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Entre el poder de la comprensión y la comprensión del poder[1]

Notas para un estudio integral de una hinchada del fútbol argentino

Nicolás Cabrera

La mayoría de las interpretaciones del sentido común que tienen a las hinchadas[2] argentinas como protagonistas, oscilan entre un supino reduccionismo y un nocivo etnocentrismo. Cuando emergen públicamente dichos colectivos la cacofonía es la regla. Su relevancia social –no solo reducible al fenómeno de “la violencia en el fútbol”– e histórica –convivimos con ellas hace más de sesenta años– no ha sido del todo acompañada por una comprensión integral de sus lógicas, dinámicas y características más relevantes. Afortunadamente, desde hace algunas décadas, varios cientistas sociales intentan contrarrestar estas tendencias fuertemente sedimentadas en casi todos los ámbitos relevantes vinculados al fútbol. En nuestro caso, desde fines del 2010 pretendemos aportar evidencia empírica y rigurosidad analítica en pos de comprender el complejo fenómeno de las hinchadas argentinas. Para ello tomamos como referente empírico a la barra del Club Atlético Belgrano de Córdoba. En el presente trabajo trataremos de plasmar algunos de los resultados parciales que nuestra investigación, todavía en curso, va arrojando.

La hinchada de Belgrano, autodenominada “Los Piratas”, es un colectivo fuertemente organizado en torno a una estructura piramidal de jerarquías, asimetrías y roles bien definidos. Este complejo organigrama responde a una distribución desigual de los recursos grupalmente valorados y a una aceitada división del trabajo interna. Lejos de representar una organización monolítica y homogénea, en Los Piratas conviven diversos principios de desigualdad, identificación y diferenciación que anulan cualquier intento de lecturas reduccionistas o simplificadoras. Aquí presentamos una visión holística, hermenéutica y multidimensional de nuestro referente empírico. Es por eso que metodológicamente proponemos una “descripción densa” (Geertz 1990) en clave sociológica. Se trata de recuperar la perspectiva nativa, situada en los marcos interpretativos que la tornan inteligible, al mismo tiempo que reintroducimos la dimensión del poder en tanto “característica estructural de todas las relaciones humanas” (Elias 1999:74).

Nos focalizaremos en su complejo universo interno, mostrando así la naturaleza dinámica, conflictiva, asimétrica y heterogénea de Los Piratas. Para ello se buscará describir –e interpretar– las características sociológicas más relevantes (composición socioeconómica, género, edad, territorios, etc.) y las relaciones de poder –en una doble perspectiva diacrónica y sincrónica– que estructuran la actual lógica de organización y funcionamiento de la hinchada de Belgrano. Se busca comprender a Los Piratas a partir de un conjunto de variables sociológicas tan relevantes como fructíferas ya que, por un lado, representan herramientas heurísticas susceptibles de análisis cualitativos y cuantitativos; y por otro lado, han emergido con fuerza inductiva y periódica a partir de nuestra estadía prolongada en el campo.

El texto se ordena en torno a tres apartados: en el primero daremos una primera aproximación al organigrama interno de la hinchada desde una perspectiva sincrónica y multidimensional. Se buscará pensar relacionalmente los diversos principios de identificación, diferenciación y jerarquización que convergen actualmente en nuestro referente empírico. En un segundo momento reconstruiremos las características estructurales de los miembros de Los Piratas a partir de la (re)incorporación de la noción de clase. Remarcar la subalternidad material y simbólica de Los Piratas será el eje argumentativo de dicho segmento analítico. Finalizaremos el texto con un esfuerzo de comprensión diacrónica. Se reconstruirá brevemente la socio-génesis de nuestro referente empírico a los fines de poder explicar las causas y las consecuencias de ciertas disputas internas ocurridas en la hinchada.

Los Piratas por dentro: una lectura en clave sincrónica

Un primer criterio estructurante lo dan las variables de género y edad. Actualmente la hinchada de Belgrano se encuentra en un proceso de crecimiento y a pesar de tener una cantidad muy fluctuante de miembros, podemos decir que su totalidad oscila entre los 200 y 300 integrantes aproximadamente, aunque existe un núcleo duro y fijo de no más de 80 personas. Todos ellos son hombres, las mujeres tienen vedada la pertenencia a la barra aunque muy pocas veces algunas de ellas –generalmente vinculadas afectivamente a algún miembro bajo calidad de “familiar” o “pareja”– puedan frecuentar los espacios de la hinchada (reuniones previas al partido, para-avalanchas, viajes de visitante, etc.). Además de las mujeres, también se puede observar una fuerte segregación a los niños. Si bien se observan muchos infantes que en su mayoría son familiares de los miembros de la hinchada, ya sea en las reuniones o en la tribuna popular los días de partido, ellos son excluidos explícitamente de muchas actividades de las barras como los viajes, algunas reuniones donde circulan alcohol y drogas y los mismos enfrentamientos violentos. Como se puede deducir de lo anterior, solo las mujeres y niños considerados “parte de la familia” tienen un acceso parcialmente restringido a los rituales de la hinchada, la segregación de aquella población que no posee vínculos familiares con miembros de Los Piratas es total.

Otra alteridad que se construye sistemáticamente al interior de la hinchada lo representa la noción nativa de “puto” en oposición a la de “macho”. En términos nativos, la categoría “puto” está vinculada a prácticas sexuales, pero no se agota en esa dimensión. El “puto” no solo refiere a un rol u orientación sexual, sino también a una predisposición reticente, evasiva y pacifista frente a los enfrentamientos violentos, por lo que equiparar “puto” con homosexual es correcto pero reduccionista. En la categoría de “puto” no solo se instituye a los homosexuales como alteridad, sino también se confirma a las prácticas violentas –el aguante[3]– como relaciones de poder y dominación. El “puto” en el marco de la cultura del aguante es un insulto que señala al mismo tiempo la carencia de aguante y una relación de dominación (Alabarces et al. 2008). Es alguien que por ser cobarde y rehusarse a enfrentarse violentamente puede llegar a ser objeto legítimo de una dominación violenta por quien se arroga la posesión del aguante. Quienes sean objeto de dicha etiqueta pueden ser simbólica y materialmente poseídos, tomados, penetrados y dominados por la fuerza.

