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Apéndice metodológico

En este apéndice interesa dar cuenta, en extenso, del proceso de construcción y análisis de los datos utilizados en esta tesis, mi entrada y presencia en el campo, así como de los contextos en los que se desarrolló gran parte del trabajo de campo -especialmente el realizado en la implementación del programa Comunidades Vulnerables.

De la obtención y análisis de los datos

Con respecto a los 76 registros de campo utilizados, fueron confeccionados, en una primera instancia con esta estructura básica: la previa, el lugar y la actividad, la planificación, lo institucional y los emergentes. En la previa se registraban las situaciones con los/as jóvenes antes de comenzar la actividad, charlas con ellos/as, o charlas entre las operadora y ellos/as, o sus familiares, consultas por admisiones, o por temas particulares como seguimiento de causas, o de adicciones. El lugar y la actividad, describían dónde se realizaba el encuentro, ya que las locaciones no siempre eran las mismas. También señalaba el tema de la actividad y la metodología para encararla. En el siguiente ítem daba cuenta de las actividades que se preveían para el próximo encuentro y en lo institucional, las novedades que había al respecto y que impactaban en el funcionamiento del Programa: por ejemplo, imposibilidad de dar altas o bajas de beneficiarios, incertezas acerca de fechas de cobros, ausencia de referentes institucionales a quien solicitar asesoramiento o ayuda para el tratamiento de algunos temas o la obtención de recursos. Los emergentes fue el título que encontré para tomar nota especialmente de aquellas cuestiones que me resultaban significativas de los encuentros referidas, en general, a mis preguntas de investigación. Al registro n°17 (al segundo mes del trabajo) me di cuenta de que seguir este esquema ya no me servía, o más vale, no contemplaba lo que a mí me interesaba registrar (ya había entendido cierto funcionamiento rutinario básico). Debía dejar de escribir todo, para centrarme más en aquello que me interesaba especialmente y allí sí ser más descriptiva. Con el paso del tiempo los registros incluyeron textuales de los/as jóvenes que alcancé a anotar en los cuadernos y luego trascribir. Y cada vez más comenzaron a incluirse las historias de algunos/as de ellos/as que cobraron mayor protagonismo en el Programa. Fragmentos de sus vidas están plasmados en los registros y, recorriéndolos, podrían reconstruirse al menos media docena de historias.

Para analizar los datos que había volcado en los registros elaboré una matriz en la cual discriminé: aspectos institucionales del Programa como política pública (externos, e internos) con sus impactos en la implementación del mismo; perfil de los varones y las chicas participantes (edades, estudios, trabajos, hijos); prácticas e interacciones diferenciales según el género en el contexto de implementación del Programa -cómo ingresan y egresan los jóvenes, varones y chicas, en qué consiste y cómo se sostiene el compromiso personal que cada joven, mujer o varón, asume al ingresar al Programa; cómo se manejan chicas y varones en el espacio físico y la toma de la palabra; estrategias diferenciales según género para permanecer en el Programa, explicaciones sobre faltas o incumplimientos, negociaciones al respecto con la operadora; licencias especiales de las operadoras hacia mujeres o varones según su condición de género; acciones del Programa que consideren explícitamente la cuestión de género; expresiones de violencia en el marco del Programa (modalidades y espacios para desplegarla, razones que la ameritan según los/as jóvenes, acciones para abordarla desde el Programa). Un primer análisis de los datos se realizó en 2010, y otro en 2012 y 2013. Analizar los registros en dos oportunidades permitió re significar las interpretaciones, a la luz de la maduración del problema teórico.

