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Prólogo

Diego Levis[1]

Durante las últimas décadas, desde distintos ámbitos se promueve la incorporación de computadoras y otros dispositivos informáticos en todos los niveles educativos (desde la primaria a la universidad) aludiendo a los más variados motivos (actualización tecnológica, adecuación al mercado laboral, inclusión social, formación de RR.HH., resolución de la crisis de la escuela, etc.). En pocos casos priman razones pedagógicas. Estas propuestas son acompañadas por una continua y creciente desacreditación de la escuela moderna.

Lo cierto es que la escuela moderna, surgida como respuesta a las necesidades de la sociedad industrial, lleva varias décadas en “crisis” (lo que se designa o busca describir con “crisis” de la escuela está supeditado a la función y a los objetivos que se confieran al sistema educativo). En este contexto, muchos autores promueven la superación de la escuela como ámbito preferente de enseñanza y aprendizaje. Hay voces que incluso proclaman la muerte de la escuela, en tanto la consideran un dispositivo anticuado y obsoleto. Unos y otros olvidan proponer verdaderas alternativas viables al actual modelo de educación de masas.

La escuela debe cambiar porque el mundo actual tiene características y necesidades diferentes a las de la sociedad en la que fue creada, en este punto la coincidencia es prácticamente unánime. El desafío es integrar al sistema educativo en la realidad social y cultural de la sociedad de la pantalla en la que vivimos. Transformar la escuela, no descartarla.

La continua expansión del uso social de pantallas de distinto tipo y funciones refuerza la condición ubicua de la pantalla, entendida como elemento característico y, en tal sentido, fundamental de las tecnologías electrónicas que median, de modo creciente, nuestra relación con el mundo y con nuestros semejantes. La pantalla electrónica, ubicua e insomne, se ha erigido en constructor preferente de subjetividades sociales, escenario en el que todo parece legitimarse (o, alternativamente, condenarse). La percepción de la realidad, nuestra idea del mundo, la noción del tiempo y del espacio, la manera de relacionarnos con nosotros mismos, con nuestro entorno y con nuestros semejantes, están afectadas por un lento pero profundo proceso de transformación social y cultural del cual en pocas ocasiones tenemos plena conciencia. Por esto, el sistema educativo debe aceptar la imposibilidad de conservar vigentes modalidades de enseñanza y aprendizaje, formas de evaluación, estructuras disciplinarias y organizativas concebidas para la sociedad industrial asumiendo que la pantalla (televisor, celular, computadoras, etc.), se utilice o no en el aula, participa directa o indirectamente en los procesos de enseñanza y aprendizaje. Las dificultades y los obstáculos para conseguirlo no son menores.

Desde inicios de la década de 1980 se han ido sucediendo iniciativas públicas y privadas para incorporar distintas generaciones de dispositivos informáticos en la educación. La confluencia de la crisis educativa y los cuestionamientos a la escuela moderna, la innovación tecnológica en el campo de la informática y de las redes telemáticas (Internet y otras), la rápida apropiación social de computadoras, y otros dispositivos digitales unido a las presiones políticas y sociales (derivadas del poder lenitivo atribuido a la incorporación de las computadoras en la educación) y a las presiones de empresas del sector informático y de telecomunicaciones (Microsoft, Intel, HP, Telefónica, etc.) han impulsado la generalización de este tipos de acciones. Sin embargo, muy pocas de estas experiencias cumplieron las promesas y expectativas previas de sus promotores.

La ausencia de estrategias pedagógicas y de planificación tiene mucho que ver con las dificultades y los obstáculos encontrados. Lo fundamental no es incorporar computadoras en el aula, sino saber para qué se van usar. Si no sé hacia dónde quiero ir es muy difícil elegir una ruta que me permita llegar a un buen destino.

A pesar de los pobres resultados educativos de los sucesivos intentos por incorporar las computadoras en la escuela, la “promesa digital” continúa viva. En la última década, la progresiva disminución del tamaño y peso de los dispositivos informáticos (así como la disminución de su costo y el desarrollo de conexiones de redes inalámbricas de alto rendimiento) impulsaron una renovación de las iniciativas para integrar los dispositivos informáticos en la educación formal. El punto de inflexión de esta nueva tendencia fue el anuncio del proyecto “Una computadora por niño” (OLPC) durante la Conferencia Mundial para la Sociedad de la Información, celebrada en Túnez en noviembre de 2005.

A partir de entonces, autoridades de distintos países del mundo comenzaron a considerar la entrega gratuita de computadoras portátiles (netbooks) a todos los estudiantes y docentes del sistema público de educación (tanto a nivel nacional como regional o provincial), modalidad conocida como plan 1 a 1. Respondiendo a esta inquietud, en 2007, el gobierno de Uruguay puso en marcha el Plan Ceibal, destinado inicialmente a la educación primaria. Tres años después, el gobierno de la Argentina lanzó el Programa Conectar Igualdad, destinado a repartir computadoras portátiles a todos los estudiantes y docentes de las escuelas secundarias, de las escuelas de educación especial y de los Institutos de Formación Docente de gestión estatal.

Conectar Igualdad y otros planes 1 a 1 tienen entre sus principales objetivos transformar y mejorar la escuela y favorecer la inclusión social de niños y jóvenes, atribuyendo al acceso y uso de los dispositivos informáticos, por sí mismos, poder de transformación social, educativa y cultural, acordes a la extendida “promesa digital”.

Una vez que Conectar Igualdad ha distribuido más de 4 millones de computadoras cabe plantearse una serie de preguntas. ¿Los resultados de Conectar Igualdad y de otros planes 1 a 1 están respondiendo a las expectativas iniciales? ¿Se están cumpliendo los objetivos previstos? ¿Los usos que hacen niños y jóvenes de las netbooks están dando lugar a una renovación de las prácticas educativas? ¿Qué representa para los jóvenes el acceso a y el uso de estas máquinas en la escuela? ¿Y en sus casas y para sus familias? ¿Cuál es la actitud de los docentes? ¿Están satisfechos con la presencia de las computadoras en el aula? ¿Notan una mejoría en la actitud, interés y compromiso de los estudiantes? Las preguntas se suceden. ¿Conocemos las respuestas?
Este libro presenta resultados de diversas investigaciones sobre Conectar Igualdad y otros planes 1 a 1 desarrollados en la Argentina y sobre el Plan Ceibal en Uruguay, ofreciéndonos las primeras respuestas a las preguntas planteadas y abriendo nuevos interrogantes sobre la problemática tratada.

De tecnologías digitales, educación formal y políticas públicas. Aportes al debate constituye una importante contribución para conocer, desde distintas miradas, las implicancias sociales, culturales y educativas generadas a partir de los planes enfocados a la incorporación “universal” de computadoras en el aula, impulsando la reflexión y el debate acerca del rol que tienen los dispositivos digitales en la vida de niños y jóvenes en la sociedad de la pantalla. De tal modo, el libro ofrece pistas para el diseño de propuestas pedagógicas que, respondiendo a los usos, percepciones y expectativas de estudiantes y docentes, permitan abordar con mayor seguridad el camino que queda por recorrer hacia una educación que impulse la construcción de una sociedad más justa y libre.

Agradezco la iniciativa de Silvia Lago Martínez y del equipo de investigadores que trabaja junto a ella en el Instituto Germani, así como al resto de los autores que han contribuido con sus aportes, por este sugerente y necesario libro.

 

Diego Levis

Buenos Aires, 4 de septiembre de 2014

 


  1. Prof. titular regular de Tecnologías educativas (FSOC-UBA).


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