De esta manera la dicotomía identitaria entre “machos”-“putos” –expresada cotidianamente en las canciones[4], banderas, conversaciones cara a cara, humoradas y comunicaciones por las redes sociales– pasa principalmente por la predisposición o no para los enfrentamientos corporales violentos, pero también puede extenderse a la reticencia a ciertos consumos o la falta de “aliento” durante los partidos. En el universo moral de Los Piratas, al igual que en tantas otras hinchadas argentinas (Moreira 2005, Garriga Zucal 2007 y Gil 2007) los “machos” tienen “huevos” porque se “la bancan”, esto se expresaría en su valentía, coraje, fuerza física y propensión a la violencia; por contrapartida, los “putos” no son “verdaderos hombres” ya que su supuesta carencia “de huevos” se expresaría principalmente en que rehúsan los enfrentamientos violentos. Lo anteriormente expuesto deja a las claras el lazo indisoluble que existe en el universo moral de la hinchada entre violencia y masculinidad (Garriga Zucal 2007).

Siguiendo a Archetti (1985) podemos afirmar que un primer criterio que estructura la hinchada de Belgrano es un plexo de prácticas y representaciones atravesadas por relaciones de género y edad sobre los cuales se construyen tres alteridades subalternas: las mujeres (“minas”), los hombres homosexuales (“putos”) y los púberes o niños (“guachos” o “pendejos”). Dicha operación produce y reproduce mecanismos de diferenciación y jerarquización que tienen como trasfondo la afirmación de un universo moral masculino, adulto y heterosexual (Cabrera 2013).

Un organigrama multidimensional

Si analizamos con mayor detalle la estructura piramidal de la hinchada de Belgrano veremos que las dimensiones de género y edad se enlazan con otros criterios de diferenciación y jerarquización como la distribución desigual de recursos, los roles asignados, la trayectoria en la hinchada, el capital aguante acumulado, la autoridad, el prestigio, el respeto y hasta el temor reconocido entre los miembros de la barra.

A modo general podemos trazar un primer organigrama vertical de la hinchada de Belgrano:

a) En la cima de la pirámide está el histórico “capo” de Los Piratas conocido como “El Loco” Beto. Cercano a los 60 años, Beto “maneja” la facción más importante de la barra hace más de 25 años, “es el capo más antiguo del país” escuché decir varias veces. Estuvo desde los comienzos, un familiar de él fue el primer “jefe” de Los Piratas Celestes de Alberdi –en adelante LPCA– y después Beto “se ganó” el control de la Barra. Vive en el barrio de Alberdi. Aunque en las reuniones de la hinchada está receptivo a diversas propuestas y alienta la participación, la decisión final de todo la tiene él. La puesta en escena de la barra en la tribuna, la organización de los viajes, la decisión de enfrentar a otras hinchadas, la policía u otras facciones, las amistades de la barra, la relación con los otros actores del club, las vinculaciones con el mundo político, etcétera, todo debe ser aprobado por él en su calidad de máximo “referente” de la hinchada.

Desde una perspectiva weberiana sería interesante indagar en el fundamento de la legitimidad de Beto y en el tipo de dominación que ejerce en la hinchada. Si entendemos a la dominación como la “probabilidad de encontrar obediencia dentro de un grupo determinado para mandatos específicos” (Weber 1994:170) podemos decir que la de Beto es casi absoluta. Él no solo posee una autoridad tradicional basada en su carácter “fundante” de la barra sino que también detenta un tipo de dominación carismática ya que se lo considera el máximo exponente y portador de la cultura del aguante. Su misma corporalidad es un símbolo de la trayectoria individual y grupal. Beto es representado como un “loco” que ha “aguantado de todo”. Resiste al tiempo ya que con su avanzada edad –de ahí el mote de “el viejo”– sigue “bancándose” rituales de la hinchada que exigen una gran vitalidad y energía física: los largos viajes, “el agite” permanente para toda la puesta en escena de la hinchada, las negociaciones con la policía, dirigentes, jugadores, políticos y otras hinchadas y, obviamente, los esporádicos combates que involucran a la hinchada. Beto también ha resistido todos los avatares institucionales y deportivos del club, como por ejemplo una quiebra y varios descensos de categoría. Pero lo más importante tal vez sea que él ha “aguantado todos los quilombos de la hinchada” y los ha sorteado con éxito, él ha vivido personalmente todos los combates y enfrentamientos que ha tenido la hinchada de Belgrano y ha sobrevivido durante 25 años de liderazgo aproximadamente. Y hay un último dato que termina de cerrar la representación carismática que tiene Beto, que lo vuelve un sujeto digno de “heroísmo o ejemplariedad” (Weber 1994:172) ante los ojos de sus subalternos. El cuerpo de Beto ha resistido concretamente más de seis disparos de arma de fuego en su contra, dos que fueron producto de un mítico enfrentamiento entre Los Piratas y la hinchada de Boca Juniors conocida como “La 12” y otros tantos en una pelea doméstica con un miembro de su familia. Estos hechos, más todo lo sostenido anteriormente vinculado a su experiencia corporal, hacen que Beto sea representado por el resto de los miembros de la hinchada como el máximo exponente de la cultura del aguante, lo cual se traduce en un liderazgo y una autoridad que en muy pocas oportunidades es susceptible de cuestionamientos.

