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2 Un lindo laburo

Natalia Rizzo

Si al tiempo le pido tiempo,

no me lo niega jamás,

es mío para los otros

en caso de necesidad.

      

María Elena Walsh, “Para los demás”

Cuando mis compañerxs me convocaron para recuperar el encuentro generado en la Sala 2, me invadió la emoción. El encuentro entre nosotrxs fue singular e irrepetible, dejó marcas en nuestras trayectorias, académicas y personales. Trataré aquí de transmitir aquello que considero valioso de mi trayectoria como becaria y tesista doctoral, en el sentido de compartir con quienes transitan en esta profesión algunos de mis aprendizajes, con el principal objetivo de aliviar el camino de otrxs. Para ello trataré de poner en valor las enseñanzas inesperadas, que llegaron como regalos del destino a partir de nuestro encuentro, todas los cuales no solo abonaron la tesis, sino que fueron y son un aprendizaje más amplio, que permitieron comenzar a entender un oficio y aquello que lo rodea. La escritura que planteo no pretende rigurosidad académica, ya que es profundamente vivencial, trata de ser sincera y clara.

Los primeros pasos

En mis primeros momentos en este ámbito, creía que la tarea podría superarme, pero luego pude ver que la formación era parte del camino a recorrer y que, aunque con diferentes niveles de autoestima, todxs tenemos mucho que aprender aquí.

Como suele suceder, pero no es el único camino, antes de obtener mi primera beca ya era parte de un grupo de investigación, en el marco del cual posteriormente obtuve mis becas. Esta experiencia permitió introducirme lentamente en la actividad de investigación, mientras continuaba con mi trabajo como docente en nivel secundario de tiempo completo. Participaba de reuniones mensuales donde podía observar el trabajo de tesistas e investigadores, leer regularmente bibliografía pertinente a los temas de investigación transversales al equipo de trabajo, comenzar a escribir ponencias, reseñas y luego artículos. Todo ese universo que en un principio me resultaba inasible, poco a poco comenzó a transformarse en actividades concretas, en vínculos de trabajo y amistad.

Dos años después de haber ingresado al equipo de investigación obtuve mi primera beca doctoral, a fines del año 2009, a partir de ese momento comencé a asistir regularmente al Centro Científico y Tecnológico –cctconicet Mendoza. En aquel momento nos exigían asistencia obligatoria, ese primer año compartí oficina con un investigador con trayectoria. Supongo que él lo habrá vivido como una desgracia, porque en esos momentos iniciales de mi beca, las inquietudes eran tantas que no se lograban evacuar en una reunión mensual con la directora, en este caso yo tenía a un escritorio de distancia quien parecía ser la fuente de todas las respuestas, Osvaldo López Ruiz.

Recuerdo muy gratamente esos momentos, donde las orientaciones de este investigador me abrían un mundo, ahora me doy cuenta de que debo haber resultado un poco molesta. Atesoro particularmente una de sus reflexiones, en relación con la escritura de mi tesis, que al no avanzar a un ritmo “ideal” muchas veces se volvía frustrante. Sobre esto él decía, “esta es una carrera de largo aliento”. No solemos resolver grandes interrogantes en un día, sino que es un paso a la vez, en el caso de quienes hacemos este recorrido con becas suelen ser cuatro o cinco años de trabajo constante, lo que requiere brindarnos tiempo.[1]

La tesis

El camino de mi tesis ha sido errático, en un principio suponía que las cosas serían como había planificado en el taller de tesis doctoral i. Fue una ingenuidad de mi parte. Las hipótesis se modificaron, el acceso a la información se volvió una lucha intensa y los servidores públicos que debía entrevistar, no eran muy públicos. Menciono estas dificultades porque eran determinantes para la realización de la tesis y a pesar del lugar de partida, ambas llegaron a buen puerto.

