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3 Países, ciudades y territorios en el capitalismo informacional

Se presentan los principales debates para conceptualizar la etapa iniciada en el último cuarto del siglo XX como consecuencia de lo que Castells (1995) considera que fueron dos procesos convergentes: la reestructuración capitalista y la emergencia de un nuevo paradigma tecno-económico. A continuación, se analiza el despliegue del capitalismo informacional (CI) a escala global, y se introducen las principales características del paradigma tecno-económico en el cual la información y el conocimiento adquieren un lugar central; incorporando una mirada desde los países de la periferia, haciendo énfasis en Argentina.

Luego se aborda el rol de las ciudades en el informacionalismo, dando cuenta de los debates en torno a las reconfiguraciones en las relaciones entre lo local y lo global en el marco de la presente etapa, donde las ciudades y territorios pujan por insertarse favorablemente en el CI a partir de diferentes estrategias y mecanismos. Finalmente, se problematiza sobre las especificidades de las ciudades intermedias en el período analizado, en el cual, a pesar de reforzarse el papel de las ciudades de mayor jerarquía, que son las que ejercen el comando de la economía mundial, éstas enfrentan nuevas oportunidades para resituarse en la red global.

3.1. Aperturas teóricas en torno a la reestructuración capitalista y el cambio tecnológico en el último cuarto del siglo XX

Desde la década de 1960, distintas generaciones de cientistas sociales señalaron la existencia de una transición, todavía en proceso, entre la sociedad industrial y la sociedad informacional (Artopoulos, 2015). Si bien se valen de diferentes conceptos para analizarla, se instaló la idea de que el conocimiento y la información constituyen elementos fundamentales para describir la dinámica de las economías centrales, al mismo tiempo que forman parte de un modelo de desarrollo posible y deseable para los países (Marrero, 2007). Con diversas denominaciones, como sociedad post-industrial (Bell, 1976; Touraine, 1973), sociedad de la información (OCDE, 1975; CEPAL, 2003), sociedad del conocimiento (UNESCO, 2005; Finquelievich, 2016; Crovi Druetta, 2004), capitalismo informacional (Castells, 1999; Blondeau, 2004; Zukerfeld, 2005; Fuchs, 2008; Artopoulos, 2015), cognitivo (Vercellone, 2004; Boutang, 2004; Míguez, 2013; Zukerfeld, 2010), y -más recientemente- de plataformas (Srnicek, 2018), tratan de captar los cambios tecnológicos, económicos, políticos, sociales y culturales que se produjeron a partir del período descripto. En palabras de Fuchs (2008), esta diversidad conceptual está atravesada por una importante pregunta sociológica: ¿qué rol desempeñan las tecnologías y la información en las sociedades contemporáneas?

3.1.1. Los postulados del post-industrialismo

Uno de los primeros trabajos en señalar el profundo cambio que estaba experimentando la sociedad industrial fue el de Bell (1976), quien utilizó el concepto de sociedad post-industrial para describir una época en la que se estaba produciendo un cambio axial en la estructura social, a partir de la transición de una economía productora de mercancías hacia una proveedora de servicios. El argumento de Bell era que en los próximos treinta o cincuenta años, se produciría el surgimiento de una sociedad post-industrial como consecuencia de un profundo cambio en la estructura de las sociedades modernas, a partir de la naturaleza cambiante de la economía y del nuevo papel del conocimiento en la innovación y la dirección del cambio social.

Lo que diferencia a la sociedad post-industrial de su predecesora, según Bell (1976), es: a) el creciente desplazamiento de una economía productora de mercancías a una economía proveedora de servicios (sanidad, educación, investigación y gobierno) permite la expansión de una intelligentsia en las universidades, organizaciones de investigación, las profesiones y el gobierno; b) el cambio en la distribución ocupacional que se manifiestan a través del fuerte desarrollo de profesionales y técnicos; c) la organización de la sociedad bajo un nuevo principio axial, basado en el conocimiento teórico, para lograr control social, dirigir la innovación y el cambio. La unión de ciencia, tecnología y técnicas económicas, permitió que surgieran industrias basadas en la ciencia que dependen de un trabajo teórico anterior a la producción. Por lo tanto, el conocimiento teórico se convierte en un recurso estratégico, y las universidades, las organizaciones de investigación y las instituciones intelectuales, se transforman en las estructuras axiales de la sociedad post-industrial; d) el control de la orientación futura de la tecnología permitirá alcanzar una nueva dimensión del cambio social, la planificación y el cambio tecnológico; e) surge una nueva tecnología intelectual que modifica la toma de decisiones e instrumenta estrategias para la elección racional.

Bell no fue el único que identificó una revolución a partir del crecimiento del sector servicios y alertar sobre la pérdida definitiva del peso del trabajo manual, como consecuencia de la introducción de tecnología. Touraine (1973) coincide con Bell en señalar que el conocimiento constituye un elemento definitorio para la configuración de un nuevo tipo de sociedad, que depende de forma creciente del conocimiento y la capacidad de la sociedad para estimular la creatividad. Desde su perspectiva teórica, el crecimiento económico

no es producto solamente de la acumulación de capital sino también de otros factores sociales cuyo determinante es el conocimiento científico y técnico. Y una primera consecuencia es que la clase trabajadora pierde la posición central que tenía en la sociedad industrial. Por su parte, la “clase dominante” no es más identificable con la que ostenta los lucros de la inversión privada, sino aquella que administra el conocimiento y las informaciones (Falero, 2011: 44-45).

El planteo post-industrialista suscitó fuertes críticas. Sin desconocer la importancia de los servicios, la relevancia del sector industrial es insoslayable en la actualidad. Conceptos recientes -como el de cuarta revolución industrial (Schwab, 2016)- no plantean la supremacía de una economía basada en los servicios, sino más bien una economía cuyo proceso productivo está atravesado por la informatización y la digitalización de la producción (Basco, Beliz, Coatz y Garnero; 2018). Si bien la importancia del conocimiento codificado para la valorización del capital es evidente en la actualidad, esto no implica necesariamente el arribo de una sociedad post-industrial y una economía basada en servicios.

3.1.2. Sociedad de la información: un concepto hegemónico

Con el paso del tiempo, otros conceptos procuraron caracterizar a la sociedad que se estaba prefigurando en el período señalado. Uno de los más extendidos es el que hace referencia a la sociedad de la información, utilizado tempranamente por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en 1975. Paulatinamente, logró un importante consenso entre autores provenientes de distintas disciplinas, al tiempo que fue incorporado por diferentes organismos internacionales, gobiernos nacionales y sub-nacionales, para delinear estrategias de desarrollo y fundamentar el diseño de políticas públicas con variados enfoques y objetivos[1]. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), por ejemplo, impulsó en 2003 la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información en Bávaro, donde se reconocía a la información y el conocimiento como fuentes fundamentales de bienestar y progreso[2], y los participantes se comprometían a desarrollar acciones para disminuir la brecha digital, erradicar la pobreza y promover el desarrollo social, entre otros temas.

Desde una perspectiva crítica, Mattelart (2002) considera que el concepto tiene un carácter normativo que procura impulsar y legitimar nuevas formas de hegemonía propias de la globalización neoliberal; mientras que la CEPAL (2003) lo concibe como una herramienta para diseñar políticas inclusivas para el desarrollo. También fue -y es- utilizado con fines explicativos que buscan caracterizar una etapa signada por fuertes transformaciones en el plano social y tecnológico. Según Finquelievich, el concepto se utiliza, en la práctica, para caracterizar a una sociedad en la cual

la creación, distribución y tratamiento de la información, basada en el uso de TIC, se han vuelto las actividades sociales, económicas y culturales más relevantes. Con frecuencia se contrasta la Sociedad de la Información con sociedades en las cuales la base económica es primordialmente agraria o industrial (2016: 25).

La especificidad de la sociedad de la información respecto a sus predecesoras es que la información se convierte en fuente de riqueza que repercute en todos los sectores de la sociedad. Una de las claves técnicas, según Crovi Druetta (2004), es el proceso de digitalización que transforma las formas de producir, almacenar y difundir información, y el funcionamiento de los sistemas de producción, educación y entretenimiento.

Mattelart (2002) considera que la noción de sociedad de la información es adecuada para dar cuenta de la cantidad creciente de intersticios de la vida cotidiana e institucional que son penetrados por las tecnologías de la información. Sin embargo, la ideología dominante de esta sociedad no es otra que la del mercado, por lo que no existen demasiadas posibilidades para plantear una alternativa crítica sobre la apropiación de dichas tecnologías. Los postulados de la sociedad de la información serían el resultado de una construcción geopolítica que logró penetrar en las referencias políticas, económicas y académicas a finales de los sesenta; y se consolidó en la década siguiente. Recién a fines del siglo XX, con la revolución de la información y la aparición de internet, puede observarse su verdadero sentido geopolítico “cuya función es la de garantizar la reordenación geoeconómica del planeta en torno a los valores de la democracia de mercado y en un mundo unipolar” (2002: 135).

Crovi Druetta (2004) reconoce que el avance de la sociedad de la información cuenta con una base común respecto al neoliberalismo. Sin embargo, en última instancia, éste se concreta según las particularidades de cada nación y bajo ciertas condiciones, por lo que no es posible pensar en un modelo único sino en bases compartidas que permiten incidir en su desarrollo a partir de la política.

Pyöriä (2005) también trabaja sobre la idea de sociedad de la información para referirse a la emergencia de una economía global basada en altas habilidades y calificaciones de los trabajadores, en la que el trabajo tiende a ser menos estandarizado y más flexible, demandar mayor educación y calificación, y los efectos de la tecnología en las organizaciones y la sociedad en general se expanden notablemente. Se pregunta si se está ante la presencia de una nueva fase del capitalismo, cualitativamente diferente a la anterior, en la que también se producen transformaciones en las organizaciones y los mercados laborales. Si bien considera que es complejo dar una respuesta concluyente, su respuesta es afirmativa. Su abordaje sobre el concepto de la sociedad de la información reviste un carácter analítico, y su principal interés gira en torno al análisis de los nuevos trabajadores del conocimiento (knowledge workers).

3.1.3. Sociedad del conocimiento: ¿Del progreso tecnológico a la búsqueda de bienestar?

Existe una fuerte carga valorativa en los enfoques ligados a la sociedad de la información, en general optimista, al considerar que el uso de TIC habilitaría un camino posible hacia el desarrollo. Según Cyranek (2008), luego de varias décadas, dicha premonición está lejos de haberse cumplido y comenzó a instalarse la noción de sociedad del conocimiento. Drucker (1999) es uno de los primeros en referirse a ella al señalar que la nueva forma de trabajar, surgida como consecuencia del cambio de paradigma que implica la transición de una economía basada en bienes materiales a una economía basada en conocimiento, permitía hablar del paso de una sociedad industrial a una sociedad del conocimiento. Esta sociedad se caracteriza por una estructura socio-económica en la que el conocimiento sustituye al trabajo, las materias primas y el capital como fuente de productividad y crecimiento (Krüger 2006; Fuchs, 2008).

UNESCO adopta este concepto como una meta u horizonte a alcanzar, una aspiración o ideal que señala las limitaciones existentes para alcanzar el desarrollo exclusivamente por medio de la producción de información (Cyranek, 2008). La principal diferencia entre la sociedad de la información y la sociedad del conocimiento, desde la perspectiva de UNESCO, es que mientras la primera se centra fundamentalmente en el progreso tecnológico, la segunda hace referencia al bienestar de los individuos y comunidades, donde la educación y la formación constituyen un factor necesario para el cambio social (Cyranek, 2008). Si bien el conocimiento, que se transforma en un recurso clave (Finquelievich, 2016; Janowsky et al, 2016; UNESCO, 2005), se vale de la información, no puede ser reducido a ella ya que ésta es incapaz de generar conocimiento por sí sola (Cyranek, 2008)[3].

El enfoque de la economía del conocimiento, surgido en el ámbito de la OCDE, fue desarrollado por autores como David y Foray (2002), cuyos trabajos fueron influyentes para UNESCO. Ellos sostienen que la distinción entre quienes tienen acceso a la información y quienes no lo tienen, propia de la sociedad de la información, es engañosa porque lleva a creer que “un acceso libre a la red y que la instalación de un terminal en cada hogar resolvería todos los problemas. Ahora bien, el verdadero problema no es forzosamente la información sino el conocimiento, tan difícil de reproducir en cuanto capacidad cognoscitiva” (David y Foray, 2002: 13).

El conocimiento debe ser distinguido de la información, ya que

poseer conocimientos, sea en la esfera que sea, es ser capaz de realizar actividades intelectuales o manuales. El conocimiento es por tanto fundamentalmente una capacidad cognoscitiva. La información, en cambio, es un conjunto de datos, estructurados y formateados pero inertes e inactivos hasta que no sean utilizados por los que tienen el conocimiento suficiente para interpretarlos y manipularlos (David y Foray, 2002: 7).

La economía fundada en el conocimiento[4] rompe con el pasado en diversos planos:

a) Evidencia una aceleración sin precedentes del ritmo de creación, acumulación y depreciación del conocimiento que se plasma en una fuerte intensidad del progreso científico y tecnológico;

b) La expansión del capital intangible en el plano macroeconómico, constituido en gran parte por inversiones en capacitación, actividades de I+D, información y coordinación, que no se circunscribe únicamente a sectores de alta tecnología y servicios de información y comunicación, sino que abarca progresivamente al conjunto de la economía;

c) La innovación se intensifica y acelera dado que se convierte en un medio para sobrevivir en economías competitivas y globalizadas, y sus fuentes se hacen más difusas, ya que se distribuye de forma más amplia entre lugares y participantes;

d) La era digital revoluciona las tecnologías de producción y distribución de información y conocimiento, que tiene como consecuencia la creación de una abundancia de información, aumentar las interrelaciones creativas entre productores, proveedores y clientes que pueden crear objetos modificables infinitamente, acceder y procesar grandes volúmenes de datos, y desarrollar sistemas descentralizados y a gran escala de recopilación de datos e intercambio de resultados, entre otros (David y Foray, 2002).

Este enfoque hace énfasis en los cambios técnicos que impactan sobre la producción, difusión y apropiación del conocimiento, escindiendo el ámbito económico del de las relaciones sociales y quedando relegado el análisis sobre las interacciones, disputas y conflictos de saber y poder (Míguez, 2014).

3.1.4. Castells: sociedad red y capitalismo informacional

Dirigir la mirada, exclusivamente, sobre el recurso que se transforma en dominante para el incremento de la productividad y la valorización del capital en una determinada etapa, puede llevar a posiciones deterministas respecto a la relación entre cambio tecnológico y cambio social. Como afirma Castells (1999), uno de los autores más influyentes sobre el tema, la lección clave es que

la innovación tecnológica no es un acontecimiento aislado. Refleja un estado determinado de conocimiento, un entorno institucional e industrial particular, una cierta disponibilidad de aptitudes para definir un problema técnico y resolverlo, una mentalidad económica para hacer que esa aplicación sea rentable, y una red de productores y usuarios que puedan comunicar sus experiencias de forma acumulativa (Castells, 1999: 63).

Considera que el concepto de sociedad red no puede entenderse sin comprender de forma interactiva dos tendencias relativamente autónomas: el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y el intento de la antigua sociedad de re-equiparse. El factor histórico decisivo para canalizar el paradigma de las tecnologías informacionales, según Castells (1999), fue el proceso de reestructuración capitalista emprendido desde la década de 1970. La necesidad empresaria de encontrar mercados listos para absorber una capacidad productiva en aumento de bienes y servicios, requirió extrema movilidad del capital, y las empresas necesitaron incrementar sus capacidades de comunicación. La desregulación de los mercados y las nuevas tecnologías de información proporcionaron esas condiciones.