b) A su vez, Beto se rodea de su círculo más íntimo o de confianza conocido como “la primera línea”. En este grupo, como en todo espacio de “privilegio”, se da una relación inversamente proporcional entre su peso cuantitativo y el cualitativo. Estamos hablando de pocos sujetos –puede oscilar entre cinco y 15 personas aproximadamente– que por su cercanía con el líder influyen regularmente en las decisiones del colectivo. Mayoritariamente estas personas son de larga trayectoria en la hinchada, mayores a los 35 años, de buena relación con el “capo” –ya sea en términos afectivos o instrumentales– y de gran reconocimiento grupal en tanto cuerpos aguantadores, es decir, competentes y resistentes para los “combates” físicos propios de la hinchada. La cima de la pirámide implica una capacidad de negociación, obtención y distribución de recursos –tanto materiales como simbólicos– que se traduce, en varios casos aunque no en todos, en una doble movilidad social ascendente: por un lado al interior de la jerarquía de la hinchada y por el otro en la estratificación del espacio social tomado como totalidad. En varias de estas personas encontramos aquellos que se apropian del excedente acumulado, producto de la economía ilegal que rodea a Los Piratas.

c) Luego encontramos al grueso de los miembros de la hinchada, ellos representan la mayoría cuantitativa y pueden ser identificados nativamente como “los pibes”, “la banda”, “la tropa”, entre otros. Como veremos más adelante, al interior de dicho grupo también coexisten criterios clasificatorios a partir de pertenencias a distintas facciones o subgrupos que se identifican por procedencias barriales, espacios ubicados en la tribuna, lazos familiares o lealtades a distintos referentes que están vinculado de una u otra forma al jefe máximo de la hinchada. Todos estos subgrupos se referencian con alguien de la “primera línea”. Este rango de la hinchada se caracteriza por ser la principal fuente de “mano de obra” de las actividades propias de la barra: producción, custodia, transporte y ubicación de los bombos, banderas y telones, organización de viajes, reventa de carnets o invención de canciones, siempre bajo el aval o la decisión del “Loco” Beto. Pero sobresale particularmente el hecho de que en reiteradas ocasiones este sector opera como la fuerza de choque para las mayores exposiciones violentas. Como ya deslizamos anteriormente, entre “la primera línea” y “la banda” no solo hay diferencias de jerarquía sino también de edad, mientras que en los primeros la amplitud etaria está entre los 35 y 50 años, en los segundos encontramos jóvenes de 16 a 35 años. Entre los dos grupos mencionados anteriormente –aunque no de la totalidad de ellos– emerge lo que podemos definir como “núcleo duro”, es decir, una cantidad de miembros estables, sistemáticos, comprometidos y fuertemente cohesionados –lo cual no significa anular el conflicto y la violencia como pauta de interacción esporádica entre ellos– que cotidianamente producen y reproducen la identidad colectiva de la hinchada a la cual adscriben.

d) Por último, encontramos un cuarto grupo de sujetos que se encuentran en una posición un tanto ambivalente en relación a la hinchada. Aunque no siempre son considerados por el “núcleo duro” o por ellos mismos como miembros, cumplen una doble función indispensable para la producción y reproducción de una hinchada: habitualmente participan de algunos rituales constitutivos del colectivo como reunirse en los lugares propios de la hinchada, viajar en sus colectivos, comprar los carnets de la hinchada, tocar los bombos o “vientos”, trasportar los telones, portar las banderas “de mano” e inclusive participar de los enfrentamientos violentos. Y además en muchas trayectorias esta posición se convierte en una primera aproximación a la hinchada a la que posteriormente pueden –o no– ingresar. En este grupo predomina una composición etaria de adolescentes y jóvenes.

Cómo se observa en lo anteriormente descripto, la hinchada de Belgrano tiene una estructura organizativa estrictamente vertical, jerárquica y asimétrica, donde conviven distintos principios de diferenciación y jerarquización. Su organigrama no parece que pueda reducirse a una única matriz explicativa. Para fines estrictamente analíticos hemos decidido empezar la descripción a partir de las variables de género y edad, por su relevancia sociológica, pero también por el peso específico que adquieren dichas variables en un colectivo que, como ya mencionamos, afirma una identidad masculina, heteronormativa y adulta. Sin embargo, rápidamente observamos que si dichos clivajes no se piensan relacionalmente con otras dimensiones –procedencias barriales, roles asignados, relación con el capo, apropiación de excedente, aguante acumulado, entre otros– nos condenamos a una lectura reduccionista del fenómeno. Finalmente, cabe mencionar que esta primera división interna no está exenta de conflictos y tensiones, tanto en un plano vertical como horizontal. Es recurrente que el hiato generacional se traduzca en “diferencias de códigos” entre los más grandes y los más jóvenes, o que al interior de cada rango se produzcan tensiones por reposicionamientos coyunturales, o simplemente que en la disputa por los réditos económicos de la cima de la pirámide se generen discrepancias que pueden resolverse pacífica o violentamente.

El retorno de la clase

Según Rodríguez (2013) en los estudios vinculados al deporte argentino escasean trabajos que indaguen en dos dimensiones fundamentales de la vida social: la clase y la etnia. Lo mismo puede decirse para el estudio específico de las hinchadas. A pesar de unos valiosos intentos que pensaron las relaciones de clase (Garriga Zucal 2007 y Gil 2007) o los procesos étnicos (Fernández 2013), ambos fenómenos han permanecido eclipsados a la hora de pensar las hinchadas, y ni hablar si se trata de estudiar sus vinculaciones con las prácticas violentas. Como en otro trabajo propusimos una aproximación a los procesos étnicos que atraviesan la hinchada de Belgrano (Cabrera 2014), aquí nos centraremos en reconstruir ciertas características estructurales de los miembros de la hinchada que nos permitan anclarlos en condiciones y experiencias de clase. Es que no estamos frente a sujetos flotantes: así como el género o la edad resultan imprescindibles analíticamente, las posiciones y relaciones de clase que en la hinchada tienen lugar también son un terreno de exploración tan fértil como poco cultivado.

