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Fútbol, espectáculo y rivalidad
en el Río de la Plata

Javier Szlifman

El espectáculo es el sentido de la práctica total de una formación económico-social, su empleo del tiempo. Es el momento histórico que nos contiene (Guy Debord 2008:11).

Desde el primer partido amistoso que disputaron en 1901, las selecciones de fútbol de la Argentina y Uruguay han constituido una fuerte rivalidad deportiva. A fines de 2013, el historial entre ambos equipo registra 183 enfrentamientos[1]. La tradición deportiva de ambos países, la cercanía geográfica y los títulos obtenidos a lo largo de la historia llevaron la disputa muchas veces a campos que excedían largamente el ámbito del deporte. 1924 resulta un año trascendente en la historia para estos combinados nacionales. En junio, el equipo oriental alcanzó la medalla de oro en fútbol en los Juegos Olímpicos de París, un título que en aquel tiempo se consideraba como el campeonato mundial de la disciplina. Semejante conquista se vivió con mucho fervor en todo el país e incluso el fútbol de Latinoamérica celebró aquel campeonato como una reivindicación del estilo criollo de la práctica del deporte.

Poco tiempo después, en septiembre, uruguayos y argentinos acordaron la celebración de dos encuentros amistosos. En la Argentina se construyó un imaginario que suponía que una victoria ante los recientes campeones olímpicos pondría al combinado nacional como el mejor equipo del mundo en ese entonces, ya que habría vencido al equipo recientemente consagrado. El primer duelo, disputado en Montevideo el 21 de septiembre, terminó igualado 1 a 1. La revancha, celebrada una semana más tarde en Buenos Aires, fue suspendida en medio de incidentes porque los aficionados, agolpados en unas tribunas superpobladas, invadieron el campo de juego. El encuentro se disputaría finalmente el 2 de octubre y finalizaría con la victoria de los argentinos por 2 a 1.

En este trabajo tomaremos como eje aquel encuentro suspendido y su posterior realización, para analizar la representación del fútbol en la prensa argentina de aquellos años. Nuestro análisis se concentrará en los artículos del diario Crítica, que dio amplia cobertura a la disputa de aquellos duelos. Analizaremos las crónicas aparecidas en el periódico siete días antes y siete días después de los encuentros.

Consideramos para el trabajo esta serie de dos partidos amistosos a raíz de la trascendencia que adquirieron en la prensa y en los fanáticos de ambos países, a raíz de la reciente victoria de Uruguay en los Juegos Olímpicos. Además, resulta un buen punto de partida para dar cuenta del desarrollo del fútbol en la Argentina de aquellos años, que ya aparecía como un espectáculo masivo, con espectadores fervorosos y una industria con gran movimiento de divisas. Estos encuentros contribuyeron a aumentar la rivalidad deportiva entre ambos países, que se potenciaría pocas semanas después en la final del Campeonato Sudamericano. Luego del partido decisivo disputado en Montevideo el 2 de noviembre de 1924, un aficionado uruguayo perdería la vida tras un enfrentamiento entre hinchas[2].

En este contexto, nos proponemos dar cuenta de la representación en la prensa del acontecimiento deportivo y de los actores que intervienen en él, como los aficionados, las fuerzas de seguridad, los dirigentes deportivos y los propios medios de comunicación.

Archetti sostiene que, en la década de 1920 en la Argentina “se produce la consolidación del fútbol como espectáculo deportivo” (2001:22). Muestra de ello, agrega, es la construcción del estadio de Independiente, el primero totalmente hecho de cemento; la iluminación artificial del estadio de Vélez Sarsfield; la aparición de las transmisiones radiales y la expansión de la cantidad de socios de los clubes más importantes. “En esa época, el fútbol era en Buenos Aires, el Gran Buenos Aires, La Plata y Rosario, un espectáculo multitudinario, una pasión barrial y ciudadana” agrega el autor, para dar cuenta de una práctica reciente que ya estaba arraigada en las clases populares argentinas. Nos proponemos entonces revelar cómo se manifiesta este proceso en los duelos entre argentinos y uruguayos en 1924.

El fútbol aquí y allá

En la Argentina, el fútbol había nacido en la segunda mitad del siglo XIX en las colonias británicas compuestas por propietarios de tierras, empleados de empresas ferroviarias, tiendas comerciales minoristas y bancos, en el marco de la incorporación económica y cultural del país al circuito de los intercambios comerciales globales, promovidos por las clases dominantes de aquel momento.

Los británicos y sus descendientes se ocuparon fervientemente de la difusión de sus deportes tradicionales en la Argentina, ya que consideraban que la masificación tendría una fuerte impronta civilizatoria sobre el resto de los habitantes. Según la visión británica, la disciplina era un elemento central y modelador de la conducta de los practicantes. La moral era un aspecto fundamental de los llamados sportsman. Medios de la época que comenzaron a cubrir los encuentros futbolísticos también difundían los valores asociados al fair play, muchas veces por encima de los valores asociados al triunfo. A medida que los sectores populares se incorporaron a la práctica, el deporte fue modificando este carácter tradicional. Rápidamente, la victoria deportiva se convirtió en una fuerte virtud. En el afán de imponerse, la rivalidad frecuentemente devino en enemistad. Los valores del sportsman, respetuoso de las reglas y crítico de la rivalidad extradeportiva, se fueron modificando a medida que los criollos comenzaron a jugar al fútbol masivamente.