Con respecto a las entrevistas a jóvenes, inicialmente había previsto hacer alrededor de 20, aunque como señalé finalmente se menos de la mitad, de carácter semi estructurado con nivel medio de espontaneidad de la interacción verbal y grabadas, previo consentimiento informado de los/as informantes sobre usos y fines de la entrevista (Marradi y otros, 2007: 217). La selección de jóvenes a entrevistar no fue programada ni sistemática, más vale guiada por las relaciones de cercanía que iba estableciendo con los/as jóvenes. El proceso de entrevistas tuvo mutaciones y no fue sencillo. Cuando comencé a hacerlas sólo tenía conmigo algunas pautas, temas que me interesaba tocar, por ejemplo, cómo había sido el inicio de la participación en el Programa, qué esperaba de él, qué expectativas se cumplían, para que le servía, etc. Sin embargo esa modalidad (que buscaba generar un clima más distendido que el generado con un auditorio) no me permitía llegar a tratar temas de mi interés con profundidad. También sucedió que de los/as jóvenes no estaban acostumbrados/as a preguntas sobre sus percepciones de las cosas, o a dar respuestas más extensas sobre los temas que yo les preguntaba. Me di cuenta, a la tercera entrevista, que tenía que darle más forma a mis entrevistas. Entonces comencé a usar una guía de preguntas que servían de formulario de admisión del Programa, al que le incluí, en acuerdo de la operadora del Programa, otras preguntas referentes al proceso de participación y algunos ejercicios en los cuales tenían que completar frases o definir si estaban en acuerdo o desacuerdo con ciertas afirmaciones que yo les proponía. Cuando cité a esta segunda tanda de jóvenes para entrevistarlos/as les aclaré que la entrevista tenía el doble propósito de oficiar de admisión o seguimiento del Programa y también de conocer otros aspectos y opiniones de ellos/as en relación a la participación en un Programa como este. Estas entrevistas fueron realizadas, a diferencia de las anteriores que habían sido en el barrio, en la oficina del la Dirección de donde dependía el Programa. Esta diferencia, sumada al hecho de tener la pauta de entrevista impresa, le dio a la instancia de charla una formalidad mayor y también le concedió una suerte de espacio para la reflexión, mayor al que podía encontrar unos minutos antes o después de las actividades en el barrio. Si bien las entrevistas fueron grabadas no fueron puestas a disposición del equipo técnico, ni los audios ni sus desgrabaciones.

Fueron citados para estas entrevistas casi 20 jóvenes, pero sólo logré que asistieran 5. Quizás el hecho de que supieran que no era excluyente del Programa el asistir a la entrevista, o que las oficinas donde las realizaba estuvieran en el centro del municipio, a 15 cuadras fuera del barrio, o que simplemente no tuvieran ganas o sintieran vergüenza influyeron en que este método tampoco fuera muy efectivo. En cierto sentido también fui dándome cuenta de la diferencia que existe entre las “expresiones dadas” y las que emanan del individuo. En palabras de Goffman (1994), era necesario “chequear con los aspectos ingobernables la validez de lo trasmitido intencionalmente”. Así, comencé a complementar las informaciones de las entrevistas con mis observaciones y mis registros. Finalmente no insistí, en la primera etapa del trabajo de campo, con la realización de entrevistas a jóvenes -cuya concreción era muy dificultosa- porque comencé a notar que los testimonios surgidos de esta técnica no eran más ricos que lo que yo escuchaba y veía en las actividades del Programa, o en las charlas informales sin grabador de por medio.

Para analizar las entrevistas a las y los jóvenes fueron volcadas en un cuadro que registraba tres conjuntos de categorías de análisis, además de los datos socio demográficos. Todas las categorías se subdividían a su vez según se trataran de respuestas de chicas o de varones. Un primer conjunto se relacionaba principalmente con la implementación del Programa e incluyó: utilidad del Programa para cada joven, razones para la participación; contraprestaciones requeridas para cada joven y estrategias para cumplirlas; representaciones y usos del plan; tipos de ayuda que requieren; nociones sobre el Estado y su rol. El segundo conjunto de categorías se centró sobre el delito, entonces se sistematizaron representaciones sobre trabajo, delito, planes y otras formas de conseguir ingresos, y motivaciones válidas e inválidas sobre el delito; representaciones sobre las instituciones de encierro, las situaciones de irregularidad frente a la ley; y las ideas en torno a las razones por las cuales los/as jóvenes, los/as propios/as entrevistados/as o sus pares están en situaciones de vulnerabilidad social. Finalmente se agruparon categorías en torno a aspectos de la vida cotidiana de las y los jóvenes que excedían el marco del Programa: representaciones sobre el prestigio y el respeto; ideas y acciones en pos de la conformación de un proyecto de vida alternativo al delito, y trayectorias fallidas con respecto a aquel; visiones sobre sí mismos/as, y sobre el grupo de pares; usos del cuerpo, de la fuerza física; usos del tiempo libre; adicciones. En el nivel de análisis no siempre estas categorías fueron utilizadas considerando estos grupos que menciono. Más vale se tomó información resultante de esta matriz para aplicar a la conformación de respuestas a las preguntas de la tesis.

