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7 Las personas detrás de las categorías

O las historias de Humberto, Horacio, Mariano, Juan, Alicia y Silvina, y su paso por el Programa

Desde el inicio de la tesis se planteó una perspectiva teórico metodológica que implicaba partir de un nivel alto de abstracción para mirar al Estado, y dirigirse de a poco, a través de sus capas -en cuyo interior además era posible advertir contradicciones y heterogeneidades-, a su dimensión más concreta. Es decir, a esa instancia donde finalmente se ponían en la escena la formulación teórica y política de los problemas, los recursos estatales e individuales, materiales y simbólicos, y las relaciones cara a cara entre representantes del Estado y los y las beneficiarios/as. En esos encuentros se situaron los capítulos 5 y 6. Este último capítulo se propone como una suerte de efecto biográfico del Estado desde donde mirar la regulación estatal, y observar cómo se integra el Programa al continuo biográfico que representa una vida singular. Para hacerlo es necesario enfocar en las vidas particulares de algunas de las personas que fueron beneficiarios/as del Comunidades Vulnerables, específicamente, elegí a Humberto, Horacio, Mariano, Juan, Alicia y Silvina.[1]

Ahora bien, lo que aquí es posible y se elige presentar es el relato de lo que yo conocí de estas vidas particulares, en función de lo que los varones y mujeres contaron o vivieron en el contexto institucional del programa Comunidades Vulnerables, tanto en el marco de las actividades, como en las entrevistas que les realicé desde mi función de investigadora a algunos de ellos, y con la intención manifiesta de conversar sobre el Programa y sus vidas. También nutren el relato, detalles sobre sus vidas de los que yo me enteré de forma azarosa como parte de mi trabajo de campo en el barrio -en algunos casos por los relatos de los/as operadores/as, o de otros y otras compañeros/as. Esta multiplicidad de fuentes que nutren lo que se presenta no invalida la intención del capítulo aún cuando las informaciones no sean del todo fieles a la realidad. Es preciso mencionar que cuando se realizó el trabajo de campo, el reponer las historias de los y las jóvenes no era un objetivo. De allí que para realizar esta exposición yo haya tenido que revisar registros, notas de campo, entrevistas, y mis propios recuerdos, para construir ese rompecabezas de cada una de las personas elegidas. Cada caso tendrá sus elementos particulares pero en todas las historias se intenta considerar los modos en los que observé a cada uno y cada una ocupar y mantener su lugar en el Programa, cómo sus personalidades de beneficiarios y beneficiarias se enlazaban con las preocupaciones sobre sus propias vidas, y cómo se montaban circunstancias del plano institucional en las situaciones extra Programa que les tocaban vivir. Es posible, en varios de los casos, observar secuencias de negociaciones con las operadoras, o dinámicas de ingresos, ausencias y reingresos de algunos/as de ellos/as, así como modos de tematizar las fronteras entre el delito, el trabajo, el lugar que ocupaban los planes, y las formas de conseguir permisos y perdones. Si bien estas cuestiones ya fueron tomando lugar en la tesis, aquí se inscriben en experiencias singulares y extendidas en el tiempo.

La intención del capítulo fue triple. Una primera, y que aunque no fuera buscada sucedería igual, fue dar cuenta de cuáles de los aspectos de la vida de esos/jóvenes podían ser visibilizados en un contexto institucional como el estudiado. De alguna manera, esto no representa una novedad pues el resto de la tesis ya evidenció los posibles y los pensables en el contexto institucional, pero hacerlo con lente biográfica permitió registrar lo que al mirar una vida sólo en clave de beneficiario, queda en la sombra como inexistente. Una segunda intención, también presente en otros capítulos, fue reinscribir las participaciones de los y las beneficiarios/as en las condiciones de vida en las que efectivamente vivían y que constituían el arco de posibilidades desde donde respondían, cómo podían, a la petición del Programa sobre el proyecto de vida. Si bien ya se han mostrado estos entornos y las posibilidades que abren y limitan, no se lo ha hecho de un modo en que se recupere ese entorno como una complejidad cotidiana de vidas singulares. La tercera intención es, a mí entender, la más importante y la que finalmente justifica la existencia del capítulo: hacer una operación que -paradójicamente- subvierta todo el ejercicio de deconstrucción que esta tesis hizo para mirar un problema teórico. Es decir, mirar la formulación y la gestión del problema de la juventud en riesgo, requirió analizar situaciones y casos concretos, integrarlos en redes argumentativas, y realizar procesos de abstracción teórica, misión noble y necesaria de un producto académico. Pero en ese proceso, quedaron desdibujados los seres humanos singulares que fueron ubicados en perfiles de riesgo, categorías de sujetos, conjuntos poblacionales. Como se señaló al principio de la tesis, la inquietud inicial que originó las primeras preguntas partió de la conmoción profundamente política que me generó el libro “Los pibes del fondo. Diez historias de delincuencia urbana”, de Patricia Rojas (2000). En su contratapa, se decía que el libro era “Un texto que no condena ni justifica; que no califica ni observa con mirada piadosa. Apenas sabe escuchar, acercar un poco de luz a una zona extraña y opaca, y, al hacerlo, ilumina, involucra a todos”. Nobleza obliga, es preciso volver, de alguna manera, a re-construir lo deconstruido y devolverles a las mujeres y varones jóvenes beneficiarios/as del Programa la condición humana singular, sin que el análisis intente abstraer las generalidades.

Por ello, aquí se exponen las participaciones de Humberto, Horacio, Mariano, Juan, Alicia y Silvina. Dentro de los varones que participaron mientras fue el trabajo de campo, elegí a un conjunto que me permitía dar cuenta de -no puedo dejar de pensarlo con una dimensión analítica- la diversidad de casos que podían encontrarse dentro del mismo perfil que los agrupaba como beneficiarios de prevención del delito. Se verá cómo, cada uno de ellos podría vincularse con alguna de las posiciones respecto al riesgo que presentaron en el capítulo 6. Unos podrían estar más cerca de representar a los que se rescatan y otros a los que persisten y no entienden. Una tercera posición que se identificó en el capítulo fue la de quienes no la cuentan, refiriéndose a quienes murieron. Si bien no presento, por suerte, un caso así, sí es posible identificar a una cuarta posición, dada por la respuesta de una operadora a mi pregunta sobre cómo estaba uno de los jóvenes: ah, a X lo perdimos. Haberlo perdido significaba que no se había rescatado y que, aunque solía vérselo por el barrio, el Programa no lograba ya interpelarlo. Las razones de esa posición, sobre la que el Programa se sentía en parte responsable y fracasado, podían ser de lo más variopintas. Con respecto a las mujeres, siempre fueron un grupo proporcionalmente más reducido que el de los varones y ninguna permaneció en el Programa durante todo mi trabajo de campo. La elección de los casos de mujeres se debe, estrictamente, a la magnitud de la información que fue posible reunir.

Se verá que las reconstrucciones tienen la marca personal y explícita de mi trabajo de campo. Aquí, sus historias comienzan a ser vistas cuando yo conozco a cada una de las personas y, en ocasiones, la información reunida me permite bucear en el pasado de sus vidas. La exposición de fechas quiere, justamente, contribuir a situar el trayecto que se reconstruye, dotarlo de temporalidad, de algo así como sensación de realidad, si es que algo así existe. Queda descontado que, como señalé en la primera intención del capítulo, al recoger los trayectos a partir del marco institucional, y desde mis propias preocupaciones, esta reconstrucción no puede ser de otra manera que parcial, fragmentada y mediada.

Los datos de los que se compone este capítulo surgen de mis registros de campo de 2007, 2008 y 2009, entrevistas en profundidad a estas personas, y nuevas informaciones obtenidas a final de 2012 y principios de 2013. Este último conjunto de datos surgen de testimonios de operadoras/es del Programa.

Humberto

El 12 de marzo de 2008 conocí a Humberto, que tenía 32 años. Lo primero que me sorprendió de él fue que llegó a la actividad[2] con su hija menor, lo cual no era común entre los varones. Ese día me enteré que tenía dos nenas más, pero que en ese momento estaban en la escuela. Sería frecuente ver luego a las nenas de Humberto en las actividades. Ellas estaban muy presentes en su vida y condicionaban, según sus propias palabras, muchas de sus decisiones y sus modos de pensar.

La entrevista que le hice a Humberto el 1 de abril de 2009 fue la más larga de las que realicé a jóvenes, se lo notaba muy dado a la conversación, sobre aspectos de los más variados de su vida y también de su entorno. Me contó que su infancia había sido dura, sometida a las exigencias de un padrastro que lo tenía permanentemente ocupado con tareas de la casa. El alivio llegó con su muerte, cuando entonces, por fin, pudo ir a divertirse a la plaza. Aparentemente, al señor lo mató uno de sus hermanos, pero toda la causa nunca se aclaró. Humberto no sabía muy bien cómo había sido todo, suponía que se había encubierto el caso, porque este hombre, su padrastro, al parecer, también había matado a dos personas -por las que había estado 15 años preso, antes de juntarse con su madre: “por eso te digo que no era una buena persona”. De todo el tedio que impuso esa figura paterna, Humberto responsabilizaba a su madre, quien echó a su padre de la casa “como un perro”, mientras lo engañaba con quien luego sería su padrastro. Humberto nunca sintió que su madre lo cuidara lo suficiente. Ni a él ni a sus 8 hermanos, a los que esta figura paterna también martirizaba: a uno de sus hermanos, lo atacó con un martillo, y quiso abusar de su hermana. Cuando fueron pudiendo, sus hermanos fueron huyendo de ese infierno. Mientras me contaba esto, con naturalidad, me mostró las marcas de una golpiza que el padrastro le propinó de niño, con una canilla.

