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7 Transterritorialidades y trabajo(s) de campo(s)

Vaivenes identitarios entre Bruselas y Mendoza

Robin Larsimont

Preámbulo

En este ensayo buscaré resignificar espacio-temporalmente la praxis del llamado trabajo de campo como momento transversal del proceso de investigación. Esta tarea implica no solo incrustar dicha praxis en una epistemología ampliada (Díaz, 2007) y desbordar ampliamente mi trayectoria de vida como sujeto-investigador, sino también desafiar la habitual separación “Campo-Oficina”.

Por lo tanto, si bien excavaré en mis propias vivencias como geógrafo belga en América Latina y me escaparé en varias ocasiones al “campo” de los oasis cuyanos (como área de estudio), tomaré también como escenario central de esta reflexión la oficina, lugar de trabajo compartido y privilegiado para la decantación y maduración del material de investigación. Enmarcaré esta reflexión entre dos principales coordenadas teórico-conceptuales, ambas estrechamente unidas a la idea de que el ser humano es ante todo un ser geográfico (Berque, 2009).

En primer lugar, siguiendo el camino abierto por el geógrafo brasileño Rogelio Haesbaert, nos aventuraremos en los senderos móviles e híbridos de la construcción identitaria y sus repercusiones en mi multi o trans-territorialidad como sujeto-investigador. Esto implicará previamente repasar brevemente cuatro momentos de mi conexión transcontinental (en particular mi relación con Argentina y Mendoza) que constituyeron insumos claves en mi formación como geógrafo y ser geográfico.

En segundo lugar, reconsideraré las fronteras borrosas de mi actividad de campo, llevada a cabo en el marco de mi tesis doctoral. Siguiendo esta vez la advertencia de la geógrafa feminista Cindi Katz (1994), sostendré que, a través de nuestros múltiples desplazamientos entre la oficina y el campo, transitamos como investigadorxs un espacio intermediario, atravesado por relaciones de poder. Consideraré que tener conciencia de esta espacialidad intermediaria, habilita cierta vigilancia no solo acerca del material investigado, sino también acerca de cómo se construye-deconstruye-reconstruye nuestro objeto de estudio. En este sentido, defenderé que compartir una oficina con varios compañerxs, cada unx con su trayectoria e insertadx en un momento determinado de su investigación, no sólo facilita el intercambio de experiencias, anécdotas y dudas, sino que abre terrenos de confluencias, de interrogaciones y retroalimentaciones mutuas. La oficina, como lugar de diálogos, con sus charlas informales y anodinas, permite que en el proceso de investigación los caminos se multipliquen, se bifurquen y entrelacen… en definitiva, que se abran al avanzar. 

Recorriendo el atlas: entre imaginarios y viajes

Para revisar la vida no hay como uno mismo…

               

Paco Ignacio Taibo II, 2003

Al comienzo, un sueño infantil empapado por la imaginación cartográfica que me procuraba un atlas escolar. Sobre la página centrada en el Sur de América Latina, conocía de memoria todos los íconos cliché que cubrían Argentina. El Edificio Kavanagh, el Teatro Colón, Maradona y tangueros sobre la capital, ñandús y ovejas dispersos en la Patagonia, racimos de uvas, botellas de vinos y el Aconcagua alrededor de Mendoza. Mi mirada infantil ya escudriñaba cada detalle de este mapa y afinaba, sin saberlo, el ojo del geógrafo en el que me convertiría años más tarde.

Sin embargo, antes de concretar esta formación disciplinar se me presentó una experiencia insólita; la de viajar realmente solo y conocer Argentina en el año 2005, con tan solo 18 años. Esta aventura de casi cinco meses entre Azul (Buenos aires) y Capitán Cáceres (Tucumán), dejará huellas indelebles en mí, todavía ingenuo pero muy atrevido. En este recorrido hice una brevísima parada por Mendoza, donde me tocaron esos muy escasos días de niebla y lluvia intensa que impedían incluso ver la Precordillera.

No cabe, sin embargo, la menor duda que debajo de este cielo plomizo ya me cruzaba de cerca y por primera vez con los que serán mis futurxs compañerxs de oficina, que en aquel entonces debían estar en la Facultad estudiando sociología, economía o ciencias políticas. Como ya escribía en mi cuaderno en las últimas semanas, este viaje, que en realidad sólo empezaba, iba a consolidar fuertemente mi ganas de ser geógrafo.

