Otras publicaciones:

12-2382t

9789877230406-frontcover

Otras publicaciones:

9789871867868_frontcover

9789877230444-frontcover

Hombres trabajando

Trabajo, tiempo, saberes y la constitución de masculinidades dominantes y subalternas entre los fierros de los gimnasios porteños

Alejandro Damián Rodríguez

El gimnasio Boulevard, los fierros y los fierreros

Este trabajo surgió a partir de una sencilla pregunta que me comencé a hacer, luego de varios años de haber entrenado en el gimnasio a la par de ellos[1]: ¿por qué tres o cuatro veces a la semana, una hora y media o dos, y casi sin excepciones se reúne allí un grupo de hombres jóvenes a “trabajar” su cuerpo? Sugiero como respuesta que lo que están haciendo es construirse en hombres, pero en función de un modelo muy especial, en un súper-hombre que intentan crear mental y corporalmente de acuerdo a una idea de juventud masculina basada en valores como la potencia o la fuerza, que consideran parámetro de todas sus acciones y alrededor de la cual organizan un punto de vista desde donde miran el mundo. Hacer fierros, tal cual denominan al entrenamiento que realizan, implica unas maneras particulares de interpretar el tiempo y unos saberes que se adquieren en la práctica más rutinaria del trabajo en el gimnasio. Tiempo + trabajo parece ser la fórmula para convertirse en un verdadero hombre dentro del gimnasio y la mayor o menor acumulación de ambos elementos moldea el modo en que los fierreros se juzgan a sí mismos, a los otros hombres jóvenes que poseen una menor cantidad de esos capitales y en última instancia, también a las demás personas que frecuentan el Boulevard.

El gimnasio Boulevard está ubicado en la confluencia de los barrios de Parque Chacabuco, Caballito y Flores, relativamente cerca del centro geográfico de la ciudad de Buenos Aires[2]. A él acuden, mayoritariamente, personas que residen en esos barrios. Es un gimnasio pequeño y quienes lo frecuentan lo denominan de barrio: a diferencia de los gimnasios de las grandes cadenas[3], tiene una oferta de actividades mucho más reducida. Mientras que los gimnasios de las cadenas cuentan con amplias zonas de musculación y aeróbicos, clases de fitness grupal, yoga, relajación y pilates, sauna, piscina y solárium, el Boulevard es un salón de musculación amplio con muchas máquinas, barras y mancuernas para el entrenamiento anaeróbico, y con bicicletas fijas y cintas para correr dentro de un sector aeróbico.

En los márgenes del salón, contra las paredes y rodeando a las máquinas, se encuentran, conformando una única fila, las bicicletas fijas y las cintas. Al utilizarlas, es posible observar todo el salón. De frente a él, la pared principal está revestida de un espejo de aproximadamente dos metros de alto, el cual permite observarse a uno mismo al entrenar a la vez que al resto de la sala. La pequeña pared contigua a la principal está revestida de otro espejo de iguales características. En el centro del salón está la zona de máquinas, barras y mancuernas; estos son los fierros. Allí, el multipower[4] es uno de los instrumentos más requeridos, al igual que la primera fila de “herramientas”, ubicada a unos escasos treinta centímetros del espejo principal, donde están las mancuernas, los bancos para hacer press plano y la barra para hacer curl con bíceps. En contraposición a esa zona se encuentra otra de fierros menos utilizados, ubicados detrás y a los laterales, transformándose en un espacio de intermediación entre los fierros principales y las bicicletas fijas y las cintas.

Los fierros están colocados en filas imaginarias. Al recorrer los caminos delimitados por ellos se atraviesan “regiones de aparatos” (Hansen & Fernández Vaz 2006), agrupados de acuerdo a cada una de las partes humanas en que es disgregada la anatomía en el gimnasio. Así, para entrenar piernas es necesario ingresar al espacio donde están las prensas, el rack para sentadillas y los sillones para cuádriceps. Del mismo modo, para hacer pecho existe una zona con bancos planos e inclinados, una máquina de peck deck[5] y otras para aperturas. En la zona de espalda, en cambio, abundan los aparatos-remos y las máquinas de dorsales; en la de hombros los aparatos para press e inclinaciones son mayoría. Finalmente, en la zona de brazos se encuentran ubicadas las poleas y agarraderas para trabajar los tríceps, junto al scott para bíceps y las mancuernas.

Jonathan, Lorenzo, Gustavo y Lionel son algunos de los fierreros del Boulevard[6]. Jonathan tiene veintisiete años, es estudiante de abogacía y vive en Caballito. A esa carrera llegó hace unos años, antes había estudiado Relaciones del Trabajo, pero abandonó a la mitad. Ambas las cursó en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó varios años como “colaborador” de Andrés, el instructor del Boulevard, y su tarea consistía en que la sala estuviera siempre en condiciones: para eso recogía los discos que quedaban en el piso, retiraba los pesos de las barras y los acomodaba en sus lugares. Si bien no había estudiado para ser Profesor de Educación Física, él estaba “habilitado” para ejercer como tal debido al cuerpo que portaba: él estaba groso, más groso que todos. Y esto, en el Boulevard, es sinónimo de tener experiencia con los fierros y de un capital corporal acumulado (Wacquant 2006) que suple cualquier saber teórico disciplinar. Lorenzo tiene treinta y dos años, terminó el colegio secundario y vive en Parque Chacabuco con los padres. Durante mucho tiempo se dedicó a hacer “changas” de plomería, también tuvo algunos trabajos intermitentes como empleado administrativo y actualmente está buscando trabajo. Estuvo separado bastante tiempo y recientemente volvió a formar una nueva pareja. Gustavo tiene treinta años, estudia Licenciatura en Administración en la Universidad de Buenos Aires y vive en Caballito. Tuvo varios trabajos: fue preceptor en una escuela, vendedor en una pinturería, luego en un shopping y finalmente consiguió un puesto administrativo en el departamento de marketing de un canal de televisión, según él, gracias al avance en su carrera universitaria. Es soltero y sin hijos. Finalmente, Lionel tiene veintinueve años, vive en Flores y estudió Abogacía en la Universidad Católica Argentina, aunque nunca se recibió. Está casado y trabaja en el Servicio Penitenciario Federal. Ellos no son todos los fierreros del Boulevard, pero como éste no es un gimnasio al que asista gente masivamente como los de las cadenas, el grupo no es mucho más grande.