Su vida escolar terminó en 7mo grado, después salieron trabajos y no siguió, y aún después empezaron a nacer las nenas, quienes eran, insistía, lo más importante de su vida, y por quienes quería conseguir un trabajo en blanco y estable, por ejemplo, para llevarlas de vacaciones. De la madre de las nenas se separó, aunque él hubiera querido que siguieran juntos por las nenas, como una familia, pero la cosa ya no daba más. Su mujer lo había engañado. Ahora mantenía una relación cordial, pero él opinaba que ella descuidaba a sus hijas: salía hasta tarde, y sólo las veía porque estar en contacto con ellas le permitiría cobrar el plan.

Humberto se caracterizaba por diferenciar situaciones que tenían que ver con la moral, o la justicia, o los códigos. Robar podía estar justificado si se necesitaba plata para la familia, pero no si era para drogarse o tomar. Robar a cualquiera, por ejemplo a una viejita, o un celular que hubiera quedado en un cochecito de bebé, no estaba bien, pues la madre podía tener una emergencia y necesitarlo. Humberto estuvo detenido algunas veces, pero por averiguación de antecedentes o por confusiones, según él. Nunca tuvo una causa abierta. Otras veces estuvo involucrado en prácticas delictivas, pero fue porque él había querido y, aclara, no por “necesidad”. O al menos, no necesidad de dinero, pues justificaba la acción en la medida que era la forma de estar con su hermano, una compañía de la que disfrutaba. Otra vez también participó de un delito, el robo de un auto, pero fue para ayudar a unos amigos, que se lo pidieron por sus dotes al volante. Así, el delito no era un asunto en sí mismo, sino un contexto de otras cosas que pasaban en su vida.

Me sorprendió la fluidez de la charla porque Humberto no era de los más verborrágicos del grupo. Se limitaba a hablar cuando las/os operadoras/es se lo pedían -pues solía hacerse eco de la petición de participación-, o cuando se trataba de algún tema serio. Durante una discusión grupal en torno a sacar cables de cobre de la calle para venderlos, en la que la operadora reprendía a quienes habían formado parte de la tarea, Humberto opinó:

“Hay gente que no necesita, que tienen, pero que como es ambiciosa quiere más. Yo si necesitara iría [a sacar cables] pero por ahora no; son muy ambiciosos, porque no es que se lo dan a otros que no tienen, es para ellos. Y además después se lo gastan en un cajón de cerveza, no es que lo necesitan”.

Por declaraciones como ésta, Humberto era uno de los beneficiarios que se tomaba como ejemplo para el Programa, señalado como alguien que se esforzaba y por eso conseguía lo que tenía. Un día, mientras Laura, la operadora, reprendía al grupo por su falta de compromiso generalizado, dijo:

“Humberto, por ejemplo, no es casualidad que tenga trabajo, que cuide a sus hijas, él viene siempre a todas las actividades, se esfuerza, se lo ganó.”

Él se hacía eco de ese reconocimiento, aunque no alardeaba frente a los otros, quienes tampoco se ensañaban con él. Sí señalaba que algunos casos estaban “perdidos”, y que, por lo tanto, no había que “gastarse” mucho en ellos:

“Al final, a veces ni sirve hablarles, porque te dicen sí sí y después vuelven a hacer cualquiera. Yo por ejemplo al Cuqui traté de hablarle, de que se rescate un poco, a mí en general me sale hablarles, para que cambien, pero no sé, después de tener a las nenas me di cuenta de que también me tengo que ocupar de ellas, me siento mal por sentir así, pero no sirve, uno les habla y no sirve.”

En junio de 2008, justamente por ser uno de los que “se lo merecía”, la operadora le informó sobre una convocatoria que hacía un astillero para capacitar operarios y, eventualmente, luego emplearlos. Humberto aceptó la oferta e hizo al curso, y aunque luego no fue incorporado al astillero, no se quejó por la expectativa generada y no cumplida. Humberto nunca representaba un problema para las/os operadoras/es. De hecho, aunque no concurría siempre a las actividades, siempre avisaba los motivos: estaba trabajando o había tenido inconvenientes ligados al cuidado de sus hijas.

Justo a principios de 2009, y transitoriamente, Humberto no estaba participando del Programa: estaba haciendo changas que le impedían ir. No obstante, su histórico buen comportamiento fue una de las razones para que, cuando llegó al municipio el programa nacional, Argentina Trabaja, fuera uno de los primeros en ser convocados. El programa era implementado desde el Ministerio de Desarrollo Social y tenía como finalidad organizar cooperativas de trabajo en los municipios, otorgando estipendios de alrededor de $1000 mensuales a los cooperativistas que cumplirían tareas varias. En la localidad en la que hice el trabajo de campo, las tareas del programa eran asignadas por la intendencia, como limpieza de espacios verdes, tareas de construcción o mantenimiento de obras municipales, etc. Atendiendo puntualmente a la convocatoria, Humberto se presentó a la reunión ordinaria del Programa en el que se trataría sobre el nuevo programa. Mientras la operadora contaba la necesidad de armar cooperativas y funcionar como grupo Humberto planteó su preocupación acerca de si las cooperativas iban finalmente a armarse, y en qué medida el proyecto se ponía en riesgo si alguno de los convocados no cumplía con lo pactado. La propuesta representaba para él una posibilidad de estabilidad y de proyección muy importante y absolutamente novedosa. Más tarde me preguntaría a mí -pues era yo la que estaba a su lado en la reunión- sobre el funcionamiento de la propuesta -que yo, en verdad, desconocía tanto como él. Estaba interesado en saber si tendría obra social, una cuenta bancaria y si acaso le abrían una cuenta y luego lo echaban si perdería el dinero que hubiera podido ahorrar y que hubiera dejado en la cuenta. Me quedó grabada su preocupación por el ahorro, porque era algo poco escuchado en ese entorno ¿cuándo había un resto para ahorrar?

Luego de un mes de inquietudes y reuniones, en abril de 2009 Humberto estaba trabajando con otros 5 ex beneficiarios del programa Comunidades Vulnerables, en el Argentina Trabaja. Cobrarían alrededor de $1200 por mes, trabajando 7 horas. Las primeras tareas consistieron en limpiar y encarar acciones de jardinería en espacios verdes del barrio. En una de las reuniones sobre la evolución de las cooperativas, Humberto estaba, como sus compañeros, preocupado por el alta en la obra social, y por la entrega retrasada de la ropa de trabajo. Con el primer sueldo había pagado los libros de las nenas, el de inglés y el manual, que costaban alrededor de $100.

Cuando un año y medio más tarde volví al barrio, en noviembre de 2010, Humberto seguía siendo miembro de la cooperativa y no había vuelto al programa de prevención. A veces pasaba a saludar, me contó la operadora. Ella también me informó que, de los 5 varones beneficiarios del Programa que se habían iniciado como cooperativistas en 2009, Humberto seguía compartiendo la experiencia sólo con dos; el otro par de muchachos no había podido sostener el trabajo.

Horacio

A Horacio también lo conocí el 12 de marzo de 2008, cuando él tenía 17 años. Desde el principio me llamó la atención su personalidad: se lo notaba híper cómodo en el espacio del Programa y era muy desenvuelto y expresivo. Al rato, ese mismo día, Laura, la operadora, me contaría que Horacio participaba desde los 12 años, desde la creación misma del Comunidades Vulnerables, que era un beneficiario histórico. También ese día supe que estaba anotado en un curso de mantenimiento de edificios, que tenía algunas causas de menor[3] y que era uno de los que “entra y sale del programa y que va al juzgado pero no resuelve nada”. Lo que no resolvía, no era sólo lo judicial, sino, más vale, su proyecto de vida. Yo no sé si Horacio “nunca resolvía nada”, pero sí sé que todas las veces que fui al barrio, durante el trabajo de campo continuo o luego en visitas esporádicas, entre 2008 y 2013, siempre vi o tuve noticias de Horacio; algo de él siempre estaba presente en ese Programa.

A la semana de ese primer contacto, al llegar al barrio con Laura -yo usualmente iba con ella-, nos quedamos un momento charlando en el auto. Horacio nos sorprendió al asomarse a la ventana y simular que nos estaba robando, “denme toda la guita”, dijo, y se empezó a reír. Mientras Laura lo retaba, porque esas cosas no se hacían ni en chiste, Horacio contó que su mamá se estaba separando de su padrastro, que el señor se estaba yendo de la casa -que quedaba enfrente del lugar en donde estábamos- y que quería estar, por eso, avisaba que no iría a la actividad. Que si no le creíamos que fuéramos. Nunca se desconfió, pero insistía con que podía verificar eso. De hecho, cuando nos bajamos del auto se acercó la mamá, a explicar algo relacionado con esto. Horacio nos había dicho que si la cosa se ponía pesada iba a tener que golpear a este señor; como siempre en estos casos, Laura le dijo que no lo hiciera. Horacio era uno de los que más pruebas ofrecía para justificarse. A mí me resonaba que era el modo de argumentar general, propio de un expertise vinculado a las investigaciones policiales o judiciales.

