otros entrevistados.
(4) “Niveles social y cultural: tomando los dos cultural de manera paralelas.” El entrevistado nos menciona dos culturas de manera paralela, deja entrever la relación con la cultura Occidental. Es importante señalar que es un estudiante de CUNorte y el discurso dista de los de los estudiantes de ZMG.
(5) “Un muchacho que ya llegó a la etapa de adolescente, en donde ya ve el futuro, y toma sus propias decisiones, si quiere estudiar o trabajar.” En relación a la mujer de la comunidad, que se podría considerar de la tercera edad, es interesante cómo hace una mezcla entre joven y adulto, identificando decisiones que tiene que tomar como estudiar o trabajar; es decir, el período de incertidumbre entre los 15 y 18 años se bifurca entre una u otra decisión.

Elaboración propia.

Reflexiones finales

Las entrevistas se tendrán que acrecentar para poder hacer algunas deducciones con mayor rigor metodológico. Pero lo que es importante mencionar es que las instituciones o el propio proceso migratorio, por lo menos en los entrevistados, sí nos hace pensar en una reflexión de lo que son y el choque de convivir con otra cultura hegemónica. Las conclusiones a las que llegan Martínez y Rojas (2005) son interesantes, aunque matizables. Las instituciones educativas de nivel medio y superior han hecho un trabajo interesante, no sabemos si al grado de introducir una visión consistente de juventud o la posibilidad solo para un grupo minoritario, es decir, grupos económicamente favorecidos.

Una de las interpelaciones que se puede marcar es que diversas instituciones, como la religión, la familia y los propios usos y costumbres, son factores importantes para poder configurar un período como lo que comúnmente conocemos como juventud. Como en la noción occidental, podemos deducir que en las juventudes de esta comunidad existen diversas formas de manifestarse: los estudiantes rurales, los estudiantes urbanos, los jóvenes trabajadores rurales, los trabajadores urbanos, los trabajadores en el campo fuera de su comunidad, los que ofrecen algún servicio artístico o material en las grandes ciudades (Guadalajara, Puerto Vallarta, Ciudad de México); están aquellos que pueden permanecer en su comunidad sin necesariamente “casarse”, están aquellos que salen a estudiar y regresan después de desertar de la educación media o superior, los que estudian en zonas urbanas y nunca regresan a su comunidad y se pueden convertir en jóvenes urbanos semejantes a los occidentales. En general, existe un crisol demasiado diverso, y señalar una sola institución o una serie de coyunturas para establecer la educación media y superior nos limitaría bajo un lente sociológico o antropológico; el problema es mucho más complejo para lanzar una afirmación bajo esta aproximación.

Lo que parece interesante, y sin el ánimo de hacer analogías constantes, es la cercanía entre juventudes occidentales e indígenas, es decir, son tan diversas que difícilmente se pueden ubicar en algunos estantes. Por otra parte, y se podría considerar tal vez el hallazgo más importante de este trabajo, se encuentra la influencia que puede tener una institución en una comunidad y en conjunto con otras instituciones, que configuran nuevas formas de relacionarse, nuevas interacciones con Occidente, nuevas configuraciones entre miembros de distintas edades de una comunidad indígena, en pocas palabras, una mutación social constante. Es importante analizar lo que se desprenda de las Universidades Interculturales y en general de las instituciones educativas al interior de la comunidades indígenas; por lo menos en la región wixárika no llegan a los veinte años, por lo que las conclusiones de generar un grupo de edad como el de los jóvenes está en plena construcción.

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