Entrenar es un trabajo

Hace ya más de dos décadas, Sam Fussell insinuó en broma cuál podría ser el “ídolo” de un improbable fisicoculturista: “Mi ídolo no era un fisicoculturista, sino un minero de fondo: Alexis Stakhanoff, de la Unión Soviética. El 31 de agosto de 1935, él extrajo 102 toneladas de carbón en seis horas, superando 14 veces la norma promedio” (1991:47). Lejos de identificarse con un par, ese fisicoculturista de ficción se veía más cercano a un trabajador, a un trabajador incansable. Más allá de si esto es probable o no, la broma de Fussell sirve para señalar la relación naturalizada entre entrenamiento y trabajo al interior de los gimnasios porteños. “Entrenar” y “trabajar” son usados como sinónimos todo el tiempo. Repasemos por qué.

Volver sobre la etimología del término “trabajar” puede servir como punto de partida. A diferencia de la alocución “labor”, el término “trabajar” proviene de trebejare, que significa realizar un esfuerzo. Trebejare, a su vez, procede de dos términos del latín como tripaliare y tripálium, que refieren a antiguos instrumentos de tortura (María Moliner 1994). Al volver sobre el antiguo significado de la palabra “trabajar”, observamos una relación entre “trabajar” y “torturar” muy íntima. Esta relación parece ser la que, entre los fierros de los gimnasios, es imperante. Antes que divertirse o practicar un deporte, para los fierreros, entrenar implica esforzarse físicamente, incluso tortuosamente: en sus propias palabras sin dolor no hay ganancia (Rodríguez 2010:51)[7]. Todo esto implica una clara contradicción con el espacio temporal de la vida cotidiana en que hacer fierros tiene lugar. O sea, aquí parece haber una inversión de sentido que no debiera pasarse por alto: a pesar de considerarlo un trabajo, hacer fierros es un “tipo de trabajo” muy especial porque se lleva a cabo en el espacio de tiempo libre personal. Lo realmente novedoso en todo esto entonces es la inversión conceptual que los fierreros llevan a cabo: para ellos el trabajo es parte de su ocio; el ocio es entendido como un trabajo.

El tiempo de trabajo ocupa una parte central dentro de la vida cotidiana de cualquier persona, junto al de descanso, el dedicado a la familia o a los quehaceres domésticos. Todos podrían ser agrupados dentro de una antinomia clásica que tiene, de un lado, al tiempo de trabajo y del otro, al tiempo libre. El primer par de esta dicotomía, el tiempo de trabajo, en las sociedades occidentales está bastante bien reglamentado[8]. En comparación histórica, la franja de tiempo que se dedica actualmente al trabajo es más o menos fija y está regida por leyes laborales estrictas, por lo que aquellas jornadas laborales de dieciséis horas de fines del siglo XIX, que nutrieron el horizonte de las reflexiones de Marx (1999), forman hoy más bien la excepción que la regla. Del otro lado de la ecuación está el tiempo libre. Muchas veces, la noción se utiliza de manera alternativa a la de tiempo de ocio, aún a pesar de que se trata de conceptos diferentes. Mientras que el tiempo libre es aquel que no está dedicado a dormir, trabajar y comer, el de ocio es ese otro donde se realiza una inversión para el desarrollo personal, el divertimento o el descanso (Dumazedier 1964). Por otra parte, no todo el tiempo no invertido en trabajo en sentido ocupacional-asalariado puede ser destinado a actividades de ocio y recreación. Por el contrario, la fracción de tiempo ociosa –en sentido de recreativo– es muy pequeña una vez que se descuenta el tiempo de trabajo asalariado, el tiempo de trabajo doméstico-privado familiar, el de descanso diario, el de la satisfacción de las necesidades biológicas y el dedicado a la socialización (Elias & Dunning 1992:91).

Ahora, si la fracción de tiempo ociosa que queda luego de descontadas todas las anteriores es híper-reducida, ¿por qué los fierreros destinan gran parte de esa pequeña porción a “trabajar” con los fierros? Antes que conformar el reverso puramente negativo del trabajo, las actividades de ocio se muestran cada día más como espacios centrales para cimentar la identidad personal individual. Es decir, en una sociedad donde las subjetividades construidas alrededor del trabajo están cada vez más corroídas (Sennett 2000), comienzan a aparecer nuevas maneras de identificarse alrededor de prácticas de tiempo libre. En el caso de los fierreros, alrededor de ese hacer fierros, ellos están construyendo gran parte de su identidad como hombres. Veamos como lo hacen.

Los tiempos del trabajo

El primer ejercicio que hacen los fierreros para construirse identitariamente como hombres es adjudicar unos significados especiales al tiempo. Para entender mejor el lugar que ocupa esa variable en este tipo de “trabajo” tan especial, hay que prestar atención a dos aspectos relacionados pero con lógicas propias. Uno de ellos es la “macrotemporalidad” del trabajo con los fierros y el otro su “microtemporalidad”.

La macrotemporalidad entre los fierros está relacionada con los cambios de las estaciones climáticas; los fierreros diagraman dos maneras de entrenar muy distintas para la temporada de frío y de calor. El modo en que funciona la macrotemporalidad fierrera es solo observable después de haber “estado ahí” al menos un año, ya que permaneciendo menos tiempo en el Boulevard sólo se puede ver una de las dos etapas del entrenamiento: la fase de volumen, que es llevada adelante durante la época fría del año, o la fase de definición, que se realiza durante la de calor. Con una estancia aún más reducida, limitada a una parte del período que se entreteje entre ambas etapas, se vislumbraría solo una zona de mediación indefinida, momento donde algunos de los fierreros están saliendo de la etapa de volumen y otros ya están haciendo sus primeras rutinas de definición.