El objetivo general de mi tesis pretendió reconstruir la historia de la profesionalización del servicio exterior argentino, realizando comparaciones con Brasil y Chile. Para ello era necesario acceder a los archivos del Instituto del Servicio Exterior de la Nación (isen). Tardé casi tres años en lograrlo, lo que hizo pender de un hilo mis principales hipótesis hasta ese momento, porque el tiempo seguía corriendo y de no mediar solución debería realizar modificaciones sustanciales que me permitieran entregar “alguna” tesis, la posible. Cuando finalmente me informaron que podía acceder a los archivos solicitados –con 48 horas de antelación, un 27 de diciembre– organicé el viaje inmediatamente. Allí me encontré con tres cajas de papeles desordenados y eso que al principio me preocupó terminó siendo una ventaja, ya que accedí tanto a documentación pública como clasificada. Recabé cientos de fotos, lo que me permitió conformar un próspero corpus documental.

Contactar al cuerpo diplomático fue difícil en un primer momento, sus correos electrónicos no son públicos y muchos funcionarios tienen resistencia a ser entrevistados. Un buen día, gracias a la torpeza ajena, accedí a una lista de correo de diplomáticos que estaban prestando servicios fuera del país. Inmediatamente les escribí a todos, solicitando que accedan a una entrevista por Skype o teléfono y tratando de brindarles a estxs funcionarixs claridad sobre los objetivos de mi investigación. Minutos después sonó mi teléfono:

– Hola, ¿habla la investigadora Natalia Rizzo?

– Sí, ¿Quién es? (Pregunté un poco hostil)

– El diplomático Javier García, usted me acaba de escribir.

No podía creer la suerte que había tenido, un diplomático se había interesado en mi investigación y me estaba llamando, claramente desde otro país porque se oía rarísimo. Pero no era cualquier diplomático, luego me realizó una serie de preguntas:

– ¿Usted estudió Ciencia Política en la Universidad de Buenos Aires?

– Sí…

– ¿Militaba en una agrupación estudiantil y vivía en una pensión en la Av. Escalabrini Ortiz, en Villa Crespo?

Era Javier, efectivamente logró ser diplomático, como él quería. Fuimos compañeros en la carrera, con su disciplina e inteligencia logró recibirse velozmente, recuerdo verlo en la pensión dónde vivíamos estudiando idiomas. En nuestras charlas en la cocina me contó que quería ser diplomático. Javier estaba en el momento de la llamada en una delegación diplomática al norte de África, en un país que acababa de entrar en guerra. Habían evacuado a todos los ciudadanos argentinos, incluida su esposa. Él había quedado con su perro y el grupo de gendarmería. Esta fue una de las grandes alegrías que me dio el trabajo de campo, ese reencuentro a la distancia. También fue importante, solo para los fines de la tesis, que se destrabaran las entrevistas a partir de ese momento.[2]

En verdad, la tesis generó en mi todo tipo de sentimientos, y un buen día terminó.

La fraternidad

En el año 2008, mi directora me asignó una “pareja pedagógica”, Anabella Abarzúa Cutroni. La consigna no la recuerdo muy bien, solo sé que comenzamos a reunirnos, nos ayudábamos con las lecturas en francés e inglés, realizábamos presentaciones de manera conjunta en las reuniones del equipo de investigación, poco a poco comenzamos a escribir juntas –realmente juntas, una sentada junto a la otra frente a la misma pantalla–. En 2010 ambas nos trasladamos a Buenos Aires para realizar nuestro doctorado en Ciencias Sociales, en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. En medio de ese traslado, teníamos el compromiso de presentar una ponencia en un importante workshop, pasábamos días enteros juntas escribiendo, trabajando durante la noche para que la otra pudiera leer a primera hora de la mañana los avances.