El concepto sociedad red, si bien permite captar la nueva morfología social naciente y dar cuenta de los cambios en el capitalismo que tienden a una acumulación globalizada y flexible, como señala Fuchs (2018), también puede llevar a perder de vista las relaciones de dominación, el desmantelamiento del Estado de Bienestar y los derechos laborales, que se produjeron al legitimar un patrón de organización social, en red, que aparece como natural. Lo problemático del concepto es que pierde de vista un elemento central: que se está ante una sociedad capitalista que efectivamente está reestructurándose y transformando su forma organizativa[5].

A pesar de las críticas recibidas, es el propio Castells (1995, 1999) quien cuestiona la idea de que los cambios en el paradigma tecnológico impliquen, por sí solos, el nacimiento de un nuevo tipo de sociedad[6]. Para explicar esto trabaja sobre el concepto de modo de desarrollo, diferente al modo de producción. Como se señala al inicio de la tesis, mientras que el modo de producción refiere a cómo (o quién) se apropia del excedente, el modo de desarrollo se relaciona con el nivel del mismo, determinado por la productividad del proceso de producción.

Cada modo de desarrollo se define por el elemento fundamental que determina su productividad, por lo que la particularidad del modo informacional es que el conocimiento actúa sobre la propia información y conocimiento para generar mayores niveles de productividad. El paso del modo de desarrollo industrial al informacional no es el equivalente histórico de la transición entre las economías agrícolas e industriales, ni puede ser equiparado -al estilo post-industrial- al surgimiento de una economía de servicios. Por el contrario, la especificidad del informacionalismo es su transversalidad. En palabras de Castells:

Existen agricultura informacional, industria informacional y actividades de servicios informacionales que producen y distribuyen basándose en la información y el conocimiento incorporados al proceso de trabajo por el poder creciente de las tecnologías de la información. Lo que ha cambiado no es el tipo de actividades en el que participa la humanidad, sino su capacidad tecnológica de utilizar como fuerza productiva directa lo que distingue a nuestra especie como rareza biológica: su capacidad superior para procesar símbolos (1999: 119).

Castells es quien introduce la noción de capitalismo informacional justamente para no perder de vista que a pesar del cambio en el modo de desarrollo hay una continuidad en el modo de producción. A pesar de volcarse hacia la noción de sociedad informacional a lo largo de su obra, reconoce el carácter capitalista de la misma[7].

Al igual que la mayoría de los autores mencionados, Zukerfeld (2005) considera que el origen del capitalismo informacional puede rastrearse en las transformaciones acontecidas en el patrón de acumulación capitalista ocurrida en la década de 1970, cuando el modelo productivo fordista da paso a uno post-fordista, el Estado keynesiano da paso al Estado neoliberal, y el proceso productivo incorpora las tecnologías informáticas; rasgos que implicaron una importante reorganización en la fuerza de trabajo, y generaron “nuevas contradicciones derivadas de la creciente complejidad de los procesos de producción” (Miguez, 2013: 28).

3.1.5. Los aportes del capitalismo cognitivo

Moulier Boutang (2004), Vercellone (2004), Rullani (2004), Corsani (2004) y, en Argentina, autores como Míguez (2013; 2018) y el mencionado Zukerfeld (2010), trabajan sobre la idea del capitalismo cognitivo (CC). Señalan el surgimiento de una nueva etapa en la que se produce el pasaje del capitalismo industrial al capitalismo cognitivo, en el que el motor de la producción de conocimientos por medio de conocimientos se liga al creciente carácter intelectual del trabajo (Míguez, 2013).

Los teóricos del CC recuperan el concepto de General Intellect de los Grundrisse de Marx, quien lo había identificado con el saber social abstracto objetivado en las máquinas, es decir, en el capital fijo. Sin embargo, para estos autores, el General Intellect se vuelve cada vez más un atributo del trabajo vivo[8]. Con la consolidación de un nuevo paradigma tecnológico y productivo ligado a las TIC en el contexto de una creciente internacionalización del capital, el conocimiento y el cambio tecnológico se ubican en el centro del proceso productivo, y constituyen la principal apuesta para la valorización del capital (Míguez, 2013; Vercellone, 2004).

El saber social general, es decir, el conocimiento “incorporado y movilizado por el trabajo vivo pasa a ser central en detrimento del conocimiento incorporado al capital fijo” (Míguez, 2013: 37). Se produce una nueva división del trabajo en la cual el factor determinante para la competitividad de un territorio pasa a ser la disponibilidad de stock de trabajo intelectual movilizado de manera cooperativa. El capital inmaterial e intelectual, definido por la proporción de trabajadores del conocimiento y de las actividades intensivas en conocimiento, como los servicios informáticos, la I+D, la enseñanza, la formación, sanidad, el software, entre otras, constituyen variables claves del crecimiento y la competitividad de las naciones en la actualidad (Vercellone, 2004).

Los autores ligados a la perspectiva del CC buscan distanciarse de lo que consideran miradas apologéticas sobre las transformaciones del capitalismo, en las que las nuevas tecnologías liberarían al trabajo de la explotación y alienación (Míguez y Vercellone, 2012). Identifican un proceso de desmaterialización de los medios de producción en la cual la fuerza de trabajo deja de ser abstracta e intercambiable, y se transforma en poseedora de un componente esencial del proceso de producción, como es el conocimiento (Blondeau, 2004).

3.1.6. Conceptos emergentes: de la cuarta revolución industrial al capitalismo de plataformas

Desde hace alrededor de una década surgieron nuevas tecnologías que comenzaron a incidir fuertemente sobre los procesos antes descriptos. Se hace referencia al desarrollo de sistemas de integración -que permiten la interoperabilidad entre tecnologías operacionales con tecnologías de información y comunicación-, la robótica, el internet de las cosas, el big data, la inteligencia artificial, el cloud computing, la simulación de entornos virtuales y la realidad aumentada, entre muchas otras, que introducen cambios cualitativos en la organización de la producción, las relaciones laborales y el consumo. Según Brynjolffson y McAfee (2014), se está viviendo un nuevo período de fuerte progreso tecnológico en el que si bien las tecnologías que constituyen su núcleo (las digitales, el hardware, el software y las redes) no son nuevas; están siendo redefinidas y mejoradas notablemente. El punto de inflexión permitiría ingresar -según los autores- a una segunda era de las máquinas que implicaría profundas transformaciones gracias a la digitalización de prácticamente todo.

Algunos autores -y actores, como el Foro Económico Mundial[9] a nivel internacional y la Unión Industrial Argentina, a nivel nacional[10]– comenzaron a referirse a esta etapa como cuarta revolución industrial, cuyo elemento distintivo es la transición hacia los nuevos sistemas ciber-físicos que operan en forma de redes complejas y se construyen sobre la base de la revolución digital anterior (Schwab, 2016). Se asocia a la informatización y digitalización de la producción, la generación, integración y análisis de una gran cantidad de datos a lo largo del proceso productivo y del ciclo de vida de los productos, facilitados fundamentalmente a partir de internet; en la que se borran los límites entre lo físico, lo digital y lo biológico (Basco, Beliz, Coatz y Garnero, 2018). Los principales avances tecnológicos no consisten necesariamente en la aparición de nuevos objetos, sino en la conversión de otros ya existentes en objetos inteligentes, donde el contenido basado en conocimiento es más valioso que los elementos físicos utilizados para producirlos (Mason, 2016).

Otros autores acuñaron recientemente el término sociedad de plataformas (Dijck, Poell y Waal; 2018), para dar cuenta de la centralidad de las plataformas digitales en la transformación de las instituciones, las transacciones económicas y las prácticas sociales y culturales. Según ellos, el arribo de la sociedad de plataformas no constituye una revolución dado que se están filtrando y convergiendo con las instituciones y prácticas preexistentes de forma gradual. El término enfatiza en la relación entre las plataformas digitales y las estructuras sociales, es decir, no son un reflejo de lo social, sino que producen las estructuras sociales. Los autores ubican en el eje de la discusión la disputa entre la ganancia privada y el beneficio público en una sociedad en la cual la mayor parte de las interacciones se producen a través de Internet.

Desde una perspectiva crítica de raíz marxista, el trabajo de Srnicek (2018) propone el concepto capitalismo de plataformas para caracterizar la etapa iniciada en 2008, en la que el modelo de negocios dominante posibilita la explotación de una nueva mercancía -los datos- que se materializa en la creación de plataformas digitales. ¿Qué son las plataformas exactamente? Según Srnicek (2018) son infraestructuras digitales que permiten que dos o más grupos interactúen, es decir, son intermediarias entre clientes, anunciantes, proveedores de servicios, productores, distribuidores y objetos físicos. Son “mucho más que empresas de Internet o empresas de tecnología, dado que pueden operar en cualquier parte, donde sea que tenga lugar la interacción digital” (Srnicek, 2018: 46). En definitiva, son un nuevo tipo de empresa caracterizada por brindar la infraestructura para intermediar entre usuarios y constituyen un nuevo modelo de negocios que permite controlar y extraer las fuentes de riqueza de la actualidad: los datos[11]. El autor identifica el origen de la situación contemporánea a partir de tres momentos de la historia reciente del capitalismo: la recesión de los años 1970; el boom y la caída de los años 1990; y la respuesta a la crisis de 2008. De manera similar a Castells, considera que parte de la explicación de lo que parecen ser novedades radicales puede hallarse en los procesos económicos, sociales, políticos y tecnológicos que prepararon el escenario para la irrupción de la economía digital y determinaron las formas en las que se desarrolló.

3.1.7. Algunos apuntes sobre lo que dejó el recorrido

A continuación (Cuadro N° 6) se presentan, a modo de síntesis, los principales conceptos recorridos en el presente apartado.

Cuadro N° 6: Síntesis conceptual

Cuadro 6

Fuente: elaboración propia

A la luz de la revisión bibliográfica presentada en esta sección, se considera necesario no relegar la noción de capitalismo, que refiere al modo de producción, aunque se incorpore la idea de informacional, para caracterizar al modo de desarrollo. Ambos términos permiten expresar esa conjunción que en última instancia reconoce la importancia de las transformaciones señaladas, al incorporar características novedosas a la sociedad -donde la información y el conocimiento ocupan un lugar relevante en el proceso productivo y en la valorización del capital- sin opacar que representan una continuidad en el sistema capitalista (Fuchs, 2008).

Si bien se reconoce la existencia de un proceso de transformaciones profundas en la producción, con una tendencia a un cambio en los soportes de los medios de producción, de las materias primas y del producto del trabajo; persiste la necesidad capitalista de transformar en mercancía a los nuevos bienes producidos que según Zukerfeld (2005) son informacionales.

Siguiendo esta línea argumentativa, Castells y Himanen (2016), también consideran que el informacionalismo no reemplaza al capitalismo, sino que potencia una nueva forma de capitalismo que predomina en todo el mundo: el capitalismo informacional. La imposibilidad de la transformación del capitalismo a partir de un cambio en el modo de desarrollo está dada en que constituyen niveles de análisis distintos. Mientras que los modos de producción son el resultado de procesos históricos mediante los cuales una clase social se convierte en dominante; los modos de desarrollo refieren a la infraestructura tecnológica de la sociedad (Castells, 1995). Si bien, estos últimos, se encuentran subordinados a las relaciones sociales de producción, su evolución responde, en cierta forma, a una lógica interna:

surgen de la interacción entre los descubrimientos tecnológicos y científicos y la integración organizativa en los procesos de producción y gestión […] Dado que dichos procesos dependen de la organización general y concretamente la dinámica del modo de producción, existe en efecto una estrecha relación entre modelos de desarrollo y modelos de producción (Castells, 1995: 35).

La pregunta que surge como consecuencia de las transformaciones tecnológicas acontecidas en la última década es si éstas habilitan a dejar atrás las especificidades del capitalismo informacional o implican algún tipo de transformación del mismo. Dicho de otro modo: ¿en qué medida estas transformaciones modifican al informacionalismo? A partir del recorrido propuesto se considera que si bien es posible identificar una nueva oleada informacional, que en ciertos casos profundiza y en otros redefine las tendencias iniciadas en el último cuarto del siglo XX, ésta no parece haber modificado los cimientos del informacionalismo.

3.2. Capitalismo Informacional: del despliegue global a una nueva vinculación de la periferia

Castells define como informacionalismo al nuevo modo de desarrollo “constituido por el surgimiento de un nuevo paradigma tecnológico basado en la tecnología de la información” (1999: 43). El factor histórico decisivo para acelerar, canalizar y moldear el nuevo paradigma fue el proceso de reestructuración[12] capitalista iniciado a partir de la década de 1980, luego de los límites que encontró el modelo keynesiano en la década de 1970. Con los aumentos de los precios del petróleo de 1973 y 1979, los problemas inflacionarios y la incapacidad del sector público para expandir sus gastos, se dio inicio a un proceso de reestructuración, signado por la desregulación, la privatización y el desmantelamiento del contrato social entre el capital y el trabajo en el que se apoyaba el modelo de crecimiento previo (Castells, 1999). La reestructuración capitalista llevada a cabo por gobiernos y empresas, procuraba alcanzar cuatro metas principales:

profundizar la lógica capitalista de búsqueda de beneficios de las relaciones capital-trabajo; intensificar la productividad del trabajo y el capital; globalizar la producción, circulación y mercados, aprovechando la oportunidad de condiciones más ventajosas para obtener beneficios en todas partes; y conseguir el apoyo estatal para el aumento de la productividad y competitividad de las economías nacionales, a menudo en detrimento de la protección social y el interés público. La innovación tecnológica y el cambio organizativo, centrados en la flexibilidad y adaptabilidad, fueron absolutamente cruciales para determinar la velocidad y la eficacia de la reestructuración. (Castells, 1999: 45).

Según Castells (1995), la coincidencia histórica[13] entre la reestructuración del capitalismo y el ascenso del informacionalismo, creó una convergencia estructural que permitió la conformación de un nuevo paradigma tecno-económico, que hizo posible la expansión y el rejuvenecimiento del capitalismo, tanto como el industrialismo estuvo vinculado a su constitución en tanto modo de producción.

Aunque la economía informacional/global es distinta de la economía industrial, no es contraria a su lógica. La subsume mediante la profundización en todos los procesos materiales de producción y distribución en virtud de un gigantesco salto hacia adelante en la esfera de circulación del capital. En otras palabras, la economía industrial tuvo que hacerse informacional y global o derrumbarse (Castells, 1999: 119).

3.2.1. Sobre paradigmas y revoluciones tecnológicas

La noción de paradigma tecnológico, trabajada por autores neoschumpeterianos como Dosi, Freeman y Pérez, fue influyente en la obra de Castells para explicar la esencia de la transformación tecnológica que, en su relación con la economía y la sociedad, dio lugar al informacionalismo.

Según Dosi, los paradigmas tecnológicos son “un modelo y un patrón de resolución de problemas tecnológicos seleccionados, basado en principios seleccionados derivados de las ciencias naturales y con materiales tecnológicos seleccionados” (2003: 106-107). Desde su perspectiva, el paradigma tecnológico entraña fuertes prescripciones sobre cuáles son las direcciones del cambio técnico a seguir y cuáles abandonar; tiene un “poderoso efecto de exclusión: los esfuerzos y la imaginación tecnológica de los ingenieros y de las organizaciones donde trabajan, están enfocados en direcciones precisas, al tiempo que están […] ‘ciegos’ con respecto a otras posibilidades tecnológicas” (Dosi, 2003: 107).