A principios de siglo XX, Mauss propuso que las variaciones estacionales y los cambios climáticos incidían decisivamente en la morfología de las sociedades esquimales. Así, la organización social esquimal variaba de acuerdo con dos estaciones principales: el verano y el invierno. Mientras que en la estación cálida los asentamientos se transformaban en campamentos dispersos unos de otros, la actividad ritual se hacía más esporádica y los lazos sociales se relajaban, con la llegada del frío, los campamentos se acercaban, la actividad ritual se tornaba más efervescente y los lazos comunitarios se fortalecían. Estos cambios en los ritmos sociales obedecían a cuestiones climáticas pero también tenían causas sociales:

Se diría que la vida social causa al organismo y a la conciencia individual una violencia que no se puede soportar durante mucho tiempo y que por eso el individuo se ve obligado a disminuir su vida social o a sustraerse a ella en parte. Esa es la razón de este ritmo de dispersión y concentración de la vida individual y de la vida colectiva (1979:428)

La existencia de un determinado ritmo social acorde a los cambios climáticos no existe solo en las sociedades esquimales. Entre los fierreros del Boulevard ocurre algo similar. A partir de septiembre en el gimnasio se abre la etapa de “trabajo de verano”. Se extiende hasta el mes de enero, cuando los fierreros se van de vacaciones o toman una breve licencia. Durante esta etapa los fierreros hacen definición: esto implica que los entrenamientos se vuelven más ligeros: aunque se realizan los mismos ejercicios, se utilizan cargas menores y se intenta elevar el número de repeticiones a quince, veinte o hasta quemar el músculo. También se suman la cinta o la bicicleta a la rutina, aunque nunca en demasía, ya que el riesgo siempre latente es estar sobreentrenando el cuerpo y perder músculo: la peor pesadilla de todo fierrero. En este período todo está apuntado a definir el cuerpo, a moldearlo, a reducir sus excesos sin perder volumen muscular. Lo que se intenta es resaltar la forma de los músculos, de la cintura, de los abdominales, de todo aquello que durante la época de frío está oculto bajo la ropa.

Desde enero y hasta marzo en el Boulevard hay muy poca gente. Solo algunos de los fierreros que no se fueron de vacaciones, preocupados con perder el ritmo del año, asisten. Otros, como Lorenzo, tratan de encontrar algún gimnasio disponible allí donde se van a veranear para despuntar el vicio. Lorenzo hace esto año tras año, y siempre vuelve sorprendido con la cantidad de gente que se encuentra en esos gimnasios playeros de la Costa Atlántica, donde hay algunos fierreros como él, pero también personas que aprovechan el tiempo libre de las vacaciones para visitar un gimnasio, quizás por única vez. Esos gimnasios turísticos le ofrecen a Lorenzo la posibilidad de entrenar abonando solamente el día, lo cual le resulta sumamente tentador. Así, antes de ir a la playa, se da una vuelta rápida por el gimnasio para tirar unas series de press de pecho o militar, para luego sí ir a la playa.

Los fierreros que se quedan en Buenos Aires, aunque son muy pocos, siguen visitando el gimnasio, quizás más para conversar con Andrés que para entrenar. Si lo hacen, es solo con una intensidad mínima. Estos dos meses parecen servir más para relajar el cuerpo que para entrenar:

En una de esas jornadas extremadamente calurosas del verano porteño, llegué al Boulevard a las tres y media de la tarde. Había muy poca gente. Luego de saludar a Andrés, Gustavo, quien también había llegado casi al mismo tiempo que yo, me indicó que ‘el calor era tanto, y el clima estaba tan pesado, que lo único que se podía hacer era cumplir’ (Nota de campo).

En un día de calor extremo, la mayoría de las personas que frecuentan un gimnasio prefiere no asistir. Los fierreros razonan de otra manera. Para ellos, ir a entrenar es parte central de sus vidas: es parte del sacrificio que hay que hacer. Cumplir, para Gustavo, significaba realizar un entrenamiento liviano, acorde al día caluroso, sin realizar ejercicios que puedan ser riesgosos y provocar, por ejemplo, el desvanecimiento. Sin embargo, el entrenamiento no debía postergarse: solo hay que reacomodarlo a lo que sí se puede hacer.

A partir de marzo, las actividades en el Boulevard toman ritmo nuevamente. La gran mayoría de los fierreros ha vuelto y retorna al entrenamiento tan pronto como puede, aunque con una intensidad que va a ir de menor a mayor. A partir de marzo se abre una nueva etapa de “trabajo”. A diferencia de la que se inició en septiembre, y que denominé “de verano”, esta otra “de invierno” va, más o menos, desde marzo hasta agosto, cuando vuelve a iniciarse nuevamente el ciclo. La etapa de “trabajo de invierno” no es solo importante por el tipo de entrenamiento que la caracteriza, sino también porque alrededor de ella los fierreros elaboran su sentido de pertenencia al grupo. Atravesar al menos un invierno en el Boulevard, entrenando junto a los demás, es una experiencia clave: solo quien ha estado allí es tenido en cuenta como un fierrero, como alguien que no está solo “de paso” en el gimnasio. Entrenar en los meses de julio o agosto, cuando el invierno arrecia sobre Buenos Aires y el Boulevard se convierte en un lugar frío y húmedo es la prueba de fuego. Hay menos personas en todos los horarios, y en el turno en que asisten la mayoría de los fierreros, o sea la tarde-noche y hasta el cierre, puede haber alrededor de diez personas, aunque en ocasiones solo cinco, y algunas eran tan solo dos o tres hombres jóvenes entrenando. Esto propicia la conformación de un espacio más íntimo, útil para afianzar las relaciones sociales: dado que los fierreros que frecuentan el lugar son tan pocos, ellos se reconocen debajo de los buzos, las camperas y los gorros de lana, como parte de un mismo grupo que se reúne tres o cuatro veces por semana, una o dos horas, a pesar de todo, siempre en el mismo lugar, donde el clima nunca es un obstáculo, porque hay que seguir entrenándose, sacrificándose para construir el cuerpo que anhelan.

A diferencia de la fase de “trabajo de verano”, durante los meses de invierno se realiza un entrenamiento totalmente opuesto. En esta etapa la máxima que guía el trabajo parece ser levantar siempre lo máximo que se pueda: por ello las repeticiones de las series se reducen a ocho, seis o cuatro, intentando forzar el músculo, tratando de lograr el tan ansiado fallo muscular[9]. En este período ninguno de los fierreros parece estar demasiado preocupado por el exceso de peso, por el contrario, entrenar fuerte requiere comer abundantemente: Ahora, lo importante es volverse lo más groso posible, cuando lleguen los meses de verano habrá tiempo suficiente para desprenderse de todo el exceso de grasa corporal de más, con dietas y entrenamientos específicos. Durante este período de tiempo ningún fierrero se atreve a pisar una cinta o se sube a una bicicleta, y si alguno lo hace es tan solo para calentar antes de comenzar el entrenamiento. De todos modos, la mayoría de los fierreros prefieren calentar con las mismas pesas, tirando una serie larga, de veinte a veinticinco repeticiones, antes de comenzar a entrenar las más pesadas. A diferencia de la etapa de verano, en este período, los fierreros priorizan todos los ejercicios basados en la potencia corporal: sentadillas, peso muerto, press para el pecho y los hombros, prensas para piernas.