Por esos días, nos recuerdo en el departamento que yo alquilaba en San Telmo, con los ojos llenos de lágrimas, juntas frente a la computadora, fatigadas al extremo por la presión del cursado, la escritura de esa ponencia y el intento de ponernos de acuerdo con alguna pavada de la escritura, que en ese momento nos parecería trascendental y ahora ni recuerdo. Por todo esto, Ana dice que lo nuestro no fue amor a primera vista y tiene razón, fueron años de trabajo y esfuerzos compartidos, años de entendimiento y comprensión. Nos leímos y criticamos, discutimos y acordamos, viajamos a diferentes congresos juntas y la lista sigue. Mi pareja pedagógica devino en mi gran amiga. Hoy ambas somos investigadoras de carrera, un recorrido que realizamos juntas y todo parece indicar que así continuará, pero mejor será que vean ustedes mismos en el capítulo de Ana lo que ella vivenció.

Sería muy difícil enumerar todos los aportes que recibí de mis compañeros de sala para la elaboración de la tesis a lo largo de esos años, menciono algunas experiencias. Con Eric Moench pude discutir cuestiones específicas vinculadas a la sociología del trabajo y él con su experticia pudo orientarme. Fernando Mas fue un gran compañero de emociones, algo en lo que no solía reparar, compartimos angustias derivadas de nuestro trabajo y de algunas otras cosas. Tal vez por su formación de grado (en administración y marketing), las conversaciones compartidas me aplicaban un golpe de realidad, ante la abstracción en la que suelo sumergirme. Robin Larsimont era el compañero que más tiempo pasaba en la oficina, las referencias a su persona son ineludibles, no por su sola presencia en la Sala 2, sino por las características de su compañerismo.

Entre otras cosas, Robin se convirtió en una suerte de traductor, ayudándome con su francofonía nativa a leer y traducir Bourdieu, y un guía en el arte culinario. Mucho más importante ha sido la ilustración que compartió para mi tesis. Un buen día logré condensar en un párrafo la descripción de los sujetos que eran objeto de mi investigación, los diplomáticos. Orgullosa de mi logro quise compartirlo con él, cuando terminé de leer ese modesto párrafo me dijo que alguna vez había dibujado esto mismo. Fue algo raro. Para mi sorpresa, su madre gentilmente buscó entre los papeles de Robin en su hogar y encontró una bitácora de viaje que contenía la ilustración. Nos la envió escaneada desde Bélgica, y junto con aquel párrafo iniciaron mi tesis. Esto que parece pequeño, ha sido para mí sumamente significativo y consecuentemente emocionante. Entiendo que mi tesis ya tenía su ilustración, antes de haber sido escrita, solo necesitaba encontrarse con el texto.

Afortunadamente, el enriquecimiento no se agota con la tesis, la vida sigue y la investigación también –es bueno recordar esto–. Algo así sucedió con motivo de la presentación que estaba realizando para un concurso docente en 2017, de una materia vinculada al estudio de ideas clásicas en el marco de la carrera de Ciencia Política y Administración Pública de la uncuyo. Recuerdo que Victoria Martínez trabajaba en su escritorio, al ser la referente de la oficina en los temas vinculados a feminismo traté de preguntarle cómo podía incorporar la perspectiva de género en esta asignatura, que aborda las ideas políticas desde la antigüedad, pasando por el medioevo, hasta la modernidad. Claro que la pregunta no fue muy clara ni precisa, yo necesitaba “algo” pero no tenía mucha idea de que era ese algo. Vicky pensó un momento y me dijo: “empezá por acá Calibán y la Bruja,[3] luego vamos viendo”.

La rigurosidad y significación de esa obra generaron un gran impacto en mí. Decidí incorporarlo en el programa de la cátedra inmediatamente. Sin saberlo, a partir de esa orientación se produce una suerte de irrupción del feminismo en los contenidos de la carrera. Más tarde derivó en un trabajo que lleva ya varios años, en primer lugar, cien estudiantes de la carrera de Ciencia Política y Administración Pública leen ese libro anualmente. En segundo lugar y derivado del interés que generó en los estudiantes, realizamos un seminario de lectura sobre la misma obra, y finalmente se desarrolló un proyecto de investigación. Esta lectura vino a sincronizarse con un cambio de época en el que estamos inmersos y abrió también una nueva ventana en nuestra carrera, para observar lo que sucede en el marco de estos estudios y las ideas políticas. Las repercusiones de esa lectura aún están dando sus coletazos en la comunidad de la carrera.

