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6 Linaje y futuro de la generación Ni Una Menos

María Florencia Alcaraz, Agustina Paz Frontera,
Mariana Paterlini, Colectivo Ni Una Menos

En 2017 un grupo de 5to año de la escuela secundaria “Lenguas Vivas” ubicada en la Ciudad de Buenos Aires decide elegir como “disfraz” de su fiesta de fin de curso un traje verde abortero: corpiño con lentejuelas, bombacha con flecos y las bocas tapadas con el trozo de tela triangular verde que en la Argentina simboliza la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito desde hace más de una década. La foto de las egresadas que circuló en las redes sociales es apenas una estampa de la generación NUM, que va camino a su cuarta promoción. ¿Qué hay hacia adelante y hacia atrás de esta foto? ¿Qué ha pasado de particular en la historia argentina para que un grupo de mujeres jóvenes logre usar como prenda festiva dentro de una institución estatal el símbolo de una lucha que forma parte del movimiento de mujeres y de los derechos humanos, y que es rechazada por las y los representantes del poder tradicional, desde la Iglesia hasta el Congreso? ¿Qué respalda a la generación NUM?

Una brújula para navegar la marea feminista

La brújula para saber qué ocurre en el movimiento de mujeres, lesbianas, travestis y trans está en los Encuentros Nacionales de Mujeres (ENM) que se realizan desde hace 33 años de manera federal, itinerante, horizontal y autogestiva y que, muy recientemente, han comenzado a ser nombrados de hecho como Encuentros Plurinacionales de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans. Los Encuentros son una de las más importantes demostraciones y experiencias del activismo feminista en Argentina. El primero fue en 1986 y, entre otras mujeres, participaron Madres de Plaza de Mayo. El linaje de la generación NUM incluye, sin dudas, la tradición de la lucha por los derechos humanos que en estas latitudes tiene a referentes como las Madres y las Abuelas.

La generación NUM no surge únicamente tras el acontecimiento callejero y multitudinario que tomó el espacio público y virtual el 3 de junio de 2015 frente al Congreso de la Nación y en más de 120 ciudades de todo el país, y que se replicó en Europa, América Latina y el Caribe traspasando los límites geográficos de la Argentina. Tampoco surge de 140 caracteres compartidos en la red social Twitter. Esta generación es heredera de ese activismo tenaz y persistente que se consolidó, principalmente, en los ENM, y que, a la vez, potencia la transversalidad que caracteriza el movimiento.

La transversalidad del movimiento feminista en la Argentina es un componente clave para la producción del acontecimiento y la consolidación de un sujeto político colectivo subestimado y omitido durante mucho tiempo, que se coloca como la oposición a un gobierno neoliberal, que basa sus políticas en la profundización y la producción de la fragmentación y la precariedad como elementos disciplinadores, junto a acciones graves de represión de la protesta.

En la Argentina, como en otras geografías, durante 1990 se implementó una serie de reformas de carácter neoliberal que, entre sus consecuencias, contribuyeron a corroer el rol del Estado, a profundizar el grado de vulnerabilidad social de los sectores tradicionalmente débiles y a fomentar una cultura de apatía en materia de participación ciudadana. A partir de 2002, el cambio de gobierno implicó la apertura de una década de transformaciones sociales tendientes a la consolidación de derechos de la población en general, en la que las agrupaciones políticas encontraron espacios de emergencia para su accionar. El movimiento feminista, partícipe de este tiempo, funcionó y funciona como receptáculo de lxs sujetxs sociales emergentes que no encuentran respuesta en los espacios políticos tradicionales. Por ejemplo, en 2002 ingresaron a los ENM las piqueteras, las asambleístas y sindicalistas, de modo que permearon su composición.

A partir de 2015, ante el disciplinamiento social del gobierno de Cambiemos que se manifiesta como una reconfiguración del “terror económico”, el movimiento feminista avanzó sobre su crítica mediante la reapropiación de lo político por medio de prácticas de tipo callejeras, asamblearias y participativas. Incluyó los partidos tradicionales, los sindicatos y trascendió sus fronteras. Supo incorporar las bases territoriales en sus movimientos y encontrar eco en otras experiencias latinoamericanas, y así otorgó carácter regional a sus movilizaciones.

