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9 El feminismo como contrahegemonía
al neoliberalismo[1]

Hacia la construcción de un feminismo radical y plural en Argentina

Malena Nijensohn

El año 2015 marca un punto de inflexión en la historia del feminismo en Argentina. La escalada de femicidios y su aparición en los medios de comunicación masiva ponen en el centro la consigna “Ni Una Menos” (NUM), una demanda contra las violencias hacia las cis-mujeres y su máximo exponente, el femicidio. El 3 de junio de ese año medio millón de personas se congrega en las plazas centrales de cada ciudad del país –una cifra inimaginable en ese entonces para una movilización feminista–. Una multitud ocupa el espacio público para manifestarse en contra de la violencia machista que lleva a cientos de miles de mujeres a la muerte, generalmente en manos de su pareja o expareja. Un grito común moviliza a una multitud que ocupa el espacio público para manifestarse, aunque no esté del todo claro ni, por supuesto, estemos todxs de acuerdo, en qué significa y cómo se trazará la continuidad de este acontecimiento.

Querría reflexionar acerca de las derivas de lo que se gestó aquel 3 de junio de 2015. Mi hipótesis es que en los últimos tres años los feminismos lograron articular una lucha conjunta que hoy se muestra como un sector con la potencia para oponer resistencia a las políticas neoliberales de precarización. Sin embargo, considero que en 2018 se operó un giro que nos fuerza a repensar hacia dónde está yendo el feminismo y sobre eso querría volver hacia el final de este trabajo. En primer lugar, voy a conceptualizar en qué sentidos sostengo que se puede llamar a este un feminismo radical y plural y, a partir de allí y en segundo lugar voy a analizar en qué aspectos este puede pensarse como un feminismo popular y antineoliberal. Finalmente, señalaré algunos riesgos de nuestros feminismos contemporáneos.

Por un feminismo radical y plural…

Retomando el concepto de democracia radical y plural de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe (2010 [1987]), llamo radical y plural a aquel feminismo que comprende la inerradicabilidad del antagonismo y la transitoriedad de toda configuración política y social y, a partir de allí, se propone construir una alternativa de izquierda fundada en el trazado de articulaciones equivalenciales con otras luchas. Así, este feminismo no parte de una identidad sino de la comprensión de que la desigual distribución de la precari/e/dad es compartida y, por lo tanto, entiende la vulnerabilidad como sitio de las alianzas y motor de la lucha política.

De alguna forma, el NUM, es decir, la lucha contra los femicidios, en principio una consigna entre otras, una particularidad diferencial, se divide para transformarse en representación de una universalidad que la trasciende –el feminismo– sin dejar de ser una particularidad. Así, opera como punto nodal que dota de sentido la configuración y logra articular los distintos eslabones en una cadena equivalencial, lo cual, a su vez, transforma tanto los particularismos que ingresan a la configuración como la propia demanda. NUM es un significante vacío en la medida en que articula demandas feministas para configurar un movimiento unificado que, como totalidad, es imposible pero que, como lugar vacío, produce efectos significantes.

Considero que hay, de 2015 a 2018, una resignificación de aquello que aglutinó a este feminismo, un corrimiento o, mejor dicho, una ampliación tanto de las problemáticas que reúnen a los diferentes feminismos en movilizaciones conjuntas como de las subjetividades que importan (retomando la terminología butleriana) a este colectivo. Por un lado, hay un desplazamiento de la figura del femicidio hacia una red de violencias más amplia que abarca el entramado heterocispatriarcal capitalista neoliberal en los diferentes niveles en los que opera, particularmente en términos de violencias económicas. Por otro, hay una disputa en torno a lxs sujetxs de este feminismo que, aunque no logra correr a la mujer del lugar central, sí se consigue incluir a lesbianas, travestis, trans, no binarixs, migrantes, gordxs, por nombrar algunos colectivos, en (parte de) la discursividad.

Esto se puede ver tanto en las manifestaciones en el espacio público como en la producción de documentos consensuados en asamblea.[2] En la convocatoria para la movilización del 3 de junio de 2016, si bien el eje se traza en torno al femicidio, se hace referencia asimismo a la trama de violencias que se encuentra detrás del asesinato como violencia extrema. Ya aparece allí, de manera incipiente, lo que tomará forma a partir del Paro del 19 de octubre, a saber: una ampliación en la perspectiva de la violencia que permitirá ver los distintos entramados por detrás de las agresiones sexo-generizadas, dentro de los cuales la violencia económica adquiere especial importancia. Con la convocatoria a un cese de tareas bajo la consigna “Si nuestras vidas no valen, produzcan sin nosotras”, el feminismo se posiciona como un movimiento que hace frente a las tecnologías neoliberales de precarización. La exigencia del cese de los despidos y de la flexibilización laboral, la demanda por igualdad de condiciones laborales, por derechos laborales, el cupo laboral trans, la representación de las mujeres en la cúpulas sindicales, la inclusión de la problemática migrante y la lucha contra la discriminación de las mujeres indígenas, negras afrodescendientes y afroindígenas en los documentos producidos consensuadamente en el espacio asambleario son solo algunos ejemplos que dan cuenta de que este feminismo se posiciona en contra de las políticas de ajuste y precarización del actual gobierno de la Argentina.[3]