Durante las estadías de invierno en el Boulevard es muy común escuchar los gritos y las exclamaciones de dolor y aliento de muchos de los fierreros. A veces son solo alaridos del tipo aaaaahhhh, otras son exclamaciones como siiiiiii. En ocasiones se transforman de gritos inarticulados en frases breves de aliento: mientras Daniel ayudaba a Gustavo a terminar una serie pesada de press de banca le decía: una más, que vos podés, seguido de un vamos, no seas maricón, una más. En resumen: las dos etapas temporales de trabajo corporal son diferentes, incluso contrapuestas. Mientras que en la de invierno se privilegia la ganancia de peso, la abundancia de las formas y el volumen corporal; en la de verano se busca la definición de las formas corporales a la vez que la eliminación de las adiposidades no deseadas, en ambos casos con “trabajos” distintos.

El segundo aspecto, el de la microtemporalidad fierrera, está referido al modo en que los fierreros experimentan el tiempo de los ejercicios corporales. Según Harvey “registramos el pasaje del tiempo en segundos, minutos, horas, días, meses, años, décadas, siglos y eras, como si todo tuviera su lugar en la escala del tiempo objetivo” (1998:225). Todas esas nociones de tiempo, además, se hacen aún menos precisas si no están ancladas culturalmente, ya que, como sostiene Carbonell Camós, “el tiempo es una construcción cultural. Culturas diferentes conceptualizan el tiempo de formas diferentes” (2004:9).

Entre los fierreros impera una de esas tantas maneras específicas de comprender las horas, los minutos y los segundos, y tiene sentido solo dentro del espacio en que surge, o sea el Boulevard. La premisa básica allí es que el tiempo no se puede malgastar: vale oro. Una de las revistas que tiene Andrés sobre su escritorio ejemplifica bastante bien lo anterior: en ella aparece en su contratapa un fisicoculturista negro –es una publicidad de un suplemento alimenticio–, junto a una breve esquela escrita en letras blancas. Supuestamente, el personaje está pensando lo que ahí está escrito. Se puede leer en inglés: mientras vos estás perdiendo el tiempo, hay alguien que está entrenando. Entonces, como evitar perder el tiempo parece ser fundamental, los fierreros siguen una norma sencilla: reducir los contactos al mínimo, o mejor dicho, nunca olvidarse que están allí para entrenar. Por ello, los fierreros hablan muy poco mientras entrenan, y cuando lo hacen, prefieren hacerlo entre ellos. Algunos incluso son aún más reservados y se colocan auriculares para escuchar música, pero también para mostrar que no desean ser interrumpidos. Estos últimos están totalmente concentrados en lo que están haciendo, durante alrededor de una hora y media o dos como mucho, o sea lo que dura un entrenamiento, luego de lo cual se van sin cruzar palabra, quizás tan solo un saludo cordial con Andrés cuando se retiran, al igual que cuando llegaron. Cuando hablan entre ellos, los fierreros lo hacen en esos breves descansos de un minuto y medio, dos como máximo, que se crean entre ejercicios. Después de transcurridos y casi sin mediar palabra retoman el entrenamiento de nuevo:

Después de bastante tiempo me encuentro a Jonathan, nuevamente.
Yo: ‘¿Cómo andas vos, todo bien?’ (Jonathan está haciendo dominadas en el multipower; yo estoy entrenando espalda en una máquina contigua).
Jonathan: ‘Bien che’ (se queda ‘colgado’, sin ejercitarse).
Yo: ‘¿La facultad?’
Jonathan: ‘Sabés que cambié de carrera, me fui a abogacía, dejé relaciones de trabajo’.
Yo: ‘No, no sabía nada’.
Jonathan: ‘Sí, hace bastante, puedo dejar todo menos esto…’ (Silencio).
Yo: ‘Sí…’ (Se encuentra ‘colgado’ de la barra, listo para empezar una nueva serie, me corro, evidentemente lo estoy interrumpiendo) (Nota de campo).

Es considerado desubicado intentar mantener una conversación más allá de los límites estipulados; pasados los minutos de descanso, uno se vuelve un “estorbo” si pretende seguir dialogando. Las conversaciones son siempre interrumpidas del mismo modo y lo que se iba a decir debe guardarse para unos minutos después, cuando comience el nuevo intervalo de descanso. Solo deteniéndose para estas conversaciones breves y esporádicas, los fierreros nunca pierden de vista el objetivo principal que los reúne en el Boulevard: trabajar con los fierros. Quien no acata esa premisa básica es reprendido tácitamente por el resto, ya que no va a encontrar personas con quien dialogar. Por tal motivo, lo más probable es que termine imitando al resto y vuelva al entrenamiento. En tal sentido, el carácter imitativo de la práctica parece ser una de sus fortalezas más rotundas, ya que coerciona silenciosamente a todos a hacer lo mismo que los demás, aun cuando deseen hacer otra cosa distinta.

En resumen, el microtiempo del entrenamiento con fierros está perfectamente regulado; el uso de las horas, los minutos y los segundos está totalmente acomodado en función de una racionalización perfecta, y el énfasis parece estar puesto en controlar los tiempos de descanso antes que los de trabajo. Mientras que el tiempo que lleva realizar las repeticiones de una serie no suele ser medido por los fierreros, los tiempos de descanso sí son totalmente cronometrados. La norma para estos últimos es que no se extiendan mucho más allá del tiempo justo para que los músculos se recuperen, luego de lo cual hay que volver a entrenar.

Los saberes del trabajo

A los dos modos particulares de medir el tiempo entre los fierros se suman determinados saberes que los fierreros van haciendo suyos. Los más importantes son: un saber del entrenamiento corporal y un lenguaje. Poseer estos recursos, luego, también les permitirá crear la figura del compañero de entrenamiento.

Debido a la lógica de racionalización total del tiempo, en el Boulevard se intercambia muy poca información. Primero, porque el microtiempo de los fierros es muy breve; segundo, porque requiere crear algún tipo de lazo con los nativos y, si bien el grupo no es herméticamente cerrado, tampoco es totalmente abierto. Los fierreros del Boulevard pueden reconocer fácilmente a quienes no son “del palo”. En primer lugar, porque el grupo no es numeroso: un rostro nuevo difícilmente pasa desapercibido. En segundo término, porque las “marcas del cuerpo” les permiten “leer” frente a quien están: cuando un nuevo hombre joven arriba al gimnasio ellos analizan si se trata de un par que tan solo ha cambiado de gimnasio y pretende sumarse al grupo del Boulevard, o de alguien que llega al gimnasio por primera vez en su vida. De todas maneras, el modo de trabajar con los fierros será el principal delator: haber aprendido las reglas del oficio y ponerlas en práctica en el entrenamiento demuestra que se sabe “trabajar” con los fierros, a la vez que se posee algo de tiempo acumulado en la práctica.

