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Ser hombre y estudiar hombres

Pensar masculinidades en el campo del rugby
en Argentina

Juan Bautista Branz

El siguiente artículo es parte de mi tesis doctoral[1], concluida y aprobada en el mes de marzo del año 2015. El objetivo de este texto es reflexionar sobre la denominada masculinidad dominante producida y reproducida entre un grupo de hombres que practica rugby en la ciudad de La Plata. El clivaje de la clase social será central para el análisis que articula la identidad de género y la práctica deportiva estudiada. El trabajo intenta reconstruir los significados que los propios actores investigados asocian a la idea de ser y actuar como hombre, en una ciudad donde el rugby se constituye como uno de los círculos de privilegio modelado –históricamente– por los sectores dominantes. Además, repasaremos el proceso de observación, registro y producción de datos teniendo en cuenta las relaciones intragenéricas referidas a la relación investigador/investigados.

Introducción

El rugby, en Argentina, no es un deporte de participación masiva. Las lógicas de integración tienen que ver con obturaciones en el espacio de las instituciones dedicadas a la práctica, que establecen que sólo lo practiquen determinados agentes cuyos capitales acumulados –sociales, culturales, económicos–, sostengan y garanticen la inclusión en el espacio. El prestigio social atribuido por los propios agentes practicantes de este deporte, será entonces uno de los ejes centrales de análisis. Hemos reconocido, delimitado y nombrado, provisoriamente, a nuestros sujetos de observación como sectores dominantes. La categoría alude a los agentes mejor posicionados en las estructuras materiales y simbólicas que se establecen a partir de la distribución –desigual– de capitales. Aunque, en algunos casos, el desnivel entre los jugadores de rugby sea notorio y demasiado evidente. Pero ese desnivel no es la tendencia que caracteriza al espacio, sino sólo algunas excepciones, que en este trabajo analizaremos. Sobre todo para pensar y entender cómo circulan las ideas dominantes en un campo. Esto nos habilita a pensar en cómo se forma una clase, más que en dar por constituida naturalmente una clase. Pensaremos a la clase, analíticamente en “movimiento”, como experiencia vivida y vivible, como formas de organización que se encarnan en un determinado grupo de personas, se hacen cuerpo en sujetos reales, organizando formas culturales que se traducen en tradiciones, costumbres y valores. Durante finales del año 2009, todo 2010, 2011, 2012 y parte de 2013, el trabajo de campo se basó en la construcción de datos a través de la vinculación con los sujetos investigados en los clubes La Plata Rugby, Universitario y Albatros. Las entrevistas etnográficas nutrieron el análisis, relacionándolas con entrevistas semi-estructuradas, búsqueda de documentos históricos sobre el campo, y observación participante y no participante en espacios cotidianos como gimnasio de musculación, fiestas nocturnas, cumpleaños, entrenamientos, espectáculos artísticos, salidas nocturnas, peña folklórica, viaje de ocio, partidos oficiales, trámites varios, situaciones domésticas familiares, tercer tiempo.

Masculinidades y poder

Para pensar al rugby y la reconstrucción de las características asociadas, por los propios sujetos investigados, en relación a los modos de ser hombre, partimos de una reflexión de Badinter, sosteniendo la idea de las “múltiples masculinidades”. Dice la autora:

No hay una masculinidad universal sino múltiples masculinidades, tal como existen múltiples femineidades. Las categorías binarias son peligrosas porque desdibujan la complejidad de lo real en beneficio de esquemas simplistas y condicionantes (2003:49).

La hipótesis y la pregunta en cuanto a las formas de ser macho, y más, de establecer prácticas dominantes respecto a otros modelos masculinos, fueron analizadas a partir de la escucha y la observación sobre cuáles son los relatos que legitiman –reproducen, reafirman– esas prácticas en relación a la masculinidad construida en el espacio del rugby; también para argumentar, por qué hablamos de modelos dominantes de masculinidad entre jugadores de rugby.

Siguiendo otra vez a Badinter (1994) podríamos establecer que la identidad masculina, en nuestras sociedades, se emparenta con el hecho de poseer, tomar, penetrar, dominar y afirmarse (si es necesario, por la fuerza); mientras que la identidad femenina ha de asociarse a las características de docilidad, pasividad, sumisión y a la búsqueda de ser poseída. Todo esto si pensamos a la categoría género como una operación que tiene una lógica binaria que separa sólo lo femenino de lo masculino y, más aún, dentro de un mismo género, posiciones dominantes y subalternas, reproduciendo relaciones desiguales de poder (Burin & Meler 2009). Con el objetivo de superar las visiones que restringen el análisis sólo desde una perspectiva androcentrista y pensar en un universo más amplio que las oposiciones, por ejemplo, entre lo innato o lo adquirido, o el Género o la diferencia sexual (Ibíd.), creemos que:

La estereotipia de género, que es un ‘trabajo cultural’ en sí misma, niega las amplias similitudes existentes entre mujeres y varones y destaca la polaridad desconociendo la gran variabilidad que existe al interior de cada subconjunto genérico […] El género, la clase, la etnia y la edad, se entrecruzan para construir subjetividad (Ibíd.:43).

En el problema de la construcción de masculinidad por parte de jugadores de rugby en la ciudad de La Plata y su puesta en práctica, se exhiben ciertas formas de ser hombre de manera asimétrica, tanto con mujeres como con otros hombres que no responden a actitudes, atributos o propiedades que hay que poseer para ser un hombre verdadero. Estamos hablando, en principio, de una masculinidad dominante o hegemónica, dentro del espectro de múltiples masculinidades; que tiene que ver con un contexto de estudio, las características de un objeto y de sujetos de investigación históricamente determinados por variables, fundamentalmente, que tienen que ver con la clase social y, en consecuencia, con una posición de privilegio en la ciudad de La Plata.

Rodrigo Parrini reconoce, por un lado, a los autores anglosajones y pioneros que se preocuparon por pensar el concepto de masculinidad hegemónica. Entre esa lista están Connell (1995, 1997, 1998), Kimmel (1997, 1998), Kaufman (1997) y Seidler (1994). La necesidad de una definición para un problema político que explique la estructura patriarcal sostenida por un modelo capitalista es asociada por estos autores, justamente, a una masculinidad legítima en el sistema patriarcal, garantizando la posición dominante de ciertos hombres y ubicando en posiciones subalternas a las mujeres, y a otros sujetos. Esa masculinidad dominante se caracteriza por la centralidad de la heterosexualidad como mandato, conjuntamente con una activa sexualidad que se corresponda con el ejercicio viril de ese modelo masculino. La hombría, para estos autores, puede probarse en la práctica sexual con las mujeres como un registro de importancia vital para demostrar atributos (en Parrini 1999). El sentido de la hegemonía radica en la constitución de una simbólica y un conjunto de prácticas eficaces, tales que se constituyen en destrezas aceptadas y legitimadas por el resto de los colectivos. Sin embargo, sigue Parrini,

una forma de masculinidad puede ser exaltada en vez de otra, pero es el caso que una cierta hegemonía tenderá a establecerse sólo cuando existe alguna correspondencia entre determinado ideal cultural y un poder institucional, sea colectivo o individual (Ibíd.).

También revisa Parrini las investigaciones que, desde Latinoamérica, han puesto el foco en la construcción de masculinidades como elemento estructurante de identidades, tanto colectivas como personales. También, al igual que la saga anglosajona, plantean un modelo hegemónico de masculinidad. Fuller (1997, 1998), Valdés & Olavarría (1998), Olavarría, Mellado & Benavente (1998), Viveros (1997), Ramírez (1997), Leal (1997, 1998) y Gutmann (1997, 1996) fueron los encargados de pensar en nuestro continente, algunas preguntas en torno a la masculinidad dominante y el poder.

