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5 Disposiciones en ebullición, habitus de condensación

Anabella Abarzúa Cutroni

Introducción

Una constante en una trayectoria de investigación de todos los tiempos es que en el camino te vas encontrando colegas con lxs que podés establecer vínculos según tu jerarquía académica. Porque, digámoslo con honestidad, el campo académico, esa colección compleja de espacios que habitamos, es un espacio competitivo y altamente jerarquizado.

En “la academia”, como se dice comúnmente entre quienes nos dedicamos a la investigación y la docencia, hay diversos espacios de socialización. Lugares para presumir de tu inteligencia y tus resultados de investigación. Lugares para poner tu trayectoria, trabajo y dedicación en el suplicio de la evaluación permanente. Lugares para el gozo creativo, la construcción de conocimiento y la libertad intelectual. Lugares más íntimos y lugares públicos. Espacios solitarios y espacios colectivos de trabajo. Este capítulo busca recorrer esos espacios –más o menos institucionalizados– y los vínculos más personales que fui tejiendo en el camino. En un ejercicio reflexivo y para evitar la auto-complacencia y la anécdota fácil voy a tomar como fuente un material empírico muy particular: los mails y chats intercambiados con diversas personas.

En mi caso desde un principio le planteé a mi directora una relación cargada de una alta intensidad emocional, no encuentro signos de mesura ni profesionalismo en mis primeras comunicaciones hacia ella. Visto en perspectiva el equipo de investigación se convirtió, poco a poco, en mi nueva agrupación universitaria y esa pasión política se fue re-encausando. Acepté sin fisuras el liderazgo de mi directora y la consigna de mis años de militancia estudiantil “El conocimiento no es una mercancía, es una herramienta de emancipación social” se fue re-significando. Formar parte de un equipo de investigación fue muy importante por los saberes que se trasmitían en un ambiente de confianza, por el acceso al financiamiento, por contar con referentes que ya habían transitado el camino que Fernanda me proponía.

Y Fernanda fue muy importante porque fue la persona que día a día, a través de la lectura quirúrgica de mis textos y sus detalladas devoluciones, de la respuesta a todas mis preguntas –desde la más tontas hasta las más inteligentes– y de las discusiones picantes que tuvimos me trasmitió un oficio. Oficio que hasta el momento yo no había podido descifrar en los manuales de metodología y que hoy sé que, como valor agregado, me lo trasmitió con sello propio. Esto implica coraje, frente a la posibilidad de equivocarse y un compromiso que va más allá de firmar los formularios del sigeva.

A nivel contención y motivación fue brillante su idea de presentarme a Natalia Rizzo, una bonaerense, militante de la uba y nadadora de aguas abiertas que se convertiría en una de mis más grandes amigas. Además, en el caso de lxs que escribimos este libro, hubo un espacio poco habitual en que nos conocimos, una sala de becarixs en el cct Mendoza. Allí sucedieron cosas extrañas y a la vez entrañables.

Las puertas del cielo

En el año 2008 transitaba mi último año de la Licenciatura de Ciencia Política y Administración Pública en la fcpys de la uncuyo y empezaba a barajar cuál sería mi futuro profesional. Me restaba “solo” escribir mi tesis de grado. Recuerdo cuestionarme si quería dedicarme a largo plazo a la gestión o no, trabajaba por entonces como pasante y hacía tareas administrativas en la Universidad. No. Definitivamente, no quería.

Desde 2005, había hecho mis primeras experiencias de investigación en el Centro de Innovación Institucional (ceii) de mi Facultad. Ahí participe de encuestas y otros relevamientos. Y luego de dos intentos de proyectos de tesis fallidos con una profesora que todos admirábamos, me desesperé. Sentía que quería dedicarme a la investigación, pero no sabía cómo, ni en qué condiciones eso podía tornarse en un trabajo “serio”, es decir, rentable. La independencia y la estabilidad económicas eran para mí, en ese momento, un asunto impostergable. Y esta necesidad, hecha objetivo, marcó a fuego mis próximos diez años de carrera. Sí, en parte hago ciencia porque pensé en algún momento que era el mejor sueldo al que podía aspirar como politóloga.

