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2 Nuevas identidades y construcciones políticas de los feminismos

Graciela Di Marco

Introducción

En este capítulo analizo el proceso seguido por los feminismos en el nuevo milenio, en especial en Argentina ─caracterizado por el despliegue de un campo de lucha entre discursos neoliberales y populistas─, y las articulaciones que emergieron y abrieron las condiciones de posibilidad de un momento histórico en el cual estos han irrumpido en el centro de la escena política. Estudio la articulación de identidades que encarnaron la construcción de contrahegemonías sustentadas en las demandas en torno a la expansión de derechos, lo que permite enlazar la lucha de los movimientos feministas con otras. Esto es particularmente relevante para analizar las conquistas de derechos. En la etapa populista en Argentina hubo importantes avances (que no podrán ser retomados en el texto); no obstante, se dejó en suspenso, entre otros asuntos, la cuestión clave de la plena ciudadanía sexual, que hizo manifiesta la injerencia de la Iglesia católica y de algunas Iglesias pentecostales en asuntos vinculados con los derechos de las mujeres, lesbianas y cuerpos con capacidad de gestar. He sostenido que desde el retorno a la democracia la lucha por la legalización del aborto fue mayoritariamente llevada adelante por las feministas de sectores medios. Cuando se articularon los movimientos más amplios de mujeres y otras identidades emergió una formación contrahegemónica al discurso patriarcal que denominé pueblo feminista (Di Marco, 2010, 2011a, 2011b, 2017). La demanda en torno a la legalización del aborto se inscribe en la consideración de la sexualidad como asunto político, que indica la importancia de la profundización del Estado laico que, como la democracia, siempre puede ampliarse y perfeccionarse. El gobierno actual, que no puede ser tildado de progresista, enfrentado a protestas de todo tipo porque la imposición de políticas neoliberales provocó recesión económica, récord de inflación, desempleo y empobrecimiento, habilitó el tratamiento de la legalización del aborto en el Congreso después de varias impactantes acciones de los feminismos, que serán mencionadas más adelante.[1] Algunas autoras alertan acerca del peligro de que los derechos de las mujeres se conviertan en parte de negociaciones gatopardistas. En otras palabras, una de las amenazas más inmediatas para alcanzar la igualdad de género es el grado en que sean un elemento de “compromiso” en la agenda de los varones (Kandiyoti, 2012, Gunnarsson Payne y Tornhill, 2019). La habilitación del tratamiento del proyecto de ley fue producto de la historia de la movilización de mujeres y feminista, en la cual sus discursos se expandieron a otros actores, movimientos y espacios de la sociedad y del Estado en toda América Latina y el Caribe, que pueden ser enmarcados en las nociones de quehaceres feministas, como lo plantea Claudia Anzorena en este libro, o de viajes o flujos horizontales de los feminismos (sidestreaming feminisms) (Álvarez et al., 2014; Di Marco, 2011a, Lebon y Maier, 2006).

La lucha por la legalización del aborto viene desde hace por lo menos treinta y seis años, casi tantos como el proceso de democratización iniciado en Argentina en 1983, al que acompañó. Se amplificó en los Encuentros Nacionales de Mujeres (ENM), que son el punto nodal de expansión y articulación de las demandas feministas. El proyecto de ley ha sido debatido colectivamente por más de doce años y presentado siete veces al congreso. En los años transcurridos, diversas organizaciones y redes se han organizado, muchas se canalizaron desde 2005 en la Campaña por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Diez años después emergió el colectivo NUM, y en marzo de 2018 el Congreso inició el tratamiento del proyecto de legalización de la Campaña.

El pueblo feminista

La participación de las mujeres de los movimientos en los ENM, tanto como las estrategias de la Iglesia católica desde 1997 para boicotearlos, estuvo en la base de la radicalización de la propuesta de la lucha para la legalización del aborto, proceso que se fue intensificando durante todos estos años. Un hito importantísimo en este proceso fue la crisis de 2001 (Di Marco, Palomino et al., 2003, 2004; Schuster et al., 2005), cuando implosiona el sistema político institucional y el momento de dislocación y antagonismo habilita la emergencia de nuevas articulaciones políticas y cadenas de equivalencia entre las luchas populares, lo que fue una de las condiciones de posibilidad de la construcción de una identidad política, el pueblo feminista. Este excede a la categoría mujeres, no obstante sus movimientos constituyen su punto nodal. Las mujeres –como categoría social– somos lo Otro del patriarcado, por siglos desprovistas de autoridad y derechos. La categoría mujer, y también los cuerpos con capacidad de gestar, no son el opuesto binario de la categoría varón, ni su complemento; tampoco existe uniformidad hacia adentro de las categorías de géneros y sexualidades. Tal como han sido construidas durante cientos de años por el patriarcado, son lo heterogéneo.[2] De allí reside tanto la subordinación como la resistencia. Resulta apropiado en este momento acudir a la categoría de heterogeneidad tal como fue planteada por Ernesto Laclau (2005: 187-189):