El modelo aplicado en la Argentina en la década de 1970, bajo la dictadura cívico-militar, fue repetido durante los gobiernos democráticos durante la década de 1990 y en la actualidad funciona de forma coordinada en la casi totalidad de la región latinoamericana y en varios países alrededor del mundo. Como reflejo de la transnacionalidad del neoliberalismo, el feminismo actual propone una transnacionalidad de la resistencia. El movimiento NUM da cuenta de este proceso de apertura y articulación.

Post NUM, el XXX Encuentro Nacional de Mujeres realizado en Mar del Plata tuvo 65.000 participantes aproximadamente: el número más alto en la historia de los ENM, y 25.000 mujeres, lesbianas, travestis y trans más que el año anterior. Ese número aumentó en Rosario 2016 con 70.000 participantes, se sostuvo en Chaco en 2017 y en Trelew 2018 contó con la participación, novedosa por lo masiva, de miles de mujeres y disidencias jóvenes y adolescentes, que comenzaron a pensar el feminismo desde 2015 y se sumaron a sus filas con mayor compromiso a partir de la euforia contagiada durante la lucha por la interrupción legal del embarazo a partir de marzo de ese año.

Es también en el marco de los ENM que tiene sus simientes la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, específicamente en los encuentros realizados en Rosario en el año 2003 y en el XIX ENM de Mendoza en 2004.

Más de una docena de años de activismo dentro del movimiento de mujeres organizado son el suelo sólido que sostiene que, luego de la masificación del feminismo que produjo NUM, un grupo de adolescentes vista de verde aborto para festejar su cambio de ciclo. El respaldo es local e internacional.

Cuando la tierra tembló

El 26 de marzo de 2015 fue la primera acción pública del colectivo NUM: una maratón de lecturas contra los femicidios convocada en Buenos Aires por un grupo diverso de escritoras, periodistas, investigadoras académicas y artistas –en su mayoría mujeres y lesbianas, pero también con la presencia de varones–. La acción coincidía con dos hechos: por un lado, se cumplían diez años de la desaparición de Florencia Pennacchi (estudiante de Economía desaparecida en la Ciudad de Buenos Aires en 2005) y, por el otro, días antes había aparecido en una bolsa de arpillera en Lavallol el cuerpo de Daiana García, una joven de 19 años que había ido a una entrevista laboral, junto con el desprecio mediático por su vida.

La irrupción de NUM respondió a un desconcierto generalizado: personas con tradición en el feminismo y los derechos humanos y, especialmente, personas que provenían de otros ámbitos de activismo, o ajenas a cualquier militancia, entraron de lleno al conocimiento y la acción de los temas propios de la agenda de las violencias hacia las mujeres. Esta inyección de nuevas identidades políticas en el concierto de los discursos y manifestaciones del activismo feminista produjo un sismo, una renovación y una expansión del fenómeno.

La maratón de lecturas buscaba mencionar la crueldad con la que los cuerpos feminizados eran llevados hasta la muerte y la irresponsabilidad cómplice con la que los medios de comunicación tradicionales cubrían esos acontecimientos. Era necesario imaginar nuevas lenguas y nuevas narrativas para sacar la denuncia del ámbito sesgado de lxs ya comprometidxs, y en este sentido las redes sociales y el dispositivo de mediatización de los mass media fueron una llave que abrió un portal insospechado: para el 3 de junio de 2015 no había una escuela en el país que no tratara el tema, no había institución pública que no hubiera pegado un cartel casero con alguna ilustración alusiva –la nenita con el puño en alto, dibujada por el humorista Liniers, fue una de las piezas más divulgadas–, lxs famosxs pedían a sus agentes de prensa que les sacaran fotos con el cartel, lxs políticxs se pronunciaban y prometían proyectos que paliaran la inclemencia de lo que para las mentes menos avispadas era una “pandemia” o un “flagelo”.