Pero, ¿qué elementos contienen y definen a una masculinidad dominante? Elizabeth Badinter (1994) afirma que la característica distintiva de una verdadera masculinidad contemporánea es la heterosexualidad, convirtiéndola (coincidiendo con Bourdieu) en un fenómeno que aparece como “natural”. Es decir, la sexualidad es una prueba central de la identidad masculina, de cómo y con quién se tiene sexo. Quien no cumpla con el precepto, quedará excluido de la grupalidad masculina.

Para Kaufman, dice Parrini, el elemento fundamental de la subjetividad masculina es el poder, que sostiene y justifica un sistema de dominación sobre los hombres que no cumplan las prescripciones hegemónicas y, por supuesto, sobre las mujeres. Es histórico y tiene continuidad a través de la reproducción de un sistema de control y poder:

El poder colectivo de los hombres no sólo radica en instituciones y estructuras abstractas sino también en formas de interiorizar, individualizar, encarnar y reproducir estas instituciones, estructuras y conceptualizaciones del poder masculino […] ‘la adquisición de la masculinidad hegemónica (y la mayor parte de las subordinadas) es un proceso a través del cual los hombres llegan a suprimir toda una gama de emociones, necesidades y posibilidades, tales como el placer de cuidar de otros, la receptividad, la empatía y la compasión, experimentadas como inconsistentes con el poder masculino’ […] el poder que puede asociarse con la masculinidad dominante también puede convertirse en fuente de enorme dolor. Puesto que sus símbolos constituyen, en últimas, ilusiones infantiles de omnipotencia, son imposibles de lograr. Dejando las apariencias de lado, ningún hombre es capaz de alcanzar tales ideales y símbolos (Kaufman 1995:125-131, en Parrini 1999).

Pensamos en este trabajo y la relación con los sujetos investigados, junto a David Gilmore, y en cómo conciben y experimentan la masculinidad los jugadores de rugby observados. Reflexionamos que la masculinidad, según Gilmore, es la forma de ser varón adulto en una sociedad determinada, y en la preocupación que muchas sociedades tienen al respecto, necesitando y considerando la posibilidad de lograr ser “un hombre de verdad” o un “auténtico hombre” (Gilmore 1994). Esto es concebido como un premio que se logra con esfuerzo en diferentes esferas y se conquista ante la aprobación cultural de esas sociedades mediante prácticas, pruebas y diversas modalidades de llegar a poseer una “verdadera virilidad”. Y, además (resultando fundamental para nuestro análisis), pensando que:

Si hay arquetipos en la imagen masculina (como los hay en la feminidad), deben estar, en su mayor parte, culturalmente construidos como sistemas simbólicos y no simplemente como resultados de la anatomía, porque la anatomía no resulta muy determinante cuando la imaginación moral entra en juego. La solución del rompecabezas de la masculinidad tiene que estar en la cultura; tenemos que intentar comprender por qué las culturas utilizan o exageran, de muchas formas específicas, los potenciales biológicos (1994:33-34).

Dice Bourdieu (2000), a propósito de la legitimidad social y cultural de la dominación, naturalizada en la división de las realidades sexuales que se inscriben socialmente en el cuerpo que,

Cuando los dominados aplican a lo que les domina unos esquemas que son el producto de la dominación, o, en otras palabras, cuando sus pensamientos y sus percepciones están estructurados de acuerdo con las propias estructuras de relación de dominación que se les ha impuesto, sus actos de conocimiento son, inevitablemente, unos actos de reconocimiento, de sumisión. Pero por estrecha que sea la correspondencia entre las realidades o los procesos del mundo natural y los principios de visión y de división que se aplican, siempre queda lugar para una lucha cognitiva a propósito del sentido de las cosas del mundo y en especial de las realidades sexuales (2000:26).

Bourdieu concibe las relaciones de género de forma asimétrica, afirmando que

La fuerza del orden masculino se descubre en el hecho de que prescinde de cualquier justificación: la visión androcéntrica se impone como neutra y no siente la necesidad de enunciarse en unos discursos capaces de legitimarla. El orden social funciona como una inmensa máquina simbólica que tiende a ratificar la dominación masculina en la que se apoya: es la división sexual del trabajo, distribución muy estricta de las actividades asignadas a cada uno de los sexos, de su espacio, su momento, sus instrumentos… (Ibíd.:22).

La división social del sexo y de género se vuelve “naturaleza biológica” a partir del sistema de visión y división del mundo dominante. Sin embargo tendremos en cuenta la crítica de La Cecla (2004) a Bourdieu, afirmando que para el francés toda diferencia entre sexos es una invención de la dominación masculina, y que los machos han inventado en toda cultura las diferencias entre hombres y mujeres, para organizar y justificar la dominación de los primeros sobre las segundas.

Signos heteronormativos

La Subcomisión de fiestas le agradecerá su asistencia, acompañado de su señora o su novia, a la comida que tendrá lugar el viernes 29 del corriente, a las 21 hs. en el Club. NO FALTE[2]

En una de mis participaciones en los entrenamientos de Albatros Rugby Club, una joven[3] que observaba aquella práctica me contó que en su colegio (tradicionalmente vinculado a una cultura masculina, donde sólo asistían hombres, y de un círculo privilegiado de la sociedad) los jóvenes que no jugaban rugby eran así como…gays, y que jugar al rugby es lo que correspondía. Lo normal. La normalidad estaba signada, según la joven, por hacer o no hacer determinada práctica, o actuar de determinada manera. En este caso, jugar al rugby era para los varones y se correspondía con un signo heteronormativo. Era la regla que, por supuesto, marcaba la contraparte: ser gay.

Aquella misma noche salimos del club con Nacho[4] aproximadamente a las 23.30 horas. Yo notaba que Nacho estaba molesto con algo o con alguien. Le pregunté y me dijo que estaba un poco fastidioso porque no había entrenado como esperaba y que a nadie, en el club, le importa nada. Nos dirigimos a donde me había dicho que íbamos a comer y beber. Un lugar donde predomina un tipo de música y estética folclórica[5], más relacionado a sectores medios de la ciudad de La Plata y algunas ciudades del interior de la provincia de Buenos Aires.

Dialogamos bastante, sobre muchos temas. Cada tanto le preguntaba sobre algunas situaciones que me habían llamado la atención del entrenamiento, y él compartía algunas interpretaciones sobre lo que yo preguntaba. Por ejemplo, por qué había sólo una chica en el entrenamiento, a diferencia de los días de partido oficial en donde suele haber más cantidad de mujeres: esposas, hermanas, madres, amigas, hijas. Me dijo que el entrenamiento es un lugar para hombres. Y acá sí que voy a ser machista: es el lugar donde te encontrás con tus amigos y podés hablar tranquilo sobre las minas que te garchaste[6], las salidas que hiciste, las despedidas de solteros, sin ningún peligro y sin que nadie te joda. Yo no quería agobiarlo con mis preguntas. Dejaba que él me contara lo que tuviera ganas. Tomamos varias cervezas, y aproximadamente a las 5 de la madrugada decidimos irnos del lugar. Lo notaba más relajado que en el Club o en el Gimnasio[7].