No es un elemento negado el que define la identidad, tampoco es una oposición binaria, es un elemento externo que presupone la ausencia de un espacio en común […] Todo lo que sabemos es que van a ser los que están fuera del sistema, los marginales –los que hemos denominado lo heterogéneo– que son decisivos en el establecimiento de una frontera antagónica.

Lo heterogéneo se articuló con demandas y reivindicaciones de otros colectivos al desafiar la formación hegemónica y construir, por lo tanto, un pueblo ─formación antagónica─ en un sistema de significación que permite la consolidación de las equivalencias (Laclau, 2005: 99). Es una construcción política contingente y no una entidad sociológica (Lefort, 1990: 190-191).[3] Cuando me refiero al pueblo feminista lo hago en su acepción de la plebs que demanda ser pópulos.[4] Este pueblo es la cuenta de lxs no contadxs, la parte de lxs que no tienen parte, lxs que perciben el daño/agravio (Ranciere, 1996). Este es el sentido que posee vinculado a la articulación de las demandas de lxs no contadxs. No se trata de características sociológicas o demográficas, sino de la plebs que reclama por el daño percibido, que nos remite a lo que este autor denomina el litigio acerca de quién es entendido en la cuenta contingente y no predeterminada de la democracia.

Se construyó discursivamente al adversario –conformado por las fuerzas portadoras de valores tradicionales y patriarcales– y emergió una identidad política, un pueblo, en la pugna por la legalización del aborto, para que las mujeres, lesbianas y cuerpos con capacidad de gestar puedan ejercer la capacidad de decidir sobre sus propios cuerpos, que condensa la lucha por el laicismo, la pluralidad y la ciudadanía (Di Marco, 2010, 2011a, 2017; Di Marco, en Di Marco y Tabbush, 2011: 177-200). En consecuencia, se enfrentaron “dos proyectos antagónicos, uno como campo de lucha y de posibilidades democráticas –a la ofensiva–; y el otro, que se resiste a la consolidación de nuevos derechos, a la contraofensiva” (Di Marco, 2011a: 296).

Esta identidad se enfrenta a los sectores tradicionales, mediante el reclamo de la separación entre la sexualidad y la procreación, entre la Iglesia y el Estado, pues la demanda por la legalización del aborto, como significante vacío (Laclau, 2005) de la ciudadanía plena de las mujeres ─que es ciudadanía sexual, pero también económica, laboral y cultural─, del laicismo y del pluralismo, construye una frontera con los discursos patriarcales representados hegemónicamente por el integrismo católico y sus aliados evangélicos, y en contra de las influencias eclesiales en casi todos los aspectos de la vida social, política y cultural del país.[5] Esta cuestión se instaló con inusitada intensidad en el debate parlamentario para la legalización del aborto realizado entre abril y agosto de 2018, y en las manifestaciones antes, durante y después de aquel, y derivó en una nueva convocatoria para la apostasía colectiva en varios puntos del país, que se hizo más masiva cuando el Senado de la Nación la rechazó.