En este contexto se presentó lo que yo sentí como la oportunidad de mi vida. En mayo de 2008, un compañero de militancia me reenvió el mail de una investigadora joven de conicet. Tenía la edad que yo tengo hoy y había militado como graduada en el mismo espacio en el que yo participaba como estudiante. En el mail decía que necesitaba a alguien que haga su tesis de grado, una tesis express sobre un tema específico, en el marco de su proyecto de investigación sobre expertos e intelectuales en América Latina. Yo quería ya cerrar el ciclo, venía con varias idas y vueltas, y una tesis sin demasiados escollos sonaba muy bien.

No era el tema de mis sueños, estaba preocupada en aquel entonces, y aun hoy lo estoy, por los dimes y diretes de la teoría política. Pero era una oportunidad, una gran oportunidad la que se presentaba. Junté coraje y le escribí a Fernanda Beigel, quien, hasta el día de hoy, trece años después, es mi directora:

(…) Estoy dando mis primeros pasos en investigación y me pareció interesante lo que proponías en ese mail. Además, muchas personas me han comentado que es muy agradable trabajar con vos. Te adjunto mi CV. Si te interesa mi perfil, avisame. Muchas gracias.[1]

En minutos recibí su respuesta. Aceptaba mi “postulación” y me proponía reunirnos en la facultad. “Está perfecto tu perfil.”[2] ¡Boom! mi currículum por primera vez pasaba una barrera de admisión, mi perfil era perfecto. Perfecto es uno de mis adjetivos favoritos junto con espectacular y otros que funcionan como epítetos.

Luego de esta primera reunión en la oficina del doctorado de la fcpys tendríamos miles de reuniones en la que discutiríamos temas de investigación y también estrategias de institucionalización de mi trayectoria. Poco a poco eso de “dedicarme a la investigación” tomaba cuerpo, era posible. Había que seguir buscando que fuera económicamente viable.

Desde entonces la imaginaría muchas veces a mi directora como alguien que abre una puerta, desde adentro, o que la empuja con ímpetu cuando alguien pretende cerrarla, o que entra disimuladamente y la sostiene para que lxs que vienen detrás pasen. Y en mis momentos más difíciles, también la imaginé como alguien que podía cerrar la puerta con llave.

Durante el resto del año 2008 me integré al equipo de investigación del que formo parte hasta la actualidad. Lxs conocí a principios de junio en un seminario interno que hacían con otros equipos de investigación de Córdoba y Buenos Aires que se hizo en el incihusa, cct Mendoza y comencé a asistir regularmente a las reuniones mensuales. Ese primer día entré, por primera vez, al que sería y es hoy mi lugar de trabajo. Recuerdo el silencio en los pasillos y la sensación, sacada de no sé dónde, de “acá se hace ciencia”. Las exposiciones de ese día excedían por lejos mi capacidad de hacer todas las sinapsis entre textos y referencias, no entendía del todo qué se discutía, sin embargo, un poco a tientas estaba ahí, había sido invitada a formar parte. Después de estos encuentros académicos vendrían empanadas, vinos y fiestas en las que todo tendría menos solemnidad, pero no por eso menos importancia.

Ese día también conocí a Natalia Rizzo que sería mi más cercana compañera durante los años del doctorado y los que siguieron en la etapa postdoctoral y una de las personas con las que compartiría la Sala 2. En esos meses nuestra directora sellaría nuestra unión como “pareja pedagógica”. Era cierto, durante esos años de formación íbamos a aprender juntas sobre saberes, sentires, pensares, penares académicos. De un tiempo hasta acá, la maternidad y lograr conservar este trabajo son las preocupaciones que consumen nuestros ratos de charla, usualmente en una plaza en medio de demandas de galletitas y atención de lxs niñxs.

Los mails de esos meses con mi directora dan cuenta de un gran entusiasmo de mi parte y de pequeñas introducciones a la dinámica del campo y a la aspiración de un habitus de parte de ella: aprender a leer en francés, ir a reuniones de equipo, exponer el apartado metodológico de “La miseria del mundo” (1999) ante lxs compañerxs. El asunto del mail a mi directora en el que acepto exponer el texto es ¡Me animo a exponer!”.[3] Era un acto de coraje. Durante esos meses escribí mis dos primeros proyectos, para mi tesis de grado y una beca de iniciación a la investigación de la FCPyS. Las devoluciones de mi directora apuntaban a una introducción básica a la investigación –escribir un proyecto con consistencia metodológica es decir que tuviera correspondencia entre objetivos, hipótesis y diseño de investigación[4]– y a la motivación para continuar en el trazado de un camino dedicado a la investigación. En un mail dirigido a todo el equipo de investigación escribió “Les cuento con mucha alegría que Anabella ganó la beca de iniciación a la investigación que otorga nuestra Facultad, con un puntaje excelente. Un gran estímulo para ella que tiene mucho potencial y energía.”[5]