De hecho, estando de vuelta en Buenos aires, decidí acercarme al Departamento de Geografía de la uba. Después de deambular un rato por los pasillos del edificio de la calle Púan me encontré con una profesora que me explicó, con pasión, lo que esta formación ofrecía. No me imaginaba en aquel entonces que trece años después, en el 2018, defendería en este mismo edificio, mi tesis de doctorado.

Ahora bien, antes de llegar a esta etapa tenía que transitar un largo laberinto. Tenía que cumplir con esa voluntad de formarme como geógrafo y aquel primer paso lo realicé en la Université Libre de Bruxelles. Por no haber podido encontrar en aquellos años, vínculos de intercambios académicos con Argentina, tuve que crearlos en España, primero a través de una pasantía en Madrid, luego mediante una maestría en Sevilla. Fue desde esta posición ibérica que paradójicamente di con la segunda oportunidad de viajar a Argentina, consolidando el don de cazador de becas extranjeras.

En el año 2011, gracias a una beca financiada por la Universidad de Sevilla, realicé una estancia de tres meses en Mendoza, para indagar sobre “las nuevas dinámicas del regadío” en la provincia. En esta pasantía, me vi atrapado por la vorágine de los tiempos de entrega, desgarrado entre el deseo de dejar momentos para reconectarme con el país que había conocido años atrás o bien, dedicarme de pleno a investigar. Me incliné finalmente más hacia esta segunda vía. Bajo esta “misión académica”, mi ojo curioso y contemplativo que filtraba mi experiencia de seis años atrás se volvía sin querer más frio y utilitarista.

Ya me daba cuenta, sin embargo, que podía caer fácilmente en la habitual trampa de la praxis occidental de investigación, cuyo interés en el Sur como objeto de estudio tiende a superar largamente su consideración como lugar de enunciación y de producción de conocimiento. No obstante, esta corta estancia laboral, gracias a los diversos encuentros, contactos y los interesantes debates que generó me iba a abrir un nuevo paso decisivo en mi formación; a saber, presentarme a las becas doctorales de conicet.

Una vez otorgada en marzo de 2013, esta beca me iba a permitir no sólo comenzar con un nuevo proyecto y proceso de investigación sino también volver a iniciar un progresivo anclaje como ser geográfico[1] en este lugar (Berque, 2009), esta provincia, esta nación, este continente. Dicha inserción, más pausada, lenta y curiosamente más tímida también, iba a enfrentar ciertos obstáculos, trabas, remolinos e imprevistos. Paradójicamente, esta asimilación se verá frenada por una actitud menos ingenua y más informada acerca del magma cultural con el cual me enfrentaba en este país de acogida.

Nuevos encuentros, mis primeros seminarios o talleres de doctorado y otro tipo de lecturas iban a abrirme rápidamente a ámbitos teóricos ajenos a las grandes tradiciones consolidadas de la geopolítica del pensamiento occidental, incluso críticas, a las cuales estaba acostumbrado. Mi sostenido interés por esta perspectiva diferencial, y ese “lugar de enunciación” latinoamericano, engendró, a su vez, una ebullición de cuestionamientos en cuanto a mi pertenencia o no en este debate, y particularmente en cuanto a mi lugar como belga financiado por una beca argentina. Antes de centrarme sobre este nuevo proceso de investigación y la praxis del trabajo de campo cabe encuadrar mi agitada metamorfosis identitaria con algunos conceptos.

Transterritorialidad y epistemología ampliada

Carabelas de Colón,
todavía estáis a tiempo.
Antes que el día os coja,
virad en redondo presto,
presto.
Tirad de escotas y velas,
pegadle al timón un vuelco,
y de cara a la mañana
desandad el derrotero.
Atrás, ¡a contratiempo!

              

Letras de Chicho Sánchez Ferlosio (A contratiempo),
basada en el poema de Agustín García Calvo

Si el humano es un ser geográfico (Berque, 2009), los movimientos migratorios y una mayor movilidad lo forjan también como multi-territorial. Dicho de otra manera, más allá de esta ontología geográfica, podríamos hacer de manera concomitante la experiencia de diferentes territorios.[2] Al calor de estos vaivenes, al decir de Haesbaert, producimos una “multiterritorialidad o, para usar un término más apropiado, una transterritorialidad, porque esto implica mucho más que una articulación entre diferentes territorios: un tránsito entre ellos y su entrelazamiento en una frecuente movilidad” (Haesbaert, 2012, p. 6-7).

Como proceso dinámico, en constante devenir y que se retroalimenta “la multi o transterritorialidad debe verse, por tanto, sobre todo como un movimiento de entrada y salida y, en consecuencia, de tránsito entre diferentes territorios” (Haesbaert, 2012, p. 6). Desde esta condición de posible tránsito se presentan puntos de anclajes donde germinan la ambivalente sensación de poder convertir un “territorio extranjero” en un “territorio propio”.