Meses más tarde, asocié y entendí la idea de un lugar sólo para hombres. En julio Nacho cumplió años y me invitó a cenar a su casa. Me dijo que sólo irían sus compañeros de rugby. Estaba preocupado porque había tenido que avisarle a su novia que no podría ir a la reunión, ante la ausencia de mujeres. Me explicó: Yo le dije que venga igual, pero a la vez pensaba que no da. Todos hombres y ella sola. Se iba a sentir mal. Y viste…es como una tradición. Claro, si lo que decía Nacho aquella noche de mayo se cumplía sin excepciones, sus compañeros se sentirían incómodos. No sé cómo lo resolvió Nacho, pero la única mujer que estaba en su cumpleaños era su madre (el festejo fue en casa de sus padres, en un quincho que poseen). Eran todos compañeros del club, excepto dos amigos de la infancia y la juventud, y yo. A esa altura ya conocía a todos, pero grupalmente, y en situaciones festivas, sólo nos habíamos encontrado en los tercer tiempo y en las noches de bares. La tematización de las charlas era casi uniforme. Los temas eran aventuras sexuales con mujeres, anécdotas picarescas con las novias o de esposas quejándose de tal o cual actitud de sus hombres, situaciones de entrenamientos o partidos oficiales y humoradas enfocadas en alguno de los participantes como focos del ridículo (que variaban, nomás, entre cinco o seis comensales). En un determinado momento, me di cuenta de que los principales narradores de historias y quienes llevaban adelante el hilo conductor del encuentro grupal me observaban y me hablaban a mí. Más en una actitud de insertarme en sus realidades que de otra cosa. Percibí que me querían poner al tanto de sus particularidades como grupo, y de las jerarquías del grupo: de quién hablaba más, de quién lo hacía en tono más fuerte, de quién era capaz de interrumpir a otro comensal y expropiarle la palabra, y de quién lograba la mayor atención en el grupo. Es que a los dos amigos de Nacho que no jugaban rugby, ya los conocían de otros cumpleaños y, además, algunos de los compañeros de Nacho sabían (con mayor o menor exactitud) que yo estaba siguiendo sus prácticas para algo de la facultad. La mayoría tomaba Fernet Branca con cola, haciendo hincapié en que el trago debe llevar en su mayoría más Fernet que gaseosa, porque así lo toman los hombres, decía Tartu, uno de los animadores del encuentro. Hasta que llegó uno de los colaboradores de los entrenadores. Un hombre canoso, flaco, de mediana altura, que trajo una botella de whisky entre sus manos. Cuando ingresó al quincho[8] dijo: éste no es para cualquiera, es escocés, lo mejor de lo mejor, haciendo alarde de la bebida que había traído. No logré observar qué marca era para intentar corroborar, luego, de qué tipo de prestigio estaba hablando para pensar en el consumo de ese whisky. Pero sí sé que entre los denominados veteranos el consumo de whisky opera como una marca distintiva generacional y tradicional en el campo del rugby. Como dijimos más arriba, estaba asistiendo a una reunión de hombres donde el cruce de palabras se inscribía y se insertaba en los cuerpos. Las sanciones y repudios ante una acción significada como incorrecta de algunos[9] se corregía mediante algún golpe de puño cerrado o a palma abierta en la cabeza o en la zona dorsal (en la espalda). Dice La Cecla que, ante una escena donde sólo hay hombres, se establece un juego de turnos para tomar la palabra. Y el juego consiste en tomarla sin respetar el turno. Es un juego donde hay que quitarle la palabra e interrumpir al orador, antes de que concluya. Si es con un poco de malicia, mejor; pero no con demasiada, ya que rompería el orden del círculo. Sólo son muestras de habilidades y destrezas masculinas de tomar la palabra y liderar ciertas situaciones:

El juego de las interrupciones es un enfrentamiento de cuerpos que usan las palabras como si fuesen naipes. Pero lo que se pone en juego aquí es la ‘postura’, una postura que habla, una reciprocidad; circularidad de posturas que se entrelazan, que se rigen por oposición pero también por cooperación. El juego de los cuerpos es inseparable de las palabras (2004:35).

Allí se daba el juego de la masculinidad: los experimentados actuaban y los jóvenes miraban (cuando no eran sancionados). Para Parrini (1999), “no hay descanso ni tregua, la vigilia es permanente y cada descuido, toda torpeza tiene un precio. Rapidez de mente, prontitud en la respuesta, agilidad en los golpes: esa es la hombría”. El cuerpo se transforma en una imposición, invasiva por momentos, y de superioridad hacia los más jóvenes. Son las formas de mostrar masculinidad entre el grupo. Porque los más experimentados ya conocen y “han visto” y “fueron vistos” en esas mismas dinámicas. La lógica del legado entra en función para aprovechar la posición de estatus dentro de un grupo de hombres, o algunos momentos de estatus. Como asegura La Cecla, en cuanto al modelo masculino tradicional, es que hay un discurso “de las piernas, de las caderas, de las manos en los bolsillos, en la cintura, de camisas arremangadas, del cigarrillo que cuelga del labio” (Ibíd.:37). Hay un discurso que se encarna en el cuerpo, que se aprende. Que se logra y se alcanza. Que llega a ser auténtico cuando los otros lo reconocen. Cuando se “sabe estar” entre hombres, se llega a una hombría legítima, “normal”, como diría la joven que me interpeló en aquel entrenamiento. Sus compañeros (los que no jugaban al rugby) no cumplían con la autenticidad que, entre su círculo de sociabilidad, habilita a una hombría de verdad. Es que ella también había incorporado las poses masculinas. Y más aún el juego entre palabras y cuerpos que asigna una masculinidad verdadera: que se juega en “escenas” donde se pone a prueba la identidad masculina. Como diría Bourdieu,

La división entre los sexos parece estar ‘en el orden de las cosas’, como se dice a veces para referirse a lo que es normal y natural, hasta el punto de ser inevitable: se presenta a un tiempo, en su estado objetivo, tanto en las cosas (en la casa por ejemplo, con todas sus partes ‘sexuadas’), como en el mundo social y, en estado incorporado, en los cuerpos y en los hábitos de sus agentes, que funcionan como sistemas de esquemas de percepciones, tanto de pensamiento como de acción (2000:21).

Otra apreciación de la escena del cumpleaños es el contacto corporal mediante algún golpe de puño o alguna caricia emulando un gesto de “sensibilidad femenina” a tono de broma, de una ruptura momentánea con la masculinidad y una asociación con la homosexualidad (de forma lúdica, claro). Pero recordaba a esos mismos hombres en los tercer tiempo[10] junto a sus mujeres, y ahí el enlace de los cuerpos era diferente. No porque cambiaran un cuerpo por otro, sino porque no había cohibición alguna de manifestar gestos y posturas de cariño (traducidas en otro tipo de sensibilidad). No era un signo de precariedad física, ante la demostración de ser hombre de verdad. Contradiciendo a La Cecla, estamos pensando en un contexto diferente, en un marco de habilitación que permite la no cohibición, en situaciones donde los cuerpos no se imitan. Era la situación de entrar en contacto con mujeres, pero sin peligro ni amenaza de perder la autenticidad de hombría. Allí no hay nada que imitar. Esa situación, más el abrazo que enlaza a todos los participantes de un entrenamiento antes de comenzarlo y al finalizarlo, y el abrazo grupal que acompaña la arenga antes de un partido oficial, son instancias donde parecería ser que la portación de esa masculinidad se suspende, provisoriamente, de acuerdo, claro, al resto (y a la mayoría) de las palabras y las posturas corporales cotidianas. Pero eso no va en detrimento de la propia masculinidad mostrada y construida habitualmente. Dice La Cecla sobre los cuerpos de hombres enlazados:

Cuando los cuerpos no se imitan ni se encuentran, nace entonces un contacto entre ‘señoritas’, un cohibimiento que explica la extrañeza de la cuestión, y que sobre todo pone de manifiesto la absoluta precariedad de la seguridad física de ser ‘hombres de verdad’. El cuerpo abrazado del macho corre el riesgo de perderse en la inesperada afeminación de un momento de apoyo mutuo. Es como si los elementos ideales de que el cuerpo masculino debería estar dotado desaparecieran al instante y permaneciera la pasividad de un cuerpo que corre el riesgo de ser observado (2004:39).