Mi respuesta ante la noticia denota alegría, agradecimiento y expectativa por lo que estaba comenzando y dice “¡Acabo de ver el mensaje de texto que me mandaste que dice que he ganado la beca! Estoy muy contenta. Yo diría que ganamos la beca. ¡¡Sin tu ayuda no hubiera sido posible!! Gracias por iniciarme en el apasionante mundo de la investigación. Gracias por tu talento y generosidad. Y ahora, ¿cuáles son los pasos a seguir?”[6]

Con esta primera beca comencé a construir los datos empíricos para mi tesis de grado. Cuadros gigantes hechos en Excel, más prolijos que operativos en materia de procesamiento de datos, líneas de tiempo infinitas. Todo dato, todo detalle me parecía crucial y cada paso lo consultaba obsesivamente a mi directora, que fundamentalmente me orientaba sobre cómo organizar el trabajo de campo y procesar los datos. Desde el principio el estilo de investigación que adoptamos tuvo esta impronta bien empírica. El marco teórico lo discutíamos en las reuniones mensuales de equipo y el trabajo cotidiano era un trabajo de construcción de datos.[7]

En un acto de complicidad, lxs compañerxs con más trayectoria del equipo me pasaron off the record un manual de Alicia Gutiérrez (2005) para entender a Bourdieu. Hasta ese momento sus categorías, su estilo de escritura, sus preocupaciones me parecían imposibles, imposibles de aprehender. Cuando llegó el momento le pasé este manual fotocopiado a Natalia. En ese entonces, descifrar ese marco teórico, incorporarlo, era saltar una barrera de admisión más. Un mundo nuevo se abría ante mí: perseguir la curiosidad, leer cosas nuevas, construir, construir algo tan abstracto que vive evaporándose. Tiempo después leí el “Oficio del sociólogo”. Cuando leí y logré comprender el principio que postula “El hecho se conquista contra la ilusión de saber inmediato”, me fasciné (p. 32, Bourdieu, Chamboredon y Passeron 2008).

El 2009 fue el primer año que aposté fuerte a conicet. El asunto del mail en el que le confirmé a mi directora que aceptaba su propuesta de presentarme a la beca “Doctoral-Tipo I”, “¿Qué me deparará el futuro”?,[8] denota una carga emocional muy importe para mí y una apuesta existencial intensa. La respuesta de mi directora fue un detallado plan de acciones para llegar “en condiciones” a la presentación: elegir un doctorado, contactarme con Natalia para discutir proyectos de investigación complementarios y convertir mi tesis de grado en ponencia primero y en un artículo luego, hacer una reseña.[9] Económicamente, ese año fue optar por ingresos mínimos producto de una jornada reducida en la pasantía, pequeños trabajos de fichajes y revisión de bibliografía para miembrxs del equipo, los pagos que restaban de la beca de la facultad, un informe sobre la ediunc y una beca de la Agencia que generosa e informalmente Natalia compartió conmigo. Todo esto sumó un ingreso de subsistencia que me permitió dedicar la mayor cantidad de horas posibles a investigar y prepararme para la presentación a conicet.

Esta resultó ser una introducción –muy cabal, muy ajustada al campo– a lo que sería la dinámica competitiva que marcarían los próximos 12 años de mi carrera académica: trabajar con tiempo un proyecto de investigación, prever y planificar las instancias de evaluación –juzgábamos como la más importantes las becas de conicet, porque permitían una dedicación exclusiva a la investigación por plazos relativamente prolongados– generar antecedentes y materializar los resultados de investigación en productos (artículos, ponencias, etc.) que eran muy valorados en este tipo de instancias de evaluación. Antes, los criterios de evaluación no se publicaban junto con las convocatorias, entonces este criterio lo reconstruíamos a partir de las evaluaciones anteriores de lxs miembrxs del equipo y comentarios de otrxs investigadorxs a partir de las experiencias con sus becarixs. Tomar el curriculum y ponerlo en relación con grillas de evaluación se volvió para mí una práctica habitual.