Pérez, por su parte, utiliza el concepto de paradigma tecno-económico, para referirse al “conjunto de las prácticas más exitosas y rentables en términos de preferencia de insumos, métodos y tecnologías, así como de estructuras organizativas, modelos y estrategias de negocios” (2010: 11). El elemento que organiza y estructura cada paradigma es “un insumo -o conjunto de insumos- capaz de ejercer una influencia determinante en el comportamiento de la estructura de costos relativos” (Pérez, 1986: 6). Este insumo, denominado factor clave, llega a constituirse como tal cuando cumple las siguientes condiciones: a) tiene un costo relativo bajo y con tendencia decreciente; b) a pesar de su demanda creciente su oferta aparece como ilimitada; c) tiene potencial de uso masivo y universal; d) debe ser capaz de cambiar el perfil y los costos del equipamiento, la mano de obra y los productos (Pérez, 1986).

Si entre 1830 y 1880 el factor clave era la disponibilidad de carbón y transporte barato gracias a la máquina de vapor; entre 1880 y 1910 era el acero y la electricidad, que posibilitó el desarrollo de las industrias de ingeniería pesada, mecánica, eléctrica y química; y entre 1910 y 1970 era el petróleo barato y sus derivados, que sustentó el paradigma de producción en masa; a partir de la revolución TIC de comienzos de la década de 1970 (Cuadro N° 7), los factores clave pasan a ser los elementos de la microelectrónica y las tecnologías digitales que hacen posible el uso intensivo de la información y el conocimiento a escala global (Pérez, 1986; 2010). Lo novedoso, no es el hecho técnico en sí[14], sino cuando se entrelaza lo técnico con lo económico, gracias a una significativa reducción en el costo de los factores clave (Pérez, 1986).

Cuadro N° 7: Principales características de la revolución TIC

Fuente: elaboración propia en base a Pérez (2010)

El nuevo paradigma, basado en una constelación de industrias que detentan un rápido crecimiento en los países industriales de avanzada, produce cambios fundamentales en la estructura gerencial de las firmas, posibilita introducir rápidas modificaciones en el diseño de productos y procesos, integrar las funciones de diseño, producción y aprovisionamiento, reducir la importancia de las economías de escala basadas en las técnicas de producción masivas con una concentración de capital usado de forma intensiva, aumentar la integración de las redes de proveedores de componentes y armadores de productos finales, incrementar los servicios a las firmas manufactureras, entre otras transformaciones (Freeman, 2003).

Cuando se produce un conjunto interrelacionado de saltos tecnológicos radicales que conforman una constelación de tecnologías interdependientes, es posible hablar de revolución tecnológica (Pérez, 2010). La especificidad de las revoluciones tecnológicas es la fuerte interconexión e interdependencia entre los sistemas participantes y la capacidad para transformar al resto de la economía (Pérez, 2010).

La actual revolución de las tecnologías de información, por ejemplo, estableció un sistema tecnológico inicial alrededor de los microprocesadores (y otros semi-conductores integrados), sus proveedores especializados y sus usos iniciales en calculadoras y juegos, así como en la miniaturización y digitalización de los controles y otros instrumentos de uso civil y militar. Este sistema fue seguido por una serie de innovaciones radicales sucesivas, como las minicomputadoras y los computadores personales, los programas de software, los equipos de telecomunicaciones y la Internet, cada una de las cuales abrió un nuevo sistema con su respectiva trayectoria, en estrecha interrelación e interdependencia con las demás. A medida que iban apareciendo, estos sistemas se fueron interconectando y continuaron expandiéndose juntos, estableciendo entre ellos fuertes lazos de retroalimentación tanto en las tecnologías como en los mercados (Pérez, 2010: 6).

3.2.2. Orígenes del paradigma tecnológico basado en las TIC

La microelectrónica, los ordenadores y las telecomunicaciones constituyen los tres principales campos tecnológicos que hicieron posible la emergencia del nuevo paradigma en la década de 1970. Si bien es posible encontrar antecedentes científicos e industriales de las tecnologías de la información basadas en la electrónica antes de 1940, fue a partir de la Segunda Guerra Mundial que se produjeron los principales avances tecnológicos que dieron lugar al “primer ordenador programable; y el transistor, fuente de la microelectrónica, el verdadero núcleo de la Revolución de la tecnología de la información en el siglo XX” (Castells, 1999: 67).

En 1947 se inventó el transistor en los Laboratorios Bell, que permitió procesar impulsos eléctricos a un ritmo acelerado y posibilitó la codificación de la lógica y la comunicación con (y entre) máquinas. Estos dispositivos de procesamiento se denominan semiconductores o chips (formados por millones de transistores). El paso a la microelectrónica se dio con la invención del circuito integrado en 1957. En poco tiempo, los precios de los semiconductores cayeron un 85% y su producción se multiplicó por veinte. Durante la década de 1960, gracias a la mejora de las tecnologías de fabricación y diseño de los chips mediante ordenadores que utilizaban dispositivos microelectrónicos más poderosos, el precio medio de un circuito integrado pasó de 50 dólares en 1962 a 1 dólar en 1971. El gran salto en la difusión de la microelectrónica se produjo en 1971, con la invención del microprocesador, un ordenador en un chip, que permitió instalar la capacidad de procesar información en cualquier dispositivo. Gracias a la creciente miniaturización, la mayor especialización y el descenso de los precios de chips cada vez más veloces, con más memoria y mayor capacidad de integración, pudieron instalarse en todos los artefactos (Castells, 1999).

En 1943 se creó una de las primeras computadoras, denominada ENIAC (Electronic Numerical Integrator and Calculator), que terminó de construirse en 1946 en la Universidad de Pensilvania, con el objetivo de resolver problemas de balística del ejército de Estados Unidos[15]. Si bien se construyó con fines militares, luego de la Segunda Guerra Mundial se utilizó para investigaciones científicas. En 1951 se creó la UNIVAC-1, que fue la primera computadora comercial, producida por el mismo equipo que desarrolló la ENIAC, bajo la marca Remington Rand, y fue utilizada para procesar datos, como los resultados del censo de Estados Unidos de 1950 y 1954[16].

Según Castells, en sus inicios, la industria electrónica se organizó en una jerarquía definida de mainframes (unidades centrales de proceso) miniordenadores (en realidad eran máquinas voluminosas) y terminales. Con la microelectrónica, se introdujo “una revolución dentro de la revolución. El advenimiento del microprocesador en 1971, con la capacidad de colocar un ordenador dentro de un chip, cambió de arriba abajo el mundo de la electrónica” (1999: 70). En 1976 se fabricó el primer microordenador para uso personal comercializado con éxito, denominado Apple I[17] y construido por Steve Wozniak, quien junto a Steve Jobs, fundó la empresa Apple Computers, ese mismo año. IBM, en 1981, presentó su propia versión de microordenador con el nombre Personal Computer (PC). En 1984 Apple lanzó el Macintosh lo que constituyó el primer paso hacia una informática accesible y fácil para los usuarios, gracias a la introducción de la tecnología de la interfaz basada en los íconos, desarrollada por Xerox (Castells, 1999).

El software para computadoras personales surgió a mediados de los años setenta, gracias al trabajo de Bill Gates y Paul Allen, quienes años más tarde fundaron Microsoft, primero en Albuquerque para luego trasladarse a Seattle (Castells, 1999). Los avances de la microelectrónica y el software, sumado a las capacidades de interconexión mediante ordenadores portátiles, cambió el sistema tecnológico y sus interacciones sociales y organizativas. Esta capacidad de interconexión fue posible gracias a los avances en las telecomunicaciones y las redes informáticas durante la década del setenta. En 1969, el Departamento de Defensa de Estados Unidos, por medio de la Advanced Research Project Agency (ARPA), estableció una red de comunicación electrónica que fue el antecedente de la actual Internet. Los importantes desarrollos de la optoelectrónica (fibras ópticas y transmisión por láser) y la tecnología de transmisión de paquetes digitales, ampliaron la capacidad de comunicación y transmisión de información; al mismo tiempo que las telecomunicaciones fueron fundamentales para la difusión y máximo aprovechamiento de las nuevas tecnologías (Castells, 1995).

Los descubrimientos y desarrollos de las tecnologías de la información y comunicación, como se observa a partir del recorrido realizado, confluyeron espacial y temporalmente en Estados Unidos en la década de 1970. Cada una de las innovaciones descriptas, convergió con otra preexistente, generando nuevos desarrollos que terminaron produciendo una verdadera revolución tecnológica. Como afirma Castells,

el microprocesador hizo posible el microordenador; los avances en las telecomunicaciones […] permitieron a los microordenadores funcionar en red, con lo que se aumentó su potencia y flexibilidad. Las aplicaciones de estas tecnologías a la fabricación electrónica acrecentó el potencial de nuevas tecnologías de diseño y fabricación en la producción de semiconductores. El nuevo software se vio estimulado por el rápido crecimiento del mercado de microordenadores, que a su vez se expandió por las nuevas aplicaciones, y de las mentes de los escritores de software surgieron en profusión tecnologías fáciles para el usuario. Y así sucesivamente (1999: 78).

Desde la óptica de Saxenian (2016), la experiencia de la industria de semiconductores desarrollada en Silicon Valley (Estados Unidos), sugiere que “la innovación exitosa requiere de la recombinación de capacidades cambiantes más que del dominio de cualquier subconjunto de competencias” (2016: 54). Este patrón de innovación torna difusos los límites entre sectores: la competencia por mejorar o recombinar componentes existentes disminuyendo el tamaño, mejorando el diseño y agregando nuevas características, permiten una rápida evolución de la tecnología y el surgimiento de nuevos productos (Gráfico N° 1). En las décadas de 1960 y 1970 primó la producción de circuitos integrados. En las décadas de 1980 y 1990 la producción de hardware y el desarrollo de software hicieron posible la creación de computadoras personales y laptops. En los 2000, la combinación de componentes similares como lenguajes de programación y protocolos, posibilitaron el desarrollo de actividades basadas en Internet. A partir de 2010, también se combinaron nuevos desarrollos en materia de hardware y software, dando lugar a servicios en la nube, smartphones y tabletas, aplicaciones para móviles, nuevas plataformas digitales, entre otros.

Gráfico N° 1: Evolución de la tecnología según década y valor agregado

Fuente: elaboración propia en base a Saxenian (2016) y Castells (1995; 1999)

Si bien pasaron casi cuarenta años desde el origen del paradigma tecnológico ligado a las TIC, y en la actualidad, el desarrollo de internet, y la explosión de la inteligencia artificial, el internet de las cosas, el manejo de grandes volúmenes de datos, entre otros desarrollos, están posibilitando fuertes transformaciones sociales, económicas y productivas, tensionando las instituciones existentes hasta el momento, cabe preguntarse: ¿es posible identificar una transformación del factor clave, en términos de Pérez (1986), que determina la productividad en una determinada etapa?

3.2.3. La especificidad de los bienes informacionales

Una posible respuesta al interrogante planteado anteriormente puede surgir de la noción de bien informacional (BI) desarrollada por Zukerfeld. La especificidad del capitalismo informacional, según el autor, es la centralidad asumida por dichos bienes, definidos como “aquellos cuyo costo de reproducción tiende a 0 […] Esto hace referencia a bienes que son pasibles de ser digitalizados” (2005: 215).

Zukerfeld (2008) identifica tres tipos de BI: a) los BI1, hechos puramente de información digital (ID)[18]; los BI2, procesan, transmiten o almacenan ID; los BI3, en los que la ID es su insumo decisivo pero carecen de las características de los anteriores (Cuadro N° 8). Si bien la ID es el tipo de conocimiento que caracteriza a los tres tipos de BI, cada uno porta un tipo de conocimiento propio: en los BI1 es exclusivamente la información digital, en los BI2 son las tecnologías digitales (conocimiento objetivo[19]) y en los BI3 es la información postorgánica (conocimiento biológico[20]).

Cuadro N° 8: Principales características de los BI

Fuente: elaboración propia en base a Zukerfeld (2008)

Los atributos distintivos de los BI1 que permiten diferenciarlos de los agropecuarios o industriales son: su posibilidad de replicarse con costos cercanos a cero, que no se degradan con su uso y que rige el principio de “no rivalidad” o “compartibilidad”, que consiste en que si una persona lo posee no impide que otra también lo haga[21]. Si bien existen formas de bloquear la compartibilidad a partir de la aplicación de mecanismos de exclusión para proteger la información (un código para evitar el copiado de un software o declarar ilegal la copia), continúa siendo posible copiarla y compartirla a costos insignificantes (Mason, 2016).

Al mismo tiempo, los BI no pueden ser asimilados a los servicios, en tanto son objetivados en distintos tipos de bienes, no se consumen en el momento en que son producidos, pueden circular de forma independiente y -como se mencionó anteriormente- se le pueden asignar derechos de propiedad (Zukerfeld, 2012)[22].

De acuerdo con la clasificación propuesta por Zukerfeld (2008) y teniendo en cuenta la evolución de las tecnologías que componen el paradigma tecno-económico basado en las TIC, es posible observar un corrimiento desde los BI2 hacia los BI1. En sus inicios, predominaron empresas abocadas a la producción de los BI2, como los Laboratorios Bell, Fairchild, Shockley Semiconductors Laboratory, Intel, Hewlett Packard o Cisco Systems, abocadas a la electrónica y microelectrónica; y Apple e IBM a la fabricación de computadoras. Con el paso del tiempo y la maduración de la revolución tecnológica, comenzaron a cobrar preponderancia las empresas que producen o desarrollan su modelo de negocio alrededor de los BI1: Microsoft, Alphabet, Facebook, Amazon, Twitter, Yelp, eBay, entre otras, dedicadas a al desarrollo de plataformas digitales y servicios basados en Internet[23].

Para dimensionar la importancia de los BI en la actualidad basta con observar el lugar que ocupan las empresas abocadas a ellos en cuanto a capitalización bursátil en 2018 (Gráfico N° 2). Entre las primeras quince rankeadas se encuentran Microsoft, Alphabet, Facebook (software y servicios de internet), Amazon y Alibaba (comercio electrónico) que se basan en la producción de BI1; Apple que además de BI1 (sistemas operativos y servicios basados en internet) produce BI2 (computadoras, smartphones y tabletas); y Pfizer (industria farmacéutica) que produce BI3.

Otro elemento destacado es la hegemonía de Estados Unidos y la emergencia de China en la economía mundial, sobre todo, a partir de su esfuerzo constante en materia de innovación, desarrollo e investigación, que se viene incrementando desde 2000[24] y se traduce en una fuerte solicitud de patentes[25]. Según Ribeiro Costa y Da Motta e Albuquerque (2016), mientras que en 2005 sólo 16 de 500 de las compañías globales más grandes del mundo eran chinas, en 2014 eran 95.

Gráfico N° 2: Empresas con mayor capitalización bursátil del mundo en 2018 (en millones de euros)

Gráfico 2

Fuente: Elaboración propia en base a Diario El País con datos de Reuters, Bloomberg Web, Corporate Information e Infobolsa. Disponible en: https://bit.ly/2GMPIQQ. Fecha de consulta: 13/02/2019

Lo dicho hasta aquí no pretende señalar que el sector industrial desaparezca como consecuencia del informacionalismo[26], sino que la economía -tanto la agraria como la industrial- está atravesada de forma creciente por los BI[27]. Tal es así, que diversos autores (Schwab, 2016; Basco, Beliz, Coatz y Garnero, 2018) y organismos internacionales (Foro Económico Mundial), consideran que se está en presencia de una cuarta revolución industrial, a partir de identificar cambios vertiginosos en la producción, favorecidos por la introducción de nuevos sistemas ciber-físicos que operan en forma de redes complejas, la creciente informatización y digitalización de la producción, la generación, integración y análisis de datos a lo largo del proceso productivo y del ciclo de vida de los productos, que permiten introducir innovaciones de procesos, entre otros.