Hay asimismo una transformación de un Paro de Mujeres a un Paro de Mujeres, Lesbianas, Travestis y Trans. Esta operación puede leerse en términos de una articulación entre distintos conflictos y de un desplazamiento de lo identitario junto a un acercamiento a la problemática de la precari/e/dad, sin que ello implique que se hayan abandonado las categorías identitarias, sino que más bien se han ampliado para dar lugar a más demandas. La utilización de la “x” en el documento del 8M 2018,[4] la incorporación de lo “cis” como eje normativo que opera en consonancia con la heterosexualidad obligatoria y el patriarcado, la incorporación de los reclamos de lesbianas, travestis, trans y no binarixs, entre otras cuestiones, dejan entrever que no es una identidad común (las mujeres) lo que aglutina a este feminismo. Quisiera proponer que un feminismo radical y plural puede comprenderse como aquel que toma la precari/e/dad[5] (en términos butlerianos) como punto de partida de las alianzas políticas. Un giro central en el pensamiento sobre la resistencia en los últimos años permite reconceptualizar la noción de vulnerabilidad para desvincularla de la pasividad y empezar a pensarla como una condición de la resistencia. Así, la agencia no sería el resultado de la superación de las condiciones de vulnerabilidad sino su movilización colectiva en luchas políticas. Como sostienen Butler, Gambetti y Sabsay (2016: 7):

El punto es mostrar que la vulnerabilidad es parte de la resistencia, lo que se pone de manifiesto en las nuevas formas de intervenciones políticas encarnadas y en los modelos de alianza que se caracterizan por la interdependencia y la acción pública. Éstos mantienen la promesa de desarrollar nuevos modos de agencia colectiva que no nieguen la vulnerabilidad como un recurso y que aspiren a la igualdad, la libertad y la justicia como sus objetivos políticos.

De esta forma, hay una modalidad performativa de la acción que indica que no es necesario primero “tener” el poder para luego poder actuar: se trata de actuar y, en esa acción, exigir performativamente el poder que se requiere. Así, cuando nos movilizamos lo hacemos desde y contra la precari/e/dad. La demanda colectiva y encarnada por un conjunto de derechos plurales emerge de la comprensión de que la condición de precaridad está diferencialmente distribuida y la resistencia a esa precaridad se basa en que las vidas deberían ser igualmente tratadas e igualmente vivibles. Si la precari/e/dad es aquello que une a mujeres, lesbianas, bisexuales, travestis, trans, no binarixs, pobres, gordxs, personas con discapacidad, minorías raciales, inmigrantes, entre otros sectores poblacionales, entonces no es la identidad sino una condición política, económica, social y cultural compartida lo que produce las alianzas de estos cuerpos en las calles. Como sostiene Butler (2015: 66):

Para que la lucha por los derechos de las minorías de género y sexuales sea una lucha por la justicia social, es decir, para que sea caracterizada como un proyecto de democracia radical, es necesario darse cuenta de que no somos sino una población que ha sido y puede ser expuesta a condiciones de precaridad y de privación de derechos. Es más, los derechos por los que luchamos son derechos plurales, y esa pluralidad no se circunscribe por adelantado a la identidad.

… que sea antineoliberal y popular

Concibo el neoliberalismo, siguiendo a Wendy Brown (2016), como una racionalidad de gobierno que configura todos los aspectos de la existencia en términos económicos, lo cual desafía las instituciones y los principios dirigidos a asegurar y animar la democracia. ¿En qué sentidos podría el feminismo, hoy en día, oponer una resistencia al vaciamiento de la democracia y la soberanía popular? ¿De qué forma el feminismo se constituye como contrahegemonía a la lógica neoliberal?

Una cuestión central que cabe destacar es el hecho de que el espacio asambleario feminista multitudinario se haya constituido luego de la victoria electoral de la Alianza Cambiemos (fines de 2015). Así, considero que uno de los factores fundamentales que permite la articulación de organizaciones, espacios y sujetxs tan diferentes (e incluso opuestos, en muchos casos) es la percepción de un “enemigo” común: el neoliberalismo y sus políticas de ajuste y precarización de nuestras existencias.