En la Argentina, el desarrollo del fútbol fue favorecido por las olas inmigratorias de fin del siglo XIX y por la Ley de Descanso Dominical de 1904, que también influyó positivamente en la práctica. Así fue como el placer de jugar devino en la fundación de clubes, que luego construyeron sus estadios. Más tarde, estas instituciones se asociaron en ligas que constituyeron sus aparatos burocráticos y reglamentos para la realización de campeonatos oficiales.

En los primeros años del siglo XX, una buena porción del público que concurría a presenciar los encuentros futbolísticos estaba formada por jóvenes, inmigrantes o hijos de inmigrantes españoles e ingleses, estudiantes secundarios y universitarios. Eran miembros de estos grupos los que practicaban el deporte como aficionados y muchos de ellos provenían de los sectores populares, incorporados en esos años al consumo masivo de bienes culturales. Este grupo fue el primero en adoptar la práctica por fuera de la colonia inglesa y la elite criolla. Sobre el papel de los aficionados en aquel tiempo, Frydenberg sostiene: “Los simpatizantes no eran meros espectadores, sino participantes en el sentido más estricto de la palabra, y esto se veía a las claras cuando un equipo local estaba siendo vencido en el juego y su público, ante un resultado adverso, iniciaba desmanes para interrumpir el partido” (2011:75).

En los años siguientes, varios fenómenos se combinaron para el desarrollo del deporte en la Argentina. La ciudad ganó en densidad, con nuevas zonas urbanizadas, disminuyeron las horas de trabajo y se presentaron mayores momentos para el ocio, por lo que la práctica deportiva se presentaba como una buena opción. De acuerdo a Frydenberg:

Se puede decir que, hacia fines de la década de 1910, en determinados sectores sociales ya existía el hábito de ir a la cancha; sin embargo, desde la década de 1920 este hábito se transformó en un fenómeno casi universal, unánime para los varones. El llamado hinchismo nació con la popularización y el desarrollo del espectáculo del fútbol, y fue una de las bases sobre la que se estructuró el ritual y, con él, las identificaciones futbolísticas y barriales en los años veinte (2011:137).

El proceso de popularización del fútbol en Uruguay guarda un buen parecido al caso argentino. Los ingleses fueron los que comenzaron la práctica, que luego fue adoptada masivamente por las clases populares orientales. Residentes ingleses en Buenos Aires y Montevideo pronto comenzaron a enfrentarse en encuentros internacionales. El Montevideo Team y el Buenos Aires Team disputaban un partido por año desde fines del siglo XIX. En la primera década del siglo XX, la afiliación de la Uruguayan Association Football League a la Football Association inglesa a través de la Argentina permite que combinados uruguayos se enfrenten anualmente a la selección albiceleste. En ese entonces, los encuentros finalizaban frecuentemente con goleadas a favor de los argentinos.

Siguiendo esta visión internacionalista de su fútbol, la selección uruguaya fue la primera del continente americano en participar del campeonato de esta disciplina en los Juegos Olímpicos de 1924 en París. El equipo oriental derrotó en aquel torneo a Yugoslavia, Estados Unidos, Francia, Holanda y, en la final, goleó 3 a 0 a Suiza. Mientras los futbolistas se colgaban la medalla de oro, miles de personas se congregaban en la puerta de los diarios uruguayos para seguir las incidencias de los partidos. En esos tiempos, afirma Morales,

el fútbol es apropiado como una tradición y en los discursos del triunfo se comenzaba a construir la idea de que era lo que hacía ser uruguayos a los habitantes de la república. Las victorias en los Juegos Olímpicos de 1924 y 1928 son una forma de hacer entrar a Uruguay en la geografía del mundo. Por eso en estos años el fútbol adquiere una importancia tan grande para el país (2013:203).

En este contexto de desarrollo futbolístico en ambos países, más de 50 mil personas se dieron cita el 28 de septiembre de 1924 en el estadio de Sportivo Barracas, en Buenos Aires, para el duelo entre la selección argentina y la uruguaya.

El fútbol y la prensa

Para la popularización del fútbol en la Argentina, los medios de comunicación de la época jugaron un rol preponderante. “Los diarios de la época diseñaron distintas estrategias tendientes a crear un espacio de opinión, de inquietud entre los lectores y aficionados, que terminó por apuntalar el naciente espectáculo futbolístico. El periodismo luchó por ocupar el lugar de ‘la cátedra’ y convertirse en depositario del saber” sostiene Frydenberg (2011:39). Entre 1901 y 1903, periódicos como El País, The Standard, La Nación, La Prensa y La Argentina ya contaban con secciones dedicadas exclusivamente al deporte. El espacio que dedicaban a la cuestión difundió aún más la práctica, favoreció la asistencia masiva a los partidos de las ligas recientemente fundadas y terminó de consolidar al fútbol como un espectáculo masivo en los primeros años del siglo XX.