“Trabajar con los fierros, a diferencia de otros entrenamientos, requiere de la aprehensión de un esquema corporal desagregado en seis partes. Quizás este sea el primer saber teórico que hay que aprender para entrenar solo, de lo contrario solo se realizan ejercicios “sin sentido”, desde la óptica de los fierreros:

Un adolescente que llegó al gimnasio hoy por primera vez fue interrogado por Andrés:
– ‘¿Qué querés, entrenar para tonificar, para volumen…?’
Aceptando con la cara, indica esto último.
Andrés escribe eso en la ficha. Le sigue haciendo preguntas: edad, nombre y apellido, enfermedades, operaciones.
El recién llegado contesta que no tuvo ninguna enfermedad ni operación.
Andrés le indica que va a hacer primero una ‘adaptación’. Al nuevo entrenado parece no gustarle mucho la idea, y se ve en la expresión de su cara. Andrés se da cuenta y le dice: ‘mirá, si querés te divido la rutina en dos o tres músculos y días, pero estaría bueno hacer la adaptación antes…’ El joven recién llegado sigue sin estar conforme, pero igual asiente con un ‘está bien’.
Andrés intenta convencerlo: ‘hagamos una cosa, empezá la adaptación, igual te divido la rutina y vemos’. ‘Sin la adaptación, sostiene Andrés, tendrías que tocar dos músculos por día, espalda y tríceps, por ejemplo, y después va a pasar mucho tiempo hasta que los vuelvas a tocar, por eso estaría buena la adaptación’ (Nota de campo).

El diagrama de seis partes condiciona a quien llega al Boulevard desde el primer día. Para los fierreros, hacer una adaptación es sinónimo de ser un novato, de depender totalmente de Andrés porque todavía no se comprende cómo está compuesto el cuerpo ni las técnicas para entrenarlo. Por el contrario, haber aprehendido las partes de la anatomía entre los fierros implica saber cuándo atacarlas, cuándo combinarlas, cómo descansarlas.

Las seis partes del “cuerpo-fierro” son las siguientes: piernas, hombros, pecho, espalda, tríceps y bíceps[10], sin embargo, lo más común es referirse a ellas en función de oposiciones duales: pecho y bíceps, espalda y tríceps, piernas y hombros. Aunque existen otras posibles combinaciones, las antedichas son las más frecuentemente oídas en el Boulevard. A su vez, cada una de las partes corporales está compuesta de otras más pequeñas. Así las piernas tienen sus glúteos, cuádriceps, isquiotibiales y gemelos; el pecho posee su parte superior, media e inferior; los hombros tienen sus deltoides y trapecios –que los fierreros generalmente entrenan juntos–; los tríceps y bíceps sus cabezas y picos. Cuando el entrenamiento de alguien en el Boulevard no se basa en estas dualidades, los fierreros captan enseguida que se trata de alguien que no maneja la expertise del trabajo. Asimismo, como esta división sexta-partita se encuentra en relación con la distribución de los aparatos en el Boulevard, manejar el esquema corporal denota que se sabe cómo recorrer el salón.

Al oír las conversaciones de los fierreros del Boulevard se tiene la sensación de estar frente a profesores de educación física, a nutricionistas especializados o a farmacéuticos con años de experiencia en la materia. El manejo que ellos tienen sobre una variedad de temas relacionados con su entrenamiento es siempre sorprendente; ya sea para nombrar ejercicios, dietas o sustancias son verdaderos especialistas. Saber qué es hacer volumen y qué es hacer definición es parte de ese conocimiento básico que debe poseer quien habita entre los fierros. Identificar con su sola mención qué es, por ejemplo, hacer tríceps con barra acostado, dónde, cómo y para qué se hace, es también parte de ese saber que se aprende trabajando con los fierros. Conocer la variedad de ejercicios existentes con aparatos, barras o mancuernas hace también a ese saber específico que es necesario tener para ser un fierrero a la vez que para ser considerado como tal por los otros. Haberse apropiado de ese saber práctico demuestra que se sabe lo que se está haciendo, qué partes musculares se está trabajando, por qué se las entrena así y cuándo hay que volver a atacarlas porque ya están bien descansadas. Todo esto no implica que entre fierreros no se sugieran ejercicios, por el contrario sí lo hacen en ocasiones, pero lo que opera tácitamente en ese intercambio es que quien lo recibe ya acumuló también los saberes y es capaz de incorporarlos a un plan que dirige por cuenta propia.

De la misma manera, y debido a que entre entrenamiento y nutrición se teje una relación indisociable, para los fierreros, aprender a alimentar el cuerpo en volumen y definición es también parte de ese saber que se aprende en el gimnasio. Así, todo fierrero va aprendiendo a combinar sus dosis de proteínas, carbohidratos y grasas, alternándolas y/o suprimiéndolas de acuerdo a sus objetivos, a la vez que, con el tiempo, es capaz de leer dietas, con sus seis comidas diarias, que algunos fierreros traen para compartir y criticar entre pares. Esos saberes nutricionales son a veces socializados por el mismo entrenador, que ante un pedido de dieta de volumen, suele proporcionarla, pero lo que está implícito en ese intercambio es que los demás sabrán leerla y llevarla adelante.

Luego de haber aprendido a entrenar el cuerpo por cuenta propia, el segundo paso para un fierrero es incorporar la jerga imperante en el Boulevard. “Saber hablar” demuestra la pertenencia al grupo de fierreros: quien habla la jerga es reconocido como par, como alguien que está “iniciado”. Incluso para aquellos que no parecen corporalmente fierreros, ya sea porque todavía no están lo suficientemente entrenados o porque han dejado de ser grosos debido a que abandonaron el entrenamiento por una lesión que los alejó del gimnasio por largo tiempo, indica que a pesar de todo comparten la cultura del grupo: ya sea porque se han incorporado recientemente, o porque alguna vez estuvieron allí en el pasado. Esta jerga está compuesta por una mezcla de términos extraídos de la educación física, la nutrición y el saber farmacéutico, con otros que son producto de la creación nativa de los fierreros.