El documento unificado para el Paro del 8 de marzo de 2018 se posiciona en contra de las políticas de ajuste del neoliberalismo magro (consigna propuesta por el activismo gordx) llevadas adelante por el actual gobierno de la Argentina, rechaza la precarización de las vidas de mujeres, lesbianas, travestis y trans, demanda el cese de la flexibilización laboral y de los despidos. Además, se posiciona en contra de la reforma laboral, exige la derogación de la reforma previsional, rechaza el recorte de los planes sociales, reclama el acceso al trabajo en igualdad de condiciones, rechaza la brecha salarial, los trabajos precarios y la discriminación laboral y reclama el reconocimiento del empleo no formal. El documento demanda asimismo la implementación y la ampliación del cupo laboral para personas trans, travestis y transgénero, para quienes cuentan con antecedentes penales y para las mujeres con discapacidad así como para las mujeres indígenas, pide más presupuesto para las políticas públicas que garanticen las tareas de cuidado (escuelas infantiles, jardines comunitarios), repudia el “presentismo” que castiga a las tareas de cuidado llevadas a cabo principalmente por mujeres, exige paridad en la representación gremial, inclusión de las demandas feministas en las paritarias y apertura de las paritarias sin techo. Todas estas demandas están destinadas a frenar las políticas neoliberales que implementa el gobierno porque, en tanto que políticas de ajuste y de austeridad, inducen una precarización jerarquizada en nuestras vidas.

En la articulación de demandas consensuadas por toda la asamblea en documentos unificados se puede ver la construcción de una contrahegemonía a la racionalidad neoliberal. Las demandas articuladas en una cadena equivalencial en el marco de una apuesta por la multiplicación de puntos de antagonismos en el interior del espacio social constituyen una dimensión fundamental de un movimiento feminista antineoliberal, en la medida en que se proponen democratizar la democracia, para que esta alcance a sectores cada vez más amplios de la población.

Ahora bien, querría preguntarme en qué medida a partir de la lógica de la hegemonía se puede concebir un feminismo popular, entendiendo lo popular desde la perspectiva populista de Laclau (2005). Nancy Fraser (2015) sostiene que en las últimas décadas se ha constituido un nuevo bloque hegemónico al que llama neoliberalismo progresista, a saber: un conjunto de políticas neoliberales de precarización y austeridad que son presentadas como progresistas, en la medida en que comportan un nuevo ethos cosmopolita que se centra en la diversidad, en el empoderamiento de las mujeres y en los derechos de la comunidad LGBTQ+. En este sentido, Fraser sostiene que estamos en una fase política en la que la lógica populista, tal como fue desarrollada por Laclau (2005), tiene la potencia de producir un movimiento contrahegemónico, capaz de resistir las tecnologías neoliberales de precarización.

En los últimos años en Argentina el feminismo produjo una serie de movilizaciones que combinaba, como ya expliqué, la lucha contra la violencia hetero-cis-patriarcal machista con la lucha contra la precarización del trabajo (flexibilización, despedidos, reforma laboral, entre otras medidas), así como la lucha contra la lesbofobia, la homofobia, la transfobia, el racismo o las políticas xenófobas contra la inmigración. En estas articulaciones se signa la lógica populista como modo de construir lo político. La práctica articulatoria populista, siempre siguiendo a Laclau (2005), se constituye a través de demandas aisladas que, al articularse equivalencialmente con otras demandas aisladas, producen una subjetividad social más amplia y, de esta forma, pasan a ser demandas populares. Así, comienza a constituirse el pueblo, que quedará separado del poder a través de la formación de una frontera interna antagónica. El pueblo no es, desde esta perspectiva, la sumatoria de lxs miembrxs de la comunidad, sino una parcialidad que aspira a ser concebida como la totalidad. En este sentido, se podría decir que el pueblo del populismo es una plebs (lxs menos privilegiadxs) que reclama ser el único populus (el cuerpo de todxs lxs ciudadanxs) legítimo. Ahora bien, ¿es el pueblo una categoría reivindicada por los feminismos? ¿Hay algo así como un pueblo feminista, como lo nombra Graciela Di Marco (2011)? ¿Estamos frente a la emergencia de una articulación populista de los feminismos? Dejo abiertas estas preguntas que serán ocasión de futuras reflexiones.