El diario Crítica[3] lanzó su primer número el 15 de septiembre de 1913. Saytta (1997) destaca que, a la cobertura habitual que hacían los periódicos de la época sobre política, Crítica dedica desde su lanzamiento una particular atención a la crónica policial, a la información teatral y al deporte. Con el lanzamiento de la 5ª edición en abril de 1922, el periódico no sólo diversifica su oferta en materia de deportes incorporando secciones de ciclismo, automovilismo, básquet y tenis, sino que amplía la información de los ya existentes apartados de fútbol, carreras y boxeo. Pero más allá de hacer foco sobre el deporte en general, fue el fútbol la herramienta que utilizó este medio para el desarrollo de su presencia en el mercado, informando minuciosamente sobre los partidos con ilustraciones y fotos de las incidencias del juego.

Pero Crítica no es sólo un medio informativo, sino que también resulta un actor participante del ámbito deportivo. Los periodistas del medio se exponían abiertamente en sus columnas, dieron sobrenombres a muchos clubes y denunciaban abiertamente a los dirigentes. El periódico, incluso, lanzó una campaña en 1927 para reducir el precio de las entradas. Símbolo de esta estrecha relación con el mundo deportivo fue la elección de Natalio Botana, dueño y director de Crítica, como presidente de la Asociación Argentina de Football en febrero de 1926. En su rol de dirigente, Botana se propuso lograr la fusión de la Asociación Argentina y de la Asociación Amateur de Football. La imposibilidad de alcanzar esta unión, sumada a otros problemas como una huelga de árbitros y un conflicto entre Boca y Huracán por la manera de definir el campeonato de 1925, llevaron a Botana a abandonar su cargo. Sin embargo, la frustrada gestión como dirigente deportivo no echó por tierra la impronta que Crítica volcó sobre el mundo futbolístico. El periódico de Botana, junto a otros medios periodísticos como El Gráfico y La Cancha, incidieron en la construcción de un mercado, un espectáculo y un hábito del público de ir a la cancha, afirma Frydenberg, para destacar la importancia de estas publicaciones en el desarrollo del ámbito futbolístico.

Con estas premisas, el periódico dedicó un espacio importante al duelo entre argentinos y uruguayos de septiembre de 1924. Continuando con su línea, no sólo dio cuenta de las noticias de ambos equipos desde días antes del match, sino que paulatinamente sentó posición:

Nuestros muchachos se muestran con ganas y creen ganar. Nosotros solo deseamos que no se marren con el empate (Crítica, 27 de septiembre de 1924).

Para nosotros, el match tiene su importancia. Radica en el hecho de demostrar a todo el mundo que, como siempre, en el Río de la Plata no hay superioridad (Crítica, 27 de septiembre de 1924).

Esto se escribió en referencia a la importancia de una victoria para dejar en claro que los uruguayos, pese a haberse alzado con la medalla dorada en los recientes Juego Olímpicos, no eran superiores a los argentinos. Antes y después del encuentro ante Uruguay, el plantel de la selección argentina visitaría la redacción del periódico.

El gran duelo

“El interés de los aficionados raya en lo inverosímil” dijo Crítica en la previa del primer encuentro (26 de septiembre de 1924). La expectativa y las ansias de los aficionados fueron reflejadas en diversas oportunidades por el periódico. La organización contribuyó para que el estadio estuviera lleno: la empresa Anglo Argentina fletó líneas especiales de tranvías en distintos puntos de la ciudad de Buenos Aires para que los fanáticos pudieran llegar con mayor facilidad al estadio. Además, en este encuentro se realizaría la primera transmisión radial de un partido de fútbol en la Argentina. Horacio Martínez Seeber, un radioaficionado de 23 años, relató el encuentro desde el estadio, asistido por Atilio Casime, periodista de Crítica.

Según la prensa, en el primer encuentro disputado el 28 de septiembre de 1924, más de 60 mil personas estuvieron en el estadio de Sportivo Barracas. Superpobladas las tribunas, los aficionados comenzaron a acomodarse dentro del campo de juego. Se registraron incidentes, trompadas y avalanchas. Cuando los jugadores argentinos salieron de los vestuarios, la cancha tenía al menos cinco metros menos de cada lado, ocupados por los fanáticos. Los futbolistas intentaron persuadir a los hinchas. La policía entonces comenzó a desalojar el campo por la fuerza. Luego salieron al campo los jugadores uruguayos, que recorrieron los límites del campo de juego para recibir la ovación del público por su reciente triunfo en los Juegos Olímpicos. Aquel hecho dio nacimiento a la llamada “vuelta olímpica”, en referencia a la reciente coronación oriental.

El partido pudo iniciarse, pero a los pocos minutos el árbitro decidió suspender el juego porque había personas dentro del campo. Cansados, los futbolistas se retiraron a los vestuarios. La policía intervino y logró desalojar a los aficionados, pero luego los jugadores uruguayos se negaron a ingresar nuevamente. Cuando se anunció la suspensión definitiva del encuentro, los hinchas destrozaron algunos sectores del estadio.

El encuentro se completó el 2 de octubre. Con estos antecedentes, “los dirigentes del Club Sportivo Barracas, principalmente, organizaron las cosas en el más perfecto orden y guardando las más completa disciplina” afirmaba Crítica (3 de octubre de 1924). Esta vez, 40 mil personas ingresaron al estadio y 15 mil quedaron en la calle, en medio de una fuerte custodia policial. A pedido de los uruguayos, se colocó un alambrado perimetral entre el campo de juego y las tribunas para evitar incidentes. A raíz de la reciente victoria oriental, el dispositivo de prevención recibió el nombre de “alambrado olímpico”.