Siete días más tarde, (26/03/08), también antes de bajar del auto frente a la sede del Programa, se acercó avisándonos que cumplía 18 años. En esa instancia, Laura le dijo: Bueno, ahora empezá a cuidarte; era claro para todos, se acababa la minoría de edad -clave en cuestión de causas penales.

Ese día fue el primero -serían incontables con el tiempo- que observé a Horacio insistirle a Laura que lo diera de alta, que le pagase: “hace mucho que vengo y otros cobran sin venir”. Fue el primero de una seguidilla extensa de pedidos, semanas tras semanas, para obtener el alta. Cuando finalmente la consiguió, su misión fue lograr que no lo dieran de baja aún cuando fallaba en el cumplimiento del contrato y bardeaba. Ante esa primera vez que lo escuché solicitar el alta insistentemente, Laura me contó que Horacio “entraba y salía del programa”, no sólo por sus incumplimientos sino también porque había pasado tiempo en el interior del país con su familia, que era una familia muy complicada, que varios hermanos estaban enfermos, que la madre era sordomuda pero aún así se las arreglaba para que a través de los hijos les llegaran planes sociales, o ingresos del cartoneo, inclusive a costa de pedir certificados en la escuela, cuando en realidad no iban.

Cuando a la siguiente reunión (23/03/08) volvió a insistir con el tema del cobro siguió sin obtener resultados positivos. Le explicaron que la negativa, esta vez, no tenía que ver con sus incumplimientos, sino que ahora había problemas administrativos del Programa[4] que implicaban que no se pudieran dar altas y bajas de los planes por un tiempo. Horacio, entonces, y al notar que no tenía sentido insistir, dejó de asistir por unas semanas. Volvió al mes (23/04/08), y reclamó el alta aduciendo sus asistencias anteriores no reconocidas. Se le explicó nuevamente la imposibilidad administrativa de formular altas. A los siguientes encuentros no asistió, se había lastimado un dedo.

Cuando retomó la asistencia a fines de mayo (21/05/08), volvió a preguntar si lo iban a a dar de alta y obtuvo, finalmente, una respuesta positiva. Las cuestiones administrativas se habían solucionado y él había logrado demostrar su interés en el Programa.

Pero la armonía duró sólo una semana. El 30 de mayo Horacio apareció en la actividad con la pierna enyesada y dijo: “me van a retar por lo que hice”. Y ahí contó la travesía: se había robado una moto, lo había perseguido un patrullero con el dueño de la moto arriba, él había logrado escaparse con la moto pero se cayó y el peso de la moto le había roto la pierna. Lo enyesaron en el hospital. Dijo que los policías, por suerte, no lo habían identificado, porque como hacía frío tenía puesta la capucha. Ante el inminente reto que recibió de Laura dijo: “Y si no cobrás acá tenés que sacar plata de algún lado, ¿no?” a lo que la operadora le contestó: “¿Me estás amenazando?” La secuencia siguió en una charla sobre qué hacer el resto del año, pues, ella le decía “así no se puede seguir”. Él asintió y se comprometió a pensar para la semana siguiente qué hacer.

A los 10 días del incidente Horacio se presentó a la reunión del grupo sin el yeso, participó en las actividades y preguntó si ese mes iba a cobrar, a lo que obtuvo una respuesta afirmativa. A partir de allí se inició una buena etapa entre el Programa y Horacio. Eso no implicaba que Horacio dejara de lado su particular modo de señalar los difusos límites que había, para él, entre lo legal y lo ilegal, como así tampoco demasiados filtros para dar cuenta de este reconocimiento en el Programa. Él siempre mantenía su estilo entre jocoso y desafiante al referirse a su continuidad en prácticas delictivas. Mientras recorríamos el barrio, para ir a ver un salón nuevo que podría usarse para las actividades, pasamos frente a unas máquinas con la que se estaban haciendo obras en la vereda. Al verlas bromeaba sobre cuánto dinero podría obtenerse al venderlas -presumiblemente habiéndolas robado antes…

En julio de 2008, como hacía ya varios meses que conocía a Horacio, le propuse entrevistarlo. Me contestó que sí “¿qué, te están jodiendo en la escuela?” Yo le contesté que más o menos, que en realidad era un trabajo que estaba haciendo para la universidad, y que era el mismo que me hacía estar ahí, con ellos, todas las semanas; que quería saber cómo era el Programa y conocer a los jóvenes que participaban en él. Mi explicación no tuvo repreguntas. Cuando a la semana siguiente (2/07/08) nos encontramos, fuimos a una salita dentro de la unidad sanitaria donde se estaba implementando el Programa entonces, a realizar la entrevista. Estábamos solos y le pregunté si podía grabar, a lo que accedió. Empecé a preguntarle cómo había llegado al Programa y me dijo que no se acordaba, que para qué, que apagara el grabador, que tenía que pensar. Apagué el grabador. Me dijo algo del plan y, obviamente ya con el grabador apagado, le empecé a preguntar por el plan, para qué le servía y qué le parecía que se lo dieran. Empezó a ponerse más nervioso, se levantó de la silla y comenzó a moverse y hacer gestos de incomodidad. Le dije que si quería lo dejábamos para otro día y me dijo que no quería ser el primero (en ser entrevistado), que no entendía (qué quería saber yo). Mientras intentaba disculparse conmigo, me dijo que después de que le hiciera la entrevista a otros sí accedería, que no me enojara. Me sentí bastante mal al darme cuenta de que lo había molestado, que quizás no había sido suficientemente clara, que la entrevista no estaba bien planteada. Después pensé que además de eso, quizás, no sabía qué contestar para ser correcto, o que no sabía qué usos yo podría darle a su testimonio.[5] Nunca intenté volver entrevistarlo; decidí que quizás podría conocerlo de otra manera. No obstante la mala experiencia de la entrevista, el suceso no socavó la confianza que empezábamos a tener.

Desde mitad de año, Horacio comenzó a cobrar el plan y a sumar esos ingresos a otros provenientes de otras ocupaciones. Cuando a fines de julio de 2008 se empezó a trabajar el módulo trabajo dentro del Programa, la operadora hizo un afiche con dos columnas: una sobre la situación de empleo en la que estaban los y las beneficiarios/as y otra sobre lo que se necesitaba para conseguir empleo. Mientras la mayoría contestó que no tenía trabajo, Horacio señaló sin dudarlo: “yo cobro el plan, choreo y cartoneo, te digo la verdad”. Como mostré en el capítulo 5, esta frase fue paradigmática para mi investigación. Más allá de los tipos de actividad que realizara, Horacio siempre estaba “activo” en la tarea de obtener ingresos. Con el tiempo, yo confirmaría lo preciso de dicha afirmación. Horacio siempre estaba haciendo algo, siempre tenía un plan, nadie más que él encarnaba la idea de activación, aunque nunca fuera en el sentido que el Programa esperaba.

Efectivamente, en la segunda parte del 2008, las actividades del Programa se centraron en el eje trabajo y una de las consignas centrales fue la elaboración de currículum vitae. Los y las jóvenes completaban un modelo sobre hojas de papel, y a la semana siguiente recibían copias del mismo hecho en computadora. El 26 de noviembre, Horacio fue al Programa y mostró orgulloso varias copias de un CV que había hecho él en un locutorio, porque las que había recibido de parte del Programa ya las había entregado, se le habían acabado. Miré interesada su versión y noté que entre los ítems de la experiencia laboral había puesto “trabajo en negro”, y que su teléfono no era fácil de encontrar, pues lo había puesto junto al de los trabajos que referenció. Me resultó casi increíble el hecho de que hubiera confiado en la figura de los CV como forma de conseguir trabajo, porque no estaba mostrándolos para agradar a la operadora, posiblemente los hubiera confeccionado con el fin de distribuirlos. Le dije que cambiáramos de lugar el teléfono para que fuera más fácil contactarlo, y lo puso junto con los datos personales. Mientras arreglábamos los currículum decía:

“No me voy a morir acá, quiero conseguir trabajo, hoy me levanté a las 8 de la mañana para llevar los currículum”.

Mientras expresaba estos deseos también escuchaba a Laura, la operadora, que estaba enojada con él. Se había enterado que Horacio le había robado a un vecino del barrio y le advertía, que si llegaba a darle de baja ahora, no lo incorporaba nunca más. Horacio no negó el hecho y pidió que “lo aguantara” hasta que consiguiera trabajo, y que, por favor, no le diera de baja justo en las fiestas de fin de año, que sino, no iba a tener plata para salir.