Los miembros de la hinchada pertenecen a distintos barrios populares de la ciudad de Córdoba, esto es, a recortes socio-espaciales caracterizados por una subalternidad en el plano material y símbolo en relación al resto de los barrios de la ciudad. Si intentáramos ensayar cierta lógica en la cartografía socio-barrial de Los Piratas, podemos dividirlos en dos grupos: los que viven en barrios populares céntricos como Alberdi y zonas relativamente cercanas –Villa Páez, Villa Siburu, Bella Vista o Villa Urquiza– y quienes viven en barrios populares radicados en la periferia de la ciudad de Córdoba –Villa Libertador, Comercial, Villa Rivera Indarte, Muller, Parque Liceo, Los Boulevares, etc.[5]. La identificación con cada uno de estos respectivos barrios opera principalmente en un nivel interno de la barra, ya que a partir de ellos se conforman los distintos subgrupos de la hinchada. De esta manera, y retomando el organigrama propuesto anteriormente, dentro del grueso de la hinchada uno puede encontrar el grupo “de Muller”, “de Liceo”, de “Villa Urquiza”, etc. Cada uno de estos conjuntos tiene uno o dos referentes con llegada directa al jefe de la Barra. El único subgrupo de Los Piratas que no tiene una identificación barrial es el grupo de “la música de la primera barra” que está compuesta principalmente por jóvenes o adultos jóvenes de distintos barrios que se encargan de tocar “los bombos” y “los vientos” en cada partido.

Retomando la división interna de la hinchada por barrios, cabe remarcar que en un plano externo todos los miembros de la barra proclaman un fuerte sentido de pertenencia e identificación con el barrio de Alberdi, vivan o no en él. Como ya dijimos, la hinchada de Belgrano no es un grupo homogéneo, en ella existen múltiples diferencias internas: por la fidelidad a algunos de los jefes o “referentes”, por la pertenencia a distintos barrios, por simple afinidad personal, por la desigual distribución de los recursos o por divergencias políticas. Sin embargo, hacia el exterior de la misma estas diferencias parecen “suspenderse” o ponerse entre paréntesis frente a otredades construidas como alteridades radicales sobre las cuales se entablan relaciones agonistas.

La composición socioeconómica de la hinchada es heterogénea pero sin llegar a ser un conglomerado policlasista. La convergencia de obreros calificados, personal administrativo y burocrático, trabajadores de la construcción, empleados de servicios y comercios, desempleados, ladrones, estafadores y traficantes de estupefacientes nos impide utilizar la noción de clase en su concepción clásica. Es por eso que preferimos utilizar una noción que sin dejar de contemplar un fuerte anclaje material y sin dejar de remitir a las dimensiones de la desigualdad, la dominación y los efectos diferenciales del poder, permite ampliar el recorte empírico de nuestro estudio de caso; nos estamos refiriendo a la categoría de sectores populares.

En su versión gramsciana, lo popular debe ser entendido como lo subalterno. La subalternidad refiere al “atributo general de subordinación” (Alabarces y Rodríguez 2008:288) en la verticalidad de la estructura social. En la hinchada de Belgrano, la mayoría proviene de los sectores populares, ya que entre ellos comparten una condición estructural caracterizada por tener “menores niveles de participación en la distribución de los recursos de valor instrumental, el poder y el prestigio social, y que habilitan mecanismos de adaptación y respuesta a estas circunstancias, tanto en el plano colectivo como individual” (Míguez & Semán 2006:24). Se trata de una doble subalternidad vinculada a una desigualdad en las condiciones materiales de vida y a un reconocimiento simbólico. Esta concepción de sectores populares incluye y excede a la clásica concepción marxista de clase –que reduce el posicionamiento social de un sujeto a su participación en el sistema productivo– ya que, además, incluye la distribución desigual del prestigio y el reconocimiento social.

Hacia una caracterización de la subalternidad

La mayoría de los miembros de la hinchada de Belgrano pertenecen a los sectores populares por múltiples razones. Las zonas de residencia de los sujetos, como ya vimos, las podemos agrupar en dos grupos: por un lado están los barrios periféricos que en su mayoría son barrios y asentamientos precarios en donde escasean los recursos y servicios básicos. Estas territorialidades son mayoritariamente re-localizaciones de barrios céntricos que fueron erradicados y llevados a la periferia de la ciudad, producto de la segregación socio-espacial que se viene aplicando en la política urbanística de la provincia y la ciudad desde hace años. Por otro lado, están los barrios céntricos, que si bien poseen mejores condiciones materiales de existencia en relación a los periféricos –sobre todo Alberdi–, la mayoría de sus vecinos –fundamentalmente jóvenes– son objeto de una sistemática discriminación y estigmatización social. Al colindar con los barrios de los sectores más pudientes, estos barrios céntricos son identificados socialmente como zonas “peligrosas” en las que la delincuencia, la violencia y el narcotráfico son fenómenos recurrentes. A pesar de dichas diferencias, la mayoría de los barrios de los que provienen Los Piratas exponen algunos datos estadísticos que reflejan patrones estructurales (vinculados a la pobreza, educación, salud y trabajo) que nos permiten hablar de barrios populares. Si tomamos como variable de comparación los índices de la ciudad de Córdoba, observaremos que los barrios a los que pertenecen Los Piratas casi siempre muestran números de distribución negativa en los recursos básicos.

Según el censo provincial de 2008[6], la mayoría de los barrios a los que pertenecen Los Piratas –salvo algunos de los barrios céntricos como Alberdi y Villa Páez– tienen un porcentaje de población con al menos un tipo de Necesidad Básica Insatisfecha (NBI) mayor al de la ciudad de Córdoba[7].

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El índice de NBI nos muestra algunas variables de la pobreza estructural. En cuatro de los nueve barrios que superan al porcentaje de la ciudad se observa casi una duplicación de la población que se encuentra con alguna NBI. En el resto encontramos un margen positivo de diferencia en relación al porcentaje de la ciudad que va desde los casi cinco puntos hasta los 0,75.

Otro dato interesante lo arrojan las tasas de desempleo de los barrios en cuestión. Nuevamente, solo tres barrios están por debajo de la tasa de la ciudad de Córdoba –Alberdi, Los Boulevares y Villa Rivera Indarte– mientras que el resto la supera. Con este índice podemos tener una lectura aproximativa a la pobreza coyuntural de estos barrios, ya que se supone que el desempleo en la población económicamente activa es una cifra fluctuante.