No es el caso del rugby. Por eso es que Nacho define y delimita los lugares donde sí hay encuentro e imitación de posturas y palabras, al igual que la joven del entrenamiento, y los participantes de la ceremonia del cumpleaños. Complementaremos esta explicación, en el siguiente apartado.

Reforzar la identidad masculinidad

Un miércoles[11] recibo una llamada de Nacho, llorando. Nunca lo había escuchado (ni visto) llorar, y menos aún en ese estado. Me contó que la novia lo había dejado. Entre las lágrimas, esgrimía una y otra vez que no entendía por qué había sucedido, por qué lo habían dejado. Con esa llamada pude interpretar que yo había sido seleccionado entre su espectro posible de relaciones para desahogar lo que Nacho sentía como una pena, como una situación angustiante. Yo me preguntaba por qué, sobre todo pensando, según lo repetido por Nacho (constantemente), por qué no recurría a apoyarse con sus hermanos (así los categoriza él) compañeros de rugby. En mi pregunta desbordaban varios prejuicios que intenté destruir, entendiendo –y asumiendo– que habíamos establecido una relación afectiva, basada en la reciprocidad. La diferencia, creo, es el menor o mayor grado de consciencia que cada uno tiene sobre esa reciprocidad: a través de él, yo intenté conocer el mundo del rugby y establecer relaciones en tanto género, clase e identidad, y él encontró la posibilidad de ser escuchado, de mantener charlas que, por lo que comencé a percibir, no eran habituales en él.

Comencé a preguntarme si Nacho hablaría de estas cuestiones (en este caso, del categorizado abandono de su novia) y si lo haría en estos términos, sin limitarse, ni medirse en palabras o estados (por ejemplo llorar ante otro hombre), con sus compañeros de rugby.

El viernes siguiente al llamado de Nacho continuamos charlando sobre el tema. Yo lo escuchaba mucho e intentaba aconsejarlo: hacía las veces de “psicoanalista espontáneo”. Nacho me lo agradecía, y se entusiasmaba en cada uno de los diálogos que teníamos al respecto. Sin desviar el eje de la charla, pero intentando averiguar y despejar (si era posible) mis preguntas sobre por qué Nacho me elegía (tal vez entre otras personas, o no) como su “confesor”, o su apoyo emocional, indagué si había compartido el tema del abandono de su novia con sus compañeros de rugby. Con voz cortante y tono bajo, me contestó que mucho no pude hablar, entre que empezás a entrenar, y terminamos todos muertos, la charla no se da. Sólo le comentó a algunos compañeros con los que tiene mayor grado de confianza[12] (entre ellos, Tato), y ellos le sugirieron que deje de andar atrás de la mina, que iba a quedar como un boludo. Los consejos le indicaban a Nacho que debía alejarse de una situación, según sus compañeros, humillante.

Pensé en esos comentarios por arriba que compartía con sus compañeros de rugby, y los comparaba con los relatos abiertamente detallados que Nacho me expresaba en relación al supuesto abandono por parte de su novia. Si por arriba, significaba no profundizar en detalles como, por ejemplo, haber llorado delante de su novia, o llamarla por teléfono constantemente, o declararle todo su amor en una charla, por qué me los contaba a mí.

Nacho conocía el trabajo que estaba haciendo, y muchas veces hemos charlado de temáticas relacionadas al campo de la política, de la economía o de la cultura. Cada vez que debía presentarme ante alguien, repetía casi de memoria él es Juan, un amigo. Es un tipo muy inteligente y muy reflexivo. No expongo esta representación de Nacho sobre mí para fortalecer mi ego; lo pongo en relación a mi posición de investigador, en tanto actor situado en un sistema de reciprocidades. Me di cuenta de que Nacho encontró un provecho en mí. Que alguien lo escuchara sin, tal vez, devolverle opiniones con valoraciones negativas hacia sus prácticas (en este caso, con lo que hacía o no hacía, decía o no decía a su novia). Yo entendía que debía emitir cada vez menos valoraciones sobre lo que él hacía con su novia. Así logramos lo que los dos queríamos: el diálogo. Naturalizamos nuestros lugares en el vínculo: él hablaba y yo escuchaba. Cada tanto, opinaba sobre lo que me parecía que podía colaborar en el bienestar emocional de Nacho. Pero no más. Allí comencé a sospechar que entre sus compañeros, Nacho no era habilitado para detallar el problema con su novia, o que Nacho no permitía habilitarse porque no estaban las condiciones dadas para que muestre y cuente todo lo que me mostraba y contaba a mí. Sobre todo, porque el abandono de una mujer era significado como una humillación. E insistir en recuperar el vínculo con esa misma mujer era doble humillación. Creo que Nacho se permitió conmigo, a partir de la coyuntura y nuestro vínculo forjado, otra dimensión de su masculinidad y, a su vez, las valencias identitarias (en relación a los modos en los que debe comportarse un “verdadero hombre”), que sus propios compañeros de rugby atribuyen como negativas. La muestra de Nacho y compartir su ruptura con su novia, me permitían establecer algunas pautas relacionadas con su grupo de sociabilidad. En este caso, otro tipo de masculinidad que era negada. Una masculinidad vinculada con lo sentimental, lo emocional, lo amoroso, y con la inversión de un orden imaginado, desde el mundo masculino, como lo no posible: ser humillado –según los interlocutores– por una mujer. Era una clara sanción de la mayoría de su círculo de sociabilidad, que establecían lo permitido y lo no permitido. Lo habilitado y lo no habilitado, vinculado a qué tipo de masculinidad era necesaria en los momentos compartidos en el club. Porque escuchar el relato y aceptar la pena de Nacho, significaba aceptar, ahora sí, una precariedad emocional no permitida en el mundo de los hombres. O por lo menos, no mostrada.

Norma Fuller (1997) aporta algunas ideas sobre las concepciones que los hombres peruanos de clases medias urbanas tienen sobre la masculinidad hegemónica. Y aporta que esas concepciones son, muchas veces, negociadas con mujeres habilitadas por la misma posición intraclase. Lo cual lleva a la pregunta de cómo se administran, en el orden de lo privado, al interior del hogar, las relaciones y las disputas por la autoridad, ante una supuesta muestra de confrontación. Este argumento de la disputa, más el análisis de Claudia Fonseca (2003), al pensar sobre las etiquetas colocadas a los hombres (tanto por los mismos hombres como por las mujeres que reproducen ese orden cuasi normativo), al deshonrar a un hombre, su capacidad sexual y su verdadera hombría, luego de ser engañados por sus parejas[13], con otros hombres. La masculinidad y el honor quedan en jaque, ante el supuesto desprestigio atribuido al engaño; y más aún si la infidelidad se produjo bajo un plan de escamoteo, sutilmente pensado por la mujer.