La identidad pueblo feminista incluye a los feminismos, con todas sus especificidades, en tanto es proceso y producto de articulaciones que lo conforman. Existen diferentes identidades feministas: históricas, de clase media, de clase trabajadora, indígenas, afros, LGBTTIQ, de jóvenes, de adultas, de varones, etc., no obstante estas presentan fronteras permeables e interrelacionadas. El pueblo feminista se fue ampliando día a día, al calor de las luchas, con nuevas demandas de movimientos, organizaciones y grupos. Por ejemplo, desde 2010, el Colectivo de Varones Antipatriarcales, “Ni machos ni fachos”, vinculado al Frente Darío Santillán (FDS), activa con una proclama: Varones x el derecho al aborto legal, seguro y gratuito (Di Marco, 2011a, 2012). Hace unos años las identidades LGBTTIQ debatían sobre quiénes conformaban el sujeto del feminismo. Esto es, si las mujeres heterosexuales debían ser únicxs sujetxs de la lucha por el aborto legal o esta debía ampliarse a todxs lxs sujetxs gestantes (mujeres lesbianas y trans), lo cual ha llevado también a ampliar el vocabulario para incluir a los cuerpos con capacidad de gestar. La emergencia de identidades colectivas diversas, pluralistas y democráticas se generaron desde una multiplicidad de locaciones e identidades particulares. Tienen su fundamento en la estructura horizontal y rizomática de los movimientos de mujeres (feministas de varias generaciones, piqueteras, asambleístas, obreras de empresas recuperadas, campesinas, afectadas por la minería, las pasteras, docentes, investigadoras, artistas, etc.), sus redes y sus articulaciones locales, globales, cara a cara y por el ciberespacio. Otro rasgo distintivo es que no tiene autoridades sino referentes situacionales, y no siguen una concepción canónica feminista, tampoco del gender maisntreaming de los organismos internacionales. Por el contrario, tienen autonomía y capacidad política para elegir sus luchas, los momentos y estrategias para llevarlas adelante. Desde una multiplicidad de orígenes, generaciones, sexualidades, localizaciones, geografías, que son a su vez globales y locales, se ha generado la articulación contingente de demandas e identidades antipatriarcales y antineoliberales en forma horizontal, en un proceso aprendido en los más de treinta años de ENM, en las movilizaciones del NUM y en las acciones colectivas que desde hace muchos años tienen un alcance planetario. No obstante, se necesitaba una articulación vertical en el Estado que tomara institucionalmente la demanda (Di Marco, 2011a: 298-299). Esta articulación, sorpresivamente, surgió del gobierno actual.

El Ni Una Menos

En 2015 emergió el colectivo NUM. Sus acciones, dirigidas al principio a visibilizar, denunciar y responsabilizar al Estado y la sociedad por la violencia contra las mujeres, tienen nivel nacional y además son parte de estrategias globales de los feminismos.[6] A la primera manifestación, en la que no se explicitó claramente la demanda por la legalización del aborto, le siguieron otras en los años siguientes, también multitudinarias, con consignas contra la violencia de género y los femicidios, por la legalización del aborto, contra la justicia machista y la desocupación y la pobreza que afectan cada vez más a las mujeres, especialmente a las más jóvenes. Los sectores conservadores no se manifestaron en contra de sus acciones públicas. En cambio, fueron muy críticos de los ENM y de las marchas y concentraciones de los últimos 8 de marzo desde 2017.

Una de las integrantes del colectivo, María Florencia Alcaraz, en 2016 manifestó en una entrevista que el NUM se derramaba por todas partes. Se podía pensar que podía derramarse por diferentes canales, más o menos feministas o más o menos patriarcales, dado que observábamos por un lado espanto ante la brutalidad de los femicidios, denuncias contra los varones violentos, exigencia de políticas, y por otro lado, escasa conexión con el sistema patriarcal y/o críticas a las alas más conservadoras de las Iglesias católica y evangélicas, ni reclamo por la profundización del Estado laico. También se mostraba ignorancia o descalificación con respecto a la violencia contra las lesbianas y trans, rechazo hacia la legalización del aborto, no consideración de la violencia, los tratos crueles, la humillación y el irrespeto que sufren muchas mujeres que deciden abortar y el peligro a la salud cuando no tienen recursos para hacerlo en forma segura.

Mi perspectiva es que en el primer año las demandas del NUM se encontraban tensionadas entre cadenas de equivalencias rivales (para simplificar: tradicional y antipatriarcal), así como existían ciertos desplazamientos de fronteras entre ambas. El conjunto de las demandas del NUM podía ser considerado como un significante flotante (Laclau, 2005: 165 y ss).

Otro momento articulatorio

Al reconocer el reclamo vinculado a la violencia y femicidios como un significante flotante estábamos en presencia de la contingencia de su inscripción ─o no─ en alguna cadena de equivalencias antipatriarcal. En la medida en que los reclamos del NUM se fueron inscribiendo en las demandas feministas se hizo posible el plus de intensidad en la articulación de demandas heterogéneas que se intensificó en 2018 con el tratamiento de la legalización del aborto en el Congreso Nacional. Ese momento político movilizó a más de un millón de mujeres, lesbianas, cuerpos con capacidad de gestar y varones en las calles. Si bien el Senado rechazó el proyecto de ley que había sido aprobado en la Cámara de Diputados, el cambio cultural que ha tenido lugar lo excede.[7]