Esta “antropofagia identitaria” (Haesbaert, 2012, p. 2), puede tomar formas infinitesimales, desde combinaciones armoniosas –o no– de relictos identitarios supuestamente fijos y estables, hasta formas más diluidas y en progresiva transformación (pienso en particular en esta sensación de sentirme en algunos momentos casi argentino o ya no completamente belga). Incluso, cuando el fervor nacionalista no se enmaraña demasiado puede dar lugar a esta impresión a menudo ingenua –pero a veces sincera– de sentirse “ciudadano del mundo”, o por lo menos de una parte de este. “Ingenua”, en particular, cuando uno es originario de un lugar privilegiado del norte global y decide instalarse en el sur global.[3]

A esta altura, cabe añadir otro ingrediente esencial a este melting pot identitario. Efectivamente, mis vaivenes transcontinentales aludidos anteriormente dieron lugar a vaivenes lingüísticos, diría, incluso, que han dado origen a un idioma extraño. Más allá de mis erres y jotas trabajosas, y de mi total libertad en cuanto a la ubicación de las esdrújulas –las cuales delataban mi flagrante extranjería (a lo cual se sumaba la pinta)– con el tiempo llegué a conformar y sentirme cómodo con un idioma híbrido que no sólo mezclaba castellano y “gallego”, sino que me permitía también –no sin cierta dificultad– switchear a la hora de pensar y escribir con mi idioma materno, el francés.

En base a lo anteriormente dicho y de cara al siguiente apartado, es imprescindible considerar que estas trayectorias de vida, la cacofonía lingüística y, en definitiva, aquella trans-territorialidad fueron parte integrante de mi proceso de investigación y, en particular, de la praxis del trabajo de campo. Ahora bien, si esta autobiografía crítica es innegable, esta conciencia personal tampoco se debe convertir en el lugar central del estudio.

Una posición conveniente consistiría en buscar anclar nuestro proceso de investigación en una “epistemología ampliada” (Díaz, 2007). En este marco, se reconoce que:

La racionalidad del conocimiento, aún la más estricta y rigurosa, hunde sus raíces en luchas de poderes, factores económicos, connotaciones éticas, afecciones, pasiones, idearios colectivos, intereses personales y pluralidad de nutrientes que no están ausentes (…) en el éxito o el fracaso de las teorías (Díaz, 2007, p. 24).

En sintonía con esta epistemología ampliada podemos, a continuación, resignificar espaciotemporalmente nuestra praxis del trabajo de campo. Si cada investigadorx “entra” en su campo con su propio dispositivo de visibilidad debemos advertir que no se trata nunca solo “de ‘ir’ a un lugar, sino a su vez de una manera de ‘estar’ y mucho más aún de una forma de ‘posicionarse’ en el campo” (Ameigeiras, 2007, p. 116). A su vez, si el hecho de inscribir esta actividad en una epistemología ampliada nos invita a mantener una actitud crítica acerca del campo –observado, vivido, interpretado– (Petit, 2010), esto mismo, también nos permitiría romper el supuesto aislamiento con el trabajo de oficina.

Trabajo(s) de campo(s)

Lo que se suele llamar trabajo de campo va en realidad mucho más allá del trabajo de observación in situ. En geografía, esta actividad fue durante mucho tiempo la base y el paso obligado de cualquier producción de conocimiento. Era necesario abandonar la oficina, a veces durante varios meses, y sumergirse en el área de estudio. Una vez allí, se “recogía” la información, como se solía decir, haciendo levantamientos topográficos, describiendo paisajes o movilizando cuestionarios y entrevistas.

La idea de este geógrafo de campo –que encubría posibles reflexiones acerca de una praxis de campo diferenciada y experimentada por mujeres geógrafas– reflejaba ante todo la imagen de un gran caminante que adquiría su conocimiento del mundo a lo largo de muchos kilómetros, a partir de pruebas sensibles, supuestamente evidentes y una observación meticulosa del paisaje. Una caja de herramientas conceptuales muy ligera, a menudo determinista, acompañaba un método esencialmente inductivo, que partía de la observación de casos para llegar, mediante la comparación en el espacio y el tiempo, a la clasificación y comprensión de los fenómenos estudiados.