Diciembre no empezó bien para Horacio. El 10 de ese mes, llegó antes que nosotras, la operadora y yo, a la sede del Programa. Le había llegado una notificación de la policía por una causa de robo en grado de tentativa. No entendía que decía y tenía miedo de presentarse y de quedar preso. Primero habló mucho conmigo porque Laura estaba ocupada en otros asuntos. Mientras, me mostraba el carro con cosas recogidas de la calle que estaba estacionado enfrente. Me contaba que justo (le llegaba la citación cuando) estaba cartoneando re bien, que así ganaba bastante. También me contaba que había dejado currículum pero que no lo llamaban, y que ahora iba a dejar de entregar porque hasta fin de año nadie lo iba a contratar. Que tenía ganas de vender bien lo del carro para tener plata para las fiestas. Que se quería comprar una bermuda de jean, que la que tenía puesta ya estaba medio gastada. Me señaló unos jóvenes que se iban, a lo lejos, que se juntaban con él pero que eran “todo el mundo me dice que no me conviene fugarme”. Ahora, pedía insistentemente, lo teníamos que ayudar con “el papel” (la citación). Esa mañana había pasado por el Polo Judicial (a donde debía presentarse), pero que le había dado miedo entrar y que se había ido. Como era habitual en esos casos, Laura le dijo que tenía que presentarse. Horacio asintió y como aún no comenzaba la actividad, dijo que se iba a bañar, se ponía otra remera y volvía. Al ratito estaba de vuelta, pero no quería completar la consigna del día. Al excusarse decía “no puedo pensar con lo del papel”, y que si lo dejaban preso hacía cualquier cosa, pero que preso no iba a estar. Estuvo unos minutos y se fue, avisando que era la hora que tenía que ir a vender las cosas del carro, al rato volvió. Entonces habló con Laura, quien lo tranquilizó un poco y le sugirió que fuera a hablar con una asistente del defensor local, a quien ella conocía, para que lo asesorara. Entre los materiales del carro que había que vender, y el papel intrigantes, no había “cabeza” para la actividad planteada, que ese día, era evaluar el año, señalar qué les había gustado más y qué menos, dentro de lo que habían hecho en el Programa.

A mediados de febrero de 2009 volví a ver a Horacio en el Programa, tenía una afección importante en la piel. Las marcas era producto de su nueva actividad: ahora estaba cuidando coches en la avenida. Dijo que necesitaba una credencial municipal que lo habilitara para la tarea, que él ya la había pedido pero que quizás Laura podía intervenir para que se le dieran más rápido.

A la semana siguiente, 25/02/09, la credencial para cuidar coches estaba en curso pero ahora la preocupación de Horacio era otra: temía que la policía lo llevara preso al cuidar los coches. Se le explicó que con permiso municipal para la tarea, no podían llevarlo preso por eso. Ese día yo noté que estaba más prolijo de vestimenta y de aspecto, ya curado de la afección en la piel. me respondió que se había comprado un jean y unas zapatillas. Quizás más que de costumbre, se lo notaba con mucha predisposición para agradar a quienes lo observábamos, especialmente a Laura y a mí. La actividad consistía en conocer una ley y se les propuso a los y las jóvenes que leyeran. Al principio no se animaban y decían, “pero si somos todos burros” y Horacio añadió “si se van a reir de cómo leo, no leo nada, yo terminé 6to, pero no me acuerdo nada”. Primero empezó uno de los jóvenes y luego siguió Horacio. Como leía bien, y se lo felicitó dijo “ah, ahora me copa esto de leer”. La cuestión es que siguió leyendo casi todo el resto de la ley. Más tarde, a propósito de la lectura, Laura le dijo a Horacio que, después de trabajar tantos años con él, la única opción para su proyecto de vida de este año, era que volviera a la escuela. Podría seguir con sus changas, pero que a la escuela tenía que ir sí o sí. Horacio, como siempre, dijo estar de acuerdo con el plan.

Al siguiente encuentro contó que había buscado el certificado de 8vo. y se había anotado en la escuela para terminar 9no. También se había comprado una mochila de Boca (el cuadro de fútbol) y los útiles, y había obtenido descuento en la librería. Me contó efusivo que todo lo había comprado con los $50 que había ganado del cuidado de los coches. A propósito, confirmó que seguía trabajando de cuidacoches, pero que había tenido problemas en una cuadra con una mujer que también cuidaba, que casi se le había ido la mano y le pegaba, pero que no lo hizo porque a las mujeres no había que pegarles. Ese día, en el que había hablado tanto sobre la escuela y sobre su actividad legal de cuidar coches, mientras miraba por la ventada del club (sede eventual del Programa) dijo “yo estoy libre, no quiero estar más adentro”. Yo realmente no sé a quién se lo decía ni porqué, pero no tengo dudas de que Horacio sabía que se manejaba en los bordes todo el tiempo, y no me consta que disfrutara esa posición; era mucho menos un desafiante o un rebelde que, en palabras de Merklen, un “cazador”, como la mayoría de ellos.

La semana del 11 de marzo comenzaron las clases. Horacio narró algo de su experiencia en la escuela: “la maestra es copada y explica re bien, no es que te dice todo así y listo, explica re bien”. La semana siguiente sólo pasó por el Programa a avisar que no podía quedarse, estaba cuidando unos coches, mostró la franela y se volvió a ir, con permiso. Ese día se presentó seguro a excusarse porque sabía que estar trabajando en cualquier cosa legal, era una razón válida para ausentarse. Después faltó dos semanas y a la tercera volvió.

Era mediados de abril de 2009. “Bardeé”, dijo. Explicó que a la escuela fue dos días, la dejó y se juntó con M (otro joven beneficiario) y otros. Asumiendo el error de la junta ubicó en el entorno la razón del desliz: “esta villa es imposible, te agarra y te vas con la gilada”. Se lo veía muy flaco y había vuelto su afección en la piel que se le había desencadenado en el verano por el sol. Laura le dijo que fuera al dermatólogo para hacerse ver las manchas. Me acerqué a hablar con él, entendiendo el argumento pero lamentándolo. Tratando de reparar nuestra decepción, y ante el temor a que se le diera de baja el plan se apuró a decir: “ahora cobro, me compro unas zapatillas y vuelvo a la escuela”. Mientras recibía diversos señalamientos de parte de Laura sobre lo mal que estaba lo que había hecho y lo lastimoso de la situación insistía en que “al menos vengo y les digo la verdad”. También dijo que se presentaba en la actividad para que no se lo diera de baja, y preguntó: “¿estoy a tiempo igual, no?”

Luego de esa charla Horacio no apareció por más de un mes en las reuniones del Programa. Volvió el 27 de mayo. Se lo veía muy desmejorado de aspecto, peor que el mes anterior. Le pregunté cómo estaba: “mal, es el paco”, me contestó, “igual hace como un mes que no consumo”. Me contó que se había quedado dentro de la casa, mirando tele, a lo sumo yendo a cuidar los coches, pero que salir no, porque lo hacía encontrarse con los pibes y la droga, y no podía hacer nada, más cuando su hermano también estaba así. Después del relato, en donde asumía el “error”, preguntó otra vez, como el mes pasado, si aún estaba a tiempo. Esta vez no se refirió concretamente al plan; yo asumí que se trataba del plan, pero también, quizás, de ser recibido en ese entorno de cierta atención afectiva y de ayuda variopinta que representaba el Programa. Quería saber qué eran los CPA (los centros de tratamiento de adicciones) y si aún podía hacer los currículum. Aunque apelaba a los discursos de intención de cambio, Laura ya parecía no creerle mucho. Mi sensación, de ese momento paradigmático del tránsito de Horacio por el Programa, es que ni él se estaba aprovechando de la situación, ni Laura estaba castigándolo al desconfiar de sus intenciones. Parecía una situación que desbordaba los límites de las posibilidades del Programa y también las de Horacio. Ya había cumplido 19.

La secuencia anterior fue en mayo del 2009, y al menos hasta octubre de ese año, cuando finalicé esa etapa del trabajo de campo, no volví a ver a Horacio.

En noviembre de 2010, al año de haber terminado mis visitas continuas, volví al barrio, un día cualquiera de reunión grupal, para saber en qué andaban. Laura me había contado que Horacio seguía “yendo y viniendo” a las actividades, con una dinámica similar a la que yo había conocido los años anteriores. En el medio de la reunión de ese día apareció Horacio, quien, según Laura, hacía días que no se presentaba. Ella, al verlo, salió a hablar con él, yo quise saludarlo pero me parece que no me reconoció. Escuché que Horacio le contaba que había estado internado en el Hospital, que quiso robar no sé que cosa y le tiraron. Como acostumbraba, mostró las pruebas de porqué había estado ausente los últimos días: sin orgullo y más vale con dolor expuso las heridas importantes en el abdomen y en una pierna. Las marcas me impresionaron. Para él, ésta había sido la gota que rebalsó el vaso: “ya está, es que antes nunca me habían dado, ahora ya está”, le escuché decir. Laura, quizás conmovida por la situación, y consciente de la trayectoria de Horacio, le dijo que si necesitaba el plan, ella no le iba a dar de baja, pero que tenía que volver a las actividades los miércoles. Él asintió. Cuando se estaba yendo me miró, y me dijo: “a vos te conozco del Envión”. Le dije que no, que era Marina, que se debía estar confundiendo, y me respondió: “ah, sí, te confundí con A (una ex agente del Programa que entonces trabajaba en el Envión), ya me acuerdo, mirá cómo me dejó“. Supuse que se refería al impacto de las drogas en la memoria… Aunque yo no iba hace un año, muchos/as me habían reconocido.