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En términos de salud nos encontramos con un panorama que reafirma la tendencia sostenida anteriormente. Solo Alberdi tiene niveles de cobertura de salud superiores al porcentaje de Córdoba Capital. En la mayoría de los barrios el porcentaje de población con algún tipo de cobertura en salud no llega al 60% de la población total, lo cual nos muestra un acceso deficitario a un derecho fundamental para un poco menos de la mitad de la población total de cada barrio.

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Por último, cabe mencionar algunos datos referidos al acceso a la educación. Para ello tendremos en cuenta cuál es el máximo nivel educativo alcanzado por los jefes/as de hogar que predomina en la población de cada barrio. Según el mismo censo provincial de 2008, en siete de los once barrios analizados el máximo nivel educativo alcanzado que prevalece sobre el resto es el de primario incompleto (Bella Vista, Comercial, Muller, Villa Alberdi, Villa El Libertador, Villa Siburu, Los Boulevares), en otros dos es secundario incompleto (Villa Páez y Villa Rivera Indarte) y en Alberdi universitario completo. En Parque Liceo, primera sección, prevalece el secundario incompleto y en Liceo, segunda y tercera sección, predomina el primario incompleto. Salvo Alberdi, en ninguno de los demás barrios el nivel secundario completo es recurrente como máximo de nivel educativo alcanzado por los jefes/as de hogar.

Antes de poner bajo la lupa hermenéutica el cúmulo de datos arrojados anteriormente es necesario hacer una aclaración metodológica: sabemos que no se puede hacer una homologación automática entre los datos estructurales de estos barrios y la composición socioeconómica de la hinchada de Belgrano, por el simple hecho de que ni todos los miembros de Los Piratas viven en estos barrios ni todos los que viven en estos barrios son miembros de Los Piratas. Sin embargo, creemos que entre los dos espacios existe una influyente reciprocidad que nos habilita a pensarlos como variables dependientes. Dicho esto, podemos deducir de la información cuantitativa aquí recolectada que se aporta evidencia empírica para ratificar que Los Piratas mayoritariamente provienen de barrios populares, es decir, recortes espaciales caracterizados por una doble subalternidad material y simbólica que los ubica en una posición desfavorable en el espacio social. Salvo los casos de Alberdi, y en algunas variables Villa Rivera Indarte, el resto de los barrios analizados poseen índices que exponen un deficiente acceso a los recursos de educación, salud, vivienda y trabajo, lo que deja a las claras su posición subalterna en la estratificación social. Y a esto cabe recordar un dato cualitativo señalado anteriormente: la estigmatización social que pesa en todos los barrios (incluidos aquellos que tienen índices socioeconómicos más favorables) analizados, que no solo refuerza un acceso precario a los derechos fundamentales mencionados precedentemente, sino que agrega otras variables que empeoran la calidad de vida, como un exiguo acceso a la seguridad, el transporte, las obras públicas y un cotidiano y sistemático maltrato policial, sobre todo para las franjas etarias más jóvenes.

Desde la heterogeneidad “laboral” también podemos discernir algunos elementos recurrentes que nos permitan utilizar la noción de sectores populares. La gama “ocupacional” de los miembros de la hinchada la podemos sintetizar en tres grupos: las personas que “laburan” en la economía ilegal o “clandestina” como ladrones, traficantes de droga, vendedores ambulantes, criadores de perros, oficios no registrados y sujetos que “viven de lo que deja la hinchada”; un segundo grupo formado por sujetos insertos en la economía formal pero en condiciones de precariedad y flexibilización, tales como los obreros de la construcción, empleados de comercios, de servicios y diversos oficios registrados; como último rubro, minoritario en términos cuantitativos, encontramos algunos empleados del sector público con un fuerte predominio de trabajadores de EPEC (Empresa Provincial de Energía de Córdoba) y empleados municipales. Estos sujetos son principalmente quienes ocupan posiciones privilegiadas al interior de la hinchada. En la mayoría de los casos, el ingreso a estos últimos puestos de trabajo estuvo directa o indirectamente relacionado con su pertenencia y participación activa en la hinchada.

Si bien el abanico laboral de la hinchada es amplio, se pueden trazar algunas condiciones compartidas: casi todos esos trabajos demandan bajos niveles de instrucciones educativas, incluyen una relación salarial de dependencia, son mayoritariamente trabajos manuales y no tienen ni altas remuneraciones ni una estabilidad laboral relativamente garantizada. Y en los casos del tercer grupo, se comparten todas las características enumeradas anteriormente, salvo lo referido a lo remunerativo y a la estabilidad laboral. Algunos de los trabajadores estatales mencionados perciben salarios altos en comparación al resto de los miembros de la hinchada, sin embargo cabe resaltar nuevamente que representan una clara minoría en términos poblacionales. Además, muchos de ellos tienen una trayectoria individual caracterizada por una vertiginosa movilidad social ascendente debido a los “contactos” que les posibilitó su pertenencia a la hinchada. De mis entrevistados, dos actualmente son empleados municipales. En ambos casos se trata de personas de origen social popular: primera generación de empleados públicos, provenientes de barrios socio-económicamente vulnerables, de poca instrucción educativa, etc. En ambos casos, sus ingresos a la municipalidad se dieron por las directas vinculaciones entre la hinchada de Belgrano y el universo político. Otro dato relevante es que no encontramos sujetos que expresaran directamente o dejaran entrever una situación particular de desempleo total o asistencialismo. Esto nos induce a pensar que la hinchada no cuenta con un componente cuantitativamente relevante de la pobreza más estructural o marginal de nuestras sociedades contemporáneas. En resumen, podemos decir que salvo un grupo minoritario –en términos cuantitativos, no cualititativos– de miembros de la hinchada que supo traducir cierto capital político acumulado en sus “carreras de barras” en un ascenso socioeconómico, la gran mayoría de Los Piratas pueden ubicarse en la última categoría de la estratificación socio-ocupacional de Trabajador no calificado – Eventual (Salvia & Quartulli 2009:86). Dicha categoría se caracteriza por aglutinar a sujetos asalariados y cuentapropistas no calificados, trabajadores de ciertos servicios y trabajadores irregulares de changas. Estas condiciones estructurales comunes hacen que sus miembros compartan expectativas de vida y experiencias sociales (Salvia & Quartulli 2009:86).