Con respecto a la vinculación entre técnicas de recolección de datos y contextos de producción de los mismos, me interesa explicitar que fui consciente de que toda observación de sujetos -cuando no hablamos de observaciones tipo cámara gesell- genera un efecto; ellos saben que una está allí, y que con una u otra intención los/as observa y los/as evalúa. Y ante esas condiciones de observación actúan de una forma particular, es decir, reaccionan. Lo mismo sucede en la situación de entrevista aún de forma más específica. Guber (1991) insiste con que el investigador no es el único estratega, y que en el proceso de conocimiento se dará una interacción, diferenciación y reciprocidad entre la reflexividad del sujeto congnocente y la de los actores o sujetos/u objetos de la investigación. Según Marradi (2007: 1999) la reactividad es la tendencia de los actores a modificar sus comportamientos habituales como consecuencia de saberse observados. En realidad, señalan la observación participante “es hiperreactiva pero conlleva la oportunidad de que un observador experimentado logre la confianza y empatía suficientes como para diluir los efectos de la reactividad a lo largo del tiempo” (Marradi, 2007). Ahí radica, entonces, otra de las ventajas de la técnica.

De mi entrada al campo

Mi entrada al campo fue facilitada por una colega que me contactó con la agente encargada de implementar el Programa en un barrio del conurbano bonaerense. Conseguí dicho contacto luego de que los entablados con la coordinación nacional del Programa no me permitieran acceder al campo. El primer contacto personal con las operadoras del barrio fue en un bar de Avellaneda en octubre de 2007. Luego siguieron dos visitas al campo en 2007. En 2008, luego de algunos contactos por teléfono y correo electrónico comencé a participar de las actividades el 12 de marzo, dos veces por semana, ambas con los y las jóvenes, los miércoles y viernes por la mañana. Como era incierta la dependencia del programa para ese entonces -estaba en plena desarticulación su inserción nacional- empecé a participar con el aval de las operadoras.[1] La coordinación nacional estaba al tanto pero no había aprobado formalmente mi participación. Luego, ante las autoridades municipales, la agente encargada de la implementación en uno de los barrios me presentaría como parte del equipo, acordado previamente con Nación (RC 4). Ante el grupo de jóvenes fui primero presentada muy generalmente como alguien que venía del Ministerio a conocer el programa. Luego, mi presencia fue asociándose más a la de una de las operadoras, la trabajadora social, como la segunda de ella, quien quedó sola a cargo de la implementación en el barrio cuando la otra agente, una psicóloga, fue trasladada a otro programa del barrio. Si bien durante las primeras dos semanas sólo observaba las actividades, o acataba alguna cosa pequeña a la charla, las operadoras me mantenían al tanto de las actividades que iba a hacer. Cuando la psicóloga se fue al otro programa mi rol cambió porque la agente que quedó a cargo me hizo lugar para que participara más, diseñara las actividades con ella, e interactuara con los jóvenes de una forma más cercana. Ella desde el comienzo del contacto mostró más interés que la otra por mi presencia allí y por el proyecto que tenía. Desde que entablé el contacto siempre fui al barrio con la operadora y me fui con ella. Al mes de comenzar a ir al barrio me invitó a diagramar con ella las actividades. Ella se refería a mí como si fuera parte del equipo y me incluía en las consideraciones hacia los chicos, me permitía estar en las entrevistas con chicos o con familiares, y me invitaba a cuanta reunión en el municipio la convocaran. Allí estaban al tanto de que tenía una beca de CONICET y nombraban mi trabajo como una “pasantía”. El lugar que me dio la operadora hizo que los jóvenes me reconocieran como una del equipo. Si no la encontraban a ella me daban a mí explicaciones de porqué no podían quedarse, planteaban delante de mí situaciones particulares que le contaban a la agente, y no encontraban objeciones para que yo esté en las entrevistas personales. En algunas ocasiones, sobre todo al principio, recibí preguntas de parte de ellos sobre qué cosas yo quería saber, qué investigaba, quién me pagaba, si recibía planes sociales como ellos o si cobraba como la agente (RC 6, RC 31, RC 11). Yo le explicaba que estaba haciendo una investigación para conocer cómo era el programa y que trabajaba para la universidad. Luego de dos meses de ir todas las semanas al barrio la agente me permitió acceder al archivo del programa en el barrio, a trabajos anteriores realizados por las y los jóvenes, a las entrevistas de admisión, etc. (RC 10). Al advertir que en la práctica me había convertido en parte del equipo, tomé esa situación como parte de las condiciones de la investigación y traté de diluir la novedad de mi presencia, convertirme en parte de la cotidianidad. Por eso estuve casi dos años en el campo intentando diluir la reactividad de mi presencia.