Formalmente suponemos estar inmersos en un mundo de “diálogo” en el sentido platónico, donde el enriquecimiento mutuo es constante, pero la realidad académica nos lleva a desarrollar estrategias para defender nuestras hipótesis/ideas, que en ocasiones pueden volverse belicosas. Como contracara de la práctica a la que estamos habituados –mostrar las fortalezas– quise plantear lo enriquecedor que puede ser dialogar sin armaduras, mostrando nuestras mayores carencias, incluso los momentos de vulnerabilidad –la elaboración de tesis nos puede hacer atravesar algo así, deberían permitirnos estar abiertos al enriquecimiento que brinda el trabajo con otros–. Claro que esta no es la única opción, pero sí la que tratamos de poner en valor en este libro. El paradigma contrario está tan arraigado que en diferentes circunstancias recibí la recomendación de no trabajar con Ana, bajo el argumento de que eso limitaría mi autonomía. Esta sugerencia vino de docentes que realmente respeto y de quienes he aprendido mucho, pero por suerte no hice caso de eso.

En medio de la investigación, también está la vida de la investigadora. Recuerdo cuando gané mi primera beca, mi directora me dijo “ni se te ocurra quedar embarazada”. Hace 10 años era común escuchar estos planteos, muchas compañeras investigadoras recibieron “sugerencias” similares. En mi tercer año como becaria llegó mi primer hijo (2013) y, luego de la postdoc, mi hija (2018).

En 2018 las circunstancias no parecían las propicias para el ingreso a carrera en conicet, los cargos eran menos que años anteriores, aumentaba el número de postulantes y mi hija nacería dos días antes de la apertura de la convocatoria, si bien yo estaba formalmente de licencia la fecha límite de la convocatoria no cambiaría por mí. Traté de anticiparme, pero varias reglas de la postulación cambiaron y recién pudimos saberlo cuando la convocatoria fue publicada. Estos cambios implicaban acuerdos con el grupo de trabajo. En resumen, alguien tenía que poder resolver esto, realizar una reseña del grupo y acordarla justamente con los compañeros de trabajo. Recuerdo que a la una de la mañana nos mandamos mensajes con Ana tratando de resolver esto, ambas estábamos despiertas, yo con motivo de amamantar a mi hija. Ana me dijo que ella lo resolvería, que no me preocupe. Así fue, a las 5 de la mañana me manda otro mensaje confirmando que el tema estaba resuelto, lo vi inmediatamente porque yo también estaba despierta, amamantando nuevamente. Mi hija tenía solo unos días, al igual que mi cesárea, el hijo y la cesárea de Ana un poco más, dos meses.

Esa presentación la armé en pijama, amamantaba a mi hija, durante las noches que pasaba despierta, intercambiando pareceres con mi directora principalmente, pero también con Ana y con otras investigadoras. Nuevamente fue un trabajo que en apariencia es individual, pero realmente contiene diversos aportes.

El vínculo con la directora, lo bueno y lo malo

El vínculo con lxs directores podría ser un capítulo en sí mismo. En mis años en el cct-Mendoza, he visto compañerxs sumamente agobiadxs por sus directores, acosadxs y agredidxs. En este sentido puedo decir que me siento afortunada, el perfil de quien aún hoy es mi directora le permite predicar con el ejemplo, su exigencia es enorme, como parte de su grupo de trabajo siento que debo estar a la altura, pero con los años tiendo a pensar que cada investigadorx tiene su estilo. El estilo de Fernanda permitió que me sienta acompañada, su esfuerzo por generar vínculos de confianza y fraternos entre nosotros (el equipo está integrado por 18 investigadorxs aproximadamente) han permitido diferentes acompañamientos, no solo al momento de investigar o escribir la tesis, sino que nos hemos convertido conjuntamente en un grupo de referencia para cuestiones del mundo académico y también personal. Todo eso hace doblemente valioso el “equipo” de investigación.