A los 12 minutos, Cesáreo Onzari, anotó el primer gol argentino. La pelota ingresó directamente el arco luego de la ejecución de un córner, dando nacimiento al llamado “gol olímpico”, también en referencia a la reciente coronación uruguaya. Luego, el capitán uruguayo Cea estableció el empate parcial y, a los ocho minutos del complemento, Domingo Tarasconi marcó el segundo tanto del equipo albiceleste, que se impuso por 2 a 1. “Hemos vencido” tituló Crítica. Los jugadores argentinos concurrieron a la redacción del diario con la vestimenta utilizada en el partido para festejar la victoria.

El valor del deporte

En su afán de otorgar mayor trascendencia al encuentro, Crítica incluye en su cobertura a personajes del mundo de la política y el espectáculo para opinar sobre el duelo entre argentinos y uruguayos. En el caso de los dirigentes políticos, quienes vuelcan sus opiniones son miembros encumbrados del Poder Ejecutivo de la Argentina, como una muestra clara de la importancia que se intentaba dar al encuentro.

En estas declaraciones se traza un perfil del deporte como una práctica popular, masculina, fuente del buen comportamiento, asociado a valores como el higienismo, la lealtad y la solidaridad. Desde este espacio se otorga al ejercicio físico una trascendencia primordial para el correcto desarrollo de los individuos del país.

Así es como Eufrasio Loza, Secretario de Obras Públicas, describe la práctica deportiva como “la fuente de toda la fuerza para luchar con éxito en el amplio campo de la vida” y agrega: “Quienes fomentan los ejercicios físicos realizan una obra eminentemente patriótica porque atañe a uno de los problemas más fundamentales de la nacionalidad, constituido por el mantenimiento de la fuerza vital de nuestra raza” (Crítica, 27 de septiembre de 1924). La vinculación de la práctica deportiva con la cuestión nacional será una constante en las crónicas de los hechos.

Por su parte, Vicente Gallo, Ministro del Interior, escribe de puño y letra que “la victoria será la realidad de un noble y simpático ‘sport’, acreedor a todos los estímulos” (27 de septiembre de 1924). Otros dirigentes se expresan en términos similares.

Desde estos espacios parece asociarse la práctica del fútbol al proceso iniciado por los jóvenes de la clase alta inglesa en los “colleges” y en las universidades británicas en el siglo XIX. Al estar arraigado a las instituciones educativas, el deporte moderno se consideró una fuente de valores como el higienismo, la lealtad, la integración, la tolerancia y la cooperación.

El fútbol encontró sus reglas en 1846 en la Universidad de Cambridge y se extendió a los altos establecimientos educativos. Este fue el momento de consolidación del fútbol como práctica deportiva, con reglamentos precisos e instituciones asociadas a la práctica del deporte. Paulatinamente, la práctica se trasladó a los sectores populares y se volvió masiva, por lo que el fútbol no sería ya sólo un deporte que podría ser jugado sino también un espectáculo del que también formaban parte aquellos que lo presenciaban. Este proceso permitió no solo modificar el juego sino también controlar buena parte de los incidentes que ocurrían.

Norbert Elias (1992) identifica este desarrollo deportivo como parte de un “proceso civilizador”, que alude al mayor control de la violencia física que se dio en las sociedades modernas. Este fenómeno implicó, desde fines de la Edad Media, la formación de los estados modernos, la pacificación de los territorios bajo el control de un poder centralizado y la elaboración y el refinamiento de modales y normas sociales, entre otras cosas. En este proceso disminuyó la tendencia de los individuos a obtener placer practicando o presenciando actos violentos como se daba en el pasado, a la vez que se incrementó la tendencia de los seres humanos a planificar estrategias racionales que, mediante el uso de la fuerza, les permitieran alcanzar sus objetivos.

En el mismo sentido, Bauman (1997:133) afirma que “civilizar era una actividad mediada; una sociedad pacífica y ordenada debía alcanzarse mediante un esfuerzo educativo apuntado a sus miembros”. El fútbol contribuía a este proceso desde su origen en los establecimientos educativos. El ideal civilizador implicaba para el autor “la supresión de las pasiones del individuo, la victoria de la razón sobre las emociones en todo campo de batalla individual” (Ibíd.). El fútbol históricamente ha sido un escenario de grandes pasiones. Muchas veces, en nombre de ellas se vivieron escenas contrarias al ideal civilizatorio.

En las crónicas del encuentro entre Argentina y Uruguay, el costado lúdico y educativo que tuvo el fútbol en su origen no estaría completamente presente. Crítica resaltará en los días previos la importancia del triunfo por sobre cualquier otro factor asociado al acontecimiento deportivo. La masiva concurrencia, la trascendencia del partido y los incidentes pondrán en primer plano otras facetas del deporte. El fútbol en la Argentina ya no era un simple juego recreativo, sino un espectáculo masivo. El salto de la práctica popular al gran acontecimiento había modificado buena parte de sus caracteres.