La “aparición” ─en términos de Hanna Arendt (2003 [1958]: 239): “admitido en la esfera pública, es decir, apareció en público”─ de las adolescentes y jóvenes en forma masiva que abrazaron la lucha por la legalización del aborto, como lo vimos especialmente con el pañuelazo del 19 de febrero de 2018 y la gigantesca manifestación del 8 de marzo del mismo año y muchas otras manifestaciones, contribuyó a la lucha por la legalización del aborto y al rechazo de las políticas neoliberales. Las demandas se estaban gestando desde diferentes generaciones, sexualidades, territorios, grupos étnicos. Abarcan los derechos sexuales, con un discurso no esencialista de la sexualidad, que no la vincula a la reproducción (Di Marco, 2012; Pecheny, 2007). Además, se denuncian los derechos humanos cada vez más amenazados, y el deterioro de la situación económica, de los cierres de fábricas y los despidos.[8] Estas nuevas actoras se manifiestan masivamente en el espacio público, ponen el cuerpo en las calles y hacen activismo mediante las redes sociales. Además, identifican al nosotras de los otrxs mediante el uso del pañuelo verde que viene ondeando desde el ENM de Rosario, en 2003, cuando muchas de ellas recién habían nacido.

Gobiernos iliberales y derechos

La habilitación del tratamiento del proyecto de ley es un buen ejemplo de cómo el gobierno actual se reacomodó frente al reclamo feminista en las calles. Este puede ser catalogado como iliberal (Zakaria, 1997; Galston, 2018; Graff y Korolczuk, 2017; Peto y Grzebalska, 2016; Moghadam, 2018; Smith y Ziegler, 2008) por las siguientes características: no se respeta la división de poderes, se trata de imponer el negacionismo en temas de derechos humanos, se utiliza la prisión preventiva como escarnio público de militantes populares y ex funcionarixs, se autoriza a agentes de las fuerzas a disparar a supuestos sospechosos y se los felicita si lo hacen; se les otorga a las fuerzas armadas funciones de seguridad interior con la excusa de la lucha contra el narcotráfico, y al mismo tiempo, se desmantela la estructura redistributiva del gobierno anterior (que se puede acercar a la consideración de populismo, en una versión progresista), y la estructura de derechos históricamente conquistados como el sistema previsional, educativo y de salud, etc. El gobierno de Argentina desde diciembre de 2015 es pro globalización y pro mercado, y a la vez, antiderechos. No obstante, debido a las movilizaciones feministas tuvo que dar algunas respuestas, como las ya mencionadas.

Podemos compararlo con otros regímenes iliberales, como los de Hungría y Polonia, que son antiglobalización y antigénero (Peto y Grzebalska, 2016). En estos países, sus gobiernos unen el rechazo al capital global y a las instituciones del libre mercado con la no admisión de los derechos de las mujeres y personas LGBTTIQ. Por lo tanto, están en contra del derecho al aborto.[9] Andrea Peto y Weronika Grzebalska (2016) critican el uso de contenidos y recursos de las instituciones democráticas en favor de los proyectos de las organizaciones de derecha, lo mismo que está sucediendo en Argentina. En octubre de 2016 la respuesta desde el movimiento de mujeres de Polonia al embate de las fuerzas antigénero, para imponer la prohibición total del aborto, fue una huelga de mujeres.[10] Al analizar las movilizaciones, Jenny Gunnarson Payne (2018) utiliza la expresión “las mujeres” como el pueblo, cercano a la noción de pueblo feminista (Di Marco, 2010a, 2011a, 2011b, 2017).

Reflexiones finales

La salida a la calle en las manifestaciones y el activismo en diferentes espacios tienen un potencial transformador de las identidades. En forma contingente se produjeron procesos de dislocación de los discursos acerca de los cuerpos, la heterosexualidad obligatoria, la maternidad, las familias, que condujeron a la radicalización de la demanda en la lucha contra el patriarcado y las fuerzas tradicionales que lo sostienen, en lo cultural, religioso, político y económico. El debate sobre la legalización del aborto legitimó su práctica en la opinión pública y favoreció que se instalara con más fuerza aún la demanda en torno de la separación de la Iglesia y el Estado. El pueblo feminista se amplía con nuevas demandas, aunque lo afirmado no quiere significar que sea un dato cuantitativo, ya que cualquier agregación de demandas no constituye un pueblo. Los discursos y prácticas de las adolescentes y jóvenes han contribuido el momento de lo político en estos últimos años. Es muy posible que hayan influido los aprendizajes de horizontalidad en los ENM, el NUM, los talleres de Educación Sexual Integral (ESI) ─en donde se los pudo desarrollar─ o las relaciones familiares donde existen a veces procesos de democratización por los que se revisan la naturalización del poder ejercido por los varones.