Casi otro año después, el 5/09/12, volví al Programa. Pero esta vez no a la actividad grupal en el barrio sino a una reunión del equipo en el centro del municipio. Algunos jóvenes aparecieron en esa reunión y entre ellos, estuvo Horacio. Lo noté de mucho mejor semblante que la última vez. Habló con Laura y con otras/os agentes, y luego me miró de reojo y con una sonrisa cómplice me dijo: “hola, viste que me acuerdo de vos, yo no me olvido”. Le contesté que también me acordaba de él, y no sé cómo me di cuenta de que nuevamente me estaba confundiendo con A (la ex agente con la que tengo cierto parecido y con la que me había confundido el año anterior). Le recordé quién era yo, reconoció la confusión, se acordó, y nos reímos. Cuando luego le pregunté a Laura por Horacio, me dijo: “siempre está igual, va y vuelve, sin resolver nada”. Usó la misma expresión que cuando me lo caracterizó en marzo de 2008, hacía casi 5 años.

Mariano

Mariano fue otro de los varones que conocí el 12/03/2008, y enseguida me llamó la atención. La primera impresión fue que había recibido más educación que el resto, que estaba muy alerta, yo no supe a qué, y que no era especialmente simpático ni alegre. Supe enseguida que sabía escribir bien y meses más tarde me enteré que había logrado el diploma de 9no grado, equivalente al segundo año del secundario. El haber alcanzado este nivel de estudios no era común entre los beneficiarios/as. A lo largo del tiempo confirmaría que estas percepciones eran lógicas porque eran rasgos de su personalidad. Mariano tenía, como casi todos, épocas de asistencia y períodos de ausencia en el Programa, pero cuando iba a las reuniones no pasaba desapercibido, y verbalmente, creo que era el más desafiante.

El primer registro específico que tengo de sus manifestaciones, fue a mediados de mayo en una secuencia que fue muy significativa para mi análisis de las interacciones y negociaciones sobre lógicas de acción legítimas entre la operadora y los/as beneficiarios. Se estaba tratando la condición laboral de los/as beneficiarios/as, paralelamente a una discusión sobre la extracción de cables de cobre de debajo de la tierra en la calle, para venderlos. En ese contexto, Mariano, dando cuenta de su situación laboral expresó: “Yo no trabajo más, el cobre se acabó”. Luego, como repuse en el capítulo anterior, replicó la crítica de Laura, la operadora, quien cuestionaba el invertir tiempo en actividades coyunturales para obtener dinero: “pero no entendés, te encontrás un pedazo así de cobre y de repente tenés $2000”. Cuando estaba involucrado en situaciones que se llevaban a la discusión grupal, Mariano siempre presentaba y argumentaba sus posiciones. Y señala, en esos contextos, mejor que ningún otro las distancias, especialmente de clase, que lo separaban a él y sus compañeros, de las operadoras.

El primer semestre del 2008 Mariano participó sostenidamente de las actividades. En mayo el eje de las reuniones fue la cuestión judicial y la situación de los y las jóvenes ante la ley. Como a otros beneficiarios, a Mariano le daba miedo presentarse al juzgado: sabía que tenía una causa abierta y temía quedar preso. Entre sus temores también estaba que lo detuvieran al ir a votar, o incluso al ir al banco y presentar el documento.

El 28 de mayo fue otra semana consecutiva en que vi a Mariano; el encuentro giraba en torno a hablar sobre “valores” como el respeto, y había que completar un afiche. Mariano estaba bien predispuesto a encarar la escritura y se puso sobre las piernas una pizarra para apoyar el afiche. Le dije que parecía que se había montado una oficina, y me dijo: “Sí, soy el intendente”. No sé por qué, pero esta contestación que involucraba imágenes de poder y burocracia me pareció significativa porque sucedía en un contexto en el que habitualmente los/as jóvenes no hacían siquiera mención a estos temas. La cuestión fue que en el medio de la actividad, Mariano, refiriéndose al asunto del respeto, contó que una vez, en la escuela, una maestra lo había visto con una chica -no quedó claro en qué situación-, y lo había retado a él en un señalamiento que, en vez de hacer referencia al encuentro con la chica, mencionaba la condición de presidiario de su papá. “Fue una desubicada, eso no tenía nada que ver con lo que estaba pasando”, rememoró Mariano al contarlo. A él le parecía importante “separar los tantos”, y advertir distintos planos de las situaciones no relacionados entre sí. Ese mismo día, luego, una de las operadoras comunitarias me contó que el papá de Mariano estaba preso por una causa importante de secuestro extorsivo, y que el señor en cuestión, era respetado dentro del ambiente de cárcel, porque tenía códigos.

Otra secuencia en la que advertí la personalidad fuerte de Mariano y la necesidad de “poner las cosas en su lugar”, fue, unas semanas más tarde, cuando en la reunión, la operadora estaba queriendo conversar sobre ciertos episodios delictivos en el barrio a manos de otros jóvenes. Ante el cuestionamiento de Laura sobre tales situaciones y su invitación a los y las jóvenes a que reflexionaran sobre la situación general, y sobre las posibilidades y consecuencias de una situación, Mariano cuestionó lo planteado: “lo que decís no tiene nada que ver, nosotros estamos acá, no tenemos nada que ver”. Nuevamente, Mariano deslegitimaba conexiones entre situaciones y, en el mismo proceso, adjudicaba confusiones a quienes las proponían.

También me llamó la atención el modo en que Mariano señalaba la falencia de los servicios que el barrio, o el mismo Programa tenía para ellos. A Mariano no le interesaba agradar a nadie y mucho menos a los/as operadores/as del Programa. Uno de los ejemplos fue en junio de 2008, cuando, dentro de las actividades se invitó a profesionales de la unidad sanitaria para que contaran su trabajo y los servicios que allí se brindaban. Mientras los demás jóvenes mantuvieron el silencio -y quizás la indiferencia sobre lo que allí se decía- al finalizar Mariano cuestionó las bondades del servicio. Refiriéndose a Laura le dio su opinión:

“La sala siempre está cerrada, y aunque esté abierta no sirve, ¿sabés los pibes que se murieron acá? nosotros vivimos acá y lo sabemos. Yo traje a las nenas y nunca las pueden atender, siempre están de paro o no pueden, siempre hay que ir al hospital.”

No sólo cuestionaba el valor de la actividad que acababa de suceder, sino que volvía a recordarle a la operadora que, a diferencia de ella, ellos sí vivían en el barrio y sabían, porque la habían necesitado, que la sala no servía.

Los cuestionamientos siguieron. Cuando el Programa atravesó el eje trabajo, la propuesta para fortalecer las capacidades laborales fue, como ya comenté, aprender a armar los currículums. Mariano se quejó: “todos los años hacemos los currículum, necesitamos trabajo, no hacer currículum”. En el transcurso de 2008, mediante distintas actividades propuestas por el Programa, me enteré que Mariano había sido cadete en una empresa de fletes, subiendo y bajando muebles pero le pagaban muy poco y al tiempo dejó. También había hecho algunas changas como ayudante de albañilería.

Durante la segunda parte de 2008 Mariano asistió muy esporádicamente a las reuniones. En febrero de 2009, lo volví a ver y estaba notablemente delgado y no tenía buen semblante. En la charla con Laura, a quien le preocupaba su salud, le negó estar consumiendo drogas, y afirmó que si lo hubiera estado haciendo, no tenía problemas en contarlo. Sin embargo, sí reconoció que su mamá había salido de la cárcel, y que estaba vendiendo drogas nuevamente, y que a él, lo más que le molestaba, es que les vendiera a pibes chicos. Entonces me anoticié que su mamá era algo así como una dealer local. Más tarde, la operadora comunitaria me diría con cara de resignación: “es como que tu mamá se ponga un kiosco”. Qué acceso más directo para comer todas las golosinas que uno quisiera podría haber cuando tu mamá se ponía un kiosco…

Al mes siguiente, cuando llegó la posibilidad de armar cooperativas de trabajo dentro del programa nacional Argentina Trabaja, Mariano fue uno de los convocados. Las reuniones preparatorias comenzaron a mediados de marzo y un mes más tarde Mariano se reconocía ansioso por empezar a trabajar. Las tareas comenzaron enseguida, como señalé en la historia de Humberto, y los cooperativistas cobrarían $1200 y trabajarían unas 7 horas por día en tareas de mantenimiento barrial. A fines de abril se hizo una primera evaluación -dentro del Programa- de los trabajos en las cooperativas y los participantes señalaron algunas incertezas y descontentos respecto a la organización. Mariano contextualizó las disconformidades a su manera: “nosotros nos quejamos porque no sabemos lo que es trabajar”. Ese primer mes de las cooperativas contó con presencia activa de Mariano: no sólo cumplía con el horario y pautas de trabajo en el barrio sino que asistía a las reuniones evaluativas del proceso. En ese momento no estaba muy claro si quienes hubiesen empezado a formar parte de las cooperativas seguirían cobrando, además, la TCI del Comunidades Vulnerables, y tampoco, si tenían que seguir participando de las reuniones con los demás beneficiarios no cooperativistas. En de las reuniones, en las que aún coincidían los beneficiarios comunes del Comunidades Vulnerables con los recientes cooperativistas, Mariano preguntó si tenían que ir a hacer las actividades típicas de los talleres del Programa. Laura le aclaró que no, y él le preguntó “nos van a dar salida del plan ahora, ¿no?” El modo de preguntar no era un reclamo, sino todo lo contrario. Casi sonreía y parecía expresar cierto orgullo en torno a que ellos -los de la cooperativa- ya estaban en otro nivel, superior, en un trabajo de verdad y que, lógicamente, se les daría de baja del plan de prevención del delito.