Salvo algunas excepciones, los métodos de campo utilizados solían ser “silenciados” en el informe científico final y el lector no tenía acceso a la cocina de la producción del conocimiento geográfico. La información transcrita estaba aceptada como “lo concreto y no como una representación” (Labussière y Aldhuy, 2012, p. 584). De este modo, predominaba una forma de objetivación basada en la evidencia de los objetos en el campo y la ocultación de la acción del sujeto. Las críticas visàvis de la falta de transparencia del método de campo recién se consolidaron en los años 70 y 80 bajo la influencia radical, humanística, estructuralista y post-estructuralista que empezaba a permear la disciplina.

Sin embargo, hubo que esperar la influencia de ciertas críticas feministas (Katz, 1994; Massey, 2003; Pedone, 2000; Rose, 1997; Sundberd, 2003) para que se cuestionara más profundamente la falta de diálogo sobre la política del “campo” y que se pusiera de manifiesto la falta de autocrítica en el acceso y la producción de conocimiento. Al centrarse en la producción de conocimientos geográficos y en el modo en que la masculinidad ocultaba las condiciones de acceso (Rose, 1997; Sundberg, 2003), estas geógrafas denunciaron el aspecto neutral y “despersonalizado” del investigador.

La autoridad de esa mirada sobre la relación entre el hombre y la tierra, como si se posicionara desde arriba de una cima (Sundberg, 2003), en adelante debía pasar, imprescindiblemente, por el filtro del género, de la posición y clase social, del origen racial, de intereses políticos y personales históricamente construidos del/la observador/a (Katz, 1994; Pedone, 2000; Rose, 1997; Sundberd, 2003). Es decir, anclarse de alguna manera y con transparencia en una epistemología ampliada (Díaz, 2007).

Esta crítica desde el feminismo aportará otro cuestionamiento de especial relevancia para nuestra reflexión. Cindi Katz, en su deseo de contextualizar exhaustivamente el trabajo de campo, buscó abrir las fronteras de esta instancia de la investigación al considerar que quien investiga, en el curso del desplazamiento en su práctica, se sitúa en “espacios intermedios” (Katz, 1994). Es decir, no está ni totalmente dentro del área de estudio ni totalmente fuera de ella, y que la progresiva producción de conocimiento –con sus idas y vueltas– conforma un proceso social incrustado en redes de relaciones de poder (Katz, 1994). A lo largo de esta praxis del trabajo de campo, considerado como un espacio-tiempo en el cual se construye conocimiento, lxs investigadorxs deben buscar la manera de exponer el contexto de producción de datos, tanto teórico como práctico (Petit, 2010). Esto me lleva a describir, a continuación, y como cierre de esta reflexión, algunas zonas fronterizas de esta relación campo-oficina que atravesó mi proceso de investigación a lo largo de estos años.

Pedaleando entre viñas y pantallas

En el transcurso de mi investigación doctoral traté de entender y describir cómo una determinada lógica capitalista de producción y consumo –que terminé llamando Modelo de Agronegocio– se había expandido en determinadas áreas de los oasis artificiales de riego de la provincia de Mendoza, durante estas tres últimas décadas. Para analizar las estrategias de acceso a la tierra y al agua por parte de actores fuertemente capitalizados crucé variopintas modalidades de observación: documental (censos, archivos, páginas web, …), indirecta (cartográfica y satelital) y directa. Esta última entrada, in situ, sea en ámbitos urbanos o rurales de los oasis, abría senderos más directos, sensoriales e, incluso, emotivos, en mi proceso de investigación.

A la hora de realizar estos desplazamientos –generalmente de uno o dos días, pero en varias ocasiones de una o dos semanas– me equipaba de mi grabador para las entrevistas, de mi máquina de fotos, de mapas, pero sobre todo de mis cuadernos de notas y dibujos. También, al calor de los kilómetros recorridos, mi bicicleta no solo se presentó como un medio predilecto de transporte sino también de trabajo, ya que me facilitaba el acceso tanto a intersticios de mi perímetro de estudio como a inagotables sorpresas e imprevistos. Después de cada salida, al volver a Mendoza, en nuestra oficina, empezaba un largo proceso de orden, selección y decantación de la información preconstruída en el campo.

Compartir con mis compañerxs, entre estos cuatros muros, lo que había observado y sentido en el campo me permitía reconsiderar nuevos ángulos de ataque a la hora de preparar próximas salidas al “campo”. Efectivamente, otras visiones y experiencias permiten sacar a la luz múltiples interpretaciones posibles, y el debate, a veces intensivo,[4] nos fomenta a sintetizar nuestras ideas, nuestras impresiones sobre determinadas temáticas, a seleccionar las grandes líneas de nuestros argumentos.