Finalmente podemos argumentar que la mayoría de los miembros de la hinchada de Belgrano están fuertemente estigmatizados y desvalorizados por la “concepción del mundo” legítima. La nominación, producto de la dominación, de “barra brava” de la cual son objeto, implica una subalternidad de los miembros de la hinchada –de sus prácticas y sus producciones simbólicas– que los coloca en una posición desfavorable en el espacio social[8]. Al ser etiquetados por los distintos “emprendedores morales” como “salvajes”, “animales”, “primitivos”, “irracionales”, “bárbaros”, etcétera, los miembros de la hinchada son objetos de una sistemática animalización y exotización que los coloca en una posición simbólicamente subalterna dentro del orden social.

Lo anteriormente dicho nos muestra que la mayoría –reiteramos que no se trata de la totalidad– de Los Piratas comparten una condición estructural relativamente homologable en tanto sujetos populares. Dicha característica resulta imprescindible para una comprensión teóricamente consistente y metodológicamente viable del fenómeno hinchadas por dos razones: primero, porque el atributo “popular” o “subalterno” nos aporta un repertorio diverso de prácticas, representaciones, interacciones, sentidos y experiencias que al estar regulado –nunca determinado– por una matriz socio-cultural común, nos posibilita abstraernos –sin anularlo– del archipiélago de casos individuales. Por otro lado, estudiar lo popular nos obliga a las operaciones intelectuales del relativismo crítico y el descentramiento cultural para evitar caer en el dominocentrismo (Semán 2006), es decir, un etnocentrismo de clase que procura universalizar los parámetros de un grupo social dominante –en el que generalmente los intelectuales están situados– para analizar las experiencias cotidianas de otros grupos sociales. Lo que se busca es poner en suspenso supuestos particulares que se pretenden universales.

El proceso de lo sedimentado: una lectura
en clave diacrónica

Al igual que la mayoría de las hinchadas argentinas, “Los Piratas” fueron mutando su organigrama interno a lo largo del tiempo. Históricamente, en ella han convivido distintos líderes o “referentes” como así también diversas facciones. Las divisiones internas han ido configurando un complejo organigrama mediado por relaciones de diferencias y desigualdades que permanentemente oscilan entre el consenso y el conflicto, dualidad que muchas veces desemboca en enfrentamientos violentos. La estructura organizativa comentada anteriormente es la sedimentación de procesos que deben leerse en clave diacrónica.

En los años 2010 y 2011 –época en la que comencé el trabajo de campo para mi tesis de grado– la hinchada de Belgrano entró en un período de disputas intestinas que terminó con la instalación de una hegemonía monopólica por parte de una de las facciones. El sector autodenominado “Los Piratas Celestes de Alberdi” –comandado por Beto– expulsó violentamente de la tribuna a las otras dos facciones identificadas como “la 19 de marzo” y “la banda del Jetón Marcos”. Desde los acontecimientos citados anteriormente, la facción “LPCA” se erigió en el único grupo que maneja la totalidad de la barra “Los Piratas”.

En el siguiente apartado intentaremos explicar por qué fue posible el proceso de monopolización por parte de una facción sobre las otras dos. Para ello resulta imperioso traducir lo sedimentado en historia. Indagar en la sociogénesis de nuestro objeto de estudio no solo nos aporta claves explicativas en términos dinámicos y procesuales, sino que también resulta crucial para comprender los fenómenos actuales de construcción identitaria que observamos en nuestro trabajo de campo. La historización permite comprender lo que Elizabet Jelin define como la función política de la memoria: la disputa por el sentido de un pasado que estructura el presente y que condiciona los procesos de (re)construcción de identidades individuales y colectivas. Además evita abordar a los sujetos como “repositorios pasivos” ya que una lectura en clave procesual e histórica, permite situar en distintos contextos de enunciación y sentidos las prácticas y representaciones que los sujetos ponen en juego en su vida cotidiana (Jelin 2002).

Los Piratas Celestes de Alberdi: “La Primera barra”

“LPCA” se reconocen como “La gloriosa primera barra de Córdoba”. Sus orígenes se remontan a 1968. Con la implementación de los campeonatos nacionales a partir de 1967, los equipos del interior y de Buenos Aires comenzaron a enfrentarse entre ellos, de local y visitante. En aquella época, la hinchada de Belgrano estaba ligada al movimiento peronista[9] y a ciertos sectores del movimiento obrero organizado. Sus vinculaciones con el universo político y sindical le valieron de una importante capacidad organizativa y facilitaron el acceso a ciertos recursos (dinero, transporte, contactos, etc.). La combinación de todos estos factores –accesibilidad a recursos, gran capacidad organizativa y una estructura de competición deportiva a nivel nacional– posibilitaron que, según los testimonios de los informantes, la barra de Belgrano fuera la primera hinchada del interior en viajar por todo el país siguiendo a su equipo, que comenzaba a disputar los torneos nacionales. Algunos cuentan que en aquellos incipientes viajes se volvió costumbre saquear y robar en los pueblos o ciudades en los que Belgrano tenía compromisos deportivos, de esta práctica devino el mote “Los Piratas”. La autoría de aquella etiqueta no está clara, algunos informantes imputan el origen del nombre a una nota publicada por la revista deportiva “El Gráfico” a principio de los setenta que identificó a la hinchada de Belgrano como “piratas del asfalto”, otros informantes sostienen que fue una autodenominación de los propios miembros de la hinchada, hay otros testimonios que esgrimen que el mote no está asociado a actividades delictivas.