Esta situación no duró más que un mes, y a fines de mayo Mariano empezó a ser hablado por otros. Es decir, los compañeros de la cooperativa contaron que cobró el primer sueldo un jueves, y que al día siguiente se presentó a trabajar pero se fue. Que explicó, a sus compañeros, que no podía estarse en pie; había estado consumiendo mucho. Los siguiente dos días tampoco fue. Durante las semanas posteriores la situación no mejoró, pero los compañeros le decían a Laura que podían cubrir un poco sus inasistencias con el que los controlaba. Era junio.

Para fines de julio a Mariano lo habían echado de las cooperativas por faltas reiteradas. Laura y la operadora comunitaria fueron a hablar con él para tratar de revertir la situación, de consumo y de inasistencias en la cooperativa. Volvieron, sin éxito, y así me describieron la situación:

“Viste cuando alguien cree que tiene razón y te discute, bueno, no, él agachaba la cabeza mientras se lo decíamos”.

Fue posible conocer la historia de Mariano un poco más, también, al acceder a una actividad previa a mi trabajo de campo, que se hizo en el Programa, sobre el proyecto de vida y la identidad, parte de la cual volqué al análisis en el capítulo anterior. En la actividad, Mariano vinculó los problemas de su infancia con la ausencia del padre. Eligió contar el recuerdo de un cumpleaños feliz, en el que estuvo presente su papá, pero al llegar a la adolescencia el panorama volvió a complicarse.

“A los 14 se terminó la felicidad, a mi mamá y mi papá los llevaron detenidos y yo me quedo con mi hermana solos.”

Entonces, narró que empezó a drogarse y fue detenido, y que pasó dos meses preso. Que a los 16 tuvo un hijo y hacía poquito, cuando había cumplido 17, se había separado de la mamá de la criatura.

Durante 2009 no supe más de Mariano. Volví al barrio a fines de 2010 y pregunté por él. La operadora comunitaria me dijo que estaba bien “pasa cada tanto, está trabajando”. En 2012, la respuesta de Laura, cuando le pregunté por Mariano, fue menos auspiciosa: “a Mariano lo perdimos…” Quería decir que seguía por ahí, por el barrio, pero que ya no trabajaban con él y que seguía teniendo muchos problemas con el consumo de drogas.

Juan

A Juan lo conocí como parte de su familia, “los A”, un grupo “problemático”, según la operadora. Eran varios, 3 hijos (Juan de 19, otro de 21 y un tercero de 25), una hija (de 23 años) y una madre; todos tenían prácticas delictivas. Cuando Laura me describió el perfil de este grupo me dijo que habría que hacer entrevistas con ellos, para “ordenar el trabajo y ver si realmente quieren cambiar de proyecto de vida o sólo vienen por la plata”. La necesidad de aclarar la cuestión devenía de que hacia el interior del grupo de beneficiarios/as la situación de “los A” traía problemas: en el barrio se sabía que seguían robando y se entendía como injusto que cobraran en un programa de prevención.

La primera imagen que registré individual de Juan, fue, sin embargo, bien distinta a este escenario. Era invierno y Laura había llevado a la reunión vasitos de plástico, saquitos de té, agua caliente y azúcar para hacer más cálido el encuentro. Mientras algunos de los y las jóvenes se preparaban té, Juan le hizo uno a su sobrinito -con quien había venido-, pero el nene se quemó y se puso a llorar. Juan trató de calmarlo y traspasó varias veces el té, de vasito en vasito, para enfriarlo. Cada dos o tres traspasos lo probaba. Hasta que estuvo tibio, pero el nene estaba enojado y no lo tomó. Parece una obviedad decir que la presunción del delito y la ternura no tienen porqué ser excluyentes, pero a mí, la imagen me conmovió sobre todo por la representación previa que tenía de Juan.

Sin embargo, más me conmovió la situación de la semana siguiente. Yo no conocía mucho aún a los jóvenes, y tampoco a Juan. Tal como había anticipado Laura, había que hablar con “los A” para ver cómo seguir. La charla sería con Juan y uno de sus hermanos, pero éste no se presentó el día de la reunión porque estaba amanecido.[6] Antes de que terminara la actividad ordinaria de ese día, uno de los jóvenes hizo algo -no llegué a registrar qué-, y Juan se enojó y se dispuso a enfrentarse físicamente con él. Laura, la operadora, logró apartarlos y le pidió al otro que se fuera. En la sala donde se había desarrollado el episodio y la actividad del programa quedamos Juan, Laura, la operadora comunitaria y yo. Juan estaba muy enojado, nervioso y preguntó si podía fumar. Le dijeron que sí, pero contra la ventana -era un espacio de salud en el que estaba prohibido fumar. Yo no intervine en la charla pero la escuché. Laura trataba de calmarlo. “Tengo como un demonio adentro” empezó Juan,

“ayer soñé que estábamos con todos después de una joda y se armaba lío y venía la policía y mataba a mi hermano y a mí me pegaba un tiro acá y después me mataban. Estoy con una chica, pero tiene 15 y mi mamá no la quiere, ella está en la misma que yo, afana (…) Mis hermanos no sirven para nada, C que no hace nada, N que está dado vuelta (…) no te dan trabajo, porque tengo causas, todos hablan mal de nosotros (…) ayer casi hago cualquiera, nos agarró [a la novia y a él] algo acá como un frío”.

Esas son algunas de las frases que registré. Juan hablaba un poco mirándonos a nosotras, un poco hacia afuera, por la ventana. Dijo que pensó en internarse en una granja, que quería irse del barrio. Creo que estuvo a punto de llorar. Nos miraba serio, Laura le decía que tenía posibilidades de ser y estar mejor, que era inteligente, que sólo hacía falta que él lo creyera. Más tarde, Laura me ponía en contexto: secuencias como éstas ya habían pasado. A esa altura inicial de mi trabajo de campo, yo estaba muy pendiente de indagar en el asunto de las TCI en el Programa, y los usos que se les daban en ese contexto, tanto de jóvenes como de agentes. Nada de eso parecía muy importante en ese episodio. Otros aspectos de la regulación social, de la interpretación de códigos legítimos, de las posiciones de la masculinidad juvenil de sectores populares parecían mucho más significativos.

Como en la mayoría de estas charlas, quedaba, para la próxima la tarea de pensar qué hacer. La semana siguiente, el 13/06/08 se le informó a Juan que había una convocatoria de un astillero para un curso; y que algunos podían quedar luego trabajando ahí. No tuve más registro del caso, pero Juan no hizo la capacitación.

La siguiente noticia de Juan fue nuevamente como parte de los conflictos con “los A”. Era julio de 2008 y en el medio de una actividad ordinaria la operadora tuvo que salir del espacio de reunión porque estaban, afuera, esperándola los hermanos “A”, enojados porque les había llegado el comentario de que iba a sacarles los planes. La escena incluyó tensión y gritos por parte de los jóvenes. Al rato, Laura entró a la actividad sólo con Juan y explicitó un poco la situación con “los A”. Aclaró al grupo que Juan había entrado a la sala porque ella quería darle una nueva oportunidad: “nos interesa trabajar con él porque lo queremos”. No dejó de señalar, no obstante, que había que evaluar la condición de “los A” en el grupo.

Lo cierto, es que Juan era tratado de modo más especial que sus hermanos, quizás, por su forma de intentar adecuarse a las expectativas institucionales. De hecho, mientras sus hermanos tenían una relación esporádica y conflictiva con el Programa y especialmente con Laura, Juan siempre se mostraba más conciliador. Esta relación especial se reforzó cuando surgió, como parte de las actividades del Programa, el proyecto colectivo de pintar un mural en una de las paredes del barrio, muy cerca de donde vivían “los A”. Juan se comprometió desde el inicio en la definición del dibujo, y en todo el proceso de realización, que supuso dos meses de intenso trabajo. Si bien Juan no estuvo en esas semanas yendo a las actividades ordinarias del Programa era seguro encontrarlo en el mural, pintando.

El 10 de septiembre de 2008 se inauguró el mural con mucha concurrencia vecinal y una choripaneada. Juan estaba muy contento y expresivo. Como llevaba un peinado nuevo le pregunté cómo se lo había hecho. Me contó que se había teñido a la mañana, que era una pavada: “te ponés la gorra y vas sacando los pelos y te los teñís, y después gel para que quede durito.” Aproveché para preguntarle sobre el mural, y su proceso. Me mostró orgulloso lo que había pintado: “un montón, los dos ángeles y estuve siempre”. Como parte del acto de inauguración, Juan, junto con otros/as cinco jóvenes recibió un certificado y un portarretrato con una foto de él pintando el mural. Ese día fue una fiesta.