Que existe una relación entre poder y lenguaje no es un descubrimiento nuevo. Godelier sostenía que “lo más sorprendente entre los Baruya es constatar que los hombres son iniciados para hablar un lenguaje secreto y son iniciados además en los secretos, secretos que lo son sólo para las mujeres y para los jóvenes no iniciados” (2004:111). Estos secretos, en el Boulevard, son todos aquellos términos que los fierreros crean y reservan para sí mismos, a la vez que eligen a quien van a transmitirlos, y que utilizan para definirse a sí mismos, a los otros que no son fierreros y a los elementos diversos que componen su práctica. Según el mismo autor “existe también una suerte de monopolio de los hombres sobre ciertos saberes y esto se traduce en el lenguaje por un código, un lenguaje secreto” (2004:111). En el caso de los fierreros del Boulevard, lo que ellos monopolizan es el saber del entrenamiento fierrero al que denominan con nombres que ellos crean y al cual no pueden acceder ni las mujeres ni los hombres que no son fierreros, porque desde el punto de vista nativo, a ambos grupos le falta la juventud masculina, principio desde donde organizan su mirada del mundo.

Solo después de haber aprendido a entrenar sin la ayuda del entrenador y de manejar la jerga correctamente, un fierrero puede entablar una relación de trabajo por pares. Este tipo de trabajo en dupla es bastante común en el Boulevard, aún a pesar de que muchos fierreros sigan prefiriendo entrenar solos. Es una posibilidad que se abre para quienes han alcanzado un grado de avance considerable, rasgo que se mide a partir de la dependencia/independencia del entrenador. La pregunta que hago ahora es la siguiente: ¿cuál es la importancia teórica que reviste que dos personas decidan emprender una sesión de entrenamiento en conjunto? Como ya hemos sostenido en otra ocasión (2009) y también lo ha hecho Klein (1993), la figura del compañero de entrenamiento coloca en tensión la idea de que entrenar en el gimnasio es una práctica que se realiza en solitario. Uno de los principios básicos que opera en el gimnasio Boulevard es que los fierros deben ser utilizados individualmente, en una relación hombre-máquina sin intermediarios. El segundo implica el “principio de autoridad”: la única voz autorizada allí es Andrés, o en todo caso su ayudante, Jonathan; solo a ellos hay que recurrir para pedir ayuda. La aparición del compañero de entrenamiento resquebraja algo de este entramado porque incorpora un componente de tipo solidario.

Al llegar al Boulevard y antes de comenzar a entrenar, los fierreros suelen comentar lo que van a “trabajar” ese día: hoy me toca piernas y hombros, o el miércoles hago espalda y bíceps por ejemplo. Ocurre con frecuencia que dos fierreros tienen un plan idéntico para el mismo día, por lo que deciden entrenar juntos durante esa hora y media. Sin embargo, no basta solamente con tener que hacer el mismo trabajo en el mismo día y horario para tejer una relación de pareja de entrenamiento estable, también es necesario ser considerado por los demás como un potencial compañero, que no tendrá problemas para seguir las ejecuciones de las series más pesadas, a la vez que podrá tirar pesos más o menos parejos en todos los ejercicios. Es decir, si un fierrero levanta en el press de banca cincuenta kilos de cada lado, tratará de entablar relación con alguien que utilice la misma carga, porque si no, entrenar a la par implicará más complicaciones que beneficios, ya que habría que estar cargando y descargando la barra en cada nueva serie debido a que uno de los dos tiene menos fuerza. Tan solo con mirarse, los fierreros pueden “radiografiar” a un buen compañero de entrenamiento. En esta elección mutua influye sin dudas la afinidad previa que ambos hayan podido llegar a construir en las breves interacciones cotidianas.

Entrenar con un compañero de entrenamiento, a grandes rasgos, funciona así: mientras uno de los miembros de la pareja realiza una repetición de la serie, el otro lo asiste y vigila ante posibles “eventualidades” (como que la barra se le caiga encima del pecho cuando está acostado en el banco plano de press de pecho). Estas “eventualidades” ya no son producto del desconocimiento de las técnicas, porque los fierreros que trabajan juntos ya las han adquirido, ahora en cambio están relacionadas con el hecho de que se encuentran manipulando pesos peligrosos y pueden lesionarse.

La fórmula del compañero de entrenamiento incorpora elementos como la confianza, la intimidad y la moral al “trabajo” con los fierros. En primer lugar, se incorpora la confianza, porque un fierrero confía su cuerpo a otro, quien será encargado de velar por su seguridad. En segundo término, también exige algo de intimidad porque ambas personas van a entablar un contacto bastante íntimo con algunas partes del cuerpo del otro. Así por ejemplo, al realizar una sentadilla con barra, el movimiento exige que el ejecutante coloque la barra detrás de la nuca y la recueste sobre sus hombros, mientras quien secunda, por su parte, debe situarse detrás del primero, tomándolo fuerte por la cintura para guiar el ejercicio. Aquí también ingresa el componente moral, porque quien ayuda se transforma en sostén, tanto físico como moral, para que su compañero complete la serie. Seguramente, él dirá vas solo cuando su compañero ya no tenga fuerzas, aunque la mayoría de las veces esto no sea cierto y esté haciendo todo el esfuerzo él, y lo ayudará a recostar la barra sobre el aparato.

Entre compañeros es muy común reprocharse cuando se está robando con los pesos. Esta práctica, aunque no está vedada, sí es vista como moralmente incorrecta. Robar es sinónimo de no estar dando lo máximo de uno, lo que es imprescindible en cada entrenamiento, más cuando se realiza en el marco de una relación de compañeros y uno es vigilado por el otro y viceversa. Robar es poco honroso porque indica la utilización de pesos que se pueden mover fácilmente, conducta que está habilitada para un recién llegado, porque desconoce que está robando, pero nunca para un fierrero. Por el contrario, los objetivos de este último siempre deben estar depositado “más allá”, tratando de utilizar siempre más peso, porque esto, frente a la vista de los demás, es sinónimo de valor. Siempre se puede tirar una más es la máxima moral que impera entre los fierreros, aunque sea sumando discos pequeños de dos kilos y medio[11] a la barra principal. Por ello, una de las preguntas más frecuentemente oídas en el Boulevard es ¿cuánto estas tirando?; la respuesta es indicativa del valor personal y del riesgo que cada uno es capaz de tomar[12]. Finalmente, aun cuando muchos fierreros siguen prefiriendo entrenar solos, también ellos comprenden la lógica del compañero de entrenamiento y, a su modo, hacen uso de ella. Así, si requieren una ayuda extra y momentánea, sin que esto implique una relación de compañeros estable sino solo una asistencia puntual, lo hacen solo a quienes observan como pares, como capaces de poder mover pesos pesados de fierrero y se lo hacen saber mediante una breve pregunta: ¿me seguís? Es decir, en esta elección también parece influir algo de la relación de compañeros de entrenamiento, ya que tampoco un fierrero que entrena solo está dispuesto a confiar en cualquiera la integridad de su cuerpo.