Si bien no estudié las influencias de mi condición de clase, género y edad, sí tengo algunas sensaciones que puedo compartir aquí.[2] Mi sensación es que me veían como parte del equipo (me avisaban porqué habían faltado; me pedían algún consejo) por mi condición de clase (educación, no vivir en el barrio) pero sobre todo por entrar y salir con las operadoras (la investigación siempre en el contexto del programa). Yo trataba de distanciarme explicándoles que trabajaba para la universidad, pero no creo que eso haya hecho mucha diferencia. Igual ellos sabían que no tomaba las decisiones importantes. Me ubiqué como adulta y les di datos de mis condiciones sociales: sobre mi trabajo, mi edad, que no estaba casada ni tenía hijos. Me relacioné con ellos desde la pregunta por sus vidas, más que controlándolos o sancionándolos (así también intentaba diferenciarme de las operadoras). Sobre mi condición de mujer, adapté mi apariencia como normalmente una lo hace según en qué contexto interactué aquí sin escotes ni polleras. Usé mi condición para hablar con las chicas de relaciones con varones o de sexualidad, pero no creo que haya sido sustancial la influencia. La mayor influencia en las interacciones conmigo fue mi relación con la operadora, más que G,G,C; pertenecer al sector dominante encarnado por la institución / hegemónico (adultez e institucionalidad).

Caracterización del barrio y la población

Una caracterización completa y compleja del Programa y de sus beneficiarios/as requiere una descripción del territorio cuya implementación estudiamos. Por ello ofrecemos aquí algunos datos socio demográficos de la llamada en esta tesis Villa Los árboles que fueron provistos por la Dirección de Inclusión Social del Municipio y corresponden a un censo que hizo la jurisdicción en 2004.[3]

Villa Los árboles está ubicada en el área central de un partido del sur del Gran Buenos Aires. Comenzó a poblarse lentamente desde comienzos del siglo XX con los operarios de varios frigoríficos aledaños y con trabajadores portuarios. El asentamiento ocupa unas 30 hectáreas, presenta un tejido compacto, con estructura interna de pasillos a través de los cuales hay distribución precaria de agua de red y de energía eléctrica. Sólo hay pavimentos en las calles que conforman los diferentes bordes y la calle principal que la cruza. Prácticamente todas las zonas del barrio son atravesadas por vías ferroviarias usadas para transporte de cargas. Aunque el barrio está ubicado a 10 cuadras del centro del partido no hay transporte público de pasajeros sobre las avenidas y calles aledañas al barrio.