El fútbol y el espectáculo

“El espectáculo es el momento en el cual la mercancía ha llegado a la ocupación total de la vida social”, afirma Debord (2008:12). La visión que proponía Crítica sobre los sucesos ocurridos en el estadio de Sportivo Barracas no difería de las visiones del autor francés.

“Son tiempos en que el deporte se ha vuelto un negocio, nada hay que dudar de que estos matches se han hecho pura y exclusivamente para sacar plata” se escribió en Crítica (30 de septiembre de 1924), luego de los incidentes ocurridos en el fallido primer encuentro. El fútbol, un deporte popular en la Argentina de aquellos años, se había convertido en un espectáculo asociado a su valor mercantil.

Los miembros de las clases populares que habían desarrollado el deporte a través de su práctica debían agolparse para poder presenciar el desarrollo del juego. Una muchedumbre de fanáticos amontonados en los accesos al estadio, directivos ineficientes y una organización caótica terminaron por mostrar la peor cara del deporte. “Toda la vida en las sociedades en que reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes era vivido intensamente se ha alejado en una representación” afirma Debord (2008:3).

Sin embargo, las cosas no se presentaban de esta forma en la prensa antes del partido entre argentinos y uruguayos. Las crónicas previas apuntaban a realzar la expectativa de los fanáticos y a presentar el acontecimiento con consecuencias que trascenderían el ámbito deportivo. El encuentro no sólo presenta “un extraordinario interés”, “promete ser brillante” y “sensacional e irrepetible”. Además, Crítica afirmaba: “Los jugadores argentinos han considerado el encuentro como algo nacional, algo definitivo para el porvenir de los deportes” (27 de septiembre de 1924).

Pese a que el periódico presenta al fútbol como un deporte universal, sin distinción de clases, se sostiene que los espectadores que pueblan las tribunas del estadio son miembros de las clases populares. Respecto a los problemas para ingresar al segundo encuentro, el diario deja en claro su posición: “No debe olvidarse que el football es el deporte y el espectáculo del pueblo; que ha sido el pueblo, el bajo pueblo, quien lo ha fomentado y sostenido siempre y que a él exclusivamente se le debe el progreso formidable alcanzado. Impedirle al pueblo la concurrencia al partido que más ansiosamente ha esperado significa algo así como querer matar la gallina de los huevos de oro” (1º de octubre de 1924).

En este contexto, los fanáticos resultan una suerte de víctimas del afán de lucro de unos pocos, que ofrecen precarias condiciones para disfrutar del espectáculo, venden entradas a precios excesivos y privilegian sus intereses mercantiles. “A la hora que comenzó la venta de entradas eran cerca de cinco mil las personas que estaban apretadas frente a las ventanillas (…) aún a pesar de la explotación de que eran objeto” dice Crítica (28 de septiembre de 1924), mientras detalla la existencia de revendedores que ofrecían tickets a precios exorbitantes.

Para el diario, el duelo entre argentinos y uruguayos se presenta como un producto mercantilizado, donde un sector explota las ilusiones de los aficionados. Debord sostiene que el espectáculo es la manifestación del consumo de ilusiones. Para el periódico, la pasión de los hinchas y el amor a la camiseta se habían vuelto mercancía.

Los que pueblan las tribunas

Crítica presenta a aquellos que concurren al estadio bajo términos como “aficionados”, “espectadores”, “público”, “masa” y “gente”. Entre las características que se destacan en las crónicas, estos individuos son señalados como “amantes del deporte”, “entusiastas”, “modestos” y “viriles”. Permanentemente el periódico hace hincapié en la gran cantidad de fanáticos que concurren a presenciar el encuentro, como muestra de la pasión del fútbol en el país. “Los pósters telegráficos, de la luz eléctrica, los árboles, hasta el techo de la iglesia Pereyra, se ven atestados de aficionados que en cualquier forma, aun expuestos a romperse la cabeza, quieren presenciar el desarrollo del partido” (Crítica, 28 de septiembre de 1924).

En el marco de un espectáculo que se presenta como un espacio de lucro, los aficionados son investidos por la prensa con caracteres positivos, despojados del interés mercantilista que muestran los organizadores. Son aquellos que abandonan todas sus obligaciones para seguir los acontecimientos del encuentro, con una pasión genuina despojada de cualquier tipo de provecho más que el amor por los colores nacionales. Un amor a la divisa que se traslada a un amor por la nación. El esfuerzo de los aficionados por presenciar el segundo encuentro se resalta especialmente en el periódico, sobre todo porque el mismo se disputó un día de semana, luego de incidentes y con entradas a precios elevados.

El periódico es permanente en sus referencias a la actuación de los aficionados y en destacar sus rasgos positivos. Crítica parece hablarles a ellos, como si encontrara en esas miles de personas a los lectores de su diario. Mientras da cuenta de la gran masa de fanáticos que intentaron ingresar sin suerte al segundo encuentro, el periódico dice: “Son los hijos del pueblo, la democracia que da vida y calor a este deporte netamente popular y que sin embargo se ven privados de presenciar el partido más emocionante del año, por avaricia de los que dicen gobernar las instituciones directrices” (Crítica, 2 de octubre de 1924). Las crónicas también destacan el saludo de los aficionados argentinos a los futbolistas uruguayos al salir al campo de juego, como una forma de reconocimiento a su reciente victoria en los Juegos Olímpicos.