Frente a la relación de confianza, intimidad y compromiso moral que se va tejiendo entre dos compañeros que “trabajan” juntos, el entrenador irá quedando relegado. Su rol va a ir resquebrajándose de a poco, porque dejará de ser el único poseedor de información y ayuda. Frente a ese cambio en el estado de cosas, Andrés solo podrá asentir que los fierreros, al menos en lo que respecta al saber del entrenamiento, lo han igualado, y por eso debe observarlos como pares. A medida que transcurre el tiempo y los fierreros ganan más experiencia, sus cuerpos siguen ganando músculo y marcándose; ellos se vuelven más grosos. Andrés, que también sostiene gran parte de su autoridad en función de su cuerpo, ahora debe competir con ellos: en el Boulevard la autoridad es investida por ley pero también guarda relación con quien está más groso.

A modo de cierre: masculinidades dominantes, subalternas y la construcción de una jerarquía en el Boulevard

Cuando parecía que los fierreros habían culminado su tarea y se habían construido identitariamente en los hombres que anhelaban ser, cuyo valor fundamental es la juventud masculina basada en la potencia física, que tanto trabajo y tiempo llevó construir, llegan otros hombres al gimnasio que pueden poner en riesgo toda su compleja construcción.

A partir de septiembre, y como bien saben Andrés y los fierreros, porque así ocurre todos los años, al Boulevard empiezan a llegar personas que no son habitués. Entre ellos, un nutrido grupo de hombres jóvenes. Los fierreros los denominan los barriletes[13], y haber trabajado todo el año, también implica estar listos para recibirlos, para mostrarles, a través del cuerpo, quienes “mandan” en el lugar. Los barriletes son un grupo de hombres jóvenes que buscan resultados rápidos para el verano: ellos quieren estar más grosos, más marcados, y todo, como mucho, en dos meses.

Elias (1998) sostiene que en Winston Parva hay una división social profunda, construida alrededor del momento en que los habitantes llegaron allí. La variable tiempo es central porque contribuye a delimitar la identidad de dos grupos: quienes “llegaron antes” y quienes “llegaron después”, y este simple hecho se constituye en una marca estigmática que refleja la posesión de valores, positivos para los primeros y negativos para los segundos: mientras unos son los “establecidos” porque ya estaban allí, los otros son los “marginados”, tan solo por haber arribado después. En el Boulevard ocurre algo similar. Los barriletes van a ocupar un rol subalterno al llegar, por el mero hecho de haber ingresado bastante después que los fierreros, que pasaron todo el invierno entrenando, pero también debido a que son verdaderos desposeídos. Las diferencias entre fierreros y barriletes son varias, pero todas signadas alrededor de la posesión versus la carencia: mientras que los fierreros poseen tiempo en el gimnasio, acumularon trabajo sobre el cuerpo, aprendieron los saberes del entrenamiento, hablan la jerga y en algunos casos entrenan juntos, los barriletes carecen de todo: ellos no poseen tiempo ni trabajo ni cuerpos que demuestren un capital acumulado.

Lo único que tienen a su favor los barriletes es el peso de la mayoría, porque el grupo, si es que puede llamárselo así, ya que los lazos que unen a sus miembros casi no existen, suele ser mucho mayor en número al de los fierreros. Esto podría colocar en tensión, tan solo por el peso de la mayoría, los valores vigentes para hacerse un hombre en el gimnasio y quizás reemplazarlos por otros alternativos. Sin embargo, nada de esto va a ocurrir.

A medida que avanza el período de verano, entre los barriletes van a comenzar a formarse dos grupos: el primero es el de quienes así como llegaron en septiembre, se retirarán con la llegada de enero o febrero, para volver recién al año siguiente, cuando se inicie la nueva temporada. El segundo, en cambio, lo conformarán todos aquellos que, a diferencia de los que se van, deciden quedarse en el Boulevard. Estos barriletes que se quedan no van a plantear una lucha frontal a los fierreros. Por el contrario, parecen querer imitarlos, tener cuerpos parecidos, apropiarse de los saberes que poseen, sumar horas de entrenamiento, estar ahí para que se los reconozca como pares. Los recién llegados no van a poner en tela de juicio ninguno de los elementos que sirven para hacerse un hombre en el gimnasio, ni tampoco los valores que operan detrás relacionados con que la juventud masculina, especialmente el rasgo de la potencia física, que es definidor de quién es cada persona en el gimnasio. A diferencia de lo que ocurría en Winston Parva, donde la condición de “establecido” y/o “marginado” acompañaba a quien la portaba durante toda la vida, en el Boulevard es posible abandonar la condición de barrilete y transformarse en un fierrero, siempre y cuando se acepten los valores que rigen al grupo dominante.

Pero no todo termina aquí. Los fierreros no solo juzgan a los demás hombres jóvenes a partir de la cosmovisión masculina que van armando sino también a los hombres mayores y a las mujeres del gimnasio. Es decir, ellos aplican la misma fórmula trabajo + tiempo para juzgar quiénes son los demás. Y esta fórmula también tiene en cuenta que ese trabajo debe ser el más ligado a la fuerza y la potencia del cuerpo. El problema en todo esto es que no todas las personas que entrenan en el Boulevard pueden hacer el mismo despliegue de potencia y fuerza física, y estos valores son fundamentales para acumular capital, por lo que, desde el punto de vista fierrero, tanto hombres mayores como mujeres son personas que en el gimnasio tienen un status menor.