Después de la beca de la facultad, entre 2009 y 2015 obtuve en conicet las becas tipo I y tipo II primero y la postdoctoral, luego de un intento fallido. En 2020, luego de tres intentos ingresé a carrera, como si no llevara ya 11 años corriendo. Por fin era ungida como investigadora. La primera presentación en el período de julio-agosto de 2009 es un claro ejemplo de las predisposiciones que se activan, que hierven en un momento determinado, y luego condensan en un habitus académico más elegante y depurado. En un mail dirigido a todxs lxs miembrxs del equipo mi directora nos reenvía las fechas de la convocatoria y nos dice a aquellxs que nos presentábamos a beca ese año afinando la puntería…”. Mi respuesta es: “¡Uyyyyy! ¡Que nervios! Desde primer grado que vengo afinando la puntería… Jajajajajaj.”[10] En broma, a los 26 años estaba diciendo algo muy importante: deseo esto desde hace mucho, mucho tiempo, y es un desafío para el que me he preparado toda la vida. La educación siempre fue un valor en mi casa y la única obligación que nos imponía nuestra mamá a mis hermanxs y a mí. Siempre nos decía “La educación es lo único que yo les voy a heredar. Yo quería hacer rendir esa herencia construida a fuerza de pagar cuotas en escuelas privadas.

La elaboración del proyecto siguió las mismas pautas de intercambio que el proyecto anterior, solo que esta vez se sumaban cuestiones estratégicas en el llenado del curriculum en sigeva. Aprendí, por ejemplo, que en conicet la elección de la comisión no es una simple adscripción disciplinaria si no elegir a quienes te van a evaluar. Elegir comisión es elegir una dinámica de micro competencia en el marco de una competencia mayor. Quedé número 37 en orden de mérito entre 248 postulantes. Nada mal… y se me abrían las puertas que yo había concebido, hasta ese entonces, como las puertas del cielo.

Ganarás el pan con los dedos ateridos

La expulsión del paraíso fue seguida en el relato bíblico con la sentencia de “Ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Génesis 3:19). Sabemos que en este trabajo de hacer una tesis doctoral no hay sudor ni horarios rígidos que cumplir. Por eso a veces parece que no es un trabajo. Trabajo como el que tenían en aquel entonces muchas amigas, que se iban de juntadas cuando la noche cobraba densidad porque entraban muy temprano a trabajar y si no marcan tarjeta a tiempo los jefes las sancionaban. Nosotrxs no teníamos un trabajo, teníamos una beca en la que nos pagan por estudiar.

En la embriaguez del primer año, año y medio, sentía que era la dueña de mi tiempo, de empezar y terminar mi jornada laboral a voluntad. Pero poco a poco esa voluntad es cooptada por la exigencia de productividad, de juntar antecedentes para estar en condiciones en la próxima instancia de evaluación. Instancias que jamás terminan. La especialización que implicaba hacer un doctorado, la dedicación exclusiva y la estabilidad relativamente limitada (a tres años primero, a dos más luego en mi caso) hacen que la apuesta se retroalimente y no sea humanamente viable generar demasiados caminos profesionales alternativos. No tenía tiempo y subjetivamente se me obturaban otras posibilidades. Con altibajos, fui capaz de sostener esta apuesta por 12 años.

Como sabemos no hay sudor, más bien hay pies y manos heladas producto de estar jornadas extensas de 10 a 12 horas en la computadora. Es más bien levantarse temblando de cansancio y frío, con el estómago revuelto de tomar tantos mates o café y con algún dolor de espalda. La cabeza dando vueltas y una turbia satisfacción por lograr completar una base de datos, escribir un capítulo o artículo, interpretar un texto. Irse a dormir y soñar con la hipótesis o con la resolución/redacción de un párrafo. Estas jornadas, varían en su intensidad, según lo que el cuerpo (con su mente incluida) pueda aguantar a lo largo de un año o dos, pero en general no cesan en ningún momento de la trayectoria académica. En ese estado, o camino a ese estado nos cruzamos muchas veces en la Sala 2 del incihusa.