3.2.4. El despliegue a escala global del capitalismo informacional

Al mismo tiempo que las actividades dominantes de la economía se volvieron informacionales, también se tornaron globales como consecuencia de la reorganización de la producción, la circulación y el consumo (Artopoulos, 2015). En la década de 1980, a la crisis del Estado de Bienestar, le siguió un proceso de reestructuración económica que procuró alcanzar las metas fundamentales del sistema capitalista: aumentar los beneficios del capital privado, encontrar nuevos mercados a partir de profundizar los existentes e incorporar nuevas regiones a una economía capitalista más integrada, controlar el proceso de circulación disminuyendo la inflación estructural, y asegurar la reproducción social y la regulación económica del sistema (Castells, 1995). Siguiendo a De Mattos (2010) esto significaba que por la propia profundidad de la crisis, no había posibilidades de encontrar una salida a partir de recomponer el modelo de acumulación anterior. En consecuencia las respuestas tenían que provenir del restablecimiento de las condiciones para que el mercado recupere su función en la regulación económica y el capital privado su protagonismo en la dinámica de acumulación y crecimiento.

Para cumplir con estas metas, el surgimiento del capitalismo informacional estuvo signado, según Castells (1995), por:

a) una apropiación cada vez mayor del excedente por parte del capital en la cual la innovación tecnológica, la desestructuración de las protecciones laborales propias de la sociedad salarial[28], la descentralización de la producción hacia regiones con salarios más bajos y la liberalización de la actividad financiera, jugaron un papel fundamental;

b) una nueva forma de intervención estatal que favoreció la acumulación del capital en detrimento de la redistribución social, a partir del corrimiento del sector público de las actividades productivas, reformas fiscales regresivas, apoyo a sectores industriales de punta en los países centrales y ajuste fiscal;

y c) la internacionalización acelerada de la economía para incrementar la rentabilidad y abrir nuevos mercados.

Sobre la base de estas premisas, el paradigma tecno-económico que emergió en la década de 1970, jugó un papel fundamental a nivel tecnológico y organizativo (Castells, 1995). En primer lugar, el cambio tecnológico permitió:

a) Incrementar los niveles de beneficios del capital aumentando la productividad, posibilitando la descentralización de la producción, aumentando la automatización de los procesos productivos y situando al capital en una posición ventajosa en la puja con los trabajadores;

b) Desplegar un tipo de intervención estatal favorable a la acumulación del capital, apoyando el desarrollo de sectores económicos de punta;

c) Llevar a cabo la internacionalización de la economía, que hubiera sido imposible sin el desarrollo de la optoelectrónica y las redes de alta velocidad (Mattelart, 2002), y la gestión online de empresas a escala global (Falero, 2011).

En segundo lugar, en el plano organizativo, se destaca: a) la concentración de los procesos de generación de conocimiento y toma de decisiones en organizaciones de alto nivel, donde se concentra la información y la capacidad de procesarla; b) la flexibilidad del sistema y de las relaciones entre sus diferentes unidades, que permite, entre otras cosas, conformar la nueva economía mundial; y c) el paso de las grandes empresas centralizadas a las redes descentralizadas, que constituyen la forma predominante de organizar el proceso productivo para incrementar la rentabilidad del capital, posibilitadas por las nuevas tecnologías de la información y comunicación (Castells, 1995; Fuchs, 2008).

El paradigma tecno-económico emergente posibilitó que las organizaciones transnacionales pudieran coordinar globalmente el proceso de acumulación, garantizando que la descentralización de la producción, el outsourcing y la flexibilidad de los procesos sean fáciles de implementar (Fuchs, 2008). La actividad económica no se volvió global sólo por aumentar su alcance y encontrar nuevos mercados, sino también por organizar los procesos productivos a escala global (Gereffi, 1999).

Con el objetivo de aumentar su competitividad, las empresas dispersaron sus procesos productivos principalmente en grandes aglomeraciones urbanas de determinados países (De Mattos, 2010). A medida que

las fronteras nacionales se fueron haciendo más permeables, un número creciente de redes globales se desplegó por distintas partes del mundo, involucrando tanto a las de carácter financiero y productivo, como a las relacionadas con el consumo. En esta evolución, los componentes de cada cadena de valor (diseño, producción, marketing, comercialización) pudieron ser deslocalizados hacia múltiples lugares de la nueva geografía, donde se materializaron en diversos tipos de islotes productivos, aun cuando con una dispersión y cobertura geográfica desigual, donde los grandes beneficiados fueron los países más desarrollados; en ese proceso, los países latinoamericanos se han ido articulando de manera desigual y, en general, insatisfactoria (Kosakoff y López, 2008) (De Mattos, 2010: 85).

De esto se desprenden dos elementos a considerar. En primer lugar, las fuentes de competitividad de la economía informacional son redefinidas. Las capacidades tecnológicas, que tienen que ver con los conocimientos y habilidades para adquirir, usar, absorber, adaptar, mejorar y crear nuevas tecnologías (Lall, 1992; Bell y Pavitt, 1993), constituyen un condicionante para el desarrollo económico y social de los países. La base disponible de fuerza de trabajo[29] e infraestructura (stock), los esfuerzos para incrementar y consolidar las capacidades tecnológicas, como la I+D, la articulación entre el sistema de ciencia y tecnología, el aparato productivo y la sociedad (flujo) y los logros obtenidos a partir de las capacidades existentes (patentes, innovaciones, contenido tecnológico de las exportaciones); analizadas en su conjunto, permiten identificar la capacidad tecnológica de un país o territorio (Gutti, 2008). El acceso a grandes mercados; la obtención de un diferencial favorable entre los costos de producción en el lugar que se efectúa y los precios en el mercado de destino; y la capacidad política para encauzar estrategias de crecimiento, no sólo mediante la gestión del comercio, sino también mediante el respaldo al desarrollo tecnológico, la formación de recursos humanos, proporcionar mercados, subsidios y créditos a la I+D, desempeñaron un papel crucial en la economía informacional (Castells, 1999).

En segundo lugar, y vinculado con lo anterior, existe una diferenciación regional en el capitalismo informacional, ya que mientras “sus efectos alcanzan a todo el planeta, su operación y estructura reales atañen sólo a segmentos de las estructuras económicas, los países y las regiones, en proporciones que varían según la posición particular de un país o región en la división internacional del trabajo” (Castells, 1999: 129-130). Este punto, será retomado más adelante, poniendo el foco sobre América Latina y Argentina.

3.2.5. Crisis y reestructuración: nueva oleada informacional a partir de 2008

Luego de haber analizado la reestructuración económica del último cuarto del siglo XX y su vinculación con la emergencia del nuevo paradigma tecno-económico, cabe interrogarse: ¿Cuáles fueron las transformaciones más relevantes que experimentó dicho paradigma, desde su surgimiento, hasta la actualidad? ¿Qué sucedió a partir de la crisis de 2008? ¿De qué manera las innovaciones tecnológicas de ese entonces, caracterizadas anteriormente como segunda oleada informacional, apuntaron a cumplir con los objetivos estructurales del sistema en forma análoga a lo que sucedió con el surgimiento del capitalismo informacional?

No será tema de esta tesis dar cuenta de forma exhaustiva de ese proceso, pero sí, señalar que

el capitalismo, cuando una crisis golpea, tiende a ser reestructurado. Nuevas tecnologías, nuevas formas organizacionales, nuevos modos de explotación, nuevos tipos de trabajo y nuevos mercados emergen para crear una nueva manera de acumular capital (Srnicek, 2018: 39).

La crisis de 2008, ocasionada por la explosión de la burbuja inmobiliaria que arrastró al sistema financiero, tuvo como una de sus principales consecuencias la intensificación de una política monetaria laxa y el aumento del excedente de dinero de las empresas, debido a las malas oportunidades de inversión. Las bajas tasas afectaron negativamente los retornos de las inversiones financieras tradicionales, forzando a los inversores a salir a buscar nuevas formas de obtener ganancias (Srnicek, 2018). El desarrollo de plataformas, modelo de negocios que tiene por objetivo extraer, analizar, usar y vender datos[30] permitiendo que otros bienes, servicios y tecnologías se construyan sobre su base, aparece básicamente como una salida a esa crisis. Uno de los cambios más importantes que introduce la proliferación de las plataformas radica en la capacidad de extraer, utilizar y vender datos para liderar, controlar y transformar los procesos industriales, la provisión de servicios y el desarrollo de nuevos productos[31].

Para algunas empresas, los datos son un recurso a utilizar para atraer anunciantes y otras partes interesadas; para otras, son la herramienta central para imponerse sobre la competencia al ofrecer mejores productos, servicios, controlar a los trabajadores y obtener un negocio más competitivo; por último, otras se vuelcan a proveer las infraestructuras y los servicios para que otros operen en ellas (Srnicek, 2018). Uno de los hilos conductores que unen a todas ellas es haber facilitado el cumplimiento de una de las metas fundamentales del capitalismo: el incremento de la productividad laboral en parte gracias a la tercerización, la deslocalización de trabajadores poco calificados y la posibilidad de mantener salarios bajos (Srnicek, 2018). Como puede observarse en el Gráfico N° 3, el desplome de la productividad en 2008 fue seguido por un incremento mayor a los niveles precedentes.

Gráfico N° 3: Evolución de la fuerza de trabajo, empleo y productividad a nivel global, entre 1992-2020 (en %)

Gráfico 3

Fuente: OIT (2019). Disponible en: https://bit.ly/2Bzn4PX. Fecha de consulta: 20/02/2019

Ribeiro Costa y Da Motta e Albuquerque (2016), puntualizan que fue el sector de la información y las comunicaciones -especialmente las corporaciones transnacionales- el que recuperó sus márgenes de ganancia con mayor rapidez (Gráfico N° 4). Incluso, las ya mencionadas Pfizer, Apple, Alphabet, Cisco e IBM, tuvieron -en esa recuperación- márgenes de ganancias superiores al resto de la economía, lo que muestra el dinamismo de los BI en la etapa actual (Ribeiro Costa y Da Motta e Albuquerque, 2016).

Gráfico N° 4: Margen de ganancia de la economía de EEUU, según sector (2005-2014)

Gráfico 4

Fuente: Ribeiro Costa y Da Motta e Albuquerque (2016)

Como puede observarse, existen elementos de continuidad y otros de cambio, a partir del surgimiento de lo que se considera una nueva oleada en el informacionalimo. A pesar de que el factor clave de producción continúa siendo la información digital, las tecnologías dominantes se tornan más complejas. La Inteligencia Artificial, el Internet de las Cosas, el Big Data, el Cloud Computing, los Robots Autónomos, los Sistemas de Integración, se vuelven centrales en una etapa en la que la organización de la producción comienza a producirse mediante un nuevo modelo de negocios: las plataformas (Srnicek, 2018; Schwab, 2016; Castells, 1999; Pérez, 2010).

3.2.6. América Latina y Argentina ante una nueva DIT

Diversos autores coinciden en señalar que el capitalismo informacional, a pesar de operar a escala global, muestra fuertes diferencias en función del lugar que ocupan los países, regiones y ciudades en la nueva división internacional del trabajo (DIT) (Castells, 1999; Ribeiro Costa y Da Motta e Albuquerque, 2016; Falero, 2011); en la cual el papel del conocimiento en el proceso de valorización del capital (Míguez, 2018) y las capacidades tecnológicas para la provisión de bienes y servicios de alto contenido tecnológico (Dulcich, 2018) inciden fuertemente.

En este contexto, parece difícil sostener que las categorías “centro” y “periferia” pudieran haber sido disueltas como afirman algunos autores. Castells considera que la economía global es profundamente asimétrica, pero no en la forma de un centro, una semiperiferia y una periferia. En la economía global que surge de la producción y competencia basada en la información, afirma, la geografía económica histórica tiende a disolverse bajo la existencia de varios centros y varias periferias. Según el autor, cada región se encuentra diversificada internamente, por lo que tiene poco sentido analítico usar esas categorías (Castells, 1999).

A diferencia de este planteo, siguiendo a Falero, se considera que “la perspectiva centro-periferia emanada de las visiones críticas de la década del sesenta fundamentaba, entre diversas posturas, el carácter globalmente asimétrico y polarizante del capitalismo, que tendía a reproducir la posición dependiente de América Latina a nivel global” (2011: 83). Estas categorías podrían aportar a la construcción de una visión global no eurocéntrica de los nuevos procesos, que no exagere la profundidad de las novedades tecnológicas ni prescinda de los elementos disruptivos del nuevo modelo de desarrollo, y que, al mismo tiempo, considere los factores que se mantienen: las dificultades para sortear un patrón de especialización empobrecedor basado en la exportación de commodities primarios e industriales, importación de conocimiento, bienes y servicios con alto contenido tecnológico (Falero, 2011; Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018).

La nueva DIT se estructura a partir de la especialización entre quienes son adoptantes y quienes son proveedores netos de tecnología (Dulcich, 2018). Ésta situación reconfigura el deterioro de los términos de intercambio para los países periféricos: como la creación de valor se sustenta cada vez más en la información y el conocimiento, acortar la brecha entre países ya no puede lograrse sólo, como hace cuarenta años, a través de procesos de compra y venta de bienes[32] (Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018).

Al mismo tiempo que se producen y reproducen nuevas y viejas asimetrías, es posible “abrir oportunidades (transitorias) de inserción en los mercados mundiales para algunos sectores/empresas de países en desarrollo y, con ello, impulsar el desarrollo de determinados territorios de estos países” (Gutman, Gorenstein y Robert, 2018: 15). Sin embargo, la construcción de capacidades tecnológicas es un proceso fuertemente acumulativo que depende de la trayectoria de cada país (López, 1998; OCDE, 1996). Las condiciones de la investigación e innovación permiten entender quiénes podrán cerrar brechas tecnológicas y cognitivas, y quiénes podrán quedar rezagados al verlas ampliadas por ser adoptantes de conocimientos e innovaciones producidas en otras latitudes (Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018).

La inserción latinoamericana en la economía mundial evidencia un patrón de inmovilidad estructural que se viene consolidando en las últimas décadas, signado por economías sujetas a grados considerables de heterogeneidad estructural, especialización en productos de baja elaboración[33] y escasa integración en el territorio que se traduce en baja demanda de conocimiento (Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018).

El cambio de trayectoria estructural depende de que los sistemas productivos (locales, nacionales o supranacionales) de la región sean capaces de insertarse como polos con cierta autonomía relativa en los circuitos cognitivos y tecnológicos mundiales de valor, sobre cuya base incidir sobre su ingeniería institucional y, por lo tanto, sobre el reparto de las rentas que se generan en ese proceso (Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018: 31).

El problema no se limita a si el flujo de divisas de exportación es mayor que el de importación, sino a que las importaciones de bienes y servicios de alto contenido tecnológico bloquean el proceso interno de producción de conocimiento. No sólo es necesario analizar el estrangulamiento externo como generador de vulnerabilidad de la región -como apuntó el estructuralismo latinoamericano en la posguerra- sino también debatir el estrangulamiento tecno-cognitivo que se genera al adoptar pasivamente tecnología (Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018).

¿Cuál es el lugar que ocupa América Latina en general, y Argentina en particular, en el capitalismo informacional? Los países latinoamericanos se insertaron en el CI en condiciones de informacionalización limitada[34] (Artopoulos, 2015) bajo la subordinación a los centros hegemónicos, como consecuencia de diversos factores: la escasa actividad tecnológica de contenido innovador (Thomas, Versino y Lalouf, 2005), la extrema fragilidad de vínculos entre el estado, la sociedad, el entramado productivo y la comunidad científica (Albornoz y Gordon, 2011), el deterioro del desarrollo científico y tecnológico debido a las dificultades para su financiamiento (Lugones, 2012), la ausencia de una estrategia gubernamental sólida que evite que se profundice la inequidad, la pobreza y la exclusión social, ni permita basar el crecimiento económico en innovación y producción de conocimiento (Artopoulos, 2015), y el comando del proceso económico en manos del capital financiero, sin interés por la industrialización ni el desarrollo de tecnología de punta en la región (García Delgado, 2018).