De los siguientes dos meses no tengo registros especiales sobre Juan pero tuvo participaciones intermitentes -como era su costumbre-. A principios de noviembre, Laura le comentó a Juan que, dado su interés y su desempeño en el mural, existía la posibilidad de conseguirle una beca para que pudiera estudiar una carrera técnica relacionada con la pintura y el arte. Él se comprometió a pensar si le interesaría.

A la semana siguiente, nos enteramos que Juan había estado implicado en un robo grande en el fin de semana. A los 5 días fue detenido por el robo de un auto. Desde ese día, la historia de Juan, para mí, empezó a ser contada por otros. No lo vi más.

A la semana siguiente fue la rueda de reconocimiento y no lo reconocieron, pero al tener otras dos causas penales siendo mayor de edad, la situación siguió siendo complicada. Juan comenzó el 2009 preso, no por la causa del auto sino por las anteriores. Al ser detenido de modo firme, fue automáticamente dado de baja del programa de prevención del delito. La historia la siguió su familia. Como sus hermanos tampoco iban a las actividades, Laura decidió que también los daría de baja. Advertida de esta posibilidad por los rumores del barrio, se presentó la madre de “los A” al programa, preguntando si ella podía cobrar por algunos de los hijos. Como se le denegó esa opción preguntó si Noelia, una chica de 15 años, supuestamente embarazada de Juan, podía empezar a participar y cobrar. Se le explicó a la madre lo que ya se le había dicho en reiteradas oportunidades, que la idea era trabajar con los jóvenes, y no con suplentes. La chica en cuestión estaba al lado de la madre “A” parada, sin decir ni una palabra. Laura, la operadora, propuso que para Noelia habría que buscar otra alternativa, porque con un bebé pequeño tampoco podría asistir a las actividades. A esa altura parecía que la situación de Juan había quedado en el olvido. Entonces, Laura le preguntó a Noelia si había visto a Juan y ella asintió. Luego, la madre contó que había intentado hablar con la defensoría por la situación de su hijo pero que no había podido; lo intentaría al día siguiente. Lo que más tarde la operadora comunitaria nos contaría, a mí y a Laura, era que en realidad, esta chica Noelia convivía con otro de los hermanos de Juan, el verdadero padre de la criatura. La estrategia de la familia era que la joven se hiciera pasar por la novia del detenido para que la inminente llegada de un bebé aminorara los cargos contra Juan. La situación parecía muy confusa.

Al mes siguiente, la madre de “los A” se presentó al Programa para ver si Laura sabía algo de Juan. La operadora contó que según sabía, la Cámara no resolvía qué hacer con él, y mientras, él estaba ansioso por salir porque su novia estaba por parir. Sin ahondar en el tema, la madre de Juan aprovechó para manifestarle a Laura su disgusto porque no había incluido a sus hijos -los que aún estaban libres- en el programa Argentina Trabaja, que “era injusto que a ellos no se les dieran oportunidades”.

El 1 de abril del 2009, Laura llegó indignada a la reunión grupal del Programa. Había ido a la defensoría a conocer el estado de la causa de Juan y la visita la había dejado con la sensación de que Juan no saldría pronto pues no tenía palanca, que era lo necesario para resolver algo en esas instancias. También estaba molesta porque se había enterado de que, según la defensoría, la familia casi no lo había visitado en los meses que llevaba preso. En síntesis, las novedades eran que la Cámara había resuelto que Juan iría a juicio, y que seguro, al menos, le darían tres o cuatro años. También se advirtió la posibilidad de aplicar un mecanismo por el cual podría aceptar la condena sin hacer el juicio, y de esa manera obtener una reducción de la misma.

Cuando volví al barrio, a fines de 2010, pregunté por Juan: seguía preso, y uno de sus hermanos también había caído. En mi última visita, en noviembre de 2012, supe que Juan estaba próximo a salir, luego de tres años de prisión; debía estar por cumplir 23 años.

Alicia

De Alicia, como de todas las chicas, supe menos que de los varones. No es una novedad pues las marcas de la invisibilidad femenina señaladas a lo largo de la tesis, en relación al modo en que el Programa procesaba su presencia, también, sin dudas, incidieron en mi forma de mirarlas; si bien yo puedo entenderme más entrenada para observarlas, no puedo escapar totalmente a imágenes disponibles que sobre ellas se construyen, que quedan, además, opacadas por la superioridad numérica concreta de representantes masculinos, incrementada por la mayor atención puesta en ellos al ser considerados el foco de la intervención.

Sin embargo, a Alicia pude conocerla un poco. Era una de las hermanas de la operadora comunitaria, así que supe de ella al poco tiempo de empezar mi trabajo de campo, cuando se incorporó como beneficiaria. Entonces tenía 25 años y dos hijos, un varón de 1 año, y una nena de 5. Al papá de la nena lo mataron mientras Alicia estaba embarazada. Su última pareja fue detenido cuando ellos ya se habían separado. Me contó estas cosas un día de mayo de 2008 mientras nos íbamos de la sede del Programa hacia la avenida. “Soy sola”, me repitió un par de veces. Con su última pareja vivió situaciones de violencia que la llevaron a separarse y a no querer visitarlo en la cárcel. Él le pegaba porque estaba “todo drogado y creía que tenía otros novios”. Ella también consumía drogas, hasta hacía unos meses que había decidido dejar, por sus hijos. Me explicó que como se sentía sola, la droga la hacía sentir bien. Entonces robaba lo que encontraba descuidado por ahí, y se iba a comprar drogas, y al otro día se sentía mal, de vuelta, porque no tenía nada. Me dijo que lo que la había decidido a cambiar eran sus hijos, porque así ya no los podía ni cuidar. Pero que también le había importado el hecho de que su familia ya no quería saber nada con ella, y su estado. De las cosas que aún no había podido desprenderse era, según ella, de “agarrarse a las piñas con chicas”. Por eso había querido incorporarse al Programa, a ver si la podían ayudar a cambiar esas cosas. También, le interesaba “aprender a hablar mejor, porque hablaba así, medio mal”.

A las semanas de esta primera conversación la entrevisté, y amplió un poco lo que me había contado en aquella charla durante la caminata. Para ella el Programa era un lugar a donde se podía ir sin el riesgo de cruzarse con las drogas. Sino, decía, se tenía que quedar encerrada en la casa de su mamá. Si iba a ver a sus amigos, “nunca algo bueno, siempre gilada, nunca un sánguche, una coca, ellos siempre están con un porro”. Y en ese tiempo, ella necesitaba despegarse de ese entorno.

En la conversación que tuvimos me contó que, mientras su papá vivía, vendía estampitas y abría las puertas de los taxis, en el cruce de las avenidas Santa Fé y Callao, en Capital. Eso había sido entre los 12 y los 13. Pero a los 13 una amiga la invitó a robar y la agarraron, y estuvo 11 meses en el colegio, que era el Instituto Inchausti, el único en la Ciudad de Buenos Aires que alberga mujeres menores de 18 años. De esa experiencia le quedaron sensaciones encontradas, porque recuerda que era horrible estar ahí, encerrada. Pero después, empezó a confiar en la psicóloga de ahí; le insistían con que hablara, a ella, que era callada, “tan callada como ahora”. Al principio no quería saber nada, pero después sí, y sintió que se desahogaba. Cuando salió, ya tenía 14 y empezó a estudiar cocina, por indicación del juzgado.

“¿Sabés? de ahí sobreviví, me distraía más en la cocina, para mí era un oficio, y además me despejaba un poco también, y todos los martes y los viernes me volvía a mi casa con una torta.”

En esa época conoció al que fue, 3 años más tarde, el papá de su hija. Pero la pareja no duró, al muchacho lo mataron enfrente de Alicia, en el barrio, en un episodio confuso. Después de ese momento ella se paralizó. A ese novio lo recuerda con afecto. No como al padre de su pequeño hijo, que está preso, y que a ella le pegaba mucho. Ella cree que, a veces, estas cosas como el delito, sólo se dejan por una desgracia. Cuenta el último episodio que protagonizó su ex pareja:

“Se fue a laburar con un pibe re drogado, empastillado mal y con dos pibes más, y los otros estaban re dados vuelta y el otro se fue a la mierda, y el otro aunque sea lo llevó a la estación, ahí donde está el bingo, y le iban a dar un coche, y era uno de la Federal, y le da dos tiros con una pistola y lo deja ahí todo tirado. Cuando fui a verlo estaba todo lleno de aparatos, y entró en coma, lo daban por muerto. Después salió todo bien, pero ahora él está con la bolsita, porque se le rompió todo el intestino, capaz que le sirve de algo…”

Esta charla fue en agosto de 2008. Durante los meses que siguieron, la ví muy pocas veces. Había dejado de ir al Programa. Lo próximo que supe fue a comienzos de 2009. El problema de Alicia estaba nuevamente relacionado con el consumo de drogas. Laura, la operadora, estaba tratando de conseguirle un turno en el centro de tratamiento de adicciones. La ayuda fue pedida por las hermanas de Alicia, que estaban muy preocupadas. Además, las inquietaba que ni siquiera estaba ocupándose de su hijos; la niña ya tenía 6 años y no estaba anotada en ninguna escuela primaria. El turno se perdió, porque Alicia no fue ese día. Avanzado marzo, y como Alicia no salía de su casa, Laura fue hasta allí para charlar con ella. Laura me contó cómo había sido el encuentro. Alicia lloraba e insistía en querer rescatarse pero no podía, no le salía, no tenía con qué. Finalmente acordó con Laura en que tratarían de conseguir un nuevo turno pero, para esta vez, tratar de internarse en un centro de adicciones y empezar un tratamiento.