Pese a dar cuenta de sus caracteres positivos, también se destacan conductas repudiables de los hinchas, como el intento de ingresar al estadio sin abonar la entrada, lo cual generó discusiones con las fuerzas de seguridad. En las noticias, los aficionados que no se comportan correctamente serán señalados como “exaltados”. Allí se incluyen a aquellos que rompieron e intentaron quemar las tribunas luego de la suspensión del primer partido.

Sin embargo, cualquier práctica repudiable por parte de los hinchas siempre resulta de menor gravedad que las conductas de los dirigentes y la policía, actores ubicados en el polo opuesto a los fanáticos. Sus protestas son justificadas ante las acciones desproporcionadas de las fuerzas de seguridad y por el afán de lucro de los dirigentes. “Esa gente modesta y entusiasta testimonió su protesta con la virilidad de que es característica en la gente del pueblo” dijo el periódico para describir los incidentes (28 de septiembre de 1924). Los aficionados, explotados por dirigentes y maltratados por policías, tenían derecho a expresar su disgusto, aún con sus excesos.

La cuestión nacional

“Argentinos! Hemos vencido” fue el título de Crítica tras la victoria (2 de octubre de 1924). La cuestión nacional es uno de los ejes sobre el cual se construye el perfil de los actores, que tiene al periódico dentro del grupo de los vencedores. A la vez, los caracteres de los participantes, emparentados a cada nación, parecen estar condicionados por el resultado deportivo. Los sucesos ocurridos en Barracas modifican muchos de los elogios previos. Las cualidades mencionadas antes del encuentro deben reafirmarse en el césped.

El triunfo argentino conforma un nosotros inclusivo que une a los futbolistas, los aficionados y el medio periodístico. Sus rasgos positivos son los caracteres de la patria toda: virilidad, entusiasmo y amor genuino por la práctica del deporte. En el lado opuesto se ubican las fuerzas de seguridad, los dirigentes deportivos y los futbolistas uruguayos, todos presentados con caracteres negativos.

En los días previos al encuentro, el plantel oriental es mirado con respeto y admiración por la prensa argentina. “Los olímpicos”, como se los refiere por su reciente victoria en París, son presentados como los campeones mundiales, triunfantes “con honor e hidalguía”, “héroes bravos” que visitan Buenos Aires. Un perfil similar se ofrece de los futbolistas argentinos. Ellos cuentan “con una voluntad pocas veces vista en otras ramas de la vida de dichos hombres” y “no solo tienen un gran conocimiento del football sino también un corazón y un entusiasmo a prueba de cualquier inconveniente” (27 de septiembre de 1924). Para Crítica, los uruguayos son el mejor equipo del mundo y ponen en juego su corona. Los argentinos, ausentes en París, tienen la chance de imponerse y demostrar al mundo que en realidad ellos son los mejores pero no pudieron demostrarlo por su ausencia en los Juegos Olímpicos. Este valor simbólico que Crítica otorga al partido da rienda suelta a un discurso épico, como si las palabras de la prensa pudieran influir en la moral de los futbolistas argentinos. Recursos como las opiniones de celebridades del espectáculo y dirigentes políticos contribuyen a profundizar estas ideas. No se juega aquí sólo un partido de fútbol, se pone en juego el honor de una nación, que tiene la posibilidad de ubicarse en la cima del mundo en el ámbito del deporte.

El triunfo argentino reafirmará los caracteres de los futbolistas locales, elevados entonces a la figura de héroes: “El tesón de los nuestros, dinamizado de caballeresca bizarría, desconcertó la resistencia de los olímpicos (…) Nuestros muchachos jugaron como maestros, serenos, calculadores, ágiles y valientes” (2 de octubre de 1924). Los uruguayos, ahora perdedores, ya no muestran gran honor e hidalguía, sino que ahora son irrespetuosos y malos perdedores: “Imposibilitados de empatar, abandonaron la cancha tres minutos antes de terminar el tiempo reglamentario, dando una nota desagradable y demostrativa de su grado de cultura deportiva” (2 de octubre de 1924).

La ferocidad del juego oriental introduce el factor de la violencia como distintivo entre ambos equipos. La lesión del argentino Adolfo Celli, por una patada rival, será el detonante para atacar duramente a los orientales, con calificativos como “una cuadrilla de burros pateadores”, “caníbales por sus instintos bestiales” o “unos perfectos caballos por sus procedimientos antideportivos”.

Al final del encuentro, los futbolistas uruguayos recibieron una serie de piedras de parte del público argentino. Algunos hombres celestes las devolvieron. Luego se pelearon con la policía y con algunos jugadores argentinos. “Los jugadores uruguayos demostraron la bajeza espiritual que los anima. Buscaron el pretexto que hiciere menos dolorosa la derrota. Han demostrado que ni tienen pasta de campeones ni menos de deportistas decentes” definió Crítica (2 de octubre de 1924).

¿Quiénes son los violentos?