Ni “pandemia” ni “flagelo”: patriarcado. El acontecimiento callejero tuvo como mensaje más potente y transformador “No estamos solas”, una traducción de “Lo personal es político” de la segunda ola.

Desde entonces, se ha registrado una baja de la tolerancia a la violencia machista, que se observa en el aumento de las denuncias tanto en las instituciones como en redes sociales, sintetizadas en frases como “Ya no nos callamos más” o, más recientemente, “Mirá cómo nos ponemos”. Un ejemplo de este fenómeno fue lo que sucedió en la línea 144, que recibe llamados de víctimas de todo el país: pasó de 1.000 consultas diarias a 13.700 aquel 2015 del estallido. Ese año el 0800 porteño de atención tuvo una demanda 300 por ciento mayor. El problema con que se encontraron –y se encuentran– esas mujeres que intentan romper el círculo de la violencia es que, en general, los mecanismos del Estado no se han transformado como ellas, ni han dado respuesta a la demanda por NUM. Se encuentran con el neoliberalismo.

Además del aumento de las denuncias, el NUM amplió los históricos márgenes del activismo y dejó también un saldo organizativo: un desborde en experiencias de cuidado feminista y solidaridad entre mujeres que se multiplican a lo largo y a lo ancho del país. El eslogan “Estamos para nosotras” simplifica esta idea. Se construyeron diferentes espacios de reunión entre las feministas y las mujeres que no se encuentran dentro del movimiento feminista.

Sobre esta misma potencia amplificadora fue que se tejió el primer Paro Nacional de Mujeres el 19 de octubre de 2016, tras el femicidio de la joven marplatense Lucía Pérez y la represión del Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario. Una multitud se encontró convocada por el colectivo NUM en el patio de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP). En asamblea se decidió hacer una huelga durante dos horas. “Si mi vida no vale produzcan por mí”, dijeron las mexicanas que se plegaron a acompañar la acción de Argentina, entre otros países de la región.

Hablar de “paro” también operaba como disputa de sentidos históricamente reservados a los sindicatos, donde la mayoría de los dirigentes son varones. Los grandes medios intentaron obturar esa palabra que ponía en evidencia el valor productivo y reproductivo invisibilizado hablando de “miércoles negro”. El 19 de octubre llovió y la imagen de los paraguas infinitos en la Plaza de Mayo recorrió el mundo. Esa foto fue la antesala para la construcción del Paro Internacional de Mujeres el 8 de marzo de 2017. Otra vez la narrativa feminista: esta acción recuperó el sentido del Día de la Mujer Trabajadora. Los 8M de 2017 y 2018 en más de 50 países las mujeres pararon, en una demostración de fuerza y organización sin precedentes.

Uno de los efectos más rotundos de los programas de ajuste estructural del proyecto neoliberal es el crecimiento del trabajo gratuito de las mujeres en el hogar, resultado directo de los recortes de las políticas sociales por parte del Estado. El feminismo del siglo XXI ha entendido que el capitalismo neoliberal, en estrecha alianza con los patriarcados, priva de derechos conquistados a las mujeres, diversidades y disidencias sexuales. Está articulando nuevos espacios de subordinación, incrementando la explotación y feminizando la pobreza. Los paros de 2016, 2017 y 2018 expandieron estas nociones trabajadas por la economía feminista. El resultado fue un creciente e instrumental aumento de la violencia contra las mujeres con el objetivo de que acepten su nuevo rol en las nuevas sociedades capitalistas y patriarcales. El Estado respondió con represión y violencia, especialmente en el Paro de Mujeres de 2017 en Buenos Aires, cuando hubo mujeres y lesbianas perseguidas, arbitrariamente detenidas y golpeadas. Transformar de raíz las políticas neoliberales y patriarcales se convirtió en uno de los objetivos de la lucha feminista porque estas devinieron la causa fundamental de la feminización de la pobreza.