Cuando nos asignaban la sala y nos daban una llave había que coordinar con lxs compañerxs qué escritorio y compu podíamos usar. A mí me dio la bienvenida Fabiana Grasselli. El ritual de bienvenida consistía en decirte que la yerba, repartida en varios paquetes empezados, estaba disponible para todxs en común. Después de un tiempo aprendí que las galletas se pueden comer en caso de emergencia –el único buffet disponible cerraba a las 16 horas– pero había que reponerlas de inmediato y que los frutos secos eran intocables.

En la disposición de los espacios de la Sala y en el placard de la yerba aparecían los restos de lxs compañerxs que se habían quedado sin beca. Tasas que eran de alguien que no se había llevado consigno ni siquiera ese signo de cotidianidad. Fotos, cuadritos impresos y pegados en las paredes de la Sala que nadie se atrevía a arrancar por si lxs compañerxs volvían. Hasta generamos el rumor de que el escritorio de la esquina de la Sala traía mala suerte. La mala suerte en aquel entonces, no era un mal de amores, una enfermedad rara. La mala suerte era quedarse sin beca en el medio del doctorado, con tanto leído, con tantos datos por recolectar y ningún antecedente “serio” de trabajo.

En la Sala 2 fantaseábamos que éramos una compañía de teatro, que éramos escritorxs y, muchas veces, que hacíamos cualquier otra cosa menos padecer ese trabajo solitario, que cansaba, pero que no terminaba de materializarse, se escapaba como agua entre los dedos. Circulábamos de manera intermitente por la Sala y los encuentros eran motivo de alegría. Lxs primerxs compañerxs del clásico café después de almorzar y de las reflexiones al sol en los jardines del cct fueron Emiliano Jacky y Beatriz Soria. No tengo registros de estos encuentros en el mail, solo algunos chats sueltos “Te extraño”, “¿Venís hoy al cct?” Sí tengo impresiones de momentos y de grandes verdades alcanzadas, o más bien rasqueteadas del suelo, con lxs compañerxs durante lo que denominábamos los “diálogos en pánico”.

En las horas que compartíamos era común que la persona que estuviera más relajada se parara detrás de aquella que estaba enchufadísima en la compu, para chusmear qué estaba haciendo. Así aprendíamos, así nos acompañábamos. Era el pie para que lx compañerx más preocupadx largara una catarsis, para hacer preguntas en voz alta, para buscar el comentario con distancia de alguien que no investigara lo mismo que nosotrxs, para relevar inseguridades, miedos y, con falsa modestia, alguna que otra alegría o éxito académico.

Recuerdo ver con asombro uno de los volúmenes de “El capital” en el escritorio de Beatriz y las pilas de libros de Foucault que llevaba y traía Emiliano. Siempre le faltaba el que más quería leer ese día, o siempre una maldita referencia lo llevaba a un libro que había dejado en su casa. Un día, recuerdo pararme atrás de Bety, que estaba prácticamente con la nariz pegada al monitor. Estaba codificando una tonelada de entrevistas en profundidad. Me explicó cómo usaba el Atlas.ti y qué intentaba hacer. Me mostró sus árboles de significados en torno al cuerpo de los empleadxs de supermercados. Estaba emperrada en conocer en toda su complejidad la explotación que padecían estas personas. Quedé muy impresionada con su monumental trabajo artesanal.

En otra ocasión, Emi, sentado en el escritorio a mi lado se tentó de risa. No podía creer que yo estuviera tan concentrada y copada analizando presupuestos de hace cuarenta años, tenía razón y me reí muchísimo yo también. Él estaba emperrado en lograr una lectura honesta y original de Foucault, yo estaba emperrada en desentrañar empíricamente la estructura burocrática-política de la unesco, más allá del velo democrático con el que se presentaba la Organización, y buscaba y buscaba variables estructurales para el Análisis de Correspondencias Múltiples, flasheaba con desenmascarar así al imperialismo. Siento que hacer una tesis doctoral es estar emperrada, emperrada con algo, con ese objeto que construimos con jirones de nosotras mismas.

Desde 2010 hasta que entregué la tesis mi principal interlocutora emocional-académica fue Natalia. En los agradecimientos de mi tesis doctoral le escribí:

Un agradecimiento único merece mi amiga Natalia Rizzo, con quien compartimos mates y perplejidades ante el ‘mejor trabajo del mundo’, y con quien dialogué libremente –a veces de forma real, y otras tantas veces de forma imaginaria– sobre mi trabajo de investigación. Juntas contra viento y marea.