La transformación informacional observable en América Latina, según Artopoulos (2015), remite a los consumos culturales, la digitalización de medios de comunicación, la informatización sin conexión de los sistemas educativos, la emergencia de industrias creativas y servicios tecnológicos, y la digitalización de ciertas ramas de la industria y actividades primarias. Si bien coexistieron orientaciones políticas diversas en la última década, como el caso de Colombia o Panamá, donde el desarrollo informacional es el resultado de la fuerza del mercado; el caso de Bolivia, caracterizado por un neodesarrollismo comunitario o indígena en el que se buscan conjugar lógicas de un nuevo poder estatal que se vuelve eje del desarrollo y la innovación con lógicas comunitarias de pueblos originarios; los casos neodesarrollistas con rasgos nacional populares (Venezuela, Nicaragua y de forma más atenuada Argentina y Brasil) y los reformismos socialdemócratas que gestionan modelos liberales, como Chile, Costa Rica y en cierta forma Uruguay (Calderón, 2015); no se puede concluir que la región esté profundamente transformada por el modo de desarrollo informacional. Como afirma Artopoulos, “la pátina de informacionalismo se mezcla o confunde con un mar de industrialismo” (2015: 56).

Si bien en los últimos años se produjeron mejoras en muchos países de la región a partir de la promoción de la ciencia, la tecnología y la innovación, al no alcanzar una escala de inversión mínima, ni la articulación necesaria entre el aparato productivo y la infraestructura de investigación, no logró tener la fuerza suficiente para quebrar la histórica trayectoria de dependencia (Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018). Al mismo tiempo, la tendencia recesiva que experimenta la región, dificulta el desarrollo humano informacional incluyente, genuino y sostenible (Calderón, 2015).

Como afirman Molinari, Bembi y De Angelis (2018), el estado del sistema de ciencia y tecnología de un país se correlaciona con su desempeño y posición relativa en la economía mundial, y constituye uno de los principales motores de crecimiento de la economía global actual. Las trayectorias de los países desarrollados indican que el conocimiento y las capacidades acumuladas para la transformación productiva, fueron un recurso clave en su desempeño. Por otro lado, como sostienen Ramírez Gallegos y Sztulwark (2018), las economías latinoamericanas quedaron relegadas a un patrón de producción secundario/terciario-importador de bienes industriales y servicios de alta calidad que les impide romper su carácter periférico.

A continuación se presentan las principales características sobre el desempeño de los sistemas científicos y tecnológicos latinoamericanos, que ilustran la situación descripta:

  • Nivel de inversión en I+D: en 2016 promedio de América Latina y el Caribe (ALyC) fue del 0,68% del PBI, mientras que en los países de la Unión Europea fue del 2,04% y en Estados Unidos del 2,74% (Gráfico N° 5). Quienes encabezaron el ranking en ALyC fueron Brasil (1,27%), Venezuela (0,69%), Argentina (0,53%) y México (0,50%). Estas cifras ubican a los países latinoamericanos en una situación desfavorable frente a quienes lideran la inversión en I+D en el mundo, que se agudiza en un contexto recesivo que provocó que en 2015, por primera vez desde el 2000, se registre una caída generalizada en los niveles de inversión (RICyT, 2018).

En 2016, Israel destinó un 4,25%, Corea un 4,24% y Japón un 3,15%, de su PBI. Si se considera el monto total invertido a nivel global, en 2016, la inversión realizada por el conjunto de países de ALyC representó el 3,1%. Los países asiáticos lideraron el ranking con el 41,5% de la inversión global, empujada sobre todo por China, Corea, Japón y Corea (RICyT, 2018).

Gráfico N° 5: Inversión en I+D en función del PBI (en %)

Fuente: elaboración propia en base a datos de RICyT y Eurostat

  • Fuente de financiamiento de la I+D: la importancia de los gobiernos para financiar las actividades de I+D es fundamental. En ALyC la ausencia de un sector privado dinámico capaz de promover la I+D acrecienta la importancia gubernamental. El 59% de la inversión en I+D fue realizada por ellos en 2016, mientras que el sector empresario aportó sólo el 35%. Esta ecuación se invierte si se consideran países como Estados Unidos y España donde el peso del sector empresario fue determinante (Gráfico N° 6).

Otra diferencia es la importancia que adquiere el desarrollo experimental[35] en los países más avanzados. Estados Unidos, Israel, Japón, Corea y China, destinan entre el 60% y 80% de la inversión en I+D para el desarrollo experimental de productos innovadores, estimulada sobre todo por empresas. En cambio en ALyC, el desarrollo experimental absorbe una fracción más pequeña que oscila entre el 40% y el 10% del total, y es llevada adelante por laboratorios o centros de investigación estatales (CEPAL, 2016).

Gráfico N° 6: Distribución de la inversión en I+D en 2016, según sector (en %)

Fuente: elaboración propia en base a datos de RICyT

  • Recursos humanos en ciencia y tecnología: la cantidad de investigadores en ALyC pasó de 330.817 a 519.376 entre 2007 y 2016[36]. Sin embargo, la tasa de investigadores por cada 1.000 miembros de la PEA, no tuvo una variación tan marcada y se mantuvo relativamente estable (Gráfico N° 7), registrando niveles muy por debajo a los exhibidos por países europeos.
Gráfico N° 7: Investigadores cada 1000 miembros de la PEA (en %)

Fuente: elaboración propia en base a datos de RICyT

  • Producción científica: si se considera la cantidad de publicaciones en revistas indexadas en SCOPUS, la participación de ALyC en la producción mundial es del 4%. De porcentaje, el 50% corresponde a Brasil, el 15% a México y el 9% a Argentina (Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018). Como se observa en el Gráfico N° 8, las publicaciones realizadas por Estados Unidos son muy superiores a las realizadas por todos los países latinoamericanos en su conjunto. En 2016 el total de publicaciones en SCOPUS realizadas por Estados Unidos fueron 641.969; mientras que las realizadas por ALyC fueron 136.423. Se concentraron fuertemente en los tres países mencionados: 72.380 correspondientes a Brasil, 22.345 a México y 13.519 a Argentina.
Gráfico N° 8: Publicaciones científicas en SCOPUS (en n° absolutos)

Fuente: elaboración propia en base a datos de RICyT

  • Patentes: constituyen un indicador relevante para medir los resultados de la inversión en capacidades tecnológicas. El número de patentes internacionales solicitadas por titulares de ALyC se incrementó en un 18% entre 2007 y 2016: Chile y Colombia lideraron este incremento, mientras que en el caso Argentino se produjo una caída del 60% (RICyT, 2018). Respecto a las patentes solicitadas en los países de la región, en 2016, el 82% fueron solicitadas por empresas extranjeras que buscan proteger productos en los mercados de la región. México es quien más evidencia este fenómeno: el 92% del total de las solicitudes estuvieron en manos de no residentes. En Argentina y Chile ese valor fue del 87% y en Colombia del 86%. Uno de los valores más bajos de ALyC lo obtuvo Brasil, donde el 78% de las solicitudes corresponden a no residentes (RICyT, 2018)[37].
  • Exportaciones de alta tecnología[38]: los países desarrollados tienden a exportar productos de mayor contenido tecnológico. Como se observa en el Gráfico N° 9, Brasil muestra un pico a comienzos del nuevo milenio que luego tiende a estabilizarse en torno al 10%, ubicándose en niveles similares al promedio de ALyC. Argentina también experimenta una mejoría en los años 2000 y en 2008, pero en general estos cambios no fueron significativos durante el período seleccionado (Molinari, Bembi y De Angelis, 2018).
Gráfico N° 9: Exportaciones de alta tecnología (% del total manufacturero)

Gráfico 9

Fuente: Molinari, Bembi y De Angelis (2018), en base a Comtrade (ONU) y Banco Mundial

  • Exportaciones de servicios basados en conocimiento (SBC)[39]: en el período 2005-2015, la exportación en Argentina de SBC evidenció un fuerte crecimiento alcanzando un 40% del total exportado en servicios. En Brasil, por ejemplo, en ese mismo año el total de exportaciones de SBC fue del 20% (Molinari, Bembi y De Angelis; 2018). Según López (2018) Argentina cuenta con atributos que le permiten ser competitiva en estos sectores: dotación de recursos humanos, ventajas derivadas de su localización geográfica y capital cultural.

Si bien durante el período descripto existió una tendencia generalizada en la región de desarrollar políticas de promoción industrial y fomento a la ciencia, tecnología e innovación, no fue posible torcer el perfil productivo imperante. Según Ramírez Gallegos y Sztulwark (2018) uno de los principales problemas no fue la ausencia de políticas públicas, sino haberlas direccionado hacia el fortalecimiento de los actores del mercado, abandonando la planificación de los procesos de cambio estructural.

3.3. Las ciudades en un mundo crecientemente informacional

A continuación se aborda el rol de las ciudades en el contexto informacional, dando cuenta de los debates en torno a las reconfiguraciones en las relaciones entre lo local y lo global en el marco de la presente etapa, donde ciudades y territorios pujan por insertarse favorablemente en el CI a partir de diferentes estrategias y mecanismos. Al finalizar el apartado se problematiza sobre las especificidades de las ciudades intermedias, en un contexto en el cual las de mayor jerarquía ejercen el comando de la economía mundial.

Diversos trabajos coinciden en asignarle a las ciudades un lugar preponderante en el surgimiento, despliegue y consolidación del informacionalismo (De Mattos, 2010; Sassen, 2001; Castells y Hall, 1994; Finquelievich, 2016; Ciccolella y Mignaqui, 2009). Es en ellas donde se crean los nuevos medios de producción e innovación que requiere el CI y compiten por insertarse favorablemente en la economía mundial. Esta afirmación no implica sostener que la escala nacional se disuelva. Como afirman diferentes autores (Theodore, Peck y Brenner, 2009; De Mattos, 2010), ésta continúa siendo relevante para atraer capitales y dotar de competitividad a un territorio. De lo que se trata, es reconocer que el informacionalismo muestra una clara dimensión urbana: lejos de constituir un proceso que opera exclusivamente a escala global o nacional, las ciudades y territorios[40] desempeñan un papel relevante en la medida que logren (o no) constituirse en medios favorables para el desarrollo y producción de las actividades estratégicas del CI.

Algunos interrogantes que estructuran el presente apartado son: ¿Qué lecciones pueden extraerse sobre el nacimiento del paradigma tecno-económico anclado en las TIC en una región particular, Silicon Valley, durante el último cuarto del siglo XX? ¿Bajo qué mecanismos y circunstancias, Silicon Valley logró configurarse como un modelo hegemónico? ¿Es este modelo, portador de un fuerte componente aspiracional que empuja a implantar numerosos valleys en el mundo (Sadin, 2018), el único camino posible de inserción en el CI? ¿De qué modo las ciudades de la periferia capitalista se vinculan con las dinámicas del CI?

Sassen (2001) señala que el crecimiento de los mercados financieros internacionales, la expansión del comercio internacional de servicios y la nueva configuración de los flujos de inversión extranjera directa, produjeron fuertes transformaciones en las jerarquías urbanas. La dispersión espacial de la producción contribuyó al crecimiento de nodos que, al mismo tiempo, centralizan la provisión de servicios para la gestión y regulación de la economía. Esos nodos son definidos como ciudades globales, que son aquéllas que funcionan como puntos de comando para la organización de la economía mundial. Es allí donde se localizan los centros financieros y de provisión de servicios altamente especializados para empresas, y constituyen plazas de mercado claves para el capital (Sassen, 2001). Además, los centros tecnológicos análogos a Silicon Valley, también constituyen geografías estratégicas en el manejo de la economía global (Sassen, 2007).

¿Cuáles son los elementos específicos que permiten que ciertas ciudades se posicionen mejor en este nuevo contexto, caracterizado por la fuerte competencia para atraer crecientes flujos de capital? ¿Cómo juegan las políticas territoriales y urbanas? Sassen (2007a) considera que la historia económica de un lugar es una variable crítica en el desarrollo de una economía del conocimiento competitiva. Sostener que las particularidades de las ciudades y regiones tienen un papel determinante respecto a cómo afrontan la competencia, confronta con dos postulados muy extendidos: a) que la economía del conocimiento es estandarizada, por lo que las políticas deberían orientarse a capturar riqueza y traccionarla hacia una determinada área; b) que para que la economía del conocimiento se desarrolle habría que barrer con las economías preexistentes en una determinada área (manufactura, agricultura, etc.).

Distanciándose de estos postulados, la autora señala que la economía del conocimiento no sólo requiere de componentes materiales e infraestructuras sociales y tecnológicas específicas, sino que además se objetiva en bienes que no son exclusivamente de alta tecnología. Por lo tanto, en lugar de barrer con la historia económica preexistente en un área determinada, se trata de articularla con los nuevos procesos informacionales. Según Sassen (2007a), las economías del conocimiento más fuertes son las que han podido imbricarse con la historia de un lugar (ciudad, región) y articularse con sectores distintos a ellas.

La relevancia de estos argumentos está dada por sus implicancias potenciales en las políticas de desarrollo urbano y regional. No es lo mismo considerar que la historia económica de un territorio es una variable crítica que sostener que no lo es, y por lo tanto, para ser competitiva una ciudad debe reproducir determinadas condiciones estandarizadas, análogas a las que se producen en los centros más dinámicos del CI.

En este escenario cabe interrogarse acerca de las ciudades de la periferia: ¿Cómo se vinculan con esta realidad? ¿Bajo qué mecanismos participan de estos procesos globales? ¿Desarrollan estrategias que den cuenta de la importancia de articular el desarrollo informacional con las particularidades de su territorio?

Como señala De Mattos (1997; 2010), a pesar de que los flujos de inversión se dirijan preferentemente hacia los países centrales, y dentro de ellos, hacia los grandes centros metropolitanos; la progresiva y generalizada ampliación mundial del espacio de acumulación, dada por la dispersión del proceso productivo a escala global, incorpora a todas las ciudades que se involucran en la nueva dinámica económica.

Esta incorporación no tiene un carácter homogéneo sino que reproduce ciertas desigualdades preexistentes. Según Ciccolella y Mignaqui (2009), a diferencia de los procesos que experimentaron las ciudades globales del centro analizadas por Sassen (2001), en las que el dinamismo alcanzado se correspondió con el desarrollo de servicios avanzados; en las ciudades latinoamericanas, la reestructuración económica, social y territorial, pareció estar más vinculada al desarrollo de servicios banales, vinculados al consumo[41]. Esto se produjo sin perjuicio de la expansión de la actividad financiera, los servicios a la producción y la proliferación de compañías aseguradoras, administradoras de fondos de inversión, informáticas, entre otras.

De Mattos (2010) también observa que las ciudades que logran atraer los mayores flujos de capital son las grandes aglomeraciones del hemisferio norte. Sin embargo, las ciudades del resto del mundo también se incorporan a esos circuitos aunque con un rango jerárquico menor a partir de posicionarse como oferentes de fuerza de trabajo a bajo costo o como mercados potenciales para el consumo de productos globales. Ciudades latinoamericanas como Buenos Aires, México, Santiago de Chile, Río de Janeiro o San Pablo exhiben tendencias análogas -aunque con diferentes niveles de intensidad- a las que experimentan algunas ciudades de países centrales: creciente localización de actividades globalizadas, expansión metropolitana dada por el capital inmobiliario como factor preponderante, procesos de fuerte gentrificación, proliferación de nuevos objetos urbanos o artefactos de la globalización, aparición de nuevos distritos de negocios, entre otros (Ciccolella y Mignaqui, 2009).