Indicar que en un gimnasio existen jerarquías no es una idea nueva (Klein 1993). En función del poder que tiene para permitir o negar el acceso, Andrés, el instructor del Boulevard es quien posee más poder. Del otro lado están los entrenados, porque ellos no pueden decidir por sí solos qué hacer, al menos en principio:

00

Pero un grupo de hombres jóvenes que se denominan a sí mismos fierreros despliegan una estrategia basada en hacer de la fórmula tiempo + trabajo un capital que puede rentabilizarse en el gimnasio. A partir de acumular ambos elementos, que se reflejan en el cuerpo entrenado que portan, ellos comienzan a disputar la autoridad del entrenador, sobre todo debido a que se fueron volviendo más grosos que él, que legitima su autoridad en la ley pero también en que era, en principio, más groso que todos. Esta característica incorporada los reviste de poder, los habilita a entrenar solos y a moverse con bastante autonomía en el gimnasio. Debido a esto, la distancia jerárquica entre Andrés y los fierreros se acorta. Por eso, y rearmando la pirámide en función de la nueva posición que los fierreros logran a partir de acumular tiempo + trabajo en el gimnasio, el ordenamiento jerárquico del Boulevard quedaría así:

01

El status de Andrés sigue siendo superior, sobre todo debido a que él sigue siendo capaz de permitir o restringir el acceso a cualquiera de las personas que entrenan en el Boulevard. En ese aspecto él sigue “mandando”. En otros aspectos, como en la definición de los recorridos de entrenamiento ya no, porque la acumulación de capital corporal le permitió a los fierreros colocarse en una posición casi igualitaria a Andrés.

Al desplegar esta estrategia que valoriza el trabajo del cuerpo, específicamente el más ligado a la fuerza y la potencia física, los fierreros pudieron hacerse de una cuota de poder en el lugar, pero también crearon alter-egos desposeídos de ellos como son los barriletes. Ellos ocupan el tercer estrato de la pirámide, aunque se trata de un grupo sumamente inestable, porque algunos de sus miembros se van del gimnasio después de unos pocos meses mientras que otros pueden pasar a formar parte de los fierreros si es que suman tiempo + trabajo en el gimnasio y, por ende, capital corporal. Desde el punto de vista fierrero, ellos, en potencia, podrían llegar a convertirse en verdaderos hombres del gimnasio.

En el cuarto lugar de la pirámide están las mujeres. Y esto debido a que el modo en que organizan su mundo los fierreros del Boulevard es totalmente machista. Las mujeres del lugar, desde su óptica, deberían permanecer en los espacios asignados para ellas, aquellos más femeninos, donde están las máquinas que tienen adosadas sobre sí calcomanías que dicen “de uso exclusivo femenino”. Esto ocurre así de hecho; la mayoría de las mujeres lo hace sin discutirlo. Las pocas que intentan superar esta barrera –si es que lo intentan y no se conforman con lo que el gimnasio les ofrece como propuesta–, lo cual no sucede muy a menudo porque ellas también tienden a reificar las representaciones del cuerpo más machistas con expresiones del tipo yo no quiero estar como ellos, son vistas como bichos raros que entrenan de más: una mezcla extraña entre fisicoculturista y mujer que, para los fierreros, atenta contra la supuesta esencia de su “femineidad profunda”.

Finalmente, mucho más marginado es el lugar de quienes tienen una edad más avanzada, aunque el límite de demarcación es siempre difuso pero gira alrededor del momento en que ya no se puede hacer fuerza igual que un fierrero. Este grupo es el más marginado en el imaginario fierrero, y si fuera por ellos, preferirían que asistan al gimnasio en los horarios menos frecuentados así como que circulasen por los espacios más secundarios. En buena medida, esto ocurre así y las personas mayores prefieren la mañana y utilizan más que nada las cintas y las bicicletas de la zona aeróbica; o sea todos los aparatos en los que no es necesario demostrar fuerza física ni potencia corporal. Por todo esto, las mujeres que han superado la edad juvenil tienen un rol doblemente estigmatizado, porque son mujeres y mayores.

En conclusión, los fierreros organizan su punto de vista sobre el mundo que los rodea a partir del principio de la juventud masculina que exacerba los rasgos de la potencia del cuerpo del hombre. A partir de ese principio arman su práctica de entrenamiento, se juzgan a sí mismos, a los demás hombres del gimnasio y en el fondo a todas las personas que sin ser hombres también lo frecuentan. Se trata de una construcción compleja que convierte al entrenamiento en un trabajo, que inventa unos tiempos y unos saberes, hasta un lenguaje es necesario para construirse en un verdadero hombre entre los fierros. Desde este punto de vista, todas aquellas personas que carecen de la juventud masculina tienen un status de menor valía en el Boulevard. Esta construcción no es solo imaginaria ya que los fierreros tratan de imponerla en el Boulevard, apropiándose del espacio, de las máquinas, disputando la autoridad al entrenador y contagiando el punto de vista hacia los demás, que barriletes y muchas mujeres del lugar terminan por asentir. Será necesario a futuro observar otras construcciones identitarias que existen en el gimnasio y que vengan a disputar el poder que los fierreros construyen para hacerse amos y señores del lugar.


  1. A la vez que sujeto que guía esta investigación, yo también soy objeto de ella, debido a que fui por muchos años parte del grupo de hombres jóvenes que entrena entre los fierros del Boulevard.
  2. El nombre del gimnasio ha sido modificado pero la ubicación geográfica es correcta.
  3. Las dos más importantes de la ciudad son Megatlon y Sport Club.
  4. Es una máquina que, si se sabe utilizar, permite trabajar la mayoría de los músculos del cuerpo.
  5. También conocida como mariposa, es una máquina para realizar aperturas a fin de trabajar los pectorales.
  6. Todos los nombres personales han sido modificados para preservar la intimidad de mis interlocutores.
  7. Esto último es casi idéntico a lo que Wacquant (2006) había sostenido respecto a los boxeadores del Southside de Chicago.
  8. Aunque con claras diferencias entre países.
  9. El fallo muscular se produce cuando el músculo no puede hacer una nueva repetición del ejercicio.
  10. Esta conceptualización del cuerpo humano solo atiende a la manera en que es elaborado en un contexto específico como el Boulevard, y en términos más amplios en los gimnasios porteños.
  11. Estos son los discos más pequeños que se pueden utilizar en el Boulevard.
  12. Esto tiene sus límites. Los fierreros pueden darse cuenta escrutando el cuerpo del otro si está “habilitado corporalmente” para mover el peso que colocó en una barra. En muchas ocasiones, ocurre que un recién llegado utiliza más peso del que realmente puede mover para demostrar visualmente “fuerza” y “valor” a la vista de todos, sin que pueda hacer ni siquiera una única repetición o utilizando una técnica totalmente incorrecta y peligrosa. Esto no pasa desapercibido nunca y antes que valor o fuerza es sinónimo de ineptitud o inexperiencia. Así lo que podía ser una virtud se transforma rápidamente en un defecto.
  13. Los fierreros denominan así a los hombres jóvenes que se acercan a entrenar a partir de septiembre y se van cuando se acercan las vacaciones de verano, en enero-febrero, o luego de ellas, cuando se avecina el invierno porteño.


Deja un comentario