Hacia dónde vamos

A modo de conclusiones inconclusas y para abrir la reflexión colectiva y el debate, querría sopesar ciertos desplazamientos que se operaron en el feminismo en 2018 en torno a la lucha por la legalización del aborto. Sin pretender una conclusión exhaustiva respecto del derrotero del feminismo en Argentina, que solo el porvenir podrá cifrar, me propongo analizar algunas de sus potencias y sus limitaciones en términos de una radicalización y una pluralización de la democracia y del proyecto de un feminismo popular.

Como expliqué a lo largo de este trabajo, el feminismo operó dos desplazamientos que considero fundamentales para la construcción de un feminismo radical y plural, a saber: la profundización de la reflexión sobre las violencias hacia la cuestión de las violencias económicas y el relativo descentramiento del lugar de las mujeres, de modo que se articulan así demandas feministas, de lesbianas, travestis, trans, bisexuales, no binarixs, gordxs, discapacitadxs, migrantes, etc., en la construcción de una contrahegemonía popular al neoliberalismo. Querría ahora preguntarme por los efectos de la lucha por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) que se dio en 2018 en nuestro país. ¿Se profundizó la construcción de un feminismo popular y antineoliberal? ¿En qué imaginario se ancló esta lucha: uno liberal o por la justicia social? ¿Qué alianzas políticas se forjaron para producir este hecho político? ¿Qué efectos tuvo la discursividad militante, periodística, mediática e intelectual en términos de las subjetividades que importan?

Acerca de los dos puntos que desarrollé a lo largo de este trabajo, creo que en los últimos meses asistimos a ciertas alianzas entre el movimiento feminista y el neoliberalismo y a un retorno a la identidad mujeres como sujetx del feminismo. Con relación al primer punto, observo que una discursividad neoliberal en torno a la autonomía es la que se instauró como dominante, inscribiendo la lucha por la interrupción voluntaria del embarazo en una cadena equivalencial liberal que aleja al feminismo del imaginario de la justicia social y la igualdad. Por supuesto, es menester resaltar que hay discursos que vinculan el aborto con la vida o, mejor dicho, con la vida vivible y que, en ese sentido, podrían ser el disparador para reinscribir esta lucha en la cadena discursiva de las violencias económicas. Sin embargo, creo que el discurso fue hegemonizado por la discursividad neoliberal de la autonomía y la propiedad de nuestros cuerpos. Esto puede verse asimismo en el hecho de que la lucha implicó una articulación con ciertos sectores de la Alianza Cambiemos. Querría aclarar que no me refiero a que la lucha por el aborto fuera una “cortina de humo”, aunque considero que hay que preguntarse por los efectos de estos acontecimientos, porque esto tiene consecuencias en nuestros imaginarios políticos y afectivos y habrá que ver en qué resulta en nuestro movimiento.

Con relación al segundo punto, en el marco de esta lucha asistimos nuevamente a una hegemonización de las cis-mujeres heterosexuales como sujetx del feminismo, lo que puede verse en la invisibilización de la militancia de las lesbianas, así como en el borramiento de los varones trans como personas que abortan, por nombrar algunos ejemplos. Considero altamente problemática esta centralización del lugar de las cis-mujeres en el feminismo, sobre todo teniendo en cuenta la avanzada transfóbica de la sociedad en general y de sectores del feminismo en particular, situación que se ha visto reforzada este año tanto en redes sociales como en el espacio asambleario (aunque se haya logrado con éxito mantener el consenso de una asamblea antibiologicista y antifascista). Este giro –no inocente– opera exclusiones y jerarquizaciones de lxs sujetxs que importan. ¿Cuáles son las vidas dignas de ser vividas y, por tanto, de ser cuidadas por el feminismo?

El proceso de masificación del feminismo abre un nuevo capítulo en nuestras luchas políticas y algo de este fenómeno nos llena de esperanza por la potencia política de las multitudes, del encuentro de los cuerpos en el espacio público y de la instauración de problemáticas que antes estaban invisibilizadas en nuestras agendas. Ciertamente, estamos ante un momento histórico potencialmente transformador. Pero la potencia transformadora del presente no debería cegarnos respecto de los riesgos que este mismo fenómeno constituye: ¿cómo evitar la deriva (neo)liberal de un feminismo tan amplio? ¿Cómo trazar las estrategias de resistencia adecuadas a un neoliberalismo progresista que utiliza las consignas feministas para dar aires progresistas a políticas de precarización? ¿Qué feminismos están emergiendo y resisten las tecnologías neoliberales de gobierno, aunque muchas veces se vean atrapados por ellas? Como sostiene Fraser (2015: 14): “situadas en el nexo entre patriarcado y neoliberalismo, estamos también atrapadas entre las dos formas de entender la igualdad, una liberal y otra propia de la democracia radical”.