La diversidad de perfiles y experiencias en la sala dos del INCIHUSA resultó ser un fuerte aliado para la operación de deconstrucción que supuso descifrar ciertas facetas de mi objeto de estudio pero también de mi arquitectura conceptual. En particular, reconsiderar casi genealógicamente, y con el respaldo de unx compañerx sociólogx o politólogx, algunos conceptos que desafortunadamente tienden todavía a darse por supuestos dentro del aparato descriptivo y explicativo de la geografía (espacio, territorio, escala, etc.) dieron lugar a experimentos muy valiosos. Por ejemplo, con el fin de reajustar y robustecer ciertas conexiones conceptuales acerca de la producción territorial y de las relaciones de poder que implicaba podía fácilmente recurrir a las herramientas y lecturas foucaultianas de mis compañeros Emiliano Jacky, Fernando Mas y Eric Moench.

A su vez, la lectura de unx compañerx sobre mi propio trabajo no sólo me permitió destrabar sino también ayudar a entrelazar nuevas conexiones conceptuales, desbordando ampliamente en otras disciplinas. A modo de ejemplo, después de intentar por varios caminos explicar a Fer Mas estas relaciones contradictorias de cooperación y competencia que se observan entre actores del agronegocio, él me lanzó sobre una de sus propias pistas, a través del concepto de “coopetencia”, de igual modo que lo explica en su capítulo en este mismo libro. En el mundo del management, la noción de coopetencia aparece como una forma de colaboración oportunista o interesada que revela estrategias para captar beneficios comunes entre diferentes actores económicos competidores. Entender esta dinámica managerial llegó a constituir un rasgo destacado de lo que, a mi modo de ver, conformaba la territorialidad del agronegocio.

Finalmente, esta oficina como lugar compartido donde decantaba mi material de campo y maduraba mi investigación, fue claramente también un ámbito de catarsis. Por un lado, la sabiduría y madurez de algunxs de mis compañerxs fueron claves para calmar la tormenta de angustia que aparecía cada tanto, para tomar cierta distancia y ganar confianza en mi proyecto. Me ayudaron claramente a acomodarme en “mi territorio” mendocino. Por otro lado, contribuyeron a que progresivamente pudiera desculpabilizar y reconocer mi condición de belga conicetero y a “posicionarme en el campo”, en particular cuando me enfrenté a situaciones conflictivas de desalojos violentos de campesinos y lugareños por parte de empresas extranjeras, una de las cuales era de capitales belgas.

Un zinneke

Al igual que el arroyo que fluye, cambiamos a cada momento; nuestra vida se renueva de minuto en minuto, y si pensamos que seguimos siendo los mismos, es sólo una ilusión de nuestra mente.

                    

Élisée Reclus, 2010 [1869]

Para no concluir mi reflexión e introspección, sino dejarla abierta a futuros vaivenes identitarios y lingüísticos, quiero hacer un breve cálculo. A los cinco meses del 2005, los tres meses de 2011 y los ocho años de doctorado y posdoctorado (entre 2013 y 2021) que combinan un total de casi un cuarto de mi vida en Argentina, le tengo que añadir más de dos años en España y, sobre todo, miles de momentos que me proyectaron en lugares “otros” sin mover un dedo a través de la lectura, la música y demás medios de transportes. Donde nací y crecí, en Bruselas, utilizamos la palabra zinneke para referir a estos pequeños perros mestizos, sin raza, y por extensión, a cualquiera persona de origen o perfil entremezclado, que conformó y sigue conformando gran parte de la población de la capital. No me cabe la menor duda de que mis amistades, formaciones y experiencias latinoamericanas fueron ingredientes claves en la transterritorialidad que seguirá retroalimentando mi condición de zinneke.


  1. Parafraseando a Agustin Berque: como ser geográfico “el ser humano está grabado (graphein) en la tierra ()” y a cambio esta graba su impronta sobre él (Berque, 2009: 13).
  2. Para Rogelio Haesbaert esa “posibilidad de tener la experiencia simultánea y/o sucesiva de diferentes territorios, reconstruyendo constantemente el propio” (Haesbaert, 2013, p.35-36) es precisamente lo que define esa multiterritorialidad.
  3. Es más, esta contradicción alcanzaría su paroxismo sabiendo que además este sujeto-investigador recibió una beca financiada por Argentina y gracias a la cual ocupa una posición laboral privilegiada en este país de acogida.
  4. A veces, interrumpir un/a colega por una precisión ortográfica, un sinónimo o compartir con el/ella un extracto de entrevista o de lectura puede desembocar sobre una larga y apasionada discusión acerca de objetos escurridizos y móviles. Ahí entra otro compañero y añade un poco de mateína al debate.


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