Lo que se esquiva es el desprestigio. Si bien la explicación de Nacho no remitía a un engaño por parte de su pareja, sí podría ser considerado, por sus compañeros, como un símbolo de desprestigio: la humillación de ser abandonado[14] se paga entre los pares. Y Nacho no querría pagar los costos de semejante deshonra. Situación inversa a la de Palote, un forward del club que le fue infiel a su pareja, y fue descubierto. Palote intentó cubrirse e inventó una ficción involucrando a varios de sus compañeros del club, tratando de desmentir el acto de adulterio. Sus compañeros no lo perdonaron y Palote dejó de ir al Club. Luego de tres meses, volvió. Nacho justificaba su ausencia, ante mí, diciendo que encima que es un boludo y lo agarraron, mandó en cana al resto. Que se joda, eso le pasa por no hacerla bien. Es que las relaciones extraconyugales y el prestigio guardan relación directa para los interlocutores. Si bien cada historia de infidelidad es compartida grupalmente, circula por un relativo espacio de lo secreto, según diría Elias, en épocas anteriores:

La legitimación total o parcial que pudiera prestar antaño la opinión social para las relaciones extraconyugales, tanto del marido como de la mujer, tiende a desaparecer, aunque a veces se den movimientos en sentido contrario. El quebrantamiento de esta prohibición, con todo lo que ello conlleva, se incluye en consecuencia en la esfera de lo secreto, de aquello de lo que no se puede hablar y de lo que no se debe hablar sin correr peligro de perder prestigio o incluso de perder la posición social (Elias 2009 [1977]:279).

La etiqueta del desprestigiado en este caso se le asigna por falta de astucia. Hay ciertos bordes donde se puede estar cerca de la deshonra masculina. Pero hay estrategias constantes de fijación de esa identidad que, como dijimos más arriba, tienen que ver con la palabra que se hace cuerpo.

La hombría y la deshonra

Dos años después, con Nacho ya en pareja, y con un alto grado de confianza en nuestro vínculo, compartimos charlas sobre temáticas diversas, sin mucha atención en alguna. Excepto en su relación con su nueva novia. Me contó sus malestares, miedos e incomodidades, en el medio de mi rutina en su gimnasio. Me dijo que él pretendía que su novia le entregue, lo mismo que él le entregaba. Que para él era todo. Me dijo que siente que para su novia, él no es prioridad. Lo aconsejé diciéndole que esté tranquilo, que para mí ella estaba pendiente de él, y que lo quería porque, de alguna forma, lo estaba eligiendo a él para ser su pareja. Pareció tranquilizarse. Mientras yo estaba terminando mis ejercicios, llegó su madre con comida (eran casi las 13.00). Justo antes yo le pregunté qué comía todos los días, y me dijo Mi vieja (por su madre) siempre me trae algo.

Un par de días después, a eso de las 13.30 llegué al gimnasio. Ni bien ingresé, Nacho me recibe con una frase (con tono de broma, y algo de seriedad): ¿vas a entrenar en serio, viejo? Así no va, eh. Nos reímos, y nos saludamos. Yo intuí que se había olvidado de que yo los miércoles no puedo ir al gimnasio. Igualmente, me llamó la atención (luego, pude empezar a construir mi hipótesis de por qué me esperaba). En el gimnasio estaban su madre y su padre (haciendo trabajos en el sector del patio. Los días que fui al mediodía, coincidimos con su padre o con su madre)[15], su hermano (estaba entrenando), un alumno que no conocía, y un forward del club, al que llamaré Silvio. A Silvio lo apodan paraguayo. Según Nacho, le dicen paraguayo porque se construyó su casa. Es decir, puso su mano de obra. Silvio fue quien, en mi primer entrenamiento, bromeó junto a otro forward, dándome besos en uno de mis lóbulos, desplegando juegos homoeróticos delante de parte del grupo. Lo saludé, dándole la mano y un beso.

Continué con mis ejercicios, cuando en un momento cruzamos miradas con Silvio, y me dio a entender (o yo quise entender) que estaba cansado. Entonces le dije, para lograr empatía y romper el hielo: Estás deseando terminar, ¿no? (todo esto, sin hacer ninguna alusión a situaciones anteriores que habíamos compartido). Y me contestó: Sí, pero igual lo duro es a la noche, haciendo referencia al entrenamiento del club. Aproveché para preguntar algunas cuestiones que yo había observado en varios entrenamientos. Por ejemplo, de cómo se habían golpeado, dos días antes de jugar el partido oficial (quise reforzar mi condición de forastero). Pregunté si era conveniente eso. Tanto Nacho, como Silvio, me contestaron que eso fue porque el entrenador de aquella época no sabía nada.

Fui al baño, y cuando volví, Silvio le estaba contando a Nacho que a su hija pequeña la había mordido un perro que tienen. Los dos se reían y me volvían a contar. Nacho me explicaba diciendo en vez de que el perro muerda a la nena, ¡la nena muerde al perro! ¡Imaginate! ¡Y esa es la nena eh! El nene, (luego le pregunté a Silvio cuántos hijos/as tenía. Me dijo que tres: dos nenas y un nene) ¡es un faquir! ¡duerme en camas de clavos! Se está preparando. Silvio se reía, y me miraba moviendo la cabeza, con gestos de resignación. Los dos le otorgaban un carácter “natural” (y celebratorio) a la anécdota, mostrándome a mí, en realidad, cómo estaba criando Silvio a sus hijas/o. Silvio expone un relato y un gesto de consagración masculina, que tiene que ver con sobreponerse al dolor físico. Cuestión que ellos creen haber aprendido “viendo” y “estando”. Es que la propuesta masculina es ser duro y valiente. Inclusive en la inculcación hacia su hija, respecto al relato ante mí.

Se fueron yendo de a poco: el hermano de Nacho, el alumno que no conocía, su padre y su madre, y finalmente Silvio. Ni bien se fue Silvio, Nacho no me dio tiempo a nada, se sentó y comenzó a hablar mucho. El tema: su novia, y la aparente separación, transcurrida esa semana. Me contó sus sensaciones en relación a casi todas sus parejas. Sus angustias, sus miedos, sus inseguridades relativas a qué hacer para que Soledad[16] esté bien. No sé qué hacer. Al final es preferible que la trate como su ex novio la trataba. Nacho hablaba mucho, como desahogándose. Sacando palabras contenidas. Parecía que esa contención la venía practicando hace unos días. Necesitaba hablar. Me contó que su novia había decidido distanciarse de él, que necesitaba estar sola. Y que él no lo podía entender. Que le daba bronca, impotencia, porque, me dijo Yo soy un buen tipo. Me lo dicen mis amigos, mi familia. Soy un laburante, respetuoso, tengo mi emprendimiento propio (se refiere al gimnasio). Soy un buen partido para cualquier chica. Pero yo la quiero a ella. Y se lo dije. Pero no sé. Me duele. Me siento frustrado como hombre. Yo intentaba tranquilizarlo y aconsejarlo en que esté tranquilo, que le serviría a él de aprendizaje. Le dije que la historia tendría que ver con un desencuentro momentáneo, que se serene. Que no se sienta frustrado, que él había hecho todo lo que pudo. Comencé a esgrimir consejos parecidos a los que se enuncian desde el campo de la autoayuda. No sé si estaba bien o estaba mal, pero sentí que Nacho se estaba desahogando conmigo, y que necesitaba algún tipo de sostén emocional. O, por lo menos, que lo escucharan.

Le dije que disfrute de volver a jugar al rugby (luego de una lesión en la mano), que tanto a él le gustaba. Me dijo que le costaba, y que encima hoy, en el entrenamiento, no quería que le pregunten sobre su situación sentimental porque tendría que dar explicaciones que no quería dar. Y me dijo: no es un lugar donde se pueda hablar de estas cosas. Mis amigos están en otra. ¿En cuál?, le pregunté. Y…en la joda, en el descontrol, refiriéndose a salidas. Con el único que puedo hablar de esto, es con Tato. Sigo sosteniendo mis preguntas sobre la masculinidad que, a través del relato de Nacho y lo observado, he construido. Esto es: ¿hasta dónde llegan los límites de la educación sentimental de los hombres, entre un grupo de hombres? ¿Qué es lo decible y lo no decible? ¿Qué se puede mostrar y qué no? ¿Cómo nos han educado emocionalmente a los hombres?