Como no podría ser de otra manera, también he tenido “chispazos” con mi directora, a medida que se acercaba la entrega de la tesis doctoral. En los momentos previos a la entrega yo sabía que había ganado mi beca posdoctoral, lo que me obligaba a defender mi tesis en un plazo específico. Ante la presión, cualquier desacuerdo con mi directora me parecía una tragedia, seguramente porque no había sucedido antes, hoy es solo el recuerdo de una situación difícil, que pudimos superar. Agradezco que cedió en función de mis necesidades y no las de ella.

Así como construí hermosos lazos en este recorrido, también resultó que heredé enemigas ajenas. En este mundillo que puede ser muy hostil en ocasiones, no solo se debe reparar en las confrontaciones propias, sino también en la de lxs directorxs. Resulta que algunas personas pueden acumular resentimientos por mucho tiempo y a falta del poder suficiente para enfrentar a su enemigo, se conforman con castigar a sus discípulos. Lamentable.

Se que no es necesario aclarar que todo lo escrito aquí responde a mi propia voz, pero necesito recordármelo a mí misma. A partir de lo recorrido y de lo compartido con otrxs compañerxs becarixs concluyo que, si lx directorx no es lo suficientemente bueno en su función, será más difícil la tarea del tesista, pero si lx directorx no es una buena persona, no habrá esfuerzo que lo compense. Aun así, sigue siendo una opción, pero que implica otros sacrificios.

Macri, compadre, la cosa está que arde…

Así como creo que fui afortunada por ingresar como becaria, seguramente acompañada por un momento de expansión del sistema científico en Argentina, en el año 2009, la suerte inversa corría cuando pretendí ingresar a carrera de investigador.

Con posterioridad a la crisis que me generó la tesis doctoral, la beca postdoctoral me dio la oportunidad de reconciliarme con el oficio, siendo años de disfrute laboral donde pude conectarme de manera placentera con mis actividades y objetivos de investigación, trabajar con tiempo suficiente, me sentía extrañamente feliz con mi trabajo y volví a sentir que mi objeto de estudio tenía sentido. Por todo esto quería postular para ingresar al cargo de investigadora. Luego de creer que había cumplido con todo –entregar la tesis a tiempo, ganar la postdoc, publicar, etc.–, me tocaba este desafío.

La convocatoria solía ser en noviembre, decidí prepararme con tiempo, discutir el proyecto con mi directora, ampliar mis lecturas y llegó noviembre. La convocatoria no se abriría ese 2016, ese año estuvo marcado por protestas en diferentes lugares del país, llevadas adelante por trabajadores del sector privado y público. Para quienes somos parte de conicet la eliminación de esa instancia sin información fidedigna sobre el futuro, sumado a declaraciones públicas del ministro de Ciencia desvalorizando las disciplinas del área de Ciencias Humanas, generaba una tremenda incertidumbre. Pasé las vísperas de navidad en una asamblea, con mi hijo y mi pareja, en la sede central de conicet, y por primera vez pude sentir aquello que supongo han sentido mucho investigadorxs argentinxs que migraron, a pesar de que no pude plantearme ese objetivo. Fue un sentimiento muy singular, una mezcla de desilusión, tristeza e impotencia, fueron momentos marcados por la falta de certezas. La convocatoria finalmente se realizó en 2017, me presenté y no logré ingresar. Luego volví a presentarme en 2018, esta vez sí entré.

El mundillo

Como en cualquier profesión consolidada, existen determinados habitus, que combinados con costumbres locales puede generar una combinación curiosa. Me bastó sentarme un día en la mesa frente a un ex director del CCT para entender hasta dónde llega la jerarquía académica.