Otro de los trabajos que destacan la importancia de los contextos es el de Theodore, Peck y Brenner (2009). Los autores consideran que los procesos de reestructuración neoliberal dependen de las trayectorias político-institucionales de los ámbitos en los que se insertan. Acuñan el concepto neoliberalismo realmente existente para hacer referencia al peso que tienen los elementos contextuales y las trayectorias en los proyectos de reestructuración neoliberal. A los fines del presente trabajo, interesa recuperar el rol asignado a las ciudades, no como arenas en las que se despliegan proyectos de reestructuración capitalista que obedecen a fuerzas extrañas del lugar en el que se las impulsa, sino como escenarios complejos, particulares, en los cuales se producen disputas[42].

Los autores identifican que la mayoría de los gobiernos locales se vieron forzados, incluso con cierta independencia de sus orientaciones políticas, a ajustarse a las reglas que impone la competencia interespacial a fin de atraer inversiones y empleo: elaboración de estrategias de marketing territorial, creación de zonas empresariales, reducción de impuestos locales, impulso de asociatividades público-privadas, creación de nuevas áreas de desarrollo como tecnopolos y áreas industriales, creación de espacios privatizados para el consumo de las elites, construcción de megaproyectos para atraer inversiones corporativas, entre otras iniciativas (Theodore, Peck y Brenner; 2009).

Harvey (1989) define a la actitud mediante la cual los gobiernos locales procuran posicionar a las ciudades como centros de atracción de capitales orientados al desarrollo urbano a partir del concepto empresarialismo urbano. El enfoque gestor predominante en la década de 1960 dio lugar al enfoque emprendedor y empresarialista de los años 1970 y 1980. Las ciudades comenzaron a adoptar una actitud empresarial frente al desarrollo económico, como consecuencia de las dificultades que tuvieron las economías capitalistas luego de la recesión de 1973. Sumado a ello, la débil capacidad estatal para controlar los flujos de dinero, provocó que los poderes locales desplieguen nuevas estrategias para atraer una porción de ellos.

En el marco del despliegue del informacionalismo, las ciudades desarrollan distintas iniciativas para atraer capitales, inversiones, profesionales y empresas que permitan una mayor valorización del capital, adoptando una actitud empresarial para potenciar el desarrollo económico mediante la producción y utilización de los bienes estratégicos de la presente etapa.

Algunas estrategias desplegadas son:

  • Estímulo a un sector estratégico para el desarrollo económico en el marco del modo de desarrollo informacional, mediante el aprovechamiento de las ventajas comparativas existentes, la radicación de empresas de base tecnológica globales, nacionales y regionales. Estas iniciativas buscan atraer capitales y generar empleo de calidad en sectores dinámicos de la economía. Respecto al software y los servicios informáticos, el objetivo es fortalecer su oferta con una impronta exportadora. Ejemplo de ello son las tecnópolis analizadas por Castells y Hall (1994) entre las que se encuentra el caso de Silicon Valley, que se enmarca en esta lógica de desarrollo tecnológico intenso, con un ecosistema de empresas muy elevado y una Universidad altamente vinculada con la industria. Este caso, impulsado por una política estatal, se consolidó a partir de la actividad empresaria (Saxenian, 2016; Castells y Hall, 1994; Sadin, 2018). Otras experiencias estudiadas por Castells y Hall (1994) que se corresponden con este tipo de estrategias son: los parques tecnológicos de Cambridge (Inglaterra), Sofía Antípolis (Francia) o Hsinchu (Taiwán); y las grandes zonas metropolitanas del mundo desarrollado, como París, Tokio, Londres, Nueva York, Berlín, Los Ángeles o Munich, verdaderos centros de producción de alta tecnología. En los últimos años se puede observar el caso de Barcelona que se constituyó en una metrópolis altamente competitiva a partir de modificar su base productiva mediante el impulso a actividades intensivas en conocimiento (Trullén, Lladós y Boix, 2002).
  • Despliegue de estrategias de desarrollo endógeno anclada en las TIC, mediante la producción de BI y su articulación con otros sectores que permitan agregar valor a la producción local-regional (Arocena, 2001; Vázquez Barquero, 2001), buscando atraer empresas globales y estimular el surgimiento y consolidación de start-up y PyMES locales, incorporando al sector científico-tecnológico (Finquelievich, 2018). En el caso del sector SSI, el objetivo de estas estrategias se basan en agregar valor a la producción a partir de su fortalecimiento, no sólo en tanto sector industrial, sino como un medio para potenciar otros sectores. Entre ellas se encuentran las iniciativas que se proponen fortalecer los Sistemas Locales y Regionales de Innovación y transformar a las ciudades en “medios productores de innovación y riqueza, capaces de integrar la tecnología, la sociedad y la calidad de vida en un sistema interactivo” (Finquelievich, 2007: 137).
  • Posicionarse favorablemente a nivel global, nacional y regional, mediante la atracción de capitales a partir de configurar una imagen de ciudad moderna, amigable con la tecnología, innovadora. Bajo esta lógica, se encuentran iniciativas como la participación en redes de ciudades globales, el desarrollo de equipamientos urbanos tecnológicos, la implementación de servicios ciudadanos basados en internet, la definición de distritos tecnológicos o áreas urbanas destinadas a la radicación de empresas tecnológicas. Estas acciones procuran conformar alianzas público-privadas para atraer financiamiento externo y se focalizan en transformar las condiciones de los territorios para hacerlos atractivos al capital. Bajo esta lógica, también se encuentran las estrategias para conformar ciudades inteligentes, que en muchos casos implican la incorporación acrítica de TIC, con el objetivo de construir una imagen de ciudad moderna e innovadora (Feldman y Girolimo, 2018; Borja, 2014; Fernández González, 2015).

3.3.1. Lecciones sobre Silicon Valley: espacio de origen del informacionalismo

Las ramas motrices de la economía son distintas en cada auge económico, con lo cual los polos de acumulación donde se concentran los mayores capitales son precisamente, en cada caso, aquellos donde se produce el factor clave y aquellos donde se logra el mejor aprovechamiento de las ventajas que este brinda para lograr un salto cuántico en la productividad (Pérez, 1986: 8).

En el inicio del apartado se plantearon interrogantes respecto al lugar que dio origen al informacionalismo: Silicon Valley. ¿Qué es? ¿Cómo se explica que las innovaciones tecnológicas más importantes de los últimos años se produjeran en una región que hasta ese momento carecía de base industrial y tradición empresarial? La respuesta no es monocausal, sino que obedece a factores institucionales, económicos, tecnológicos, culturales, sociales y políticos.

Sadin (2018) sostiene que a fines de los años 1930 existió una intención manifiesta de transformar el paradigma social y científico existente hasta el momento, para lo cual se creó un medio infraestructural de nuevo tipo: un complejo militar-industrial basado en la concentración en una misma zona, de científicos, ingenieros, investigadores de diversas disciplinas, responsables industriales y militares con el fin de generar sinergia entre esos actores. Sin embargo, como afirma Castells (1999), a pesar de que el impulso tecnológico introducido por el ejército preparó a la tecnología estadounidense para dar un salto hacia adelante, las razones que explican su surgimiento no pueden reducirse a la acción deliberada de un gobierno.

En 1950, Silicon Valley era una zona agrícola con sólo 800 trabajadores industriales empleados en su mayoría en plantas de procesamiento de alimentos. En 1970 era la zona en la que se creaba una empresa cada dos semanas y los ingresos medios eran los más altos de California y uno de los más altos en Estados Unidos, gracias al desarrollo de una economía sustentada en una alta capacidad innovadora que dio lugar a los inventos clave en microelectrónica e informática (Castells y Hall, 1994).

El hecho de que un nuevo poder industrial altamente innovador pudiera surgir en una región sin base industrial ni tradición empresarial, puede hacer confundir a analistas y decisores de políticas. Una de las condiciones distintivas con las que contó la región, fue la tradición de excelencia en electrónica de la Universidad de Stanford y su fuerte convicción de vincularse con la industria. Ejemplo de ello fue la creación, en 1951, de un parque industrial que atrajo empresas en condiciones muy ventajosas. No sólo logró consolidarse en muy poco tiempo, sino que experimentó un crecimiento que perduró en el tiempo: en 1955 contaba con 7 empresas, en 1970 con 70, y en 1980 con 90 (Castells y Hall, 1994). Actualmente, cuenta con 160 edificios que pueden ser alquilados como oficinas por las nuevas empresas de tecnología, reúne cerca de 150 empresas con 20.000 empleados (Martel, 2015), y es la región con mayor proporción de empresas tecnológicas altamente valoradas del mundo (Gráfico N° 10).

Gráfico N° 10: Ciudades según proporción de empresas de base tecnológica valoradas en 1.000 millones de dólares, 2014-2015 (en % del total de empresas)

Gráfico 10

Fuente: Elaboración propia en base a G. Tellis, “2016 Startup Index of Nations, Cities: (Startups Worth $1 Billion Or More: ‘Unicorns’)”

La expansión de la demanda de equipos electrónicos con fines militares y aeroespaciales en la década de 1950 y 1960, empujó la I+D en la región gracias a facilitar el capital para inversiones de alto riesgo. Además, favoreció a la difusión tecnológica entre las empresas, que sacaron partido de la bonanza militar gracias a su carácter emprendedor, versatilidad e interacción mutua. La circulación de personal entre las empresas hacía que fuera difícil mantener los derechos de patentes de cada innovación, por lo que la solución que encontraron las empresas fue acelerar la innovación y crear nuevas empresas, desarrollar nuevos productos y tecnologías (Castells y Hall, 1994).

La excelencia universitaria, los vínculos entre la industria electrónica y el campo militar, la fuerte valoración por la iniciativa empresarial y la conformación de redes informales de información, fueron las bases fundamentales de Silicon Valley en el período inicial (Sadin, 2018; Saxenian, 1990; Castells y Hall, 1994).

Hacia 1970 la región se convirtió en un medio innovador, industrial y de servicios de alta tecnología, autosuficiente, que generaba sus propios factores de producción: conocimientos, capital y trabajo. La atracción que generaba estaba dada por ser el depositario del conocimiento más avanzado en electrónica, por su capacidad de producir la siguiente generación del conocimiento (Castells y Hall, 1994) y por la emergencia de la figura del emprendedor libertario, que se oponía a la autoridad y las normas establecidas (Sadin, 2018).

A partir de la década de 1980, la región pareció estancarse por el auge de Japón como dominador del mercado de semiconductores. Sin embargo, frente a la competencia japonesa estandarizada y en gran volumen, surgió una nueva ola de empresas que comenzaron a desarrollar un sistema de producción flexible, centradas en equipos de alto valor agregado. Silicon Valley concentraba las funciones de alta I+D, mientras que las fabricantes de determinados componentes se trasladaron a zonas más baratas (Castells y Hall, 1994; Saxenian, 2016; Sadin, 2018).

En la década de 1990, la interconexión global favorecida por el desarrollo de internet le permitió recuperar la hegemonía. Fue el momento en el que surgieron los navegadores de Internet, se crearon plataformas de comercio electrónico, comenzó a desarrollarse la publicidad en línea, los proveedores de telefonía e Internet invirtieron en infraestructura, entre otras cosas, que terminaron con la crisis de las puntocom a partir del alza en la cotización de las empresas que generó una burbuja financiera (Sadin, 2018).

En el inicio del nuevo milenio, Silicon Valley se basó, no ya en la convergencia o el comercio electrónico, sino en la recolección de información que le permitió a las empresas construir grandes bases de datos con alto valor comercial. Surgieron, Facebook, LinkedIn, Twitter, entre otras empresas, que obtienen grandes volúmenes de datos relativos a prácticas, opiniones y afinidades de las personas. La introducción del smartphone en 2007, y la convergencia entre múltiples tecnologías, habilitó el uso de aplicaciones utilizadas en diferentes secuencias de la vida cotidiana (Sadin, 2018). Martel (2015) define a Silicon Valley como un laboratorio de gran escala en el que hay que demostrar que una aplicación móvil puede funcionar. Los smartphones están modificando el negocio a partir del inagotable mercado de aplicaciones, y los emprendedores parecen tener acceso cada vez más fácil al financiamiento sin depender de un único inversor gracias a la capacidad de conseguir financiamiento online y la multiplicación de incubadoras de empresas.

Castells y Hall (1994) dan cuenta de una especificidad cultural de la región que, sumada a las condiciones políticas, institucionales y económicas anteriormente descriptas, dotan de una fuerte singularidad a dicha experiencia. Entre los rasgos predominantes se destacan: a) la importancia asignada al trabajo y su valoración como una oportunidad para la innovación; b) el espíritu empresarial y emprendedor que alimenta la conformación de empresas y start-ups a partir del desarrollo de ideas nuevas; c) la competencia agresiva entre personas y empresas por mantenerse a la vanguardia; d) un individualismo extremo de una población joven, soltera, altamente calificada y culturalmente diversificada; e) la opulencia y los altos niveles de vida en la población vinculada con el sector tecnológico y fuertes niveles de desigualdad entre quienes no lo están, generadora de una marcada segregación espacial; f) la aparición de mecanismos generadores de lealtad hacia las empresas (horarios flexibles, estilos informales de interacción, actividades recreativas); entre otros elementos.

El fuerte desarrollo tecnológico de la región no redunda en altos niveles de desarrollo humano (Castells y Himanen, 2016). Como lo demuestra Saxenian (2016), mientras que en sus orígenes, el estado de California invirtió en infraestructura y servicios públicos de calidad que fueron necesarios para que la región pudiera desarrollarse, en la actualidad uno de los principales problemas es el desfinanciamiento de la educación, el alza del costo de vida, el deterioro de la infraestructura y los servicios públicos, la configuración de una sociedad fuertemente desigual. La desconexión entre el desarrollo informacional y el desarrollo humano e institucional, como sucede en Silicon Valley, genera que el capital acumulado por el sector más dinámico de la economía no sea redistribuido para mejorar las condiciones sociales e infraestructurales, provocando una crisis en las finanzas del Estado (Artopoulos, 2015). En el otro extremo[43], Finlandia, apostó por un modelo que le permitió combinar altos niveles de desarrollo informacional con altos niveles de desarrollo humano, generando un círculo virtuoso que “cuestiona la noción de que la única manera de ser competitivo en la sociedad global en red es seguir el modelo de Silicon Valley a pesar de sus desventajas en desarrollo humano” (Himanen, 2016: 71).

3.3.2. Las ciudades de la periferia y sus conexiones con el CI

El trabajo de Sassen (2007a) aporta una serie de reflexiones que permiten establecer una lectura crítica de los postulados que pretenden desarrollar el informacionalismo en la región replicando modelos que se vinculan escasamente con las características de su territorio. La autora señala que la economía del conocimiento no puede ser pensada como antagónica respecto del resto de la economía. Una ciudad o región necesita contemplar las especificidades de su historia, sus particularidades le otorgan un carácter diferencial para el desarrollo de su economía del conocimiento[44].

Pretender replicar modelos desarrollados en países centrales, sin contemplar las especificidades del medio, implica desconocer la heterogeneidad con la que opera el informacionalismo a escala global. América Latina muestra una serie de particularidades y aporta elementos novedosos para comprender el desarrollo informacional.

Uno de los trabajos que dan cuenta de ello es el de Artopoulos (2015), quien señala que a diferencia de los países en los que el desarrollo informacional es más elevado, en América Latina se observa la presencia de emprendedores tecnológicos que actúan bajo incentivos globales pero sin una estrategia nacional que promueva el uso del conocimiento para el desarrollo. En un contexto de debilidad institucional y ausencias de estrategias nacionales, emerge la figura del pionero informacional, que es quien logra resolver la tensión entre el industrialismo y el informacionalismo, construyendo sus propios sistemas tecnológicos y redes organizacionales. El autor identifica que existen empresas que fueron capaces de innovar y producir conocimientos para la aplicación de TIC en diversas actividades económicas. Entre ellas se encuentran los casos de los Unicornios Latinoamericanos[45], que son aquellas firmas basadas en el uso intensivo de tecnologías digitales que alcanzan una cotización en bolsa superior a los 1000 millones de dólares en un período breve de tiempo. En América Latina existen seis casos de los cuales cuatro surgieron o tienen sus oficinas centrales en Buenos Aires, y dos representan a las únicas empresas de la región que cotizan en Wall Street y tienen lazos permanentes con Silicon Valley: MercadoLibre y Globant (Artopoulos, 2015).