Las prácticas actúan como el eje distintivo en la representación de los aficionados. Para la prensa, aquellos que se comportan correctamente se integran a las clases populares amantes del deporte. Los que incurren en prácticas violentas son presentados como exaltados. Sin embargo, existen otros actores involucrados que consideran que los hinchas que provocan incidentes no incurren en simples desvíos de conductas deseables, sino que se trata de cuestiones más profundas. Las piedras y botellas que volaron al final del encuentro y algunos jugadores lesionados son los hechos que distingue la prensa uruguaya para caracterizar a los fanáticos argentinos.

“Lo ocurrido ayer en Buenos Aires es indigno de la cultura deportiva que parecía habían alcanzado los pueblos del Plata” afirmó César Battle Pacheco, delegado de la selección oriental. Los periódicos uruguayos, citados por Crítica, van en el mismo sentido. “La victoria argentina se consiguió pisoteando los más elementales principios de moral y pisoteando las costumbres de gentes” afirmó el matutino uruguayo El Día, que agregó que tanto el público como los jugadores argentinos ejercieron “una presión a todos luces violenta y antideportiva” y que la derrota uruguaya se dio “por la incultura del público”. El público argentino se presenta aquí como “una muchedumbre inculta y desenfrenada” y “salvaje”. Los valientes y caballeros aquí son los jugadores uruguayos.

Crítica contesta a los medios uruguayos: “Ellos saben perfectamente que la lluvia de piedras se redujo a dos o tres”. A la vez, vuelve a defender a los futbolistas y a los fanáticos argentinos y a resaltar sus caracteres positivos.

Culpables e inocentes

“La culpa de lo ocurrido ayer pertenece pura y exclusivamente a la Asociación Argentina de Football” sentenció Crítica (29 de septiembre de 1924) tras el fallido primer encuentro entre las selecciones de Argentina y Uruguay. Los dirigentes deportivos y las fuerzas de seguridad son señalados como culpables del desbande y se constituyen en una suerte de eje del mal, opuesto a los futbolistas y a los aficionados.

Los sucesos ocurridos en el primer encuentro resultan un trazo definitivo para el periódico, que a partir de entonces abunda en sus calificaciones negativas acerca de los directivos, mencionando incluso hechos precedentes para trazar un perfil de aquellos. Así, se presentan como “egoístas”, “imprevistos”, “carentes de buen sentido” y “abusadores del pueblo” (por el alto precio de las entradas), que sólo se dedican a “llevar presa a la gente decente”. Ellos encarnan al grupo de personas que lucra con la pasión de los aficionados que buscan presenciar el encuentro. Como si el espectáculo sometiera a los hombres en la medida en que la economía los ha totalmente sometido. “Es la economía desarrollándose por sí misma” sentencia Debord (2008:19).

Además, el periódico aprovecha para recordar viejos sucesos que involucraron a los dirigentes deportivos:

Nuestro cuadro tenía títulos bien ganados para concurrir a los Juegos Olímpicos de París (en 1924). No lo quiso así el mal constituido Comité Olímpico Argentino que prefirió que sus miembros se fueran a gastar la plata destinada a los deportistas en jaranas y en cabarets, en lugar de llevar y de proporcionar comodidades a verdaderos deportistas a que verdaderamente defiendan los prestigios del deporte argentino (1º de octubre de 1924).

Pero el periódico también encuentra otro responsable de los hechos: la policía. Así, la fuerza se presenta como “salvaje”, despiadada”, “canalla”, con comportamiento “inhumano”, que “siempre quieren tener razón”. “En el ataque se distinguieron los compadritos cadetes, que dieron rienda sueltas a sus instintos de futuros perros” agrega Crítica. Para el periódico, la falta de cultura que da lugar al desbande no parece ubicarse en los aficionados sino en las fuerzas de seguridad (29 de septiembre de 1924).

Sin embargo, según los dirigentes, no son ellos los responsables de lo ocurrido. En referencia al partido suspendido, el Dr. Beltrán, miembro de la Asociación Argentina de Football, afirmó: “Si en el público existiera el mismo nivel de cultura que existe de técnica en el equipo, seguramente que el match habría podido llevarse a cabo”. Sierra, consejero de la Asociación, afirmó: “Yo considero que la única culpable ha sido la policía. Su actitud pasiva motivó los incidentes” (Crítica, 29 de septiembre de 1924).

Crítica, el deporte y el espectáculo

Una de las particularidades del periódico en relación con el campo deportivo es que no se presenta como un actor neutral de los hechos, sino que sus crónicas recurrentemente combinan la descripción de los acontecimientos con las opiniones contundentes. Crítica es un participante activo, denuncia, critica, propone, califica.

En este conflicto entre aficionados, directivos y fuerzas de seguridad, el periódico se ubica fervientemente del lado de los fanáticos y ensaya una defensa de sus prácticas. Ellos son descriptos como individuos de buenas costumbres y “alma magnífica”, que desencadenaron los incidentes al sentirse defraudados por la suspensión del primer encuentro. Por lo tanto, la violencia sucedida obedece a un desborde de la pasión. No hay en estos individuos ningún signo de maldad ni voluntad manifiesta de desencadenar prácticas violentas. Dice Crítica:

Es lógico que el público, por su cultura, carezca del criterio necesario para no incurrir en actos que puedan entorpecer el desarrollo de un acontecimiento que, como el de ayer, por las incidencias imprevistas necesitan de la colaboración de todos. No puede pedirse al público sensatez para estas cosas. El público no puede tener la culpa de lo acontecido (29 de septiembre de 1929) .