La población de Villa Los árboles es de 7.039 personas, que conforman 1917 hogares. La distribución por sexo es pareja para hombres y mujeres. Con respecto a la nacionalidad es primordialmente argentina en un 94%, el 4,9% es paraguaya y el 1,1% restante agrupa peruanos, uruguayos, chilenos, bolivianos, y brasileños. En cuanto a la distribución por edad el 84,8% de la población tiene menos de 45 años y el 46,2% es menor de 17. El 39,5% de la población tiene entre 13 y 34 años.

Para el 2004, el desempleo trepaba al 40% y ocho de cada diez hogares estaban debajo de la línea de la pobreza. El 46,2% de las familias contaban con algún miembro beneficiario de planes sociales. Sobre los jefes de hogar el 62,1% son varones y el 37,9% mujeres. En cuanto a las edades, el 50% de los jefes son adultos jóvenes de entre 25 y 44 años. En relación a la condición de actividad, el 86,3% es activo (entre ellos, el 63,3% está ocupado y el 23% desocupado) y el 12,7% es inactivo. El mayor porcentaje de jefes de hogar desocupados se concentra en el grupo de 18 a 24 años con el 27,7% para la franja de 25 a 44 es del 19,8%, y para el grupo de 45 a 64, de 25,4%. El 72,1% de los hogares de Villa Los árboles es pobre, y de esos el 38,4% se encuentra debajo de la línea de indigencia. En el 64,3% de las viviendas se viven en condiciones de hacinamiento. El máximo nivel de instrucción de los jefes/as de hogar es, para el 80,2%, primaria completa.

Los/as jóvenes beneficiarios/as

En lo que sigue aporto datos socio demográficos de los varones y de las chicas que transitaron el Programa durante mi trabajo de campo, entre noviembre de 2007 y septiembre de 2009. El saber que alternan changas con prácticas delictivas no es un dato que ellos volcarían en una encuesta. Sin embargo es una información que obtuve a partir de conocer parte de sus trayectorias -fruto de verlos/as semana tras semana y de charlar con ellos y ellas. También los datos que aquí presento fueron recopilándose periódicamente en un cuadro de seguimiento de los/as jóvenes realizado por el equipo de implementación del Programa.

El grupo al que me refiero en esta tesis se componía de 46 jóvenes, todos/as argentinos/as, 31 varones (67%) y 15 mujeres (33%) de las cuales 10 ingresaron en la segunda mitad de 2008. El promedio de edad del grupo era 22 años (tenían entre 16 y 33 años).

El nivel educativo para chicas y varones era parejo, con una leve superioridad de las mujeres. El 56% de ellas y el 61% de ellos alcanzaron nivel de primaria incompleta; el 31% en ellas y el 26% en ellos representaba los que terminaron la primaria (de 7 o 9 años dependiendo del período en que recibieron formación y los planes educativos vigentes); y el 13% en ambos correspondía a quienes comenzaron la secundaria pero no la terminaron. Ninguno concluyó los estudios secundarios. Cuando terminé mi trabajo de campo sólo 1 joven, varón, estaba cursando el último año.

Todas las chicas eran madres o estaban embarazadas y el 35% de los varones tenían hijos/as (aunque no todos los tenían a cargo).

Antes de dar cuenta de la situación laboral debo hacer una aclaración. A partir de mediados del 2009 -cuando yo hacía aún mi trabajo de campo- se comenzó a implementar desde el Ministerio de Desarrollo Social Nacional en conjunto con el Municipio, el programa Nacional Argentina Trabaja. Por medio de éste se preveía incluir, en cooperativas a desocupados, preferentemente jóvenes, en tareas de mantenimiento barrial (de espacios verdes, limpieza de calles, etc). Los y las interesadas debían reunirse en cuadrillas de 16 personas que serían organizadas y dirigidas por el área de Obras Públicas del Municipio. Cada participante cobraría 1100$ aproximadamente y tendría asignaciones familiares y obra social; el trabajo sería en el barrio, de lunes a viernes, durante 7 horas. Cuando la propuesta llegó al Municipio se ofreció al Programa seleccionar a 16 candidatos/as que debían completar la documentación requerida, ser aceptados/as y comenzar a trabajar. Finalmente comenzaron a trabajar en esta modalidad 6 varones y una chica que participaban del Programa. Sólo uno de ellos no cumplió con la asistencia y luego de cobrar su primer sueldo fue excluido de la cooperativa.[4] Aclaro esta situación porque de no mediar la implementación del Argentina Trabaja los valores de inserción laboral de las y los jóvenes serían aún más bajos. Sin embargo, durante la mayor parte de la generación de mis datos ese programa no existió; las condiciones de precariedad laboral y desempleo se hacen evidentes en mis análisis.