El imaginario sobre los comienzos de la barra fundadora hoy se traspasa a través de relatos y narraciones orales. Se trata de una transmisión y experiencia oral. En los testimonios que recogí sobre aquella mítica hinchada por parte de los miembros actuales de la barra, encontré caracterizaciones recurrentes: una barra que no rehuía a los enfrentamientos violentos, “se la aguantaba a donde iba”, “se paraba en todos lados”, sin importar dónde ni contra quién; una estructura interna jerárquica y piramidal con un líder carismático y con “mucho aguante”; una fuerte localización e identificación con el barrio de Alberdi; una vinculación directa con el movimiento peronista y el movimiento obrero sindicalizado; el ritual del viaje a cualquier rincón del país donde jugara Belgrano, incorporando la práctica del robo y el saqueo e importantes códigos de “barra” que trazan una frontera entre barras amigas y enemigas.

Existe una narrativa “oficial” de la historia y de la identidad de aquella época al interior de “Los Piratas” que no sólo opera en un plano discursivo o retórico sino también práctico. La identidad de la Barra en sus comienzos constituye una fuente de legitimación para representaciones y prácticas actuales, sobre todo las que se vinculan a la violencia pero también en lo referido a “viejas amistades” con otras hinchadas. El mejor ejemplo de la operación legitimadora del pasado lo constituye el hecho de que gran parte de la autoridad, el carisma y la legitimidad del actual “referente” máximo de la barra, radica en su participación desde joven en los orígenes de la barra y en sus primeros “combates”.

El porqué del monopolio

Siguiendo a Elias & Scotson (2000), podemos decir que siempre en el universo interno de la hinchada se tejieron relaciones de poder que instituyeron una figuración social dividida entre establecidos y outsiders. Según el recorte analítico que hagamos y en cualquier período de los que tenemos registro, en todos ellos encontramos relaciones asimétricas de poder que conforman un campo de dominados y dominantes. El principal recurso que cuenta en las relaciones de poder del “universo pirata” es el aguante. Su posesión –y su efectiva demostración– permiten acumular prestigio, honor y reconocimiento al interior de la hinchada y posibilita el ascenso a posiciones privilegiadas (Garriga Zucal 2010). Pero el aguante no es la única fuente de poder. Si tratamos de responder cómo fue posible el triunfo de la facción “LPCA” sobre las facciones de “la 19 de marzo” y la “barra del Jetón Marcos” veremos que existen otros elementos sobre los que reposan las posiciones dominantes.

La disparidad de fuerzas entre las facciones no se derivaba de la composición social de sus respectivos miembros, ya que la gran mayoría de los sujetos de todas las facciones pertenecen a los sectores populares. Tampoco parecía ser significativa la diferencia numérica entre cada facción. No fue efecto de una posesión monopólica de los recursos valorados en el universo moral de la hinchada, ni siquiera el recurso más preciado –el aguante– es patrimonio exclusivo de una facción, ya que todas ellas se arrogan y demuestran su posesión en cada enfrentamiento violento. Entonces, ¿de dónde procede la diferencia de poder entre las facciones internas de la hinchada de Belgrano, que hacen que “LPCA” haya sido el grupo claramente establecido en relación a las otras dos facciones que definiremos como outsiders? De su grado de organización y cohesión interna. Es la forma de su integración lo que les otorga un “excedente de poder” (Elias & Scotson 2000:22). Esto tiene que ver con dos cuestiones: primero, el férreo universo moral que rige la dinámica de la facción dominante. Como sostienen Elias & Scotson, la fuerte cohesión normativa de los establecidos hace que éstos perciban a los outsiders como “anómicos” (Ibíd.:26). Un dato recurrente que surgía en reflexiones de LPCA sobre las otras facciones era la caracterización de éstos últimos como personas “sin códigos”. El otro punto vinculado a la superior cohesión de la facción dominante se deriva de su historia. Por un lado, existe un lazo emocional mayor en LPCA que en el resto de las facciones. No solo porque en algunos casos ya hay miembros de hasta dos generaciones familiares –esta es una de las razones que hace que la noción nativa de “familia” sea recurrente para autoidentificar a la barra–, sino también porque sus “históricos comienzos” operan como un mito soreliano. En otras palabras, la mítica historia de LPCA, el hecho de autorepresentarse como “la gloriosa primera barra”, otorga un plusvalor emocional y simbólico a sus miembros. Por otro lado, su herencia sindical y peronista opera en un plano organizativo y disciplinario que marca una clara diferencia con el resto de las facciones. Se prescriben elementos propios de la doctrina moral peronista: una estructura estrictamente vertical y jerárquica, división del trabajo, fuerte lealtad al líder carismático, unidad “entre compañeros”, etc. Estas características son elementos constitutivos de un colectivo que hace de su unidad y su historia, su fuente de poder. Además, en el mundo de las hinchadas los elementos organizativos, disciplinares y cohesivos son recursos que no solo sirven para los enfrentamientos físicos, sino también, y sobre todo, para las performances que sistemáticamente todas las hinchadas muestran en cada partido –canciones, banderas, bombos, trompetas, telones, viajes, etc.–, es decir, para el aguante-fiesta (Cabrera & Garriga Zucal 2014) que opera como recurso legitimador ante el resto de los actores del fútbol, principalmente ante los hinchas comunes del propio club.

Comentarios finales

A lo largo del trabajo se buscó reconstruir las características más relevantes de Los Piratas a partir de una descripción densa de sus lógicas internas de composición y funcionamiento, desde una perspectiva diacrónica y sincrónica, y utilizando herramientas heurísticas tales como la edad, el género, la clase, entre otros. De lo dicho se desprenden una multiplicidad de principios de identificación, diferenciación y jerarquización que le imprimen a la hinchada de Belgrano un carácter heterogéneo, dinámico, conflictivo y complejo. De aquel recorrido transitado se desprende una premisa fundamental: la ubicuidad del poder en el campo de las hinchadas. Creemos que no se puede comprender integralmente ninguna de las lógicas que estructuran la hinchada de Belgrano sin contemplar las diversas relaciones de poder que la configuran.