En su incomprensión por lo sucedido con Soledad, Nacho me contó (no es la primera vez que lo hace) sobre la situación de Soledad y cómo era, para él, la familia de Soledad y, desde ahí, intentaba comprender el alejamiento de ella. Finalizando, me reveló: me siento solo, y no quiero sentirme así. Tengo 32 años y me había puesto las pilas. No descontrolar más. Pero no me sale una.

Al lunes siguiente, ni bien llego al gimnasio, Nacho me recibe diciendo: ¡Me dejó nomás! Estoy re caliente. No pego una, loco. Pero quedate tranquilo que estoy entero. No se merece que se me caiga una lágrima. Ella se lo pierde… seguramente se va a cruzar con algún hdp (hijo de puta) y va a valorar tarde que me perdió. Antes de responderle, vaticiné de quién hablaba. No era necesario comprobar que se refería a su novia. Sólo atiné a decirle que se tranquilice, que tenía que pensar que su novia no estaba en el momento justo para estar en pareja (no sabía muy bien qué comentario hacer). Y él me respondió: Sí, Juan. Estoy bien. Decepcionado nada más. Mañana hablamos, y siguió trabajando con el resto de los alumnos.

Pensando en las recurrencias de sus relatos, me llamaron la atención las reiteradas manifestaciones en relación a su sentimiento de decepción. Creo, revisando las charlas anteriores, que esta cuestión de su decepción tiene que ver con lo que pude establecer como impedimento, para Nacho, en relación a ciertos lugares que son representados como contrapartida al honor. En este caso: “ser abandonado por una mujer”. O en el caso de Tacho, ser descubierto por una mujer. El sentimiento de decepción es generado por el supuesto abandono de una mujer, o por no poder legitimar su lugar como “macho”, con los atributos asociados a esa posición, dentro del rugby y de sus esferas sociales de participación. Hay un lugar, en esos modos masculinos, para sentirlo como una decepción. Lo que vendría a significar la decepción en un campo donde el honor, la caballerosidad y el sacrificio son características que cada integrante debe poseer y hacer valer ante sus pares, más que nada.

Esa misma semana no pude concurrir al gimnasio ni martes, ni miércoles, ni siquiera verlo a Nacho. Pero ese jueves, estaba trabajando y me sonó el celular. Tenía un mensaje que decía Hola Juan, ¿cómo estás? Era Nacho. Me sorprendió. Le contesté que bien, aunque con mucha tarea. Y le pregunté cómo andaba él. Me dijo que muy mal, que estaba hecho mierda. En seguida entendí que tendría ganas de charlar con alguien, y le dije que si estaba en el gimnasio y quería, iba para allá. Me dijo que fuera. Llegué, y había un alumno (Nacho los llama alumnos). Me atendió con los ojos con lágrimas, rojos. Sospeché que había llorado mucho. Sin embargo, no le pregunté si había estado llorando. Con tono bajo (para que no escuche su alumno), me contó porqué estaba mal. Su novia le había dicho que quería cortar con la relación. Dejar de verse. Nacho habló mucho. Otra vez parecía como que se detenía el tiempo para él. Se olvidó del alumno, y su rol de coordinador de gimnasio. Compartió sus angustias, malestares y ansiedades. En varios pasajes dejó caer algunas lágrimas (si es que podemos regular el llanto…). Pero al mismo tiempo desviaba la mirada (de mirarme a mí, y al verse interrumpido por las lágrimas, miraba para el costado), apretaba los dientes, y con el puño del buzo que tenía puesto secaba las lágrimas. Sus malestares eran indicados como:

no sé qué más hacer. Al final hay que ser un hijo de puta. Tratarlas mal. Yo soy un buen tipo. Estoy solo, me siento solo. Necesito una mina para cuando me acuesto abrazarla. Y sé que hoy no la voy a tener más. En mi casa ya no aguanto más. Necesito tener mi espacio.

A raíz de esta última demanda, le sugerí, dado el espacio del gimnasio (que tiene, en el fondo del local, una habitación que hace las veces de depósito), que acondicionara esa habitación y que fuera a vivir ahí. Ni bien lo dije, la fuimos a ver. Caminamos hasta la habitación. Nacho, definitivamente, se olvidó del alumno, que estaba en una bicicleta fija. Me empezó a explicar, entusiasmado, cómo ordenaría la habitación, y empezó a pensarlo como una posibilidad para irse de la casa de sus padres. Luego volvimos a la sala central del Gimnasio y, aunque siguió angustiado, me dio la sensación de que se había calmado. Y pensé cuán necesario sería para él hablar.

Le dije que me tenía que volver a trabajar, y me dijo que no me haga problema. Me abrazó, me dio un beso, luego la mano, y me dijo Gracias Juan, es muy importante para mí que hayas venido. Sigo entendiendo mi lugar en el vínculo con él, como posible lugar de fuga para varios temas asociados a lo que no puede compartir en su grupo de sociabilidad. Volví a decirle que se apoye en Tato. Me dijo que iba a hablar. Pero enseguida me dijo: Igual, mis amigos están en otra. Casados o en la joda.

Otra vez la dimensión sensible impedimentada. Suprimida por una dinámica de relaciones de hombría que clausuran el efecto del llanto, la angustia, la añoranza por una mujer. La domesticación de la sensibilidad es el contralor y el sustento de la verdadera hombría.

“Mario”: una mujer entre hombres

Bueno, sí, te golpeaste, ya está, no llores porque no estamos jugando a las muñecas, ya va a pasar, les digo, me cuenta Sabrina[17] cuando algún niño se golpea. Sabrina incorpora la matriz diferenciadora interiorizada socialmente de lo que es ser macho o ser “marica” (podría asociarse al significado de ser gay). Y me sigue explicando:

Es como que eso de ser macho, de jugar a las muñecas o… bueno, si no te gusta anda a baile, ¿viste? Esas cosas del machismo que, dentro de todo, también se los tengo que incorporar, porque son hombres. Pero a la vez a mí me respetan en todos los sentidos, no importa que sea mujer (Nota de campo).

La misma diferenciación que me cuenta cuando, en los tercer tiempo, ella se ocupa de poner la mesa, servir a todos los comensales e, inclusive, sus compañeros hombres dan por sentado que ella no toma cerveza, y me cuenta: y, tal vez piensan que no queda bien que una mina tome cerveza a las seis de la tarde.

Sabrina me cuenta que ha aguantado que le digan cualquier cosa, como que las mujeres no sirven para el rugby, que no sé para qué juegan, que es un deporte de hombre, no sé, millones de cosas. E incluso me comenta, como una humorada, que con el correr del tiempo en vez de decirle por su nombre, sus compañeros le pusieron Mario, y ella me dice, yo me cago de risa, y hasta a veces es mejor. Hablan tranquilos, como si yo fuera uno más. Soy Mario de acá, Mario de allá, Mario traeme un fernet. Sabrina sabe que atravesará su experiencia en una institución, como dice Sirimarco (2004)[18], sobre-masculinizante como el rugby, encuadrándose en las representaciones que los agentes dominantes de ese espacio construyen sobre ella, más allá de su anatomía, del género (como registro de una forma de actuar, dice Segato), y de que alguna marca y posesión de virilidad, debe poseer. El cambio de nombre, de uno de mujer a uno de hombre, testimonia la eficacia en donde las relaciones entre género y poder tienen que ver con relaciones relativas. A decir de Sirimarco,

La masculinidad, en tanto modalidad de actuación que presenta ciertas características, bien puede ser ejercida por mujeres…elijan posicionarse en el entramado jerárquico a partir de un discurso y una actitud que incorpora el imperativo de la virilidad –ser activo, prepotente, desafiante– y remeda el lenguaje masculino (Ibíd.).