Las feministas nos encontramos hoy, en otras palabras, en una disyuntiva. Debemos decidir qué interpretación de igualdad seguir. ¿Tomaremos la senda de la menor resistencia y adoptaremos interpretaciones liberales, meritocráticas, centradas en la elección y el mercado? ¿O seguiremos la senda más ardua y adoptaremos la interpretación democrática radical, que entiende la igualdad con plena paridad de participación en la vida social?

Observo con ojos críticos cierto proceso de neoliberalización del feminismo, una versión despolitizada que se ancla en la figura del empresario de sí mismo con un signo de sexo-género: la selfmade woman empoderada. Esto presupone una versión de la agencia que, en lugar de tomar la precari/e/dad como punto de partida de la resistencia, se basa en la superación de la vulnerabilidad, lo cual tiene dos problemas: en primer lugar, que repone una moral neoliberal de la responsabilidad individual por el propio destino así como nuevas líneas de exclusión para quienes no logran reunir las condiciones para ser empresarixs de sí mismxs; en segundo lugar, se pierde aquello que podría aglutinarnos en una performatividad plural, cercenando nuestros lazos políticos y afectivos.

Sin embargo, esta versión neoliberal de la igualdad no ha ganado la batalla, sino que la lucha está en curso. Creo que el desafío de los feminismos hoy en día radica en lograr una rearticulación para producir una contrahegemonía al neoliberalismo. En ese sentido, la masificación de los últimos años podría ser una herramienta para construir un feminismo popular o un populismo feminista, comprometido con una versión radical de la igualdad y la justicia social.

Bibliografía citada

Brown, W. (2016). El pueblo sin atributos. La secreta revolución del neoliberalismo. Barcelona: Malpaso Ediciones SL.

Butler, J. (2015). Notes Toward a Performative Theory of Assembly. Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press.

Butler, J.; Gambetti, Z. y Sabsay, L. (2016). “Introduction”. En Vulnerability in Resistance. Durham and London: Duke University Press, pp. 1-11.

Di Marco, G. (2011). El pueblo feminista. Movimientos sociales y lucha de las mujeres en torno a la ciudadanía. Buenos Aires: Biblos.

Fraser, N. (2015). “Prefacio a esta edición. ¿Hacia dónde se dirige el feminismo? El destino de la igualdad en la crisis”. En Fortunas del feminismo. Del capitalismo gestionado por el Estado a la crisis neoliberal. Madrid: Traficantes de sueños, pp. 13-16.

Laclau, E. (2005). La razón populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Laclau, E. y Mouffe, C. (2010 [1987]). Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.


  1. Querría señalar, antes de comenzar, que soy consciente de los problemas implicados en el concepto feminismo radical y plural, por la equivocidad con el feminismo radical de los años 70 y 80 así como con cierto feminismo radical contemporáneo, siendo particularmente problemática una asociación con la avanzada de las RadFem con sus posicionamientos transfóbicos y transexcluyentes, cisexuales y biologicistas que, como ser verá a lo largo del trabajo, están en las antípodas de mi posición política. Cuando hablo de un feminismo radical y plural, remito a un feminismo que retoma el proyecto de radicalización y pluralización de la democracia, tal como lo propusieron Ernesto Laclau y Chantal Mouffe en su libro Hegemonía y estrategia socialista (2010 [1987]).
  2. Si bien el proceso asambleario y las movilizaciones se replican en distintos puntos del país, el análisis de este trabajo versa sobre este proceso precisamente en la Ciudad de Buenos Aires. Esta es la experiencia que conozco y de la que participo como intelectual y como feminista, en la escritura, en el debate y en las calles, de modo tal que es la experiencia que moviliza una investigación que, sin embargo, la desborda.
  3. El documento puede consultarse en https://www.facebook.com/notes/ni-una-menos/nosotras-paramos/544964935694693/?__tn__=HH-R.
  4. El documento puede consultarse en https://bit.ly/2G0t6f1.
  5. Escribo precari/e/dad para dar cuenta de dos conceptos entrelazados en la obra butleriana que signan la doble dimensión de lo precario: la precariedad (precariousness) como condición socio-ontológica que atraviesa a todxs lxs seres vivxs, en la medida en que todxs contamos con un cuerpo abierto y expuesto a lxs otrxs y lo otro, y la precaridad (precarity) como condición política inducida diferencialmente, que produce la exclusión y exposición a la vulnerabilidad de ciertos sectores poblacionales por falta de redes de apoyo.


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