Primero observamos cómo las nociones de género y edad permiten vislumbrar una comunidad que se autoreferencia con un universo exclusivamente masculino, adulto y heteronormativo en oposición y por encima de las mujeres, niños o “pibes” y homosexuales o “putos”. También comprobamos que la mayoría de los miembros actuales de la hinchada son de los sectores populares de la ciudad de Córdoba, lo que les imprime una condición estructural y experiencial que resulta ineludible para nuestro análisis. Tomando la totalidad del espacio social, deducimos que se trata de sujetos que son objeto de una doble subalternidad material y simbólica que los ubica en posiciones desfavorables dentro de la asimétrica estratificación social de nuestras sociedades contemporáneas.

Por último registramos una compleja estructura y organización interna, que es altamente conflictiva y piramidal debido a los diferenciales de poder que operan en su interior. El proceso de monopolización de la facción “LPCA” –y la de su máxima autoridad– resulta ilustrativa en dos sentidos: expone que las relaciones de poder son inherentes a la constitución, dinámica e identidad interna de la hinchada; y que los diferenciales de poder se deben explicar multicausalmente. La posición de la facción dominante no solo depende de la acumulación y capitalización del aguante disponible, también entran en juego disputas de memoria histórica, la concentración y distribución de recursos materiales producto de una economía ilegal, las reciprocidades tejidas con otros campos (político, sindical, empresarial, periodístico, etc.), el grado de organización, cohesión y solidaridad interna, la emocionalidad y afectividad de los sujetos, las características del liderazgo y los niveles de cumplimientos o transgresiones a las normas que atraviesan a la hinchada. Solo desde esta perspectiva multidimensional podemos comprender los excedentes de poder que dan lugar a la hinchada en tanto configuración social atravesada por relaciones asimétricas entre establecidos y outsiders.

Desde el punto de vista teórico, reintroducir el poder desde una perspectiva hermenéutica significa, por un lado, reconocer el conflicto como principio ontológico y, por el otro, recuperar la naturaleza relacional e histórica de la vida social. Pero también la dimensión del poder nos alumbra un sendero para incursionar en el resbaladizo terreno de la intervención política. La multidimensionalidad del poder –en sus causas y consecuencias– puede operar como bisagra allí donde el problema sociológico y el problema social convergen. Es que en las hinchadas muchas veces encontramos allí una de las dimensiones explicativas de las violencias que registramos. El organigrama estrictamente vertical y jerárquico está directamente relacionado a la lógica conflictiva de la barra, en tanto espacio de poder asimétrico donde se ponen en juego distintos tipos de recursos que constituyen un campo de dominantes y dominados, que muchas veces adquiere la expresión de enfrentamientos violentos internos y externos.

Si queremos profundizar en explicaciones académicamente consistentes, éticamente responsables y políticamente viables en torno al fenómeno de las hinchadas en particular y de la violencia en el fútbol en general, resulta insoslayable la dimensión del poder como factor explicativo. El lazo violencia-identidad como núcleo hermenéutico ha sido muy fructífero para explicar la(s) violencia(s) de las hinchadas argentinas; sin embargo, no se ha dicho mucho sobre las condiciones estructurales y los diferenciales de poder que operan como condición de posibilidad para ello. Modestamente, esperamos que este trabajo haya sido un aporte en aquella dirección.


  1. Una versión preliminar de este texto se presentó en el GT54 “Antropología del deporte” en el marco de la X Reunión de Antropología del Mercosur (RAM) 2013 en la ciudad de Córdoba. Agradezco calurosamente los comentarios realizados por Verónica Moreira y Matías Godio en dicha oportunidad. Aquella ponencia, como este texto, son algunos avances de mi proyecto de investigación para el doctorado en Antropología de la UNC.
  2. Comúnmente conocidas como “barras bravas”.
  3. En el universo de las hinchadas argentinas existe una matriz cultural que funciona como soporte legitimador de las prácticas violentas, este plexo de sentidos compartido por todas las barras ha sido denominado por la bibliografía especializada como “cultura del aguante” (Alabarces 2004). En ella se condensan prácticas y representaciones vinculadas a la masculinidad, corporalidad, territorialidad y a ciertos consumos culturales que de una u otra forma aparecen asociadas a la categoría nativa de “aguante”.
  4. Pueden rastrearse estos sentidos en los ejemplos que plantea Bundio en esta compilación.
  5. Cabe aclarar que no todos los miembros de la hinchada pueden ser incluidos en los barrios nombrados anteriormente, pero sí podemos decir que los grupos internos más numerosos o de mayor visibilidad y peso al interior de la hinchada sí están contemplados en la cartografía aquí propuesta.
  6. Somos conscientes de las limitaciones metodológicas, epistemológicas y éticas que acarrea construir datos sobre un censo que tiene más de seis años de ejecución y que toma como referencia un año que muchos especialistas señalan como bisagra en lo referido a ciertas variables estadísticas, sin embargo frente a la ausencia de datos actualizados y a modo de carácter aproximativo confiamos en la validez de la información brindada por el censo provincial del 2008.
  7. Salvo Alberdi, donde la NBI predominante es la vinculada al tipo de vivienda, en el resto de los barrios la NBI más recurrente es la de hacinamiento.
  8. Nuevamente aquí debemos la salvedad hacia un grupo minoritario. No podemos decir que la calidad de “barra brava” pesa como estigma para todos ya que, en muchos casos, es esta misma etiqueta la que les permite insertarse o tener acceso a distintos mercados de bienes y capitales también valorados positivamente por la cultura convencional o hegemónica.
  9. La identidad peronista de “Los Piratas Celestes de Alberdi” se ejemplificaba en varias cuestiones: la vieja Unidad Básica Peronista de barrio Alberdi ubicada en Av. Colón y Enfermera Clemont era uno de los puntos de reunión de Los Piratas, antes y después de cada partido de Belgrano, acto partidario o viaje. El cántico clásico para el equipo, cuando salía a la cancha o cuando se despedía, era una readaptación de la marcha peronista.


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