En este caso, es cómo se la nominaliza y se la masculiniza al llamarla Mario. Para Sabrina implica una pérdida nominal, además de atributos asociados a lo que ella imagine sobre qué implica ser y sentirse mujer. Pero sabe que está en un mundo de y entre hombres, y que los valores de la institución la atraviesan de manera potente y eficaz, siendo ella una fiel portavoz y ejemplar institutriz de la verdadera hombría.

La masculinidad en el rugby

George Mosse (2000) realiza una genealogía del concepto de caballerosidad analizando cómo la noción de caballería –propia de la Inglaterra del siglo XIX– es tomada por las clases medias para construir sus moralidades y sus costumbres. Mosse sostiene que la caballerosidad está asociada no sólo a los atributos físicos de un caballero (y su correspondiente virilidad, fuerza y coraje expresados en las posturas y en las apariencias corporales), sino a los modos correctos de comportarse (2000).

El rugby sería un lugar más para entender una de las formas del “poder del imaginario masculino en una sociedad concreta” (Archetti 2008:43). Entonces, la pregunta es: ¿cuál es ese estilo masculino vinculado a la práctica deportiva en el rugby? El proceso socio/histórico del rugby indicaría que los agentes participantes del tienen mayores posibilidades para administrar culturalmente las diferencias en cuanto a la producción y reproducción de un estilo masculino, asociado a la construcción de una hexis corporal[19] y a su correspondiente representación mediante estrategias discursivas. El rugby, diría Dunning (2003), puede describirse como una batalla simulada entre equipos, pero también conforma un ámbito propicio para el despliegue de agresividad y potencia masculina. Para Bourdieu (1993), la exaltación de la virilidad está asociada al rugby.

Los atributos sobre la fuerza y el vigor colaboran para presentar y sostener la idea de un cuerpo naturalmente concebido en el rugby. Expresión de virilidad, marca de hombría, diferenciación radical de otros cuerpos. Se afirma en la contratapa del Boletín de julio de 1953, de LPRC:

La naturaleza podrá habernos hecho fuertes, pero debemos ayudarla y conservar esa salud. Únicamente [sic] se consigue por el ejercicio metódico, o sea el entrenamiento […] Por eso insistimos siempre tanto en que no deben faltar a las prácticas. En ellas se acostumbra el jugador a desarrollar sus condiciones naturales de vigor y fuerza y ensaya lo que más tarde deberá hacer en los partidos[20].

La idea de fuerza y vigor natural requiere de cierto discurso legitimador que se corresponda más con una esencia o un legado mágico que con una construcción social y cultural del cuerpo. Social porque es parte de la concepción grupal sobre el cuerpo que un grupo determinado de nuestras sociedades comparte. Y cultural, porque materializa en el cuerpo una simbología, imágenes y representaciones que trazarán un puente directo con una estética y una ética dominante. Diría Bourdieu:

Las prácticas deportivas que intentan dar forma al cuerpo son realizaciones, entre otras, de una estética y una ética en estado práctico. Una norma postural como andar/mantenerse derecho tiene, al igual que una mirada directa o un pelo corto, la función de simbolizar todo un conjunto de ‘virtudes’ morales –rectitud, sinceridad, honestidad, dignidad (confrontación cara a cara como una demanda de respeto)– y también virtudes físicas –vigor, fuerza, salud (1993:75).

Fuerza, vigor, potencia, revestidas de una moralidad vinculada a la templanza, la racionalidad, son necesariamente puestos en acto por los hombres que juegan al rugby. Responden a lo esperado en el campo de acción y a la performatividad practicada por los jugadores de rugby.

Dureza y racionalidad

Una vez cambiado, luego de mi primer entrenamiento, volví al campo de juego. Nacho, en relación a la vestimenta, me había sugerido que llevara ropa para salir, porque luego del entrenamiento iríamos a tomar algo. Yo me preguntaba qué sería, para Nacho, ropa para salir. Pero es cierto que ya había compartido demasiadas salidas nocturnas como para saber de qué manera vestirme. Un pantalón jean color azul, una remera sobria (si era de las marcas que utilizaban tanto Nacho como sus compañeros, mejor) y unas zapatillas sport (de las que no son específicamente para practicar deportes, sino de suela lisa y que suelen usarse para eventos nocturnos o cotidianamente para concurrir a alguna reunión, como diría Nacho, medianamente bien presentado) componen el atuendo habitual de esas salidas.

Seguí observando el entrenamiento. Observé que el contacto corporal es inherente al juego. Sin contacto, no hay rugby. Sin impacto o choque corporal, se le puede conferir otro sentido que no es el históricamente otorgado. Por lo tanto, intenté imaginarme cómo serían mis primeros impactos contra otros jugadores ya especializados. Es que la trayectoria biográfica de los jugadores vinculada a la deportiva, en el rugby, es determinante. No sólo desarrollan las técnicas necesarias para agilizar y dinamizar el juego, sino también el cuerpo cambia: en volumen y masa corporal, en coordinación de movimientos, y en tolerancia al dolor, destinados a los impactos que son moneda corriente del juego. En el rugby hay producción de “cuerpos duros”, a decir de Daniel Míguez (2002), quien analiza las condiciones sociales en las que se constituye la experiencia del cuerpo[21], donde se aprende a anular sensaciones adversas o a llevarla a cuestas. Lo que forjaría una supuesta predisposición a soportar dolor y sufrimiento. Así se construye un “cuerpo duro”, como soporte de la experiencia (en el caso del rugby, deportivo y grupal). Y en el rugby, ese “cuerpo duro” se compatibiliza con la exhibición de un cuerpo racional y una sensibilidad extendida, más allá del dolor y las condiciones de agresividad del juego. Dicen los interlocutores: no sólo tenés que ser un animalito y llevarte por delante lo que sea, sino ser inteligente y pensar. Dureza y sensibilidad. Allí hay un punto donde se cancela el miedo y donde el umbral de tolerancia al dolor crece. Hay un valor sustancial otorgado a la fuerza física entre los interlocutores que, según Tonkonoff atraviesa y define a la masculinidad:[22]

El recurso de la fuerza física posee un valor de primer orden. No porque encarnen la distopía de la violencia marginal soñada desde el centro, sino simplemente porque es un modo tradicional de autodefinición entre, y al interior, de los grupos de varones adolescentes (pobres y no pobres), es el que tiene lugar a través de golpes de puño en la esquina y la manifestación de vigor en la cancha (2007:8).

Por azar o por causa psicosomática, sufrí una fuerte gripe que me alejó de las prácticas por dos semanas.