En el CCT Mendoza existe un amplio comedor, con mesas largas que solemos compartir con miembros de otras áreas e institutos. Un día me senté, sin saberlo, en la misma mesa que investigadores del área de Ciencias Naturales. Cuando la moza se acercó todos decidimos pedir el mismo menú: fideos con salsa. Poco después llegaron los platos, para mi sorpresa el comensal que estaba justo frente mío recibió un plato más abundante y con estofado. En ese momento alcancé a decirle a la moza “yo quiero igual que él” señalando el plato de enfrente, ella me dijo “eso es solo para el Dr. X”, ingenuamente insistí “no tengo problema con pagar el adicional”, me volvió a decir que no. Busqué en la mirada de los otros comensales una explicación, todos bajaron la mirada, yo no entendía por qué razón no podía comer estofado. Mi desconcierto era tal que el “Dr. X” me cedió parte de su estofado sin mediar palabras y claramente incomodado con la situación. Yo comí todo, pero seguía sin entender, incluso quien fue luego padre de mis hijos –Martín– no dijo una palabra. El almuerzo se tornó extraño y nadie me decía por qué. Cuando nos levantamos de la mesa, Martín y su amigo me explicaron que ese apellido X era parte constitutiva de la identidad del CCT y que por ello el trato hacia mi –y hacia cualquier otrx que no tuviera ese apellido– sería distinto. La explicación no hizo que dejara de resultar injusta la situación, creo que yo merecía mi estofado, con cualquier porte de apellido. Me bastó ese almuerzo para entender lo que era el status académico aquí.

Al fin de cuentas

Me complace saber que todxs aquellxs con los que compartí espacio son grandes compañerxs, ya sea para trabajar codo a codo, para explicarme cómo cocinar, para sugerir las mejores lecturas, para interpretar mi trabajo y enriquecerlo con sus aportes, para contenerme y para cebar mates (prepandemia). También es hermoso pensar que he podido ser en alguna medida parte de la trayectoria de otrxs en este “encuentro en la Sala 2”, pero como muchas cosas lindas de la vida, no duran para siempre. Algunos de lxs compañerxs han vuelto a su continente de origen, otros simplemente se alejaron de este mundillo conicet, que puede resultar tóxico en ocasiones, a otros nos reubicaron dentro del instituto, pero me reconforta saber que el encuentro fue hermoso mientras duró y este libro trata de rememorar eso.

Volvería a elegir este camino, esta profesión, pero trataría de cambiar una cosa, la presión que sentí la mayor parte del tiempo, hasta la entrega de la tesis. Ahora entiendo que más allá de las circunstancias objetivas –del deadline– la necesidad de generar mecanismos de protección en nosotros mismos que permitan darnos el tiempo y el lugar que necesitamos para trabajar y desarrollarnos sanamente es fundamental, me llevó mucho tiempo y también salud entender esto. Aunque no todas las experiencias son iguales, he visto el mismo pesar en muchxs compañerxs. Más allá de los tiempos de lxs directorxs, las instituciones y las becas, está la vida, pero como este trabajo se vuelve en algún punto una forma de vida, tal vez por ello se desdibujan los límites.

Por estos días me retiro de la oficina en las tardes, se ve el sol caer y resalta la silueta de las montañas, desde el CCT la vista es espléndida. Creo que tengo un lindo laburo, por el que he trabajado mucho y que disfruto.


  1. Fernando Mas en su capítulo aborda la cuestión del respeto por el tiempo que requiere el pensamiento.
  2. Javier Mario Miguel García falleció tempranamente en 2018. El entonces canciller Jorge Fourie twitteó “joven diplomático que estuvo a cargo de nuestra Embajada en Libia hace siete años, donde ejerció la profesión durante el momento del estallido de la feroz Guerra Civil; Con su equipo de la embajada ayudó a todos los argentinos, turistas y residentes, a salir de esa situación de desesperada contingencia, con fuerte vocación de servicio, incluso poniéndose a sí mismos en riesgo. Mi saludo con respeto y afecto a su familia. Hasta siempre, Javier”.
  3. El principal traductor de ese libro fue el genial Leopoldo Sebastián Touza, a quien dedicamos todas estas páginas.


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