La clave era eso de hablar libremente. Nuestros primeros mails de 2010-2012 son de una complicidad académica total, en esta correspondencia se entretejen cuestiones de trabajo con cuestiones cotidianas. Intercambios conceptuales –en torno a nuestra ponencia en el workshop del equipo de 2010 y sobre la exposición de la Noblesse d’Etat (2013 [1989])– lecturas comunes, una traducción de nuestra formación como politólogas, las idas y vueltas de la escritura conjunta, trámites del doctorado, se mezclaban sin pudor y sin dificultad con preguntas sobre jardinería, deportes, trucos para eliminar hormigas, recetas y chismes sobre las personas de ese universo nuevo que compartíamos recientemente.

Con Natalia no debía disimular en términos personales lo que me impedía prestar atención, el agotamiento mental, una pena/euforia de amor o un enojo por sentir que no se valoraba determinado aspecto de mi trabajo. Y en términos académicos no debía disimular lo que no sabía, lo que no entendía, lo que no podía resolver en el trabajo cotidiano. Con Natalia hacía gala de un pragmatismo destripado que me tomó por completo y se volvió un sello personal ante mis pares de la Sala 2 y el equipo de investigación. Siempre en un tono jocoso le escribía cosas a Natalia como la que cito a continuación. Refiriéndome al plan de trabajo y al informe de avance para la postulación a la beca tipo II le decía: “No hay que tener vergüenza de mentir un poquito y usar los verbos en pasado cuando en realidad deberían ir en presente o en futuro. Los dos documentos tienen que ser bien complementarios.”[11]

Hoy me cuesta identificar de dónde venía esta confianza loca, esta desfachatez con la que me disfracé para pasar distintas instancias de mucha presión. Creo que tienen que ver con una disposición al trabajo y al sacrificio que heredé de mi familia y que me había dado buenos resultados en la carrera de grado. “Todo en la vida es sacrificio” rezaba mi abuela… sentada, estudiando diez horas por día había preparado y aprobado, casi sin dificultades, una materia tras otra. En el medio había militado, ido a fiestas y viajado mucho. ¿Por qué esa fórmula no iba a volver a funcionar? En ese entonces, para mí no había obstáculo que no se superara con una buena sobrecarga de horas de trabajo y compromiso con la tarea a la que estaba avocada. Estaba equivocada por supuesto.

En los mails de estos primeros años también se puede leer cómo encarábamos juntas con Natalia toda actividad novedosa. Nos reuníamos seguido para trabajar durante las tardes. Desde 2009, empezamos a escribir en co-autoría y pasamos juntas un semestre cursando seminarios en la uba en 2010. Yo cumplía un sueño, cursar en el escenario de tantos mitos de la política estudiantil, ella volvía a los pasillos de la facultad de sus amores. En 2012, en la presentación de la beca tipo II, se hicieron más intensos nuestros intercambios a nivel emocional. Hoy, casi diez años después, al releer esos mails me parece que estábamos en una carrera de 2000 metros con vallas. Cuando una tropezaba con un obstáculo la otra se volvía para levantarla y seguir corriendo.

El 2013, para el equipo, fue un año con un ritmo de trabajo frenético, como solía decir Fernanda. Desde 2009 había habido una defensa doctoral tras otra en el equipo. Cuando alguien estaba por entregar su tesis, Fernanda decretaba la “emergencia académica”, es decir que estuviéramos todxs a disposición de esa persona que estaba por parir su tesis doctoral. Todos los ensayos de defensa de tesis los hacíamos juntxs cuando ya estaba el jurado conformado y se podía pensar una estrategia de defensa. Los avances durante los años anteriores también los habíamos puesto en común durante jornadas que dividíamos en debates teóricos-conceptuales y avances de investigación. Estas instancias colectivas complementaban el trabajo individual con nuestra directora y –junto con los asados con vino y karaoke– generaban un fuerte espíritu de equipo. Además, Fernanda, en aquel entonces, cuidaba celosamente que nadie le pisara el tema de investigación a nadie.