Además de Buenos Aires, las otras dos ciudades que dieron origen a estas empresas son San Pablo y Río de Janeiro. Que este fenómeno se haya localizado en estas ciudades no es casual, si se considera que cuentan con los rasgos que caracterizan a los medios de innovación: son núcleos económicos conectados a redes globales de innovación y cuentan con redes locales de firmas e instituciones dedicadas a la innovación (Artopoulos, 2015).

Más allá del crecimiento del sector SSI en los últimos años en países como Argentina, el incremento en las exportaciones de SBC, el surgimiento de algunas grandes empresas de base tecnológica con alta inserción global pero escasa conexión con los entramados productivos locales; se evidencian también otras dinámicas relativamente novedosas.

Una de ellas es la experiencia de Yachay, impulsada por el Gobierno de Ecuador, que consiste en la creación de una ciudad “diseñada para brindar comodidad al ser humano, en armonía con la naturaleza y con espacios adecuados para la generación de conocimiento”[46]. El objetivo del proyecto radica en la creación de una ciudad especializada en actividades intensivas en conocimiento. Su Plan Maestro -elaborado por la empresa surcoreana IFEZ (Incheon Free Economic Zone) que desarrolló proyectos similares en otras regiones del mundo- establece cuatro zonas del territorio que se especializan en las siguientes actividades: biotecnología, agro-turismo, conocimiento y producción industrial. Cuenta con un Parque Científico Tecnológico con incubadoras de empresas, laboratorios de prototipado, coworking, entre otros servicios e infraestructuras; y propone estimular los vínculos entre universidades, institutos tecnológicos y empresas (Finquelievich, 2016). Además, cuenta con una Zona Especial de Desarrollo Económico, que procura “atraer inversiones tecnológicas, industriales y logísticas mediante incentivos tributarios para importaciones y facilidades para realizar encadenamientos productivos con vinculación a procesos I+D+i”[47]. El proyecto se encuentra en su primera fase de ejecución, por lo que es difícil realizar una evaluación.

Este tipo de iniciativas no son específicas de América Latina, y constituyen desarrollos que se extienden alrededor del mundo: Daedeok (Corea del Sur) o Cyberjaya (Malasia), son algunos ejemplos que, al igual que Yachay, se encuentran en construcción y permanecen escasamente poblados (Finquelievich, 2016).

Otro de los trabajos que dan cuenta de fenómenos particulares que acontecen en ciertas ciudades de la región es el de Falero (2011), quien estudia el caso de Zonamérica, un Parque Tecnológico dentro de la Zona Franca de Montevideo. Si bien se llevan a cabo actividades como la producción de software, predomina el desarrollo de un conjunto de actividades –call centers y back office- que no implican ningún tipo de innovación. En lugar de ello, lo que queda, es “inserción laboral de variado tipo, en algún caso con calificación alta, pero tampoco generalizada en función de los requerimientos laborales” (Falero, 2011: 214). La lógica que opera en el caso de Zonamérica es la del enclave informacional¸ concepto propuesto por Falero (2011) para dar cuenta de la existencia de fuertes relaciones transfronterizas con escasa conexión con la economía nacional. El principal elemento que articula al enclave con la economía nacional sería “la capacidad multiplicadora indirecta a través del consumo de los salarios que supone la fuerza de trabajo requerida en el enclave” (Falero, 2011: 247).

Este tipo de experiencias -junto a la creación de las zonas francas, las ciudades de la ciencia o los parques tecnológicos- dan cuenta de la existencia de diferentes intentos por configurar nuevas espacialidades que permitan la inserción en las nuevas dinámicas definidas por el capitalismo informacional. Llevarlas a cabo no implica la superación de brechas, ya que de manera frecuente operan lógicas contrarias. De hecho, los enclaves informacionales, no existen en los centros de acumulación sino que son “una realidad específicamente periférica, que sugiere la idea de espacio concentrado de extracción de excedentes y caracterizado por su escasa conexión con las sociedades en que se encuentra” (Falero, 2011: 266). Agrega el autor que “es preciso no confundir construcción de condiciones sociales para el despliegue de formas periféricas del capitalismo informacional con desarrollo” (Falero, 2011: 269).

3.3.3. La importancia creciente de las ciudades intermedias

En esta última sección se aborda la especificidad de las ciudades intermedias. La década de 1990 y el comienzo del nuevo milenio estuvieron marcados por una tendencia a observar a las ciudades compitiendo para atraer inversiones y ofrecer una localización eficiente para los procesos productivos, logísticos y distributivos de las empresas y los ciudadanos (CEPAL, 2016a). Diversos trabajos se focalizaron sobre las ciudades globales, las grandes metrópolis urbanas y las mega-regiones, en un contexto en el que la literatura coincide en atribuirles una serie de cualidades que las posiciona favorablemente en el CI con respecto a ciudades de menor escala. Algunas de esas cualidades son: las ventajas alcanzadas mediante las externalidades positivas de las economías de aglomeración, las infraestructuras disponibles, los tipos de servicios provistos, la disponibilidad de fuerza de trabajo cualificada y diversificada, las condiciones favorables para la innovación, la reducción de costos de transacción, entre otros (Sassen, 2007a; CEPAL, 2017).

Sin embargo, en los últimos años proliferó un importante caudal de literatura que identifica nuevas oportunidades para las ciudades intermedias de resituarse en la red global (Michelini y Davies, 2009). A pesar de que la circulación de flujos económicos tiende a favorecer determinados nodos y penalizar otros, permanece abierta la posibilidad para que los centros medianos y pequeños puedan resituarse en dicha red, paradójicamente, como consecuencia del contexto de la globalización económica (Bellet y Llop Torné, 2004). Como afirman Michelini y Davies (2009: 8)

si bien se refuerza por un lado, el papel de los espacios urbanos de mayor jerarquía -las ciudades globales (Sassen, 1991; Brenner, 2003)-, que ejercen el comando de la economía mundial, es cierto, por otra parte, que el nuevo contexto trae también consigo nuevas oportunidades no contempladas para las ciudades intermedias.

Según CEPAL (2016a; 2017) a pesar de los efectos positivos de la aglomeración sobre el crecimiento y la creación de valor económico, las grandes ciudades están alcanzando un umbral de agotamiento de los beneficios proporcionados por la densidad y la concentración urbana, y el surgimiento de externalidades negativas[48] que generan deseconomías de escala. Si bien, en América Latina, 40 ciudades concentran el 30% del PBI regional, de las cuales 4 de ellas (San Pablo, Río de Janeiro, Buenos Aires y México) aportan la mitad de esa proporción, al mismo tiempo, las externalidades negativas como consecuencia de la débil planificación empiezan a limitar los beneficios que las ciudades ofrecen para el desarrollo económico. El agotamiento de las ventajas comparativas de las mega-ciudades abre un espacio para que las de menor tamaño desarrollen un nuevo papel en los sistemas urbanos.

Las ciudades intermedias también experimentaron un fuerte dinamismo en términos demográficos. Según ONU Hábitat (2012), América Latina y el Caribe se caracterizaron históricamente por la concentración de la población en pocas ciudades que acaparaban riqueza, ingresos y funciones socioeconómicas y administrativas. Sin embargo, en las últimas décadas, las ciudades intermedias y pequeñas crecieron en términos poblacionales a un ritmo mayor que las ciudades grandes. En la actualidad, la distribución de la población urbana en la región es similar a lo que acontece mundialmente: más de la mitad de la población urbana vive en ciudades con menos de un millón de habitantes (ONU Hábitat, 2012).

A pesar de la importancia creciente que le atribuye cierta literatura a este tipo de ciudades, continúa siendo un campo escasamente analizado en los países de la periferia. La producción existente se concentra en trabajos de organismos internacionales como CEPAL (2009; 2016a; 2017; 2017a), ONU-Hábitat (2012), Banco Mundial (2016) y Banco Interamericano de Desarrollo (2016), y de asociaciones como Ciudades y Gobiernos Locales Unidos[49] (CGLU), quienes realizaron numerosas contribuciones para caracterizar su situación y su rol en los sistemas urbanos, contemplando la realidad de América Latina y el Caribe.

Existen diferentes criterios para definir a las ciudades intermedias. Mayoritariamente, a pesar de sus limitaciones, primaron las definiciones cuantitativas por sobre las cualitativas, aludiendo al tamaño poblacional en detrimento de las funciones que ellas desarrollan (Bellet, 2000).

Definir a una ciudad por su tamaño encierra la relatividad del país o región a la que pertenece. Para el sistema europeo o norteamericano, las ciudades medias son las que tienen más de un millón de habitantes, mientras que en la región latinoamericana se suele tomar como criterio común un tamaño demográfico que oscila entre 50 mil y 1 millón de habitantes (Gudiño, 2012; ONU-Hábitat, 2012). En algunos casos se establecen subdivisiones para agrupar a las ciudades: CEPAL (2009) distingue a las que tienen entre 500 mil y 1 millón de las que tienen entre 100 mil y 500 mil; CGLU (2010) distingue a las que tienen entre 50 mil y 100 mil; 100 mil y 300 mil; 300 mil y 500 mil, y 500 mil y 1 millón; y en el Plan Estratégico Territorial (2011) de Argentina se clasifican a las ciudades entre 50 mil y 100 mil; 100 mil y 500 mil; y 500 mil y 1 millón. Más allá de la clasificación que se adopte es evidente que la realidad de las ciudades intermedias es sumamente heterogéneo y dificulta efectuar un análisis estilizado de las mismas (CEPAL, 2009).

Desde una perspectiva cualitativa, además de contemplar criterios demográficos, se consideran primordialmente las funciones que desarrollan. Gudiño (2012) considera que las ciudades intermedias cumplen funciones de intermediación con estructuras mayores (el sistema nacional de asentamientos o las redes internacionales de ciudades globales) y menores (asentamientos comprendidos en sus áreas de influencia). Bellet y Llop Torné (2004) afirman que las ciudades intermedias cumplen con un papel de intermediación en los flujos (bienes, información, innovación, administración, etc.) entre territorios urbanos y rurales de su área de influencia y territorios regionales, nacionales y globales.

Los elementos novedosos de este enfoque radican en captar nuevas dimensiones que permanecían opacas en las perspectivas cuantitativistas. La idea principal es que la importancia y el potencial de una ciudad no se circunscribe a su tamaño, sino a criterios dinámicos e interactivos como sus capacidades para crear relaciones y tejer una red, vincularse regional, nacional y globalmente, ser un centro de bienes y servicios más o menos especializados, contar con infraestructuras de transporte e información, exhibir menores costos del suelo urbano y articular procesos locales/territoriales con regionales/nacionales/globales (Bellet y Llop Torné, 2004; Bellet, 2000; 2012). En definitiva, implica una nueva comprensión de lo urbano: si con los atributos del tamaño se definen rangos de ciudades que permiten pensar al sistema urbano como una pirámide, con el elemento relacional el esquema que se construye es el de una red en la que las ciudades son nodos (Carrión, 2013).

Entre los factores que llevaron a explorar la situación de las ciudades intermedias, además del destacado crecimiento demográfico experimentado en los últimos años, se encuentran:

  • La necesidad de consolidar estructuras urbanas equilibradas frente a la configuración de una economía global comandada por un archipiélago metropolitano (CEPAL, 2009; Bellet, 2012);
  • La búsqueda por fortalecer la escala local frente a la retirada del Estado central, como consecuencia de la reestructuración neoliberal y el vaciamiento de sus funciones en los procesos de desarrollo regional, que impone un escenario en el que las ciudades deben desarrollar sus propias estrategias de desarrollo mediante la activación de recursos endógenos y la competencia por recursos exógenos (Michelini y Davies, 2009);
  • El potencial que poseen para construir entornos innovadores y llevar a cabo procesos de desarrollo territorial que les permita ubicarse favorablemente en las redes globales a partir de: mejorar la calidad educativa y formativa, fomentar la innovación en las PyMES, apoyar la formación de redes socio-institucionales, mejorar los sistemas locales y regionales de innovación, generar cohesión social y mejorar las condiciones de vida y habitabilidad, entre otros elementos (Méndez, Michelini y Romeiro; 2006; Bellet, 2000; Michelini y Davies. 2009). Según Bellet (2012), los cambios tecnológicos y productivos le permitieron a las ciudades intermedias actuar como polos de desarrollo territorial gracias a la desconcentración de actividades antes concentradas en determinados centros. Sin embargo, como afirman Méndez, Michelini y Romeiro “cada ciudad deberá elaborar sus propias propuestas dinamizadoras a partir de las específicas condiciones económicas, sociales e institucionales heredadas” (2009: 392).

La motivación por estudiar estas ciudades en la presente tesis se relaciona con el interés por comprender la heterogeneidad con la que se despliega el capitalismo informacional a escala global. Durante décadas se privilegió el estudio de las ciudades globales y metrópolis urbanas. Sin embargo, tal como se muestra en los Capítulos 7 y 8, las ciudades intermedias no se encuentran excluidas de las dinámicas del informacionalismo. Como se observa mediante el análisis de Tandil y Bahía Blanca, éstas desarrollan estrategias tendientes insertarse en dichas dinámicas mediante -entre otras cosas- el impulso de procesos de innovación en el sector SSI. Asimismo, contar con mayor conocimiento sobre sus especificidades podría aportar al diseño de políticas públicas más acordes a las necesidades de las ciudades de estas características.