En relación a la situación laboral el 81% de las chicas y el 58% de los varones no tenían trabajo ni mencionaron changas. Sin embargo, considerando que la totalidad de las chicas tienen hijos o están embarazadas deberíamos relativizar ese 81% de “no trabajo”. Ninguna de las chicas vive sola: tienen, o pareja o familia, y la mayoría de ellas consigue recursos de ayuda social ya sea a través de mercadería o montos de dinero en tarjetas para comprarla. El 23% de los varones estaba incluido en trabajos formales (de los 7 que forman ese 23%, 6 de ellos en las “cooperativas” municipales), y las chicas sólo el 6% (1, en la “cooperativa”). Con trabajo informal pero estable sólo había 1 varón y ninguna chica. En changas, cartoneo, cuida coches, etc. ubicamos a un 16% de los varones y a un 13% de las mujeres.

Con respecto a la situación judicial de los/as jóvenes durante mi trabajo de campo, establecí 5 condiciones, pero que sólo pretenden ilustrar la situación de una manera simplificada ya que no es un eje central de mi investigación dar cuenta de su situación frente a la ley. Las condiciones eran preso/a, los/as que estaban presos/as; estuvo en prisión (condenado/as), que había estado pero ya había salido; causas abiertas y cerradas, especialmente aquí entraron los/as que tienen o tuvieron causas de menores o de mayores, y que pueden o no tener prácticas delictivas en la actualidad; prácticas delictivas conocidas, no suelen llevar al inicio de causas o detenciones; limpio/a, aquel o aquella que no se le conocen prácticas delictivas, que quizás sólo tuvieron alguna detención por menor, o alguna averiguación de antecedentes. Muchos de ellos/as podrían entrar en varios tipos y posiblemente durante el tiempo de la investigación hayan pasado de una a otra. Al conocer a cada uno/a particularmente me permito hacer una suerte de promedio o de preeminencia sobre sus trayectorias judiciales.

Durante el trabajo de campo 5 varones fueron detenidos y encerrados (y no salieron, al menos, hasta que cerré el período de campo); 2 varones y 1 chica habían estado antes en prisión; 11 varones y 2 chicas tenían causas pendientes o cerradas, y muchos de ellos podrían estar cometiendo prácticas delictivas; 5 varones y 6 chicas tenían prácticas delictivas conocidas; y 8 varones y 6 mujeres podían considerarse limpios si con ello establecemos que sólo estuvieron en comisarías por averiguación de antecedentes, o durante chicos en algún instituto de menores sin registrar reincidencias.


  1. La desarticulación del programa a nivel nacional generó mucha inestabilidad en la dinámica cotidiana de la intervención estudiada y también preocupación de mi parte sobre la factibilidad de la investigación. No obstante, esta situación de incertidubre me obligó a afilar el problema teórico de modo de superar la focalización en el referente empírico en caso de que fuera necesario.
  2. Agradezco a Daniel Jones, jurado de mi tesis de maestría, el señalamiento sobre este aspecto no mencionado en aquella instancia. Su sugerencia me invitó a reflexionar explícitamente sobre el tema, aunque debido a que muchos de los datos ya habían sido construidos me fuera difícil considerar esa variable en el análisis a posteriori.
  3. Son datos que componen el informe que el Municipio hizo según requerimientos del programa de Mejoramiento Barrial (Dirección de Inclusión Social, 2006).
  4. Ya luego de finalizado mi trabajo de campo se puso en marcha otra cooperativa en la que ingresaron la mayoría de las chicas que estaban bajo Programa.


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