Ese año también, con Natalia realizamos otra exposición épica en francés. Preparamos el libro “Sur l’ Etat” (2014 [2012]). En la presentación consta que, al menos yo, había abrazado plenamente este marco teórico. Una filmina de power point decía: “Recomendamos fervientemente su lectura.” En noviembre, apenas unos días después, Natalia fue mamá por primera vez y yo me fui a un intercambio académico a Freiburg primero[12] y a París después, para hacer por fin, in situ, mi trabajo de campo.[13]

Como compañera de aventuras académicas, la extrañé muchísimo a Natalia. Recuerdo salir del archivo de la unesco y caminar por París comentándole mentalmente el trabajo de relevamiento de ese día. Armaba con ella, en mi cabeza, la estrategia del día siguiente.[14] La dificultad radicaba en que, en relativamente poco tiempo, 30 días, debía seguir la mayor cantidad posible de pistas documentales, distinguir qué documentos eran los más valiosos y no estaban digitalizados y encontrar perlitas latinoamericanas en un mar de procedimientos y pases burocráticos de hacía más de 40 años. Obsesionada con mi objeto de estudio, empeñada en desentrañar ese archivo gigante, caminaba por la ciudad de las luces. Un lujo, ese fin de año me sentía muy afortunada, y a la vez muy sola. No había techo a la vista (¿era acaso de cristal?) para mi trayectoria académica, pero en términos personales no era tan claro el panorama. Este sentir ambiguo entre orgullo profesional y soledad se puede leer muy claramente en los mails y los chats que tenía con mis amigas más íntimas. Hay un sentir de “sí, es una experiencia increíble” y a la vez un reflexionar triste y solitario acerca de mis perspectivas de vida, sobre el amor y la relación con el que en aquel entonces era mi compañero y la posibilidad de tener o no unx hijx. Ya empezaba a pesarme el dilema, impuesto a tantas mujeres con toda su carga de ambigüedad, de “la carrera o la vida”.

Con el trabajo de campo finalizado, el 2014 fue mi año de encierro de tesis. A lxs compañerxs de la Sala 2 casi no lxs volví a ver. Recuerdo despertar un año después y ver estupefacta en qué estado estaban mis vínculos familiares, de amor y de amistad. En los meses finales de escritura ponía en YouTube el recital “Los Redondos en Stud Free Pub (13-07-1985)”. Mientras Skay probaba la guitarra yo cebaba el primer mate, en el primer tema, “Música para pastillas”, disponía los archivos en el escritorio de Windows y consumía los últimos segundos de desatención. En la segunda canción cuando el Indio pronunciaba gravemente “Luz, luz que el infierno esta encantador esta noche” yo sentía que era un grito de guerra y, transportada por el saxo de Willy Crook, empezaba la jornada de catorce horas de trabajo por diez de sueño. Estaba en trance, solo levantaba la cabeza para salir a pasear a mi perra Pampa. El único alimento que recuerdo es el arroz blanco.

En el invierno de 2015, yo acababa de entregar mi tesis doctoral y Bety estaba en pleno proceso de escritura de la suya. Nos reunimos en mi departamento de aquel entonces para hacer un programa de Sociología para la Universidad de Congreso. Le propuse que diéramos juntas la materia, pero la paga magra y los horarios, no nos convenían si compartíamos la tarea. Yo necesitaba llenar el casillero “docencia” del sigeva y generar un ingreso hasta que lograra obtener la beca postdoctoral. Sin embrago, café de por medio, mientras me ayudaba a armar lo que sería mi primer programa docente llegamos a la conclusión de que escribir la tesis era luchar contra tus propios demonios. Suena dramático, pero es así. Definitivamente en tu tesis podés leer entre líneas tus miedos, inseguridades, caballitos de batalla, incredulidades, obsesiones y encontrar después de mucho buscar una que otra de tus perlitas intelectuales. Son tan bellas y brillan, pequeñas, cobijadas entre hilos mentales tan efímeros

En los agradecimientos de mi tesis doctoral le escribí a mi directora: “Quiero agradecerle también por hacerme dudar de cada una de mis imprudencias y alimentar, al mismo tiempo, mis audacias.” Esta frase, además de dar una idea muy acertada del rol de una directora, me describe de alma entera, porque una investiga con todo de sí. Para mí hacer el doctorado fue un acto de arrojo, una batalla donde no ganan necesariamente lxs más inteligentxs y brillantxs sino lxs más aguerridxs y trabajadorxs, aquellxs que no se desmoronan cuando pasan evaluación, tras evaluación, tras evaluación, tras evaluación, tras evaluación, tras evaluación… nunca es suficiente. Por definición el CV siempre está incompleto en esta carrera. Los que fueron un logro titánico –la primera beca, la misma tesis doctoral– en un instante, muy pronto, se convierten en un antecedente más en un rosario de exigencias institucionalizadas e incorporadas.