Conquistar espacios y agendas

Los años posteriores al NUM fueron arduos en estrategias para mantener dentro del movimiento tanto a quienes recién ingresaban al feminismo conmovidxs por “la ola de violencias”, por el duelo y el grito común, como a las organizaciones y espacios de militancia que llevaban muchos años discutiendo y accionando sobre los derechos de las mujeres, diversidades y disidencias sexuales. Un lento proceso hasta comprender que los femicidios son el brote visible de una raíz subterránea (la metáfora del iceberg recorrió las redes), que hay violencias cotidianas que preceden a la violencia física y desconocen diferencias de clase, etnia, cultura, edad. NUM, un movimiento que algunos advenedizxs tildaron de apolítico, comenzó a instalar en agenda el machismo generalizado que atraviesa todas las sociedades. No es un varón suelto, es el patriarcado. No es un golpe, es la brecha salarial, es el trabajo no remunerado, es la pobreza, la racialización. Aborto, lesboodio, violencia institucional, acoso laboral, xenofobia, racismo, amor romántico, noviazgos violentos, la trama económica de las violencias, migración, sindicalismo… NUM incluyó de a poco un abanico de temas que excede con creces aquel primitivo “No queremos que nos sigan matando. Ni una menos”, y desarrolló de forma colectiva una genealogía comprensible para todo público de las violencias que acaban en femicidios.

En esta batalla colectiva, la generación NUM señala a los Estados cada una de las políticas que por acción o por omisión producen violencias o dan el marco de posibilidad para las violencias hacia mujeres y disidencias. Y así se hermanan luchas, porque desde el momento en que se hace visible que se trata de un sistema político, económico, cultural y social el que construye las identidades machistas, se identifican otrxs sujetxs políticxs que también padecen las consecuencias del mismo sistema excluyente, desigual y opresor. Indígenas, migrantes, negras, trabajadoras sexuales, obreras, estudiantes, niñas y adolescentes, discapacitadxs, sindicalistas, trabajadorxs precarizadxs, trabajadoras domésticas, jubiladas y un largo etcétera que da cuenta de la fortaleza y el potencial crítico de un movimiento que es mucho más que denuncias a varones golpeadores.

“El Estado es responsable”, decía la bandera que encabezó el 3 de junio de 2017. Podría haber dicho “El Estado neoliberal es responsable”. Es responsable de no prevenir ni asistir, de bajar el presupuesto destinado a contener víctimas o posibles víctimas, de no poner en práctica la Ley de Educación Sexual Integral, de no informar acerca de la interrupción legal del embarazo o garantizar los derechos de quienes quieren y pueden abortar, de bajar salarios, pensiones y jubilaciones, lo que favorece contextos de dependencia y violencia. El Estado es responsable y, en especial, el gobierno que lo conduce. El presupuesto nacional de 2019, el que busca el “empoderamiento” de las mujeres –de acuerdo con el macrismo–, dedica menos del 1% a reducir la brecha salarial. La cifra destinada al Instituto Nacional de las Mujeres desciende significativamente por segundo año consecutivo, al igual que la partida asignada para el Plan Nacional de Acción para la Erradicación de la Violencia contra las Mujeres.

Cuando Mauricio Macri llegó al gobierno, el feminismo ya estaba ahí, por eso su “género friendly style” es como una performance de adaptación al nuevo mundo. La potencia del feminismo es tal que obliga a posicionarse, el gobierno neoliberal ha decidido ante esto apropiarse de la lengua del feminismo. El movimiento feminista local, regional y mundial condiciona el estilo y el discurso político de los gobernantes y funciona como barrera de contención del despojo de políticas públicas de inclusión e igualdad de género a las que apunta el neoliberalismo que practica.

Puede llamarse NUM o un “feminismo para el 99 por ciento”, como lo caracterizan las académicas norteamericanas. La certeza es que es un movimiento de resistencia creativa y, como tal, un movimiento con futuro y con detractores cada vez más organizados.



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