La rebelión feminista es planetaria. El día después de que Donald Trump asumiera el cargo de presidente de los Estados Unidos (21 de enero de 2017), se realizó una gran manifestación de mujeres y colectivos LGBTTIQ en este país y en todo el mundo. Jim Rankin y Ellen Brait, reporteros del Toronto Star Newspaper, publicaron el 22 de enero de 2017 un artículo cuyo titular decía: “She the people“, haciendo referencia a la fuerza y la unión de millones de mujeres. Un año después emergió #Metoo en Estados Unidos. Sławomir Sierakowski (2017) afirmó que tanto Jarosław Kaczyński, el poderoso líder del Partido Ley y Justicia de Polonia, como Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, se enfrentan a una fuerza política que no había sido plenamente reconocida en toda su capacidad de movilización: las mujeres y otros colectivos subalternos. Esto es lo que ya estaba pasando históricamente en Argentina. Las demandas del NUM, que al principio estaban vinculadas a la violencia contra las mujeres, se transformaron y articularon luego con las demandas del pueblo feminista, y ampliaron así sus posibilidades contrahegemónicas.

Bibliografía citada

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Arendt, H. (2003 [1958]). La condición humana. Buenos Aires: Paidós.

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  1. Ya había producido algunas respuestas a las movilizaciones del Ni Una Menos (NUM), por ejemplo, el segundo Plan Nacional de Acción para la Prevención Asistencia y Erradicación de la Violencia contra las Mujeres con el nombramiento de una feminista a cargo del Instituto Nacional de las Mujeres (INM).
  2. Desde un enfoque interseccional y decolonial, la ausencia de un espacio en común, esto es, la heterogeneidad, se puede aplicar a la construida por el patriarcado, y también, por el racismo, la xenofobia, etc.
  3. Laclau (1996: 43-68) alude a la construcción de la hegemonía cuando una demanda particular asume la representación de una universalidad, la que es siempre imposible e inconmensurable.
  4. Agradezco las observaciones de Natalia Martínez (2018), que me condujeron a precisar algunas de las nociones que utilicé en mis publicaciones.
  5. Me refiero a la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA), que destacó el trabajo conjunto con la Iglesia católica y los grupos Pro Vida. La Conferencia Episcopal Argentina compartió los conceptos de declaraciones de ACIERA en el documento “Derecho a la Vida”, según lo manifestó su presidente. En cambio, las Iglesias congregadas en el Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI) y la Federación Argentina de Iglesias Evangélicas (FAIE) trabajan desde una perspectiva de derechos humanos.
  6. Ver en este libro el capítulo “Linaje y futuro de la generación Ni Una Menos”, de Alcaraz, Paz Frontera y Paterlini – Colectivo Ni Una Menos.
  7. Un ejemplo es la presentación, a la fecha, de tres proyectos de ley sobre la separación de la Iglesia y el Estado.
  8. Demandas que estuvieron presentes en todos los ENM. En 2017 se organizó el Foro Feminista contra la Organización Mundial del Comercio (OMC) y el Foro Feminista contra el G20 con ocasión de la reunión del G20 en Buenos Aires en 2018. Se discuten el endeudamiento, el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, la reproducción social, el concepto de trabajo, los cuidados, la vinculación de la violencia de género con la violencia económica. También la militarización creciente, el extractivismo, etc. Participan sindicalistas, cooperativistas, activistas de los movimientos de la diversidad sexual, del hábitat, feministas, de distintos países.
  9. Andrea Peto y Weronika Grzebalska (2016: 1-6) han acuñado un nuevo término: el Estado polypore. Lo comparan con un hongo parasitario (el polypore) que vive de árboles en descomposición y por lo tanto contribuye a su deterioro. Según las autoras, tales Estados, como el hongo polypore, “se alimentan de los recursos vitales de sus predecesores liberales y producen una estructura estatal completamente dependiente”; lo hacen apropiándose de “las instituciones, los mecanismos y los canales de financiación del proyecto democrático liberal europeo”.
  10. Lunes negro (protesta negra) de las mujeres polacas (Czarny Protest-Protesta negra, por el color de la vestimenta de luto), que estuvo inspirada en la huelga de las mujeres realizada en Islandia el 24 de octubre de 1975 ─”Día libre de las mujeres”─ para denunciar la desigualdad salarial entre mujeres y varones. A la huelga ante el intento por parte del gobierno de prohibir el aborto le siguió un segundo paro “contra la violencia y la ignorancia del Estado” sobre las problemáticas de las mujeres, en octubre de 2016. Finalmente el Parlamento polaco, aunque dominado por el Partido Ley y Justicia, que apoyaba la propuesta denominada “Stop Aborcja”, la rechazó.


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