Epílogo en el vacío

El 22 de mayo de 2015, la entrega física de las tres copias impresas de mi tesis doctoral en la oficina de la sede de Marcelo T. de la Facultad de Sociales de la uba me produjo un gozo muy grande, una sensación de “lo logré” que rayaba el éxtasis. Me recuerdo riéndome sola en el tren, tentada, muy feliz. Hasta el momento de la defensa estuve suspendida en un vacío interestelar, releía la tesis sentada en un banco de la Plaza Independencia y me descubrí acariciando las páginas, pasándolas con toda lentitud más que prestando atención al contenido. Luego de la defensa me tomó un cansancio mental soberbio, imaginaba cómo mi cerebro se derretía después de la tensión de esos años. Una vez finalizada esta etapa que había consumido mis días uno tras otro incansablemente, me asaltó el deseo, tan disimulado hasta entonces, de ser mamá. La preocupación por ingresar a carrera siguió siendo punzante porque quería alcanzar ese reconocimiento (¿final?) y la ansiada estabilidad económica y laboral. Pero reflexionar sobre estos últimos años es demasiado precipitado aún.

Por lo pronto quiero rescatar uno de los más bonitos aprendizajes que hice durante los años del doctorado y que hoy intento trasmitir en las clases de metodología y en mi incipiente rol de directora. Fue en el marco de Taller Doctoral II, en 2013, dictado por Sebastián Touza, Osvaldo López Ruiz y Lucrecia Wagner, que cursamos, para variar, con Natalia. Sebastián en una de sus devoluciones nos dijo que más allá de debates académicos y presiones institucionales debíamos buscar nuestras propias voces como autoras, hasta el momento no había habido instancias que nos propusieran semejante audacia. Creo que esta era una posibilidad en los márgenes de la carrera en la que me había embarcado, y que no había sido capaz de ver. Meses después, cuando la escritura de la tesis se hizo muy pesada, muy mecánica, muy estadísticamente concreta el desafío de Sebastián me resonó como una campanita que me hizo despertar. Y en esa estoy, todavía hoy, buscando que mi voz como autora se abra, se exprese y encuentre/co-construya espacios de libertad académica.


  1. De Anabella a Fernanda, 6 de mayo de 2008, 11:21 hs.
  2. De Fernanda a Anabella, 6 de mayo de 2008, 11:59 hs.
  3. De Anabella a Fernanda, 7 de julio de 2008, 20:01 hs.
  4. Algo que hoy juzgo como básico, pero que, a raíz de mi experiencia como jtp en la cátedra de Metodología para la Investigación en Ciencia Política, sé que es un obstáculo pedagógico muy difícil de sortear.
  5. De Fernanda al equipo de investigación, 25 de agosto de 2008, 20:04.
  6. De Anabella a Fernanda, 25 de agosto de 2008, 19:38 hs.
  7. De Anabella a Fernanda: Desgrabación, 20 de septiembre de 2008, 17:10 hs; ¡Help!, 23 de septiembre de 2008, 21:12 hs; Necesito me envíes, 4 de octubre de 2008, 13:55 hs.
  8. De Anabella a Fernanda, 18 de noviembre de 2008, 13:09 hs.
  9. De Fernanda a Anabella, 18 de noviembre de 2008, 18:05 hs.
  10. De Anabella a Fernanda, 18 de junio de 2009, 17:22 hs.
  11. De Anabella a Natalia, Sobre admisión, 1 de junio de 2012, 17:13 hs.
  12. De Anabella al equipo de investigación, Noticias desde las Uni de Freiburg, 15 de noviembre de 2013, 7:42 hs; de Anabella a lxs compañerxs de la Sala 2, Uni de Freiburg, 15 de noviembre de 2013, 7:46 hs.
  13. De Anabella al equipo de investigación, Archivo para todos, 18 de diciembre de 2013, 14:35 hs.
  14. De Natalia a Anabella, Felicitaciones, 20 de noviembre de 2013, 9:36 hs.


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