  1. Para una genealogía del concepto de la sociedad de la información ver Mattelart (2002).
  2. Declaración de Bávaro, accesible en: https://bit.ly/2SzqrzU. Fecha de consulta: 26/02/2018.
  3. Para profundizar en la discusión sobre las diferencias entre información y conocimiento ver David y Foray (2002); y Steinmueller (2001).
  4. Del inglés knowledge based economy (David y Foray, 2002).
  5. La propuesta de Fuchs (2008) es hablar de capitalismo informacional global o transnacional, porque permite captar la relación dialéctica entre la continuidad en el modo de producción y la discontinuidad en el modo de desarrollo.
  6. Castells (1999) señala que su puerta de entrada para analizar la sociedad informacional es la revolución de la tecnología de la información, por su capacidad de penetración en todos los ámbitos de la vida humana. Sin embargo, esto no implica considerar que las nuevas formas y procesos sociales surjan como consecuencia del cambio tecnológico. Para el autor, la tecnología no determina la sociedad, ni la sociedad determina las trayectorias del cambio tecnológico. Más bien, el resultado dependerá de un complejo modelo de interacción compuesto por diversos factores, entre los que se encuentran las invenciones e iniciativas personales.
  7. Castells (1999) diferencia a la sociedad de la información de la sociedad informacional. La primera destaca el papel de la información en la sociedad, mientras que la segunda indica el atributo de una forma específica de organización social, en la que la generación, procesamiento y transmisión de la información se convierten en las fuentes dominantes de productividad y poder, gracias a las nuevas condiciones tecnológicas que surgen en el período histórico analizado.
  8. Un antecedente preponderante para los autores del CC son los trabajos de Negri y Lazzarato (1991), al asociar el general intellect con el trabajo inmaterial, en una etapa en la que “el saber social general se transforma en actor fundamental del proceso social de producción” (Miguez, 2013).
  9. Ver sitio web del Foro Económico Mundial: https://bit.ly/2N0M4Ef. Fecha de consulta: 11/02/2019
  10. Ver sitio web de la Unión Industrial Argentina: https://bit.ly/2RYJXBK. Fecha de consulta: 11/02/2019
  11. Srnicek (2018) establece una clasificación entre cinco tipos de plataformas: publicitarias, como Google o Facebook, que extraen información de los usuarios para luego vender publicidad; de la nube, como Amazon, que son propietarias del hardware y el software necesario para alquilar medios de producción; industriales, como General Electric o Siemens, que producen el hardware y el software que se necesita para transformar la manufactura tradicional en procesos conectados a Internet; las de productos, como Rolls Royce o Spotify, que generan ganancias mediante el uso de otras plataformas para transformar un bien tradicional en un servicio y cobrar alquileres o suscripciones; y austeras; como Uber o Airbnb, que obtienen ganancias mediante la reducción de costos.
  12. Se entiende por reestructuración al proceso mediante el cual los modos de producción transforman sus medios organizativos para alcanzar los principios básicos del sistema. Estos procesos pueden ser sociales, tecnológicos, culturales y políticos; y están siempre orientados a cumplir con los principios básicos del modo de producción. En el caso del capitalismo, maximizar los beneficios del capital privado (Castells, 1995).
  13. Calderón (2015) considera que el desarrollo informacional no emerge de forma natural o necesaria en una línea evolutiva de las sociedades y sus economías, sino de un modelo que pudo construirse dadas ciertas circunstancias históricas (políticas, económicas, culturales y tecnológicas). La disputa por las orientaciones del informacionalismo -entre el neoliberalismo y el neodesarrollismo- constituye un campo de la historicidad actual.
  14. En un sentido similar, Freeman (2003) considera que lo que motiva el cambio de paradigma no es sólo contar con un grupo de innovaciones radicales, sino disponer de forma universal y a bajo costo de los insumos clave.
  15. Proyecto ENIAC, publicada en el Blog Historia de la Informática de la Escuela Superior Técnica de Ingeniería Informática de la Universidad Politécnica de Valencia: https://bit.ly/2WZTYlU. Fecha de consulta: 12/02/2019.
  16. The Story Behind Amarican’s First Comercial Computer, Revista TIME: https://bit.ly/1q5ipgu. Fecha de consulta: 12/02/2019.
  17. Apple I, Mac History. The History of Apple – Facts, Tales and Stories written and collected by Christoph Dernbach: https://bit.ly/2TSwwok. Fecha de consulta: 12/02/2019.
  18. La información digital es un conocimiento instrumental codificado de forma binaria mediante señales eléctricas cuyo rasgo distintivo es que puede reproducirse de manera idéntica con un costo cercano a cero (Zukerfeld, 2008). Permite tratar todo tipo de información como una cadena de signos binarios, codificados por la lógica booleana, permitiendo que códigos sonoros, icónicos, verbales, lógico-matemáticos o lingüísticos, sean todos reducidos a un mismo código y transportables por un mismo canal (Dantas. 1999 citado en Míguez, 2018).
  19. Consiste en el conocimiento social solidificado por fuera de la subjetividad individual y más allá de la intersubjetividad colectiva. Puede ser objetivado, es decir, se manifiesta en la forma de un objeto o soporte, o codificado, que consiste en el contenido simbólico del objeto soporte y la mayor parte de él puede ser considerada como información (Zukerfeld, 2008).
  20. Flujos de datos codificados que circulan como información genética o nerviosa. Se puede distinguir entre los flujos naturales/orgánicos, que es la información genética que porta una semilla proveniente de un fruto natural o social/posorgánico, que es la información genética proveniente de la manipulación humana (Zukerfeld, 2008).
  21. Mientras que en los bienes físicos puros, el consumo bloquea la posibilidad de consumo de otra, en el caso de un MP3, la mercancía es la información (Mason, 2016).
  22. Debido a estas especificidades, Zukerfeld (2012), siguiendo a Kenessey (1987), plantea la necesidad de trascender la visión sectorial tripartita, y considerar al sector información como un cuarto sector, compuesto por el conjunto de unidades productivas cuyo output son los BI1.
  23. Como afirma Saxenian (2016), nuevas generaciones de empresas a veces eclipsan y otras coexisten con los antiguos líderes: mientras que en los años ochenta y noventa la fuerza que impulsaba el desarrollo económico en Silicon Valley era el desarrollo de hardware y software, en la actualidad lo son las industrias de servicios profesionales, científicos y técnicos, y los servicios de información basados en Internet.
  24. Disponible en: https://bit.ly/2Q7RlxK. Fecha de consulta: 23/11/2018.
  25. World Intellectual Property Organization: https://bit.ly/2GMb6q4. Fecha de consulta: 23/11/2018.
  26. De hecho las actividades manufactureras continúan siendo una importante fuente del dinamismo económico mundial, que se refleja en una alta participación en las exportaciones mundiales. Si bien su participación en el empleo mundial se redujo un 14% entre 1991 y 2014, es el sector que mayores encadenamientos productivos y capacidades de generación de empleo indirecto tiene (CEPAL, 2016).
  27. De hecho, autores como Zukerfeld (2012) señalan la necesidad de superar la división sectorial tripartita, e identifican la emergencia de un cuarto sector: el informacional.
  28. Para un completo análisis sobre las implicancias de la caída de la sociedad industrial para los asalariados ver Castel, R. (2010). El ascenso de las incertidumbres: trabajo, protecciones, estatuto del individuo. 1.ed. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
  29. Los teóricos del Capitalismo Cognitivo, señalan que el stock de capital intelectual disponible, constituye uno de los factores de mayor incidencia en la competitividad de los territorios (Míguez, 2018).
  30. Si bien la extracción y análisis de datos es previa al desarrollo de plataformas, al ser cada vez más barata la tecnología necesaria para producirlos y extraerlos, se abrieron nuevas extensiones de datos potenciales, y surgieron nuevas industrias para utilizarlos de forma tal que permitieran optimizar los procesos productivos, mejorar la prestación de servicios a partir de conocer las preferencias de los usuarios y consumidores, controlar a los trabajadores, brindar los cimientos para nuevos productos y servicios, etcétera (Srnicek, 2018).
  31. Srnicek (2018) establece una tipología de plataformas: a) plataformas publicitarias: los usuarios de internet producen bienes (datos y contenidos) que son apropiados y vendidos a anunciantes publicitarios (u otros interesados). Ejemplos: Google y Facebook; b) plataformas de la nube: permiten la tercerización de gran parte del departamento de tecnología de la información de una empresa. El análisis de datos, el almacenamiento de la información de los clientes, el mantenimiento de los servidores de una empresa, todo puede ser derivado a la nube. Es la infraestructura que necesitan las empresas que utilizan tecnologías de información. Al trasladar las actividades de las compañías a la nube, empresas como Amazon, proveedoras del servicio, ganan acceso directo a nuevos datos; c) plataformas industriales: buscan recolectar, almacenar y procesar datos en la producción industrial. En su nivel más básico, consiste incorporar sensores y chips al proceso productivo y logístico. Permite hacer más eficiente el proceso, reduciendo costos y tiempo muerto; customizar productos, etcétera. Siemens, General Electric, Microsoft e Intel, son algunas de las empresas que están desarrollando las plataformas industriales. Alemania y Estados Unidos están priorizando este modelo de negocios; d) plataformas de productos: son uno de los medios más importantes para recuperar la tendencia de los costos marginales cercanos a 0 en algunos bienes: Spotify, Netflix, son ejemplo de ello, plataformas que se basan en la suscripción de usuarios; e) plataformas austeras: abarcan desde compañías especializadas en algún tipo de servicio (limpieza, médicos a domicilio, plomería, etc.) hasta mercados más generales, en la que se encuentran clientes, usuarios y trabajadores. Uber y Airbnb son ejemplos de estas plataformas, ya que sin contar con bienes materiales (autos en el caso de la primera, inmuebles en el caso de la segunda) y la subcontratación de trabajadores a quienes consideran contratistas independientes más que empleados, operan como intermediarias para la prestación de un servicio. Su activo más importante es la plataforma digital y los datos que obtiene de su utilización.
  32. La teoría económica neoclásica sostiene que la división internacional del trabajo es beneficiosa para los países que participan de ella: comercian porque son diferentes y lo hacen en función de esas diferencias. Quienes participan del intercambio, alcanzarían mejores situaciones de las que tendrían en caso de no hacerlo ya que lograrían una mayor disponibilidad de bienes, gracias al mejor aprovechamiento que cada uno hace de sus recursos (Lugones, 2012). El estructuralismo, el desarrollismo, el marxismo y el dependentismo, entre otras tradiciones teóricas, plantearon sus críticas a los postulados hegemónicos de la teoría neoclásica. Una de las posiciones más difundidas fue la del estructuralismo latinoamericano, elaborada a mediados del siglo pasado en el ámbito de la CEPAL. Para estos economistas, los países productores de bienes de menor complejidad y/o diferenciación, veían afectados los términos del intercambio con aquéllos que son exportadores de productos con mayor contenido tecnológico. En la década de 1950, la diferenciación radicaba en la exportación de bienes primarios e industriales: los primeros contaban con una menor elasticidad-ingreso de la demanda en relación con los segundos; mientras que en la década de 1980, el argumento se extiende a las diferentes elasticidades entre los bienes industriales: commodities o bienes diferenciados (Lugones, 2012).
  33. Incluso, entre los años 2000 y 2013 se produjo una caída del 14% en la participación de las manufacturas de base no primaria en las exportaciones. La dependencia de los bienes primarios, el rentismo importador de bienes manufacturados, la escasa oferta de crédito productivo para el fortalecimiento del sector industrial y servicios de alto valor agregado otorgado el sistema financiero, la baja inversión extranjera directa privada con fines productivos y la débil inversión en I+D, fueron algunas de sus principales causas (Ramírez Gallegos y Sztulwark, 2018; CEPAL, 2016).
  34. Artopoulos (2015) utiliza el concepto para describir el tipo de inserción de los países latinoamericanos en el mundo informacional, caracterizada por el escaso despliegue de sus capacidades innovadoras debido a la desarticulación entre el estado, las universidades y los empresarios.
  35. El desarrollo experimental está orientado a la producción nueva o mejorada de materiales, productos, dispositivos, procesos o sistemas (CEPAL, 2016).
  36. Datos publicados por la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología Iberoamericana e Interamericana (RICyT). Disponible en: http://www.ricyt.org/. Fecha de consulta: 06/03/2019.
  37. Siguiendo a Molinari, Bembi y De Angelis (2018), el indicador de patentamiento presenta diversas limitaciones: por un lado, América Latina tiende al sub-patentamiento como consecuencia de los elevados costos, las complejidades de los trámites y la poca valoración de la protección de las patentes. Además, en los países en desarrollo, donde el cambio técnico es incremental y adaptativo, las patentes son un indicador limitado para medir la inversión en capacidades. Si bien se lograron consolidar capacidades científicas, no pudieron trasladar ese dinamismo a la transferencia de conocimiento científico que tienda a modernizar los sistemas productivos.
  38. Según OCDE (2011) las actividades del sector manufacturero de alta tecnología comprenden: industria aeronáutica y espacial, farmacéutica, computadoras y máquinas de oficina, aparatos de radio, televisores y telecomunicaciones e instrumentos científicos, médicos, de precisión y óptica.
  39. Son sectores trabajo-intensivos (con un claro sesgo a emplear trabajadores de medio-alto nivel de calificación, aunque potencialmente capaces de ocupar otros segmentos de la fuerza laboral mediante actividades de capacitación específicas), que absorben, generan y difunden conocimiento y, por esa vía, contribuyen a la elevación de la productividad global de la economía (López, 2018). Comprenden el uso de la propiedad intelectual, servicios de telecomunicaciones, computación e información, investigación y desarrollo, servicios de consultoría de profesionales y técnicos de negocios, servicios de arquitectura, ingeniería, científicos, y otros servicios técnicos, y audiovisual y servicios relacionados (Molinari, Bembi y De Angelis, 2018).
  40. Según Sosa Velásquez (2012) el estudio del territorio experimentó un pasaje desde abordajes, formulaciones y aproximaciones disciplinares a experiencias disciplinares que combinan la geografía, historia, sociología, ciencia política, antropología, entre otras. La presente tesis recupera el planteo del autor, quien propone pensar al territorio como un constructo social complejo, como una construcción integral, dialéctica, multidimensional y pluridimensional; donde concurre lo geográfico, lo económico, lo social, lo cultural y lo político. El territorio “constituye esa compleja red de contenidos y formas, de condicionamientos objetivos y subjetivos interrelacionados, que –consciente o inconscientemente en los diversos actores sociales- estructuran procesos, dinámicas y prácticas” (Sosa Velásquez, 2012: 116). La concepción del territorio como una construcción social orientada a la acción, por su parte, permite la adopción de aproximaciones operativas para el tratamiento de los problemas relacionados con el desarrollo local (Dematteis y Gaverna, 2005).
  41. Si bien en trabajos posteriores, la autora incorpora a San Pablo, Shanghai, Buenos Aires, México, entre otros casos, a las denominadas ciudades globales; agrupar bajo un mismo concepto a casos con realidades tan diferentes, supondría disolver la división centro-periferia en virtud de una nueva geografía económica (Falero, 2011). Por ello, resulta complejo sostener que las ciudades globales del centro puedan ser equiparadas con ciudades de la periferia, más allá de los atributos que puedan haber desarrollado éstas como nuevos centros en los que se localicen actividades informacionales y financieras.
  42. Theodore, Peck y Brenner, consideran que “las ciudades se han transformado en lugares estratégicamente centrales para el avance irregular de los proyectos reestructuradores neoliberales, para su constitución y resistencia tendencial. Las ciudades definen algunos de los espacios en que echa raíces el neoliberalismo, un proyecto geográficamente variable, pero interconectado translocalmente. Es también en el ámbito urbano donde se da el reiterado fracaso de las políticas neoliberales y algunas esporádicas resistencias a ellas, con lo que también se hacen visibles ciertos límites potenciales del proyecto neoliberal” (2009: 3).
  43. Para un análisis exhaustivo sobre las vinculaciones entre desarrollo informacional y desarrollo humano, ver Castells y Himanen (2016), donde se analizan las experiencias de Silicon Valley, Finlandia, Unión Europea, China, Sudáfrica, Chile y Costa Rica. La propuesta de los autores consiste en clasificar diferentes modelos de desarrollo a partir de dos variables: intensidad del desarrollo informacional e intensidad del desarrollo humano.
  44. Sassen (2007a) señala como ejemplo los casos de Nueva York y Chicago. Mientras que la primera se constituyó en un centro construido sobre la base del comercio y las finanzas, la segunda lo hizo a partir de su destacada trayectoria en la agricultura y manufacturas-
  45. Los unicornios son firmas nuevas, basadas en el uso intensivo de tecnologías digitales, que alcanzan una cotización en bolsa superior a los 1000 millones de USD, en un período corto de tiempo (Artopoulos, 2015).
  46. Yachay, Ciudad del Conocimiento, disponible en: https://www.yachay.gob.ec. Fecha de consulta: 22/03/2019
  47. Yachay, Ciudad del Conocimiento, disponible en: https://bit.ly/2FRFaPL. Fecha de consulta: 22/03/2019
  48. Algunos ejemplos son: elevado nivel del costo de inmuebles e insumos para empresas y hogares, precariedad e informalidad del empleo, y pérdida de productividad debido a problemáticas urbanas que pueden hacer disminuir la renta real en las ciudades más grandes (CEPAL, 2016a).
  49. Ciudades y Gobiernos Locales Unidos, disponible en: https://bit.ly/2TSWjvT. Fecha de consulta: 23/03/2019


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