Sobre el ejercicio reflexivo. Conclusiones

A pesar de mi deserción en los entrenamientos seguía en contacto con Nacho. Continuamos con nuestros encuentros en su gimnasio. Cuando ya estaba listo para volver, Nacho me informó que habían suspendido las prácticas por receso invernal. No volverían a entrenar por dos semanas consecutivas. Retomé las observaciones, pero esta vez, sin participar directamente. Nacho me preguntaba qué me sucedía. Yo me ubicaba a un lado del campo (con ropa deportiva, aunque no la especializada para entrenar, y observaba). Fueron dos semanas que concurría a los entrenamientos, sin entrenar. A veces me ponía a correr con algunos de los lesionados que debían recuperarse. Yo acusaba dolencias severas en mi rodilla, escamoteando el verdadero entrenamiento. Nacho me preguntaba, en reiteradas ocasiones, ¿y, vas a ir a entrenar? Y ante mi negativa, Nacho decidió no insistirme decidiendo que no me preguntaría más, que cuando yo quisiera, podía saltar a la cancha. Pero yo comprendí que concurrir y no entrenar ya no tenía sentido. Sí para interpretar los mínimos detalles conceptuales de la práctica y detallar cómo es un entrenamiento en donde sólo hay hombres dispuestos a mantener un alto grado de contacto, impacto y agresividad corporal. Entendí que no podía lograrlo. Que yo no tenía un “cuerpo duro”.

La Cecla (2004) expone la idea del condicionamiento de observar hombres, siendo un hombre. Dice que es el derecho de un condicionamiento, dominado por la parcialidad, y que todo discurso debe partir del interior de una diferencia vivida:

La diferencia aquí es una condición de partida, y es una condición de disgusto, porque es una diferencia que evidentemente ‘no está bien’ si no se acepta de entrada su ‘cercanía’, su desplazamiento respecto a la situación inicial. Hoy, obviamente, ya no se es macho como condición ‘natural’; se es macho con el estrabismo de serlo, con la conciencia, por una parte, de que no es posible serlo del todo, y, por otra, de verse viviendo dentro de esa condición. Como sucede con todo estrabismo, la migraña está asegurada, junto a las náuseas y a los mareos. Verse diferente es de por sí una anomalía, un estado de desorientación […] No se puede prescindir de ella (2004:10).

Aunque también, luego de un tiempo, la hipótesis que sobrevolaba mis reflexiones tomaba fuerza: me resistía a pensarme entre los golpes y los contactos físicos característicos del rugby. La idea de poner mi cuerpo en pos de habilitar condiciones de inteligibilidad de las prácticas de los sujetos de la investigación perdía consistencia. El entusiasmo posterior a los primeros días de entrenamiento se desvanecía, mientras pensaba en posibles (posibilidades, no certezas) golpes que condicionen mi vida cotidiana (lesiones graves, golpes severos, etc.). Entendía que no estaba dispuesto a llegar al momento donde debía que comenzar a chocar y entrar en contacto, de forma riesgosa (para mis ojos, para mi percepción, para mis sentidos, para lo que entiendo como “riesgo” en relación a la fuerza física). Porque claro, si seguía yendo a entrenar, no tenía excusas para no empezar a jugar, porque entonces… ¿para qué iría? Avisado por Nacho, no podía justificar mi presencia –por lo menos– diciendo simplemente que iba a observar cómo jugadores de rugby le otorgan sentido a la práctica, y cómo aseguran los modos masculinos de actuar. No, por lo menos en esa etapa no podría. Inevitablemente, en algún momento, tendría que empezar a chocar. Lo que para mí significaba un riesgo.

Sin embargo, esta breve inmersión en los entrenamientos, y su correspondiente salida, me habilitó a pensar que, ante mi velo –difícil de quitarlo de los ojos del investigador, al estar compartiendo prácticamente todos los días los espacios de los sujetos investigados–, a través del relato de Nacho podía dar cuenta no sólo de la posición de Nacho, sino de sus compañeros. Me di cuenta de que hacía tres años[23] que él venía compartiendo su vida, y yo la mía con él. Claro, compartíamos lo que cada uno estaba dispuesto a compartir, más o menos conscientes.


  1. Titulada “Deporte y masculinidades entre sectores dominantes de la ciudad de La Plata. Estudio sobre Identidades, Género y Clase”. Dirigida por el Dr. José Garriga Zucal y codirigida por el Dr. Pablo Alabarces.
  2. Boletín Informativo Número 1, Año 1, Mayo de 1953, De El Bosque Rugby, p. 2.
  3. Era la del secretario técnico, de aproximadamente quince años. Juega al Hockey en el club San Luis. El club San Luis forma parte de una institución educativa, el colegio San Luis, correspondiente a la congregación de orden católica de los Hermanos Maristas. Tradicionalmente era un colegio donde asistían sólo varones, y el acceso a la institución era restringido –selectivo. Hoy son aceptadas las mujeres. Era la única chica que había en todo el predio.
  4. Jugador de Albatros e interlocutor clave a lo largo de todo mi trabajo de campo.
  5. La referencia se la había pasado Tato. Tato es el capitán y referente del Club.
  6. Categoría que indica haber tenido, o tener, relaciones sexuales con otra persona.
  7. Nacho es Profesor de Educación Física y es propietario de un Gimnasio. He compartido muchas horas y días con él y sus compañeros de equipo en ese gimnasio. Ha sido un espacio importante de sociabilidad donde he conocido muchos aspectos sociales, culturales y estéticos del mundo del rugby.
  8. El quincho es un ambiente asilado de la casa principal. Se suele utilizar para reuniones y permite, justamente, la comodidad de aislar espacios, ganando, por ejemplo, intimidad. Las casas con quinchos suelen estar edificadas en terrenos de varios metros cuadrados.
  9. Desde tardar en alcanzar un vaso o servir la bebida, interrumpir a los mayores cuando hablan (refiriendo a los más jóvenes), hablar en demasía y con cierta soltura (sanción aplicada también a los más jóvenes), ocupar lugares clave de la mesa (otra vez a los jóvenes). Las cabeceras fueron ocupadas por los forwards experimentados, y los dos centros también. El resto de los más experimentados, se quedaron parados, aunque había sillas libres. Eso les permitía observar a todos y a toda escena que, desde las sillas libres, sería imposible ver.
  10. El tercer tiempo es realizado luego del partido de competencia. Históricamente, como ritual, el equipo local recibe a su rival con un agasajo que puede consistir en compartir desde bebidas como té, hasta alcohólicas, acompañadas de algún alimento dulce y/o salado.
  11. 5 de octubre de 2011.
  12. Me dijo que les comentó algo por arriba, sin demasiados detalles.
  13. Vale aclarar que este no es, por lo menos hasta donde supe, el caso de Nacho.
  14. José Garriga Zucal me aporta, con su lectura, la pregunta que indica si es esa humillación de ser abandonado, o el supuesto desprestigio se desprende al mostrar la “debilidad” de esta triste a causa de un abandono.
  15. Nacho en ese momento había vuelto a la casa de sus padres. Donde hoy es el gimnasio, era donde Nacho vivía. En el relato de Nacho, esta decisión significó que es un emprendimiento para mi futuro, donde mi familia se rompe el culo por mí.
  16. El nombre es de ficción.
  17. Sabrina enseña rugby a niños de cinco a diez años en el Club Universitario. Es un caso excepcional en el rugby platense, en tanto una mujer participe del campo en algún cargo de enseñanza.
  18. Sirimarco se refiere, en su trabajo, a la institución policial.
  19. Asociada por Bourdieu, entre otros, al cuerpo externo.
  20. Boletín Informativo Número 3 de LPRC – Año 1 – Contratapa – Julio 1953 (aparece el nombre de la ciudad de La Plata, en ese momento “Eva Perón”).
  21. Míguez analiza los programas de rehabilitación de delincuentes juveniles y sus experiencias, tanto los de la órbita estatal, como los confesionales de raíz pentecostal.
  22. Discutiremos, o deberíamos discutir, si la definición de Tonkonoff trasciende las fronteras de las distinciones de clase.
  23. En aquel momento transcurría el año 2011.


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