A las semanas logró ser internada en un centro para adicciones. Permaneció allí cerca de dos meses y medio. Pero en julio se peleó con otra interna, y se fue de la clínica. Entonces volvió al barrio y la vi nuevamente. Me pareció que estaba muy linda y tranquila. Conversé un rato con ella y me dijo que le costaba adaptarse a la vida en el barrio, a la familia, porque todo era más tranquilo dentro de la clínica, más ordenado. Estaba manteniendo un tratamiento ambulatorio: dos veces a la semana tenía que presentarse en la institución. En la clínica había aprendido a hacer cosas, por ejemplo, bolsitas de papel reciclado, que ya estaban por vender. También le habían enseñaron a hablar mejor, “distinto de como se habla acá en el barrio”, y que, porque allá se levantaban temprano, había adquirido esa costumbre. Ya era julio de 2009, y como se acercaba el día del niño y se preparaba un evento comunitario, ella propuso hacer tortas y bolsitas para poner los regalitos que se conseguirían.

Hacia fines de agosto, hubo una segunda convocatoria del programa Argentina Trabaja; esta vez se armarían cooperativas de mujeres. Alicia fue convocada y sus primeras tareas fueron de limpieza, acondicionando la sede de otro programa municipal. Esa etapa de mi trabajo de campo acabó al mes siguiente.

Volví a verla luego de un año. Era noviembre de 2010 y ya no estaba en la cooperativa. En ese año habían pasado varias cosas. Había tenido otra etapa de adicciones, y también otro bebé con otro muchacho que estaba preso. Conversé poco con ella, pero me contó que no salía mucho de la casa para no drogarse más. Cuando le pregunté por su reciente hijito, me dijo que “por suerte estaba bien”. Se refería a que aunque había estado drogándose durante el embarazo, el parto había sido bueno y el bebé no habían sufrido consecuencias negativas. Lo único, decía con una sonrisa, es que estaba un poco acomplejada porque le había quedado panza.

Supe por Laura, la operadora, que luego de ese último episodio de adicción antes del parto, Alicia “se pudo rescatar”. En parte quizás haya sido por ese “cambio” que se le ofreció, y aceptó, ser operadora comunitaria del programa de prevención, durante 2011. Si bien hubo episodios aislados en los que Alicia no cumplía con su trabajo, se mantuvo en esa posición durante gran parte de 2012. A fin de ese año, volví al barrio, y en una de las reuniones del equipo, se preguntaban qué hacer con su caso: ya no estaba yendo los días de las reuniones, y aparentemente, había iniciado un nuevo período de fuerte consumo de sustancias.

Silvina

A Silvina la conocí recién en mi segundo año de trabajo de campo, cuando ella empezó a ir al Programa, en marzo de 2009. Al principio me costó entrar en confianza con ella porque no demostraba simpatía por mí, aunque me parece que no era una cuestión personal. Su modo de relacionarse conmigo y con las operadoras era más distante que el de otras chicas, y no intentaba ser amable con nosotras. Usualmente planteaba su disconformidad a las actividades que se realizaban o a decisiones que tomaba Laura, la operadora.

Tenía 26 años y 5 hijos cuando la conocí y no sabía leer ni escribir. Esta incapacidad le molestaba un poco y en algunas ocasiones señalaba los problemas que eso le traía, por ejemplo, no entender citaciones judiciales que llegaban a su casa, o tener que firmar cualquier cosa sin saber qué decía. En marzo se anotó en la escuela. Como no tenía para comprar útiles llevó el cuaderno que le entregaron en el Programa como parte de un kit de principio de año. Se anotó para segundo grado. Sin embargo, el primer día se enojó con la maestra porque ésta no recibió bien que Silvina fuera con sus hijos, a quienes no tenía con quien dejar. Entonces pidió pasarse a primer grado, donde la maestra era más comprensiva, además de que el nivel era más acorde a ella.

Ese mismo mes fue la primera convocatoria para el programa Argentina Trabaja y Silvina fue al predio donde se hacía la toma de datos para los interesados. Por fallas en la organización no le fueron tomados sus datos, ni los de otro montón de gente aún cuando habían hecho mucha cola. Silvina, al presentarse a la reunión grupal del Programa, le contó la situación a Laura y se mostró muy enojada con que les hubieran hecho perder el tiempo. Mientras, Laura le explicaba que ella era sólo un nexo, que no podía hacerse cargo de las complicaciones de ese otro dispositivo. Pero Silvina le replicaba que ella, Laura, no entendía: había tenido que dejar todo el día a la nena con un desconocido para poder ir a la convocatoria.

Finalmente Silvina no fue incorporada a las cooperativas, que sólo fueron conformadas por varones. Quedaría para una segunda tanda. Mientras, siguió la escuela, pasó el resto de marzo, abril y mayo, pero finalmente dejó en junio. Cuando explicó el porqué, contó que su marido la estimulaba para que estudie, porque así podría ayudar a sus hijos con las tareas escolares. La incomodidad en seguir la escuela era propia. A Silvina le parecía que si estudiaba descuidaba la casa. Además, estaba embarazada nuevamente. Cuando me contaba estas decisiones familiares también daba cuenta de su situación económica: su marido seguía manejando un remís, pero le habían dado un auto con la patente trucha y tenía miedo de que fuera un auto robado; próximamente un amigo le iba a prestar otro, para estar más seguro. Diariamente, el remís le daba unos $50.

A principios de julio de 2009, Silvina parió a su sexto hijo. A la semana, se presentó al programa con el recién nacido en brazos. El embarazo la había dejado con presión muy alta y mucho sobrepeso; cuando le dieron de alta le indicaron medicación para atender estos síntomas, que no podía comprar. Además, el médico le había recomendado adelgazar. Mientras me contaba esto, yo la notaba más serena que en los meses anteriores. También me dijo que quería ligarse las trompas de falopio para no tener más hijos, aunque le dijeron (no sé si en el hospital o dónde) que podían negarle la operación por considerarla muy joven; le sugirieron un diu (dispositivo intrauterino) pero Silvina desconfiaba del método: conocía mujeres que aún con diu habían quedado embarazadas.

Cuando terminé el trabajo de campo, en octubre de 2009, se largaba la cooperativa de mujeres dentro del Argentina Trabaja y Silvina era una de las participantes. Para fines de 2010, según la información que obtuve, seguía siendo parte de la iniciativa.


Las circunstancias narradas, que sucedieron adentro y afuera del Programa, eran fragmentos de la vida de unas personas que fueron beneficiarias del programa Comunidades Vulnerables, al menos, entre 2007 y 2009. Quizás estas complejidades cotidianas, estas interpretaciones sobre sus vidas, estos entornos de sociabilidad, fueran algunos de los aspectos que los y las operadores/as del Programa tomaban en cuenta al decidir cómo aplicar, caso a caso, las estrategias de gestión sobre jóvenes en riesgo. Sin embargo, el que ello ocurriera, posiblemente no impedía que la racionalidad de época impusiera sus formas. El contexto socio económico y su influencia sobre los modos de gestionar individualmente el riesgo eran reconocidos desde que el momento en que se decidía acompañar por medio de estrategias estatales a quienes no podían armar su proyecto de vida por sí solos; y las exigencias de activación y responsabilización individual correspondientes, no perdían su protagonismo. No obstante, y tal como se fue demostrando en la tesis, esta forma reconocida globalmente, adquiría algunos rasgos particulares en el caso argentino.

En lo que sigue, unas breves conclusiones generales, sumarizan los hallazgos y se caracteriza el modo local de gobernar a la juventud en riesgo a través de programas de prevención social del delito.


  1. Como en toda la tesis, los nombres usados son ficticios, así como también los de las otras personas nombradas en los relatos, como por ejemplo, Laura, para hacer referencia a la operadora principal del Programa.
  2. La actividad era como se le decía a las reuniones grupales semanales del Programa en el barrio.
  3. Con causas de menor me refiero a que tenía abiertas causas penales pero, dada su edad, regidas por la justicia de menores de edad.
  4. A comienzos de 2008 fue cuando se desarticuló el programa a nivel nacional y pasó al ámbito municipal; fueron dos o tres meses de mucha incertidumbre al interior de la implementación, pues no terminaba de quedar claro qué área del municipio se haría cargo de tener bajo su dependencia al Comunidades Vulnerables.
  5. Como reflexionaba Silvia Elizalde (2004) en su artículo “¿Qué vas a hacer con lo que nos preguntes?”, los y las jóvenes de sectores populares intervenidos de algún modo por las agencias estatales ya saben que nadie les pregunta nada que luego no tenga sobre ellos alguna consecuencia de traslado, más preguntas, nuevos cambios en su situación.
  6. Forma coloquial de indicar que, por un alto consumo de drogas el día anterior, alguien no puede mantenerse en pie ni mucho menos tener una conversación “seria” con otra persona.


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