Sin embargo, los cuestionamientos parecen volcarse con el afán de mejorar el acontecimiento deportivo. Crítica no rechaza el desarrollo del fútbol como espectáculo masivo, sino que parece buscar un espacio confortable para los aficionados, a quienes considera un actor necesario para el desarrollo del deporte. No se cuestiona la proyección del fútbol como espectáculo de masas, sino más bien que apoya el derecho de los aficionados devenidos consumidores a concurrir al estadio en óptimas condiciones, con entradas a precios accesibles y tribunas cómodas para presenciar el encuentro. “Impedirle al pueblo la concurrencia al partido que más ansiosamente ha esperado, significa algo así como matar a la gallina de los huevos de oro” (Crítica 1º de octubre de 1924).

Crítica también rescata en sus crónicas los valores del deporte moderno desde el siglo XVIII, como la salud, la ética, la disciplina y el higienismo y propone mantener este espíritu en el espectáculo futbolístico. Sin embargo, esta propuesta convive con las ansias de triunfo, el sentimiento patriótico y el fomento de las rivalidades, en este caso con los uruguayos. En este contexto, las práctica violentas que tienen lugar en el estadio corresponden a “exaltados” que se desvían de los valores propios del deporte moderno, son respuestas a la explotación que sufre el público por parte de los dirigentes deportivos o a los malos tratos de las fuerzas de seguridad.

Aun con sus errores y excesos, los aficionados y los futbolistas actúan como una suerte de reserva moral. Son los actores que permitirán el desarrollo del espectáculo futbolístico que propone Crítica, por lo que deben ser cuidados y bien tratados.

Conclusiones

El duelo entre argentinos y uruguayos resulta una buena exhibición del desarrollo del fútbol en la Argentina en la década de 1920. Un deporte que ya entonces había pasado de los altos colegios ingleses a las clases populares argentinas, que de ser simple práctica recreativa había ganado en organización e infraestructura, hasta volverse un espectáculo masivo y hasta un asunto de Estado, como muestran las declaraciones de altos funcionarios volcadas en Crítica.

Sin embargo, el desarrollo futbolístico no estaba exento de contradicciones. Se presentaba como un deporte popular pero con altos precios en las entradas; era fuente de buenos valores pero incluía juego brusco e incidentes en las tribunas. Fomentaba la hermandad entre los países sudamericanos pero perseguía la victoria a cualquier precio, tenía un costado lúdico y recreativo pero mostraba también la posibilidad del lucro y la explotación de los fanáticos.

El deporte devenido un bien de consumo masivo había encontrado en actores adyacentes como las fuerzas de seguridad y los dirigentes aquellos que corrompían su propia pureza, resguardada en el fanatismo de los aficionados y en el valor de los futbolistas. A estos actores buscaba vincularse Crítica. Por un lado, estrecha vínculos con los futbolistas, que visitan la redacción y ofrecen abundantes declaraciones al periódico. A cambio, son fervientemente alabados antes del encuentro y sobre todo después de la victoria. Con respecto a los fanáticos, el periódico es recurrente en resaltar su pasión, su amor por el deporte, su aliento constante, su valor. Recoge los reclamos de los fanáticos ante la suspensión del primer encuentro, denuncia los malos tratos y los abusos de las fuerzas de seguridad y justifica muchas de sus acciones aun cuando puedan ser consideradas censurables.

“La unidad irreal que el espectáculo proclama es la máscara de la división de clases sobre el que reposa la unidad real del modo de producción capitalista” dice Debord (2008:40). A simple vista, el estadio de Sportivo Barracas parecía ser un buen reflejo de la sociedad porteña de aquel entonces, con miembros de clases acomodadas ubicadas en los palcos y con las clases populares en las tribunas. Los incidentes mostraron a los miembros de las clases populares manifestando su descontento con prácticas violentas y los policías intentando contener los reclamos. El espectáculo masivo mostraba su peor cara. Mientras tanto, los dirigentes deportivos se llenaban los bolsillos con la millonaria recaudación.

Sin embargo, Crítica apuesta por el desarrollo del espectáculo. Por eso propone más confort y entradas más accesibles para los espectadores, recoge sus demandas y cuestiona a dirigentes y policías. En la década de 1920, el fútbol en la Argentina había alcanzado un alto grado de desarrollo, por lo que parecía no haber vuelta atrás. Sólo una correcta administración del acontecimiento deportivo y el cuidado de los aficionados y los futbolistas permitirían la supervivencia del espectáculo futbolístico argentino.


  1. Argentina ganó 82 encuentros y marcó 294 goles. Uruguay se impuso en 59 ocasiones y anotó 225 goles. Empataron 42 partidos.
  2. Pedro Demby, un hincha uruguayo de 26 años, resultó muerto tras una pelea entre fanáticos en la puerta de la concentración de la Selección Argentina. Para un análisis de este caso y su representación en la prensa, ver Szlifman (2010).
  3. Ulanovsky (1997) lo describe como un diario con un lenguaje llano. Tenía un estilo ágil y conciso, combinado con una cuota importante de sensacionalismo. Llegó a tener una tirada de 300 mil ejemplares. Se publicó por última vez el 20 de octubre de 1963.


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